-Venía muy grave. - relató la anciana Urasue, recordando con tristeza las condiciones en las que Itachi Uchiha llegó al hospital Shikon, 10 años atrás. - Sufrió un fuerte golpe en la cabeza, tenía algunas costillas rotas... y una extraña marca en su tobillo izquierdo. – dio un sorbo a su taza de café. – La recuerdo muy bien porque, por mucho que quisiera quitarla con la esponja que usaba para asearlo, no lo conseguía. Y cuando le pregunté al doctor qué podría ser, me respondió que a lo mejor, era una marca de nacimiento o una cicatriz que le quedó por su accidente.

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-Cuando una sacerdotisa de poderes oscuros lanza una maldición, el humano o la criatura que la tiene, muestra marcas de patas o mordidas en los hombros o tobillos. Los únicos animales que pueden llevar a cabo esa tarea, son los cuervos, las mariposas negras y las serpientes. La gravedad de la maldición siempre depende de la fuerza que tenga el shikigami de la sacerdotisa. En la mayoría de los casos es fácil removerlas. Pero, si una serpiente fue la que lanzó la maldición, es un poco más complicado.

-¿Por qué?

-Por Tsubaki. Sus conjuros son tan fuertes, que aún no existe un caso en el que se haya disuelto una de las maldiciones hecha por su serpiente.

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-¿Podría ser que Tsubaki le lanzó una maldición, a través de Hinata Hyuga? - en eso, el sonido de su celular lo despertó de sus pensamientos. Apretando un botón para responder, lo llevó a su oído derecho. - ¿Diga?

Al escuchar a Kohaku, alterado al otro lado de la línea, sus ojos dorados se abrieron como platos.

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-¡Por favor, no obstruyan el paso!

-¡Hacemos todo lo que podemos, conserven la calma!

-¡A un lado, por favor!

La estación de policía de Suginami era un caos. Bomberos, rescatistas, policías de otros distritos y una ambulancia, se encontraban en el lugar, junto con una multitud de gente curiosa que alzaba la cabeza para ver lo que sucedía.

La fachada estaba destruida. Muchos de los casilleros, documentos y computadoras que habían tenido ahí por años, estaban deshechos. Los escombros; trozos de ladrillos, yeso, vidrios y fierros, se encontraban mayormente en la banqueta y una parte del asfalto.

Los bomberos tuvieron que utilizar taladros y otro tipo de máquinas para abrirse paso y buscar sobrevivientes.

-Según los vecinos, el edificio explotó de pronto. – explicó Kohaku, parado al lado izquierdo de Sesshomaru, quien continuaba helado ante el desastre en la estación de Suginami. – Muchos dicen que fue por una fuga de gas. Pero, si me lo preguntas, eso no tiene mucho sentido.

-¿Por qué? – preguntó, atónito.

-Ambos lo sabemos muy bien.

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-¡Mamá! – recibiendo en sus brazos a una pequeña Rin, Sesshomaru no tuvo más opción que abandonar a la sacerdotisa de corto cabello castaño, dentro del templo. - ¡MAMAAAAAAAAAA!

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-El incendio del templo Yin Yang... - murmuró, percatándose de algo. - ¿Crees que Tsubaki fue la responsable de esto?

-¡Abran paso! – frente a ellos, aparecieron unos rescatistas que llevaban en una camilla a un hombre de largo cabello plateado.

-¡Papá! – gritó el detective, corriendo hacia él junto con Kohaku. Estaba inconsciente y tenía rasguños en su rostro y torso.

-¿Eres su hijo? – cuestionó uno de los hombres que lo llevaba. Sesshomaru asintió. – Sube. Van de camino al hospital Shikon.

El joven lo obedeció. Con A y los Taisho en la parte trasera del transporte, cerraron las puertas. Mientras la ambulancia desaparecía de su vista, Kohaku tomó su celular y realizó una llamada privada.

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Luego de bajar del taxi, como cada mañana de la última semana, InuYasha y Rin vieron anonadados la ambulancia que estaba llegando, en las puertas del hospital Shikon.

Y cuando vieron a lo lejos a Toga y a su antiguo compañero A, bajando en unas camillas, se pusieron pálidos. InuYasha en especial, ya que, ese sería su primer encuentro con su padre después de varios años.

Desde que decidió dejarlo a salvo en el templo Higurashi, para nunca más volver.

-¡Papá! – bramó el joven de largo cabello negro, apartándose de Rin y corriendo desesperado hacia Toga. - ¡Papá, papá! – detuvo la marcha de la camilla y se abalanzó hacia el hombre. Verlo en esas condiciones, le recordó el trágico día en que su madre falleció. - ¡Papá, ¿Puedes escucharme?! ¡Por favor, despierta! ¡Papá!

-¡Cálmate, InuYasha! – le pidió su hermano mayor, llegando a su lado derecho y sujetándolo de los hombros.

El mencionado, quedándose perplejo, se apartó de la camilla, dejando a los paramédicos continuar con su trabajo.

-¡Sesshomaru! ¡¿Qué les pasó?! – cuestionó Rin, aproximándose a ellos.

-Hubo una explosión en la estación de Suginami. – soltó a InuYasha. - Kohaku cree que Tsubaki tiene algo que ver en eso... por lo que pasó hace años en el templo Yin Yang.

Al escuchar aquello, algo se rompió en el interior de Rin. Como si un poderoso sello hubiera desaparecido de su corazón... para permitirle llorar, igual que cuando era pequeña.

Sesshomaru, al ver sus lágrimas, derramándose con agonía sobre sus mejillas, no pudo evitar recordar aquella tarde que pasó a su lado, debajo de un gran árbol, junto a InuYasha.

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-¡Quiero a mi mamá! – gritó una pequeña Rin, llorando con sus puños a la altura de sus ojos. - ¡QUIERO UN ABRAZO DE MI MAMÁ!

-¡Vamos, Rin, no llores! – replicó InuYasha, sollozando. - ¡Nuestra mamá tampoco va a volver y no estamos llorando!

-¡¿Y qué es lo que sale de tus ojos?!

-¡Es lluvia, tonta! – al final, ambos se abrazaron, consolándose mientras continuaban llorando.

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Entonces, volteó hacia su hermano menor. Él también se veía deshecho por dentro. Pero, no por haber recordado el incidente del templo Yin Yang. Sino por haber visto a su padre en unas condiciones tan deplorables... antes de poder reprocharle lo mucho que sufrió en su ausencia. Lo solitario que se sintió al no recibir una sola de sus cálidas visitas, que siempre lo animaban y lo reconfortaban cuando lo molestaban o se sentía triste.

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-InuYasha no puede seguir usando su habilidad para viajar al mundo astral. - advirtió Miroku Higurashi, con Toga y Sesshomaru sentados delante de su escritorio. - Si continua exponiendo su alma para seguir buscando a Izayoi-sama, tarde o temprano, será atrapado por una entidad demoniaca y no podrá volver a su cuerpo.

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-Mamá... mamá... - susurraba Rin, llorando y con el cuerpo temblando. Frente a ella, InuYasha, con la mirada agachada, apretaba los puños. Sesshomaru los vio con comprensión. Los tomó a cada uno de los hombros y los abrazó.

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-Investigaré más sus objetivos con ayuda de A. Mientras tanto, quiero que se mantengan alerta y se cuiden, porque puede que nos estemos adentrando en un terreno peligroso.

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-Tranquilos. Todo estará bien.

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Un rato después, los tres ingresaron al hospital Shikon. Mientras Sesshomaru se quedaba al pendiente del estado de salud de su padre y de A; en el segundo piso, InuYasha y Rin tomaron el ascensor y subieron al quinto piso.

En el camino, tomaron prestados unos cubre bocas y unas batas del hospital. Ya preparados, se escabulleron por el pasillo, asegurándose de que no hubiera enfermeras haciendo rondas de vigilancia, hasta llegar con bien a la habitación de Itachi Uchiha.

Según las palabras de la anciana Urasue, interpretadas por el detective Taisho, el joven tiene una marca en el tobillo de su pierna izquierda.

Con InuYasha junto a la vitrina, Rin se aproximó, haciendo a un lado la cobija blanca que lo cubría, y enrollando hacia arriba el pantalón blanco que usaba.

Su corazón latió intranquilo al identificar la marca de maldición de Tsubaki. El símbolo del infinito formado por una serpiente negra.

-¿Si la tiene? – preguntó InuYasha. Ella, muy a su pesar, asintió.

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-Itachi. Espero con ansias el día en que podamos vernos frente a frente.

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-Kagome Higurashi... ahora la recuerdo. - pensó Itachi, parado junto a la ventana de su habitación. Había comenzado a llover, por lo que las gotas empapaban los vidrios. - En ese mundo cubierto por la niebla, ella era una buena compañía. Siempre sonreía y me contaba cosas de su vida como sacerdotisa y de lo mucho que amaba a su...

Al escuchar cómo se abría la puerta, se sorprendió al encontrarse con InuYasha y con Rin.

-Ya sabemos por qué estabas varado en el mundo astral. – dijo el muchacho de cabello negro, mostrándole la pantalla de su celular, con una foto de la marca en su tobillo izquierdo.

-Mientras tengas la maldición de Tsubaki, no podrás volver a tu cuerpo.

Fin del capítulo.