Sesshomaru veía a través de la vitrina, a su padre inconsciente, recostado en la cama de su habitación del hospital. Desde el incidente en la estación de policía de Suginami, no había dejado de preguntarse por qué Tsubaki se arriesgaría tanto para atacar, tanto a su padre, como a su antiguo compañero.
Con los brazos cruzados, ejerció fuerza en su mano derecha, arrugando la manga de su camisa azul oscuro. Y, perdiéndose un poco más en sus pensamientos, recordó las palabras de la anciana Urasue y de Rin.
FFFFF
-Tenía una extraña marca en su tobillo izquierdo. La recuerdo muy bien porque, por mucho que quisiera quitarla con la esponja que usaba para asearlo, no lo conseguía.
PPPPP
-Cuando una sacerdotisa de poderes oscuros lanza una maldición, el humano o la criatura que la tiene, muestra marcas de patas o mordidas en los hombros o tobillos. Los únicos animales que pueden llevar a cabo esa tarea, son los cuervos, las mariposas negras y las serpientes. La gravedad de la maldición siempre depende de la fuerza que tenga el shikigami de la sacerdotisa.
FFFFF
-¿Podría ser…? – pensó, abriendo sus ojos dorados como platos.
Perdiendo de golpe las fuerzas, creyó que caería al piso. Sin embargo, eso no sucedió, quedando más que sorprendido por encontrarse con Rin, quien lo sujetaba de la cadera mientras le sonreía. Sin soltarlo, lo ayudó a llegar a una banca que se encontraba detrás de ellos, pegada a la pared. En cuanto se sentó a su lado derecho, lo tomó de los hombros y lo recostó en sus piernas, acariciando con dulzura su flequillo plateado y su frente.
-InuYasha me contó que casi no has dormido. – comentó, sonriendo con comprensión. – al menos, mientras estés conmigo… tienes que descansar un poco, ¿Si?
Sesshomaru, cambiando la dirección de sus ojos, relajó sus músculos y respiró con calma.
-¿Qué pasó con el tobillo de Itachi? – cuestionó seriamente. - ¿Pudieron comprobar si tiene una marca de maldición?
FFFFF
-¡Miroku, no puedes hacernos esto! – gritó InuYasha, sosteniendo el celular de Rin, quien, junto a Itachi, escuchaban la conversación con el líder del clan Higurashi. - ¡Debe existir algún método para deshacer la maldición de Tsubaki!
-InuYasha, al igual que ustedes, yo también ansío el regreso de mi prima Kagome. – dijo el sacerdote, sosteniendo el teléfono con cable de su oficina, a la altura de su oído derecho. - Y también me siento decepcionado por saber que la iglesia, conociendo todas sus fechorías, no se ha molestado en crear un conjuro, un pergamino o un rezo eficaz contra sus maldiciones.
-¡¿Entonces qué se supone que hagamos?! – gruñó el joven de cabello negro. - ¡¿Rendirnos y abandonar a Kagome?!
Miroku se quedó callado unos segundos.
-Odio admitirlo… - habló con pesar. - pero estamos atrapados dentro de su oscuridad. Sin ninguna linterna con la que podamos defendernos.
FFFFF
-¿Rin? – la voz del detective la devolvió a la realidad, recordándole que debía sonreírle sin importar las circunstancias.
-No es nada. - comentó, negando con la cabeza. – Solo… concéntrate en dormir, ¿Si?
PPPPP
-Sasuke-sama. – lo llamó Koryu, escondido debajo de la capucha azul oscuro que usaba sobre la cabeza. - ¿Por qué tuvo que salir de repente? – interrogó temeroso, asegurándose de que ningún demonio los estuviera rondando.
-Mi amigo Shikamaru se siente mal. – respondió, revisando el estante de las pastillas, dentro de la farmacia. – Como Temari y Gaara tenían que estar al pendiente de él, me ofrecí para llevarle la medicina que necesita.
-Bueno, si lo explica así… parece una situación importante. – Sasuke asintió.
Luego de que Koryu se escondiera en el interior de su capucha, se acercó a la caja y pagó las pastillas. Al atravesar la puerta principal, sonó una campanilla. Aunque continuarán en verano, el aire de esa mañana estaba helado. Mientras caminaban entre los grandes edificios del distrito de Suginami; al no encontrar ninguna farmacia abierta en el distrito de Adachi, se toparon con algunos charcos de agua, haciéndolo detenerse de pronto y recordar lo ocurrido la noche anterior.
Cuando una chica con ojos rojos los protegió de un conjunto de demonios que los miraban desde el balcón. El dragoncito rojo, moviéndose a un lado de su cuello, lo despertó de sus pensamientos, ayudándole a estar menos tiempo en su cabeza y a seguir su camino. Entonces, al momento de cruzar por un puente de concreto, donde los coches iban y venían a su lado derecho…
-¡Ay, no! – escucharon el fuerte lamento de una chica, quien había quedado totalmente empapada, luego de que uno de los autos pasara sobre un gran charco de agua a su lado izquierdo.
-¡¿Te encuentras bien?! – cuestionó preocupado, corriendo hacia la joven y haciendo que Koryu se ocultara de nuevo.
-¡Si, gracias! – contestó; pese a estar empapada, con una sonrisa.
-¿A dónde te diriges? – preguntó, mientras veía como se sacudía su minifalda negra, dejando en el piso un paraguas blanco. Descompuesto.
-A la residencia Sabaku… - respondió, sin prestarle mucha atención a Sasuke.
Él, por su parte, no podía dejar de verla, ya que parecía que ser mojada por un conductor irresponsable solo había sido otro de sus percances. Su tacón derecho estaba roto. Sus calcetas blancas tenían rasguños con manchas de sangre y sus brazos algunos moretones.
Para colmo, su empapada blusa blanca sin mangas, dejaba a la vista su sostén azul oscuro. Sin pensarlo demasiado, se quitó la chamarra que llevaba y se la extendió, obligando a Koryu a golpearse 3 veces la cabeza y desaparecer.
-Y-Yo me quedó ahí. – dijo seriamente, esforzándose por no verla. - Si quieres, puedo llevarte.
La joven, volteando hacia sus ropas, tomó avergonzada la prenda del muchacho y se la puso encima. Se veía graciosa porque le quedaba grande.
-Me llamo Mirai. ¿Y tú? – se presentó con una sonrisa.
El muchacho tomó su maleta y su paraguas roto.
-Sasuke. – respondió, atravesando lo que quedaba del puente, con ella, parada a su lado derecho.
PPPPP
-Bien… - comentó el doctor, sentado en el borde derecho de la cama de "Kagome", mientras terminaba de revisar su pulso. - …parece que no hay ningún problema. – concluyó, retirando sus herramientas.
-¿Entonces si le concederá el permiso para salir, como lo dijo Miroku? – interrogó InuYasha, parado junto a él.
-Claro que sí, pero solo por un rato. – sugirió el anciano, volteando del joven de cabello negro hacia "Kagome", para sostenerle las manos. - No queremos que una jovencita tan hermosa se agobie por el ambiente de la ciudad.
Al escuchar aquello, InuYasha se cubrió la boca con las manos, conteniendo una risa. Mientras tanto, Itachi solo pudo poner una sonrisa nerviosa. Tomando su maletín oscuro, el doctor salió de la habitación y cerró la puerta.
-Bueno, ya lo escuchaste. – dijo con una sonrisa. - Solo unos minutos.
"Kagome" asintió. Se levantó de la cama y dejó que InuYasha le pusiera encima una gabardina negra, la cual, se abotonó para que la gente no viera su piyama blanca de dos piezas. Salieron del cuarto. Atravesaron al pasillo; caminando hacia la izquierda, y subieron al elevador.
Unos segundos después, las puertas se abrieron, dejándolos pasar a la planta baja. El joven de cabello negro saludó educadamente a las enfermeras de la recepción y, por mera cortesía, se adelantó a la gran puerta de cristal del hospital, abriéndola para dejar pasar primero a Itachi.
En cuanto su pie derecho dio el primer paso afuera, un escalofrío recorrió su espalda, cerrando los ojos para sentir mejor el viento helado que le pegaba directo en la cara. Abrió de nuevo los ojos.
Muchas cosas habían cambiado durante los 10 años que permaneció en coma. Entre ellas, el hecho de que ahora había más edificios de oficina en el distrito de Suginami. Aquel dato lo entristeció un poco, porque, justo en frente del hospital Shikon, recordaba que había un pequeño parque.
En ese lugar, fue donde le confesó sus sentimientos a su novia Izumi, quien, seguramente, debió pensar que la había abandonado y, por lo tanto, se vio en la necesidad de rehacer su vida.
Bufó. No podría culparla. Las tragedias son así. Aparecen cuando menos se esperan y ese fue, tanto su caso como el de sus padres y su hermano. De pronto, mientras iban caminando por la banqueta, se detuvo en seco, paralizándose al instante.
No podía ser posible. Solo había pensado en él unos segundos… y ya lo tenía en frente, caminando y platicando amenamente con una joven de piel pálida, cabello corto, rizado y negro, y ojos purpuras.
Su corazón se estremeció. Y sin pensarlo ni un segundo más, atreviéndose a ignorar la presencia de InuYasha; a su lado derecho, corrió hasta el muchacho y lo sostuvo de los hombros, girándolo hacia él.
Sus ojos se encontraron. El detective Taisho le había dicho la verdad. Su pequeño hermano estaba vivo y, al parecer, también gozaba de buena salud. Pensar en esos detalles lo conmovió tanto que comenzó a llorar, abrazándolo con fuerza y escondiendo su rostro en su hombro derecho.
Sasuke parpadeó confundido. Al igual que Mirai, quien veía la escena en silencio, no sabía lo que estaba pasando ni cómo explicarlo.
-¡Kagome! – exclamó InuYasha, recordándole a Itachi, por las malas, que aún estaba atrapado en el cuerpo equivocado. Sollozó. Apretó los labios y, con todo el pesar de su corazón, se separó de su hermano. – Oye, acabas de recuperarte, no deberías abrazar a extraños por la calle. – le reprochó, ofreciéndole un pañuelo para que se limpiara las lágrimas.
Al escuchar aquello, Sasuke se dio cuenta de que acababan de pasar por el hospital Shikon. Mirai, por otra parte, vio de reojo las ropas que usaba InuYasha, concluyendo que se trataba de un sacerdote o monje, lo cual, le molestó profundamente.
-Lo lamento. – habló "Kagome" de repente, llamando más la atención de Sasuke que de Mirai. - No quería incomodarte. Es que… - hizo una pausa, sonriéndole con nostalgia. - me recuerdas mucho a un chico que conozco.
-No hay problema, pero… - dijo con comprensión, volteando la mirada de "ella" hacia el otro muchacho. - estoy de acuerdo con…
-¡Su amigo! – exclamó InuYasha, nervioso. - S-Soy su amigo.
Itachi lo vio con una gotita de sudor bajando por su cabeza.
-No deberías abrazar a desconocidos por la calle. – continuó Sasuke. - No toda la gente es buena.
-Bien… - asintió, secándose una lágrima que cayó por accidente de su ojo derecho. - tendré cuidado la próxima vez.
El muchacho asintió. Él y Mirai se despidieron de ellos con un ademan y prosiguieron con su camino. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos de ellos…
-¡Maldición! – exclamó InuYasha, llevándose una mano a su pecho. - ¡Me distraigo por 5 segundos y casi provocas un desastre!
-Dije que lo sentía, ¿No? – replicó "enojada". - Además, no puedes culparme por emocionarme. No lo he visto en 10 años y lo único que sabía sobre su vida, está escrito en los documentos que me dio el detective Taisho. – el joven de ojos negros hizo una mueca, revolviendo sus largos cabellos. - ¿De verdad…? – dijo de repente, sin apartar la vista del frente. - ¿…no existe ningún método para romper mi maldición?
InuYasha cerró los ojos y se cruzó de brazos. Entonces, recordó una breve conversación que tuvo con uno de sus compañeros, abriendo de nuevo los ojos, atónito.
-Rayos, ¿Cómo no lo pensé antes? – comentó molesto, sacando su celular y marcando un número. - ¡¿Qué?! ¡¿Ya me quedé sin saldo?! – exclamó, maldiciendo entre dientes.
-Si quieres hacer una llamada, hay un teléfono público cruzando la calle. – dijo Itachi, señalando al otro lado.
Esperaron a que los coches se detuvieran, en el cruce peatonal de la esquina, y corriendo hacia los teléfonos públicos. Al ver el aspecto tan descuidado que tenían; con grafitis, estampas viejas, marcas de plumones y hasta manchas de sangre, dudaron si realmente continuarían funcionando. InuYasha tragó saliva. Se acercó al teléfono público más limpio que había y lo llevó a su oído derecho.
-¡Vaya! ¡Todavía funciona! – exclamó sorprendido. De su pantalón negro, sacó unas monedas y las colocó en la máquina, para luego marcar el número en su celular. - ¡Hola, Shiori! – la saludó con entusiasmo, reconociendo su voz. - ¿Podrías pasarme a tú papá? …ajá… gracias.
-Hola, InuYasha. – al teléfono, estaba Tsukuyomaru, un hombre de piel morena, ojos violetas y largo cabello blanco. Su uniforme de sacerdote consistía en una antigua armadura, heredada por varias generaciones dentro de su familia. - ¿Qué ocurre? Creí que estarías en el hospital Shikon.
-E-Estoy cerca de ahí, pero eso no importa. ¿Recuerdas que me contaste una vez, sobre una bruja que vivía en el distrito de Adachi? – hizo una pausa, escuchando una respuesta afirmativa del otro lado. - ¿Podrías pasarme su dirección? – rápidamente, sacó de su chaqueta negra un bloc de notas y una pluma, anotando cada palabra dicha por el padre de Shiori. - Ajá… si… ¡Lo tengo, muchas gracias! – luego de escuchar una despedida de su parte, colgó el teléfono y se dirigió a "Kagome". - Si el templo Higurashi y la iglesia no quieren encargarse de Tsubaki… - con una sonrisa, le mostró lo que había escrito recién. - entonces nosotros lo haremos a nuestra manera.
PPPPP
-¡Majestad!
En los aposentos del rey del inframundo, se presentó una mujer de piel blanquecina, ojos y cabello negro. Vestida con un impecable kimono blanco que la hacía resplandecer. Frente a ella, Naraku, el rey del inframundo, descansaba en su trono, acompañado por Kanna; la niña con el espejo, quien se encontraba sentada en los escalones de concreto, cubiertos por una larga alfombra roja.
-¿Qué sucede, Koyuki? – cuestionó seriamente, mirándola con sus inexpresivos ojos rojos.
-¡Alguien robó algunas cosas de su almacén personal!
Con dificultad, el hombre se levantó de su trono y, seguido por Kanna, fue con Koyuki a revisar el lugar que mencionó. El candado que resguardaba las enormes puertas de madera estaba destrozado. Al abrirlas, se dieron cuenta de que había algunas cosas hechas pedazos. Sin embargo, las que eran más pesadas o voluminosas no tenían rasguño alguno.
-¿Qué fue lo que se llevaron? – cuestionó Naraku, dejando caer sus brazos a la altura de sus costados.
-El broche para llamar demonios y varias marionetas. – respondió, cabizbaja.
-¿Quiere que se lo comunique a Kagura? – preguntó Kanna, activando el poder de su espejo.
Naraku la detuvo con un ademán y sonrió.
-Veamos hasta dónde puede llegar esa niña.
Fin del capítulo.
