Un rato después de su inesperado encuentro con Sasuke, InuYasha y "Kagome" se dirigieron a la parte norte del distrito de Adachi, lugar donde, según Tsukuyomaru, vive una bruja. Cuando encontraron la casa, descrita en el bloc de notas del joven Taisho, atravesaron un colorido jardín y apretaron un par de veces el botón del timbre. Finalmente, la anciana de ojos saltones y largo cabello blanco, abrió la puerta de su hogar.
-¡Hola, señora! – exclamó InuYasha, con una sonrisa. - ¿Cómo...? – de pronto, la mujer le cerró la puerta en la cara... solo para aparecer un segundo después, con una cubeta en sus manos.
-¡SACERDOTES ESTERCOLEROS! – gritó enfurecida, arrojándole el contenido de la cubeta al muchacho de cabello negro, quien, por la sorpresa que le provocaba la situación, se quedó congelado. - ¡Ya les dije muchas veces que mis servicios siempre, SIEMPRE serán fieles a Izayoi-sama! ¡Así que no tienen por qué venir a buscarme!
-Oiga... - InuYasha parpadeó atónito, quitándose una rama podrida de la cara. - ¿Usted conoció a mi mamá?
Al oír eso, la anciana bajó la cubeta y se puso sobre sus orejas puntiagudas, los lentes que colgaban por encima de su torso. Ahora que podía verlo bien, no pudo evitar sonrojarse por la vergüenza.
-¡Ay, pero qué barbaridad! – bramó, asomándose a todas partes, para luego realizar un conjuro con sus manos, quitándole la mezcla viscosa que InuYasha llevaba encima. - ¡Lo lamento mucho, querido! Cuando te acosan por más de 30 años, empiezas a desarrollar mañas raras. – el joven la vio con una gotita de sudor bajando por su nuca.
En eso, la anciana vio con curiosidad a la chica que lo acompañaba. Solo que, al instante, notó que realmente no se trataba de una chica. Sorprendida y asustada, se acercó a "Kagome", tomándola de sus mejillas, como si fuera su madre.
-¡Ay, hijito! ¡¿Pero quién te hizo esto?! – exclamó, con los ojos llorosos y un moco saliendo de su nariz. - ¡Dime para borrar su número y nunca llevarle un mariachi!
-¿Cómo? – interrogó "anonadada". - ¿Sabe qué no soy...?
-¡BUAAAAAAAAAAAAA! – la anciana comenzó a llorar en serio, abrazando a Itachi con tanta fuerza como para no dejarlo hablar.
PPPPP
-¡Oh, ya entiendo! – luego de que Urasue se tranquilizara, los invitó a pasar a su casa, invitándole a cada uno una taza de café y unos dulces tradicionales. - ¡Así que la señora Midoriko te dio la habilidad para guiar a las almas perdidas!
-El mundo sí que es pequeño. – comentó InuYasha, sentado en el colorido sillón floral de dos asientos, con Itachi a su lado derecho. - Mi hermano nos contó que la había visitado hace poco, pero jamás imaginé que sería la bruja de la que tanto me hablaba Tsukuyomaru.
-¡Ah, Tsukuyomaru! – suspiró la anciana. - ¡No importa cuántos años transcurran, siempre será un caballero! – de la nada, su sonrisa desapareció. - Aunque fue una verdadera lástima que su esposa falleciera tan joven. – sollozó y se limpió una lágrima de su ojo derecho. InuYasha en cambio, volteó hacia la mesa de centro, recordando el incendio del templo Yin Yang. - Pero bueno, dejando eso de lado... ¿Podrías mostrarme la foto de la que me contaste?
El joven asintió. Sacó su celular y le enseñó la imagen de mala calidad.
-¿Qué opina? – cuestionó. - ¿Cree que exista algún método para removerla?
-¡Por supuesto que existe, muchacho! – exclamó, haciéndolo sonreír. - Por desgracia... - negó, cruzándose de brazos. - la iglesia y el templo Higurashi, nunca lo aprobarían.
-¡Al demonio con ellos! – replicó InuYasha. - Quiero devolver el alma de Itachi a donde corresponde y traer de regreso a mi prometida. – presionó un botón para salir de la galería de fotos y guardó su celular. - Pero no puedo hacerlo si esa marca continua en el cuerpo de Itachi.
-¡Ay, muchacho! – gritó la anciana, abrazándolo. - ¡Me conmueve tanto que sigas los pasos de tu madre! – luego de separarse de él, les pidió con un ademán que la siguieran. - Al igual que tú, se negaba a darse por vencida. Y con una elegante sonrisa, iluminaba cualquier lugar en el que estuviera parada.
En eso, llegaron a una puerta debajo de los escalones y a un lado de la cocina. Urasue chasqueó los dedos. Llevó su mano derecha al picaporte y los invitó a bajar por unas escaleras. Al llegar al sótano, vieron anonadados la cantidad de libros y pócimas, que tenía cuidadosamente ordenados en inmensos estantes de metal negro. Mientras sus ojos continuaban paseando por la curiosidad, la anciana pasó por un lado de ellos y se colocó frente a una mesa, con un enorme libro encima.
-¡Página 9045! – gritó, consiguiendo que el libro se abriera de golpe para ellos y les mostrara el dibujo hecho a tinta de un objeto antiguo.
-¿Qué es eso? – preguntó Itachi.
-Se le conoce como la fruta Tsuchigumo. – respondió Urasue. - Es un objeto que le pertenece al rey del inframundo, el cual, le permite conservar su envidiable inmortalidad.
-¡Aguarde! – pidió InuYasha, poniéndose nervioso. - ¿No querrá que viajemos al inframundo por esa cosa o sí?
-Espera, muchacho. Déjame terminar. – la bruja le sonrió, antes de devolver sus ojos saltones al libro. - Hace 18 años, la malvada sacerdotisa Tsubaki, entró de alguna manera a los aposentos del rey y consiguió robar esta valiosa fruta, junto con una maldición que debía entregarle. Desde entonces, ha estado desaparecida...
-Grandioso. – se quejó InuYasha. Itachi agachó la vista con decepción.
-Sin embargo, recientemente, he escuchado rumores, por parte de algunos demonios con los que me llevo bien, que la fruta se encuentra en el interior de un ser humano. – aseguró Urasue, guiñándoles el ojo derecho. - Más específicamente, un muchacho, pero más joven que tú InuYasha.
Al escuchar aquello, su mirada se tornó más seria de lo normal.
-¿Quién es?
Urasue movió tres veces sus manos en el aire y las colocó sobre el libro, cuyas páginas se pusieron en blanco, para luego dibujar por su cuenta la apariencia del portador actual de la fruta.
-No puede ser... - susurró Itachi, volteando la mirada de Kagome de las páginas, hacia la anciana. - ¿Por qué mi hermano tiene esa cosa?
-¡Excelente pregunta, Itachi! – lo felicitó la bruja. - Una vez que Tsubaki salió del inframundo, introdujo la fruta Tsuchigumo en un bebé recién nacido, junto con un conjuro de invisibilidad. Desafortunadamente, este conjuro funciona por tiempo limitado, así que, cuando comienza a debilitarse, hace visible el objeto al que se le añadió. Por lo tanto...
De pronto, se detuvo, quedándose igual de tiesa que una estatua.
-¿Qué ocurre? ¿Por qué te detienes? – interrogó InuYasha.
-E-Es que... - dijo aterrada, llevándose una mano a su mejilla derecha. - ...no son buenas noticias, muchacho.
PPPPP
Para quitarse las malditas palabras de Tokajin que retumbaban en su cabeza, Sasuke se metió al baño y se duchó. Llevando una toalla blanca sobre los hombros y usando únicamente unos pants azul oscuro, abrió despacio la puerta de su habitación. El pasillo estaba despejado.
Suspiró. Después del altercado que tuvo con Naruto, no sabría cómo mirarlo a la cara. En especial, con el semejante grito que le dio, como la cereza del pastel. Abrió la puerta por completo y se apresuró en llevar las maletas que abandonó en el pasillo, hacia su cuarto.
Volvió a cerrar la puerta con seguro. Se agachó de nuevo a la valija donde había encontrado su preciado álbum de fotos; abriéndola, y lo tomó en sus manos. Si bien, no estuvo de acuerdo en que su hermano entrara a su habitación; permitiendo que Sakura también husmeara entre sus cosas, ahora se sentía un idiota por haberse portado de una forma brusca con ellos.
Se levantó, dejando la maleta abierta y se sentó en la silla de su escritorio. Girando a la mesa, colocó el álbum encima y empezó a hojearlo con nostalgia. En las primeras dos páginas, aparecían sus padres, acomodando muebles o decorando lo que fue su primera vivienda. Un humilde departamento dentro del distrito de Adachi.
Pasó a las páginas 3 y 4. Ahora ambos tenían una casa en el distrito de Suginami. Su madre lucía radiante con un sombrero beige que la protegía del sol y un vestido rojo vino que dejaba ver un embarazo de 7 meses. Páginas 5 y 6. Había muchas fotos de Itachi cuando era apenas un bebé.
En las páginas 7, 8, 9 y 10 se muestran su primera caminata, un desayuno desastroso, un paseo en bicicleta, un raspón accidental y una doble bajada en una resbaladilla. Páginas 11 y 12. Ahora era su turno. Recostada en la cama del hospital, su madre sonreía teniéndolo en brazos.
Su padre, al igual que con Itachi, también había batallado para alimentarlo, embarrando la papilla en cualquier parte menos en su boca. Ver eso, lo hizo sonreír con tristeza.
En otra fotografía, su madre lo llevaba dormido en su espalda, al mismo tiempo que tomaba un jitomate. Cuando fue un festival, él y su hermano miraban asombrados los fuegos artificiales. En casa, su padre les tomaba fotos estudiando o comiendo. Incluso jugando videojuegos en alguna vez.
Tantos y tantos recuerdos, le achicaron el corazón, provocando que sus ojos, finalmente, derramaran un par de caminos de lágrimas. Al admitir que se sentía destrozado por dentro, sollozó. Se tomó la cabeza con sus manos, agachándola, y lloró con más fuerza. ¿A quién engañaba con esa cara seria y esa actitud nefasta hacia los demás? Extrañaba mucho a su familia.
Odiaba no tenerlos consigo. Odiaba estar metido en una batalla campal entre demonios. Pero, sin duda, lo que más odiaba, era haber tratado como una basura a Naruto. Haberle dicho cosas hirientes cuando, era claro, que no se las merecía. Después de todo, habían crecido juntos, hasta convertirse en los buenos e inseparables hermanos que son ahora.
Sin embargo, su egoísmo y su orgullo lo condujeron a ser cruel e irracional. Y ahora que estaba más consciente de eso, no estaba seguro si el rubio estaría dispuesto a perdonarlo. De pronto, escuchó unos golpes en su puerta. Se secó rápidamente las lágrimas y casi saltó para abrirla. Naruto había vuelto y llevaba en sus manos una cajita con seis jitomates.
-Perdón. – dijo, con una mano por detrás de su cabeza y la vista fija en la pared. – Creo que me excedí al golpearte y...
Sasuke no lo dejó continuar. Se abalanzó hacia él y lo abrazó con fuerza, escondiendo su rostro en su hombro derecho. Al rubio le sorprendió tanto aquello, que solo pudo quedarse quieto, habiendo levantado las manos para que los jitomates no resultaran dañados.
-Lo lamento, Naruto. Lo lamento tanto. – dijo arrepentido, arrugando la playera blanca de mangas cortas que usaba. - Jamás quise ofenderte. Estaba... - apretaba la mandíbula lo más posible para no sollozar. - tan enojado, que no me di cuenta de lo difíciles que han sido estos años también para ti, para Karin y para tu mamá.
El rubio arrugó sus labios.
-Maldición... - murmuró, con un tono que llamó tanto la atención de Sasuke, que lo hizo separarse de él. - ¿Por qué siempre que pasa algo, acabo llorando contigo? – cuestionó con una sonrisa, derramando lágrimas de sus ojos azules. Al verse igual de tristes; como si fueran el reflejo del otro, comenzaron a reír. - ¡Ven, vamos a comer jitomates! – exclamó, limpiando las lágrimas de su hermano adoptivo. - ¡La señora que me los vendió, me dijo que...!
En eso, Sakura llegó al tercer piso, viendo en medio del pasillo, una escena que la dejó perpleja. Naruto tocaba delicadamente la mejilla izquierda de Sasuke, quien, por algún motivo, no llevaba una camisa encima. Y como si no tuviera bastantes cosas con las que lidiar en su mente, un chorrito de sangre cayó de su nariz. Al darse cuenta, chilló y se dio la vuelta, cubriéndose la nariz y la boca.
-¡¿CÓMO PUEDO PENSAR ASÍ?! - se regañó a sí misma, negando con la cabeza y con un conjunto de truenos cayendo detrás de ella. - ¡SON HERMANOS!
-¡Ven, Sakura! – entonces, Naruto la devolvió a la realidad, haciéndola voltear, una vez más, hacia ellos. - ¡Come jitomates con nosotros!
Parpadeando extrañada, obedeció al rubio y caminó hacia ellos. Ya reunidos, los tres se sentaron en el piso y sacaron los jitomates de su caja. Cada uno le dio una gran mordida a su respectiva porción, refrescándose al masticarla.
-¡PUAJ! – el rubio sacó la lengua, haciendo una mueca. - ¡Teme, ¿Cómo te lo puedes comer así?! ¡No lo entiendo! – Sasuke y Sakura se rieron.
Al pasar ese momento con él, Naruto comprendió que ambos llevaban aturdidos 10 años. Y, hasta esos minutos, en los que lloraron, disfrutaban y sonreían, consiguieron deshacerse de una pesada carga que los deprimía y abrumaba constantemente. Una carga que solo ellos podían ver, porque, solo ellos, sabían lo que se sentía perder a alguien valioso.
Koryu, habiendo escuchado toda la conversación, hasta que se sentaron en el piso para degustar los jitomates, lloraba junto a la puerta del closet, orgulloso de saber que su amo ya se sentía mejor.
Fin del capítulo.
Hola a todos! :) Ha pasado un tiempo desde el último capítulo que publiqué (lo lamento TwT) tenía que terminar un proyecto muy importante para mí y por eso lo puse como mi máxima prioridad, dejando a un lado los fics que estoy publicando actualmente. Hablando un poco de este capi... cuando lo terminé, me sentí muy orgullosa con lo que había conseguido. Siempre me ha costado un poco plasmar bien los sentimientos de los personajes de los que escribo. Pero con Sasuke, en esta ocasión, fue muy diferente.
Me conecté tanto con él como para sentir su rabia, impotencia y dolor. Y aunque nunca he llegado (gracias a Dios) a sufrir una perdida tan grande como las que él ha tenido... por el simple hecho de tratarse de él, (de uno de mis personajes favoritos de todo Naruto XD) sabía que tenía que ponerle empeño y hacer lo posible por transmitir bien lo que estaba sintiendo. Lo lamento! Ya me alargué mucho! XD Espero que hayan disfrutado este capi :) Espero, si es posible, puedan dejar un comentario. Me gustaría saber como han estado estos meses en los que el fic estuvo pausado n.n Nos estamos leyendo, saludos enormes para todos!
