-Hace 15 años-
-Kagome, Kagome. El pájaro dentro de la jaula. Cuando, oh, ¿Cuándo saldrá?
Terminando de cantar las frases, el niño de largo cabello negro; atado en forma de una cola de caballo, se paró detrás de una niña de corto cabello negro, tapándole los ojos.
-¡¿Quién está detrás de ti?!
-InuYasha... - lo llamó molesta.
El chico quitó sus manos y se apartó unos pasos de ella.
-¿Por qué cantas eso cada vez que me ves? – interrogó, frunciendo el ceño y volteando hacia él.
-Porque me gusta verte enojada. – contestó sonriente.
Ella lo vio con tres venas punzantes en su cabeza.
-¡Kagome! ¡InuYasha!
En eso, la voz de una chica los llamó desde el otro lado del pasillo del templo.
-¡H-Hermana Kikyo! – la saludó Kagome, haciendo una reverencia al igual que InuYasha.
-La ceremonia está a punto de comenzar, hay que darnos prisa.
La joven de 13 años le extendió sus manos a los niños, para luego correr juntos hacia el sitio acordado.
En el auditorio del templo Yin Yang, la anciana sacerdotisa Midoriko esperaba que sus nietas se acordaran a tiempo de lo que debían hacer. De lo contrario, no tendría otra opción más que enviar gente a buscarlas.
Afortunadamente, sus pensamientos se equivocaron, ya que, unos segundos después, Kikyo y Kagome aparecieron detrás del escenario, acompañadas por InuYasha.
-¡Qué bueno que están aquí! ¡Suban! – pidió la sacerdotisa Izayoi, indicándoles a las niñas por donde debían pasar.
Sin embargo...
-¡Alto ahí, jovencito!
...no pasó lo mismo con InuYasha, siendo detenido por su mano derecha.
-¡¿Ahora qué, mamá?! – interrogó entre nervioso y enojado.
Izayoi sonrió. Sacó un pañuelo de sus ropas y se agachó a su altura.
-No puedes inclinarte ante la gran sacerdotisa del templo Higurashi si tienes sucia tu carita. – dijo con dulzura, haciéndolo sonrojar como un adorable jitomate, mientras limpiaba con cuidado su mejilla izquierda.
Una vez que su madre retiró el pañuelo de su rostro, el pequeño InuYasha se apresuró en reunirse con su hermano mayor y sus amigas en el escenario. Había mucha gente del templo Yin Yang y el templo Higurashi presenciando la ceremonia. Entre ellos, se encontraba Toga Taisho, el esposo de la sacerdotisa Izayoi y el padre de InuYasha y Sesshomaru.
-Gracias a todos por venir. – comenzó la anciana Midoriko; la máxima autoridad del templo Higurashi, haciendo una reverencia. – Como cada año, nos hemos reunido aquí para honrar a nuestras familias, con jóvenes promesas que cumplan un papel especial en nuestra sociedad.
Volteó hacia atrás, tomando de una mesa; envuelta en una fina tela de color gris, varios collares que correspondían a los símbolos de cada templo. Un símbolo de luz y oscuridad para el templo Yin Yang y un símbolo de agua y fuego para el templo Higurashi.
Con un ademán, le pidió a los niños que se acercaran, tomando cada uno un collar correspondiente a su templo, para luego colocárselos en sus respectivos cuellos. Volvieron a sus lugares en el escenario. Y un segundo después, la anciana Midoriko tomó un báculo dorado, levantándolo para que, de su parte superior, comenzara a brillar.
Los invitados veían aquello con gran asombro, ya que no eran muchas las ocasiones en las que podían apreciar una técnica tan magnifica como esa. Mucho menos, viniendo de la mano de una de las sacerdotisas más poderosas de todo el país.
Mientras tanto, en las mentes de los menores, se desenvolvían varias visiones que les indicaban lo que ahora podrían hacer. Y aunque Rin, Kagome, InuYasha y Sesshomaru veían cosas fantásticas... Kikyo era la única que parecía incómoda.
De pronto, el báculo dejó de brillar. Midoriko, al ver aquello, golpeó el piso con su parte inferior, haciendo eco en todo el auditorio y permitiendo que los collares en los niños brillaran por un instante.
-Felicidades. – dijo la anciana mujer. – Ahora cada uno posee un don con el que podrá combatir el mal que rodea a nuestros templos y a la humanidad.
Los aplausos no se hicieron esperar. Pero, definitivamente, quién estaba más emocionado, era Toga, ya que, con gran orgullo, gritaba los nombres de sus hijos.
InuYasha y Sesshomaru, al escucharlo, se pusieron tan tensos que no querían voltear a ver a nadie. Mucho menos a las niñas, quienes ya se estaban riendo por las muecas que tenían en los rostros.
Ya concluida la ceremonia, la gente comenzó a salir y los niños bajaron del escenario, reuniéndose con sus familias. Mientras Rin era abrazada y agasajada por la sacerdotisa Hitomiko, InuYasha comenzó a decirle de cosas a Toga, haciendo reír a quienes estaban cerca. Incluyendo a Kikyo y a Kagome.
-Kikyo.
En eso, la anciana Midoriko la llamó. Con una sonrisa, la joven le pidió a Kagome que fuera a molestar a InuYasha y luego, se aproximó a su abuela.
-¿Viste algo extraño en tu visión? – cuestionó preocupada. – Noté que presionabas con fuerza tus ojos.
La joven dudaba si decirle, porque había visto cosas desagradables. Aspiró aire con calma y luego le confesó:
-Cuervos volando... un acantilado... - cerró los ojos un segundo y juró haber escuchado un grito. - y a una mujer empujando a otra.
-Ay, mi niña... - Midoriko la abrazó un momento. - tus poderes te dieron una visión de tu muerte.
PPPPP
-¡Oye! ¡Ya dinos qué fue lo que viste! – exclamó InuYasha con el ceño fruncido, subiéndose al sillón del restaurante.
-¡No quiero! – replicó Kagome, sentada frente a él, antes de sacarle la lengua.
-Hijo, no le hables así a tu prometida. – comentó Izayoi, tocándole la punta de la nariz con su dedo índice. – Si Midoriko-sama te escuchara hablar de esa forma, no dudaría en quitarte tu nuevo poder.
InuYasha resopló, quitándose de su frente algunos de los cabellos de su flequillo.
-¿Y tú, Kikyo? – la joven, sentada junto a la ventana, se giró hacia la mujer. - ¿Viste algo con...?
-Está por allá.
En eso, Sesshomaru habló de la nada, señalando una dirección.
-¿Con quién hablas, hijo? – interrogó Toga, observando los alrededores.
A esa hora, ellos eran los únicos que se encontraban en el interior del restaurante.
-Era una mujer. – respondió seriamente. – Quería saber dónde estaba el baño.
Al escuchar aquello, InuYasha comenzó a reírse como loco.
-¡Sabía qué eras raro, pero no sabía que tanto! ¡JAJAJAJAJA!
Tanto los adultos como Kagome comenzaron a regañarlo por su comentario. La única que estaba dispersa en ese momento era Kikyo, volviendo su mirada a la ventana y apoyando su cabeza en la palma de su mano derecha.
De pronto, ante sus ojos, apareció la figura de una mujer. Parada al otro lado de la calle, la miraba con una sonrisa, mientras acariciaba la cabeza de una serpiente que descansaba en su hombro derecho. Con incredulidad, Kikyo se talló los ojos. Al abrirlos de nuevo, la mujer ya no se encontraba ahí.
-¿Fue mi imaginación? – pensó. – Era idéntica a la que vi en mi visión.
De repente, el celular de Toga comenzó a sonar, obligándolo a sacarlo de su gabardina café claro y a mirar inseguro la pantalla.
-Adelante, atiende. – comentó Izayoi, con una sonrisa comprensiva. El hombre asintió aliviado y se levantó de la mesa.
-¡Voy al baño! ¡No tardo! – dijo InuYasha, corriendo con prisa hacia el mismo camino que había tomado su padre.
Una vez que vio su larga cabellera plateada; atada en forma de una larga cola de caballo, el pequeño niño se escondió debajo de una mesa.
-¿Una bruja?
Escuchó decir al hombre, comenzando a poner algunas muecas conforme avanzaba su conversación.
-Si... ajá... ¿Qué? ¿Cómo que está afuera del templo Yin Yang? ¿Es una broma?
InuYasha sonrió. Salió de su escondite y corrió sigilosamente al baño de hombres. Si todo salía como lo estaba planeando en su cabeza, era posible que su padre ya no tuviera que preocuparse por aquella entidad malévola.
PPPPP
Dos días después, Kagome se encontraba practicando con el arco, en un campo de entrenamiento a las afueras del templo Higurashi. Tomó una flecha nueva para disparar. La colocó en medio del arma y, unos segundos después, la soltó.
Su puntería no era muy buena, ya que, al igual que los cinco tiros anteriores, había dado como blanco afuera de la diana. Viendo aquello con una decepción total, se desplomó en el suelo y suspiró.
-Jamás seré una experta como mi hermana... - dijo con una mueca, sintiendo que su alma salía por su boca.
-Aún es muy pronto para rendirse. – comentó una voz ajena, llamando su atención.
Kikyo, vestida con sus ropas de sacerdotisa; una camisa blanca de mangas largas, un largo pantalón rojo y sandalias de paja, le ofreció su mano con una sonrisa.
-Vamos, inténtalo de nuevo.
La niña, embelesada con la belleza de su hermana, asintió y aceptó su gesto. Acto seguido, tomó otra flecha y la colocó con brusquedad en medio de su arco. La joven, al ver lo tensa y nerviosa que estaba, le pidió:
-Respira hondo. 3 veces.
La pequeña Kagome obedeció.
-Bien. Suelta.
Asintió y dejó escapar la flecha. La punta metálica se clavó a unos 15 centímetros del centro de la diana. Asombrada, la niña le sonrió a su hermana mayor. Al menos...
-¡Kagome!
Hasta que llegó el escandaloso de InuYasha, poniéndola de malas en automático.
-¡Ay! ¡¿Ahora qué quieres?! – gritó enojada, viendo como rodeaba la cerca metálica para ir con ellas. - ¡¿No ves que estoy practicando?!
-Hermana Kikyo, ¿Me puedo llevar a Kagome por 1 hora? – cuestionó con una sonrisa, ignorando por completo a la niña.
-Claro, pero...
Antes de que pudiera preguntarle a dónde iban, el chico se apresuró en darse a la fuga con su prometida, tomándola del brazo derecho para salir disparados del campo de entrenamiento. Su energía asombró tanto a Kikyo, que simplemente se quedó sin habla.
PPPPP
-¡¿Cazar a una bruja?! – exclamó la niña, viendo como InuYasha se movía de un lado a otro, guardando varias cosas en una gran mochila azul. - ¡Lo que dices es una locura! ¡Además, no podemos salir, a menos que estemos acompañados por un adulto!
-¡JA! ¡Lo tengo cubierto! – dijo confiado.
Kagome puso una mueca.
-A menos, que tengas tanto miedo que quieras irte a esconder debajo de tu cama.
-¡Por supuesto que no, niño tonto! – gritó enojada.
-¡Bueno, entonces vámonos! – exclamó, tomándola de nuevo de la mano derecha y conduciéndola por varios pasillos del templo Yin Yang.
En la entrada de este, Sesshomaru se encontraba sentado en las escaleras, viendo como Rin se divertía soplando un rehilete de papel. Iba a preguntarle de donde lo había sacado, para hacer una pequeña conversación con ella... pero, en eso, llegaron InuYasha y Kagome, agitados por haber corrido tanto.
El primero, al ver a su hermano mayor, sonrió con todos los dientes. Sin embargo, cuando sus ojos negros se encontraron con Rin, sintió como su alma bajaba a sus pies.A diferencia de su prometida, quien sonrió, complacida por saber que los iba a acompañar en su alocada travesía.
PPPPP
Adentro del bosque, el graznar de los cuervos era más profundo y aterrador. Las ramas se mecían con el viento y los animales se movían en el peor segundo posible.
No obstante, eso no detuvo las andanzas de los cuatro menores, quienes se dirigían muy entusiasmados a la cueva donde; según lo que InuYasha había escuchado por parte de su padre, vivía una malvada y vieja bruja que hechizaba a todo curioso con el que se encontrara.
Al escuchar aquello, Rin apretó con fuerza sus ojos cerrados, aferrándose a las ropas de Sesshomaru, quien caminaba frente a ella con toda la tranquilidad del mundo.
-¡Ahí está! – anunció InuYasha, ocultándose detrás de unos arbustos que había en el pequeño barranco.
Los demás hicieron lo mismo.
-Ahora solo tenemos que comprobar si está adentro. Si es así, le tendemos una trampa y si no, la armaremos y esperaremos a que caiga en ella.
-T-Tengo miedo. – comentó la niña de cabello castaño.
-No te preocupes, Rin. – dijo Kagome, sonriéndole confiada. - Sesshomaru y yo vamos a cuidarte. ¿Verdad?
El mencionado asintió. Tomó una piedra que encontró cerca de él y la lanzó a la entrada de la cueva. Una vez que cayó a la tierra, rebotó varias veces, creando con sus choques una serie de ecos consecutivos.
-¡Bien! – exclamó InuYasha. - ¡Eso lo decide todo!
Se quitó la mochila que tenía y la volteó al revés, tirando de golpe todas las cosas que había empacado.
-¿D-De dónde sacaste todo esto? – interrogó Kagome, mirándolo con un tic en su ojo izquierdo.
-¡Digamos que los tomé prestados!
-Los robaste. – comentó Sesshomaru, haciéndolo sudar en frío.
De pronto, varios cuervos comenzaron a graznar encima de ellos. Al verlos, Rin se asustó tanto, que comenzó a llorar y se escondió detrás de Kagome.
-¡Fuera de aquí, pajarracos! – exclamó InuYasha, tirándoles piedras que encontraba en su camino. - ¡Lo echarán a perder todo!
-¡N-No hagas eso! – gritó Kagome, deteniéndolo en seco. - Mi abuela me contó que los cuervos pueden predecir la muerte. – explicó, volteando sus ojos castaños hacia las aves. - Si están aquí, es porque algo malo le pasará a alguien que conocemos.
-Efectivamente, niña. – comentó una voz detrás de ellos, obligándolos a voltear. - Los cuervos, las serpientes y las mariposas negras son conocidos por ser emisarios de la desgracia y la muerte.
Detrás de un árbol, apareció una mujer de piel pálida, ojos color verde esmeralda y largo cabello blanco. Vestía una camisa de manga larga, pantalones y zapatos de color negro. En su hombro derecho, descansaba una serpiente plateada. Al ver a los niños, esta les enseñó su delgada lengua.
-¡¿Tú eres la bruja que vive por aquí?! – preguntó InuYasha.
-¿"Bruja"? – interrogó de vuelta la mujer, antes de soltar una risotada que los puso incómodos. - Te equivocas, soy algo peor que eso. – agregó con una sonrisa. - Si no me creen... - movió su mano derecha con gracia y lanzó unas chispas carmesí hacia ellos, encendiendo un circulo de fuego a su alrededor. - ¡...ahora pueden apreciarlo con sus propios ojos!
Luego de soltar otra carcajada sonora, desapareció, dejando a los niños atrapados en las llamas.
PPPPP
Mientras escribía sobre un pergamino, la anciana Midoriko escuchaba con tranquilidad, como el viento movía despacio las cortinas de las ventanas.
De pronto, ese amable viento que pasaba por ahí, se convirtió en una ventisca, obligándola a girarse... solo para encontrarse con una silueta que no había visto hace mucho tiempo.
-¡¿Tsubaki?! – preguntó alarmada, levantándose de su escritorio y volteando atrás.
-Ha llegado el momento de que pagues por lo que me hiciste, Midoriko. – advirtió. - ¡Comenzando por las jóvenes promesas en las que tanto confías, JAJAJAJAJAJAJA!
Con su carcajada en el aire, la ventisca se volvió más fuerte que antes, consiguiendo que la anciana se abrazara a sí misma para protegerse.
Unos segundos después, cuando abrió los ojos, notó que Tsubaki se había ido.
Y recordando sus palabras, se asomó con preocupación por la ventana.
Muchos aprendices del templo gritaban y corrían, mencionando histéricos algo que estaba sucediendo en el templo vecino.
Fin del capítulo.
