-Hace 10 años-

-Bueno... - musitó Rin, sin ser capaz de ver a Sesshomaru a los ojos.

Esa mañana nublada, por órdenes de Miroku Higurashi, la joven debía partir a Roma para comenzar con su entrenamiento de sacerdotisa. Por ello, Sesshomaru la acompañó en un taxi hacia el aeropuerto de Tokio, sitio en el que ahora estaban parados... dudando cómo debían despedirse. Sin embargo, para la gran sorpresa de Rin, el primero en actuar fue el Taisho, aproximándose a ella para abrazarla.

No quería dejarla ir. No después de los buenos momentos que pasaron juntos, reconfortándose el uno al otro después de las muertes de sus madres. A pesar de ser alguien inexpresivo y frio, la pequeña chica podía ver a través de sus ojos, entendiéndolo mejor que nadie. Mejor que su padre o su hermano menor.

-No quiero irme... - le confesó al oído.

Al apartarse, vio con claridad las lágrimas que inundaban sus ojos castaños y como sus manos apretaban con fuerza la correa de cuero de su maletín. ¿Exactamente, qué podría decirle para animarla? Para empezar, ¿Existían ese tipo de palabras para esa situación?

-"Última llamada para el vuelo 4268, con destino a Roma, Italia". - anunciaron por el altavoz del aeropuerto, sacándolo de sus pensamientos.

-Es todo. - suspiró la muchacha, con una sonrisa triste. - Tengo que irme. - se apartó de las manos del joven de cabello plateado y giró sobre sus talones para caminar lentamente hacia las escaleras eléctricas.

Fue entonces...

-¡Rin!

...que Sesshomaru gritó su nombre con todas sus fuerzas, justo cuando su pie había subido al escalón que la llevaría a su sala de abordaje correspondiente.

-¡Rin! ¡Llámame cuando vuelvas! ¡Vendré a buscarte enseguida, lo prometo!

Sus lágrimas finalmente se desbordaron sobre sus mejillas. Al llegar al final de las escaleras, se las limpió con brusquedad y comenzó a correr.

-¡Lo haré! - pensó, llegando a tiempo a la puerta para abordar el avión. - ¡Te llamaré y te volveré a ver aquí mismo! ¡Lo prometo!

PPPPP

Esa misma mañana, otra persona que saldría del templo Higurashi, sería Kikyo. Ya convertida en la sacerdotisa que su abuela; la anciana Midoriko, siempre quiso que fuera, se vistió apropiadamente y tomó la maleta que ya había hecho la noche anterior.

Según los documentos entregados por Miroku; su primo y el sucesor de su abuela, debía acudir al sanatorio Akasuna, en el pueblo de Konoha, para purificar a una niña poseída por un demonio.

-¡Hermana!

De pronto, en el pasillo que daba a la puerta principal del templo, se encontró con Kagome. La joven de largo cabello negro y ojos castaños, le sonreía mientras jadeaba por su carrera.

-¿Ya te vas a tu misión?

-Así es. - asintió. - Pero no te preocupes. Volveré en 3 días.

-Espero que sea cierto. - dijo con el ceño fruncido. - Sin InuYasha y sin Rin a mi lado, me aburro demasiado pronto.

Kikyo comenzó a reír.

-¿Sesshomaru no cuenta?

Kagome negó con la cabeza.

-Es muy serio. - se sinceró. - Y realmente quiero acercarme a él, pero nunca encuentro temas de conversación apropiados y termino quedándome en silencio porque no quiero avergonzarme yo sola.

-Bueno, entonces sigue perfeccionando tu técnica con el arco. - se giró y la miró por encima de su hombro izquierdo, sonriéndole. - Y cuando vuelva, puedes mostrarme los avances que hiciste.

La menor, pensando en eso más como una tarea que como un modo de entretenerse, asintió agotada. Kikyo volvió a reír. Tomó su maleta y se marchó del templo, tomando un taxi que su primo había pedido por ella, minutos antes. Las nubes eran grises, trayendo consigo gotas de lluvia que se desvanecían con la flora en los alrededores.

PPPPP

-3 días después-

-¡¿Cómo que mi hermana desapareció?! - interrogó Kagome, azotando enojada sus manos, sobre el escritorio de Miroku Higurashi. - ¡Es imposible! ¡Ella me dijo que volvería hoy!

-La señora Chiyo Akasuna no quiso darme detalles. - explicó seriamente. - Solo me pidió que era de suma importancia que enviara a otra sacerdotisa a ocupar su lugar, ya que su misión no fue completada.

-¿Q-Qué...? - sus ojos castaños se abrieron como platos.

-Dejaré esta decisión en tus manos, Kagome. Ir al sanatorio Akasuna, cumplir con la misión pendiente y averiguar qué fue lo que le pasó a Kikyo. O dejar este asunto en el olvido y nunca volver a mencionarlo en el futuro.

-¡¿Pero qué estás diciendo?! - cuestionó molesta. - ¡Por supuesto que acepto ir! - agachó la mirada. - Aunque... me habría gustado que InuYasha fuera el que me acompañara. Pero esta mañana se fue a una nueva misión con Tsukuyomaru. Y Sesshomaru... ahora que está ocupado, tratando de unirse a la policía de Tokio, ha estado muy ausente.

-Descuida. - dijo su primo, levantándose de su asiento. - Ya que es una misión peligrosa, le pedí a un antiguo aliado del templo Higurashi que fuera contigo. Solo debes prometerme que tendrás cuidado.

Kagome asintió. Y, decidida a saber lo que le pasó a su hermana mayor, salió de la oficina.

PPPPP

Casi al anochecer del siguiente día, Kagome llegó sin ningún inconveniente a Konoha, dirigiéndose en un taxi hacia el sanatorio Akasuna.

Lo primero que apreció al llegar, fue el largo sendero de ladrillos que daban al edificio de color blanco, ubicado al final de una colina. La fachada estaba tan descuidada, que parecía que se iba a derrumbar en cualquier momento.

Y el clima tampoco mejoraba la situación, puesto que era una tarde nublada con mucho viento helado. Bueno, al menos había pinos grandes y frescos en los alrededores.

Tragó saliva. Tomó su valija y caminó hasta la entrada. Sin embargo, no tuvo que molestarse en tocar el timbre, ya que, oportunamente, una de las enfermeras que atendían el sitio abrió la puerta.

Pero, no para ella. Sino para otra persona que también esperaba ahí mismo. De puntiagudo cabello rubio, con dos mechones sobresaliendo a los lados de su rostro. Intensos ojos azules. Piel clara. Usaba pantalones negros y una camisa blanca de mangas largas.

Sobre estas prendas, llevaba una larga gabardina de cuello alto de color negro, con una llama blanca tejida en su espalda, algo que a Kagome le llamó bastante la atención, ya que se trataba de la insignia de un reconocido clan de exorcistas.

-¿Vienes del templo Higurashi? - la cuestionó con una sonrisa.

La menor asintió.

-Mucho gusto. - se aproximó a ella y le extendió su mano. - Me llamo Minato Namikaze. Miroku me contó que necesitabas apoyo con tu misión.

-Así que él es el antiguo aliado de nuestra familia. - pensó mientras, embelesada, estrechaba su mano.

Luego de presentarse, la enfermera los invitó a pasar, cerrando la puerta detrás de ella.

El lugar se veía muy diferente por dentro, ya que los pasillos y las columnas color crema que los adornaban, estaban impecables y en buenas condiciones.

Como no había paredes, se podía tener una vista perfecta de un gran patio con jardín, adornado con una fuente en el centro, arbustos y rosas blancas.

Cuando Kagome se giró un momento para contemplarlas, vio la silueta de una niña pequeña, de corto cabello azulado, parada a un lado de la fuente.

-¿Señorita Kagome?

Minato la llamó, observándola confundido, al igual que la enfermera. Volteando de nuevo hacia la fuente, se percató de que la niña había desaparecido.

Parpadeó anonadada. Quizás por las preocupaciones que llevaba encima, su mente quiso jugarle una broma de mal gusto.

Negó con la cabeza para despertar. Tomó de nuevo su valija y llegó junto con Minato, a una gran puerta de madera. La enfermera tocó un par de veces.

-Adelante. - pidió una voz en el interior de aquella habitación.

Después de escucharla, la enfermera les dio una última reverencia y se marchó al otro lado del pasillo. En ese momento, el rubio abrió la puerta, viendo con la joven, a una mujer de edad avanzada, piel pálida y manchada, ojos negros y corto cabello gris. Se encontraba detrás de su impecable escritorio de madera.

-Encantada de conocerlos. - comentó con voz suave, mientras ellos se aproximaban. - Mi nombre es Chiyo Akasuna, soy la directora de este sanatorio. - bajó de su cómoda silla y tomó de otra mesa una linterna, con forma de farol, y una vela derretida en su interior. - Síganme. - pidió seriamente.

Minato y Kagome, permaneciendo en silencio, dejaron sus pertenencias ahí y caminaron detrás de ella.

-Hace 5 días, le pedí al templo Higurashi que enviara a una de sus mejores sacerdotisas, con la esperanza de que nos ayudara a deshacernos de un demonio. - explicó con tristeza, manteniendo la vista fija al fondo de un pasillo. - En la última llamada que tuve con el sacerdote Miroku, pidiendo un reemplazo para Kikyo, me comentó que enviaría a su hermana menor para llevar a cabo el exorcismo.

-Si... - asintió la joven de cabello negro. - pero, a cambio, me gustaría saber qué fue lo que le pasó. Ella es muy buena purificando a los demonios, ¿Por qué no pudo completar esta misión?

Al instante, la anciana se detuvo, quedándose quieta frente a una maltratada puerta de madera.

-Lo lamento mucho, pequeña. - habló apenada. - Tu hermana hizo lo que pudo para eliminar el mal que nos ha atormentado desde hace 1 año... pero, de un segundo a otro, la determinación en sus ojos se esfumó. - hizo una pausa. - Y terminó con su vida al arrojarse desde la cima de un peñasco.

Los ojos de Kagome se abrieron como platos y perdieron brillo.

-¿Cómo...? - interrogó, comenzando a temblar. - Mi hermana está...

-Es imposible. - habló Minato. - Yo llegué a conocer en persona a Kikyo Higurashi y puedo afirmarle que ella no sería capaz de cometer suicidio. Seguramente, eso fue cosa del demonio que trató de exorcizar.

La anciana, atenta a sus palabras, se quedó en silencio por unos segundos... hasta que, finalmente, decidió abrir la puerta donde se detuvo recién. Se trataba de una oscura habitación a la que apenas llegaba la luz del exterior.

Entonces, levantó su lámpara de farol, revelándole a sus acompañantes a una pequeña niña amarrada de muñecas y tobillos en una cama.

Sus ojos eran blancos y miraban fijamente el techo agrietado, con pintura desgastada. Su corto cabello azulado caía revuelto entre las sábanas. Su piel era tan pálida y blanca que se notaban sin dificultad los arañazos, mordidas y piquetes que tenía a lo largo de sus brazos y piernas.

-A excepción de los piquetes, hechos por las agujas de nuestras jeringas, esas heridas se las provocó ella misma. - explicó la directora del sanatorio.

Minato entrecerró sus ojos azules. Se acercó con cautela hacia la menor, viendo de reojo sus tobillos. Como no encontró nada inusual en ellos, se dirigió a sus hombros.

Sin embargo, antes de hacer a un lado los tirantes del vestido blanco que llevaba encima, se congeló al instante. Los ojos de la niña, en lugar de ser blancos, eran de un intenso color rojo, con tres aspas negras en su interior.

Respiró intranquilo. Se apartó de la menor y condujo a las mujeres fuera de la habitación, cerrando rápidamente la puerta tras él.

-¡¿Minato-sama?! ¡¿Qué ocurrió?! - cuestionó Chiyo, anonadada por lo ocurrido.

El mencionado, apoyándose en la pared; al lado derecho de la puerta, tenía la cabeza agachada, jadeaba fuera de control y sudaba.

-Señora Akasuna... - la llamó, tratando de tranquilizarse. - ¿Cómo se llama esa niña?

-Su nombre es Hinata Hyuga. - respondió. - Sus padres la dejaron hace 1 año a nuestro cuidado, por presentar conductas violentas hacia sus hermanos.

-Dios... - musitó, llevándose una mano a su frente y cerrando un momento los ojos. - ...eso lo confirma.

-¿Qué cosa? - inquirió Kagome.

-Hace 8 años, Tsubaki, una sacerdotisa de poderes oscuros... intentó maldecir a mi segundo hijo, cuando estaba naciendo. - quitándose el sudor de su rostro, se giró hacia las mujeres. - Yo pude impedirlo a tiempo porque estaba en casa esa noche, pero...

FFFFF

-¡PAGARÁS POR TU INSOLENCIA, MINATO NAMIKAZE!

FFFFF

-La maldición que utilizó en esa ocasión, era diferente. Tan poderosa que... no fui capaz de deshacerla. Solo de transferirla a alguien más.

-¿Quiere decir...? - preguntó la joven Higurashi. - ¿...que esa niña tiene la maldición que debió ser para su hijo?

-Entonces no es un demonio lo que la hace lastimarse a sí misma y a los demás. - concluyó la anciana.

Minato asintió.

-Lo siento mucho, Kagome. - habló melancólico. - Por años, busqué sin parar al contenedor de esa terrible maldición. Pero jamás pude dar con su paradero. Y ahora, por mis errores, Kikyo está...

-Eso no es cierto. - dijo seriamente. Minato alzó la mirada hacia ella. - La única culpable de esta situación, es Tsubaki. De no ser por sus acciones egoístas, esa niña ni siquiera estaría encerrada aquí.

-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!

De repente, la menor de cabello azulado comenzó a gritar, por lo que se vieron forzados a entrar nuevamente en la habitación. Abriendo de golpe la puerta, Minato fue el primero en presenciar, como flotaba un metro sobre su cama, agrietando las paredes con la energía demoniaca que se liberaba a su alrededor.

-¡No otra vez! - exclamó Chiyo.

-¡La maldición ya está muy avanzada! - habló el sacerdote rubio, sacando de sus ropas tres pergaminos, los cuales, arrojó al aire. - ¡Si no podemos deshacerla, por lo menos hay que mantenerla a raya!

En automático, los papeles se colocaron alrededor de la niña, formando un triángulo hecho con energía espiritual. En ese momento, Minato hizo algunas posiciones de manos. Llegando a la última, entrelazo sus dedos y comenzó a rezar en otro idioma.

-¡Ya veo! - pensó Kagome, anonadada. - ¡Va a colocarle un sello! -

Hurgando en el interior de sus ropas, sacó un collar con una luna menguante, que representa el símbolo del templo Higurashi. Al apretarlo un poco, liberó de él, su arco de color rojo vino y cinco flechas. Tomó una de ellas. La colocó en el centro del arma y apuntó hacia la energía demoniaca de Hinata.

-Respira hondo. 3 veces. - se dijo a sí misma, en voz baja. - ¡Suelta!

Abrió su mano derecha y dejó escapar la flecha, clavándola en una de las grietas de la pared. Con su energía espiritual, reteniendo la energía demoniaca de la niña, el sello de Minato pudo proceder con mayor rapidez.

-Esta chica me recuerda a su madre en sus días de juventud. - pensó el rubio, sonriendo levemente ante la aparición de la flecha.

Por desgracia, el gusto le duró poco, ya que, repentinamente, sintió como algo le perforaba el pecho con agresividad, deteniendo sus rezos y haciéndolo escupir sangre.

-¡M-Minato-sama! - lo llamó Chiyo, viendo preocupada, al igual que Kagome, como caía de rodillas.

-Te lo advertí, Minato Namikaze.

Al escuchar una voz ajena, las mujeres voltearon la vista del mencionado, hacia la cama. Los ojos castaños de Kagome se abrieron de par en par, al ver como Tsubaki; parada al lado izquierdo del mueble, cargaba en brazos a la niña, deshaciendo el sello.

-Y ahora... - cargando a la menor con su brazo izquierdo, hizo una posición de dedos con su mano derecha, llevándola a la altura de su rostro. - ¡Ha llegado el momento de que pagues por tu insolencia!

Tres serpientes negras salieron volando desde su ojo derecho, con la intención de perforar nuevamente el pecho del sacerdote. Sin embargo, antes de que pudieran llegar a su destino, Kagome se colocó frente a Minato y, moviendo su arco de atrás hacia adelante, le devolvió las serpientes a Tsubaki. Esta última, al ver aquello, las esquivó, dando un gran salto que la hizo flotar un metro por encima del suelo. La joven de cabello negro frunció el ceño.

FFFFF

-Quiero a mi mamá... ¡Quiero a mi mamá! ¡QUIERO UN ABRAZO DE MI MAMÁ!

-¡Vamos, Rin, no llores! ¡Nuestra mamá tampoco va a volver y no estamos llorando!

FFFFF

-¡Tsubaki! - exclamó enfurecida, tomando otra flecha y colocándola en medio de su arco. - ¡Juro que desde este momento, comenzarás a pagar por tus fechorías!

Soltó la flecha, apuntando directamente hacia el pecho de la sacerdotisa de poderes oscuros. Esta última, gracias a la energía espiritual de la joven, se transformó en un pedazo de papel.

-¡¿Un conjuro?! - pensó al ver aquello.

Rápidamente, Chiyo corrió hacia Hinata, atrapándola oportunamente en sus brazos. Minato tosió más sangre, llamando la atención de Kagome, quien volteó hacia él y se arrodilló a su altura.

-Por favor... no te acerques... - le pidió, esforzándose por no cerrar sus ojos y con varios caminos de sangre saliendo de sus labios. - el conjuro que Tsubaki me lanzó... además de poseer una gran cantidad de energía maligna, también estaba envenenado.

La sacerdotisa vio con horror la manera en la que temblaba, aferrando su mano izquierda a sus ropas, rasgadas por la herida.

-Su intención... era verme sufrir hasta la muerte.

-Hay... - preguntó con tristeza. - ¿...algo que pueda hacer por usted?

-Tsubaki sabía que Hinata... era quien tenía la maldición que trató de ponerle a mi hijo. De otra manera... no hubiera aparecido ante nosotros. - habló en voz baja, tosiendo una vez más. - Incluso... puede que haya estado detrás... de la muerte de Kikyo...

Los ojos de la joven se abrieron como platos.

-Hay que enviarle un mensaje a Miroku y advertirle sobre esto. De ser posible... también me gustaría que investigaran... un método definitivo para removerla, ya que, de seguir con esa cosa...

De pronto, el edificio comenzó a temblar. Afuera de la habitación, se escuchaban los gritos de las enfermeras y otros empleados del sanatorio. Entonces, la pequeña Hinata abrió de golpe sus ojos carmesí, invocando llamas negras que incineraron de pies a cabeza a la anciana Chiyo, consiguiendo que la soltara mientras gritaba de dolor.

Minato y Kagome no podían creerlo. ¡La niña se estaba transformando en un Youkai! Y mientras continuaban observando como adquiría en su espalda dos grandes alas de murciélago y sus uñas crecían, la muchacha se percató de unas virutas de madera que caían frente a ellos.

Volteó al techo. Una enorme grieta estaba a punto de tirarles un gran pedazo de concreto. Por ello, se apresuró en sacar un par de pergaminos y hacer algunos sellos con sus manos, formando una barrera en donde se encerró, junto con el sacerdote rubio.

Mientras el techo caía de a poco sobre ellos, vieron como la niña usaba sus alas para salir del sanatorio, antes de que este colapsara por completo, enterrando a todos aquellos que estuvieran en su interior.

El peso de los escombros fue tanto, que obligó a la sacerdotisa a deshacer el campo de fuerza. Unos segundos después, Minato cerró los ojos, no sin antes recordar por última vez a su familia, quienes, seguramente, aguardaban su regreso con una gran sonrisa. En especial, su pequeño Naruto.

Kagome, por su parte, no podía moverse tanto como quisiera. Ya que, de lo contrario, corría el riesgo de que sus piernas quedaran más atrapadas de lo que ya estaban. Jadeaba con rapidez. La vista se le estaba comenzando a nublar, una clara señal de que en cualquier segundo, perdería el conocimiento.

FFFFF

-Tsubaki sabía que Hinata... era quien tenía la maldición que trató de ponerle a mi hijo. De otra manera... no hubiera aparecido ante nosotros. Incluso... puede que haya estado detrás... de la muerte de Kikyo... Hay que enviarle un mensaje a Miroku y advertirle sobre esto.

FFFFF

-InuYasha, Miroku... - pensó, juntando sus manos y rezando en voz baja. - ¡Lo dejaré en sus manos!

Su corazón latió frenético... antes de que su alma se separara de su cuerpo, para transformarse en un espíritu. Una vez que llegó a la cima de los escombros, vio con horror los cadáveres esparcidos por todo el sitio... y a la verdadera Tsubaki, sonriéndole a Hinata.

-Quiero que asesines a todos los miembros de la familia Uchiha. - le ordenó. - Y le des un pequeño susto al segundo hijo, pero sin matarlo.

La niña asintió inexpresiva. Desplegó sus alas de murciélago y voló hacia el cielo nocturno, con el sonido de unos relámpagos acompañándola a lo lejos.

Fin del capítulo.


Antes de desarrollar Haunted and lost, a la versión que estamos leyendo actualmente, presenté hace años una historia llamada "La maldición Uzumaki".

Después de publicarla por 3ra vez (porque las 2 versiones anteriores no me convencían y las terminé borrando TwT), decidí presentarla como una introducción para Haunted and lost, contando desde el principio lo que había pasado con Minato y con Kagome. Para este capítulo, rescaté un poco de esa vieja narración, comprimiendo los 3 capítulos en los que consistía "La maldición Uzumaki" y mostrando pedazos de ellos en uno solo.

Espero que lo hayan disfrutado! Muchas gracias por su apoyo y por seguir leyendo esta historia! Saludos a todos! nwn