-Maldita... - habló Kushina, apretando la mandíbula. - ¡Si te atreves a tocar a Sasuke, te juro que te arrepentirás!
Tsubaki sonrió de lado, chasqueando sus dedos. En ese segundo, las serpientes volvieron a estrujar una vez más los cuerpos de la pelirroja y de los jóvenes a su lado, haciéndolos gritar de agonía.
-¡D-Detente! - pidió el muchacho de ojos negros, preocupado.
La sacerdotisa bufó. Chasqueando de nuevo sus dedos, detuvo a sus serpientes, consiguiendo que el rubio y los demás jadearan aliviados.
-Cómo te habrás dado cuenta, tengo en mi poder la vida de estas cinco personas. - explicó. - Y si yo quiero, puedo pedirles a mis Youkai que los aplasten hasta la muerte, que los envenenen, que se les coman o que exploten.
-¡¿QUÉ?! ¡¿TODO ESO?! - gritó Naruto, con dos círculos blancos en lugar de ojos. - ¡USTED ESTÁ LOCA, DE VERÁS!
-¡No la provoques, Naruto! - exclamó Shikamaru.
-Hazle caso a tu amigo... - dijo la sacerdotisa, pidiéndole a la serpiente que sujetaba al rubio; con un ademan, que subiera sus colmillos a la altura de su cuello. - no querrás ser el primero en morir por mi falta de paciencia, ¿O sí?
-¡Ya déjalos en paz y dime qué quieres! - Sasuke intervino, haciendo sonreír a Tsubaki.
Con un movimiento de su mano, hizo retroceder a su criatura, levantando su cabeza por encima de la del Namikaze.
-No se trata de lo que yo quiera, sino de lo que tú decidas hacer. - comentó, confundiéndolo. - Te daré dos opciones. Si vienes conmigo por tu propia voluntad, dejaré en libertad a estas personas y desharé para ellos mi conjuro de cacería Youkai. El cielo morado rojizo.
-¿Y qué hay de quienes están en el hospital Shikon?
-Tengo cuentas pendientes con esa gentuza. - habló despectiva. - Sin embargo, por los ojos de Hijiri, mi sirvienta... - volteó un segundo hacia la mujer de ropas negras, arrodillada. - pude ver que deshiciste la maldición de tu hermano, Itachi Uchiha.
-Itachi Uchiha... - pensó Kushina, atónita. - ¡¿Está vivo?!
-Te aseguro que también lo dejaré fuera de esto. - hizo una pausa, acariciando la cabeza de su serpiente blanca con su mano derecha. - Pero, si te rehúsas, me aseguraré de que tu sufrimiento, sea peor que el que viviste hace 10 años.
Ese comentario, hizo latir el corazón del Uchiha con frenesí.
-Lo recuerdas, ¿Cierto? - bajando su mano a la altura de su costado, comenzó a caminar a su alrededor en círculos. - Como tus padres y tu hermano fueron cruelmente asesinados.
Fugaku y Mikoto Uchiha ya no respiraban, encontrándose tirados en charcos hechos con su propia sangre, al mismo tiempo que Hinata; con 8 años, los pisaba mientras gruñía.
-Como los demás hablaban a tu alrededor, sin tener idea de lo destruido que estabas por dentro.
En la escuela, escuchaba con claridad las habladurías de algunas madres de sus compañeros. A veces, viéndose forzado a escapar, perdiéndose de Kushina, Nagato y sus hermanos adoptivos.
-Como las pesadillas te atormentaban, haciéndote llorar cada noche.
Sentado en su cama, refugiado por la oscuridad, se abrazaba a sí mismo mientras contenía las lágrimas, para no despertar a Naruto.
-Como los Namikaze se vieron forzados a recibirte, solo porque les diste lástima.
-¡No la escuches, Sasuke! - la voz de Kushina lo devolvió a la realidad, haciéndolo dar un respingo. - ¡Yo quise hacerme cargo de ti porque quería protegerte! ¡Apoyarte para que salieras adelante! ¡Para que, en nuestra compañía, pudieras superar de a poco tu dolor!
-¿De verdad? - Tsubaki se burló, deteniéndose nuevamente frente al joven. - Si realmente hubieras cumplido con el papel de tutora y guardiana del que tanto presumes, no estaríamos aquí en primer lugar.
La mujer policía le gruñó.
-Dejaste que se escapara de tu casa y ahora, tu vida, la de tu hijo y sus amigos, penden de un hilo por tus descuidos.
-¡Ya basta! - gritó el muchacho, agachando la cabeza y apretando los puños. - ¡Ya estoy cansado de que los demás siempre sufran por mi culpa! ¡De que nunca puedan verme más allá de los pesares que cargo sobre mis hombros! - entonces, volteó con tristeza hacia la pelirroja. - De que siempre quieran sobreprotegerme, como si fuera un jarrón...
-Sasuke... - musitó Naruto, perplejo.
El mencionado volvió su mirada hacia la sacerdotisa.
-Iré contigo. - dijo decidido, asustando a los demás. - Solo quiero que dejes en paz a todos. Que nadie sufra por mi culpa.
Tsubaki dejó de sonreír. Al instante, su serpiente blanca saltó hacia el joven, enredándose en su pecho y mordiéndolo en el cuello. Un segundo después, su cuerpo colapsó.
FFFFF
-Ya no quiero pelear más. Solo deseo tener una vida pacifica a tu lado.
FFFFF
-Amor mío... - pensó con tristeza, atrapando oportunamente al Uchiha en sus brazos. - este niño heredó algo más que tu alma. Me recuerda tanto a ti.
-¡Sasuke!
Naruto y Kushina lo llamaron, viendo desesperados como ambos desaparecían, en medio de una parvada de cuervos que surgieron desde la tierra.
-Hijiri, ya sabes qué hacer. - Tsubaki musitó en sus pensamientos.
Cuando las serpientes negras se desvanecieron en forma de vapor, se levantó del asfalto e hizo contacto visual con cada uno de los presentes, usando sus ojos rojos.
-S-Sasuke... - dijo el rubio; acostado bocabajo, antes de perder el conocimiento.
Sakura, Shikamaru y Kushina le siguieron.
-Esa mujer... - pensó Mirai, a punto de cerrar los ojos.
El viento sopló, levantando la alta coleta de Hijiri, antes de que se internara de nuevo en el campo de fuerza.
PPPPP
-¡Maldición! ¡Esto es como aquella vez! - se quejó InuYasha, viendo con frustración los muros de llamas negras. - ¡¿Qué no te sabes otro truco, maldita serpiente ponzoñosa?!
-Señora Urasue, ¿Tiene entre sus curiosidades un pergamino? - interrogó Rin, aproximándose a la anciana.
Esta última, escuchando su pedido, vació el pequeño morral que llevaba alrededor de su cintura, volteándolo para expulsar alrededor de 20 pergaminos. La pequeña sacerdotisa sonrió, tomando uno de color anaranjado brillante. Acto seguido, se acercó al muro frente a InuYasha y Kagome.
Tomó asiento en el piso. Abrió el pergamino y, con un pincel y un poco de tinta que siempre llevaba para las emergencias, escribió palabras en italiano de manera vertical. Al terminar, juntó sus manos y cerró los ojos, murmurando frases en latín.
-¡Sello! - exclamó para finalizar.
En ese momento, las llamas negras fueron absorbidas por los conjuros escritos en el pergamino.
-Increíble... - comentó la mujer de cabello negro, admirando con creces el trabajo de su amiga.
InuYasha, Sesshomaru y Urasue sonrieron. El único que no estaba tan presente, era Itachi, quien no podía sacarse de la mente el repentino secuestro de su hermano. Rin, percatándose de su estado de ánimo, se acercó de nuevo a él y colocó su mano izquierda en su espalda, llamando su atención.
-Tranquilo. - le sonrió con calidez. - Saldremos a buscar a Sasuke y lo traeremos a salvo, te lo prometo.
-¡Rin!
De pronto, el mayor de los Taisho gritó su nombre, empujándola, tanto a ella como a Itachi, para recibir unas agujas senbon en su brazo y hombro izquierdo.
-¡Sesshomaru! - exclamó la sacerdotisa de vuelta.
-Tan hábil como siempre. - habló Hijiri, apareciendo nuevamente ante ellos, desde el gran agujero que hizo con sus poderes.
Al verla flotando con sus alas de cuervo, InuYasha se quitó su rosario negro y se lo entregó a Kagome.
-Sé que te estoy exigiendo mucho, pero... - dijo avergonzado.
-Descuida. - su prometida negó. Tomó el objeto, lo enredó en sus manos e hizo una posición con sus dedos. - ¡Te libero de tu sello para que me protejas a mí y a mis aliados! - exclamó, al mismo tiempo que el cabello negro del joven se tornaba plateado, adquiriendo sus rasgos sobrenaturales. - ¡Ven a mí, bestia zangetsuha!
InuYasha sonrió. Llevando sus garras a su hombro izquierdo, se hirió a sí mismo y luego saltó.
-¡Garras de sangre! - exclamó, expulsando de sus dedos franjas carmesí.
Hijiri, al verlas, las esquivó. Para su mala suerte, al hacerlo, le dio oportunidad al Hanyou para que se abalanzara sobre ella, impidiéndole volar con libertad.
-¡Bajaré para vigilar a InuYasha! - avisó la joven Higurashi. - ¡Ustedes quédense aquí!
-¡Espere, señorita Kagome! - pidió Urasue, haciendo aparecer frente a ella, con un solo movimiento de sus manos, un gran estuche de color azul oscuro. - Va a necesitar esto.
-Esto es... - dijo sorprendida.
-Después de que sus padres murieran en ese terrible accidente, Midoriko-sama me encargó que guardara esto, para evitar que hubiera algún tipo de altercado en su familia.
-Muchas gracias, señora Urasue. - habló conmovida, haciendo una reverencia antes de saltar a ella y abrazarla.
La anciana, pareciendo sorprendida al principio, sonrió y correspondió su gesto. Después de separarse, la mujer tomó el estuche y salió corriendo al otro lado del pasillo.
-¡Kagome, yo voy contigo! - gritó Rin, separándose de Itachi para alcanzarla.
-¡Espera, Rin...! - trató de decir Sesshomaru, pero el dolor de sus nuevas heridas no lo dejaron continuar.
Urasue, al verlo, se arrodilló a su altura. Le quitó las agujas senbon, haciéndolo quejarse un poco y luego, lo curó con unos conjuros simples, deteniendo el sangrado y cerrando sus heridas como si nunca hubieran estado ahí. El Uchiha quedó fascinado al presenciar aquello.
-¡Listo! - bramó la mujer, aplaudiendo. - Ahora, si quieren proteger a las chicas... - con otro conjuro hecho con sus manos, hizo aparecer ante los muchachos un juego de 2 pistolas, con 6 balas blancas para cada una. - van a necesitar esto.
Sesshomaru, recibiendo su arma, la observó con dudas.
-Tranquilo, yo me quedaré aquí y protegeré al señor Toga y a su compañero.
Aún seguía dudando. Pero, al escuchar un estruendo en el piso inferior, introdujo las balas blancas en los cartuchos de su pistola y quitó el seguro.
-Vamos, Itachi.
PPPPP
-¡Garras de acero! - gritó InuYasha, expulsando de sus garras, franjas de luces.
Hijiri las esquivó, saltando a lo largo y ancho de la calle del distrito Suginami, para luego usar sus alas y apartarse unos metros de ahí.
-¡JA! ¡¿Qué sucede?! - cuestionó el joven, en tono burlón. - ¡¿Acaso te asustó mi nueva forma?!
Tomó un poste de luz, una banca de madera y un buzón que encontró en su camino y se los lanzó. La mujer, sin inmutarse, los evitó desde al aire, abalanzándose a él a toda velocidad, para lanzarle agujas senbon. El Hanyou, incapaz de verlas con los ojos, tuvo que improvisar en sus movimientos, recibiendo algunas en sus hombros, brazos y piernas.
En ese momento, Kagome salió del hospital Shikon, percatándose de las dificultades que estaba teniendo con su oponente, al ser incapaz de ver las agujas senbon. Por ello, se apresuró en sacar del estuche que recibió de Urasue, el antiguo arco que le pertenecía a su madre.
Era de color azul oscuro, con detalles dorados en la parte superior, media e inferior. Muchos miembros del clan Higurashi, se habían preguntado donde se encontraba, haciéndolo ver más como una leyenda que como una parte importante de su historia.
Su madre, la sacerdotisa Naori Higurashi. La única en poseer un arco hecho a mano en el antiguo monte Azusa, conocido por muchos sacerdotes y sacerdotisas, como un lugar sagrado que solo aparece ante quienes tengan su alma completamente pura. Sin rastros de maldad o ambición.
Apretó con suavidad la madera azul. Tomó una flecha que se encontraba, en otro compartimento del estuche y la colocó en medio. Si la vista de InuYasha no era tan buena, para percibir ataques rápidos... ¡La de ella seguramente era peor! No obstante, desde su perspectiva, la vista no era lo único que se necesitaba para acertar ataques contra el enemigo.
Por eso, cerró los ojos y se concentró, únicamente, en percibir la energía de la mujer. Para su mayor sorpresa, no desprendía ninguna. Como si se estuvieran enfrentando a un muerto. Eso, más la sospecha que tenía por su voz... Tragó saliva. ¿En qué cosas estaba pensando?
De pronto, el cuerpo de InuYasha se arrastró unos metros por el suelo, quedando bocabajo y abierto a un ataque directo. Kagome no dudó más. Impregnó la flecha con su energía espiritual y la lanzó hacia el sitio donde creía que se encontraba Hijiri. Para su gran sorpresa, la flecha se clavó en una de sus alas, obligándola a aterrizar en el suelo.
El Hanyou, dándose cuenta, se levantó como pudo. Corrió hacia ella y le propinó un puñetazo en la máscara blanca, pateándola después en el abdomen, para hacerla rodar al otro lado de la calle. Como vio que se había quedado inmóvil, aprovechó para quitarse de su hombro derecho un par de agujas que le molestaban, jadeando y quejándose por el dolor.
-¡InuYasha! - Kagome lo llamó, corriendo hacia él. - Ay, cielos... - susurró, viendo asustada las heridas y los rasgaduras en sus ropas negras.
-Tranquila, estoy bien. - le aseguró, intentando sonreír.
-Payaso...
Dijo la mujer de ropas negras, logrando que la observaran, mientras se ponía de pie y su máscara blanca se resbalaba de su rostro, revotando en el asfalto. El lazo blanco que llevaba en su cabello, se desató, dejándolo caer en varios mechones, algunos, a los lados de sus mejillas.
-Veo que no has cambiado del todo... sigues siendo tan inmaduro como aquella vez en el bosque.
Al descubrir su identidad, la pareja quedó perpleja. En especial, porque sus ojos eran como los de Hinata. De un intenso color rojo, con tres aspas negras.
-No es cierto... - comentó InuYasha.
A su derecha, Kagome se llevó las manos a la boca, temblando y con los ojos cubiertos de lágrimas.
-¿K-Kikyo?
Fin del capítulo.
