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En la oscura habitación que ocupaba, dentro del sanatorio Akasuna, la pequeña Hinata Hyuga no dejaba de gritar, siendo sometida por las diferentes cintas y cadenas que tenía en muñecas y tobillos.
Kikyo continuaba rezando. Desde su llegada, no había hecho otra cosa más que impedir que la menor se lastimara, tratando de descifrar el origen de su terrible comportamiento. En un principio, y gracias a los reportes, pensó que un demonio demasiado necio se había apoderado de su cuerpo.
Sin embargo, cuando sus ojos castaños se encontraron con los de Hinata; resplandeciendo en un inquietante color rojizo, ambos se nublaron, paralizándola de pies a cabeza y obligándola a bajar los brazos.
Borrando cualquier pensamiento que pasara por su cabeza en ese instante. Incluyendo las posibles razones por las que estaba tan mal. Quedándose en silencio, dio media vuelta. Abrió la puerta y salió de la habitación.
Una de las enfermeras que se hallaba en el pasillo, notó su extraño comportamiento, por lo que corrió a la oficina de Chiyo Akasuna. Mientras tanto, ella siguió caminando, hasta llegar a la puerta principal del sanatorio y salir al bosque.
Atravesando los gigantescos pinos, la tierra húmeda y los arbustos alborotados de la zona, terminó parada en la cima de un peñasco. Las nubes oscuras, acompañadas por el viento frio que soplaba esa noche, la despertaron de su trance, haciéndola voltear a todas partes y preguntarse donde se encontraba.
Se supone que estaba ayudando a Hinata a tranquilizar el demonio que llevaba en su interior. De pronto, sintió como alguien jalaba bruscamente el listón blanco que utilizaba para amarrarse el cabello.
Cuando se giró, se encontró de frente con Tsubaki, quien, sonriendo, la empujó al vacío. Gritando por la caída, la joven desapareció en medio de la densa neblina en el fondo, alcanzando a ver como la mujer de cabello blanco tiraba su listón en el peñasco y se retiraba de ahí.
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-¡Señorita Kikyo! - gritaba Chiyo Akasuna, internada en el bosque con un par de empleados del sanatorio, alumbrando su camino con su lámpara en forma de farol. - ¡Señorita Kikyo! ¡¿Dónde está?!
-¡S-Señora Akasuna! - la llamó uno de los hombros, haciéndole señales desde el peñasco.
La mujer mayor corrió lo más rápido que le fue posible, abriéndose paso entre los arbustos silvestres, hasta llegar junto a su subordinado.
-Mire, es el listón de la señorita Kikyo. - comentó, agachándose para pasarle el objeto en sus manos.
-¿Pero por qué habrá venido a un lugar como este? - cuestionó preocupada.
De repente, un cuervo los asustó, graznando detrás de ellos con histeria.
-¡Fuera de aquí, maldito pajarraco! - exclamó el segundo hombre que los acompañaba, reuniéndose con ellos en la cima del peñasco y moviendo de un lado a otro la lámpara que tenía.
Chiyo se llevó una mano a su pecho, intentando calmarse por el buen susto que recibió del ave.
-¡S-Señora Akasuna! - el hombre que encontró el listón, se asomó al fondo del precipicio.
Con cierto temor, la mujer y el otro individuo, hicieron lo mismo. Llevándose una mano a su boca y escuchando unos relámpagos a la distancia por el mal clima, Chiyo y sus acompañantes vieron con horror el cuerpo destrozado de Kikyo, hundido en un inmenso charco de sangre.
-D-Dios mío... - susurró la mujer, asustada y atónita.
-¿Qué hacemos?
-Tenemos que avisarle a Miroku Higurashi.
-¡No, no lo haremos! - gritó la anciana. - ¡Si se entera de esto, Hinata no recibirá la atención que necesita!
-¡Al diablo con la mocosa! - el hombre a su izquierda gruñó con el ceño fruncido. - ¡Está maldita! ¡Usted mejor que nadie lo sabe porque fue la culpable de la muerte de su nieto!
-¡Cuida tus palabras, Yura! - lo regañó el otro individuo.
Chiyo agachó la mirada con tristeza.
Su querido y adorado nieto Sasori. Acabando la escuela de medicina, no dudó en ponerse bajo sus servicios. No obstante, en cierta ocasión, intentando evitar que Hinata se lastimara, terminó siendo lanzado fuertemente contra una pared, muriendo al instante por un fuerte golpe en su cabeza.
Suspiró, dejando escapar una nube de vapor de sus labios.
-Le diré a Miroku que su prima desapareció. - habló unos segundos después, levantando la mirada. - Este clima no nos permitirá recoger el cadáver. Lo dejaremos ahí y mañana en la mañana lo recogeremos.
-Como usted ordene, señora Akasuna. - sus subordinados hablaron al unísono, mirando seriamente como la mujer daba media vuelta.
-Pobre niña... - dijo en voz baja, internándose en el bosque de pinos. - era tan joven y hermosa...
-N-No... - susurró Kikyo, levantando su brazo izquierdo hacia la cima del peñasco. - no se vayan... aún... estoy... viva...
-Y es un alivio.
En eso, Tsubaki apareció una vez más ante ella, acompañada por el abrumador sonido de los relámpagos en el cielo.
-Hubiera sido aburrido que murieras antes de comenzar con la diversión.
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-Cuervos volando... un acantilado... y a una mujer empujando a otra.
-Ay, mi niña... tus poderes te dieron una visión de tu muerte.
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-Abuela... - pensó, escuchando el graznar de los cuervos, volando a su alrededor. - esta misión, resultó ser el escenario final de mi muerte. - una lágrima salió de su ojo izquierdo. - ¿Por qué? - cuestionó en voz alta. - ¿Por qué yo?
Tsubaki, sonriendo, se agachó a su altura y la tomó de uno de los mechones de su cabello negro, obligándola a alzar su cabeza.
-Por ser la nieta de Midoriko Higurashi. - fue lo último que escuchó de su parte, antes de perder el conocimiento.
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SSSSS
-¿Ya terminaste de entrenar?
Cuestionó Sesshomaru, sorprendiéndola leyendo frente al rio Amari, a las afueras del templo Higurashi. El sol se estaba poniendo en el horizonte, dando la sensación de que el agua y el resto del bosque, eran de color anaranjado.
-¿Qué ocurre? Parece como si hubieras visto un fantasma.
-Perdón... - dijo sonriente, cerrando un momento los ojos y llevándose una mano a su frente. - estaba "dormida despierta". - cuando cerró su libro y lo colocó sobre sus piernas, Sesshomaru se sentó a su lado derecho. - ¿Cómo te fue en la escuela?
-Todo es aburrido. - suspiró con el ceño fruncido. - ¿Habrá alguna materia en la que no sea bueno?
Esa pregunta la hizo reír.
-Tal vez si la hay...
-¿Pensaste en una?
Ella asintió.
-Cierra los ojos.
Parpadeando confundido, el muchacho la obedeció. Kikyo tragó saliva. Hizo a un lado su libro, poniéndolo con cuidado sobre la hierba. Se acercó más a él, tomó su rostro con sus manos y lo besó en los labios. Al sentir aquello, Sesshomaru se apartó, viéndola sorprendido y dándole un buen susto.
-Perdón... - dijo avergonzada, retrocediendo y poniendo sus manos detrás de su espalda. - ¿Fue muy raro?
-Es que... - susurró atónito. - no sabía que tenías esos sentimientos hacía mí. Como siempre te la pasas entrenando, en misiones o con Midoriko-sama...
-Lo lamento. - lo interrumpió, recogiendo su libro y parándose de golpe. - Por favor, olvida lo que acaba de pasar.
Dándole la espalda, se internó en lo profundo del bosque.
-¡Kikyo, espera...! - pidió Sesshomaru, levantándose y siguiéndola.
-Aunque fuera por una vez... por un segundo... - pensaba mientras corría, agachando la cabeza y aferrándose a su libro. - me atreví a salirme del papel de "nieta perfecta" y vivir como una chica ordinaria. Soy una tonta. Yo, la nieta de Midoriko Higurashi y una de las candidatas a suma sacerdotisa, ¿Enamorada de alguien como Sesshomaru Taisho? - agotada, se escondió detrás del tronco de un árbol, deslizando su espalda hasta sentarse en el suelo y esconder su cabeza entre sus rodillas. - Ojalá no perteneciera a esta maldita familia... - susurró enojada, arrugando con sus dedos las páginas de su libro.
-Kikyo...
De pronto, la voz de Sesshomaru la hizo saltar del susto, obligándola a levantar la cabeza hacia él. Parado junto al tronco, jadeaba por la gran carrera que hizo al seguirla. Cuando se sintió mejor, le sonrió con gentileza y le extendió su mano derecha.
-Ven. Hay que regresar.
La joven lo miró con tristeza. Correspondiendo su gesto, se puso de pie y se abalanzó hacia él, abrazándolo con fuerza.
-Mi amor no es correspondido. - dijo seriamente, escuchando los latidos de su corazón. - Puedo notarlo en tu mirada. Pero, al menos... - sus manos arrugaron la camisa blanca de mangas cortas de su uniforme. - ¿Podrías regalarme unos insignificantes besos? - cerró los ojos con fuerza. - Mi abuela... ya decidió con quién me casaré y cuando lo haré. Así que, por lo menos... - tomando valor, se separó de él y le sonrió. - me gustaría conservar en mi memoria... un agradable momento, al lado de la persona que realmente amo.
Sesshomaru entrecerró sus ojos. Llevó una mano a su cabello negro y se acercó a su rostro, cumpliendo su deseo.
Siempre quise que pasara esto...
...pero fui demasiado cobarde para decir la verdad.
Si hubiera enfrentado a mi abuela, como lo hizo Izayoi-sama...
...si le hubiera dicho que no quería casarme...
...que yo ya amaba a alguien...
¿...las cosas serían diferentes?
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Abrió los ojos, encontrándose con un viejo techo de madera cubierto de telarañas y polvo. No podía moverse. Tenía frío y las pocas partes de su cuerpo con las que todavía contaba, estaban entumecidas. En eso, escuchó unos fuertes golpes en la habitación contigua. ¿Qué rayos era ese ruido? Pensó, haciendo una mueca.
Quería levantarse, pero era imposible. Entonces, se percató de que se encontraba en una bañera de piedra, cubierta con agua y hierbas medicinales. Unos segundos después, Tsubaki hizo acto de presencia, cargando en sus manos un jarrón de cerámica.
-Así que ya despertaste... - dijo sonriente, caminando de un lado a otro.
-¿Qué me hiciste? - preguntó enojada.
-Más bien, que voy a hacerte. - respondió, colocando más hierbas medicinales en la tina. - Este conjuro se usa para extraer el alma de un ser viviente, y transferirla a otra parte. Por ejemplo, a un cuerpo hecho de barro y huesos.
-¿Qué?
-Es lo que querías, ¿No? - habló con seguridad. - Dejar de ser parte de la familia Higurashi. Caminar, correr, amar en completa libertad. Sin tener que llenar las expectativas de quienes están a tu alrededor. - parándose al lado derecho de la tina, se aproximó a su rostro y le susurró: - En especial, de esa maldita presumida a la que llamas "abuela".
-M-Mi abuela... - dijo con la voz temblorosa. - hace todo por nuestro bien...
-¿En serio? - preguntó a modo de burla, apartándose de la tina y tirando en su interior más hierbas medicinales. - ¿Por eso te dejó ir al sanatorio Akasuna, aun estando consciente de la visión de tu muerte?
-¿Cómo sabes eso? - interrogó anonadada.
-Tengo ojos y oídos en los lugares que me interesan. El templo Higurashi es uno de ellos. - respondió, tomando el jarrón con el que había llegado y dirigiéndose a la puerta del cuarto. - Volveré dentro de tres días. - anunció, con su mano izquierda pegada a la manija. - Para entonces, desearás estar muerta realmente.
Soltando una carcajada, cerró la puerta y se marchó.
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-Cuando abrí los ojos, luego de desmayarme por el olor de las hierbas medicinales... ya me encontraba en este cuerpo maldito. - dijo Kikyo, sorprendiendo aún más a InuYasha y Kagome, quienes, en ningún momento, habían dejado de verla anonadados y angustiados. - Lo único que puedo sentir ahora, es un profundo rencor hacia el templo Higurashi. Hacia mi herencia, hacia mi abuela. Incluso hacia Miroku.
-Yo... fui a buscarte a petición suya. - habló Kagome, mirándola con tristeza y obteniendo su atención. - La señora Chiyo nos contó a Minato Namikaze y a mí, que te suicidaste después de intentar exorcizar a Hinata. Tal vez... el trance al que fuiste sometida, lo provocó sin querer gracias al sharingan.
-¿El sharingan? - cuestionó, viendo sus manos. - O sea que las dos somos víctimas de la misma maldición...
-Minato-sama se la transfirió sin querer a Hinata, cuando Tsubaki se la quiso poner a su segundo hijo. - explicó InuYasha.
-¡Kagome!
De pronto, los tres voltearon hacia la entrada del hospital, viendo como Rin se aproximaba a lo lejos, acompañada por Itachi y Sesshomaru. La pequeña sacerdotisa, al ver el rostro de la mujer de ropas negras que secuestró a Sasuke, se detuvo en seco, quedando a tan solo 2 metros de distancia.
-No puede ser...
-¿Kikyo? - le siguió Sesshomaru, parándose a su lado izquierdo.
-¿La hermana mayor de Kagome? - cuestionó Itachi, quedándose al lado derecho de la joven.
El hombre de cabello plateado asintió. Por un momento, los ojos de la antigua sacerdotisa, se iluminaron al ver a su amor secreto. Lamentablemente, el gusto le duró muy poco, ya que su pecho comenzó a dolerle, obligándola a doblar las rodillas.
-¡¿Kikyo?! ¡¿Qué tienes?! - la interrogó su hermana menor, preocupada.
-Por favor, Kagome... - comentó, agonizando. - mátame... - los ojos castaños de la mencionada se abrieron de par en par, sin brillo. - si no lo haces... Tsubaki volverá a tener control sobre mí... y así como me obligó a llevarle la fruta Tsuchigumo... me obligará a matarlos a todos. - el dolor en su pecho se hizo más insoportable. - ¡Se los pido! ¡Acaben con este cuerpo maldito!
-¿Q-Quieres morir? - preguntó Rin, temblando. - ¿Por qué?
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-Lo que está frente a nosotros, no es humano. Tampoco es un ser sobrenatural, aunque en apariencia pretenda ser ambas.
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-Es tal y como lo dijo la señora Urasue. - pensó Sesshomaru. - Ella no es Kikyo. Es una cosa que solo usa su apariencia. Pero, aun sabiendo eso... - apretó los puños y los dientes, lleno de rabia e impotencia. - no creo ser capaz de apuntarla con mi arma.
-¡Por favor! ¡Se los ruego! - gritó la mujer, desesperada. - ¡Rompan este cuerpo, ya no quiero estar aquí! ¡YA NO QUIERO MATAR A NADIE!
-Mamá... - pensó InuYasha, recordando a Izayoi, sosteniendo un cesto con flores silvestres. - ¿Qué hago? No quiero usar mis garras contra ella...
-Kikyo... - la llamó Rin en sus pensamientos, teniendo presente las ocasiones en las que la acompañaba a recolectar hierbas medicinales. Reía con ella. La abrazaba. Leían juntas un libro de cuentos. - ...no puedo. A pesar de que me advirtieron sobre esta técnica en mi entrenamiento... - agachando la cabeza, dos lágrimas se escaparon de sus ojos. - ¡No puedo apuntarte con mi arco! ¡Tú no eres un monstruo, eres mi amiga!
-P-Por favor... - perdiendo de a poco la consciencia, sacó más agujas senbon de sus pantalones, sosteniéndolos entre los dedos de sus manos temblorosas. - alguien...
Subiendo el brazo izquierdo, apuntó hacia Kagome, quien la observaba asustada mientras lloraba.
-Mátala. - le ordenó Tsubaki en su mente. - ¡Mata a Kagome! -
Sin poder evitarlo, le lanzó las agujas. InuYasha, tomándola de sus hombros, se colocó frente a ella, recibiéndolas en su espalda.
Kikyo, una vez más, volvió a sacar más agujas senbon de sus pantalones, usando en esta ocasión, su mano derecha para apuntar a InuYasha.
Sin parar de temblar, las lanzó, colocándoles en las puntas una llama negra a cada una, gracias al sharingan. Fue en ese momento, que Sesshomaru intervino, abrazando a su hermano menor y a la joven para ayudarlos a esquivar las agujas.
Ya con los dos en el suelo, y a salvo, se arrodilló en el piso y apuntó a la mujer con su arma. La mano le temblaba. Pero, si esa era la única manera de proteger a su familia, lo haría.
-¡JAJAJAJAJA! - en sus pensamientos, Kikyo escuchó la insoportable carcajada de Tsubaki. - ¡Mátalo a él también!
Apretó la mandíbula, evitando hacer contacto visual con el detective.
-¡Estúpida! ¡No olvides que yo te salvé de la miserable vida que Midoriko planeó para ti! ¡Me debes lo que eres ahora!
-Me engañaste... - susurró, llena de ira. - jugaste con mis emociones... y manchaste mi alma...
De pronto, su cabeza se alzó en contra de su voluntad, obligándola a invocar unas llamas negras alrededor de los Taisho y de su hermana menor.
-¡Kikyo, detente! - gritó Rin, viendo asustada a sus amigos.
Cuando, sus ojos carmesí se dirigieron hacia ella; para incinerarla con el amaterasu, dos disparos perforaron su pecho. Volvió la vista de nuevo a su antigua amiga.
Itachi se había colocado frente a ella, protegiéndola de su vista y apuntándola fríamente con su pistola. Un segundo después, cuando vio como era obligada a sacar más agujas senbon, volvió a dispararle, haciendo pedazos su mano derecha, seguido por otro en su hombro izquierdo y otros tres en la pierna izquierda.
Gracias a estos últimos, cayó de rodillas, por lo que apartó su dedo del gatillo y bajó el arma a la altura de su costado.
Detrás de él, Rin temblaba, sollozaba y apretaba los dientes, frustrada por no haber sido capaz de actuar, aun cuando vio a sus seres queridos estabab en peligro.
-¡K-Kikyo! - exclamó Sesshomaru, siendo el primero en correr hacia ella, una vez que las llamas negras se dispersaron.
InuYasha y Kagome lo siguieron, viendo cómo se agachaba a su altura, la tomaba en brazos. La acostaba en el suelo y se quitaba su gabardina, para cubrir los grandes agujeros hechos en su pecho.
Al sentir algo pesado sobre ella, la mujer abrió los ojos, encontrándose con las gentiles y entristecidas pupilas del mayor de los Taisho. La aflicción del muchacho de cabello plateado y el llanto de su querida hermana. Frente a sus pies, se encontraban Rin e Itachi.
La primera, no podía dejar de llorar, cubriendo su boca para evitar sollozar. Y el segundo, la observaba seriamente. Sin una pizca de rencor o frialdad, como lo había percibido al momento de que le disparara.
-Eres el hermano mayor de Sasuke Uchiha, ¿Verdad? - le preguntó con curiosidad.
Él asintió.
-Gracias y... siento mucho lo de tu hermano...
-No te preocupes. Sé que no lo hiciste a propósito.
Sonrió, dirigiendo sus ojos carmesí hacia la más joven del grupo.
-Rin...
Al instante, la mencionada dio un respingo. Y aunque le costaba trabajo permanecer tranquila, hizo su mejor esfuerzo para dejar de temblar.
-Tu entrenamiento dio sus frutos. Te has convertido... en una gran sacerdotisa...
Asintió, cerrando con fuerza los ojos y derramando más lágrimas.
-InuYasha...
El muchacho la miró inexpresivo.
-Te encargo a Kagome... con lo que hiciste hace rato por ella... me quedo tranquila al saber que la protegerás como es debido...
Asintió con la cabeza.
-Kagome... - levantó lo que quedaba de su brazo derecho. - hermana...
-¡A-Aquí estoy! - exclamó, sentándose a su lado y sosteniendo su brazo.
-No permitas... que Miroku o cualquier otro de nuestros parientes... te diga lo que debes hacer o no con tu vida... - comentó seriamente. - yo siempre... fui una cobarde... es por eso que terminé atrapada en este cuerpo...
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-Lo único que puedo sentir ahora, es un profundo rencor hacia el templo Higurashi. Hacia mi herencia, hacia mi abuela. Incluso hacia Miroku, por no haber hecho algo cuando desaparecí.
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-Ay, Kikyo... - derramó un par de lágrimas de sus ojos castaños. - ¡T-Te lo prometo! ¡Cuando vuelva al templo Higurashi, todos sabrán la agonía que pasaste! ¡Cambiaré las reglas y no permitiré que ninguna niña o niño de nuestro templo, pase por el mismo sufrimiento que tú viviste!
Sus gritos le recordaron a sus días de niñez, por lo que, agradecida, le sonrió. Deseaba tanto acariciar su cabeza, su cabello... pero eso ya era imposible.
-Sesshomaru...
El mencionado la miró con tristeza.
-Jamás tuve la oportunidad de decírtelo... pero tú me gustabas mucho...
Esa última declaración sorprendió a los presentes. Mucho más al detective, ya que era lo que menos esperaba escuchar de su parte.
-Ahora, recuerdo con claridad... porque escondí... realmente mis sentimientos. No fue para evitarme... problemas con mi abuela... lo hice... por el bien de Rin.
La joven sollozó.
-Acababan de perder... a sus madres... y yo... no quería interponerme entre ambos. Además, mi abuela... tenía otros planes para mí. Al ser... la hija de Naori Higurashi... tendría la oportunidad... de convertirme en suma sacerdotisa. Jamás... podría casarme con quien yo quisiera... ni tener tanta libertad... como la tenían otras chicas de mi edad...
-Kikyo... - la llamó Sesshomaru.
-Me siento avergonzada... porque me viste... en estas condiciones... - se sinceró, con una sonrisa. - espero... de todo corazón... - por encima de su ojo derecho apareció una grieta, nublando su pupila y volviéndola de color marrón oscuro. - que hagas feliz a Rin... después, de lo que han vivido... - susurrando, su cabeza se ladeó hacia su derecha. - se lo... merecen...
-¡¿Kikyo?! - cuestionó InuYasha.
-¡Hermana! - exclamó Kagome, notando como el cuerpo de barro y huesos se agrietaba más rápido, para luego, expulsar su alma.
Haciéndolos brillar por unos segundos, cada uno sintió en su corazón la calidez con la que tanto los apreciaba, desde que eran niños. La sacerdotisa de cabello castaño, atrapada más en sus pensamientos, que en el último adiós de su antigua amiga, derramó un par de lágrimas... antes de cerrar los ojos y desplomarse.
Parado a su lado izquierdo, Itachi se percató a tiempo, atrapándola oportunamente en sus brazos. Cuando dejaron de brillar; indicando que el alma de Kikyo se había ido para siempre, el campo de fuerza que los rodeaba se partió en pedazos... revelando a cinco personas inconscientes afuera de este y a un ejército Youkai volando sobre ellos.
Fin del capítulo.
Muchas gracias por su paciencia y por seguir acompañándome en cada actualización, espero hayan disfrutado el capítulo de hoy :) (y una disculpa si les volví a romper el corazón con la muerte de Kikyo TwT) Nos vemos en el siguiente!
