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-¿Qué fue lo que pasó? - cuestionó Midoriko Higurashi, reuniéndose con uno de los médicos que ejercían en el hospital Shikon.
Eran las 3:00 de la mañana. El pasillo del primer piso estaba en silencio y despejado. El hombre, quitándose los lentes y observándola un segundo, suspiró.
-Un accidente automovilístico. - explicó, con sus ojos dirigidos a los papeles que sostenía en sus manos. - El único que sobrevivió, fue ese chico. - señaló unos asientos pegados a la pared del pasillo, antes de suspirar de nuevo y retirarse.
Miroku tenía 8 años cuando perdió a sus padres y quedó a cargo de la suma sacerdotisa del templo Higurashi.
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-10 años después.-
-¡No juegues con nosotros, Midoriko!
-¡Miroku es demasiado joven, no podrá ejercer un cargo de esta magnitud!
-Claro que lo hará. - replicó la anciana sacerdotisa, sentada frente a cinco hombres más jóvenes, portando grandes cadenas de oro en sus cuellos, con diferentes símbolos que representaban los 4 elementos de la naturaleza. - Si no, ¿Entonces qué sentido hubiera tenido exigirle tanto en sus estudios, su conducta y sus poderes?
-¡Ese es tu problema, no nuestro!
-¡¿Conducta?! ¡No nos hagas reír! ¡¿Sabes lo que hace todas las noches?! ¡Sale de fiesta, se emborracha y se acuesta con cualquier mujer que le sonríe!
-¡Ya dejó de ser el títere perfecto que creaste! ¡Acéptalo y lárgate!
-¡Yo soy la suma sacerdotisa! - gritó, enojada, dejando atónitos a los presentes. - ¡Y aunque no estén de acuerdo, como los descendientes de los primeros sacerdotes de este templo, le daré mi cargo a mi querido nieto!
Los hombres silenciaron, indignados. Midoriko, aprovechando aquello, se levantó de su asiento y se retiró de la sala... solo para encontrarse con Miroku, recargando su espalda en la pared del pasillo.
-Ya deja de esforzarte tanto, abuela. - le pidió molesto, girándose para marcharse de ahí. - Aunque me lo supliques, no lo haré.
-Estoy enferma. - confesó, deteniéndolo a medio pasillo. - Me queda poco tiempo y necesito asegurarme de que tú y tus primas estarán bien sin mí.
-Entonces haz que Kikyo ocupe tu lugar.
-Ella no tiene la edad ni la madurez suficiente. Tú sí.
Miroku volteó un momento hacia ella.
-Es parte de tu destino, así que no reniegues y cúmplelo.
-¡Odio este lugar! - gritó con rabia, dando media vuelta y corriendo lejos de la mujer.
Midoriko, bañada en tristeza, cayó al suelo y empezó a llorar. Primero los padres de Miroku y luego los de Kikyo y Kagome. Ya no quería perder a alguien más. Mucho menos, por su arrogancia como sacerdotisa.
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Al ser la autoridad máxima del templo Higurashi, Miroku podía hacer y deshacer cualquier cosa según su voluntad.
Una de sus primeras órdenes y de las más difíciles de llevar a cabo, fue que InuYasha ya no pudiera visitar a su madre en el hospital, debido a que abusaba de su habilidad, para transportar su alma al mundo astral, con la esperanza de traerla de vuelta del coma.
Si continuaba por ese camino, podría ser devorado por los monstruos que ahí habitaban. Y al asumir su custodia, por petición de Toga, era algo que no podía permitir. Mucho menos, si los ancianos superiores lo vigilaban como buitres.
En cierta ocasión, cuando se encontraba ordenando unos papeles sobre el escritorio de su oficina, se topó con varias cartas escritas por la misma persona.
Una mujer llamada Enju.
Echándoles un vistazo, según la fecha en la que se le fueron entregadas, descubrió que algo terrible estaba pasando con los niños que vivían en el distrito de Suginami, en Tokio.
Un siniestro plan orquestado por una mujer de largo cabello blanco.
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-¡¿Te has vuelto loco?!
-¡Involucrarnos en un asunto así nos arruinaría!
-Entiéndanlo, por favor. - suplicaba Miroku, arrodillado frente a los ancianos superiores del templo Higurashi. - Se trata de una situación en la que solo podemos intervenir nosotros. Si no hacemos algo pronto, más niños terminarán sin familia en el transcurso de los próximos días.
-¡Tonterías!
-¡Además, la mujer de la que hablas, Tsubaki, es solo una leyenda!
-¡Las leyendas no provocan incendios ni matan sacerdotisas! - replicó el joven, recordándoles a la mala lo sucedido en el templo Yin Yang.
-¡Lárgate ahora mismo!
-¡Y si vuelves a mencionar a Tsubaki, o cualquier otra situación relacionada con ella, olvídate de seguir ejerciendo como sumo sacerdote!
-¡Y de que tus primas las huérfanas sigan viviendo aquí!
SSSSS
Miroku cabeceó en el asiento del copiloto, despertando de sus tormentosos recuerdos de la niñez. Sin llamar la atención de Sango; atenta al camino que los llevaría de vuelta a Tokio, volteó por encima de su hombro izquierdo.
Hinata y Sasuke, sentados al lado de cada ventana, no se dirigían la palabra, ni se miraban. Estaban perdidos en sus pensamientos, mirando el claro y brillante cielo azul de ese día.
Cerró los ojos un momento y volteó la vista al frente. Quería subirles el ánimo. ¿Pero que podía decirles alguien como él? Por sus experiencias con su abuela y con las estrictas normas del templo Higurashi, solo los deprimiría aún más.
Suspiró, agachando la cabeza.
-¿Te sucede algo, cariño? - preguntó Sango, volteando un momento hacia él.
Miroku observó sus manos. Eran delicadas. Sin embargo, cuando tomaban el gran boomerang heredado de su padre, podían ser más fuertes que cualquier Youkai.
Sonrió ante esa idea.
Tomó su mano derecha y la encerró entre las suyas, besándola. Sintiendo aquello, Sango se ruborizó, bajando un poco la velocidad del vehículo.
-No es nada. - afirmó el sacerdote. - Solo me siento agradecido de que tú seas mi esposa y de que me apoyes cuando más lo necesito.
-¿A-Ah, sí? - preguntó apenada, sonrojándose más... hasta que identificó el sitio, deteniendo la camioneta. - ¿Puedes sentirlo? - cuestionó más seria.
-Aquí es un buen lugar. - comentó con una sonrisa, soltando su mano y llevando una al interior de sus ropas. Sacando dos rosarios en forma de pulseras, se giró de nuevo hacia los jóvenes, quienes los miraban atónitos. - Por favor, pónganse esto.
-Se parece al que me dio la señorita Rin. - pensó Sasuke, tomando uno de los objetos y colocándolo en su muñeca izquierda. Hinata, mirándolo por más tiempo, dudó si tocarlo o no.
-Tranquila. - Miroku le sonrió. - Está hecho especialmente para ti. No te lastimará.
La joven asintió y tragó saliva. Temblando, dirigió su mano al rosario. Para su gran sorpresa, las cuencas no la lastimaron como la última vez. Complacida y agradecida por ello, tomó finalmente la pulsera y se la puso en su muñeca derecha.
-No vayan a salir. - advirtió Sango, abriendo su puerta.
Miroku la siguió, llevando consigo su báculo dorado y el boomerang gigante, para luego entregárselo a su esposa. Apartándose unos metros, ambos dieron con una pared invisible compuesta por energía maligna.
En ese lugar, iniciaba la dimensión falsa creada por Tsubaki.
El sacerdote bufó con una sonrisa. Sacó un pergamino de sus ropas, pegándolo a la pared de energía maligna y comenzó a rezar en latín. El papel empezó a brillar, creando para ellos un portal que los conduciría al mundo ficticio.
PPPPP
Con la falta de un campo de fuerza y el tiempo de los pergaminos en las puertas de cristal, contado, InuYasha, Kagome, Itachi y Sesshomaru tuvieron que salir al techo del hospital Shikon para eliminar a todos los demonios que les fueran posible.
Urasue los acompañaba, abasteciendo de flechas a Kagome y de balas espirituales a Itachi y Sesshomaru. De vez en cuando, también movía su gran guadaña para defender al grupo de los ataques de los monstruos.
-¡Son demasiados! - exclamó InuYasha, saltando en las cabezas de los Youkai, al mismo tiempo que los destazaba con sus garras.
-¡No nos queda de otra! - replicó Sesshomaru, recargando su pistola. - ¡Mi padre y A no pueden moverse!
-¡También tenemos que proteger a la señora Namikaze y a esos niños! - agregó Kagome, lanzando tres flechas a la vez.
De pronto, cuando estuvo a punto de lanzar tres más, vio sorprendida un gran boomerang surcando los cielos y haciendo polvo a varios Youkai. Unos segundos después, un fuerte viento apartó a las criaturas que continuaban en sus alrededores.
InuYasha, al sentirlo, volvió a la azotea del edificio, parándose junto a Kagome en la orilla y asomándose a las calles vacías y oscuras. En la esquina de un edificio cercano, Sango había atrapado su gran boomerang y Miroku tenía activada su habilidad especial.
El agujero negro.
Con tres movimientos circulares hechos con su báculo, le es posible absorber y purificar a los demonios. Una vez que todos desaparecieron, el sumo sacerdote del templo Higurashi golpeó el bastón de su báculo tres veces en el suelo, cerrando el agujero negro.
-¡¿Se encuentran bien?! - gritó lo más alto que pudo, moviendo su brazo izquierdo de un lado a otro.
Kagome sonrió, comenzando a llorar por la emoción. InuYasha, aprovechando que estaba transformado, saltó hacia ellos, usando los edificios más pequeños en las cercanías y los postes de luz.
Mientras ayudaba a Miroku y a Sango a entrar al hospital Shikon; subiéndolos uno por uno en su espalda, por una de las ventanas, Urasue, Kagome, Itachi y Sesshomaru volvieron al segundo piso.
-¡Kagome! - al verla, Miroku corrió hacia ella y la abrazó con fuerza. - No puedo creerlo... - dijo con una sonrisa, separándose. - realmente despertaste.
-¿Y Rin? - cuestionó Sango, buscándola con la mirada. - ¿No estaba con ustedes?
-Sí, pero... - musitó Sesshomaru, siendo interrumpido por un ademán de Kagome.
-Hay algo que deben de saber. - comentó seriamente. - Sobre Kikyo.
-Tendrá que ser más tarde. - replicó Miroku. - El portal que hice cerrará pronto. Hay que sacar a todos de aquí.
InuYasha fue el primero en acercarse, a los afectados por el Tsukuyomi de Kikyo, llevando a Naruto en su espalda. Sesshomaru se llevó a Rin. Itachi cargaba con Sakura. Y Sango con Mirai. Kushina, Shikamaru, Toga y A, fueron subidos a sillas de ruedas, flotando unos centímetros del suelo con los poderes de Urasue.
Acercándose a una de las ventanas, Miroku sacó otro pergamino de sus ropas y lo colocó frente a él, recitando varias frases en latín. Al instante, apareció un portal similar al que usaron para cruzar a ese plano. Por indicaciones suyas y de Kagome, fueron atravesando uno por uno el portal, terminando a las afueras del templo Higurashi, donde se toparon con Tsukuyomaru y su hija Shiori, sosteniendo una brillante esfera de sangre.
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-Ya se tardaron mucho. - pensó Sasuke, con la vista fija en el punto donde Miroku y Sango desaparecieron. - Ojalá no haya pasado nada grave.
En eso, sintió una mano encima de la suya. Dando un pequeño respingo, volteó sorprendido hacia Hinata.
-¿Estás bien?
FFFFF
-Como tú Hinata, eres una hibrida, las reglas cambian por completo. Ya que si deciden realizarlo, para compensar la falta de poder sobrenatural, uno de ustedes terminará perdiendo una capacidad de su cuerpo. Podría ser cualquiera. Uno de sus cinco sentidos, un órgano interno. Incluso una extremidad.
FFFFF
-No lo sé... - se sinceró, sin tener el valor de mirarla a los ojos. - creo que en cualquier momento, me volveré loco con todo lo que está pasando.
Hinata lo vio con comprensión. Era bastante claro que su mayor preocupación, era el intercambio de corazón.
Recorriéndose sobre el asiento, se pegó más al joven, apoyando su lado izquierdo en su lado derecho, de manera que su cabeza quedara recargada en su brazo y parte de su hombro.
Sentir su calor reconfortó al Uchiha. Y aunque quería rodearla con su brazo, para transmitirle en silencio que apreciaba su gesto, tuvo que contenerse.
Dolía no poder expresar adecuadamente sus sentimientos. Pero, era eso, o perder con más rapidez los poderes de Hinata, necesarios para enfrentar a Tsubaki.
-Sasuke. - lo llamó de pronto, despertándolo de sus pensamientos. - Yo... quiero hacerlo.
Sus palabras lo dejaron atónito.
-¿Qué? - susurró.
-Yo... - hizo una pausa y tragó saliva. - ...quiero hacer el intercambio de corazón contigo, aunque signifique que deba perder algo.
-¡P-Pero...! - intentó contradecirla, girándose de golpe.
No obstante, cuando puso sus dedos sobre sus labios, no pudo hacer otra cosa, más que ver sorprendido y acongojado, sus ojos blancos llenos de lágrimas.
-Conozco los riesgos, pero quiero intentarlo. - dijo decidida. - Quiero tener la oportunidad de ser ordinaria... aunque sea por poco tiempo. - hizo una pausa, aguantando un sollozo y comenzando a llorar. - Además, también quiero que tú también disfrutes, lo que te arrebataron hace 10 años.
Como Sasuke continuaba silenciado por sus dedos, la interrogó con su expresión.
-Tu humanidad. - más lágrimas se derramaron de sus ojos. - Tus decisiones... tu libertad.
-Hinata... - murmuró. Tomó su mano con delicadeza y le dio un beso fugaz en sus dedos. - jamás dije que no quería hacerlo. Yo también estoy dispuesto a sacrificar algo. - hizo una pausa. - Pero... no si la condición también te involucra a ti. - apretó un poco su mano. - Perdiste más cosas que yo en el transcurso de estos años. - soltándola, se inclinó hacia su derecha y se acostó sobre sus piernas. - Y si solo dependiera de mí, daría mi vida para salvarte.
-Yo también quiero salvarte... - comentó con comprensión y dulzura, limpiándose las lágrimas y empezando a acariciar sus cabellos negros. - Los dos hemos sufrido por mucho tiempo. A los dos nos pasaron situaciones que nunca quisimos. Por eso tenemos que hacer esto. Para no seguir siendo parte del juego de Tsubaki. Para estar juntos sin que nadie lo impida y sin el temor a morir.
Sasuke derramó una lágrima de su ojo izquierdo. Unos instantes después, se levantó. La miró directo a los ojos. Llevó su mano izquierda a su mejilla derecha y le dio un pequeño beso en la frente.
-¿Estás segura? - preguntó preocupado.
Ella asintió.
-¡Perdonen la demora! - de repente, la voz de Miroku los hizo dar un respingo y separarse de golpe.
Afuera de la camioneta, Sango colocó su boomerang gigante y el báculo de su esposo en el techo, asegurándolos con cuerdas, antes de entrar al asiento del piloto. Observando los rostros de los menores por el retrovisor, se percató de que estaban sonrojados como un par de jitomates.
Quería preguntarles que había ocurrido en su ausencia. Sin embargo, tampoco quería avergonzarlos frente a Miroku. Sin darle más importancia al asunto, se encogió de hombros. Encendió el vehículo y se dirigió al templo Higurashi.
Fin del capítulo.
