La pequeña serpiente blanca se deslizó por varias horas, entre los alrededores pertenecientes al clan Higurashi, analizando todo lo que estuviera a su alcance. Para cuando encontró la pagoda que le interesaba a su dueña, ya había anochecido, dejándose asesinar por otro demonio más grande que surgió de sus entrañas.

Y, con el cual, Tsubaki consiguió llegar más pronto al lugar, sin necesidad de usar a uno de sus sirvientes alados. Gracias a sus conocimientos, ya estaba completamente recuperada del conjuro que le devolvió Hinata Hyuga, obteniendo la oportunidad de escapar junto con su preciada fruta Tsuchigumo.

Apretó la mandíbula. Levantó su brazo derecho al frente y con un simple movimiento de sus dedos, destruyó los cerrojos del edificio de madera, entrando con facilidad hacia su oscuridad. Dentro, se hallaba una entrada en el piso, por lo que realizó unas tres posiciones de manos y rezó en latín.

Los sellos que la mantenían cerrada se quemaron al instante y las puertas metálicas se abrieron por si solas. Sonrió. Bajó los escalones de concreto y llegó a un pasillo largo, iluminado con antorchas.

Cuando pisó los ladrillos flojos al final, vio con cautela la gran piedra que descansaba sobre un pedestal plateado, cuya cuerda con papeles sagrados era lo que sellaba al demonio en su interior.

Aproximándose, juntó sus manos y empezó a decir varias frases en latín. La cuerda atada alrededor de la roca se rompió, explotándola en varios pedazos y dejando al descubierto un orificio de color rojo sangre.

Una vez que la criatura levantó su mano para tratar de salir al exterior, Tsubaki lo absorbió con su ojo derecho mientras reía a carcajadas. Su fuerza era increíble. Y lo mejor de todo, era que podía aprovecharla para cumplir sus objetivos.

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-¡Rin! - exclamó Sesshomaru, viendo preocupado, al igual que los demás, como se retorcía en su cama, abrazándose a sí misma mientras se acostaba de lado y gritaba.

-El don de Rin es un arma de doble filo. - pensó Kagome. - Puede sentir mejor que nosotros las presencias malignas. No obstante, su cuerpo lo manifiesta con mareos o dolor, torturándola. - apretó los puños. - Por eso colapsó cuando el alma de mi hermana...

De pronto, una violenta ráfaga azotó los árboles y las ventanas, quebrando los vidrios. Cuando se calmó, las campanas de varias torres de vigilancia comenzaron a sonar, antes de ser silenciadas por otro paso rápido del viento.

Extrañados por ello, Miroku, InuYasha y Sango salieron al balcón. Sus ojos se abrieron de par en par, al ver destruida la pagoda prohibida. Aquella que, hace muchos años, había sido sellada cuidadosamente por la madre de Kagome y el padre de Miroku.

Este último, enojado, se dio media vuelta para volver al interior de la habitación y comenzar a correr de camino a su oficina. InuYasha y Sango lo siguieron. Mientras tanto, Kagome ayudó a Rin a subir en la espalda de Sesshomaru, para luego correr hacia el templo donde Sasuke y los demás estaban durmiendo.

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SSSSS

Había tanta luz en ese lugar, que a Naruto le costaba trabajo mirar los alrededores. ¿Dónde se encontraba? ¿Quién lo había llevado hasta ahí? Acostumbrando sus ojos azules a aquel gran campo abierto, donde el viento no paraba de soplar, consiguió su respuesta, al distinguir una figura conocida, inerte sobre una colina.

Era su padre, utilizando la misma gabardina con la que salió de su casa aquel día.

El día en el que ya nunca más volvió.

Tragó saliva. Y, tanto nervioso como emocionado, gritó con todas sus fuerzas. Por desgracia, Minato estaba muy lejos. Sin embargo, sin tener la intención de perder su esperanza, el rubio comenzó a correr. Para su mala suerte, entre más lo hacía, más difícil era alcanzar a su padre, quien, en ningún segundo, volteó a verlo...

SSSSS

-¡PAPÁ! - exclamó Naruto, inclinándose hacia adelante y despertando de su sueño.

-¡¿Naruto?! - lo llamó Shikamaru. Acostado en la cama, ubicada al otro lado de la alcoba, encendió la lámpara de su mesita de noche para ponerse de pie y acercarse a su amigo. - ¡¿Qué sucede?! ¡¿Estás bien?! - cuestionó preocupado.

No era normal que despertara gritando en medio de la noche. Jadeando y recuperando de a poco el aliento, Naruto se cubrió los ojos con su mano derecha, sollozando y derramando un par de lágrimas.

-Mi papá... - sollozó de nuevo. - ¡MALDICIÓN! ¡YA CASI LO ALCANZABA! - exclamó con frustración. - ¡¿POR QUÉ DEMONIOS TENÍA QUE DESPERTAR?!

-¡Naruto! ¡Shikamaru!

De pronto, un par de golpes se escucharon en la puerta, sin darle tiempo al joven de cabello picudo para consolar al rubio. Intrigado, se aproximó y deslizó la puerta, encontrándose con Sakura.

-¿Qué sucede? - preguntó en voz baja, tomando en cuenta que en otras habitaciones, Karin, Temari, Kushina, Itachi, A y Toga dormían.

-Mirai no está en su cama. - dijo la pelirrosa, asustada.

Después de pedirle que se quedara con Naruto, Shikamaru salió corriendo por el pasillo.

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Abriendo la puerta corrediza que buscaba, Mirai se relamió los labios, al ver una cabellera negra, asomándose por las orillas superiores de las cobijas de la cama. Cerrando la puerta tras de sí, se acercó con cuidado. Abriendo las cobijas, se sentó en la orilla, para luego acostarse y abrazar a Sasuke.

Se había salido con la suya. ¡Por fin había demostrado ser superior a Hinata!

No obstante, cuando escuchó un ruido extraño por parte del muchacho, se dio cuenta de que él no estaba realmente ahí. Anonadada, se apoyó en su brazo izquierdo y tomó las cobijas para hacerlas a un lado.

En el lugar donde Sasuke debía estar acostado, había un muñeco de madera con una expresión extraña dibujada en su rostro. Y en su pecho, tenía pegado un papel que decía "Caíste". Al verlo, Mirai enfureció tanto que no dudó en tomar al muñeco. Levantarse y lanzarlo hacia la pared, consiguiendo que se destruyera... y soltara de su interior una bomba de humo con aroma a cebolla.

Con los ojos cubiertos de lágrimas y tosiendo como loca, pudo salir de la alcoba, deslizando la puerta y caminando torpemente por el pasillo. Sin embargo, para su mala suerte, el piso se le acabó de pronto, encontrándose a punto de caer por unas escaleras. De pronto, una mano la tomó del brazo, jalándola de nuevo al pasillo, pero tirándola por accidente en el piso.

-Qué fastidio... - comentó un muchacho, sentado frente a ella. - por un momento, quería creer que no estabas aquí.

-S-Shikamaru... - Mirai lo llamó, atónita.

En ese momento, otra puerta corrediza se abrió, ayudándole al humo con olor a cebolla a salir por una gran ventana, mientras tres figuras aparecían de ahí.

-JIJI. - Koryu se burló, volando por encima de Hinata y Sasuke. - ¡Caíste!

Al escucharlo, la joven gruñó y se levantó de golpe.

-¡Ya verás, maldita lagartija! - lo amenazó, siguiéndolo y saltando para alcanzarlo. - ¡Ahora si te haré pedazos!

Cuando volvió a pasar cerca de la joven de largo cabello negro, esta última la golpeó con sus dedos en su frente, deteniéndola en seco.

-¿Creíste que no sabía lo que planeabas? - interrogó Hinata. - ¿Qué aprovecharías esta oportunidad para acercarte a Sasuke y volver a lastimarlo como lo hiciste en la residencia Sabaku?

Mirai la vio con una mueca, al mismo tiempo que su primo se pasaba una mano por detrás de la nuca.

-Si tienes algo en mi contra, entonces aprovecha que estoy aquí y dímelo ya.

-Zorra estúpida... - murmuró con resentimiento. - ¡Yo lo único que quiero es convertirme en humana! ¡Tú ni siquiera deberías importarme! - gritó enojada, antes de cambiar su expresión, mostrando dolor y tristeza. - Pero... - se abrazó a sí misma, agachando la mirada. - cuando todos comenzaron a ser amables contigo... cuando te sonreían y te pasaban comida... sentí tanta envidia... - un par de lágrimas se derramaron de sus ojos carmesí. - ¡Cómo me gustaría estar en tu lugar! ¡Ser querida, recibir amor! ¡No miedo, ni rechazo! ¡Amor!

De repente, Hinata acortó la distancia entre ellas y la abrazó, sacudiendo de improviso sus pensamientos negativos.

-Sé lo que se siente ser rechazada. - le susurró con gentileza en su oído, sorprendiéndola más. - Ganarte el odio de los demás sin merecerlo. Esforzarte tanto para controlarte y no ver ninguna mejora. Pensar... que todo sería mejor, si un día desaparecieras de pronto. - se separó de ella y le sonrió, mostrando brevemente sus ojos originales. Sus ojos blancos. - Hace rato, en la cena, yo no pedí que los demás fueran amables conmigo. Conocen mi historia y saben por lo que pasé en mi infancia. Por eso, creo que esa fue su forma de consolarme y de decirme que ya no estoy luchando sola contra Tsubaki.

Mirai se recompuso. Hizo a un lado sus manos y pasó junto a Sasuke, quedando parada cerca de su primo.

-Lo lamento. - dijo de pronto, asombrando a los demás. - Te juzgué mal y te dije cosas horribles... - al girarse, les mostró sus ojos carmesí, ahogados, nuevamente, en lágrimas. - ...siempre me ha costado ponerme en los zapatos de los demás, ¿Sabes?

Shikamaru tenía la intención de levantarle el ánimo.

No obstante, un ligero temblor en la madera del piso llamó su atención... seguido por una fuerte ráfaga que destruyó las paredes, los cristales, las tuberías... todo salió volando en forma de escombros y ellos, se encontraban en medio, intentando alcanzarse los unos a los otros.

Incluso un cuervo se había introducido a ese caos incontrolable, siendo su graznido lo último que escucharon los jóvenes, antes de caer inconscientes en la oscuridad.

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-¡Hermana! ¡Miroku! - entrando de pronto a la oficina del líder de los Higurashi y poniendo seguro a la puerta, Kohaku se aproximó a los mencionados, siendo acompañado por una preocupada bruja Urasue. - ¡¿Qué demonios está pasando?! ¡Los templos y las casas de los aprendices se están cayendo como fichas de...!

Antes de que pudiera concluir la frase, InuYasha lo silenció con un ademan. Parado detrás de su escritorio, Miroku se aclaró la garganta. Respiró y apretó el botón, adherido a un micrófono.

-¡Estamos siendo atacados por una criatura sobrenatural muy peligrosa! - avisó seriamente, obteniendo la atención de todo aquel que pasaba cerca de las bocinas, colgadas en las esquinas de las habitaciones y pasillos de los templos que aún seguían en pie. - ¡Quienes estén en entrenamiento o no puedan luchar, corran de inmediato a los refugios en la montaña del oeste! ¡Todos tienen prohibido salir hasta nuevo aviso! - terminada la transmisión, retiró su dedo del botón del micrófono y suspiró.

-¿H-Hablas en serio? - preguntó Kohaku, poniendo una mueca y con un tic en su ojo izquierdo.

-Si, por desgracia. - le confirmó con una sonrisa, poniéndolo más nervioso.

De pronto, varios golpes violentos se escucharon en la puerta de madera.

-¡Miroku! - eran los herederos de los primeros sacerdotes del clan Higurashi. - ¡¿Qué demonios pretendes haciendo que todos entren en pánico?!

-¡Abre la maldita puerta!

-¡No te saldrás con la tuya!

El sumo sacerdote suspiró fastidiado. Esa era la gota que derramó el vaso.

-Por aquí. - dijo la anciana Urasue, abriendo las ventanas con un conjuro, para luego bajar a los presentes uno a uno con sus poderes, siendo ella la última en pisar el suelo.

-Gracias por ayudarnos. - comentó Miroku, haciéndola sonrojar levemente con su sonrisa.

Sin perder tiempo, el grupo se dirigió hacia los talleres de armas, sintiendo de vez en cuando los temblores provocados por la gran criatura.

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Para el momento en el que Kagome, Sesshomaru y Rin llegaron al lugar; resguardándose previamente con un campo de fuerza, quedaron anonadados por encontrar el sitio lleno de escombros de madera, trozos de tela, cristales y metal.

Aun con el corazón en la boca; impactada por la imagen frente a sus ojos castaños, Kagome fue capaz de correr, empezando a retirar con rapidez las vigas de madera que conformaban el templo.

Para ayudarla, Sesshomaru acostó a Rin en la tierra, empezando a mover también otras partes que habían colapsado. Entonces, sus ojos dorados se abrieron al encontrar un brazo ensangrentado.

-¡Kagome!

La mencionada volteó, volviendo de inmediato con Sesshomaru, para ayudarlo a sacar a Naruto. Antes de que el templo fuera destruido, su brazo izquierdo se aferró con fuerza a Sakura, protegiéndola con su cuerpo.

-Me quedaré con ellos y con Rin. - dijo la sacerdotisa. - Tú busca a los demás.

Sesshomaru asintió. Después de llevar a los jóvenes en sus brazos y dejarlos acostados junto con su amiga de la infancia, corrió hacia los escombros, retirando algunos para seguir buscando a los demás.

Sin embargo, cuando vio como una mano surgía de pronto, entre unos trozos grandes de madera, corrió hacia esa parte, atónito por ver a un hombre con alas de cuervo, tosiendo, y sosteniendo en sus brazos a Sasuke, a Hinata y a Koryu.

-¿Quién eres? - lo interrogó el detective, arrodillándose a su altura. - No eres humano, ¿O sí?

-Me llamo Shisui. - respondió, tosiendo todavía. - Por órdenes de mi amo, vine aquí para protegerlos a ellos. - agachó la mirada, señalando a los menores desmayados en sus brazos. - sus amigos están sepultados por allá. - agregó, mirando por encima de su hombro izquierdo.

-¿Cómo lo sabes?

-Con el sharingan en mis ojos puedo ver la energía que desprende cada ser vivo.

Interesado en ese último dato, Sesshomaru tomó en brazos a Hinata, para luego ir con Shisui; cargando a Sasuke, hacia donde se encontraba Kagome.

La sacerdotisa, al ver que los jóvenes y el pequeño Youkai eran acostados en la tierra, al lado de Naruto y Sakura, los examinó de inmediato. Gracias a Dios sus heridas no eran tan graves.

Apresurándose, corrió hacia los arbustos más cercanos y les colocó algunas plantas medicinales que encontró, sobre sus brazos, cuellos y mejillas, lugares donde tenían cortadas pequeñas hechas por los trozos de cristal que volaron a su alrededor.

Mientras la mujer seguía en su ardua labor por sanar sus heridas, Sesshomaru y Shisui volvieron al terreno lleno de escombros, encontrando poco a poco a más sobrevivientes.

Primero, sacaron a Mirai y a Shikamaru, a quienes el Youkai cuervo señaló con anterioridad. Luego, encontraron a Kushina, a Karin y a Toga. A y Temari les siguieron. Al único al que no pudieron encontrar, sin importar cuantas veces iban y venían, fue a Itachi.

Fin del capítulo.