Disclaimer: los personajes le pertenecen al mangaka Kazuki Takahashi. Sólo los uso para escribir mis ideas.

Parte 3

"Encrucijada"

Capítulo 10 (48)

El ligero viento que recorría la ciudad movía los cabellos castaños y tricolores de Yami y Tea que se miraban de arriba abajo en completo silencio. Ambos tenían una sensación extraña al estar frente a frente: la sensación der paz y armonía que Tea sentía cuando estaba con él. El nombre de esa persona, Yami Yugi Moto, le traía una nostalgia curiosa a su alma; algo inexplicable para ella.

Yami quedó deslumbrado al ver el rostro de la chica: tenía razón, era idéntica a Anzu hacía ya muchos años atrás. Pero no podía tratarse de ella; debía ser coincidencia ese aspecto físico tan similar como si de la misma persona se tratara.

Guardaban silencio, analizándose detenidamente mientras una sentimiento de calidez, acompañado de paz y dulzura, se apoderaba de sus corazones.

-Hola.-saludó Tea sin saber qué decir.

-Hola.-contestó Yami embobado.

-Disculpe, pero ¿Por qué está aquí?

La pregunta sacó a Yami de sus pensamientos y recordó de golpe todo lo acontecido y donde se encontraba en esos instantes.

-¡Ah, sí! Vine a comprar flores para decorar la oficina.

Tea arqueó una ceja y Yami supo que estaba diciendo tonterías.

-La oficina de mi novia.

El rostro de Tea se relajó y le sonrió de medio lado.

-Normalmente los hombres no piensan mucho en eso. Debe de querer mucho a su novia.

-Sí, así es. Le gustan las flores así que quiero verla sonreír.

Tea lo creyó; su marido era igual con ella. Su bella cara se adornó con una sonrisa aún más grande.

-¿Quiere que lo ayude a escoger?

Las pupilas de Yami se dilataron.

-¡Claro! Si no es molestia, sería un placer que me apoyara.

En su experiencia, Tea pudo notar los nervios de Yami y asintió. Entraron a la florería, quedando asombrados por la variedad de flores y colores que había en aquel lugar.

-¡Wowww! ¡Qué belleza!

Tea estaba fascinada ahí dentro; no recordaba haber visto flores y plantas tan bonitas en el país donde siempre vivió. Yami miró el rostro admirado de la joven y de nuevo recordó gestos alegres de Anzu: la misma felicidad que ella sentía cuando veía los paisajes desde los interiores del internado, trepada en un árbol donde sólo ellos jugaban.

-Buenas tardes.

La voz femenina sacó de su embrujo a Yami y, junto con Tea, giraron hacia donde estaba la dueña del local.

-¿En qué puedo ayudarlos?

La mujer los saludó con cordialidad y una sonrisa pequeña que sólo decoraba su rostro.

-Estábamos buscando unas flores que adornen una oficina. Son para una chica.-dijo Yami.

-Permítanme mostrarles lo que tenemos.

La joven los condujo por una pasillo lleno de plantas de todas especies hasta que llegaron a una especie de invernadero donde había toda clase de flores hermosas y extrañas.

-Aquí se encuentran las flores y plantas más raras que por ahora manejamos. Sólo las tenemos por pedido limitado, así que deseo que encuentren alguna de su agrado.

Tanto la chica castaña como el joven de cabellos tricolores estaban maravillados con lo que sus ojos captaban a la vista. Si al principio había tantos colores y flores de diversas especies, ahora no podía dudar de que en verdad era una florería especializada en plantas como comunes en el país del sol naciente.

-¿Desean que los ayude a buscar una flor adecuada a su gusto?

-No, muchas gracias. Quisiera buscarla yo mismo. Será algo especial para mi novia.

-Yo haré lo mismo. Quiero que sea un bello regalo para mi esposo.

Los ojos de Yami giraron a ella y su semblante endureció. ¿Esposo? ¿Era una mujer casada?

Por otro lado, Tea pensó que aunque Kaiba era un hombre muy frío y de personalidad dura, el hecho de ver una flor bonita y rara le sería atractivo.

-De acuerdo, entonces los dejo.

La mujer abandonó el invernadero dejando solos a los dos visitantes. Yami miró inquisitivamente a Tea.

-¿A tu esposo le gustan las flores?-arqueó una ceja dudosamente.

-No mucho, pero sé que le gustarán viniendo de mí. Son para decorar la sala.

Yami se mostró estupefacto: un hombre que le gustaban las flores que su mujer le daba, sólo por tratarse de su esposa. ¡Sí que debía quererla mucho!

-Debes de ser afortunada al tener un esposo como él.

-Claro que sí lo soy.

Sin agregar más a la plática, Tea se dirigió al interior del invernadero para buscar una flor a su gusto, Yami la imitó y comenzó la búsqueda de alguna flor bella que fuera del gusto de Serenity. Conociéndola, cualquiera flor le gustaría; era una chica sencilla en cuanto a sus gustos.

Durante media hora estuvieron revisando cada maceta y su contenido observando cada planta y flor con lujo de detalles, pero no hallaron ninguna que fuera de su interés. Yami comenzaba a rendirse; después de todo, no estaba allí por una flor. De reojo miraba a la chica misteriosa encontrando más gestos y movimientos que le recordaban a Anzu, pero no lo suficiente como para decir que pudiera ser su amiga, además ella lo hubiera reconocido al verlo.

-Al fin encontré una.

Yami se dirigió a donde estaba Tea y la descubrió mirando, muy sonrientemente, una hermosa flor blanca. El joven no podía creer que una flor así fuera del gusto de Tea.

-¿Sabes cómo se llama?

-Lilium, siempre quise tener uno cuando era niña.

Los ojos amatistas de Yami se fijaron en ella: a Anzu le gustaba la naturaleza también, pero nunca mencionó nada de flores, específicamente hablando.

-Pues sí ya la encontraste, llévatela.-comentó Yami con indiferencia.

Tea lo miró con los ojos entrecerrados.

-Es obvio que lo haré.

Tomó entre sus manos la maceta y fue directo a la caja para comprarla. Aprovechando que estaba solo, Yami miró con detalle la Lilium; en verdad que era bonita. Probablemente le gustaría a Serenity. Una sonrisa dulce se dibujó en su rostro y también agarró una flor idéntica a la de Tea.

Mientras tanto, Tea estaba pagando el costo del Lilium cuando apareció Yami llevando otra flor exactamente igual a la Tea.

-¿También comprarás un Lilium?-preguntó Tea con la boca ligeramente abierta por la sorpresa.

-Sí, sé que le gustará a mi chica.

Tea sonrió de medio lado con el entrecejo fruncido. Le parecía extraña la personalidad del hombre que sería rival de su esposo en el trabajo. Sabía que era él gracias a que escuchó a la vendedora que la atendió llamarlo con el nombre de "señor Yami". Así que él era Yami Yugi Moto, el chico que le llamaba la atención cada vez que lo escuchaba ser nombrado por alguien.

Finalizaron la compra de los Lilium y salieron de la florería satisfechos por el producto que llevaban en las manos.

-Bueno, tengo que retirarme. Mi esposo se preocupará si no regreso a casa.

Yami no dijo nada por unos momentos; seguía embelesado por la mujer de cabellos castaños y ojos azules. Otra cosa que también resaltaba en ella, además de su parecido con Anzu, era la belleza de su figura y rostro.

-Yo debo atender mi negocio.

-Su servicio es excelente. Fue un gran trato por parte de sus empleadas.

-Me alegra. Estamos a sus órdenes cuando desee visitarnos de nuevo. Mi nombre es Yami Yugi Moto y como verá, soy el dueño de la juguetería "Anzu".

-Eso lo pude ver. La joven que atendió mi pedido lo llamó "jefe".

Ambos esbozaron una sonrisa; aunque tenían poco de conocerse algo los mantenía unidos el uno al otro. Casi como si un hilo invisible y mágico se hubiera enredado en los dedos de ambos impidiendo que se alejaran emocionalmente.

Tras pasar varios minutos, Tea se despidió de Yami con una reverencia estilo japonés y se marchó, al tiempo que Yami la seguía con la mirada. Un impulso le gritaba por dentro que no la dejara ir y que corriera tras ella, pero se contuvo. Sus ojos brillaban y sus pupilas se dilataron; no alcanzaba a comprender qué sucedía en su mente y en su corazón.

Tal vez sólo era que le faltaba olvidar a Anzu.

Llevando en sus manos el Lilium, con delicadeza para no estropearlo en el camino, caminó hacia su tienda mientras su mente continuaba evocando a la chica que acaba de dejar ir.

Mientras tanto, al mismo tiempo, Tea tampoco entendía qué pasaba con ella. La sensación que Yami le causaba era inexplicable porque nunca antes la había experimentado en su vida. Ni su esposo, ni su madre adoptiva, ni los niños del orfanato, ni mucho menos sus amigos provocaban que su espíritu saltara desde lo más profundo de su ser.

Durante toda la jornada que estuvo con él comprando las flores pudo notar esa calidez en su pecho que la estremecía de una forma que no lograba explicar con sus pocas palabras.

Quiso mirar atrás, pero supo que lo mejor era volver a su hogar, donde su familia la esperaba.

Apretó entre sus manos la maceta y apresuró el paso, sopesando la idea de que Yami era alguien especial y único para ella.

Ninguno descubrió que ambos se conocían de años atrás en el pasado remoto que trataban de ocultar al mundo.

Continuará...