Los personajes no me pertenecen, solo la historia es de mi autoría.


Capítulo 4 Pov Bella

Bella se siente renovada a la mañana siguiente. El optimismo quiere abrazarla. Como si mi suerte pudiera cambiar por un polvo. Eso sí, uno increíble.

Lo sucedido en ese ascensor supera con creces a sus últimas relaciones sexuales. De inmediato, quita esa imagen de su mente, fueron terribles.

Nada consigue satisfacerla. Sus gustos poco tradicionales no encajan con los chicos de hoy en día.

Excepto con él. Ese pedazo de hombre no está al alcance de cualquiera. Sobre todo, porque grita problemas por cada poro de su fascinante piel.

Sin conocerlo sabe que tendría los escrúpulos para usar a cualquier mujer a su antojo.

¿Y qué mujer no se prestaría?

No, no, tengo que centrarme en lo importante. Y allí no residen hombres, menos uno como él.

Necesito un trabajo que me forme para muy pronto montar mi escuelita. Una diferente, basada en la experiencia y menos en las fichas. Que mejor que la vida misma para aprender.

Como nueva demandante de empleo puse al día mi currículum. Me esmeré bastante en que fuera lo suficiente conciso para llamar la atención del entrevistador.

En esta ocasión lo tengo todo muy claro. No me conformaría. Haría todo lo que estuviera en mis manos para que me lo recogieran cara a cara. Se acabaron los correos electrónicos. Bueno tampoco tanto. Pero me niego en rotundo a sentarme a esperar la llamada milagrosa.

Los milagros no existen. Nada me llovería del cielo.

Tengo que ir a por ello.

Diez días han pasado sin ningún resultado.

He insistido, sí. Pero fueron muy pocos los currículums que he podido entregar en persona. En la mayoría de las ocasiones he sentido que mi hoja de vida iría a parar a la basura.

Suspiro cansada, me esfuerzo cada día en no tomar una actitud derrotista. Estoy harta de obtener los mismos resultados. De depender de una maldita oportunidad.

Los días pasan y con ellos aumenta su angustia. Sus ingresos son pocos o nulos para pagar todos los gastos que genera vivir en Madrid.

Toda esta situación la sobre pasa. Balancea sin cesar una y otra vez los tobillos. No puede volver a los inicios. De endeudarse de nuevo con el casero lo puede pagar muy caro.

No, se niega a llegar ahí.

Ese maldito enfermo, si por mí fuera me las piraba de este edificio. Pero por muy lamentable que sea, es lo único que me puedo permitir en Madrid.

No puedo continuar esperando. Me duele en el alma tomar esta decisión, pero las probabilidades juegan en mi contra.

Necesito asegurar mi bienestar. Y si eso va en contra de mi sueño, nada podré hacer. Ya el tiempo dirá si es para mí o no. Ahora necesito ampliar el horizonte de mi búsqueda.

Me muerdo el labio muy contrariada. Odio esto. Odio Madrid. Odio el mundo al que tenemos que salir tras finalizar una carrera universitaria.

Esta guerra para que te consideren apto, es mezquina. Lo único que consigue es destruir nuestra autoestima. Te grita a los cuatro vientos que no vales, que no eres suficiente.

Se te cierran innumerables puertas en la cara, sin embargo, la única retroalimentación que obtenemos es un silencio demoledor. Uno que vacía tus esperanzas y sueños. Entonces solo te queda conformarte, sobre todo cuando el tiempo se agota.

Trago saliva, en mi intento de evitar derramar más lágrimas sin sentido. Nada va a cambiar. Solo es un desgaste de energía innecesario que no conseguirá que me mueva del mismo sitio.

Ante todo, hay que ser práctica.

El sonido del timbre me saca de mi nube de pesimismo. Cruzo los dedos para que no sea el casero. Me aterra un enfrentamiento. Desde la última ocasión hace cinco meses lo intento evitar a cualquier costo.

Solo se trata de Jasper. Le abro de inmediato.

—¿Cómo está mi dramática favorita? —inquiere nada más verme.

—He tenido momentos mejores.

—Bells, ya tienes un máster en esto.

—Paciencia, ya lo sé y deja de decirme así —Estoy insoportable, es inevitable.

—Pues sí que estás borde, mija

—No puedo pegarme meses para conseguir un trabajo.

—Lo sé. —duda un poco antes de soltar lo que piensa—. Siempre puedes hablar con tus padres.

—¡Olvídalo! Esto es asunto mío.

—¿Por qué eres tan orgullosa? Solo se trataría de algo puntual.

—Ya te he dicho que no.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? Volver a trabajar en la hostelería y de paso renunciar a tus sueños —Me mira muy molesto y con motivos.

—Si por un tiempo es necesario, sí.

—¡Eres una idiota!

—Solo tengo mis prioridades.

—Discrepo con ellas y mucho. ¿Tu casero ya sabe que no tienes ingresos?

—¿Estás loco? Claro que no.

—Bella, esto no me gusta nada. ¿Vente a mi piso al menos un tiempo?

—No empieces, Jasper. Sabes que no me lo puedo permitir.

—No te estoy pidiendo nada.

—¡Olvídalo!

—Hay que saber recibir ayuda. No me gusta este lugar. Y a tus padres tampoco si lo supieran.

—Lo sé.

—¿Qué te demuestras con esto?

— Muchas cosas, aunque no puedas comprenderlo.

—¿Tomamos unas copas donde siempre? —Este es el método de Jasper para quitarle tensión a la situación.

Estas discusiones se están volviendo rutinarias. Sé que se preocupa, pero nada malo va a suceder.

—Si me invitas, no me escucharás quejarme.

—Eso está hecho, muñeca.

Tras una mirada reprobatoria y un abrazo, Jasper se marcha. Con cada discusión tengo la sensación de que estoy más cerca de dar mi brazo a torcer y dejar que cuide de mí. Pero sé que está mal. Demasiado.

Soy muy consciente de la manera en que me mira. Le quiero muchísimo, pero no lo suficiente. Jasper jamás podrá darme lo necesito.

Solo conozco a una persona capaz de saciar mi hambre.

Estoy enferma y Jasper es muy dulce, quizás demasiado para que mi mundo le seduzca.