Los personajes no me pertenecen, solo la trama es mía.


Nunca creí que verme con traje y corbata se sentiría tan extraño. No, cuando había usado uno desde que tenía uso de memoria. Aunque claro de eso hacía demasiado tiempo. Diez años desde que lo había dejado todo.

Ahora no puedo estar más incómodo. Es como si me hubiera transformado en otro yo. Esta irritación solo me provoca un mayor rechazo a volver. Quizás, debo buscar el modo de ser elegante y encajar con mi nuevo yo. Estoy muy lejos de ser quien era. Hoy más que nunca, me niego a dejarme absorber por este mundo de hipocresía.

Esta petulancia y excesos no van conmigo. Pero por ahora tendría que servir. Tengo un papel que representar. Para este enfrentamiento necesito estar a la altura en todos los sentidos. Cualquier detalle puede ser utilizado en tu contra cuando estás en guerra.

No pienso dejarle a mi padre nada en bandeja de plata. Me he esforzado mucho en que no descubrieran mi paradero, pero eso dista mucho de haberme alejado de lo que me importa. Y eso es el legado y buen nombre de mi abuelo.

Ese es el único motivo por el que he regresado. Nada en esta familia me retiene. Todo murió aquel día.

Cruzo la sala como si nunca hubiera dejado de hacerlo. Como si no hubiera estado diez años fuera. Siento cada una de las miradas. Lo reconocen y lo desconocen al mismo tiempo. Y eso le gusta. Le fascina que no sepan que esperar. Planta en su rostro una sonrisa insolente, la misma que le ha acompañado en la última década.

—¿Qué estás haciendo aquí? —inquiere su tierno progenitor cuando hace su aparición en la sala de juntas.

—Tengo entendido que es mi derecho. Espero que no te resulte ofensivo. ¡Oh! Se me olvidaba que a ti todo te resulta ofensivo.

—Exijo una explicación —vocifera, con su mirada puesta en su primo.

—Le he invitado yo. Esa fue la última voluntad del abuelo.

—Pedazo de imbécil —blasfemó por lo bajo.

Sin embargo, mi primo hace la vista gorda y me recibe con un caluroso abrazo. Enseguida le correspondo. Emmett es el único en el que todavía puedo confiar. Tal parece que la avaricia no se ha adueñado de él.

—Sabía que no me defraudarías.

—No lo hago por ti, capullo.

—Aun así, lo estimo.

—Esto es un sin sentido.

—Por supuesto que no, procedamos. Toma asiento, Edward.

El único asiento disponible se encuentra junto a mi padre. Le doy mi me mejor sonrisa provocadora, antes de avanzar hasta su posición. Me repela tener que compartir el mismo espacio. Pero si alguien mantendría la compostura sería yo. Él buscaba una escena. No la obtendría al menos de mi parte. Hoy sería inalterable.

—Esto es absurdo. ¿No dirás nada?

—La verdad es que no. He venido a escuchar.

—Se acabó, Carlisle. Esta es mi junta y mis decisiones. Como todos bien saben me han destinado a la gestión de las empresas financieras en Barcelona. Compatibilizar funciones se hace inviable, sobre todo porque no quiero que se pierda la calidad que nos precede por el camino.

—Tienes más alternativas, necio.

—Los procedimientos tienen su función, aunque seas tan tolerante a saltártelos.

—Este abandonó a la familia. No tiene ni idea.

—No creo que eso sea vinculante. En cambio, mi veinticinco por cierto de las acciones, sí. —Mi padre solo cuenta con el cincuenta por ciento de las acciones, sin el apoyo de mi primo o mío. No tiene poder suficiente. Nosotros tampoco, entonces solo quedan los procedimientos para guiar los pasos.

—Tiene razón.

—¡Esto es ridículo!

—¿Cuándo tendría que empezar? —interrogo con una sonrisa de satisfacción.

Mi generoso padre no se queda a escuchar. Abandona la sala sin más. No está acostumbrado que no le den el gusto y placer. Mucho menos a no tener el control.