LINK
Cuando llegué abajo, cargando con las dos bolsas de viaje, vi que Zelda ya estaba allí, arrodillada frente a Impa.
—Buenos días —dije alegremente. Ellas dejaron a hablar y me contemplaron con sorpresa. Me detuve en seco. ¿Por qué me miraban así? ¿Me había salido hocico de bokoblin o algo por el estilo?—. ¿Qué? —pregunté después de haberme llevado una mano a la cara para comprobar que todo siguiera en orden.
Impa sonrió.
—Tú nunca das los buenos días.
—Eso es mentira.
—Te aseguro que no lo es, muchacho —repuso, y su sonrisa se hizo más amplia—. Siempre llegas aquí por las mañanas como si hubieras vuelto de la guerra.
Zelda soltó una risita, aunque no dijo nada. Me crucé de brazos.
—No volveré a darte los buenos días, si eso te hace más feliz —le dije a Impa. Luego dejé la bolsa de viaje más pesada en el suelo. Chocó contra la madera con un ruido sordo—. ¿Qué demonios has metido aquí?
—Todo lo necesario para que no os muráis de hambre. No lo abras todavía —añadió cuando fui a curiosear su contenido—. Déjalo para cuando hayáis llegado a Hatelia.
Asentí y me arrodillé junto a Zelda. Ella me sonrió y, de alguna forma inexplicable, consiguió que el frío del amanecer desapareciera. Sentí un leve cosquilleo donde me había besado la noche anterior.
Impa se limitó a mirarnos en silencio durante unos largos instantes. Hasta que, sin previo aviso, se abalanzó sobre nosotros y nos abrazó con tanta fuerza que estuve a punto de quedarme sin aire. Seguía sin comprender cómo una anciana de más de cien años podía tener la fuerza de un goron en ocasiones.
—Tened mucho cuidado ahí fuera —susurró.
Vi que Zelda me miraba de reojo. Me encogí de hombros y abracé a Impa. Zelda hizo lo mismo sin poner ninguna pega.
—No pasará nada, ya lo verás —le aseguré—. No hay tantos monstruos.
—¡Prométeme que no harás nada estúpido, Link! —exclamó Impa, separándose de nosotros con brusquedad.
Fruncí el ceño.
—¿Yo? ¿Por qué siempre soy yo quien hace cosas estúpidas?
—Porque, claramente, yo soy más inteligente que tú —intervino Zelda con una sonrisa de suficiencia.
Le dirigí una mala mirada y abrí la boca para replicar. No obstante, Impa habló antes de que yo pudiera decir nada.
—Al menos prométeme que la mantendrás a salvo —dijo en voz baja.
La sonrisa de Zelda ya no era tan amplia. Aun así, clavé la vista en Impa.
—Con mi vida —murmuré.
La anciana me dio varios golpecitos en el hombro. Sonrió, supuse que para aliviar la tensión.
—Y tú cuida de él también —le dijo a Zelda—. Vigila que no sea demasiado impulsivo y no cometa temeridades. Y sácale de la cabeza todas estas ideas estúpidas que se le ocurren a veces. Es bastante testarudo cuando quiere, pero a ti te hará más caso que a mí.
Zelda empezó a reírse. Puse mala cara otra vez y me encerré en un silencio hosco.
—Haré lo que pueda.
—No quiero que te preocupes por el futuro —prosiguió Impa—. Reconstruye el reino si quieres. Ayuda a prosperar. Olvídate de la sucesión al trono y todo eso durante unas cuantas lunas. Y, cuando estés lista...
—... cuando esté lista, tú serás la primera en saberlo, Impa —acabó por ella.
Impa sonrió. Nos volvió a abrazar y, al separarse, dijo:
—Y ahora, marchaos. Tenéis que llegar a la posta antes del anochecer. Vamos, antes de que empiece a llorar.
Nos despedimos una última vez y nos encaminamos hacia los establos. Dijimos adiós a los guardias apostados junto a las escaleras de la casa de Impa, que nos desearon un buen viaje. Había muy poca gente en las calles, todavía cubiertas por las brumas del amanecer, pero aun así me oculté tras la capucha. Zelda no tardó en hacer lo mismo. Impa nos había dicho que ella se encargaría de anunciar nuestra partida a la aldea, pero prefería guardar precauciones. Solo por si acaso.
Pay nos esperaba en los establos. Zelda le dio las gracias por haberle prestado ropa. No entendía qué tenía eso de especial. Eran solo estúpidos vestidos. Aunque, pensándolo mejor, quizá tendría que comprarle más vestidos a Zelda cuando estuviésemos en Hatelia. En la aldea había una tienda; seguro que allí podría conseguir todo lo que quisiera.
Una vez Zelda hubo dejado de dar las gracias, Pay se acercó a mí. Me dio un abrazo que yo intenté devolver, pese a que fue bastante incómodo.
—Buen viaje, Maestro Link —me dijo—. Espero volver a veros pronto.
Me separé de ella y miré a Zelda de reojo. Estaba ocupándose de Viento, así que susurré:
—Despídete de Shak por mí.
Pay empezó a sonrojarse. Contuve la risa para no hacerla sentir más vergüenza. ¿Eso significaba que seguían viéndose a escondidas? ¿Lo sabría Impa?
Pay se despidió una última vez de nosotros y luego casi salió corriendo por la puerta de los establos. Zelda me miró sin comprender.
—¿Qué le ha pasado?
Me encogí de hombros.
—Soy demasiado estúpidamente atractivo para ella, supongo.
Zelda resopló.
—¿Es que nunca te cansas de decir lo mismo?
—Tú misma lo dijiste.
—Pero tú te pasas el día repitiéndolo una y otra vez.
—Está exagerando.
—Oh, no. Créeme. Es muy cierto.
—Dame eso —gruñí, señalando su bolsa de viaje.
Ella obedeció, pero siguió protestando y quejándose mientras ataba con cuidado la bolsa de viaje de Zelda a las alforjas del caballo.
—¿Qué demonios llevas ahí dentro? —mascullé, interrumpiendo lo que quiera que ella hubiera estado refunfuñando.
Me mostró una sonrisa llena de inocencia.
—Libros —fue su simple respuesta.
Suspiré. Debería haberme imaginado que robaría todos los libros de la casa de Impa.
—También tengo libros en casa, ¿sabes? —le dije al tiempo que aseguraba la bolsa de viaje que nos había dado Impa y, por último, la mía. Era la más ligera de todas.
—¿De qué son?
—No lo sé. Nunca los he tocado.
Puso los ojos en blanco, pero no dijo nada.
—No me mires así —mascullé—. Tampoco tenía mucho tiempo para leer un libro.
Zelda me fulminó con la mirada, aunque dejó de discutir. Supuse que aquella era su forma de darme la razón.
Cuando estuve seguro de que todo estaba listo, sonreí a medias y me giré hacia ella de nuevo.
—¿Lista?
—No lo sé —contestó, y de verdad parecía nerviosa.
—Todavía estás a tiempo de dar media vuelta y volver a...
—No —me interrumpió con firmeza—. Quiero irme de aquí.
—¿Estás segura?
—Más que segura.
Asentí y la alcé en volandas hasta que estuvo sobre la silla. No quería que montara otro espectáculo como el del día anterior. Tendría que recordarle cómo montar cuando estuviésemos en Hatelia. Y cuando tuviera su propio caballo, claro estaba.
—¿Por qué has hecho eso? —inquirió, enfadada—. Puedo montar yo sola.
—No, no puedes. Ayer estuviste a punto de caerte de culo al suelo.
—Eso es una sucia mentira. Te he dicho que necesito práctica.
Solté un largo suspiro y monté delante de ella. Todavía tenía el ceño fruncido.
—No te enfades. —Ella se mantuvo en silencio. Sonreí—. Al menos agárrate.
Y rodeó mi cintura al instante. Me aferré con fuerza a las riendas y por un momento no supe cómo hacer que Viento se pusiera en marcha. Por eso odiaba las mariposas. Tenían aquel horrible efecto.
Cruzamos Kakariko a paso rápido y luego nos adentramos en el sendero que serpenteaba entre las montañas encargadas de proteger la aldea. Todavía hacía frío, y tuve que arrebujarme más en la capa. Llevábamos solo un corto rato cabalgando cuando empecé a sentir los dedos entumecidos, pese a llevar los guanteletes.
—¿Tienes frío? —le pregunté a Zelda.
—Solo un poco.
Percibí que se pegaba más a mí. Si esa era su forma de entrar en calor, no iba a quejarme. Al menos ambos salíamos ganando.
Recorrimos el sendero en completo silencio. Solo se oía el golpeteo rítmico de los cascos de Viento contra la tierra y el silbido de la brisa que pasaba entre las montañas. Había echado de menos estar ahí fuera, en los caminos. Había pasado demasiado tiempo viajando. Y, aunque echaría en falta la seguridad de Kakariko, no iba a negar que llevaba días deseando alejarme de las miradas y los susurros. Seguro que a Zelda le sucedía lo mismo.
Transcurrieron las horas y, cuando el sol ya estaba alto en el cielo y el puente de Kakariko era visible en la distancia, Zelda habló por fin.
—¿Link?
—¿Qué?
—Tengo hambre.
Se me escapó una carcajada, y casi pude ver su ceño fruncido.
—¿Ves el sol? Espera a que sea mediodía.
Ella suspiró, pero acabó asintiendo a regañadientes contra mi hombro.
Era raro no tener que prestar atención a la presencia de monstruos. El camino de Kakariko solía ser seguro, pero aun así había que tener cuidado. Sin embargo, ahora apenas había monstruos. Nos cruzamos con varios viajeros que cabalgaban despreocupados hacia Kakariko. Algunos ni siquiera miraban lo que tenían delante. Otros no llevaban armas. Y yo, por otro lado, no podía apartar la mano de la Espada Maestra, y escudriñaba cada rincón. Solo quería asegurarme de que no hubiera nada entre las sombras. Nada más.
A mediodía, paramos para comer, tal y como le había dicho a Zelda. Nos sentamos en un recodo cercano al camino y dejé que Viento pastara y bebiera agua en un río al otro lado del sendero. Rebusqué en la bolsa que nos había dado Impa y saqué dos manzanas. Le lancé a Zelda la más roja y brillante, pero ella se limitó a contemplarla con el ceño fruncido.
—¿Es que tú solo comes manzanas? —me preguntó—. Estoy harta de comer manzanas.
—¿Ves alguna cacerola para cocinar? —repliqué, ofendido.
—No, pero...
Le lancé un puñado de nueces, y luego me senté lo más lejos posible de ella. Me crucé de brazos y me comí mi manzana con el ceño fruncido. Escuché que Zelda soltaba una risita. Tomó asiento a mi lado.
—¿Te has enfadado? —dijo, y vi que sonreía.
—Has insultado mis manzanas —mascullé.
Rio otra vez.
—No las he insultado, Link. Solo lo digo por tu bien.
—Me gustan las manzanas.
—A mí también. Pero hay otras cosas comestibles. No solo existen las manzanas, ¿sabes?
Me tendió unas cuantas nueces. Las acepté a regañadientes. Después de eso, ninguno dijo nada más durante un rato. Zelda se dedicó a observar lo que la rodeaba con una mezcla de curiosidad, admiración y tristeza. Era como si estuviese viendo Hyrule por primera vez. Aunque eso tampoco se alejaba mucho de la realidad.
Frunció el ceño de pronto.
—¿Por qué hay tanto silencio? —murmuró—. Los caminos solían estar tan concurridos...
Abrí la boca para responder, pero poco después descubrí que las palabras no me salían. ¿Qué podía decirle? ¿Que lo único que quedaba del antiguo Hyrule era un montón de ruinas, ceniza y escombros? ¿Que solo unas pocas aldeas permanecían en pie? ¿Que la población hyliana había disminuido considerablemente después del Cataclismo?
Se suponía que ella ya sabía todas esas cosas. Tal vez el problema era que, a la hora de la verdad, se negaba a aceptarlas.
Desvié la mirada y guardé silencio, dejándola a solas con su frustración. Y quizá aquella no fuera la mejor idea, pero nada de lo que yo dijera o hiciera cambiaría las cosas.
—Deberíamos seguir —dije al cabo de un largo rato.
Zelda hizo una mueca.
—¿No podemos esperar un poco más?
—No. A menos que quieras pasar la noche al raso.
Echó un rápido vistazo a lo que nos rodeaba.
—No sería la primera vez —musitó, encogiéndose de hombros.
—Dicen que por la noche hay lobos —dije, sonriendo a medias—. Lobos tan grandes como tú, tan oscuros y silenciosos que ni siquiera podrías verlos llegar. Y luego...
—¿Sabes qué? —interrumpió—. Vámonos a la posta.
Mi sonrisa se hizo más amplia; sin embargo, desapareció de golpe cuando Zelda se puso de pie y me di cuenta de que cojeaba. Me apresuré a ir tras ella.
—¿Qué te pasa? —quise saber, buscando algún rastro de heridas.
—¿Qué? ¿Por qué lo preguntas?
—Cojeas.
—Oh. —De pronto parecía avergonzada—. Es que... Ya sabes, llevo mucho tiempo sin montar a caballo.
La culpabilidad empezó a extenderse sin control. Tendría que habérmelo imaginado. Estaba sufriendo los horrores de cabalgar después de un largo periodo de tiempo. Y ahí estaba yo, siendo más brusco que un bokoblin y tratándola como si se hubiera pasado un siglo entero montando a caballo.
—Yo...
—No te atrevas a disculparte.
Alcé la vista, sorprendido, y en su voz había aparecido ese tono que no admitía discusión.
—Si quieres que paremos durante un rato más...
—No. No quiero pasar la noche a la intemperie —dijo, y echó a andar hacia Viento.
Admiraba su valentía y su decisión. De veras lo hacía. Sabía que las piernas le dolerían durante varios días, e incluso tendría magulladuras, pero aun así seguía adelante.
Intentó montar, en vano, así que me apresuré a acercarme y la alcé en volandas para dejarla en la silla con la mayor delicadeza que fui capaz de reunir. En esa ocasión, Zelda no frunció el ceño, sino que me sonrió.
—Gracias.
Sonreí también.
—Dijiste que nunca me volverías a dar las gracias por nada.
—He cambiado de opinión.
—Sabía que no lo conseguirías.
—Oh, vámonos ya.
Solté una última risotada antes de hacerle caso y poner a Viento en marcha. Me aseguré de ir más despacio esa vez, pese a que llegaríamos a la posta después del atardecer. Pero no me importaba llegar más tarde de lo previsto con tal de que ella sufriera menos.
Pasado el mediodía, cruzamos el puente de Kakariko. No tenía ni idea de cómo se mantenía en pie; estaba medio derruido, plagado de escombros y piedras caídas. Viento dio varios giros bruscos para no tropezar contra nada.
—¿Por qué nadie se ha encargado de este lugar? —escuché a Zelda suspirar—. Está a punto de derrumbarse.
El rumor del río que fluía debajo llegó hasta mis oídos.
—Los sheikah no suelen salir de Kakariko —murmuré—. Y a los demás... Bueno, no les importa.
Ella guardó silencio durante un rato.
—Lo reconstruiré —dijo de pronto—. Será lo primero que reconstruya.
Y, por su tono de voz, deduje que nadie podría convencerla de lo contrario, así que no dije nada.
El atardecer comenzó a dar paso al crepúsculo, y la posta ni siquiera era visible en medio de la oscuridad. Ya no había nadie en los caminos; hacía varias horas que no nos cruzábamos con viajeros.
Escuché un sonido a nuestra espalda y me giré al instante, con una mano en torno a la empuñadura de la espada. Escudriñé lo que nos rodeaba, pero todo estaba en calma.
—Seguro que ha sido solo un animal —susurró Zelda al cabo de unos instantes. Solo entonces percibí la fuerza con la que se aferraba a mi hombro.
Puse a Viento en marcha de nuevo, no sin antes dirigir una última mirada a la oscuridad.
—O un lobo —susurré también, sonriendo a medias.
Ella me fulminó con la mirada. Sin embargo, dijo:
—Haz que el caballo vaya más rápido.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo?
—No —masculló—. Solo quiero llegar ya.
—Pero...
—Tú solo hazlo.
Hice que Viento fuera un poco más rápido. Solo un poco. Y, justo cuando empezaba a pensar que tendríamos que pasar la noche bajo las estrellas, las luces de la posta aparecieron en la distancia. El bullicio se oía desde allí.
—Gracias a las Diosas —murmuró Zelda a mi espalda.
Había mucha gente. Los viajeros se agrupaban alrededor de al menos una docena de hogueras. Dudaba que hubiera espacio para nosotros, pero eso no se lo dije a Zelda.
—Está todo lleno, muchacho —me gritó el dueño de la posta por encima del ruido, confirmando mis sospechas—. Muchos pasarán la noche ahí fuera. Aunque has tenido algo de suerte; nos queda espacio en los establos.
No intenté discutir. Le di las gracias, pagué por la estancia de Viento en los establos y por una cena caliente y luego volví con Zelda, que seguía a lomos del caballo.
—¿Hay espacio para nosotros?
—No —respondí simplemente—. Pero nos darán uno de esos guisos calientes.
Ella maldijo con una de mis palabras favoritas e intentó bajar del caballo. Lo único que consiguió fue revolverse con torpeza en la silla. Debía de tener las piernas demasiado rígidas.
—Déjame ayudarte —ofrecí. Zelda asintió de mala gana.
Rodeé su cintura y la alcé en volandas. Luego la dejé en el suelo con cuidado. Se le escapó un siseo de dolor.
—¿Por qué duele tanto? —murmuró.
Hice una mueca.
—Se te pasará pronto, te lo prometo. Solo tienes que acostumbrarte.
Ella suspiró.
—Creo que no voy a poder moverme en días.
Sonreí un poco, aunque todavía me sentía culpable.
—Si alguna vez quieres que paremos o que Viento vaya más despacio, dímelo. ¿Lo harás por mí?
—Te preocupas demasiado —sonrió ella a pesar de todo—. Pero te prometo que lo haré. No quiero que te pongas paranoico.
—Yo no me pongo paranoico.
—Lo que tú digas.
Fuimos hacia los establos y dejamos a Viento en una cuadra libre. Luego tomamos asiento en un rincón apartado. Allí apestaba a caballo, pero a Zelda pareció darle igual. Se apoyó contra la pared y soltó un largo suspiro.
—Nadie me ha reconocido —dijo de pronto. Miró al grupo de viajeros que estaban sentados en el exterior—. ¿Verdad que no, Link?
—No —respondí muy despacio—. Creo que nadie te...
—Diosas —susurró, emocionada—, no puedo creerlo.
La miré como si se hubiera vuelto loca, aunque ella no me hizo caso.
Al cabo de un rato, el dueño de la posta se nos acercó con dos cuencos de guiso caliente. Comimos en silencio, escuchando el bullicio del exterior y los resoplidos y bufidos de los caballos. Al terminar, Zelda empezó a dar cabezazos contra mi hombro, pese a todo el ruido. Dejé que se durmiera sobre mí y la arropé con una de nuestras mantas.
—... monstruos no me atacan desde hace casi una luna entera —escuché decir a uno de los viajeros sentados fuera.
—Dicen que es por lo del castillo —dijo otro.
—¿Es verdad que la sombra ha desaparecido?
—No se la ve desde hace una luna. Y seguro que todo el revuelo en la Llanura de Hyrule no es una coincidencia.
Eso significaba que el resto de Hyrule había visto nuestra batalla contra el Cataclismo. O que al menos habían podido distinguir la luz de Zelda. Sentí que se acomodaba contra mi hombro. Si aquellos viajeros la vieran ahora, no creerían que ella había sido la causante de todo aquel revuelo.
—He oído que una horda de monstruos estaba a punto de atacar Hatelia.
El corazón se me detuvo.
—A mí me han dicho que, cuando la sombra desapareció, los monstruos también se marcharon.
—¿A dónde?
—Nadie lo sabe. Pero no se los ha vuelto a ver.
Solté el aire que había estado conteniendo. Nada había pasado en Hatelia. Todo seguía como siempre. Quizá incluso se habían deshecho del portón imponente que había visto en mi última visita.
Empezó a escucharse música. Eso me recordó a las celebraciones de Kakariko. Quizá, si Zelda estuviera despierta, podríamos haber bailado otra vez. Me había gustado bailar con ella. Nunca antes había bailado con nadie, pero no me importaba. La manera en que me había abrazado lo hacía especial. Y luego, al día siguiente, se había acercado todavía más y me había besado. En la mejilla, claro. No me atrevía a fantasear con otra cosa.
Moví el hombro para despertarla, y ella murmuró algo que no pude entender. Le susurré que se acurrucara en mi regazo. Al menos allí estaría más cómoda. Y ella obedeció. Se hizo un ovillo y la arropé con mantas otra vez. No tardó en dormirse.
Me arrebujé más en la capa. Nunca había visto una posta tan llena de gente. Quizá hacía cien años sí, pero ¿después del Cataclismo? Ni siquiera me habría atrevido a imaginarlo.
Me había dado cuenta de que había el doble de viajeros en los caminos. Y, pese a ir desarmados y no tomar las precauciones suficientes, eso significaba esperanza. Significaba que tal vez, con esfuerzo, las cosas podrían mejorar. Y eso era lo único que Zelda quería.
Apenas pude dormir aquella noche. Me despertaban la música y los gritos procedentes del exterior. Y luego estaba el ruido que hacían los caballos. Sin embargo, en medio de todo, tuve uno de esos sueños extraños que habían aparecido después del Cataclismo.
Había un hombre. Era alto y corpulento, y llevaba una armadura que emitía destellos bajo la luz anaranjada del atardecer. Quería ver su rostro; incluso intenté moverme para verle mejor, pero tenía los pies clavados al suelo.
También había un niño. Estaba de espaldas a mí, de modo que no podía verlo bien. Aunque logré vislumbrar algo fino y alargado entre sus manos.
—Una espada no es un juguete —escuché que decía el hombre, y su voz sonaba lejana—. Tienes que tener mucho cuidado con ella.
El niño dijo algo, pero no pude oírlo.
—Todavía eres muy joven. Te enseñaré cuando seas más mayor —rio—. Ahora ni siquiera podrías levantarla cinco dedos del suelo.
Se puso en pie y se dio la vuelta con una frustrante lentitud. ¿Sabría que yo estaba allí? ¿Sería capaz de verme? Era extraño, porque de pronto tuve ganas de que me mirara. De llamar su atención.
Estaba a punto de verle el rostro cuando el relincho de un caballo me despertó de golpe. Me asusté tanto que di un bote en el suelo, y Zelda murmuró algo incomprensible como protesta.
Maldije al caballo que había relinchado y a esos sueños tan extraños. Aquel hombre... No sabía el qué, pero había algo en él..., algo familiar. Pero era imposible. Los sueños no tenían nada que ver conmigo. Solo eran estúpidos sueños.
La luz grisácea procedente del exterior me indicó que ya estaba amaneciendo. Teníamos que irnos de inmediato para llegar a Hatelia antes del anochecer. Me supo mal por Zelda. Ella todavía dormía en mi regazo, envuelta en mantas. Apenas haríamos paradas para descansar; cabalgaríamos todo el día. E incluso habría que darse prisa.
Pese a todo, tenía ganas de volver a Hatelia. A casa. Me daba igual que estuviera llena de polvo. Solo quería hacer que fuera mi hogar por fin. Con Zelda.
Le sacudí el hombro con cuidado para despertarla. Me costó un poco, pero al final conseguí que abriera los ojos.
—Tenemos que irnos ya —susurré.
—¿Link...? —murmuró ella—. ¿Irnos? ¿Por qué?
—Para llegar a Hatelia a tiempo. A no ser que quieras pasar la noche con los lobos.
—Pero si todavía está amaneciendo... —Se acurrucó de nuevo y se escondió bajo la manta.
—Lo sé —repliqué con una sonrisa—. Por eso tenemos que irnos.
—No —protestó débilmente—. Link..., solo un poco más...
—No puedo creer que tú vayas a remolonear. Tú. Creo que soy una mala influencia.
La escuché reír. Y eso fue suficiente para hacer que me sintiera mejor.
—Creo que no puedo moverme.
—¿Qué tonterías dices?
Salió de debajo de las mantas.
—¡Hablo en serio!
—¿No querías viajar?
—Sí, pero...
—Tendrás que acostumbrarte.
Resopló y miró a su alrededor.
—Nunca pensé que pasaría mi primera noche fuera de Kakariko dentro de unos establos.
—En Hatelia tendrás una cama blanda y mullida, ya lo verás.
Ella sonrió.
—¿De verdad tenemos que irnos ya?
—Yo no miento.
Se incorporó con un bostezo. Recogí las mantas y las metí en la bolsa de viaje. Luego fui hacia Viento mientras Zelda se arreglaba el pelo y las ropas. ¿Yo también debería haberme arreglado todas esas cosas? Ni siquiera me había parado a pensar en mi pelo. No lo tocaba desde nuestra partida de Kakariko.
La miré de reojo mientras ajustaba la brida de Viento. Estaba cubriéndose con la capucha. Pensé en el momento en que había entrado en los establos, vestida igual que hacía cien años. Mil recuerdos habían pasado por mi cabeza en ese instante. En Kakariko la veía siempre con los vestidos de Pay. Y de pronto había aparecido con sus ropas de viaje. Si me había parecido hermosa con aquel vestido azul el día de las celebraciones, sus ropas —las suyas de verdad— habían hecho que las palabras dejaran de tener sentido por un momento.
Viento bufó en mi cara de repente.
—¿Qué? —mascullé con el ceño fruncido mientras retomaba lo que había estado haciendo—. No siempre puedes ser el centro de atención, ¿sabes?
Se me quedó mirando con sus ojos oscuros, pero no emitió ningún sonido.
Cuando todo estuvo preparado, Zelda se acercó, arrebujada en su capa.
—¿Lista?
—Sabes que sí —resopló.
Empezó a hacerle mimos a Viento. Al principio lo dejé estar, pero mi paciencia no tardó en agotarse.
—Tenemos algo de prisa, ¿sabes? —gruñí—. Por algo te he despertado al amanecer.
Zelda soltó una risita mientras Viento resoplaba, feliz. Permitió que la alzara en volandas y la dejara sobre la silla. Yo monté después y, al rato, ya estábamos alejándonos de la posta. Lo de la noche anterior debía haber causado verdaderos estragos, porque el exterior estaba desierto. Me compadecí de ellos.
—¿Anoche tuviste... sueños raros? —me preguntó Zelda al llegar al cruce de caminos.
Me lo pensé un momento.
—No —respondí mientras nos adentrábamos en el sendero de Hatelia.
Recé por que se lo creyera.
—¿Recuerdas lo que te dije en Kakariko? —dijo en voz baja—. ¿Lo que te pedí que hicieras si tenías otro de esos sueños?
—Si hubiera tenido uno, te lo habría dicho —repliqué, intentando sonar convincente.
Ella guardó silencio por unos instantes que se me hicieron eternos. Al final percibí que se encogía de hombros.
—Está bien —murmuró.
No me gustaba mentirle, pero no quería aburrirla con mis problemas. Ella ya tenía suficientes cosas de las que preocuparse. Cosas más importantes que sueños sin sentido.
Pasado el mediodía, Zelda rompió su silencio para dejar escapar una exclamación ahogada. Alcé la vista, esperando ver un monstruo frente a nosotros. Sin embargo, lo que divisé fue mucho, mucho peor.
La Muralla de Hatelia se alzaba en la distancia, tan gris y solitaria como la última vez que la había visto. Y la Llanura de Mogur se extendía ante nosotros, cubierta de ceniza y restos de guardianes. Viento empezó a removerse, nervioso. No le gustaban los guardianes. Sobre todo los que estaban desactivados.
—No quiero verlo —susurró Zelda—. Otra vez no.
—Saldremos muy pronto —le aseguré—. Ya lo verás.
Ella asintió, pero sentí que se aferraba a mí con más fuerza. No emití una sola queja. Yo también la necesitaba para recordar que lo sucedido en aquel lugar había quedado atrás, muy atrás.
Hice que Viento fuera un poco más rápido. Tenía la horrible sensación de que los ojos muertos de los guardianes me observaban, y casi esperaba que comenzaran a apuntar de un momento a otro. Y las cicatrices ardían, como si todavía estuvieran cerrándose y fuesen recientes.
Tuve que reprimir un escalofrío.
Por suerte, la sombra de la Muralla de Hatelia no tardó en cubrirnos. Seguía estando igual que siempre. Nadie se había encargado de ella. No obstante, Zelda no se indignó por eso. Se mantuvo en silencio hasta que cruzamos la muralla y, cuando todo hubo quedado atrás, la escuché sollozar.
—Lo siento tanto, Link...
La miré con el ceño fruncido.
—¿Por qué lo sientes?
—Por no haber llegado a tiempo —respondió—. Por... por tu pérdida de memoria y por todo lo que has sufrido por mi culpa. No te merecías nada de eso, nada...
Aquello me hizo enfadar.
Tiré de las riendas de Viento y me giré en la silla con más brusquedad de la que pretendía.
—No hay nada por lo que tengas que disculparte. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No todo lo malo que pasa en el mundo es culpa tuya, Zelda.
—Lo sé, pero... —Me miró y sus ojos brillaban, aunque no había rastros de lágrimas en su rostro—. Tenía que decírtelo. Sé que no tengo la culpa. Pero quería que lo supieras. Que supieras que lo siento.
—No tienes por qué sentirlo —mascullé.
Zelda asintió y luego me dio un abrazo. Y sentí que ya no podía estar enfadado con ella; no cuando se aferraba a mi túnica como si tuviera miedo de que me marchara. De modo que le devolví el abrazo.
—Querías salvarme la vida, ¿verdad? —murmuré contra su pelo. Ella asintió—. Pues lo conseguiste. ¿Y sabes una cosa?
Alzó la vista.
—¿Qué?
—Prefiero no saber quién demonios soy a no volver a verte nunca más.
Ella sonrió y me abrazó otra vez. Ninguno dijo nada durante un rato. Y me habría gustado permanecer así, sintiéndola cerca, por el resto de la eternidad, pero el sol ya comenzaba a bajar, y teníamos que darnos prisa.
—Deberíamos seguir —murmuré.
Zelda suspiró y se separó de mí.
—Sabía que ibas a decir eso.
—Lo de los lobos va en serio.
—¡Vámonos ya!
Me senté a horcajadas sobre la silla y di un golpe con las piernas. Viento avanzó a un trote suave.
—En Hatelia tengo algo para ti, ¿sabes? —le dije mientras recorríamos el sendero.
—¿Qué es?
Por su tono supe que había despertado su curiosidad.
—Si te lo dijera, no sería una sorpresa.
—Sabes que no podrás ocultármelo.
—¿Ah, no?
—No. Porque acabaré hartándote y tú acabarás rindiéndote.
—Ya lo veremos.
Nos adentramos en el corazón de Necluda, con sus barrancos abruptos y montañas rocosas. Y, junto a nosotros, abajo, se extendía el mar. Tenía un brillo anaranjado por culpa del atardecer. La brisa salada me llegaba desde allí. Miré a Zelda de reojo; tenía la vista clavada en el mar, como si fuera lo más increíble que había visto en todo el día. Y, probablemente, lo fuera.
Si me giraba, ni siquiera podía ver las torres de la Muralla de Hatelia. Eso era reconfortante. Aunque las heridas ya no sangraban, había algunas que seguían sin cicatrizar. Y tal vez no cicatrizarían nunca. Pero, con el tiempo, dejarían de doler, de eso estaba seguro.
Empezó a oscurecer, y todavía nos quedaba un largo trecho hasta Hatelia. Ya no había viajeros a esa hora. Todos habían buscado refugio en la aldea o en algún recodo del camino. Por un momento estuve tentado a hacer lo mismo, a pasar la noche al raso, pero recordé que viajaba con Zelda. A veces se me olvidaba.
Ella todavía tenía que acostumbrarse. Y, además, le había prometido una cama mullida.
—¿Vas a decirme lo que es? —bostezó cuando las primeras estrellas comenzaban a aparecer.
—¿El qué? —murmuré, sin apartar los ojos del camino. Por la noche solían salir monstruos. Era peligroso viajar después de la caída del sol.
—Lo que tienes para mí en Hatelia.
—No. Es una sorpresa.
—Te juro que, cuando lo vea, pondré mi mejor cara de sorpresa. Gritaré de alegría si quieres.
—No es lo mismo.
—Al menos dame una pista.
Me pareció que algo se movía entre los arbustos que crecían junto al camino. Una vez me hube asegurado de que era solo el viento, respondí:
—Te gustará.
—Eso no es una pista.
—Sí lo es.
—Podría ser cualquier cosa.
—Eso es lo divertido.
Suspiró con frustración, y yo sonreí.
—¿Lo ves? No vas a conseguirlo.
Me miró mal, pero no dijo nada más.
Al cabo de un rato, empecé a escuchar su respiración lenta y rítmica. La miré de reojo y descubrí que se había dormido sobre el caballo. Dejé que Viento fuese un poco más rápido, porque yo también quería llegar a casa y dormir hasta tarde. Entonces recordé que en casa solo había una cama. Y sería para Zelda, por supuesto. No iba a dejar que durmiera en ningún otro lado. Yo podría ir a la posada. No, mejor no. No debería dejar a Zelda sola en un lugar que no conocía.
El suelo era mi única solución. Tampoco sería la primera vez. Y había dormido en suelos mucho peores. No lo pasaría tan mal.
Y luego estaba la opción de dormir en la misma cama, pero allí estaba el límite. Sería muy incómodo, más que quedarme en el suelo, y estaba seguro de que Zelda no querría. Además, mi cama era pequeña. Ahí no cabían dos personas al mismo tiempo. Y, para caber de verdad, tendríamos que apretujarnos...
"No. El límite, ¿recuerdas?"
No me importaba dormir en el suelo. Sabía que Zelda se enfadaría y me reñiría al día siguiente, pero no conseguiría hacerme cambiar de opinión.
La luna ya estaba alta en el cielo cuando llegamos a Hatelia. Se habían deshecho del gigantesco portón que había visto en mi última visita, y solo había un guardia junto al arco de entrada.
—¡Alto! —gritó al vernos llegar—. ¿Quién eres y qué quieres tan tarde?
—Vivo aquí —respondí simplemente.
Él me examinó de arriba abajo con los ojos entornados.
—¿Tú eres ese jovencito que compró la casa que iban a derribar? ¿El que siempre va de un lado a otro?
—Supongo.
—Puedes pasar —dijo—. Pero no provoques mucho alboroto a estas horas de la noche —añadió, mirando a Zelda.
Fruncí el ceño, pero no dije nada. Me limité a espolear a Viento para cruzar el arco de entrada.
Las calles estaban desiertas y las chimeneas, apagadas. Solo pude vislumbrar un débil rastro de humo procedente del laboratorio de Hatelia, sobre la colina que dominaba la aldea. Tal vez podríamos visitar a Prunia al día siguiente. Estaba seguro de que Impa ya la había avisado de la derrota del Cataclismo. Y Zelda querría volver a verla cuanto antes.
Cruzamos el puente, y tuve cuidado de que Viento no pisoteara ninguna flor del jardín. Había más que la última vez. ¿Cómo podían crecer sin que nadie se encargara de ellas?
—Zelda —susurré, sacudiéndola con suavidad—. Zelda, ya hemos llegado.
—¿Llegado? —murmuró al tiempo que se acurrucaba más sobre mí—. ¿Llegado a dónde?
—A mi casa. A Hatelia.
—Oh —musitó, sin abrir los ojos.
—Zelda, tengo que bajarme del caballo.
Ella asintió, pero no hizo ningún ademán de moverse. Se me escapó una carcajada.
—Necesito que abras los ojos. Solo será un momento. ¿Lo harás?
Zelda suspiró. Se irguió en la silla y vi que abría los ojos. Desmonté de un salto y, una vez estuve en el suelo, rodeé su cintura y la cargué entre mis brazos hasta el interior.
No olía a cerrado. Supuse que Karud había dejado flores para que la casa no apestara. Y todo estaba en perfecto estado, tal y como lo había dejado antes de marcharme.
La luz de la luna se filtraba por las ventanas. Subí las escaleras con cuidado de no tropezar. Dejé a Zelda sobre la cama y la ayudé a quitarse las botas. Luego me di la vuelta mientras ella se deshacía de las ropas de viaje y se vestía con el fino camisón que la había visto llevar en Kakariko. Una vez hubo terminado, la arropé con las mantas —que estaban limpias y no polvorientas— y le di las buenas noches. No tardó mucho en dormirse.
Llevé a Viento a los establos. Allí también estaba la yegua que había conseguido para Zelda. Me olisqueó mientras yo daba de comer y beber a Viento. Al terminar, me acerqué a ella. Seguía estando fuerte y sana. Rocé su crin plateada con los dedos y la yegua resopló. Al parecer, Karud se había encargado bien de ella.
—Pórtate bien, ya sabes —le susurré a Viento, aunque el animal no parecía hacerle mucho caso a la yegua.
Salí de los establos y me arrastré hasta el interior de la casa, pensando en camas mullidas. Saqué varias mantas de la bolsa de viaje y empecé a curiosear en lo que Impa nos había dado. Debía habérsele olvidado que yo era perfectamente capaz de cazar y diferenciar los frutos comestibles de los venenosos, porque ahí dentro solo había comida. Aun así, nos vendría bien; en casa no había comida. Al menos al día siguiente tendríamos desayuno.
Por extraño que pareciera, aquella noche me costó dormirme. El suelo era terriblemente incómodo. Di vueltas y más vueltas. Estaba seguro de que por la mañana tendría un dolor de espalda inolvidable.
Y, sin embargo, cuando por fin logré encontrar el lugar menos incómodo y solo tenía medio ojo abierto, escuché un grito.
