ZELDA
Todo estaba oscuro. Sentía la luz muy cerca, pero no podía verla. A mi alrededor solo había oscuridad.
El monstruo se debatió. No permití que escapara. Me odiaba, eso lo sabía. Lo había sabido desde la primera vez que lo miré a los ojos. Había visto un odio más profundo que el tiempo. Y todavía perduraba. Y, probablemente, perduraría por el resto de la eternidad.
Volvió a debatirse, pero en esa ocasión lo hizo con una fuerza inesperada. Intenté contenerlo de nuevo; sin embargo, mi poder no era suficiente. Nunca había sido suficiente. Desde el principio había sabido que estaba condenado a agotarse. Y había tratado de prepararme para el momento en que no respondiera a mis súplicas, y aun así no vi ninguna escapatoria.
El sello se rompió tras un corto forcejeo. Dolía. Sentía la malicia a mi alrededor, quemándome, y no había nada para protegerme.
El monstruo rugió, y el sonido retumbó en mis oídos. De pronto, estaba fuera. En Hyrule. Sobre la hierba. Y el cielo era rojo, rojo como la malicia que se extendía por la tierra, engulléndolo todo a su paso. Los tentáculos brotaban del suelo, y solo podía observar como se acercaban más y más, hasta que no tuve escapatoria.
Alcé la vista, y descubrí que todo estaba cubierto de malicia. Y entonces sentí algo frío rodearme, tan frío que quemaba. Intenté moverme; intenté zafarme de su agarre, pero el monstruo era fuerte, demasiado fuerte. Y la luz no me respondía.
—Te lo dije —me susurró al oído. Su voz era gélida, llena de odio y veneno. Ni siquiera parecía una voz de verdad. Solo era un siseo horrible—. No hay esperanza. Y todo es culpa tuya.
Las lágrimas corrían rápidas mientras contemplaba como mi hogar desaparecía. Cerré los ojos, porque verlo dolía demasiado. El monstruo tenía razón. Todo era culpa mía. Mía y de nadie más.
Sentí que la malicia me engullía a mí también.
Y luego volvía a estar en un lugar oscuro.
—Zelda.
Se aferraba a mí. Se aferraba a mí con fuerza. Intenté debatirme, y en esa ocasión comprobé que era capaz de moverme.
—¡Suéltame! —le exigí, y odié lo débil que sonaba mi voz.
Él no me soltó.
—Zelda —me llamó de nuevo—. Zelda, mírame.
Seguí debatiéndome, pero su agarre era de hierro. Y entonces abrí los ojos. Los abrí de verdad. Me preparé para encontrarme con la mirada del Cataclismo, llena de odio y furia. Pero lo que encontré fue una llena de preocupación. Y, aun en medio de la oscuridad, pude reconocerlo.
—Soy yo, ¿lo ves? —dijo—. Soy solo yo.
Pestañeé, y más lágrimas comenzaron a caer. Y lo siguiente que supe fue que había acabado llorando sobre su hombro. Link no decía nada; tan solo me recibió entre sus brazos mientras yo sollozaba sin apenas darme cuenta de lo que hacía. Agradecí que no me preguntara nada. Que simplemente estuviera ahí. A mi lado.
Empecé a temblar, como si me encontrara en la cima del Monte Lanayru otra vez. Aquella situación me recordó a otra muy parecida. Hacía cien años, en la Fuente del Poder, había hecho lo mismo que hacía ahora: sujetarme en silencio mientras yo sollozaba y temblaba y me rompía en pedazos.
Vi sus ojos de nuevo en medio de la oscuridad. Eran rojos, tanto como la sangre. Me aferré a Link con más fuerza, y fue entonces cuando respirar se volvió una tarea más complicada que de costumbre. Y él rompió su silencio. Oía de forma lejana las palabras que me susurraba al oído, pero no era capaz de entenderlas. Solo podía escuchar los rugidos del monstruo. Retumbaban en mi cabeza, ahogando todo lo demás.
—Zelda —lo oí susurrar por encima del caos—, lo que quiera que estés viendo no es real. No existe, ¿me oyes? Se ha ido.
"Se ha ido", repetí para mis adentros, aferrándome a sus palabras. "Se ha ido, se ha ido."
Cerré los ojos y me concentré en lo real, en lo que de verdad me rodeaba. En él, en su aroma a Hyrule y en el ritmo de su respiración. Sentí que sus dedos se enredaban en mi pelo, y eso me tranquilizó también.
Y, poco a poco, volví a respirar con normalidad, y mis sollozos se apagaron.
—¿Una pesadilla? —me preguntó en voz baja.
Yo asentí contra su hombro. Él suspiró.
—E-estaba ahí. Estaba ahí otra vez —conseguí decir—. No... no pude contenerlo, Link. No pude. No...
—Se ha ido —repitió, interrumpiéndome—. Era solo una pesadilla. Solo eso.
—L-lo sé, pero... Era tan... tan real...
—Es lo malo de las pesadillas —murmuró—. Pero eso ya no importa. Estás aquí. Nadie va a hacerte daño.
Me separé de él lo suficiente para poder mirarlo.
—¿Me lo prometes?
Sonrió y me secó los rastros de lágrimas.
—Te lo prometo —respondió—. El monstruo ya no puede hacernos daño, Zelda. Lo hemos devuelto al infierno al que pertenece. Y se pudrirá allí durante otros diez mil años.
—No es la primera vez que estas cosas me pasan, ¿sabes? —confesé con un hilo de voz—. En Kakariko solía tener pesadillas casi cada noche. Todas eran horribles, pero esta ha sido la p-peor.
Vi que fruncía un poco el ceño. Me secó más lágrimas.
—¿Por qué no me lo habías dicho antes? —quiso saber, y su voz estaba tan en calma como siempre. Eso me transmitió calma a mí también.
—Yo... No quería preocuparte.
Suspiró de nuevo.
—Tú quieres ayudarme con mis sueños raros, ¿verdad? —Asentí despacio—. Deja que yo te ayude a ti también. Puedes contármelo. Pero no intentes ocultarlo. No... no es bueno, Zelda.
—Lo sé.
Guardó silencio por unos instantes. Y, para mi sorpresa, de pronto soltó una risita.
—Eres la persona más testaruda que conozco, ¿lo sabías?
—¿Más que Viento?
—El doble.
Sonreí un poco. Luego miré a mi alrededor por primera vez. Descubrí que no todo estaba a oscuras. Había una velita ardiendo junto a la cama. O, al menos, creía que aquello era una cama.
—¿Estamos en tu casa? —le pregunté. Intenté distinguir algo en medio de la negrura, pero la luz de la vela era demasiado débil. Solo podía ver su rostro.
—¿Cómo lo has adivinado? —masculló.
—¿Puedo verla?
—¿Ahora? Ni en sueños.
Fui a discutir, pero entonces mi mirada se detuvo en él. En sus ojeras y en su pelo, que le caía libre por los hombros.
—¿Te he despertado? —susurré, sintiéndome culpable.
—No —contestó él—. Todavía estaba despierto. Te oí gritar y... y me has dado un susto de muerte, Zelda.
—Lo siento.
—No pasa nada.
—¿Es muy tarde?
—Todavía queda mucho para el amanecer —dijo—. ¿Te sientes mejor? —añadió, observándome con cautela.
Inspiré hondo y asentí despacio.
—Eso creo.
—Vuelve a dormir —me susurró—. Estaré abajo si me necesitas. Hay unas escaleras por aquí cerca.
No dije nada. Link se separó de mí, y sentí frío de nuevo. Jugueteé con las mantas, llena de dudas, mientras él caminaba en dirección a la vela. La madera crujía bajo sus pies.
"No seas cobarde."
Me armé de valor y tiré de su brazo. Él se detuvo al instante y me miró con curiosidad.
—No te vayas —solté.
La vela tembló entre sus manos. Vi que palidecía.
—¿Q-qué?
—Que no te vayas —repetí. Recé por que el calor de mi rostro desapareciera rápido—. Quédate aquí.
El fuego se reflejaba en sus ojos. Abrió la boca, pero un momento después la cerró otra vez. Se le había quedado cara de idiota. Empezaba a hartarme.
—¿A-ahí? —Señaló la cama.
"No, imbécil. En el suelo."
—Sí.
Me miró como si le estuviera pidiendo que se tirara conmigo desde la cima de la Montaña de la Muerte.
—¿D-de verdad quieres...?
—Ya te he dicho que sí —respondí, a punto de perder la paciencia.
—Oh, es verdad. Lo siento.
Resoplé.
—¿Te quedarás o no?
Sabía que sin él, sin su calidez, nunca podría volver a dormirme. Pasaría el resto de la noche dando vueltas, viendo aquellos ojos rojos en la oscuridad.
—Vale —dijo de pronto—. Sí. Está bien.
Reprimí un suspiro de alivio. Apagó la vela de un soplido. Le hice un hueco en la cama y él se deslizó bajo las mantas en silencio. Acabamos apretujados el uno junto al otro. Percibía que estaba tenso, como si se encontrara en medio de una maldita batalla.
—Mi cama es muy pequeña —dijo, rompiendo su silencio. Tenía los ojos clavados en el techo—. Casi no hay espacio para...
Me acurruqué contra él sin pensármelo dos veces.
—Ahora sí lo hay —murmuré.
Por un incómodo instante, no se movió. Sin embargo, de repente sentí que sus brazos me rodeaban con cuidado, y apoyé la mejilla en su pecho al tiempo que un estúpido revoloteo me azotaba por dentro.
—¿Estás bien así? —me preguntó en un susurro. Había un extraño nerviosismo en su voz—. ¿O quieres que...?
Oh, no tenía ni idea. Estaba mejor que nunca, pero, claramente, no iba a decirle eso.
—No —susurré también, interrumpiéndolo—. Estoy bien.
—Vale. Vale, bien. Eso está bien.
No pude contener una risita.
—Relájate —le dije. Empecé a trazar círculos en la tela de su camisa—. Ni que estuvieras al lado de un bokoblin...
Él suspiró, aunque sentí que se relajaba poco a poco. Desde mi posición podía escuchar los latidos de su corazón. Y, sin quererlo, mi memoria regresó al momento en que su corazón se había quedado en silencio. Y había dejado de respirar.
"No. Ahora no."
Me esforcé por mantenerme en el presente, en lo que de verdad era real. Porque, en esa ocasión, su corazón sí latía.
La luz de la luna se colaba tímidamente a través de la ventana. Los rayos iluminaban sus manos. Estaban marcadas por cicatrices. Algunas eran más recientes que otras. Cogí su mano para examinarla más de cerca. Las quemaduras todavía eran visibles. Aquello debió doler. Quizá podría conseguir un ungüento para que cicatrizaran más rápido.
—¿Cuántas cicatrices tienes? —le pregunté. Dejé su mano de nuevo sobre las mantas, pero un instante después sentí como sus dedos jugueteaban con los míos.
—No lo sé —respondió, y sentí que se encogía de hombros—. Muchas. Nunca las he intentado contar. Sé que las más grandes son del Gran Cataclismo, y con eso es suficiente.
Pese a la calidez de las mantas y de sus brazos, no pude contener un escalofrío. No había visto las peores cicatrices que tenía. Pero podía imaginármelas; feas marcas que recorrían su cuerpo. Y, tal vez, algunas estarían peligrosamente cerca de su corazón.
Me obligué a prestar atención a sus latidos otra vez.
—Nunca olvidaré lo que hiciste por mí aquel día, Link —susurré pese a todo—. Fuiste tan valiente...
—No —susurró de vuelta—. Tú fuiste más valiente que yo. Me han contado lo que pasó después... después de caer. —Guardó silencio por un momento—. ¿Podrías contármelo tú?
—¿Contarte el qué?
—Qué pasó después de lo de la Muralla de Hatelia.
Alcé la vista para mirarlo, confusa. Él me devolvió la mirada.
—Pero has dicho que ya lo sabes. Que ya te lo han contado.
—Sí —asintió—. Pero quiero que me lo cuentes tú.
—¿Por qué?
—Seguro que se han dejado detalles. —Vi que sonreía—. ¿Y quién mejor que la princesa de Hyrule para contarme cómo ella misma encerró a ese bastardo?
Sonreí también.
—Está bien —suspiré—. Pero seguro que lo cuento fatal.
—Da igual.
Tomé aire y carraspeé.
—Bueno, después de que tú... te marcharas, fui a Kakariko con la Espada Maestra.
—¿La usaste?
—No. Estaba rota, Link. No podría haberla usado sin que se hiciera pedazos. Y eso habría provocado una catástrofe aún mayor.
Link asintió, pero no dijo nada. De modo que proseguí.
—Había guardianes, pero la luz me ayudó. Con solo mover la mano la malicia desaparecía sin dejar rastro. —Me detuve un instante, contemplando mis manos. Pero la luz ya no salía de ellas. Una vez más, me pregunté si algún día aparecería de nuevo—. Todavía estaba lloviendo cuando llegué a Kakariko. No creo que mucha gente me viera. Luego hablé con Impa. Le conté lo que había pasado y dejé instrucciones para cuando tú despertaras. Después fui al Bosque Perdido.
—¿Cómo lo cruzaste?
—La espada me guiaba.
—Tuviste suerte —murmuró.
—¿Por qué? ¿Tú llegaste a perderte?
—Llegué a pensar que nunca saldría de ahí.
Sonreí un poco, aunque dejé de hacerlo cuando me lo imaginé perdido en medio de aquel bosque. Todavía recordaba los árboles, oscuros y siniestros, y la niebla, que se arremolinaba a mis pies a medida que avanzaba. Estaba segura de que no podría haber llegado al corazón del bosque sin los susurros de la Espada Maestra.
—¿Y qué pasó después? —preguntó, sacándome de mis pensamientos.
—Ah, sí. Pues llegué al corazón del bosque y dejé la espada en su pedestal, donde tú la encontraste. Y luego... luego... —Todavía parecía una pesadilla. A veces deseaba que lo fuera. Ni siquiera recordaba el viaje hasta el castillo. Todo dolía, por dentro y por fuera, aunque la luz lo hacía un poco más soportable. Para entonces ya no me quedaban más lágrimas que derramar—. Luego fui al castillo. Fue... fue horrible. Recuerdo que lo miré a los ojos antes de encerrarlo. Fue lo último que hice.
Un escalofrío me recorrió de nuevo, y sentí que sus brazos me rodeaban con más fuerza.
—Yo también lo miré a los ojos en el castillo —me dijo.
—¿Qué sentiste?
Se tomó unos instantes para responder.
—Odio.
Suspiré, aunque sentí como si un gran peso desapareciera de mis hombros.
—Yo sentí lo mismo.
Link no dijo nada durante un rato, de modo que me entretuve en escuchar el ritmo de su corazón otra vez.
—¿Le tienes miedo a algo? —me preguntó de pronto.
Le miré con el ceño fruncido.
—¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé. Curiosidad.
No supe qué responder. Guardé silencio, pensativa.
—¿Las arañas? —sugirió él.
—No.
—¿La oscuridad?
—No.
—¿Los lobos?
Mi única respuesta a eso fue resoplar.
—Creo que me da miedo el fracaso —dije tras pensarlo un rato—. Y también odio las ratas.
—¿Las ratas? —repitió con una carcajada—. ¿Por qué las ratas?
Fruncí el ceño otra vez.
—¡Se supone que no tienes que reírte!
—Es verdad. Lo siento.
Le dirigí una última mirada furibunda.
—Las odio. Son horribles. Sobre todo esas tan feas y gordas. —Reprimí un escalofrío—. En los pasadizos del castillo solía haber muchas. Por no hablar de las mazmorras.
—Esperemos que no haya ninguna rata por aquí —susurró con el mismo tono de voz estúpido que utilizaba al hablar de los lobos.
—Más te vale que no —le espeté—. Como vea una sola rata, te juro que cogeré a Viento y me marcharé de aquí.
—No serías capaz.
—Ya lo veremos.
Ninguno dijo nada después de eso. Percibí que sus dedos se enredaban en mi pelo con cuidado. Su aroma a Hyrule y a bosque me rodeaba. Y allí, entre sus brazos, descubrí que me sentía segura. Que aquel era el lugar más seguro del mundo.
—¿Y tú? —murmuré—. ¿Hay algo que te dé miedo?
Él había dicho varias veces que, en efecto, sí había tenido miedo. Cuando hablamos con Impa sobre la derrota del Cataclismo; cuando hablaba de matar centaleones. Decía que había tenido miedo. Y sabía que era verdad. Pero, aun así, era incapaz de imaginármelo sintiendo terror. Incluso hacía cien años, en el Gran Cataclismo, mientras corríamos y él peleaba contra cientos de guardianes, se había mantenido firme. Y solo al final, cuando todo estaba a punto de terminar, había mostrado una pizca de resignación.
—Me dan miedo muchas cosas —respondió con lentitud.
—¿Qué tipo de cosas? —insistí.
—Me da miedo cada monstruo que se esconde junto al camino —dijo en voz tan baja que, si no hubiera estado cerca de él, jamás habría podido escucharlo—. Odio matar. Supongo que eso también me da miedo. Y también... también...
—También, ¿qué?
Oí que suspiraba.
—Me da miedo estar solo —susurró al final—. No me refiero a viajar solo. No, eso me da igual. Me refiero a... a no tener a nadie, ¿sabes? Nadie que sepa quién soy o que de verdad me conozca. Eso me aterra. Más que cualquier monstruo.
Permanecí en silencio unos instantes, reflexionando sobre sus palabras. No me había esperado lo de los monstruos. Se había enfrentado a miles de ellos, y nunca había mostrado una pizca de aprensión.
Me di cuenta de que estaba tenso de nuevo. Cogí su mano y alcé la vista para mirarlo, sonriendo.
—Bueno —empecé—, supongo que ahora estás a salvo. Ya no hay monstruos y no estás solo.
Vi que sonreía, y la tensión desapareció poco a poco.
—Tú no estás a salvo —dijo—. Sigue habiendo ratas en el mundo.
Le di un golpecito en el hombro.
—Deja de hablar de ratas.
Él rio. Se aferró a mi mano con más fuerza y exploró mis dedos despacio.
—Me alegro de que estés aquí —susurró mientras enterraba la nariz en mi pelo.
Él no solía hacer esa clase de comentarios. Algo revoloteó en mi estómago. Estaba siendo una ilusa otra vez.
—Y yo me alegro de que tú estés aquí.
Y era cierto. Me alegraba de que estuviera allí, a mi lado. De que, pese a todo, estuviera bien. Vivo. Y con su corazón latiendo justo bajo mi oído.
—¿Dónde tenías pensando dormir esta noche? —quise saber al cabo de un rato.
—Hay un rincón muy bonito junto a las escaleras, ¿sabes? El suelo allí es un poco más cómodo.
Así que solo tenía una cama. Me incorporé para mirarlo, aunque el vacío fue inmediato. Alcé un dedo acusador.
—Te abofetearía aquí mismo.
Él rio.
—No lo creo.
—¿Ah, no?
—No. Me tienes en demasiada alta estima para abofetearme.
Mi ceño se frunció todavía más, y una vocecita estúpida en mi cabeza le dio la razón. Pero no me dejé amedrentar.
—No pienso dejar que duermas en el suelo —le dije—. Esta es tu casa. Si alguien debe quedarse en el suelo, soy yo.
—Eso no va a pasar.
—Entonces tendremos que compartir la cama —solté sin pensar, y al instante enrojecí como una niña. Y quizá eran solo imaginaciones mías, pero me pareció que él también enrojecía.
—¿No te molesta?
—No.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Entonces está bien.
Le dirigí una última mirada furibunda, y Link sonrió.
—No te quedes ahí —murmuró.
Me acurruqué como antes, y él me rodeó con fuerza.
—¿Lo ves? —mascullé—. Se está mejor aquí que en el suelo.
—No tienes ni idea —replicó, y algo en su voz hizo que me sonrojara de nuevo.
Sentí que sus dedos se volvían a enredar en mi pelo. Yo rocé con cuidado cada una de las cicatrices de su mano. Su respiración se tornó más lenta. Sin embargo, era incapaz de cerrar los ojos. No todavía.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —susurré.
Link gruñó algo que interpreté como un sí, de modo que continué.
—¿Crees que algún día se curan?
—¿El qué?
—Las heridas.
Se mantuvo en silencio por unos instantes, y llegué a pensar que se había dormido de verdad.
—Todas las heridas se curan —murmuró al final—. El dolor es lo primero que desaparece. Se convierte en un recuerdo.
—Pero los recuerdos siempre están ahí. Nunca se van del todo. Es como si fueran... rastros de heridas. Como si fueran...
—¿Cicatrices? —sugirió.
—Eso es. Cicatrices. Nosotros tenemos muchas cicatrices.
Se le escapó una risita.
—Pero si tenemos cicatrices es porque las heridas ya se han curado, ¿no crees?
—Tienes razón —murmuré con un bostezo.
Él me arropó mejor con las mantas. Inspiré su olor a Hyrule y me atreví a cerrar los ojos. Ningún monstruo me devolvió la mirada. Solo había oscuridad.
—¿Qué haremos mañana?
—¿Mañana? —musitó—. Mañana tengo que... comprar. Vestidos. Para ti. Luego te lo enseñaré todo. Podemos recoger setas en... en el bosque. O ir a los molinos. Y también hay... hay...
Su voz se apagó poco a poco. Aguardé unos instantes, escuchando su respiración.
—¿Sigues despierto? —susurré.
—No.
Sonreí un poco y bostecé otra vez.
—Cierra los ojos —gruñó.
—Ya los tengo cerrados.
—Pues duérmete.
—Una última pregunta.
Gruñó de nuevo, aunque en esa ocasión no pude entenderlo.
—¿Llegaste a olvidarme?
Se tomó su tiempo para responder. Sin embargo, justo antes de que me durmiera, lo escuché susurrar:
—No del todo.
*
Aquella noche no volví a tener pesadillas. Y, cuando los rayos de sol me despertaron por la mañana, me descubrí acurrucada junto a él. Todavía me rodeaba con sus brazos. Estuve tentada a volverme a dormir, porque allí me sentía más segura que nunca y su abrazo era cálido. Pero entonces recordé que estaba en su casa, y la curiosidad pudo conmigo.
Abrí los ojos e intenté acostumbrarme a la luz del sol. Él aún dormía. Suspiré antes de moverme con cuidado, tratando de no despertarlo. En la posta me había dado cuenta de que Link reaccionaba al más mínimo roce.
—¿A dónde vas? —murmuró, y solo tenía un ojo abierto.
Lo arropé con las mantas. Seguro que en la posta había pasado una noche horrible, con tanto ruido y sin una mísera cama. Se merecía descansar.
—No me voy a ir de aquí —susurré—. Te lo prometo.
Por un momento estuve convencida de que iba a replicar, pero al final solo asintió y cerró los ojos otra vez.
Me levanté despacio. Mi cuerpo entero protestó al instante. Todavía sentía las piernas doloridas tras haber pasado dos días enteros cabalgando. Nunca lo admitiría en voz alta, pero necesitaba práctica. Hacía cien años, podría haber estado toda una semana a lomos de un caballo y apenas habría sentido dolor.
También tenía hambre. No recordaba haber cenado la noche anterior.
Vi libros cerca de la cama. Me acerqué con curiosidad. Miré a Link de reojo, aunque no creía que él fuera a darse cuenta. Luego leí los títulos de algunos libros.
"Guía de plantas medicinales", decía uno. Y, al lado, había otro llamado: "Flores salvajes de Hyrule."
Fruncí el ceño. ¿Por qué querría Link libros acerca de plantas medicinales y flores salvajes? Nunca había mostrado ningún interés en eso. O al menos a mí no me había hablado de aquellos temas.
Al instante me regañé a mí misma por lo que estaba haciendo. Él me había acogido en su casa, me había dado cobijo bajo su techo y me había dejado dormir en su cama, y lo único que se me ocurría hacer era husmear en sus cosas.
Dejé los libros y bajé las escaleras de puntillas, como si alguien fuera a oírme. La madera crujía dolorosamente bajo mis pies descalzos. Me pregunté cuántos años tendría aquella casa.
Y entonces llegué abajo y lo vi todo. Y caí en la cuenta de golpe. Esa era su casa. La casa de su familia. La misma a la que me había llevado hacía cien años, poco antes del Cataclismo. Quizá la disposición de los muebles era distinta, pero definitivamente era el mismo lugar.
Observé lo que me rodeaba, sin saber qué pensar al respecto. Aquella era otra de las grandes ironías del destino.
¿Y Link? ¿Él lo sabría? ¿Lo recordaría? Estaba segura de que no. Y eso me rompía el corazón. Si no recordaba aquella casa, no había ninguna posibilidad de que recordara a su familia.
Ellos... ellos debían haber muerto ya. Debían haber muerto mucho tiempo atrás. Diosas, ni siquiera podía pensar en su hermana pequeña sin que los ojos se me llenaran de lágrimas. Ella era una niña tan dulce... No se merecía nada de lo que le ocurrió a su familia.
¿Tendría que contárselo yo a Link? Sí, tenía que hacerlo. Era su historia. Tenía derecho a saberlo. Pero ¿cómo iba a...?
—¿Qué haces aquí abajo?
Di un respingo al oír su voz. Me sequé las lágrimas antes de darme la vuelta para mirarlo.
—Estaba... estaba curioseando, nada más —logré decir.
—¿Qué te pasa? —preguntó, acercándose más, y tuve que reprimir las ganas de apartarme. Un nudo se formó en mi estómago.
—¿A mí? Nada —mentí. ¿Por qué mentía? No tendría que estar mintiéndole. Me armé de valor—. Link... —empecé. Sin embargo, el nudo de mi estómago se retorció, y las palabras murieron de golpe—, tengo hambre.
Él me miró fijamente durante unos eternos instantes, y estaba segura de que sus ojos podían atravesarme.
"Créetelo", recé, pese a saber que estaba mal. "Por favor, créetelo."
No era la mejor mentirosa de todo Hyrule, aunque tampoco era la peor.
De pronto sonrió y se acercó a las bolsas de viaje, que estaban en un rincón bajo las escaleras.
—¿Qué te apetece? No tengo mucho en casa, pero seguro que Impa nos ha dejado algo...
Dejé que hablara y hablara, ofreciendo opciones para desayunar. Apenas lo escuchaba. Miraba a mi alrededor con una mezcla de horror y tristeza. Y Link no los recordaba. No recordaba a su familia. Eso era lo peor que podría pasarle a cualquiera. Tenía que decirle la verdad. Pero ¿cuándo? Y ¿cómo? Estaba allí, hablando de comida sin siquiera detenerse para coger aire. Parecía feliz, y las ojeras habían desaparecido de su rostro. Lo último que quería era romperle el corazón.
"Merece saberlo", susurró una vocecita. "Tarde o temprano habrá que contárselo..."
—... así que, ¿qué quieres desayunar?
Su voz me trajo de vuelta a la realidad. Pestañeé, intentando no parecer muy perdida.
—Hay demasiado. —Forcé una sonrisa—. Tengo tanta hambre que me comería cualquier cosa. Haz lo que te apetezca. Pero no me envenenes.
Link sonrió y empezó a sacar cosas de la alforja. Tomé asiento en una silla, porque de lo contrario los pies no podrían sostenerme.
—¿Qué te parece esto? —me preguntó mientras lo preparaba todo. Señalaba su casa.
—Es... es muy bonita. Y acogedora —le dije, y la culpabilidad fue inmediata—. No es tan malo como tú decías. No he visto tanto polvo. Ni telarañas.
—¿Has visto ratas?
—Ni lo menciones.
Él sonrió otra vez. Sin embargo, luego me miró con cierta timidez.
—¿Crees que pude ser un hogar?
Estuve a punto de romper a llorar ahí mismo, frente a él. Pero entonces tendría que dar demasiadas explicaciones, así que me esforcé por guardar la compostura.
—Hace falta menos trabajo de lo que creía —respondí, e intenté sonreír de nuevo.
Abrió mucho los ojos.
—¿De verdad?
—De verdad.
Pareció satisfecho con eso, de modo que lo dejé preparar sus cosas. Desayunamos pan y queso con algo de fruta. Tenía hambre —en eso no había mentido— y aun así era muy difícil comer con aquel horrible nudo retorciéndose en mi estómago.
Al terminar, él me miró con un brillo en los ojos.
—Te dije que tenía algo para ti, ¿recuerdas?
Eso hizo que mi humor mejorara un poco.
—¿Qué es? ¿Puedo verlo ya?
Se puso en pie y me ofreció la mano. Yo la acepté, y una nueva punzada de culpabilidad me azotó cuando sentí como sus dedos ásperos rozaban mi piel con la misma dulzura de la noche anterior.
Abrió la puerta, y la brisa me rodeó al instante. No hacía mucho calor, e incluso había unas pocas nubes en el cielo.
El jardín fue la última confirmación que necesité para saber que aquel era el hogar de su familia. Vi el puente y el manzano, y la casa era igual. Algunas flores sobresalían entre la hierba, como si alguien las cuidara todavía.
Recordé los libros. ¿Serían de su hermana? Tal vez se los habían encontrado después de que la casa quedara abandonada, y nadie había sabido qué hacer con ellos.
—Cierra los ojos —me dijo Link.
—¿Por qué?
—Hazme caso.
—¿Y si me caigo?
—No te caerás. Confía en mí.
Asentí a regañadientes y cerré los ojos. El paisaje familiar desapareció de pronto, y eso fue algo que agradecí. La hierba me hacía cosquillas en los pies descalzos con cada paso que daba.
Link tiró de mí hasta detenernos en un lugar que olía a caballo. Percibí que rodeaba mi muñeca, y de pronto estaba tocando algo suave.
—¿Es Viento? —pregunté.
—No. —Guardó silencio y luego añadió—: Ya puedes abrir los ojos.
Le hice caso, y lo que vi me dejó sin palabras.
—Nieve... —fue lo primero que susurré.
Era igual que Nieve. Del color de la plata líquida, fuerte y majestuoso. No obstante, de pronto caí en la cuenta se trataba de una yegua.
—Link —susurré al tiempo que me acercaba al animal con cuidado. Me olisqueó con curiosidad—, ¿dónde la has encontrado?
—Cerca de una posta —contestó—. Me recordó a Nieve y pensé que te gustaría. Espero que te guste.
Ignoré la culpabilidad y sonreí.
—Me encanta. Gracias, Link.
Le di un beso en la mejilla, porque lo quería y porque se lo merecía.
"Cuéntaselo", susurró la vocecita. "Ahora no eres tan valiente, ¿a que no?"
La yegua resopló ante mis caricias. Link me tendió una manzana y el animal la aceptó con alegría.
—¿Cómo vas a llamarla?
—Ya sabes cómo voy a llamarla.
Me dirigió una mala mirada.
—¿De verdad vas a...?
—Calabaza —anuncié, orgullosa—. Se llama Calabaza.
—Diosas —masculló él—, hablabas en serio.
—Claro que sí. Vamos, Calabaza. ¿Quieres otra manzana? Link, dame otra manzana para Calabaza.
Pasamos parte de la mañana con Calabaza. Descubrí que era una animal rebelde. Según Link, mucho más que Viento. Tendría que aprender a montar con Calabaza. Todavía tenía las piernas doloridas, y sentí que dolían más con solo pensarlo, pero sabía que era necesario.
A mediodía, Link me llevó a la aldea. No había visitado Hatelia muchas veces, pero me pareció más grande que hacía cien años. En aquel entonces había sido solo un pequeño asentamiento hyliano, repleto de huertos y granjas. La mayoría de la gente se marchaba al centro de Hyrule, donde las oportunidades eran mayores y no estaban tan aislados. Sin embargo, ahora era el asentamiento hyliano más grande de todo Hyrule.
—¿Hatelia ha cambiado muchos durante estos cien años? —le pregunté a Link mientras andábamos.
—No lo recuerdo muy bien —dijo, y solo con eso sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas—, pero creo que es más grande que antes.
—Ya veo —murmuré.
Link me llevó hasta una tienda donde vendían ropas.
—Compra lo que quieras —me susurró.
Eso solo consiguió hacerme sentir peor.
—Link, no tienes por qué...
—Sí tengo por qué. —Me mostró la bolsa de rupias—. ¿Lo ves? Está llena. No será ningún problema.
Suspiré y asentí a regañadientes. Link acabó comprándome varias túnicas, vestidos nuevos y pantalones de montar. Y su bolsa seguía estando hasta arriba después de comprarlo todo.
—¿De dónde sacas tanto dinero? —le pregunté.
Él sonrió.
—Pagan mucho por las partes de monstruo, ¿sabes?
—¿Partes de...?
—Garras. Cuernos. Vísceras. Cosas así.
—Oh. ¿Tienes más en algún sitio? Me gustaría ver todo eso.
Él me contempló por un instante y luego empezó a reírse a carcajadas. Sentí que las mejillas se me encendían. Fruncí el ceño y eché a andar. Él fue detrás de mí y agarró mi mano, aún sonriendo.
—No te enfades. Te enseñaré todas las partes de monstruo que quieras.
Volvimos a casa para dejar lo que había comprado y luego nos dirigimos al bosque del que Link me había hablado para ir en busca de setas. Y de manzanas, porque al parecer él solo podía pensar en las malditas manzanas. Recogimos buenos puñados de ambas cosas y regresamos a la casa de Link cubiertos de tierra. No me importaba mucho. Me sentía mejor tras haber pasado varias horas fuera, rodeada de árboles y hierba.
Fui a darle manzanas a Calabaza mientras Link se reía de mí por la forma en que había recogido las setas.
—Era la primera vez que hacía algo así —protesté.
—Las cogías como si fueran a morderte.
Le asesté un golpecito en el brazo, y él rio con más ganas, aunque cerró la boca por fin.
Preparamos algo de comer con las setas. Link quiso que lo ayudara a cocinar. Fue emocionante. Hacía cien años, no me permitían acercarme a las cocinas. Solo había aprendido a preparar elixires. Y eso no podía considerarse comida de verdad. Pero él tuvo paciencia conmigo y me guió paso a paso. Sentía una punzada de culpabilidad cada vez que ponía sus manos cálidas y ásperas sobre las mías, pero intentaba ignorarlo como podía.
Por la tarde, Link me llevó de nuevo a las calles de Hatelia. Dejé que me guiara hasta las afueras de la aldea.
—¿A dónde vamos? —le pregunté mientras admiraba los huertos y campos de ganado.
—Ya lo verás.
—¿Es otra de tus sorpresas?
Sonrió.
—Algo así.
El camino se volvía cada vez más empinado. Llevaba una eternidad sin ascender colinas tan altas. Al rato, jadeaba, y tuve que detenerme para recuperar el aliento. Link se dio la vuelta y me examinó con cautela. Él ni siquiera mostraba señales del más leve agotamiento.
—Deberíamos haber... traído a... a los caballos —jadeé. Estaba segura de que el dolor de piernas solo empeoraría a partir de ahí. Dormiría genial por la noche.
—Ya estamos cerca, te lo prometo. —Me aferré a su mano—. Vamos, antes de que se haga más tarde.
Acabé aceptando con un gruñido. Avanzamos un poco más despacio. Y, al llegar arriba, me quedé sin respiración. Y no solo por el ascenso.
—Esto... esto no estaba aquí hace cien años —susurré con los ojos muy abiertos.
Contemplé la construcción mientras Link se acercaba para golpear la puerta. Había un ojo sheikah pintado en la madera. Eso confirmó todas mis sospechas.
Un hombre de rasgos indiscutiblemente sheikah se asomó en el umbral. Fue a decir algo, pero me vio a mí, y luego miró a Link, y al final se le escapó un sonido extraño. Abrió la puerta al completo e hincó la rodilla en el suelo con un golpe sordo. Link, a mi lado, hizo una mueca.
—Symon —dijo después de un silencio incómodo—, ¿podrías avisar a...?
—Oh. ¡Oh! Sí, claro.
El tal Symon se puso en pie y corrió al interior del edificio.
—¿Qué es esto? —le pregunté a Link.
Él solo sonrió.
—Ya lo verás.
Escuché pasos acelerados, y una niña sheikah apareció bajo el umbral de la puerta. Sus ojos rojizos se abrieron en desmesura al verme. Había algo familiar en su rostro, no sabía el qué.
—¿Princesa? —la oí susurrar. Tenía una vocecita aguda—. ¡Linky! ¿Es... es ella?
A mi lado, vi que Link asentía despacio. Y, de pronto, la niña se aferraba a mis piernas entre sollozos.
Miré a Link sin saber qué hacer, pero él empezó a reírse.
—¿Qué...?
—Oh, por Hylia, eres tú. Eres de verdad.
—¿Quién eres tú?
La niña dejó de sollozar al instante.
—Oh, no, ¿has perdido la memoria también?
—No, pero...
Se separó de mí con brusquedad. Miró a Link con los ojos llenos de furia.
—¿Linky? —dijo, y su voz tenía algo escalofriante—. ¿No se lo has contado?
—No —respondió con la vista clavada en el suelo—. Pensé que sería mejor si se lo decías tú.
—¿Decirme qué? —intervine, porque empezaba a perder la paciencia—. Link, dime qué es todo esto.
Suspiró.
—Ella es Prunia.
Lo primero que se me ocurrió hacer fue mirar a la niña de arriba abajo. No. Ella no debía tener más de siete años. No podía ser Prunia, la hermana mayor de Impa. Se me escapó una carcajada.
—Es una broma, ¿verdad? —Link no dijo nada—. ¿Verdad, Link?
—Me temo que no —intervino la niña—. Soy Prunia, pero mejor.
—No. Es imposible que tú seas Prunia. Eres una niña.
—Eso mismo dijo Linky.
Miré a Link, que lo observaba todo con diversión. ¿Qué le hacía tanta gracia?
—Es cierto, Zelda —dijo, y supe que no mentía. Si mintiera, lo habría sabido al instante.
Miré a la niña. A Prunia. Ella sollozó otra vez y me abrazó. En esa ocasión, le devolví el abrazo.
—¿Cómo te has quedado... así?
—Un experimento —fue su simple respuesta.
No sabía si reír o llorar.
—¿De verdad eres Prunia? —pregunté, solo para asegurarme.
—Claro que sí. El problema es que Linky no sabe explicar las cosas.
—No soy investigador de tecnología ancestral, Prunia —gruñó él a mi espalda.
—Ya lo sé. Y doy gracias a las Diosas por que no lo seas.
Sí, aquella niña era Prunia.
—Cuánto me alegro de que estés aquí —sollocé.
—Yo también me alegro de que estés sana y salva por fin —replicó. Se separó de mí y correteó hacia Link para abrazarlo—. Siempre supe que lo conseguirías, Linky. Tuve fe en ti en todo momento, ¿lo sabías?
—Ya.
—¿Por qué no has venido antes? —le espetó de golpe—. He tenido que esperar una luna entera. ¡Una luna!
—Impa no dejó que nos marcháramos antes —intervine.
—A veces Impa es un poco paranoica —suspiró.
Entonces Prunia agarró mi mano y tiró de mí hasta el interior del edificio. Descubrí que era un laboratorio —el laboratorio de Hatelia, según Prunia—. Todo estaba desordenado. Había docenas de libros y papeles olvidados por todas partes. Aquel lugar me recordó a mi laboratorio. Lo había visto cuando Link se adentró en el castillo. Muy poco se había salvado de la destrucción. El resto se había reducido a un montón de escombros y ceniza.
"Años de investigación..., de trabajo..., para nada."
—Este es Symon —dijo Prunia con su voz chillona. El hombre me miraba con admiración e incluso una pizca de aprensión—. A veces es un poco idiota, pero es soportable la mayor parte del tiempo.
Ni siquiera tuve tiempo de saludar a Symon, porque Prunia continuó arrastrándome por su laboratorio. Hablaba y hablaba acerca de lo que había descubierto y de sus investigaciones. Y yo escuchaba. Se me hacía raro hablar con alguien de aquellos temas después de tanto tiempo. Nos sentamos junto a una mesa cubierta de libros, y Prunia me explicó cómo se había quedado con el aspecto de una niña.
—¿Probaste tu experimento contigo misma?
—Sí —suspiró ella—. Y ese fue mi error. Quizá debería haberlo probado con Symon. Oh, no, pobre Symon. En el fondo es un buen muchacho.
Miré a Symon, que vigilaba que Link no rompiera nada.
—¿Impa lo sabe?
—No —bufó Prunia—. Claro que no. No la he visto en... años. Tú vienes de Kakariko, ¿verdad? ¿Cómo está ella? ¿Y su nieta? Pay, ¿no? Nunca la he visto. Recibí una carta cuando nació porque, eso sí, hemos estado manteniendo correspondencia, pero llevo mucho tiempo sin visitar Kakariko.
Se me encogió el corazón.
—Gracias, Prunia —le dije—. Ya sabes, por no perder la esperanza.
—No ha sido tan duro. Ni siquiera he echado de menos a ese vejestorio de Rotver.
—¿Rotver? —repetí con los ojos muy abiertos—. ¿Sigue... vivo?
—Por desgracia —dijo Link al otro lado del laboratorio.
Prunia se rio a carcajadas.
—¿Has ido a visitarlo?
Él asintió.
—Es el viejo más cascarrabias que he visto en mi vida.
—Estoy segura de que, llegados a este punto, es prácticamente inmortal —me dijo Prunia—. Vive en el laboratorio de Akkala. Supongo que le gustaría volver a verte.
—Iré en cuanto pueda.
—Bien. Pero basta de hablar de nosotros. Habladme de vosotros.
Sonreí.
—Estoy bien, Prunia. Creo que estoy bien.
—¿Pero...?
—Pero... —Suspiré—. Es tan extraño... Han pasado cien años. Un siglo entero. Demasiadas cosas han cambiado. No sé qué hacer. No sé si quiero recuperar el trono o si quiero vivir como una más y ayudar a Hyrule de forma diferente. Haga lo que haga, no cumpliré con lo que todos esperan de...
—¿Todos? —me interrumpió Prunia—. Si con todos te refieres a mi hermana, creo que estás equivocada. Impa no significa todos, Zelda.
—¿Cómo sabes que hablo de Impa?
—La conozco. Hemos estado manteniendo correspondencia. Ella siempre decía lo mucho que le gustaría verte en el trono.
—¿Y tú? —me atreví a preguntar—. ¿Qué piensas tú, Prunia?
—Pienso que deberías hacer lo que desees hacer. El resto puede irse al infierno. Te lo mereces. Tú y Linky. ¡Linky, ven aquí!
Él estaba curioseando un engranaje ancestral. Lo dejó sobre la mesita sin cuidado, y el pobre Symon se apresuró a cogerlo antes de que cayera al suelo.
—¿Cómo te va, Linky?
—Bien.
—Tan hablador como siempre, ¿verdad?
—No, Prunia. —Sonreí—. Ahora Link habla más que antes, ¿a que sí?
Él nos miró con el ceño fruncido, pero no dijo nada.
—Ya veo —musitó Prunia—. ¿Dónde os estáis quedando?
—En mi casa.
Ella sonrió con diversión.
—En tu casa, ¿eh? Espero que haya espacio para los dos...
—Prunia... —murmuré.
—Estas cosas se ven de lejos, Zelda —rio ella—. Disimulas muy mal.
Sentí que enrojecía. Link nos miraba sin comprender, aunque al final suspiró y volvió con Symon.
Cuando regresamos a la casa de Link, ya oscurecía. Le había prometido a Prunia que volvería a visitarla muy pronto porque, según ella, todavía tenía muchas cosas que mostrarme.
Link y yo preparamos la cena. Me enseñó a preparar sopa de calabaza, y descubrí que le gustaba. Tendría que sorprenderlo algún día con sopa de calabaza.
Y, aquella noche, me dejó dormir a su lado otra vez. Derramé un par de lágrimas después de que él se hubiera dormido, porque la culpabilidad era demasiado grande. No merecía que me abrazara con tanta fuerza cuando yo le estaba ocultando tantas cosas.
Tenía que decírselo. Me prometí que se lo diría.
Pero una semana entera pasó, y todavía no se lo había dicho.
El cielo se fue nublando, igual que mi humor. Hasta que, un día, mientras leía un libro junto al fuego, escuché un trueno.
—Una tormenta —murmuró Link, que toqueteaba la piedra sheikah a mi lado.
La culpa era tan grande que ni siquiera podía mirarlo a los ojos.
—¿Los caballos estarán bien? —pregunté.
—No creo que les pase nada.
Las gotas de lluvia chocaban contra las ventanas. Y el silencio se volvió pesado, muy pesado. Miré a mi alrededor, porque ya no podía concentrarme en el libro. Un trueno retumbó en el exterior.
—Link —dije con un hilo de voz—, ¿lo recuerdas?
No dijo nada por un momento.
—¿El qué?
—A tu familia.
Alcé la vista por fin, y sus ojos tenían un brillo extraño. Normalmente podía leerlo con facilidad, pero fui incapaz de descifrarlo entonces.
—No.
Suspiré.
—¿Zelda? ¿Por qué lo preguntas?
Me obligué a seguir mirándolo.
—Porque esta era tu casa, Link —susurré—. La casa de tu familia.
