ZELDA
Su reacción fue muy distinta a lo que yo me había imaginado. Se me quedó mirando durante un doloroso instante. La lluvia repiqueteaba contra las ventanas. Era un sonido rápido e impredecible. Quizá en cualquier otra ocasión me habría resultado tranquilizante, pero ahora, mientas esperaba a que él dijera algo, solo lo empeoraba todo.
—¿Qué?
Me armé de valor.
—Tú vivías aquí hace cien años. Con tu familia. Con tus padres.
—¿Cómo lo sabes?
—Tú mismo me trajiste aquí antes del Cataclismo. Querías que conociera a tu familia.
Intenté suavizar el golpe. Lo intenté con todas mis fuerzas, y aun así no fue suficiente. Estaba lejos de ser suficiente.
Si al principio me había costado leer su rostro, ahora no tuve que hacer el más mínimo esfuerzo. El control que él siempre tenía sobre lo que mostraba al exterior se hizo pedazos, y todo afloró de golpe.
Me odié por habérselo contado. Si hubiera mantenido la boca cerrada, quizá ahora estaríamos acurrucándonos junto al fuego, a la espera de que la tormenta amainara.
"Tenía que decírselo. Alguien tenía que decírselo."
Pero ni siquiera eso hizo que me sintiera mejor. Sabía que era necesario; sabía que yo era la única persona viva que lo recordaba. No quedaba nadie más para decírselo. Eso también lo odiaba.
—No —lo escuché murmurar. Echó un rápido vistazo a la casa, aunque al instante clavó la mirada en el fuego otra vez—. Ni siquiera lo recuerdo. No puedo.
—Escúchame —empecé, y me atreví a agarrar sus manos—, no pasa nada. Estoy segura de que...
—No recuerdo a mi madre. No puedo recordarla. —Me miró con los ojos llenos de angustia—. ¿En qué me convierte eso?
Se me encogió el corazón.
—Link... —murmuré, pero lo cierto era que no sabía qué decir. ¿Qué podía decir? ¿Que no se merecía nada de aquello? No serviría de nada decirle eso. No lo ayudaría.
Así que me mantuve en silencio. Él apartó su mano de pronto.
—Háblame de ellos.
—Pero...
—Por favor —me suplicó. Nunca me había suplicado nada.
"Merece saberlo", susurró una vocecita en mi cabeza. "No puedes seguir ocultándoselo."
—Está bien —murmuré. Tomé aire y luego proseguí—. Tu familia y tú vivíais aquí, en Hatelia. Tu padre era caballero. Llegó a ser capitán de la Guardia Real. Decían que era uno de los espadachines más diestros que ha visto Hyrule, y algunos estaban convencidos de que tú seguirías sus pasos. —Y, probablemente, lo habría hecho. Si las cosas hubieran salido de forma distinta, claro estaba—. No sé a qué se dedicaba tu madre, pero ella vivía en Hatelia...
—Era curandera —dijo él de repente, interrumpiéndome. Tenía los ojos clavados en el fuego—. Se encargaba de los enfermos de la aldea. Estudiaba flores y plantas medicinales.
Entonces mis sospechas habían estado en lo cierto. Aquellos libros habían pertenecido a su madre.
—¿Quieres que siga? —le pregunté al darme cuenta de que él ya no hablaba.
Link asintió. Suspiré y cogí su mano de nuevo.
—Link, tu... tu madre... —Tomé aire. ¿Cómo podía decirle aquello?—. Tu madre... Ella murió cuando tú eras muy pequeño. No sé qué edad tenías entonces, pero sí sé que ella murió un año después de... de dar a luz a tu hermana.
Un trueno retumbó en el exterior y las llamas temblaron, aunque él no apartó la vista. Estaba muy quieto. Demasiado quieto. ¿Por qué no decía nada?
—Me di cuenta de que esta era tu casa hace una semana, cuando llegamos aquí. Yo...
—¿Cuándo llegamos aquí, Zelda? —me preguntó con una voz tan fría que estuve a punto de estremecerme.
—Hace una semana —respondí, sin comprender—. ¿Por qué lo preguntas?
—Una semana —repitió. La lluvia golpeaba las ventanas con más fuerza—. Una semana entera.
Me miró por fin, y sus ojos eran duros y gélidos. Nunca me había mirado así. Ni siquiera hacía cien años, cuando lo apartaba de mi lado siempre que tenía oportunidad.
—Sí —dije con cautela—, una semana entera. Sigo sin...
—¿Y en toda esta semana —dijo muy, muy despacio—, no se te ha ocurrido contármelo?
Fue como si me hubiera dado un bofetada.
—Quería decírtelo, Link. Te lo prometo. Pero es que...
—No. Has estado una semana entera aquí y no me lo has dicho hasta ahora.
—No sabía cómo...
—Me lo has estado ocultando —prosiguió, y cada palabra era como un golpe—. Tú lo sabías desde el principio. Y has dejado que hablara de sueños raros como un idiota y de convertir esto en un hogar. ¿Qué no sabías, Zelda?
Estaba alzando la voz. Él nunca alzaba la voz.
—Link —le dije, intentando mantener la calma—, no es tan fácil como tú crees.
—¿No es tan fácil? —repitió—. Solo tenías que decirlo. Solo eso. Pero decidiste ocultármelo.
—¡No decidí ocultártelo! —solté, perdiendo la paciencia. Me levanté al tiempo que otro trueno resonaba fuera—. Por enésima vez, Link; quería contártelo.
—Pero no lo hiciste —siseó él, poniéndose en pie también—. Me lo has ocultado. Y me has estado mintiendo. ¿Por eso estabas tan rara? ¿Por tus estúpidas mentiras?
—No te he mentido. Tú solo escúchame. Por favor.
—No. —Lo miré a los ojos, fríos y vacíos. Nunca lo había visto tan enfadado—. ¿Por qué lo has hecho?
—Iba a decírtelo. No quería hacerte daño.
—¿Daño? A ti no te importa, Zelda. No te importa tanto. No sigas...
Oh, por ahí no iba a pasar.
—¡Sí me importa, Link! —escupí, mirándole fijamente—. ¡Tú me importas!
Me había esperado una reacción por su parte, pero por mucho que buscara en su rostro, no había nada. Era como si todo hubiera desaparecido de repente, sin dejar rastro alguno.
El silencio era tenso, muy tenso. Escuché otro trueno. Le sostuve la mirada hasta que él dio media vuelta, cogió la Espada Maestra y salió de la casa dando un portazo.
Por un instante, estuve a punto de ir tras él. De detenerlo. Había tormenta. Enfermaría si se quedaba mucho tiempo bajo la lluvia. Pero los pies no me hacían caso. Y, aunque lo siguiera, ¿qué podía decirle? ¿Que lo sentía? ¿Que él tenía razón? No pensaba decirle eso porque, en aquella ocasión, ambos nos habíamos equivocado.
Tal vez solo necesitaba pensar. Tenía muchas cosas que asimilar, al fin y al cabo. Quizá ni siquiera estaba realmente enfadado conmigo y el problema era que no había sabido cómo reaccionar. No me gustaba que estuviera solo en medio de una tormenta, pero tampoco podía hacer mucho. Además, él no me escucharía hasta que se calmara.
Tomé asiento junto al fuego otra vez. Miré a mi alrededor, y los ojos se me llenaron de lágrimas. ¿Tan mal lo había hecho? ¿Debería habérselo contado antes? Había querido hacerlo, de verdad lo quería, pero no había sabido cómo. Y al final había acabado soltándoselo todo de golpe, y Link se había enfadado. Y ahora estaba sola de nuevo. Sola en una casa que no me pertenecía.
Pero ¿a dónde podía ir? El laboratorio de Prunia fue lo primero que se me ocurrió. Sin embargo, todavía no conocía bien el camino, y estaba lloviendo. Tardaría casi dos horas en llegar allí con buen tiempo —si encontraba el sendero, claro—, así que ni siquiera quería pensar en ascender aquella colina embarrada y resbaladiza en medio de una tormenta.
Luego pensé en Link una vez más. Tuve que contener el impulso de ponerme en pie e ir a buscarlo. Tal vez todavía no se había alejado demasiado. Lo traería a casa, sin importar lo mucho que intentara resistirse, y después prepararía algo de sopa de calabaza caliente y le pediría disculpas. Y todo volvería a ser como antes. Me abrazaría y dejaría que pasara la noche a su lado.
Sonaba demasiado bien.
Pasé un largo rato contemplando las llamas. Esperaba que la puerta se abriera de un momento a otro, pero no lo hizo. Y la tormenta solo empeoró, igual que mi preocupación.
Aun así, decidí salir al jardín para ver a los caballos. Me cubrí con la capucha y crucé la hierba a paso rápido. Mis botas chapotearon en el barro, e intenté no mojarme demasiado. Apenas podía distinguir nada entre la densa cortina de lluvia. Ni siquiera fui capaz de divisar las luces cercanas de la aldea.
Los establos seguían en pie, y Viento y Calabaza estaban sanos y salvos. Un trueno hizo temblar el suelo, y Calabaza relinchó, aunque Viento apenas se inmutó. Se removió un poco en su cuadra, pero no mostró ninguna señal de molestia aparte de eso. Era una montura valiente. ¿Cuántas tormentas habría visto ya con Link?
Me acerqué a Calabaza y enredé los dedos en su crin plateada. Intenté tranquilizarla con susurros, y pronto el animal dejó de cocear. Cogí la bolsa de manzanas que Link dejaba escondida en los establos —en un buen sitio para que los caballos no la vieran, según él—, y les di de comer con cuidado.
—Pasará pronto —susurré—. Ya lo veréis. Estúpidos truenos. Molestan, pero aquí no pueden haceros nada.
Después, cuando los caballos hubieron comido y bebido y Calabaza se hubo calmado por fin, regresé a casa. No, a casa de Link. Una parte de mí había estado esperando abrir la puerta y verlo dentro, pero la casa seguía estando vacía, tal y como yo la había dejado. Me regañé a mí misma por ser tan ilusa; si Link hubiera vuelto, lo habría visto cruzar el jardín desde los establos.
Preparé algo de sopa de calabaza, aunque fuera solo para mí.
Pasé el resto del día junto al fuego de la chimenea, leyendo uno de los libros de Impa y esperando a que Link volviera. No se había llevado sus cosas, solo la Espada Maestra, y Viento seguía estando en los establos, así que no se había marchado para siempre.
"Volverá pronto", me dije.
Sin embargo, empezó a oscurecer, y todavía no había señales de que él fuese a aparecer. Empecé a preocuparme entonces. A preocuparme de verdad. La tormenta solo empeoraba, y era incapaz de imaginarlo solo bajo la lluvia sin que el corazón se me encogiera.
Dejé que el tiempo pasara hasta que el enésimo trueno hizo temblar el suelo y decidí salir en su busca.
No obstante, antes de que pudiera hacer nada, la puerta se abrió de golpe.
Y él apareció bajo el umbral. Estaba empapado de los pies a la cabeza. Me puse en pie sin pensármelo dos veces y fui en su dirección. Su capa chorreaba, y me di cuenta de que él tiritaba.
—Toma esto —murmuré, tendiéndole un par de mantas. Link no protestó; me hizo caso y se envolvió en las mantas sin mediar palabra—. Tienes que quitarte eso, rápido.
Fue escaleras arriba, todavía tiritando. No intenté seguirlo. Me pregunté dónde demonios había estado. Tal vez había ido a ver a Prunia. Pero entonces no estaría tan mojado. Diosas, si se había pasado el día entero a la intemperie, a merced del frío y de la lluvia, no se lo perdonaría jamás.
Regresó con ropas secas, envuelto en las mantas.
Le pedí que se sentara junto al fuego para entrar en calor, y Link me hizo caso y dejó que lo guiara hasta la chimenea, como si aquella fuera mi casa y no la suya.
Le di un cuenco tibio de sopa de calabaza. Solo tomó unos pocos sorbitos. Ni siquiera llegó a la mitad, pero no se lo reproché. Quizá no tenía hambre. Sabía que estaba enfadado; se lo había visto en el rostro y en los ojos duros y gélidos.
Al cabo de un rato, dejó el cuenco en el suelo y se dedicó a contemplar el fuego, arrebujado en las mantas. Los temblores parecían no tener fin. No me atrevía a decirle nada, menos aún a romper el silencio. Normalmente era yo quien sacaba los temas de conversación, pero en esa ocasión me veía incapaz de hacerlo. Él seguía estando de un humor extraño y cambiante. No sabía cómo se sentía ahora, y no estaba segura de querer averiguarlo. De modo que clavé la vista en el suelo y dejé que el tiempo pasara.
Lo sentí moverse al cabo de un rato. Se puso en pie y fue escaleras arriba. No traté de seguirlo ni de preguntarle a dónde iba. No quería hacerlo enfadar todavía más. Sabía que lo estaba haciendo mal, que debía detenerlo y hablar con él, pero no podía. No recordaba la última vez que habíamos discutido. Discutido de verdad. Hacía cien años no habíamos discutido realmente porque Link siempre estaba en silencio. Era yo quien hacía los comentarios hirientes.
Sin embargo, ahora él había empezado la discusión, y yo había seguido. Podría decirse que era la primera vez que discutíamos de verdad. Y no tenía ni idea de cómo manejar aquella situación.
Link estaba en silencio arriba. Aunque no estuviera a mi lado ya, seguía habiendo una extraña tensión en el ambiente. Y deseaba con todas mis fuerzas hacerla desaparecer, pero no se me ocurría la manera de conseguirlo.
Otro trueno retumbó en el exterior, y tuve que contener un escalofrío. Cogí el libro que había estado leyendo aquella tarde, mientras Link no estaba. No obstante, al poco descubrí que no podía concentrarme. Tenía demasiadas cosas en la cabeza, y sentía que debería estar hablando con Link, intentando encontrar la manera de solucionar las cosas y ayudarlo en vez de sentarme junto al fuego para leer un libro, sola.
Y entonces lo escuché. Un sonido bajo, ahogado.
Me puse en pie de un salto. Subí las escaleras con cuidado, sin atreverme a hacer un solo sonido.
—¿Link? —decidí susurrar al fin—. ¿Puedo...?
Me interrumpí al escucharlo otra vez. Y, en esa ocasión, pude reconocerlo. Era un sollozo.
Él estaba sentado sobre la cama, con los libros de flores y plantas medicinales abiertos. Había un trozo de papel viejo y amarillento entre sus manos. Me temí lo peor.
Me acerqué despacio y tomé asiento a su lado. Él no se movió. Sollozó otra vez. Y luego otra más, hasta que no fui capaz de soportarlo.
—Link —le dije—, mírame.
Y obedeció y me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Ahora recuerdo su cara. Y su nombre —sollozó—. Y está muerta. Está... está...
Por un instante me quedé muy quieta, sin saber qué hacer. Nunca había tenido que consolarlo. No sabía cómo funcionaban esas cosas.
Y de pronto vi que las lágrimas empezaban a caer y los sollozos se hacían más intensos, y no pude seguir soportándolo. Le ofrecí mi hombro, y él rompió a llorar allí.
Jamás lo había visto tan vulnerable. Solo lo había visto llorar el día de la derrota del Cataclismo, e incluso entonces sus lágrimas habían sido de alegría. Pero ahora lloraba con la amargura de alguien que había perdido a un ser querido.
Lo abracé con fuerza, y él se aferró más a mí, tal y como yo había hecho una semana antes. Nuestra discusión era lo que menos me importaba.
Miré de reojo el trozo de papel, que había quedado olvidado entre las mantas. Estaba escrito con la caligrafía desigual de un niño. Comprendí entonces que era una carta. Leí el nombre escrito al final, y eso fue suficiente para que entendiera por qué él lloraba ahora. Sin embargo, no quise seguir leyendo. Era algo de Link y su hermana, nada más.
Él lloró hasta dormirse sobre mi hombro. Lo arropé con las mantas, porque había empezado a temblar de frío otra vez, y le sequé los rastros húmedos de lágrimas.
Un trueno resonó en la lejanía. Apagué la vela y dejé los libros y la carta sobre la mesita. Todo estaba muy oscuro; me había acostumbrado demasiado al brillo de la luna que se colaba por la ventana. Acerqué más las mantas. No quería que pasara frío. No cuando había estado el día entero a la intemperie.
Aquello era lo que no había querido que sucediera. Y sabía que solo había empeorado las cosas con mi silencio, pero me había dado miedo hacerle daño. Ojalá pudiera hacérselo entender.
Me desperté varias veces durante la noche. Cada vez que un trueno caía, el estruendo retumbaba por toda la casa. El aire era gélido, y las gotas de lluvia no dejaban de chocar contra el tejado de forma furiosa. Él no se despertó, pero me di cuenta de que estaba teniendo pesadillas. Murmuraba cosas incomprensibles y se revolvía entre mis brazos, como si estuviera buscando algo.
Un trueno me despertó de golpe, y descubrí que ya había amanecido. Me acurruqué más contra Link, buscando calor. Y lo encontré. Porque él estaba ardiendo.
Me incorporé, alarmada, y le aparté el pelo húmedo para rozarle la frente con cuidado. Comprobé que no eran imaginaciones mías. Tenía fiebre.
Por un instante, no supe qué hacer. Nunca había tenido que cuidar de nadie. Y menos aún de alguien enfermo. ¿Qué podía hacer? No creía que ningún elixir sirviera.
Pensé en lo que mis doncellas solían hacer cuando pasaba demasiado tiempo en las fuentes sagradas, de niña. A veces la fiebre me subía tanto que recordaba haber pasado una semana entera sin salir de la cama. Y ellas me ponían paños húmedos sobre la frente; recordaba que eso aliviaba.
Aparté las mantas con cuidado, pero Link reaccionaba ante cualquier roce.
—¿Zelda? —susurró. Me levanté de la cama y crucé la estancia en dos zancadas—. ¿A dónde vas?
Me detuve en seco junto a las escaleras.
—No voy a ningún sitio. Espera aquí.
Agarré la capa y salí al exterior. No había oído más truenos. El último debía haber sido el que me había despertado. Sin embargo, todavía estaba lloviendo. Me cubrí con la capucha para no mojarme y acabar como Link. Recorrí el jardín lo más rápido que pude hasta llegar a la parte de atrás, cerca de los establos. Link siempre dejaba cubos de agua fresca del pozo en ese lugar. Habíamos ido a recogerla juntos hacía varios días, antes de que todo se rompiera en pedazos.
Corrí al interior de nuevo. Se derramó un poco de agua, pero me dije que no importaba. Había suficiente. Empujé la puerta y me deshice de la capa. La dejé de malas maneras junto a la entrada. Había quedado empapada, incluso habiendo pasado tan poco tiempo ahí fuera.
Cogí su pellejo de agua de la bolsa de viaje, siempre tan ligera. Encontré uno de los pocos paños que Link tenía en su casa y corrí escaleras arriba.
Él abrió los ojos cuando yo me senté al lado de la cama, pero no dijo nada. Mojé el paño y luego se lo puse en la frente.
—Esto te ayudará, ya lo verás —le aseguré.
Le acerqué el pellejo de agua sin darle tiempo a responder. Él tomó varios sorbos sin emitir una sola protesta.
—Eso es —le dije—. Te pondrás bien.
Asintió y se dejó caer sobre las mantas, como si lo que acababa de hacer hubiera agotado sus energías por completo.
—¿Vas... vas a marcharte? —me preguntó entonces con un hilo de voz.
Le aparté el pelo húmedo del rostro.
—No. No voy a marcharme. Cuidaré de ti hasta que te pongas bien. —Intenté sonreír—. Te lo prometo.
—¿Por qué? —susurró—. Te he dicho... hemos discutido...
—No —murmuré, interrumpiéndolo—. Ahora no. Ahora solo cierra los ojos.
Apenas me alejé de él aquel día. Quizá era porque Link ya había cuidado mucho de mí y quería devolverle el favor. O quizá, simplemente, se debía a que lo quería. Fuera como fuese, mantuve mi promesa de cuidarlo. Colocaba paños frescos en su frente y le daba agua con regularidad.
Pasaron dos días, y la fiebre seguía sin bajarle.
Él había empezado a delirar. Murmuraba cosas sin sentido. Estaba pálido, más de lo que me gustaría. Y también tenía ojeras otra vez. Odiaba verlo con ojeras.
Cuando reunía el valor suficiente para alejarme de él, iba a los establos para encargarme de los caballos. Saltaba a la vista que Viento echaba de menos a Link. Yo también lo echaba de menos.
—Volverá pronto —le prometí al animal.
También intentaba cocinar para mí, aunque mi comida no era tan buena como la de Link. Pero bastaría. Por ahora.
—¿Qué puedo hacer? —murmuré, frustrada, tras comprobar su temperatura por enésima vez.
Empezaba a preocuparme. Quizá debería llamar a un curandero antes de que la situación empeorara. ¿Y si estaba haciendo las cosas mal? ¿Y si lo perdía por culpa de una estúpida fiebre? Jamás me lo perdonaría.
—Mamá —susurró de pronto—. El... el libro. Recuerdo... recuerdo...
Por un momento estuve convencida de que solo eran delirios, pero al final comprendí que se refería al libro de remedios para enfermedades de su madre. Me levanté de un salto, con esperanzas renovadas, y lo saqué de su lugar. Las páginas eran viejas y estaban amarillentas, aunque todavía podía leer lo que se había escrito.
Pasé las páginas con rapidez, buscando, hasta llegar a donde se hablaba de remedios para la fiebre. Las pociones y elixires se me daban bien, así que podría conseguir hacer uno para Link.
"Agua. Hierba de Hyrule. Rábano vivaz", leí. "Todo junto. El sabor no es el mejor, pero sigue siendo un remedio efectivo."
No perdí el tiempo.
Rebusqué en las alforjas de Link y encontré varios puñados de hierba de Hyrule. Él no tenía rábanos vivaces, de modo que me vi obligada a salir a la aldea. Por suerte, la tormenta se había ido, y ahora solo llovía a ratos. En la tienda tampoco tenían nada, así que tuve que visitar a uno de esos comerciantes ambulantes. Había varios por las calles resbaladizas. Uno de ellos me vendió un puñado de rábanos por una cantidad exagerada de dinero. Me sentí mal por utilizar el dinero de Link otra vez, pero no tenía otra opción. Todavía no había conseguido una sola rupia.
La gente de Hatelia ya no me miraba como si fuera una extraña —había pasado por allí con Link en cientos de ocasiones—, pero seguían contemplándome con curiosidad. Sabía que era imposible que adivinar quién era yo en realidad y, sin embargo, todavía era incómodo. Tendría que hablar con ellos más a menudo.
En casa, me dispuse a prepararlo todo. Seguí las instrucciones del libro paso a paso. No quería hacer un veneno por accidente. Aquella mezcla desprendía un olor horrible. Lo probé al terminar, y descubrí que el sabor era aún peor. Según el libro, se suponía que debía saber y oler mal, así que supuse que lo había hecho bien.
Fui escaleras arriba y desperté a Link, que tiritaba como si estuviera en el maldito pico de Hebra. Le di un poco de aquella mezcla verdosa y espesa, sin darle tiempo a decir nada. Hizo una mueca. Tuve que reírme.
—Es asqueroso, lo sé.
—¿Qué es?
—Agua, hierba de Hyrule, y rábano vivaz.
—¿Es otro de tus experimentos?
—No. Lo leí en ese libro que era de tu madre.
Su rostro se ensombreció. Al instante me arrepentí de haberlo mencionado.
—Lo escribió ella, ¿sabes? —susurró.
—Oh —musité con los ojos muy abiertos—, no lo sabía.
Él no dijo nada más. Se tomó la medicina que le había preparado y luego volvió a dormirse.
Hubo una mejora notable después de eso. Ya no temblaba ni tiritaba de forma violenta, y no deliraba tanto como antes. Y también pasaba más tiempo despierto, aunque estaba enfadado.
Una mañana, me lo encontré moviéndose entre las mantas para ponerse en pie.
—No, jovencito. —Conseguí dejarlo sobre la cama sin apenas esfuerzo. Sabía que, en cualquier otro momento, habría sido imposible moverle del sitio aunque fuera solo un ápice. Él era diez veces más fuerte que yo—. Vas a tener que pasar unos días más aquí.
Me miró con aquel peligroso ceño fruncido que parecía estar permanentemente en su rostro. No desaparecía nunca. Cada vez que lo miraba, estaba ahí.
—Tengo cosas que hacer —masculló.
—¿Ah, sí? ¿Qué tipo de cosas?
—Tengo que ocuparme de los caballos. Tengo que ocuparme de mi casa. Y de la espada. Y tengo que...
—Tienes que tomarte esto ahora —dije, interrumpiéndolo. Le acerqué el cuenco de medicina que había preparado.
Su ceño se frunció todavía más, si eso era posible.
—¿Ahora?
—Sí. Ahora.
—No.
Se me escapó un suspiro. El día anterior había dicho lo mismo. Al final había logrado convencerlo, pero no iba a negar que me había llevado un largo rato conseguirlo.
—Quiero que te pongas bien —le dije con calma—. Sé que no sabe muy bien, pero no te lo daría si no...
—No lo necesito.
—Sí lo necesitas, Link.
—No pienso tomármelo.
—Me temo que sí vas a tener que tomártelo.
—No. Sabe a mierda de caballo.
Intenté mantener la paciencia.
—Lo sé. Tú solo hazme caso. Es por tu bien.
—No eres mi madre —me espetó de pronto.
Aquel fue el límite. Dejé el cuenco sobre la mesita con tanta fuerza que el contenido verdoso se derramó un poco, pero me dio igual.
—Ya sé que no soy tu madre —dije, quizá un poco más alto de lo que pretendía—. Solo quiero ayudarte. Entiendo que no estés pasándolo bien. Pero es muy difícil cuidar de ti cuando no dejas de comportarte como un niño pequeño, ¿lo sabías?
Él me observó con el ceño fruncido, aunque no dijo nada. El silencio era sepulcral. Le sostuve la mirada durante unos instantes eternos, hasta comprender que no iba a decir palabra.
Suspiré y me puse en pie.
—Haz lo que quieras —mascullé antes de marcharme escaleras abajo.
Intenté distraerme leyendo un libro. Sin embargo, apenas podía concentrarme. Sus palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza. Él nunca se había comportado de esa forma conmigo. Estaba muy segura de que se debía a lo de su familia. A saber que la había perdido de golpe. En el fondo, no podía culparlo. Me había dado cuenta de que no le gustaba llorar, pese a lo sucedido varios días antes. Había tenido que buscar otra manera de soltarlo todo.
Y lo entendía. Solo esperaba que él entendiera que lo que hacía estaba mal.
Lo dejé en paz durante el resto del día. Al anochecer, subí las escaleras despacio, con otro cuenco de aquella mezcla asquerosa en las manos. Él ya se había dormido. Me moví con cuidado para no despertarlo. Vi que el recipiente con la medicina de esa mañana estaba vacío. O se la había tomado o la había tirado por la ventana. Ambas opciones eran igual de probables.
Comprobé su temperatura con cuidado y él abrió los ojos, aunque no dijo nada. Le había bajado la fiebre. La medicina apestosa estaba surtiendo efecto, a pesar de todo.
Link cogió el cuenco de pronto y se tomó la mezcla sin mediar palabra. Lo contemplé boquiabierta. Él no pareció darse cuenta. Me obligué a recomponerme.
—Te ha bajado la fiebre, ¿sabes? —le dije.
Él me miró y asintió. Luego hubo un silencio largo e incómodo. Link terminó su medicina, y me disponía a darle las buenas noches cuando él habló por fin.
—Lo siento, Zelda —dijo en un susurro.
Me quedé boquiabierta otra vez. Eso no me lo esperaba.
—¿Eh? —musité.
Clavó la vista en las mantas.
—He sido un idiota. Sobre todo contigo. No hablaba en serio cuando te dije todas esas cosas. He estado pensando y creo que sé por qué no me lo contaste todo antes.
—Era muy difícil, Link —murmuré—. No sabía cómo demonios decírtelo. Tú estabas tan feliz... No quería que pasara..., ya sabes, esto. Pero al final ocultártelo solo ha empeorado las cosas, ¿no?
—No lo sé —dijo él—. Pero eso da igual. Solo quiero que sepas que lo entiendo. Y que lo siento. Lo siento mucho.
Contemplé sus ojos llenos de culpabilidad. Él no tenía que cargar con todo el peso cuando yo también tenía parte de la culpa.
—Yo también tengo que disculparme —le dije. Link pareció sorprendido—. No me mires así. Sabes que no debería habértelo ocultado. No durante tanto tiempo.
—La próxima vez que pase algo así, ¿me lo contarás?
—Sí.
—¿Por muy malo que sea?
—Sí.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo. —Guardé silencio por un instante—. Y yo también acepto tus disculpas.
—¿De verdad?
—Claro que sí.
Lo oí suspirar, y luego se arrebujó más en las mantas.
—¿Estamos en paz? —murmuró.
Sonreí mientras le acariciaba el pelo.
—Estamos en paz.
Link pareció satisfecho. Y yo también lo estaba. Había descubierto que odiaba discutir con él. No quería que algo así volviera a suceder. Nunca.
—¿Dejarás que cuide de ti ahora? —pregunté mientras le ponía otro paño húmedo en la frente.
—¿Tengo otra opción?
—No.
Suspiró de nuevo.
—Entonces está bien. No creo que sea tan malo.
Volví a sonreír.
—No —susurré—. No lo es.
Al día siguiente, cuando me desperté en medio del nido de mantas que había preparado en el suelo, descubrí que Link ya estaba despierto. Y me observaba con horror.
—¿Qué pasa? —bostecé después de darle los buenos días.
—¿Has estado ahí toda la noche?
—Sí. ¿Creías que te dejaría a ti en el suelo?
Gruñó algo que no pude entender. Al menos ya volvía a comportarse como el Link que yo conocía.
—Tendría que haber mandado a hacer dos camas —masculló.
—No —dije mientas tomaba asiento en el borde de la cama—. Con una es suficiente.
Me miró con los ojos muy abiertos, pero no dijo nada.
—¿Cómo te encuentras? —quise saber.
—Mejor —murmuró.
—¿Hay algo que te duela?
—No. —Desvió la mirada y enrojeció un poco—. Tengo hambre.
Lo contemplé con incredulidad por un momento y luego empecé a reírme a carcajadas. Él frunció el ceño, aunque al final sonrió un poco también.
—Tendría que habérmelo imaginado —dije tras calmarme—. ¿Qué te gustaría?
—Lo que sea.
—Puedo preparar esa sopa que tanto te gusta. ¿Suena bien?
Asintió. Yo me puse en pie, pero antes de que pudiera dar un paso, Link tiró de mi brazo
—¿Puedo ir contigo?
Al principio estaba decidida a negarme; sin embargo, luego caí en la cuenta de que no había ninguna razón para no dejarlo salir de la cama. Estaba mejor. No creía que fuera a pasar nada.
—Está bien —acabé cediendo.
Lo ayudé a bajar las escaleras y luego él encendió el fuego y se sentó muy cerca de la chimenea, envuelto en una manta. Yo me dispuse a prepararlo todo. Ninguno decía nada, pero el silencio no era incómodo. Sabía que estaba recordando; había un brillo de lejanía en su mirada. De modo que no intenté entablar conversación y lo dejé a solas con sus pensamientos.
—¿Qué te parece? —le pregunté cuando la sopa estuvo lista.
Él dio un respingo, aunque aceptó el cuenco que le tendía.
—Huele bien.
Mientras comíamos, le hablé de la aldea. De lo que había sucedido durante aquella semana y de lo que había hecho mientras él se recuperaba.
—Ya no me miran como si fuera una forastera, ¿sabes? —le dije—. Ahora solo hay curiosidad.
—Tienes que hablar con ellos —replicó.
—¿De qué?
—Entérate de algo. Les encanta chismorrear.
Se me escapó una risita. Incluso hacía cien años, no se me había dado bien chismorrear. Siempre era la última en enterarse de todo.
—Podría hablarles del extraño muchacho que vive conmigo. Se parece sospechosamente al héroe de las leyendas.
Sonrió un poco.
—Mejor no. No me dejarían en paz.
Reí otra vez.
Nos volvimos a quedar en silencio. Lo miré, y Link me devolvió la mirada. Me acerqué más a él.
—¿Quieres hablar de ellos? —le pregunté en voz baja.
Él no dijo nada por un momento. No obstante, acabó asintiendo con lentitud.
—¿Cómo era tu madre? —quise saber, y de verdad tenía curiosidad por saberlo.
Se tomó su tiempo para contestar.
—No recuerdo muchas cosas de ella —dijo al final—, pero sí sé que odiaba estar dentro de casa. Le gustaba estar fuera. En el jardín o en el bosque. O donde fuera, pero nunca dentro.
Calló de pronto. Iba a decir algo, pero él prosiguió antes de que tuviera oportunidad de hablar.
—Mi hermana es... era... igual que ella. Y es raro porque apenas llegó a conocerla. Mi madre siempre me leía historias por las noches. Y, cuando Arwyn nació, siguió haciendo lo mismo, aunque no entendiera nada y fuera solo un bebé.
Cogí su mano. Él dejó que rozara sus dedos con cuidado.
—¿Y tu padre? —le pregunté.
Lo escuché suspirar.
—Mi padre era... era complicado.
—Yo creo que te pareces a él —murmuré—. Solo que tú eres un poco más flacucho.
Su sonrisa fue más amplia en esa ocasión, aunque desapareció con rapidez.
—Pasaba mucho tiempo en el castillo —dijo—. No solía estar en casa para mi cumpleaños. Mi madre siempre decía que su trabajo era muy importante y que por eso no podía estar con nosotros. Pero se supone que su familia debería ser más importante que todo eso, ¿no?
—Sí —suspiré—. Pero a veces no podemos ver la diferencia.
Él guardo silencio por un instante.
—Cuando mi madre murió y mi padre se fue, yo... —Sorbió por la nariz y, cuando alcé la mirada, vi que los ojos le brillaban—. Mi hermana... ella era lo único que... que...
Se le escapó un sollozo, y decidí que era suficiente.
—No digas nada más —murmuré.
Le ofrecí mi hombro para llorar, pero él derramó muy pocas lágrimas. Se limitó a abrazarme en silencio.
—Los echo de menos —susurró contra mi hombro.
—Lo sé —susurré de vuelta mientras enredaba una mano en su pelo.
No dijo nada más. Cuando, al cabo de un rato, se separó de mí con lentitud, le sequé una lágrima solitaria.
—Estarían orgullosos de ti si te vieran ahora —le aseguré.
—¿De verdad lo crees? —me preguntó con un hilo de voz.
Le sonreí.
—Claro que sí.
Él pareció satisfecho con eso.
Aquella noche, cuando lo arropé de nuevo con las mantas, me miró a los ojos y buscó mi mano.
—¿Por qué no te quedas? —me preguntó.
Le aparté el pelo del rostro.
—Tienes que curarte —respondí—. Cuando te pongas bien, me quedaré aquí. Te lo prometo.
—No quiero que duermas en el suelo —murmuró.
—No pasa nada. De verdad.
Link asintió a regañadientes.
—¿Tengo que volver a tomarme la mierda de caballo?
Solté una risita.
—No lo creo —respondí—. Estás mejor. Ya no lo necesitas.
—Gracias a las Diosas —suspiró mientras cerraba los ojos.
Permanecí a su lado hasta que se durmió. Le comprobé la fiebre una última vez antes de ponerme en pie y volver escaleras abajo. Sin embargo, cuando estaba a punto de dar un paso, su mano se aferró con más fuerza a la mía.
—Zelda —dijo en un susurro.
—¿Qué?
—Te quiero.
Por un breve instante, mi corazón se detuvo. Tenía que habérmelo imaginado. Sí, seguro que era solo eso. Tenía que serlo.
Sentí las mariposas. Aleteaban con más fuerza que nunca, y las piernas me temblaban.
Estaba siendo ridícula. Él tenía fiebre. Quizá solo estaba delirando y no sabía lo que decía. Cuando se despertara, no recordaría nada de eso.
Y aun así..., aun así...
—Yo también te quiero —acabé susurrando.
