LINK

«Querido Link:

Han pasado dos años desde que te fuiste. Sé que prometí escribirte antes. No he podido hacerlo. No me culpes. Papá también prometió ir a rezar a la estatua de la Diosa Hylia, y todavía no lo ha hecho.

Ojalá estés bien. Te prometo que pronto iré a la tienda para comprar un mapa. Buscaré esa meseta de la que hablaban los sheikah e iré a visitarte. Si tú no puedes venir, tendré que ir yo.

Papá está muy callado. Más que tú, incluso. Se ha dejado barba otra vez. Estoy todo el día diciéndole que se le quite de una vez, pero no me hace caso. Ya ni siquiera habla de ti. No te lo tomes a mal. Ya sabes cómo es papá. No ha dicho tu nombre desde que los sheikah nos visitaron hace un año con esa carta.

A veces le cuento a papá lo que hago en el jardín. Sé que él escucha, pero no tan bien como tú. Siempre sacabas tiempo cuando venías. Papá siempre está ahí. Pero es raro. Parece que no está. Creo que lo vi llorar hace dos días. No estoy muy segura, porque tú siempre dices que papá no llora, y ya era de noche y habíamos apagado las velas.

Yo ya no lloro tanto. Solo a veces, por las noches. Tú no habrías querido que llorara por ti. Eres así de idiota. Me gustaría decírselo a papá para que él tampoco llore, pero todavía no podemos hablar de ti en casa, así que tendrá que esperar.

Te echo de menos. Papá también. A lo mejor quiere acompañarme cuando vaya a visitarte. Seguro que quieres hablar con él.

Volveremos a vernos muy pronto, te lo prometo.»

—¿Link?

Alcé la vista, y ella bostezó.

—Ya es tarde. Ven a dormir.

Asentí y guardé las cartas en el libro de mamá. Luego dejé el grueso tomo lo más lejos posible, donde no pudiera verlo.

Me acurruqué junto a Zelda, y ella me abrazó. Llevábamos compartiendo la cama de nuevo desde hacía unos pocos días. Había tenido que insistir mucho, pero al final lo había conseguido. Odiaba verla en el suelo.

—¿Mejor? —murmuró.

Yo asentí en silencio, y ella suspiró.

—Si quieres... hablar o contarme cosas, ya sabes.

Sabía lo que ella había hecho durante aquellos últimos días. Sabía que estaba roto, y Zelda se había dedicado a recoger los pedazos y a volver a juntarlos poco a poco. También sabía que había estado cuidando de mí. Todavía lo hacía. Pese a todo lo que yo le había dicho.

Al cabo de un rato, me atreví a abrir los ojos de nuevo y descubrí que ella ya se había dormido. Le di las gracias en silencio. También le dije lo mucho que la quería.

Me prometí que algún día se lo diría a la cara. Algún día.

Al día siguiente, me despertó con una violenta sacudida. Intenté ocultarme bajo las mantas, pero Zelda las apartó de un tirón.

—No, Linky —canturreó—. Hoy no vas a pasarte la mitad del día aquí enterrado.

Recuperé las mantas, pero ella me las arrebató de nuevo.

—Me hiciste una promesa, ¿recuerdas?

La miré con una pizca de curiosidad.

—¿Qué promesa? —murmuré.

—Dijiste que me enseñarías a tirar con el arco.

La contemplé por unos instantes, incrédulo, y luego agarré las mantas y me oculté bajo ellas por fin. Escuché que Zelda suspiraba.

—Vamos, Link, no puedes pasarte el día aquí.

Gruñí algo, pero ella me ignoró por completo.

—Hiciste una promesa.

Solía hacer muchas promesas, sí. Al final solo cumplía unas pocas.

—Zelda... —gemí.

—Mírame un momento. Solo un momento.

Obedecí de mala gana, y vi que ella me contemplaba con los ojos muy abiertos y muy brillantes. Tendría que haberlo sabido. Tenía aquella expresión que siempre conseguía que todos hicieran lo que ella deseaba. La usaba antes del Cataclismo también, y funcionaba. Nadie podía negarle nada. Y yo estaba lejos de ser la excepción.

—Por favor —añadió en un susurro, y fue entonces cuando lo di todo por perdido.

Solté las mantas y suspiré con resignación.

—Está bien —mascullé.

Su rostro pareció iluminarse.

—¿De verdad?

Le dirigí una mala mirada. Zelda rio y me lanzó la túnica. Mientras me la ponía, me pregunté cómo ella podía elegir siempre los peores momentos para aprender cosas. ¿No podía esperar unos pocos días más? ¿O una luna más?

Al terminar, Zelda me arrastró hasta salir al jardín. La brisa me golpeó con fuerza, como una bofetada. Llevaba varios días sin salir, y la visión del jardín también fue una bofetada. El interior de la casa había cambiado mucho durante aquellos años; apenas quedaba un solo parecido con el hogar que yo había conocido antes del Cataclismo. Sin embargo, por alguna extraña razón, el jardín era lo que menos había cambiado. Seguía habiendo flores. Docenas de flores de colores vivos. Y la hierba seguía llegándome por encima de los tobillos. Por un instante, fue como si hubiera vuelto allí. Arwyn siempre olía a tierra y a hierba mojada. Me abrazaría de mala gana y luego hablaría de sus plantas durante gran parte del día.

Pero entonces Zelda tiró de mi mano, y recordé que todo aquello ya había quedado atrás. Tan atrás que había llegado a olvidarlo.

No debería haberlo olvidado.

—¿Qué tengo que hacer?

Zelda me observaba expectante, con los ojos muy brillantes y las mejillas encendidas. Vi que sostenía mi arco. Fruncí el ceño.

—No vas a aprender con eso.

Su sonrisa desapareció poco a poco. Miró el arma, confundida.

—¿Por qué?

—Porque es mío.

—¿Y?

—Es demasiado duro. Ni siquiera podrías tensar la cuerda.

Puso los brazos en jarras.

—¿Tú qué sabes?

—Mucho más que tú.

Puso los ojos en blanco.

—Estoy harta de que digas eso —replicó. Yo me mantuve en silencio, y eso solo debió frustrarla más, porque entonces añadió—: ¿A qué esperas?

Suspiré con resignación y me acerqué a ella.

—Tensa la cuerda.

Me fulminó con la mirada y se sonrojó un poco.

—No sé cómo.

—Por eso no quiero que uses mi...

—No empieces otra vez.

Me rendí de nuevo. Le arrebaté el arco de las manos, y Zelda pareció ofendida hasta que comprendió que no pretendía quedármelo —aunque fuera mío—.

—¿Sabes qué es esto? —le pregunté, sopesando el arco entre las manos.

—Un arco —respondió, como si fuera obvio.

—No. Es un arma. Puede matar. No lo olvides.

Pestañeó, incrédula, pero no di más explicaciones. Le tendí el arco de nuevo y le mostré cómo sostenerlo. Y por supuesto que aquello no era una excusa para rozar sus dedos suaves, o para sentirla cerca. Últimamente olía a bosque. Ya no desprendía el mismo olor a flores y aceites dulces de Kakariko. Y debía admitir que me gustaba.

"Te gustaría aunque se hubiera revolcado por el barro."

—¿Lo ves? Es así. —La solté despacio—. Ahora hazlo tú.

Aprendía rápido. No debería haberme sorprendido a aquellas alturas. Sin embargo, se tomó su tiempo para colocar los dedos en los lugares que yo le había mostrado.

—Ya está.

Bostecé mientras me acercaba, y Zelda me miró mal otra vez.

—Quédate así un rato.

—¿Qué?

Hubiera sonreído si no fuera porque todo lo que veía me traía demasiados recuerdos.

—¿Cuánto tiempo tengo que quedarme así? —me preguntó.

—No lo sé —dije al tiempo que me había encogía de hombros—. Hasta que lo considere suficiente.

Inspiró hondo y puso su mejor cara de concentración.

Fui al manzano que había detrás de casa —el mismo que había escalado cientos de veces cuando era niño— y arranqué una manzana. Todavía recordaba a qué ramas debía agarrarme para ascender. En qué huecos no debía poner los pies. Cuáles eran los mejores puntos de apoyo.

—Link —dijo Zelda al cabo de un rato—. Duele.

—No querías usar un arco mejor para ti —murmuré, encogiéndome de hombros otra vez.

—No sabía que era tan... ¡No pienso seguir con esto, Link!

Soltó la cuerda y la flecha pasó silbando por el jardín. Fue más allá del manzano y se perdió entre los árboles. Por suerte, no estaba afilada. No mataría a nadie.

—Ahora, ¿qué?

Aquel brillo tan maravilloso había vuelto a sus ojos. La ayudé a colocarse en la posición de antes, aunque en esa ocasión, no la solté.

—Tensa más —le susurré—. Más.

—No puedo tensar más —protestó Zelda.

Tensé la cuerda con más fuerza, llevándola hasta su mejilla.

—Así.

Zelda solo resopló.

—¿Qué hago ahora?

Lancé mi manzana, que cayó a unos pocos pies de nosotros.

—Apunta ahí —le indiqué.

Ella obedeció. Cuando estuvo lista, contó hasta tres, y soltamos la cuerda al mismo tiempo. La flecha silbó en el aire y atravesó la manzana. El zumo empezó a brotar, empapando la hierba.

Zelda se giró para encararme.

—Has sido tú, ¿verdad?

Clavé la vista en el suelo.

—Puede.

—La próxima vez, déjame a mí.

Cedí sin oponer resistencia, y ella soltó un último bufido antes de darse la vuelta e intentar disparar.

Pasó así gran parte del día. Llegó un punto en que me aburrí de ver como sus flechas se perdían en la distancia —tendría que comprar más— y decidí ir a los establos. Zelda ni siquiera se dio cuenta.

Solo había puesto un pie dentro cuando Viento estuvo a punto de tirarme al suelo.

—¿Me has echado de menos? —Viento resopló mientras me daba golpecitos con el hocico—. Tampoco ha pasado tanto tiempo. Tú no eres así. No te pongas sentimental.

Calabaza me olisqueó y luego volvió a centrarse en lo suyo. Sin embargo, Viento tardó un rato en dejar que me alejara. Me sentí culpable por no haberme encargado de ellos, incluso después de haberme curado. Tendría que haber ido a los establos. Sabía que Zelda podía encargarse de cuidarlos, pero aun así...

—¿Link? —escuché decir a Zelda un rato después.

La vi junto a la entrada de los establos. Desvió la mirada, avergonzada.

—¿Esto es normal?

Me enseñó las manos. Tenía los dedos enrojecidos y algunos incluso le sangraban. La miré con el ceño fruncido.

—Por esto te dije que no usaras mi arco.

—Con que me lo digas una vez es suficiente, ¿sabes?

Resoplé y dejé el cepillo de Viento. Había permitido que lo cepillara sin debatirse. Me aseguré de que Viento y Calabaza tuvieran todo lo necesario antes de salir de los establos con Zelda.

En casa, rebusqué en la bolsa de viaje hasta encontrar unas pocas vendas. Ella tomó asiento en una silla. Empecé a limpiarle las heridas con un paño húmedo. Iba con todo el cuidado del mundo, pero cada vez que Zelda dejaba escapar un siseo de dolor, no podía reprimir una disculpa.

Al terminar, vendé sus heridas.

—Se te quedarán las manos ásperas si sigues practicando con el arco —murmuré mientras guardaba las vendas en la bolsa.

Ella cerró sus manos alrededor de las mías.

—¿Ásperas como las tuyas?

—No. No tanto como las mías, pero tampoco serán suaves.

—No necesito tener manos suaves.

—Vale. Bien.

Hubo un silencio incómodo.

—¿No quieres que te enseñe a blandir una espada? —pregunté.

Arrugó la nariz.

—No me gustan las espadas.

—¿Ah, no?

—No. Se me daría muy mal. Prefiero que tú te dediques a eso. Yo te cubriré con mi arco.

—Es mío.

Puso los ojos en blanco.

—Ya lo sé, Link.

La observé moverse por toda la casa en busca de verduras para hacer la cena. Tendría que conseguirle un arco nuevo. Uno que ella pudiera usar sin hacerse daño. Los que usaban los bokoblin no eran tan aparatosos. Pero Zelda no iba a disparar con eso. No iba a tocar nada que hubiera sido manipulado por las sucias pezuñas de un bokoblin. Le daría mi propio arco antes de eso.

No obstante, tampoco sabía de ningún lugar cercano donde se vendieran arcos. Quizá podría hacérselo yo. Si supiera algo de herrería, claro estaba. Así sería especial. Si algo malo pasaba, podría mirar el arco que le había hecho y acordarse de nosotros. Del tiempo que habíamos pasado juntos. Eso estaría bien.

Fui a ayudarla a cocinar. No quería que quemara nada.

Una pequeña parte de mí había esperado que al día siguiente Zelda me dejara dormir hasta tarde otra vez.

No lo hizo.

Me despertó de golpe, con una enorme sonrisa estampada en la cara, y anunció que íbamos a recoger setas. No admitió discusión, y mis protestas fueron en vano.

El sol ya estaba alto en el cielo cuando salimos de casa. Me pregunté entonces cuánto tiempo habría perdido. Cuántas cosas podría haber hecho durante los últimos días. Cosas que no tuvieran que ver con llorar en silencio cuando Zelda se marchaba.

Zelda tiró de mí hacia el bosque antes de que pudiera conocer la respuesta.

Se arremangó y echó a andar en busca de setas. Yo iba detrás de ella, en completo silencio, contemplando cada árbol. Tenía cuidado de no pisar ninguna flor.

—¡Link! ¡Ven por aquí!

Un grupo de setas crecía junto al tronco de un árbol grueso. Zelda se arrodilló en el suelo y empezó a tirar para sacar la primera seta. La imité, aunque no podía evitar mirarla de reojo. Seguía poniendo caras de puro terror siempre que cogía una seta, como si fuera a morderla. En aquella ocasión no me reí porque no tenía ganas de reírme, pero faltó poco.

—¿Qué miras? —me preguntó al cabo de un rato.

Se había trenzado el pelo, aunque varios mechones ya estaban escapándose. Tenía las manos llenas de tierra. Le había dicho que solo usara la mano en que no había ninguna herida, aunque al parecer había hecho oídos sordos.

—Se supone que esta será nuestra cena, ¿sabes?

Asentí despacio y me dispuse a recoger la seta que tenía más cerca. Percibí que Zelda se me quedaba mirando, aunque no dijo nada. Sabía que estaba preocupada. Yo también lo estaría.

Guardé la seta en la cesta que habíamos traído.

—Link, mira esto —dijo Zelda.

Sostenía una seta gigantesca entre sus manos.

—Eso nos daría para una cena entera.

Ella sonrió. Hacía un comentario sobre cada seta que sacaba de la tierra. Yo la escuchaba, aunque no decía nada. Al cabo de un rato, cuando la cesta estaba ya casi llena, Zelda se detuvo y me miró con cautela.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

Me encogí de hombros mientras tiraba para sacar una nueva seta.

—¿Sabes? —empecé en voz baja—. Mi madre y yo solíamos venir aquí.

—¿Ah, sí?

—Recogíamos setas. Como ahora. Conocía cada tipo.

—¿Todos?

Asentí, y Zelda se quedó boquiabierta.

—Cuando Arwyn nació, nos llevaba a los dos. —Tiré de otra seta—. Así no estábamos siempre en casa, esperando a mi padre.

Ella no dijo nada durante un rato. Seguro que la estaba aburriendo con mis tonterías. Tenía que ser eso. No la culpaba.

Me disponía a recoger otra seta cuando Zelda habló por fin.

—Yo no recuerdo mucho de mi madre —dijo en voz baja—. Pero hay una cosa de la que sí me acuerdo con claridad, ¿sabes?

Dejé lo que estaba haciendo para mirarla.

—¿El qué?

Vi que sonreía.

—El primer día de cada luna, me llevaba a la Llanura de Hyrule. Recuerdo que por allí nunca había nadie. Mirábamos las nubes. A veces me cantaba. O me contaba historias.

—No sé si mi madre cantaba, pero sí nos contaba historias. Cada noche.

—Así me enteré de tu existencia. —Su sonrisa se hizo más amplia—. De que un héroe llegaría para ayudar a la princesa en medio de la guerra. ¿Sabes qué? A veces no puedo evitar pensar que quizá, si me hubiera llevado a las fuentes sagradas antes, todo podría haberse evitado.

—No —murmuré—. Yo no lo creo.

Me miró con una expresión extraña, pero no dijo nada. Al rato, siguió recogiendo setas de la tierra. Esperaba no haberla ofendido. Tal vez era hora de preguntarle cómo había despertado su poder. Tendría que hacerlo tarde o temprano.

—¿Zelda?

Ella alzó la vista. No parecía enfadada ni triste. Di gracias a las Diosas.

—¿Qué?

La observé con atención. Zelda me sostuvo la mirada, y había una pizca de curiosidad en sus ojos. Estaba seguro de que podían atravesarme. Abrí la boca para decírselo. Para preguntárselo.

¿Y si era cierto? ¿Y si era algo más que una estúpida leyenda? ¿Qué haría yo entonces? No podría hablarle de la misma forma, ¿verdad? Sería incómodo.

—¿Link?

—¿Crees que necesitamos más? —solté de golpe, enseñándole la cesta.

Ella me miró extrañada, aunque no me pidió explicaciones.

—No —respondió al final—. Creo que con eso bastará.

Asentí y me puse en pie, sacudiéndome la tierra de las ropas. Zelda hizo lo mismo, y luego regresamos a casa en silencio.

Al día siguiente, fuimos a recoger setas otra vez. Ya apenas había nubes. No llovía desde hacía al menos una semana, y todo estaba más verde que nunca. Cada tarde, Zelda practicaba con el arco. Bueno, con mi arco. Poco a poco, las heridas de sus manos se cerraron. Se le daba cada vez mejor. Aprendía rápido. Cuando mi padre me había enseñado por primera vez, recordaba que pasaron lunas hasta que por fin una de mis flechas se clavó en el blanco. Zelda tampoco solía acertar todavía, pero tensaba y destensaba la cuerda como si llevara toda la vida haciéndolo.

Caí en la cuenta de que me estaba dejando dormir hasta tarde otra vez. Ya no solía llorar, pero siempre me temía lo peor cuando abría los ojos y ella no estaba a mi lado. Por fortuna, la encontraba abajo, leyendo un libro o incluso preparando el desayuno en contadas ocasiones.

Una noche, bajé las escaleras y la vi sentada junto al fuego, leyendo el libro de mamá. Me detuve en el último escalón, y ella dio un respingo. Soltó el libro como si estuviera ardiendo.

—¿Puedo...?

—Sí.

Pareció sorprendida.

—¿No te molesta?

—¿Por qué iba a molestarme?

No dijo nada, de modo que no insistí. Tomé asiento a su lado, y ella abrió el libro y siguió leyendo. La miré de reojo; le quedaban pocas páginas.

—Me he terminado los libros más interesantes que traje de Kakariko —dijo al cabo de un rato. Pasó otra página—. Tenía curiosidad por leer este.

—¿Por lo de las setas?

—No solo por eso —replicó, sonriendo a medias—. Habla de muchos tipos de plantas. No solo medicinales. —Pasó una página más. Esa era la última. Guardó silencio, leyendo el final, y dejó escapar una exclamación ahogada.

—¿Qué? —quise saber.

Me acerqué para leer lo que ponía.

—«Penúltimo día de la penúltima luna. Segundo día de la cuarta luna» —leyó Zelda en voz alta. Me miró con curiosidad—. ¿Qué significa?

—El penúltimo día de la penúltima luna es mi cumpleaños —respondí—. El segundo día de la cuarta luna es... era el de mi hermana.

Zelda pestañeó, incrédula.

—¿Tu cumpleaños es dentro de dos días?

—Sí.

Frunció el ceño y me temí lo peor.

—¿Por qué no me lo habías contado?

—No es importante.

—¿Que no es importante? Tú hiciste que mi último cumpleaños fuera el mejor, a pesar de todo. Y ahora ni siquiera tendré tiempo de buscarte algo.

Tenía tantas preguntas que no era capaz de ordenarlas. De modo que me limité a mirarla fijamente, sin saber qué decir.

—No tienes por qué...

Masculló algo que no pude entender y se marchó escaleras arriba.

Me quedé abajo, solo, con el libro de mamá a mi lado. ¿Qué demonios había querido decir? Su cumpleaños no podía haber sido tan bueno. El Cataclismo llegó aquel mismo día, al fin y al cabo. ¿Cómo podía haber sido el mejor?

Rebusqué en mi memoria. Había algo, tenía que haberlo. Algo que no había recordado todavía.

Y entonces regresó de golpe, como si siempre hubiera estado ahí.

Hacía cien años, el día antes de su decimoséptimo cumpleaños. Antes de que todo terminara. Se lo había dicho. Le había dicho aquello que ahora ni siquiera me atrevía a pensar, le había dado una Princesa de la Calma, y luego... luego...

Tal vez solo era un producto más de mi imaginación. Era demasiado bueno para ser verdad. Sin embargo, en el fondo sabía que lo era. Era cierto. No era una estúpida fantasía.

Permanecí allí un rato más, escuchando el crepitar del fuego e intentando calmar el ritmo de mi corazón. Latía con tanta fuerza que estaba seguro de que Zelda podría oírlo desde arriba.

Al final, decidí volver, porque ya era tarde y no quería que Zelda se preocupara. Ella ya estaba en la cama cuando subí las escaleras. Se dio la vuelta con brusquedad justo después de que yo me deslizara bajo las mantas, dándome la espalda, y supe que estaba despierta.

—Zelda —me atreví a decir unos momentos después—, no te enfades por eso. Es una tontería.

—No lo es —masculló ella, aun sin darse la vuelta.

Busqué su brazo bajo las mantas, y al instante me arrepentí. Ahora era raro hablarle o simplemente rozarla. No sabía qué hacer. Esperaba que ella no se diera cuenta.

—Vamos, mírame.

Ella se dio la vuelta despacio, y sus ojos eran demasiado grandes. Demasiado verdes. Y brillaban bajo la luz de la vela.

—Ni siquiera me había dado cuenta de que pronto es mi cumpleaños. —Ella alzó una ceja, así que añadí—. De verdad. No lo había pensado.

—Pues deberías haberlo hecho.

—Lo sé. ¿Me perdonas?

Se lo pensó un momento, y supe que no estaba enfadada.

—Solo si me prometes una cosa —contestó.

—¿El qué?

—No podré regalarte nada. —Abrí la boca para protestar, pero Zelda continuó antes de que tuviera tiempo de decir nada—. Así que quiero llevarte a algún sitio... especial, ¿sabes?

—¿Especial?

—Sí. Tengo que buscarlo, pero será especial. Quiero que te diviertas, Link. Sé que estás triste.

—Ya no estoy tan triste.

Y era verdad. Ella me mantenía ocupado. Podíamos hablar siempre que quisiera. La pérdida ya no pesaba tanto.

—Me alegro de oírlo.

Guardé silencio por un instante, mirándola.

—¿De verdad harás eso? —susurré—. ¿Por mí?

—Claro que sí —sonrió ella—. Será divertido, ya lo verás.

Decidí creerla.

—¿Son ideas mías o acabas de sonreír?

—Son ideas tuyas.

—Creo que no.

—No he sonreído.

—¡Estás sonriendo! —exclamó ella.

—Claro que no.

—No lo niegues —siseó—. Te estoy viendo.

—Te has vuelto loca.

—¡No me he vuelto loca! —Me ido un golpecito en el hombro—. ¡Ahora claramente estás sonriendo!

—Esto es preocupante, Zelda.

—¡Link! —Fue a decir algo más, pero sus palabras se perdieron cuando estalló en risitas.

Era difícil no unirse a ella. Cuando se calmó, seguía sonriendo. Zelda sonrió también.

—He echado de menos verte sonreír —me susurró.

Sentí que enrojecía. Apagué la vela, y todo quedó a oscuras.

—Ahora ya no puedes ver si sonrío o no.

—Muy gracioso, Linky.

—Deja de llamarme así, Calabacita.

—¿Calabacita? —repitió con una risotada—. ¿De dónde viene eso?

—Del mismo lugar del que viene Linky.

—Tampoco te he llamado Linky tantas veces.

—Sí lo has hecho.

—Está bien. Tú ganas, Linky —dijo con un bostezo.

Fui a protestar. Pero entonces me dio un beso en la mejilla y se me olvidó cómo hablar.

—Buenas noches —murmuró mientras se acurrucaba contra mí y me rodeaba con un brazo.

Estaba cerca, muy cerca. De hecho, nunca había estado tan cerca. Últimamente notaba que se pegaba más a mí. O quizá solo estaba siendo paranoico por lo que acababa de recordar. Fuera como fuese, no me desagradaba. Si de mí dependiera, estaría así para siempre.

Decidí que tenía que decírselo pronto. Decirle lo mucho que la quería. Tenía dudas que deseaba resolver. Y ella se merecía que se lo contara. Valía la pena correr el riesgo.

Al día siguiente, sin embargo, apenas le vi el pelo.

Iba de un lado a otro, entrando y saliendo de casa. Cuando le pregunté a dónde iba, me dijo que estaba buscando un lugar especial. Quise acompañarla, pero Zelda me lo prohibió.

—Eso arruinaría la sorpresa —había dicho—. No saldré de la aldea.

De modo que la había dejado marchar.

Intenté buscar cosas para entretenerme. Di de comer y beber a los caballos y limpié a los establos. Recogí el poco desorden que teníamos en casa y fui en busca de agua del pozo. Incluso limpié los platos sucios, y eso que odiaba limpiarlos.

De pronto, no tenía ni idea de cómo había logrado sobrevivir a aquellas últimas semanas encerrado en casa.

Subí las escaleras, y lo primero que vi fue la Espada Maestra. Había quedado olvidada en un rincón. No la tocaba desde el día en que había salido en medio de la tormenta. La había dejado allí porque había estado ocupado en otras cosas.

Me sentía algo culpable, eso no iba a negarlo.

Pero ahora ya estaba mejor. Podía entrenar con la espada. Llevaba demasiado tiempo sin hacerlo. Esperaba no haber empeorado. Nunca había descuidado los entrenamientos durante tantas semanas seguidas. Ya no había en mismo número de monstruos que antes, pero nunca se sabía. No estaba mal ir preparado.

Me senté junto a la chimenea y desenvainé la espada con cuidado. El peso seguía siendo el mismo. Tan familiar y perfecto como siempre. Decidí afilar la hoja. Mientras trabajaba, sentí como el poder que dormía dentro se removía. Ella también me había echado de menos.

Estaba terminando cuando Zelda apareció en el umbral.

—¿Has encontrado tu lugar especial? —le pregunté.

Ella se sonrojó un poco.

—Más o menos. No tiene nada de especial, pero es bonito. Link, hay alguien en el puente preguntando por ti.

Fruncí el ceño.

—¿Quién?

—Creo que es un hombre. Es un poco extraño. Dice que se llama Karud. ¿Lo conoces?

Suspiré con resignación. Le dije a Zelda que esperara, cogí la bolsa de rupias y salí de casa.

Karud seguía en el puente, como Zelda me había dicho. Al verme llegar, puso los brazos en jarras, y supe que no se avecinaba nada bueno.

—¿Dónde demonios has estado? Todos hablan del jovencito que ha comprado la casa junto al puente, pero no se te ve por ninguna parte.

—He estado ocupado.

Me miró de arriba abajo con una ceja alzada.

—Ya veo —murmuró—. ¿Y esa chica que vive contigo ha tenido algo que ver?

Sentí que enrojecía.

—Eso no es asunto tuyo —gruñí. Él esbozó una sonrisita de satisfacción, y eso solo empeoró las cosas—. ¿Qué quieres?

—Mis rupias.

Había albergado la esperanza de que quisiera hablar conmigo para otra cosa. Algo que no estuviese relacionado con el dinero.

—¿Cuánto quieres?

—Ciento cincuenta.

—¿Ciento cincuenta? —repetí—. ¿Estás loco? No pienso darte todo eso.

—Prometiste que me darías el doble, ¿recuerdas?

—Eso es cien, no ciento cincuenta.

—Las cincuenta son por haber perdido mi valioso tiempo buscándote.

Maldije para mis adentros.

—No pienso darte ciento cincuenta. Pero te daré ciento veinte. ¿Qué te parece?

Me miró con los ojos entornados.

—Eso es menos. Treinta rupias menos.

—Es un precio más... razonable.

Lo pensó unos instantes, y al final acabó asintiendo. Extendió la mano sin mediar palabra, y yo le di las ciento viente rupias. Las guardó en su zurrón, satisfecho.

—¿Ya está? —gruñí.

—Solo una cosa más —contestó—. Me pasaré pronto por tu casa. A lo mejor esa chica quiere unirse a nuestra causa.

—¿Qué causa?

Sonrió.

—Ya lo verás.

Se alejó sin más, y yo crucé el puente hasta llegar a casa.

—¿Qué quería? —me preguntó Zelda.

—Cuidaba de Calabaza y de la casa cuando yo no estaba. Quería dinero.

Me preguntó cuántas rupias había perdido, e incluso se ofreció a darme las ciento cincuenta cuando las poseyera. Yo decliné, por supuesto. No quería dinero.

Pasamos el resto del día en el jardín. Zelda se dedicó tirar con mi arco. Acertó en el blanco unas cuantas veces. Se giraba y me miraba con los ojos brillantes, y me preguntaba si lo había visto. Tuve que sonreír.

A la mañana siguiente, me desperté muy temprano. Me moví entre las mantas para ponerme en pie con cuidado de no despertar a Zelda, pero ella no pareció inmutarse. Me puse la túnica que ella misma había cosido y luego bajé las escaleras de puntillas. Cogí la Espada Maestra y salí al exterior.

Hacía frío por la mañana. El sol aún estaba saliendo, de modo que el cielo todavía tenía un color grisáceo. No se oía el habitual bullicio lejano de la aldea. Eso era bueno. No me distraería.

Desenvainé la espada, y la hoja emitió destellos bajo el color del cielo. Me recibió con aquel cosquilleo que siempre reservaba para mí. La sopesé entre las manos un momento y luego probé a blandirla. No estaba tan mal como había creído.

Al cabo de un rato, el sol ya brillaba. Decidí seguir un poco más. Y no oí como la puerta se abría, ni oí pasos. Solo sentí que alguien me abrazaba de pronto, con tanta fuerza que estuve a punto de caerme al suelo.

—Feliz cumpleaños —dijo Zelda.

Dejé la espada sobre la hierba con cuidado y le devolví el abrazo.

—¿Cuántos años cumples?

—Diecinueve —respondí contra su hombro.

Se movió para mirarme.

—Eres un viejo.

Sonreí.

—¿Cuántos años tienes tú?

—Casi dieciocho.

—¿Lo ves? No hay tanta diferencia.

—Lo que tú digas —refunfuñó.

Envainé la espada y me la colgué al hombro.

—Tenemos que irnos ya —anunció Zelda.

—¿Necesitamos a los caballos?

—No.

Cogió mi mano. Sentí un aleteo estúpido por dentro, y me pregunté si ella sentiría lo mismo. Tenía que recordar lo que había pasado cuando celebramos su cumpleaños. Seguro que lo recordaba. Pero ella no era tan tonta como yo, de modo que no se comportaba como si estuviera al lado de un animal salvaje.

—¿A dónde vamos? —quise saber.

—A visitar a Prunia.

—¿Por qué? No me digas que vas a pasarte todo el día ahí.

—No —rio ella—. Solo será un rato. Seguro que quiere desearte feliz cumpleaños.

—Ni siquiera lo sabe —mascullé.

Recorrimos la aldea, y Zelda saludaba a todos aquellos que se quedaban mirándonos. Luego ascendimos la colina. Me di cuenta de que ella ya apenas jadeaba. Eso era bueno.

Al llegar arriba, Zelda fue quien llamó a la puerta. Symon nos abrió y nos dejó el paso libre.

—¡Zelda! —exclamó Prunia desde detrás de una montaña de libros—. ¿Todavía estás en Hatelia? Pensé que ya te habías... Oh, Linky. Tú también estás aquí. ¿Por qué has venido?

—Yo también te he echado de menos.

—¿Qué te hace pensar que yo te he echado de menos?

—Prunia —intervino Zelda—, hoy es su cumpleaños.

La expresión de su rostro cambió de golpe. Sonrió y se abalanzó sobre mí.

—¡Linky! —Su voz chillona retumbó en mis oídos—. ¿Por qué no me habías dicho nada?

Le dirigí una mirada asesina Zelda, porque sabía que ella estaba haciendo todo aquello a propósito. Soltó una risita mal disimulada.

—¿Cuántos años cumples? —me preguntó Prunia al separarse de mí—. ¿Trece? ¿Catorce?

—Diecinueve.

—¿Diecinueve? ¿Tan mayor? ¡Si ya eres todo un vejestorio!

—Tú eres más mayor que yo.

—¿Estás seguro?

Mi única respuesta fue resoplar.

—Feliz cumpleaños, Maestro Link —dijo Symon al otro lado del laboratorio.

—Oh, Symon, ni siquiera podremos conseguirle un regalito a tiempo.

—No quiero regalos —dije.

—No empieces con tu modestia estúpida. Me pone de mal humor.

—No quiero nada. De verdad.

—¿Sabes qué? —me espetó—. Está bien. No voy a seguir discutiendo.

La mañana pasó sin ningún incidente. Zelda le explicó a Prunia por qué había dejado de visitar el laboratorio, y a cambio me gané más abrazos. De esos que dejaban sin aire. Pero no me importaba.

—Mira esto —dijo Zelda, mostrándole mi mano a Prunia—. Mira todas esa quemaduras. Sé que ya están curadas, pero...

—Oh, Linky, ¿qué te ha pasado?

—Fue el Cataclismo —respondió Zelda antes de que yo pudiera decir nada—. ¿No tienes ningún ungüento para que mejore?

Prunia me miró, pensativa.

—¿Te duele?

—No.

—Dime la verdad.

Suspiré.

—A veces. Pero no me duele mucho.

Prunia se puso en pie de un salto y correteó hasta el fondo del laboratorio.

—Tiene que haber algo por aquí... —la oí musitar—. ¡Oh! ¡Aquí está!

Regresó con un frasco pequeño entre las manos. Lo abrió, y el contenido desprendió un olor a hierba y a tierra mojada.

—Esto te ayudará —dijo Prunia—. Tendrás cicatrices, pero no serán tan feas como esas.

Zelda abrió el frasco y tomó mi mano. Empezó a extender el ungüento por los dedos quemados. Lo hacía con cuidado. Tenía una mueca de concentración en el rostro, como cuando investigaba con la piedra sheikah o leía sus libros.

—Mira un poco, Linky.

Di un respingo y enrojecí hasta la punta de las orejas. Prunia esbozó una sonrisa maliciosa mientras Zelda murmuraba que me quedara quieto. Al menos no parecía haber prestado atención.

Al terminar, me sonrió y soltó mis manos. Sentí frío al instante.

—Ya está —dijo—. ¿Mejor?

Asentí a modo de respuesta. Prunia seguía sonriendo.

Un rato después, nos despedimos de Prunia y Symon y salimos del laboratorio. Zelda agarró mi mano y tiró de mí colina abajo. Me dejé guiar por ella a través de las granjas y huertos. La gente nos miraba al pasar. Vivían en la otra punta de Hatelia, de modo que no les sonábamos de nada. Nos alejamos de las casas, y el Monte Lanayru estaba cada vez más cerca. El frío se sentía desde allí.

—¿Está muy lejos? —pregunté.

—No. Es por aquí.

Llegamos a un campo repleto de hierba que me llegaba por las rodillas. Había un árbol frondoso y solitario junto a un lago.

—¿Te gusta?

Contemplé la cima nevada del Monte Lanayru y sonreí.

—Hay buenas vistas.

Zelda me llevó hasta el árbol y extendió una manta sobre la hierba.

—Aquí no hay nadie —dijo—. Sé que no es un sitio muy especial, pero es tranquilo.

—A mí me gusta.

Me mostró una sonrisa cálida.

Tomamos asiento a la sombra del árbol, y Zelda sacó un pastel de manzana de la cesta.

—Lo hice esta mañana —me dijo.

—¿Esta mañana?

—Mientras estabas fuera, en el jardín. Quería que fuera una sorpresa.

Para ser la primera vez que cocinaba un pastel, le había salido sorprendentemente bien.

—Al final vas a ser mejor que yo —murmuré con la boca llena.

Ella rio.

—No creo que pueda superarte.

Pasado el mediodía, había comido tanto pastel que apenas podía moverme. Zelda se dejó caer contra el tronco del árbol con un suspiro.

—Esto no es propio de una princesa —dijo con una sonrisa.

—No —murmuré—. Aquí no importa.

—Tendré que hacer más pastel de manzana.

Asentí, sonriendo también.

Pasamos gran parte de la tarde hablando. No hablábamos de cosas importantes; no me apetecía hablar de eso. Ella hablaba de los libros que había leído, de lo que pensaba hacer en los próximos días y de lo que nos faltaba en casa.

Me di cuenta de que ella ya no decía tu casa. Hablaba como si también fuera suya. Como si fuera su hogar. Eso me hizo sonreír.

De pronto dejó escapar una exclamación ahogada.

—¿Eso es una rana?

Se puso en pie de un salto y corrió hasta el lago. Yo la imité, aunque con menos energía.

—¿Cómo va a haber una rana aquí? —mascullé al llegar junto a ella—. El agua está helada.

Se agachó cerca de la orilla.

—Creo que es una rana.

—Zelda...

—¿Y si ha caído aquí por error? —Se acercó todavía más al agua—. ¡Link, tenemos que...!

Fue interrumpida por un grito, y entonces la vi dentro del lago. Dejó escapar otro gritito. Me miró con los ojos muy abiertos, empapada de los pies a la cabeza.

—Está fría —susurró, tiritando—. Creo que tenías razón, Link. Aquí no hay ninguna rana.

Intenté contener la risa, pero me fue imposible. Estallé en carcajadas. Ella pestañeó, sorprendida, aunque luego frunció el ceño.

—¿De qué te ríes?

Traté de decir algo, pero no podía.

—¡Deja de reírte!

—No puedo —farfullé, sin aire.

Hizo un ademán de tirarme al lago también, pero logré mantener el equilibrio a duras penas.

—Deja de reírte o te juro que te tiraré.

Extendí la mano para ayudarla a salir, todavía riéndome.

Bufó algo que no pude entender y fue hacia el árbol para secarse. La envolví en la manta que habíamos estado utilizando, sin dejar de sonreír.

—Para ya.

—Lo siento —reí—. Ha sido divertido. Admítelo, Zelda.

Me dio un puñetazo en el hombro, aunque vi que sonreía.

Tuvimos que regresar a casa antes de lo previsto para que Zelda no enfermara. En Hatelia nos miraban con curiosidad e incluso con desaprobación, pero no me importaba. Ya en casa, dejé que Zelda se cambiara las ropas empapadas. Me quedé en el jardín esperándola.

Enterré los pies en la hierba. Definitivamente, las cosas habían mejorado. Mucho.

Zelda no tardó mucho en regresar. Dejó una manta cálida sobre mis hombros y tomó asiento a mi lado, junto al manzano que teníamos en casa. Extendí la manta para que cubriera sus hombros también. No quería que pasara frío. Apoyó la cabeza en mi hombro, y la oí suspirar.

—¿Te has divertido?

—Claro que sí.

—Me alegro de oírlo.

Ninguno dijo nada mientras observábamos como el sol se escondía tras las montañas.

Durante mi viaje, había sido testigo de incontables atardeceres, pero aquel tenía algo especial. No había amenazas. No había nada de lo que huir. Solo paz y seguridad. Y lo mejor de todo era que ella estaba ahí, cerca, muy cerca. Solo tenía que moverme un poco para rozarla.

—Es precioso —susurró.

Las primeras estrellas aparecían ya en el cielo. Aparté la vista para mirarla.

Tenía que decírselo. No habría un momento mejor que aquel.

—Zelda, yo... —empecé—, tengo... tengo que decirte algo.

Ella se incorporó, aunque no apartó la manta de sus hombros.

—¿El qué?

—Para empezar quiero... quiero darte las gracias. Por cuidar de mí y por... por escuchar.

—No me des las gracias —replicó—. Tú siempre cuidas de mí. Lo menos que puedo hacer es devolverte el favor, ¿no crees?

—Si hay alguna manera en que pueda agradecértelo, solo tienes que...

—¿Es que no me has escuchado? No hay nada que agradecer, Link.

—¿Estamos en paz?

—Estamos en paz.

Asentí, satisfecho.

—¿Esa era la cosa tan importante que tenías que decirme?

—No he dicho que sea importante —repuse, sonriendo a medias.

Zelda soltó una carcajada.

—Pero te conozco. Cuando te pones a tartamudear es porque estás nervioso.

—Está bien —gruñí. Jugueteé con la hierba mientras pensaba en la mejor manera de comenzar. El corazón me latía muy deprisa. Aquello podía salir muy bien o muy mal. Estaba arriesgando muchas cosas. Tal vez demasiadas. Pero ¿qué opción me quedaba? No podía seguir ocultándoselo—. Una vez, poco antes de que fuera al castillo, un bardo tocó una canción para mí. La había compuesto su maestro, el antiguo poeta de la corte del último rey.

Callé por un instante, a la espera de su reacción. Sin embargo, su rostro permaneció igual que antes, de modo que proseguí.

—Me dijo que su maestro sentía... cosas por la princesa. Pero ella solo tenía ojos para... para su caballero escolta.

Vi que Zelda palidecía. Sus ojos se abrieron como platos.

—Link, yo...

—Déjame terminar —dije, interrumpiéndola—. ¿Sabes? Cuando empecé a recuperar la memoria, pensé que tú me odiabas. Eras... eras fría. Todos me decían que en el pasado habíamos estado muy unidos. Creía que mentían. Hice muchas estupideces sin siquiera saber la verdad.

—Link...

—Durante mi viaje, me di cuenta de que había cometido un error. Te juzgué de la peor manera posible.

Hice una pausa y me arriesgué a mirarla. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Sé que te dije que nunca podría olvidarte, pero..., bueno, hubo una época en la que creo que te olvidé. Pero valió la pena recordarte de verdad. —Inspiré hondo y me preparé para lo peor—. Supe que me había enamorado de ti cuando recordé lo que pasó en la Fuente del Poder.

Se le escapó un sollozo, pero me obligué a seguir.

—Cuando me dijeron que tú habías despertado tu poder gracias al... al amor que sentías por mí, creí que era mentira. Porque, bueno, mírate y mírame. Pero ya era demasiado tarde. Y ahora todo ha empeorado porque ya recuerdo lo que pasó el día antes del Cataclismo. Lo que yo te dije y lo que tú me dijste, y...

Escuché otro sollozo, y una lágrima solitaria comenzó a deslizarse por su mejilla.

—Lo siento —farfullé. Ella sollozó de nuevo—. Diosas, lo siento mucho. No debería haber... No pasa nada si tú no..., ya sabes. Me iré si quieres. Puedo irme ahora mismo. Me iré todo lo lejos que quieras. Puedo...

—¡Link! —exclamó Zelda de pronto. Callé de golpe. Se secó las lágrimas con rabia y me miró a los ojos. Estuve a punto de apartarme de un salto, pero ella se aferró a mi túnica—. Por el amor de Nayru, deja de decir tonterías

Ya estaba. Iba a darme una bofetada. Supuse que me lo merecía.

Pero entonces dio un tirón, y lo siguiente que supe fue que, de alguna forma inexplicable, sus labios estaban sobre los míos.

Fue torpe y más corto de lo que me hubiera gustado. No supe qué demonios hacer, de modo que me quedé muy quieto.

Sin embargo, de pronto caí en la cuenta de que ella me había besado. Zelda. Zelda me había besado. A mí. Y yo estaba haciendo el idiota.

No obstante, justo cuando había decidido empezar a disfrutarlo, ella se apartó.

Tenía las mejillas encendidas. Supuse que las mías estarían igual. Solo había un par de dedos de distancia entre nosotros.

—¿Esto está bien? —me preguntó en un susurro.

—Mejor que bien —repliqué en voz baja, y no mentía.

Me mostró una sonrisa tímida, aunque en esa ocasión no se abalanzó sobre mí. Supe que quería que yo diera el paso.

Y eso hice.

Me incliné despacio y la besé. Íbamos sin prisa, porque teníamos todo el tiempo del mundo. Cerré los ojos y exploré sus labios. Eran suaves, cálidos y perfectos. Eran mil veces mejor de lo que había podido imaginar jamás.

Rodeé su cintura, atrayéndola más hacia mí. Sus manos dejaron libre el tejido de mi túnica y viajaron desde mis hombros hasta enredarse en mi pelo. Se aferró a mí con fuerza y me besó con más ahínco. Yo permití que ella tomara las riendas de la situación, como siempre hacía.

¿Cómo había podido olvidarla? Ahora me parecía imposible de olvidar. Tendría que habérselo contado antes. Todo. Había estado perdiendo el tiempo.

Pero me concentré en el presente. En ella. En nosotros. En lo bien que encajaban sus labios y los míos, y en lo mucho que la quería. Lo demás podía esperar.

No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado cuando empezó a faltarme el aire. Me separé de Zelda, jadeante, y apoyé mi frente contra la suya. Abrí los ojos, y descubrí que me miraba fijamente. Podría haber jurado que brillaba.

La escuché reír, y alcé una mano para rozar un mechón de su pelo dorado. Me demoré en su mejilla.

—Así que —empecé en voz baja—, ¿lo que me contaron es cierto?

Ella sonrió. Colocó la manta a nuestro alrededor. Debía haberse resbalado de mi hombro en algún momento.

—Todas las leyendas se basan en una verdad, ¿no crees?

Me quedé boquiabierto, y ella rio otra vez.

—¿Y tú? —me preguntó—. ¿De verdad lo recuerdas?

—Lo recuerdo —respondí—. Créeme, lo recuerdo muy bien.

Me dio un golpecito en el brazo, y sonreí. Escuché que suspiraba. Su mano se enredó en mi pelo.

—Te quiero, Héroe de Hyrule —susurró.

—Y yo a ti —susurré de vuelta.

Ella sonrió mientras yo me inclinaba para besarla otra vez.