LINK
A la mañana siguiente, ella actuaba de forma casi normal. Como si nada hubiera pasado. Aunque parecía feliz. A veces, si me concentraba y la miraba bien, era capaz de distinguir un tenue brillo bajo su piel. Quizá eran solo imaginaciones mías, pero me resultaba muy real.
Zelda iba de un lado a otro, ocupada en sus cosas, como si lo de la noche anterior también hubieran sido imaginaciones mías. Empezaba a pensar que de verdad me lo había imaginado. O incluso podría haberlo soñado. Ni siquiera me parecería extraño.
Tal vez simplemente había cambiado de opinión. Eso tampoco me sorprendería. Sin embargo, durante la noche se había aferrado a mí con demasiada fuerza. Si hubiera cambiado de opinión, no me habría despertado teniéndola más cerca que nunca.
—¿Link?
Di un respingo y me atreví a mirarla, aunque al instante tuve que apartar la mirada de nuevo. Había dejado de moverse por toda la casa y había tomado asiento junto a la chimenea. Tenía un libro abierto sobre las rodillas, pero no era el libro de mamá. Prunia debía haberle prestado más.
—¿Puedes venir?
Estuve a punto de mirarla otra vez.
—¿A-ahí?
—Sí.
Odiaba que todo fuera tan incómodo. Quizá había cometido un error al contárselo. Quizá, si hubiera mantenido la boca cerrada, ahora estaríamos como siempre. No habría tensión, y sabría cómo comportarme a su alrededor.
Pese a ello, asentí y tomé asiento a su lado. Mi hombro rozó el suyo, y estuve a punto de apartarme de un salto, como si quemara.
Ella no dio señales de haberse dado cuenta. Cogió mi mano sin decir una palabra, para mi sorpresa. ¿No veía lo que hacía? ¿Lo que conseguía con solo acercarse un poco? Si no lo veía, estaba ciega.
—Ha mejorado —murmuró, examinando las quemaduras ya cicatrizadas—. Prunia tenía razón. Ayuda. Y, al parecer, actúa rápido.
Musitó unas cuantas palabras para sí misma, aunque no soltó mi mano.
—¿Te duelen?
—No.
Zelda asintió, y luego no dijo nada más. Todo volvió a tornarse incómodo. Intenté buscar una manera de romper el silencio. Cualquier cosa serviría. No obstante, ella se me adelantó, como siempre hacía.
—¿Lo de anoche —empezó, y me puse rígido al instante— iba en serio?
La contemplé con el ceño fruncido.
—¿A qué te refieres?
—¿Tú... todo lo que me dijiste... iba en serio?
No daba crédito. ¿Creía que no le había hablado en serio? ¿Que todo lo que le había dicho era una estúpida mentira?
—¿Crees que era broma?
Se ruborizó y apartó la mirada.
—Bueno, yo... Es que estás muy callado.
—¿Yo? Al menos yo te he dado los buenos días.
—Me has gruñido los buenos días —replicó—. Ni siquiera me has mirado a la cara, Link.
—Te estoy mirando ahora mismo.
—¡No me has prestado atención en todo el día! ¡Vas de un lado a otro como un perro sin dueño!
—¿Me acabas de llamar...?
—¡Estoy muy... confundida! —exclamó. Sus ojos relampagueaban—. ¿Por qué ya ni siquiera me miras?
—Tú tampoco me has mirado en todo el día, ¿sabes? —murmuré. Zelda fue a discutir, pero continué antes de darle oportunidad—. Sabes que es verdad. Pensé que te habías arrepentido.
Sonaba muy tonto si lo decía en voz alta.
—¿Arrepentirme? ¿Arrepentirme de qué, Link?
—De lo de ayer.
Su expresión se suavizó un poco. Solo un poco.
—No me arrepiento de eso —dijo en voz más baja—. No creo que me arrepienta nunca.
La miré con los ojos muy abiertos.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Así que, ¿hablabas en serio ayer?
—Claro que sí —sonrió—. ¿Y tú?
Parecía nerviosa por mi respuesta. Estaba a punto de hablar cuando la miré a los ojos. La miré de verdad, por primera vez en todo el día. Eran verdes, muy verdes, y brillaban. Y, cuando miré sus labios, recordé lo maravilloso que había sido besarla. No podía apartar la vista. Tal vez debería hacerlo. Tal vez de lo contrario la incomodaría.
Sin embargo, antes de que pudiera darme cuenta de lo que hacía, mis labios estaban sobre los suyos otra vez. Igual que la noche anterior.
Zelda pareció sorprendida, aunque no intentó apartarse. Se aferró a mis ropas de nuevo. Cada vez que la besaba, se volvía más increíble. Siempre era diferente. Estaba seguro de que nunca me cansaría de hacer eso.
Me separé de ella con cuidado, más pronto de lo que me habría gustado. Pero no quería ir deprisa. No estaba acostumbrado a aquel tipo de cosas. De hecho, era totalmente nuevo para mí. Para ambos. Lo último que deseaba era presionarla.
Suspiró contra mis labios, y rocé un mechón de su pelo dorado.
—Hablaba en serio —susurré—. Muy en serio.
—Ya veo. —Guardó silencio por un instante, mirándome a los ojos—. ¿Puedo... puedo...? Ya sabes...
Rodeé su cintura con las manos.
—Sí —respondí—. Sí. Tantas veces como quieras.
—¿Hace falta que te pregunte?
—No.
—Tú tampoco tienes que preguntármelo.
—¿Estás segura?
—Estoy muy segura.
Me besó de pronto. Al separarse, me miró con el ceño fruncido.
—¿A cuántas chicas has besado? —inquirió.
La contemplé con sorpresa.
—Creo que solo a ti.
Alzó una ceja. Iba a preguntarle por qué lo decía, pero entonces me besó otra vez, y todo se me olvidó por completo. Sentí que exploraba mis labios con suavidad, y por un instante estuve casi seguro de que aquello era solo un sueño. Uno muy bonito y vívido.
—No me mires con esa cara de tonto.
Fruncí el ceño.
—Yo no pongo cara de tonto.
—Sí lo haces. Ahora mismo no, pero sueles poner cara de idiota.
Aquello me preocupó. ¿Cuál era mi cara de idiota? Ella, desde luego, no tenía ninguna. Tendría que prestar atención para darme cuenta.
Lo bueno fue que el resto del día transcurrió como siempre. Y no había incomodidad ni tensión. En realidad, todo era igual a como había sido antes. Salvo por los besos que en ocasiones nos dábamos en un rincón, no había nada nuevo. Tendría que habérselo contado todo antes. Antes, mucho antes. Había perdido demasiado tiempo. Y, por eso, no me permitiría perder más.
Sin embargo, aquella noche, ella tuvo otra pesadilla.
Me despertaron sus quejidos y movimientos bruscos. Descubrí que se retorcía en sueños. La sacudí para despertarla, pero solo conseguí que murmurara algo incomprensible.
—Zelda —susurré mientras la sacudía de nuevo, esa vez con algo más de fuerza—. Zelda, despierta.
Me llevó un rato, pero al final logré que ella abriera los ojos. Pestañeó unas cuantas veces, y varias lágrimas comenzaron a brotar.
—¿Está... está a-aquí? —dijo con un hilo de voz.
No sabía de quién hablaba, pero no podía ser nadie bueno. Miraba a su alrededor, a la oscuridad que nos rodeaba, con una expresión de puro terror.
Me senté sobre la cama y encendí una vela. La luz de la llama era débil, pero esperaba que fuera suficiente.
—No está aquí —le susurré—. Aquí no hay nadie. Solo tú y yo. Nadie más, ¿lo ves?
Zelda no dijo nada. Dejé la vela sobre la mesa y vi que temblaba, tal vez debido al frío o al miedo.
—¿Quieres algo caliente? —le pregunté.
Ella se aferró a mi mano.
—No te vayas.
Suspiré y la arropé mejor con las mantas.
—Puedo prepararte algo para dormir, si quieres.
—No —respondió—. Quédate aquí.
Decidí rendirme. Quizá era cierto que no necesitaba nada. No iba a seguir discutiendo. Me deslicé bajo las mantas de nuevo, y ella se acurrucó junto a mí. Siempre escuchaba los latidos de mi corazón cuando estaba triste.
—¿Mejor? —le pregunté al cabo de un rato.
—Mejor —susurró.
—¿Quieres contármelo?
Sorbió por la nariz y se tomó su tiempo para responder. Yo también me mantuve en silencio. Esperaba que no se sintiera obligada a contestar. De hecho, si no quería hablar de ello, no me molestaría.
—No fue tan malo como el último —murmuró al final—. Mi madre estaba allí. Me dijo algo, no recuerdo el qué. Y luego el cielo se volvió rojo. No me acuerdo de nada más.
Suspiré contra su pelo. Ya no olía a bosque. Ahora desprendía un aroma a hogar.
—Pensaba que ya no tenías pesadillas.
—Yo también —dijo—. Hacía tiempo que no tenía ninguna. O, al menos, no recuerdo haberlas tenido.
Una punzada de temor me recorrió por dentro, y de pronto eché de menos tener una espada cerca. La había dejado abajo, junto a las escaleras. Debería haberla traído conmigo.
—Zelda —empecé con cautela—, ¿crees que tienes pesadillas por... por...?
—No —contestó con una sorprendente firmeza—. No. No son sueños proféticos. No hay nada ahí fuera. No lo hay.
El alivio que sentí entonces solo se igualaba al que había sentido cuando la vi por primera vez en la Llanura de Hyrule, sana y salva, justo después de derrotar al Cataclismo.
—Creo que son solo pesadillas. Es normal que las tenga. Tú también tienes pesadillas, ¿verdad?
Asentí despacio.
—No son tan horribles como las tuyas.
—¿Recuerdas alguna?
Lo pensé un rato.
—Recuerdo que, en la peor pesadilla que he tenido nunca, no había manzanas. Imagínate un Hyrule sin manzanas. Era horrible. ¿Qué habría sido de todos nosotros?
Calló por un instante, aunque luego dejó escapar unas cuantas risitas.
—Hablo en serio, Link —dijo mientras me asestaba un codazo.
—Está bien. —Contemplé la débil luz de la vela, y percibí que mi sonrisa desaparecía poco a poco—. A veces lo veo a él —dije en voz baja, y Zelda se estremeció, porque sabía a quién me refería. Me obligué a continuar—. Acabo con él cada noche, siempre que lo veo, y nunca es suficiente. Ojalá algún día pueda matarlo por fin. Así me dejaría en paz.
Una pequeña parte de mí, aquella a la que siempre procuraba ignorar y mantener bien lejos, disfrutaba con esas pesadillas. Disfrutaba acabando con aquel monstruo una y otra vez, y no tenía piedad. Todo en lo que no quería convertirme estaba encerrado allí, en aquel rincón oscuro.
—Debe de ser horrible —murmuró Zelda, abrazándome con más fuerza.
—Lo es —asentí.
—Dejaremos de tener pesadillas algún día. Estoy segura de eso.
Decidí no responder. Me di cuenta entonces de que había dejado de temblar.
—¿Quieres que apague la vela?
—Vale. Pero no te vayas.
Resoplé.
—¿A dónde puedo irme, Zelda? Ni siquiera puedo moverme.
Ella bufó algo contra mi pecho, aunque no se apartó. En el fondo, yo tampoco quería que se apartara. Conseguí moverme un poco para apagar la vela.
Ninguno dijo nada más. Debía quedar muy poco para el amanecer, porque los rayos de la luna casi no se filtraban por la ventana. El ritmo de su respiración era tranquilizador. Apenas estaba medio despierto cuando la oí hablar otra vez.
—¿Link?
Suspiré a modo de respuesta y la abracé con más fuerza.
—¿Podrías... hacerlo una última vez?
Me costó un poco comprender a qué se refería. Al final, rocé su mejilla con torpeza y la besé sin saber lo que hacía. No fue muy largo ni muy romántico. Fue solo un beso. Algo simple. Pero a ella debió gustarle, porque sonrió y me dio las buenas noches.
Al día siguiente, Zelda quiso visitar la aldea. Y no podía negarle nada, de modo que acepté acompañarla.
Cogió un cuaderno —el mismo que había usado en Kakariko— y se reunió conmigo junto a la puerta.
—¿Para qué quieres eso? —le pregunté mientras cruzábamos el jardín.
—Para anotar cosas.
Resoplé.
—¿Qué vas a anotar?
—Lo que necesita la aldea.
Así que iba a comportarse como una princesa. Hacía tiempo que no se comportaba de esa forma.
Me mantuve en silencio.
Cruzamos el puente, y percibí que Zelda echaba un rápido vistazo a la aldea. Un instante después, ya garabateaba cosas en el papel. La observé con una pizca de diversión, aunque ella no pareció darse cuenta. Se adelantó y se acercó a una casa. Palpó la pared exterior, como si estuviera buscando algo. Miré a mi alrededor con disimulo. Esperaba que nadie se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Sobre todo el dueño de aquella casa. Habría que dar muchas explicaciones.
Regresó al poco tiempo, por fortuna. Escribió algo más, y luego tiró de mí para arrastrarme por la aldea.
Zelda quiso ver de cerca las granjas. Examinó los huertos y los animales con ojo crítico. Después visitamos el pozo, el único puente que había en Hatelia y también las defensas de la aldea. Le dije que, poco antes de la derrota del Cataclismo, habían levantado una empalizada junto al arco de entrada y habían apostado más guardias. Ella solo asintió, se detuvo un instante, y luego siguió escribiendo.
Aquello se prolongó hasta después de mediodía. Fue entonces cuando decidí detenerla, porque ya tenía demasiada hambre. Zelda no quiso reconocerlo, pero supe que le pasaba lo mismo. Protestó y emitió varias quejas, aunque al final permitió que la arrastrara hasta la posada.
Allí se encontraba la única taberna de la aldea. Nunca antes había estado en aquel lugar, y aun así había oído muchas cosas sobre él.
El olor no era el mejor. Apestaba a cerveza y a sudor, y había suciedad por todas partes. Un hombre corpulento que debía sacarme más de tres cabezas estaba sentado en una mesa con tres hombres más. Había una cantidad absurda de jarras vacías amontonadas en un rincón.
Decidí sentarme lo más lejos posible, y Zelda debió estar de acuerdo, porque no dijo nada al respecto.
—¿Qué sitio es este? —preguntó una vez hubimos tomado asiento—. Huele mal.
Sonreí a medias.
—Es una taberna —respondí—. ¿Nunca antes habías estado en una?
—No lo creo —murmuró, y arrugó la nariz mientras miraba de nuevo a su alrededor—. ¿Y tú?
—Unas pocas veces.
Zelda resopló.
—Ya veo. Este olor es insoportable, ¿sabes?
—Es una taberna. ¿A qué otra cosa podría oler?
Me miró con el ceño fruncido y abrió su cuaderno otra vez.
—Eso también hay que cambiarlo —musitó para sí al tiempo que empezaba a escribir.
Contuve una carcajada.
—No creo que cambies nada. Las tabernas siempre han olido así. Incluso hace cien años.
Dejó lo que estaba haciendo y alzó una ceja.
—Oh, claro, porque tú eres un experto en tabernas.
—No soy un experto, pero sí fui soldado. ¿Sabes cuántos iban a sitios como este en sus días libres?
—No lo sé, pero no creo que tú fueras uno de ellos.
—Me arrastraron unas cuantas veces. Mi padre se puso furioso al enterarse.
Ella sonrió.
—Cuéntame qué pasó.
—No. Es vergonzoso.
—Por eso quiero saberlo.
Resoplé, aunque al final acabé cediendo. Porque, una vez más, no podía negarle nada.
—Fue poco después de haber sacado la Espada Maestra. Tendría catorce años, más o menos.
—¿Ya te habían armado caballero?
Asentí.
—Mi padre me visitaba una vez cada luna. Solía venir para comprobar que todo estuviera bien. O sea, que yo estuviera bien. En una de esas visitas, mis compañeros decidieron que, como ya me habían armado caballero, era un hombre, y por eso podía pasar mi primera noche en una taberna.
—¿Dejaste que te llevaran?
—Claro que sí. ¿Qué otra cosa podría haber hecho? Tenía solo catorce años y estaba asustado. ¿Qué habrías hecho tú?
Si lo pensaba bien, había pasado mucho tiempo asustado después de sacar la Espada Maestra. Recordaba mirarla y no poder creer que fuera mía. Era más grande que yo, y ni siquiera podía levantarla. Todos habían empezado a llamarme héroe entonces, y eso solo había empeorado las cosas.
Zelda ya me observaba con extrañeza, de modo que decidí proseguir.
—Ni siquiera recuerdo muy bien lo que pasó. Tuve tan mala suerte que, justo aquella noche, mi padre entró en la misma taberna en la que nosotros estábamos. Y eso que había más de una docena en la Ciudadela.
—¿Qué pasó después?
—Mi padre me soltó un discurso que me dejó con un dolor de cabeza peor que el que ya tenía por haber bebido la noche antes. Me prohibió ir a otra taberna hasta que hubiera cumplido los dieciséis, y pasé mucho tiempo limpiando establos.
Zelda sonreía.
—¿Habías bebido?
—No mucho —respondí—. Pero, bueno, ya sabes lo que pasa cuando bebo. Y esa fue la primera vez, así que puedes imaginártelo.
Se rio de mí, como era de esperar.
—No es gracioso —gruñí.
—Admite que sí lo es.
Resoplé, pero no quise seguir discutiendo.
Zelda y yo comimos dos cuencos de guiso. Estábamos terminando cuando aproveché que estaba distraída para robarle ese cuaderno en el que tanto escribía.
—¡Link!
Le faltó poco para abalanzarse sobre mí. Me aparté, y el cuaderno quedó fuera de su alcance.
—¡Suelta eso!
—¿Por qué? ¿Por qué no puedo leerlo?
—Porque no.
La miré con una mueca de aburrimiento.
—¿Crees que voy a reírme? Yo no soy como tú.
Me fulminó con la mirada, pero me dejó leer en paz.
Pasé las páginas con cuidado. Su caligrafía era clara y pulcra, no como la mía. Tampoco era un completo desastre, pero a veces incluso yo tenía problemas para descifrar lo que había escrito.
—«Podría a... abar... ¿abarcar? Más terreno si ex... expan... expandiera...»
—Expandiéramos —dijo Zelda por mí.
—Escribes palabras muy raras.
—Dejarían de ser raras si leyeras más.
—No tengo tiempo para eso.
—Ya —resopló.
Mi madre se había encargado de enseñarme a leer y a escribir. Cuando murió, fue mi padre quien tuvo que hacer eso, pero él no era tan bueno como mamá.
Zelda cogió mi mano de pronto.
—Link, lo que me has contado antes... Me alegro de que recuerdes más cosas.
Mi memoria seguía sin estar como antes del Cataclismo, pero había mejorado mucho. Cada día recordaba algo nuevo. Quizá no era un recuerdo entero, pero era más común recordar detalles. Cosas pequeñas que había olvidado. Al final ayudaban. Me hacían comprender muchas cosas.
—Yo también.
Ya en casa, ella decidió tomar asiento junto a la chimenea para seguir garabateando cosas en su cuaderno.
—¿Zelda? —le dije, y ella alzó la vista. Le mostré mi arco—. ¿No quieres practicar hoy? Ya sabes, antes de que se haga muy tarde.
—Oh, sí, claro. Espera un momento.
Dejé el arco —que ya era casi suyo— junto a la puerta, y tomé asiento a su lado.
—¿Qué son? —pregunté mientras contemplaba su limpia caligrafía. Todo estaba muy ordenado.
—Maneras de mejorar la aldea —respondió con una pizca de timidez que me sorprendió.
—Eso ya lo sé. Me refiero a lo que has escrito.
—Ah. —Se detuvo un momento y leyó lo que había escrito—. Bueno, creo que hay espacio suficiente para expandir la aldea, ¿sabes? No quiero estropear la naturaleza ni nada parecido, pero hay muchas tierras abandonadas cerca de aquí. Así habría más espacio. Más gente podría vivir aquí y tener más libertad. ¿Tiene sentido? Espero que lo tenga, ya sabes. En Hatelia hay un alcalde, ¿no? Podríamos...
—Zelda —la interrumpí. Ella se detuvo en seco—. ¿Por qué estás... así?
Sabía que estaba nerviosa cuando empezaba a hablar muy rápido.
—No lo sé —suspiró—. Es que... Bueno, nunca antes me había ocupado de este tipo de cosas.
—Lo que has dicho tiene sentido —dije—. Creo que estaría bien. En Hatelia sí hay un alcalde.
—¿Cómo es?
—No lo sé. No lo conozco. Ni siquiera lo he visto.
Zelda desvió la vista.
—Supongo que no es un mal líder —me apresuré a añadir—. Después de todo, la aldea sigue en pie.
El fantasma de una sonrisa cruzó su rostro.
—Tienes razón —murmuró—. En algún momento tendré que hablar con él si pretendo mejorar las cosas.
Abrí mucho los ojos.
—¿Ya? ¿Quieres empezar ahora?
—Claro que no. Todavía no.
—Ah.
Calló por un instante. Cerró su cuaderno y me miró por fin.
—¿Cuánto tiempo llevamos aquí?
—No lo sé. —Lo cierto era que había perdido la cuenta—. ¿Casi una luna?
Sonrió un poco.
—El tiempo pasa muy rápido —suspiró—. Pero yo... creo... creo...
Esperé a que continuara, pero no lo hizo. De modo que me acerqué un poco más.
—¿Qué?
Vi que tomaba aire.
—¿Me prometes que no te enfadarás?
—Depende. Si me dices que has matado a los caballos, pues...
Se le escapó una risita.
—No es nada de eso.
—¿Qué es?
Se puso seria de nuevo.
—Creo que ya llevamos mucho tiempo en Hatelia.
Supe entonces a dónde quería llegar, y aquello me confundió.
—No te lo tomes a mal —dijo—. Yo... me he sentido muy bien aquí, Link. Mejor que nunca, creo. Jamás podré agradecerte que hayas dejado que me quede en casa. O sea, en tu casa.
—No es mi casa —murmuré, mirándola a los ojos—. Es nuestra. Nuestra casa.
Por un momento no dijo nada, y temí haber cruzado una línea. Sin embargo, de pronto me mostró una sonrisa que podría haber derretido el hielo de las cimas de Hebra.
—Nuestra casa —repitió, y sonaba aún mejor cuando ella lo decía—. Me gusta cómo suena. Pero de verdad creo que es hora de irnos.
—¿Irnos a dónde?
—A viajar. Quiero ver Hyrule, Link. Quiero conocer todas esas cosas que ni siquiera pude ver hace cien años. Y tú dijiste que me las enseñarías todas. Este lugar es maravilloso, de verdad. Te prometo que no quiero irme. Pero...
—¿Pero...?
—Le prometí a Impa que consideraría todas las opciones antes de tomar una decisión. Tú me entiendes, ¿verdad?
Asentí en silencio.
—A mí también me gusta este lugar —dije—. Pero creo que nunca podría estar mucho tiempo en el mismo sitio, ¿sabes? Yo también echo de menos viajar. Hay tantas cosas que podría enseñarte...
Su rostro se iluminó.
—Quiero que me las enseñes todas. Todas y cada una, ¿me has entendido?
—Todas y cada una —asentí.
—Bien —murmuró, satisfecha—. ¿A dónde podemos ir primero?
Lo pensé un momento.
—La Región de los Zora está muy cerca de aquí. No habría que pasar muchos días fuera.
—La Región de los Zora —repitió ella con los ojos muy abiertos, como si acabara de hablar en una lengua desconocida—. Sí. Sí, eso estaría bien. ¿El rey Dorphan sigue vivo?
—Hasta donde yo sé, sí.
Vi que tomaba aire.
—Vale. Me será útil.
Decidí guardar silencio. Algunos zora no estarían contentos de vernos otra vez. Varios ancianos habían seguido mirándome con odio después de liberar a Vah Ruta. Ni siquiera eso los había hecho cambiar.
Sabía que no debería ocultarle algo tan importante a Zelda; no después de haber prometido que, si había algo importante que decir, se diría. Y quería decírselo, pero lo dejé para otro momento.
—¿Cuándo podemos irnos? —preguntó.
—¿Dentro de una semana? —propuse. Sabía que se trataba de demasiado tiempo, pero lo cierto era que todavía no quería marcharme. No cuando ya me había acostumbrado a vivir allí.
—Está bien. —Abrió su libro de nuevo—. ¿Link? Sabes que podemos volver cuando quieras, ¿verdad? Quiero viajar por una temporada, pero eso no significa que no quiera volver aquí nunca más.
Quise pensar que no había llegado a creer que Zelda deseara irse para siempre. Fui a decírselo, pero no reuní el valor suficiente.
—Lo sé —murmuré—. Sé que quizá es pronto, pero si eliges no ser reina y vivir una vida normal, podrías... podríamos quedarnos aquí. Ya sabes, si tú quieres y todo va bien.
Zelda me observó, incrédula. Temí haber ido demasiado lejos otra vez. No debería habérselo dicho. Me estaba precipitando. Hice todo lo posible por sostenerle la mirada hasta que ella sonrió y me dio un beso.
—Nada me gustaría más que vivir aquí. Contigo —susurró.
La miré como un idiota, porque no sabía qué demonios decir. Seguro que se refería a eso cuando decía que tenía cara de tonto a veces. Pero estaba demasiado feliz para que me importara en ese instante.
—Bien. Muy bien.
Luego le di el mejor beso que le había dado nunca, y ella rio y me lo devolvió.
*
Nuestra última semana en Hatelia pasó más rápido de lo que me hubiera gustado.
Nada cambió mucho. Ella leía libros y tiraba con mi arco. Había mejorado notablemente durante aquellos días. Sus flechas cada vez acertaban a objetivos más lejanos. Pronto tendría que practicar con blancos en movimiento. Seguro que sería muy fácil para ella, como lo había sido todo lo demás.
Yo también hacía las mismas cosas. Cocinaba —a veces con Zelda—, entrenaba con la espada y, en ocasiones, Zelda me leía fragmentos de su libro. Sin embargo, había algo extraño. No estaba triste —había dejado de estar triste hacía mucho tiempo—, pero tampoco quería irme de allí. Tenía ganas de viajar y seguiría a Zelda hasta el fin del mundo si fuera necesario, pero aun así, no me apetecía dejar todo aquello atrás. Ahora sabía cuántos recuerdos había en aquella casa. ¿Y si se llenaba de polvo otra vez, como cuando estaba solo y me marchaba? En aquella época no le daba importancia a la casa que acababa de comprar. No obstante, ahora todo había cambiado. Lo último que me gustaría ver era mi casa llena de polvo. Otra vez.
Me recordé que volveríamos. A Zelda le gustaba vivir allí, de modo que aquello no era un adiós. No, no lo era. Quizá, cuando a ella le apeteciera tomarse un descanso, podríamos volver. Intentar ser normales por unos momentos y alejarnos de las miradas y los susurros. Esa era una de las cosas que más me gustaban de vivir en una casa tan apartada del resto de la aldea.
Los días pasaron, y me sentí todavía peor mientras recogía mis cosas y las metía en la bolsa de viaje. Partiríamos al día siguiente, así que lo mejor era ir preparándose. Zelda estaba a mi lado, ocupada en su propia bolsa de viaje.
Me senté sobre la cama y cogí el libro de mamá. Llevaba varios días sin abrirlo siquiera. La carta que Arwyn había escrito para mí se deslizó entre las páginas amarillentas. La guardé de nuevo a toda prisa porque, pese a lo mucho que había mejorado, seguía siendo difícil pensar en ella.
Zelda tomó asiento a mi lado. No dije nada. Ella abrió el libro y rozó uno de los dibujos de flores que mi madre había hecho.
—No pasará nada, Link —dijo en voz baja—. Volveremos. Y, cuando volvamos, todas estas cosas seguirán aquí. Justo donde las habías dejado.
Alcé la vista.
—¿De verdad lo crees?
Sonrió.
—Claro que sí. Nadie puede entrar aquí. Es nuestra casa.
Todavía no me acostumbraba a que aquella casa fuera nuestra. Y siempre me sorprendía cuando ella pronunciaba esas palabras en voz alta.
Miré el libro otra vez.
—No quiero que se llene de polvo —susurré.
—Es normal que se llene de polvo —replicó Zelda—. Cuando volvamos, lo limpiaremos todo. Y quedará como nuevo. Incluso mejor que antes. ¿Qué te parece?
Me lo pensé un momento y luego asentí despacio.
—Está bien.
Una vez tuvimos las bolsas de viaje hechas y cerradas, fuimos al laboratorio para despedirnos de Prunia y Symon.
Zelda visitaba el laboratorio con regularidad, aunque yo no me pasaba por allí desde el día de mi cumpleaños. Por eso, Prunia se quedó boquiabierta cuando abrió la puerta.
—¿Linky? ¿Qué haces tú aquí?
—¿No puedo visitarte?
Frunció el ceño.
—Supongo que sí. Pero no veo por qué. Tú nunca te enteras de nada. Solo Zelda se entera de lo que digo, ¿a que sí, princesa?
Zelda me dirigió una mirada de disculpa antes de asentir. Resoplé.
—¿Puedo pasar o quieres que vuelva a casa?
—Oh, ya que te has molestado en subir toda la colina, pasa. —Nos dejó el paso libre y empezó a corretear por su laboratorio—. ¿Queréis un té? Symon, haz un té para los cuatro.
Symon asintió, obediente, y se ocupó del té sin emitir una sola protesta. Sentí pena por el pobre muchacho. Debía ser solo unos años mayor que yo. Vivir bajo el yugo de Prunia, acatando sus órdenes todo el tiempo, no tenía que ser fácil.
—¿Has traído la piedra sheikah? —preguntó Prunia.
Zelda sacó la piedra sheikah de su cinturón. Prunia se la arrebató de las manos y empezó a examinarla con expresión de concentración. Contemplé con asombro como sus dedos se movían de forma experta —casi automática— sobre la superficie lisa de la piedra. ¿Cómo iba tan rápido? Cuando el artefacto estaba en mi posesión, tenía que pararme a pensar en lo que quería hacer y cómo llegar hasta allí. Pero Prunia parecía sabérselo todo de memoria.
De pronto dejó escapar un grito ahogado.
—¡Todavía funciona! —exclamó—. ¿Lo ves? Te dije que tenía que seguir en funcionamiento.
Zelda se acercó con el ceño fruncido.
—¿De qué hablas?
Prunia resopló.
—De la habilidad de recrear imágenes que parecen reales. ¿De qué iba a estar hablando?
—Oh —murmuró ella.
Prunia chasqueó la lengua.
—A veces te pareces un poco a Linky.
Fui a replicar, pero entonces Symon llegó con las tazas de té. Le di las gracias, ya que nadie más lo hizo, y luego él se retiró a una esquina apartada de la mesa.
—Ya sé que eso sigue funcionando —dijo Zelda—. Yo misma utilicé esa función en Kakariko.
El té todavía humeaba, de modo que decidí esperar un poco. Me moví para ver de qué estaban hablando. En la piedra sheikah había varias imágenes nuevas, y Prunia y Zelda las examinaban con atención. Todas eran de flores.
—¿Lo ves? Todas esas son mías. Y son recientes.
—Ya veo. Será mejor probarlo una vez más antes de sacar conclusiones. ¡Linky, mira! ¡Un caballo gigante!
Fruncí el ceño y alcé la vista. Era imposible que hubiera un caballo gigante dentro del laboratorio.
—¿Dónde...?
Escuché un sonido metálico y vagamente familiar. Recordaba haberlo escuchado antes.
Contemplé a Zelda y a Prunia con confusión. Ellas solo sonreían. Vi que Zelda contenía la risa.
Y entonces caí en la cuenta de lo que era todo aquello.
Me abalancé sobre la piedra sheikah. A Prunia se le escapó un chillido e intentó apartarse, pero yo fui más rápido. Le arrebaté el artefacto de las manos.
—¡Linky! —chilló—. ¡Devuélveme eso!
Quiso coger la piedra, pero la alcé lo suficiente para que ella no llegase a alcanzarla.
—¡Linky!
Toqueteé la piedra sheikah, ignorando sus protestas. Encontré la imagen, no sin cierta dificultad. Era muy estúpida. Tenía que haber una forma de deshacerse de ella. Examiné el artefacto, pero no encontré nada.
—¿Cómo se quita esto de aquí? —le pregunté a Zelda.
Ella lo observaba todo con mucha tranquilidad. Tomó un sorbo de su té y se encogió de hombros. Sonreía a medias.
—Hablo en serio, Zelda.
Cogió la piedra sheikah y la examinó. Tocó la superficie lisa unas cuantas veces. Luego me la mostró. Ya no había ninguna imagen mía buscando caballos gigantes.
—¿Lo ves? Ya no está.
Le dirigí una última mirada fulminante a Prunia, y ella me la devolvió. Tomé un poco de té, satisfecho.
—Me alegro de que siga en funcionamiento —dijo Zelda al cabo de un rato.
—¿Se pueden tomar imágenes? —pregunté, sorprendido.
—Claro que sí —respondió Prunia, como si fuera lo más obvio del mundo—. Solo que tú eres muy idiota y no te habías dado cuenta.
Ignoré su comentario. Estaba demasiado ocupado pensando en todas las posibilidades que una función como aquella ofrecería. Había muchas cosas bonitas en Hyrule. Podría guardarlas en la piedra sheikah en forma de imágenes. Podría incluso hacerlo con una puesta de sol, como la del día de mi cumpleaños. Así tendríamos recuerdos a los que volver. No creía que fuera a olvidarlo todo otra vez, pero no estaba mal ir con cuidado.
Miré a Zelda, que bebía su té con cuidado. Los rayos de sol que se colaban por las ventanas jugueteaban con su pelo. Supe entonces cuál era el primer recuerdo que quería dejar en la piedra sheikah.
Empezó a atardecer, y Zelda decidió que era hora de marcharse. Se puso en pie despacio. Yo me quedé a su espalda. Sabía que no le apetecía despedirse de Prunia. En el fondo, a mí tampoco. La echaría de menos, aunque nunca fuera capaz de decírselo a la cara.
Ella nos acompañó hasta la puerta de su laboratorio. Frunció el ceño al ver que no nos alejábamos colina abajo, como siempre hacíamos. Maldije para mis adentros. Era demasiado lista.
—¿Qué ocurre? —preguntó, mirándonos a ambos.
Zelda se arrodilló sobre la hierba para quedar a su altura.
—Por Hylia, no me digas que estás esperando un hijo —gimió Prunia de pronto.
Zelda abrió mucho los ojos. Alzó la vista con lentitud, y me di cuenta de que había enrojecido hasta la punta de las orejas. Permanecí allí, muy quieto. Estaba nervioso de pronto.
Debimos darle a Prunia la impresión equivocada, porque se cubrió el rostro con las manos y empezó a gimotear.
—Oh, no. Sois demasiado jóvenes...
—Prunia —dijo Zelda por fin—, n-no estoy... No es n-nada de... de eso.
Ella nos miró, sorprendida.
—¿Ah, no?
—No.
—Gracias a las Diosas —rio—. Me habéis dado un susto de muerte. Por un momento pensé que tendría que cuidar de niños rubios y salvajes.
Zelda enrojeció todavía más, si eso era posible. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no alejarme corriendo de aquel lugar.
—Queríamos decirte que hemos decidido marcharnos de la aldea.
La expresión de alivio de Prunia desapareció al instante.
—¿O-os vais? —murmuró, y los ojos le brillaban—. ¿A dónde os vais?
—Quiero viajar. Y Link quiere acompañarme.
—Pero... pero... Yo pensaba que...
—No nos iremos para siempre —se apresuró a aclarar Zelda—. Volveremos muy pronto, ya lo verás. —Hizo una pausa y le secó una lagrimita a Prunia—. Sabes que debo hacer esto. Tú lo sabes mejor que nadie.
Prunia asintió despacio. Se secó otra lágrima.
—Ahora solo tendré a Symon —sollozó—. No es que él sea muy malo, pero no me entiende como lo haces tú.
—No es para tanto —gruñí.
—Oh, Linky tú no lo entiendes tampoco.
Zelda me fulminó con la mirada. Suspiré, aunque no tuve tiempo de decir nada más, porque entonces Prunia tiró de mí con una fuerza sorprendente y me abrazó.
—A ti también te echaré de menos, Linky —sollozó contra mi hombro.
—¿De verdad? Yo no... —Me interrumpí cuando Zelda me asestó un golpecito mal disimulado.
—Aún recuerdo cuando llegaste aquí por primera vez. Eras solo un niño más perdido que un cuco. Y mírate ahora.
Fruncí el ceño, pero decidí que lo mejor sería cerrar la boca.
—Cuida de la princesa —me susurró al oído—. Ella es una flor muy rara y única. Solo nace una como ella cada mil años. —Hizo una pausa—. Aún es un poco pronto, ¿no crees?
—¿Para qué?
—Para traer herederos al trono, ¿para qué iba a ser? Si yo fuera tú, esperaría un poco más. Por cierto, quiero que me invitéis a la boda. No os lo perdonaría si me dejarais de lado.
Intenté decir algo, pero las palabras no me salían.
—Prunia —intervino Zelda, y no tuve que mirarla para saber que había enrojecido también—, él y yo no...
—Ni lo intentes —rio ella—. No podéis ocultarme nada. Es bastante evidente. Lo ha sido desde hace mucho tiempo.
Zelda pareció recuperarse de su vergüenza con una rapidez sorprendente. Yo seguía sin decir palabra. Cuando ella anunció que teníamos que irnos, Prunia lloriqueó un poco más, nos abrazó y, por fin, nos dejó marchar.
Y recorrimos el camino de regreso a casa de la mano, en silencio.
Todavía quedaba algo de luz, de modo que Zelda decidió salir al exterior con su libro. Yo me senté a su lado, sobre la hierba. Ella empezó a leerme en voz alta. Al principio escuchaba, como siempre hacía; sin embargo, no tardé en dejar de prestarle atención. Y sabía que estaba mal. Sabía que estaba pensando en tonterías. Y aun así...
—¿Link? —dijo ella, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Pasa algo?
Contemplé las estrellas, porque bajo ningún concepto iba a mirarla a ella.
—Está bien —suspiró, cerrando el libro—. ¿Qué te pasa?
—Nada.
—Sé que te pasa algo. Apenas has dicho nada desde que llegamos a casa. ¿Es por el viaje? ¿Quieres quedarte?
—No.
—¿Es por... por lo que dijo Prunia?
Vacilé. Ella debió interpretarlo como un sí, porque percibí que tomaba aire.
—Era una broma estúpida, Link. No hablaba en serio.
—Lo sé.
Guardó silencio durante unos dolorosos instantes.
—¿Es que quieres...?
—No lo sé.
Sonrió y se acercó más a mí. ¿Por qué sonreía? ¿Había dicho algo gracioso?
—¿Eso es lo que te preocupa? —me preguntó.
Sentí que me ruborizaba, así que clavé la vista en la hierba.
—Eso no es lo que tiene que preocuparnos ahora —dijo Zelda.
—Pero, yo... Si tenemos hijos, ¿cómo...?
—No vayas tan deprisa, Linky —rio ella, y de nuevo no entendí qué le parecía tan gracioso.
—No estoy yendo deprisa —mascullé—. Solo estaba... pensando.
—Pues a veces piensas demasiado. Y es raro, viniendo de ti.
Apoyó la cabeza sobre mi hombro con un suspiro. Todo estaba tranquilo y en calma, y aun así no podía relajarme.
—¿Y si no soy... bueno? —susurré.
—¿A qué te refieres?
—Un buen... un buen padre.
Probablemente era lo más tonto y precipitado que había dicho en mucho, mucho tiempo, pero no podía remediarlo. Ya era demasiado tarde.
Zelda se apartó de mi hombro para mirarme a los ojos. Tenía el ceño fruncido.
—¿Lo ves? Estás yendo muy deprisa. ¿Por qué no ibas a ser un buen padre?
Porque no tenía ni idea de cómo hacerlo. Ni siquiera mi propio padre era el mejor ejemplo a seguir.
—Hablo en serio. Deja esas tonterías para dentro de unos cuantos años. Por ahora, solo quiero pasar tiempo contigo. Contigo y con nadie más, ¿entiendes?
Asentí en silencio. Ella tenía razón, eso lo sabía. Volvió a apoyar su mejilla sobre mi hombro, y yo suspiré.
—Maldita Prunia.
Zelda rio. Decidí dejar de imaginarme niños rubios y salvajes correteando por nuestro jardín. Tenía que concentrarme en el presente. Así que aparté aquellas estupideces y me prometí no volver a recordarlas hasta dentro de mucho, mucho tiempo.
Ella cogió mi mano. Me pregunté entonces qué haría sin ella. Sin su ayuda. A veces, aunque ya sucedía con menos frecuencia, apenas podía creer que estuviera a mi lado de verdad. Era afortunado por tenerla.
—Echaré de menos esto —suspiró.
—¿El qué?
—Todo esto, Link. Nuestra casa.
—Yo también —murmuré—. Pero has dicho que podemos volver en cualquier momento, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces no será tan malo.
Era raro pensar que, al día siguiente, estaríamos en los caminos otra vez. A la intemperie, en medio de la nada y a merced de lo salvaje. Lo bueno era que ya no había tantos monstruos. Eso ayudaría. Habría menos cosas que matar. Llevaba casi tres lunas sin viajar de verdad. Esperaba no haber olvidado nada.
Escuché pisadas, y alcé la vista al instante, con una mano alrededor de la empuñadura de la espada. Zelda se incorporó y dejó el libro sobre la hierba.
Aparté los dedos de la espada cuando distinguí a Karud avanzando hacia nosotros. Solté un largo suspiro que seguramente él podría oír, y Zelda me observó con confusión.
—He oído que os vais —dijo.
—¿Cómo te has enterado? —inquirí.
—Vivo justo al lado. A veces, si me acerco, puedo oíros.
Maldije para mis adentros. ¿Cuánto habría escuchado?
—No pongas esa cara —me espetó—. Solo os oí hace unos días, cuando hablabais de ir a no sé dónde. Tampoco es que tenga un gran interés en saberlo todo sobre vosotros, ¿sabéis?
A pesar de todo, sentí alivio. Tendría que buscar una manera de que nadie pudiera oírnos en casa. Quizá podría cerrar el puente.
—Tú sueles ir mucho al laboratorio sheikah, ¿verdad? —le preguntó a Zelda.
Ella pareció desconcertada por unos instantes, aunque al final asintió.
—En Construcciones Karud, queremos...
—¿Eres constructor?
Karud la miró con sorpresa, aunque luego frunció el ceño.
—Claro que sí. Todos lo saben.
—Oh —murmuró ella—. Yo...
—Da igual —bufó Karud—. En Construcciones Karud hemos decidido empezar un nuevo proyecto que podría interesarte. ¿Cómo te llamas?
Ella me miró, y yo me encogí de hombros con disimulo.
—Zelda.
Karud suspiró.
—Es una pena. Si tu nombre empezara por...
—¿De qué va vuestro proyecto? —preguntó Zelda, interrumpiéndole otra vez. Sus ojos brillaban.
—Supongo que ya habéis oído que hace unas lunas la nube oscura que rodeaba el castillo desapareció —dijo—. Algunos nos hemos acercado a las ruinas de la Llanura de Hyrule. Nos gustaría reconstruir, ahora que ya es seguro viajar. Y da la casualidad de que nosotros somos la única compañía de construcciones de todo Hyrule.
Zelda dejó escapar una exclamación ahogada. Me quedé boquiabierto.
Sabía que el objetivo de Zelda era reconstruir. Siempre lo había sido. Yo estaba dispuesto a dispuesto a ayudarla, y estaba seguro de que los sheikah también lo estarían. Pero había creído que tendríamos que hacerlo todo y que, solo con el paso del tiempo, más gente se uniría a nosotros. Nunca me había atrevido a albergar esperanzas de que los hylianos decidieran unirse para reconstruir Hyrule.
—Eso... eso es maravilloso —logró decir Zelda. Karud ya nos observaba con extrañeza.
—Si mientras viajáis os encontráis con los constructores, podéis uniros si así lo deseáis. Hemos decidido hacer una excepción con nuestras normas, aunque no podréis formar parte de la compañía como tal. Solo ayudar a reconstruir. Si no, no tendríamos a nadie —rio él.
Zelda se había quedado sin palabras, de modo que decidí intervenir.
—Lo pensaremos.
Karud asintió, nos deseó un buen viaje y se alejó por el puente.
Zelda dejó escapar un sonido parecido a una carcajada, aunque también podría haber sido un sollozo. Me miró con los ojos brillantes y luego se aferró a mi túnica y me besó con urgencia.
—No puedo creerlo —dijo tras separarse—. Es tan maravilloso...
—Nunca pensé que podrían...
Ella rio y me besó de nuevo.
—Quizá no haya necesidad de que Hyrule sea un reino, después de todo —susurró contra mis labios, y su voz estaba llena de esperanza.
