ZELDA

Aproveché que Link estaba distraído con las bolsas de viaje para escabullirme de casa con sigilo

Tampoco iba a hacer nada malo. Pero mi siquiera había hablado de mis planes con él. Habíamos estado demasiado ocupados besándonos y susurrándonos estupideces al oído. Y no iba a explicárselo todo justo antes de partir, cuando todavía estaba amaneciendo y aún no estaba del todo preparado. Le parecería ridículo o no lo entendería.

Crucé el puente, cubierta por la capucha. No serviría de mucho si Link me pillaba, pero al menos lo habría intentado.

Karud había dicho que vivía cerca. Había un grupo de casas justo al otro lado del puente. Tenían un aspecto distinto al resto de construcciones de la aldea. Eran más nuevas. Más modernas. Me pregunté si aquel sería el futuro de Hyrule. Si las aldeas que levantáramos tendrían ese aspecto. No estaba mal, aunque me haría falta acostumbrarme.

Solo de una de las casas salía el débil rastro de humo de la chimenea. Decidí probar suerte en aquella. Y las Diosas debían estar sonriéndome aquel día, porque no me equivoqué. Lo consideré una buena señal. Tal vez estaba haciendo lo correcto, después de todo.

Karud apareció bajo el umbral con cara de pocos amigos. Pareció sorprendido al verme.

—¿Qué haces aquí tan temprano, niña?

Me obligué a sostenerle la mirada. Tendría que haber ido con Link. Él siempre me hacía sentir más valiente.

—He estado pensando en lo que nos dijiste ayer. Y creo que puedo ayudar. Yo...

Suspiró de pronto.

—Puedes ayudarnos uniéndote al resto de constructores.

—¿Cuántos sois?

Se detuvo un instante. Lo vi vacilar.

—No llegamos a una docena —murmuró por fin.

Fue un golpe más, no iba a negarlo. Aunque no era del todo malo. Eso significaba que, probablemente, aceptaría mis ideas.

—Eso no es suficiente para reconstruir un lugar tan grande. Necesitáis más gente.

—¿Crees que no lo sé, niña? Probablemente lo sé mucho mejor que tú.

Ignoré su tono hiriente.

—Podría ayudarte a conseguir más gente.

—¿Una jovencita como tú? —rio—. ¿Cómo?

—Voy a viajar por todo Hyrule. Podría hablar de vosotros. Tengo gran influencia en los líderes de las demás razas.

Lo último era una verdad a medias, pero Karud no tenía por qué saberlo.

—Ese truco no va a funcionar conmigo, niña.

—Bueno, supongo que sí te crees lo de nuestro viaje, ¿verdad?

—Eso sí me lo creo —replicó—. Pero es imposible que alguien tan joven como tú tenga influencia en los líderes de las demás razas. Ni siquiera creo que los conozcas.

En eso tenía razón. No sabía ni sus nombres.

—Mi padre fue un hombre muy... importante.

—¿Y quién es tu padre, si puede saberse?

Lo miré a los ojos. No debería haber dicho eso. Ahora no tenía escapatoria.

—Da igual —murmuré—. No sabrías de quién hablo.

—Entonces no fue tan importante.

Aquello me hizo daño, no iba a negarlo. Pero no pensaba mostrárselo. De modo que tomé aire y alcé la vista de nuevo, intentando parecer indiferente. Tenía experiencia en eso, por suerte.

—Podría conseguir gente —dije—. Yo también quiero ayudar. Hablaría de vuestra causa en todas las aldeas que visitara. Les pediría que se uniesen a vosotros. No sé cuántos se unirían al final, pero habría más de los que hay ahora, de eso estoy segura.

»Cuando nuestro viaje termine, podríamos mandar cartas a todas las regiones de Hyrule. Aquellos que deseen unirse vendrían. Y podríamos empezar a reconstruir. Empezar de verdad.

—¿Y por qué tendríamos que esperar por vosotros? —inquirió él con una ceja alzada.

—Porque a vosotros no os conocen. Me seguirán a mí.

Se me quedó mirando durante un largo rato. Quise pensar que estaba considerando las opciones, y no buscando la mejor manera de deshacerse de todas.

—¿Por qué debería confiar en ti, niña? —dijo al final.

—No tienes por qué —contesté simplemente—. ¿Por qué tendría yo que confiar en ti para reconstruir? Ni siquiera te conozco. Acabo de enterarme de que hay una compañía de construcción en Hyrule. ¿Sabes por qué confío?

No le quedó más remedio que negar con la cabeza.

—Porque tengo esperanza. La he tenido durante mucho tiempo. Link dice que eres de fiar. —Mentira—. Tú y tu compañía. Y yo me fío de Link. Si trabajamos todos juntos, estoy segura de que algún día las cosas irán mejor.

Él no dijo nada. Me temí lo peor. ¿Habría sonado demasiado extraña? ¿Demasiado a noble estirada? ¿Creería que estaba loca?

—Link es un buen muchacho —suspiró—. Me fío de él. Si está contigo es porque se fía de ti también. Así que te creeré. Por ahora. Dejaré que busques gente. Al fin y al cabo, cuantos más, mejor.

—¿De verdad? —dije, incrédula, y él asintió.

—De verdad. No me falles, jovencita.

—No lo haré —murmuré, pero él ya me estaba cerrando la puerta de su casa en la cara.

Tuve ganas de reír y llorar al mismo tiempo. Y también de gritar. No pensaba gritar; la gente me oiría y quedaría en vergüenza. Pero algo cálido me recorrió de arriba abajo, y sonreí. Había dado un paso. Era el primero y era pequeño, pero seguía siendo un paso.

Regresé a casa, aún sonriendo. Link todavía estaba dentro. Mientras cerraba las bolsas de viaje, me acerqué con sigilo. Él se dio cuenta de mi presencia, como era de esperar, y, justo cuando iba a darse la vuelta, le di un beso en los labios. Pareció sorprendido por un instante, aunque me lo devolvió enseguida.

Seguía sin poder creer que todo aquello fuese real. Que las cosas que me había dicho el día de su cumpleaños fueran reales. Me quería. Eso había dicho. Y luego lo había besado; me había tragado el estúpido orgullo y me había dejado llevar por una vez. Había descubierto entonces que me gustaba besarlo. Me gustaba decirle que lo quería, y lo hacía siempre que tenía ocasión, para compensar todo el tiempo que el destino nos había robado. Me gustaba saber que era recíproco.

Al principio había sido raro. No sabía cómo actuar a su alrededor, y saltaba a la vista que él tampoco. Sin embargo, poco a poco habíamos ido aprendiendo. Ahora sabía que le gustaba que lo besara con ganas. Él solía ser quien iba más despacio. Sabía que le gustaba que le acariciara el pelo por las noches, justo antes de dormirse. Y también sabía que le gustaba oírme leer un libro en voz alta.

—¿Qué te pasa? —me preguntó al separarse—. ¿Por qué estás tan contenta?

—¿No puedo estarlo? —repliqué, y me dispuse a ayudarlo con las bolsas de viaje.

—¿Dónde estabas?

—En los establos.

Odiaba mentirle, pero no tenía tiempo de explicárselo todo. Ya encontraría un momento mientras estuviéramos en los caminos.

Fuimos hacia lo establos. Viento y Calabaza ya estaban ensillados.

—¿Has sido tú? —quiso saber Link, examinando la silla y la brida de Viento.

Asentí, orgullosa, y él sonrió.

—¿No te lo esperabas?

—No es eso. No sabía si te acordarías.

Puse lo ojos en blanco

—Claro que me acuerdo.

—Ya veo.

Mientras le daba una última caricia a Viento, yo decidí sacar a Calabaza de los establos. La guié por las riendas y di un paso. Pero el animal no se movió. Me di la vuelta con el ceño fruncido, y descubrí que seguía en su cuadra.

—¿Qué te pasa? —murmuré, acercándome. Rocé su crin plateada con cuidado—. Tú no eres así.

Calabaza nunca me había hecho eso. Me había parecido un animal tranquilo, no como Nieve. Nieve era testarudo. Pero Calabaza... Calabaza jamás me había parecido testaruda. Pese a todo, aquella era la primera vez que hacía un intento de montar. Tal vez debería haber pasado más tiempo con ella, como Link hacía con Viento. Tal vez debería haber practicado.

Hice un ademán de moverme otra vez, pero Calabaza apenas se inmutó. Link se acercó a mí y examinó a Calabaza.

—¿Qué le pasa? —le pregunté—. Calabaza nunca se había comportado así.

—Es un caballo salvaje, ¿recuerdas? —dijo simplemente—. Tiene que acostumbrarse.

—¿Acostumbrarse a qué?

—A ti. A que montes. A que la guíes.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo hago eso?

Vi que sonreía.

—A lo mejor tienes que ser más delicada.

Lo observé, incrédula. ¿Todavía se acordaba de eso? Diosas, siempre encontraba alguna forma de devolver cada uno de mis golpes. No tenía ni idea de cómo lo hacía.

Di otro tirón, esa vez con más fuerza. Link se dio cuenta y me dirigió una mala mirada, aunque Calabaza se puso en marcha. Sentí una punzada de culpabilidad.

Un instante después, estaba a mi lado, tirando de las riendas de Viento.

—Tiene que acostumbrase a ti —me dijo—. No le hagas eso.

No dije nada, porque sabía que tenía razón.

Solía tener comienzos duros con los caballos. Al principio Nieve y yo no nos habíamos llevado bien. Nos había tomado mucho tiempo entendernos. Y ahora Calabaza. Si no fuera porque Viento me quería, habría llegado a pensar que tenía una maldición. Link, por otro lado, tenía un talento especial para los caballos. Lo miré de reojo. Estaba segura de que ni siquiera le hacía falta tirar de las riendas. Viento lo seguiría de todas formas. ¿Cómo lo hacía?

"Ten paciencia", me dije. Link me habría dicho eso si se lo hubiera preguntado.

Cruzamos el puente. Miré hacia atrás y descubrí que la casa apenas era visible ya. Lo echaría de menos. Echaría de menos las mañanas tranquilas y silenciosas. También echaría de menos los atardeceres que habíamos visto juntos desde el jardín, mientras practicaba con el arco. Y luego estaban las noches. Cuando él me rodeaba con sus brazos sin mediar palabra. ¿Podríamos volver a hacer eso fuera de casa? Los caminos no eran tan cómodos, eso lo sabía por experiencia. Y, si íbamos a visitar aldeas, quizá no podríamos permitirnos ser descubiertos.

De hecho, no me había parado a reflexionar sobre eso. ¿Y si alguien nos pillaba? En realidad, no teníamos que escondernos de nadie. Ya no. Pero, aun así, sabía que enrojecería como una niña si alguien nos veía besándonos. Alguien como Impa. O Pay. Impa nos mataría. Y ya había pasado suficiente vergüenza con Prunia.

Ni siquiera lo había hablado con Link. ¿Qué querría él? ¿Le daría igual? Seguro que, si se lo preguntaba, se encogería de hombros y diría que no le importaba. Que hiciera lo que quisiera. A veces no lo comprendía.

Recorrimos la aldea en silencio. Era muy temprano, hacía frío, y el suelo estaba cubierto todavía por las brumas del amanecer. Había pasado mucho tiempo allí. Todo era simple y sencillo. Me había venido bien alejarme de los asuntos importantes durante unas semanas. Pero aquello también había llegado a su fin, por desgracia.

Si de mí dependiera, pasaría más días en aquel lugar. En casa, leyendo un libro junto a la chimenea, o viendo a Link entrenar con la espada. Solo unos pocos días más. Luego me marcharía. Pero no tan pronto. En ocasiones me parecía una eternidad pero, si lo pensaba bien, todavía era pronto. Demasiado, quizá.

Aparté la vista de la aldea y la clavé en el camino. Era incierto, oscuro, y estaba cubierto de una fina cortina de niebla. Pero las cosas habían cambiado, y sabía que Link cabalgaba a mi lado, así que no debía tener miedo. No lo tendría.

Hice que Calabaza se detuviera y me acerqué con cuidado. Acaricié su hocico, y el animal se dejó hacer.

—Si me monto —empecé en un susurro—, ¿me darás una coz? ¿O me tirarás al suelo?

No emitió ningún sonido. Me armé de valor y puse un pie sobre los estribos. Me impulsé con un gruñido muy poco propio de una dama. Al menos conseguí llegar a la silla sin armar ningún espectáculo. Todavía me sentía torpe, pero lo había hecho mejor que en ocasiones anteriores. Ese era mi único consuelo.

Calabaza empezó a revolverse con violencia. Relinchó, y yo me aferré a las riendas con fuerza, como si así pudiera detener la caída. Estuve a punto de gritar como una doncella asustada, porque el suelo estaba cada vez más cerca. O eso me parecía a mí.

Link se acercó de pronto y agarró las riendas también. Vi que le susurraba algo a Calabaza, no alcancé a oír el qué. Algo sobre manzanas, seguro.

Y su magia debió funcionar, porque poco a poco Calabaza se calmó. Dejó de resistirse por fin, y solo entonces caí en la cuenta de lo rápido que latía mi corazón. No recordaba la última vez que un caballo intentó tirarme al suelo. Tuvo que haber sucedido con Nieve, al principio.

—¿Te has hecho daño? —me preguntó él, buscando rastros de heridas.

—No —murmuré. Odiaba que mi voz temblara tanto—. No, estoy bien.

Miró a Calabaza. Todavía sujetaba las riendas.

—¿Quieres montar con Viento?

—No —respondí inmediatamente, con el ceño fruncido. No iba a dejarme acobardar con tanta facilidad. Y menos por un caballo—. Me quedo aquí.

Él suspiró.

—Zelda...

—No vas a convencerme. Es mi yegua.

Lo escuché maldecir.

—¿Por qué eres tan testaruda? —gruñó.

—No soy testaruda. ¿Por qué eres tú tan paranoico?

—¿Sabes qué? Da igual. —Soltó las riendas de Calabaza, y estuve a punto de pedirle que las sujetara otra vez, solo por si acaso. Pero me contuve—. Si te caes, no será culpa mía.

Montó de un salto y espoleó a Viento. El caballo obedeció sin relinchar ni revolverse, como había hecho Calabaza. Se adelantó unos pocos pasos.

Bufé algo para mí misma. Di un golpe seco con las piernas, pero Calabaza no se movió. Lo probé de nuevo, y no sucedió nada.

Suspiré, frustrada. El sonido de los cascos de Viento todavía me llegaba desde el camino. Iba muy despacio. Sabía que él no quería dejarme atrás.

—Vamos —susurré—, no seas así. No puedes quedarte aquí eternamente, ¿lo sabías? —Calabaza seguía sin moverse. Suspiré de nuevo—. Si me haces caso te daré una manzana en cuanto pueda. ¿Qué te parece?

Empezaba a parecerme a Link. Pero si había que aplicar medidas drásticas, se aplicarían.

Espoleé a Calabaza, y en esa ocasión se puso en marcha. Avanzaba con lentitud, pero aun así me sentí orgullosa.

No tardamos en alcanzar a Viento. Le dirigí a Link una sonrisa de suficiencia.

—¿Lo has visto? —le pregunté.

—Te ha costado un rato. Casi llego a la posta.

—Muy gracioso, Linky.

—Te llamaría Calabacita, pero creo que no es un buen momento.

Le dirigí una mala mirada.

El viaje sería largo, así que me puse cómoda en la silla. Lo más cómoda que podía estar, al menos. Todavía no sentía las piernas doloridas, pero sabía que al cabo de un rato comenzarían las molestias.

Mientras recorríamos el camino de Hatelia, nos cruzamos con varios viajeros. No había demasiados a aquella hora del día. Aun así, me alegraba ver que todavía se podía viajar. Que no vivían encerrados en sus casas por miedo a la sombra que cubría el castillo o a los monstruos que asolaban el sendero.

Link masculló algo sobre sus armas. Vi que muy pocos contaban con un simple cuchillo.

—Ya no hay tantos monstruos como antes —dije—. Supongo que se sienten seguros.

Fue a decir algo, aunque al final solo suspiró.

—¿Sabes? Nunca había visto a tanta gente en los caminos. No como ahora. Sé que hace cien años había muchos más, pero, bueno, tú ya me entiendes.

Asentí en silencio. Recordaba que, durante nuestro viaje a Hatelia, los caminos habían estado bastante transitados. No tanto como hacía cien años, por supuesto. En aquel entonces, no solo simples viajeros solitarios pasaban por allí, sino que carruajes, carromatos e incluso guarniciones de soldados recorrían los senderos constantemente. Siempre se oían gritos, voces, el tintineo de las armaduras y el quejido de las ruedas de los carros.

Ahora, sin embargo, había silencio.

—Al menos algo ha mejorado —dije.

Me alegraba de que, por muy despacio que fuera, todo estuviera mejorando. Era una buena señal.

Las brumas del amanecer no tardaron en dispersarse, y el frío fue reemplazado por el calor del sol de la mañana. Tuve que deshacerme de la capa.

Cabalgamos hasta mediodía, cuando Link quiso hacer una pausa para comer. Tomamos asiento junto a un grupo de rocas. Saqué una manzana de las alforjas —sabía dónde las guardaba Link— y se la tendí a Calabaza, tal y como le había prometido. Y el animal la aceptó sin emitir ningún sonido.

—¿Le estás dando manzanas? —dijo Link a mi lado, fingiendo sorpresa—. ¿Tú?

—Sí, yo. ¿Qué querías? No hay nada más, porque alguien está obsesionado con las malditas manzanas.

—Menos mal. Si no, tu yegua te odiaría.

Decidí no responder.

Link llevó a Viento y Calabaza a un arroyo cercano para que saciaran su sed. Luego se sentó de nuevo junto a mí.

—¿Vas bien? —me preguntó mientras rebuscaba algo en su bolsa de viaje.

—Sí.

—¿Quieres ir más despacio? Si quieres parar, solo tienes que decírmelo.

—¿Más despacio? —repetí con una carcajada—. Si vamos más despacio tardaremos años en llegar a la posta, Link.

—Me da igual —gruñó él—. Lo importante es que no te duela nada.

—Es inevitable. Llevo mucho tiempo sin montar.

Desvió la mirada.

—Pues al menos hasta que te acostumbres.

Me tendió un poco de pan y queso.

—Esta noche, tú cazarás la cena —anunció de pronto.

Estuve a punto de ahogarme con el agua.

—¿Qué?

—Que tú vas a conseguir la...

—Ya te he oído. Pero ¿cómo? Yo no sé...

—Sí lo sabes. Llevas semanas practicando.

—No tengo ni idea de cómo usar el arco, en realidad. No creo que sea tan buena.

—Lo eres —repuso él—. Aprendes rápido. Incluso más que yo.

—Así que ¿te he superado?

Resopló.

—He dicho que aprendes más rápido que yo, no que seas mejor.

—Oh, cierto. Ni en sueños llegaría a ser mejor que el Maestro Link en tiro con arco.

Masculló algo que no pude entender. Ninguno dijo nada durante un largo rato. Lo observé con atención mientras jugueteaba con la hierba.

—Tu padre era uno de los mejores arqueros del reino —le dije—. Una vez lo vi ganar un torneo. Incluso mi padre estaba impresionado.

—Lo sé —respondió—. Él fue quien me enseñó. Se le daba bien todo, pero eso era diferente.

—Seguro que tú eres mejor.

Sonrió un poco.

—No estoy tan seguro. —Empezó a rebuscar en la bolsa de viaje, y supe que iba a cambiar de tema—. Espero que consigas cazar, porque no he traído mucha comida.

Fruncí el ceño y le arrebaté la bolsa de las manos. Había pocas provisiones en el interior. Menos de lo que me había imaginado.

—¿Por qué hay tan poca...? —Alcé la vista, y me di cuenta de que sonreía. Aquello me hizo enfadar.

—Tendrás que conseguir comida —dijo, acomodándose contra la roca más cercana.

—Lo has hecho a propósito, ¿verdad? —Su sonrisa se hizo más amplia. Le asesté un codazo—. ¡No puedo creer que lo hayas hecho a propósito! ¿Y si no consigo darle a nada?

—Supongo que nos moriremos de hambre.

¿Cómo podía tomárselo tan a la ligera? Él llevaba toda la vida tensando la cuerda de un arco, pero yo había empezado hacía solo unas pocas semanas.

—No te preocupes —añadió—, yo lo destriparé todo por ti. Así no tendrás que hacerlo todo sola.

Hice una mueca y le dirigí una última mirada furibunda. Me puse en pie, sujetando la piedra sheikah.

—¿A dónde vas?

—Lejos de ti —mascullé, y lo escuché reír a mi espalda.

Me detuve en medio de la hierba, bajo el sol de mediodía. A veces miraba a mi alrededor y no podía evitar preguntarme cómo había sobrevivido sin todo aquello durante un siglo. Veía de nuevo al monstruo constantemente, en mis pesadillas. Sin embargo, a la mañana siguiente, apenas lo recordaba.

Incluso el tiempo que había pasado conteniendo al Cataclismo a veces me parecía solo un mal sueño. Y era lejano, muy lejano. Tampoco lo recordaba del todo. Solo sabía que había sido largo, doloroso y oscuro. El resto estaba borroso. No me apetecía acodarme de ello de todas formas, de modo que supuse que era mejor así. Dejarlo en el pasado, como una simple cicatriz más.

Divisé a Viento y Calabaza. No estaban muy lejos. Pastaban tranquilamente junto al arroyo. Alcé la piedra sheikah y me abrí paso hasta el módulo de imágenes. Apunté con cuidado y escuché un sonido metálico. Y luego, allí estaba. Una réplica exacta de lo que tenía frente a mí. Era fascinante; no había una sola diferencia. Una vez más, me pregunté cómo nuestros antepasados habrían sido capaces de crear una tecnología como aquella. Habíamos pasado años investigando, y esa era la única pregunta a la que jamás habíamos encontrado una respuesta clara.

Dejé que la piedra se apagara en mi mano y volví con Link, sujetando las riendas de los caballos. Calabaza avanzaba a regañadientes, mientras que Viento ni se inmutaba. Quizá tendría que quedarme yo con Viento y Link, con Calabaza. A él le daría menos problemas.

Link ya estaba recogiéndolo todo. Se cargó mi bolsa de viaje al hombro y la dejó en las alforjas de Calabaza.

—¿A dónde iremos ahora? —le pregunté.

—A la posta —respondió—. Pero, si quieres pasar la noche con los lobos, no hay ningún...

—No empieces otra vez —resoplé—. Vámonos ya. No quiero volver a dormir en un establo.

Él sonrió y montó. Yo intenté hacer lo mismo, pero Calabaza relinchó y se removió, así que decidí bajar de nuevo. Recordé lo que Link había hecho para calmarla y le acaricié la crin plateada con delicadeza mientras le susurraba.

—Nos llevaremos bien. Sé que esto no te gusta, y a mí tampoco, pero habrá que acostumbrarse. —Hice una pausa y miré sus ojos negros—. ¿Lo intentarás, al menos?

Traté de montar, y en esa ocasión Calabaza no relinchó. Se removió un poco, con menos violencia que antes, tal vez porque no estaba acostumbrada al peso. La espoleé, y no fue hasta el segundo intento que conseguí hacer que se moviera.

Le mostré Link a una sonrisa de suficiencia.

—Sin ayuda —dije.

Espoleó a Viento con una facilidad insultante, y fue su turno de sonreír.

Cabalgamos sin parar durante el resto del día. Me dediqué a disfrutar lo que me rodeaba. En ocasiones sacaba la piedra sheikah e intentaba capturar la imagen de aquello que me llamaba la atención. Pero iba a lomos de un caballo, y eso debía suponer algún tipo de problema, porque las imágenes se veían borrosas. Y no iba a parar y perder tiempo solo por tomar una imagen, por muy bonito que fuera el paisaje.

Ya era por la tarde cuando las torres aparecieron entre las copas de los árboles, y supe que nos acercábamos a la Muralla de Hatelia.

Me había olvidado de su existencia. De que tendríamos que cruzarla en algún momento. Sabía que era el único paso para poder entrar y salir de Hatelia, pero aun así los malos recuerdos no tardaron en regresar, uno tras otro. Hice todo lo que pude por mantenerlos lo más lejos posible. Sin embargo, a veces no era suficiente.

—Si quieres cerrar los ojos, yo puedo llevar a Calabaza —dijo Link de pronto, y la estructura medio derruida de la muralla ya se alzaba sobre nosotros.

Me lo pensé un momento.

—No —repliqué con sorprendente firmeza—. Quiero verlo esta vez.

Él vaciló, aunque al final asintió y siguió avanzando.

La sombra de la muralla nos cubrió mientras la cruzábamos. Seguía estando como en el Gran Cataclismo. Incluso los arreglos apresurados y desesperados de los soldados que habían luchado allí un siglo antes seguían en el mismo sitio, como si nadie se hubiera molestado en tocarlos. Como si a nadie la importase. ¿Por qué no lo habían reconstruido? Era una muralla, una de las más importantes de Hyrule. La recordaba muy bien, siempre llena de vida. Llena de soldados, de viajeros que cruzaban el paso. Siempre había tiendas en la Llanura de Mogur. A veces tanta gente quería cruzar que se formaban filas interminables, y algunos tenían que pasar la noche allí.

Mi padre y yo habíamos ido de visita en numerosas ocasiones. Era un símbolo más del poder de Hyrule.

Y, sin embargo, ¿qué quedaba ahora de todo aquello?

Ruinas, ceniza y un montón de cuervos. Y todo porque nadie se había molestado en reconstruir.

Y luego estaban los guardianes. Yacían en medio de la llanura, y ya ni siquiera tenían un mínimo parecido con lo que habían sido cien años antes. Ahora solo eran piedra gris y muerta, como todo lo demás. Si me esforzara, podría distinguir el lugar donde Link había muerto entre mis brazos. No estaríamos muy lejos del sitio justo. Me pregunté a cuántos de aquellos guardianes habría derrotado Link aquel día. Y también a cuántos habría derrotado yo.

Contemplé mis manos, esperando verlas brillar. Nada sucedió, como de costumbre.

Por suerte, cruzamos aquel páramo desolado más rápido de lo que había esperado. Viento relinchó de pronto, y vi que Link desmontaba de un salto. Se dispuso a calmarlo de la misma forma en que lo había hecho con Calabaza.

—¿Qué le pasa? —pregunté al tiempo que desmontaba también y me acercaba a él.

—No le gustan los guardianes —respondió Link—. No le tiene miedo a ningún otro monstruo, pero los guardianes tienen algo que no le gusta.

Rocé su hocico con cuidado, y Link le ofreció una manzana.

—Pero esos están rotos. Desactivados.

—No importa. Le siguen dando miedo

No pude evitar comprenderlo. A mí también me daban miedo. Me acerqué a uno y, despacio, puse la mano sobre su cuerpo metálico. Estaba frío. Esperé unos instantes, conteniendo el aliento, pero no sucedió nada. El guardián permaneció quieto, sin mostrar señales de vida. Cuando aparté la mano, vi que tenía los dedos cubiertos de polvo y ceniza. Me los limpié en los pantalones de montar.

Retomamos el camino en silencio. Ninguno dijo mucho más.

Llegamos a la posta al atardecer. Para entonces, Link parecía estar de buen humor. Por suerte en esa ocasión sí había espacio para nosotros, y conseguimos dos camas sin problema alguno. Dejamos a los caballos en los establos, y luego él me miró, sonriente. Me tendió su arco sin mediar palabra.

—Hay un bosque cerca. No te alejes mucho.

Me quedé muy quieta por un instante, aunque acabé aceptando el arco, y después el carcaj. Él se alejó y tomó asiento junto a la pared exterior de la posta, mirando hacia el bosque. De pronto, el arco parecía más pesado que de costumbre.

Me alejé con lentitud, insegura. El bosque no estaba muy lejos, tal y como Link había dicho. Miré hacia atrás y vi que él también me miraba desde la posta. Seguí avanzando, sin saber qué buscaba exactamente.

Divisé un pájaro cerca de donde me encontraba. No sería suficiente para los dos, pero supuse que serviría. Fui a esconderme tras un arbusto; sin embargo, pisé una hoja seca, y el crujido resonó por todo el bosque. El pájaro echó a volar, perdiéndose entre las copas de los árboles.

Maldije para mis adentros y me obligué a continuar.

Me pregunté por qué Link no habría venido conmigo. Podría haberme ayudado. Siempre me ayudaba y me daba consejos cuando me enseñaba cosas; cuando me enseñó a tirar con el arco y a cocinar. Sin embargo, ahora se había alejado, como si aquello fuera una prueba.

Tal vez lo fuera.

Vislumbré un conejo en el claro del bosque. Eso era mejor que cualquier pájaro. Sería suficiente para los dos, y podría regresar a la posta y mostrárselo a Link. Luego lo regañaría hasta que él se disculpara.

Me agazapé tras un arbusto, silenciosa como una sombra —o eso quería creer—. El conejo no pareció oírme. Saqué una flecha del carcaj y cargué el arco, sin emitir un solo sonido.

Tomé aire, tal y como Link me había aconsejado en cierta ocasión, y tensé la cuerda. La llevé hasta mi mejilla. Apunté y recé por que el disparo fuera certero. Esperé unos instantes más, y luego solté la cuerda.

La flecha cruzó el bosque silbando y se clavó en el suelo cubierto de hojas, sin siquiera rozar al animal.

En esa ocasión, maldije en voz alta, porque ya daba igual. El conejo había huido. Quizá el problema era que todavía no estaba preparada. Quizá Link se había equivocado. O quizá, simplemente, yo no servía para esas cosas.

Traté de disparar a varias palomas más, porque no encontré nada mejor. No obstante, todos mis intentos acabaron en fracaso. Y, cuando miré el cielo, vi que ya estaba oscuro e incluso las primeras estrellas habían aparecido. Decidí regresar a la posta.

Link no se había movido de su sitio. Sabía que llevaba toda la tarde allí, esperándome. Vigilante. Me dejé caer a su lado sin mediar palabra. El arco quedó olvidado en el suelo.

—¿Nada?

—Nada —suspiré.

Para mi sorpresa, él sonrió. Iba a preguntarle qué le hacía tanta gracia, pero entonces él recogió el arco y el carcaj y empezó a rebuscar en su bolsa de viaje. Sacó algo de pan duro.

—¿Solo tenemos esto?

Su sonrisa se hizo más amplia.

—¿Qué esperabas? Sé que tú puedes conseguir comida.

—No, no puedo —le espeté—. No le he dado a nada.

—Pues tendrás que seguir intentándolo —repuso con la voz llena de calma—. Es lo que haría yo.

Guardé silencio después de eso.

Al parecer, Link ni siquiera se había molestado en pagar por una cena caliente. Contemplé los cuencos humeantes que sostenían el resto de viajeros y suspiré, masticando el pan duro. A Link no parecía importarle. Llevaba un rato contemplando las estrellas.

No tardé en decirle que me iba a dormir. Él asintió, aprovechó que estábamos en un rincón oscuro para darme un beso que me dejó mareada y luego sonrió una última vez antes de que me marchara. Lo oí decir que él también se iría a la cama pronto, pero apenas fui capaz de responder. Tenía ese estúpido efecto a veces.

Me arrastré hasta el interior de la posta, con las piernas y los brazos entumecidos. Seguro que Link me obligaría a salir a cazar al día siguiente. Me descubrí sintiendo una súbita determinación. No iba a cenar pan duro otra vez. Conseguiría algo, aunque fuese una ardilla.

Aquella noche, tuve otra pesadilla. Cuando me desperté, ni siquiera la recordaba. Solo sabía que todo estaba oscuro, y que las lágrimas corrían rápidamente por mis mejillas, empapando las mantas.

Los ronquidos me recordaron que no estaba en casa. Intenté ahogar los sollozos. Busqué a Link con la mirada, pero era imposible ver nada en medio de la oscuridad. Me hice un ovillo bajo las mantas, dispuesta a regresar a las pesadillas. Y entonces distinguí un brillo en medio de la negrura. Me moví entre las mantas para verlo mejor, y descubrí que se trataba de la Espada Maestra. Link debía estar cerca, al menos. Eso me aportó algo de consuelo.

Estiré el brazo para rozar la espada. Solía estar fría y muerta siempre que la tocaba, pero en esa ocasión me pareció sentir algo de calidez. El espíritu seguía estando allí, después de todo. Sabía quién era yo. Se lo agradecí en silencio.

Me mantuve despierta hasta el amanecer. La luz grisácea ya casi lo iluminaba todo cuando percibí movimiento en la cama que tenía al lado. Era Link. Me moví un poco, y eso fue suficiente para que él supiera que yo también estaba despierta.

Se acercó a mí al cabo de un rato, cuando ya estaba listo para partir de nuevo.

—¿Qué haces despierta tan temprano? —me preguntó en voz baja, sentándose en el borde de la cama.

Me encogí de hombros.

—No podía dormir.

Él se me quedó mirando un momento y luego suspiró. Me apartó un mechón de pelo enmarañado del rostro

—¿Una pesadilla?

Vacilé un instante, aunque después asentí despacio.

—¿Por qué no me lo dijiste anoche?

—No veía nada. No sabía dónde estabas.

—Dejé la Espada Maestra muy cerca para que supieras dónde estaba yo.

—Oh.

Sus dedos ásperos rozaron mis mejillas. Contuve un estremecimiento y cerré los ojos.

—La próxima vez, ¿me lo dirás?

—Está bien —respondí de mala gana.

Él pareció satisfecho con eso.

—Tenemos que irnos ya —me dijo. Fui a quejarme, pero él prosiguió—: Hoy pasarás tu primera noche con los lobos.

Quise preguntarle a qué se refería, pero él ya se había marchado. Me vestí rápidamente y me dirigí a los establos. Sabía que Link estaba allí. Y, como de costumbre, no me equivocaba.

—¿A qué te refieres con lo de los lobos? —inquirí, plantándome frente a él con el ceño fruncido.

Sonrió.

—Ya lo verás. Será divertido.

Me tendió unos cuantos frutos, y yo los examiné con el ceño fruncido.

—¿Por qué no me dijiste que había más comida?

—Porque los he recogido hoy. Antes de que tú vinieras.

Lo miré con una ceja alzada.

—¿Son venenosos?

Link resopló.

—Sé cuáles son venenosos y cuáles no. Esos no lo son.

Me encogí de hombros y empecé a comer, porque la noche anterior me había ido hambrienta a la cama. No sentí nada después, así que supuse que no eran venenosas.

Cabalgamos durante todo el día. No nos encontramos con ninguna otra posta, de modo que tuvimos que apañárnoslas en medio del camino. Por suerte, el viaje transcurrió en paz. Logré tomar unas cuantas imágenes con la piedra sheikah, aunque estuviera a lomos de un caballo.

Incluso Calabaza parecía haberse calmado un poco. Seguía sin gustarle obedecer mis órdenes, pero quise pensar que era solo cuestión de tiempo.

Continuamos cabalgando hasta la hora del crepúsculo. Percibía las piernas doloridas y entumecidas, y sabía que Calabaza también necesitaba descansar. Le pedí a Link que nos detuviéramos para pasar la noche. Él asintió y fue a buscar un refugio. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que no dormiríamos en una posta. A eso se había referido con lo de los lobos. Tuve que contener un escalofrío.

Link encontró una cueva pequeña, aunque lo suficientemente grande para nosotros. Dejamos a los caballos fuera, junto al río. Después, él me tendió el arco y el carcaj. Yo los acepté sin dudarlo.

Y, cuando regresé un rato más tarde, cargando con un conejo, él pareció sorprendido.

—¿Qué? —le pregunté—. ¿No te lo esperabas?

Dejé el conejo en el suelo y me limpié la sangre de las manos.

—No es eso —replicó—. Pensé que tardarías más.

Sonreí orgullosa.

—¿Tú tardaste más?

—Mucho más.

—Eso significa que yo soy mejor.

Me dirigió una mala mirada.

Él empezó a despellejar el conejo, y yo miré hacia otro lado, aunque no había forma de escapar de los sonidos. Cuando anunció que había terminado, encendió un fuego. Y, aquella noche, tomamos una cena caliente.

—Dame las gracias —le dije mientras comíamos.

—Tú me darás las gracias a mí cuando vengan los lobos —masculló él.

—No hay lobos en esta parte de Hyrule.

—Yo pensaba lo mismo. Hasta que los vi.

Iba a decirle que era mentira, pero no conseguí encontrar las palabras.

Al cabo de un rato, me arrebujé en la capa y me hice un ovillo en el suelo, entre las mantas. Hacía demasiado tiempo desde mi última noche al raso. Traté de prestar atención al crepitar del fuego para calmarme, pero no podía cerrar los ojos. Todavía no.

Vi que Link hacía lo mismo que yo, acomodándose en el suelo, al otro lado de la hoguera.

—¿No vas a pasar la noche montando guardia? —le pregunté.

Él me miró a través de las llamas.

—¿Sigues despierta?

—Sí.

Lo oí suspirar.

—No voy a montar guardia porque aquí no hay monstruos.

—¿Ah, no?

—No.

—Pero tú dijiste que hay lobos.

Sonrió un poco.

—¿Eso dije?

Asentí entre las mantas.

—Pues si viene algún lobo, tendrá que vérselas conmigo —dijo con un bostezo, y luego cerró los ojos.

Empecé a sentirme muy sola de pronto. Sabía que era una tontería; Link estaba al otro lado del fuego, y la Espada Maestra era visible desde donde me encontraba.

¿Y si Link había tenido razón y una manada entera de lobos vivía cerca de la cueva? ¿Y si un grupo de monstruos salvajes decidía acercarse a nuestro refugio? Me daría cuenta demasiado tarde y no podría despertar a Link a tiempo.

Estaba comportándome como una niña asustadiza. No había lobos en Necluda.

El suelo era incómodo. Rodé sobre las mantas para buscar una posición mejor, pero lo único que conseguí fue hacer que las piedrecitas se clavaran en mi piel. Contuve un quejido y volví a la posición anterior. Al día siguiente me dolería todo otra vez.

Al otro lado de la cueva, él ya se había dormido. Alcanzaba a oír su respiración lenta y acompasada. ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo podía conciliar el sueño estando rodeado de lobos y monstruos y las Diosas sabían qué más?

"Está acostumbrado a dormir a la intemperie", razoné. ¿Cómo no iba a sentirse a salvo allí? Pero yo había estado fuera mucho tiempo, y tenía que acostumbrarme a pasar las noches al raso.

Al cabo de una eternidad, llegué a la conclusión de que era incapaz de dormirme. Lo intenté todo. Escuché los sonidos del exterior; el susurro del viento al rozar las hojas de los árboles; el canto de los grillos y el lejano rumor del río.

Un ruido rompió la armonía de forma brusca. Era escalofriantemente parecido al aullido de un lobo.

"Son imaginaciones mías. Solo eso."

Sin embargo, de pronto me descubrí a mí misma de pie. Me deshice de la capa y deslicé una manta sobre mis hombros. Caminé de puntillas hasta el otro lado de la cueva, donde estaba Link.

Lo último que quería era despertarlo, de modo que me tendí junto a él con todo el sigilo que fui capaz de reunir y me cubrí con la manta. Pese a mis esfuerzos, él reaccionaba ante el más mínimo roce.

—¿Hay lobos? —me preguntó sin siquiera abrir los ojos.

—No —respondí—. Siento haberte despertado.

Gruñó algo que no pude entender. Percibí su brazo sobre mi cintura, y luego me atrajo en su dirección.

—¿No puedes dormir?

Negué con la cabeza mientas me acurrucaba contra él.

—Te he asustado con lo de los lobos, ¿verdad?

—No —mentí. Acabé arrepintiéndome y añadí—: Solo un poco.

Esperaba que se riera, pero lo que hizo fue darme un beso en la frente.

—Lo siento. Te juro que aquí no hay lobos ni monstruos.

—¿De verdad?

—He dicho que te lo juro.

—Está bien. Te creo.

Él me besó de nuevo en la frente y me arropó con sus propias mantas. No tardó mucho en volver a dormirse, y yo también debí dormirme en algún punto de la noche porque lo siguiente que vi fueron los rayos de sol colándose por la entrada de la cueva.

Link ya no estaba a mi lado, pero su olor a Hyrule aún me rodeaba. Él se encontraba junto a las ascuas del fuego que habíamos encendido la noche anterior, rebuscando algo en su bolsa de viaje.

—Buenos días —murmuré al tiempo que me incorporaba.

Él alzó la vista en mi dirección y sonrió. Sacó un puñado de nueces de su bolsa.

—Estaba esperándote para desayunar.

Me froté los ojos y tomé asiento junto a él. Solo entonces caí en la cuenta de que estaba envuelta en su capa. Por eso olía a Hyrule.

—Toma —dije mientras apartaba la capa de mis hombros,

—No —murmuró—. Quédatela. No la necesitaré por ahora.

—Pero...

—Hazme caso.

Resoplé, pero no seguí insistiendo. ¿Para qué quejarme? En el fondo me gustaba.

Me tendió unas cuantas nueces.

—¿Has podido dormir?

Me encogí de hombros.

—Más o menos. —Me sentía como si hubiera pasado la noche entera en vela, pero eso no se lo dije—. ¿Y tú? ¿Cómo lo haces?

—¿Cómo hago qué?

—¿Cómo puedes dormir del tirón estando en medio de... de todo esto?

—No lo sé. Supongo que me habré acostumbrado.

—¿Me acostumbraré yo también?

—Claro que sí. En unos días te habrás acostumbrado a esto. —Lo observé, poco convencida, y él debió darse cuenta, porque añadió—: Te lo prometo.

—Está bien —suspiré—. ¿Cuántos días quedan para llegar a la Región de los Zora?

—Muchos.

—¿Muchos?

Él resopló.

—Sabes que tenemos que recorrer medio Hyrule para llegar hasta allí, Zelda.

Me acerqué a mi bolsa de viaje y saqué la piedra sheikah. Había confiado en que Link sabría guiarnos por los caminos, de modo que no había estado usando el mapa.

—Hay dos caminos —observé. Él se acercó a mí para echar un vistazo—. Este y este de aquí. Uno es más largo que el otro. ¿Cuál elegiremos?

Se encogió de hombros.

—Yo iría por el corto. Nos llevaría menos tiempo, y no habría que cruzar la Llanura de Hyrule.

Mi corazón dio un vuelco al percatarme de aquel detalle. Estaba en lo cierto; la ruta surcaba la extensa porción del mapa cercana al castillo para luego torcer hacia el este.

—¿Y si vemos a esos constructores de los que nos hablaron en Hatelia?

Su ceño se frunció de manera casi imperceptible. Casi.

—¿Están reconstruyendo la Llanura de Hyrule?

—¡Claro que sí! ¿Qué otra cosa iban a reconstruir?

—No lo sé.

—¿Qué no sabes? —inquirí, y en esa ocasión fui yo quien frunció el ceño. Él clavó los ojos en los míos. Me dirigió una de aquellas miradas con las que pretendía que yo adivinara sus pensamientos. Pero me negué a leer su rostro—. Oh, no, Link; no te calles ahora. Dime lo que tengas que decir.

Él suspiró. Apartó la vista y cogió un palo del suelo. Empezó a remover las ascuas del fuego. Me limité a esperar a que se dignara a responderme. Algo se removía en mi interior, algo que me gritaba que lo zarandeara por los hombros para hacerlo hablar de una buena vez.

—¿Es por las ruinas? —pregunté—. ¿Crees que no podré soportar verlas?

—No. Sabes que no es eso, Zelda.

—Tenemos cicatrices, ¿recuerdas? Tenemos muchas cicatrices. Tú mismo lo dijiste. Ver las ruinas me dolerá tanto como a ti.

Debí agotar su paciencia, porque alzó la vista de forma brusca.

—Lo sé. Lo sé muy bien. No me refiero a eso.

—¿Entonces a qué demonios te refieres?

—¿Quién te dice que estén reconstruyendo las ruinas de la Llanura de Hyrule o la Ciudadela? Ni siquiera han levantado la Muralla de Hatelia. Quizá hayan empezado con pequeñas aldeas donde puedan vivir, porque eso es lo que necesitan. No necesitan un castillo, o una muralla tan alta como los molinos de Hatelia. Lo que necesitan de verdad es un hogar, Zelda. Un lugar donde dormir, donde criar a sus hijos y estar en paz. Así que supongo que empezarán por ahí. Es lo que yo haría.

Lo observé con los ojos muy abiertos, incapaz de pronunciar palabra.

—¿De verdad harías eso? —susurré.

Él suspiró.

—Te educaron de forma diferente. Diosas, eres una princesa. Pero imagina que no eres noble. Que vives en una casa pequeña en Hatelia. Tus únicas preocupaciones son que la cosecha no se pierda y tener comida para tu familia. ¿Querrías reconstruir un castillo que está a miles de leguas de tu hogar? ¿O preferirías levantar una aldea más segura, que esté en un lugar mejor? Piénsalo bien.

Quise decir algo. Quise responder a su pregunta de inmediato. No era tan difícil.

¿Cómo no iban a reconstruir el castillo? Tenían que hacerlo. Era la capital del reino. El lugar más importante. El corazón de Hyrule. Todavía podía recordar con claridad su aspecto cien años atrás. Siempre llena de vida, siempre alegre y repleta de todo tipo de gente.

Intenté pensar como una plebeya. Como alguien normal.

Y entonces descubrí que, en realidad, Link tenía razón.