LINK

Por un momento, pareció confusa. Temí haberme explicado mal. Seguro que era culpa mía. Solía pasarme. Y lo había soltado todo muy rápido, casi sin pensar, así que no me sorprendería que no lo hubiera entendido. Fui a disculparme e intentarlo otra vez, pero entonces su expresión cambió de golpe. Frunció el ceño y asintió despacio.

—Es verdad —murmuró—. Tienes razón. Nada de eso me importaría.

—No es que no te importe —aclaré—. Es solo que...

—No —dijo, interrumpiéndome—. Lo entiendo. Ahora lo entiendo.

Su voz sonaba extrañamente vacía. Como si le faltara algo. Agarré su mano, intentando que me mirara.

—Es... es algo más o menos lógico.

—No es más o menos lógico, Link. Es lo lógico. El problema es que yo no me he parado a pensar en los demás.

—Sí lo has hecho, Zelda.

—No —me espetó—. No lo hacía. Si hubiera pensado en lo que mi... el pueblo realmente quiere, no estaríamos teniendo esta conversación. No lo niegues, porque sabes que es verdad.

Era tan idiota que guardé silencio. Quise decir algo más, pero las palabras me evadían. Sabía que Zelda se tomaría mi silencio como una forma de darle la razón. Y, por una vez, no la tenía. No de verdad.

La oí suspirar.

—Por eso te necesito aquí —dijo de pronto—. Tú me ayudas con este tipo de cosas. Tienes otra forma de verlo todo.

—Veo las cosas de la misma forma que tú —repliqué.

Puso los ojos en blanco.

—No quiero discutir contigo ahora. Es demasiado temprano.

—No estábamos discutiendo.

Se acercó y me dio un rápido beso en los labios.

—Gracias —susurró—. Por ayudarme.

—No he hecho nada —mascullé.

Zelda no respondió. Se arrebujó más en mi capa y guardó silencio, pensativa. Hacía frío, pero no pensaba pedirle que me la devolviera. Ella la necesitaba más que yo. Sabía que no le gustaba madrugar; que solía estar de mal humor cuando se despertaba más temprano de lo normal. A mí, por el contrario, ya apenas me importaba. Con el paso del tiempo me había acostumbrado. Había aprendido que no era tan malo. Salvo cuando estábamos en casa y la tenía entre mis brazos. Entonces sí detestaba tener que mover un solo músculo.

Bostezó y apoyó la cabeza sobre mi hombro.

—Que no vayan a reconstruir el castillo ahora no quita que vayan a reconstruirlo en el futuro, ¿verdad? —me preguntó en voz baja.

Me lo pensé un momento. Cuánto me hubiera gustado saber en qué estaba pensando ella y
qué cosas le habrían hecho creer desde niña. ¿La habrían enseñado a gobernar siquiera? Por lo que sabía, el rey había estado demasiado ocupado en que ella dominara el poder sagrado antes del Cataclismo.

—No lo sé, Zelda—respondí, y estaba siendo sincero—. No pienses a lo grande, ¿vale? Todavía no. Todavía queda mucho por hacer. Iremos paso a paso.

Ahora era yo quien hablaba como uno de aquellos nobles de alta cuna.

—Paso a paso —repitió en un susurro.

Su humor ya estaría hecho pedazos por el resto del día, y yo no quise seguir empeorándolo. De modo que forcé una risita.

—Puedes montar con Viento y conmigo hoy —dije, moviendo el hombro para despertarla—. No quiero que te caigas del caballo.

Se incorporó al tiempo que se frotaba los ojos.

—No voy a caerme del caballo —masculló—. Solo estaba pensando.

Sabía que apenas había dormido la noche anterior. Esperaba no haberla asustado de verdad con lo de los lobos. No quería que dejara de viajar por mi culpa. Insistía en que sí había podido dormir, pero la había sentido moverse entre mis brazos durante un largo rato hasta que se quedó quieta por fin. No podía engañarme.

Zelda empezó a recoger sus cosas, y yo me dirigí al exterior. El día todavía estaba gris. Más tarde haría un calor abrasador, de eso estaba seguro. Ahora, sin embargo, hacía frío. Pero no pensaba quitarle mi capa a Zelda. No cuando parecía tan cómoda teniéndola alrededor de los hombros.

Me acerqué a Viento y Calabaza. Me aseguré de que hubieran comido y bebido y les ajusté las riendas. Rocé el hocico de Calabaza y contemplé sus ojos oscuros.

—Pórtate bien —le dije. Solía decírselo a Viento, pero le había llegado el turno a ella—. No des coces ni tires a nadie al suelo. ¿Entendido?

Le mostré una manzana.

—¿Ya la estás malcriando? —dijo Zelda al llegar a mi altura.

—No. Le estaba diciendo que no se meta contigo hoy.

Sonrió un poco.

—Eso va a ser difícil.

—Ya verás. Al final os llevareis bien.

Se atrevió a rozar a Calabaza. El animal no se apartó. Eso era buena señal. Al menos había algo de confianza.

—¿Cómo lo haces? —me preguntó con los ojos entornados.

—¿Cómo hago el qué?

—Lo de los caballos. ¿Cómo haces que te quieran? Yo soy horrible con ellos.

—No es que seas horrible —resoplé—. Tienen sentimientos, ¿sabes? Se dan cuenta muy rápido de lo que sientes.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Tienes que hablar con Calabaza —dije, y ella empezó a reírse. No sabía qué le resultaba gracioso; todo lo que estaba diciéndole era cierto—. Hablo en serio, Zelda.

—¿De qué puedo hablar con un caballo?

Me encogí de hombros.

—No lo sé. Hay muchas cosas.

—¿De qué hablas tú con Viento?

—Depende —respondí al tiempo que acariciaba la crin de Viento—. A veces le cuento lo que he hecho durante el día.

—Pues le cuentas más cosas a tu caballo que a mí —mascullé.

Sonreí a medias.

—Me paso el día contigo. ¿Quieres que antes de dormir te lo cuente todo?

Zelda puso los ojos en blanco, aunque no siguió discutiendo. Nunca admitiría una derrota, así que esa era su forma de rendirse.

Entré una última vez en la cueva para asegurarme de que no nos hubiéramos dejado nada y luego monté sobre Viento. Zelda ya había calmado a Calabaza y estaba a lomos del caballo. Espoleé a Viento, y ella no tardó en hacer lo mismo.

Por suerte, Calabaza no coceó ni intentó tirarla al suelo. Soltó un relincho en forma de protesta, pero eso fue todo. Zelda se aferraba con fuerza a las riendas. Le aseguré que Calabaza no trataría de hacerle daño, y aun así ella no soltó las riendas. Era como si, en caso de que Calabaza coceara otra vez, aquello fuera lo único que la ayudaría a quedarse sobre la silla. No quise explicarle lo equivocada que estaba. Si eso hacía que se sintiera mejor, yo no intentaría arrebatárselo.

Cabalgamos durante el resto del día. Todo estaba en calma, como de costumbre, pero no podía apartar los ojos del camino. De lo que nos rodeaba. Sabía que Zelda se reiría de mí si se diera cuenta, pero no podía controlarlo. Era un instinto más. Lo poco que quedaba de los días anteriores al Cataclismo. Nadie me quitaría esa estúpida costumbre. Ni siquiera Zelda sería capaz de hacerlo.

Sin embargo, ella misma era una distracción. Era hermosa, eso no podía negarlo nadie. Y tenerla a mi lado mientras recorríamos Hyrule era un sueño muy bonito para ser real. Intentaba concentrarme en el camino, pero entonces mi mirada se topaba con la suya, siempre llena de sorpresa al encontrarse con algo que llevaba mucho tiempo sin ver. Y luego solía sacar la piedra sheikah y guardar una de aquellas imágenes. Ojalá pudiera robársela y tomar una imagen yo mismo.

Ella estaría dentro, eso sin duda.

La miré de reojo. El sol jugueteaba con un su pelo dorado. El viento se lo desordenaba, aunque a ella parecía darle igual. A mí también. Seguía siendo perfecta. Y sus ojos verdes brillaban mientras ella lo examinaba todo. Me alegraba de haberla llevado conmigo de viaje.

Había ganado algo de peso durante aquellas últimas lunas, después de salir de Kakariko, y ya no parecía tan frágil. Supuse que el tiro con arco la había endurecido. Estaba más fuerte y tardaba más en cansarse. Todo había mejorado, a fin de cuentas.

Me obligué a mirar el sendero otra vez, porque me estaba distrayendo demasiado.

—¿Cuánto queda para llegar? —me preguntó entonces.

Me costó un poco, pero conseguí dirigirme a ella sin mirar sus labios perfectos.

—Cuatro días, con un poco de suerte. Tal vez cinco.

—¿Cinco? —repitió, boquiabierta.

Asentí, y ella suspiró.

—¿No hay ninguna forma de ir más rápido?

—No. Al menos yo no la sé. Y tenemos suerte. Solo somos tú y yo. Si viajáramos con un grupo más grande, podríamos tardar semanas.

—Lo había olvidado —murmuró con la vista clavada en las riendas del caballo—. Demasiado tiempo fuera, ya sabes.

Su voz sonaba apagada otra vez. Deseé poder decirle algo para animarla, pero ella pareció recuperarse por su cuenta. Antes de que yo pudiera encontrar las palabras adecuadas, Zelda ya estaba tomando imágenes con la piedra sheikah.

Tenía que infundirle ánimos. Sabía que, pese a estar más fuerte, todavía tenía que acostumbrarse a estar en los caminos otra vez. A Hyrule. Ella quería viajar, y cada vez se quejaba menos del dolor de piernas tras montar. Aprendía rápido. Pero nadie había dicho que fuera a ser fácil.

El cielo ya estaba teñido de violeta cuando llegamos a la posta. Zelda insistió en salir a cazar de nuevo, y yo la dejé marchar. Había un bosque en los alrededores, igual que en la posta anterior, así que podía verla desde donde me encontraba. Sabría si algo le sucedía. Ya no era mi trabajo, pero su seguridad seguía siendo lo más importante.

La posta estaba llena. No tanto como la primera a la que habíamos ido, tras abandonar Kakariko, pero la diferencia no era mucha. Al menos pude pagar por dos camas y también por espacio en los establos para Viento y Calabaza.

Tomé asiento en el exterior, junto a una cacerola. El fuego ardía debajo. Desde aquel punto podía ver el bosque. Divisé su pelo dorado entre las hojas de los árboles, y me dije que estaba bien. No creía que por allí hubiera monstruos, pero nunca venía mal prevenir.

Escuché risotadas ruidosas; había tres hombres sentados junto a una hoguera. Estaban cerca de mi rincón. No eran muy viejos, aunque sí parecían mucho mayores que yo.

—... la encontré en el castillo —escuché a uno decir. Los miré de reojo, y vi que se refería a su espada. Se trataba de un trozo de acero basto y en mal estado. Era viejo y enorme. Quizás en el pasado había sido uno de los mandobles que la guardia del rey solía usar, pero ahora estaba irreconocible—. O, bueno, la robé.

—Ahí ya no hay nada —dijo otro—. No es robar de verdad. Yo saqué una espada y un escudo una vez. Hasta he visto armadura. Quién sabe, quizás alguna de esas cosas perteneciera al elegido hyliano.

—No creo que las Diosas confíen lo suficiente en ti para mostrártelas siquiera.

Estallaron en carcajadas, y yo dejé de prestar atención.

Zelda no tardó en regresar. Estaba cubierta de tierra y barro, pero sonreía.

—Hoy he conseguido más —anunció con alegría. Me mostró dos conejos—. Tuve que intentarlo varias veces. El segundo era mucho más escurridizo. ¿Qué te parece?

Quise sonreír, pero estaba demasiado ocupado vigilando al grupo que teníamos al lado. Su conversación había muerto de pronto, justo después de la llegada de Zelda, y nos observaban con atención. Con demasiada atención, quizá.

Me fijé mejor en sus caras. Tal vez los conocía de algo. Sin embargo, no me sonaba haberlos visto jamás. Y, si lo había hecho, no me habían llamado la atención de esa forma. Y mucho menos a Zelda.

—¿Link?—murmuró ella sin comprender—. ¿Qué ocurre?

La miré de nuevo.

—Nada —dije simplemente—. Ven, siéntate aquí. ¿Tienes hambre?

Me dirigió una última mirada, y tuve que sonar convincente, porque no hizo más preguntas. Se limitó a obedecer y tomó asiento a mi lado, lo más lejos posible de aquellos hombres. La atraje más hacia mí y me dispuse a prepararlo todo.

—¿Qué te pasa hoy? —me susurró al oído—. Estás especialmente romántico.

Negué con la cabeza y le di un beso en la frente. Ella pareció sorprendida por un instante, aunque luego se relajó. Los hombres que estaban cerca de nosotros seguían en silencio.

—Siempre soy así —murmuré.

Zelda rio. Dijo algo más, pero apenas pude escucharlo porque entonces sentí como la Espada Maestra se removía. Susurró unas palabras con su voz fría, pero no pude comprender ninguna. Rocé la empuñadura con disimulo. Ahora solía llevar la espada a la cintura. Así, si Zelda montaba conmigo, no se haría daño por culpa de la vaina. Y también porque ya era más alto; el acero no iría dando tumbos contra el suelo.

—¿Link? —dijo Zelda de nuevo—. ¿Estás seguro de que no ocurre nada?

—Muy seguro —mentí. Otra vez. Odiaba mentirle. Pero era la única opción que me quedaba.

Su mirada permaneció clavada en mí durante varios instantes, y supe que ya sospechaba. No era tonta. Tenía que saber si algo iba mal.

—No tienes de qué preocuparte.

—Sí me preocupa.

Sentí movimiento a nuestro lado, y me aferré con fuerza a la empuñadura de la espada. Sus ruegos se hicieron más altos, más ruidosos, pero seguía sin poder entenderlos. Aquello me preocupó. No hacía cosas como aquella desde la derrota del Cataclismo.

Los hombres se detuvieron ante nosotros. Todavía sonreían.

—¿Sabéis dónde está el camino de Onaona?

Zelda frunció el ceño. Onaona apenas existía antes del Cataclismo. Nunca había estado allí, pero sabía algunas cosas sobre aquella aldea. Estaba en la frontera de Necluda y Farone, era pequeña y vivían de la pesca.

Zelda abrió la boca para responder, pero yo me adelanté.

—Onaona está cerca de Farone —dije—. Deberíais haber ido por el camino de Hatelia. Ya lo habéis pasado.

Ellos rieron. ¿Estarían ebrios? Zelda me observó confusa, pero no dijo nada.

—No somos de por aquí. ¿Tú eres de Necluda, muchacho?

Estuve tentado a decir que no, aunque acabé asintiendo.

—¿En Necluda hay buenos herreros? —inquirió uno. Tenía la barba gris y sucia, y era corpulento—. Ese acero es del bueno —añadió, señalando la Espada Maestra.

Contemplé la espada, y fue mi turno de mostrar confusión. Aflojé un poco el agarre. Tal vez solo fuesen entusiastas de las espadas. Sí, tenían que serlo. No todo el mundo era un enemigo. Zelda tenía razón. Me preocupaba demasiado.

—No —murmuré, y no estaba mintiendo—. Fue un... regalo.

—¿Un regalo? Muchacho, estoy seguro de que la gente de Necluda no puede permitirse todo ese...

—Cuentan con la aldea hyliana más grande de todo Hyrule —intervino Zelda, ofendida—. Creo que sí se lo pueden permitir.

No me gustó cómo la miraron después de eso. Había algo inquietante en sus ojos. En cada uno de ellos. Algo que no sabía descifrar.

—¿Crees que sabes muchas cosas, niña? —dijo uno.

Zelda solo se encogió de hombros. Pensé que la dejarían en paz tras aquello, pero continuaron observándola con atención. Como si estuvieran a la espera de algo.

—Vámonos —le susurré a Zelda, poniéndome en pie. Le tendí una mano. Ella pareció comprender, de modo que la aceptó y se quedó de pie, a mi lado.

—¿Tan rápido? Al menos enséñanos esa espada tuya antes.

Me recordaron a Nyel. Claro que Nyel no había mostrado intenciones tan siniestras con la espada. Solo curiosidad.

—No —murmuré. Fui a tirar de Zelda, pero entonces una corriente de energía me recorrió el brazo entero, el que aún tenía sobre la empuñadura de la espada.

Descubrí que uno de ellos haba tocado la Espada Maestra. Escuché al espíritu gritar, y el sonido retumbó en mi cabeza. Y luego Zelda dijo algo que no pude entender, y por último escuché un siseo extraño.

Un hombre se había quemado la mano. Supuse que aquel había tocado la Espada Maestra. Las quemaduras ya eran visibles, de color rojo brillante. La espada nunca había hecho eso. Era cierto que lo había probado con pocos, pero jamás había llegado a herir a nadie.

Él maldijo entre dientes y escupió a mis pies. Luego escupió a los pies de Zelda, y ese fue su error.

Escuché un sonido metálico. Fue fugaz y leve, pero lo reconocí al instante. Y después vi un destello y alguien dejó escapar un grito, pero yo fui más rápido. Mi hoja se encontró con la suya a medio camino.

Era fuerte, eso no podía negarlo. Sin embargo, la Espada Maestra era cien veces mejor que su trozo de acero viejo y oxidado. De modo que se apartó deprisa. No aguantó mucho.

Zelda estaba detrás de mí, y tenía los ojos muy abiertos. Me hubiera gustado decirle algo. Pero estaba demasiado ocupado vigilando sus espadas.

Ninguna volvió a cruzarse con la mía. Escupieron una última vez, y luego regresaron al interior de la posta. Caí en la cuenta entonces de que todos nos observaban, sumidos en un silencio sepulcral. Incluso el dueño de la posta se había asomado a la entrada.

Envainé la espada despacio, sin apartar los dedos de la empuñadura, y agarré a Zelda con la mano que tenía libre. Tiré de ella hasta los establos, lejos de las miradas.

Até las bolsas de viaje a las alforjas de Viento sin apenas pensar en lo que hacía. Alcé a Zelda en volandas hasta dejarla sobre la silla de Calabaza y di unos golpecitos para que avanzara deprisa. Monté sobre Viento y me apresuré a ir tras ella.

Nos alejamos de la posta sin mediar palabra. No hice que Viento fuera al galope, aunque faltó poco. Y Calabaza debió percibir la urgencia, porque no intentó resistirse ni cocear. No me atrevía a mirar a Zelda. No todavía. No sabía qué pensaría de todo aquello. Yo ni siquiera estaba seguro de mis propios pensamientos.

Cabalgamos hasta que oscureció. Seguíamos el camino hacia la Región de los Zora, pero no tenía ningún plan en mente. Lo único que quería era alejarme de la posta. Del chisporroteo que había escuchado cuando la Espada Maestra quemó la mano de aquel hombre.

La luna estaba ya muy alta en el cielo cuando me di cuenta de que Viento jadeaba. No quería imaginarme cómo estaría Calabaza. Y Zelda ya llevaba un rato durmiendo en la silla. Sentía las piernas rígidas, y ni siquiera la capa podía protegerme del frío. Me dije que nos habíamos alejado lo suficiente de la posta. Que allí no nos encontrarían. Miré hacia atrás, pero el camino estaba desierto. Lo único que se oía era el silbido del viento gélido y el canto de los grillos. Ni rastro de jinetes acercándose.

Encontré refugio en unas ruinas abandonadas. No recordaba qué habían sido en el pasado, y en aquel instante era lo que menos me importaba. Tenían techo y estábamos a cubierto del frío. Y de los viajeros que recorrían el sendero.

Desmonté y guié a Viento y Calabaza por las riendas. En aquella ocasión, no podría dejar que pastaran fuera. No podía arriesgarme a que nos vieran. De modo que tendrían que pasar la noche a cubierto, igual que nosotros.

Desperté a Zelda y la ayudé a bajar del caballo. Tenía las piernas demasiado entumecidas, así que cargué con ella hasta dejarla contra la pared de piedra de las ruinas.

Me senté a su lado, saqué mantas y encendí un fuego. El calor debió despertarla del todo. Se frotó los ojos y miró a su alrededor. Luego me miró a mí. Me bastó un simple vistazo para saber que estaba enfadada.

—Explícamelo —suspiró entonces.

Por unos instantes solo se oyó el canto lejano de los grillos.

—No puedo.

—¿Por qué has hecho todo eso?

—No lo sé.

—Lo de la mano —dijo—. ¿Has sido tú?

Vacilé de nuevo.

—No lo sé.

—¿Es que ya no sabes nada?

Suspiré, frustrado. Me dolía la cabeza. Los gritos y quejidos del espíritu aún resonaban en mi cabeza. Dudaba que fuera a olvidarlo algún día.

—¿Sabes qué? Da igual. —Zelda agarró varias mantas y se hizo un ovillo en el suelo—. Haz lo que quieras. A veces no te entiendo.

Lo cierto era que no estaba seguro de nada. La espada había empezado a gritar, pero no podía decirle eso. Pensaría que estaba loco. O, peor aún, no me creería. ¿Y cómo podía explicárselo, de todas formas? Ella debía saber que había un espíritu dentro de la espada. Pero quizá no me comprendía. No veía las cosas de la misma forma en que yo lo hacía.

Y aquellos hombres... Ellos habían desenvainado primero. Y habían tenido la vista clavada en Zelda. Iban a por ella. ¿Sabían quiénes éramos? ¿Tendríamos que huir otra vez, como en el Gran Cataclismo?

No, no podían saberlo. Nadie podía saberlo. Solo los sheikah, los zora, y los hylianos más ancianos, y de esos quedaban pocos. Habían sido muy jóvenes para recordar nuestro aspecto, de todas formas. Y aquellos hombres no tenían pinta de pertenecer a ninguno de esos grupos.

Quizá Zelda estaba en lo cierto. Quizás estaba siendo paranoico. Ella solía tener razón. ¿Por qué no iba a tenerla ahora?

Sin embargo, recordaba los gritos de agonía provenientes del interior de la Espada Maestra, y las dudas me asaltaban.

Las horas pasaron con lentitud. No se oía nada en el exterior. Por una parte sabía que no corríamos peligro, que nadie vendría aquella noche. Y, sin embargo...

Zelda se movió de pronto. Llevaba tanto tiempo quieta que estaba seguro de que se había dormido por fin. No obstante, allí estaba. Se incorporó sobre su montón de mantas y me miró con el ceño fruncido. Yo no me atrevía a decir nada. Se acercó a mí despacio y, justo cuando creía que iba a darme una bofetada, se acurrucó contra mi hombro y suspiró.

—Eres un completo idiota.

Sonreí un poco, porque no sonaba enfadada. No de verdad, como antes.

—Lo sé.

Se incorporó y me miró a los ojos.

—Dímelo —me susurró—. No lo entiendo, Link. ¿Por qué lo hiciste?

Opté por decirle la verdad. No tenía nada que perder. Solo pensaría que estaba loco. Pero era mejor eso que mentirle.

—La espada —murmuré—. Empezó a comportase de forma extraña.

Ella frunció un poco más el ceño.

—¿A qué te refieres?

—El espíritu o... lo que quiera que hay dentro... Me avisaba, Zelda. Suele hacerlo. Me avisa cuando hay algo malo.

—¿Te avisó también esta vez?

Asentí despacio.

—Y luego empezó a gritar. Cuando la tocaron. Nunca había hecho eso. Y más gente ha tocado la espada. Nunca los había quemado.

Zelda guardó silencio, pensativa.

—Tú conoces mejor al espíritu —dijo al final—. Mejor de lo que yo lo haré nunca. Que el poder se haya alterado es... preocupante.

—No se ha alterado —repliqué, interrumpiéndola—. Después volvió a la normalidad. Fue culpa de esos...

—Link, ¿crees que esos hombres eran peligrosos? ¿Peligrosos de verdad? No tenían pinta de monstruos. Solo tenían curiosidad. Eso es todo.

Quise decirle que nunca se estaba del todo seguro. Las apariencias solían engañar. Ella debía saberlo mejor que nadie. Y, aun así, allí estaba. Llevándome la contraria.

Tal vez tenía razón y el problema era mío. Ella era más inteligente de lo que yo lo sería jamás.

Así que guardé silencio, sin poder mirarla a los ojos. Ella suspiró y se apoyó en mi hombro de nuevo.

—No te enfades —susurró, tomándome la mano—. ¿Sabes qué creo? Que el problema es que te preocupas demasiado. Siempre lo has hecho.

Pues claro que lo creía.

—No estoy enfadado —murmuré.

—¿De verdad?

Asentí en silencio y la atraje más en mi dirección.

—Creo que deberías intentar preocuparte menos. Confía más en mí. No todo el mundo quiere hacernos daño.

—Lo sé.

Me dio un beso en la mejilla y, al cabo de un rato, se durmió por fin. Yo me pasé toda la noche despierto, sin importar lo que ella hubiera dicho. Solo por si acaso. Era una tontería, y cada vez estaba más convencido de que Zelda tenía razón, pero no podía evitarlo.

La desperté poco después del amanecer. Desayunamos algo del conejo que ella había cazado y luego volvimos a los caminos. Ninguno hablaba de lo sucedido el día anterior. Era como si nada hubiera pasado. Y la verdad era que lo prefería así. Era mucho más fácil. Incluso intenté olvidarlo. Había sido un error. Solo eso.

Había cosas más importantes.

Aun así, intenté a toda costa que no volviéramos a pisar una posta en lo que quedaba de viaje. Zelda no pareció darse cuenta y, si lo hizo, no dijo nada al respecto. Supuse que así al menos se acostumbraría a pasar noches a la intemperie.

Todavía le resultaba difícil dormir en medio de un bosque. Daba vueltas y vueltas hasta que al fin se rendía y se hacía un ovillo junto a mí. No me importaba. Era más que bienvenida.

—¿A dónde iremos mañana? —me preguntó varias noches después, mientras cenábamos.

Nos quedaba un corto trecho para llegar a la Región de los Zora. Zelda ya no parecía tan emocionada o ansiosa. Ahora solo veía nerviosismo. No tomaba imágenes con la piedra sheikah; en cambio, la veía pensativa sobre la silla de Calabaza. Me hubiera gustado saber qué la atormentaba, pero lo más probable era que no alcanzara a comprenderlo.

—Cruzaremos otro bosque —respondí—. También seguiremos el curso del río. Tal vez pueda enseñarte a pescar allí.

Siempre se le iluminaba el rostro cuando proponía enseñarle algo nuevo. Sin embargo, aquella fue una de las raras excepciones en las que solo asintió en silencio.

—¿Crees que me reconocerán?

—¿Quiénes?

—Los zora.

—Supongo que sí. A mí me reconocieron.

Zelda enmudeció después de eso. Lo último que quería era empeorar su humor, pero tenía que contárselo. Era mejor que lo supiera a que llegara al palacio y se encontrara rodeada de miradas hostiles y frías.

—Zelda, los zora... No esperes mucho de ellos.

Me miró sin comprender.

—¿Qué quieres decir?

Suspiré, buscando las palabras adecuadas.

—Muchos te reconocerán —dije al final—, pero no esperes que te traten como si fueras su nueva reina.

—¿Qué?

—Los zora..., bueno, los más ancianos... Ahora no les gustan los hylianos, Zelda. Nos detestan.

Pestañeó en silencio. Intentó decir algo y, por una vez, fue a ella a quien no le salieron las palabras. Entonces empecé a arrepentirme. En su rostro había aparecido una mueca de desesperación. Quizá había sido demasiado brusco.

—Solo quería que lo supieras antes de...

—Diosas —murmuró con los ojos muy abiertos—, ¿van a odiarme?

—No todos —aclaré—. Solo los más ancianos.

—Es por la princesa Mipha, ¿verdad? Tiene que serlo. Creerán que es culpa mía. Oh, Diosas, no estoy preparada. Habría sido mejor quedarnos en casa. Nadie se enteraría. ¿Es muy tarde para volver? Tengo que...

Mala señal.

—Zelda. —Ella calló al instante—. No digas tonterías. No todos te odiarán. El rey Dorphan me aprecia. Seguro que se alegrará de volver a verte. Está en deuda conmigo por lo de la Bestia Divina. Y el príncipe Sidon y los zora más jóvenes son amables con los hylianos. No tienes nada de lo que preocuparte.

Vi que tomaba aire. Cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, parte del pánico de antes había desaparecido.

—¿Lo dices en serio? —preguntó—. ¿O es solo para obligarme a ir?

—Nunca te obligaría a nada. Aún podemos volver a casa, si eso es lo que quieres.

Se lo pensó por un brevísimo instante.

—No. No quiero —dijo con sorprendente firmeza—. Tengo que hacer esto. No te he arrastrado hasta aquí para nada.

—No me has...

—¿Estás seguro de que el rey Dorphan no me odia?

—Estoy muy seguro.

Ella asintió despacio. Guardó silencio, pensativa.

—No van a hacerte nada —le dije—. No los dejaré.

—¿Vas a desenvainar la Espada Maestra contra ellos también?

Eso dolió, pero me esforcé por ocultarlo.

—No. Contra ellos no.

A menos que me dieran un buen motivo.

*

Pasaron dos días más. Luego llegamos a la Región de los Zora por fin.

Seguía estando tal y como la recordaba. La había visto decenas de veces, pero todavía me dejaba sin respiración. El cristal azul refulgía bajo la luz del atardecer, y el palacio se alzaba en medio de todo, alto e imponente. El murmullo de las cascadas nos llegaba desde donde estábamos.

Zelda lo observaba todo con los ojos muy abiertos. El nerviosismo y la angustia desaparecieron por un momento.

—Sigue igual que hace cien años —susurró—. No ha cambiado.

Inspiró hondo y echó a andar de pronto. Me apresuré a seguirla, y juntos cruzamos el enorme puente que llevaba a la ciudad. Habíamos tenido que dejar a los caballos en la posta más cercana. El camino de la Región de los Zora era estrecho y serpenteante. Los caballos no servirían de nada. Así que habíamos tardado más en llegar por haber avanzado a pie.

Zelda caminaba con paso firme. Hacía tiempo que no caminaba así. Ya apenas quedaba rastro de su nerviosismo. O, al menos, no dejaba que saliera al exterior. Pero yo la conocía, y sabía que no sentía tanta confianza como quería dejar ver.

Al final del puente había varios guardias. Me reconocieron y nos dejaron el paso libre. Miraron a Zelda con curiosidad, pero eso fue todo. Ella se había cubierto con la capucha. Aunque tampoco eran lo suficientemente ancianos para reconocer su aspecto, a fin de cuentas.

Nos adentramos en la ciudad. Más zora nos reconocieron y todas las miradas empezaron a posarse sobre nosotros. La confianza de Zelda empezó a disminuir, y sentí que sus dedos se aferraban a los míos con desesperación. Cogí su mano y me adelanté para guiarla hasta la entrada del palacio.

No nos detuvimos hasta llegar allí. Había más guardias apostados junto a las escaleras. Se nos quedaron mirando fijamente. Zelda no podía hablar, así que me armé de valor y carraspeé.

—Quiero... —No. Demasiado vulgar—. Solicitamos una... audiencia con el rey.

Uno de los guardias ascendió las escaleras. Desapareció de mi campo de visión al llegar arriba. Supuse que habría ido a hablar con el rey.

Zelda y yo permanecimos abajo, a la espera. Sus uñas se clavaban en la palma de mi mano, pero no me importaba. Si era lo que necesitaba, estaba más que conforme con ayudar.

—Irá bien —le susurré al oído—. Ya lo verás.

Ella asintió, temblorosa.

Un rato después, el guardia regresó a su puesto. Habló en susurros con su compañero y por último ambos se dirigieron a nosotros.

—Sois bienvenidos en las estancias del rey —dijo uno.

Nos dejaron el paso libre. Zelda se adelantó, vacilante. Tiré de ella con cuidado. Me lo agradeció en silencio, y luego avanzamos despacio, escalón a escalón, hasta llegar arriba.

Más guardias esperaban allí. Nos dejaron el paso libre, al igual que sus compañeros, y después accedimos al interior de la sala del trono.

Esperaba encontrarme al rey Dorphan, diez veces más grande que yo. Esperaba encontrar el gigantesco y majestuoso trono de los zora. Pero no había nada de eso.

El trono era pequeño, casi tanto como el que el rey Rhoam usaba antes, cuando Hyrule todavía era un reino. Y Dorphan no estaba sentado en él.

—¡Link, amigo mío! ¡Qué alegría volver a verte! Ha pasado mucho tiempo. No te quedes ahí. Pasa.

Sidon sonreía desde el trono. Di un paso más, y fue mi turno de vacilar. Seguía sin haber rastro del rey Dorphan. Zelda también parecía confusa. ¿Recordaría a Sidon, al menos? La última vez que lo había visto, él no podía haber sido más que un niño.

Zelda hincó la rodilla en el suelo de pronto, así que yo me apresuré a hacer lo mismo.

—Oh, no, alzaos. Odio esas tonterías.

Obedecí y miré a mi alrededor. Sidon no estaba solo. A su lado se encontraban Muzun y otros seis zora ancianos. La mayoría nos miraba con frialdad.

—¿Dónde está el rey? —me atreví a preguntar.

Escuché murmullos provenientes del grupo de ancianos. Algunos negaban con la cabeza, mientras que otros simplemente me fulminaban con la mirada.

—Yo soy el rey ahora —dijo Sidon. Su sonrisa era triste—. Mi padre se fue con las Diosas hace unas pocas lunas, me temo.

Aquello me dejó sin palabras por un instante.

—Yo... no lo sabía —murmuré.

—En realidad, nadie lo sabe. La noticia no ha salido de aquí.

—Porque el resto de razas no tiene ningún motivo para inmiscuirse en nuestros asuntos. Y menos aún los hylianos —intervino uno de los ancianos.

Sidon suspiró, pero no dijo nada.

—¿A qué se debe tu visita, Link? ¿Es por lo del castillo?

—¿Te... O sea... Os habéis enterado?

—Tengo exploradores alrededor de la región —contestó Sidon. O, bueno, el rey Sidon—. Vieron como la sombra del castillo desaparecía. Lleva varias lunas así. ¿Has sido tú?

Asentí.

—El Cataclismo fue derrotado hace casi tres lunas..., majestad.

—Oh, no empieces tú también. Odio los títulos. Llámame...

—Majestad —dijo otro de los ancianos—, el elegido hyliano no está solo.

Tiré de Zelda con cuidado para que estuviera a mi lado y no detrás de mí, como si quisiera esconderse. Ella se deshizo de la capucha entonces. Por un instante solo hubo silencio. Sin embargo, de pronto los murmullos estallaron otra vez. Y me di cuenta de que allí todos nos reconocerían.

—¿Princesa Zelda de Hyrule? —dijo un anciano. Estaba demasiado sorprendido para mostrarse hostil.

Zelda no dijo nada; solo miraba a Sidon. Incluso había soltado mi mano. Supuse que volvía a ser una princesa. Dolía un poco, pero siempre había sabido que tarde o temprano tendría que volver a serlo. Yo solo estaba siendo egoísta.

—Majestad —dijo ella. Se inclinó en dirección al trono—. Me alegro de volver a veros.

El rey Sidon sonrió.

—Yo también, alteza. Solo os vi cuando no era más que un crío, pero por lo que recuerdo, no habéis cambiado nada. —Rio, y sus carcajadas parecieron retumbar en las paredes del palacio—. Link nos había dicho que seguíais con vida, pero teneros frente a mí... es un milagro, princesa.

Zelda sonrió, aunque la conocía lo suficiente para darme cuenta de que no sonreía de verdad.

—El tiempo os ha tratado bien, majestad. Siento mucho la pérdida de vuestro padre. Fue un gran líder.

—No os preocupéis por eso. Era muy anciano ya. Había visto dos reyes y un Hyrule sin ninguno. Sabía que la hora de volver con las Diosas se acercaba.

Recordaba que los zora no asumían la muerte como lo hacíamos nosotros. Ellos sentían que el momento de irse llegaba. Cuando alcanzaban cierta edad, se preparaban para partir. Y se los despedía en silencio, devolviéndoles al río del que provenían. Luego la vida seguía. No lloraban por sus muertos.

Contando con que la muerte fuera natural, claro estaba.

—Princesa —intervino una voz. Un anciano de escamas decrépitas había hablado. Miraba a Zelda con un brillo de sospecha en los ojos. También había algo más. Algo que no supe identificar, pero que tampoco me gustaba—, ¿cómo es posible que sigáis viva después de un siglo entero? Es demasiado tiempo para los hylianos.

Ella miró al anciano. Parecía tan tranquila como las aguas en calma.

—He pasado estos últimos cien años conteniendo al Cataclismo para que no terminara lo que había empezado. El poder sagrado de mi familia me mantuvo con vida.

El zora frunció el ceño.

—¿El poder sagrado de vuestra familia? —repitió—. Yo estuve ahí hace un siglo. Todo el reino sabía lo mucho que os costaba manejar el poder sagrado. ¿Cómo es posible que...?

En esa ocasión, su máscara de piedra se quebró un poco.

—Aprendí a usar el poder sagrado —dijo, interrumpiéndolo— porque quería proteger lo que amaba. A Hyrule.

—¿Y por qué no protegisteis también a la princesa Mipha?

Los murmullos se alzaron de nuevo. Zelda tenía la vista clavada en el suelo, y toda su actitud regia había desaparecido de golpe. Le dirigí una mirada llena de ira al anciano. No podía hacer más. Sería imposible hacerme oír en medio de todas las voces.

—¡Ya basta! —rugió Muzun—. La princesa Zelda es la legítima heredera al trono de Hyrule, y debe ser tratada como tal.

Contemplé a Sidon, que permanecía en su trono, muy quieto. Conocía esa expresión. No tenía ni idea de qué hacer.

—Majestad, ¿puedo... decir algo? —dijo Zelda. Su voz sonaba más pequeña que de costumbre. El rey asintió, y ella carraspeó y miró al grupo de ancianos junto al trono—. Si pudiera haber hecho algo por salvar a la princesa Mipha y a los otros tres elegidos, os aseguro que lo habría hecho. Ninguno se merecía lo que ocurrió. Nadie se lo merecía. Si existiese alguna forma de arreglarlo todo o prevenirlo, lo haría sin dudar.

Nadie dijo nada. Tras unos instantes de silencio, Sidon suspiró.

—Lo sé, alteza. Tenéis la hospitalidad de los zora. Elegid la habitación que queráis en la posada. No tendréis que pagar por ella. Quedaos aquí todo el tiempo que necesitéis.

Zelda le dio las gracias, hizo una última reverencia y dio media vuelta para salir del palacio, con el permiso del rey. Me apresuré a ir tras ella. Descendí la larga escalinata de dos en dos, sin perderla de vista.

—¿Zelda? —la llamé al llegar abajo, una vez estuvimos lejos de los guardias.

Ella se detuvo, y vi que tenía las manos cerradas en puños. Se giró, y sus ojos relampaguearon con furia.

—Déjame sola —siseó.

La observé alejarse en silencio. Aquello había dolido un poco, aunque sabía que su intención no era hacerme daño. Siempre hacía lo mismo cuando se enfadaba. Era una de esas costumbres que ni siquiera el tiempo podía borrar.

Quise ir tras ella, pero entonces recordé sus palabras. Ella decía que me preocupaba demasiado. Que era un paranoico. Lo cierto era que no había nada de lo que preocuparse en la Región de los Zora. Nadie corría peligro allí; estaba repleto de guardias. Y no creía que ella fuera a salir de la seguridad de la ciudad.

Así que la dejé marchar, porque necesitaba estar sola, y en eso no podía ayudarla.