ZELDA

Salir de la ciudad había sido un error.

Al principio lo ignoraba. Solo quería alejarme de aquel lugar lo más rápido posible. Y estar sin compañía durante un rato. Eso también lo necesitaba. Así que me había ocultado tras la capucha, antes de que se corriera la voz y todos supieran quién era yo de verdad. Había salido de allí con sigilo. No me había alejado mucho, sin embargo; no era tan ingenua para hacer eso.

Pero había cruzado el puente y, por tanto, ya no estaba bajo la seguridad de la ciudad.

Nada había ido según lo planeado. Tampoco había tenido muchos planes en mente, a decir verdad, pero jamás había llegado a imaginar que me encontraría con tal desprecio al llegar a la ciudad. Y todo se había desmoronado de golpe. Las cosas solo empeorarían a partir de ahí, y eso que apenas llevaba un día en la Región de los Zora.

Si elegía ser reina, no quería ni imaginar los errores que cometería.

Anduve sin rumbo durante un rato, hasta que tropecé con una roca y estuve a punto de darme de bruces contra el suelo. Decidí parar entonces, y tomé asiento sobre la misma roca. Dejé el arco de Link muy cerca, solo por si acaso. Lo había cogido antes de marcharme. Podía ser impulsiva en ocasiones, pero no era tonta.

Pensé en las frías miradas que me habían dirigido aquellos ancianos, y el escalofrío que tuve que reprimir no fue solo provocado por el aire gélido del crepúsculo. El Consejo Zora. Debería habérmelo imaginado. Aquellos vejestorios me resentirían por el resto de sus vidas, sin importar lo poco que les quedara. Link me lo había advertido, pero no me había parado a reflexionar con calma. No había tenido tiempo.

Incluso había creído que el rey Dorphan seguiría vivo. Al menos así quedaría alguien más que recordara el antiguo Hyrule tan bien como yo. Pero, al parecer, no quedábamos muchos. No tendría que haber albergado tantas esperanzas, de todas formas.

En el fondo, sabía que parte de la culpa era mía. Había entrado en la ciudad, creyendo que todos me reconocerían como su nueva reina. Y luego la realidad me había golpeado como una bofetada, y me había dado cuenta de que no muchos me aceptarían. No tenía ningún derecho a irrumpir en el orden establecido. Al menos aquella experiencia me había ayudado a saberlo. Era lo único positivo.

Contemplé mis manos mientras pensaba en lo que habían dicho sobre el poder sagrado. Podría haberme defendido de mil formas diferentes, y aun así había optado por permanecer en silencio, como la cobarde que realmente era. Quizá defenderme hubiera servido de algo. Daba gracias por que el consejero Muzun hubiese intervenido. Si no, todavía seguiría allí. Siendo juzgada por los ancianos del Consejo Zora.

Ojalá pudiera mostrárselo a esos vejestorios. Mostrarles lo que podía hacer con el poder sagrado. Lo bien que había aprendido a dominarlo durante el sello del Cataclismo. Pero sería inútil intentarlo. Haría el ridículo, porque el poder me había abandonado. Ya ni siquiera respondía a mis plegarias. Igual que un siglo atrás.

Contemplé el horizonte anaranjado, y luego busqué el camino por el que había llegado hasta aquel rincón. No había ningún camino, aunque sí pude vislumbrar las torres del palacio, que acariciaban el cielo. No estaba muy lejos. No tardaría más de una hora en regresar, en caso de necesidad. Pero todavía no quería volver; no tenía ganas de enfrentarme a las miradas acusadoras otra vez. Ni a Link. Oh, Link iba a matarme.

Me sorprendía que no hubiera aparecido ya. ¿Me habría seguido? Una parte de mí esperaba que sí, pese a lo que le había espetado tras salir del palacio. Recordé su expresión, y el corazón se me encogió. No debería haber pagado mi mal humor con él. Siempre cometía el mismo error, y no se lo merecía. Cuidaba de mí y se preocupaba. Y, sabiendo lo mucho que se preocupaba últimamente, me mataría si supiera que había salido de la ciudad.

Tenía que pedirle perdón en cuanto regresara. Sería lo primero que haría. Porque lo cierto era que lo necesitaba a mi lado para recorrer el camino que el destino había trazado. Sin él, estaría perdida.

Escuché un crujido de pronto. Me volví y escudriñé los arbustos que me rodeaban. Ya estaba oscuro. Ni siquiera me había dado cuenta de lo rápido que había anochecido. Oí el mismo sonido otra vez, aunque esa ocasión provenía de un lugar diferente. Me puse en pie despacio y aferré el arco con fuerza, llevándome una mano al carcaj con flechas.

Sabía que el arco no me serviría de mucho en caso de ataque, pero era lo único que tenía.

Intenté hablar, decirle a quienquiera que estuviese ahí que se enfrentara a mí cara a cara y no fuera cobarde, pero no encontraba la voz. Las manos me temblaban tanto que no podría estirar la cuerda del arco ni aunque quisiera.

Escuché el mismo sonido por tercera vez. Entonces sonó un poco más cerca. Reprimí un escalofrío. Saqué una flecha con dedos torpes y, justo en ese instante, sentí como alguien respiraba contra mi cuello. Me giré, y el corazón me latía con tanta fuerza que retumbaba en mi cabeza. Observé mis alrededores de nuevo. No vi nada.

Oí algo entonces, algo parecido a una risa, y supe que no estaba siendo paranoica. Aquello no era el susurro del viento o un simple animal. Logré tensar la cuerda del arco a duras penas, temblorosa.

Todo estuvo en silencio por unos momentos. Luego algo frío rozó mi hombro. Se me escapó un grito y me di la vuelta, pero ya no había nadie.

Un crujido resonó al otro lado. Vi una sombra moviéndose entre las hojas caídas. Sin embargo, antes de que pudiera saber lo que era, se perdió entre los arbustos. Solté la flecha, pero no sirvió de nada.

Todo se quedó en silencio de nuevo. De pronto, algo por dentro me gritó que me alejara de aquel lugar. Y lo siguiente que supe fue que corría. Corría tan rápido como podía.

No me atrevía a mirar atrás. No sabía qué era lo que me perseguía, y no estaba segura de querer verlo. No podía oír nada por encima de los latidos desbordados de mi corazón, así que tampoco tenía forma de saber si alguien me seguía de verdad. Tampoco cuidaba mis pasos, y solo me guiaba por las torres del palacio, pero no me detuve. Las ramas de los árboles me arañaron el rostro, pero ni siquiera eso me hizo parar.

Solo me permití sentir alivio cuando crucé el puente. Los guardias no parecieron reconocerme, aunque me daba igual que lo hicieran. Solo quería estar en un lugar seguro.

Me abrí paso entre la multitud hasta llegar a la posada. Sabía cuál era nuestra habitación. Yo misma la había elegido. Toqué la puerta varias veces y, cuando él abrió por fin, me escondí entre sus brazos sin apenas pensar en lo que hacía.

No podía respirar. Era como si estuviera ahogándome, y todo ardía. Y sentía que temblaba con violencia, pero no podía hacer nada por remediarlo.

—¿Zelda? —lo escuché decir por encima de los latidos de mi corazón—. ¿Qué te ha...?

Negué con la cabeza, porque no podía hablar. Intenté disculparme, pero lo único que brotó fue un sonido ronco y extraño. Él me rodeó con sus brazos despacio, y fue entonces cuando empecé a sentirme a salvo por fin.

Me llevó hasta el borde de la cama. Sus manos estaban en mi pelo, y susurraba algo que no podía entender. Cerré los ojos y me obligué a escuchar su corazón. Los latidos eran rítmicos, tranquilos, no como los míos. Y consiguieron calmarme a pesar de todo.

Cuando abrí los ojos otra vez, ya no sentía que me ahogaba. Mi mirada se encontró con la suya, llena de preocupación, y caí en la cuenta de que tendría que dar muchas explicaciones.

—Lo siento —conseguí decir con un hilo de voz.

—¿Por qué? —preguntó él, sin comprender—. ¿Por qué lo sientes?

Me aferré a su túnica con fuerza. No quería dejarlo marchar.

—Por... lo de antes —respondí—. Por haberte dicho...

—Eso no es importante ahora —dijo con su voz llena de calma—. ¿Qué te pasa? ¿Alguien te ha dicho algo? ¿Te han...?

Negué con la cabeza, y él calló de golpe. Alcé la vista para mirarlo a los ojos. Eran azules, como lo habían sido siempre. Descubrí que ya podía pensar con claridad otra vez. ¿Qué haría si le contaba la verdad? Seguro que se enfadaría. Quizá conmigo o quizá con el mundo, no lo sabía. Pero iba a enfadarse, porque así era él. Y luego se preocuparía más que de costumbre y volvería a ser el soldado que había sido hacía cien años, aunque no le apeteciera. Y eso era lo último que yo quería.

—Link —empecé con lentitud, buscando las palabras adecuadas—, no te enfades. ¿Me prometes que no te enfadarás?

—No lo sé. Depende.

—Tienes que prometérmelo.

Contempló mi rostro por unos instantes. Yo le sostuve la mirada en silencio. Finalmente asintió, y decidí proseguir.

—Estaba sola en... Bueno, no sé dónde estaba, la verdad. Estaba tan enfadada que no me importaba. —No iba a decirle que había salido de la ciudad. Todavía no—. Y de repente escuché algo. Un crujido. Al principio pensé que no era nada, pero luego... Lo escuché varias veces, Link. Y sentí algo respirándome cerca. No vi nada. Y después alguien me rozó, y yo... Tenía miedo y salí corriendo.

Me arriesgué a mirarlo otra vez. Algo se retorció en mi estómago al ver la expresión de su rostro. La ira ardía en el fondo de sus ojos. Al instante supe que no iba dirigida hacia mí. Parecía tranquilo, pero lo había visto enfadado. Solía ser muy frío cuando se enfadaba.

El silencio era pesado. Solté su túnica y me abracé a mí misma. Todavía temblaba un poco.

—¿Viste quién te atacaba? —preguntó de pronto.

—Bueno, yo no lo llamaría ataque...

—Tú solo... Dímelo. Por favor.

Su rostro estaba esculpido en piedra otra vez.

—No —respondí en voz baja—. No llegué a verlo.

Lo oí suspirar. Gruñó una maldición, aunque alcancé a entenderlo de todas formas. Puse una mano sobre su hombro.

—No te pongas así —le dije—. Estoy bien, ¿lo ves? No me ha pasado nada.

—¿Dónde estabas? —preguntó él con brusquedad—. ¿Estabas en la ciudad?

Desvié la vista, incapaz de mirarlo. Jugueteé con mis manos, nerviosa.

—Dime que estabas aquí —murmuró. Ante mi silencio, maldijo de nuevo—. No me creo que...

—No quería estar aquí —dije, tratando de explicarme—. Iban a mirarme. Y lo odio. Tú lo sabes mejor que nadie.

Maldijo por tercera vez.

—Esas tonterías son mucho menos importantes que tu seguridad.

—Ya empiezas a hablar como el caballero estúpido que eras antes.

Frunció el ceño.

—Al menos yo me preocupo por ti. A ti no te importa.

—Tú no te preocupas por mí —repliqué, alzando un poco la voz. Sabía que estaba mal, que él tenía gran parte de razón, pero no podía evitarlo—. Tú eres un maldito paranoico. No se puede hablar contigo cuando estás así.

Me contempló, enfadado, aunque ninguno dijo nada durante un rato.

—¿Sabes qué? —suspiró al final—. Tú ganas.

Eso no me lo había esperado.

—¿Qué?

—Que no tengo ganas de discutir contigo. Tú tienes razón —murmuró—. Soy un paranoico y me preocupo demasiado. ¿Y sabes por qué?

Lo sospechaba, pero no me atrevía a decirlo en voz alta. Así que me limité a negar con la cabeza. Él suspiró, y por un momento me pareció ver el peso de los cien años que realmente tenía.

—Hay varias razones —dijo—. Supongo que la primera es que te quiero demasiado para perderte.

Lo contemplé, incrédula. Se me olvidó que estábamos teniendo una discusión y que estaba enfadada con él.

—¿Me quieres?

—Eso parece.

—¿Me quieres de verdad?

—Tanto que a veces no sé qué hacer cuando te miro. —Rozó un mechón de mi pelo. Estaba enmarañado y sucio, pero no pareció importarle. Luego examinó uno de los arañazos del rostro—. Entiendo que pienses que me preocupo demasiado. Tal vez lo esté haciendo ahora mismo. Ya sé que no soy tu padre, pero me gustaría que antes de volver a irte tú sola como hoy, intentáramos... hablar. Luego podrás irte si quieres. Pero no vuelvas a asustarme así. Por favor.

Le miré a los ojos y descubrí que ya no estaba enfadado. Todo eso había desaparecido. Ahora solo parecía suplicante. No solía suplicar.

—Vale —dije en voz baja—. Te lo prometo. Pero tú tienes que prometerme que intentarás preocuparte menos.

Suspiró y unió su frente con la mía.

—Lo intentaré.

—Seguro que lo que vi no era más que un animal. O un estúpido bokoblin. —Link no dijo nada, así que añadí—: Además, tenía tu arco.

Sonrió un poco, y la tensión fue desapareciendo.

—¿Me lo has vuelto a robar?

—Por desgracia. —La punta de mi nariz rozó la suya—. Últimamente discutimos mucho. No me gusta discutir contigo.

—¿Crees que a mí sí?

—Entonces no lo hagamos más.

—Yo puedo intentarlo. Pero tú eres más testaruda que un...

Le di un golpecito en el hombro, y él calló con una carcajada.

Descubrí que me miraba. Y luego mis labios estaban sobre los suyos. No sabía cómo habían llegado ahí. Sentí que sus manos se enredaban en mi pelo enmarañado. Él sabía lo que estaba haciendo. Solía dejar que yo tomara el control cuando lo besaba, pero aun así conseguía poner de su parte mediante otros métodos. Le di un último beso en los labios y luego abrí los ojos otra vez, encontrándome con los suyos.

Jugueteé con un mechón de su pelo. Era suave, pese a lo salvaje que parecía. Si lo pensaba bien, jamás lo había visto arreglarse el pelo. Solo cuando Impa lo había hecho en Kakariko, y eso había sido varias lunas atrás. Y por una ocasión especial, además.

—¿Por qué no te das un baño? —sugirió mientras me acariciaba la mejilla—. Está lleno ya. Pedí que lo rellenaran de agua caliente antes de que tú llegaras.

—¿Qué hay de ti?

—Lo haré luego. Tú lo necesitas más que yo.

Lo miré a los ojos y supe que aquello no era del todo cierto. No estaba tan tranquilo como quería aparentar. Aquel lugar debía estar trayéndole recuerdos nuevos. Y dolorosos, probablemente.

—¿Tú? ¿Darte un baño? ¿De verdad?

Lo olisqueé y arrugué la nariz. Apestaba a caballo. Tampoco podía reírme demasiado de él, porque yo olía igual.

—Eso no es culpa mía, ¿sabes? —gruñó—. Es inevitable.

Me llevó hasta los baños de la posada. Examiné el interior de la habitación. Estaba bien iluminada y no había nadie. Aun así, miré a Link, suplicante.

—¿Podrías... no alejarte mucho?

—¿Quieres que me quede junto a la puerta hasta que salgas?

Desvié la vista.

—Es posible.

Vi que sonreía a medias.

—Pensé que ibas a decirme que me metiera ahí dentro contigo.

Enrojecí hasta la punta de las orejas. Le asesté un codazo, pero él solo se rio más.

—Cállate —le espeté. Luego le dirigí una última mirada furibunda—. No te muevas de ahí, ¿entendido?

Le cerré la puerta en las narices, ignorando sus risotadas.

Inspiré hondo, intentando apartar aquellas imágenes de mi cabeza. No podía estar fantaseando con él durante todo el día. Había temas más graves que tratar.

Me deshice de la capa y de las ropas cubiertas de tierra. El agua estaba cálida todavía, y al instante me alivió el dolor de piernas. Estaba agotada tras haber pasado días enteros en el camino. Y, además, mis ropas no eran lo único que estaba lleno de tierra. Mi pelo también estaba sucio.

Allí, a solas, me permití olvidarlo todo por un momento. Había silencio. Ni siquiera se oían los sonidos propios de la posada. Y podría haber pasado mucho más tiempo encerrada en aquella habitación, en paz, si no fuera porque el agua empezó a enfriarse y ya no me sentía tan cómoda dentro. Así que esperé a estar seca para vestirme con el camisón de dormir y luego salí al exterior.

La peste a caballo era mucho más evidente tras haberme dado un baño. Empujé a Link al interior sin pensármelo dos veces, y él empezó a protestar.

—No te quiero a mi alrededor con ese olor nauseabundo.

—Siempre he apestado a caballo —se defendió él—. Y tú también.

—Yo no.

Cerré la puerta de golpe, ahogando sus protestas.

Caí en la cuenta entonces de que me había quedado sola otra vez. Me abracé a mí misma, contemplando las sombras que me rodeaban. Esperaba ver movimiento en cualquier rincón, pero nada ocurrió. Solo se oía el murmullo de las cascadas y las voces de los pocos zora que permanecían fuera tan tarde. Me dije que estaba a salvo, que Link estaba a solo unos pasos de mí. Que me oiría gritar y me ayudaría si fuera necesario.

Aun así, me apresuré a volver a nuestra habitación.

Me senté sobre una de las dos camas y rebusqué en mi bolsa de viaje haga encontrar el cuaderno que había usado en Hatelia. Esperaba no perderlo. Allí tenía todas mis ideas. Todas las posibles soluciones que se me ocurrían. Quería ayudar y, como Link había dicho, lo mejor sería empezar paso a paso. No serviría de nada apresurar las cosas.

Hojeé lo que había escrito. Mis ideas para que Hatelia fuera un lugar más grande y mi intención de reconstruir el puente de Kakariko primero. Todo estaba allí. También debía tener en cuenta a Karud y su compañía de constructores, claro estaba. ¿Qué estarían reconstruyendo? Seguro que ya habían empezado. Y, pese a lo que Link había dicho, una pequeña parte de mí aún albergaba esperanzas de que estuvieran reconstruyendo la Ciudadela. O la Llanura de Hyrule. O incluso el castillo.

Me obligué a pensar en Hatelia. No tenía sentido reflexionar sobre aquellas cosas tan lejanas cuando todavía no habíamos empezado. Al volver a Hatelia, tendría que hablar con el alcalde. Y también con Impa, aunque estaba convencida de que ella accedería a dejarnos reconstruir el puente sin pensarlo dos veces.

La puerta se abrió de pronto, y estuve a punto de soltar un grito. Ya estaba buscando el arco cuando vi que se trataba de Link.

Casi dejé escapar otro grito. Sin embargo, en esa ocasión no fue debido al miedo. Él me miró, divertido, con el pelo húmedo cayéndole sobre los ojos.

—¿Qué te pasa?

—¿Que qué me pasa? —dije con voz más aguda de lo normal. Me cubrí los ojos con una mano—. ¡Ponte algo!

No llevaba camisa. Y, por lo poco que había visto —al instante había apartado la mirada, por supuesto—, había descubierto que no estaba mal. Nada mal. No era el hombre más robusto que existía, aunque era suficiente. Y su piel estaba marcada por cicatrices. Estaban en todas partes. Tenía varias muy feas en zonas muy peligrosas.

—¿Por qué? —preguntó, fingiendo inocencia.

—¡Ponte algo o te echaré de aquí!

—Esta habitación también es mía, ¿sabes? Yo pagué por ella.

—Me da igual.

Suspiró dramáticamente y fue a ponerse algo. Luego se sentó a mi lado, pero yo no podía mirarlo. Todavía sentía que mi rostro ardía como la Montaña de la Muerte.

—No te pongas así —murmuró mientras se acomodaba entre las almohadas. Eran más cómodas que las que teníamos en casa, pero no tan cálidas. Ni familiares—. No ha sido para tanto.

Cerré el cuaderno y lo miré por fin. Él sonreía como un idiota. Me acurruqué a su lado y empecé a acariciarle al pelo, como le gustaba.

—¿Qué pensarían los miembros del Consejo si nos vieran así? —pregunté. Intenté sonar alegre, pero pese a todos mis esfuerzos una nota de tristeza se coló en mi voz.

—¿Los miembros del Consejo? —dijo—. ¿Qué Consejo?

—El Consejo Zora, Link —repuse—. ¿Nunca lo habías oído?

—No.

Tendríamos un serio problema si llegaba a ser reina y él gobernaba a mi lado.

—Son siete en total —expliqué—. Los elige el rey. Ayudan en las decisiones importantes y aconsejan al rey. Solo el rey tiene poder para liberarlos de sus servicios. Y ellos mismos, claro.

Link no dijo nada por unos instantes.

—Sidon debería deshacerse de esos vejestorios —masculló por fin.

Sonreí un poco.

—Sidon es rey ahora. Es el rey Sidon.

Soltó otro suspiro dramático.

—Lo que tú digas.

Apagó la única vela que seguía ardiendo. Por un momento, me aferré a él con fuerza, esperando ver sombras en la oscuridad. Pero no había ninguna. Y Link estaba a mi lado, así que nada podía ocurrirme.

—Mañana —empecé en voz baja— quiero irme de aquí.

—¿Y a dónde demonios quieres irte? —murmuró, y ya arrastraba las palabras. Entonces no montaría guardia. No aguantaría toda la noche con los ojos abiertos.

—No lo sé. A donde sea menos en la ciudad.

—Recuerdo lugares bonitos.

—¿Me llevarás?

Asintió despacio, y yo sonreí y cerré los ojos también.

Me despertó muy temprano. El sol ya había ascendido, pero seguía siendo temprano.

—Tú dijiste que querías salir de aquí —me dijo Link cuando empecé a quejarme.

Tuve que darle la razón a regañadientes. Me vestí con las ropas de viaje, preparé la bolsa y salí de la posada, guiada por Link y oculta tras la capucha.

Ni siquiera eso sirvió de algo. La voz ya se había corrido, y no era muy difícil identificar a los únicos hylianos que había en toda la ciudad. Nos miraban e incluso señalaban. Me arriesgué a mirar a mi alrededor en varias ocasiones, esperando ver a alguno de los vejestorios del Consejo, pero no había ninguno por allí. El rey Sidon tampoco había salido de su palacio.

Nos alejamos tanto que, si miraba hacia atrás, la silueta azulada del palacio apenas podía distinguirse. Pero Link parecía saber a dónde íbamos, así que decidí confiar en él. Comenzamos a ascender por una colina empinada. Link se adelantó y subió con paso ligero. Al cabo de un rato, me descubrí a mí misma jadeando, arrastrando los pies.

—Link —lo llamé sin respiración.

Él se dio la vuelta y corrió hasta mí.

—Lo siento —murmuró mientras esperaba a que yo recuperara el aliento.

—¿Cómo puedes ir tan rápido? —le pregunté.

Él se encogió de hombros.

—No lo sé. Solo pasa.

Le di un golpecito en el hombro.

—Las Diosas te bendijeron con resistencia divina.

Sonrió.

—Puedo ir tan rápido como antes, si quieres —dijo, apretando el paso.

—No —reí al tiempo que tiraba de su brazo para que se quedara a mi altura—. No. Quédate aquí.

Y eso hizo. Al llegar arriba, jadeaba un poco, pero agradecía que Link me hubiera esperado.

—¿Qué hacemos aquí? —quise saber mientras sacaba el pellejo de agua.

—Quiero intentar algo.

—¿El qué?

Me mostró una sonrisa maliciosa. Nunca lo había visto sonreír así, y al instante empecé a sospechar.

—Ya lo verás.

Se acercó a su bolsa de viaje y comenzó a rebuscar. Sacó un extraño trozo de tela con asas de madera. Parecía viejo. Lo miré con una ceja alzada, pero su sonrisa se hizo más amplia.

—¿Qué es eso?

—Se llama paravela. Sirve para planear.

—¿Para qué la vas a usar ahora?

—Para planear.

Tuve un mal presentimiento. Me crucé de brazos y esperé a que él explicara sus intenciones.

—Siempre la he usado estando solo.

—¿Y?

Tomó aire.

—Y me gustaría probarlo con dos personas al mismo tiempo —soltó muy rápido.

Lo contemplé, boquiabierta. No daba crédito a lo que acababa de oír. ¿De verdad quería hacer algo tan temerario como eso? Me costaba imaginarlo haciendo algo así cien años atrás. Aun así, cosas como aquella me recordaban cuánto había cambiado. Y también cuánto me gustaba que se sintiera libre al fin.

Pero lo que me había propuesto era una locura. De ninguna manera iba a aceptar.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

Negué con la cabeza con un bufido.

—Esto es increíble. Eres increíble.

—Será divertido, ya lo verás.

—¿Divertido? —repetí, incrédula—. ¿Cómo algo tan peligroso puede ser divertido?

—No es peligroso —repuso él—. Mientras no te sueltes, no pasará nada.

—Y si me suelto sin querer, ¿qué?

—Nunca te dejaría caer.

Puse los ojos en blanco.

—Muchas cosas podrían salir mal. Tantas que no puedo contarlas.

—Nada tiene por qué salir mal. —Estudió mi rostro durante un momento y luego sonrió—. No me puedo creer que tengas miedo.

—¿Miedo? ¿Yo? ¿Miedo de qué?

Soltó una carcajada.

—La princesa Zelda de Hyrule tiene miedo a tirarse con una paravela.

—No tengo miedo, Link.

—Casi puedo ver cómo tiemblas.

Tuve ganas de estrangularlo allí mismo. Solía ser yo quien lo sacaba de quicio a él, no al revés.

—¿Y qué? Cualquier persona con cordura tendría miedo.

Decidió mostrar un mínimo de piedad.

—No pasará nada. Te lo juro por lo que quieras.

Lo miré con desconfianza. Él extendió la mano.

—Hazme caso. Será divertido.

—Deja de decir que será divertido —mascullé.

Eso lo hizo reír.

—Vamos, hazlo por mí. No volveré a molestarte.

Lo miré a los ojos, y él me sostuvo la mirada. Al final, acabé cediendo, porque era lo menos que podía hacer para disculparme por lo del día anterior.

El rostro se le iluminó cuando vio que asentía. Se dio la vuelta, con la paravela ya extendida entre sus manos. Me costaba imaginar que un trozo de tela vieja y raída fuera a sostenernos a los dos. Pero Link parecía muy seguro de sí mismo, así que decidí seguir confiando en él. Nunca me había dado motivos para hacer lo contrario.

—Súbete a mi espalda —me indicó.

—Esto es estúpido —bufé.

—Tú solo hazlo.

—¿Y si te hago daño? No quiero que...

—Zelda —me interrumpió él—. No empieces otra vez.

—Esto es estúpido —repetí mientras avanzaba en su dirección—. Es una locura.

Me subí a su espalda de un salto. Link ni siquiera tuvo la decencia de tambalearse un poco. Sujetó mis botas con firmeza.

—Si me caigo, recuerda que te quiero —susurré, aferrándome a sus hombros.

Él rio a modo de respuesta.

—No vas a caerte. Estamos a poca altitud. Y será divertido.

—Deja de decir eso —siseé muy despacio.

Rio de nuevo, e inmediatamente después sentí que corría. Me di cuenta de que ya no había suelo bajo nuestros pies. Y luego caía, caía, y el estómago me dio un vuelco violento. De pronto oí como Link abría la paravela. Cerré los ojos con fuerza y me aferré a la tela de su túnica como si mi vida dependiera de ello. Esperé a escuchar el crujido de la madera. Pero eso no sucedió. Solo escuchaba el rugido del viento, que me azotaba el rostro.

Me arriesgué a abrir los ojos, y tuve que tragarme un grito. Estábamos arriba, muy arriba, y el suelo estaba demasiado lejos. Me aferré a Link con todas las fuerzas que tenía. Comprendí, horrorizada, que debía estar ahogándolo, pero era incapaz de aflojar el agarre.

Veía las copas de los árboles cada vez más cerca, y cerré los ojos de nuevo. Me preparé para el golpe. Aunque eso tampoco llegó.

De repente, sentí que pisábamos el suelo de nuevo. Escuché como Link reía.

—Ya puedes abrir los ojos. Y, Diosas, déjame respirar.

Abrí los ojos y bajé de su espalda, sintiendo las piernas tan temblorosas como gelatina de chuchu. Me apoyé contra una roca, intentando recuperar el aliento.

—¿Lo ves? Ha sido divertido.

Lo fulminé con la mirada.

—No ha sido divertido.

—Sí lo ha sido. La paravela no se rompe, así que podremos hacer esto más veces.

—No pienso volver a hacer una locura así jamás.

Soltó una risotada.

—Ni siquiera le has dado una oportunidad.

—Sí le he dado una oportunidad. Una. Y con eso es suficiente.

—Ya lo veremos.

Tomó mi mano y me guió hasta una pequeña pradera. Había pinos por todas partes, y estábamos rodeados de paredes rocosas que parecían brillar por sí mismas. Olía a tierra húmeda. Link se sentó sobre la hierba, y yo no tardé en hacer lo mismo.

—Siento haberte obligado a hacer eso —murmuró tras unos instantes en silencio.

—No me has obligado —repliqué.

—No volveremos a hacerlo si tú no quieres.

—Está bien. Pero si algún día me apetece volver a tirarme desde la cima de un colina contigo, te lo diré.

Él se rio. Luego me atrajo hacia sí con su brazo, y yo apoyé la cabeza sobre su hombro. Ninguno dijo nada por un largo rato, y me sentí en paz allí.

—¿Te sientes mejor ahora? —me preguntó de pronto.

Me limité a asentir, sin decir nada.

—Podemos volver cuando quieras, ¿sabes?

—No quiero volver todavía. Aún es demasiado pronto —murmuré.

Lo sentí suspirar.

—Huir no sirve de nada, Zelda —dijo en voz baja—. Eso... es malo. Muy malo. Créeme.

—No estoy huyendo.

—Ya —bufó—. Y yo no he tocado una espada en toda mi vida.

Fue mi turno de suspirar.

—Es que... Es tan difícil —susurré. Parecía una niña asustada otra vez—. Es como si hubiera vuelto, ¿sabes?

—¿Vuelto a dónde?

—A los días antes del Cataclismo.

—Están ciegos. Igual que lo estaban esos idiotas.

Tuve que reprimir un escalofrío.

—¿Por qué tanto... tanto odio?

—No lo sé —murmuró—. Creo que necesitan a alguien a quien culpar. Aunque en el fondo saben que nadie tiene la culpa.

—¿Crees que algún día dejarán de odiarnos?

—No —respondió simplemente—. Pero no todos nos odian. Seguro que la mayoría se alegra de que hayas vuelto.

Guardé silencio. Intenté aferrarme a sus palabras como si fueran mi única esperanza. Quería darle la razón, pero algo me gritaba que no fuera ingenua. Ya lo había sido demasiadas veces en el pasado.

—Creí que ya no me harían daño —susurré—. Pero ahora ya no estoy tan segura.

Cogió mi mano.

—Todas esas cosas horribles que te han dicho... —Suspiró—. Yo ya me habría marchado.

Contemplé el horizonte en silencio, y por unos instantes me permití el lujo de olvidarme de todo. Solo estábamos él, yo y lo salvaje. Nada más.

—¿Qué hay de ti, Link?

—¿De mí?

—Sí, de ti. No conozco a ningún otro Link.

—Qué graciosa.

—No ignores mi pregunta.

Calló por un momento.

—Estoy bien.

—¿Has recordado cosas? —quise saber. Él había pasado mucho tiempo en la Región de los Zora cuando era niño, o eso había oído.

—Algunas —contestó—. Recuerdo cuando venía aquí con mi padre. Cuando no estaba de guardia, solía llevarme a ver las cascadas. Allí no miraba nadie. Estábamos siempre solos.

—Suena divertido —susurré.

Link asintió.

—Ojalá pudiera volver a verlo. Solo una vez. Para decirle... decirle...

Su voz se rompió entonces, y alcé la mirada. Tenía los ojos húmedos.

—Link... —empecé, pero él me interrumpió.

—Da igual. No pasa nada.

—No es eso. —Le aparté un mechón del rostro—. Iba a decirte que no me importa que llores. Hazlo si quieres.

Pestañeó, y luego me mostró una diminuta sonrisa y asintió. Volví a la misma posición de antes y sentí que él apoyaba su mejilla sobre mi pelo.

Sorbió por la nariz.

—Espero que estén bien, dondequiera que estén —dijo—. Que la Diosa los mantenga a salvo.

—La Diosa vela por ellos —murmuré mientras trazaba el recorrido de una cicatriz que marcaba sus nudillos.

—Bien —dijo él—. Eso está bien.

Lo escuché sorber por la nariz de nuevo. Sabía que no estaba llorando. Odiaba llorar, y no lo hacía a menos que la situación lo superara demasiado. E incluso entonces intentaba contenerse. A mí tampoco me gustaba verlo llorar, pero lo que sí me hacía sentir alivio era ver que no le daba miedo mostrarse vulnerable cuando estábamos solos. A veces trataba de esconderse un poco, pero al final siempre acababa dejando que cuidara de él.

—¿Qué estabas haciendo ayer? —me preguntó de pronto, rompiendo el silencio—. Cuando te fuiste.

Sentí que empezaba a ruborizarme.

—Bueno, no fui muy lejos. Estaba cerca del puente. —Guardé silencio, buscando la manera de explicárselo sin parecer una niña idiota—. Es posible que llorara. Un poco. Pero eso no significa que llorara de verdad, ¿vale?

Percibí que tomaba aire, y luego me dio un beso en la frente.

—La próxima vez que te sientas así —empezó con su voz siempre llena de calma—, deja que te ayude. Así todo irá mejor. ¿Lo harás por mí?

—Lo intentaré.

—¿A que no ha sido tan difícil?

Resoplé y le di un codazo en las costillas. Él comenzó a reírse, y entonces algo me hizo cosquillas.

Rocé su mejilla con las yemas de los dedos.

—Te está saliendo barba —murmuré. Todavía era casi invisible, tanto que, si no lo hubiera tocado, nunca me habría dado cuenta de que estaba ahí.

Él también se llevó una mano a la mejilla.

—Diosas —dijo, sorprendido. Luego sonrió—. ¿Lo ves, Zelda? Ya soy un hombre.

Empecé a reírme a carcajadas.

Pasamos un rato más allí, en silencio, disfrutando de la calma.

—Deberíamos volver ya —sugirió Link al cabo de un rato—. Pensarán que hemos salido huyendo.

Estuve a punto de negarme, de pedirle que se quedara allí, a mi lado, durante solo unos pocos instantes más, pero al final acabé asistiendo. Link tenía razón. Ya llevábamos demasiado tiempo fuera. Algunos se preguntarían dónde nos habíamos metido.

De modo que recorrimos el camino de vuelta en silencio. No era un silencio tenso o incómodo. De hecho, era agradable. No solté su mano durante todo el viaje a pie, y él tampoco soltó la mía.

Pese a que el sendero era estrecho, con numerosas zonas de peligro, se me hizo demasiado corto. La ciudad apareció ante nosotros de repente, y tuve la necesidad de dar media vuelta y regresar a la colina donde habíamos pasado el día. Allí había paz. Solo paz. No había nadie para juzgarme ni para recordarme los errores que había cometido en el pasado. No obstante, sentí que Link le daba un ligero tirón a mi mano, y eso me infundió ánimos de nuevo. Y valor. También valor.

Cruzamos el puente, todavía de la mano. Él hizo un ademán de soltarse, pero yo no se lo permití. Me miró, sorprendido, y aferró mis dedos con más fuerza. Me daba igual que nos mirasen y susurraran. Ni siquiera me importaba ya lo que estuvieran diciendo. No había motivo alguno para esconderse. No podían hacernos nada.

Excepto incrementar su odio hacia nosotros, pero me obligué a ignorar aquella posibilidad.

Además, si soltaba su mano estaba convencida de que no podría reprimir las ganas de salir corriendo y esconderme en un rincón.

—¿Quieres ir al palacio? —me preguntó él en voz baja—. ¿O a la posada?

Antes de que pudiera responder, divisé al rey, seguido por un anciano zora. Iban en nuestra dirección. Me detuve en seco y Link, a mi lado, hizo lo mismo. El anciano resultó ser el consejero Muzun.

Empecé a temerme lo peor, pese a que él era el único que había salido en mi defensa el día anterior.

—¡Link, alteza! —exclamó el rey al llegar frente a nosotros—. ¿Estáis disfrutando de las vistas? Espero que el Dominio esté siendo de vuestro agrado.

Miré a Link, esperando poder refugiarme en él como una niña se escondía tras las faldas de su madre. Pero él había clavado la vista en mí, sumido en un silencio sepulcral. Lo maldije para mis adentros.

—Sí —dije, e intenté controlar el temblor en mi voz—. Mi memoria no le hacía justicia a este lugar.

—Me alegra oírlo —sonrió el rey Sidon—. ¿Por cuánto tiempo os quedaréis?

—No lo sabemos. —Pero cuanto antes nos marcháramos, mejor—. Quizá una semana. Tal vez menos.

—Ya veo. —Hizo una pausa y luego añadió en voz baja—: Me gustaría hablar con vosotros sobre algo. Pero creo que este no es el lugar más... adecuado.

—Oh, claro —musité tras echar un rápido vistazo a lo que nos rodeaba. Los zora nos dirigían miradas llenas de curiosidad, y algunos incluso se acercaban de forma muy poco disimulada.

El rey sonrió.

—¡Espléndido! —exclamó, y su voz retumbó en mis oídos—. Seguidme.

Sidon nos llevó hasta un rincón vacío y apartado. Estaba muy cerca de una cascada; el rugido me llegaba desde allí. El rey y Muzun tomaron asiento en un banco, y nosotros hicimos lo mismo en otro que había justo frente a ellos. Parecía de cristal, e incluso me daba miedo sentarme.

Le dirigí una rápida mirada al anciano. Su semblante serio no mostraba ninguna emoción. ¿Me resentiría él también, igual que el resto de miembros del Consejo? Si ese era el caso, ¿cuánto tardaría en sacar su odio a la luz? Tenía que ir preparándome.

—Alteza —empezó Sidon, llamando mi atención—, me gustaría pediros disculpas.

Me quedé boquiabierta. Eso era lo último que me esperaba.

—¿Qué?

—El trato que recibisteis ayer fue injusto, princesa —intervino el anciano, y mi sorpresa solo creció—. No os lo merecíais. El Consejo Zora... —Suspiró—. Después de lo que pasó con la princesa hace cien años, no han vuelto a ser los mismos. No son amigos de los hylianos; seguro que lo habéis notado.

Asentí despacio.

—¿Y... y vos? —me atreví a preguntar. Esperaba no ofenderlo. Si era el único miembro del Consejo que no me odiaba, tenía que aprovecharlo—. ¿Por qué vos no sois como ellos?

Él sonrió.

—Al principio sí lo era. Preguntádselo al Maestro Link, si no me creéis. Le dije cosas de las que todavía me arrepiento la primera vez que estuvo aquí.

Miré a Link, pero él se limitó a asentir.

—¿Qué os hizo cambiar?

—El Maestro Link salvó nuestro hogar pese a todo lo que habíamos dicho. Y lo hizo de forma desinteresada, sin pedir nada a cambio. Eso me hizo darme cuenta de que los hylianos no son como nosotros creíamos.

—¿Y los demás? ¿Por qué los demás miembros del Consejo siguen...?

—Porque son demasiado orgullosos para admitir que están equivocados. Y siempre lo han estado.

—¿No hay ninguna manera de hacerlos comprender? —pregunté, y odié la nota suplicante que había aparecido en mi voz.

Muzun desvió la vista, pero no dijo nada. Suspiré y cerré los ojos por un momento.

—Majestad —empecé, mirando al rey Sidon—, quiero que sepáis que lamento mucho lo que le ocurrió a la princesa Mipha. Ella... ella no se lo merecía, igual que el resto de elegidos. Os aseguro que la tengo presente en todas mis plegarias y que...

—Princesa —dijo él, interrumpiéndome. Alcé la mirada y descubrí que sonreía—, no tenéis por qué decir todo eso. Yo ya lo sé. Lo que pasó no fue culpa vuestra. Y mi padre también lo sabía.

Sonreí un poco. El alivio fue tal que sentí que podría derrumbarme allí mismo. Me obligué a mantener la compostura.

—Me alegra que penséis eso —logré decir.

Había llegado a creer que no tendría el apoyo de nadie en aquel lugar. Sin embargo, la familia real zora no me odiaba, y al menos había un miembro del Consejo que ya no despreciaba a los hylianos. Estábamos haciendo avances.

—Hablemos de cosas más alegres —dijo Sidon—. He pensado que podríamos celebrar la derrota del Cataclismo. Me encantan los banquetes. Sería un honor teneros ahí. Después de todo, si festejamos es gracias a vosotros.

—¿Un banquete? —dijo Link, hablando por primera vez desde que el rey había aparecido—. Diosas, no recuerdo la última vez que estuve en uno de esos.

Se me escapó una risita. Miré a Link, y él se encogió de hombros. ¿Qué perderíamos al asistir? Tal vez no habría un momento mejor para contarle mis planes al rey.

—Está bien —accedí—. Iremos.

—¡Espléndido! —exclamó Sidon—. No todos los días se puede cenar con los hylianos que derrotaron al Cataclismo.

—No es para tanto —masculló Link en su infinita humildad.

—Oh, sí que lo es. Habéis salvado Hyrule, amigos míos. Es un honor que estéis ahora en mi presencia.

Muzun se retiró poco después, y Sidon nos mostró las cataratas más hermosas que rodeaban la ciudad. El murmullo del agua era tranquilizador. Miré a Link, y vi que él tenía aquel brillo de lejanía en los ojos. Rocé su mano mientras Sidon hablaba. Link dio un respingo, aunque yo solo sonreí. Estaba de mejor humor tras haber hablado con el rey. Muchas cosas seguían estando mal, pero unas pocas estaban bien, y eso era suficiente para albergar esperanzas.

Fui a soltarle la mano, pero la carcajada repentina de Sidon me interrumpió.

—No hace falta que disimuléis —rio—. Se os ve de lejos.

Link lo miró sin comprender, tan ignorante en aquellos temas como siempre. Enrojecí al instante.

—¿Qué...?

—Ya sabéis de lo que hablo.

Link frunció mucho el ceño, y yo quise esconderme. Fundirme con la cascada más cercana.

—¿Qué quieres...?

—Amor, querido amigo.

Se me escapó un gruñido de frustración al ver su expresión de sorpresa. Luego se sonrojó también.

—Nosotros...

—No intentéis negarlo. Cualquiera se daría cuenta.

—No se lo digáis a nadie —casi supliqué.

—¿Por qué no? ¿Por qué no queréis que nadie se entere? No creo que nadie vaya a poner objeciones. Y, si lo hacen, siempre podéis mandarles al infierno.

—Sería... irrespetuoso para los zora —murmuré con la vista clavada en el suelo.

—¿Irrespetuoso? ¿Irrespetuoso por qué?

—La princesa Mipha...

—... amaba a Link, así es —terminó Sidon por mí—. Pero no creo que fuera recíproco, ¿no es así?

Él abrió mucho los ojos al darse cuenta de que era el centro de atención. Me miró a mí, y luego miró a Sidon. Al final negó despacio con la cabeza.

El rey no pareció ofendido. Tan solo sonrió ampliamente. Era como si no pudiera dejar de sonreír, aunque estaba segura de que había sufrido mucho durante su vida entera. Se había quedado sin hermana mayor cuando era muy joven y se había visto obligado a tomar una posición que nunca debería haberle correspondido. ¿Recordaría a Mipha siquiera?

—¿Lo veis, alteza? El amor es algo maravilloso. Todos se alegrarían de saberlo. Todos menos el Consejo Zora, claro, pero ellos siempre tienen que llevar la contraria. Mi padre nunca les hizo mucho caso.

Sonreí un poco. Si iba a ser reina, no estaría mal que el resto de Hyrule me apoyara, incluyendo a los zora. Y lo cierto era que los miembros de aquel Consejo solo darían problemas.

Intentamos hablar de temas alegres, pero poco a poco la conversación fue tomando otros derroteros. Link se había quedado atrás, contemplando las cascadas. Lo dejé estar. Supuse que aquel lugar le traería recuerdos difíciles de ignorar.

—La última vez que os vi erais solo un bebé que ni siquiera me llegaba por las rodillas —dije con una risita—. Nunca imaginé que seríais rey cuando volviera a veros.

Sidon sonrió también, aunque el gesto me pareció triste. Al instante asumí que había dicho algo malo. Tenía que ser eso. Siempre metía la pata de una forma u otra. Iba a disculparme, pero entonces él habló.

—Me educaron para eso después del Cataclismo, aunque nunca pensé que fuera a suceder de verdad. —Me miró fijamente—. Mi hermana debería estar en ese trono, no yo. Estoy seguro de que vos lo entendéis mejor que nadie.

Me detuve en seco, sin saber qué decir. Lo observé con los ojos muy abiertos.

—¿Vos... vos no queríais ser rey?

—Claro que no —rio él—. Sigo sin querer serlo, aunque ya me hayan coronado.

—Oh —murmuré—. ¿Y no intentasteis... protestar?

—No había más opciones —replicó—. Solo quedo yo. Igual que vos sois el único miembro vivo de la Familia Real hyliana. No podéis decidir.

Aquello me dejó reflexionando por el resto del día. Y, una vez hubo oscurecido y estaba acurrucada junto a la chimenea de nuestra habitación en la posada, descubrí que no sería capaz de dormirme aquella noche.

¿Y si Sidon tenía razón? ¿Y si yo tampoco podía decidir? Todos decían que sí, que era libre de elegir, pero estaba segura de que en el fondo esperaban que recuperara el trono. Y quizá eso fuera lo mejor. No era lo que yo quería; era lo que debía hacer. ¿A eso se había referido el rey?

—¿En qué estás pensando? —preguntó Link de pronto, bajando de la cama de un salto y sentándose a mi lado, en el suelo.

Lo miré, sonriendo a medias.

—¿Cómo sabes que estoy pensando?

—Casi puedo oírte.

—¿Ahora tienes poderes mágicos?

—No cambies de tema.

—Está bien —suspiré. Me acerqué más al fuego—. He estado hablando con Sidon.

—Lo sé. Os vi.

—Dice que él nunca quiso ser rey —susurré—. Que sigue sin querer serlo. Pero que no tuvo más opción que asumir el trono.

Guardó silencio por un momento.

—Tú sí tienes opciones, Zelda —dijo al final.

—No estoy segura de eso —repliqué, y él frunció el ceño—. Todos dicen que puedo elegir, pero sé que esperan que yo elija el trono. ¿Qué opciones tengo entonces?

Se encogió de hombros.

—Haz lo que te haga feliz —murmuró—. Pero piénsalo bien. No tomes una decisión precipitada.

—No he tomado ninguna decisión.

—Bien.

Ninguno dijo nada por unos instantes.

—¿Tú qué opinas? —pregunté.

Soltó un largo suspiro y me miró a los ojos.

—Quiero que seas feliz, Zelda. Me da igual cómo. Solo quiero eso.

—¿Y me ves feliz siendo reina?

Se tomó su tiempo para responder.

—No —dijo simplemente.

Fue mi turno de suspirar. Me arrebujé más en la manta que tenía alrededor de los hombros.

—Está bien —murmuré. Le di un beso en la mejilla—. Gracias por decírmelo. De verdad.

Percibí que Link asentía y rodeaba mi cintura con sus brazos, atrayéndome hacia sí. Estaba a punto de cerrar los ojos cuando él dijo:

—Sé que eso no se lo único que te preocupa.

Me separé un poco de él para poder mirarlo.

—¿A qué te refieres?

—Llevas varios días rara —respondió—. ¿He... he hecho algo malo? ¿He dicho algo?

—¡No! —dije muy deprisa—. ¡Claro que no!

—¿Es por lo que te dije el otro día? —siguió insistiendo—. ¿En la cueva, cuando me preguntaste lo de las ruinas y el castillo?

Desvié la mirada.

—Puede.

—Zelda —empezó—, no te lo tomes a mal. Es... es algo lógico si lo piensas bien. ¿Por qué iba a reconstruir el castillo tan pronto? No es...

—Ese no es el problema —admití en un susurro.

Link se detuvo.

—¿Ah, no?

—No.

—¿Quieres... decirme cuál es el problema?

Asentí despacio. Me atreví a alzar la vista de nuevo.

—Es que... —De pronto sonaba muy estúpido en mi cabeza—, dijiste que me habían educado como a una noble. Que no pienso como... como tú. Como los demás.

Pestañeó un par de veces, sorprendido. Al final sonrió.

—¿Y qué es lo que tanto te preocupa?

—Me preocupa no encajar si elijo ser una más —confesé—. No quiero parecer una forastera. Supongo que tendría que cambiar para...

—No —dijo con firmeza, interrumpiéndome—. No tienes que cambiar nada. ¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

—Eres la noble menos noble que he conocido jamás. Y eso que eres princesa.

Sonreí un poco.

—¿A cuántos nobles habéis conocido, ser Link?

—Eso no importa —masculló—. Tú siempre piensas en todo. No solo en ti misma. Por eso es diferente. No quiero que cambies, ¿me oyes? Elijas lo que elijas, no cambies.

—Pero ¿y si no encajo? ¿Y si...?

—Encajarás —me aseguró—. Encajas en todas partes. Y si no te aceptan es porque son idiotas. No saben lo que se están perdiendo.

Se me escapó una risita cuando él besó la punta de mi nariz. Luego siguió bajando hasta llegar a mis labios. Y se detuvo allí durante un rato.

—Besas bien —susurré contra sus labios—. Incluso para tener poca experiencia.

Me miró con una sonrisa estúpida.

—¿Y cuánta experiencia tienes tú?

—Esas cosas no se le preguntan a una dama.

Él resopló, aunque no tardó en besarme de nuevo. Al final tuve que separarme a la fuerza. Él se quejó, claro estaba, pero hice todo lo posible por mantenerme firme.

—Cuando te deshagas de esa barba desaliñada —dije, señalando su mejilla con un dedo—, te dejaré besarme todo lo que quieras.

Lo escuché reír.

—Hablas como mi madre —murmuró.

Cogí su mano.

—¿Por qué?

—Siempre le decía a mi padre que se quitara la barba. La suya era mucho peor que la mía, pero ya sabes. Hacía cosquillas.

No percibí tristeza en su voz. Solo diversión. Y, quizá, si buscaba bien, una pizca de nostalgia. Eso era bueno.

—Tu madre tenía razón.

—Probablemente.

Guardé silencio por unos instantes y reí de nuevo.

—Imagínate que los zora nos ven así ahora.

—¿Qué tiene de malo? —murmuró.

—Nada, en realidad —admití—. Pero algunos podrían..., no sé, considerarlo como una ofensa o algo así.

Me estrechó con más fuerza.

—Al infierno con todos ellos. No me alejarán de ti tan fácilmente.

Una oleada de calidez me abrasó por dentro. Él no tardó en irse a dormir, pero yo permanecí despierta un rato más. ¿Entendería el alcance de sus palabras? ¿Lo feliz que me hacía sentir? Nunca había estado mejor. Ni siquiera cien años atrás.

Al día siguiente, supimos que el banquete se celebraría después del atardecer, a la hora del crepúsculo. Pasé la mañana y gran parte de la tarde yendo de un lado a otro con nerviosismo. Empezaba a preguntarme por qué demonios había accedido a asistir. Los miembros del Consejo Zora estarían allí, torturándome con su eterno resentimiento. No debería haber dicho que sí. Sabía que el rey y Muzun asistirían también, pero aquel era un consuelo poco efectivo.

Sidon era rey, y aun así había dejado que su Consejo tomara todas las decisiones. No creía que pudiera hacer nada si aquellos ancianos decidían hurgar en viejas heridas otra vez. Muzun probablemente intentaría poner un poco de orden, pero su voz no sería suficiente.

Mi padre no era así. Él siempre tenía la palabra en todas las decisiones, estuviera su Consejo de acuerdo o no. Se hacía respetar. Si yo fuera reina, ¿me respetarían? ¿O pasarían por encima de mí y tomarían las riendas, tal y como le había sucedido a Sidon?

Hacía tiempo que no pensaba en él. En mi padre. Había intentado mantenerlo lo más alejado posible. Me traía demasiados malos recuerdos. ¿Qué diría si me viera ahora? ¿Estaría orgulloso? ¿O seguiría tan decepcionado como lo había estado en vida?

Me habría gustado tener una última conversación con él. Una conversación de verdad, y no un frío intercambio de formalidades y palabras vacías. Deseaba pedirle consejo. Jamás había llegado a pedírselo.

No sabía cómo había muerto, ni si lo habían enterrado como merecía. A los reyes se los solía enterrar en la Meseta de los Albores, cerca del Templo del Tiempo. Allí estaban los cimientos de Hyrule. Allí estaba mamá. Seguro que a él le habría gustado quedarse con ella.

—¿Zelda?

Salí de mis pensamientos de golpe y me aparté de la bolsa de viaje con un suspiro de resignación.

—He dejado todos mis vestidos en Hatelia.

—¿Los que te compré también?

—Por desgracia.

Se quedó en silencio un momento.

—¿Y por qué tienes que llevar un vestido? ¿Hay alguna ley o algo así?

Lo observé con incredulidad.

—Es... es un banquete real, Link.

—¿Y qué?

—Pues...

Descubrí que no sabía cómo contestarle.

—No tienes por qué llevar un vestido —murmuró—. Al menos eso es lo que yo creo. Estarás perfecta de todas formas —añadió, encogiéndose de hombros.

Me ruboricé, aunque acabé asintiendo despacio. Él tenía razón, como siempre.

Salimos de la posada cuando el sol no era más que una fina línea anaranjada en el horizonte y las primeras estrellas ya brillaban en el cielo. Lo bueno era que el palacio estaba cerca de la posada, así que muy pocos zora nos vieron.

Link todavía no se había deshecho de su barba. Seguía siendo casi invisible, pero cada vez que lo miraba se volvía un poco más evidente. Seguro que los miembros del Consejo se darían cuenta. Ellos se fijaban en todo. Y aprovecharían aquel pequeño desliz para decir que íbamos desaliñados y descuidados.

A mí, por el contrario, no me importaba su barba. No demasiado, al menos. Era estúpidamente atractivo estuviera como estuviese. Me hacía cosquillas cuando me acercaba, eso no iba a negarlo.

Cruzamos la plaza principal, donde se alzaba la efigie de la princesa Mipha, y luego subimos la larga escalinata hasta el palacio. Arriba, el rey Sidon nos recibió con su habitual sonrisa.

—Me alegra que hayáis venido —dijo—. Nos divertiremos, ya lo veréis.

—Majestad —empecé mientras me retorcía los dedos, nerviosa—, yo... Me gustaría hacer una propuesta. Algo que llevo mucho tiempo pensando.

Él pareció sorprendido por un instante.

—Por supuesto, princesa. ¿Qué os gustaría proponer?

—Aquí no. Quiero que el Consejo Zora esté delante.

El rey sonrió otra vez.

—Muy bien, alteza. Confiaré en vos. ¿Algo más? —Negué con la cabeza, y su sonrisa se hizo todavía más amplia, si eso era posible—. Seguidme.

Subimos otro tramo de escaleras. Link rozó mis dedos con discreción.

—¿Qué vas a hacer? —me susurró.

Sonreí, intentando mantener la calma y mostrar confianza.

—Ya lo verás.

Alzó una ceja.

—¿Es bueno o malo?

—Bueno. Muy bueno, espero.

Él pareció algo más tranquilo. Lo vi suspirar.

—¿Puedo confiar en ti?

Asentí con determinación.

—Sí. Te lo prometo, si eso te hace sentir mejor.

Me miró pensativo, aunque no tuvo tiempo de decir nada más, porque ya habíamos llegado arriba.

Habían dispuesto una larga mesa frente al trono. Era azul cristalino, y parecía tan frágil como el resto de construcciones de la ciudad. Los miembros del Consejo, incluido Muzun, esperaban de pie. No quise mirarlos demasiado, y aun así no pude evitar fijarme en sus expresiones de desprecio.

Muzun fue el único que se inclinó al verme llegar. No me sorprendió en absoluto. No esperaba que ninguno se inclinara.

El rey dijo que podíamos tomar asiento. Él presidía la mesa, y nosotros estábamos a su lado, frente a los miembros del Consejo. No me quedó otra opción que mirarlos

Un criado nos sirvió vino. Le dirigí a Link una mirada de advertencia, y él pareció encogerse en su asiento. No permitiría que lo sucedido durante las celebraciones en Kakariko se repitiera allí. No mientras estuviéramos rodeados víboras.

—Brindemos por la derrota del Cataclismo —dijo Sidon, poniéndose en pie. Alzó su copa—, y por el Héroe de Hyrule y la princesa, salvadores del reino. Sin ellos, no estaríamos aquí.

Los ancianos bebieron con cierta reticencia, sin dejar de observarnos con odio. Hice todo lo posible por ignorarlos y, de reojo, vi que Link tomaba un sorbito.

—Link... —murmuré con disimulo.

Él alzó su copa de nuevo, aunque no bebió.

—Apenas he bebido nada —me susurró.

Le dirigí una segunda mirada de advertencia, y él dejó la copa sobre la mesa por fin.

La comida no tardó mucho en llegar. A mi lado, Link devoraba cada plato que le ponían delante como si no hubiera comido en días. Tuve que contener la risa. Los ancianos estaban sumidos en un silencio sepulcral, y siguieron estándolo durante gran parte de la noche. Sidon y yo éramos los únicos que participábamos en la conversación.

Acababan de traer una bandeja repleta de pastelitos de manzana cuando decidí que, si me llevaba algo más a la boca, explotaría allí mismo. Seguro que al Consejo Zora no le haría gracia. Tuve que contener una carcajada otra vez.

El silencio se había vuelto tenso. Miré a mi alrededor, y los ancianos me devolvieron la mirada. Algunos lo hicieron con odio, otros con recelo, y solo dos parecían indiferentes. Muzun fue el único que me sonrió.

—Alteza —dijo el anciano, rompiendo el silencio por fin—, ¿tenéis pensado recuperar el trono?

Sabía que aquella pregunta llegaría tarde o temprano. Incluso me sorprendía que nadie la hubiera formulado antes.

Me armé de valor.

—Todavía no lo sé —respondí—. Tengo que evaluar los daños y ayudar a sanar viejas heridas. Solo el tiempo dirá lo que...

—No todas las heridas sanan, princesa —intervino otro anciano.

—Lo sé muy bien —repuse con mi mejor sonrisa—. Yo misma tengo heridas que no han sanado. Y no creo que lo hagan nunca. Pero pueden mejorar, ¿entendéis? Siempre mejoran. Con el paso de los días, duelen menos.

Él no respondió. Se limitó a mirarme con desagrado hasta que el rey Sidon habló.

—¿Cuáles son vuestros planes, alteza?

Miré a Link, que había dejado de comer por fin.

—Antes de tomar una decisión sobre el trono —empecé, y me sorprendió lo firme que sonaba mi voz—, quiero ver Hyrule. Evaluar los daños, como ya he dicho, y saber en qué estado se encuentra. Quiero reconstruir, majestad. Durante mi viaje he visto las ruinas. Están por todas partes. A veces es desalentador. Pero puede mejorar. Al menos yo lo veo así.

Por un maravilloso instante, hubo silencio.

—Reconstruir no es tan fácil como vos decís —intervino otro anciano—. Requiere esfuerzo. Rupias, materiales y constructores. ¿De dónde pretendéis sacar todo eso?

Tomé aire.

—En Hatelia hay un grupo de constructores que ha decidido empezar a reconstruir. Ahora que ya no hay tantos monstruos como antes, es más seguro salir a los caminos. He decidido unirme a ellos. —Miré a Sidon—. Busco aliados, majestad. No aliados de la Corona o de la Familia Real hyliana, sino de Hyrule. Por convertirlo en un lugar mejor. Visitaré cada aldea que quede en pie, pidiendo lo mismo. Sé que será difícil y llevará mucho tiempo. Tampoco espero que todo el mundo vaya a unirse a nuestra causa. Pero haremos avances, y eso es lo que importa.

De nuevo, hubo silencio. Sin embargo, el primer zora que había hablado volvió a intervenir.

—Los hylianos siempre habláis a la ligera. No habéis aprendido, ni siquiera durante estos últimos años. —Me mostró una sonrisa exenta de alegría—. Igual que hace cien años. Quisisteis darnos paz, pero al final nos disteis guerra. La peor que Hyrule ha visto nunca. Hacéis promesas de esperanza, alteza. Pero no engañáis a todo el mundo. Queréis que volvamos a unirnos a la Corona hyliana. Pero no permitiré que eso suceda.

Varias voces se alzaron, apoyando sus palabras. Y el caos reinó de nuevo. Miré a Sidon, pero él permanecía en silencio sobre su trono, con una expresión que fui incapaz de descifrar. Muzun intentó poner orden pero, como era de esperar, fracasó. Sus compañeros del Consejo empezaron a acusarlo de traidor, y él también se enzarzó en una discusión.

Sentí que las lágrimas se agolpaban otra vez, pero no las dejé salir. No ahora. No delante de todos ellos.

¿Para qué seguir intentándolo? No funcionaría. Mis esfuerzos no servirían de nada. Todo el mundo estaba demasiado ocupado en su propio orgullo para mirar al exterior. Quizá no encontraría apoyo en los zora, pero tal vez en las demás aldeas me comprenderían. O quizá no. Quizá todo era culpa mía. No sería una buena reina. Ni siquiera servía como líder. Había fracasado antes de empezar.

Un estruendo me sobresaltó de pronto.

Alcé la vista y descubrí que la Espada Maestra estaba sobre la mesa. Varias copas se habían derramado, pero a nadie parecía importarle. Todos se habían callado de golpe. Miré a Link, y vi que él era el único que no prestaba atención. Se deshizo de los cinturones que sujetaban la Espada Maestra a su espalda y los colocó alrededor de su cintura tranquilamente. Luego se ajustó la espada con parsimonia y, al terminar, alzó la mirada por fin. Fingió que acababa de darse cuenta de que todos lo observaban.

—A veces pesa —fue lo único que dijo, y luego cogió uno de los pocos pastelitos que se habían salvado del derramamiento de vino.

A pesar de todo, tuve ganas de reírme. Incluso Sidon sonreía un poco.

—Princesa —dijo el rey—, vuestra propuesta me agrada. —Nunca lo había visto tan serio—. Acepto. Se lo comunicaré a mi pueblo lo antes posible. Quienes deseen unirse a vos serán libres de hacerlo. Contáis con mi apoyo.

Pestañeé, confundida, y por un momento pensé que me estaba hablando en hyliano antiguo. ¿Había aceptado? ¿El rey? Debía estar soñando.

No obstante, la indignación de los miembros del Consejo era tan real que supe que aquello no era un sueño.

—No podéis hacer eso, majestad.

Sidon se volvió en dirección al anciano. Aquello debió enfadarlo.

—Recuérdame por qué existe un Consejo en la Región de los Zora.

Él pareció confuso.

—Para... para aconsejar al rey.

—Así es. Para aconsejar al rey. ¿Cuándo fue la última vez que alguno de vosotros me aconsejó de forma útil? ¿O simplemente me dio un consejo y no una orden?

Ellos guardaron silencio.

—Majestad...

—No —interrumpió Sidon y, por primera vez desde que había llegado a la ciudad, sonaba como un rey—. Ya habéis dicho suficiente. No dais consejos ni soluciones. Solo hay odio aquí. No consentiré que esta sea la imagen que los forasteros se lleven de la ciudad. Os libero de vuestras responsabilidades como miembros del Consejo.

—No podéis hacer eso —siseó un anciano—. Vuestro padre...

—Le fuisteis útil en su momento, sí. Pero ahora yo soy el rey, y no me sois de utilidad. Espero que algún día os deis cuenta de vuestro error. Ahora, fuera de aquí.

Y se retiraron poco a poco, no sin antes dirigirnos una última mirada de odio a mí y a Link. Sabía que aquello solo acrecentaría su apatía hacia los hylianos, pero no había otra solución. Al menos ya no harían daño.

El rey le ordenó a Muzun que se quedara. El anciano asintió, y me pareció ver una pizca de orgullo en sus ojos. Luego Sidon suspiró y nos miró con la misma sonrisa de siempre.

—Al parecer, tendré que buscarme un nuevo Consejo.