ZELDA

Nos quedamos unos pocos días más en la ciudad, tal y como le había prometido a Link. Sabía que él no podía estarse quieto en un mismo sitio durante mucho tiempo. Solo tenía la paciencia suficiente en casa. E incluso entonces tenía que ir al bosque o al lago o adonde fuera. Y lo cierto era que yo también estaba ansiosa por salir de aquel lugar.

Había hecho todo lo que estaba en mi mano. Ahora solo había que esperar para ver los resultados.

Una semana se cumplió, y entonces empezamos a hacer los preparativos.

Link y yo decidimos repartirnos las tareas. Él se encargaría de cortar más leña y yo, de las provisiones.

—Estaré junto al puente —me dijo una mañana—. Solo hay árboles por ahí.

—No te alejes mucho —le pedí.

Él sonrió y jugueteó con el hacha que le habían prestado. Le dirigí una mirada llena de advertencias.

—Podrás verme desde el otro lado del puente.

—¿No crees que nadie me vaya a atacar?

Su sonrisa desapareció poco a poco, ensombreciéndole el rostro. Me arrepentí de haber dicho nada.

—¿Debería preocuparme? —murmuró mientras miraba a nuestro alrededor.

—No. Claro que no.

—¿Quieres que le diga al rey que te ponga algún guardia para...?

—No —interrumpí con firmeza—. Aquí no hay nadie que pueda hacerme daño. Y, si lo hubiera —añadí al ver que él iba a replicar—, no sería tan idiota para atacarme delante de una ciudad entera.

Acabó suspirando y cediendo, como siempre hacía.

—Ten cuidado —dijo simplemente.

Le di un beso en la mejilla.

—Tú también.

Me dirigió una última mirada y lo observé alejarse por el puente. Descubrí que los guardias apostados junto a la entrada me miraban con los ojos muy abiertos. Hice caso omiso. La voz se correría, pero para entonces ya estaríamos fuera de la ciudad, y los susurros no podrían alcanzarnos.

Fui hacia la tienda. Primero tendría que comprar flechas. Link me había dejado su bolsa de rupias. Odiaba coger su dinero pero, según él, "lo que es mío también es tuyo", así que no le había dado importancia.

Al menos algo sabía de flechas. En la tienda solo había dos mujeres zora. La dueña estaba junto al mostrador. Las saludé con la cabeza al entrar y luego me acerqué a las flechas. Disfruté de una corta calma que duró menos de lo esperado y escuché una exclamación ahogada.

—¿Princesa? —Me giré, y fue como si todas las dudas de la mujer se disiparan—. ¡Oh, de verdad sois vos! Es un honor que estéis en mi...

—Princesa, mi familia y yo hemos decidido ayudar —dijo una clienta—. Mi padre es muy fuerte. Ayudó a restaurar el puente hace cincuenta años, cuando una parte se derrumbó. Os será de ayuda, ya lo veréis.

Me obligué a sonreír, aunque por dentro temblaba con nerviosismo.

—Me alegro mucho —dije. Me aseguré de que la voz no me sonara demasiado aguda antes de añadir—: Vuestra ayuda será bienvenida.

—Yo también iré con mis hermanas —intervino otra mujer—. Nunca hemos salido de la región, pero dicen que hay muchas ruinas.

Asentí despacio.

—Eso queremos arreglar.

—Me alegra mucho que alguien se preocupe al fin por este lugar —dijo la dueña—. Ya era hora de dejar de ignorarlo todo.

Forcé otra sonrisa, aunque en esa ocasión fue un poco menos difícil.

Dejaron de dirigirse a mí y entablaron su propia conversación. Hablaban de la reconstrucción, claro estaba, pero no quise participar. Me daba miedo decir una estupidez que las hiciera echarse atrás.

En cambio, me dediqué a examinar las flechas. Decidí llevarme cincuenta de las mejores que tenían por un precio razonable. La dueña de la tienda intentó bajar todavía más el precio, pero me negué en rotundo. No sería justo.

Pasé gran parte del día consiguiendo las provisiones necesarias para el viaje. Al atardecer, estaba en nuestra habitación de la posada, guardándolo todo en las bolsas de viaje. Entonces Link entró como un huracán por la puerta. Me di la vuelta y lo vi cargado de montones de leña. Lo ayudé a llevarlo todo hasta un rincón de la habitación.

—Para que no paséis frío por las noches, princesa —dijo con una sonrisa estúpida en la cara.

—Te crees muy gracioso ahora, pero antes te despediste de mí como si te fueras a marchar a la guerra.

Aprovechó que estaba de espaldas para atraparme entre sus brazos. Intenté escapar débilmente.

—Apestas —dije entre risitas.

Él me abrazó con más fuerza. El olor era lo que menos me importaba en realidad, así que lo dejé estar. Alcé la vista para mirarlo, y él me besó con cuidado el hombro desnudo. Tuve que reprimir un estremecimiento. Se apartó entonces, y fue como si el frío de Hebra me azotara por dentro.

—¿Has...? —empezó, pero luego se alejó un poco más, casi hasta el otro extremo de la habitación—. ¿Lo has encontrado todo?

Carraspeé para no sonar como una niña otra vez.

—Sí.

Link solo asintió y empezó a rebuscar en las bolsas. Contuve un suspiro de frustración. A veces no lo entendía. Lo intentaba, pero me era imposible adivinar qué se le pasaba por la cabeza. Y, por supuesto, no serviría de nada preguntárselo, porque no me daría una respuesta clara. Solo silencio y monosílabos. Había que sacarle las palabras a la fuerza siempre.

Él fue a darse un baño. Cené lo primero que encontré y luego me escondí bajo las mantas sin esperarlo. Me dormí antes de que llegara.

Cuando me desperté, sin embargo, todavía era de noche. Ni siquiera estaba amaneciendo. Contemplé las mantas revueltas y luego caí en la cuenta de que no tenía a nadie entre los brazos.

—¿Link?

Lo escuché maldecir en voz baja. Me incorporé sobre la cama para quedar a su lado. Él me miró, y supe que algo iba mal.

—Siento haberte...

—Da igual —dije, interrumpiéndolo—. ¿Qué te pasa? ¿Has visto a alguien?

Desvió la mirada y observó la oscuridad. Quise encender una vela, pero recordé que no estábamos en casa y no sabía dónde estaban guardadas.

—No.

Contuve un suspiro. Tendría que sacárselo a la fuerza. Como siempre. Le puse una mano en el hombro para que me mirara.

—¿Por qué nunca me lo cuentas? —pregunté en voz baja.

Guardó silencio por unos instantes que se me hicieron eternos.

—No lo sé —murmuró—. Yo... Era solo una pesadilla.

Hizo una mueca, como si le hubiera dolido pronunciar aquellas palabras. Quise pensar que estábamos haciendo progresos. Cogí su mano.

—¿Lo ves? No es tan difícil. —Él no dijo nada, así que añadí—: ¿Qué pasaba en tu pesadilla?

Sus dedos estaban fríos, y me di cuenta de que temblaba.

—Ya no me acuerdo —respondió con un hilo de voz—. Había guardianes. Y tú ya no estabas y todo ardía.

Callé, pensativa. Él se quedó mirando la oscuridad con una expresión indescifrable en el rostro, pero no lo quise presionar.

—No te quedes ahí —le dije al final—. Es tarde. Y estás temblando.

Conseguí convencerle de que volviera a la cama. Estiré las mantas y lo arropé bien con ellas. Ninguno dijo nada por un largo rato.

—Yo también sueño con ese día a veces —susurré.

Link alzó la vista.

—¿De verdad?

—Sí. —Le aparté el pelo húmedo de la frente—. A veces estoy corriendo contigo otra vez. A veces te veo morir. O a veces es todavía peor y todo pasa al mismo tiempo.

Él frunció el ceño.

—¿También hay guardianes en tus pesadillas?

—Claro que los hay. Muchas veces. Veo como disparan, y es... es...

Me detuve porque no quería recordar los detalles. Ni recordárselos a él. Descubrí que seguía mirándome, así que continué:

—Pero ¿sabes qué es lo único bueno de mis pesadillas?

—¿Hay algo bueno?

—Sí. Cuando me despierto gritando como una histérica, tú estás siempre ahí. Da igual lo tarde que sea. No sé de dónde sacas tanta paciencia, pero siempre esperas a que me sienta mejor. Deja que yo haga lo mismo ahora que lo necesitas.

Sonrió un poco.

—No te detendré.

Yo sonreí también. Le di un beso en la mejilla.

—Una vez me dijiste que creías que yo no tengo pesadillas —murmuró.

—¿Eso dije?

Link asintió.

—Ahora ya lo has visto. ¿Te ha decepcionado?

Decidí seguirle el juego.

—Oh, mucho. No puedo creer que el Héroe de Hyrule tiemble de ese modo por una pesadilla.

Su sonrisa se hizo un poco más amplia, aunque no dijo nada. Rocé su mejilla con cuidado.

—Eso es broma, lo sabes, ¿verdad? —Link asintió de nuevo—. Todos tenemos pesadillas. Tú también.

Siguió sin decir nada. Interpreté su silencio como algo positivo. Había dejado de temblar, pero todavía me miraba. ¿Por qué me miraba tanto?

—¿Qué? —le pregunté con una sonrisa estúpida.

—¿No estabas enfadada conmigo o algo así?

Fruncí el ceño, intentando recordar. Hice una mueca al acordarme de lo sucedido aquella noche

—No, no estoy enfadada contigo. —Vacilé—. Es que a veces no te entiendo.

Fue su turno de fruncir el ceño.

—¿Qué no entiendes?

—Bueno, antes estábamos... bien, y luego hiciste eso y de repente de alejaste. Como si estuviera mal.

Abrió mucho los ojos.

—¿Estuvo bien?

¿Esa era la raíz del problema? ¿Que no sabía si estaba bien o mal?

Acerqué su rostro al mío.

—Estuvo maravillosamente bien.

Su sonrisa fue tan amplia que no haría falta ninguna vela para iluminar la habitación.

—Pensaba que te había hecho sentir... incómoda o algo así. Y no quiero...

—¿Incómoda? Claro que no, Link.

—Ahora lo sé.

—Métetelo en la cabeza. Todo lo que haces está bien.

—Vale —dijo—. Pero, si hay algo que no te guste, dímelo. ¿Lo harás?

Le di un beso en los labios.

—Te prometo que lo haré.

Link pareció satisfecho después de eso. Tardó muy poco en dormirse, para mi sorpresa. Mientras escuchaba su respiración rítmica, supuse que lo necesitaba. Había montado guardia como un idiota durante varias noches seguidas aquella semana. En el fondo, entendía su preocupación, pero también creía que era imposible sufrir un ataque en plena ciudad.

Al día siguiente, decidimos comunicarle al rey nuestra decisión de partir. Él alzó la vista desde su trono cuando nos vio llegar y sonrió.

—¡Buenos días, amigos míos! —exclamó—. Ojalá yo pudiera madrugar y tener tan buen aspecto como vosotros hoy.

Miré el sol que se filtraba por las ventanas. Habíamos pasado gran parte de la mañana bajo las mantas, susurrándonos estupideces al oído, como de costumbre, de modo que ya casi era mediodía. Eso estaba muy lejos de madrugar. Quise decírselo, pero tuve que recordarme que él era un rey. Jamás le habría dicho algo así a mi padre frente a toda la corte.

—Gracias, majestad —dije en cambio.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—¿Qué os trae por aquí hoy, princesa?

Me adelanté un paso. Link permaneció a mi espalda, como siempre. No iba a obligarlo, pero me vendría muy bien que se colocara a mi lado. Así al menos podría prestar mejor atención a la forma en que se desarrollaba la política.

—Queríamos que supierais que vamos a marcharnos.

Su sonrisa desapareció poco a poco.

—¿Os vais? ¿A dónde?

—Ya he hecho todo lo que tenía que hacer aquí. Ahora debemos proseguir con nuestro viaje, majestad.

—Ya veo. ¿Cuándo os marcháis?

—Mañana a primera hora.

—¿Queréis que asigne un grupo de soldados con vosotros?

—No —respondió Link a mi espalda, antes de darme oportunidad de hablar.

Su negación fue tan rotunda que Sidon le observó con extrañeza por un instante.

—No, pero os lo agradecemos, majestad —agregué al ver que Link no iba a dignarse a contestar

—Bueno, os echaré de menos. La ciudad no será lo mismo sin vosotros.

Normalmente estaba sin nosotros, pero eso no era importante.

—Gracias por vuestra hospitalidad, majestad —dije—. Y también por vuestra generosidad.

Él se puso en pie de pronto. Avanzó en nuestra dirección y, para mi sorpresa, nos envolvió a ambos en un abrazo.

—Entonces os deseo un buen viaje —nos dijo—. Y también buena suerte en todo lo que esté por venir.

Estuvimos de acuerdo en que daría rupias destinadas a la reconstrucción en cuanto pudiera. No me gustaba tener que ir pidiendo dinero, pero no me quedaba otra opción. Aún recordaba la época en que las rupias eran lo que menos me importaba. Con solo dar una orden, tenía todo lo que quisiera. Sin embargo, ahora tenía que utilizar el dinero de Link para todo. Ya ni siquiera poseía la reserva de rupias de mi familia. No tenía nada. De no ser por Link, estaría en serios problemas.

El rey me preguntó por los zora que deseaban unirse a la reconstrucción. Ahora que los ánimos estaban caldeados era mejor ponerse en marcha antes de que volvieran a enfriarse. Así que le pedí que comunicara que podían buscar la compañía de construcciones por sí mismos o podían esperar por Link y por mí. Con cualquiera de las dos opciones estarían siendo de ayuda.

Luego nos despedimos de Sidon y salimos del palacio. Link cogió mi mano, y dejé que me guiara por la ciudad. La conocía diez veces mejor que yo. Me llevó hasta las cascadas otra vez. Allí no había nadie por el momento, así que estaríamos a salvo de los susurros durante un rato.

—¿De verdad quieres irte mañana? —me preguntó.

Contemplé como el agua caía. Estábamos tan cerca que algunas gotas me golpeaban en el rostro.

—Sí. Necesito irme de aquí. Esta ciudad me recuerda a la Ciudadela.

Y la Ciudadela tenía sus cosas buenas; daría lo que fuera por verla en pie de nuevo. Pero no era como Hatelia. No había la misma calma ni la misma paz. No era mi hogar de verdad. Nunca lo había sido. Y lo que necesitaba después de tanto tiempo sumida en el caos era paz y tranquilidad.

—Al menos no huele tan mal como en la Ciudadela —rio él.

Sonreí un poco. Aquella era otra diferencia con Hatelia. Allí siempre olía a pan recién hecho. A veces apestaba a caballo, pero no llegaba a comprarse con el hedor pestilente de la Ciudadela.

—Cierto —dije—. Creo que no podría vivir en una ciudad tan llena.

—Yo tampoco.

Escuché el murmullo del agua y luego suspiré.

—Lo echo de menos —murmuré.

—¿El qué? ¿Que te miren?

Le di un golpecito en el hombro.

—No. Hatelia.

—Ah. ¿Tan pronto?

—¿Tú no lo echas de menos?

Se lo pensó un momento y luego asintió despacio.

—A veces desearía que todo fuese más fácil y pudiéramos quedarnos en Hatelia.

—Tú has dicho que quieres viajar —observó Link.

—Lo sé —suspiré—. Pero sigo echándolo de menos.

Se encogió de hombros.

—Bueno, podemos volver cuando quieras.

—Lo sé —repetí.

Pasé gran parte de la noche dando vueltas. O, al menos, dando todas las vueltas que podía sin despertar a Link. Y era una tarea difícil, porque él reaccionaba ante el más mínimo roce. Así que al final me rendí y me mantuve quieta entre las mantas, hecha un ovillo, mientras pensaba en el viaje que nos aguardaba. Tendría que contarle a Link que había cambiado de opinión respecto a la montaña que íbamos a escalar, pero no había encontrado el momento oportuno todavía.

Lo desperté cuando el sol solo asomaba por el horizonte como una fina línea anaranjada. Lo recogimos todo y salimos de la posada una vez Link hubo pagado nuestra estancia.

No había muchos zora por la ciudad. Solo los más madrugadores, y eran pocos. Sidon nos había dicho que aquella era la mejor hora para salir, ya que no había nadie aún. Y, aunque los hubiera, ya estaríamos muy lejos para cuando se corriera la voz.

Para mi sorpresa y también la de Link, a juzgar por su expresión, el rey y Muzun nos esperaban junto al puente, seguidos de un grupo de soldados. Sidon nos saludó con una sonrisa, como de costumbre.

—Majestad —dije mientras me inclinaba con cuidado—. ¿Qué hacéis aquí?

—Oh, sois mis invitados. O, bueno, erais. Teníamos que despedirnos como es debido, ¿no creéis?

—No nos vamos para siempre —masculló Link, y tuve la sensación de que le habíamos dicho eso a muchos.

—Por supuesto, por supuesto. Estoy deseando volver a veros por la ciudad.

Miré a Muzun, y el anciano suspiró.

—Os echaremos de menos, princesa —dijo—. Quizá no os lo creéis, pero sois un símbolo de esperanza para muchos.

Sonreí también, pero no dije nada. Sabía que se decían muchas cosas sobre mí, y todavía no estaba segura de cómo manejar la forma en que se me veía después de un siglo.

—Os deseo suerte, Maestro Link —añadió Muzun—. Sé que sois fuerte, pero no solo necesitaréis de eso mientras estéis con la princesa.

Link asintió, aunque se mantuvo en silencio también. Muzun le dio varios golpecitos en el hombro.

—Tened cuidado. Hay muchas cosas ahí fuera.

—No nos harán daño —dijo él, con la mirada clavada en el puente.

—Eso espero.

Muzun se detuvo para mirarme.

—Suerte, niña. La necesitaréis, igual que el Maestro Link.

—Cuidad del rey —susurré para que Sidon no pudiera oírme—. No dejéis que cometa los mismos errores.

—No os preocupéis —replicó—. Me aseguraré de que todo vaya bien. Le enseñaré todo lo que sé.

Sonreí.

—Sois de gran ayuda —murmuré—. Ojalá yo tuviera un consejero en quien confiar, como vos.

—Os las arreglaréis, princesa. Os lo aseguro.

Decidí creerlo. O, al menos, fingí que lo creía.

Link y yo dijimos nuestra despedida final y luego cruzamos el puente al exterior. Mientras caminábamos en silencio, recorriendo el sendero a pie, suspiré.

—Espero que todo les vaya bien.

Él se acercó un poco más.

—Seguro que sí, ya lo verás.

El camino de la ciudad era retorcido, abrupto y escarpado en algunas zonas. Link tuvo que ayudarme a mantener el equilibrio, y miraba constantemente al suelo para no tropezar con raíces o piedras. Llegué a comprender por qué los caballos no podían pisar aquel lugar.

Llegamos a la posta al atardecer. Para entonces tenía las piernas doloridas y estaba segura de que el dolor solo empeoraría al día siguiente, con el añadido de cabalgar durante horas. Me gustaba ir a caballo, pero incluso después de varias semanas con Calabaza, seguía sin acostumbrarme del todo. No recordaba cómo lo había hecho un siglo atrás, y tampoco sabía cómo demonios lo hacía Link. Pero a él se le daba bien todo, claro estaba. Todo menos las palabras.

Mientras él pagaba por pasar la noche allí y por una cena caliente, fui hacia los establos. Link me había dicho que no me alejara mucho, sobre todo en las postas, pero supuse que no pasaría nada. No parecía haber gente extraña en la posta. Todo el mundo comía y reía, sentados en grupo junto a hogueras. Nadie me miraba con demasiado interés.

Distinguí el color plata de Calabaza al instante. Viento estaba justo en la cuadra contigua y, al verme, me olisqueó el pelo y resopló. Calabaza ni se inmutaba de que yo estuviera allí. Intenté rozarle el hocico, pero el animal se apartó.

—¿Tampoco me vas a dejar montar mañana? —le pregunté con el ceño fruncido—. Pensé que me habías echado de menos.

Al parecer, había estado muy equivocada.

Link llegó poco después. Viento lo recibió con alegría, y observé con una pizca de envidia como se dejaba hacer por él. Calabaza ni siquiera me permitía acercarme más de cinco pasos.

—¿Qué le pasa? —me preguntó Link.

Solté un bufido.

—No lo sé. Creo que simplemente no le agrado. Puede que no sea para mí.

Él frunció el ceño, aunque parecía divertido. No sabía qué le hacía tanta gracia. Se acercó a Calabaza para intentar calmarla. Como era de esperar, funcionó.

—Tienes un serio problema con los caballos —dijo, sonriendo.

Le dirigí una mirada asesina. Fui hacia Calabaza, dispuesta a intentarlo una última vez, pero el animal siguió resistiéndose.

—Me rindo —mascullé—. Vámonos de aquí.

Di media vuelta para salir de los establos sin siquiera esperar por Link. Lo oí reír a mi espalda.

—No vayas tan rápido, Calabacita.

Puse los ojos en blanco.

—¿Ya no tienes velocidad divina?

Sonrió, aunque no siguió discutiendo. Pareció notar mi mal humor, porque me dio un golpecito en el hombro y añadió:

—En el fondo te quiere.

—Ya —bufé.

—Hazme caso. Llegará un día en que empezaréis a llevaros bien.

—Ojalá —murmuré.

Esperaba que estuviera en lo cierto. Con Nieve había sucedido. Deseaba tener suerte en eso, al menos. Los caballos no eran lo mío, definitivamente. Había algo de mí que no les gustaba. Viento era la única excepción, claro. Él era el único que no relinchaba ni coceaba cuando me acercaba más de seis pasos.

—Según tú, yo siempre tengo razón.

Sonreí a medias.

—Bueno, entonces espero que no te equivoques ahora tampoco.

Al amanecer del día siguiente, emprendimos la marcha de nuevo. Tardé en convencerla, pero Calabaza me dejó montar. Por suerte, no intentó tirarme al suelo ni nada parecido. El viaje transcurrió en paz. Llegaría un momento en que Link no sabría por dónde seguir, puesto que no le había dicho qué montaña quería escalar. Lo cierto era que tenía una en mente. Sus alarmas saltarían cuando se lo contara, pero esperaba que al menos lo entendiera. Debía entenderlo.

No nos detuvimos hasta el anochecer. No había ninguna posta en los alrededores, así que montamos un campamento apresurado en medio de un bosque. Mientras Link encendía una hoguera, me dediqué a estirar las piernas. Me asomé entre los árboles; desde allí era visible la montaña. ¿Sería muy precipitado volver? Quizá Link pensaría que estaba muy cerca de casa, que no estaba disfrutando del viaje y que era solo una excusa para regresar antes de lo previsto.

Escuché el crepitar de la hoguera y decidí volver al campamento. Tomé asiento lo más cerca que pude del fuego para entrar en calor. Link me tendió parte de la cena que habíamos robado de la posta la noche anterior, y luego nos sumimos en un silencio extraño.

Lo contemplé a través de las llamas. Mientras recorríamos el sendero, él había estado más alerta que nunca. Escrutaba cada piedra y cada arbusto con sospecha, como si estuviera convencido de que una roca iba a sacar una espada para atacarnos en medio del campo. Trataba de tomármelo con buen humor, porque de lo contrario caeríamos por enésima vez en la misma discusión de siempre, y me daba la sensación de que en la Región de los Zora no habíamos hecho más que discutir. Por el momento, lo dejaba estar.

—¿Qué montaña vas a escalar?

Lo miré a los ojos y por un instante no supe qué decir.

—Creía que tú ibas a elegirla —murmuré al final.

Él sonrió.

—Esa debería ser nuestra última opción. Puedo hacerte sugerencias.

Asentí en silencio, pero no lo invité a seguir hablando. Así que no dijo nada.

—Podríamos ir al Monte Lanayru.

Me contempló con una expresión que no supe identificar, y luego clavó la vista en las llamas otra vez. Ninguno dijo nada durante un rato. Lo peor era que él parecía muy tranquilo. De nuevo, tuve ganas de zarandearlo por los hombros hasta obligarlo a hablar.

—¿Para qué quieres ir allí? —me preguntó.

—Porque... —Suspiré. Probablemente había perdido la cuenta de los días. O quizá ni siquiera la llevaba. ¿Para qué iba a hacerlo?—. Dentro de poco es mi cumpleaños, Link.

Él alzó la vista por fin. Tenía los ojos muy abiertos, y las llamas se reflejaban en ellos.

—¿Tu cumpleaños? —repitió—. Eso es...

—Sí —dije, interrumpiéndole. Todo el mundo sabía qué fecha marcaba el día de mi cumpleaños. No hacía falta decirlo en voz alta. Eso solo empeoraba las cosas—. Creo que debería ir allí una última vez. Justo ese día. Para despedirme.

—¿Despedirte de qué?

—De las fuentes sagradas —respondí simplemente. Y también de la tortura que habían supuesto hacía cien años.

Link se lo pensó un momento. Podía leer su rostro como un libro abierto; casi era capaz de escuchar cada una de sus dudas y objeciones. En esa ocasión, lo entendía. Si estuviera en su lugar, yo también intentaría objetar.

—Allí hace mucho frío —murmuró.

—Ya lo sé.

—Necesitaríamos...

—Ya lo sé.

Lo oí suspirar.

—Está muy cerca de casa.

—Eso parece.

—Podríamos parar allí —propuso de pronto. Alcé la cabeza bruscamente—. En Hatelia. Para comprar ropas de abrigo.

Pero entonces la tentación sería demasiada y no podría resistir volver a casa solo por una noche.

—Vale —accedí—. Pero no podemos acercarnos a casa.

Frunció el ceño.

—¿Por qué no?

—Porque no sería capaz de marcharme otra vez.

Dejó de fruncir el ceño al instante. Su expresión cambió por completo, aunque no supe interpretar lo que veía.

—¿De verdad quieres ir allí?

Lo cierto era que no. Era lo último que quería. Si cerraba los ojos, el recuerdo del agua gélida mordiéndome la piel como cientos de cuchillos todavía era muy reciente. Aquello era lo único que recordaba con claridad de aquel día. El resto estaba borroso; solo había lluvia, sangre y muerte.

Sin embargo, no habría un momento mejor para visitar la fuente. Estaba a tiempo de llegar el día de mi cumpleaños, que coincidía com el centésimo primer aniversario del día en que el Cataclismo lo destruyó todo. Y, además, acababa de descubrir que el poder sagrado seguía ahí. No se había marchado por completo ni me había abandonado. Solo había estado recuperando fuerzas y esperando el momento oportuno.

—Tengo que ir —dije en voz baja.

—No —repuso con sorprendente firmeza—. No tienes que hacerlo. No hay nadie obligándote.

—Lo sé. Lo sé mejor que tú —le espeté. Su rostro se ensombreció, y me arrepentí al instante. Por cosas como aquella no me lo merecía. Él era bueno y tenía paciencia, mientras que yo solo me enfadaba y lo trataba de la peor forma posible. Y lo único que quería era ayudarme. Se me escapó un suspiro lleno de frustración—. Link, yo... No sé si lo entenderás, pero creo que es lo único que me queda por hacer para... para dejarlo atrás. Quiero dejarlo atrás.

Él asintió en silencio. Me acerqué más y cogí su mano con cuidado.

—No quería decirte eso —le dije en voz baja.

—No pasa nada. Ya me he acostumbrado.

Aquello dolió un poco, no iba a negarlo. Compuse una sonrisa triste.

—Lo siento.

—Ya te lo he dicho. No pasa nada.

—No. No te lo mereces.

—Tú eres así, Zelda. Yo me preocupo demasiado y tú te enfadas fácilmente. ¿Lo ves? Nadie es perfecto.

Se me escapó una risita y él sonrió un poco.

—Supongo que tienes razón. Pero ¿me perdonas?

Me mostró una mueca de aburrimiento.

—Sabes que sí.

Apoyé la cabeza sobre su hombro con un suspiro. Lo único que podía agradecerle a las Diosas, además de que yo misma estuviera con vida, era que él siguiera a mi lado.

—¿Quieres llegar un poco más rápido de lo normal?

—Solo hay un camino, ¿no?

—Sí.

Sabía que tenía una sonrisa maliciosa en el rostro incluso sin estar mirándolo.

—Espero que no te importe no seguir el camino.

Sonreí también.

—¿Vas a arriesgarte tanto?

—¿Por qué no iba a hacerlo? —Hizo una pausa—. A menos que te dé tanto miedo que no quieras...

—No me da miedo.

—¿De verdad?

Le di un codazo.

—Haremos lo que quieras.

—Bien —dijo—. Pero tendremos que pasar mucho tiempo a caballo. Y también a la intemperie. Fuera del camino no hay postas.

Tuve que reprimir un gruñido de frustración.

—Puedo soportarlo.

Al día siguiente, salimos muy temprano. Abandonamos nuestro refugio improvisado y dejamos el camino atrás. Pasábamos gran parte de nuestros días a campo abierto. Estábamos fuera de la ruta que debería seguirse, así que no nos cruzamos con nadie. Allí todo estaba en silencio, salvo por el silbido del viento y el sonido de nuestros propios pasos. Cada tarde, salía a cazar con el arco, aunque no me alejaba mucho de nuestro campamento. De modo que gracias a mí tendríamos comida para al menos una luna entera. Si Link no terminaba con todo antes, claro. Lo bueno era que estaba muy ocupado siempre con sus manzanas.

Una semana después, las luces de Hatelia aparecieron frente a nosotros, y el Monte Lanayru volvía a estar más cerca que nunca. Tuve que reprimir un escalofrío. Ya casi podía sentir el aire gélido colándose entre mis huesos.

—¿Quieres pasar la noche en Hatelia? —me preguntó Link, a lomos de Viento.

—No —respondí al instante, quizá con más brusquedad de lo que pretendía. Mis ojos fueron a parar al lugar donde habría sido visible el humo de nuestra chimenea. No había nada, como era de esperar—. Mejor no. Iremos a comprar algo para el frío y luego seguiremos.

Él asintió en silencio.

—Tengo que parar en casa un momento —dijo de pronto.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Yo ya tengo ropas de abrigo. Son de cuando estuve en Hebra. Están en casa.

Suspiré.

—Vale. Pero no estés dentro mucho tiempo. Luego no querrás marcharte.

Él sonrió a medias.

—Será difícil.

—Por eso no pienso ir contigo.

Link resopló, pero también debía pensar lo mismo que yo, porque no puso una sola objeción.

Primero me llevó a la tienda en busca de algo que me protegiera del frío. Encontramos una casaca calentita y forrada. Era para hombres y me iba un poco grande, pero supuse que serviría. Link pagó por una capa nueva también. Era más cálida que la otra, y me vendría mejor. La mía estaba vieja, según él. Y era cierto que estaba algo rota por los bordes, pero ¿qué más daba? La suya no estaba mucho mejor.

Una vez hubimos terminado, él decidió ir a casa. Lo esperé al otro lado del puente, junto a los caballos. Link me dijo que volvería enseguida antes de cruzar. Tuve que reprimir las ganas de acompañarlo. Me dije que podríamos volver pronto. En cualquier otro momento. Cuando hubiésemos viajado y arreglado unas cuantas cosas más.

Intenté distraerme mientras esperaba. Le hice mimos a Viento, ya que Calabaza no dejaba que me acercara siquiera. Entonces Link apareció por el puente.

—Deja a Viento en paz —refunfuñó—. Ya tienes a tu propio caballo.

—Mi caballo no me quiere —repliqué, haciendo una mueca—. ¿Dónde está lo que has cogido?

Señaló la bolsa de viaje que llevaba colgada al hombro.

—¿Estás segura de que no quieres pasar la noche aquí? —me preguntó—. Hay algo de polvo, pero no tardaríamos mucho en quitarlo.

—Mejor no. Vámonos.

Eché a andar, guiando a Calabaza por las riendas. Escuché a Link suspirar a mi espalda. Yo también estaba agotada, y lo único que quería era dejarme caer sobre una cama mullida y dormir hasta muy tarde. A la mañana siguiente, tendría un desayuno caliente y recién hecho esperándome en casa, y no restos secos y fríos de lo que habíamos improvisado la noche anterior. Pero aquellos eran placeres que no podía permitirme por el momento.

Ya era tarde, así que no llegamos muy lejos. Montamos el campamento en las afueras de la aldea, justo en el lugar al que había traído a Link el día de su cumpleaños. Me senté contra el árbol, cerca de la hoguera. Estábamos muy cerca de la montaña, y el frío ya era notable. Contemplé el lago con una sonrisita estúpida.

—¿Te acuerdas de este lugar? —le pregunté a Link.

—Cómo olvidarlo.

Mi sonrisa se hizo más amplia.

—Fuiste muy valiente este día. Probablemente, si no fuera por ti, ahora no estaríamos así.

—¿Así?

Asentí con la cabeza.

—Yo nunca te lo hubiera dicho —murmuré con las mejillas encendidas, y no era por el frío.

—Oh. ¿Por qué no?

—Porque... porque no me habría atrevido.

Sonrió a medias, y supe que iba a burlarse de mí.

—Cobarde.

Fruncí el ceño.

—Al menos yo me atrevo a acercarme a ti —repliqué, ofendida—. Tú te escondes como un niño tímido. Siempre tengo que hacer yo todo el...

Dejé escapar un involuntario gritito estúpido cuando él se acercó y estampó sus labios contra los míos. Se detuvo un momento, inseguro, pero yo no me aparté para demostrarle que no me había molestado. Solo entonces siguió con lo que estaba haciendo. Me aferré a él con fuerza, y tuve que reprimir un estremecimiento. No me besaba así desde hacía semanas. Quizá desde que estuvimos en casa por última vez. E incluso entonces era diferente. Ahora ya no parecía tan torpe. No le daba tanta vergüenza acercarse más de lo normal. Y, por supuesto, tenía mucha más experiencia.

Sus manos recorrieron mis brazos hasta quedarse alrededor de mi cintura. Se separó un momento para tomar aire y luego cargó otra vez. Solía ser yo quien marcaba el ritmo, pero en esa ocasión decidí dejarme llevar por él. Enredé los dedos en su pelo y exploré sus labios. Sabía que lo que estábamos haciendo era propio de unos críos enamorados, pero en el fondo, pese a lo mucho que intentaba engañarme, eso éramos. Lo olvidé todo por una vez. En cambio, me concentré en lo bien que encajaban mis labios y los suyos. ¿Siempre había sido así? ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Sus manos ardían sobre mi cintura. Rocé su mejilla, topándome con la barba que seguía creciéndole. Cada día era más fácil de notar. Y también hacía más cosquillas. Sentí que me faltaba el aire y me separé de él un momento, solo un momento. Lo miré a los ojos.

—¿Qué estamos haciendo? —conseguí susurrar.

Él sonrió y se encogió de hombros. Si Link no lo sabía, yo tampoco. Eso no era lo importante.

Sus ojos llegaron hasta mis labios, y esa fue toda la señal que necesité. Él me encontró a medio camino.

Sin saber cómo, acabé a horcajadas sobre él, besándolo como si la vida dependiera de ello y con una mano bajo su túnica, sintiendo cada una de sus cicatrices. Él estaba acorralado contra el árbol, con el pelo hecho un desastre por mi culpa, pero no parecía importarle. Sentí que se movía para deshacerse de la túnica, y fue entonces cuando abrí los ojos.

—Espera —farfullé, sin aire—. Espera.

—¿Qué? —jadeó. Todavía tenía la túnica puesta.

—No te quites eso. Hace... hace mucho frío.

Pareció incrédulo por un instante. Luego sonrió a medias, todavía con una mano sobre mi mejilla.

—¿Ah, sí? ¿Frío?

Lo cierto era que me sentía como si estuviera en medio del desierto, pero jamás lo admitiría en voz alta.

—Tú ya me entiendes.

Su sonrisa dejó de ser burlona.

—Está bien. Este no es el mejor sitio.

Me ruboricé todavía más, si eso era posible, y luego me separé de él y me dejé caer contra el árbol. El corazón me latía tan deprisa que estaba convencida de que Link podría oírlo. Cualquiera lo oiría, con ese ritmo.

Aquello había sido diferente. Y no me había disgustado. Ni mucho menos. Me había gustado tanto que ya ni siquiera sentía los labios. Seguro que estaban hinchados y enrojecidos. Miré a Link y vi que los suyos encajaban con esa descripción, de modo que me sentí algo mejor.

—¿Esto ha estado... bien? —me preguntó él.

Le di un fugaz beso en la mejilla.

—Mil veces mejor que bien.

Asintió en silencio, con aquella sonrisa tan especial suya, y luego cerró los ojos. Me acurruqué junto a él, y me recibió con los brazos abiertos.

—Considera esto tu regalo de cumpleaños —murmuró.

—¿Un beso bajo las estrellas? —inquirí, escéptica.

—Fueron más de uno. Fueron al menos cien.

—Puede que me conforme —reí al tiempo que jugueteaba con un mechón de su pelo.

—Bien. Porque yo creo que ha sido increíble.

Me ruboricé como una niña.

—No exageres.

—¿Que no exagere? —repitió, abriendo los ojos para mirarme—. Llevo un año detrás de ti como un idiota. ¿Cómo voy a estar exagerando?

—¿Lo ves? Ya estás otra vez —repuse, aunque no pude ocultar la sonrisa.

—Di lo que quieras, pero sabes que es verdad.

Sonreí y me acerqué para besarlo una última vez, y ese fue muy diferente a los otros que nos habíamos dado aquella tarde. Ese era dulce. Solo eso. Y también perfecto, al igual que todos los demás.

Me separé entonces, todavía sonriendo, pero él me persiguió. Negué con la cabeza.

—Por hoy no. —Mi sonrisa se tornó maliciosa—. Quítate esa barba y me lo pensaré.

Refunfuñó algo que no pude entender, aunque eso fue todo. Aceptó mi negativa y me envolvió entre sus brazos. Contemplé las estrellas, acurrucada junto a él.

—No sé cómo me las arreglaba para viajar solo —me dijo entonces.

—¿Ah, no?

—Viajar contigo es mucho mejor.

—Vaya. Eso no me lo esperaba de ti, Linky.

—¿Qué vas a hacer en la fuente?

Me lo pensé un momento.

—Rezar. Una última vez y no volveré jamás a una de esas fuentes.

Tendría que dar las gracias a las Diosas. Se habían perdido muchas cosas, tantas que era incapaz de contarlas, pero al final habíamos ganado. Me habían mantenido con vida y con fuerzas durante un siglo y me habían ayudado cuando más lo necesitaba. Y también habían salvado a Link.

—Pero dime que no vas a meterte ahí con un vestido como los que llevabas antes en las fuentes.

—Claro que no llevaré eso —respondí—. Ni siquiera sé dónde está. Y, si lo supiera, lo quemaría.

Él rio.

—No quiero que te congeles ahí arriba.

—No me quitaré las ropas de abrigo. Te lo prometo.

Él pareció satisfecho con eso.

Al día siguiente, nos vestimos con las ropas para el frío y partimos hacia la montaña. La nieve me rodeaba por todas partes, cubriéndolo todo de blanco. Me llegaba por los tobillos y crujía cada vez que daba un paso. Contuve la risa. Hacía siglos que no veía nieve.

Cogí un puñado del suelo. Pese a los guantes, algo del frío se coló entre mis manos. Hice una bola en silencio.

—Link —lo llamé.

Él se dio la vuelta, y entonces estampé la bola de nieve en su rostro. Permaneció muy quieto por unos instantes. Esperaba una venganza, pero no hizo nada.

—Me preocupo por ti —gruñó—. Por que no pases frío. Y así me lo pagas.

Me acerqué entre risitas y lo ayudé a quitarse la nieve del rostro.

—¿Lo ves? Ya está. No te he hecho nada.

Me fulminó con la mirada.

—No voy a olvidarme de esto.

—Tiemblo de miedo.

Reanudamos la marcha, avanzando entre la nieve. Tras un rato vagando sin rumbo, encontramos el camino. O al menos lo que quedaba de él.

Contemplé los escalones rotos y medio ocultos por la nieve. Por allí había subido el día de mi cumpleaños. Entonces habían estado intactos. Cubiertos de escarcha y resbaladizos, pero intactos.

—Antes había otro camino para llegar aquí —le dije a Link mientras comenzábamos a ascender—. ¿Lo recuerdas?

Él guardó silencio durante un largo rato, tanto que pensé que no respondería.

—¿El paso de Lanayru? —contestó por fin.

Asentí.

—No quería ir por ahí para que nadie nos viera, pero...

—Está en ruinas. Ya no hay nadie ahí, Zelda. He oído que está medio inundado.

—Oh —murmuré—. No lo sabía.

Una cosa más que habría que reconstruir.

Avanzamos casi sin descanso, a petición mía. Mi cumpleaños era el día siguiente, así que teníamos que ser rápidos para llegar hasta la cima. Sin embargo, al anochecer estaba muerta de frío, hambrienta y agotada. Apenas sentía las piernas. Incluso Link se tambaleaba un poco. Y, además, la nieve había empezado a caer a nuestro alrededor, y bien podría convertirse en una tormenta.

—Zelda —murmuró por encima del rugido del viento—, vamos a parar.

Alcé la vista. La cima aún estaba muy lejos. Quizá demasiado.

—Solo un poco más.

Escuché su largo suspiro.

—No me hagas tener que arrastrarte.

Al final acabé cediendo, y él me tomó de la mano para ir en busca de un refugio. Incluso salimos del camino. Quise preguntarle qué haríamos si no podíamos encontrarlo al día siguiente, pero los dientes me castañeteaban tanto que no sería capaz de pronunciar las palabras y que él me entendiera.

Milagrosamente, conseguimos encontrar una cueva. Era pequeña, pero así haría menos frío dentro. Link se apresuró a encender una hoguera mientras yo apartaba la nieve que se había colado en el interior de nuestro refugio. Me senté lo más cerca que pude del fuego, y Link cocinó algo que yo había cazado. Después, nos hicimos un ovillo bajo todas las mantas que teníamos. Me pegué mucho a él, buscando calor. Me envolvió entre sus brazos cálidos, e hice lo mismo con los míos, porque lo necesitaba.

—¿No vas a montar guardia? —le pregunté en voz baja.

—Monta tú la guardia —respondió, y ya tenía los ojos cerrados—. ¿Quién demonios nos buscaría aquí?

Quise darle la razón, pero me dormí antes de tener tiempo.

Al día siguiente, él me recibió con un desayuno caliente y recién hecho. Me deseó un feliz cumpleaños y me besó unas cuantas veces. Sabía que estaba intentando hacerme sentir mejor, pero aquel día significaba mucho más que mi cumpleaños.

Recorrimos el camino que nos quedaba en un silencio sepulcral. El viento aullaba y el aire era gélido, pero al menos ya no nevaba. Avanzamos a paso rápido, y no nos detuvimos hasta alcanzar la cima.

"Justo a tiempo."

Contemplé la efigie de la Diosa Hylia mientras Link montaba el campamento. Me deshice de las botas con lentitud y avancé hasta la fuente. Si me esforzaba, podía escuchar voces. Me llamaban. Querían que me acercara. Y eso hice.

Link dijo algo a mi espalda, pero no logré entenderlo. Ya estaba muy lejos de allí. La nieve y el hielo se clavaban en mis pies desnudos, pero seguí adelante. Descendí los escalones y me adentré en las aguas. Eran gélidas, tanto como las recordaba, y el contacto era tan doloroso como lo había sido el del hielo contra mi piel.

Las voces sonaban más cercanas. Sentí como el poder se removía por dentro, luchando por salir, pero no se lo permití. Aquella era una de las cosas que había aprendido mientras contenía al Cataclismo. Todo tenía que estar siempre bajo control. Había que reservar el caos para cuando lo necesitara de verdad.

La luz me rodeó, y de pronto ya no tenía frío ni sentía dolor. El viento no rugía a mi alrededor. Solo había silencio. Era como si hubiera vuelto a los días en que estaba encerrada y solo las Diosas me protegían.

Cerré los ojos y pronuncié la primera plegaria.