LINK

Cuando alcé la vista de la leña, la vi brillar. La contemplé boquiabierto, aunque por dentro no sentía asombro, sino terror. El fuego prendió, y aparté los dedos para no quemarme. Su luz dorada era casi cegadora. ¿Tenía que hacer algo? ¿Detenerla? ¿Dejar que rezara en paz?

Tenía que empezar a acostumbrarme a que ella usara su poder. Me daba miedo, más de lo que admitiría jamás, pero no me quedaba más remedio. Decidí esperar un poco. Sin embargo, nada sucedió. Se mantuvo muy quieta en el agua, brillando y envuelta en sus ropas para el frío. Dejaría que se quedara así hasta el atardecer. Si para entonces no había salido de la fuente, tendría que sacarla yo. El medio era lo de menos.

Tomé asiento junto al fuego. Desde allí podía ver su brillo. Y también el de la efigie de la Diosa. ¿O serían solo imaginaciones mías? Debían serlo. La fuente estaba en ruinas; las columnas se habían derrumbado y todo estaba cubierto de nieve, pero eso solo le daba un aspecto aún más temible. Y, con Zelda allí, las cosas solo empeoraban.

Dejé la Espada Maestra sobre mi regazo, muy cerca. No pensaba herir a nadie, pero al menos me daba seguridad. Toqué la empuñadura y percibí como el poder se removía bajo mi mano. El espíritu debía percibir de alguna forma el lugar en el que estábamos, porque alcanzaba a oír sus propias plegarias.

Alcé la vista por si acaso, pero Zelda seguía en el mismo sitio. Me sorprendía que hubiera querido acudir al Monte Lanayru. Había llegado a creer que jamás volvería a pisar una fuente sagrada a su lado. Aunque, al parecer, había estado muy equivocado. Comprendía sus motivos; yo también habría ido hasta allí si fuera ella. Debía tener un vínculo extraño con las Diosas, algo que yo no tenía ni tendría nunca. Eso también me daba miedo. Justo dos días atrás habíamos estado besándonos en medio de la nada. Ella había ido un paso más allá, y todavía recordaba el roce frío de sus dedos sobre mis cicatrices, tanto las viejas como las más recientes. No se había acobardado al verlas. Agradecía que me hubiera detenido antes de que me deshiciera de la túnica. No sabía a dónde habríamos podido llegar de lo contrario.

Y ahora estaba dentro de una fuente sagrada, frente a las Diosas, brillando como lo que realmente era; una diosa más, como las deidades a las que tanto veneraba. Y la efigie muerta y eternamente sonriente de la Diosa Hylia tenía la vista clavada en mí, y eso me aterrorizaba. Seguro que lo había visto todo. Todo.

¿Tenía que lanzar mis propias plegarias? Tal vez la Diosa estuviera muy ocupada manteniendo su conversación con Zelda. Sí, prefería no intervenir. Ni mirar la estatua. No cuando sus ojos vacíos y acusadores se clavaban en mí como dos lanzas arrojadizas.

Me dediqué a examinar la Espada Maestra. Desenvainé parte de la hoja, esperando ver su brillo. Pero el acero seguía siendo normal y corriente. No había ningún brillo. Aquello me hizo sentir un poco mejor. Yo era el único allí que no podía brillar.

Nuestro campamento estaba algo resguardado del frío, bajo el hueco entre una columna derrumbada y la antigua pared de la fuente. El suelo estaba cubierto de nieve y escarcha, pero no había nada que pudiera hacer para solucionarlo. Pequeños copos de nieve no cesaban de caer del cielo gris, lenta pero decididamente. Extendí una manta en el suelo, y ahí fue donde tomé asiento. Entonces pensé en el frío que debía estar pasando Zelda. Había entrado en fuentes sagradas antes, y recordaba lo gélidas que eran las aguas. Si en Akkala estaban tan frías que tenía la sensación de estar haciéndome daño, no quería ni imaginar la temperatura a la que se encontraba aquella fuente. Seguro que estaba congelada. Y, mientras yo me calentaba junto a un fuego, Zelda rezaba en aquel infierno.

Me recordé que aquella había sido su decisión. Había intentado prevenirla, pero ella no me había hecho caso, testaruda como era.

No se movió en todo el día. Permaneció en la misma posición, envuelta en su luz dorada y con las manos unidas frente al rostro, lanzando plegarias a las Diosas de forma silenciosa. Las aguas de la fuente temblaban con cada ráfaga de viento gélido, aunque a ella no parecía importarle siquiera. Cuando empezó a atardecer, preparé una cena caliente. Ella no había comido nada en todo el día. Supuse que lo necesitaba.

Una vez eso estuvo hecho, me arrebujé más en la capa, tomé aire y avancé en su dirección. Mis pasos sonaban pesados contra el suelo de piedra resbaladizo y cubierto de escarcha, pero ella no se inmutó. Su brillo era diferente al que había emitido en Vah Ruta. El de la fuente era más suave; no latía ni se apagaba y encendía como una vela. No sabía qué era peor, de hecho. Ambas luces me aterrorizaban por igual.

—¿Zelda? —dije por encima del rugido del viento. Me había costado más pronunciar aquella simple palabra que enfrentarme al Cataclismo—. ¿Zelda?

Ella no respondió. La llamé unas cuantas veces más, pero hizo caso omiso. Quizá no me había oído, sumida en sus plegarias. Sin embargo, nada de lo que intentaba surtía efecto. Con un suspiro de resignación, me aseguré de que la piedra sheikah estuviera en la bolsa de viaje y dejé la espada en el suelo de la fuente, junto al borde. Fue como si algo me faltara entonces. Reuní de nuevo el valor suficiente para entrar. Pero ella era solo Zelda. Nunca me haría daño.

Las ropas para el frío ayudaron un poco, pero el agua estaba congelada. Di otro paso hacia Zelda. Su brillo estaba muy cerca. Quise mantener una distancia, solo por precaución, pero seguía sin oírme.

—¿Zelda? —intenté por última vez. Al no recibir más respuesta que el silencio, extendí una mano. Llegué hasta su hombro, vacilante, y tuve que apartarla al instante, porque fue como si hubiera metido las manos dentro de un fuego.

Sumergí la mano en el agua gélida. Aquello lo alivió un poco, pero el dolor vino justo después. Contuve un quejido mientras examinaba la quemadura. La piel ya empezaba a enrojecer, por encima de las cicatrices que había obtenido el día de la derrota del Cataclismo. Genial. Una marca más para la posteridad.

Sabía que Zelda no lo había hecho a propósito. De nuevo, ella jamás me haría daño, igual que yo nunca le haría daño a ella. Había sido un accidente. Ya había comprendido que no debía tocarla cuando brillaba.

Olvidé el dolor de la mano y la llamé con más fuerza. Quise zarandearla, sacudirla por los hombros hasta que reaccionara, pero no quería volver a quemarme. O arriesgarme a algo peor. Cuando selló al Cataclismo, había sido maravillosamente aterradora. La mayoría de recuerdos de ese día estaban borrosos, pero la recordaba a ella, cuando la victoria estaba ya muy cerca. Había brotado de la misma malicia, envuelta en su luz dorada, y había caído sobre la hierba con delicadeza. Y luego había sellado al monstruo como si no le costara nada, como si ya supiera lo que debía hacer. Y, probablemente, lo sabría desde hacía mucho tiempo.

Entonces su luz se apagó, y vi que tomaba una brusca bocanada de aire. Retrocedí varios pasos, con el corazón latiendo muy deprisa.

Zelda se abrazó a sí misma entre temblores y luego se dio la vuelta. Tenía el pelo cubierto de copos de nieve y las mejillas enrojecidas. Al parecer, las ropas para el frío no habían sido suficientes. Me miró con el ceño fruncido.

—¿Link? —susurró—. ¿Qué haces aquí dentro?

Me alejé un poco más, casi hasta el otro extremo de la fuente. Abrí la boca para decir algo, pero ningún sonido brotó de allí. Carraspeé y me armé de valor. Por enésima vez, me dije que ella jamás me haría daño.

—Llevas mucho tiempo aquí —conseguí decir—. Ya está atardeciendo. Pensé que... que querrías parar.

Ella me miró por unos instantes con una expresión indescifrable y luego asintió despacio. Al menos eso había salido bien. No tendría que arrastrarla ni obligarla a salir de la fuente para comer algo y dormir.

Intentó dar un paso hacia las escaleras, pero dio un traspiés y estuvo a punto de caer. El miedo debió desaparecer de pronto, porque entonces caí en la cuenta, sorprendido, de que había cogido su mano. No me provocó quemaduras ni cosas peores. Pero sus manos estaban gélidas y húmedas, y ella tiritaba con violencia.

La ayudé a salir de la fuente. Una vez fuera, le dije que se deshiciera de aquellas ropas. Estaban húmedas, frías e inservibles. Miré hacia otro lado mientras ella se vestía con ropa seca, y luego tomó asiento muy cerca del fuego, a resguardo del frío. La envolví en mantas. Todavía tenía el pelo empapado por la nieve derretida. Le tendí un cuenco de la sopa caliente que había preparado, y ella empezó a comer al instante, como si no hubiera probado nada en semanas.

Ambos nos mantuvimos en silencio por un largo rato. Yo todavía tenía miedo; no a ella, sino a lo que podía convertirse cuando menos me lo esperaba. Me limité a escuchar el crepitar del fuego. Sin embargo, de repente Zelda dijo:

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por... por... —Miró al suelo lleno de nieve—. Por la cena. Y por estar pendiente de mí mientras estaba fuera.

Fruncí el ceño.

—¿Fuera? —repetí.

—Sí. Fuera. No estaba aquí, Link.

—Tu cuerpo estaba aquí.

Ella rio con una nota de tristeza.

—Pero, por dentro, no estaba aquí.

—¿Y dónde demonios estabas?

Rio de nuevo. ¿Por qué tenía que reírse con cada pregunta que hacía?

—Muy lejos.

Decidí no presionarla más. Si no quería ahondar en el tema, tendría sus motivos. Ya me lo contaría cuando ella quisiera.

—Entonces supongo que... que ha ido bien —me atreví a decir.

Era la primera vez que la veía rezar así, con su luz dorada rodeándola. Aquel había sido siempre su objetivo.

—Sí —dijo en voz sorprendentemente baja—. He oído a las Diosas. No me hablaban desde que estaba con el monstruo en el castillo. No recuerdo qué me dijeron, pero sé que fue algo bueno. —Me miró y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro—. Así que sí ha ido bien.

Asentí, sintiendo algo de alivio también. No solo por ella, porque no volvería a meterse en ninguna fuente de aguas gélidas y a pensar que era su obligación, sino también por mí. Podría marcharme de esa montaña de una vez por todas.

—¿Por qué has hecho esto en tu cumpleaños? —le pregunté. Ella abrió la boca y supe qué respuesta iba a darme antes de que ninguna palabra brotara de ella—. Lo sé. Las fechas cuadran. Pero ¿de verdad tenías que hacerlo?

Se envolvió en su capa nueva y desvió la mirada hasta clavarla en el suelo cubierto de nieve y escarcha.

—Supongo que no.

Suspiré y tomé sus manos, con cuidado de no rozar la zona quemada.

—Haremos lo que quieras en tu próximo cumpleaños. Puedo restaurar todo el castillo en una semana y organizar uno de esos bailes de antes solo para ti.

Ella rio, y el miedo —el poco que aún tenía— desapareció del todo. Seguía siendo Zelda. La misma a la que le gustaba tirar con el arco y recoger setas del bosque, cerca de casa. No una diosa a la que todos veneraban.

—Te recuerdo que soy horrible bailando.

—Pues te regalaré lo que quieras. —Me lo pensé un momento—. Construiré tu propio laboratorio. Justo al lado de casa, para que no tengas que subir la colina todos los días. ¿Qué te parece?

Su rostro se iluminó. No había ninguna luz dorada ni ningún brillo surgiendo de la nada. Solo era ella, siendo como era siempre.

—Sería el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho nunca. Los tuyos siempre son los mejores.

Desvié la vista, avergonzado, y ella rio. Sus dedos rozaron la palma de mi mano, y el dolor fue tan repentino que no pude reprimir un quejido. Cuando me di cuenta de cómo me miraba, ya era demasiado tarde.

—¿Qué te pasa? ¿Te has hecho daño?

—No —respondí mientras apartaba la mano con disimulo—. Es solo...

Al parecer, era el peor disimulando, mintiendo y fingiendo, porque Zelda agarró de nuevo mi mano y la examinó. La quemadura no era muy grave, pero sin duda dejaría cicatriz. Todavía no la había curado ni vendado. Había decidido esperar a que ella se durmiera, para evitar discusiones.

Me miró con los ojos entornados.

—¿Cómo te has hecho esto?

Fue mi turno de esconderme.

—Te llamaba pero no me oías, así que entré en la fuente y te toqué y tú brillabas y, bueno, ya lo ves.

Alcé la mirada cuando ella no dijo nada. Su rostro lo decía todo, de cualquier forma. Maldije para mis adentros. Debería haber sido más cuidadoso y haberlo escondido mejor. O no haber cogido su mano desde el principio.

—No es culpa tuya —me apresuré a añadir—. No tendría que haberme acercado mientras tú estabas...

—Tienes algo por ahí para estas cosas, ¿verdad? —dijo ella, interrumpiéndome. Su expresión estaba llena de determinación ahora, pero la conocía bien. Era capaz de ver los rastros de culpabilidad.

—Zelda...

—Déjame curártelo, al menos. Es lo único que puedo hacer.

Acabé cediendo. Ella se puso en pie y rellenó un frasco con el agua de la fuente. Recordé que, en cierta ocasión, Zelda había dicho que el agua de las fuentes sagradas poseía poderes curativos. Vertió el contenido sobre la quemadura entonces, y el dolor fue tal que estuve seguro de que la herida solo empeoraría. Zelda secó mi mano con cuidado y extendió algo de ungüento sobre la zona quemada. Por último, sacó un par de vendas. Fui a decirle que no era necesario. No necesitaba vendas para una tontería como aquella. Sin embargo, su mirada asesina fue suficiente para hacerme cerrar la boca.

—Ya está —anunció. Se llevó mi mano a los labios y besó las vendas que se encontraban sobre la quemadura—. Lo siento mucho, Link.

—No es culpa tuya.

—¿Entonces quién tiene la culpa?

Suspiré y negué con la cabeza. Ahora no estaba de humor para hablar de temas como aquel. Y, además, Zelda siempre ganaba todas nuestras discusiones.

—No lo sé.

Ella soltó mi mano.

—Intentaré no volver a hacerte daño si esto vuelve a pasar.

Resoplé, pero acabé asintiendo. Esa sería la única forma de hacerla sentir mejor.

Zelda se arrebujó en las mantas y colocó las ropas húmedas junto al fuego.

—¿Quieres que mañana nos vayamos de aquí?

Sonreí a medias.

—Estoy deseándolo.

—Bien —dijo—. Tenemos mucho que hacer.

Contuve un suspiro. Ella nunca parecía pararse a pensar las cosas. Siempre estaba más preocupada por el futuro que por lo que estaba sucediendo en el presente. Después de todo lo que le había ocurrido, no se merecía tener tantas preocupaciones ni tener que asumir el peso del mundo sobre sus hombros. Otra vez. No obstante, también sabía que Zelda no sería capaz de sentarse y simplemente descansar durante el resto de sus días. Jamás viviría una vida tranquila, aunque decidiera quedarse conmigo en Hatelia, lejos del bullicio. Tendría que implicarse en la reconstrucción y el orden de Hyrule de una forma u otra. Había costumbres que nunca se perdían.

Ella no tardó mucho en dormirse. Pasé gran parte de la noche pendiente del fuego, avivándolo cuando amenazaba con apagarse. Pasada la medianoche, salí de nuestro pequeño refugio y me dirigí a la estatua de la Diosa Hylia. Aún imponía respeto, y no podía mirarla a los ojos vacíos y de piedra. Lo intentaba, pero algo me lo impedía.

La nieve crujía bajo mis botas. Me detuve junto a las escaleras que llevaban a la fuente y tomé asiento sobre la escarcha y el suelo resbaladizo. Dejé la Espada Maestra sobre mi regazo. No todos los días se tenía la oportunidad de acudir a una fuente sagrada. Y menos a la Fuente de la Sabiduría, la que poseía el acceso más difícil de las tres. Y, ya que estaba allí, supuse que lo mejor sería rezar mis propias plegarias antes de marcharnos al día siguiente.

La luz de la luna jugueteaba con el hielo y la nieve. Se reflejaba en las aguas de la fuente, y todo parecía emitir un brillo plateado. Por un momento, no supe qué decir. ¿Cuándo había sido la última vez que recé a las Diosas? Y no para pedirles paciencia, sino cerrando los ojos frente a una estatua y rezando de verdad.

Descubrí que no lo recordaba. Eso demostraba que no estaba entre los más devotos de Hyrule, precisamente.

Pero incluso el espíritu de la espada, atrapado durante siglos en el interior de la hoja, rezaba sus propias plegarias. Si ella podía, ¿por qué yo no?

Cerré los ojos y empecé dando las gracias por haberme dado valor para vencer al Cataclismo y por habernos dado una segunda oportunidad. Les di las gracias por tener a Zelda a mi lado. Recé por que mi familia estuviese bien, allá donde hubieran acabado, y por que las Diosas los acogieran con los brazos abiertos. Me detuve después de eso, porque no sabía cómo continuar.

Abrí los ojos. No brillaba. Eso era bueno.

Esperaba que al menos mis plegarias fueran escuchadas. Las de Zelda debían haberlo sido, porque la estatua había comenzado a brillar y ella parecía satisfecha, así que no había ninguna razón para que no me oyeran a mí. A no ser que decidieran no hacerlo por lo que Zelda y yo habíamos hecho unos pocos días atrás. O por lo que llevábamos haciendo desde la derrota del Cataclismo.

Decidí volver al calor de la hoguera, porque sentía que los ojos vacíos de aquella estatua podían atravesarme.

Avivé el fuego de la forma más silenciosa posible para no molestar a Zelda. Durante la noche, alcancé a oír los aullidos de los lobos. Sonaban lejanos, pero nunca se sabía. Desde luego, no iba a contárselo a Zelda. Ella parecía haberse acostumbrado por fin a pasar la noche a la intemperie, y no quería asustarla con los lobos otra vez. Mientras no se acercaran demasiado a la fuente, no correríamos peligro.

Al día siguiente, iniciamos el descenso a la montaña. Nevaba de nuevo, de modo que, en ocasiones, le nieve nos llegaba por las rodillas. Dejé que Zelda se adelantara un poco, siguiendo el camino en ruinas. Estaba pendiente de los lobos. No creía que estuvieran tan cerca de la cima ni que fueran a salir a plena luz del día. No obstante, prefería asegurarme de que no hubiera nada que pudiera hacernos daño.

Solo llevábamos la mitad del camino recorrido cuando Zelda se detuvo de golpe. Me quedé a su lado y traté de seguir su mirada. Esperaba ver un lobo o, peor aún, un monstruo, pero lo cierto era que solo podía distinguir el brillo blanco de la nieve. Entonces ella se giró con una sonrisa en el rostro. Quise preguntarle por lo que estaba haciendo, pero de pronto empezó a rebuscar en la bolsa que yo llevaba al hombro hasta sacar la piedra sheikah.

—Espero que no se haya congelado —dijo mientras examinaba el artefacto. Y no debía haberse congelado, porque el brillo de la superficie se reflejó en sus ojos y ella pareció satisfecha.

Se adelantó unos pocos pasos más, y escuché el familiar sonido metálico de la piedra sheikah cuando se tomaba una imagen. Me acerqué a Zelda y observé la superficie de piedra. Allí se veía reflejado el mismo paisaje que teníamos enfrente.

—¿Qué tiene de especial? —le pregunté.

Ella me dirigió una de esas miradas que usaba para decir que había hecho una pregunta estúpida.

—Es un lago congelado, ¿no lo ves?

Examiné la nieve con atención. Di varios pasos más, escarbé en la nieve con la bota y caí en la cuenta de que había hielo bajo nuestros pies.

—Vámonos de aquí.

Zelda protestó, pero la llevé a un lugar en el que el suelo fuera seguro. El lago también era visible desde allí. Ignoré todas sus miradas asesinas y cogí la piedra sheikah.

—¿Por qué quieres guardar esto?

Ella se encogió de hombros.

—No volveré aquí jamás. Al menos quiero tener un recuerdo.

Parecía tan segura de que nunca pisaría aquel lugar de nuevo... Yo no era nadie para hablar; ella debía saber más del futuro. Era una diosa. Si decía que no volvería era por algo.

Me limité a asentir, comprendiendo. Luego reanudamos la marcha, con ella por delante, siguiendo el camino. Todavía sostenía la piedra sheikah entre sus manos y, de vez en cuando, la alzaba y tomaba otra imagen. Quería robarle la piedra. Entonces podría guardar una imagen suya, solo suya. Porque los copos de nieve le caían en el pelo dorado y húmedo, y tenía las mejillas y la punta de la nariz enrojecidas. Si lo que teníamos delante le parecía bonito, no quería ni imaginar lo que se estaba perdiendo al no verse a sí misma.

Sin embargo, todavía estábamos demasiado cerca de la fuente. No me atrevería a tocarle un pelo siquiera hasta que hubiéramos abandonado la montaña. Era una estupidez, pero me aterrorizaba demasiado lo que pudiera ocurrir de lo contrario.

Tuvimos que pasar la noche en medio de la nada, resguardados de la nieve que caía sin cesar. No escuché más aullidos de lobos. Quizá nos habíamos alejado de la cima de la montaña y no se encontraban tan abajo. Eso estaba bien. Podríamos pasar la noche en paz.

Al día siguiente anduvimos sin cesar hasta llegar abajo. Tomé a Zelda de la mano y la guié por el camino que llevaba de vuelta a Hatelia. Los caballos estaban allí, y no llegaríamos muy lejos sin ellos.

Cuando alcanzamos el prado donde nos habíamos estado besuqueando unos días antes, ya no hacía tanto frío. No se veía nieve desde hacía rato. Me arriesgué a mirar a Zelda, que estaba distraída sacudiéndose los copos medio derretidos del pelo.

—Tenemos que quitarnos esto —dijo, señalando sus gruesas ropas para el frío. Sus mejillas enrojecieron de pronto—. Ya sabes, porque hace más calor y eso.

—Ah.

Le tendí sus ropas de viaje y luego me di la vuelta mientras ella se cambiaba. Me concentré en el lago que se extendía justo al otro lado del prado. Aquel no estaba congelado, desde luego. Me obligué a no pensar en lo que habíamos hecho hacía tan pocos días, justo contra el árbol que tenía al lado. Todavía recordaba con claridad lo extraño que me había sentido cuando ella puso sus manos —ya ligeramente ásperas por culpa del uso del arco— sobre mis cicatrices. No había sido algo malo; de hecho, lo había disfrutado. Más, incluso, que el banquete en la Región de los Zora.

Sus besos habían sido perfectos, pero tampoco quería hacerla sentir incómoda. Había decidido tomarme las cosas con calma y, por lo que parecía, Zelda había hecho lo mismo. Tenía paciencia conmigo y, pese a besar infinitamente bien, jamás había intentado ir muy deprisa.

Cuando Zelda terminó, me deshice de mis ropas de abrigo. Luego me dirigí a ella, indeciso.

—¿Quieres pasar la noche en la aldea?

Su rostro se ensombreció.

—Sabes que no.

Reprimí un suspiro. No estaría mal pasar una noche en casa. Solo una noche. Entendía su temor, pero yo había hecho cosas como aquella antes, cuando estaba solo. Había dormido bajo mi propio techo y, al día siguiente, había vuelto a los caminos. Era difícil, pero no imposible.

—Solo es una noche, Zelda.

—No quiero correr riesgos.

Continuó quitándose los copos de nieve del pelo. No podía ver ninguno, así que supuse que fingía estar ocupada. Solía hacerlo cuando daba nuestras discusiones por zanjadas.

—Dijiste que querías hablar con el alcalde.

—Todavía no estoy preparada —repuso sin mirarme.

—¿Por qué no?

—Tengo que ganarme un nombre, Link. Que se me conozca por algo que yo haya hecho.

Quise decirle que ya había hecho mucho por todo el mundo, pero no quería hacerla enfadar. Si aquella era su decisión, no podía hacer nada por que cambiara de opinión. Era así de testaruda.

De modo que fuimos a la posada, donde habíamos dejado a los caballos, y dejamos Hatelia atrás. Mientras cabalgábamos por el camino de la aldea, Zelda examinaba la piedra sheikah.

—Ya tampoco hay torres —observó de pronto al tiempo que alzaba la vista—. ¿Te has dado cuenta?

Asentí despacio.

—¿Eso es bueno o malo?

Zelda contempló el horizonte anaranjado, pensativa.

—No lo sé —contestó al final—. Por eso tenemos que hablar con Rotver.

—¿Así que vamos a Akkala?

—Eso parece.

—No será un viaje corto.

Ella sonrió.

—Podré soportarlo.

*

El viaje duró varias semanas, como ya había previsto. Tuvimos que volver por donde habíamos venido, pasando por Lanayru para luego adentrarnos en Akkala. Lo cierto era que me arrepentía de haber accedido a ir al Monte Lanayru; entonces el viaje habría sido mucho más corto. Pero ya no había vuelta atrás.

No sufrimos ningún percance en los caminos. No había monstruos ni lobos. En las postas, nadie parecía tener mucho interés en nosotros. Zelda solía decir que ya podía relajarme, que lo sucedido a las afueras de la Región de los Zora había sido algo puntual, quizá solo un malentendido. Y, de hecho, me permití bajar un poco la guardia. Solo un poco. Porque nunca se sabía qué aguardaba más adelante.

Zelda siempre salía a cazar con el arco, de modo que ella era quien traía nuestra cena y, probablemente, parte de nuestra comida del día siguiente. Cada vez se le daba mejor. Se movía con sigilo y era rápida cuando necesitaba serlo. También había mejorado con Calabaza. Ya no coceaba cuando Zelda se acercaba, aunque seguía siendo reacia a sus caricias. Viento sí se lo permitía. Ella lo cepillaba, porque a mí no me entusiasmaba hacerlo. En ocasiones, le hacía trencitas en la crin o se la adornaba con flores. Me parecía algo estúpido, pero cuando me miraba con los ojos brillantes y orgullosa de sí misma, no era capaz de decírselo. Tampoco era tan malo, si lo pensaba bien. A Viento parecían gustarle aquellas tonterías también. Ni siquiera se quejaba.

—¿Todavía vive gente en Akkala? —me preguntó Zelda mientras nos adentrábamos en la región—. Recuerdo que hace cien años aquí vivía muy poca gente.

—Ahora hay postas —respondí—. No hay ninguna aldea, pero mucha gente viaja hasta aquí.

Y lo entendía. Tan poca gente vivía allí que la naturaleza dominaba de forma similar a como lo hacía en la Llanura de Hyrule; solo quedaban ruinas ocultas tras la hierba y los arbustos. Esperaba encontrar minerales que vender. Quién sabía la clase de suministros que podían encontrarse en aquel lugar.

—¿Y el Bastión de Akkala?

Señalé lo poco que quedaba de él con una sonrisa triste. Zelda alzó la mirada y lo vio, aunque no pareció en absoluto sorprendida. Se limitó a suspirar. La fortaleza se alzaba en lo alto de una montaña, donde había estado siempre, pero se encontraba en ruinas. Me sorprendía que no se hubiera derrumbado del todo con el paso del tiempo. No obstante, todavía seguía en pie. Y, si lo miraba desde la distancia adecuada, podría llegar a parecer que no había sido afectado por el Cataclismo.

—¿Estamos muy lejos del bastión?

—A menos de medio día de viaje. ¿Por qué?

Su mirada se tornó suplicante, y empecé a tener sospechas.

—¿Podríamos ir? Solo sería un rato. Apenas recuerdo cómo era por dentro.

—Hay mucha diferencia con cómo era antes —mascullé.

—Lo sé —suspiró ella—. Es que tengo un presentimiento. Hay algo ahí.

—Monstruos.

—¿Cómo sabes eso? —inquirió con una ceja alzada.

—La última vez que estuve allí, estaba lleno de monstruos.

—Ya no hay monstruos.

—Hay menos monstruos que antes —dije, corrigiéndola.

Puso los ojos en blanco, pero me mantuve firme. Sabía que ella nunca se equivocaba con sus presentimientos, pero solo quería llegar a la posta. Lo que menos me apetecía era enfrentarme al monstruo que se hubiera asentado en aquel montón de ruinas. Y, además, tenía hambre. No podía pelear con el estómago vacío.

—Confía en mí —insistió ella.

—Estoy harto de dar rodeos, Zelda —suspiré.

—Lo sé. Este será el último, te lo prometo.

Era mentira, y ambos lo sabíamos. Pero volvió a mirarme con los ojos suplicantes, y no pude hacer más que ceder. Siempre cedía.

Avanzamos en dirección al Bastión de Akkala y dejamos a los caballos a una distancia considerable, solo por si acaso. Me llevé una mano a la empuñadura de la espada mientras andábamos y escuché. No percibí signos de monstruos. No había huellas ni rastros. O llevaban mucho tiempo sin pisar aquel lugar o se habían vuelto inteligentes y ahora sabían esconderse.

Aun así, la Espada Maestra me llamaba de nuevo. Me pedía que tuviera cuidado. En esa ocasión, el dolor no fue tan grave, porque ya había aprendido a soportarlo. Tenía una ligera sospecha de lo que significaba.

Le dije a Zelda que se quedara detrás de mí. Tomé su mano y le di una antorcha. Ella se encargó de encenderla. Nos colamos por un muro derrumbado y llegamos a lo que antes pudo haber sido el patio de armas. Recordaba haber pasado mucho tiempo allí, poco después de haber sacado la Espada Maestra. Allí había tenido lugar mi entrenamiento. Mi verdadero entrenamiento. Me pregunté entonces cuántos habrían muerto en aquel lugar. Había pasado mucho tiempo para que quedaran restos reconocibles de algún cuerpo, pero los guardianes seguían en pie. Inactivos, pero en pie. La mano de Zelda se aferró a la mía con más fuerza.

Ella tiró de mí, adelantándose de pronto, y se adentró en un pasadizo. Me agaché para esquivar varias telarañas. La oscuridad se extendía ante nosotros, impenetrable.

—¿Quieres ir por ahí? —le pregunté a Zelda.

Ella inspiró hondo.

—Será una aventura.

Contuve una risotada.

—No hagas mucho ruido —le indiqué, aunque eso se le daba muy bien.

Nuestras pisadas apenas resonaban entre las paredes del pasadizo. La Espada Maestra aún me pedía cuidado, pero ni siquiera era molesto ya.

—¿La oyes? —me susurró Zelda.

Asentí despacio, y ella suspiró.

—Entonces hay algo. ¿Un monstruo?

—No lo creo. —O eso quería pensar.

La antorcha iluminaba muy poco. Menos de lo que me hubiera gustado. De pronto, escuchamos un chillido y algo correteó a nuestros pies. Zelda bajó la antorcha. Dejó escapar una exclamación ahogada y la antorcha estuvo a punto de caer al suelo. Por fortuna, la recogí a tiempo.

—Es una rata —susurró ella, pegándose a mí.

Oh, claro. Ella y su terror hacia las ratas.

—Esta no es muy grande.

—Sí lo es.

—Huy, parece que viene hacia ti. —A ella se le escapó un sonido agudo. Y eso que íbamos por buen camino en lo de ser sigilosos—. Ten cuidado.

Tuve que contener la risa cuando Zelda se aferró a mis hombros. Un poco más y me ahogaría.

Acerqué la antorcha y la rata, y el animal se perdió en la oscuridad, asustado. Todo se quedó en silencio otra vez.

—¿Se ha ido? —me preguntó ella en voz baja al cabo de un rato.

—Creo que sí.

Se separó un poco y me arrebató la antorcha de las manos para examinar el suelo con ojo crítico. Por fortuna, no vio nada, así que me devolvió la antorcha. Empezó a ruborizarse.

—No te atrevas a reírte —siseó mientras volvía a ponerse en marcha.

—¿Por qué no? Ha sido divertido.

—No. No lo ha sido.

—No pensé que hablaras en serio cuando dijiste que te daban miedo las ratas —reí—. Ahora ya sé qué hacer cuando...

Me interrumpí al ver que Zelda brillaba. Otra vez. Retrocedí y dejé de tocarla, por si tenía alguno de sus estallidos extraños.

Cerró los ojos, y yo aguardé, expectante, pese a que el espíritu de la Espada Maestra me rogaba que continuara. Se mantuvo muy quieta durante unos instantes que se me hicieron eternos. Llegué a pensar que entraría en uno de aquellos estados de letargo, como lo que le había ocurrido en la Fuente de la Sabiduría.

Sin embargo, de pronto abrió los ojos. Seguían siendo verdes, como lo habían sido siempre.

—¿Zelda? —me atreví a susurrar.

—Estoy bien —respondió ella. Su voz también sonaba normal. Sentí alivio. Seguía siendo Zelda. No una diosa temible—. O eso creo.

Me separé de la pared en ruinas y di un paso vacilante. La quemadura que me había hecho en el Monte Lanayru se había curado con el paso del tiempo, aunque la cicatriz seguía sin cerrarse.

—Link —dijo Zelda—, no pasa nada. Sigo siendo yo, ¿lo ves?

Asentí despacio y di otro paso, esa vez con algo más de seguridad. Decidí que estaba haciendo el idiota. Ella estaba al mando ahora. No podía herirme, porque Zelda nunca me haría daño por voluntad propia. Podría dudar de muchas cosas, pero esa no era una de ellas. Le confiaba mi propia vida. Era la única en todo Hyrule a quien le confiaba tantas cosas. La miré, esperando que lo entendiera, aunque sabía que eso era imposible. Por muy poderosa que fuera, seguía sin ser capaz de leer el pensamiento. Y no me atrevía a decírselo en voz alta. No ahora, mientras estuviéramos en medio de una fortaleza abandonada y en ruinas, en busca de las Diosas sabían qué. Estaba asustado y lo fastidiaría. Pero, algún día, se lo diría todo. Todo lo que me quedaba por decirle.

Me atreví a rozar su mano con cuidado. Y nada ocurrió. Estaba algo más cálida de lo normal, pero no era molesto. De hecho, me hizo sentir ligeramente mejor.

—Confía en mí —me dijo, y luego sonrió.

Decidí hacerle caso. Siempre confiaba en ella. Incluso en los días en que éramos dos extraños con claras diferencias había confiado en ella. No veía por qué no iba a hacerlo ahora.

Zelda parecía tener el mismo presentimiento que yo. Avanzamos por el pasillo hasta llegar a la raíz del problema. Había restos de malicia al final, justo donde los muros habían colapsado y bloqueaban el resto del pasadizo.

Nos pusimos de acuerdo en silencio, con solo una mirada. Ella fue por la izquierda y yo, por la derecha, con la Espada Maestra en las manos. Terminamos antes de lo esperado; al cabo de un corto rato, ya no había ni rastro de la malicia. El espíritu de la espada se calmó, y Zelda dejó de brillar poco a poco.

—Siento haberte asustado —dijo—. Yo tampoco sé cuándo viene y cuándo se va.

—No pasa nada —le aseguré, y sonreí a medias—. Tendré que acostumbrarme.

Ella suspiró.

—Tengo que aprender a controlarlo. No quiero volver a hacerte daño, Link. —Hizo una pausa, vacilante, y luego añadió—: Sé que te da miedo.

Ni siquiera me molesté en negarlo. No serviría de nada. Así que solo desvié la mirada.

—No sé cómo funciona, Zelda. Y, bueno, sí; me da miedo.

—Lo entiendo. Créeme, a mí también me daría miedo. Tengo que encontrar una forma de controlarlo. Te prometo que lo haré, ¿vale?

—Vale —asentí. Todo el temor desapareció.

Recorrimos el camino de vuelta en un silencio agradable. Nos alejamos del Bastión de Akkala y retomamos el viaje hasta el laboratorio de Rotver.

Pasaron tres días enteros, pero al cuarto día llegamos a la posta que se encontraba justo al pie de la colina de su laboratorio. Aquella sería nuestra última parada antes de llegar.

Dejamos a los caballos en los establos y pagamos por comida y bebida. La posta estaba llena, así que ni siquiera me molesté en pedir por una cama. El posadero me dijo que tendríamos que pasar la noche fuera o dormir en el suelo. Los establos no eran tan mala idea. Al menos no tendríamos que pagar.

Nos dieron algo de comer en un cuenco. Mientras comíamos, sentados junto a una cacerola y un puñado de hojas secas, me dediqué a observar nuestros alrededores con atención. Había demasiada gente. Aquello no era Necluda, sino Akkala. Muchos viajaban hasta allí, sí, pero no los suficientes para llenar una posta.

—¿Hay algo de lo que no nos hayamos enterado? —me preguntó Zelda—. ¿Una fiesta o algo así?

Negué con la cabeza.

—No lo sé.

Sentí que alguien me miraba. Descubrí que se trataba de una viajera. No podía ser mucho mayor que Zelda. Se encontraba en el otro extremo de la posta, acompañada por más viajeros, pero ellos no parecían estar prestándome mucha atención. Cuando se dio cuenta de que la había descubierto, apartó la vista y se dirigió a uno de sus compañeros, como si nada hubiera pasado.

Qué raro.

—Tenemos que irnos —le dije a Zelda en voz baja.

—¿Por qué?

—Hay algo que no me gusta.

Ella asintió despacio.

—¿Dónde pasaremos la noche? ¿Y los caballos?

—También nos los llevamos. Espero que Rotver tenga algo de espacio. Si no, nos quedaremos fuera.

Zelda suspiró pero acabó asintiendo. Me oculté bajo la capucha y fui en busca de Viento y Calabaza. Ya habíamos pagado su estancia en los establos, así que no estábamos haciendo nada malo. Nadie pareció fijarse mucho en mí, aunque traté de mantener la vista fija en el suelo. No quería que me reconocieran.

Ella también se había subido la capucha. Me esperaba junto al camino, con las bolsas de viaje cerradas otra vez. Le di las riendas de Calabaza y cogí una bolsa para que no tuviera un cargar con tanto peso. Luego nos pusimos en marcha sin mediar palabra.

Al cabo de un rato, el bullicio dejó de oírse y el humo de la chimenea de Rotver empezó a ser visible en la distancia.

—Seguro que hay tanta gente porque se celebra algo aquí —dijo Zelda, rompiendo el silencio.

—Nunca he oído que se celebre nada en Akkala.

—Que tú no lo hayas oído no significa que no exista.

Resoplé, aunque no quise seguir discutiendo. Ella tenía algo de razón.

Alcanzamos el laboratorio antes de lo esperado. Desde fuera, era similar al de Hatelia, aunque la mayor diferencia era que estaba junto a un cementerio de guardianes. Zelda lo observaba todo con los ojos muy abiertos.

—¿Rotver vive aquí?

—Sí.

—Diosas, yo no podría vivir rodeada de todo esto.

Contuve un escalofrío, pese a saber que los guardianes estaban inactivos y que, probablemente, no volverían a activarse en mucho, mucho tiempo.

Zelda dio un paso y puso sus nudillos sobre la puerta, pero no llamó. Al final vaciló y se giró para mirarme.

—Hazlo tú —dijo, apartándose.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—A ti te conoce.

—A ti también.

Puso los ojos en blanco.

—Pero no es lo mismo, Link.

Acepté a regañadientes y llamé a la puerta. Escuché voces en el interior, y Zheline, la esposa de Rotver, apareció en el umbral.

—¡Oh, Link! ¡Qué sorpresa!

Me dio un abrazo que me dejó sin aire antes de que pudiera saludarla también.

—Rotver se alegrará de verte. Lleva mucho tiempo esperando tu... —Su mirada cayó en Zelda. Me contempló con los ojos abiertos como platos—. ¿Es...?

—Zelda —dijo ella con una sonrisa forzada.

Zheline palideció. Dio media vuelta y llamó a Rotver. Él apareció junto a la puerta, renqueando. No parecía haber envejecido desde la última vez que lo había visto. Miró a Zelda de arriba abajo, aunque ella no dijo nada. Luego me miró a mí, y vi que tenía el ceño fruncido.

—Ya era hora, mocoso.

—¡Rotver! —exclamó Zheline—. La princesa está...

—Rotver —susurró Zelda—, ¿de verdad eres tú?

Él sonrió.

—Por desgracia.