ZELDA

Al parecer, Rotver había estado muy ocupado durante aquellos últimos cien años.

Su laboratorio estaba mucho mejor ordenado que el de Prunia. Aunque lo cierto era que cualquiera podría ser más ordenado que Prunia. Me mostró algunos de sus experimentos, y lo que vi me sorprendió. Se había dedicado a investigar formas de construir armas eficaces contra los guardianes y la tecnología ancestral corrompida por el Cataclismo. Había tenido que ir más rápido de lo que le hubiera gustado porque no sabía cuándo despertaría Link, pero al final la investigación había dado sus frutos.

Me mostró las flechas ancestrales. Aquello ni siquiera había existido cien años atrás. Recordaba haber visto a Link usarlas cuando se adentró en el castillo.

—Es impresionante —le dije mientras sopesaba una de las flechas entre las manos.

—Lo sé —replicó él, sonriendo con orgullo—. No olvidéis que las hice yo, princesa.

Princesa. Había pasado mucho tiempo desde la última vez en que un amigo me había llamado así. Pero, sorprendentemente, descubrí que no me molestaba tanto como antes.

—Es una pena que todos mis esfuerzos fueran por la causa de ese muchacho. —Señaló a Link, que estaba toqueteando engranajes de guardianes al otro lado del laboratorio—. Ese mocoso...

—Déjalo en paz —reí—. No has hecho más que meterte con él desde que llegamos.

Rotver suspiró.

—No dudo que sea bueno con una espada en la mano. Pero no es muy listo.

Sonreí.

—Es más listo de lo que crees. A veces se hace el tonto.

Como ahora, que fingía que no nos escuchaba. A cualquiera le resultaría convincente, pero no a mí. Lo notaba por la forma en que se acercaba a nosotros con disimulo. Y, además, prestaba demasiada atención a mecanismos que él ni siquiera entendía y escogía al azar.

Rotver suspiró.

—Debió de ser impresionante verlo en plena acción contra ese monstruo —dijo Zheline—. He oído maravillas sobre él.

Le di la razón. Lo había visto pelear muchas veces. La última había sido justo el día en que el Cataclismo resurgió. E incluso entonces había resistido hasta el final, y pese a estar malherido y sangrando por una docena de heridas, sus movimientos habían seguido siendo perfectos y coordinados. Solo empezaron a volverse erráticos cerca del final de verdad.

Pero el día en que acabamos con el Cataclismo, hacía solo unas pocas lunas, había sido algo distinto. Link había cambiado, y lo supe por la forma en que se movía. No estudiaba cada movimiento, frío y calculador, sino que se guiaba por su instinto. Cada vez que movía la espada era como si estuviera en uno de esos bailes del castillo, a los que acudían los nobles invitados por mi padre y que nunca querían bailar conmigo. No entendía cómo Link no sabía bailar. El arte de la espada no podía ser muy distinto. Y, aquel día, se había movido con una destreza casi sobrenatural. Pero lo mejor había sido ver como su eterno valor nunca vacilaba ni se apagaba. Aquello me había dado esperanza.

—Link, cielo, siéntate —le dijo Zheline—. ¿Cuándo habéis comido por última vez? Estáis muy flacuchos los dos.

Link nunca negaría una buena cena, así que supuse que no me quedaba más remedio que sentarme. Era lo que menos me apetecía. Los experimentos y artefactos adornando las paredes del laboratorio me llamaban más la atención. Pero sabía que Rotver y Zheline querían hacer las preguntas que todo el mundo me hacía.

—¿Te fueron útiles las flechas ancestrales, muchacho? —le preguntó Rotver a Link mientras comíamos.

Él asintió en silencio.

—¿Malgastaste alguna? —Silencio otra vez. Rotver alzó una ceja—. Recuerdas lo que te dije, ¿verdad? Espero que lo hayas recordado hasta el final.

Link se encogió de hombros.

—Las usé con los guardianes —replicó—. No acerté con algunas.

Le dirigí una sonrisa divertida que, por supuesto, él no pasó por alto. Y, al parecer, Zheline tampoco. Cogió nuestras manos y sonrió.

—Debe de ser maravilloso haber acabado con ese monstruo por fin. —Miró a Rotver—. Si me separaran de mi Rotver durante tanto tiempo, no podría soportarlo.

Link, a mi lado, frunció el ceño, y yo me ruboricé. ¿Cómo podía ser tan idiota a veces?

—No es lo mismo —murmuré antes de que él tuviera tiempo de soltar alguna tontería—. Rotver y tú estáis...

—Cierto. Pero estoy segura de que a vosotros os une algo muy fuerte, ¿no es así? Nada más y nada menos que el destino.

Le mostré una sonrisa nerviosa. Zheline era joven; quizás unos diez o quince años mayor que yo. Jamás había imaginado a Rotver con esposa, y menos aún con una tan joven. Rotver podría perfectamente ser su padre. Y conocía las características de la raza sheikah: solían llevar las cuentas de la edad y el paso del tiempo de forma diferente a la nuestra, pero Rotver seguía siendo viejo, incluso para los sheikah, y Zheline seguía siendo muy joven. Aun así, me alegraba de que él hubiera encontrado a alguien y no estuviera condenado a la soledad eterna, como Prunia e Impa. Valoraba mucho los sacrificios que se habían visto obligados a hacer por mí. No me los merecía.

—¿Os conocíais bien? —preguntó entonces Zheline—. Antes del Cataclismo, quiero decir. He oído muchas cosas, pero no sé cuál es la verdadera. Sois todo un misterio, ¿lo sabíais?

Link frunció todavía más el ceño, tanto que pensé que se quedaría con esa expresión para siempre, y yo reí con nerviosismo otra vez.

—Bastante bien —contesté—. Link me seguía a todas partes. Tardamos un poco en entendernos, pero al final conseguí conocerlo. Link es un poco difícil a veces.

Sentí un puntapié por debajo de la mesa, y tuve que hacer verdaderos esfuerzos por contener la risa.

—Link te echaba mucho de menos —intervino Rotver con una pequeña sonrisa maliciosa—. O al menos eso he oído.

Miré a Link con una sonrisita también. Ya sabía que él me había echado de menos; me lo había confesado más de una vez, así que no me sorprendía. Pero Rotver no tenía por qué saberlo.

—¿Tú y tu corazón de piedra? ¿Echarme de menos?

Sentí otro puntapié y me dirigió una mirada asesina. No fui capaz de reprimir la risa entonces.

—Me alegra que todo haya acabado bien —sonrió Zheline—. Espero que ahora podáis vivir en paz. Y disfrutar de la libertad, también. Por lo que he oído, no disfrutabais de mucha libertad.

Mi sonrisa desapareció poco a poco. Y eso que estaba empezando a pasármelo bien mientras hablábamos del pasado.

—Eso parece —murmuré.

Hubo un corto silencio incómodo.

—Princesa —intervino Rotver. Su voz sonaba sorprendentemente similar a cuando era joven, solo que la actual sonaba más ronca, más cansada—, ¿qué planeáis hacer ahora que el Cataclismo ha sido destruido?

—Comer y dormir en paz —masculló Link a mi lado, abriendo la boca por primera vez. Fue mi turno de asestarle una patada.

—Bueno —empecé. Sabía que esa pregunta llegaría tarde o temprano. Y no culpaba a Rotver; si yo tuviera delante a una princesa que había desaparecido un siglo atrás, que se creía muerta e incluso imaginaria, haría esa pregunta—, quiero reconstruir. Me estoy centrando en eso. Cuento con el apoyo de los zora y los sheikah.

—¿Los sheikah? —repitió Rotver—. Habéis visitado Kakariko, ¿verdad?

—Sí. De hecho, Link me llevó allí poco después de que la batalla terminara. Nos quedamos varias semanas para curarnos.

Había días en los que estuve muy aburrida, eso debía admitirlo. Todo cambió cuando Link estuvo más fuerte y fue capaz de pasarse tardes enteras sentado junto a mi cama sin tener que marcharse a regañadientes porque las medicinas para el dolor eran demasiado fuertes y necesitaba dormir. Después, me había hecho compañía durante todo el día. Me hacía reír, y había empezado a conocerlo de nuevo. No me arrepentía de haber decidido acercarme a él entonces.

—Ah. —Rotver guardó silencio por un instante—. ¿Cómo está Impa?

Sonreí un poco.

—Ella está bien —contesté—. Anciana, pero bien. Todavía le quedan muchos años, si las Diosas son benevolentes. Por cierto, también fui a Hatelia para ver a Prunia.

—Prunia —rio él—. Tan desagradable como siempre, ¿verdad? Impa siempre fue la mayor de las dos, porque Prunia nunca fue muy buena en ese puesto.

Reí.

—Sigue igual que siempre —suspiré.

Si miraba a Rotver, todavía era capaz de reconocer lo que quedaba de cuando era joven y lo acababa de conocer. Sus ojos eran iguales y, si hablaba, podía llegar a imaginarme que seguía siendo un muchacho que no pasaba de los veinte años y explicaba el funcionamiento de un guardián o venía de visita a la corte de mi padre para informar de los últimos avances. Sin embargo, tenía que dejar de engañarme. Ya nada era igual.

—Así que —dijo Rotver, rompiendo el incómodo silencio de nuevo—, ¿te has gastado todas las flechas ancestrales?

Link alzó la vista de su plato y asintió. Rotver pareció incrédulo, pero poco a poco la sorpresa dio paso a la indignación.

—Te di unas cuantas.

—Las usé cuando llegó el momento.

—¿Todas?

—¿Para qué crees que las tenía?

Rotver suspiró y enterró el rostro en las manos mientras negaba con la cabeza y murmuraba cosas para sí mismo.

—Las usé contra el Cataclismo —se defendió Link—. Zelda lo vio, ¿a que sí?

—Lo vi todo, Rotver —asentí con una sonrisa—. No miente. Link dio un buen uso de ellas.

—Eso espero —dijo el anciano al tiempo que le lanzaba una mirada asesina a Link, que agachó la cabeza y siguió comiendo.

Ninguno dijo nada durante un rato. Zheline a veces soltaba algún comentario sin importancia, normalmente dirigido a Rotver, así que ni Link ni yo hablábamos demasiado. Hasta que, de pronto, Rotver dijo:

—Perdonad la brusquedad, alteza. —Hizo una pausa, y supe de qué se trataba su pregunta antes de que le diera tiempo a formularla siquiera—. Pero ¿qué haréis con el trono ahora?

Link, a mi lado, dejó de comer. Sentí su mirada expectante. ¿Él también quería conocer la respuesta? Llegados a aquel punto, había supuesto que ya lo habría adivinado.

—Aún no he tomado ninguna decisión —empecé—. Mi prioridad ahora mismo es reconstruir y valorar los daños. Una vez eso esté hecho, ya lo pensaré todo con... con más detenimiento.

Aquello era una verdad a medias, por supuesto. Link sabía que estaba empezando a decantarme por una opción, pese al poco tiempo que había pasado. Él, observador como era, lo había notado al instante. Sentía que sus ojos podían atravesarme.

—Estoy de acuerdo con vos —intervino Zheline—. Os merecéis tomaros vuestro tiempo, princesa. Los demás podemos esperar un poco más.

La mujer me mostró una sonrisa amable, y yo se la devolví. Zheline era agradable. Entendía por qué Rotver se había encariñado con ella. Era un rayo de luz en medio de la sombría rutina de alguien condenado a esperar y esperar por el resto de la eternidad.

Rotver también me mostró su apoyo. Eso me hizo pensar. Tal vez debía tomarme más tiempo para reflexionar mejor. Podía estar cometiendo un gran error; sin embargo, cada día lo tenía más claro. Desde nuestro paso por la Región de los Zora, todo había empezado a cambiar. Tendría que renunciar a muchas cosas, pero eso era mejor que nada. Ahora lo veía más claro. En ocasiones, tomar caminos diferentes llevaba al mismo destino, y tenía la sensación de que aquella era una de esas veces.

La conversación fluyó con facilidad desde ese momento. Me enteré de que Rotver tenía un hijo.

Eso me sorprendió más que el hecho de que se hubiera casado con una mujer que bien podría su hija o incluso su nieta, y me impresionó más que las flechas ancestrales.

¿Rotver, padre? Jamás había llegado a imaginármelo con un bebé en las manos, criándolo y enseñándole los secretos de la tecnología ancestral. El niño debía haber crecido solo, en un rincón aislado del mundo donde no vivía nadie, menos todavía niños de su edad. Sin embargo, Rotver y Zheline parecían muy contentos con la vida que llevaban, así que decidí que no era asunto mío.

Se llamaba Granté y era más o menos de la edad de Link. Había heredado la inteligencia prodigiosa de su padre y el espíritu libre de su madre, según ellos. Había empezado a comprar y vender armas. Comerciaba en los caminos como un viajero más. No me sonaba haberlo visto, y a Link tampoco. Y a un sheikah se lo reconocía en cualquier lugar, por desgracia.

—Le encantaría conoceros —dijo Zheline—. Creció oyendo historias de vosotros dos. No sé cuándo estará de vuelta, me temo. Pero algún día le llevaremos a Kakariko para que conozca a la señora Impa. Quizás estéis por allí.

Sonreí.

—Tal vez.

Era muy poco probable, porque no pensaba volver a Kakariko en mucho, mucho tiempo, pero Zheline no tenía por qué saber eso.

Al terminar, Rotver y su esposa nos sirvieron pastelitos de manzana. Me comí unos cuantos, y el resto se lo dejé a Link. Estaba claro que él necesitaba un poco más. Su hambre parecía ser insaciable en ocasiones.

—Link, cielo —dijo Zheline cuando todos hubimos terminado—, tú eres fuerte, ¿a que sí?

Me miró de reojo, y el ligerísimo tono rojizo de sus mejillas no me pasó desapercibido. Cualquiera podría no haberse dado cuenta, pero yo lo conocía demasiado bien.

—Supongo —respondió él por fin.

—Sé que es de noche y sois mis invitados, pero te agradecería que me ayudases a recoger las calabazas del huerto. Algunas son muy pesadas.

Link frunció el ceño.

—¿Plantáis calabazas?

—Sí. Bueno, más bien lo hago yo. Rotver suele estar demasiado ocupado. A veces parece que quiere más a esos cacharros que a mí.

—Eso no es cierto —gruñó Rotver, aunque no insistió más. Era bastante más cascarrabias que el Rotver del pasado.

—¿Me ayudarás, cielo? —insistió Zheline, haciendo oídos sordos a Rotver.

Link, bueno como era, acabó aceptando. Me dirigió una última mirada, una que me dijo que volvería en cuanto pudiera, y luego se marchó al exterior con Zheline.

Rotver estaba en silencio, estudiando mi rostro. ¿Estaría buscando alguna marca? ¿Alguna arruga? ¿Cualquier cosa que diera señales de haber envejecido?

—Rotver —empecé, llamando su atención—, me he dado cuenta de algo durante mis viajes con Link.

—¿De qué?

—Los santuarios y las torres han desaparecido —dije—. Cuando estuvimos en la Región de los Zora, visitamos Vah Ruta. Intenté ponerla en marcha, pero no lo conseguí. Era como si se hubiera desactivado de pronto. —Hice una pausa—. ¿Sabes algo?

Rotver suspiró y se puso en pie. Renqueó hasta una de las mesas de madera donde había un puñado de flechas ancestrales. En las paredes había bocetos, dibujos ya hechos e incluso notas. Sopesó una flecha entre sus manos, en silencio.

—Me temo que la tecnología ancestral está desapareciendo, princesa —dijo por fin. El corazón se me detuvo por un momento. Una pequeña parte de mí seguía creyendo que la tecnología ancestral era nuestra única opción contra el Cataclismo. Pero eso había sido antes, mucho antes. Antes, incluso, de conocer a Link—. Las fuentes de mi laboratorio ya no funcionan como antes. Es como si se estuvieran quedando poco a poco sin energía, ¿entendéis?

Asentí despacio, con el ceño fruncido.

—Pero la piedra sheikah sigue funcionando con normalidad —repuse—. No he notado ningún cambio.

—Es un proceso progresivo, alteza. La energía no se irá de un día para otro. Quizá tenga que pasar un año, tal vez dos, para que todo termine de desaparecer. Es un proceso lento.

Asentí de nuevo, comprendiendo. Aquello tenía sentido. La tecnología ancestral no podía desaparecer de golpe. No cuando llevaba tanto tiempo en funcionamiento.

—¿Por qué desaparece? —inquirí, pese a saber que era una pregunta estúpida—. ¿Es porque ha cumplido su propósito?

—No lo sé con certeza, pero en mi opinión, ese es un factor importante. —Rotver se sentó de nuevo frente a mí—. Es posible que, ahora que no queda nada con lo que luchar, tenga que recuperar energías. O, simplemente, desaparecer.

—Pero el Cataclismo volverá —dije—. No en esta época. Quizás en otros diez mil años. ¿Qué harán sin la tecnología ancestral?

—A nosotros no nos sirvió de mucho. —Sonrió con tristeza—. Quizá sea mejor así. No os preocupéis por el futuro, princesa. Ellos sabrán cómo librar sus guerras. Vos ya habéis librado la vuestra.

Desvié la vista hasta mis manos, cerradas en puños sobre mi regazo. Sabía que a Rotver le dolía todo aquello. Se había dedicado a la tecnología ancestral toda su vida, pese a lo ocurrido en el último siglo. ¿Qué haría dentro de unos años, cuando desapareciera del todo? A mí solo me gustaba estudiarla y pasar horas leyendo libros, pero podría sobrevivir sin ella. Dudaba que Prunia y Rotver pudieran decir lo mismo.

En el fondo, sabía que él tenía razón. Lo mejor era que desapareciera. Había hecho mucho daño a Hyrule, y no podíamos arriesgarnos a que algo así volviera a suceder. Nunca seríamos capaces de dominar por completo la tecnología, sin importar cuánto lo intentáramos o los métodos que usáramos. Ni siquiera los sheikah más brillantes habían podido desentrañar la mitad de sus secretos.

Link regresó poco después, cargando con varias calabazas. Para entonces, Rotver y yo hablábamos de temas menos delicados y más fáciles de tratar. La noche ya caía y el peso de los días que habíamos pasado viajando se hizo notar. Pedimos por dos camas, y Zheline nos dijo que en la parte de arriba de la casa tenían espacio de sobra.

—¿Se celebra algo hoy en Akkala? —le pregunté a la mujer mientras me llevaba a las habitaciones.

—¿Aquí? ¿Hoy? No, claro que no. En Akkala no hay ninguna celebración. ¿Por qué lo preguntáis, princesa?

—En la posta había mucha gente. Link dice que no suele haber tantos viajeros por aquí.

Zheline se encogió de hombros.

—Será una coincidencia. Al menos yo no he oído hablar de nada.

Debía ser difícil vivir en Akkala. Una región donde no había nada ni nadie. Solo se tenía a los árboles de hojas anaranjadas como compañía. Todo estaba siempre en silencio. Apreciaba el silencio, pero no podría vivir en Akkala. Me volvería loca en menos de medio año.

Zheline nos mostró dos habitaciones. Eran muy pequeñas y sencillas, pero le aseguré que bastarían. Se encontraban en el mismo pasillo, la una junto a la otra. Ella se cercioró de que estuviéramos a gusto, nos dio las buenas noches y luego se marchó escaleras abajo. Link me ayudó a sacar las cosas de la bolsa de viaje, y después yo hice lo mismo con su bolsa. Al terminar, permanecimos en silencio, sobre mi cama.

—Rotver dice que la tecnología ancestral está desapareciendo —dije en voz baja.

Él me miró, pero no respondió. Sabía que aún no había terminado.

—Dice que no es un proceso rápido. Es progresivo, y puede que tarde varios años en apagarse por completo.

—Eso es mucho tiempo —murmuró.

—Lo es —asentí—. Pero es lo mejor. Tiene que irse.

Lo oí suspirar. Solo con eso supe que estaba de acuerdo conmigo.

Pasó un rato más haciéndome compañía, hasta que decidió que era hora de marcharse. Permanecimos muy quietos bajo el umbral de la puerta. Caí en la cuenta de que esa sería la primera vez que dormiría sola, sin el, sin su calidez a mi lado. Sin darme la vuelta o estirar un brazo y sentirlo cerca. No habíamos tenido que separarnos así en mucho tiempo.

—Hasta mañana —dijo él, vacilante.

Lo miré a los ojos, indecisa también.

—Sí. Mañana. Ya sabes.

Él sonrió un poco, solo un poco. Me dirigió una última mirada, una que me hizo saber lo que pensaba y lo que quería, pero entonces, para mi sorpresa, dio media vuelta para marcharse.

—Link.

Tiré de su brazo y él se detuvo al instante. Me acerqué un poco más para ponerme a su altura. Rodeé sus hombros con cuidado. Unió su frente a la mía y suspiró.

—Sabes que no podemos hacer...

Calló de golpe cuando sus labios se juntaron con los suyos. Ni siquiera intentó resistirse o prevenirme otra vez. Y lo cierto era que, en ese preciso instante, me daba igual. Que se enteraran de que nos dábamos besos a escondidas. Dijeran lo que dijesen, no me arrancarían de su lado.

Él tomó mi rostro con sus manos ásperas y me acorraló contra la pared, detrás de la puerta. Mejor. Nadie podría vernos e interrumpirnos.

Solo nos separamos cuando empezó a faltarme el aire. No sabía cuánto tiempo había pasado. Esperaba que no mucho. Él tomó aire y juntó su frente con la mía otra vez.

—¿Quieres que me quede? —susurró.

Sonreí, muy cerca de sus labios.

—No —contesté, también en un susurro—. Eso sí sería muy sospechoso.

Resopló.

—Que se vayan al infierno si quieren —gruñó.

—Lo sé —reí—. Pero supongo que... que es lo mejor.

—Algún día tendremos que decírselo.

Le asesté un codazo.

—Si no me aburro de ti antes.

Me observó con el ceño fruncido. ¿De verdad estaba preguntándose si era cierto o no?

—¿Alguna vez podrías...?

—Jamás me aburriría de ti, Link. Era solo una broma tonta.

—Ah.

Negué con la cabeza. Él tocó mi mejilla.

—Si necesitas algo, dímelo.

—Tú también.

Él solo asintió.

—Buenas noches —susurré.

Me dio un beso en la frente, y estuve a punto de suspirar como una doncella enamorada.

—Buenas noches.

Se alejó hasta su habitación. Escuché como la puerta de cerraba, y solo entonces cerré la mía.

Por raro que pareciera, aquella noche me costó dormir. Estaba acostumbrada a tener a Link, a dormirme escuchando su respiración y a que su calidez me rodeara como un escudo. A saber que estaría ahí, justo a dos dedos, si algo ocurría y lo necesitaba. O él me necesitaba a mí. Si conseguí conciliar el sueño, fue gracias al viento que soplaba contra los postigos de la ventana. Extrañamente, aquello me tranquilizó. Si cerraba los ojos, tenía la sensación de que cabalgaba por la Llanura de Hyrule, con el castillo a mi espalda y el camino frente a mí. Había pocas cosas mejores que esa.

Me desperté en medio de la noche. Sentía una respiración cerca de mi oído. Al principio pensé que se trataría de Link, pero el hueco al otro lado de mi cama estaba vacío. Entonces escuché pasos. Me incorporé, pero todo estaba oscuro. Escuché más pasos, y me pareció ver una sombra en medio de la negrura.

Salí de la cama e intenté buscar algo para defenderme. Cualquier cosa serviría. Sin embargo, no había nada. Escuché pasos de nuevo, y me pegué a la pared. Aquello tenía que ser una pesadilla. ¿Serían ladrones? ¿Quién querría robarle a Rotver?

Contuve un grito cuando la ventana se abrió de golpe. El aire frío entró en la habitación. Vi la misma sombra de antes, y eso fue todo lo que necesité para salir corriendo, cerrando la puerta una vez estuve fuera. La sombra no tendría problemas en escapar, pero al menos ganaría algo de tiempo.

Intenté ser lo más silenciosa que pude, porque todavía tenía la diminuta esperanza de que me hubiera vuelto loca por fin y no fueran más que imaginaciones mías. Abrí la puerta de la habitación de Link y tuve que reprimir un suspiro de alivio al comprobar que seguía vivo. Respiraba. La sombra no había llegado hasta allí.

Lo sacudí para despertarlo, aunque estaba segura de que el ruido que había hecho al entrar lo había despertado del todo.

—¿Qué pasa? —murmuró.

—Creo que hay alguien —susurré, y fue entonces cuando me di cuenta de lo mucho que me temblaba la voz.

De pronto estaba sentado sobre la cama y tenía los ojos muy abiertos.

—¿Dónde?

—En mi habitación. Tiene que haber entrado por la ventana o...

—¿Estás segura?

Asentí, y él se puso en pie y cogió la Espada Maestra. Me dije que todo iría bien. Link era Link, y encima iba armado. No nos pasaría nada. Todo se quedaría en una anécdota extraña. Nada más.

La ventana de mi habitación seguía abierta. La luz de la luna se colaba por allí, y tuve que reprimir un escalofrío. No sabía si se debía a la brisa gélida o al miedo.

—Quédate detrás de mí —me dijo en voz baja, y yo obedecí.

Empezó olisqueando el aire. Examinó cada esquina oscura de la habitación y luego se asomó a la ventana. No pareció encontrar nada, porque siguió revisando el interior. Los pies me temblaban mientras él miraba entre las mantas y bajo la cama. Regresó a las esquinas y palpó el suelo, por si alguna tabla de madera estaba suelta. Después de un rato, cerró la ventana y me miró bajo la luz de una vela.

—¿No has visto nada? —le pregunté en un susurro.

—No.

Tomé aire y me senté sobre la cama, porque los pies no podrían sostenerme durante mucho más.

—Seguro que era solo el viento —murmuré, casi para mí misma—. Solo eso.

Él me miraba con el ceño fruncido. Dejó la vela sobre la mesa y se sentó a mi lado.

—No creo que fuera solo el viento.

—¿Qué otra cosa podría haber sido? —le espeté, alzando la voz un poco más de lo necesario—. ¿Quién iba a querer matarme? —Se me escapó una carcajada amarga—. Ya nadie sabe quién soy, Link.

Él desvió la vista y asintió. Eso significaba que yo tenía razón. Me había asustado, pero eso era todo. Era culpa del viento. Lo oí suspirar.

—Vuelve a dormir —me dijo.

—¿Vas a marcharte? —le pregunté. Volvía a sonar como una niña asustada.

—Según tú, no hay nada.

Fruncí un poco el ceño.

—Creí ver a alguien. Cualquiera se asustaría.

—¿Quieres que me quede o no?

Asentí despacio, casi a regañadientes. Sabía que no lograría volver a dormirme sin él. Estaba demasiado asustada todavía, pese a saber que había sido solo un malentendido. Era estúpido, pero no podía remediarlo.

Me arropó con las mantas y volvió a sentarse al borde de mi cama. Me advirtió que tendría que irse antes del amanecer, pero yo no dije nada. Con que estuviera allí, en aquel preciso instante, me bastaba. Era suficiente.

Me llevó un rato dormirme, pero Link lo hizo más fácil. Me hablaba y me acariciaba el pelo, y eso me tranquilizó.

Cuando me desperté de nuevo, ya era de día, y Link no estaba a mi lado. Me vestí con las ropas de viaje y salí de la habitación. El pasillo estaba desierto, pero se oía ruido procedente de abajo. Descendí por las escaleras y vi a Rotver y a Zheline sentados en la mesa junto con Link, que ya comía de su plato.

—¡Buenos días! —exclamó Zheline al verme. Link se dio la vuelta y me examinó de arriba abajo. Le aseguré en silencio que estaba bien. No tenía por qué seguir preocupándose cuando todo estaba ya resuelto—. Iba a ir a buscaros, princesa. ¿Habéis dormido bien?

Tomé asiento y esbocé mi mejor sonrisa.

—Muy bien —mentí.

—Me alegro, alteza. ¿Cuánto tiempo os quedaréis?

—Al menos una noche más —intervino Link antes de que yo pudiera decir nada.

Lo miré con una ceja alzada, pero él no dijo nada más.

—Si no es mucho pedir, claro —añadí por Link.

—Oh, claro que no. No sois ninguna molestia. ¿Verdad, cielo?

Rotver fulminó a Link con la mirada.

—No toques nada de mi laboratorio, muchacho. Te he visto.

Link frunció el ceño.

—¿Sabes de herrería? —preguntó de pronto.

"Estamos valientes hoy, ¿eh?"

—¿Herrería? —Rotver pareció ofendido—. ¿Crees que me he dedicado a hacer herraduras para caballos durante estos años?

A él ni siquiera pareció intimidarlo su tono de voz. Simplemente parecía decepcionado.

—Ah.

Ninguno dijo nada más. Tendría que preguntarle a Link qué había sido todo aquello más tarde.

El resto del día transcurrió con aparente tranquilidad. Rotver me enseñó todos sus experimentos, uno a uno. Me explicó cada proceso y cada fórmula que había seguido. A mí seguía pareciéndome fascinante que hubiese sido capaz de crear las flechas ancestrales. Y todo por nosotros, pese a su poca fe en Link. No volvió a preguntar por mi futuro ni por la decisión que tomaría.

Zheline me mostró su huerto de calabazas y me dio varios libros que, según ella, podrían interesarme. Yo le di las gracias; no tenía ningún libro para el viaje. Los había dejado todos en casa, aunque de todas formas ya los había terminado. Había elegido entretenerme con la piedra sheikah. Pero incluso eso, en ocasiones, era poco eficiente. No eran libros muy largos, así que cabrían en mi bolsa de viaje. Y no pesarían tanto como los que había robado de Kakariko.

Link se mantuvo todo el día en guardia, a la espera de que algo ocurriera. No apartaba las manos de la empuñadura de la espada, no se relajaba y estaba menos hablador que de costumbre. Y no solía ser muy hablador cuando teníamos compañía. Seguía preocupado por lo sucedido la noche anterior. Le había explicado que había sido solo un error estúpido, tal vez incluso me lo había imaginado. No existía ninguna razón para creer que algo intentaba hacernos daño. Pero Link hacía oídos sordos.

Había decidido dejarlo estar. Ya sacaría sus propias conclusiones del comportamiento sobre protector que tenía últimamente. Algún día, se daría cuenta de su error, y entonces vendría a mí y admitiría que yo tenía razón.

Zheline nos dejó las mismas habitaciones que habíamos usado la noche anterior. No hizo preguntas ni quiso saber cuánto tiempo nos quedaríamos. No quería hablarle a Link todavía, así que no tenía ni idea de por qué había querido quedarse en la casa de Rotver en vez de ir a la posta. Ya estaría vacía, seguramente. Habría espacio de sobra para nosotros. Tampoco sabía cuánto tiempo permaneceríamos en Akkala. Teníamos mucho que hacer todavía. Diosas, en el fondo era peor que Link. Me sentía inquieta si pasaba mucho tiempo en el mismo lugar.

Después de la cena, Link me acompañó en silencio hasta mi habitación. Entró, encendió una vela y examinó cada rincón antes de dar el visto bueno y apartarse. Me crucé de brazos y fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Dímelo tú.

—No sé qué quieres que te diga.

—Que estás haciendo el idiota, por ejemplo.

Abrió mucho los ojos, y me arrepentí de haberlo dicho. No tendría que ser tan brusca con él. No se lo merecía. En el fondo, hacía todas aquellas cosas porque me quería y se preocupaba por mí. Y yo se lo pagaba de aquella forma tan horrible.

Como era de esperar, él respondió enfadado, aunque sabía que estaba dolido por encima de todo lo demás.

—¿Crees que me divierte estar montando guardia todo el día?

—Es muy sencillo, Link; deja de montar guardia. Así todos estaremos contentos.

—¿Y qué pasa si te hacen daño?

—Por enésima vez; lo de anoche no fue un ataque. Nunca ha habido ningún ataque. Tú te lo has inventado porque eres un paranoico.

Me miró con los puños apretados.

—Puede que tengas razón. Pero he aprendido que nunca hay que ser demasiado confiado.

—¿Estás insinuando que no tengo cuidado? —Su única respuesta fue encogerse de hombros. Aquello fue lo último que necesité para avivar mi enfado—. Sé defenderme. Tú mismo me enseñaste. No sé de qué demonios quieres protegerme. No puedes protegerme de nada. Entérate de una vez.

Observé como su expresión cambiaba, todavía furiosa. Eso debió haberle dolido. Me arrepentí de haber dicho nada al ver como su rostro se ensombrecía, pero permanecí firme en mi posición. Por una vez, sentía que yo tenía razón. Y no iba a ceder tan fácilmente.

Después de un silencio tenso, él suspiró y se dio la vuelta, con una mano sobre la empuñadura de la espada.

—Si... si necesitas algo, ya sabes.

No respondí. Tampoco tuve tiempo, porque él huyó de la habitación y cerró la puerta tras de sí. Me quedé sola por fin. Me convencí una vez más de que tenía razón. No había nada intentando hacerme daño. Y, si lo hubiera, sabría protegerme sola. Sabía utilizar el arco de forma decente, y también tenía el poder sagrado de mi parte. Recordaba haber hablado con la Diosa, y recordaba haberla oído decir que el poder respondería a mis plegarias y me protegería en caso de necesidad.

Apagué la vela y me escondí bajo las mantas. Pese a todo, me costó dormirme. No dejaba de ver sombras por todas partes. Y todo por culpa de Link y sus estúpidas preocupaciones.

Sin embargo, la noche transcurrió sin ningún incidente. Al amanecer, me despertaron voces. Salí de la habitación, me abracé a mí misma para intentar protegerme del frío y bajé las escaleras. La puerta estaba abierta, y las voces provenían de allí. Distinguí a Rotver y a Zheline, pero me quedé sin palabras antes de poder decirles nada.

Una enorme columna de humo se alzaba al pie de la colina. Aquello era la posta. Apenas era visible ya, pero sabía que estaba allí. Estábamos lejos, pero con solo olisquear el aire empecé a toser.

—¿Qué ha pasado? —pregunté cuando dejé de toser.

—Me temo temo que sabemos lo mismo que vos, princesa —respondió Zheline. Miraba la columna de humo con el rostro desencajado—. Algo debe haberse quemado en la posta.

—La posta se ha quemado, cielo —corrigió Rotver. Tuve que reprimir un escalofrío. Él lo miraba todo con el ceño fruncido—. Supongo que lleva ardiendo toda la noche. Ya debe haberse apagado.

La posta había estado llena de gente. El corazón se me detuvo por un instante. ¿Y si había sucedido una tragedia y todas aquellas vidas se habían perdido? Entonces Akkala se convertiría en una región fantasmal, marcada por la muerte y la destrucción, igual que el centro de Hyrule.

—¿Dónde está Link? —pregunté con un hilo de voz.

—Se ha ido —respondió Zheline.

—¿Cómo que se ha ido?

—Ha cogido su espada y se ha ido colina abajo.

Me obligué a inspirar hondo, aunque eso solo provocó un nuevo ataque de toses. Pues claro. Aquel idiota demasiado bueno por su propio bien había decidido ir. ¿Cómo no lo había sospechado? Era tan evidente que me daba incluso vergüenza no haberlo pensado antes.

Eso no se quedaría así.

Fui al interior de la casa y me puse las ropas de viaje a toda prisa. Cogí el arco, me cubrí con la capucha y regresé al exterior.

—¿A dónde vais, princesa? —me preguntó Rotver.

—A ayudar.

No intentaron detenerme. Supuse que sabían que no podrían.

Al llegar al pie de la colina, el humo era más denso y yo tosía sin remedio. Ya no había fuego, pero la posta había sufrido daños. Daños irreparables, de hecho. Se había derrumbado, y solo quedaban trozos de madera ennegrecida. No vi cuerpos, por fortuna.

Busqué a Link con la mirada, pero había mucha gente allí, y el humo solo lo dificultaba todo. La ceniza crujía bajo mis pies mientras avanzaba. Aquello me recordó al Gran Cataclismo, mientras andaba por los restos calcinados de la Ciudadela, sola, para llegar al castillo. Por un breve instante, estuve casi convencida de que había vuelto allí. Pero entonces vi caballos, y mis dudas desaparecieron. La Ciudadela había estado desierta. En aquella posta sí había supervivientes.

¿Dónde demonios se había metido Link? Aquel lugar no era tan grande. No podía haberse ido muy lejos.

Lo encontré apartando escombros, detrás de lo poco que permanecía en pie de la posta. Se detuvo al oír mis pasos y se dio la vuelta. Pareció sorprendido por un instante, aunque luego frunció el ceño, como siempre.

—¿Qué haces aquí?

—Buscarte.

—¿Buscarme? ¿Por qué?

—Para que dejes de hacer el tonto y no te pase nada. ¿Qué haces tú aquí?

Guardó silencio por un momento.

—Ayudar.

Luego se dio la vuelta, apartando madera ennegrecida.

—Tenemos que volver, Link. Sabrán apañárselas. Cuando tenga algo de dinero, ayudaré.

Debió ocurrírsele algo entonces, porque se alejó con decisión. Al principio pensé que había hecho caso, pero después vi que se acercaba a quien debía ser el dueño de la posta y rebuscaba en su bolsa de rupias. Era demasiado bueno. De verdad lo era.

Le dio dos rupias plateadas al hombre sin mediar palabra. Aquello no sería suficiente para reconstruir la posta entera, pero serviría para empezar. Al terminar, Link volvió conmigo y me susurró al oído:

—Es de los dos.

Luego me indicó que lo siguiera. Volvimos colina arriba, hasta la casa de Rotver. Ellos seguían esperando bajo el umbral.

—Muchacho imberbe, podría haberte pasado algo —gruñó Rotver—. Y también a la princesa.

Link le dirigió una mala mirada, pero no dijo nada más.

No nos hablamos en todo el día. Tenía que disculparme por lo de la noche anterior, pero él parecía demasiado ausente para hacerme caso. No creía que fuera a escucharme siquiera. ¿Seguiría enfadado? Su rostro se había vuelto de piedra otra vez, pero no creía que fuera por nuestra discusión. No, había mucho más. Lo percibía.

Zheline se paso el día fuera, ayudando en la posta. Me sorprendió que Link no se ofreciera a acompañarla; se quedó quieto en una esquina, observando sus alrededores, con una mano en torno a la empuñadura de la espada. ¿Qué demonios estaba esperando que ocurriera? Intenté no hacerle mucho caso, pero era difícil ignorar sus ojos fríos.

Zheline regresó al atardecer. Nos contó lo que había visto con el rostro sombrío.

—Dicen que vieron a alguien pegarle fuego a la posta —dijo. Vi que Link fruncía el ceño—. Iba de negro, y escapó antes de que nadie pudiera atraparlo.

Tuve que reprimir un escalofrío. Lo que había visto en mi habitación aquella noche también iba de negro.

Diosas, era peor que Link.

Me dije una vez más que había sido un error. Solo imaginaciones mías.

—¿Quién iba a querer quemar la posta? —preguntó Rotver.

Zheline solo suspiró. Hubo un silencio tenso.

—Mañana nos vamos —dijo Link de pronto.

Alcé la vista, sorprendida.

—¿Qué?

—Es mejor que nos vayamos.

—Por una vez, creo que tienes razón, muchacho —murmuró Rotver—. Es mejor que os vayáis. Akkala no es segura por ahora.

Me quedé boquiabierta. ¿Cómo podía apoyar las paranoias de Link? Aquello era una locura.

—Pero...

—Hacedle caso a Link, alteza. Sabe de lo que está hablando.

Inspiré hondo varias veces. Al final, alcé la vista con una sonrisa falsa en la cara.

—Esperaba quedarme unos pocos días más, pero está bien. Nos iremos mañana a primera hora.

Me disculpé diciendo que estaba cansada y fui escaleras arriba hasta la habitación.

Link llamó a la puerta varias horas después. Sabía que era él por la forma en que llamaba. Ni con mucha fuerza ni con demasiada suavidad. No respondí, así que él se fue.

Al día siguiente, partimos al amanecer. Me despedí de Rotver y Zheline, prometiéndoles que volveríamos a vernos pronto. Rotver tuvo una conversación con Link, aunque no llegué a entender lo que decían.

Zheline nos dijo que tuviéramos cuidado y nos dio comida para el viaje. Le di las gracias con mi mejor sonrisa.

Luego montamos en los caballos y volvimos al camino.

Ninguno dijo nada durante todo el día; ni cuando pasamos por las ruinas quemadas de la posta ni cuando salimos de Akkala. Para entonces ya era de noche, de modo que me obligué a parar.

—Pasemos la noche aquí —dije, señalando el poco cobijo que daba la enorme copa de un árbol. Link no emitió ninguna protesta, así que lo interpreté como un asentimiento.

Montamos el campamento en silencio. Encendí una hoguera y comimos algo del guiso que Zheline nos había dejado.

—Zelda...

Me sorprendió que él empezara. No solía ser tan valiente.

—No. No te disculpes —dije, interrumpiéndolo.

—Sé que estas enfadada.

—¿Tú no estás enfadado?

Vi en su mirada que estaba confundido.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Por... por lo que te dije la otra noche. O por no pensar lo mismo que tú.

Clavó la vista en las llamas.

—Ah. No. No estoy enfadado. Pero tú sí.

Suspiré y me apoyé contra el árbol. No me gustaba discutir con él. Luego se le quedaba una cara tan triste por el resto del día que era difícil mantenerse firme.

—Solo un poco.

—Por eso. Lo siento.

—No te disculpes.

—Siento no haber hablado contigo para irnos. Pero es que...

—Lo sé. Probablemente tengas razón en que es peligroso estar allí. Pero creo que te preocupas demasiado.

Me miró, muy serio, pero no dijo nada, de modo que proseguí:

—¿Es tan difícil dejar de pensar que todo el mundo es un enemigo?

Desvió la mirada, con esa expresión triste que ponía a veces.

—Lo siento —repitió.

Suspiré y me acerqué un poco más. Él no se apartó.

—Siento haberte dicho todo eso —dije en voz baja—. Sí necesito que me protejas de algunas cosas.

Se mantuvo en silencio durante un largo rato.

—Yo también lo necesito —susurró al final.

Sonreí.

—¿Lo ves? Decir las cosas no es tan malo.

Murmuró algo que no pude entender. Cogí su mano, y él permitió que rozara sus cicatrices. No se movió cuando llegué a la quemadura que yo le había hecho en la Fuente de la Sabiduría. Entrelazó sus dedos con los míos.

—Prométeme que intentarás no preocuparte tanto —le dije, ahora que se había relajado un poco.

Él se movió, incómodo.

—No lo sé.

—Al menos inténtalo.

—Vale —suspiró—. Pero no prometo nada.

Se me escapó una risita.

—No hay nada malo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo sé. Soy muy poderosa, ¿recuerdas?

Lo escuché reír.

—Ya.

—Pero en serio. No hay nada.

—Dijiste que había algo la otra noche.

—Fue un malentendido. O quizá solo me lo imaginé.

—¿Estás segura?

—Más que segura.

No dijo nada más. No me prometió dejar de preocuparse ni dejar de mirar a todo el mundo con sospecha. Se limitó a acomodarse contra el tronco del árbol y a dejar la Espada Maestra sobre su regazo.

—Mejoraré.

Sonreí un poco.

—Eso espero.

Estaba en su naturaleza ser precavido y desconfiado, eso lo sabía. Eso le habían enseñado desde niño, y el destino no le había dejado otra opción que seguir desconfiando, incluso ahora, mucho tiempo después, cuando ya nada era igual. No le pedía que cambiara. Jamás le pediría eso; era perfecto y maravilloso tal y como era. Pero nunca estaba mal mejorar.

Yo también tenía mucho que mejorar. No volvería a descargar mi enfado y mi negatividad sobre él. No se merecía que le hiciera daño cuando solo se preocupaba y cuidaba de mí. Tenía que empezar a cuidar de él. Solo para demostrarle que era mejor. O, al menos, lo intentaba.

Así que lo cubrí con una manta sin mediar palabra. Había estado a mi lado cuando tenía pesadillas, cuando me metía en una fuente congelada y cuando brillaba de forma sobrenatural por culpa de un poder que no podía controlar. Se merecía algo de cariño.

Le acaricié la mano durante un rato. Él suspiró y se acurrucó a mi lado.

—Para —murmuró.

—¿Por qué?

—Tengo que montar guardia —dijo con un bostezo.

Puse los ojos en blanco.

—¿Qué acabo de decirte?

—Que no me preocupe tanto.

—Eso es. No hay nada malo.

Asintió despacio y no tardó mucho en dormirse. Me pregunté cuántas noches habría pasado despierto. A veces era muy tonto. Y todo por mí. Decidí dejarlo descansar en paz. Se lo merecía.

Cogí la Espada Maestra, que todavía estaba sobre su regazo, y la dejé sobre la hierba, a mi lado. Él se movió un poco, pero no se despertó. No necesitaría la espada. No había nada vigilándonos en la oscuridad. No podía haberlo.

Sin embargo, de pronto me pareció ver una sombra entre los árboles. Estaba lejos, y no avanzaba hacia nosotros. Saltó de la copa de un árbol y cayó al suelo. Echó a correr, sin reparar en nuestra presencia. Me froté los ojos, y la sombra desapareció. No había nada; solo nosotros y nuestra hoguera. Eran solo imaginaciones mías. No podían ser otra cosa.