LINK
Ella fue quien hizo el desayuno al día siguiente. Me había despertado y lo primero que había visto era que no tenía la espada cerca y que Zelda no estaba allí. Afortunadamente, había aparecido poco después, tras haber recogido frutos para el desayuno. Me había devuelto la espada y me había asegurado que todo estaba bien. Que nada había ocurrido durante la noche.
Tendría que haber montado guardia. Llevaba dos noches seguidas sin dormir, pero era necesario. Había aguantado cosas peores. Todavía seguíamos en Akkala, y pese a estar ya en las afueras, quién sabía si nos habían encontrado. No podía cometer más errores.
Zelda parecía decidida a no hablar de lo ocurrido durante los últimos días. Yo no podía pensar en ello sin que algo se me retorciera en el estómago. Ella decía que no había nada malo. Que todo eran coincidencias. No había pruebas para demostrar que alguien quisiera hacernos daño.
En ocasiones me preguntaba cómo podía ser tan ingenua. O tan confiada. Aunque, en el fondo, sabía que estaba engañándose a sí misma. Algo no iba bien, y ella debía percibirlo igual que yo. No era tonta.
Desde lo sucedido en aquella posta, antes de llegar a la Región de los Zora, había sabido que algo pasaba. Querían a Zelda. Ella había sufrido dos ataques ya, y lo de la posta de Akkala había sido una advertencia. Tal vez una demostración de lo que eran capaces de hacer. Quienquiera que estuviese detrás de todo aquello debía conocer la identidad de Zelda. Si no, no estarían interesados en hacerle daño. Me frustraba no haber cogido al bastardo que se había colado en el laboratorio de Rotver para asustarla. A saber lo que podría haber llegado a hacer si ella no se hubiera despertado.
Odiaba tener que huir otra vez. No había planeado volver a montar guardia jamás, y tampoco examinar cada rincón de lo que nos rodeaba por miedo a que algo saltara entre los arbustos para intentar atacarnos de nuevo. Había creído que esa época quedaba ya muy atrás. Que ahora tendría libertad de una vez por todas.
Había estado muy equivocado, al parecer.
—¿En qué estás pensando? —me preguntó Zelda mientras ensillaba a los caballos.
—En nada —respondí. Viento aceptó la manzana que le tendía con alegría. Al menos él estaba de buen humor.
—¿Te he dicho ya que no sabes mentir?
—Varias veces.
Ella suspiró, pero no siguió insistiendo. Sabía tan bien como yo lo que sucedía. Solo fingía que no había ningún problema; que las cosas estaban bien y que podíamos viajar como dos niños despreocupados. No me gustaba ser yo quien destrozara sus fantasías, pero no había otra solución.
—¿A dónde quieres ir? —le pregunté al tiempo que recogía el campamento.
—¿Qué está más cerca?
Pensé en lugares seguros. No había muchos por allí, de hecho. Quizá volver a Kakariko era una buena idea. Estaba a punto de proponérselo cuando ella dijo:
—¿No estamos justo al lado de la Montaña de la Muerte?
Supe por dónde iba, y aquello dejó de gustarme.
—La Montaña de la Muerte es peligrosa.
—¿Por qué? ¿Porque hace mucho calor?
Se rio de su propia broma. Yo la miré con el ceño fruncido.
—Pues sí. Precisamente por eso.
Me di la vuelta y até mi bolsa de viaje a las alforjas de Viento. Zelda se acercó entre risitas y tiró de mi brazo.
—No estés de mal humor —rio—. Pones una cara muy graciosa cuando refunfuñas, ¿lo sabías?
No iba a distraerme. Bajo ningún concepto.
—Tengo que terminar esto —me obligué a decir—. Hay que irse ya.
Ella me miró con ojos suplicantes. Era demasiado lista. Sabía cómo hacerme flaquear.
—¿Recuerdas lo que me prometiste anoche?
Lo cierto era que no. Solo recordaba el sonido de su voz y sus caricias, pero asentí de todas formas.
—Me prometiste que harías un esfuerzo.
"Mentiras, claro."
No pensaba bajar la guardia. Le había dicho eso para que dejara de insistir.
—Si vamos a la Montaña de la Muerte —empecé—, no querrás volver jamás.
No me apetecía regresar. Los goron eran lo único bueno de aquel infierno.
—Tengo que visitar la Ciudad Goron. Ellos también son una parte importante de Hyrule, ¿sabes?
Resoplé y maldije para mis adentros.
—Haz lo que quieras. Luego no te quejes.
Me mostró una sonrisa triunfal, pero a mí no me hacía ninguna gracia. ¿Tanto odiaba estar bajo un techo seguro, con comida caliente y una cama propia? Me gustaba viajar, pero la Montaña de la Muerte no era el mejor destino. ¿Por qué, de entre los cientos de miles de lugares que había en Hyrule, tenía que elegir aquel? ¿No podía convocar a los goron para una reunión o algo así? Su padre lo hacía antes, cuando era rey. No debía ser tan difícil.
—¿Hay sitios bonitos por aquí? —me preguntó Zelda mientras cabalgábamos.
Estaba de mal humor y también muy ocupado en examinar cada recodo del camino, así que solo me encogí de hombros.
—Seguro que hay algo. Has estado por aquí antes, ¿no?
—Por desgracia.
—Dijiste que querías enseñarme muchas cosas.
Bufé.
—No estaba pensando en Eldin cuando dije eso, precisamente.
Zelda puso los ojos en blanco, pero siguió hablando en voz bien alta de todo lo que se encontraba por el camino. Si no fuera porque me gustaba tanto el sonido de su voz, no habría tardado en hartarme. Sin embargo, aguanté durante toda la mañana, hasta que anunció que tenía hambre y decidimos parar. Solo entonces cerró la boca y se mantuvo en silencio por fin.
Descubrí que me miraba con los ojos entornados, como si estuviera intentando leerme el pensamiento. Oh, no. ¿Podía saber lo que pensaba? Con sus poderes de divinidad todopoderosa, no descartaba aquella posibilidad. ¿Sería capaz de oírme cuando pensaba en apartarle los mechones rebeldes del rostro o en besarla sin mucho decoro?
—¿Qué? —me atreví a decir.
—¿Por qué le preguntaste a Rotver si sabía de herrería?
Casi sentí alivio. Si únicamente era eso, todo estaría bien.
O tal vez no. ¿Cómo podía decírselo y no sonar idiota? La verdadera razón parecería muy infantil si lo decía en voz alta. Aunque, en realidad, ni siquiera estaba del todo seguro cuando se trataba de por qué había hecho aquella pregunta. Aparte del arco que quería hacer para ella, había algo más. Me decía que era solo curiosidad, pero no estaba muy convencido.
Me esforcé en mentir como era debido. Tenía que creérselo. Si no, no dejaría de insistir hasta que lo soltara todo. Y podía ser muy persuasiva a veces.
—Curiosidad —respondí simplemente mientras me encogía de hombros.
Zelda alzó una ceja.
—¿Tú sabes de herrería?
—No.
—¿Se lo has preguntado porque quieres aprender?
La miré, confundido, pero luego negué con la cabeza.
—Estoy muy contento con mi espada ya forjada —mascullé para disimular mientras inspeccionaba nuestros alrededores por enésima vez.
—Ya veo. —No parecía del todo convencida, aunque debió de ser suficiente, porque cambió de tema con brusquedad—. ¿Y de qué hablaste con él antes de salir?
Sonreí un poco, divertido.
—No seas tan cotilla.
Arrugó la nariz, ofendida.
—Solo es curiosidad, como tú con la herrería —se defendió—. ¿Qué te dijo?
Me lo pensé un momento. Tampoco había dicho nada muy importante. Solo unas cuantas amenazas sobre las responsabilidades que tenía ahora que debía cuidar de Zelda.
—Asegúrate de que no le falte de nada en ningún momento —había dicho—. Me enteraré si no lo haces. Y como tu hombría de gane y le toques un solo pelo en contra de su voluntad, yo mismo te tiraré por uno de esos acantilados de Necluda.
Había intentado reírme entonces. Jamás me atrevería a forzarla en contra de su voluntad, y así se lo dije. El resto habían sido amenazas disfrazadas de consejos.
—Me estaba sugiriendo caminos para el viaje. —Últimamente mentía demasiado.
—Eso no me lo creo, Link. No mientes tan bien.
Suspiré con creciente frustración.
—Me... dio varios consejos.
Ella soltó una risita.
—¿Consejos? ¿Como cuáles?
—Como que no te tocara un pelo sin tu consentimiento.
Un rubor apareció en sus mejillas.
—Tú nunca harías eso —murmuró—, ¿verdad?
—Claro que no. ¿Y tú?
—¡Por supuesto que no!
Examiné el camino de nuevo. Nunca era suficiente, pese a que nada se movía.
—Bien.
—¿Solo hablasteis de eso?
Fruncí el ceño.
—¿De qué otra cosa querría Rotver hablar conmigo?
—No sé. De herrería, por ejemplo.
Contuve otro bufido. Si seguía así, iba a conseguir que odiara el oficio sin siquiera conocerlo. ¿Por qué estaba tan obsesionada con eso? Solo había sido una pregunta inocente.
—Rotver no sabe de herrería.
—Quizá los goron sí sepan.
Le dirigí una mala mirada y ella rio, y su risa se perdió entre los árboles. Odiaba tener que ser su escolta otra vez. Lo que más quería en el mundo era ser tan confiado y despreocupado como ella, que no veía enemigos por todas partes. No obstante, si le hacían daño, dudaba que volviera a oírla reír alguna vez. Esa era una de las muchas razones por las que montaba guardia cada noche y examinaba cada rincón como si hubiera una flecha explosiva escondida en medio de la oscuridad. Ella era lo único que tenía y la quería demasiado. Tanto que no sabría cómo continuar si la perdía. En ocasiones me preguntaba cómo demonios había sobrevivido a todas aquellas lunas en soledad, viajando sin sus bromas estúpidas y sus roces en mitad de la noche. Era difícil recordar cómo había sido todo sin ella. Quedaba ya muy lejano. Tan lejano que nunca podría volver atrás.
Cabalgamos durante todo el día. Yo no hablaba demasiado porque de lo contrario me distraería y dejaría de prestar atención al camino. Pero Zelda no cerraba la boca. Ahora que estaba de mejor humor, ya no me molestaba; me gustaba verla tan animada y trataba de escuchar todo lo que decía. E incluso habría participado en la conversación en cualquier otro momento. Sin embargo, me preocupaba que estuvieran siguiéndonos, y Zelda no estaba siendo precisamente silenciosa. Ojalá pudiera ser tan sigilosa como cuando cazaba conejos en el bosque.
Un ruido me puso alerta cuando ya era por la tarde. Intenté ser lo más discreto posible y miré a nuestro alrededor, disminuyendo poco a poco la marcha de Viento. Aun así, Zelda se dio cuenta y me dirigió una mirada llena de desaprobación, pero no dijo nada y siguió cabalgando sin molestarse en esperarme. No encontré el origen del ruido, como era de esperar. Me convencí de que quizá en esa ocasión sí estaba siendo ligeramente paranoico. Solo ligeramente.
Así que espoleé a Viento y me reuní con Zelda junto al camino.
—Las ramas de los árboles no van a sacar una espada para atacarte, ¿lo sabías? —dijo sin mirarme.
Resoplé.
—Nunca se sabe.
Ella bufó, pero no replicó. Sacó la piedra sheikah y fingió que estaba ocupada mirando el mapa para no tener que hablarme durante un rato. Me conocía todos sus trucos. No había nada nuevo.
—¿Cuánto queda para llegar a la posta?
—Un día y medio.
Escuché un suspiro y sonreí a medias.
—¿No querías ir a la Montaña de la Muerte?
—Puedo ir sola, y tú podrías quedarte abajo, en la posta o donde sea.
Fruncí el ceño.
—Creo que eso no va a ser posible.
—Oh, es cierto. Corro el riesgo de ser atacada por... por las Diosas saben qué.
Quise detener a los caballos y zarandearla por los hombros hasta que lo entendiera. O hasta que admitiera que no todo iba tan bien como decía. Aquello no era ninguna broma, y ella tendría que saberlo mejor que nadie. ¿Cómo podía ser tan testaruda?
—No tiene gracia.
—No estoy riéndome.
Suspiré, rindiéndome, y clavé la vista en el frente, en el camino. Había intentado que lo comprendiera en cientos de ocasiones. Si no quería ceder, no era culpa mía.
Aquella noche, montamos el campamento junto a un montón de rocas caídas. Estábamos ya cerca de la montaña, y la temperatura había aumentado considerablemente. El terreno era más abrupto, rocoso y escarpado, y los ríos de lava que corrían por las faldas del volcán eran visibles desde cualquier punto de la región. Zelda salió del refugio y guardó una imagen del volcán en la piedra sheikah. Luego me la mostró, y tuve que reconocer que le había salido bastante bien; con el cielo nocturno arriba y la montaña justo debajo.
Ella debía estar agotada por el viaje, porque no tardó en dormirse. Yo fingí que dormía también y después, cuando dejó de moverse y su respiración se tornó regular, empecé a montar guardia. No hubo nada extraño durante la noche, pero nunca estaba mal prevenir. Y menos aún cuando la vida de ella estaba en juego.
Desperté a Zelda poco después del amanecer y luego retomamos la marcha. Algo me mantuvo alerta durante el resto del día, pese a que el ritmo que llevábamos era lento y tranquilo y no sería la primera vez que cerraba los ojos sobre un caballo. Sin embargo, algo me lo impedía. No sabía qué era —quizá solo se trataba de simple miedo—, pero me acompañó durante todo el día.
Y, cuando llegamos a la posta de Eldin, junto a la entrada de la montaña, mis alarmas se dispararon.
No había muchos viajeros. Eso me tranquilizó un poco. Aun así, sospechaba de cualquier mirada que permaneciera sobre nosotros durante mucho tiempo, y guié a Zelda de la mano hasta los establos. Allí no había nadie.
—Ya sé lo que piensas sobre esto —empecé en voz baja—, pero necesito que tengas cuidado.
Zelda se cruzó de brazos.
—No estás cumpliendo tu promesa.
—Eso no tiene nada que ver —repliqué—. Recuerda lo que pasó en la última posta en la que estuvimos.
Desvió la vista y la clavó en el suelo.
—No sabemos qué pasó de verdad.
Yo mismo podría explicarle de forma muy simple lo sucedido, pero ella encontraría otros veinte argumentos para demostrarme que no tenía razón, testaruda como era.
Suspiré, rindiéndome a razonar con ella por enésima vez.
—Tú solo... ten cuidado, ¿entiendes? No hables con mucha gente. E intenta no llamar mucho la atención.
Resopló, pero acabó asintiendo con la cabeza a regañadientes. Obviamente, si empezaba a brillar en medio de la posta, frente a todo el mundo, llamaría demasiado la atención y alguien podría incluso sospechar de su verdadera identidad. Prefería no arriesgarme e ir por lo fácil y seguro.
Le di un beso rápido a modo de disculpa antes de salir de los establos, pero ella no me lo devolvió con muchas ganas.
—¿Qué? —murmuré mientras miraba los caballos que nos rodeaban. Ya había examinado ese lugar unas cuantas veces y había decidido que era completamente seguro.
—Nada —respondió, y se inclinó para besarme, pero yo me aparté poco después.
—Dímelo.
Suspiró.
—No pareces tú —dijo en voz baja—. Has vuelto a ser lo... lo que eras antes.
Fruncí el ceño.
—¿Qué era antes?
—Bueno, antes también te preocupabas mucho por mi seguridad y apenas hablábamos. Nunca me mirabas a mí, sino a lo que teníamos alrededor. Solo te falta empezar a llamarme princesa otra vez.
Había una nota triste en su voz. Eso no me lo esperaba. Pensaba que estaría bromeando, como siempre.
Hice una mueca.
—No es culpa mía que haya alguien ahí fuera que quiera hacerte daño.
Me miró con un peligroso ceño fruncido. Sus ojos brillaban, aunque no por las lágrimas, sino por los relámpagos de ira que cruzaron su rostro.
—Puedo protegerme sola —replicó, con menos veneno de lo que había esperado—. No tienes que comportarte como si fuera tu trabajo protegerme, Link.
—¿Por qué no?
—Porque ya nadie te paga por ello. Te liberé de tu juramento en Kakariko, ¿recuerdas?
Guardé silencio por unos instantes. ¿De verdad creía que todo se reducía a un estúpido juramento que apenas recordaba? ¿Que solo cuidaba de ella porque aún pensaba que se trataba de mi trabajo? Diosas, en ocasiones podía estar más ciega que yo. Y eso que lo mío era grave.
—No lo hago por... por eso, Zelda.
—No me digas que lo haces porque quieres. Entonces sí vas a...
—Lo hago porque eres importante. —Me di la vuelta y fingí con torpeza que ajustaba la silla de Viento—. Para mí. Hay que cuidar de las personas importantes, ¿no?
No me atrevía a mirarla porque era un cobarde, pero de todas formas no me habría servido de nada. Su expresión era indescifrable, y se había encerrado en un silencio sepulcral que me ponía de los nervios.
Para disimular un poco, saqué una manzana de la bolsa de viaje y se la di a Viento. Me entretuve en observar como el animal comía, como si fuese algo fascinante.
Al final, para mi sorpresa, Zelda sonrió.
—Supongo que tienes razón —admitió, y me quedé boquiabierto—. Pero solo en lo último. Todavía pienso que te estás pasando.
No pude contener un suspiro de resignación. Estábamos yendo en círculos. Tenía la sensación de que habíamos mantenido al menos diez discusiones como esa ya. Y nunca habíamos llegado a un acuerdo. Ella era tan testaruda que ni siquiera quería escucharme. Dudaba que lo hiciera algún día, por desgracia.
Pagué por dos camas en la posta y por una cena caliente. Mientras comíamos, Zelda preguntó:
—En la Montaña de la Muerte hace mucho calor, ¿verdad?
Hice una mueca.
—Claro que sí.
—¿A partir de dónde?
Señalé el camino que se adentraba entre las montañas y paredes rocosas.
—Un poco más adelante.
Miró el lugar que señalaba con cierta aprensión.
—Necesitaremos elixires.
Asentí despacio. Debería haber guardado los míos, solo por si acaso. Mis elixires no eran muy fuertes y tardaban poco tiempo en agotarse. Los había lanzado a un río cercano en cuanto salí de Eldin.
—Puedo hacerlos yo, si quieres —me ofrecí.
Ella se negó en rotundo, sorprendiéndome otra vez.
—No. Yo haré los elixires. Todavía recuerdo cómo se hacen.
Alcé una ceja, pero no dije nada.
A la mañana siguiente la descubrí junto a la cacerola. Rebuscaba en mi bolsa de viaje. Hice una rápida inspección de nuestros alrededores antes de acercarme, indignado.
—¿Qué haces con eso?
Ella alzó la vista y me mostró una sonrisa inocente y muy poco creíble.
—Buenos días, mi querido... ¿amante?
La miré con el ceño fruncido e hice todo lo posible por ignorar su estúpido comentario.
—¿Por qué tienes la mía? —pregunté, señalando mi bolsa de viaje—. Tú ya tienes la tuya.
—Porque yo no tengo los ingredientes necesarios para hacer un elixir. —Pestañeó y sonrió otra vez—. Tú sí. Así es como te ganas el dinero, ¿recuerdas?
—¿Y qué?
Me miró con una mueca de aburrimiento.
—No hagas preguntas estúpidas, Linky.
Me crucé de brazos con un bufido, pero no dije nada. En el fondo, sabía que ella tenía algo de razón.
—Espero que al menos te salga bien —mascullé.
Ella volvió a sonreír, aunque esa vez lo hizo con suficiencia.
—Oh, ya lo verás. Todavía recuerdo mi receta secreta.
Luego siguió rebuscando en su bolsa de viaje. Sacó los ingredientes que necesitaba, entre ellos un cuerno de bokoblin, pero la dejé en paz. No creía que fuera a añadir un cuerno de bokoblin al elixir. Solo lo hacía para burlarse de mí. O eso quería pensar.
Mientras ella lo preparaba todo, me entretuve en examinar nuestros alrededores con atención. Aquella era una posta transitada, aunque muy pocos se atrevían a acercarse tanto a la Montaña de la Muerte. Los primeros viajeros ya empezaban a salir del interior de la posta.
A mediodía, Zelda anunció que había terminado su elixir. Me acerqué a la cacerola, pero el olor fue suficiente para conseguir que me arrepintiera. Intenté ignorarlo por ella, porque sus ojos brillaban y no quería estropearlo todo. La mezcla tenía un color marrón bastante sospechoso. Removí el contenido espeso con la cuchara.
—¿Qué le has puesto?
—No puedo revelar mis secretos, Linky. —Sacó un frasquito y lo rellenó con el elixir—. Pruébalo. Este es el menos fuerte.
Ni en sueños iba a meterme eso en el cuerpo.
—No creo que sea buena idea —murmuré—. Es mejor guardarlo todo para cuando vayamos a la montaña, ¿no?
Alzó una ceja y sonrió a medias.
—¿Sabías que los mejores elixires son los que peor huelen y saben?
—¿También sabe mal? —dije, incrédulo.
Ella puso los ojos en blanco.
—Pruébalo y luego me contarás cuánto te han durado los efectos.
Quise negarme de nuevo, pero entonces ella tomó un sorbo del frasco. Cuando fui a detenerla, era ya demasiado tarde. La miré con cierta preocupación, aunque ella se limitó a sonreír por enésima vez.
—¿Ves? No pasa nada. Pruébalo.
Decidí confiar en ella. Acepté el frasco que me tendía y tomé solo un sorbito. Contuve la respiración para que el olor nauseabundo no empeorara las cosas. Aquello estaba extrañamente frío, pese a no haber pasado mucho tiempo desde que el fuego de la cacerola se hubiera extinguido, y sabía tan mal como Zelda había advertido. Incluso peor de lo que había llegado a pensar.
Hice una mueca y me obligué a tragar la mezcla espesa.
—Diosas —mascullé, y luego maldije en voz alta—, los míos no saben tan mal.
Parecía orgullosa de sí misma. ¿Cómo podía estar orgullosa de haber hecho el elixir más asqueroso que había probado jamás?
—Eso es bueno —replicó—. Significa que los efectos son potentes.
Sentí un súbito escalofrío.
—Si es tan potente, me congelaré aquí mismo.
Ella rio.
—No te congelarás. —Se acercó peligrosamente y añadió—: Me aseguraré de que no lo hagas.
Luego recogió sus cosas y se marchó al interior de la posta. Me apresuré a seguirla y me envolví en la capa. Los viajeros que se encontraban por los alrededores me dirigieron miradas llenas de extrañeza, pero hice caso omiso.
—Dicen que en Eldin hay esqueletos de ballenas que servían a la Diosa Hylia —dijo Zelda, tomando asiento a mi lado.
—No son ballenas —respondí—. Son dragones.
Zelda frunció el ceño.
—Es una ballena, Link.
—No.
—¿Tú lo has visto?
—No —contesté simplemente—. Pero he oído hablar de eso. Las ballenas gigantes no existen.
—¿Y los dragones sí?
Resoplé, pero cerré la boca.
—Que no hayas visto una ballena gigante no significa que no exista.
—Las ballenas gigantes voladoras no existen. Las ballenas están en el mar.
Su ceño se frunció todavía más.
—¿Alguna vez has visto un dragón?
—¿Has visto tú una ballena voladora?
Bufó algo que no pude entender y se cruzó de brazos. No conocía a nadie más testarudo que ella. Se trataba de una de las pocas cosas que permanecían iguales después de cien años.
—¿Sabes qué? Pienso ir a ver esa ballena.
Se me escapó un largo suspiro. Estaba harto de dar rodeos y posponer las cosas, pero prefería ir en busca de ballenas voladoras inexistentes si eso significaba retrasar el viaje hasta la Montaña de la Muerte. No tendría que tomarme otro de sus horribles elixires durante unos pocos días más.
—Zelda...
—No vas a frenarme.
Maldije para mis adentros. Ella sonrió con suficiencia y supe que no había discusión posible. Cuando quería hacer algo, lo hacía. Era imposible detenerla.
—¿Y dónde está esa ballena?
—Ayer oí a varios viajeros hablando. Dicen que el esqueleto está justo aquí. —Me mostró el mapa de la piedra sheikah y señaló el punto concreto. Comprobé con alivio que al menos estaba lejos de la Montaña de la Muerte.
—¿A quién oíste hablar de eso? —pregunté, porque de pronto tenía una sospecha.
Ella era más lista que yo, de modo que no tardó mucho en seguir el hilo de mis pensamientos.
—Link —empezó, y su tono era serio e incluso agotado—, no hay nada malo. No tienes de qué preocuparte. Esos viajeros no tenían nada raro. Eran tan normales como tú y como yo.
Examiné nuestros alrededores cuidadosamente e ignoré lo que acababa de decir.
—¿Dónde están?
Sus ojos recorrieron el interior de la posta, pero al final negó con la cabeza.
—No están por aquí.
Fruncí el ceño. ¿Y si era una trampa? ¿Y si aquellos viajeros de los que Zelda hablaba habían tenido algo que ver con los ataques que ella misma había sufrido? Todos susurraban de lo sucedido en la posta de Akkala, pero no parecía haber nada raro en nadie. La noticia se había extendido con rapidez. En una región tan desierta como Akkala, cualquier noticia sería el único tema de conversación durante días.
Habría que tener cuidado. Tanto ella como yo. Quizá, si de verdad era una trampa, podría atrapar al bastardo que estaba detrás de todo y terminar con aquella locura de una vez. Pero, de nuevo, tendría que ir con cautela. Y, por encima de lo demás, mantener a Zelda salvo. Ella era su objetivo. Querrían librarse de mí, porque yo era lo único que se interponía en su camino.
—¿Y bien? —inquirió Zelda.
Suspiré. Iba a ser una locura, pero no había nada malo en intentarlo.
—Está bien.
Su rostro se iluminó. Me sentí algo culpable. No había accedido por ella o por sus esqueletos de ballenas, sino por mis sospechas casi infundadas de que algo nos perseguía.
Partimos al atardecer. A mí me hubiera gustado pasar la noche en la posta y salir al día siguiente, pero Zelda no me hizo caso, y ella mandaba. Y, además, estaba demasiado emocionada, y no tuve el valor suficiente para seguir insistiendo. Nos llevamos a los caballos, porque no nos adentraríamos en la zona más calurosa de Eldin, donde el fuego era tan abrasador que todo lo desprotegido por un elixir ardería. Después tendríamos que regresar a la posta para dejar a los caballos y seguir el camino hasta la Ciudad Goron.
Zelda iba delante y yo la seguía. Ella llevaba la piedra sheikah y, por lo tanto, sabía cuál era el camino. Mientras, yo inspeccionaba el sendero y los alrededores, con la espada muy cerca por si algo ocurría. No vi movimiento, pero aun así no me atreví a bajar la guardia.
—¿Falta mucho? —pregunté mientras tiraba de las riendas para que Viento no tropezara con una piedra caída.
Ella me miró por encima del hombro, a lomos del caballo.
—Llegaremos antes del anochecer.
El sol ya había empezado a esconderse, así que tendríamos que darnos prisa. Pero Zelda mantuvo al caballo a paso lento, porque sabía de mi urgencia para llegar, y también sabía lo mucho que me molestaba viajar de noche. Emití varias quejas para disimular un poco mientras examinaba nuestros alrededores una vez más. Y a ella debieron resultarle creíbles; vi que sonreía e incluso la oí reír en varias ocasiones.
Su predicción terminó siendo ligeramente errónea, porque llegamos al lugar donde se suponía que estaba la ballena cuando ya era noche cerrada. Encendí dos antorchas y le tendí una a Zelda.
Los rayos de la luna nos daban un poco de luz, pero aun así lo que teníamos delante estaba rodeado de oscuridad. Me adelanté y tiré de las riendas de Viento para andar junto a Zelda. El fuego se agitaba con cada ráfaga de aire, dibujando sombras entre las rocas. Me llevaba unos instantes convencerme de que no eran reales. Ninguno dijo nada, pero ella se acercó más a mí. Si no fuera porque yo también tenía miedo de que algo brotara de la negrura, me habría reído de ella. Sin embargo, no era el momento más adecuado.
Escuché su exclamación ahogada. Alcé la vista y me llevé una mano a la empuñadura de la espada. Pero no había nada. Nada salvo por los enormes huesos que se encontraban justo delante de nosotros.
Zelda se adelantó, y no logré encontrar las palabras para detenerla. Aquello era tan grande como nuestra casa en Hatelia, quizá incluso más. El jardín también cabría ahí dentro. Y era tan alto como el mayor molino de la aldea. Los huesos todavía estaban unidos, y formaban la silueta del cuerpo de aquella criatura.
Zelda me llamó entonces, y fui adonde se encontraba, acercándome un poco más a los huesos. Paso a paso, muy despacio, llegué a su lado. Ella tenía los ojos abiertos y su rostro entero parecía brillar. No emitía el brillo dorado y aterrador de sus poderes de divinidad. No, ahora solo estaba feliz, como la chica de apenas dieciocho años que había conocido y que seguía siendo, incluso después de todo lo ocurrido; a la que le apasionaba estudiar cosas fuera de lo común y podría hablar de ello durante horas. Ni siquiera parecía la princesa triste y encerrada que había sido una vez.
En aquel momento, era solo Zelda. Y me había enamorado como un idiota de cada versión de ella, incluso de la diosa que me hacía querer esconderme. Pero aquella era mi favorita. Solo cuando era Zelda podía ser verdaderamente libre.
—¿Tienes idea de cuántos años tiene esto? —dijo, devolviéndome a la realidad. Se acercó de forma peligrosa a los huesos, pero no habría podido detenerla ni aunque hubiera querido con todas mis fuerzas—. ¡Lleva aquí más tiempo que tú! —Alzó la cabeza para mirarme. Sus ojos brillaban, tenía las mejillas enrojecidas y el pelo desordenado, y nada de eso parecía importarle. A mí tampoco me importaba—. ¿No te parece increíble?
Observé el esqueleto de la criatura por un instante y luego la miré a ella de nuevo, porque era un crimen dejar de prestarle atención cuando era tan perfecta.
—Increíble —asentí una vez hube encontrado la voz por fin.
Zelda sonrió y continuó examinando los huesos.
—Ven, acércate. —Extendió una mano y yo la acepté sin pensármelo. Me guió hasta el interior del esqueleto, bajo los huesos. Aquello era enorme. Era incapaz de imaginarme una criatura más grande que nuestra pequeña casa en Hatelia. Solo el Cataclismo había superado esas dimensiones. Me sentí diminuto entonces—. ¿Lo ves? Te dije que no era un dragón. No tiene forma de dragón. Es una ballena gigante.
Asentí en silencio, y ella siguió hablando mientras tiraba de mi mano e inspeccionaba huesos del tamaño de los pinos más altos de Hebra.
—Link, deja de mirarme como un tonto —me reprochó al cabo de un rato. Tenía el ceño fruncido, aunque el rubor en sus mejillas la traicionaba—. No me estás haciendo caso.
—Sí te estoy haciendo caso. Y no tengo cara de tonto.
—La tienes.
—Bueno —empecé mientras me encogía de hombros—, si tengo cara de tonto es porque tú estás aquí.
—¿Y qué?
Ella no era tonta; debía saberlo ya. Lo sabía desde hacía mucho tiempo.
—Que estás feliz —repliqué simplemente.
—Siempre estoy feliz.
—No, no siempre —murmuré mientras me acercaba un poco más—. Por eso verte feliz me pone de buen humor a mí también.
Una forma muy poco efectiva de decirle que la quería, pero distaba mucho de ser el más romántico de Hyrule. Decirle te quiero funcionaría mil veces mejor, pero me veía incapaz de pronunciar aquellas palabras allí, donde cualquiera podría oírnos y juzgarnos y susurrar.
Ella intentó parecer enfadada, aunque una amplia sonrisa se dibujó en su rostro y de nuevo parecía solo una niña enamorada de dieciocho años, igual que yo. Habría dado cualquier cosa por ser únicamente eso durante un día. No recordaba lo que se sentía al no tener responsabilidades que tuvieran que ver con el destino del mundo.
Sus ojos permanecían sobre los míos, verdes y fuertes y brillantes, y estaba a punto de decirle algo más cuando escuché un ruido.
De momento recordé por qué había accedido a ir allí con ella. Recordé que no podíamos comportarnos como críos, al menos no todavía. Quizá nunca tendríamos tiempo para eso. Sobre todo si elegía ser reina, como empezaba a sospechar que sucedería.
Maldije para mis adentros y estuve a punto de desenvainar la espada. Tiré de Zelda para que permaneciera a mi lado y, para mi sorpresa, ella no emitió ninguna protesta. Rodeé la empuñadura con una mano, a la espera. El espíritu de la espada soltó uno de aquellos chillidos ensordecedores entonces, y si no fuera porque ya estaba acostumbrado a la sensación, no habría podido soportar el dolor. Escuché el ruido procedente del matorral seco que había logrado crecer muy cerca del esqueleto. Me aferré con fuerza a la mano de Zelda. Oí que tomaba aire para decir algo, pero chisté en voz muy baja y ella continuó en silencio.
El corazón estuvo a punto de salírseme cuando algo brotó de entre los matorrales. El espíritu de la espada gritó otra vez, y luego su voz se perdió, alejándose como un eco.
—¿Un lobo? —susurró Zelda al tiempo que miraba lo que había saltado del matorral—. No sabía que hubiera lobos por aquí.
Había lobos en todas partes, aunque eso no se lo dije. Solté la empuñadura de la espada y hendí la antorcha en el aire. El lobo aguantó un poco, pero al final acabó acobardándose y se marchó por donde había venido.
Me di la vuelta para mirar a Zelda.
—¿Lo ves? No ha pasado nada. Este es un claro ejemplo de...
—... de que tenemos que tener cuidado —mascullé antes que ambos saliéramos de allí en silencio.
No debería haberme distraído. Sin embargo, era muy difícil no concentrarse en algo que no fuera Zelda cuando la tenía así de cerca. Aquello no podía volver a ocurrir.
No. Me engañaba a mí mismo. Claro que volvería a ocurrir. Eran las consecuencias de haberse enamorado sin ningún remedio. Eso no se me pasaría nunca, por suerte.
Ella sacó la piedra sheikah y guardó la imagen de los huesos de ballena gigante. Luego montamos sobre los caballos y nos fuimos de allí por insistencia mía. La posta tampoco era el lugar más seguro del mundo en aquel momento, así que pasaríamos la noche a la intemperie una vez más.
Zelda se dejó caer sobre las mantas con un largo suspiro. Até los caballos a un árbol cercano y solitario y les di de comer y beber. La escuché reír de pronto.
—Un lobo —dijo—. Te has asustado tanto por un lobo. Y eso que pensaba que la asustadiza era yo.
Fruncí el ceño y me senté a su lado.
—Pensaba que era otra cosa.
—Te sentía temblar.
Le hice cosquillas justo bajo las costillas, donde sabía que no podría resistirse. Cada vez que la rozaba allí sin querer por las noches, en casa, empezaba a retorcerse y a reírse como una histérica. Y volví a conseguirlo, porque al instante estaba riendo a carcajadas y suplicándome entre chillidos que parara.
—¡Link, no tiene... no tiene gracia! —consiguió decir entre carcajadas.
—¿Por qué no?
—Porque... porque... —Soltó un gritito y no le dio tiempo a terminar.
Miré a nuestro alrededor, pero no había nadie, así que me la cargué al hombro como un saco de heno. Ella protestó y me asestó puñetazos mientras me exigía entre risitas que la soltara. La dejé contra una roca, y ella intentó escapar, pero no se lo permití. Estaba a punto de atacarla otra vez cuando Zelda se adelantó y me sujetó las muñecas.
—He tenido suficiente —me dijo, muy seria. Luego me examinó de arriba abajo—. ¿Dónde tienes cosquillas?
Sonreí.
—No tengo cosquillas.
Vi que fruncía el ceño.
—Eso es imposible.
Probó en varias zonas, pero ni siquiera me moví. Me contempló de nuevo, frustrada, y mi sonrisa se hizo más amplia.
—¿Lo ves? Te lo dije.
Se detuvo un momento, pensativa.
—Tendremos que probar otra cosa.
Me asestó un empujón que me dejó sin equilibrio. Caí contra la roca, donde Zelda había estado antes. Ella se sentó a horcajadas sobre mí. Intenté liberar mis manos, pero ella no me lo permitió.
—No te atrevas. Vas a pagar por tus crímenes.
—¿Qué crímenes he cometido?
—Le has hecho cosquillas a tu princesa.
Se me escapó una carcajada. No recordaba la última vez que me había reído.
—¿Eso es un crimen?
—El más grave de todos.
Fui a decir algo, pero entonces empezó a acariciar cada una de las cicatrices de mis manos.
—¿Esto no era un castigo? —murmuré.
—Lo es —respondió—. No pienso dejar que montes guardia.
Lo entendí todo de golpe y la miré con el ceño fruncido. Ella sonrió con inocencia.
—Tengo que...
—No.
Resoplé, frustrado, aunque no emití más quejas. Tras un corto forcejeo, conseguí liberar mis manos.
—No voy a hacerte nada.
Ella alzó una ceja. Rocé su mejilla con cuidado y vi que cerraba los ojos.
—Te echaba de menos —murmuró entonces.
Eso dolió un poco, no iba a negarlo. Sabía que no había estado de muy buen humor aquellas últimas semanas, pero ¿tan poco caso le había hecho?
—Lo siento.
—No lo sientas. No tienes por qué...
—Sí tengo por qué —dije, interrumpiéndola—. No debería haberte... Te he tratado como si fueras una niña pequeña.
Vi que fruncía el ceño.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es. Reconócelo.
Ella suspiró.
—A veces parece que no quieres viajar conmigo. —Fui a replicar, pero ella me interrumpió—: Deja que termine. Antes me mirabas y sonreías y me decías cosas bonitas. Y... y me dabas besos. Ahora solo discutimos. Y siempre discutimos por lo mismo. He llegado a pensar que... que algo iba mal. O... que tú y yo no...
—No.
—No, ¿qué?
—Que no digas eso. Es culpa mía.
Ella guardó silencio.
—Me gusta viajar contigo. Y también me gusta decirte cosas bonitas y mirarte y... y sonreír y darte besos. Te juro que nunca me dejarán de gustar esas cosas. Puedo jurártelo por lo que más quieras. Pero soy un idiota, lo sabes, ¿verdad? Y los idiotas hacen cosas estúpidas todo el tiempo. Y yo no...
—No eres idiota —murmuró—. Solo estabas preocupado.
Y seguía estándolo. Ella tenía razón. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos habíamos divertido juntos. O desde la última vez que había hecho una broma tonta y ella me había seguido el juego. Y lo había echado mucho de menos.
—No voy a decirte que dejes de preocuparte porque sé que no lo conseguiré. Pero quiero que... que seas Link, ¿sabes? El que conocí después del Cataclismo y que me dice cosas bonitas siempre que hago cualquier tontería.
Sonreí a medias.
—¿Todo esto es porque no te digo cosas bonitas?
—En parte, sí —respondió, sonriendo también—. ¿Me prometes que me harás caso? Si no, esos bastardos que según tú nos persiguen habrán ganado sin habernos hecho daño siquiera.
La miré a los ojos. Ella me sostuvo la mirada, a la espera de una respuesta. Tenía razón. Llevaba mucho tiempo sin mirarla de verdad, como hacía antes, en Hatelia. Y lo había echado de menos.
—Te lo prometo.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Bien. Porque de lo contrario habría cogido todas mis cosas y me habría ido yo sola a la Ciudad Goron.
—No serías capaz de eso.
—¿Estás seguro?
—Muy seguro.
Negó con la cabeza entre risitas y luego tiró de mí para que estuviera a su altura. La luz de la luna iluminaba su rostro y jugueteaba con su pelo. Me pregunté cómo llevaba tanto tiempo sin mirarla de verdad. Sabía que estaba esperando por mí, a que yo diera el paso, como si estuviera poniéndome a prueba. De modo que contemplé sus labios, rojos y perfectos, y me incliné para besarla. Ella me correspondió al instante, aferrándose a mis hombros, y solo pude atraerla más en mi dirección, porque quería sentirla cerca, muy cerca.
Se separó un momento, sin aire, pero antes de que yo tuviera tiempo de recuperar el aliento sus labios volvían a estar sobre los míos. Sus manos se enredaron en mi pelo y sentí que se soltaba y me caía libre por los hombros, pero me dio igual. Ella era mil veces más importante.
Mientras ella suspiraba contra mis labios, una voz en mi cabeza gritó que me estaba distrayendo demasiado. Que estábamos expuestos a cualquier ataque y que sería culpa mía. Sin embargo, no había visto a nadie sospechoso desde que salimos de Akkala, y no había oído a nadie. Solo tenía ojos y oídos para Zelda, claro, pero aun así no había nada por los alrededores. Si lo hubiera, lo habría notado. O eso quería pensar.
Cuando se separó de nuevo y me miró a los ojos, tenía los labios enrojecidos y las mejillas encendidas. Y aun así era maravillosa y perfecta, tanto que no me la merecía.
—Te quiero —me susurró al oído, como si fuera un secreto que nadie más podía oír.
No recordaba cuándo había sido la última vez que me había dicho eso. ¿En Hatelia? ¿Quizá después? No estaba seguro. Nunca habría llegado a pensar que dos palabras me gustarían tanto. Pero allí estaba, sonriéndole como un completo idiota porque me había quedado sin palabras otra vez.
Ella sonrió también, aunque su sonrisa era tímida. Se abalanzó sobre mí y me dio un abrazo. Era cálida. Y olía a bosque y a flores salvajes, y nunca había olido nada mejor.
—Yo también te quiero —le susurré de vuelta.
Escuché que reía y luego me abrazó con más fuerza.
Más tarde, ella seguía a mi lado, envuelta en mantas, bajo las estrellas. Se había acurrucado sobre mí de nuevo, como solía hacer al principio, cuando le daba miedo pasar la noche a la intemperie. Me pregunté cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la había tenido entre mis brazos. Tuvo que haber sido en la Región de los Zora. Desde entonces, ella había tenido su espacio y yo, el mío. Seguíamos durmiendo muy cerca, aunque yo montaba guardia.
Ella se había dormido mientras le hablaba de lo poco que sabía de las estrellas. Le aparté el pelo del rostro, y sentí que se acomodaba en sueños sobre la piedra. Había puesto más mantas en el suelo, pero eso no quitaba que siguiéramos estando sobre la roca dura y, por lo tanto, incómoda. No obstante, sería suficiente por aquella noche.
La Espada Maestra estaba muy cerca. Solo tenía que estirar la mano para rozarla. Recordé cómo había gritado antes, junto al esqueleto de ballena, y tuve que reprimir un escalofrío para no molestar a Zelda. ¿Por qué gritaba? Solo lo hacía en contadas ocasiones, cuando había restos de malicia.
Sin embargo, antes de llegar a la Región de los Zora, muchas semanas atrás, también había oído al espíritu gritar y no había habido malicia por ningún sitio. Sin ir más lejos, hacía unas pocas horas, mientras visitábamos los huesos, también la había sentido quejarse, aunque había sido breve. Tampoco vi rastros de malicia entonces.
¿Quienquiera que nos estuviera siguiendo tenía algo que ver con el Cataclismo? ¿Con la malicia? Solo se me ocurría que fuera algún monstruo, pero los monstruos no podían ser tan listos y silenciosos. Tenía que haber algo más. Algo que se me escapaba.
O quizá Zelda tenía razón y estaba siendo paranoico. No descartaba esa posibilidad.
Aquella noche, monté guardia otra vez.
