ZELDA

Al día siguiente, lo primero que sentí fue un extraño cosquilleo en el estómago. Mariposas. ¿Cuándo fue la última vez que él me hizo sentir mariposas? Siempre era bueno conmigo, pero no iba a engañarme. Llevaba un tiempo sin comportarse de la misma forma.

Eso me había preocupado. No sabía qué estábamos haciendo mal, y lo último que quería era perderlo. Sin embargo, había reunido el valor necesario para decírselo y lo habíamos hablado y resuelto como dos adultos maduros y responsables. Y me había despertado entre sus brazos, sintiéndolo cerca. No había nada mejor que eso.

Y la noche anterior me había mirado de verdad. Había dejado de observar nuestros alrededores con el ceño fruncido y se había concentrado en mí. Me había dicho que me quería. No hacía falta que lo dijera en voz alta para que yo lo supiera, pero no estaba mal oírlo de vez en cuando.

Me había dado los buenos días, me había dado más besos y luego había hecho el desayuno. Yo me ofrecí a ayudarlo, así que cocinamos juntos, como solíamos hacer en casa. Y llegué a pensar que me había hecho caso por fin, porque había dejado de examinarlo todo con sospecha, como si las piedras del camino fueran nuestro enemigo. Incluso parecía despreocupado. Echaba de menos verlo así. En Kakariko, mientras nos recuperábamos de la batalla, Link no había tenido ninguna preocupación. Y yo tampoco. No de verdad. Luego habíamos salido al mundo exterior, y habíamos chocado contra la realidad.

—¿Podemos repetir lo de anoche? —le pregunté mientras él recogía el campamento.

Alzó la vista y me miró con el ceño fruncido. Tuve que contener un suspiro de frustración.

—¿Qué parte, exactamente?

Puse los ojos en blanco, y él sonrió a medias.

—Lo de mirar las estrellas. Juntos.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—Como ordenéis, princesa.

Cómo odiaba que me llamara princesa. Sabía que solo estaba burlándose de mí, pero seguía sin gustarme. Hice una mueca y él me dio un beso de disculpa.

—No te enfades.

—No me he enfadado.

Soltó una carcajada. Una carcajada de verdad. No había oído ese sonido en días. Recordaba haberlo visto reír la noche anterior, pero incluso entonces lo había hecho con cautela y timidez. Aquella era una risa de verdad, como las que estaba acostumbrada a recibir por su parte.

—Date prisa —me dijo mientras volvía a centrarse en recoger las cosas—. Tenemos que irnos dentro de poco.

Asentí a regañadientes y fui hacia el rincón en el que había dejado desparramadas algunas de mis cosas. En realidad estaba muerta de miedo, pese a que los goron no fueran tan temibles como los zora. Y Link no me había advertido nada; solo me había dicho que en lo alto de la montaña hacía mucho calor. Aquella era una buena señal.

Debía reconocer que necesitábamos a los goron. Los necesitábamos de verdad. Ellos trabajaban en las minas y proporcionaban material valioso de construcción. Y, además, eran grandes y fuertes. Si no conseguía el apoyo de los goron, por remota que fuera la posibilidad, estaríamos perdidos. Quizás encontráramos otra solución, pero no sería lo mismo. Esperaba no estropearlo todo ahora. No cuando aquella parte del plan era tan importante.

Ensillé a Calabaza, que me recibió con un resoplido. Tenía la sensación de que empezábamos a entendernos. Había sido difícil, pero ningún caballo podría resistirse a ser bien cuidado y bien alimentado. Y encima podía recibir golosinas. Tampoco la forzaba demasiado; siempre íbamos a buen paso, pero era muy raro que galopáramos. Link no lo hacía excepto en caso de extrema necesidad, y lo entendía. Nunca había montado a Calabaza mientras corría a toda velocidad, pero Viento sí era rápido. Tanto que, aquel día en las afueras de Kakariko, a duras penas había conseguido permanecer sobre el caballo.

Calabaza me olisqueó, y supe lo que quería sin necesidad de que emitiera un solo sonido.

—Link ya te ha dado muchas —le dije—. Te dio una anoche, si no recuerdo mal.

Ella siguió insistiendo, y al final me rendí y le tendí una manzana. Estaba tan malcriada y mimada como Viento.

—A este paso, no podrás correr dentro de unas cuantas lunas.

Calabaza no pareció inmutarse. Siguió con su manzana. Link se acercó para darle otra manzana a Viento. Le dirigí una mirada llena de desaprobación y él solo sonrió.

—¿Tu caballo ya te quiere?

—Sí. Bastante más que a ti —respondí.

Viento resopló mientras él lo ensillaba.

—No lo culpo —murmuró de pronto.

Oh, cuánto había echado de menos al viejo Link... Al mismo que hacía comentarios indiscretos y me sacaba los colores para luego fingir que nada había pasado. Ya empezaba a ser el mismo de siempre. Sentí algo de alivio, a pesar de todo.

—¿No decías que teníamos que darnos prisa?

—Eso dije.

Cogió mi bolsa de viaje y la aseguró en las alforjas de Calabaza. Al terminar, le dio varios golpecitos en el hocico.

—Eso es —le susurró al animal—. Ella no es tan mala cuando la conoces mejor. Al principio puede parecer un poco...

Le asesté un puñetazo y él cerró la boca, divertido.

—Deja de decir tonterías.

Él resopló y luego montó sobre Viento con agilidad. Yo hice lo mismo, y recordé lo mucho que me había costado subirme a un caballo al principio, cuando apenas recordaba cómo se controlaba una montura. Entonces solía montar y desmontar con muy poca elegancia. Sin embargo, la práctica había dado sus frutos.

Di un golpe seco con las piernas y Calabaza se puso en marcha al instante. Link no tardó en aparecer a mi lado a lomos de Viento, cabalgando al trote, al igual que nosotras. Él era mucho más rápido que Calabaza, y aun así respetaba su ritmo.

El viaje transcurrió en paz, como de costumbre. Cabalgamos hasta el atardecer, y para entonces tenía calor y estaba sedienta. Dejamos a los caballos en los establos e informamos al dueño de la posta de que se quedarían allí durante al menos una semana.

Pasamos la noche en los alrededores de la posta, bajo las estrellas, tal y como yo había propuesto. El suelo era incómodo, pero me daba igual. Estaba con él, y eso era lo único verdaderamente importante. Jugueteé con un mechón de su pelo, pensativa.

—¿Cómo son los goron? —le pregunté—. ¿Tengo alguna maravillosa sorpresa esperándome con ellos también?

Vi que sonreía.

—No lo creo. La última vez que estuve allí, me trataron bien. No se toman las cosas tan en serio como tú y como yo, así que no será muy difícil convencerlos.

Sonreí un poco. Había estado prestando atención, por lo que veía. Era más listo de lo que todos solían pensar. También era muy observador. Tendría que haberse dado cuenta de cómo funcionaba la política después de nuestras reuniones con los zora. Quizá no fuera tan mal consorte. Solo hacía falta que leyera un poco más.

—Creo que me equivocaba —dije con una risita—. Serás un consorte maravilloso.

Se quedó muy quieto de pronto. Empecé a arrepentirme de haber dicho aquello. Encima lo había soltado de golpe, como si fuera algo normal y corriente. Fui a disculparme, pero él me detuvo.

—¿Vas a ser reina? —me preguntó, y me sorprendió la calma que llenaba su voz. Si yo fuera él, estaría exigiendo explicaciones sin descanso.

—No lo sé —murmuré. Él se removió junto a mí, incómodo, y supe que eso solo lo había dejado con más dudas. De modo que suspiré y añadí—: He pensado que quizá sería lo mejor para todos.

No dijo nada durante un rato que se me hizo eterno. En realidad fueron solo unos pocos instantes, pero me parecieron tan largos que incluso pensé que se había dormido.

—¿Y sería lo mejor para ti también? —dijo por fin. Hablaba tan bajito que, si no hubiera estado tan cerca, no podría haberle oído.

Vacilé. Los sonidos de la posta me llegaban hasta allí. Todos reían y bebían y cantaban. No tenían preocupaciones. O, si las tenían, no lo demostraban. Y no tendrían ningún tipo de relación con el destino del reino entero.

—No lo sé —repetí—. Puede que sí. Para eso nací, y eso fue lo que me enseñaron. No he conocido otra cosa, Link. ¿Entiendes?

Lo sentí asentir muy despacio. No estaba del todo convencido. Y yo tampoco.

—Pero eso no tiene nada que ver.

—Sí lo tiene.

—No —replicó con sorprendente firmeza, aunque nunca alzaba la voz—. Llevas tiempo viajando conmigo. No es tan difícil acostumbrarse.

Presté atención a los sonidos procedentes de la posta otra vez. Ellos no habían sido criados en un castillo. No tenían poderes sagrados que ni siquiera ellos mismos podían entender y controlar. Y no llevaban un siglo de sufrimiento a sus espaldas. Link tampoco lo entendería del todo. Él había tenido una infancia feliz, al menos hasta cierto punto, y había crecido en una aldea humilde, sin saber que en el futuro tendría que cargar con el peso de un reino sobre los hombros. Y no estaba segura de si eso era lo que realmente quería, pero en el fondo sabía que, a la larga, sería lo mejor.

—¿Por qué no quieres que recupere el trono? —le pregunté en voz baja—. ¿Es por la casa en Hatelia? Siempre podremos...

—No es por eso —masculló.

—¿Y por qué es?

Lo oí suspirar.

—Si eliges ser reina, yo te seguiré, Zelda. Puede que tengas razón. Pero creo que es... difícil que lo consigas.

—¿Por qué?

—No es por ti. Llevan un siglo sin nadie. No van a aceptar que alguien los gobierne así como así.

Tenía muy presente esa posibilidad. Sabía que Hyrule no accedería a que una extraña gobernara sin tener pruebas de que su linaje fuera cierto y puro. Llevaban demasiado tiempo utilizando sus propios métodos para gobernar. Sin embargo, yo no pretendía cambiar eso.

—Solo quiero que todo esté unido otra vez —susurré—. Que Hyrule vuelva a ser el reino unificado que era antes.

Sonaba demasiado bonito. Incluso a fantasía infantil. Hyrule nunca había estado unido. Ni siquiera hacía cien años, durante el reinado de mi padre. Siempre habían existido pequeñas heridas sin cerrar entre cada raza y cada aldea. Si mi padre no había podido mejorar eso, yo tampoco sería de mucha ayuda.

—Lo sé —asintió él—. Pero no necesitas ser reina para eso.

Reí en voz baja.

—¿Qué otra cosa podría ser, según tú?

—No soy tan inteligente —respondió—. Eso tendrás que decidirlo tú.

Me di la vuelta y me dejé caer junto a él para mirarlo.

—¿Solo quieres que no sea reina por eso? ¿Porque crees que hay otra manera mejor?

Link resopló.

—No es que no quiera que seas reina. Es que no me parece la mejor decisión.

—Es lo mismo —repuse con una sonrisa mientras le apartaba el pelo del rostro.

—No lo es.

—No has respondido a mi pregunta.

Él volvió a tomarse su tiempo para responder. Cogió mi mano y examinó los nuevos callos del uso del arco. Ya ni siquiera me dolían, pero él se pasaba la vida preocupándose, así que solía inspeccionarlas con frecuencia. Cuando consideró que todo seguía en orden, me miró a los ojos de nuevo.

—No creo que fueras totalmente feliz si eligieras ser reina.

Fruncí el ceño.

—Tú no puedes saber eso.

—Como no puedo saberlo, lo creo.

Puse los ojos en blanco, y Link continuó:

—En el fondo no quieres pasarte la vida en un castillo.

—No tengo por qué estar en un...

—Pero estarías allí igualmente, porque es lo que todos los reyes han hecho siempre. Y tú no ibas a ser menos.

Mascullé una maldición, la que lo oía decir siempre que nos quedábamos sin manzanas. Odiaba que pudiera leerme tan bien. No sabía cuándo había conseguido aprender tantas cosas sobre mí, aunque no me parecía extraño. Él era mi mejor amigo y lo único que me quedaba. Eso me pasaba por no querer despegarme de su lado. Había acabado conociéndome mejor de lo que yo me conocía a mí misma.

—Deja de ser tan listo —murmuré—. Se supone que aquí la inteligente soy yo.

Él rio, y así dimos por zanjada la discusión. Sabía que no habíamos llegado a ninguna conclusión, como de costumbre. En el fondo, algo me decía que Link tenía razón, y si seguía escuchándolo cedería, pese a que su intención nunca había sido hacerme ceder. Quería que tomara mis propias decisiones. Y eso pensaba hacer.

—¿Me prometes que lo pensarás mejor? —me preguntó mientras se acomodaba junto a mí.

—Te lo prometo.

Pareció satisfecho con eso y no volvió a insistir en el tema. Sin embargo, yo sabía que tendríamos que afrontarlo tarde o temprano. Tendría que tomar una decisión algún día. Y todavía no tenía nada claro. Había creído que la opción de convertirme en reina era la mejor, pero ya no estaba tan segura. Porque lo que había dicho Link tenía su lógica; ¿quién juraría lealtad e hincaría la rodilla ante una princesa perdida, a la que muchos consideraban muerta o incluso un simple mito? Ni yo misma lo haría de estar en su posición. Los zora me recordaban, pero el resto de razas tenían una esperanza de vida similar a la de los hylianos. Quienes habían vivido el Cataclismo serían muy ancianos ya, y apenas habrían sido niños aquel horrible día.

Aquella noche, me costó dormirme. Las pesadillas ya no me atormentaban tanto como antes; no tenía ninguna desde hacía tiempo. Y la oscuridad no me recordaba a los días que había pasado encerrada en aquella prisión a la que una vez consideré mi hogar. Link solía dejar el fuego encendido siempre. Y los sonidos procedentes de la posta se habían calmado poco a poco, así que todo estaba casi en silencio. Pero mis propios pensamientos me mantuvieron despierta durante gran parte de la noche, y por desgracia no podía luchar contra eso.

Pensé en mi padre por una vez. Pese a todo, no había sido un mal rey. Hyrule había estado atravesando tiempos de paz cuando el Cataclismo llegó. Decidió escuchar las profecías y puso en marcha los preparativos con antelación. Y quizá las cosas habían salido mal al final, pero no había sido culpa suya. Ninguno sabía lo que haría el monstruo con el trabajo que tanto esfuerzo nos había costado llevar a cabo. Y él tampoco.

Una parte de mí se preguntaba cómo habría muerto. ¿Dónde estarían sus huesos? ¿En qué habría estado pensando antes de que todo terminara? Esperaba que se hubiera marchado con el mínimo sufrimiento posible.

Ya había aprendido a manejar el dolor; era algo familiar. Nada nuevo. Y aun así sentí que una lágrima solitaria caía mientras contemplaba las llamas y escuchaba el chisporroteo del fuego. Caí en la cuenta de que no lo había llorado. Había muerto en medio de una catástrofe y yo no había llorado su pérdida. Quise pensar que no había tenido tiempo, pero eso era una sucia mentira. Había intentado mantenerlo apartado de mis pensamientos en todo momento. Había cosas que el tiempo no había sanado ni sanaría nunca, y con solo recordarlo sentía que algo empezaba a doler.

Me sequé la lágrima con cuidado, porque si me movía mucho despertaría a Link.

"¿Qué harías tú, papá?"

No obtuve respuesta, claro. Había lanzado la pregunta a las llamas, y mi padre estaba muerto. No sabía qué demonios había esperado.

El fuego estaba ya casi consumido cuando cerré los ojos y conseguí dormirme por fin.

Link me preparó un desayuno caliente a la mañana siguiente. Fue lo primero que vi tras abrir los ojos de nuevo, y eso mejoró un poco mi humor. Me deshice de la manta y me arrastré hasta su lado sin molestarme en arreglar mi pelo enmarañado.

—¿Qué te pasa? —me preguntó con el ceño fruncido.

—¿Tú qué crees?

Lo oí suspirar, y miró lo que tenía en la cacerola. En otras circunstancias, me habría sentido culpable, pero ahora estaba demasiado agotada para eso.

—Lo siento —me obligué a decir al final, cuando vi que él seguía sin decir palabra—. No podía dormir.

Clavó la vista en mí de nuevo.

—¿Tenías pesadillas?

Apoyé la cabeza sobre su hombro. Olía a bosque y a lo que fuera que estuviera cocinando para desayunar. Y a Hyrule, claro.

—No. No podía dormir —repetí.

—¿Por qué no podías dormir?

¿Por qué tenía que hablar siempre tan bajito? Me gustaba escucharlo, pero a veces parecía que estaba hablándole a un bebé para que se durmiera.

—Porque estaba pensando —murmuré.

—¿En qué?

Suspiré y cerré los ojos.

—En tonterías.

—Estoy seguro de que no eran tonterías.

—Bueno, pues yo estoy segura de que sí lo eran.

Suspiró por segunda vez.

—Eres peor que yo —dijo de pronto.

—¿Qué significa eso?

—No he visto a nadie tan gruñón como tú después de no haber dormido bien.

Le asesté un débil puñetazo.

—Yo no hago eso —mascullé.

—Ahí está otra vez.

Quise protestar otra vez, pero su hombro era demasiado cómodo. Y olía a bosque y a lo que quiera que estuviera cocinando. Seguro que a Link no le importaría que me distrajera un rato.

Él me sacudió de repente.

—Tenemos que irnos ya, Zelda —me susurró.

Eso era lo que menos me apetecía. Estuve tentada a pedirle que nos quedáramos un rato más. Los goron podían esperar. Y, sabiendo lo poco que le gustaba a Link la región de Eldin, no sería capaz de negarse. Y ese era el problema. Ninguno podría ser la voz de la razón en esa ocasión. Me dije que no serviría de nada alargar la espera. Mi humor solo empeoraría y las ganas de llegar a la montaña disminuirían aún más. Y necesitábamos a los goron.

De modo que asentí y, tras recoger el campamento, partimos hacia la montaña a pie.

Algunos viajeros cruzaron el paso de la montaña también. Me sentí un poco más animada; al menos no estaríamos solos entre ríos de lava, aunque Link no se lo tomó nada bien. Vi que rodeaba la empuñadura de la espada con una mano. Decidí no reprenderlo. Entendía su preocupación, hasta cierto punto. Si eso lo hacía sentirse mejor, lo dejaría en paz. Solo esperaba que no volviera a montar guardia por la noche. Entonces sí tendría que vérselas conmigo.

—¿Dónde tienes los elixires? —me susurró.

—Aquí. —Señalé la bolsa de viaje, que llevaba colgada al hombro—. ¿Por qué hablas tan bajito?

Él solo negó con la cabeza.

—Tenlos cerca, por si acaso —dijo.

Asentí y me aseguré de tener dos frascos llenos de elixir a mano. No podía esperar a verlo probar otro elixir. La expresión en su cara había sido lo mejor que había visto en días.

Continuamos andando por el sendero. Sentía la piedra caliente bajo las botas, y el aire era cálido. Demasiado cálido, además, y se hizo cada vez más insoportable a medida que nos alejábamos de la posta. Bajo la sombra de otra formación rocosa vi un cartel que avisaba del peligro que correríamos más adelante.

Me detuve a unos pocos pasos de la señal, jadeando, y Link hizo lo mismo a mi lado. Rebusqué en la bolsa de viaje y le tendí un elixir. Yo me tomé otro frasquito con urgencia. Había hecho bastantes, pero aun así tendríamos que ir con cuidado. Eran potentes, así que no creía que fuésemos a necesitar más de uno por cada hora. Link me devolvió el frasco vacío y yo lo guardé todo de nuevo.

Hizo una mueca.

—Lo sé, lo sé. Es culpa mía —dije antes de que él pudiera quejarse—. Yo quise venir aquí.

—¿Ya se te han quitado las ganas?

Contemplé el camino que serpenteaba entre las montañas.

—Eso parece.

Él sonrió, cogió mi mano y echó a andar otra vez. Empecé a arrepentirme de verdad entonces, cuando dejamos atrás el cartel de advertencia. El elixir disminuía los efectos del calor, de modo que ni mi cuerpo ni mis ropas arderían. Sin embargo, seguía percibiéndolo ligeramente, como si hubiera algo que no estaba del todo bien en el aire.

—¿Lo ves? —murmuré—. Te dije que mis elixires eran fuertes.

Link parecía sorprendido.

—Son mucho mejores que los míos.

Le mostré una sonrisa orgullosa.

—Era uno de mis talentos secretos hace cien años.

Él me miró con curiosidad.

—¿Cómo aprendiste? —Hizo una pausa—. ¿Ya te lo he preguntado antes? No recuerdo si...

—No. No me lo habías preguntado nunca

—Oh. Bien. ¿Cómo lo hiciste?

Sonreí a medias. Tenía pocos recuerdos alegres de antes del Cataclismo, pero aquel era uno de ellos.

—Apenas había cumplido los once años —empecé—. Encontré un libro en la biblioteca del castillo sobre elixires. Y, como nunca había visto nada igual y no me dejaban cocinar, quise probar con eso. Anotaba la lista de ingredientes y luego los conseguía en los viajes a las fuentes sagradas.

—¿Y las partes de monstruo?

Se me escapó una risita.

—Oh, eso era lo mejor. Incluso me disfrazaba en ocasiones. Iba a los barracones de los soldados. Por allí siempre había algo.

—Por eso siempre me faltaban los cuernos de bokoblin que había traído de la batalla —bromeó él.

Dejé escapar una carcajada. Hablar me distraía de la sensación extraña que dejaba el elixir y de la ceniza oscura que flotaba y caía a nuestro alrededor.

—Tú eras muy útil —reí—. Siempre que volvías de algún viaje o algo así, sabía que era hora de hacer un elixir.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—¿Cómo demonios te disfrazabas? ¿Te ponías un yelmo y la armadura o algo así?

—Sí —respondí—. Y también cogía alguna espada a veces.

—Me lo creo viniendo de ti.

Le asesté un codazo.

—No me distraigas —mascullé—. Bueno, después robaba una cacerola de las cocinas y hacía el elixir allí. Había tantas cacerolas que nadie se enteraba. Y siempre me escondía en un rincón oscuro del castillo, así que nadie me descubrió jamás. Varios años después, los sheikah me ayudaron y perfeccionaron mi técnica. Me dieron algunos consejos. —Hice una pausa—. Era mi único talento entonces —murmuré con una pequeña sonrisa triste.

—No era tu único talento —repuso él—. Se te daban bien cientos de otras cosas. Solo que tú estás ciega y nunca lo admitirás.

Negué con la cabeza y sentí un revoloteo estúpido en el estómago. Quise pensar que era por los efectos del elixir.

—Lo que tú digas —mascullé.

Link no dijo nada por unos instantes.

—¿Algún día podrías...?

Calló de pronto.

—Podría, ¿qué?

—Tal vez podrías enseñarme.

Mi sonrisa se hizo más amplia al instante. ¿Él quería que le enseñara algo? ¿Y además algo que tenía que ver con elixires? Debía estar soñando.

—¿Lo dices en serio?

Me miró con el ceño fruncido.

—¿Qué tiene de raro?

—Nadie me había pedido algo así jamás.

Resopló.

—Pues supongo que seré el primero.

Me contuve para no abalanzarme sobre él. No íbamos a malgastar nuestro valioso tiempo y nuestros valiosos elixires.

No cerré la boca durante todo el viaje, porque mi humor había mejorado considerablemente. Link no emitió una sola queja. Guardaba silencio la mayor parte del tiempo, aunque a veces participaba.

—Nada me gusta más que un estudiante motivado —le dije alegremente en una de sus intervenciones, y él solo gruñó algo que no pude entender a modo de respuesta.

Habíamos recorrido la mitad del camino cuando empezó a anochecer. Apretamos el paso, porque al parecer aún albergábamos la esperanza de llegar a la Ciudad Goron antes de que oscureciera del todo. Como era de esperar, nuestros esfuerzos fueron en vano.

Buscamos un refugio —o lo más parecido a uno que había en aquella región— y tomamos otro elixir. Hice unos pocos más, solo por si acaso. Mi bolsa de viaje estaba tan llena de frasquitos de elixires que tuve que empezar a repartirlos en la bolsa de Link. Aquella noche, él quiso montar guardia, y yo me negué en rotundo. Me costó un largo rato convencerlo de que estaba a punto de hacer una tontería, pero acabó cediendo, como siempre. Al final decidimos hacer turnos de guardia. Los elixires duraban aproximadamente dos horas, así que cuando ese tiempo pasara, tomaríamos otra dosis y nos turnaríamos para vigilar.

Link se ofreció a ir primero, claro. Fingí que dormía por si se le ocurría engañarme de alguna forma y quedarse montando guardia él solo durante toda la noche. Por fortuna, sentí que me sacudía el hombro cuando el calor ya estaba volviéndose insoportable y empezaba a preocuparme por el tiempo que nos quedaba. Apuré otro frasquito y, mientras él se acomodaba en el duro suelo rocoso, me dispuse a vigilar.

Sabía que él también estaba fingiendo que dormía. Era peor que yo. Y eso que ni siquiera me esmeraba demasiado en mi mentira. Pero él estaba demasiado tenso e incluso notaba que se movía. Contuve las ganas de reírme.

Conseguí permanecer despierta durante casi dos horas. Fue entonces cuando los efectos del elixir comenzaron a flaquear, y fingí que despertaba a Link para tomarnos otro.

En esa ocasión, conseguí dormir un poco. Confiaba en Link. No se quedaría montando guardia solo. Y, además, arder viva era algo sencillo de percibir. No conseguiría engañarme tan fácilmente. Sin embargo, él me despertó de pronto, y tuve la sensación de que solo acababa de cerrar los ojos. Me incorporé a regañadientes y me tomé otro elixir.

Él sugirió seguir montando guardia para que yo pudiera dormir un poco más. Me negué de nuevo; sabía que "un poco más" se alargaría hasta el amanecer, porque así era Link. Demasiado bueno para su propio bien.

Partimos cuando las brumas del amanecer apenas se habían dispersado del todo. Sentía las piernas doloridas, pero no emití una sola queja.

Eché de menos a Calabaza entonces. Al principio había detestado montar, pero luego había acabado acostumbrándome. Y ella parecía no odiarme tanto como antes. No obstante, no permitiría que los caballos sufrieran daños por mi culpa. La región de Eldin era peligrosa, y más aún la zona cercana a la Montaña de la Muerte. Si estaban más seguros en la posta, lejos de los ríos de lava y la ceniza, allí se quedarían.

No nos detuvimos en todo el día. Estábamos muy cerca de la montaña y la tierra casi parecía temblar bajo nuestros pies. En cierta ocasión, alcé la vista y divisé un pequeño lago de lava que descendía por las faldas de una formación rocosa. Estuve a punto de sacar la piedra sheikah para guardar una imagen, pero tenía demasiado miedo y, pese a que el elixir nos protegía, temía que el calor dañara su complejo sistema o algo por el estilo. Así que la mantuve bien sujeta a mi cinturón.

Cuando alcanzamos la Ciudad Goron por fin estaba atardeciendo y me sentía agotada. Miré a Link; él ya estaba de mal humor. Tenía el ceño fruncido y una mueca en el rostro. No hacía más que gestos de fastidio y resignación desde que nos habíamos internado en Eldin.

De nuevo, me obligué a contener el impulso de sacar la piedra sheikah. La Ciudad Goron era tal y como me la había imaginado. Nunca había pasado mucho tiempo allí; mi padre y sus consejeros habían considerado que era muy peligroso adentrarse en aquella parte de Hyrule, así que siempre había visto la ciudad desde lejos. Cuando tenía alguna reunión importante con los goron, ellos eran quienes salían de su hogar para recibirnos.

Link agarró mi mano y me guió por la ciudad. Las casas —si podían llamarse así— estaban hechas de piedra. Ni siquiera habían intentado darles forma para que las estructuras se asemejaran a las casas que los hylianos construían. Era una ciudad pequeña, sencilla y rudimentaria. Si no fuera por el clima, la ceniza y los ríos de lava que corrían por todas partes, habría resultado incluso acogedor.

—Tengo que hacer más elixires —le dije a Link.

Su ceño se frunció todavía más.

—Me voy a quedar sin garras de monstruo por tu culpa.

Sonreí a medias.

—Eso es algo bueno, ¿no?

Abrió la boca para responder, pero entonces escuchamos voces.

—¡Oh! ¡Hylianos! —El goron que regentaba la posada nos había visto llegar. Casi había olvidado cómo sonaban las voces de los goron; eran tan profundas que podrían hacer temblar la tierra si quisieran, aunque normalmente ninguno alzaba la voz. Podría decirse que se trataba de la raza que menos problemas daba en Hyrule—. ¿En qué puedo ayudaros? Querréis quedaros en la posada, ¿verdad?

Link me miró y yo asentí.

—Si hay espacio suficiente nos gustaría quedarnos.

—¿Espacio suficiente? —repitió el goron con una carcajada—. Aquí siempre hay espacio suficiente. Podéis quedaros todo el tiempo que necesitéis.

Le di las gracias al goron, que nos guió dentro. El interior de la posada no era muy espacioso; había unas pocas camas de aspecto incómodo y algunas antorchas iluminaban las estancias. No obstante, si era lo mejor que podíamos encontrar allí, no me quejaría.

Link pidió solo una cama. El goron no pareció inmutarse de lo que eso implicaba. Después de que él le diera las rupias necesarias para pasar varias noches allí, tiré de su brazo y lo obligué a mirarme.

—¿Y si alguien nos ve? —susurré.

—No parecías muy preocupada por eso en la Región de los Zora —replicó con una sonrisita estúpida que me puso de los nervios.

—Ya, pero...

—Me da igual que me vean. ¿Sabes qué? Que miren todo lo que quieran. Los goron no se enterarán de nada.

—¿Cómo sabes eso?

—No ven el amor de la misma forma que nosotros.

—Oh —murmuré, sintiéndome tonta de pronto. ¿Por qué ninguno de mis instructores en el castillo se había molestado en enseñarme cómo funcionaba la cultura goron? Todo habría sido mucho más fácil—. Entiendo.

—Puedo dormir en el suelo si de verdad no quieres que...

—Ya sabes lo que opino sobre eso.

No trató de discutir más, y yo se lo agradecí. Íbamos a tomarnos otro elixir cuando el goron que dirigía la posada apareció con dos frascos parecido a los míos. Dentro tenían un líquido verdoso que no pude reconocer.

—Es un elixir que empezamos a hacer aquí hace poco —explicó mientras nos daba un frasco a cada uno—. Dura mucho más tiempo que un elixir corriente.

—¿Cuánto, exactamente? —pregunté.

—Casi un día.

Me quedé boquiabierta. Tenía tantas preguntas que era incapaz de poner orden en mi cabeza. Así que solo abrí el frasco y olisqueé el líquido. Desprendí un hedor a rancio aún peor que los elixires que yo hacía. Tosí un poco y aparté la vista, porque sentía que los ojos comenzaban a lagrimearme.

—¿Cómo habéis logrado algo así? —conseguí decir.

—Lleva los mismos ingredientes que un elixir contra el fuego normal y corriente, como los que hacéis vosotros, los hylianos. Solo que lleva vísceras de monstruo en vez de un simple cuerno o garra y estuvo haciéndose durante varias horas en la cacerola.

Fui a probarlo, pero Link me detuvo con disimulo. Tomó un sorbito del elixir primero, y puse los ojos en blanco. ¿De verdad creía que los goron serían capaces de envenenarnos? ¿Los goron, con su eterna amabilidad?

Observé como en su rostro aparecía una mueca y prorrumpía en toses, igual que yo.

—Me temo que tienes que tomártelo todo, jovencito —dijo el goron—. Si no, no hará el efecto que necesitas.

Él maldijo en voz baja y se bebió de golpe lo que le quedaba del frasco. Palideció y por un momento estuve convencida de que iba a vomitar. Pero no lo hizo. Se limitó a esperar a que se le pasaran los efectos.

—¿Estás bien? —quise saber cuando pasó un rato y él seguía sin decir nada.

—Sí —gruñó simplemente.

Esperé a que se recuperara y tuve claro que no era veneno. Maldito Link. Él había grabado aquellas dudas en mi cabeza.

Me acerqué el frasco a los labios, tomé una bocanada de aire y contuve la respiración mientras me bebía el contenido del recipiente de golpe. Al instante se me revolvió el estómago y estuve a punto de vomitarlo todo también. Logré contenerme a duras penas.

—¿Tienes vísceras de monstruo? —le pregunté en un susurro después de que el goron se alejara.

Link frunció el ceño al instante, y supe que había adivinado mis intenciones.

—Tengo algunas —respondió—. Pero son muy valiosas. No pienso dártelas para que hagas veneno.

Esboce una sonrisa inocente.

—No voy a envenenar a nadie —dije—. Y, además, dijiste que lo que es tuyo también es mío, ¿recuerdas?

—Esto es una excepción.

—Ya lo veremos.

Incluso en el interior de la posta se colaban pequeños copos de ceniza. Me los sacudí de las ropas mientras me aseguraba de que mis cuadernos llenos de notas no hubieran ardido durante el viaje. Como era de esperar, seguían intactos gracias a los elixires que habíamos tomado sin descanso.

—¿Todavía los tienes? —me preguntó Link, al otro lado de la habitación. Según el dueño de la posada, nuestras cosas no arderían allí. No había parecido muy seguro mientras lo decía, de modo que solo pensábamos dejar lo imprescindible dentro. Solo por si acaso—. Pensaba que los habías tirado.

Contemplé mis cuadernos de notas y comprobé que ni hubiera ni una sola página chamuscada.

—¿Cómo iba a tirarlos? Hay cosas muy importantes aquí.

Él se encogió de hombros.

—Hace tiempo que no te veo escribir ahí.

—No he escrito nada porque no hemos avanzado desde que salimos de la Región de los Zora. Y esto es para el futuro de Hyrule, ¿recuerdas?

Se encogió de hombros otra vez y asintió. Recordé lo que me había dicho hacía unas pocas noches, en las afueras de la posta. Todavía no tenía nada claro. Nunca lo había tenido, pero él lo había hecho todo aún más complicado.

No tenía sentido pensar en eso ahora. Era una pérdida de tiempo. Debía centrarme en convencer a los goron para que se unieran a nuestra causa. E iba a presentarme frente a ellos agotada y acalorada, con las ropas y el pelo llenos de ceniza. ¿Qué pensarían de mí?

"Probablemente no les importe", pensé. "No se darán cuenta." O al menos Link había insinuado eso. Decía que pensaban de forma diferente a nosotros.

—Los goron siguen teniendo un líder, ¿verdad? —pregunté. Esperaba que eso no hubiera cambiado.

Link asintió, y yo sentí algo de alivio, acompañado de una punzada de nerviosismo. Esperaba que el nuevo líder goron no fuera como los antiguos miembros del Consejo Zora. Ojalá me escuchara y decidiera ayudarnos. Así todo sería mil veces más fácil.

—Mañana hablaré con él —decidí—. Ya es tarde.

Link tomó asiento a mi lado.

—Dirán que sí sin poner ni una queja, ya lo verás.

Me obligué a creerlo.

Al día siguiente, salimos de la pasada muy temprano. Los efectos del elixir aún no se habían consumido del todo, pero no creía que les faltara mucho. De modo que mantuve mi bolsa llena de frascos cerca, por si acaso.

Los goron que trabajaban en las minas ya se alejaban por el camino en pequeños grupos. Hablaban tan alto que podía oírlos desde una distancia considerable. Cuando se marcharon y sus voces se perdieron, la ciudad quedó en un extraño silencio. Era temprano, así que no había muchos goron en las calles. Tampoco se veían viajeros.

—¿Estás seguro de que el líder nos atenderá ahora? —le pregunté a Link.

—Claro que sí. No creo que tenga nada mejor que hacer.

Intenté sonreír, pero no lo conseguí.

Él cogió mi mano y me guió entre las casas hechas de roca. Cruzamos un puente bajo el que fluía un río de lava y anduvimos un poco más. Link se detuvo frente a otra casa goron, una más grande que las demás.

Lo miré, vacilante, y él soltó mi mano y se adentró en la casa. Yo decidí esperar fuera. Me sorprendió la falta de guardias. No había una larga fila de goron esperando audiencia. La casa ni siquiera tenía puerta.

Escuché voces provenientes del interior, aunque por mucho que me esforzara, no podía entender lo que decían. Reconocí la voz de Link, y también la de otro goron que no me resultaba familiar. Recordé los modales que me habían enseñado en el castillo. Cuando mi padre dejaba que lo acompañara en una de sus audiencias importantes, siempre debía mantener la postura erguida y la cabeza bien alta. Solo entonces lograría imponer respeto. Sabía que lo último era falso, pero no pude evitar erguirme al escuchar pasos acercándose al exterior.

Un goron emergió de la casa. Era enorme; tanto que nos sacaba al menos cuatro cabezas a Link y a mí juntos. Parecía viejo, y distinguí varias cicatrices en lo que debía ser su piel. ¿Los goron podían tener cicatrices?

—¿Esta es la jovencita hyliana de la que hablas? —preguntó, y su voz profunda y ronca retumbó en mis oídos.

Link asintió. Parecía diminuto al lado del enorme goron.

Lo miré a los ojos. Su expresión era indescifrable, pero me obligué a permanecer firme. No era la primera vez que veía un goron de ese tamaño. Daruk era tan grande como él, quizás incluso un poco más.

—Me llamo Zelda —conseguí decir con voz ligeramente temblorosa—. ¿Sois el líder de los goron?

Él pareció sorprendido por unos instantes. Sin embargo, una sonrisa apareció poco a poco en su rostro de piedra.

—Aquí no hablamos así, Zelda —dijo, y me quedé boquiabierta. Era el primer líder de una raza de Hyrule que me llamaba por mí nombre. Sin ningún título. Ni siquiera Impa lo había hecho hasta que yo se lo pedí expresamente—. Vuestra gente tiene formas de comportarse un poco extrañas.

Miré a Link. Él estaba en silencio, pero me dirigió una mirada que parecía gritar te lo dije. Luego alcé la vista hacia el goron otra vez, sin palabras. Él nos invitó a pasar al interior de la casa, y yo acepté con un asentimiento de cabeza. Aprendí que se llamaba Gorobu y que era el líder de los goron.

—¿De qué parte de Hyrule eres, Zelda? —me preguntó mientras servía algo de comida chamuscada.

—De... —Carraspeé—. Del centro.

Él frunció el ceño.

—¿Todavía hay aldeas allí?

Contuve un suspiro. En el pasado, la aldea más grande de Hyrule había estado allí. Pero no iba a descargar mi frustración sobre un goron inocente.

—No —respondí simplemente—. Mis padres construyeron una casa allí. Les gustaba... la soledad. Vivir lejos de los demás.

Él pareció perplejo, aunque luego asintió.

—Oh. Entiendo.

Estaba claro que mentía. Seguramente los goron nunca vivían "alejados del resto." Y, como muy pocos salían de Eldin, solo conocían sus propias costumbres.

—¿De qué conocéis a Link? —quise saber. No sabía si los goron preferían mantener lo de la Bestia Divina como un secreto.

Le dio unas palmaditas a Link en el hombro. Él hizo una mueca y, si no fuera por el nerviosismo que me retorcía el estómago, habría sonreído.

—Este muchacho nos ayudó hace unas cuantas lunas —respondió con una amplia sonrisa—. Teníamos un problema con... la montaña.

—He oído algo sobre la Bestia Divina.

—¿La voz se ha corrido tanto?

Su sonrisa había desaparecido.

—Oh, no. No —me apresuré a contestar—. Yo estaba... viajando por aquí. Me interesan este tipo de cosas. La tecnología ancestral. Que yo sepa, la voz no se ha corrido muy lejos de Eldin.

Gorobu sonrió, aliviado.

—No queremos problemas con los sheikah.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué ibais a tener problemas con ellos?

—Bueno, ellos fueron quienes hicieron todos esos chismes, ¿no? —Yo asentí con lentitud—. Se enfadarían si supieran que no los estábamos tratando como es debido. Y Vah Rudania es un monumento importante por aquí.

—No creo que los sheikah vayan a haceros algo. Yo los conozco personalmente, y ellos saben mejor que nadie los riesgos que conlleva usar la tecnología ancestral.

Gorobu pareció incrédulo otra vez.

—Por supuesto, por supuesto.

Su tono me dijo que no había entendido la mitad de lo que acababa de decir. Inspiré hondo para mantener la calma.

—¿Cómo os conocisteis tú y Link?

Lo miré y él me devolvió la mirada, con los ojos muy abiertos.

—Oh, bueno, somos amigos desde hace mucho tiempo.

Link solo asintió en silencio, apoyando mis palabras. Gorobu le dio más golpecitos en el hombro.

—Me alegro de que este pobre muchacho tenga una amiga —dijo—. Se lo ve muy solo a veces.

Él enrojeció hasta la punta de las orejas, y yo tuve que ahogar las risitas. Gorobu ni siquiera pareció darse cuenta.

—Link dice que has venido hasta aquí para hablar conmigo.

—Ah, sí. —Carraspeé de nuevo y recuperé la compostura—. ¿Habéis oído hablar de Construcciones Karud?

Gorobu se lo pensó un momento.

—Algo he oído, sí.

—Quieren reconstruir Hyrule. Como Link y yo viajamos mucho y conocemos a los líderes de cada aldea, hemos decidido ayudar también. Los zora ya se han unido a nosotros. O sea, al proceso de reconstrucción. Y me preguntaba si... si los goron también querríais colaborar. Sabemos que vuestros materiales de construcción son muy valiosos. Habría que discutir las condiciones, claro, pero...

—Cuantos más, mejor —dijo Link, interrumpiéndome. Se lo agradecí en silencio. Yo no habría sido capaz de parar por mi cuenta.

Gorobu guardó silencio por unos instantes que se me hicieron eternos. De nuevo, no pude leer su expresión. Parecía esculpida en piedra. Clavé la vista en la roca que hacía las veces de mesa, retorciéndome las manos con nerviosismo.

—¿Qué hay de los monstruos? —dijo de pronto—. He oído que ya no hay tantos. ¿Es cierto que el castillo ya no está rodeado por ninguna sombra?

Lo observé, perpleja. Carraspeé de nuevo.

—Es cierto —asentí—. La sombra se ha ido, y Link y yo hemos visitado Necluda y Lanayru. No nos hemos cruzado con ningún monstruo.

El goron gruñó algo, pensativo.

—¿Entonces prometes que todos los constructores estarán seguros?

Miré a Link y él se encogió de hombros. De modo que solo asentí.

—Claro que os ayudaremos —dijo al final—. Pero tendríamos que hablar de los materiales de construcción.

—Por supuesto —me apresuré a responder—. Gracias por vuestra ayuda. Lo de los materiales de construcción será bajo vuestros términos. Todo.

Él fue a decir algo, pero entonces se oyeron voces provenientes del otro lado de la casa.

—¿Jefe? —intervino una voz que debía pertenecer a otro goron—. He encontrado los...

Se detuvo frente a nosotros. Era un goron joven, aunque también era enorme. Casi tanto como Gorobu.

—Yunobo, siéntate. ¿Te acuerdas de Link?

El goron sonrió y le dio un abrazo a Link. Él se quedó sin aire y escuché un crujido que no sonó muy bien.

—Me alegro de volver a verte, Link —le dijo después de soltarle.

Él trató de decir algo, pero no lo consiguió. Así que solo sonrió. Contuve una risita.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Un año? Seguro que has estado en más de medio Hyrule. Tienes que contármelo todo.

—Siéntate, Yunobo —repitió Gorobu—. Tenemos asuntos muy importantes de los que hablar. ¿El monstruo de las minas no se ha movido de su sitio?