La aldea estaba desierta.
No me sorprendía, claro. Todos los prisioneros estaban en la cabaña más grande. Eran tan pobres que ni siquiera podían construirse casas de verdad. Al principio había pensado que deberíamos haber elegido otra aldea; quizás una más grande, donde hubiera más habitantes y un techo seguro bajo el que dormir. Sin embargo, Tadd había dicho que lo mejor sería quedarnos por una temporada. Aquel lugar era seguro, y nadie se fijaría en nosotros, porque nadie pasaba por allí. Y Tadd siempre tenía razón.
Junto al camino de la aldea, bajo la luz del atardecer, cuatro de mis hermanos enterraban a otro hermano. Lo devolvían con el Padre. Su cuerpo ardía, aunque no había fuego alguno. No hacía falta que lo hubiera. La Bendición era tan fuerte que podía brillar por sí misma.
Me acerqué a ellos y me arrodillé para ayudar. Mis hermanos me lo agradecieron en silencio. Algunos me reconocieron e inclinaron la cabeza en señal de respeto. Sentí una punzada de satisfacción. No había nada mejor que el poder.
La satisfacción se transformó en culpabilidad rápidamente. No tenía poder alguno sobre mis hermanos. Solo el Padre tenía el poder, porque únicamente Él poseía la sabiduría suficiente para conocer la forma de manejarlo y el valor necesario para llevar a cabo sus designios. Tenía que recordármelo.
Y, bueno, Tadd también tenía poder, pero solo porque el Padre lo había elegido a él para liderar a nuestros hermanos. Y teníamos que estar agradecidos por eso.
Iba a llegar tarde a la reunión de Tadd, pero la Bendición era mucho más importante. Coloqué las manos sobre el cuerpo y empujé para hundirlo en la tierra. Abajo estaba el Padre, esperándolo. Sabía que antes aquel cuerpo había pertenecido a uno de mis hermanos, pero ya era irreconocible. La Bendición había devuelto sus rasgos a su estado original. Porque así debíamos regresar todos; tal y como Él nos había hecho por primera vez.
La Bendición cosquilleaba en mis manos. Cualquier otro —alguien indigno y sin fe— podría haber dicho que se trataba de dolor. Pero no lo era. Solo era la llamada del Padre, que bendecía a otro de mis hermanos. Los demás teníamos que ayudarle a reunirse con Él y estábamos obligados a rendirle homenaje. Luego solo cabía esperar a que el Padre llamara a otro de nosotros.
Cuando el cuerpo estuvo lo suficientemente hundido, mis hermanos empezaron a cubrirlo de tierra. Me uní a ellos en silencio. Un rato después, no quedaba ni rastro del humo provocado por la Bendición.
Ninguno dijo nada por un largo rato. Solo se oía el murmullo del agua a nuestra espalda. Si cerraba los ojos, podía llegar a parecer que estaba en casa otra vez. Sin embargo, en casa no había agua.
—¿Sacerdotisa? —dijo una hermana. La miré, molesta. Había interrumpido mis plegarias. Cuando enviábamos un hermano con el Padre, había que rezar para asegurar que todo fuera bien. Que el siguiente fuera uno mismo, y que se reuniera rápidamente con él. Era un honor portar la Bendición, pero en ocasiones era un peso difícil de manejar—. Siento interrumpiros. El rey dijo que se reuniría con vos a la puesta de sol. No deberíais llegar tarde.
Me obligué a sonreír.
—Tienes razón —dije—. Seguid vosotros con la despedida.
Ellos asintieron y yo me puse en pie. Eran jóvenes. Los más jóvenes que quedaban. Probablemente ellos serían los siguientes en consumar la Bendición. A esa edad era más difícil cargar con el peso.
Anduve hasta la cabaña más grande, donde sabía que estaba Tadd. Abrí la puerta sin molestarme en llamar, y sonreí al ver a los prisioneros. Mujeres, hombres y niños con la piel oscurecida y tostada por el sol. Había al menos una docena.
Eso me hizo dudar. Aquella aldea tenía pocos habitantes, pero ¿una docena? Por insignificante que fuera, era imposible que existiera una aldea tan poco poblada.
—¡Sacerdotisa! ¡Por fin os dignáis a aparecer!
Me di la vuelta y miré a Tadd con la sonrisa falsa que siempre reservaba para él.
—Uno de nuestros hermanos acaba de irse con el Padre. Estaba participando en su despedida.
Tadd también compuso una sonrisa falsa, una que siempre reservaba para mí, igual que yo reservaba una para él.
—Así me gusta —replicó, y le sostuve la mirada hasta que él se volvió hacia los prisioneros. Había más hermanos allí. Solo unos pocos podían asistir a mis reuniones con el rey—. Estos son nuestros nuevos invitados, sacerdotisa.
Contemplé los rostros de los prisioneros. Estaban llenos de miedo, pálidos y temblorosos. Sonreí, esa vez de verdad.
—Esto es lo que el Padre hubiera querido —murmuré.
Tadd sonrió.
—Lo sé. —Se acercó a mi oído—. Pero también hemos cometido un error.
Mi sonrisa desapareció al instante. El Padre no toleraba los errores. Era bueno, pero no le gustaba que sus planes fueran mal ejecutados. Aquello tendría represalias.
—¿Qué error? —me atreví a preguntar. Intenté mantener la calma.
—Algunos se han escapado —respondió, y todavía hablaba en voz baja—. La mitad, de hecho. Quizás unos pocos más.
Sentí que algo se me congelaba por dentro. Tal vez fuera solo la Bendición.
—¿Por qué no envías a alguien a buscarlos? No hace mucho tiempo que llegamos. Todavía podríamos...
Tadd me tomó del brazo y me sacó de la cabaña. Él era fuerte, así que no serviría de nada resistirse.
—¿Tengo que recordarte quién dicta las normas aquí, hermanita?
Sus ojos, que brillaban gracias a la Bendición, eran fríos y me hicieron estremecer.
—Vos —dije. Me recordé que Tadd ya no era el niño con el que había crecido, al que había considerado mi hermano durante mucho tiempo. Ahora era un rey—. Majestad.
Me mostró su sonrisa falsa de nuevo.
—Bien. Eso está mejor. Decidme, sacerdotisa, ¿a quién puedo enviar? No somos muchos. Y la mayoría está a punto de reunirse con el Padre gracias a la Bendición. Si envío a nuestros hermanos en busca de los prisioneros, los que están ahí dentro se escaparán porque no habría vigilancia. ¿Qué haríais vos, sacerdotisa?
Era cierto que no quedaban muchos de nosotros. Solo unos pocos habían permanecido leales al Padre después de la catástrofe y podía contar con los dedos de una mano a los hermanos que se habían unido desde que saliéramos de casa para cumplir nuestro cometido. Y, con cada semana que pasaba, al menos un hermano se iba con el Padre, y nuestro número disminuía. Éramos solo poco más de una veintena.
—Al menos me aseguraría de que no siguieran por los alrededores —dije—. No molestarían. Pero podrían contarlo, majestad.
Tadd soltó una carcajada vacía.
—¿Crees que no lo sé?
Apreté los puños. Él era el rey. El Padre lo había elegido. No podía desafiarle ni sentir odio hacia él.
—Lo siento, majestad —me obligué a decir, con la vista clavada en el suelo. A él le gustaba sentir que tenía el poder. Que podía hacer lo que se le antojara con el resto de hermanos y también conmigo. Lo mejor era darle lo que quería.
—Hermanita —dijo él mientras tiraba de mi brazo para volver al interior de la cabaña. Allí, los prisioneros temblaban de miedo—, eres más lista de lo que yo creía. He enviado ya una docena de hermanos en busca de los prisioneros —mintió. Mentir era lo que mejor se le daba. Había sido un verdadero experto del engaño desde niño—. Tenemos caballos rápidos. No les costará dar con ellos y traerlos de vuelta.
Se giró y esbozó una sonrisa que le habría puesto los pelos de punta a cualquiera. Si no fuera porque estaba acostumbrada después de tanto tiempo, podría haberme acobardado tanto como el resto de los prisioneros.
—A nuestro Dios no le gustan las faltas de respeto —empezó—. Y lo que vuestros amigos han hecho es una falta de respeto muy grave. El Padre puede ser implacable a veces. No esperéis clemencia.
Se oyeron lamentaciones. Sonreí un poco; eran patéticos, como el resto del pueblo llano. Ellos adoraban a su Diosa inexistente. La misma que no luchaba por su pueblo ni lo haría jamás; que lo había dejado a su merced en tiempos de necesidad.
Como sacerdotisa, tendría que cambiar eso.
Me acerqué a uno de los hombres que estaban prisioneros. Era mucho mayor que yo. No se molestó en intentar sostenerme la mirada.
—¿Tenéis estatuas de la Diosa Hylia por aquí? —le pregunté.
Él no respondió. Todavía huía de mi mirada. Me limité a esperar, pero la paciencia no había sido nunca una de mis virtudes. Al final, desenvainé la daga con un suspiro de resignación y la dejé contra su cuello. Algunos prisioneros dejaron escapar maldiciones y exclamaciones ahogadas, pero no les presté atención. El hombre me miró por fin, y yo sonreí.
—Respóndeme —exigí en voz baja—. ¿Tenéis una estatua aquí o no?
Permaneció desafiante por unos momentos, así que presioné la hoja recién afilada de la daga un poco más. Soltó un gemido ahogado.
—Sí. Sí hay una.
—¿Dónde?
—Cerca de la entrada —respondió con voz temblorosa—. Junto a la cabaña del antiguo alcalde.
—El alcalde también ha huido —dijo Tadd a mi espalda.
Me puse en pie y envainé la daga de nuevo. El hombre dejó escapar un sollozo, pero lo ignoré y avancé hacia Tadd.
—El alcalde no es importante —susurré—. No sobrevivirán tanto tiempo sin comida ni agua.
—No los subestimes, hermanita —murmuró Tadd—. Se conocen esta región mejor que tú y yo juntos.
Acaricié la daga de mi cinturón distraídamente. Al parecer, no habría forma de traer de vuelta a los prisioneros que habían huido. Si yo estuviera al mando, ya habría enviado a nuestros jinetes más rápidos en su busca. Lo malo era que en casa no había caballos, así que ninguno de nosotros sabía montar. No como era debido.
—Sacerdotisa, los hermanos nos esperan —dijo el rey, como si acabara de recordar algo. Me tomó del brazo y les deseó las buenas noches a los prisioneros antes de cerrar las puertas tras de sí. Lo último que vi de ellos aquella noche fueron sus caras pálidas y llenas de terror. El terror era bueno. Cualquier rey que quisiera tener un largo reinado debía ser temido. Solo entonces lo tratarían con respeto.
Dudaba que Tadd fuera esa clase de rey. Decía que el Padre lo había elegido, pero no teníamos prueba alguna. Sin embargo, todos lo habían aceptado, porque no habíamos tenido un líder desde hacía mucho, mucho tiempo. Y no estaba mal saber que los asuntos importantes se encontraban en manos de otro. Pero estaba prohibido decir eso en voz alta, fuera hermana del rey o no.
Lo cierto era que no éramos hermanos. Al menos, no por sangre. Él me había encontrado un día, cuando no éramos más que unos críos. Como mis padres me habían dejado en medio de la nada y se habían marchado, estaba sola y hambrienta. Hasta que Tadd me tendió su mano y me llevó a lo que luego se convertiría en mi verdadero hogar. Habíamos crecido juntos. Había llegado a considerarlo mi hermano. Más que al resto de miembros de nuestro grupo, incluso. Sin embargo, luego la catástrofe sucedió, y él cambió por completo. Se obsesionó con el liderazgo y el poder. Ya no quedaba ni rastro del muchacho tímido con el que solía jugar de niña.
Tadd me guió hasta la cabaña donde tendría lugar la reunión. Era la del alcalde. Al parecer, el hombre al que había interrogado brevemente no había mentido; la estatua de la Diosa Hylia se hallaba justo al lado del edificio, con su condenada sonrisa siniestra estampada en el rostro de piedra. Cuando Tadd fuera rey, rey de todo Hyrule, aquellas efigies serían destruidas. Todas aquellas mentiras desaparecerían por fin, sin dejar rastro alguno. Se sabría la verdad. La única verdad que existía.
Dentro de la cabaña había varios hermanos. No llegaban a la veintena, porque el resto estaba a punto de ser consumido por la Bendición o montando guardia junto a la cabaña de los prisioneros. Cada semana éramos menos. Sin embargo, eso tenía que ser una buena señal. Era nuestro objetivo, al fin y al cabo. El Padre era un Dios implacable y, en ocasiones, cruel, pero nuestros esfuerzos valdrían la pena. Nuestras plegarias serían escuchadas, porque Él siempre escuchaba.
Todos inclinaron la cabeza en señal de respeto ante Tadd, aunque muy pocos los hicieron ante mí. Estaba acostumbrada. Me dije que Tadd era mucho más importante. Él era el rey y nos lideraba. No podía guardar ningún resentimiento hacia él.
Tadd les dio la bienvenida a nuestro nuevo hogar mientras yo me sacudía la arena de las botas. Allí hacía mucho calor. Pero el calor no era nada nuevo para la mayoría de mis hermanos.
—Tenemos a los prisioneros en una cabaña. Se les dará la opción de unirse al Padre y, si lo consideramos necesario, otorgarles la Bendición. —Hubo algunos murmullos de asombro—. La Bendición será solo para los más devotos. He estado hablando con el Padre, y todos sabéis que en el fondo es misericordioso.
¿Cuándo había hablado con el Padre? Le había pillado revolcándose con las pocas jovencitas que se habían unido a nosotros en varias ocasiones. Él también era joven, así que al principio pensé que era algo normal. El Padre tampoco estaba en contra de la lujuria, de modo que no había que darle mucha importancia. No obstante, allí estaba. Presumiendo de haber hablado con el Padre cuando no había hecho más que revolcarse por la arena con desconocidas. Tuve que morderme la lengua para no soltarlo en voz alta. A Tadd no le gustaban las afrentas que sucedían a la vista de todos los hermanos.
—Pero hay otra cosa que debéis saber —continuó diciendo mientras se movía por toda la estancia. Siempre hacía lo mismo. Al parecer era su forma de imponer respeto—. Me he enterado de que algunos prisioneros han conseguido escapar.
Los hermanos reaccionaron deprisa. Algunos fruncieron el ceño y empezaron a discutir entre ellos. Otros cogieron las espadas, y unos pocos se mantuvieron en silencio, con el rostro esculpido en piedra.
—¿Cómo han escapado? —siguió insistiendo Tadd. Su tono de voz era cada vez más frío.
—Debió suceder mientras asaltábamos la aldea, majestad —dijo uno de mis hermanos—. Es normal que algunos lograran escapar. No es un problema tan grave.
Al instante supe que aquel pobre hombre no debería haber dicho nada.
Tadd se detuvo justo detrás de nuestro hermano. Él se esforzó por mantenerse firme.
—No es tan grave —repitió. Su voz podría haberle producido escalofríos a cualquiera. Pero, por suerte, en mí ya no tenía ese efecto—. Podrían refugiarse en otra aldea y contarlo todo. Y fracasaríamos antes de haberlo intentado siquiera. —Dibujó una sonrisa siniestra—. Pero no es nada grave.
El hermano se había puesto pálido, aunque seguía sin decir nada. Tadd suspiró y le puso una mano en el hombro.
—Creo que tu fe no es suficiente. Necesitas otra dosis. Si no, la Bendición tardará en consumarse.
Se estremeció, pero eso no me sorprendió. Era difícil soportar la Bendición. Tenía efectos secundarios dolorosos. Sin embargo, era el precio que todos debíamos pagar para reunirnos con el Padre en las profundidades de la tierra.
Dejó al hermano en paz y continuó andando por la cabaña hasta llegar a la mesa. Allí habían colocado un mapa.
—¿Alguien se ofrece a ir en busca de los prisioneros? —Nadie se movió por unos instantes. El rey frunció el ceño, y dos hermanos se adelantaron—. Encontradlos y traedlos de vuelta. Vivos, si es posible.
Cogieron las armas y se acercaron para recibir mi bendición. Luego se marcharon, cerrando la puerta tras de sí. Miré a Tadd, y supe que él estaba pensando lo mismo que yo. Nunca lograrían encontrarlos. Muchos habían escapado, pero ellos conocían la región cien veces mejor del lo que nosotros lo haríamos jamás. Y, además, dos jinetes que apenas sabían montar a caballo no los alcanzarían. Llevaban demasiada ventaja. Quizá, si hubiéramos enviado unos pocos hermanos más, habríamos tenido al menos una posibilidad. Pero no podíamos prescindir de nadie más.
—Bueno, ahora que eso está resuelto, pasemos a lo que de verdad debería preocuparnos. —Mentía demasiado bien. Aquel tema era preocupante, y estaba lejos de estar resuelto—. Me alegra anunciar que los hemos encontrado.
Me acerqué un poco más al mapa mientras los murmullos se alzaban a nuestro alrededor. Vi la marca que señalaba dónde estaban y fruncí el ceño. ¿Para qué habían ido a aquel lugar? No había nada de valor allí. Eran más idiotas de lo que había pensado.
—¿Cómo sabéis que son ellos? —pregunté. Él sonrió y los susurros cesaron de pronto.
—Nuestros exploradores les han seguido la pista. Los han visto de cerca. Dicen que no hay ninguna duda. Y su intuición nunca falla.
Me mantuve en silencio. Nuestros exploradores eran un grupo de ladrones y violadores. No había mucha Bendición en ellos, para que aguantaran en el camino y nos trajeran información. Eran nuestros hermanos, pero nunca habían querido estar entre nosotros. No por voluntad propia. Veneraban al Padre porque eso era lo último que les quedaba. El único lugar en el que los aceptarían.
—Aunque estemos aquí, todo sigue como lo hemos hablado —prosiguió el rey—. Vamos a intentar matarlo. Hemos dejado parte de la Bendición en una de esas cuevas. Dejará de molestarnos de una vez por todas.
Nuestros hermanos empezaron a celebrarlo al instante, pero yo no conseguí encontrar ni una pizca de esperanza. No era la primera vez que nos decía eso. Y sospechaba que tampoco sería la última. Lo había intentado de infinidad de formas distintas, y nunca había funcionado. Eran promesas que no podía cumplir. No era tan fácil matarlo.
—¿Y qué pasará después? ¿Cómo atraeremos al Sacrificio? —preguntó una hermana.
—Después, tendremos que esperar. Probablemente se tomará un tiempo para llorar la pérdida. Luego esparciremos rumores. Vendrá hacia aquí. Y ya hemos hablado de lo que haremos luego.
—¿Y vendrá de verdad?
—Claro que vendrá. No sospecha nada.
Me obligué a mantener la boca cerrada. Todo parecía demasiado fácil. Aunque a lo mejor el problema era que no confiaba lo suficiente en Tadd.
Después de ultimar unos pocos detalles, la reunión terminó. Acompañé a varios de mis hermanos hasta la cabaña donde estaban alojados aquellos a quienes les quedaba poco para reunirse con el Padre. Durante el camino, todos habían estado muy animados; no obstante, en cuanto aquella cabaña apareció en la distancia, el silencio cayó como un ladrillo.
Incluso desde el exterior se escuchaban los gritos. Me adelanté y entreabrí la puerta, que emitió un agudo crujido. Olía a carne quemada, pero ya estaba acostumbrada. No me afectaba.
La habitación estaba iluminada por la débil luz de unas pocas velas. Había tres hermanos en camas improvisadas que habíamos hecho con lo que habíamos encontrado en aquella patética aldea. Dos de ellos gemían en sueños, pero el tercero gritaba. Me acerqué a él con lentitud y me arrodillé junto a su cama.
—¿Me reconoces? —le pregunté en voz baja.
Él me miró con los ojos oscurecidos por la Bendición. Brillaban y estaban abiertos en desmesura. Intentó hablar, pero de su boca solo brotaron murmullos roncos e incomprensibles.
—Está bien. No digas nada. Solo niega o asiente con la cabeza. ¿Me reconoces?
El hermano asintió con la cabeza.
—Sacerdotisa...
Se le escapó otro grito de dolor. Hice una mueca. Agonizaba.
—¿Qué ves? —le pregunté.
Él cerró los ojos. Su respiración era rápida e irregular. Estaba cubierto en un sudor frío.
—Oscuridad —gimió—. Y... la Bendición. Se acerca.
Aparté las mantas para examinar su cuerpo. El olor de hizo más fuerte, pero no me aparté. Sus brazos ya habían sido consumidos por la Bendición. No eran más que un amasijo rojo, negro y morado. Sus piernas habían corrido la misma suerte. Y la Bendición cada vez estaba más cerca de su corazón. Una vez llegara allí, podría reunirse con el Padre.
—¿Cuánto crees que falta?
Él solo negó con la cabeza entre gemidos de dolor. Eché otro vistazo a su cuerpo, pensativa. Luego me acerqué a los armarios y saqué los frascos.
—Hay más por aquí. No creo que ninguno de los prisioneros quieran unirse a nosotros. Podría acelerar el proceso.
Cuando un hermano estaba a punto de ir con el Padre, no podíamos calmar su dolor. Porque era un proceso repleto de agonía, pero estaba prohibido darles medicina intentar curarlos. Solo estaba permitido acelerar el proceso si el sufrimiento se alargaba demasiado.
Me arrodillé de nuevo junto a él.
—¿Quieres que lo haga?
Ni siquiera se lo pensó antes de asentir. Sonreí e hice lo que debía. Vertí el contenido del frasco sobre la zona cercana a su pecho. Él gritó de dolor, y un débil rastro de humo comenzó a brotar de su cuerpo. Lo sostuve mientras se estremecía con violencia. Después de un rato, lo dejé en el suelo, aún agonizando, y eché un vistazo a los otros dos hermanos. A ellos todavía les faltaba tiempo. Al primero, por el contrario, le faltaba muy poco. No creía que sobreviviera a la noche, de hecho. Al día siguiente estaríamos enterrándolo, de eso estaba segura.
Una vez hube terminado allí, apagué las velas y salí de la cabaña. El aire fresco nocturno fue agradable, aunque los gritos todavía eran audibles desde donde me encontraba. Por suerte, el rumor del agua y el susurro del viento lo mejoraba un poco. Muchos escuchaban la canción de la naturaleza en tiempos de necesidad. A mí, sin embargo, solo me enfurecía aún más. Nunca conseguía calmarme.
Contemplé la estatua de la Diosa Hylia, cercana a la cabaña. Había ofrendas a sus pies, probablemente de los prisioneros, antes de nuestra llegada. Aplasté las manzanas bajo la bota. Aquella piedra no se merecía ningún obsequio. Decidí que, al día siguiente, se celebraría una ceremonia para destruir la efigie. Me aseguraría de que todos los prisioneros estuvieran delante. No quedaría ni rastro de ella.
Elegí una de las cabañas abandonadas que todavía no habían sido ocupadas por nadie. Estaba cerca del agua, de modo que oiría el susurro de la marea todo el tiempo. No estaba acostumbrada a aquello. En casa no había ni un solo arroyo.
Examiné mis manos con cuidado. La Bendición avanzaba lentamente. Mi reunión con el Padre tardaría mucho en llegar. Había tomado más dosis, pero no surtían efecto alguno. Tadd decía que yo sería la única que quedaría de nuestro pueblo en el mundo. Sería la última en reunirse con el Padre. Al principio, eso me había preocupado. ¿Acaso no era digna de recibir la Bendición? Sin embargo, pronto lo había entendido. Yo era la sacerdotisa. Tenía que predicar la palabra del Padre y ayudar a mis hermanos a reunirse con Él. No podía irme y dejarlos solos. Una vez mi misión se hubiera cumplido, podría regresar a Su lado.
Examiné los dedos ennegrecidos. Apenas los sentía ya. Normalmente los mantenía ocultos bajo los guanteletes. Era un honor portar la Bendición, pero no era agradable de ver.
Nunca se sabía cuándo volvería el dolor, la señal de que la Bendición se extendía. En ocasiones era leve y soportable, aunque en otras, difícilmente podía siquiera permanecer en pie. Pero el Padre era sabio y poderoso. Cumplíamos sus designios, y Él nos recompensaría cuando nos reuniéramos de nuevo.
El Sacrificio no tardaría mucho en llegar. Nos habíamos asentado en aquella aldea porque la Bendición estaba tan avanzada en todos mis hermanos que no podíamos seguir escondiéndonos y yendo de un lado a otro. Al menos uno de nosotros debía seguir entre los vivos cuando el Sacrificio viniera a nosotros. Entonces habríamos cumplido nuestro cometido por fin, y todo terminaría. El Padre nos dejaría volver, sin importar la expansión de la Bendición.
Había que prepararlo todo para la llegada del Sacrificio.
