LINK

—¿Un monstruo? —repitió Zelda—. ¿En las minas?

Los goron la miraron. Ni siquiera parecieron inmutarse de que ella los había interrumpido.

—Llegó hace una semana. Aterroriza a los mineros. Dicen que es indestructible.

—Ningún monstruo es indestructible —dijo Zelda.

—Nuestras armas no consiguen hacerles daño. Y cada día se hace más fuerte.

Miré a Zelda, y al instante supe lo que ella estaba pensando. Aquel no era un monstruo normal.

—¿Ha habido alguna pérdida?

—No, gracias a las Diosas. Pero los mineros no pueden trabajar en esa mina. Y en las profundidades hay minerales valiosos.

Ella ya tenía el ceño fruncido. Casi podía oír como buscaba soluciones. Había solo una solución, y eso lo sabía tan bien como yo.

—¿No visteis a nadie entrar ahí? —me atreví a preguntar.

—No. Los mineros volvieron a casa una noche y, al día siguiente, el monstruo ya estaba allí.

Asentí y guardé silencio de nuevo. Zelda me observaba sin comprender. Estaba esperando una explicación, pero no pensaba dársela frente a los goron. Además, probablemente no me creería. Pensaría que estaba siendo paranoico otra vez y se enfadaría, y el viaje hasta la Ciudad Goron había transcurrido con tanta calma —sin una sola discusión, de hecho— que no me apetecía regresar a los malentendidos.

—Puedo ir yo —dije. Zelda se irguió al instante, pero me negué a mirarla—. Creo que puedo ayudar.

Era mentira. Ni siquiera sabía a lo que me enfrentaría. Pero no era la primera vez que algo así me ocurría, y ya tenía una ligera sospecha de que no sería la última.

Gorobu me examinó de arriba abajo y luego suspiró.

—No quiero que pongas tu vida en peligro otra vez, muchacho.

Me habría gustado decirle que ya era tarde para eso. Había puesto mi vida en peligro solo recorriendo el camino para llegar hasta allí, y ponía mi vida en peligro cada vez que me tomaba uno de aquellos horribles elixires.

—No me pasará nada.

—Yo me aseguraré de eso —intervino Zelda. Cuando la miré, vi que estaba furiosa. Eso ya me lo esperaba.

—Tú dijiste que querías quedarte aquí, ¿recuerdas? —Ella entornó los ojos y sentí que su mirada podía atravesarme—. Dijiste que tenías cosas de las que hablar con los goron.

—Eso puede esperar.

—No estaré mucho tiempo fuera —repuse—. ¿Las minas están muy lejos?

—No —respondió Yunobo—. Están solo a una hora de aquí.

—¿Lo ves? Volveré antes del anochecer.

Vi que tomaba aire y casi pude oír como contaba hasta diez para calmarse. Murmuró una disculpa a los goron y tiró de mí hasta el exterior.

—¿Qué te crees que estás haciendo? —siseó.

—Ayudar.

Se le escapó un suspiro de frustración.

—Eso ya lo sé, Link. ¿Por qué no quieres que te acompañe?

Guardé silencio. Si le decía es peligroso, se enfurecería aún más.

—Tienes que hablar con los goron aquí —dije al final—. Es importante.

—Lo del monstruo también es importante —replicó—. Y no habrá mucha diferencia. Menos de un día, de hecho. Puedo seguir mañana.

Maldije para mis adentros. ¿Por qué tenía que ser tan testaruda?

—Quédate aquí y hazme caso, Zelda. Puedo hacerlo solo.

Se cruzó de brazos.

—No estoy tan indefensa como crees.

—¿Por qué siempre tienes que decir lo mismo? —mascullé.

—No voy a salir huyendo por ver un estúpido monstruo, Link. He visto cosas peores. Tú ni siquiera sabes a lo que vas a enfrentarte.

—No sería la primera vez.

Me fulminó con la mirada.

—Si me dejaras...

—No quiero discutir contigo, Zelda.

—¿Crees que a mí me gusta discutir contigo?

Me obligué a mantener la calma. Había goron por los alrededores. No iba a perder los estribos allí.

—Quédate aquí —murmuré—. Hazme caso por una vez. No creo que estés indefensa ni que vayas a salir huyendo. Quiero que estés a salvo. Nada más.

—Yo también quiero que tú estés a salvo, ¿sabes? —dijo ella, con la vista clavada en el suelo.

—No va a pasarme nada. Tienes cosas importantes que hacer aquí.

Alzó la mirada y ya no parecía enfadada.

—¿Me prometes que volverás antes de mañana?

Sabía muy bien que no debía hacer promesas como aquella, pero no podía negarle nada.

—Te lo prometo.

Su expresión era indescifrable. Quise pensar que aquello le proporcionaría algo de alivio. Calma, incluso. Sin embargo, se giró hacia la casa de Gorobu antes de que tuviera tiempo de examinar su rostro detenidamente.

—Entonces está decidido —murmuró.

Guardé silencio. Sabía que Zelda no esperaba ninguna respuesta por mi parte. ¿Seguiría enfadada? No lo creía. Tenía más pinta de estar preocupada. No podía decidir qué era peor. Cuando Zelda se preocupaba de verdad, cruzaba los límites. Era insoportable. Más que yo, incluso.

—No les hagamos esperar más —añadió mientras echaba a andar hacia el interior de la casa.

Me habría gustado detenerla, pero no logré reunir el valor suficiente.

Zelda informó al líder goron de nuestros planes. Él se mostró un poco reticente al principio, aunque al final cedió a regañadientes. No entendía de dónde venía tanta preocupación por mi seguridad. Antes, cuando viajaba solo, nadie se había preocupado por eso. Solo yo. Y Zelda, claro, desde su prisión en el castillo. El propio Gorobu no había dudado en enviarme al peligro cuando estuve allí por primera vez.

—No quiero que vayas tú solo ahí, Link —dijo—. Lo mejor sería que un grupo te acompañara. Quizá los mineros podrían hacerlo. Se conocen ese lugar mejor que nadie.

Abrí la boca para responder, pero la voz chillona de Yunobo se me adelantó.

—Puedo ir yo, jefe. Conozco bien las minas.

Empecé a negar con la cabeza, pero nadie pareció inmutarse. Solo Zelda, pero ella no dijo nada. Era su forma de castigarme.

No tenía nada en contra de Yunobo, pero sería una carga si me acompañaba a las minas. Quién sabía lo que nos aguardaba ahí dentro. Iba a poner mi vida en peligro. Y Yunobo todavía era joven. La suya no podía peligrar también.

Por suerte, Gorobu no parecía muy convencido.

—Yunobo... —Suspiró—. La última vez que viste un monstruo...

—Eso fue hace una luna —dijo, interrumpiéndole. Si no fuera porque los goron estaban hechos de piedra, habría jurado que estaba sonrojándose—. He mejorado. Pregúntaselo a Goradel. Él mismo dice que se me da mejor.

—Sabes que será peligroso, ¿verdad?

—Claro que sí. Pero Link me protegerá si lo necesito. ¿A que sí, Link?

Carraspeé, y de repente tuve la sensación de que los efectos del elixir empezaban a desaparecer. Pero miré a Zelda, y ella no daba señales de haberse dado cuenta. Incluso parecía tener una diminuta y casi imperceptible sonrisita en el rostro.

Carraspeé de nuevo.

—Será peligroso —conseguí decir, pese a los cien argumentos que tenía en mi cabeza.

—Hablas como el jefe —rio Yunobo. A mí no me hacía ninguna gracia—. Yo sé que tú me protegerás.

Dependía de la situación. Podía protegerlo de una manada de bokoblin, pero no estaba seguro de poder decir lo mismo sobre una manada de centaleones. No podía proteger a todo el mundo, por mucho que lo intentara.

—Pues claro que te protegerá —intervino Zelda con una sonrisa falsa estampada en la cara—. Link nunca falla en ese aspecto. Él siempre se arriesga para que todos estemos a salvo. Es muy valiente. ¿Verdad, Link?

No dije nada. La miré a los ojos. Estaba enfadada. Tendría que hablar con ella después, antes de partir. ¿Por qué demonios se había enfadado? Ella celebraba reuniones con los líderes de las aldeas a todas horas. Lo había hecho con los zora, y sin duda lo haría ahora con los goron. Y yo nunca me había enfadado. No obstante, se ponía furiosa cuando yo intentaba ayudar por mi propia cuenta.

—Entonces ya está decidido —concluyó Gorobu—. Partiréis después, ¿verdad? Seguro que en la posada tienen uno de esos elixires nuevos. Te serán útiles, ya lo verás.

—Volveremos al anochecer —aseguró Yunobo.

—Eso espero. Y, cuando volváis, celebraremos la derrota del Cataclismo y del monstruo de las minas. —Me dio unas palmaditas en el hombro—. ¿Qué te parece, muchacho?

Asentí en silencio, sin atreverme a decir una sola palabra. Luego nos despedimos de Gorobu y salimos al exterior. Zelda le dijo a Gorobu que se reunirían de nuevo por la tarde.

—Prepara tus cosas, Link —sugirió Yunobo. Lo examiné con detenimiento. Casi parecía emocionado—. Cuando estés listo, avísame. Estaré aquí.

Volví a asentir con la cabeza. Luego Zelda y yo nos encaminamos en dirección a la posada. Una vez en nuestra modesta habitación, la miré con el ceño fruncido.

—¿Por qué estás tan enfadada?

Ella pareció sorprendida por un breve instante. Quizás había sido demasiado brusco, pero eso no era importante ahora. Puso los brazos en jarras.

—¿Tú qué crees?

—Te prometo que no lo sé. Por eso te lo he preguntado.

Sus ojos relampaguearon.

—Eres horriblemente temerario. Pensaba que habías mejorado, pero ya veo que no.

—¿Mejorado en qué?

—¡En todo! Te lo dije hace cien años. Te lo repetí cuando estábamos en Kakariko. No quiero que cometas temeridades. Algún día te va a pasar algo de verdad, y será por culpa de tu propia estupidez.

Desvié la mirada y guardé silencio. Por un momento, solo se escuchó su respiración agitada, pero no me atrevía a mirarla. Ya había cometido suficientes errores. Y, en el fondo, Zelda tenía razón.

El silencio se alargó, y abrí la boca para soltar alguna tontería. Sin embargo, descubrí entonces que ella no había terminado.

—Prométeme que la próxima vez lo pensarás mejor. No es porque ayudes o porque no quieras que yo te acompañe. Solo intenta investigar antes de cargar sobre un monstruo. Al menos deberías saber a lo que te enfrentas, ¿no crees?

Asentí con lentitud.

—Puedo...

—No. Ahora te irás a esas minas. No vas a echarte atrás. Pero la próxima vez, tenlo en cuenta.

—Está bien, capitán.

Era peor que una madre. Si algún día tenia hijos propios, no quería ni imaginar cómo sé comportaría.

Me abrazó de pronto, y me olvidé de las fantasías estúpidas que estaba imaginando. Y que no tenían nada que ver con niños rubios correteando por el jardín de nuestra casa.

—Acabarás con ese monstruo y volverás aquí al anochecer. Entero. Sin un solo rasguño ¿Me has entendido?

Me separé de ella y me atreví a sonreír un poco.

—¿Me perdonas?

Frunció el ceño.

—Me lo pensaré. Quizá sí, pero solo cuando vuelvas.

—No estaré mucho tiempo fuera. Quédate donde haya goron. No creo que te pase nada.

Se le escapó una risita.

—Míranos. No he acabado de reprenderte y tú ya estás convencido de que un asesino va a venir a matarme.

—Pensaba que habías terminado.

—Me temo que no. —Se acercó y me dio un beso en los labios—. Vuelve sano y salvo.

Había sido demasiado breve, demasiado fugaz, pero me dije que no era el momento adecuado. Ya habría días mucho mejores.

—Lo intentaré —respondí.

Ella sonrió y, una vez hube recogido mi bolsa de viaje —llena de sus malditos elixires—, me dejó marchar. Todavía no era mediodía cuando salí de la posada. Me dirigí a la casa de Gorobu, donde esperaba Yunobo.

—El jefe nos ha dado su bendición —dijo mientras echaba a andar hacia la salida de la ciudad.

—A mí no me ha bendecido —mascullé.

—Con que bendiga a uno de los dos es suficiente.

—Ah.

Ninguno dijo nada durante un rato. Me aseguré de tener la Espada Maestra cerca. No la había afilado la noche anterior, pero quise pensar que serviría. Era un arma sagrada, a fin de cuentas. También llevaba el arco al hombro y un carcaj lleno de flechas. Saqué un frasquito de la bolsa de viaje y apuré el elixir. Lo que nos habían dado en la posada estaba agotándose ya.

Zelda había llenado mi bolsa con frascos de elixires. No esperaba estar tanto tiempo fuera, así que, en mi opinión, se había excedido. Tendría que hacer más para ella. Descubrí con horror que las partes de monstruo que guardaba con cuidado ya no estaban en el bolsillo de siempre. Maldije para mis adentros.

—¿Alguna vez has estado en las minas? —preguntó Yunobo de pronto.

—No —respondí. O, al menos, no recordaba haber estado allí antes.

—Comprensible. Los extranjeros nunca suelen acercarse allí. Dicen que no hay nada de utilidad para ellos. Pero dejamos ir a los viajeros que nos lo piden, aunque sean pocos.

Asentí en silencio, y él suspiró.

—Cuéntame dónde has estado todo este tiempo. ¿Has ido al centro de Hyrule? Dicen que hay una llanura verde. Muy verde y muy grande.

Me aparté para esquivar una roca caída que se encontraba justo en medio del camino. Me había propuesto no decir nada, pero supuse que participar en la conversación me ayudaría a soportar el calor.

—He estado ahí —dije—. En la Llanura de Hyrule. Como ya no hay guardianes, es segura.

—¿Y es tan grande y verde como dicen?

—Supongo. ¿Nunca la has visto?

Yunobo desvió la mirada y negó con la cabeza. Lo examiné con cautela, pensativo.

—Nunca has salido de aquí, ¿verdad?

—No —murmuró—. Dicen que fuera hace tanto frío que nos congelaremos. Sé que es mentira, porque hay goron que salen de Eldin y viajan por todo Hyrule. Nunca han vuelto a casa congelados. Pero me da miedo, ya sabes.

Mi ceño se frunció un poco más. Sabía que los goron eran muy diferentes a los hylianos y que estaban hechos para climas como aquel, pero la región de Eldin era un infierno. No podría vivir allí ni aunque fuera un goron de verdad. No lo soportaría.

—Cuéntame más. ¿En qué otros sitios has estado?

Le hablé del desierto y de la Región de los Zora. Y también de Hebra y de Hatelia.

—¿Vives ahí? —quiso saber.

—Sí.

—¿Y dónde vive tu amiga?

—Ella vive conmigo.

Vi que fruncía el ceño, como si hubiera percibido un mal olor en el aire.

—¿Vive contigo? ¿En la misma casa?

—Sí. En Hatelia.

—¿Por qué?

Lo pensé un momento, confundido. Los goron no entendían el amor como nosotros los hacíamos, pero no esperaba que sus ideas estuvieran tan alejadas de las nuestras.

—Porque la quiero.

Él guardó silencio por un momento.

—Yo quiero al jefe y no vivo con él.

Tuve que contener la risa.

—No es lo mismo. Tú no quieres a tu jefe de la misma forma.

—¿Qué diferencia hay?

De pronto, el calor se hizo presente otra vez. Estuve a punto de tomarme otro elixir, pero entonces me recordé que el efecto no podía haber desaparecido todavía. De hecho, tardaría un largo rato más en desaparecer. Carraspeé y clavé la vista en el suelo cubierto de ceniza oscura.

—Bueno, Zelda es como una... amiga. Pero una amiga muy cercana. Muy, muy cercana. Puedo darle besos siempre que quiera y ella esté de acuerdo, claro. Y también... —Carraspeé de nuevo— podemos hacer otras cosas. Solos. Ella y yo.

—¿Qué tipo de cosas?

—¿Sabes cómo los hylianos hacemos otro niño?

—No. —Abrió mucho los ojos—. ¿Ella y tú vais a traer un niño?

Se me escapó una carcajada. Yunobo me miró, confundido, y yo fingí que era solo un ataque de toses.

—Claro que no. Pregúntale a Zelda lo de los niños. Ella sabe más que yo de esas cosas.

—¿Y qué es darse besos?

—Te lo enseñaré cuando esté con Zelda en la ciudad.

Yunobo asintió. Sonreí un poco. No tenía ni idea de lo que se había estado perdiendo.

Tardamos menos de una hora en llegar a las minas. Había goron en los alrededores, con los picos y cascos ya puestos. Había varias entradas a las minas, y todas estaban oscuras. No podía distinguirse nada en la negrura. Me di cuenta de que los goron trabajaban en todas menos en una, que estaba completamente vacía. Ni siquiera había nadie en las cercanías. Esa debía ser la mina en la que estaba el monstruo.

Yunobo me guió hasta un goron robusto, tan enorme como él o el propio Gorobu.

—Link, este es Goradel, el jefe de las minas.

El goron me miró de arriba abajo. Yo tenía que alzar la cabeza para poder mirarlo, y me sentía horriblemente diminuto a su lado.

—¿Qué estás haciendo aquí, Yunobo? Sabes que es peligroso.

—El jefe me ha dado permiso.

—¿Y a él también le ha dado permiso?

Me obligué a sostenerle la mirada. Al parecer, no todos los goron eran tan amigables como había creído.

—Sí. Va a ayudarnos con el monstruo.

El tal Goradel frunció el ceño.

—¿Este? ¿Un hyliano? Ni siquiera parece tener fuerza en esos bracitos. El monstruo se lo llevará en cuestión de instantes. Si un goron no ha podido con él, menos aún podrá un hyliano diminuto.

Aquello me sorprendió. Ni siquiera me ofendió demasiado. No esperaba que un goron pudiera ser tan frío. Todos los que había conocido tenían un carácter amable.

Yunobo, sin embargo, sonrió.

—Este hyliano fue quien resolvió el problema de la Bestia Divina. Si pudo con eso, podrá con un estúpido monstruo.

Alcé la vista hacia Yunobo, sorprendido de nuevo. No esperaba que me defendiera. Había creído que no sería tan valiente para defenderme frente a su superior. No obstante, me había vuelto a equivocar.

Goradel tenía el ceño un poco menos fruncido que antes.

—¿De verdad fuiste tú? —gruñó.

Me limité a asentir. Él miró a Yunobo de nuevo.

—¿Es una broma?

Yunobo pareció más ofendido que yo. Frunció el ceño y empezó a discutir con el jefe de las minas con su vocecita chillona. Mientras tanto, observé a los goron que trabajaban allí. Ninguno se acercaba a la cuarta caverna. Mantenían varios pasos de distancia, como si hubiera un límite. Y, si tenían que acercarse demasiado, lo hacían con cuidado, y casi podía verles temblar. Nunca había visto a un goron temblar de miedo. Lo que hubiera ahí dentro debía ser verdaderamente grave.

—¿Estás seguro de que el jefe lo ha dejado venir? —insistió Goradel.

—Sí. De hecho, el jefe ya lo conocía por lo de la Bestia Divina, ¿a que sí, Link?

Asentí por enésima vez. Al final, escuché que el jefe de las minas suspiraba.

—Haz lo que quieras. Pero, si se muere, no será culpa mía, sino del jefe. ¿Me has entendido?

—Sí, señor.

Goradel me dirigió una última mirada y luego se alejó. Vi que le decía algo a otro goron, que se acercó a nosotros poco después.

—¿Vas a intentarlo tú también? —me preguntó. Al menos no pareció juzgarme ni hizo ningún comentario sobre mi supervivencia.

—Sí.

—El monstruo cambia de forma constantemente. Hemos intentado hacerle daño, pero es inútil. Así que, a menos que esa espada tuya sea mágica o algo así, te sucederá lo mismo que a nosotros.

—¿Cambia de forma? —repetí—. ¿Cómo cambia de forma?

El goron se encogió de hombros.

—A veces tiene una forma, pero de repente tiene otra. Es extraño. Y a veces no tiene ninguna forma. Nunca antes habíamos visto un monstruo así.

—¿Cómo ha llegado hasta aquí?

—No lo sabemos. Un día llegamos a las minas y ya estaba dentro. Ya estaría muerto, si no fuera porque nuestras armas son inútiles contra el monstruo.

No hice más preguntas. Yunobo le dio las gracias al goron y luego me acompañó hasta la entrada de la mina. Los mineros se nos quedaron mirando con los ojos muy abiertos, pero no les hice caso. Examiné la entrada de la cueva. Todo estaba oscuro, tanto que ni siquiera podía distinguir nada de lo que hubiera en el interior. Me acerqué un poco más, y Yunobo me siguió. Me detuve al instante.

—No tienes por qué acompañarme dentro —le dije.

Yunobo no sabía defenderse. O, al menos, no sabía defenderse solo, sin ayuda. Y yo estaría muy ocupado defendiendo mi propia vida para preocuparme por la suya también. Por mucho que doliera admitirlo, solo supondría una carga.

—No voy a irme ahora, Link —replicó, y luego sonrió—. No te preocupes por mí. No molestaré. Sé pelear.

—¿De verdad?

—De verdad. He mejorado desde la última vez que nos vimos. Ya lo verás. Puede que te sea de ayuda.

Parecía emocionado. Sabía que toda su excitación desaparecería de golpe en cuanto nos adentráramos en la mina y todo estuviera tan oscuro que ni siquiera supiera por dónde pisaba.

—¿Estás seguro?

—Estoy muy seguro.

Acabaría arrepintiéndome de tomar aquella decisión, pero al final asentí. Quizás era cierto y había aprendido a defenderse desde lo sucedido con la Bestia Divina. No creía que fuera un gran guerrero, pero no hacía falta serlo para sobrevivir contra un monstruo.

Me adentré en la mina, con Yunobo siguiéndome muy de cerca. Al instante sentí como la Espada Maestra me llamaba, pero eso no me sorprendió. Había esperado que reaccionara de alguna manera. La desenvainé con cuidado, y tampoco me sorprendió verla brillar. Yunobo dejó escapar una exclamación ahogada.

—¿Cómo...? Tu espada... ¿Link?

—¿Qué?

—Tu espada está... está...

—No te preocupes por eso. El herrero se equivocó mientras la templaba. Suele brillar.

—Pero... pero...

—Está controlado.

Continué andando, y él se apresuró a seguirme. El brillo de la espada iluminaba el camino que seguíamos, así que ya no avanzábamos totalmente a ciegas. Los minerales aún sobresalían en la roca, de modo que supuse que el monstruo no estaría allí por eso. Si no, ya lo habría robado todo.

—¿Link?

Maldije para mis adentros. Si no se callaba, no podría estar atento a los ruidos. Zelda tenía mucho más cuidado que Yunobo en ese aspecto. Ella siempre sabía cuándo debía hablar y cuándo era mejor guardar silencio. Me había acostumbrado demasiado a viajar con ella.

—¿Qué?

—¿Sabes ya dónde está el monstruo?

Podría saberlo si él se callara.

—No.

—Cuando lo sepas, ¿me avisarás?

—No hará falta.

—¿Por qué no?

—Es un monstruo. Es fácil darse cuenta de si un monstruo está atacándote o no.

Yunobo no dijo nada más después de eso, y yo di las gracias a las Diosas. Sin embargo, el sigilo tampoco se le daba bien. Sus pisadas sonaban con tanta fuerza que podrían haberse oído incluso fuera de la mina. Y solía tropezar con piedrecitas de vez en cuando. Si de verdad había un monstruo allí, sin duda se había dado cuenta de nuestra presencia.

Escuché algo entonces. Me detuve de golpe y Yunobo, a mi espalda, hizo lo mismo. Le hice un gesto para que se mantuviera en silencio y no hiciera ruido, y él obedeció. El sonido volvió a repetirse; era parecido a un siseo. Como si algo estuviera arrastrándose por el suelo. Procedía de más adelante. Iluminé el camino con la espada, pero no conseguí vislumbrar nada. El brillo se había vuelto más fuerte, y la voz me hablaba con más urgencia.

—¿Qué es, Link? —susurró Yunobo. Su voz ya temblaba.

No respondí, y eso pareció darle más miedo aún.

Me adelanté varios pasos más. Todo estaba en silencio. Eso solo empeoraba las cosas. Di otro paso. Y entonces vi el rastro, iluminado por el brillo de la espada. Casi parecía negro, pero no lo era. Era morado, y lo reconocí al instante.

¿Eso era el monstruo? ¿Un mero rastro de malicia? No tenía ni idea de cómo había acabado allí, pero eso no era importante ahora. Miré a Yunobo, y estaba a punto de decirle que se acercara cuando escuché otro siseo. Y casi no alcé la espada a tiempo.

La malicia saltó del suelo. Saltó por sí sola. Y atacó. Me protegí con la espada, y la sustancia chocó contra la hoja y se quemó al instante. Yunobo, a mi espalda, dejó escapar un grito, pero apenas lo escuché, porque más malicia intentó echárseme encima.

Se alzó del suelo hasta colocarse a mi altura, brillante y espesa, y volvió a abalanzarse sobre mí. La Espada Maestra chocó contra ella antes de que llegara, sin embargo. Pero el monstruo volvió a alzarse, y comprendí que tenía una reserva infinita.

Cortaba una y otra vez, pero no funcionaba. Siempre había más. Siseaba, y luego intentaba atacarme con el mismo truco. La Espada Maestra descendía en un arco y la malicia desaparecía. Pero entonces brotaba de nuevo. Y cada vez iba más rápido.

Tenía que encontrar el lugar del que provenía toda aquella malicia. Pero primero tendría que pasar por encima del monstruo, que intentó rozarme de nuevo. Un solo roce provocaría horribles quemaduras, lo sabía por experiencia. Me aparté de un salto y luego cercené la cabeza de la criatura. Acerqué la Espada Maestra al cuerpo, que comenzó a humear con un siseo. Eso me daría un poco de tiempo antes de que la malicia se regenerara.

Miré hacia atrás y vi que Yunobo había hecho aparecer su escudo. Era parecido a lo que Zelda hacía con su luz. Lo protegería, aunque no sabía cuánto aguantaría. Esperaba que lo suficiente. Por el momento estaba a salvo, al menos.

Esquivé la malicia y seguí el rastro. Me guiaba por la luz de la Espada Maestra. Y también por su voz. Sus palabras se hacían más claras poco a poco, así que supe que estaba cerca.

Esquivé la malicia que abalanzaba en mi dirección. Era cierto que cambiaba de forma; ahora los rastros que había encontrado se habían juntado, y se dividan en tres enormes tentáculos. Quemé uno, aunque al instante apareció otro nuevo en su lugar. Pero no me entretuve en seguir lanzando estocadas inútiles.

La mina no debía ser muy grande, porque ya me encontraba justo al final. Allí había una gran acumulación de malicia, más de la que había visto en Vah Ruta. Estaba muy cerca. De pronto, el espíritu de la espada gritó. Me di la vuelta y conseguí apartarme justo a tiempo. La malicia solo me rozó la pierna. Aun así, el dolor fue inmediato. Me obligué a ignorarlo e hice desaparecer el tentáculo de malicia que se había acercado.

Estaba a punto de ir hacia el cúmulo de malicia cuando escuché un grito de auxilio. La tierra tembló bajo mis pies, y apenas conseguí mantener el equilibrio. Una vez hubo pasado, vi a Yunobo rodeado por la malicia. Los tentáculos se alzaban a su alrededor, pero su escudo repelía todos los ataques. Hasta que dejó de hacerlo.

Todos los poderes tenían un límite, al parecer. Aquel no era una excepción. Escuché otro grito, aunque esa vez fue de dolor, y contemplé como el monstruo acertaba de lleno en su cuerpo. Corrí de vuelta hacia él, pese a saber que no conseguiría nada a menos que quemara el montón de malicia al final de la mina.

Acabé con dos tentáculos con una sola estocada. Mientras se regeneraban con lentitud, humeantes, comprobé el estado de Yunobo. Se había desplomado en el suelo, y la malicia le brotaba del pecho. No pintaba bien. Sin embargo, aún respiraba. Eso era buena señal.

—¿Yunobo? —dije en voz alta, solo por si acaso.

—No te preocupes por... por mí —farfulló él con esfuerzo.

Fui a decir algo, pero justo entonces tuve que esquivar otro tentáculo de malicia. No creía que Yunobo fuera a aguantar mucho más en aquel estado. Tenía que darme prisa.

Acabé de nuevo con el tentáculo de malicia y me apresuré a ir hasta el fondo de la mina. El dolor en la pierna era cada vez más intenso, pero me dije que me encargaría de eso más tarde. En cuanto terminara con aquel monstruo.

La malicia cambió de forma, tal y como habían descrito los goron. Se alzó sobre las rocas y formó una pared, protegiendo el lugar del que provenía todo aquello. Maldije para mis adentros y acerqué la hoja a la sustancia. Ardió, pero más brotó poco después para ocupar el hueco. Aquello sería inútil, y contaba con poco tiempo.

Busqué un punto mal defendido, pero fue en vano. Miré hacia atrás para asegurarme de que Yunobo siguiera respirando, pero era imposible saberlo desde aquella distancia.

Cargué contra la sólida pared de malicia con todas mis fuerzas. Nada surtía efecto. Me detuve por un instante. Tenía que pensar. Siempre había algo. Tenía que haberlo.

Sentí el poder de la espada removerse bajo mi mano. El espíritu ya no gritaba. Ahora susurraba. Y no comprendía sus palabras, pero transmitían calma. Con esfuerzo, logré entender uno de sus susurros. Y obedecí; dejé que me guiara. Tampoco tenía otra opción.

Alcé la espada un poco más, siguiendo sus órdenes. Aferré la empuñadura con fuerza. El poder cosquilleaba bajo mis dedos. Y el brillo comenzó a hacerse más fuerte. Tanto que llegó un punto en que solo podía ver la luz blanca. No era cegadora. No para mí. No lo había sido el día en que el Cataclismo fue derrotado, y tampoco lo era ahora. El poder se acumuló poco a poco. Escuchaba como la malicia siseaba muy cerca de donde yo estaba, pero nunca llegó a hacerme daño. Chocaba contra la espada y su luz.

Cuando el poder fue tal que me costaba mantenerlo controlado, presté atención a los susurros del espíritu. Y, obedeciendo sus órdenes de nuevo, acerqué la hoja a la malicia y lo dejé salir. Escuché un estallido, y luego la luz se hizo cegadora de verdad. Sentí que la fuerza del impacto me empujaba hacia atrás y, cuando me atreví a abrir los ojos de nuevo, estaba a unos pocos pasos del lugar donde antes se había encontrado la malicia. Ahora solo quedaba un débil rastro de humo. El resto había desaparecido. Incluidos los rastros más cercanos a la entrada.

El espíritu ya no susurraba. Se había sumido en el silencio de nuevo. Supuse que necesitaría recobrar fuerzas. Ahora que el brillo se había apagado, todo estaba a oscuras otra vez. Envainé la espada y corrí por las minas en dirección opuesta, hacia la salida, a ciegas y cojeando.

Comprobé que Yunobo respiraba. Su herida tenía mala pinta. Aunque tampoco era exactamente una herida; rastros de malicia habían quedado enterrados en su cuerpo. Y él debía estar sintiendo dolor, porque sollozaba y gemía.

—¿Lo has matado? —murmuró de pronto.

—Sí —respondí—. ¿Puedes andar? —Emitió un sonido agudo como respuesta—. No lo digas. Tendré que sacarte de aquí de otra forma.

Cogí uno de sus brazos y me lo pasé sobre los hombros. Me arrepentí al instante. Era demasiado pesado. Ni siquiera podía cargar con su brazo. Lo intenté de nuevo, pero acabé en el suelo de golpe, sin haberlo movido ni un ápice. Y estaba seguro de que solo le había proporcionado más dolor.

Maldije en voz baja y lo dejé donde estaba. Tendría que buscar ayuda. Le dije que volvería enseguida y avancé hasta la salida.

Pero eso también estaba bloqueado.

Comprendí entonces qué había sido el temblor que había percibido antes. Hubo un derrumbamiento, y el paso había quedado completamente inaccesible por culpa de las rocas. Intenté mantener la calma. Me abalancé sobre las piedras. Sentía el calor incluso bajo los efectos del elixir. Eran duras, y el impacto dolió. Estaba seguro de que tendría magulladuras nuevas en el hombro después de eso.

Traté de mover las rocas de mil maneras diferentes, pero fue en vano. Y la Espada Maestra tampoco serviría de mucho, porque aún seguía recuperándose de su estallido de poder y su luz se había apagado. No había más malicia cerca. Su poder no me asistiría de la misma forma.

Volví con Yunobo, frustrado. Él se estremecía, aunque no hacía frío. Rebusqué en la bolsa que había traído conmigo. Allí solo había vendas y un ungüento, además de los elixires. No creía que nada de eso sirviera de mucho. Saqué el pellejo de agua y vertí un poco sobre los restos de malicia de su cuerpo. Sin embargo, eso no tuvo el efecto deseado. La sustancia comenzó a dejar débiles rastros de humo en el aire, y el dolor pareció hacerse más intenso. Me detuve al instante.

—¿Te he hecho mucho daño?

Él solo negó con la cabeza. Maldije en voz bien alta y tomé asiento a su lado.

—Estamos atrapados aquí, ¿lo sabías? —Él solo gimió de dolor a modo de respuesta—. Hay rocas tapando la salida. Si tienes alguna idea...

—Yo podría... podría...

—No creo que ahora puedas destruir todo eso. Ni siquiera puedes ponerte en pie.

Sollozó como un niño pequeño. Saqué algo algo de madera y, nada más tocar el suelo, ardió de golpe. La llama solo proporcionaba más calor, pero tenía que haber algo de iluminación cerca.

—Tu espada —musitó—. Ya... ¿ya no brilla?

—No.

Él no dijo nada más. Volvió a sollozar, y no quise seguir empeorando las cosas.

Eso era justo lo que había temido que sucediera. No debería haberlo dejado acompañarme en primer lugar. Nunca. Ahora podría morir. Y sería culpa mía.

O podríamos morir ambos, en una mina con la salida bloqueada. No había traído comida. Solo agua y elixires. Así que, probablemente, moriría de hambre. O ardería vivo por haberme quedado sin elixires. Fuera como fuese, mi plan nunca había sido morir de ninguna de las dos formas. Había tenido una muerte antinatural una vez. Si tenía que irme de verdad, quería que fuese de viejo. Por ser un anciano que apenas podía moverse.

Zelda iba a matarme, de todas formas. Tanto si salía de ahí como si no lo hacía. Me perseguiría por toda la eternidad y me recordaría lo imprudente que había sido. Y yo no me quejaría, porque me lo merecía.

—¿Por qué querías venir conmigo? —le pregunté a Yunobo. Sabía que él no estaba lo suficientemente lúcido para responder, pero quizá solo así me dijera la verdad.

Él se tomó su tiempo para responder.

—Alguien tenía que... que llevarte a las minas.

—Sabes que no es por eso. Luego entraste aquí conmigo.

Lo escuché sollozar, aunque en esa ocasión no fue debido al dolor.

—Soy un... un cobarde. Y tú eres siempre tan valiente... Pensé que..., si te acompañaba..., tal vez...

Se me escapó un bufido, y él no dijo nada más. Aquello era lo más estúpido que había oído en días. Quizá semanas.

—No eres un cobarde —le dije.

—Sí lo soy.

—A mí no me lo pareces. —Hice una pausa—. Hay que ser valiente para decir que eres un cobarde —añadí mientras me encogía de hombros.

Se le escapó un sonido parecido a una carcajada.

—¿Tú lo has dicho alguna vez?

—Lo he pensado. Pero nunca lo he dicho.

Ninguno habló por un momento.

—Ni siquiera he intentado defenderme... antes.

—No te habría servido de nada —repuse.

—Pero... al menos lo habría intentado.

Suspiré y me acomodé contra la pared de la roca. Era dura e incómoda, sin importar en qué posición estuviera.

—No eres un cobarde —dije al final—. Solo tienes que aprender a defenderte.

—Lo he intentado, pero soy demasiado torpe.

Fruncí el ceño.

—Entonces yo mismo me encargaré de enseñarte.

Percibí movimientos bruscos, y Yunobo tosió y sollozó de nuevo.

—¿Cómo vas a hacer eso?

Me encogí de hombros.

—Zelda no se irá en una semana, al menos. Tenemos tiempo.

Guardó silencio. Sabía que quizá no podría enseñarle nada. Tal vez él no sobreviviera o nunca saliéramos de allí. Pero hablar parecía ayudarlo a sobrellevar el dolor, así que pensaba seguir.

Mientras él reflexionaba, saqué algo de ungüento y lo apliqué sobre mi quemadura. No era muy grave, pero dolía. Había sido provocada por la malicia, al fin y al cabo. Tenía que doler.

—No conseguirías nada —dijo Yunobo por fin, abatido—. Soy muy torpe, ya lo sabes.

—¿Sabes lo torpe que era yo al principio? Ni siquiera podía coger bien una espada.

—¿Cuántos años tenías tú cuando aprendiste?

Suspiré, rindiéndome.

—Cuatro. Creo. Pero me llevó muchos años aprender.

—Eso lo dices para hacerme sentir mejor. —Tosió—. No... te llevó tanto tiempo.

Resoplé.

—Si piensas así no conseguirás muchas mejoras, ¿lo sabías? Yo no lo conseguí.

Él no respondió, y yo continué aplicando ungüento en la quemadura. Luego la vendé con cuidado. Saqué otro frasco de la bolsa y me tomé un elixir.

Las horas pasaron con lentitud. O al menos a mí me parecían horas. Ya había perdido la noción del tiempo. Ninguna luz se colaba por allí, y tampoco nos llegaba ningún sonido del exterior. En ocasiones comprobaba el estado de Yunobo con disimulo. Él no decía una palabra, aunque respiraba. Eso era una buena señal.

Me pregunté cómo demonios nos habíamos quedado encerrados allí. No había tantas rocas fuera para provocar un desprendimiento tan grave. ¿Alguien lo había hecho a propósito? No veía a los goron haciéndolo. ¿Por qué nos dejarían allí, de todas formas? Que yo supiera, Zelda y yo no habíamos hecho nada malo.

Y la malicia tampoco podría haber llegado ahí sola. ¿Y si la misma persona había llevado a cabo todo aquello? Tal vez querían deshacerse de mí. O de Yunobo. Recordé las sombras que Zelda había estado viendo y tuve que reprimir un escalofrío. Quizás, ahora que yo no estaba, intentarían ir a por ella.

Recé una oración silenciosa a las Diosas por que estuviera equivocado. Por que me mataran a mí, si era necesario, pero no a ella. Nunca a ella.

Las horas pasaron lentamente. Ni Yunobo ni yo volvimos a hablar. De vez en cuando revisaba que siguiera respirando. La malicia no se había movido de su sitio, y ya podía sentir como la espada reaccionaba débilmente ante la energía. Debía haber pasado mucho tiempo para que consiguiera recobrar aquella parte de su poder. Incluso parecía que la malicia estaba extendiéndose. Al instante me obligué a pensar que eran solo imaginaciones mías. Tenían que serlo.

La quemadura tampoco mejoró mucho. Apliqué un poco más de ungüento al cabo de unas pocas horas —o lo que suponía que habían sido unas pocas horas— para intentar curarla. Zelda me mataría. Había prometido regresar sin un solo rasguño. Y ella se acordaba de todos esos detalles.

También tenía hambre. Me tomaba los elixires cuando el calor era demasiado intenso. Yunobo al menos podía comer rocas. Contemplé la posibilidad por un instante, aunque acabé arrepintiéndome. A Zelda no le gustaría oír que había comido rocas. Y probablemente no volvería a besarme nunca más si se enterara. También tenía sed, pero eso era más fácil de controlar. Contaba con el pellejo de agua, aunque intentaba medir las cantidades que bebía. No había ninguna otra fuente de agua en la mina.

Al cabo de unas pocas horas, me disponía a revisar el estado de Yunobo cuando escuché golpes procedentes del exterior. Contuve la respiración mientras escuchaba. No podía distinguir voces, aunque los golpes parecían seguir un ritmo.

—¿Lo oyes? —le susurré a Yunobo.

—¿Qué es? —replicó con un hilo de voz.

Fui a responder, pero entonces la tierra tembló, y me aferré a la empuñadura de la espada con fuerza. Estaba poniéndome en pie cuando otra sacudida violenta me hizo caer al suelo de nuevo. Una luz me cegó. Yunobo gritó a mi lado.

Me protegí como pude. Esperaba que ninguna roca chocara contra nosotros. Me apoyé en la pared para mantener el equilibrio. Hasta que todo dejó de temblar de pronto. Abrí los ojos, y una nueva luz me cegó. La luz del sol. Conseguí ponerme en pie por fin.

—¿Link?

Aquella voz era familiar. Tanto que la reconocí al instante. Sentí alivio de repente. Fui hacia Zelda con paso rápido, sin importar el dolor de la quemadura, y ella pareció tan aliviada como yo. Quizá incluso más.

—Menos mal que estás bien —dijo cuando me acerqué—. Nos dijeron que hubo un derrumbamiento y que os habíais quedado encerrados ahí dentro con el monstruo.

Me di cuenta de que estaba temblando. E incluso parecía más pálida de lo normal.

—¿Tú has hecho lo de antes? —le pregunté, incrédulo—. ¿Tú abriste la mina?

Vi que sus mejillas enrojecían.

—Bueno, nadie sabía qué hacer. Las rocas eran tan pesadas que ni siquiera los goron podían moverlas. ¡Los goron! Imagínate cuánto pesaban. Así que me ofrecí a ayudar.

—Entonces fuiste tú.

Ella solo asintió.

—Todos los goron han vuelto a la ciudad, así que nadie me ha visto.

Eso nos ahorraría problemas y preguntas difíciles de contestar. Las minas estaban vacías. Y ya estaba anocheciendo, además.

—¿Y tú? ¿Has acabado con ese monstruo?

—Sí. —Esperó por más detalles, pero no se los di. Sería mejor hablar de eso en otro momento. Me miró, impaciente, aunque en esa ocasión no cedí—. Te lo contaré luego. Necesito que me ayudes.

La llevé al interior de la mina y le expliqué el estado de Yunobo. Él había empeorado. Aquello me preocupaba. Si moría, cargaría con otro peso sobre los hombros.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó Zelda al ver a Yunobo. Se arrodilló frente a él—. Diosas, ¿qué es eso?

—Malicia —respondí—. El monstruo estaba hecho de eso. Lo atacó y acertó.

Ella maldijo en voz baja con una de mis palabras favoritas.

—¿Un monstruo hecho de malicia?

—Sí.

—Tiene mala pinta —murmuró, para que solo yo la escuchara.

—¿No puedes hacer nada?

Me miró, incrédula.

—¿Qué puedo hacer yo, Link? No soy curandera.

Suspiré, y Yunobo gimoteó de dolor. No entendía por qué hablábamos tan bajo. Estaba seguro de que él no nos estaba escuchando.

—Pensé que... Como en la Bestia Divina tocaste la malicia y desapareció, podrías hacer lo mismo ahora.

Abrió la boca. Pensaba que era un idea estúpida; sus ojos eran fáciles de leer en ocasiones. Me preparé para escuchar cien argumentos en mi contra, pero nunca llegaron. En cambio, ella volvió a cerrar la boca y me contempló, pensativa.

—¿Por qué no lo has hecho tú con la Espada Maestra?

—Tendría que clavarle la espada dentro, Zelda —mascullé—. Aunque la malicia desapareciera, no creo que él sobreviva.

—Oh. Cierto.

Ninguno dijo nada por unos breves instantes. Entonces ella inspiró hondo.

—Voy a intentarlo.

Abrí mucho los ojos.

—¿De verdad?

Se limitó a asentir. Se acomodó en el suelo de piedra, más cerca de Yunobo, y abrió y cerró las manos con nerviosismo.

—Si esto se descontrola, haz que pare. Me da igual cómo.

—No pienso hacerte...

—Lo sabía —suspiró ella—. Tú solo... No dejes que me pase, ¿vale? No sé hasta dónde puede llegar.

Asentí, vacilante, aún no muy seguro de lo que quería decir. A Zelda debió parecerle suficiente, porque tomó aire y se concentró en Yunobo. Cerró los ojos. El silencio era tal que estaba seguro de que todos oirían los latidos de mi propio corazón. Cuando colocó las manos sobre la malicia y comenzó a brillar, retrocedí unos cuantos pasos, por si acaso.

Escuché un siseo, y vi que la malicia desaparecía poco a poco. Se esfumaba en el aire de la mina, como nubes de humo. Cuando terminó y no quedaba ni rastro de la malicia, su luz se apagó por fin. Advertí que se tambaleaba, así que me apresuré a ayudarla antes de que se hiciera daño contra el suelo. Ella temblaba y estaba fría y pálida. Su respiración era irregular.

—Lo has curado —dije mientras examinaba a Yunobo.

—¿De verdad? —murmuró ella con un hilo de voz.

Asentí y la oí suspirar.

—No usaba tanto poder desde que acabamos con el Cataclismo.

—¿Y eso es malo?

—No lo sé.

Examiné de nuevo a Yunobo.

—Tenemos que volver —le dije—. ¿Puedes andar?

Soltó un suspiro que bien podría haber sido un gruñido y se separó de mí despacio. Se tambaleó un poco, pero logró mantener el equilibrio sin ayuda.

—¿Estás bien? —le pregunté a Yunobo.

Él solo murmuró algo incomprensible como respuesta.

—Tenemos que volver a la ciudad —le dije.

Él frunció el ceño.

—¿Cómo? La salida estaba...

—Zelda ha conseguido abrirla.

—¿Ella sola? ¿Sin ayuda?

—Sí —mascullé, molesto. Tenía prisa por irme de allí.

—¿Cómo?

—Es más fuerte de lo que crees. Pero tenemos que irnos ya.

Él parecía impresionado, y miró a Zelda con un renovado respeto. Entre los dos, con esfuerzo, conseguimos que se pusiera en pie. El exterior de las minas estaba desierto. Ya casi anochecía, y el sol estaba desapareciendo. Apreté un poco el paso. Tampoco podía ir muy rápido porque cargábamos con Yunobo, pero no me gustaba la idea de que se hiciera de noche sin haber llegado a la ciudad.

Mientras recorríamos el camino, nadie dijo nada. Zelda todavía estaba pálida y respiraba entrecortadamente, y Yunobo no estaba en condiciones de hablar. La quemadura de la pierna me dolía. Era extraño que Zelda no se hubiera dado cuenta de las vendas todavía. O de que cojeaba un poco. Intenté pensar en otra cosa que no fuera el dolor. Había echado de menos el aire puro del exterior, pese a que solo había estado en las minas unas cuantas horas. Y, aunque la brisa de Eldin fuera cálida y oliera a carne chamuscada, era mejor que nada.

Cuando llegamos a la Ciudad Goron, era casi noche cerrada. Gorobu se apresuró a recibirnos. Parecía aliviado y preocupado a la vez. Nos preguntó qué le había pasado a Yunobo y si habíamos acabado con el monstruo. Las explicaciones fueron cortas y escuetas, porque Zelda se tambaleaba a mi lado y no había nada que me apeteciera más que regresar a la posada, cuidar de ella y dormir hasta muy tarde. Él pareció darse cuenta, porque tras hacer unas pocas preguntas más, asintió y nos dejó marchar. Yunobo se quedó con él, y desde lejos vi como se lo llevaba al interior de la casa.

Una vez estuvimos en nuestra habitación de la posada, Zelda se desplomó en la cama. Era dura, casi tanto como el suelo, así que hice una mueca mientras esperaba a oír sus quejidos de dolor. Pero ella no emitió ningún sonido. Solo suspiró y se movió un poco para poder mirarme.

—¿Cómo era el monstruo? —me preguntó.

Me senté a su lado tras sacudirme la ceniza y el polvo de las ropas. El dueño de la posta nos había dejado otro elixir con sabor especialmente horrible, así que no tendría que preocuparme de arder vivo durante la noche.

—Estaba hecho de malicia —respondí—. Y podía moverse. Había mucha malicia ahí dentro.

Ella frunció el ceño, pensativa.

—Pensé que quedaría un poco. Solo en las Bestias Divinas.

—Creo que alguien soltó ese monstruo ahí.

Su ceño se frunció un poco más.

—Eso es imposible —replicó, aunque no parecía muy convencida.

—Piénsalo bien. ¿Por qué había malicia allí?

Guardó silencio por un rato. Me sorprendió que no lo negara en rotundo inmediatamente después de habérselo dicho. Al final suspiró y cerró los ojos.

—Ahora no puedo pensarlo bien —murmuró.

Sonreí y me acomodé como pude a su lado. Ella me hizo un hueco.

—Tardaron tanto en sacaros de ahí porque no me dejaban acercarme —me dijo—. Insistí mucho, te lo prometo.

—Has encontrado nuevas víctimas mientras yo no estaba —reí, y ella me asestó un puñetazo.

—Cállate. Ni siquiera me has dado las gracias por haberte sacado de esa cueva.

La envolví entre mis brazos.

—Gracias —le susurré al oído—. Por salvarme otra vez.

Vi que sonreía.

—Al menos has vuelto entero. Sin un solo rasguño. —Hizo una pausa—. ¿Verdad?