ZELDA

—No es nada —protestó él—. Ni siquiera me duele.

Lo fulminé con la mirada mientras desenrollaba las vendas, y Link cerró la boca de golpe. Examiné la quemadura con cuidado, pese a lo mucho que me apetecía abofetearlo por ser tan imprudente. No era grave, pero aun así no me hacía ninguna gracia. Recordaba haberlo visto cojear mientras regresábamos a las minas, pero había creído que se debía al cansancio y al peso del goron herido sobre sus hombros.

—Ibas a ocultármelo —dije con tono acusatorio mientras aplicaba algo de ungüento.

—Eso no es verdad.

—¿Ah, no? ¿Por qué no me lo dijiste cuando llegamos?

Abrió la boca para responder, pero tras unos instantes pareció desistir y se dejó caer sobre la cama con un gruñido.

—Es una tontería —le oí murmurar.

Solté un bufido.

—Si te clavaran una espada en las entrañas dirías lo mismo.

Escuché una risita. Lo contemplé, muy seria, y Link volvió a guardar silencio. Aparté las viejas vendas que él mismo se había puesto.

—Mira cómo te pones por una estúpida...

Enrollé las vendas con más fuerza de la necesaria, y lo que quiera que había estado a punto de decir fue interrumpido por un gruñido.

—Pensaba que no querías que me hiciera daño —masculló.

—Menos mal que uno de los dos está lo suficientemente cuerdo —repuse mientras anudaba de nuevo las vendas, aunque en esa ocasión lo hice con un poco más de delicadeza.

—No hace falta vendar una maldita quemadura.

—Deja de quejarte.

Escuché otro gruñido, pero no volvió a hablar. Se limitó a clavar la vista en el techo de piedra mientras yo terminaba.

—¿Te has hecho daño en algún otro sitio?

Link solo negó con la cabeza. Al instante supe que estaba mintiendo. A mí no podía engañarme, por mucho que quisiera.

—¿De verdad?

—Sí.

Sonreí y tiré de él para que se sentara sobre la cama. Obedeció a regañadientes y luego me miró, expectante.

—Si tú no me lo dices, tendré que hacerlo por las malas.

Frunció el ceño, pero no intentó protestar. Me encogí de hombros. Empecé dándole golpecitos en las costillas, por si se había roto alguna. Link ni siquiera se movió. Tampoco se había torcido ningún tobillo ni se había hecho daño en la cabeza. Sin embargo, cuando rocé su brazo, él se quejó y se apartó al instante. Se quitó la túnica de mala gana y descubrí que tenía el brazo lleno de magulladuras. Era como si se hubiera metido en una pelea de ladrones, de las que solía haber en la Ciudadela hacía cien años.

—¿Cómo demonios te has hecho esto?

—Alguien tenía que intentar mover esas rocas —contestó, encogiéndose de hombros.

Negué con la cabeza, incrédula.

—Esas rocas eran cien veces más pesadas que tú —le dije—. Estoy segura de que sabías que no conseguirías nada cargando contra ellas como un maldito centaleón enfurecido.

Él suspiró con la vista clavada en el suelo y, para mi sorpresa, acabó asintiendo. Sentí una pizca de remordimiento entonces. Estaba siendo demasiado dura con él. Y eso era lo último que alguien como Link necesitaba. Mucha gente había sido dura con él desde que no era más que un niño, y yo lo sabía mejor que nadie. Lo peor era que llevaba todo el día comportándome como una madre preocupada por su hijo inmaduro. Sin embargo, de vez en cuando le venía bien oír cosas como aquella. No cambiaría nada; estaba en su naturaleza lanzarse al peligro sin pensar en las consecuencias. Pero quizá, con el tiempo, mejoraría.

Cogí su mano, y él alzó la vista, sorprendido.

—¿Sabes qué? Aun así, creo que sigues siendo valiente.

—No me lo creo —bufó.

—Pues no te lo creas. —Tracé una de las cicatrices cercanas a su pecho con cuidado—. Pero es la verdad. Sé que no es fácil acabar contigo, Linky. El problema es que no me gusta que he hagas daño.

—Las heridas se curan. Preocuparse tanto por eso es una tontería.

Se me escapó una carcajada.

—Tú no puedes hablar. ¿Recuerdas cuando estabas enseñándome a tirar con el arco? Cuando me salieron los primeros callos, te comportabas como si estuviera desangrándome en medio del jardín.

Vi que enrojecía.

—No exageres.

—¿Que no exagere? —reí—. La próxima vez que me haga daño sin querer, te lo recordaré.

Frunció el ceño.

—Intenta no hacerte daño.

—No empieces tú también —le dije con otra risita.

El fantasma de una sonrisa cruzó su rostro. Volvió a ponerse la túnica y luego se dejó caer sobre la cama con un bostezo. Gruñó algo mientras movía el brazo y, cuando me tendí a su lado, se volvió para mirarme. Pasé la mano por su brazo magullado con lentitud. Vi que hacía una mueca, así que me aparté al instante.

—Te daría algo frío para eso, pero no creo que sirva de mucho aquí.

Suspiró, frustrado.

—Odio este lugar.

—Lo sé —reí, a pesar de todo—. Intentaré terminar lo más pronto posible, te lo prometo.

Me acerqué y le di un beso en los labios. Él cerró los ojos, así que yo también lo hice. Me pegué un poco más, tanto que mis rodillas chocaron contra las suyas y pude sentir los latidos de su corazón bajo la palma de mi mano. Cuando me separé, estaba sonriendo.

—Ahora no podré dormir por tu culpa —me dijo.

Sentí que mis mejillas empezaban a arder.

—¿Por qué?

—Porque estaré pensando en ti —susurró—. En esto. —Rozó mis labios con un dedo y por un instante me quedé sin respiración.

Seguía sonriendo, el muy descarado. Lo único que quería era verme enrojecer como la jovencita enamorada que realmente era.

—Deja de decir tonterías —mascullé, y tuve que apartar la vista.

Lo escuché reír, y eso solo empeoró las cosas.

—No te enfades, Calabacita.

—No me llames así.

—¿Qué tal Zel? ¿Zelly?

—Ni se te ocurra.

—Lo siento, amor mío.

Se me escapó una carcajada.

—No estarías diciendo estas idioteces si estuvieras en plenas facultades.

Se me quedó mirando por un largo rato. Empecé a preocuparme. ¿Tenía algo en la cara? Quizás aún me quedaba algo de ceniza en el pelo. Lo revisé con una mano, pero no encontré nada.

—¿Sabes una cosa, Zelly? —dijo de pronto, tanto que me sobresalté.

—¿Qué?

—Cuando acabes de hablar con los goron, te llevaré a las fuentes termales.

—Nunca he estado allí.

Él sonrió.

—El agua te curará las manos —murmuró mientras buscaba mis manos y rozaba cada uno de mis callos—. Y te sentirás como nueva, ya lo verás. Incluso dormirás del tirón esa noche.

Sonreí también.

—Suena bien.

—Lo sé.

Ninguno dijo nada más. Él se durmió inmediatamente después de haberse puesto cómodo junto a mí. Quise seguir su ejemplo, pero era incapaz de cerrar los ojos. Y lo cierto era que estaba agotada; no usaba tanto poder desde la derrota del Cataclismo, y ni siquiera podía controlarlo del todo. En las minas, había estado a punto de acabar con la caverna de al lado también. Por algún milagro de las Diosas, no había sufrido ningún daño. Por extraño que pareciera, sacar la malicia del cuerpo del goron, Yunobo, había sido más fácil que apartar rocas tan pesadas que ni siquiera un goron había podido moverlas de su sitio.

Al día siguiente tendría que hablar con el líder goron otra vez. Me había pasado gran parte del día pensando en posibles acuerdos satisfactorios para ambas partes. Esperaba poder convencerlos de que colaboraran con nosotros sin esperar nada a cambio, al menos al principio. Sabía que no era justo, pero no teníamos rupias. Los zora habían prometido ayudar con los fondos, pero no tenía ni idea de cuándo llegaría eso. Probablemente tendría que mandarles una carta para avisarlos.

Contuve un suspiro para no molestar a Link. Ni siquiera había empezado a reconstruir, y ya tenía tantas cosas que hacer apenas tenía tiempo para nada más. Y eso que había prometido tomármelo con calma. Me lo merecía después de haber pasado el último siglo encerrada con un monstruo. Y tampoco quería ir arrastrando a Link de un lado a otro. Él también se merecía algo de paz.

Me apetecía ir a las fuentes termales. Había oído maravillas sobre ellas, aunque nunca había tenido la oportunidad de nadar en una. A mí nunca se me habría ocurrido acercarme. Otra de las cosas que tenía que agradecerle a Link.

Le aparté el pelo del rostro con cuidado. Mis dedos se encontraron con la cicatriz que el Cataclismo le había dejado en la frente hacía unas cuantas lunas. Tantas cosas había sucedido desde entonces... Y él no se había separado de mí en ningún momento. Caí en la cuenta de lo mucho que debía quererme.

Por extraño que pareciera, yo nunca había pensado cuánto lo quería a él. Ni siquiera me lo había preguntado. Pero la respuesta llegó con facilidad.

No lo reprendía porque odiara verlo herido. Lo reprendía porque no quería volver a verlo muerto. No quería tener que enterrarlo, esa vez para siempre, y sentirme sola por el resto de mis días. No recordaba mucho de los primeros días tras salir del castillo, en Kakariko, pero sí recordaba el dolor. Nunca se iba. Cada vez que reunía las fuerzas suficientes para abrir los ojos, lo sentía. Y había creído que estaba a punto de morir. Que no sería capaz de soportar el cambio. Quizá había muerto cuando el Cataclismo me engulló. O tal vez había muerto mientras sostenía el cuerpo sin vida de Link entre mis brazos, no lo sabía. El poder sagrado me había mantenido viva durante el último siglo, o al menos lo suficientemente viva para contener al monstruo. Sin embargo, después de que todo acabara, eso también me había abandonado, de modo que sufriría una muerte lenta y dolorosa.

Durante aquellos días, había estado tan convencida de que me estaba muriendo que recordaba haberles dado las gracias a las Diosas por haberme permitido ver Hyrule una última vez. Por que mi último recuerdo fuera cálido, de alegría y alivio.

Hasta que un día había abierto los ojos y lo había visto a mi lado. Tenía magulladuras y moretones y vendas, pero seguía siendo Link. Y había cogido mi mano y me había dicho que me pondría bien, que no volvería a marcharse. Y, si él no iba a abandonarme, yo tampoco tenía ningún derecho a abandonarlo.

Me sequé una lágrima y le di un beso en la frente, cerca de la cicatriz. Lo quería mucho, al parecer. No me importaría pasar el resto de mis días en un establo maloliente. Si lo tenía a él a mi lado, sería mejor que cualquier castillo. Solo esperaba que Link también lo supiera.

Al día siguiente, ya habían pasado varias horas desde el amanecer cuando abrí los ojos. Link no estaba a mi lado, pero sus cosas seguían donde las había dejado la noche anterior. Escuché música de pronto y fruncí el ceño. También oí voces, pero eso provenía del interior de la posada. Me puse en pie, y al instante me arrepentí. Los efectos del elixir debían estar desapareciendo, porque el suelo ya estaba casi ardiendo bajo mis pies.

Corrí por la habitación de puntillas y saqué otro frasquito de la bolsa. Una vez sentí que el calor disminuía, me asomé al umbral de la habitación con sigilo. Vi a Link hablando con el dueño de la posada. Intenté entender lo que decían, pero hablaban en susurros, así que solo podía distinguir murmullos incomprensibles. Cuando terminó la conversación y Link se dio la vuelta para regresar, vi que tenía el ceño fruncido.

Entró en la habitación como un torbellino.

—Hoy no pienso salir de aquí —anunció.

—Buenos días a ti también. He dormido bien, gracias.

Link suspiró, ignorándome, y luego metió una mano en su bolsa y sacó una maldita manzana. Se encerró en un silencio hosco mientras comía. Puse los ojos en blanco y tomé asiento a su lado. La música todavía se oía en el exterior.

—¿Qué te pasa? —le pregunté.

—Nada.

—¿Te duele la pierna?

—No.

Me obligué a mantener la calma. Solo tenía que hacer las preguntas adecuadas, nada más.

—¿Por qué no quieres salir de aquí hoy?

—Porque hay una fiesta.

Abrí mucho los ojos.

—¿Una fiesta? ¿Aquí?

Recordaba que Gorobu había dicho que, cuando Link regresara, se celebraría la derrota del Cataclismo y del monstruo.

—¿Qué tiene eso de malo? —quise saber. No lo había visto tan enfadado en Kakariko, cuando Impa quiso celebrar lo mismo.

Su ceño se frunció un poco más.

—No tiene nada de malo —dijo al final—. Pero no quiero ir. Dicen que estoy obligado a ir. Es peor que en la Región de los Zora.

—¿Y por qué no quieres ir?

—Harían preguntas —masculló—. Y no sé si puedo explicar cómo acabé con un monstruo que ni siquiera los goron pudieron destruir.

—¿Cómo crees que explicaré yo lo de las rocas?

Guardó silencio y dejó la manzana a un lado por un instante.

—Eso es todavía peor. Quedémonos aquí —me pidió—. Solo hablaríamos con el jefe.

Sonreí a medias.

—¿Y perderme una fiesta? Ni en sueños.

Link hizo una mueca.

—Me quedaré aquí solo. No pienso ir.

Solté un largo suspiro.

—Entonces, si el Héroe de Hyrule no quiere acompañarme, tendré que buscarme a alguien. Y yo que quería pedirle bailar... —Suspiré de nuevo—. Puede que algún goron me saque a bailar. Quién sabe.

La expresión de su rostro fue lo más gracioso que había visto en días. Tuve que contener la risa.

—No sé bailar —masculló.

—Me importa bastante poco. O, más bien, me importaba. Ahora que sé que no irás...

—Tú no bailarías con un goron.

—No lo digas tan alto, Linky.

Acabé arrastrándolo conmigo, y él cedió, como siempre. Y todo por bailar. Sabía que a los goron eso les importaba muy poco. Dudaba que sacaran a otros goron a bailar siquiera. Pero si el truco había funcionado con Link, no me quejaría.

—¿Qué hago si me preguntan por el monstruo? —me susurró mientras recorríamos la posada.

—Déjamelo a mí. Sé mentir mejor.

Él asintió e incluso pareció aliviado. Y todo por una tontería como aquella. Lo cierto era que no tenía ni idea de la explicación que daría, pero eso no me preocupaba demasiado. Los goron no pedirían muchos detalles. Era fácil convencerlos, según mi experiencia.

La música no sonaba tan bien cuando salimos de la posada. Había muchos goron fuera, más de los que había visto durante nuestra corta estancia en la ciudad. Ninguno bailaba. Tampoco hablaban entre ellos. Solo comían rocas y bebían de una enorme jarra, y reían y sonreían sin parar. Tres goron golpeaban unos extraños instrumentos de piedra que no había visto nunca. Ni siquiera estaba segura de si eran instrumentos de verdad. Pero parecían felices.

Hice una mueca. Aquella música me daría dolor de cabeza más tarde. Había oído verdaderos horrores cuando era princesa; siempre se decía que el rey solo invitaba a los mejores del reino para tocar en los bailes, pero no solía ser el caso.

—Si nos vamos ahora, nadie se dará cuenta —me susurró Link, pero decidí ignorarlo, pese a todo.

Tiré de su mano y lo arrastré por la ciudad. Algunos goron nos reconocieron —o, más bien, reconocieron a Link— y se acercaron para saludar. Sin embargo, nadie hizo preguntas.

Vi a Gorobu cerca de los goron que tocaban música. Él también debió vernos, porque nos hizo un gesto. Fui en su dirección mientras Link maldecía entre dientes a mi espalda.

—¿Los elixires nuevos funcionaron durante la noche? —nos preguntó.

—Ni siquiera sentí el calor —respondí yo, porque Link ya se había encerrado en un silencio sepulcral.

—Bien. Espero que os guste la fiesta. —Soltó una carcajada que debió retumbar por toda la ciudad—. Un goron siempre cumple sus promesas.

—Es una fiesta muy... divertida —dije mientras contemplaba nuestros alrededores—. ¿Cómo está Yunobo?

—Él está bien. Ha decidido tomarse el día para descansar. No suele hacer cosas tan peligrosas normalmente.

Forcé una sonrisa.

—Comprensible.

Por un instante, ninguno dijo nada.

—Me preguntaba si más tarde, cuando acabe la fiesta, querríais venir a casa para hablar de esos asuntos que mencionaste ayer —dijo Gorobu de pronto.

Me erguí de golpe.

—Oh. Claro. Por supuesto. Estaremos allí en cuanto la fiesta termine.

Gorobu asintió y sonrió.

—Pero ahora disfrutad de las celebraciones. Tú también, muchacho —añadió mientras le daba golpecitos en el hombro a Link, que aun así se mantuvo en silencio.

Sonreí una última vez y luego me llevé a Link de allí.

—No ha dicho nada —murmuró él.

Me aseguré de estar lo suficientemente lejos de Gorobu antes de decir:

—Preguntará más tarde. Deja de actuar como si estuvieran torturándote.

Él suspiró y gruñó algo que no pude ni quise entender.

Un goron se acercó de pronto y nos tendió dos jarras. Dijo algo, pero no pude entenderlo por encima del rugido de la música, y se marchó antes de que tuviera tiempo de pedirle que lo repitiera todo.

Link ya olisqueaba el contenido de la jarra. Fruncí el ceño y la examiné también. Parecía agua, pero era un poco más espeso.

Vi que él iba a dar un sorbo del líquido y me apresuré a detenerlo.

—Después tenemos que hablar con Gorobu —siseé.

—Tú tienes que hablar con Gorobu —repuso—. Yo no diré nada.

—No vas a ir ahí ebrio.

—No iré ebrio. Sé cuáles son mis límites.

Puse los ojos en blanco como respuesta, y él resopló.

—Eras tú quien quería venir. Déjame al menos asegurarme de que no es veneno.

Me crucé de brazos y observé como bebía. Al instante frunció el ceño y prorrumpió en toses. Esperaba que ningún goron estuviera mirando.

—¿Demasiado fuerte para ti? —le dije con una ceja alzada.

—No —farfulló—. Es como agua sucia.

Contuve la risa y esperé a que él se recuperara del todo. Tomé un sorbito de la bebida e hice una mueca. Ardía. Y sabía a agua sucia, tal y como Link había dicho.

Dejé mi jarra sobre una roca cercana con disimulo, y él se apresuró a hacer lo mismo.

—Vamos a bailar un rato —le susurré—. Luego podremos irnos.

Asintió en silencio. Tiré de su mano para alejarnos de las jarras y que nadie sospechara, y él trastabilló y se tambaleó un poco. Le dirigí una mala mirada. Solo había tomado un trago y ya estaba así. No quería ni imaginar lo que habría sucedido si se hubiera bebido la jarra entera.

La música no seguía ningún ritmo, así que nosotros marcamos el nuestro. No fue como en Kakariko, pese a lo mucho que me hubiera gustado que la situación fuese parecida. Link tropezaba y me pisaba, y yo hacía lo mismo, así que no me quejé ni una sola vez. La bebida que nos había dado el goron debía ser realmente fuerte, porque me reía más de lo normal. Tampoco estaba ebria, pero si no hubiera tomado un sorbo de aquello, quizá no me hubiera reído cuando Link me hizo girar y estuve a punto de perder el equilibrio y partirme la cabeza contra una roca.

Después de eso, Link tuvo más cuidado. Me sorprendía lo bien que estaba tolerando la bebida goron. Sus manos estaban alrededor de mi cintura, y su agarre era firme, como siempre. Incluso parecía estar divirtiéndose. Yo, sin ninguna duda, también estaba pasando un buen rato. Nunca lo admitiría en voz alta, pero me gustaba bailar con él. Solo habíamos bailado dos veces, pero el simple hecho de que no tuviera ni idea de baile y fuera tan torpe —tanto como yo, de hecho— lo hacía especial. Y luego estaban sus brazos, claro. Eran más fuertes de lo que podía parecer. Y me gustaba sentirlos a mi alrededor, aunque eso tampoco lo admitiría nunca en voz alta.

Link me hizo girar una vez más, y en esa ocasión conseguí mantener el equilibrio. Cuando regresé junto a él, se acercó y me susurró al oído:

—Necesito un elixir. —Hizo una pausa y luego añadió—: Creo que tomarme eso fue una mala idea.

Lo examiné, divertida. Parecía más pálido de lo normal. Sin embargo, decidí no burlarme por el momento y lo llevé hasta la posada. Una vez se hubo tomado otro elixir, fuimos de nuevo al exterior, aunque él no quiso acercarse al centro de la ciudad. Tomó asiento sobre una roca con un gruñido.

—Odio esa música —masculló mientras yo me sentaba a su lado—. ¿Por qué hace tanto calor?

—Porque estás al lado de un volcán. —Suspiré—. Y yo que pensaba que habías mejorado bebiendo estas cosas...

Gruñó de nuevo, pero se mantuvo en silencio, con la vista fija en el suelo.

—Es una pena —murmuré—. Bailar contigo no está tan mal, ¿sabes?

Me miró con el ceño fruncido.

—¿Cuánto has bebido?

Se me escapó una risita y le asesté un puñetazo en el brazo que no tenía magullado.

—Hablo en serio. Bailas muy mal. Como yo. Y eso me gusta.

Soltó algo parecido a una carcajada.

—Ni siquiera sé lo que estoy haciendo. ¿Cuántas veces te he pisado?

—Muchas. Pero no me duele. —Le mostré las botas—. Son de hierro.

Permanecimos allí hasta que la música empezó a morir. La fiesta terminó antes del atardecer. Cuando los goron dejaron de tocar, Link dio las gracias a las Diosas en voz bien alta, y tuve que contener la risa. Al parecer los goron dejaban de celebrar cuando se aburrían de la fiesta. Ni siquiera hubo una mención a nosotros. Y lo prefería así. Cuanta menos atención, mejor.

Después de comer rápidamente, nos dirigimos a la casa de Gorobu. En el centro de la ciudad solo quedaban unos pocos goron. Nos saludaron al pasar y yo les devolví el saludo.

—Déjamelo a mí, ya sabes —le susurré a Link antes de entrar en la cueva a la que Gorobu llamaba casa. Link asintió en silencio, y yo tomé aire y accedí al interior.

Gorobu estaba sentado sobre una piedra, frente a una roca que funcionaba como mesa. Al vernos llegar, nos recibió con una amplia sonrisa y nos invitó a sentarnos en otras dos piedras. La mía era incómoda, pero no emití una sola queja.

—Espero que hayáis disfrutado de las celebraciones —dijo, aún sonriendo.

—Por supuesto —respondí con una sonrisa forzada estampada en la cara—. Vuestro pueblo tiene una forma... interesante de celebrar.

Gorobu rio, y sus carcajadas hicieron temblar las paredes de la cueva a la que llamaba hogar. O al menos eso me pareció a mí.

—No solemos hacer muchos reconocimientos. Sé que los hylianos sí honráis a vuestros héroes con palabras. Nosotros no. Pero si queréis un reconocimiento...

—No —dijo Link de pronto—. Reconocimientos no.

Gorobu frunció un poco el ceño, y temí que Link hubiera sido demasiado brusco. Quizá lo había ofendido de alguna manera.

—¿Estáis seguros?

—Sí —me apresuré a responder, antes de que Link tuviera tiempo de abrir la boca siquiera—. No nos gusta ser el centro de atención.

Gorobu asintió, aunque sabía que todavía no lo comprendía del todo.

—Bueno, al menos dejadme daros las gracias. Lo que habéis hecho por nuestro pueblo es admirable. Si queréis algo a cambio, no tenéis más que pedirlo.

Link empezó a negar con la cabeza, pero me adelanté de nuevo.

—No queremos algo para nosotros —empecé. Tenía que ir con cuidado—, sino para Hyrule. Si al final decidierais ayudar y enviarais goron y materiales para construir, por muy pequeña que fuera la cantidad, estaríamos más que satisfechos.

Gorobu guardó silencio, incrédulo. Temí haber ido muy lejos. O tal vez me hubiera apresurado demasiado. Ninguna de las dos opciones me sorprendería.

—Los goron vamos a ayudar. ¿Cómo no íbamos a hacerlo? Hyrule es el hogar de todos nosotros, ¿no? —dijo por fin.

—Sí. Claro que sí.

—Ahora que todas las minas están abiertas, tal vez podamos enviar materiales más valiosos. O en más cantidad.

Abrí mucho los ojos.

—Eso es... justo lo que necesitamos. —Clavé la vista en la roca que hacía las veces de mesa—. Pero me temo que no podríamos pagar nada. Al menos al principio. Los zora han decidido ayudar, y estoy segura de que los sheikah también pondrán de su parte, pero no creo que podamos pagaros por los materiales. Al menos no al principio, como ya sabéis.

—Eso no es un problema —rio Gorobu—. Sería mejor si recibiéramos algo a cambio, claro, pero puedo daros hasta un año.

—¿Un año?

—Si para entonces no habéis conseguido nada, volveremos a reunirnos. Pero de verdad creo que vuestro proyecto tiene futuro, jovencita. Y a los goron no nos va tan mal con los negocios en el resto de Hyrule.

Por un momento, me quedé sin palabras. Abrí la boca, pero ningún sonido brotó de allí. Aquello era demasiado bueno para ser verdad.

—¿Hablas en serio? —solté al final, y había olvidado todo el decoro. Nada de eso me importó entonces.

—Los goron nunca mentimos —rio él.

—Gracias —dije—. Gracias. Muchas gracias. Hyrule no lo olvidará.

—No es para tanto, jovencita —repuso, aún sonriendo—. No podría negarme a ayudar.

No conseguí decir nada más. Solo murmuré más agradecimientos y Gorobu me dio unas palmaditas en el hombro.

—Antes de que os vayáis —empezó—, contadme qué pasó en las minas. ¿Cómo acabaste con ese bicho, muchacho?

Link se irguió de golpe. Me miró con los ojos muy abiertos. Abrí la boca para ayudarlo pero, para mi sorpresa, él habló primero.

—El monstruo estaba hecho de malicia —dijo—. Es parte del Cataclismo.

Gorobu nos miró, confundido.

—Pero el Cataclismo se ha ido, ¿verdad?

—Sí. Pero aún quedan restos de él en Hyrule —intervine.

—¿Y por qué en nuestras minas?

—No lo sabemos. Pero había malicia en las Bestias Divinas. Los zora nos dejaron entrar en Vah Ruta. Ellos sufrieron complicaciones, como vosotros.

Gorobu asintió.

—Eso he oído. ¿Esa malicia está también en Rudania?

Fruncí el ceño y miré a Link, pero él solo se encogió de hombros. Lo cierto era que no había forma de saberlo. No hasta que inspeccionáramos a conciencia la Bestia Divina.

—Es una posibilidad —murmuré al final—. Podríamos visitar Vah Rudania y comprobarlo, si no es mucho pedir.

—Oh, por supuesto. Rudania no está muy lejos de la ciudad. A solo unas horas de aquí.

Miré a Link de nuevo, y él asintió.

—Si hay malicia allí, nos desharemos de ella —le prometí a Gorobu.

Suponía que la Bestia Divina estaba inactiva, igual que Vah Ruta. De lo contrario, ya la habríamos visto moverse por Eldin y la Montaña de la Muerte. Incluso la habríamos sentido, si estaba tan cerca de la ciudad.

—¿Por qué no podíamos destruir esa malicia? —preguntó Gorobu.

—Porque es una sustancia difícil de destruir. Solo unas pocas espadas pueden...

—Mi espada fue forjada hace cien años —dijo Link de pronto—. La usaban los... los caballeros. Los guardias reales. Estaba hecha para... destruir malicia.

Asentí con disimulo. Había sonado lo suficientemente creíble.

—Ya veo. ¿Y hay más espadas como la tuya?

—No. Es un... legado familiar.

Gorobu guardó silencio, pensativo. Luego me miró y supe al instante lo que iba a preguntar.

—¿Y tú, jovencita? ¿Cómo apartaste todas esas rocas tú sola?

Se me escapó una risita nerviosa.

—Oh, no lo hice yo sola. Tuve ayuda. De hecho, Link me ayudó. Y Yunobo también. Solo un poco, claro, porque estaba herido.

—¿Qué le pasó a Yunobo, por cierto? Tiene marcas. Como si fueran cicatrices.

—Fue la malicia —respondió Link—. El contacto con ella produce quemaduras. O cosas peores.

Agradecí el cambio de tema. Al parecer, Gorobu se había creído nuestras mentiras hechas sobre la marcha. Había ido mejor de lo esperado.

—¿Queréis ir a ver las minas? Me temo que ayer no las visitasteis como es debido. Yo mismo os acompañaré.

Miré a Link, que se encogió de hombros, y luego asentí con la cabeza. Era lo menos que podíamos hacer. Aún me costaba creer toda la generosidad ofrecida por los goron.

Emprendimos el viaje a las minas. Íbamos a paso lento, porque Gorobu no era el goron más joven de la ciudad, precisamente, y según nos dijo, sufría problemas de espalda. Sus pasos eran lentos y pesados, como si le costara levantar los pies del suelo. Pero ni Link ni yo nos quejamos.

Los goron trabajaban alegremente en las minas, como si nada hubiera pasado. Iban de un lado a otro, con sus picos y otras armas enormes que no sabría nombrar. Incluso parecían estar organizados, pese a todo el caos que reinaba allí.

Había cuatro cuevas, tal y como había visto el día anterior. En la cuarta, donde había estado el monstruo, ya había goron trabajando. Todas las rocas habían sido retiradas de la entrada. Descendimos la colina, siguiendo a Gorobu. El goron alzó un brazo y llamó la atención de otro minero que se acercó a nosotros al instante. Llevaba un casco puesto y era especialmente robusto.

—No te esperábamos hoy, jefe. —Pareció reparar en nuestra presencia entonces—. He oído lo que pasó —le dijo a Link—. Los goron debemos ser honestos, así que me disculpo por haber dudado. Si lo hubiera sabido, te habría dejado entrar inmediatamente.

Link pareció sorprendido, pero acabó asintiendo con la cabeza, aún en silencio. El goron parecía satisfecho.

—Este es Goradel, el jefe de las minas —dijo Gorobu—. Creo que se merecen que les enseñes esto, ¿no crees?

Goradel accedió, y fue él quien nos guió por las minas. Gorobu se quedó atrás, y vi que entablaba conversación con otros goron.

—De la primera y segunda mina se extraen piedras y rocas valiosas —explicó por encima del rítmico golpeteo de los picos al chocar con la pared de las minas—. En las otras dos, hay minerales. Se extraen piedras preciosas de ahí.

Nos adentramos en la tercera mina. Allí había cinco goron trabajando. Ellos nos mostraron rubíes y zafiros y otras piedras preciosas brillantes que solo había visto en los mejores bailes de la corte. Había algunos minerales tan raros que ni siquiera pude reconocerlos.

—¿Crees que si robo uno de esos diamantes se darán cuenta? —me susurró Link al oído mientras observábamos como los goron picaban en la mina.

Contuve una risita.

—Claro que se darán cuenta —le susurré también.

—Lástima. Me darían mucho por uno de esos si lo vendiera.

Negué con la cabeza, divertida, y estaba a punto de advertirle del peligro cuando Gorobu habló de nuevo para decirnos que le siguiéramos. Nos llevó hasta una cueva más pequeña, donde solo había un goron trabajando.

—Esta es la forja —dijo Goradel—. El comercio con nuestras armas no es tan popular en el resto de Hyrule, así que solo comerciamos aquí.

El goron no dejó de trabajar, pese a nuestra presencia. Sus brazos parecían fuertes, más que los de Gorobu, incluso. Supuse que los goron no tendrían ningún problema para traer calor a las fraguas.

Link lo observaba todo con el ceño fruncido. Aún recordaba que me había preguntado si los goron tendrían sus propios herreros. ¿Querría aprender a forjar espadas? Sabía que, si se lo preguntaba, no obtendría una respuesta clara a menos que insistiera mucho. Y tal vez él ni siquiera estuviera seguro todavía de por qué estaba tan interesado en un oficio como aquel. Tal vez no estuviera interesado de verdad y se tratara de simple curiosidad.

Me hubiera gustado saber qué se le estaba pasando por la cabeza. Miró a Gorobu, y por un instante estuve convencida de que iba a hablar. Pero al final optó por seguir observando en silencio. Aún tenía el ceño fruncido cuando salimos de la forja.

—Oh, antes de que se me olvide. —Gorobu volvió al interior de la forja. Cuando regresó, sostenía una daga que parecía minúscula entre sus manos—. Forjamos esto hace unas semanas. Así las usáis los hylianos, ¿no? No creo que podáis decapitar a nadie con ella, pero supongo que os será útil. Consideradla una pequeña muestra de agradecimiento.

—¿Es un...?

—Un regalo, sí —asintió Gorobu—. Prefiero dárosla que tenerla aquí pudriéndose por el resto de la eternidad —añadió con una carcajada.

Miré a Link, que se encogió de hombros. Acabamos aceptando el regalo de Gorobu después de que él insistiera un poco más. Cerré los dedos alrededor de la empuñadura. Era ligera, pero aun así me sentía torpe. Nunca me habían gustado las espadas y los cuchillos. Para eso tenía a Link. Cuando le tendí el arma a él, se dedicó a sopesarla entre sus manos expertas durante un buen rato. Gorobu le tendió la pequeña vaina de cuero, y él se la colgó a la cintura, junto a la Espada Maestra. Link le daría mejor uso que yo a una daga como aquella, de eso estaba segura.

Gorobu nos acompañó de vuelta a la ciudad. Le dimos las gracias una última vez y luego nos encaminamos en dirección a la posada, ya a solas.

—¿La quieres? —me preguntó Link. Señalaba la vaina de la daga.

—No —respondí—. No me gustan esas cosas.

—Podría serte útil.

—No sabría ni cómo empuñarla bien.

—No hay mucho que aprender —replicó, encogiéndose de hombros—. Solo tienes que clavarla por la parte puntiaguda. Puedes hacer mucho daño.

Negué con la cabeza.

—Quédatela. No la necesito.

Él me miró por un instante, y estuve segura de que iba a seguir insistiendo. Sin embargo, al final volvió a encogerse de hombros.

—Como quieras.

Al llegar a la posada, nos tomamos otro elixir. Ya era tarde y estaba hambrienta, así que ayudé a Link a cocinar la cena. Acabó chamuscada, como todo lo que pasaba por la Ciudad Goron, pero tenía tanta hambre que no me importó. Y Link podía comerse cualquier cosa, así que a él tampoco le importaba demasiado.

—¿Cuándo nos iremos? —me preguntó al terminar.

Lo pensé un momento. Tenía tantas ganas de irme de allí como él. Los goron eran amables, pero el clima de Eldin era insoportable. Link y yo estábamos de acuerdo en eso, al menos. Sabía que, ahora que Gorobu había aceptado y todo estaba solucionado, podríamos irnos cuando quisiéramos, pero no quería causar una mala impresión. Tal vez parecería que tenía demasiada prisa por irme.

—Dentro de tres días —respondí al final.

—Eso es demasiado tiempo —protestó él.

—Lo sé. Pero si nos marchamos antes pensarán que odiamos este lugar.

—No es ninguna mentira —masculló. Luego, después de una corta pausa, añadió—: Le dije a Yunobo que lo ayudaría a aprender a defenderse.

Me permití parecer sorprendida por unos instantes.

—¿Y puedo preguntar por qué?

—No lo sé. Sentí lástima, supongo.

Link había tenido paciencia cuando me enseñó a tirar con el arco. En ocasiones llegaba a ser molesto; su paciencia parecía infinita. Y, en cierto modo, lo era.

—¿Crees que con tres días será suficiente? —me preguntó.

—No lo sé. A lo mejor sí, pero solo para enseñarle lo básico.

—Tampoco pensaba enseñarle mucho más.

Sonreí.

—Bueno, va a tener al mejor maestro de todo Hyrule. Seguro que aprenderá algo. Al menos una cosa.

De todas formas, aquello podía ser en vano. Había muchas posibilidades de que Yunobo no estuviera del todo recuperado. Había eliminado toda la malicia de su cuerpo, pero seguiría teniendo secuelas. Quizá dolores o, simplemente, marcas y cicatrices. Y miedo. Porque, si yo fuera él, tendría pesadillas durante varias noches seguidas.

Sin embargo, al día siguiente, cuando salimos de la posada, Yunobo ya estaba allí, esperándonos. Lo primero que hice fue examinarlo de arriba abajo. Parecía fuerte y sano. Si no fuera por las cicatrices que tenía en el pecho, podría haber parecido que nada había pasado. No obstante, las marcas estaban allí. Visibles y escalofriantes.

Nos dio los buenos días con alegría y luego nos llevó a la cima de una formación rocosa. Allí no había nadie. Se dio la vuelta entonces para dirigirse a nosotros. O, más bien, a mí, porque Link no había dicho una sola palabra.

—Gracias por lo que hiciste en la mina, Zelda —me dijo. Su voz era sorprendentemente aguda. Todos los goron a los que había conocido tenían la voz tan profunda que parecían retumbar en las paredes—. Si no fuera por ti, no creo que lo habría contado.

Sonreí.

—Hice lo que pude. —Después de una corta pausa, me acerqué un poco más y añadí en voz baja—: Por favor, no le cuentes a nadie lo que realmente pasó. Así evitaremos preguntas... indeseadas.

Yunobo nos miró a ambos, confuso.

—Tampoco recuerdo mucho, de todas formas —dijo al final, encogiéndose de hombros—. Y lo que vi es totalmente imposible. Así que tampoco me creerían si lo contara. Ni siquiera tú me creerías. ¿Qué fue lo que pasó de verdad?

Le dirigí una rápida mirada a Link. Él frunció el ceño. Me obligué a inventarme una excusa rápida.

—Oh, nada fuera de lo normal, en realidad —respondí con una risita nerviosa y algo más aguda de lo que me hubiera gustado—. Pero el proceso fue... doloroso. Y difícil de contar. Lo importante es que ahora estás aquí, con vida.

Yunobo sonrió. Era fácil convencer a los goron. Los zora no se habrían creído esa mentira ni aunque lo hubiera jurado por las tres Diosas Doradas.

—Tienes razón —repuso—. Ahora estoy mucho mejor. Creo que ya es hora de que me enseñes, Link. Si tienes tiempo y eso.

El corazón se me encogió. Estaba tan emocionado que sus ojos brillaban como los de un niño pequeño. Link, por otro lado, estaba muy serio.

—¿Estás seguro? Podemos esperar...

—No. Estoy seguro.

Por un momento estuve segura de que Link iba a seguir insistiendo, pero acabó encogiéndose de hombros.

—¿Qué es lo que usáis los goron para entrenar?

Yunobo nos dijo que esperáramos y luego se marchó colina abajo. Aproveché que se había ido para acercarme a Link.

—Te recuerdo que estás herido —le dije en voz baja.

—Ni siquiera son heridas de verdad —replicó—. No me duelen. No me acordaba de que estaban ahí.

Alcé una ceja, pero no dije nada más. Yo no era su madre y él ya era mayorcito. Sabía que sus acciones podían traer consecuencias. Además, estaba segura de que, en cuestiones como aquella, sabía cuál era su límite. No era idiota.

Yunobo regresó con dos armas de árbol secas y chamuscadas al cabo de un rato. Le tendió una a Link. Me ofreció la otra, pero yo me negué. No tenía pensado participar. Así que tomé asiento sobre una roca y me dediqué a observar.

—Me ha costado encontrarlas, pero ahí las tienes —dijo Yunobo, aún sonriendo.

—¿Aprendéis con esto? —Link sopesaba la rama de árbol entre sus manos. No era muy grande, aunque la de Yunobo sí era más larga que su brazo.

—Sí. Pero podemos intentarlo con otra cosa, si quieres.

Él se lo pensó un momento.

—No —dijo. Luego alzó la rama y adoptó una postura defensiva, como tantas veces lo había visto hacer—. Atácame.

Yunobo lo miró con horror.

—¿Atacarte? ¿A ti?

—Sí.

—Pero...

—Hazlo.

Yunobo se acercó, inseguro. Tras unos instantes de vacilación, blandió su rama de árbol contra el costado desprotegido de Link. Él desvió el golpe sin esfuerzo.

—Sé más rápido.

A Yunobo seguía sin gustarle aquello, pero aun así atacó de nuevo. Esa vez fue un poco más rápido; sin embargo, Link consiguió desarmarlo.

—Otra vez —fue lo único que dijo.