LINK
Habían pasado los días, y Yunobo había mejorado. Un poco.
Al menos ya no temblaba de miedo cuando le pedía que me atacara. Los goron no solían usar espadas, de modo que había optado por seguir con las ramas de árbol. Yunobo empuñaba la suya con firmeza. O algo parecido a eso. Al menos su agarre no era tan vacilante como antes. No la mayor parte del tiempo.
Seguía sin ser el mejor guerrero, de todas formas. Aunque mi intención nunca había sido convertirlo en uno. Solo quería que fuera capaz de defenderse. Que no se acobardara ante un monstruo. Su escudo, el legado de Daruk, debía ser su última opción. Eso fue de lo primero que le enseñé.
Era difícil entrenar con un goron, eso debía admitirlo. Su fuerza era muy superior a la mía, así que cuando su rama de árbol iba a parar a lugares desprotegidos el dolor era tal que a veces se me saltaban las lágrimas. Estaba convencido de que había soltado todas las maldiciones y blasfemias que existían y existirían jamás. Y Yunobo se disculpaba una y otra vez siempre que algo así ocurría. Eso solo me molestaba todavía más, de modo que ignoraba el dolor y fingía que nada había ocurrido. Era especialmente bueno en ambas cosas.
—Hoy es nuestro último día aquí —le dije a Yunobo una mañana.
Él se quedó boquiabierto, con las ramas de árbol aún en sus manos.
—¿Os vais ya?
Parecía triste. ¿Qué le causaba tanta tristeza? Tampoco había pasado tanto tiempo con él para que fuera a echarme de menos. Debería odiarme por haberlo dejado encerrado en las minas, agonizando. Si no fuera por Zelda, ni siquiera habría vivido para contarlo, y yo no habría podido hacer nada para evitarlo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Zelda quiere seguir viajando. Y el clima de este lugar no es el mejor para nosotros.
—Pero los elixires...
—Eso no es suficiente a veces.
Yunobo parpadeó, confundido, aunque al final asintió con lentitud. No lo comprendía del todo, pero no iba a hacer ninguna pregunta. Los goron eran muy fáciles de leer. La mayoría, al menos.
Me tendió mi rama de árbol. Tenía marcas y no resistiría mucho más, pero aún servía. Tomé asiento sobre una roca.
—¿Y a dónde iréis ahora?
Me lo pensé un momento. No había hablado de eso con Zelda. No todavía. Iríamos a las fuentes termales, pero eso era todo lo que habíamos decidido. Y luego saldríamos de Eldin. El camino era incierto después de eso.
—No lo sé —respondí—. Ya se lo preguntaré a Zelda.
—¿Y tú quieres viajar con Zelda?
Lo miré con el ceño fruncido.
—Claro que quiero.
—¿Por qué?
Resoplé, molesto. Me hacía preguntas como aquella una y otra vez. Y siempre respondía lo mismo. Pero era inútil, como si intentara enseñar a leer a un bebé.
—Ya te lo he dicho al menos seis veces.
—¿Llevas la cuenta?
Resoplé de nuevo. Decidí zanjar la conversación ahí. Sería una pérdida de tiempo seguir intentándolo. Me puse en pie de un salto y empuñé la rama de árbol como si fuera una espada. Yunobo se apresuró a hacer lo mismo. Sabía que los goron no entrenaban así, porque ellos no usaban las espadas tanto como los hylianos, pero no me importaba. Si quería seguir aprendiendo, que lo hiciera con algún maestro de armas goron.
Ataqué uno de sus flancos desprotegidos, y Yunobo se defendió con su rama de árbol antes de que la mía lo rozara siquiera. Sabía que eso se debía, en parte, a que estaba yendo más despacio de lo que debería, para que Yunobo viera venir los ataques.
Yunobo atacó de pronto. Detuve la estocada sin mucho esfuerzo; todos sus ataques eran predecibles. Atacó de nuevo, y mi rama de árbol chocó contra la suya. Tras un breve forcejeo, la de Yunobo cayó al suelo.
—Deja de hacer eso —le dije—. Eres más fuerte que yo, y lo sabes.
Yunobo no respondió. Recogió su rama de árbol y adoptó la postura defensiva que le había enseñado. No parecía funcionar del todo con los goron; era extraño verlo con las piernas ligeramente separadas y los hombros bien cuadrados. Quizás esa postura no estaba del todo hecha para ellos, pero Yunobo se había tomado la molestia de atender a todas mis indicaciones, así que no iba a quitárselo ahora que lo había dominado por fin.
En esa ocasión, pareció esperar a que yo fuera primero. Así que busqué uno de sus flancos desprotegidos y ataqué un poco más rápido de lo normal. Y él consiguió detener el ataque.
—Eso ha estado bien —le dije.
Yunobo sonrió. Decidí ponérselo un poco más difícil. Si aquel era el último día, no había nada malo en eso.
Ataqué de nuevo y él detuvo mi rama de árbol. Y luego fue su turno de blandirla. Me agaché para esquivarla. Él no se dio por vencido. Repitió el mismo movimiento, y yo lo esquivé de la misma forma.
—Demasiado predecible. —Ya habíamos trabajado en eso una vez. En mi opinión, ser tan predecible era todavía peor que no ser capaz de encontrar un punto débil o un flanco expuesto. En ocasiones, en medio de una batalla, había que ser creativo. Y Yunobo, desde luego, no lo era en lo más mínimo.
Volvió a atacar y, para demostrarle lo que era ser impredecible, esquivé la rama de un salto y me situé a su espalda. Cuando Yunobo se dio cuenta, ya era demasiado tarde.
—Muerto —le dije. Yunobo sonrió. Había descubierto que no se frustraba con facilidad. Tenía tanta paciencia que tal vez, si me pasara todo el día desarmándolo, no llegaría a perder los estribos—. Tienes que cambiar. Inventarte los movimientos. A veces es importante. Ya te lo he dicho.
—O quizás el problema es que te estás enfrentando al mejor espadachín de todo Hyrule —dijo Zelda a mi espalda. Me di la vuelta y vi que sonreía. Ni siquiera la había oído llegar.
—No exageres.
Ella solo se cruzó de brazos. Su mirada lo decía todo. En el fondo, sabía que Zelda tenía razón. Pero tal vez nunca lo admitiría en voz alta.
—Y encima está poniéndotelo fácil, Yunobo —siguió diciendo mientras se sentaba sobre una roca.
Yunobo me miraba con los ojos muy abiertos. Maldije para mis adentros. Lo último que necesitaba era que me contemplara como si fuera un animal exótico. No podríamos volver a entrenar en serio después de eso.
—No puedo ni imaginar cómo será cuando mates monstruos de verdad.
—Ya me has visto —bufé—. Varias veces.
—Ninguna cuenta.
Negué con la cabeza y dejé la rama de árbol en el suelo. Zelda me hizo un hueco en la roca, a su lado. Cuando me senté, vi que tenía copos de ceniza en el pelo y polvo en el rostro. Había ido a las minas otra vez. Había estado allí unas pocas veces ya. Suponía que se sentía en deuda con los goron y quería recompensárselo de alguna manera. Así que iba a las minas y hablaba con los goron que trabajaban allí. Incluso había visitado la forja para hablar con el herrero. Habían hablado de la daga que nos había dado Gorobu, según me dijo. Fingí que no prestaba atención mientras ella me lo explicaba con todo lujo de detalles.
Estaba convencido de que sería una buena reina, si decidiera reclamar el trono y de alguna manera inexplicable consiguiera unificar Hyrule en un reino otra vez. Al principio podía parecer egoísta como solo un noble podía llegar a serlo, pero después de un siglo eso había cambiado. Ahora ella era diferente. Seguía siendo la misma, aunque sin los lujos de un castillo y sin llevar vestidos de seda. Y con recuerdos dolorosos sobre sus hombros. Pero seguía siendo Zelda.
—Deja de mirarme con cara de tonto —dijo ella de pronto, sonriendo a medias.
Aparté la vista al instante y miré a Yunobo.
—¿Sabías que él es descendiente de Daruk? —le dije al tiempo que señalaba a Yunobo—. Del elegido Daruk, quiero decir.
Zelda me miró con el ceño fruncido, pero luego pareció comprender por qué usaba títulos. Examinó a Yunobo de arriba abajo y al final sonrió.
—Lo sospechaba.
—¿Por qué lo sospechabas? —preguntó Yunobo.
Zelda fue a responder, pero de pronto abrió mucho los ojos y pareció pensárselo mejor.
—Porque oí a... al jefe Gorobu hablando de ti. Dijo algo sobre ti y el elegido Daruk, así que...
Hacía cien años, se le había dado mejor mentir. Ahora era casi tan mala como yo.
—Oh —murmuró—. Espero que el elegido Daruk esté orgulloso de mí. Seguro que, si pudiera verte, te daría las gracias por enseñarme a defenderme, Link.
Miré a Zelda por un instante. Su sonrisa se había vuelto triste.
—Seguro que sí —dije en voz baja.
Zelda tenía los ojos húmedos. Yunobo estaba practicando los movimientos que le había enseñado con su rama de árbol, así que no se dio cuenta de nada.
—No pasa nada, Link —susurró antes de que yo tuviera tiempo de soltar una sola palabra—. Los echo de menos. Es solo eso.
Pensé en ellos por primera vez en mucho tiempo, y fue como si algo tan helado que resultaba doloroso me rodeara por dentro.
—Yo también.
Sorbió por la nariz. Tenía la vista clavada en el horizonte. La ceniza caía de nuevo.
—Ojalá las cosas hubieran salido de otra forma.
—¡Link! —exclamó Yunobo de pronto—. Creo que he hecho ese giro bien. ¡Ven a verlo!
Me puse en pie, pero antes de ir con Yunobo me acerqué a Zelda.
—Podemos hablar más tarde, si quieres —le dije en voz baja. Ella solo asintió.
Yunobo se pasó el resto del día con su rama de árbol. Me pidió que nos quedáramos unos días más, pero me negué en rotundo. No tenía ni idea de lo mucho que deseaba salir de allí y meterme en un bosque fresco y húmedo de nuevo.
Zelda tampoco se fue. Se mantuvo sobre la roca, observándonos. En ocasiones le echaba un vistazo para asegurarme de que no necesitaba nada, y ella solo sonreía. Cuando empezó a hacerse tarde, Yunobo decidió marcharse para ayudar al jefe con la cena. Zelda y yo nos quedamos solos por fin y, cuando regresé a su lado, sacó comida de la bolsa que había traído consigo.
—¿De dónde has sacado eso? —le pregunté.
—Me fui hace un rato —respondió ella—. No tardé mucho en volver. Por eso no te diste cuenta. Fui a buscar comida. Comida que no tuviera nada que ver con rocas, claro.
—Si no fuera por ese pelo, pensaría que eres sheikah —le dije mientras mordisqueaba una hogaza de pan.
Ella rio.
—Quién sabe. Tal vez sea una. A lo mejor tú no te has dado cuenta.
—Besuquearse con un sheikah. —Hice una mueca.
Zelda me asestó un puñetazo. Escogió cuidadosamente el brazo que no tenía magullado, aunque había ido mejorando con el paso de los días, igual que le quemadura. Sin embargo, mejorarían todavía más cuando entrara en una de esas fuentes termales.
—¿Qué tiene de malo?
—Me sacarían las entrañas antes de que tuviera tiempo de hacer nada.
—¿Crees que Pay te sacaría las entrañas?
Por un instante no comprendí por qué había metido a Pay en aquello, pero cuando la miré a los ojos y reconocí el brillo extraño que había aparecido allí, sonreí a medias.
—No me besuquearía con Pay.
Zelda alzó una ceja.
—¿Ah, no? ¿Por qué no?
Suspiré y me acomodé sobre la roca. Me tomé un tiempo para responder, porque sabía que eso la molestaría aún más.
—Porque me guardo esas cosas para la princesa de Hyrule. Para ella y nadie más.
A pesar de que ya oscurecía, vi claramente como ella se ruborizaba. Apartó la vista al instante, y mi sonrisa se hizo un poco más amplia. Ella fingió que buscaba comida en su bolsa de viaje.
—Me alegro de oírlo —dijo al final, con voz sorprendentemente firme—. Pay sentía... afecto. Por ti. Afecto del inapropiado.
Eso me sorprendió menos de lo que debería. Esperaba que, si eso era cierto, se hubiera olvidado de mí, al menos. En Kakariko había otros sheikah jóvenes y fuertes que no iban de un lado a otro como yo.
—¿Celosa? —pregunté, sonriendo aún. Ella se irguió de golpe.
—Por supuesto que no.
—No tienes por qué estarlo —dije, un poco más serio esa vez. Esperaba que ella lo supiera, si tanto la preocupaba. Nunca habíamos tratado temas como aquel.
Ella asintió y, tras un corto silencio, habló de nuevo:
—A menos que quieras estar celoso de Rotver, tú tampoco tienes de qué preocuparte.
—No estoy preocupado —repliqué con el ceño fruncido.
Vi que sonreía.
—Bien.
Ninguno dijo nada durante un rato. Nunca se me habría pasado por la cabeza dejar a Zelda marchar a menos que ella misma quisiera irse. No sería capaz de hacerlo. No después de todo lo que había ocurrido. Sentía escalofríos solo con imaginar cómo sería viajar solo otra vez. Aunque eso daba igual, porque probablemente no podría reconstruir Hyrule sin su ayuda. No podría levantar una sola piedra.
—Dijiste que querías hablar de... de ellos —murmuré cuando ya casi habíamos terminado la cena.
Ella no levantó la vista de sus manos.
—Ah, sí. —Hizo una pausa—. No te preocupes por mí, Link. A veces los echo de menos. Eso es todo.
—Yo también.
Zelda asintió en silencio. Abrió la boca, quizá para decir algo más, pero la volvió a cerrar de nuevo casi al instante. La observé con cautela. Ella debía saber que la estaba mirando, pero se dedicó a contemplar las estrellas de todas formas. Así que, por una vez, quise romper el silencio.
—Los vi cuando liberaba las Bestias Divinas —dije, y eso llamó su atención otra vez—. Parecían... estar bien. No te culpan de nada, Zelda. Así que no te sientas culpable.
Vi que sus ojos habían empezado a brillar. Y no era por el reflejo de las primeras estrellas que ya aparecían en el cielo.
—He tenido pesadillas con eso también —susurró—. Ya no las tengo, pero todavía recuerdo algunas. Ese monstruo les... les hacía daño. Y no podía salvarlos. —Se abrazó a sí misma y me miró por fin. Sus ojos todavía brillaban, pero había algo más en ellos. Algo parecido al miedo—. ¿Tú también tienes pesadillas así?
—A veces —respondí. Por un instante pensé que había sido demasiado escueto, pero a ella debió parecerle suficiente. Mejor así. No le haría ningún bien conocer los detalles.
—Pensaba que... que me odiarían. Por todo lo que pasó y por dejarlos morir. —Se estremeció, pero seguía sin derramar una sola lágrima—. Yo me odiaría a mí misma, si fuera ellos.
—Zelda...
—No. Es verdad. Al principio, cuando estaba con el monstruo, pensaba que tú me odiarías al despertar. Sería lo lógico, ¿no? Lo que cualquiera haría.
—Zelda —repetí, porque lo único que estaba consiguiendo era empeorarlo todo. Bajo la luz del crepúsculo, volvió a parecerse a la Zelda que había visto poco después del Cataclismo. Cuando apenas podía soportar el peso de los recuerdos dolorosos que llevaba sobre los hombros—, sabes que eso no es...
—Lo sé. Luego lo supe. Pero, durante los primeros años, dolía tanto que no podía creer otra cosa. Pero después me di cuenta de que estaba equivocada. Seguía culpándome, pero no creía que tú fueras a odiarme. No te veía capaz de eso.
Hizo una pausa, probablemente esperando a que yo respondiera, pero no dije nada. No sabía qué decir. Así que solo asentí. Me hubiera gustado decirle algo que la ayudara y que la hiciera sentir mejor, pero las palabras no me salían. Sin embargo, Zelda intentó sonreír.
—Ahora sé que no me culpan. Llevo mucho tiempo culpándome, así que no creo que desaparezca tan rápido, pero quizá, con un poco de tiempo, eso se irá también.
Traté de sonreír también.
—Se irá —le aseguré—. Te ayudaré a que se vaya.
Su sonrisa se hizo un poco más amplia, y eso fue más que suficiente. Todo lo que necesitaba, de hecho.
—Yo también puedo ayudarte a ti, ¿sabes?
Asentí despacio. Caí en la cuenta de que llevábamos mucho tiempo sin hablar del pasado. Quizá demasiado tiempo. Pero había tantas esperanzas puestas en el futuro que mirar atrás, donde siempre hubo tanto dolor, parecía un sinsentido. Sin embargo, no estaba mal hablar de cosas como aquella de vez en cuando. Aunque doliera y fuera difícil.
—Seguro que están bien, allí donde estén —le dije, y ella asintió, convencida.
Pensé en mi propia familia. A veces parecía que acababa de perderlos. Ni siquiera había sabido de su existencia hasta hacía unos pocos meses. Pero sabía que ahora estaban en un lugar seguro, y eso era suficiente. Preferiría mil veces más tenerlos a mi lado y poder verlos con mis propios ojos una última vez, claro. No había tenido oportunidad de despedirme como era debido jamás. Y era lo mínimo que se merecían.
Zelda empezó a hablar de recuerdos más alegres, y se lo agradecí en silencio. Yo también me culpaba. A veces, cuando tenía pesadillas, soñaba que acababa con el monstruo, pero luego descubría que todo había sido en vano. Porque ya no quedaba nada, solo las miradas acusatorias de los inocentes que habían caído en la masacre. Aquellos a quienes no había podido proteger.
Me perseguirían para siempre, de eso estaba casi seguro.
Zelda y yo no tardamos mucho en regresar a la posada. Ya estaba oscuro cuando llegamos, y solo unos pocos goron que regresaban de las minas andaban por las calles. Tenía mi bolsa de viaje preparada para el día siguiente, pero Zelda no había empezado todavía. Así que nos tomamos otro frasquito de elixir —estaba tan acostumbrado al sabor que ya podía tolerarlo sin quejarme— y me dispuse a ayudarla. Le tendí todas sus pertenencias, que estaban desparramadas en los rincones.
—¿No te queda nada que hacer aquí? —le pregunté, solo para asegurarme.
—No —respondió ella mientras guardaba sus cuadernos de notas—. Hemos ido a las minas, hemos hablado con el jefe y hemos ido a la Bestia Divina. No queda nada más.
Di gracias a las Diosas en silencio. Habíamos visitado Vah Rudania el día anterior. Como sospechábamos, estaba inactiva, y se encontraba sobre una formación rocosa al norte de la Ciudad Goron. El interior estaba muy oscuro y, cuando desenvainé la Espada Maestra para alumbrar el camino, descubrí que no brillaba. No encontramos ni rastro de malicia allí. Eso era bueno. Tal vez Vah Ruta era un caso excepcional y las Bestias Divinas estaban completamente libres de ese monstruo.
—¿Mañana iremos a las fuentes termales? —le pregunté, esperanzado, mientras la ayudaba a cerrar la bolsa de viaje. Pero estaba tan llena que tuvimos que compartir varios frasquitos de elixir entre su bolsa y la mía, además de algunos de sus cuadernos de notas.
—Sí —dijo con un suspiro, y su bolsa se cerró por fin. Me miró con una amplia sonrisa—. Y no hay nada que me apetezca más.
Sonreí también.
Al día siguiente, recogimos nuestras cosas y pagamos por nuestra estancia en la posada. El zurrón de rupias pesaba mucho menos cuando salimos de allí, y me dije que tenía que encontrar una forma de ganar más. Pero Zelda se había gastado las partes de monstruo más valiosas que tenía con sus elixires.
Gorobu nos esperaba cerca de la salida de la ciudad, junto a Yunobo. Me sorprendió verlo allí. Nos habíamos despedido de Yunobo el día anterior.
—Yunobo ha insistido en acompañaros hasta la zona menos calurosa —dijo Gorobu después de darme un golpe entre los hombros que me dejó sin aire—. Espero que nos os importe.
Zelda sonrió, y yo contuve una protesta. Después de tanto tiempo estando en una ciudad, bajo el escrutinio de todos —por muy poco que les importaran cosas como aquella a los goron—, había esperado poder recorrer el camino hasta la posta en silencio, sin que nadie nos molestara. Solos ella y yo. Con Yunobo nunca había paz y tranquilidad. Él siempre estaba haciendo preguntas.
—Claro que no será ninguna molestia —respondió Zelda, como era de esperar—. Eres más que bienvenido.
Yunobo sonrió también. Fue a decir algo, pero Gorobu lo interrumpió.
—Me alegro de haberte conocido, Zelda —dijo—. Estaré esperando esas cartas.
Zelda asintió varias veces.
—Por supuesto. Llegarán en cuanto todo esté listo.
Gorobu asintió. Puso una de sus enormes manos sobre mi hombro, aunque esa vez no me hizo daño. Solo estuvo a punto de hacerme perder el equilibrio.
—También me alegro de haber vuelto a verte, Link. Espero que ambos tengáis un buen viaje. Podéis venir de visita cuando queráis.
Nunca volvería de visita a un infierno como aquel, si podía evitarlo. Lo tenía muy claro.
Zelda y Gorobu intercambiaron unas pocas palabras formales y luego partimos por fin, con Yunobo a nuestro lado. Cruzamos el arco de metal que recibía a todos los que entraban y salían de la ciudad, y él no tardó mucho en empezar a hablar.
—¿Ya sabéis a dónde iréis?
Miré a Zelda. Ella se encogió de hombros, aunque me di cuenta de que parecía pensativa. No habíamos hablado de eso. Solo sabíamos que iríamos a las fuentes termales.
—No —respondió simplemente—. Aún no lo hemos decidido.
Yunobo pareció alarmado.
—¿Entonces a dónde iréis ahora?
—A la posta. A un lugar donde el calor sea más soportable. Luego ya veremos.
Yunobo no dijo nada por un maravillosos instante. Solo se oían sus pisadas sobre las piedras y el polvo que cubrían el suelo. Caía ceniza otra vez, y hacía tanto calor que estuve a punto de sacar otro elixir.
—Podéis ir a esa aldea Hatelia —sugirió de pronto—. Link dice que vive ahí. Y que tú vives con él porque te quiere.
Sus mejillas enrojecieron un poco, pero me dije que solo se debía al calor abrasador.
—¿Eso dijo?
—Sí. ¿Es verdad? ¿O estaba mintiendo?
Me miró y sonrió.
—Es muy cierto.
Tuve que contenerme para no sonreír.
—Link dice que os dais besos. Y que traéis niños hylianos al mundo.
Las ganas de sonreír desaparecieron en ese preciso instante.
—Eso no es lo que yo he dicho —mascullé.
Zelda se había ruborizado —esa vez no quise engañarme—, pero sonreía.
—Link dice que sabrás responder a mis preguntas mejor que él.
—¿Y cuáles son esas preguntas?
—¿Qué es darse besos?
Zelda agarró mi brazo y consiguió que me detuviera al instante. Luego tiró de mi túnica y me plantó un beso. Fue tan brusco y repentino que por un momento no supe qué hacer.
Era la primera vez que hacía algo así delante de alguien más. Y se suponía que daba igual, porque los goron no lo entenderían nunca como lo hacíamos los hylianos. Pero eso era lo menos importante. Había llegado a pensar que no le gustaba que hiciéramos cosas como aquella en público.
Cuando nos separamos, Yunobo nos observaba con los ojos muy abiertos. Si la situación hubiera sido diferente, quizá me habría reído.
—¿Puedo intentarlo yo? —preguntó.
—No —dije yo. O más bien, ambos lo dijimos casi al unísono. Yunobo pareció un poco decepcionado, aunque se recompuso con una rapidez sorprendente.
—¿Cómo traen niños los hylianos?
Zelda empezó a explicárselo todo muy despacio y usando palabras muy concretas, como si fuera un niño de cuatro años. Reprimí un suspiro de resignación mientras más ceniza empezaba a caer. Estuve a punto de tropezar con una roca, pero logré esquivarla a tiempo. El camino era cuesta abajo, por fortuna, y ya casi podía divisar la señal que decía que era seguro aventurarse en aquella parte de Eldin sin elixires. Allí nos despediríamos de Yunobo por fin.
—Link y yo nunca hemos hecho nada parecido —dijo Zelda al acabar de contárselo todo—. Él es demasiado tímido.
Fruncí el ceño, pero no dije nada. Sabía que Zelda no hablaba en serio. Ninguno se atrevía a intentarlo todavía. Yo había estado más que dispuesto en repetidas ocasiones, pero ella me había detenido. Y no había seguido insistiendo; no había ninguna prisa. Sin embargo, no pensaba que el tímido fuera yo, precisamente.
Yunobo soltó una risita. Nunca había oído a un goron reírse así, y tampoco creía que fuera a volver a oírlo algún día.
—Siempre he tenido curiosidad —empezó Zelda mientras nos acercábamos un poco más a la señal. Ya podía sentir las temperaturas empezando a descender. Todavía hacía calor, pero no era tan insoportable como en la ciudad—. ¿Cómo concebís vosotros a los goron jóvenes?
Yunobo frunció el ceño.
—¿Concebir?
—Crear niños.
—Oh. —Guardó silencio, pensativo, y al final se encogió de hombros—. De la montaña —respondió, señalando la Montaña de la Muerte, que se alzaba en la distancia—. Ella es nuestra madre.
—¿No salís de... de otro goron?
—Claro que no. Salimos de la montaña. Luego, cuando nos encuentran, nos llevan a la ciudad. Hay temporadas del año donde es más común que salgan goron de la montaña. Luego nos cría otro goron que se ofrezca. Si no, la ciudad entera lo hace.
Zelda asintió con los ojos muy abiertos. Le brillaban, como cuando estudiaba los guardianes cien años atrás. Casi podía sentir las ganas que tenía de sacar su cuaderno de notas y empezar a garabatear. Sin embargo, al final apretó el puño y se contuvo.
—Fascinante —murmuró.
Yo no le encontraba nada fascinante a aquella historia, pero decidí permanecer en silencio. No quería que me lo reprochara después.
Al alcanzar el paso de la montaña, Yunobo nos dio un abrazo que estuvo a punto de romperme las costillas. Zelda estaba sin aire cuando se separó de nosotros.
—Gracias. A los dos —dijo.
—No tienes que dar las gracias —replicó Zelda.
—No te defiendes tan mal —murmuré mientras me encogía de hombros.
Yunobo sonrió.
—Cuando volvamos a vernos, habré mejorado. Te lo prometo.
—Eso espero —le dije, sonriendo un poco.
—Buen viaje. Y..., ¿cómo es eso que dicen los hylianos? Ah, sí. Que la Diosa ilumine vuestro camino.
Nos alejamos poco a poco. Allí no hacía tanto calor. Incluso soplaba algo de brisa. Me sacudí la ceniza y el polvo y miré a Zelda. Estábamos a solas por fin. Zelda ya sonreía.
—Así que —empezó—, ¿a dónde os apetece ir ahora, ser Link?
No se refería a las fuentes termales, porque eso estaba más que decidido. Había tantos lugares que podíamos visitar que era difícil elegir.
—¿A dónde quieres ir tú?
Zelda suspiró.
—Creo que quiero tomarme un descanso, ¿sabes?
—¿Quieres volver a casa?
—No —dijo al instante.
Hice una mueca, pero no intenté discutir. En el fondo, ella tenía razón. Si volvíamos ahora, ninguno sería capaz de marcharse otra vez.
—Podemos ir a Kakariko.
—Quiero viajar, Link. Estar al aire libre. No quiero encerrarme en otra aldea por un tiempo.
Debía reconocer que eso sonaba bien. Había echado de menos pasar noches bajo las estrellas.
—Cuando mi padre me llevaba de viaje con él, a veces dejaba de guiar al caballo. Él nos llevaba a donde quería si nosotros no sabíamos a dónde ir.
—¿A dónde os llevaba? —quiso saber ella.
Tuve que hacer verdaderos esfuerzos por recordarlo. No era más que un niño cuando mi padre me llevaba de viaje. Los recuerdos de esa época aún estaban borrosos.
—Fue hace mucho tiempo —dije, aunque eso no significaría nada para ella, probablemente. Cien años ya eran mucho tiempo—, pero creo que una vez nos llevó a un lago. Era bonito. Había un bosque con ciervos. Le pedí llevarnos uno a casa.
—¿Y qué te dijo?
—¿Tú qué crees?
—No lo sé —respondió ella, sonriendo—. Conociéndote...
—Dijo que no —resoplé.
Zelda rio, y luego nos mantuvimos en silencio por un largo rato. El tiempo había mejorado considerablemente. Estaba seguro de que no necesitaríamos más elixires.
—¿Crees que deberíamos hacer eso? —preguntó Zelda entonces—. ¿Dejar que los caballos nos lleven adonde quieran?
—Claro que no. Sería una locura. Una vez el caballo de mi padre nos llevó hasta un campamento lleno de monstruos.
—Ya no hay monstruos —repuso ella.
Me mantuve en silencio. Quizá ya no había monstruos controlados por el Cataclismo, pero algo no iba bien. La malicia no podía haber salido de la nada en aquella mina. Incluso dudaba que el desprendimiento fuera una casualidad. Había confiado en que estuviéramos a salvo en la Ciudad Goron. Nadie se atrevería a atacarnos allí, donde cualquiera podría detenerlos y no pasarían desapercibidos. Sin embargo, ya no estábamos en la ciudad.
—Si no sabemos a dónde ir —dije— elegiremos cualquier camino. Es casi lo mismo.
—Puedo aceptarlo.
Un grupo de viajeros apareció en el camino. Iban hacia la Montaña de la Muerte. No parecían prestarnos atención, pero aun así me mantuve alerta hasta que se alejaron. Si Zelda se dio cuenta, no hizo ningún comentario al respecto.
Hicimos una pausa para comer y luego reemprendimos la marcha. La brisa fresca empezó a hacerse más común mientras descendíamos. Ya ni siquiera percibía las sensaciones extrañas que dejaba el elixir. Supuse que los efectos habían desaparecido hacía un rato. Ninguno había ardido, y lo consideré una buena señal.
Cuando llegamos a las fuentes termales ya empezaba a atardecer. Zelda sonrió y se adelantó para examinar las aguas humeantes más de cerca. Poseían un extraño color azul que casi parecía verde en ocasiones. El olor a sal me llegaba desde allí.
Inspeccioné nuestros alrededores con la mirada varias veces, pero no parecía haber nadie. Solo se oía el murmullo del agua y el sonido de nuestros propios pasos. Me dije que aquel lugar era seguro. Además, no estábamos muy lejos de la posta. Y nos marcharíamos antes de que empezara a oscurecer.
Me acerqué a Zelda, que examinaba las aguas con atención.
—Nunca había visto unas fuentes termales antes —dijo mientras sumergía un dedo en el agua—. He leído sobre ellas, claro, pero no es lo mismo.
Sonreí a medias.
—Estar dentro será todavía mejor.
Dejé la Espada Maestra cerca de la orilla, por si acaso. Luego me deshice de la túnica y me quité las botas. Y, mientras me disponía a hacer lo mismo con los pantalones, descubrí la mirada horrorizada de Zelda.
—¿Qué?
Ella me miró de arriba abajo. Abrió la boca, pero de allí no brotó ningún sonido. Suspiré y me encogí de hombros.
—Tampoco es que nunca me hayas visto así —mascullé. Su rostro enrojeció todavía más—. Si te molesta, puedo...
—No —dijo ella, interrumpiéndome—. Haz... l-lo que quieras.
No me atreví a preguntar si estaba segura. Así que acabé de quitarme los pantalones y me metí en la fuente. Al instante supe que no querría salir de allí jamás. El agua era muy cálida, pero seguía siendo agradable. Percibí que dolores que ni siquiera había sabido que tenía desaparecían de pronto. Me apoyé en las rocas con un suspiro de satisfacción.
—¿Zelda?
—Ya voy —dijo detrás de mí.
De pronto escuché el susurro del tejido de sus ropas. Y no me di la vuelta, porque aquello me dejó tan rígido que no podía moverme. Ella también tendría que quitarse todo lo que llevaba encima. Era lo lógico; si no, se helaría más tarde en las ropas húmedas. Pero no había caído en la cuenta hasta ahora. El peor momento posible.
Contuve la respiración cuando oí sus pies descalzos acercarse al borde de la fuente. Y luego se adentró en las aguas con un chapoteo. Permaneció muy quieta durante unos instantes mientras examinaba el agua y murmuraba cosas para sí misma. Cuando me atreví a mirar, había terminado su análisis y avanzaba en mi dirección. Se dejó caer a mi lado con un suspiro y cerró los ojos. El agua le llegaba por encima del pecho, así que no había nada al descubierto. Y, gracias al humo cálido y al color verdoso, tampoco era visible lo que había quedado oculto bajo las aguas.
—¿Zelda? —murmuré al cabo de un rato.
—¿Qué?
—¿Llevas... llevas algo?
—Lo mismo que tú.
Me hundí un poco más y dejé algo de espacio entre nosotros. Nunca la había visto así. Verme a mí no era nada nuevo para ella. Por eso no parecía preocupada, a pesar de todo. Todavía tenía los ojos cerrados. Tomé aire y me obligué a relajarme de nuevo. Estaba comportándome como un crío inmaduro. De esos que solían correr por las calles de la Ciudadela entre risitas.
—¿Por qué estás tan lejos? —preguntó Zelda entonces.
La miré por un breve instante, aunque luego aparté la vista otra vez. ¿Se reiría de mí? Quizá la incomodaría y todo se volvería aún más tenso. Y ella parecía estar disfrutando de las fuentes termales.
—No lo sé.
Extendió una mano y, cuando la acepté, tiró de mí para que volviera a estar a su lado. Peligrosamente cerca. Si me movía, podía rozar su piel desnuda y, cada vez que lo hacía por accidente, Zelda se tensaba y enrojecía un poco.
—Te estás comportando como un niño pequeño —dijo sin mirarme.
—Nunca te había visto a-así.
—¿Visto? —repitió ella—. ¿Acaso me has visto?
—No —respondí al instante—. Pero sé que llevas... pocas cosas.
—Igual que tú. Y yo ya te he visto.
Sentí que enrojecía también, y no solo debido al calor. ¿Tenía que recordármelo con cada oportunidad que se le presentaba?
—Pero yo a ti no —mascullé.
Ella puso los ojos en blanco.
—Luego dices que no eres tímido.
Y no era tímido. O, al menos, no creía que lo fuera. Zelda cerró los ojos se nuevo, y me arriesgué a mirarla otra vez. El pelo húmedo le caía sobre los hombros y se perdía bajo el agua. Había pasado varias horas bajo el sol abrasador y eso se notaba en el color de su piel. No tenía nada que ver con la palidez enfermiza de los primeros días. Me moví para adoptar una posición más cómoda y sin querer la rocé bajo el agua. Ella se tensó, pero no emitió una sola protesta.
—Tenías razón, Link —dijo ella al cabo de un rato—. Ya no siento las heridas de las manos. ¿Y las tuyas?
—¿Las mías? —Ella asintió varias veces, y más zonas cubiertas por el agua quedaron expuestas. Carraspeé y me obligué a apartar la mirada—. Las mías están bien.
—¿Te duelen?
Levanté el brazo para mostrarle las magulladuras que, gracias a sus cuidados y a las fuentes termales, ya empezaban a desaparecer. Zelda pareció satisfecha con eso.
—¿Y la quemadura? Te pediría verla, pero no creo que este sea el mejor momento.
Estuve a punto de ahogarme. Carraspeé por segunda vez.
—No, no lo es —farfullé—. Pero está curándose bien.
Escuché voces provenientes del camino por el que se iba a la posta. Incluso me pareció oír algo de música.
—Deberíamos irnos ya —le dije—. Habrá poco espacio en la posta.
Ella suspiró y se apoyó en mi hombro. Estaba tan cerca que podía sentirla hiciera lo que hiciese.
—Espera un poco.
—Va a empezar a oscurecer, Zelda. Y sé que no quieres pasar la noche en los establos otra vez.
—No me importa dormir en los establos.
Resoplé, aunque no hice ningún intento de moverme. Un rato después, empezó a oscurecer, así que me las apañé para convencerla de que teníamos que ir a la posta. Había perdido la esperanza de dormir en una cama cómoda aquella noche; el bullicio solo había crecido y crecido, de modo que suponía que todo estaría lleno ya.
Mientras me ponía las botas, vi que Zelda se trenzaba el pelo húmedo. Pero ella todavía tenía muy poca ropa, así que aparté la mirada antes de que se diera cuenta.
Recorrimos el corto trecho hasta la posta. Había al menos una decena de hogueras en el exterior, y con solo asomarme dentro, supe que no había espacio para nosotros. De modo que me dirigí al mostrador y pagué por la estancia de los caballos.
—Necesitamos rupias, Zelda —le dije en voz baja mientras íbamos a los establos.
—¿Cuánto tienes?
—Menos de mil.
Ella frunció el ceño y permaneció pensativa unos instantes.
—¿Y si vendo los elixires que me quedan?
—¿Los elixires?
—Son fuertes. Y, si van a la Montaña de la Muerte, querrán buenos elixires. Seguro que conseguiremos vender al menos uno. ¿Qué te parece?
—¿Por cuánto los vas a vender?
—¿Veinte rupias?
—¿Qué tal veinticinco?
Ella rio.
—Veinticinco suena mejor.
Tenía que reconocer que no era mala idea. A Zelda le quedaban bastantes elixires, así que, si conseguíamos vender aunque fuera la mitad, obtendríamos un número considerable de rupias. Decidimos probar suerte aquella misma noche.
Los establos también estaban llenos. Solo reconocimos la cuadra de Viento porque estaba justo al lado de la de Calabaza, y el pelaje blanco de Calabaza destacaba entre todo lo demás.
Viento resopló al verme. Le eché un vistazo rápido para comprobar que estuviera bien. Le acaricié el hocico y rebusqué en las alforjas hasta encontrar una manzana.
—Esta vez he vuelto pronto, ¿lo ves?
Calabaza parecía muy emocionada de volver a ver a Zelda. Y Zelda solo reía y susurraba cosas que no alcanzaba a oír. No sabía cuándo ni cómo, pero había logrado ganarse a Calabaza. Eso era bueno. Al menos ya no cocearía como un caballo salvaje.
Llevamos a los caballos al exterior. Zelda me miró y señaló su bolsa de viaje, donde llevaba los elixires. Yo también tenía unos cuantos frascos en mi bolsa, pero ella quiso dejar esos para el final porque, al parecer, Zelda era más cuidadosa que yo con productos tan delicados.
Se adelantó y se acercó a un grupo de viajeros cercano. Estaban sentados junto a una cacerola. Guardaron silencio al vernos llegar, y Zelda ya tenía una sonrisa estampada en la cara. Empezó explicándoles que veníamos de la Montaña de la Muerte, y descubrimos que ellos se dirigían hacia allí. Luego Zelda les ofreció el elixir. Al principio parecieron indecisos pero, tras un breve regateo, vendimos unos pocos frascos. Al terminar, se dio la vuelta y sonrió.
—Te dije que funcionaría —me susurró.
—Nunca lo he dudado.
Conseguimos vender más elixires aquella noche. Algunos declinaron diciendo que ellos mismos sabían preparar sus propios elixires, aunque otros estaban tan ebrios que ni siquiera nos cuestionaron. No vendimos todos los frascos, pero sí la mitad. Y, mientras montábamos el campamento a las afueras de la posta, vi que a Zelda le brillaban los ojos.
—No me esperaba que fuera a salir tan bien —dijo—. Sabía que venderíamos algo, claro.
Añadí más leña a la hoguera.
—Solo has vendido la mitad.
—¿Y qué? —Hizo una pausa—. Tú también has participado, Link.
Solté una risotada.
—Solo has hablado tú. Yo no sabría qué decir.
Había permanecido en silencio todo el rato, apoyando sus palabras y sujetando las riendas de los caballos. Si hubiera abierto la boca, probablemente lo habría estropeado. Ella sabía regatear. Yo no. No necesitaba mi ayuda en temas como ese.
Y debía saberlo tan bien como yo, porque solo puso los ojos en blanco y se mantuvo en silencio.
—Mañana tenemos que vender más —decidió al cabo de un rato.
—¿Para qué? Ya tenemos bastante.
—Eso no importa. No hay que rendirse, Linky.
No quise discutir, porque en el fondo ella tenía razón. Por eso, al día siguiente no me sorprendió descubrir que no estaba a mi lado cuando abrí los ojos. Cogí la Espada Maestra, solo por si acaso, y fui en dirección a la posta sin recoger el campamento. Pese a haber pasado la noche sobre las rocas, no sentía ningún dolor. No tenía magulladuras en ninguna parte. Supuse que lo que se decía de las fuentes termales de Eldin era cierto.
Encontré a Zelda en el exterior de la posta, hablando con varios viajeros. Todavía era temprano, así que no había muchos viajeros fuera. Zelda se dio la vuelta al oírme llegar.
—Buenos días —me dijo—. Me preguntaba cuándo vendrías. —Se dirigió al grupo y añadió—: Este es Link. Viaja conmigo.
Algunos me saludaron, pero no pude devolverles el saludo. Podía escuchar los susurros de la espada, y eso no era bueno.
—Son viajeros y comerciantes —siguió diciendo Zelda—. Vienen de Farone. Dicen que allí hay unas ruinas de una antigua civilización. He leído sobre ella, aunque nunca he estado allí.
—Oh.
Examiné a los viajeros con atención. Todos iban armados. Me dije que no era raro que los viajeros recorrieran los caminos con armas. Sin embargo, pocos llevaban herramientas para defenderse ya. Todos los monstruos se habían ido, así que no había nada de lo que protegerse. Incluso me parecía extraño ver a tantos hylianos llevando armas.
Zelda me miró con el ceño fruncido, aunque no me reprochó nada.
—Estaba pensando que podríamos ir.
Me hubiera gustado decirle que no siguiera dando información sobre nosotros, pero ya era tarde. Ahora sabían quiénes éramos, de dónde veníamos y a dónde nos dirigiríamos en el futuro.
—¿A Farone? Eso está muy lejos.
—Vale la pena —intervino una mujer—. Esas ruinas son fascinantes.
Otros asintieron, apoyando sus palabras. Me limité a suspirar.
—Ya veremos.
Zelda sonrió, como si ya hubiera ganado. Probablemente lo había hecho, pero no iba a quejarme allí, delante de aquellos extraños. Zelda siguió hablando con ellos durante un rato, y yo no participé en la conversación. Le contaron más cosas sobre esas ruinas. No sabía de qué ruinas hablaban. Al fin y al cabo, no conocía la región de Farone. Solo la había visitado antes del Cataclismo.
Cuando Zelda acabó y regresamos al campamento, descubrí que me miraba con el ceño fruncido. Alcé las manos en señal de rendición.
—Solo quería asegurarme. Nada más.
—Son inofensivos, Link.
No respondí y ella suspiró, frustrada.
—Quiero visitar las ruinas. No creo que vayan a seguirnos hasta allí.
Le di la razón. Zelda podría reconocerlos, y no podrían arriesgarse a viajar en un grupo tan grande. Serían fáciles de identificar.
—No tengo ningún problema en ir. Pero no cuentes tantas cosas a los extraños, Zelda.
Ella bufó.
—No les he contado nada. Y nos han comprado elixires. ¿Qué tiene de malo compartir experiencias?
Suspiré y me dispuse a apagar del todo las ascuas del fuego con la bota.
—Nada.
Podía sentir su mirada clavada en lo que estaba haciendo, pero me obligué a continuar metiendo mis cosas en la bolsa de viaje. Estaba colocando las alforjas de los caballos cuando Zelda preguntó:
—¿Iremos o no?
Me encogí de hombros.
—Como quieras. Pero el viaje será largo.
—No me importa —sonrió ella—. No te preocupes. Nadie vive en Farone. Si nada ha cambiado, solo hay una posta. No nos harán daño ahí.
De nuevo, no respondí.
*
Nos llevó casi dos semanas llegar a Farone. Y habríamos tardado más, pero forzamos a los caballos más de lo que me hubiera gustado para alcanzar la región antes. Apenas conocía Farone. Solo recordaba haber estado allí cuando escolté a Zelda hasta la Fuente del Valor, un siglo atrás. Habían pasado tantas cosas desde entonces que apenas recordaba nada de Farone. Solo que parecía una maldita jungla.
Los caballos ya estaban agotados el penúltimo día de viaje, después de cruzar el gigantesco Puente de Hylia. No nos habíamos encontrado con nadie desde hacía al menos dos días. Farone no era una región donde hubiera aldeas o postas importantes. Supuse que quien viajaba hasta allí debía estar interesado en el pasado de Hyrule, incluyendo aquellas ruinas de las que Zelda tanto hablaba.
Calabaza tenía mal aspecto, así de decidí para por el resto del día. Zelda accedió a regañadientes y buscamos un lugar donde montar el campamento, pese a que ni siquiera había anochecido todavía.
Mientras Zelda le daba de beber a Calabaza y la ayudaba a calmarse, me ocupé de Viento. No parecía estar tan mal como Calabaza, pero no iba a arriesgarme a galopar con él otra vez en un par de días, al menos. Zelda había insistido en ir más rápido, y yo había aceptado. Varias veces.
—Lo siento —le dije mientras le acariciaba el pelaje húmedo e intentaba calmar sus jadeos—. Esto ha estado mal, lo sé.
Pese a todo, no había acostumbrado a Viento a cabalgar. Y Zelda lo sabía. Me di la vuelta para mirarla y vi que, mientras le daba de beber a Calabaza, tenía una expresión de culpabilidad dibujada en el rostro.
Cuando Viento se calmó un poco, me dirigí a Calabaza. Ayudé a Zelda con el animal y luego la contemplé con el ceño fruncido.
—Te lo dije.
Ella observó a Calabaza por un breve instante.
—Lo sé.
Suspiré y me incliné para encender la hoguera. Zelda se sentó sobre la hierba y se limitó a observar.
—Podrían morirse si sigues forzándolos así.
Ella alzó la vista de golpe.
—Tú también has estado forzándolos. No solo he sido yo.
Abrí la boca para replicar o probablemente para poner una excusa, pero me di cuenta de que Zelda tenía razón. De hecho, me sentía tan culpable como ella.
—Mañana iremos muy despacio —mascullé mientras metía otro tronco en la hoguera para avivar el fuego.
Zelda asintió, se puso en pie y guió a Viento por las riendas hasta traerlo más cerca al fuego. Era difícil mantener las llamas vivas en medio de un bosque como aquel, frío y húmedo. Todo lo contrario a la Montaña de la Muerte. Si no fuera porque el fuego de la hoguera amenazaba con apagarse, podría haberlo disfrutado. Prefería eso al calor mortal y abrasador de Eldin.
Zelda se arrebujó en la capa mientras yo rebuscaba algo que cocinar en la bolsa de viaje.
—Puedo ir a cazar algo —se ofreció.
—No —murmuré—. No conozco este sitio. Tú tampoco lo conoces. No deberíamos separarnos.
Suspiró, pero no siguió discutiendo. Escuché el familiar sonido metálico de la piedra sheikah. Supuse que estaría mirando el mapa. Saqué un puñado de verduras que Zelda le había comprado a un comerciante unos pocos días atrás, en la última posta que habíamos visitado, y coloqué la cacerola. Mientras esperaba a que le llegara el calor suficiente, escuché sonidos provenientes de la piedra sheikah otra vez. Miré a Zelda y descubrí que estaba guardando más imágenes. Solo que la piedra estaba apuntando en mi dirección.
—No es a ti, Link —dijo como si fuera obvio tras darse cuenta de mi confusión—. Es al paisaje.
—Ya veo.
Le arrebaté la piedra sheikah de las manos. A ella se le escapó una exclamación ahogada y maldijo en voz alta, pero mantuve el artefacto fuera de su alcance. Revisé las últimas imágenes, y ahí estaba yo. Una y otra vez. Avivando el fuego y colocando la cacerola. E incluso sacando nuestra cena.
Miré a Zelda con una ceja alzada, y ella se ruborizó.
—Es para la ciencia. No lo entenderías.
Solté una carcajada.
—Para la ciencia, claro.
Dejé que cogiera la piedra sheikah. Se la ató a la cintura, ofendida. No me dirigió la palabra durante el resto del día.
Un chisporroteo me despertó en mitad de la noche. Busqué la Espada Maestra a ciegas mientras sentía gotas frías cayéndome encima. Abrí los ojos y no vi a nadie, pero sí descubrí que llovía. Maldije para mis adentros. Todavía no estaba amaneciendo siquiera.
Desperté a Zelda y buscamos un refugio donde protegernos. La lluvia ya caía con fuerza, y lo último quería era que Zelda enfermara por estar a merced del frío durante tanto tiempo.
Después de un largo rato buscando, vislumbramos unas ruinas escondidas entre los árboles. Eran solo dos casas abandonadas y medio derruidas tras años en desuso. Sin embargo, el techo todavía permanecía en su sitio, y eso era suficiente.
Me apresuré a encender otro fuego mientras Zelda acomodaba a los caballos. Ella volvió a dormirse al instante. Antes, incluso, de que la madera prendiera de verdad. Pero a mí me llevó un rato volver a dormir. La lluvia rugía en el exterior, y rezaba a las Diosas por que no fuera una tormenta. No me gustaban las tormentas.
Inspeccioné las ruinas con más atención. La casa en la que estábamos no había sido muy espaciosa, así que sería fácil saber si alguien más había entrado. Me había pasado gran parte del viaje alerta, esperando a que alguien nos atacara. Pero nadie lo había hecho, y había empezado a bajar la guardia otra vez.
Me acomodé junto a Zelda y me arrebujé en la capa. El fuego la había secado ya. Y permanecí despierto durante un largo rato, escuchando como la lluvia caía en el exterior.
Al día siguiente, la lluvia había dejado de caer cuando salimos de nuestro refugio. Una fina capa de niebla se extendía por el bosque, y los árboles tenían copas tan densas y altas que apenas podía ver el cielo.
—Es por ahí —indicó Zelda, señalando una dirección que no me dijo nada. Si había un camino, no podía verlo porque estaba cubierto por la niebla. El bosque parecía hacerse más espeso allí. Decidí confiar en Zelda; ella se estaba guiando por el mapa de la piedra sheikah. Sabía lo que estaba haciendo.
Recogimos el campamento y reanudamos la marcha. Íbamos a paso lento, pero no iba a arriesgarme a aumentar la velocidad. Zelda adoptó el mismo ritmo que llevaba Viento.
Cabalgamos hasta mediodía e hicimos una pausa para comer. El frío me entumecía las manos y las piernas. La niebla se había hecho más densa, igual que el bosque. Había más árboles y más espesura, y a los caballos ya les costaba un poco más avanzar. No quería que se rompieran una pata por haber tropezado con una raíz.
Después de mediodía, empezó a llover otra vez. Me cubrí con la capucha, pero no sirvió de nada. Las ropas no tardaron en empaparse también. A Zelda debía estar pasándole lo mismo, porque ya tiritaba sobre la silla. Maldije para mis adentros y le indiqué que me siguiera para buscar un refugio.
Resultó más difícil de lo que creía. No podía ver nada entre la niebla y la densa cortina de agua. Estábamos yendo sin rumbo. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Nos mojaríamos de todas formas.
—¿Estás segura de que no estamos yendo en círculos?
—No estamos yendo en círculos, Link —dijo ella por encima de la lluvia—. Puede que te hayas desviado del camino, pero eso no importa.
Aferré las riendas con más fuerza y seguí avanzando. El poder de la Espada Maestra se removió de pronto, y me pareció escuchar un susurro entre los arbustos. Entorné los ojos, pero no podía ver nada. Solo niebla y gotas de agua. Algo se retorció en mi estómago, y empecé a tener un mal presentimiento.
—¿Zelda? —le dije con voz temblorosa—. ¿No puedes mirar dónde estamos?
Pero ella no respondió. Porque algo silbó en el aire entonces, por encima del rugido de la lluvia, y de pronto Calabaza no tenía jinete.
