LINK
Miré a mi alrededor, pero no había nadie. Nada se oía ya. Ni siquiera sabía lo que estaba buscando.
Zelda. Miré a mi alrededor una vez más. ¿Se la habían llevado? No podía verla, porque la lluvia lo hacía todo más difícil. ¿Estaba imaginándome cosas? Tal vez había visto un tipo de flor poco común entre los arbustos y había desmontado del caballo para examinarlo de cerca. No habría podido oírla por encima del ruido de la lluvia. Recé por que fuera eso. Por que solo fuera eso. Nunca le había pedido mucho a las Diosas, pero si podían concederme eso, sería más que suficiente.
Sin embargo, en el fondo tenía la sensación de que algo no iba bien. La Espada Maestra estaba en mi mano. No sabía cuándo la había desenvainado. ¿Llevaba allí todo el tiempo? Aunque, pensándolo mejor, tampoco sabía cuánto tiempo llevaba allí de pie, esperando a que Zelda apareciera de un momento a otro. Sentí como el espíritu se removía y me susurraba. Pero no conseguía entenderlo pese a lo mucho que me esforzaba.
—¿Zelda?
Por un breve instante, solo se oyó el rugido de la lluvia al caer. Era casi ensordecedor. Y de pronto escuché algo más. Apenas audible, y ni siquiera había sido una palabra. Pero no provenía de muy lejos.
Vi a Calabaza a unos pasos de mí. Había intentado huir, asustada. Podría haber intentado calmarla, pero no habría sido capaz. ¿Cómo demonios iba a calmar a un caballo asustado cuando yo mismo temblaba de terror?
Avancé en esa dirección, y de pronto la vi. Por un instante sentí alivio, pero entonces vi algo más. Sangre. Su sangre. La Espada Maestra quedó olvidada entre los matorrales, pese a que una voz me gritaba que eso estaba mal. Terriblemente mal.
Y me arrodillé junto a ella, y me dijo algo, pero no pude oírla. Intentó sentarse. La detuve mientras intentaba descifrar de dónde venía toda aquella sangre. Cuando lo vi, algo se me heló por dentro. Había una flecha clavada en su pierna. Una flecha de verdad. Como las que ella solía usar para matar conejos.
La miré a los ojos vidriosos. Estaba pálida y empapada. Temblaba con violencia. Miré a nuestro alrededor, y esa vez sí tenía una ligera idea de qué era a lo que nos estábamos enfrentando. Y algo me dijo que teníamos que irnos de allí. Lejos, muy lejos.
Recogí la Espada Maestra y llevé a Zelda en brazos hasta Viento. Él era más rápido que Calabaza, y podría resistir más tiempo al galope. La dejé sobre la silla y yo monté detrás. Alcanzaba a oír sus gemidos de dolor, así que la rodeé con fuerza para que no se cayera del caballo, como si así fuera a dejar de sentir dolor. Clavé los pies en los estribos con más brusquedad de la necesaria. Viento salió al galope al instante.
Silbé para que Calabaza nos siguiera. Esperaba que pudiera seguirnos. Odiaría dejarla atrás, pero era peligroso. Peligroso para Zelda. No sabía si estaba siguiéndonos, porque a través de la lluvia apenas podía ver nada, y solo alcanzaba a oír los cascos de Viento, los quejidos de Zelda y los latidos de mi propio corazón.
No sabía a dónde íbamos. Tenía que mantener a Zelda segura y sujetar las riendas de Viento, así que no podía sacar la piedra sheikah. Era peligroso correr por un bosque a caballo, pero ser atravesado por una flecha era más peligroso aún.
No sabía cuánto tiempo llevábamos cabalgando cuando vislumbré una cueva en lo que parecía el final del bosque. Pero no podía ser el final. Farone era muy grande para recorrerlo en tan poco tiempo. Tardaría días enteros, y no podía haber pasado tanto tiempo. Sin embargo, allí estaba. Junto a un lago. Más que suficiente.
Desmonté de un salto y llevé a Zelda hasta el interior. Ni siquiera me detuve a encender una hoguera o a comprobar que estuviéramos fuera de peligro. Dejé a Zelda en el suelo y me arrodillé a su lado. Saqué la daga que nos habían dado los goron y corté la tela ensangrentada de su pantalón con dedos torpes. Saqué vendas de la bolsa de viaje, y también agua. Agua de las fuentes sagradas que, según ella, tenía poderes curativos. La había traído del Monte Lanayru.
La miré a los ojos. Ella tenía miedo, lo supe al instante. Pero estaba seguro de que no tenía tanto miedo como yo.
—Voy a sacarla.
Palideció un poco más, o quizá fueron solo imaginaciones mías, aunque luego asintió sin una sola palabra.
—Va a doler. Pero no puedes gritar. —Si gritaba, nos descubrirían. No tardarían en encontrarnos. Le tendí un palo húmedo—. Muérdelo.
Ella asintió de nuevo y aceptó el palo.
—¿Link? —murmuró de pronto.
—Seré rápido.
Rocé la flecha, y al instante me arrepentí. Aquello era una locura. Sabía sacar flechas, pero solo de la forma más dolorosa. No sabía cómo hacerlo con cuidado. Solo conseguiría hacerle daño.
Pero era la única opción que tenía.
—Hazlo ya —murmuró Zelda.
Tomé aire y rodeé la flecha con las manos. Vacilé por un breve instante; luego retorcí y tiré. Tiré con todas mis fuerzas. Y la flecha salió, pero no me sorprendió que ella perdiera el conocimiento debido al dolor. Detuve el chorro de sangre como pude y luego limpié la herida y la vendé con delicadeza. Era lo menos que se merecía.
Rebusqué en su bolsa de viaje empapada y encontré las hierbas que necesitaba. No era especialmente bueno haciendo pociones y elixires, y ni siquiera tenía todos los ingredientes a mano, pero esperaba que sirviera. Si la ayudaba con el dolor, al menos durante unas pocas horas, estaría más que satisfecho.
Le quité las ropas húmedas y la cubrí con una manta que había conseguido salvarse de la lluvia a duras penas. Me hubiera gustado encender un fuego, pero nos habrían descubierto al instante. No habíamos sido cuidadosos, y tampoco rápidos. Ya debían estar buscándonos. Esperaba que la lluvia y el barro cubrieran nuestro rastro.
Me asomé al exterior con cautela y vi a Calabaza junto a la cueva. Me apresuré a tirar de las riendas para llevarla al interior.
—Chica lista —le susurré. Iba a pasar las manos por su crin húmeda, pero entonces vi el rastro de sangre.
Sangre de Zelda. Saqué el pellejo de agua y lo vertí sobre mis manos. La sangre desapareció poco a poco. Cuando no quedó ni rastro —y el pellejo estuvo vacío— tomé asiendo junto a la pared de la cueva. Tenía la capa húmeda y empapada, pero no podía secarla al calor de un fuego. Y no podía quitarme la capa porque estaba muerto de frío, y eso era lo único que podía protegerme. Zelda tenía la manta.
Me revisé las manos. Todavía había restos de sangre seca. Apenas eran visibles, pero estaban allí. De pronto, mientras escuchaba el repiqueteo constante de la lluvia en el exterior, sentí algo frío estallar por dentro. Gélido, tanto que ardía. Reconocía aquella sensación. No era la primera vez que la percibía, y tampoco sería la última. La primera vez había ido dirigida hacia el Cataclismo. Y ahora alguien había intentado matar a Zelda delante de mis narices, y yo no había podido hacer nada para evitarlo.
¿Por qué? ¿Por qué a ella? ¿Por qué no a mí? Zelda ya había sufrido lo suficiente. A mí no me daba miedo morir. Ni tampoco sentir dolor. El fuego empezó a avivarse de nuevo, y fue entonces cuando la verdad me llegó de golpe. Le habían disparado. A ella. A Zelda.
Mis sospechas habían resultado ser ciertas. Todas. Querían a Zelda. Querían hacerle daño. Y ahora estábamos perdidos dentro de un bosque, sin forma de salir. Seguro que todo había sido una trampa. ¿Esas ruinas existirían siquiera? ¿O habría sido una invención para atraer a Zelda?
Había sido un idiota. Yo era lo único que se interponía entre ella y el peligro, y aun así no había hecho nada. No había montado guardia. No había insistido en que Zelda no confiara en extraños. Había cedido y accedido a ir a Farone. Justo lo que aquellos bastardos —quienesquiera que fuesen— buscaban. Y ahora podrían encontrarnos en cualquier momento. Nos habíamos adentrado, posiblemente, en el peor lugar posible.
Necesitábamos ayuda. Ayuda rápida. Me disponía a coger la piedra sheikah cuando algo del suelo me llamó la atención. Cogí la flecha con dedos temblorosos, aunque al instante dejaron de temblar. Examiné de nuevo el símbolo, rezando por que fuera un error, quizás una pesadilla. Pero era real.
Aquella sensación gélida me recorrió de nuevo. Me aferré a la empuñadura de la Espada Maestra con fuerza. Con tanta fuerza que dolía. Ella también me susurraba, pero no quise escuchar. No podía. La flecha quedó olvidada en el suelo de nuevo. Y por un instante, estuve a punto de salir en busca del bastardo que le había disparado. Ella no se lo merecía. No se merecía nada de aquello.
Por un instante, estuve a punto de desenvainar. De salir a matar. Matar, lo que más odiaba en el mundo.
Pero acabé soltando la espada, que aún seguía en la vaina, gracias a algún milagro. Zelda estaba allí. Ella era lo más importante. No podía dejarla sola. Imaginé la cara de horror que pondría si descubriera lo mucho que deseaba salir a matar en medio del bosque. Imaginé el horror que yo mismo sentiría.
Me senté más cerca de ella, por si algo le ocurría. No había recibido más heridas. Solo aquel disparo de flecha. Di gracias a las Diosas por que al menos quien hubiese disparado fuera tan mal arquero. Una flecha en la pierna ni siquiera era mortal, y la herida no era muy profunda. No había llegado al hueso, por suerte.
Preparé la poción para el dolor y luego la vertí en uno de los frasquitos vacíos de elixir contra el calor. Habíamos tirado los elixires sobrantes al río Hylia una tarde. Zelda habría insistido en que estaba mal, pero al final había logrado convencerla. Tampoco haríamos daño a nadie con cinco elixires.
Escuché un chapoteo en el exterior. Y luego otro. Pasos. Debían estar cerca, porque el sonido se oía por encima de la lluvia. Y nos estaban buscando. Habían tardado en acercarse, de hecho. Sin embargo, confiaba en que la cueva estuviera bien oculta. Les sería difícil vernos, a menos que se asomaran al interior.
Contuve el aliento y esperé, con una mano en torno a la empuñadura de la espada, que no paraba de susurrar. Por un instante, tuve la sensación de que ya estaban dentro de la cueva. Los pasos se oían tan cerca que tuve que contener un escalofrío.
Y luego los pasos volvieron a alejarse. Se perdieron entre la lluvia. Aquello me dejó incrédulo. ¿De verdad no nos habían visto? ¿Se habían ido sin más? Ni siquiera me había esforzado tanto en ocultarnos. Había creído que nos encontrarían hiciera lo que hiciese, y que tendría que enfrentarme a ellos por fin. Una pequeña parte de mí lo deseaba, incluso.
Pero, por suerte, en ningún momento tuve que desenvainar la espada.
Permanecí allí, inmóvil, aferrándome a la Espada Maestra, durante una eternidad. No me atrevía a mover un solo músculo. Temía que nos estuvieran buscando en el bosque todavía, con los arcos cargados y el carcaj lleno de flechas.
Intenté ponerles cara, pero no pude. Ahora que sabían quiénes habían sido, era incapaz de hacerlo. Porque pensaba matarlos. A todos. Y, si les ponía rostro, eso se volvía aún más difícil.
Empezó a escampar, y entonces percibí que Zelda se movía. No sabía cuánto tiempo había pasado. ¿Habría atardecido ya? ¿Sería de noche?
Ella estaba intentando sentarse, pero no se lo permití. Mientras protestaba de forma casi incoherente, examiné su cabeza en busca de alguna herida. Al parecer no se había abierto nada al caer del caballo. Intentó zafarse de mi agarre de nuevo, pero solo consiguió sisear de dolor.
—No hagas movimientos bruscos —mascullé mientras le tendía un frasquito con la poción para el dolor.
Ella lo aceptó, pero no se lo tomó de inmediato. Examinó las vendas de su pierna con los ojos muy abiertos.
—No era una pesadilla —murmuró entonces.
Ojalá lo hubiera sido.
—Bébetelo —le dije, señalando la poción.
—¿Qué es?
—Para el dolor.
La olisqueó y luego arrugó la nariz. Tomó un sorbito, aunque al final acabó con la mitad del frasco.
—No sabe mal.
Estaba burlándose de mí. ¿Cómo podía estar burlándose de mí en un momento como aquel?
—¿Qué demonios te pasa? —le dije con más brusquedad de la necesaria. Ella se detuvo al instante, y parecía sorprendida—. Acaban de... de dispararte. A ti. ¿Es que te da igual?
Ya tenía el ceño fruncido. Pero seguía pálida, y sus ojos todavía estaban vidriosos, así que solo conseguí preocuparme más. ¿Quizá no había visto todas sus heridas? ¿Y si la poción para el dolor no había surtido efecto? Tendría que ir en busca de más hierbas, pero no podía dejarla allí sola. Estaba a punto de preguntarle si le dolía mucho cuando Zelda habló de nuevo:
—Link —empezó con sorprendente tranquilidad—, creo que has malinterpretado la situación. No me han disparado. No a propósito, al menos. —Abrí la boca para replicar, pero ella me interrumpió—: No sabemos de dónde venía esa flecha. Quizás era solo de alguien que estaba cazando en el bosque. A lo mejor falló el tiro y me dio a mí. No creo que fuera intencionado.
La contemplé, y fue mi turno de mostrar incredulidad. Porque no daba crédito. ¿Cómo podía estar tan tranquila? Incluso le restaba importancia a todo. No sabía qué decir, así que simplemente cogí la flecha y se la mostré. Sus ojos se abrieron como platos, pero se mantuvo en silencio. Me miró y, por un instante, vi una pizca de miedo en su mirada.
—¿D-de... de verdad es...?
—Eso parece.
Calló durante un largo rato.
—Pero... pero eso es imposible —susurró al fin—. El clan Yiga ya no existe. Tú mismo lo destruiste.
Contemplé el ojo sheikah invertido una vez más. No me cabía ninguna duda de que era el clan Yiga. Esos bastardos habían disparado a Zelda y nos habían estado siguiendo todo ese tiempo. Querían eso que no consiguieron cien años atrás.
—Lo sé —murmuré—. Pero alguno debió sobrevivir. Al menos dos.
Se estremeció con un escalofrío y luego hizo una mueca y se llevó una mano a las vendas.
—Tiene que ser un error —insistió—. A lo mejor alguien encontró esa flecha. No sabrían qué es el clan Yiga. La usarían para cazar como una flecha más.
—No, Zelda —le dije—. Quieren hacerte daño. A ti.
Por un momento, estuve convencido de que iba a negarlo.
—¿Por qué? —susurró al final—. ¿Por qué yo?
—Porque saben quién eres —respondí—. Deben haberse enterado. No sé cómo. Pero saben quién eres tú.
Calló de nuevo. Se cubrió el rostro con las manos y dejó escapar un siseo de dolor.
—¿Qué hacemos ahora, Link? —me preguntó. Su voz parecía pequeña, tanto que apenas era audible.
—Nos iremos —contesté—. Muy, muy lejos. A un lugar seguro. Tal vez a casa o a Kakariko. El clan Yiga no se atreverá a entrar ahí.
Asintió varias veces.
—Sí. Sí, eso es lo más razonable.
Escuché sonidos en el exterior, y me llevé una mano a la empuñadura de la espada. Zelda se quedó muy quieta, y así supe que no habían sido solo imaginaciones mías. No obstante, el ruido no volvió a repetirse, de modo que supuse que había sido únicamente un animal.
—¿Link? —susurró Zelda de pronto.
—¿Qué?
—¿Estás enfadado?
Me detuve de golpe y la miré a los ojos. Su expresión era indescifrable. Me pregunté si ella estaría enfadada. Porque no la había protegido. No había estado prestando atención. Había bajado la guardia, y ni siquiera me había esforzado lo suficiente. Y ahora ella estaba allí, en medio de un bosque desconocido, sin poder andar. Con una herida de flecha.
Zelda tenía más derecho a estar enfadada que yo.
—No —respondí al final—. ¿Por qué iba a estarlo?
Se encogió de hombros y desvió la vista.
—Bueno, todo esto es culpa mía. Si te hubiera hecho caso, no estaríamos aquí.
Contuve una carcajada amarga.
—La culpa es mía, Zelda. No estaba... atento.
—Estaba lloviendo. ¿Cómo podrías haber visto algo?
—Eso no importa. No te he...
—Di una sola palabra más y te abofetearé aquí mismo —me espetó entonces, y cerré la boca de golpe. Sus ojos brillaban con fuerza. Supe que había cometido un error. Siempre ponía esa cara cuando cometía un error—. No es culpa tuya. No lo es.
—Pero...
—¿Tú disparaste la flecha? —Negué con la cabeza, horrorizado. Nunca, ni aunque quisiera, podría dispararle una flecha. Nunca. Me la clavaría a mí mismo antes de llegar a eso—. No. Entonces no eres culpable. ¿Me has entendido?
—Zelda...
—Si vas a empezar con tu discurso del honor y el deber, me iré. Te lo prometo. No eres mi escolta. No estás a cargo de mi seguridad. Ya no. Te liberé de esa responsabilidad, ¿recuerdas? Ya estoy harta de que te comportes como uno de esos caballeros patéticos. Tú no tienes por qué hacerlo, Link.
Guardé silencio durante un largo rato. Habría estado feliz de permanecer callado por unas cuantas horas más, pero Zelda me estaba mirando. Sabía que no me dejaría en paz hasta que le diera una respuesta.
—Lo sé —dije simplemente—. Pero no quiero que te hagan daño. Es solo eso.
—Hay cosas que no pueden evitarse, Link. Es así de simple.
No estaba de acuerdo con ella. No podía tener razón. Todo aquello podría haberse evitado. Pero discutir no nos llevaría a ningún sitio, así que asentí con la cabeza y dejé que se tomara lo que quedaba de poción para el dolor. Me arrebujé más en la capa, que todavía estaba húmeda.
—Estás temblando —dijo Zelda de pronto.
No respondí. Si temblaba no era de frío; la ira llevaba un buen rato manteniéndome caliente.
Ella suspiró, y de repente estaba arrastrándose en mi dirección. Escuché sus quejidos de dolor y quise detenerla, pero no me hizo caso. Cuando llegó a mi lado por fin, me cubrió con la manta, aunque no era lo suficientemente grande para los dos.
—Y yo que empezaba a estar en buena forma... —farfulló con la respiración agitada.
—No deberías hacer esfuerzos así —mascullé, y me aseguré de que su pierna estuviera colocada en una buena posición.
—¿No podré caminar? ¿Ni montar?
—No. Al menos no en unos días. —Escuché sus bufidos de frustración—. Pero saldremos de aquí.
—¿Cómo?
—Esperaremos. Y luego cogeremos a los caballos y nos iremos de aquí.
Miró a Calabaza, que nos observaba desde el otro lado de la cueva.
—Ella está bien, ¿verdad?
Asentí con la cabeza, y me pareció escuchar un suspiro de alivio. Tras un corto silencio, ella habló de nuevo:
—No es nada grave, ¿verdad, Link?
Su voz era tan pequeña que bien podría haberme susurrado aquello al oído. Por una vez, parecía preocupada. Preocupada de verdad. Examiné su pierna con ojo crítico. Intenté tranquilizarla, aunque estaba seguro de que no me saldría muy bien.
—No es grave —respondí—. No llegó al hueso. Sangraba, pero no es nada grave, Zelda.
—Tú eres el experto. No tengo más remedio que confiar en ti.
Sabía que pretendía hacerme reír, pero solo hice una mueca.
—Da gracias por que sepa sacar una flecha.
—Y vaya manera de sacar la flecha...
Sentí una punzada de culpabilidad. Le había dolido. En realidad, eso ya lo sabía; si no, ¿por qué había llegado a perder el conocimiento? Había sido brusco y le había hecho daño.
—No te tortures tanto —murmuró ella—. Sé que era lo que tenías que hacer. No te atrevas a disculparte.
Me mantuve en silencio, porque todo lo que conseguiría decir sería una disculpa. Y no quería que se enfadara.
Contemplé las vendas de su pierna. Un poco más arriba, y probablemente no habría salvarla. Un poco más arriba, y habría ido directa a su corazón. Y la habría perdido para siempre. Había estado a punto de hacerlo. Y podría perderla en cualquier momento. Nuestro escondite no era tan bueno.
—¿Tienes más mantas? —me preguntó Zelda con el ceño fruncido.
—No —murmuré mientras intentaba controlar los temblores—. Están todas empapadas.
Chasqueó la lengua y miró a su alrededor. La rodeé con un poco más de fuerza. Pensaría que era solo debido al frío. Pero no era únicamente por eso. Ella no pareció darse cuenta, y se dejó hacer.
Llovió un poco durante la noche. Y sabía que era de noche porque el exterior estaba más oscuro. El cielo se debía haber despejado un poco, aunque no me atrevía a asomarme. Pasé la noche despierto, montando guardia. Con la espada cerca. Debían haber decidido seguir buscándonos durante la noche, porque oí cascos de caballos en varias ocasiones, y también voces ahogadas. Siempre que eso ocurría, abrazaba a Zelda con más fuerza, pese a que ella ya se había dormido, y esperaba, con el corazón latiendo muy deprisa. Y entonces se iban, y podía respirar tranquilo otra vez.
Pasamos un día más allí. Zelda se dedicó a examinar el mapa de la piedra sheikah para encontrar un camino que nos llevara hasta la salida del bosque, pero era casi imposible saber dónde estábamos. Zelda insistía en salir para explorar, pero me negué en rotundo. No iba a dejarla ahí sola, herida e indefensa. No iba a correr ningún riesgo otra vez. Ya había corrido suficientes.
Aun así, teníamos que irnos de aquella cueva. No tardarían mucho más en encontrarnos. Debían estar rindiéndose, porque los sonidos cada vez nos llegaban con menos frecuencia. Así que, al tercer día, decidimos salir de allí por fin.
Me cubrí con la capucha y silbé para que Calabaza nos siguiera. Zelda estaba sobre Viento, montando conmigo. No confiaba en que pudiera mantenerse sola sobre su yegua todavía.
Avanzamos por el bosque al galope. No nos detuvimos. Seguíamos la dirección más segura que Zelda había sido capaz de encontrar. Sentía como ella se estremecía cada vez que el caballo hacía movimientos bruscos, pero galopar era lo más seguro. No me atrevía a ir más despacio. La niebla seguía cubriendo el suelo, y era fría y húmeda, pero al menos no iba acompañada de lluvia.
No nos cayó ninguna flecha. Nadie apareció en medio de nuestro camino. Por si acaso, mantenía a Zelda bien cerca, protegida por todos los flancos. Ella se había quejado al principio, diciendo que yo quedaba demasiado expuesto. Pero no había cedido. La querían a ella, no a mí. Pero, a pesar de todo, tendrían que pasar por encima de mí antes de hacerle daño a ella. Y me había prometido que nunca volverían a hacerle daño. No mientras yo estuviera a su lado.
De modo que cabalgamos sin detenernos durante tantas horas que perdí la cuenta. Pero, cuando ya anochecía, salimos del bosque por fin. Nos vimos rodeados de acantilados. Detuve al caballo cerca del borde de uno y miré abajo. Zelda dejó escapar una exclamación ahogada.
Era una aldea. Parecía pequeña y no la conocía, pero seguía siendo una aldea. Un lugar donde nadie se atrevería a atacar. Estarían muy expuestos, y el clan Yiga no quería eso. Lo último que deseaban era que todos conocieran la verdad.
—Podríamos ir allí, Link —me susurró Zelda—. Estaríamos a salvo.
Por un instante, estuve tentado a asentir sin poner objeciones. Aquello era justo lo que necesitábamos. Y sabía que ella estaba dolorida y agotada. Yo también lo estaba. Y, sin embargo...
—Podría ser una trampa —murmuré mientras entornaba los ojos para ver mejor.
—Míralo bien, Link. Es una aldea diminuta. Más que Hatelia. ¿Cómo va a ser una trampa?
Me mantuve en silencio. Por eso mismo pensaba que podía ser una trampa. Nadie pensaría que en un lugar tan pequeño como ese había un grupo de asesinos letales preparados para matar.
Pero lo cierto era que no podíamos seguir avanzando mucho. Viento no aguantaría mucho más. Y yo tenía frío, porque la capa todavía no se había secado del todo. Tenía las piernas rígidas y apenas podía sentir los brazos. Y echaba de menos estar al calor de un fuego y tener una cama de verdad en la que dormir.
Zelda comenzó a suplicar, y acabé asintiendo a regañadientes. Muy a regañadientes.
Llegamos a la aldea cuando ya comenzaba a oscurecer. Caí en la cuenta entonces de que habíamos salido de Farone. Aquello era Necluda. Podía ver el mar, y sabía en qué dirección se encontraba Hatelia.
Había dos guardias apostados junto al arco de entrada. Y, cuando estábamos solo a diez pasos de ellos, sentí que el espíritu de la espada me avisaba de nuevo. Con mucha urgencia. Tanta que incluso me resultó extraño. Traté de entenderla, pero no pude.
Desmonté, aunque le dije a Zelda que se quedara sobre el caballo. Si había que huir, solo tendría que darle unos golpecitos a Viento y él se llevaría a Zelda muy lejos.
Los guardias poseían lanzas. Lanzas de verdad. Eso también me resultó extraño. En las aldeas hylianas que quedaban en pie, no se podían permitir el lujo de tener armas de verdad. De buen acero. Los guardias nos examinaron de arriba abajo.
—¿Sois monstruos? —dijo uno.
Miré a Zelda, que se encogió de hombros.
—No.
—¿Queréis entrar en la aldea?
—Sí —respondió Zelda por mí—. Estaríamos muy agradecidos si...
—¿Por qué queréis entrar? —inquirió el segundo guardia con una ceja alzada.
—Venimos de... de muy lejos. Somos viajeros. Estábamos perdidos en Farone. Llevamos días buscando la salida. Si nos acogierais, al menos por una noche...
—¿Qué te ha pasado en la pierna?
El primer guardia miraba a Zelda con demasiada atención. Como si estuviera buscando algo en su rostro.
—Un accidente —dije antes de que ella tuviera tiempo de contestar. Al menos ambos guardias dejaron de mirar a Zelda de aquella forma tan escalofriante—. ¿Podemos entrar o no?
El segundo guardia, que parecía más joven que el primero, jugueteó con su lanza. Contuve un bufido.
—Depende.
Fruncí el ceño y me acerqué un paso más. La espada protestó, pero hice caso omiso.
—¿Depende de qué?
Normalmente los guardias no eran tan desagradables en el resto de aldeas que Zelda y yo habíamos visitado.
El segundo guardia hizo girar su lanza de nuevo.
—Depende de...
—No depende de nada, Drenn —dijo de pronto una voz femenina.
Alcé la vista y vi a una mujer acercándose al arco de entrada. Tenía el pelo rojo como el fuego y la piel tostada por el sol. Era alta y andaba con una extraña seguridad. Como si supiera que todos allí le guardaban respeto. Sin embargo, solo parecía tres o cuatro años mayor que yo.
—Solo estábamos asegurándonos, mi señora —dijo el primer guardia.
Mi señora. Hacía tiempo que no oía ese título. ¿Cuándo habría sido la última vez?
—¿Asegurándoos de qué?
—De que no fueran monstruos.
A ella se le escapó una carcajada.
—¿Es que tienen pinta de monstruos?
Los guardias se encogieron de hombros. La mujer suspiró y nos miró con una sonrisa.
—Pues claro que podéis pasar. No solemos recibir muchos visitantes. De ahí viene la desconfianza. Pero seguidme. Yo misma os acompañaré hasta la posada.
Estuve a punto de negarme, pero una mirada de advertencia de Zelda fue más que suficiente.
Así que dejé que nos llevara al interior de la aldea. La playa estaba muy cerca de las cabañas. Aunque eran más parecidas a chozas que a cabañas. Debía ser una aldea pobre. Vi familias alrededor de las chozas. No parecieron prestarnos mucha atención.
—¿Cómo se llama este sitio? —preguntó Zelda. Todavía estaba a lomos de Viento.
—Onaona —respondió la mujer.
No recordaba haber oído hablar de aquel lugar. Miré a mi alrededor, a la playa, y vi barcas y botes de aspecto resistente. Debía ser una aldea pesquera. Era pequeña, pero habían logrado sobrevivir.
La posada era una cabaña un poco más grande que las demás. Se encontraba bajo la sombra de una palmera. En el interior había un hombre de piel tostada, que alzó la vista al oírnos.
—¿Traéis clientes? —preguntó.
—No son clientes —replicó la mujer—. Son solo viajeros.
El hombre asintió despacio y luego nos examinó con atención.
—¿Queréis una habitación en la posada?
Miré a Zelda, que se había quedado fuera, sobre Viento. Ella asintió con disimulo. Maldije para mis adentros. Tampoco tenía otra opción.
—Sí.
—¿Por cuánto tiempo?
—Al menos una noche.
—¿Solo una noche? —intervino la mujer—. Tu amiga parece muy malherida. ¿Qué le ha pasado?
La miré con el ceño fruncido.
—No está muy malherida —repliqué—. Y lo que le haya pasado no es asunto vuestro.
—¡Link! —siseó Zelda a mi espalda, pero fingí no haberla oído.
La mujer sonrió, para mi sorpresa.
—Por supuesto. Disculpadme.
Ninguno dijo nada por unos instantes.
—Así que —intervino el posadero—, ¿una noche?
Asentí despacio y le di las rupias. Luego llevé a Viento y a Calabaza a unos establos que estaban vacíos. Ayudé a Zelda a llegar hasta nuestra habitación. Era minúscula y solo había dos jergones que no tenían aspecto de ser muy cómodos. Zelda se dejó caer sobre uno con un suspiro.
—Te preguntaría que qué te pasa —murmuró—, pero sé que no me responderás.
Dejé las bolsas de viaje en el suelo con más fuerza de la necesaria. Saqué vendas y fui a sentarme a su lado.
—No tienes que ser tan grosero —dijo Zelda cuando empezaba a apartar las vendas viejas.
—¿Grosero? —bufé.
—Sí, Link. Lo que le has dicho ha sido grosero.
—Le he dicho la verdad.
Examiné la herida con cuidado. La flecha no había estado envenenada. Aquel había sido uno de mis mayores temores. Pero, si hubiera veneno, ya lo habría notado. Sin embargo, su pierna parecía estar curándose bien. Con más lentitud de lo que me hubiera gustado, pero al menos se estaba curando.
—No quieren nada malo —murmuró ella—. ¿Has visto la aldea? Es insignificante. Son pobres, Link.
—Pues pueden permitirse lanzas de verdad.
Ella suspiró, frustrada, aunque yo tenía la vista clavada en su herida. Empecé a vendarle la pierna de nuevo.
—Eso es estúpido. Tal vez las encontraron en unas ruinas.
—Tenían demasiado buen aspecto.
Casi pude ver como ponía los ojos en blanco.
—No me puedo creer que estés comportándote así otra vez.
Dejé lo que estaba haciendo para mirarla por fin.
—Te han disparado. ¿Es que no te das cuenta? Un poco más arriba y no habría podido hacer nada. Te habrían matado, Zelda. Justo a una corta distancia de aquí. No me culpes por querer mantenerte viva.
Ella se quedó en silencio por un largo rato. Cuando acabé con las vendas y me disponía a guardarlo todo en las bolsas de viaje, Zelda habló de nuevo:
—Puede que te equivoques.
—¿Ah, sí?
—Llevas equivocándote todo este tiempo.
Negué con la cabeza. Por un instante, estuve tentado a no decir nada más. No quería seguir discutiendo. Era lo que siempre hacía, ¿no? Guardar silencio. Darle la razón y dejar que ganara la discusión. Sin embargo, estaba casi seguro de que, en esa ocasión, no tenía razón.
—Creo que eres tú quien se equivoca, Zelda.
Sus ojos relampaguearon. Intentó ponerse en pie para estar a mi altura, pero fracasó con una mueca de dolor.
—¿Que me equivoco? ¿En qué me equivoco, exactamente?
—¿La verdad? En casi todo. ¿Por qué demonios estás tan segura de que no hay nadie que quiera hacerte daño? Lo han intentado más de una vez. Quizá te pienses que soy idiota, pero en realidad no lo soy.
—No creo que nadie quiera hacerme daño porque es la verdad —repuso. Empezaba a alzar la voz.
—Deja de ser tan ingenua —le dije—. Eres cien veces más lista que yo. Deberías darte cuenta de estas cosas.
Se detuvo, y por su expresión supe que le había hecho daño. Empecé a arrepentirme, pero estaba demasiado enfadado para disculparme.
—Ingenua —siseó—. ¿Crees que soy ingenua?
—A veces.
Se sumió en un silencio extraño. Aquella noche, no compartimos una cama. Ella se durmió rápido —o fingió que se dormía—, pero yo me mantuve despierto, montando guardia. No se oía ningún sonido proveniente del exterior.
Me sentía ligeramente satisfecho después de haber ganado aquella discusión. No solía ser frecuente. Y no era fácil ganar a Zelda. Ella se movió para darme la espalda, envuelta en sus mantas. Resoplé para mis adentros, pero no hice ningún intento de disculparme. Por una vez, pensaba que era yo quien se merecía una disculpa.
Al día siguiente, había estado dispuesto a recoger lo poco que habíamos sacado de las bolsas de viaje y marcharnos de allí en cuanto se nos presentara la oportunidad o, mejor aún, antes del amanecer. Sin embargo, la mujer del día anterior nos esperaba en la posada. Su rostro pareció iluminarse al vernos.
—¿Habéis pasado bien la noche? —nos preguntó.
Zelda, que a regañadientes había accedido a apoyarse en mí para andar, asintió y le dio las gracias por la hospitalidad.
—Antes de que os vayáis —dijo—, me gustaría enseñaros Onaona.
Zelda accedió, como era de esperar, a seguir a aquella extraña hasta el exterior de la posada. No había tantas nubes en el cielo, y tampoco amenazaba con llover.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Zelda.
Ella pareció dudar al principio, aunque al final dijo:
—Viasha.
—Yo soy Zelda. Él es Link. Viaja conmigo.
La mujer, Viasha —o así había dicho que se llamaba—, me saludó con la cabeza. Yo se lo devolví sin mucho ánimo.
—Tienes un nombre bonito. ¿Es gerudo? ¿Vienes del desierto?
—Mi madre era gerudo —respondió—. Pero me crie fuera del desierto.
Zelda avanzaba con lentitud, apoyándose en mi hombro. Así que me dediqué a observar con atención lo que nos rodeaba.
La gente entraba y salía de las chozas en las que vivían, aunque todavía era temprano. Algunos cocinaban en el exterior, en unas cacerolas. Me fijé más en ellos; estaban pálidos y, cuando alzaban la vista para mirarnos con curiosidad, las ojeras destacaban por encima de todo lo demás. Y unos cuantos tenían vendajes en los brazos o en las piernas. O incluso alrededor del pecho.
—¿De dónde sois vosotros?
—De Necluda —respondió Zelda, y maldije para mis adentros. Allí se iba nuestro lugar seguro si algo malo ocurría—. Esto es Necluda, ¿verdad?
—Sí, aunque esté tan cerca de Farone. —Hizo una pausa—. Espero que esas botas vuestras sean resistentes. La arena puede causar estragos.
Examiné mis botas con el ceño fruncido. Allí no había caminos empedrados como en Hatelia. Solo arena. Y ya tenía las botas llenas de arena, incluso por dentro.
La mujer debió ver lo que estaba haciendo, porque cuando alcé la mirada de nuevo, estaba sonriendo.
—No os preocupéis. No hablaba en serio —dijo, y luego dejó de prestarnos atención.
Vimos a hombres y mujeres preparando los botes para salir de pesca. Viasha nos explicó que sobrevivían gracias a la pesca, pero que comerciaban poco. Y, si lo hacían, no salían de Necluda.
—La aldea Hatelia nos compra pescado a veces. Kakariko es otra historia. No les gusta mucho el pescado, al parecer —rio—. También comerciamos un poco en la posta. Pero nada más.
—¿Por qué no salís de Necluda?
—No tenemos suficiente gente aquí para dividirnos.
—Corred la voz de que hay una aldea tranquila junto al mar —propuso Zelda, y tuve que contener una maldición. Ya estaba intentando mejorar las cosas otra vez. Y esa gente no era de fiar—. Muchos querrían venirse aquí.
Viasha sonrió.
—Lo pensaremos.
Vi a un hombre que tosía con violencia. Otro vino en su ayuda, pero seguía estremeciéndose, como si tuviera mucho frío. ¿Habría alguna enfermedad en aquella aldea? ¿Sería contagiosa? Quizá la mujer la tenía también. ¿Y si a nosotros también nos afectaba?
—Pobre Nel —dijo ella—. Lleva enfermo mucho tiempo con esa tos tan horrible. Creemos que no le queda mucho tiempo.
Me pregunté si aquella mujer podría leerme el pensamiento.
Nos llevó más cerca de la playa, y nos propuso nadar dentro un día. Yo decliné la invitación de inmediato, y Zelda hizo lo mismo en un súbito momento de lucidez. Había llegado a creer que accedería, pese a tener una herida de flecha en la pierna.
Viasha nos llevó de vuelta a la posada, diciendo que no había más que ver. Luego se despidió y nos dijo que, si necesitábamos algo, la avisáramos a ella o al posadero. También se ofreció a curar la herida de Zelda, pero me negué en rotundo. Podría intentar envenenarla. O hacerle más daño todavía. Aunque eso no se lo dije, claro.
Zelda y yo no nos dirigimos la palabra en todo el día. Solo me habló cuando insistió en quedarse para "ver un atardecer en la playa." Accedí a regañadientes y, cuando el sol ya estaba poniéndose, la llevé al exterior y la ayudé a sentarse sobre la arena. Permanecí muy cerca, por si acaso. No había nadie, y solo se oían el rumor de las olas y el canto de las gaviotas. Zelda se quedó ahí fuera hasta que empezó a oscurecer y casi tuve que arrastrarla hasta el interior.
Aquella noche, mi intención había sido permanecer despierto otra vez, pero de pronto estaba rodeado de oscuridad y de ríos enteros de malicia que ardían y me quemaban. Y el cuerpo del Cataclismo estaba a mis pies, pero la Espada Maestra no brillaba. Estaba maltrecha, como lo había estado mientras huíamos del Cataclismo, un siglo antes. Y pesaba. Pesaba tanto como aquel día.
Y entonces alguien apareció. Alguien vestido de rojo, con una máscara cubriéndole el rostro. El clan Yiga. Sentí la ira retorcerse por dentro, y también como el deseo de matar de avivaba. Nos habían hecho daño. Le habían hecho daño a Zelda. Tenían que pagar por ello.
Hundí la espada en su corazón, y el acero se quebró un poco más, pero no me importó. Y entonces el Yiga se bajó la máscara y me miró a los ojos. Algo se me congeló por dentro cuando vi el rostro de mi padre, pálido y ensangrentado. Retrocedí, asustado, pero ya era demasiado tarde y no había escapatoria.
No quería matar a nadie, pero lo hice de todas formas. Le clavé la espada en el corazón a otro miembro del clan Yiga que resultó ser mi madre. También a otro que era mi hermana. Y, cuando el último se quitó la máscara y vi que se trataba de Zelda, abrí los ojos de golpe.
Estaba oscuro y no se oía nada. Pero reconocí el duro jergón. Miré a mi alrededor y divisé a Zelda, que me daba la espalda en el jergón de al lado. Y también vi la Espada Maestra, muy cerca de donde yo estaba. No le había sucedido nada. La hoja estaba intacta.
Me senté, cubierto en un sudor frío. Esperaba que aquella fuera una de esas pesadillas que caían en el olvido al poco rato. Contuve la respiración, escuchando. No se oía nada proveniente del exterior. Supe que no habría una oportunidad mejor que aquella.
Me puse las botas y cogí la Espada Maestra. También tenía la daga atada a la cintura, en caso de necesidad. Me cubrí con la capucha y, antes de salir, me aseguré de que Zelda estuviera bien. No estaría fuera mucho tiempo, y me dije que no le pasaría nada.
El posadero no estaba. Abrí la puerta con cuidado y salí de puntillas. En el exterior, todavía era noche cerrada. La luna estaba alta en el cielo. Me calé más la capucha y me oculté entre las sombras. Luego eché a andar, siguiendo la dirección que me inidicaban los susurros de la Espada Maestra.
Escuché voces en el interior de una cabaña, y me asomé a la ventana con disimulo. El hombre que habíamos visto aquella mañana, Nel, tosía con violencia. Y otros lo sujetaban. Aquella no podía ser una enfermedad corriente, porque de su cuerpo salía humo. Como si estuviera ardiendo. Pero no había ningún fuego encendido, y el hombre aún estaba vivo.
Seguí avanzando. Había una cabaña al final de la aldea. La última de todas, de hecho. Había alguien dentro, porque la luz de una vela o una antorcha titilaba a través de la ventana. Fui en esa dirección de puntillas. Eché un vistazo por la ventana. Estaba entreabierta, así que las voces sonaban mucho más claras. Vi un destello de pelo rojo. Se trataba de una mujer, y era alta. Debía ser Viasha. Pero no estaba sola, porque de pronto escuché una voz masculina.
—... único que les he pedido. Ni siquiera eso lo han hecho bien. Voy a tener que tomar este asunto por las riendas. Yo mismo.
—No será necesario. Ya casi ha terminado.
—¿Cuándo será la ceremonia?
—Pronto —respondió ella.
Fruncí el ceño. ¿Qué ceremonia? No sabía de ninguna celebración en Necluda que fuera a hacerse en los próximos días.
—¿Está todo listo? —preguntó él.
—Sí.
—Bien. Esto tiene que salir bien. No nos falles ahora.
Escuché pasos acercándose al exterior, así que me agazapé en la parte de atrás de la cabaña. Ambos salieron de allí y se alejaron por un camino que no era el que llevaba a la posada. Esperé a que se hubieran perdido en la oscuridad para salir de mi escondite.
La Espada Maestra me avisaba. En esa cabaña había algo. Me acerqué a la puerta con cautela. La abrí, intentando no hacer ruido. Una vela ardía dentro. Había un armario solitario. Cuando lo abrí, todo lo que vi fueron frascos. Como los que nosotros usábamos para los elixires. Estaban rellenos de un líquido oscuro. Supuse que era sangre. Sin embargo, cuando olisqueé el contenido y me llegó un hedor repulsivo, supe que no era sangre.
Le eché un vistazo a la hoja de la Espada Maestra. Brillaba.
Aquello era malicia.
Abrí varios frascos, pero todos estaban llenos de lo mismo. Retrocedí unos pocos pasos, cerré el armario, y me fui de allí lo más rápido que pude.
Estaba a punto de llegar a la posada cuando choqué contra alguien. Era la mujer, Viasha.
—No esperaba verte por aquí a estas horas —me dijo—. ¿Por qué has salido? ¿Necesitáis algo?
—Necesitaba... aliviarme.
Viasha sonrió. Recordé la malicia y tuve ganas de irme de allí corriendo. Pero me contuve.
—Entiendo. Vuelve a la posada. Quedan unas cuantas horas para el amanecer.
No tuvo que decírmelo dos veces. Regresé a la posada tan rápido como pude. Sentí alivio al ver a Zelda donde la había dejado. Viva y respirando.
Los pensamientos se me mezclaban. ¿Qué demonios estaba pasando en aquella aldea? ¿De dónde habían sacado toda esa malicia? ¿Y para qué la querían? Ellos eran de carne y hueso. Y la malicia afectaba a todos los seres de carne y hueso por igual. ¿Y de qué ceremonia hablaban?
Lo cierto era que no me importaba. Solo quería irme de allí. Pero probablemente Zelda no me haría caso. Tenía que contárselo. Llevarla a aquella cabaña para que lo viera todo con sus propios ojos. Pero ella no podía correr. No creía que fuéramos a poder acercarnos sin ser vistos.
La desperté de una sacudida al amanecer.
—¿Vas a disculparte ya? —murmuró.
—Tengo que contarte algo. Pero tienes que escucharme.
—Siempre te escucho.
—Anoche salí de aquí. ¿Recuerdas al hombre de ayer? ¿El que estaba muy enfermo? Estaba muriéndose. Y los otros solo lo sujetaban.
Zelda frunció el ceño.
—A lo mejor no podían hacer nada.
—Si tú te estuvieras muriendo, no me quedaría quieto y te sujetaría al suelo.
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Eso fue todo lo que viste?
—Fui a una cabaña. La última de la aldea. Vi a esa mujer hablando con otro hombre. Decían algo sobre una ceremonia. Cuando se fueron pude entrar. Tienen un armario lleno de frascos de malicia, Zelda.
—¿Malicia? ¿Cómo demonios van a...?
—No lo sé. Pero es malicia. La espada brillaba. Lo vi con mis propios ojos. No te mentiría sobre una cosa así.
Ella pareció dudar por un instante.
—¿Estás seguro de que no era una pesadilla?
La miré, incrédulo.
—¿No me crees?
Se encogió de hombros.
—Bueno, es difícil de creer.
¿Se estaba poniendo de parte de unos completos extraños y no de la mía?
—Toma esto —le dije, tendiéndole la daga.
—¿Por qué?
—Por si acaso.
—No va a pasar nada, Link. Estamos a salvo.
—Cógela.
Ella me miró, indecisa.
—Pero...
—Hazlo por mí.
Vaciló un instante y luego cogió la daga. La sopesó ente las manos.
—Escóndela. Donde nadie la vea. Pero llévala encima.
Se escondió la daga en la bota del pie bueno.
—¿Ya estás contento?
No dije nada. Solo estaría contento cuando saliéramos de allí.
Viasha estaba fuera de la posada, acompañada por otro hombre. Cuando se dio la vuelta, vi que era el mismo que había estado con ella en esa cabaña la noche anterior. Me aseguré de tener la espada bien cerca.
—Buenos días —nos dijo ella—. Espero que hayáis pasado bien la noche.
Me miraba fijamente, y por un instante estuve seguro de que lo sabía todo.
—No os había presentado a mi hermano —dijo con una sonrisa. Todavía me estaba mirando, y tuve que contener un escalofrío—. Él es Tadd, el alcalde de la aldea.
