ZELDA

—¿Se celebra algo en Necluda pronto?

Le dirigí una mirada de advertencia a Link, pero a él no pareció importarle. Últimamente, no le importaba tanto lo que pensaba. Aunque últimamente tampoco lo entendía. Se comportaba de forma extraña, como si tuviera miedo. Como si estuviéramos en medio de un campo de batalla. Empezaba a preocuparme de verdad. Quizá se estaba volviendo loco.

—No es en Necluda —respondió Viasha—. Es solo aquí. Celebramos la llegada de la mejor temporada de pesca.

Link no se lo creía. ¿Por qué era tan difícil de convencer? Debía estar cegado por el odio. Aquella gente era pobre. No tenían nada que esconder. Apenas podían sobrevivir por sí mismos. Necesitaban ayuda, y yo podía dársela.

¿No era eso lo que una reina hacía? ¿Velar por su pueblo? Ellos también formaban parte del pueblo. Incluso una aldea tan pequeña y poco conocida.

—¿De verdad sois hermanos? —pregunté.

—No de sangre —respondió Tadd—. Mi familia la crio como si fuera una hija más.

Tadd era muy joven para ser alcalde. Supuse que no habría nadie mejor en aquella aldea para una posición tan importante. Todos los ancianos que había visto en Onaona sufrían alguna dolencia o enfermedad. Pero Tadd parecía de la edad de Link, quizás unos años mayor.

—¿Y qué hay de vosotros?

Miré a Link, pero supe por su silencio hosco que no iba a responder. Tenía la vista clavada en el mar, en el horizonte.

—Él y yo... vivíamos cerca. Somos viejos amigos.

Viasha sonrió.

—Muy buenos amigos, por lo que veo.

Jugueteé con la arena con nerviosismo y forcé una sonrisa. No me hablaba con Link. Solo habíamos intercambiado palabras en contadas ocasiones. La última había sido aquella mañana, cuando él me había hablado de sus alucinaciones. O pesadillas. No me importaba. Todo lo que sabía era que eso debía ser imposible.

Ninguno dijo nada durante un largo rato. Solo se oía el rugido del mar. Hacía tiempo que no veía el mar. Me habría gustado nadar dentro, pero no quería empeorar el estado de la herida de flecha. Estaba segura de que dejaría cicatriz. Link ya no sería el único con cicatrices marcando su cuerpo.

Link trataba de tranquilizarme diciendo que estaba curándose, pero sabía que no era cierto. A veces veía las vendas manchadas de rojo, pero Link las cambiaba rápidamente. Tardaría en curarse, y tardaría en volver a andar con normalidad. Y eso contando con que la herida no se infectara. Ojalá hubiera un curandero en Onaona. Estaba claro que Link no sabía lo que estaba haciendo.

Lo de la flecha tenía que haber sido un malentendido. Nadie podía estar intentando hacernos daño. Yo no era ninguna amenaza. Y Link tampoco. Temblaba de terror con solo considerar la posibilidad de tener que estar huyendo otra vez. De tener que esconderme cuando llevaba tanto tiempo sintiéndome libre por fin. Después del Cataclismo, todos me habían dicho que estaba a salvo, incluido Link. ¿Por qué ahora tenían que cambiar de opinión? Ahora, cuando por fin lo había aceptado.

Alguien estaba observándome. Miré a mi alrededor, pero no vi a nadie. Link todavía tenía la vista clavada en el horizonte. ¿Serían los miembros del clan Yiga? ¿Habrían entrado allí de alguna forma? El corazón se me detuvo. ¿Y si masacraban la aldea? Ellos no se lo merecían. Era una aldea pequeña en medio de la nada. Solo eso.

Viasha dejó escapar una exclamación ahogada de repente.

—Os iréis pronto, ¿no?

—Mañana —respondió Link.

Apreté los puños, pero no dije nada.

—Oh, en ese caso, tengo que enseñároslo ya —dijo, poniéndose en pie.

—¿Enseñarnos el qué?

Me miró, y los ojos le brillaban. Eran verdes, como los de Urbosa. Sabía que las gerudo tenían el pelo rojo y la mayoría tenía los ojos verdes. Sin embargo, no podía evitar recordar a Urbosa cuando la miraba.

—El mayor tesoro de la aldea. Ya lo veréis.

Link tenía el ceño fruncido. Él ya sospechaba. ¿Por qué siempre tenía que sospechar de absolutamente todo?

Me ayudó a ponerme en pie y luego me apoyé en su hombro para andar. Sentía tirones molestos y dolorosos en la pierna. Odiaba no poder andar por mi propia cuenta. Y no hablar con Link solo empeoraba las cosas. Tenía que tragarme el orgullo cada vez que le pedía ayuda.

Nos llevaron hasta la posada. Link no dejaba de mirar a nuestro alrededor, y estaba tenso. Lo percibía en la forma en que se movía. Seguí su mirada, que se perdía en la aldea desierta. ¿Por qué no había nadie en la aldea?

Estaba a punto de preguntarlo en voz alta cuando la puerta de la posada se abrió. Pero dentro no había nada. Si no fuera porque los establos estaban justo al lado, ni siquiera habría reconocido aquella cabaña como la posada. No había ningún mueble dentro, salvo por un tronco de palmera y cuerda.

Fruncí el ceño y miré a Viasha, pero entonces Link desenvainó la espada. La hoja poseía un débil brillo. Estaba convencida de que aquello era un error cuando vi la expresión de Tadd y Viasha. Ellos sonreían. Y sus sonrisas eran amplias y me dieron escalofríos.

—Qué decepción —dijo ella—. Eres más lento de lo que pensaba.

Sacó una espada curva del cinturón. Abrí mucho los ojos, sorprendida, pero Link no parecía en absoluto sorprendido. Comprendí que él había sabido desde el principio que ella iba armada. Sentí que me empujaba detrás de él, y yo me tambaleé, sin nadie en quien apoyarme para mantenerme en pie.

—No tenemos por qué hacer esto —dijo ella—. Tú sabes lo que queremos. Dánoslo y podrás irte.

—No.

Y luego empezó. No supe quién blandió la espada primero, porque no podía pensar con claridad. Todo había sido demasiado repentino. Así que permanecí allí, muy quieta, observando. Sin siquiera atreverme a respirar. Recordé entonces que tenía una daga escondida en la bota. ¿Se darían cuenta si la sacaba?

Estaba a punto de hacerlo cuando Link tiró a Viasha al suelo. Y luego él alzó la espada, que ya estaba descendiendo cuando Tadd le golpeó con una rama de árbol en la cabeza.

De pronto estaba a su lado. Y debía haber gritado, porque Viasha y Tadd me estaban mirando fijamente. No lo comprendía. Ambos parecían muy tranquilos.

—¿Link? —susurré, pero él no se movió. De hecho, no dio señales de haberme oído siquiera. Pero respiraba. Aún respiraba. Y no había ningún rastro de sangre.

—Es solo un golpe —dijo Tadd—. Se recuperará.

Vi su sonrisa, y luego me di cuenta de que Viasha también sonreía. Y supe lo estúpida que había sido durante todo ese tiempo. Link había tenido razón. En todo. Había tenido razón desde el principio.

Y yo no le había hecho caso. Había sido ingenua, como él mismo había dicho.

—¿Por qué a él? —inquirí, temblando de ira—. ¿Por qué no a mí, si eso es lo que queréis?

Viasha se encogió de hombros.

—Porque estorba. No sabes la cantidad de tiempo que hemos malgastado en intentar quitárnoslo de encima para que dejara de estorbar.

Se acercó y me levantó del suelo de un tirón, como si no pesara nada. El dolor en la pierna fue tan intenso que estuve a punto de gritar otra vez. Me retorcí entre su agarre, intentando escapar. Pero sus manos eran de hierro, o eso me parecía a mí. Traté de alcanzar mi bota, donde había escondido la daga, pero justo entonces Viasha empezó a atar mis manos.

—Deja de moverte si no quieres que te pase lo mismo que a él —masculló en mi oído mientras señalaba a Link.

Observé como Tadd cogía la Espada Maestra. Siseó de dolor cuando un débil rastro de humo, acompañando de un chasquido, brotó de sus manos. Miró a Viasha con una expresión extraña en el rostro. Sin embargo, ninguno dijo una sola palabra. Tadd se puso en pie, recogió la Espada Maestra y la metió como pudo en la bolsa de viaje de Link. Debía haberla encontrado mientras vaciaban la posada de muebles.

Viasha cogió la piedra sheikah de pronto.

—¿Tienes más armas escondidas por ahí? —me preguntó al tiempo que me examinaba con atención. Negué con la cabeza y recé por que no buscara en mi bota. Si encontraba la daga, estaríamos completamente indefensos—. Pues claro que no tienes ninguna. ¿Para qué, cuando un asesino te protege siempre?

Me empujó con tanta fuerza que estuve a punto de caer de bruces al suelo. Mantuve el equilibrio a duras penas. Viasha me ató al tronco del árbol, en el interior de la posada. También tenía las piernas inmovilizadas. Luego lo hicieron lo mismo a Link, a mi lado.

—¿Quiénes sois? —les pregunté—. ¿El clan Yiga?

Tadd rio.

—Más que eso, princesa.

La forma en que dijo princesa me produjo escalofríos. No sonaba como un título cuando él lo decía, sino como algo de lo que avergonzarse.

Viasha se arrodilló para ponerse a mi altura.

—Tenéis guardias ahí fuera, así que no os penséis que podéis escapar. No cometáis ese error. Pero volveremos pronto, alteza. Mientras tanto, disfrutad de nuestras estancias.

Le escupí, y ella me miró con el ceño fruncido y una amplia sonrisa.

—Vuelve a hacer eso y te juro que torturaré a tu amigo delante de tus narices.

No respondí, aunque mil preguntas pasaban por mi cabeza. Viasha se acercó a la puerta. Tadd me dirigió una última mirada antes de salir también. Y luego nos quedamos solos.

No se oía nada. Solo el sonido de mi propia respiración. No estaba oscuro porque el sol todavía brillaba en el exterior, pero aquella habitación sin ventanas no dejaba que ninguna luz se colara dentro.

—¿Link? —susurré. No recibí respuesta. Lo llamé varias veces más, pero solo hubo silencio. Incluso intenté sacudirle el hombro. Fue en vano.

Tampoco sabía qué le diría a Link cuando abriera los ojos. ¿Debería pedirle disculpas? Supuse que sería lo mejor. Si estábamos en esa situación era por mi culpa. Ahora sabía lo ciega que había estado. Ahora las cosas tenían sentido. Y allí, atada a un tronco de palmera en medio de la nada, le di la razón a Link por primera vez. Porque él había estado en lo cierto todo el tiempo. Desde el principio.

Pero yo lo había negado una y otra vez. Había obligado a Link a seguir avanzando, incluso a lugares que no le gustaban. Como Onaona.

Tendría que haberlo sabido. Tendría que haberle hecho caso y haber confiado en sus instintos. ¡Y pensar que había llegado a creer que él se había vuelto loco! Nunca volvería a dudar de su palabra. Jamás.

Porque, en aquel momento, estaba junto a mí, atado y prisionero e inconsciente por un golpe en la cabeza. Y todo por mi culpa. Otra vez.

Que me hicieran a mí lo que quisieran, pero no a Link. Él se merecía vivir y ser feliz.

Por un instante, estuve a punto de hundirme en sollozos; sin embargo, me recordé que llorar no serviría de nada. Nunca me había sido útil. Tenía que encontrar una escapatoria. Me revolví contra la cuerda que me ataba al tronco del árbol. Era demasiado resistente. Miré a mi alrededor, buscando algo que lanzar o con lo que hacer daño. Pero la posada estaba vacía. ¿Cuánto tiempo llevarían planeando todo aquello? Lo peor era que habían forjado ese plan justo frente a mis narices. Pero ya era demasiado tarde.

Al cabo de un rato, me rendí. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero el nudo en mi estómago solo crecía y crecía. ¿Qué querían hacer conmigo? ¿Y con Link? Él decía que solo me querían a mí, aunque probablemente no lo dejarían salir ileso de allí. Debían conocer su verdadera identidad, no solo la mía.

Maldije en voz bien alta. Si había guardias fuera, que me escucharan. No les quedaría más remedio.

La pierna me palpitaba dolorosamente. Los vendajes estaban rojos otra vez. Maldije de nuevo, aunque ningún sonido me llegó del exterior. Esperaba no morir desangrada allí. Me debatí de nuevo contra las ataduras, pero fue en vano. Solo conseguí que mordieran mis muñecas con más fuerza.

Traté de sacar la daga de mi bota por enésima vez, aunque eso tampoco sirvió de nada. No podía hacerlo sola. Tenía las piernas y las manos atadas, y no había ningún instrumento en aquella habitación que pudiera usar a mi favor.

Dejé que las horas pasaran. No sabía cuánto tiempo había transcurrido cuando escuché sonidos a mi lado. Tan bruscos que di un doloroso bote en el suelo. Me había acostumbrado demasiado al silencio.

—¿Link? —susurré. Ya estaba oscuro y apenas podía verlo, pero sabía que estaba moviéndose—. ¿Link, eres tú?

La única respuesta que recibí fue un gruñido incomprensible que sonó a maldición.

Sentí que se removía de pronto. Empezó a debatirse contra las ataduras de sus manos. Suspiré y me limité a esperar a que se rindiera. Y, de hecho, tardó más de lo que había anticipado. Cuando dejó de retorcerse, jadeaba y solo soltaba más maldiciones.

—Ya lo he intentado todo —murmuré.

Él no dijo nada. Eso solo empeoró las cosas. Sabía que iba a decir algo. Tenía que hacerlo. El problema era que estaba pensando cómo decirlo. Si estábamos atados a aquel tronco de palmera, era por mi culpa, no la suya. Yo nos había metido a ambos en aquella situación.

Sin embargo, todo lo que obtuve fue una carcajada.

—Bastardos —escupió—. Tendría que haberlo visto venir.

Y luego guardó silencio otra vez. Estaba demasiado perpleja para decir una sola palabra. ¿Estaba enfadado conmigo? Porque lo parecía. Ya lo había visto enfadado antes, pero ahora era diferente. Había algo distinto en su voz. Algo que nunca había usado cuando estaba enfadado conmigo.

—¿Link? —repetí en voz diminuta.

Él no respondió, pero supe que estaba escuchando.

—Lo siento.

Lo sentí moverse. Estaba muy cerca, y eso ayudaba un poco. Tenerlo cerca siempre me hacía sentir a salvo. Pero estaba tan oscuro que ni siquiera podía verlo en medio de la negrura.

—No lo sientas —dijo al cabo de un rato.

Fue como si me hubiera dado una bofetada. ¿No podía reconocerlo, al menos por esa vez? Yo estaba dispuesta a hacerlo. La culpa era mía. Si lo mataban, sería por mí. Otra vez.

—Todo esto es culpa mía —le dije. Estaba temblando y me dolía la pierna—. Estás aquí por mí.

—Estoy aquí por culpa de esos degenerados.

—Eso es lo de menos, Link. Debería haberte hecho caso. Debería...

—Déjalo.

Su voz era como un filo cortante. Ninguno habló durante un rato.

—¿Estás enfadado? —susurré, temiendo la respuesta.

—Sí —respondió—. ¿Y tú?

Ni siquiera había dudado.

—Yo también.

¿Estaba enfadada con él? No, no lo creía. Estaba enfadada conmigo misma; siempre había creído que, de los dos, quien más probabilidades tenía de caer en trampas como aquella era Link. Y, no obstante, yo había acabado siendo la ingenua, como él mismo había dicho en esa voz tan fría que utilizaba cuando estábamos discutiendo y sabía que tenía razón y yo me equivocaba. Había sido ingenua y había estado ciega durante mucho, mucho tiempo. Y la verdad había estado siempre frente a mí.

—Lo siento, Link. Lo siento mucho.

—Lo sé.

Me faltaba algo. Algo parecido al aire. O algo como sus palabras cálidas. Siempre se le ocurrían algunas para mí. Y, por mucho que intentara negarlo, me hacían sentir mejor. Como muchas cosas de Link, nunca las había valorado como se merecían.

—¿Te... te duele la cabeza? —pregunté con una voz temblorosa que odié al instante.

Antes de que él pudiera contestar, la puerta de la cabaña se abrió de golpe. Viasha entró, seguida de dos hombres que llevaban máscaras cubriéndoles el rostro. Me encogí un poco más contra el tronco, aunque Link parecía indiferente. Observaba a Viasha con una tranquilidad admirable. A mí me costaba controlar los temblores.

La brisa con olor a agua salada también se coló en la posada. Probablemente, si no hubiera estado prisionera en una aldea desconocida repleta de asesinos, habría cerrado los ojos e intentado recordar las pocas oportunidades que había tenido de ver el mar. La primera vez había sido cuando mi madre aún vivía. Lo recordaba bien.

—Ya has vuelto con nosotros —le dijo a Link—. ¿Te duele mucho la cabeza?

Link no respondió. La miró con esos ojos vacíos que solía reservar para mí hacía cien años. Aquellos que tanto me frustraban. Buscabas y buscabas, pero no encontrabas nada.

—No eres muy hablador, ¿verdad? Bueno, por suerte creo que tu princesa sí.

Se arrodilló frente a nosotros y nos examinó con atención. Cuando me miró de arriba abajo, tuve que reprimir un escalofrío. Se tomó su tiempo en admirar cada detalle.

—¿Y vos, princesa? ¿Cómo os encontráis?

Abrí la boca, pero ningún sonido salió de ahí. Ella asintió y me puso una mano en el hombro.

—No os preocupéis. Os sacaré de aquí muy pronto. Ahora mismo, de hecho.

Link se irguió al momento, y su frialdad desapareció por un maravilloso instante. Miraba fijamente a Viasha.

—¿A dónde la llevas?

—No te preocupes, amigo mío. No voy a matarla. No todavía, al menos.

Él empezó a debatirse contra sus ataduras otra vez.

—Ni lo intentes —suspiró Viasha—. Eres un muchacho listo. No puedes desatarte a base de fuerza bruta.

—Llévame a mí también —dijo Link—. O llévame solo a mí.

—Me temo que eso no va a ser posible.

Viasha me desató las manos pero, antes de que tuviera tiempo de escapar, volvió a atarlas con otro trozo de cuerda.

—¿Por qué a ella? ¿Cuál es la diferencia?

Lo miré y negué con la cabeza. Era inútil. No tenía por qué perder el tiempo en insistir en cosas que no valían la pena. No obstante, él solo frunció el ceño.

—Tú sabes muy bien la respuesta a esa pregunta —rio Viasha—. Y también sabes cuál es la diferencia. Ella puede hacer magia, y tú no.

Alzó una ceja.

—¿Ah, no?

Por un instante, ella pareció vacilar. Incluso su firme agarre en mis muñecas perdió algo de fuerza.

—Claro que no. Tú eres solo uno más.

—Yo no estaría tan seguro.

Su agarre se tornó más doloroso que antes, y se me escapó un quejido. Link debió oírlo, porque me miró a los ojos de nuevo, se quedó muy quieto y palideció.

—No te muevas de aquí. Tu princesa estará de vuelta muy pronto.

Luego dio un tirón para que echara a andar. El dolor fue tan intenso que trastabillé y estuve a punto de caer al suelo. Me arriesgué a mirar los vendajes; la mancha roja empezaba a extenderse otra vez.

Sin embargo, Viasha volvió a tirar de mí, y no me quedó más remedio que seguir avanzando a trompicones. Cada vez que perdía el equilibrio, los dos hombres con máscara que habían acompañado a Viasha me sujetaban por los brazos. Estaba segura de que dejarían marca.

Las calles estaban desiertas. Había cabañas donde, en las ventanas, podía distinguirse la luz de una vela. Y también eran audibles, si me acercaba lo suficiente, voces y gritos de dolor.

Viasha me llevó hasta la última cabaña de la aldea. Para entonces jadeaba y apenas podía apoyar algo de peso en la pierna herida. La mancha de sangre me llegaba casi por debajo de la rodilla.

—Eso de ahí no tiene muy buena pinta —me susurró ella al oído.

Fingí no haberla oído. El dolor no me dejaba pensar con claridad, de todas formas. Y, además, Link habría hecho lo mismo. Había permanecido indiferente, incluso atado a un tronco de palmera, prisionero de un grupo de asesinos. Y ella no tenía que decírmelo para que yo supiera el mal aspecto que tenía la herida.

Viasha abrió la puerta. La cabaña estaba vacía salvo por un enorme armario y varias velas. De un empujón consiguieron hacerme entrar, y entonces vi que Tadd se encontraba dentro también, acompañado de un muchacho rubio.

—Llegáis tarde —fue lo único que dijo.

—Se resistieron, majestad —respondió Viasha. ¿Majestad? ¿Había oído bien o eran solo imaginaciones mías? Quizá el dolor me estaba produciendo alucinaciones—. Disculpadnos.

Él no dijo nada. Encendió dos velas más. Sentí que la pierna buena me temblaba. No podría permanecer en pie mucho más, a pesar de la ayuda de los dos hombres que nos habían acompañado hasta allí.

—Princesa Zelda —dijo Tadd sin darse la vuelta para mirarme—. Llevaba mucho tiempo queriendo hablar con vos cara a cara, ya sabéis. ¿Cómo habéis estado?

Guardé silencio. Quizá, si no decía nada, me dejarían en paz. Decidirían que no tenía valor alguno y me dejarían marchar y volver con Link, pese a que él iba desarmado y era vulnerable a cualquier ataque. Pero todas aquellas esperanzas resultaron ser vanas, por supuesto.

Tadd se dio la vuelta entones y, lentamente, alzó la vista para mirarme a los ojos. Los suyos eran grises, como el amanecer tras una noche de tormenta. No poseía ningún rasgo gerudo. Aunque tampoco era posible que fuera gerudo de nacimiento; ningún niño gerudo había nacido en siglos. Hacía cien años, todos habían empezado a creer que se trataba de una simple leyenda.

Podría haber visto a Tadd en cualquier otro sitio, y no lo habría reconocido. Podríamos habernos cruzado en los caminos, en la posta o en la posada de alguna aldea e incluso bebiendo en una taberna. Y jamás me habría fijado en él. No tenía nada de especial en sus rasgos. Comprendí que le habría sido muy fácil deslizarse entre la multitud y fingir ser un viajero para seguirnos a Link y a mí.

—Se oyen muchas cosas sobre ti —dijo en voz baja—, pero nunca había oído decir que fueras tan poco habladora.

Pareció esperar por una respuesta, pero me limité a mirarlo, desafiante. O, al menos, todo lo desafiante que podía llegar a ser maniatada y temblorosa. A Tadd no debió gustarle, porque frunció el ceño.

—Vamos, princesa. No seáis tímida. No me gustan los prisioneros reservados.

Le escupí en las botas. Él pareció sorprendido, y por un momento me permití disfrutar de la sensación de triunfo. Creía que había tomado las riendas de la situación cuando el dolor me recorrió de pronto, rápido y fugaz, y luego estaba en el suelo, con la mejilla palpitante.

—Pensaba que a los nobles se les daba más educación en la corte —dijo él. Lo miré, temblando tanto que apenas podía permanecer erguida. Iba a escupirle de nuevo, pero él volvió a abofetearme de repente. Y, esa vez, percibí el sabor de la sangre en la boca.

Cuando alcé la vista, Tadd sonreía.

—¿Colaboraréis ahora, princesa?

Me debatí débilmente contra las ataduras. Si pudiera sacar la daga que llevaba escondida en la bota, tal vez podría hacer algo. Tal vez podría escapar y volver junto a Link.

—¿Q-qué quieres? —farfullé. Debía tener el labio roto o hinchado, porque era difícil articular las palabras—. ¿Qué quieres de... d-de mí?

Tadd rio.

—¿De ti? Nada, en realidad. Solo queremos verte muerta.

—¿Por qué? —susurré al tiempo que trataba de ponerme en pie con torpeza.

—Porque es la única forma de seguir el camino verdadero.

Fue al armario y sacó un frasco que contenía un líquido oscuro. Lo abrió y me acercó el recipiente a la nariz. Al instante prorrumpí en toses y se me revolvió el estómago.

El olor era nauseabundo. No tanto como el sucio hedor a muerte, pero casi. Y lo reconocí al instante.

—¿Sabes qué esto? —preguntó Tadd.

Lo reconocería en cualquier parte. Había pasado una eternidad rodeada de aquella sustancia. Sintiendo como me rodeaba y se acercaba, aunque nunca llegó a rozarme siquiera. El poder comenzó a despertarse poco a poco. Algo me gritaba que destruyera la malicia. Que aquella sustancia no podía seguir allí, acumulada en un frasco de cristal. No podía seguir mancillando la tierra.

Por un instante, estuve tentada a permitir que el poder me envolviera. Que los matara a todos si así lo deseaban las Diosas. No me importaría en lo más mínimo, mientras Link y yo saliéramos de aquel lugar sanos y salvos. No sabía cuál era el alcance real de la bendición de la Diosa. Quizá no les haría daño siquiera. O quizá provocaría una de esas carnicerías que llevaban siglos sin verse.

Pero estaba demasiado agotada. No podría usar el poder sin poner mi propia vida en peligro. Así que ignoré la voz que me gritaba en la cabeza y apreté los puños bajo las ataduras.

Link me había hablado de aquello. Había salido la noche anterior, y luego me lo habría contado. Había visto una habitación donde se guardaban frascos de malicia. Y yo, como una idiota, no lo había creído. Había insinuado que estaba loco. O que quizá se lo había imaginado. Recordé entonces la mirada herida que me había lanzado antes de encerrarse en un silencio ofendido. Ahora lo comprendía. Y, aun así, solo sirvió para empeorarlo todo.

Si le hubiera hecho caso desde el principio, quizá no estaríamos en aquella situación. Solo tendría que haberlo escuchado. Debería haberlo dejado montar guardia en paz; debería haber permitido que examinara nuestros alrededores y que desconfiara de todo el mundo. Ahora estaríamos acampando en algún bosque o cabalgando por la Llanura de Hyrule.

—Dilo —insistió Tadd—. ¿Qué es?

Apreté los labios, decidida a no hablar. No iba a darme órdenes. Quizá era su prisionera, pero si iba a morir, lo haría con honor. No diría una sola palabra.

Hasta que de pronto se arrodilló y me agarró por los hombros con tanta fuerza que sentí como sus dedos se hundían en mi piel. Apestaba a malicia, a muerte y a los días que había pasado con aquel monstruo. Y entonces lo miré a los ojos, y vi rastros de aquel horrible color morado rojizo en ellos. Me faltaba el aire, porque cada vez que respiraba, algo me quemaba por dentro.

—Dilo —gruñó, agarrando mis hombros con más fuerza.

—Malicia —susurré.

Él sonrió. Y su sonrisa era retorcida y escalofriante. Cerré los ojos. No quería mirarlo. No podía hacerlo. Porque solo veía malicia. Al monstruo.

—No —dijo él en voz baja. Luego se acercó a mi oído—. Es la bendición del Dios. Del Padre.

Soltó mis hombros de pronto y se puso en pie. Estuve a punto de caer al suelo de bruces, pero Viasha y alguien más —no podía verle la cara— me sujetaron. Ya no había malicia. No podía verla ni percibirla a mi alrededor.

—¿De dónde la has sacado? —jadeé.

Tadd guardó el frasco en el armario y se dio la vuelta para mirarme.

—En las montañas teníamos reservas. Muy antiguas. Nuestros predecesores las custodiaban. Muy pocos lo sabían. Cuando ese bastardo lo destruyó todo y tuvimos que marcharnos, decidí llevarme las reservas. El Padre me lo había encomendado.

—Así que es cierto —murmuré—. Sois el clan Yiga.

—No —intervino Viasha, a mi espalda—. Lo éramos. Ahora ya no.

—Somos lo que queda, sí —dijo Tadd, mirando a Viasha fijamente. Su agarre en mis brazos se hizo más doloroso aún—. Todos nos vimos forzados a huir. Las gerudo nos perseguían.

—Pero el Padre se comunicó con él —continuó Viasha—. Habló con él. Le dijo lo que tenía que hacer. Era necesario que guiara a su pueblo en su nombre.

—¿El Padre? —repetí en voz baja—. ¿El Cataclismo?

—Así lo conocéis vosotros, los hylianos ignorantes. En realidad es nuestro Salvador.

—¿Cómo se comunicó contigo?

El Cataclismo no hablaba. Durante todo el tiempo que había pasado con él, no había dicho una sola palabra. Aunque tenía cierta capacidad de pensamiento; me mostraba imágenes, a veces. Visiones para hacerme flaquear. Yo también solía mostrarle visiones para distraerlo cuando necesitaba un descanso. Y el monstruo planeaba y elaboraba estrategias silenciosas. Podía moverse, pese a que lo tenía bien atado en nuestra prisión. Sin embargo, nunca había hablado. No sabía cómo sonaba su voz. En ocasiones lo oía en sueños, pero los sueños eran solo eso. Imaginaciones mías. Pesadillas.

—Fue como una visión. Me lo contó todo. Me dio un propósito.

—El Cataclismo no habla.

Me gané otra bofetada por eso.

—No sabes lo que dices, princesa.

Decidí guardar silencio. Tadd no estaba cuerdo. Saltaba a la vista que había perdido los estribos hacía mucho, mucho tiempo. No serviría de nada intentar discutir con él.

—Me dijo que tomara la malicia, como la llamáis vosotros —prosiguió al tiempo que sacaba un frasco de malicia. El muchacho se acercó unos pocos pasos. Extendió el brazo, y no pude hacer más que observar mientras Tadd abría un largo corte con un cuchillo—. Me dijo que tomara la Bendición y que la repartiera. Que algo así no podía permanecer escondido.

Vertió malicia sobre el corte abierto y sangrante del muchacho. Quise detenerlo, pero ya era demasiado tarde, y el agarre de Viasha era firme. Él gritó, y el sonido retumbó en mi cabeza. Empezó a oler a carne quemada.

Cuando el frasco estuvo medio vacío, se lo tendió al muchacho, que lo cogió con manos temblorosas. Estaba pálido. De su herida en el brazo todavía manaba sangre. Pero incluso eso tenía un color distinto. No era del todo roja, sino más oscura. Casi del color de la malicia.

Empezó a beberse el contenido del frasco. Tadd sonreía con algo parecido al orgullo, pero yo solo podía contemplar aquel espectáculo con una mezcla de horror e incredulidad. El muchacho no se detuvo hasta el final, hasta que no quedó una sola gota de malicia.

Se tambaleó, pero nadie lo ayudó a mantenerse en pie. Viasha me soltó de pronto, pero su acompañante ocupó su puesto para sujetarme antes de que tuviera tiempo de debatirme siquiera. Ella se arrodilló junto al muchacho y le puso una mano sobre la frente y otra sobre el brazo herido. Luego empezó a murmurar algo aquel no alcancé a entender.

—Viasha es nuestra sacerdotisa —dijo Tadd—. Ella habla con el Padre. Tiene ese honor. Asiste a ceremonias como esta. También asistirá a la tuya, princesa.

—Es imposible —murmuré mientras observaba al chico, que todavía temblaba—. No puede haberse tragado todo eso. No habría sobrevivido.

Me esperaba otra bofetada, pero Tadd solo sonrió y se dio la vuelta. Rebuscó en una esquina oscura y, cuando se giró otra vez, vi que sostenía la Espada Maestra. Y su mano humeaba.

—No contábamos con que tu amigo fuera tan desconfiado y empezara a sospechar tan pronto. La espada tuvo mucho que ver, por supuesto. Tampoco sabíamos que reaccionaría de forma tan agresiva a la Bendición.

Acercó la espada al cuerpo del muchacho, que empezó a gritar. Vi la mano quemada de Tadd, y entonces todo tuvo sentido.

Link había dicho que la voz de la espada lo llamaba en ocasiones. También cuando habíamos estado en Vah Ruta, y también en el Bastión de Akkala, o lo que quedaba de él. Allí había malicia. La espada lo avisaba cuando estaba cerca. Por eso le había hablado en aquella ocasión, en la posta, cuando esos hombres se acercaron. Cuando él quemó la mano de uno de forma muy parecida a lo que Tadd estaba haciendo ahora. Y todos ellos tenían malicia dentro. Por eso siempre había sospechado de que algo no iba bien.

Tadd soltó la espada. Había quemaduras en su mano, pero a él no parecía importarle.

—¿Lo crees ahora? —Guardé silencio. A él no debió gustarle, porque se acercó y me agarró por los hombros otra vez—. ¿Lo crees o no?

—Sí —susurré, incapaz de mirarlo—. Lo creo.

Él sonrió y se alejó de nuevo.

—Bien. Tú tienes suerte, princesa. ¿Ves todos esos frascos? Están reservados para ti.

Sabían que no podría soportarlo. Ni ellos mismos eran capaces de sobrevivir mucho tiempo con eso metido en el cuerpo. Yo tardaría todavía menos.

—Será mañana al amanecer —dijo Viasha—. Serás el sacrificio, princesa.

—¿Para qué?

—El Padre necesita vuestra sangre para recuperar su antigua gloria. Todo lo que le fue arrebatado será...

Se me escapó una carcajada, y todos guardaron silencio.

—Así no funciona —dije, y estaba a punto de reírme de nuevo cuando alguien me asestó otra bofetada. Alcé la vista para poder mirarlos a todos—. Bastardos degenerados.

Escupí sangre, aunque a nadie pareció importarle.

—¿Qué diferencia hay con vos, princesa? —dijo Viasha—. Vuestra sangre no es normal, como la de todos los demás. La nuestra tampoco.

—Mi sangre es...

—¿Cuántos hylianos como vos pueden destruir aldeas enteras con solo levantar una mano?

—Yo nunca he destruido una aldea.

—Pero podéis hacerlo. Y lo haríais, con la cantidad necesaria de descontrol.

No dije nada, y Tadd pareció tomárselo como una señal de que había ganado. Y, en parte, era cierto. Así que no quise sacarlo de su error.

—Ahora que hemos alcanzado un acuerdo, debéis regresar, princesa. Recordadlo: mañana al amanecer. Que durmáis bien.

Viasha tiró de mí para que me pusiera en mí, pero yo no moví un músculo.

—Espera —dije, y Tadd se dio la vuelta para mirarme con curiosidad. Eso estaba bien. Que me prestara atención. Que escuchara—. No le hagáis daño. A Link. Dejadlo marchar. Él no tiene nada que ver.

—Por supuesto. Lo dejaremos marchar. Pero la espada se quedará aquí. La necesitamos para la ceremonia.

—¿Por qué? —pregunté, sin comprender.

—La espada forma parte del ciclo. Sin ella, tu amigo no es nada, princesa. Así, cuando el Padre regrese, no habrá nada que se interponga en su camino.

Las cosas no funcionaban así. Me costaba creer que el Cataclismo se hubiera comunicado con Tadd o con cualquier otro. Matarme y destruir la espada no servirían de nada. Pero era imposible que me escucharan. Saltaba a la vista que habían perdido la razón hacía mucho, mucho tiempo.

—Dejadlo marchar —insistí—. Ahora.

Tadd rio.

—¿Ahora? No. Asistirá al sacrificio. Me aseguraré de que lo vea todo, princesa.

Viasha tiró de mí de nuevo y me arrastró lejos de allí antes de que tuviera tiempo de protestar.

Me llevaron a la cabaña que antes había sido la posada. Ya estaba atardeciendo, y dentro estaba oscuro. Me ataron junto a Link de nuevo. Me inmovilizaron las manos, pero no las piernas. Y luego se marcharon sin decir palabra.

—¿Te han hecho daño? —me preguntó él al instante.

Clavé la vista en el suelo para que no viera los moretones y rastros de sangre.

—No.

Pero él no era tonto, y me conocía. Sabía cuándo estaba mintiendo.

—¿Eso es sangre? —dijo, intentando acercarse más. Las ataduras permanecían firmes—. ¿Zelda?

—Estoy bien, Link.

No hizo ninguna otra pregunta. Supuse que no le hacía falta.

—Van a matarme —dije al cabo de un rato—. Y te van a obligar a verlo.

Por un instante, dejé de oír su respiración junto a mi oído.

—¿Cuándo? —preguntó en voz baja.

—Mañana al amanecer.

La idea de morir no me afectaba tanto como antes. Había estado en peligro tantas veces... ¿Qué importaba una más? ¿Y qué más daba si esa era la definitiva? No creía que fuera a ser más doloroso que el tormento por el que ya había pasado.

—También quieren deshacerse de la espada —dije con voz vacía—. Te dejarán marchar, pero...

—Zelda.

—¿Qué?

—No van a matarte mañana.

Sonreí, aunque estaba segura de que él no podía verlo.

—No pasa nada, Link. Es inevitable.

—No lo es.

Negué con la cabeza y suspiré. Decidí contárselo todo; lo que hacían con la malicia y por qué querían matarme. Quiénes eran todos ellos en realidad. Si no se lo contaba, él nunca entendería por qué estábamos en un callejón sin salida.

Sin embargo, cuando acabé, vi que a él no parecía afectarle tanto como había esperado. Tenía el ceño fruncido y, a no ser que me lo estuviera imaginando, los ojos le brillaban de una forma que me daba escalofríos.

—¿De eso tienes miedo? —dijo—. ¿De un montón de locos desesperados?

Fue casi como si me hubieran dado otra bofetada.

—No tengo miedo.

Él soltó una carcajada vacía.

—¿Ah, no? ¿Por qué no intentas hacer algo? Al menos inténtalo, Zelda. Yo voy a intentarlo.

Me mantuve en silencio durante un largo rato. Él quería salir de allí. Pero no podríamos conseguirlo. No tenía sentido intentarlo. Si moría al día siguiente, que al menos fuera con honor. Las cosas solo empeorarían si nos pillaban tratando de escapar.

Por otra parte, si alguien podía sacarnos de allí, era Link. Y quizá sí había esperanza. Siempre la había. Tenía que darle la razón en eso.

—¿Cómo? —susurré al final.

Lo miré y casi pude verlo sonreír. Casi.

—¿Todavía tienes lo que te di?

Asentí y señalé mi bota. Link me miró también, con los ojos muy abiertos.

—Sácala.

—¿Qué? ¿Cómo...?

Caí en la cuenta entonces. No me habían atado las piernas. Link sí las tenía atadas, pero yo no. Sonreí también.

Me quité a la fuerza la bota donde había escondido la daga. No fue fácil, pero mi sonrisa se hizo más amplia cuando escuché como algo pesado caía al suelo. Lo recogí con las piernas y, con un poco de esfuerzo, conseguí que llegara hasta mi regazo. Luego la dejé caer al suelo, detrás de mí. Tanteé con los dedos hasta dar con la empuñadura. Miré a Link, indecisa, y él asintió. Moví la daga hasta dar con la cuerda, y luego corté, muy despacio para no hacerme daño en las muñecas. Cuando al fin las ataduras cayeron al suelo, sentí esperanza otra vez. Sí, podíamos salir de allí. Había al menos una posibilidad.

Me apresuré a liberar a Link. Cuando sus ataduras cayeron también, lo miré, sonriente. Él hizo lo mismo.

—Te lo dije.

Él siempre tenía razón. No sabía cómo lo hacía.

—¿Ahora qué?

Dejó de sonreír.

—¿Dónde está la espada?

—Donde guardan toda la malicia. Ahí la vi por última vez.

—¿Y nuestras cosas?

—No lo sé —respondí—. ¿Quizás estén allí?

Link frunció el ceño.

—¿Es de noche ya?

—Supongo que sí.

Pareció pensarlo un momento.

—Esperemos un poco más —dijo—. Cuando sea noche cerrada, estarán muy ocupados preparando tu... Ya sabes.

Asentí y ambos volvimos a nuestro sitio, contra el tronco de palmera. Me dolía la pierna. Debía estar sangrando otra vez. Esperaba que la herida no se hubiera infectado. Cuando saliéramos de allí, tendría que ver a un curandero.

Cerré los ojos un momento, y de pronto Link estaba sacudiéndome el hombro. Diciéndome que me preparara. Me llevó un instante recordar para qué.

—Hay un guardia fuera —dijo—. Creo que es solo uno. Tú tienes que gritar para que entre. Coge eso. —Señaló la daga—. Por si acaso.

—¿Para qué quieres que entre?

Él sonrió a medias.

—Ya lo verás.

Me ayudó a ponerme en pie y me apoyé contra la pared de la posada. Link se quedó justo frente a mí, al otro lado de la puerta. Se ocultó un poco más entre las sombras y luego asintió. Grité lo más fuerte que pude.

Un hombre con máscara irrumpió en la habitación de pronto. Miró a su alrededor; vio las ataduras cortadas y luego me vio a mí. Pero eso fue lo último que vería durante un rato, porque Link le asestó un puñetazo entonces, y el guardia cayó al suelo de bruces.

—¿Hay más? —pregunté en un susurro mientras Link se apresuraba a cerrar la puerta.

—No. No tienen tanta gente.

Observé como arrastraba el cuerpo del hombre hasta el tronco. Luego lo dejó maniatado con un trozo de cuerda. Y, como para asegurarse, le ató también los pies.

—¿Qué hacemos ahora?

—Ahora —dijo él— iré a buscar la espada y todas nuestras cosas. Tú irás a los establos para ensillar a los caballos.

Sentí una punzada de angustia. ¿Iba a dejarme sola? No podía correr. Ni siquiera podía andar sin cojear.

—¿Y si te descubren?

—No me descubrirán —replicó. Luego señaló al hombre—. Pensarán que soy él.

Debía admitir que su plan podría funcionar. Había al menos una fina posibilidad. Y eso era suficiente. Así que asentí y esperé pacientemente a que él se pusiera el uniforme del hombre encima de sus propias ropas. Cuando acabó, se acercó a la puerta y me miró.

—Cuando acabes de ensillarlos, escóndete. Quédate en los establos. Espera por mí. No tardaré mucho.

Asentí de nuevo. Cuando estaba a punto de salir, cogí su mano para detenerlo.

—Ten cuidado —le dije, como siempre hacía.

Vi que sonreía en la oscuridad.

—Siempre lo tengo.