ZELDA
—¿Los zora te han dado el apoyo también?
Impa parecía incrédula. No quise darle importancia. A fin de cuentas, ni siquiera yo misma había creído en aquella causa hasta que las cosas empezaron a funcionar de verdad.
—A mí también me cuesta creerlo a veces.
—¿Quién gobierna ahora? ¿El hijo del rey?
Impa se había enterado de la muerte del rey Dorphan varias semanas después de que sucediera. Me di cuenta entonces de la poca comunicación que existía en Hyrule. Cien años atrás, hasta el mendigo más pobre de la Ciudadela se habría enterado en un máximo de dos días.
—El príncipe Sidon.
—Los zora viven muchos años. Demasiados, en mi opinión. Y lo peor es que nunca olvidan nada.
Sonreí a medias.
—El príncipe Sidon es joven, para ser un zora. Aún no es tan rencoroso como los demás.
—Esperemos que dure un poco más. Si no, será difícil que esto funcione.
Suspiré, aunque sabía que tenía razón. Los zora podían aportar materiales valiosos. No tanto como los goron, por supuesto. Pero lo que sí tenían en abundancia eran rupias.
—¿Sabes algo de la reconstrucción? El jefe de Construcciones Karud me dijo que empezaría por su cuenta, pero no he visto nada.
—He oído que hay gente en la Meseta de los Albores.
—¿La Meseta de los Albores? —repetí, perpleja—. Eso es imposible. Link dice que las escaleras están en ruinas. ¿Cómo han llegado ahí?
—Sé lo mismo que tú, me temo —suspiró Impa—. También dicen que tienen un campamento en alguna parte de la Llanura de Hyrule. Son pocos, pero dicen estar reconstruyendo una aldea.
—No lo conseguirán —murmuré—. No tienen los recursos necesarios.
—Puedes intentar mandarle una carta a ese Karud —sugirió ella—. Tendría que mandar más exploradores, pero estoy segura de que lo encontrarían.
Lo pensé por un momento. Esperaba que Karud no se hubiera olvidado de nuestro acuerdo. Aunque, si lo había hecho, confiaba en que una simple carta se lo recordaría.
—Sí —asentí despacio—. Es una buena idea.
—Hablaré con los guardias mañana.
Asentí de nuevo y le di las gracias a Impa. Se me escapó un suspiro, y sentí que Link se removía en mi regazo. No había aguantado mucho tiempo despierto después de haberse tomado la sopa caliente. Me había costado que me hiciera caso, pero al final se había rendido. Aunque apenas podía moverme, porque él reaccionaba ante el más mínimo roce. Le acaricié el pelo como sabía que le gustaba, hasta que dejó de revolverse.
Cuando alcé la vista de nuevo, descubrí que Impa me observaba de forma extraña. Recordé que ella no sabía nada de lo que habíamos estado haciendo. Y tenía que hablar con Link antes de contárselo.
—¿Qué?
—Nada —respondió—. ¿Cómo ha estado?
—Bien. Muy bien, creo. La pérdida de memoria ya no es tan grave. Creo que lo recuerda todo. O, al menos, casi todo. Lo he ayudado en todo lo que he podido.
—¿Cómo se ha portado?
—Como un caballero. ¿Lo ves capaz de algo más?
Ella se encogió de hombros con una sonrisa.
—Tenía que asegurarme.
—No —murmuré, sonriendo también—. Link es bueno. Y amable. Y paciente. Parece que tiene una paciencia infinita, Impa. A veces me saca de quicio. Me dejó quedarme en su casa, en Hatelia. Se quedaba conmigo cuando tenía pesadillas.
—Así que sigue siendo Link.
—Creo que ha cambiado —dije mientras le acariciaba el pelo de nuevo—. Igual que yo. Y eso está bien. Ahora sonríe. Se ríe. A veces es como si no pudiera cerrar la boca. —Lo arropé con la manta para que no pasara frío, pese al fuego que todavía estaba vivo en la chimenea—. Pero sigue siendo Link.
Impa seguía sonriendo.
—Es un buen muchacho —dijo—. ¿Cuántas noches lleva sin dormir?
Lo pensé un instante, intentando hacer las cuentas, pero al final suspiré.
—No lo sé. Más de las que debería.
—Es tan testarudo como tú. Seguro que os entendéis de maravilla. ¿Discutís a menudo?
Traté de esconder el rubor en las mejillas.
—A veces.
—Él es tan obstinado que no escuchará argumentos. Y tú eres peor. Tan insistente que resulta frustrante.
Fruncí el ceño y me pregunté cómo demonios podía saber todas esas cosas. No dije nada, porque lo último que quería era admitir que tenía razón.
—¿Y tú? —me preguntó—. ¿Has encontrado algo de paz?
—Eso creo —respondí—. Link me ha ayudado. Ya no tengo pesadillas. O, si las tengo, no las recuerdo. Y me gusta viajar. Eso me da paz.
Impa asintió.
—Estás más fuerte, por lo que veo. No tan pálida. Ni tan escuálida.
—La última vez que estuve aquí fue hace una eternidad —suspiré, pese a saber muy bien que solo habían pasado unos meses.
Contemplé las paredes familiares que me rodeaban. Aquel lugar estaba protegido y bien defendido. Nadie nos haría daño allí. Y me sentía mucho mejor después de haberme dado un baño y tomado la primera cena caliente después de varios días. Y el fuego era cálido; no tenía nada que ver con el bosque húmedo por el que acabábamos de pasar.
—Siéntete como en casa, niña. Tendrás que pasar aquí una temporada.
Hice una mueca y examiné la pierna herida. Los vendajes no se habían empapado en sangre todavía. Estaba segura de que ni Impa ni Link me dejarían marchar hasta que estuviera del todo curada.
—Me gusta Kakariko —dije—. Pero prefiero estar fuera, ya sabes.
—Créeme. Lo sé muy bien. Hay cosas que nunca cambian.
Sonreí con tristeza, pero no quise seguir por ahí. No me apetecía hablar del pasado.
—Creo que deberíamos irnos ya. Es tarde. Podemos quedarnos en la posada si...
—Bobadas —dijo Impa, interrumpiéndome—. Esta casa es muy grande para Pay y para mí. Elige la habitación que quieras.
Inspiré hondo. Iba a soltar una locura, pero esperaba que al menos el calor en el rostro no me traicionara.
—Link se queda conmigo —solté de golpe—. No pienses nada malo. Solo me siento más segura cuando él está ahí. Nada más.
Impa tenía los ojos muy abiertos. Era difícil saberlo con seguridad bajo la luz del fuego, pero debía haber palidecido. El silencio se extendió por unos instantes que se me hicieron demasiado largos.
—Eso... eso no es apropiado.
—Él estará en su lado y yo en el mío —mentí. Probablemente nos buscaríamos el uno al otro, como siempre.
Me llevó un rato, pero Impa acabó accediendo a regañadientes. Aunque me advirtió que al día siguiente tendría que hablar con Link. Lo compadecí en silencio.
—¿Dónde está Pay? —le pregunté a Impa mientras la ayudaba a recogerlo todo. Era muy difícil, porque apenas podía moverme—. No la he visto aún.
La expresión de Impa se tornó más severa. Tanto que incluso daba miedo.
—Quién sabe dónde está esa jovencita —murmuró—. Ahora se va por las noches. Se cree que no me doy cuenta.
—¿Pay? —Tuve que contener la risa—. ¿A dónde se va?
—No lo sé. Creo que hay un muchacho. Uno de esos jovencitos imberbes.
Se me escapó una carcajada.
—Lo siento —dije al advertir el ceño fruncido de Impa—. Seguro que está bien. Déjala divertirse.
Ella negó con la cabeza.
—¿Divertirse? ¿Tan joven?
—¿Cuántos años tiene? ¿Dieciocho? ¿Diecinueve?
—Diecisiete. Muy joven.
Ahogué otra risita.
—No tan joven.
—Ya lo veremos.
Sacudí la cabeza, aún sonriendo. Pay me había parecido demasiado inocente para hacer algo así. Pero supuse que ella también había cambiado. O quizá, simplemente, nunca había sido tan inocente como había creído.
Aproveché que Impa estaba distraída para despertar a Link con delicadeza. Si le sacudía el hombro se asustaría.
—¿No te parece incómodo? —susurré cuando abrió los ojos—. ¿No prefieres una cama mullida y calentita?
Él no dijo nada. Tampoco hizo ningún ademán de moverse.
—Vamos, jovencito —intervino Impa, dándole palmaditas en el hombro—. Es tarde. Hora de irse a la cama.
Obedeció cuando Impa le lanzó una mirada severa. Se puso en pie con un gruñido y luego me ayudó a hacer lo mismo. Le deseamos buenas noches a Impa y fuimos escaleras arriba. La pierna me dolía, así que tenía que apoyarme en Link. Se tropezó varias veces, y estuve a punto de caer con él.
Miré hacia el pie de las escaleras y vi que Impa seguía en sus cojines todavía. Me pregunté si estaría esperando a Pay.
Elegí la primera habitación libre que encontré y, inmediatamente después de entrar, Link se dejó caer sobre la cama. Yo ordené como pude nuestras bolsas de viaje y me aseguré de que la Espada Maestra estuviera a buen recaudo. Había una ventana en aquella habitación, y decidí asegurarme también de que estuviera cerrada. No quería correr ningún riesgo innecesario.
Dejé la espada junto a la pared, al alcance de Link. Luego me uní a él con un suspiro. Estaba casi igual de agotada, aunque yo sí había conseguido dormir un poco la noche anterior. Él había permanecido despierto. Había querido engañarme, pero lo conocía demasiado bien.
Link se arrastró hasta quedar a mi altura y luego se acurrucó a mi lado. Apagué la vela de un rápido soplido. Le acaricié el pelo hasta dormirme.
Al día siguiente, sin embargo, estaba sola cuando abrí los ojos. Por un instante fui incapaz de recordar dónde estábamos, pero el olor era familiar y las paredes también. Y el rumor del lago que fluía detrás de la casa de Impa me llegaba a través de la ventana cerrada. Busqué a Link de nuevo, pero el otro lado de la cama estaba frío.
Decidí salir a buscarlo. Sentía la pierna rígida. Me llevó unos instantes, pero al final dejé de percibir el entumecimiento. Abrí la puerta con cuidado y cojeé hasta el exterior. Escuché voces ahogadas. Descendí unos cuantos escalones casi a la pata coja, intentando no hacer ruido. Sabía que, si se enteraba, Link se enfadaría por haber forzado la pierna, pero la curiosidad pudo conmigo.
—... bien —oí decir a Impa—. Me alegro de oírlo. Hay que tener más cuidado a partir de ahora.
—Lo sé —murmuró Link.
—No te preocupes tanto. Se solucionará.
Hubo silencio por un breve instante.
—¿Y si vuelven a hacerle daño? Cuando le dispararon no estaba prestando atención, Impa. Si no, nunca le hubieran dado.
Se me encogió el corazón. No era culpa suya. Ese tipo de cosas eran imposibles de anticipar la mayor parte del tiempo. Si alguien tenía la culpa, era yo por haber sido tan obstinada.
—No te tortures, muchacho. ¿No decías que estaba lloviendo? Habría sido imposible ver algo.
Él no replicó. Esperaba que Impa pudiera hacerlo entrar en razón. A mí no me escucharía.
Volví escaleras arriba cojeando lo más rápido que pude. Saqué la piedra sheikah y me dediqué a examinar el mapa con atención. Quizá no estaría mal guardar una imagen de la cascada junto a la casa de Impa.
De pronto la puerta se abrió, y la piedra sheikah estuvo a punto de escapárseme de las manos. Solo me relajé de nuevo cuando vi que se trataba de Link.
—Debería haber llamado.
—No. La habitación también es tuya.
Empezó a enrojecer.
—Eso dice Impa.
Enrojecí también.
—¿Ah, sí? ¿Y qué dice exactamente?
Se encogió de hombros.
—Lo de siempre.
—¿Lo de siempre? —repetí con voz más aguda de lo que normalmente me gustaba.
—Controla tu hombría, Link.
Se me escapó un sonido agudo que cien años atrás habría sido muy poco propio de una princesa. Él sonrió, y se ganó un puñetazo en el hombro.
—Idiota.
—Es lo que Impa ha...
—No se lo has dicho, ¿verdad? —dije para cambiar de tema—. Lo de que tú y yo...
—No. ¿Quieres decírselo?
Me encogí de hombros.
—En algún momento tendrá que enterarse.
Él se sentó a mi lado con un largo suspiro.
—Impa va a matarme.
—A mí también.
—Tú le caes mejor.
Se ganó otro puñetazo. Él protestó, pero al menos cerró la boca.
—¿Te duele mucho? —me preguntó, señalando las vendas de la pierna.
—Solo un poco —le aseguré. Vi que su ceño se fruncía, así que proseguí—: El curandero volverá más tarde. Estoy bien, Link.
—¿Quieres algo para el dolor? Puedo prepararte algo para dormir esta noche.
—No hace falta —respondí—. Puedo dormir bien.
La herida me dolía, por supuesto. Había sentido dolor durante toda la noche, cuando movía la pierna o rozaba algo. Pero había sido soportable, y al menos no me había despertado con los vendajes empapados en sangre.
Lo miré de reojo y vi los cortes y arañazos que tenía en el rostro. No parecían muy graves. Aunque no estaba contando con las magulladuras que yo le había dejado. Estuve a punto de disculparme otra vez, pero me contuve. Había sido todo tan rápido y repentino que ni siquiera había sabido qué estaba haciendo hasta que fue demasiado tarde. Así funcionaba el poder; era inesperado e incontrolable, como un fuego que se extendía por un bosque. La mayor parte del tiempo no sabía que estaba ahí. Link decía que podía oír la voz de la Espada Maestra y sentir su poder a través de la hoja, pero yo no podía sentir nada con el poder sagrado. Solo en ciertas ocasiones, cuando surgía de repente y de forma imparable, recordaba que seguía ahí.
—Estamos aquí —murmuró Link, mirando a su alrededor—. Otra vez.
—Otra vez —asentí despacio. Si lo pensaba bien, tampoco había pasado tanto tiempo desde que estuviéramos en Kakariko por última vez. Solo unas cuantas lunas—. Pero al menos hemos salido vivos.
Él no dijo nada. Supe que debería haber mantenido la boca cerrada cuando vi su expresión. Era casi imperceptible, pero algo brillaba en sus ojos. Y no era el mismo brillo que aparecía cuando me sonreía. Era otro muy diferente. Uno que no recordaba haber visto jamás.
Había matado por primera vez hacía solo unos días. Y, pese a que eso era para lo que lo habían entrenado, percibía que algo no iba bien.
Odio matar, me había dicho en cierta ocasión. Supongo que eso también me da miedo.
Sin embargo, había hundido la espada en el corazón de aquel hombre con tanta fuerza y firmeza que parecía que ya estaba acostumbrado a aquel horror. Y luego me había dicho que iba a matarlos a todos. Había sonado tan seguro de sí mismo que no me había atrevido a hacerlo entrar en razón. No era tonto. Ya se daría cuenta solo.
—¿Cuánto tiempo tendremos que quedarnos aquí?
—Hasta que te cures.
—¿Y cuándo será eso?
—Cuando lo diga el curandero.
Hice una mueca.
—Eso es mucho tiempo. Nos retrasaremos en el viaje.
—No hay ninguna prisa —me recordó con lentitud.
—Karud está esperando.
—Que espere un poco más.
—Voy a enviarle una carta —dije—. Impa va a mandar exploradores para encontrar su campamento.
—¿Una carta? ¿Crees que sabe leer?
—Por supuesto que sabe leer, Link. Si no, no trabajaría de constructor.
Él solo resopló. Era su forma de darme la razón.
—Acabarás aburriéndote aquí —murmuré—. Yo no podré salir de la casa de Impa. Al menos, no durante esta semana.
Link negó con la cabeza.
—Es imposible aburrirse contigo, Zelly.
Le dirigí una mirada fulminante, con las mejillas encendidas.
—¿Vas a estar conmigo todo el rato?
—No hay ningún lugar mejor.
Enrojecí aún más. ¿Se habría dado cuenta de lo que había dicho, siquiera?
—Podemos hacer muchas cosas —dijo él.
—¿Como cuáles?
—Como cenar cosas calientes. Dormir en una cama cómoda y no pasar frío.
Puse los ojos en blanco, pero aun así él siguió:
—Podemos ver las estrellas. No muy lejos de aquí, para que no fuerces la pierna. Y también puedes enseñarme a hacer elixires.
Mi corazón se detuvo por un instante.
—¿De verdad quieres aprender ahora?
Se encogió de hombros.
—Cuanto antes, mejor.
Sonreí y lo abracé. Él pareció sorprendido, aunque me devolvió el gesto con lentitud.
—¿Sabes? Nadie me lo había pedido nunca.
—Lo sé. Soy el primero.
Asentí con energía y me separé de él.
—El primero y, probablemente, el último. ¿Quieres empezar ahora? Podemos...
—Tengo hambre. Luego.
Iba a protestar cuando me di cuenta de que tenía hambre también. Así que accedí a regañadientes, y él se dio la vuelta mientras me vestía con ropas nuevas que Impa nos había dejado. Al acabar, Link me ayudó a bajar las escaleras. Impa ya nos esperaba allí, con el desayuno preparado. Nos dio los buenos días, aunque solo un instante después Link ya estaba devorándolo todo como si no hubiera comido nada en días.
Estuve a punto de escupir el té cuando Pay descendió las escaleras. Se detuvo en seco al vernos, con los ojos muy abiertos. Sin embargo, era imposible que ella no supiera ya de nuestra llegada a Kakariko.
—Princesa —dijo—. M-maestro Link.
Él murmuró algo incomprensible a modo de respuesta, aunque yo intenté devolverle el saludo con educación. Pay tomó asiento a mi lado, sin atreverse a mirar a Impa. Aproveché la oportunidad para examinarla con detenimiento. No parecía muy distinta a como la había visto la última vez. Todavía llevaba las pinturas sheikah tradicionales en el rostro.
—¿Dónde estabas anoche? —le preguntó Impa de pronto.
Dejé la taza de té sobre la mesa con el menor ruido posible.
—¡Abuela! —exclamó Pay. Tenía las mejillas encendidas—. Delante de los invitados no...
—A los invitados no les importa. ¿A que no?
Negué con la cabeza rápidamente y Link se encogió de hombros cuando le asesté un codazo disimulado.
—E-estaba... ¿Recuerdas el amigo del que te hablé?
El rostro de Impa se arrugó un poco más.
—Sabes que ese amigo tuyo no me gusta. Es muy mayor para ti.
—Solo tiene unos pocos años más que...
—Demasiados.
Pay enrojeció aún más.
—El Maestro Link lo conoce. ¿A que sí, Link? Eres amigo de Shak, ¿verdad?
Él alzó la vista de pronto, y un instante después estalló en carcajadas. Impa y Pay se quedaron tan estupefactas como yo.
—¿Ese es tu amigo? —rio él.
Tuve que compadecerme de Pay, que solo enrojecía más y más.
—¿Qué tiene de malo?
—Nada —dijo entre risitas.
Pay se encerró en un silencio ofendido. Algo no me cuadraba con todo aquello. ¿Link conocía al amigo de Pay? ¿De qué lo conocía? Nunca me había hablado de un amigo sheikah. Tendría que hablar con él más tarde.
Nadie dijo mucho más hasta que llegó el curandero. Me cambió las vendas y me aplicó más ungüento maloliente. Sabía que era fuerte; cuanto peor eran el olor y el sabor, más potentes eran los efectos. Me recordó lo mismo del día anterior: que no forzara la pierna y que no intentar andar sola. Me dijo que estaba mejorando, aunque la herida aún necesitaba tiempo.
Cuando el curandero se marchó, Link le contó a Impa que queríamos hacer elixires. La anciana pareció extrañada, pero obedeció y mandó traer una cacerola. La colocamos sobre el fuego de la chimenea. Allí el elixir se haría deprisa.
Pay volvió escaleras arriba poco después, e Impa no tardó en anunciar que se retiraba a sus habitaciones también. Así que nos quedamos solos y, mientras rebuscaba ingredientes en la bolsa de viaje de Link, pregunté:
—¿Quién es ese Shak?
—Un conocido.
Sus explicaciones eran tan claras como siempre.
—¿De qué lo conoces?
Se encogió de hombros.
—Estaba en el clan Yiga. Antes. Luego decidió marcharse. Viajamos desde el desierto hasta Kakariko.
—¿Un miembro del clan Yiga? —repetí en voz muy baja.
—No te preocupes por eso. No nos hará nada. Odia a esos bastardos tanto como tú y yo.
—¿Cómo es ese Shak?
—Insoportable. A veces. Vive aquí con su madre.
Asentí despacio, pero no dije nada más. Tendría que conocer al tal Shak. Esperaba que no fuera tan horrible como Impa lo pintaba. Y quizá contaba con información útil del clan Yiga.
Decidimos hacer un elixir contra el frío. Link se quejó porque, según él, estábamos usando muchos ingredientes. Pero yo lo ignoré y proseguí con la explicación. Perdí la paciencia en varias ocasiones, porque a él le costaba entender todo lo que pedía. Tuvimos que hacer varias pruebas, puesto que los resultados que él obtenía no tenían nada que ver con un elixir contra el frío, y él no hizo más que refunfuñar que iba a dejarlo sin garras de bokoblin. Sin embargo, decidí seguir intentándolo.
—No es tan diferente a cocinar, Link —repetí por enésima vez.
Él añadió la garra de monstruo a la mezcla con una mueca.
—Cuando cocinas no intentas que sepa a muerto.
Puse los ojos en blanco.
—Cuando quieres hacer un elixir potente, esa es la última de tus preocupaciones.
—¿Para qué? Luego no voy a poder tomármelo.
—¿Por qué no?
—Estaría tan asqueroso que enfermaría.
Me cubrí el rostro con las manos y suspiré.
—Lo estás complicando demasiado, Link.
Él frunció el ceño. Quizá no se le daba bien por naturaleza, pero siguió intentándolo hasta el final.
—No aprendo tan rápido como tú —dijo mientras el último intento de elixir se calentaba.
—Eso no es importante —repliqué mientras removía el contenido burbujeante y maloliente de la cacerola. No olía tan mal como debería, pese a todo.
Cuando el elixir comenzó a burbujear con más fuerza de la necesaria, lo metimos en un frasquito. Era una mezcla espesa y demasiado oscura para ser un elixir contra el frío. Link la contemplaba con el ceño fruncido.
—Voy a probarlo —decidí.
—No —dijo él—. Voy a probarlo yo.
—¿Para qué? Tú no sabrás si es lo suficientemente bueno o no.
No había querido probar ningún otro de sus cuatro intentos anteriores. Habían tenido un aspecto tan malo que ni siquiera parecían elixires. Link había añadido demasiadas garras de bokoblin, y los elixires debían seguir medidas y reglas exactas.
—Lo probaremos los dos.
Él seguía sin parecer muy convencido, aunque acabó asintiendo con cierta reticencia.
Tomé un sorbito con cuidado, aunque no creía que fuera a ocurrirme nada. El sabor era peor de lo que había creído, pero entonces sentí los efectos del elixir hacerse notar poco a poco. Al principio eran casi imperceptibles, aunque acabaron siendo tan fuertes que tuvimos que apagar el fuego. Había sido una mala idea hacer un elixir contra el frío.
Link me estaba mirando, como a la espera de una respuesta. Arrugué la nariz y aparté el frasco. No me esperaba que fuera a oler tan mal.
—¿Qué he hecho ahora?
—¿Ahora? Nada, en realidad. —Pareció sorprendido—. ¿Lo notas? Son los efectos para resistir el frío.
—¿Son fuertes?
—Eso parece.
Sonrió como un niño al que le hubieran dado un juguete nuevo.
—Pensé que no lo conseguirías —admití.
Fingió sentirse ofendido.
—Ni siquiera tenías fe en mí —masculló—. Yo tuve fe en ti cuando te enseñé a tirar con el arco.
Puse los ojos en blanco.
—Cuando vayamos a un lugar frío, no tendremos ningún problema con los elixires. No seré yo la única que sepa hacerlos.
Él iba a responder, pero justo entonces Impa apareció bajo el umbral de las escaleras.
—¿Qué es lo que huele tan mal?
Link le mostró el elixir, orgulloso.
—Lo he hecho yo —dijo.
Impa frunció el ceño.
—Tirad eso o llevároslo a otro lado. Todo se quedará apestando después.
Después de un rato insistiendo, Link dejó que uno de los guardias de Impa se llevara el elixir. Me lanzó varias miradas asesinas en el proceso, sin embargo.
—Me alegro de que estéis aquí —dijo Impa—. Quería hablar con vosotros de ciertos asuntos.
Contuve un escalofrío. Recé por que no preguntara lo que estaba segura de que preguntaría.
—Zelda —empezó con calma, y di un bote en el cojín—, ¿has pensado en lo que hablamos?
Miré a Link, que parecía haber entendido a lo que Impa se refería. Busqué su ayuda, per él no dijo nada. Se disculpó con una mirada. Aunque no estaba enfadada con él; sabía que no podía intervenir ni hacer nada. Y ya era hora de dejar de esconderse.
—No estoy muy segura, Impa —respondí por fin—. Pero creo que tenías algo de razón.
Ella me examinó con detenimiento.
—¿En qué tenía razón?
—Hyrule necesita un gobernante. —No sabía si todos estarían dispuestos a creer mi historia, pero si seguía por ese camino tendrían que acabar haciéndolo—. ¿Crees que me aceptarán como su reina?
Impa lo pensó un momento.
—Hyrule es muy grande. Es imposible que todos te apoyen. Había gente que ni siquiera apoyaba a tu padre hace cien años.
Recordaba haber oído hablar a mi padre con sus consejeros de aquel tema. No todos habían estado contentos con su forma de gobernar. Pero al menos mi padre había escuchado ciertas quejas y había intentado aprender de ellas.
—¿Es eso lo que realmente quieres? —insistió Impa.
—No lo sé. No estoy segura. —Suspiré—. Pero lo decidiré pronto. Lo prometo.
Impa asintió. No parecía estar juzgándome, y se lo agradecí en silencio. Su atención fue a parar en Link, de modo que decidí relajarme de nuevo.
—¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Qué quieres hacer?
—La seguiré adondequiera que vaya —respondió sin vacilar.
—¿De verdad?
Link frunció el ceño.
—¿Por qué iba a mentir?
Impa se encogió de hombros, aunque vi que sonreía.
Nadie volvió a mencionar el futuro después de eso. Impa me preguntó por la pierna y las heridas del rostro. Le aseguré que todo estaba bien, pese a que aún me escocía el labio y sentía punzadas dolorosas cuando movía la pierna. Pero no iba a decir eso; solo serviría para preocupar más a todo el mundo. Link era una mala influencia, después de todo.
Impa dijo que sus exploradores saldrían al día siguiente, y que el grupo que había enviado a Onaona debía estar a punto de emprender el camino de regreso, si todo había ido bien. Esperaba que no les hubieran hecho nada. Pero, como Link decía, nunca se sabía con esos lunáticos.
—Escribe esa carta —me recordó Impa—. Así te ahorrarás problemas.
Link se me quedó mirando sin comprender, pero no hizo ninguna pregunta. Así que me limité a asentir con la cabeza.
Después de la cena, le di las buenas noches a Impa y cojeé escaleras arriba con ayuda de Link. Estuve tentada de golpear todas las puertas hasta dar con la habitación de Pay. No la había visto desde esa mañana, y quizá solo necesitaba consejo y comprensión.
Aunque, ¿qué consejo podría darle yo, de todas formas? Quizá solo empeoraría las cosas. Tal vez la entendería menos que Impa.
Encendí una vela y la coloqué cerca de la cama. Luego cogí el papel de carta que Impa me había dejado y mojé la pluma en el tintero. Link no estaba —había saludo justo después de la cena, asegurándome que volvería enseguida—, de modo que solo había silencio. Pero me gustaba así. Nada me distraería.
«Estimado Karud,
No te sorprendas si esta carta llega de manos de un sheikah. Ahora estoy en Kakariko, y la señora Impa es una amiga de mi familia. A eso me refería con lo de que mi familia tiene influencias importantes.
He estado viajando durante estos meses. Los zora y los goron nos han dado su apoyo. Destinarán rupias y materiales de construcción. Han sido semanas duras de largas negociaciones, pero lo hemos conseguido.»
Lo último no era del todo cierto, pero así esperaba impresionarlo un poco más.
«Nos quedan unas cuantas aldeas por visitar. Pero al menos ya tenemos todo ese apoyo, junto al de los sheikah. He oído que tenéis un campamento en la Llanura de Hyrule y que estáis reconstruyendo una aldea, pero no os he visto mientras viajaba. Por eso creo que deberíamos mantener más contacto si queremos que esto salga bien.
Si pudieras decirme cómo va la reconstrucción, estaría muy agradecida. Pronto estaremos ayudándoos también, como acordamos. Si hay alguna novedad, escríbele a la señora Impa. Ella sabrá dónde encontrarme.
Zelda.»
¿Se acordaría de mi nombre, siquiera? ¿Debería firmar con el nombre de Link también, por si acaso? Leí la carta unas cuantas veces, hasta que a la vela le quedó poco tiempo para consumirse y ya casi podía recitar las palabras de memoria.
Estaba cerrando la carta cuando Link irrumpió en la habitación. Solo con echarle un vistazo supe que había estado entrenando con la espada.
—¿He tardado mucho en volver?
—Un buen rato, sí.
Hizo una mueca, pero decidí continuar.
—¿Qué hacías entrenando a estas horas, Link?
—¿Qué te hace pensar que estaba entrenando? —repuso él mientras se deshacía de las ropas sucias y las cambiaba por otras limpias.
—No cambies de tema.
Él suspiró y se dejó caer a mi lado, sobre la cama.
—No lo sé —murmuró—. Es una vieja costumbre, supongo.
Lo miré con una ceja alzada. Sabía que solo me estaba diciendo parte de la verdad, pero no quise reprochárselo. Me lo contaría todo cuando quisiera hacerlo, y aquel no era el mejor momento.
—¿Qué escribes? —Me arrebató el papel de las manos antes de que pudiera decir una sola palabra.
—Una carta.
—¿Para Karud? Estimado Karud —leyó con voz más aguda de lo normal, como un crío inmaduro—. No te sorprendas si...
—Yo ya sé lo que he escrito. Tú no. Lee en silencio.
Resopló. Pero aquello debía parecerle importante, porque leyó la carta de principio a fin.
—¿Crees... que está bien? —le pregunté al cabo de un rato, cuando terminó y me devolvió la carta.
Se encogió de hombros.
—Supongo que sí.
Preguntarle a Link había sido una mala idea desde el principio. A pesar de todo, me limité a asentir. Guardé la carta a buen recaudo para dársela al grupo de exploradores de Impa antes de que salieran. Esperaba que pudieran encontrar a Karud. Si íbamos a trabajar juntos por una causa común, teníamos que estar en contacto. A menos que él no me tomara en serio —algo que, por desgracia, era muy probable— y no respondiera a mi carta solo para burlarse de mí.
—Zelda —dijo Link de pronto—. Saldrá bien. Ya lo verás.
Dejé de retorcerme las manos. Odiaba que pudiera leerme con tanta facilidad.
—Eso espero —susurré.
Me puso una mano en la mejilla con cuidado. Siguió el rastro de uno de los moretones. Estuve a punto de decirle que no se preocupara; que ni siquiera me dolía. Pero entonces distinguí el brillo extraño que había aparecido en su mirada y decidí callarme.
—Lo siento por esto —dijo mientras seguía la línea de otro moretón—. No te lo merecías, Zelda.
—A ti también te dieron puñetazos. Y aquí estás. Entero.
Él solo suspiró. Y luego se me quedó mirando con atención.
—¿Qué? —solté cuando el rubor en las mejillas empezó a ser muy difícil de ocultar.
—Nada.
Me dio un corto beso y luego se dio la vuelta para apagar la vela. Sin embargo, tiré de su brazo de pronto y volví a atraerlo en mi dirección. Necesitaba sentir su calor después de tanto tiempo. Pero, cuando lo besé con ganas, él se apartó.
—No quiero hacerte daño —fue lo único que dijo.
Cuando comprendí que se refería al labio partido, se me escapó una risita.
—No vas a hacerme daño —repliqué—. Ya no me duele.
No parecía muy convencido, pero cuando lo besé de nuevo no volvió a apartarse. Él iba con cuidado, como si fuera de cristal, y decidí seguir su ritmo. No obstante, al cabo de lo que me pareció una eternidad, él estaba sobre mí, y ya no me besaba con delicadeza, aunque yo tampoco lo hacía.
—Link —conseguí murmurar.
Él se separó y me miró, confundido. Tenía los labios enrojecidos.
—¿Quieres parar?
—No es eso —jadeé—. La puerta está abierta.
Le echó un rápido vistazo a la puerta, aunque al final ninguno de los dos hizo nada para cerrarla, y de repente estaba besándome otra vez. Acabé a horcajadas sobre él, explorando sus cicatrices con una mano. Sentí que se movía para quitarse la camisa que Impa le había dado, y en esa ocasión no intenté detenerlo. Pero entonces se quedó muy quieto y, cuando abrí los ojos, yo me quedé muy quieta también.
Impa nos observaba desde el umbral de la puerta.
