ZELDA
Impa nos miraba de forma acusatoria. No había ni rastro de sorpresa o desconcierto, sin embargo. Era como si ya lo hubiera sospechado. Porque, probablemente, se lo habíamos puesto muy fácil. Deberíamos haber sido más cuidadosos. Y deberíamos haber cerrado la maldita puerta.
—Iba a preguntaros si queríais más mantas —dijo ella al cabo de un rato, rompiendo el silencio—. Hace frío por las noches.
Utilizaba aquel tono severo que podía aterrorizar a cualquiera. Miré a Link, pero estaba claro que él no pensaba decir una palabra.
—No hace falta —conseguí decir.
Impa entornó los ojos y su rostro se arrugó aún más.
—Eso está muy claro.
Aparté la mirada, avergonzada, y me pregunté cuánto habría visto. Se había enterado de lo suficiente para sacar sus propias conclusiones. Y, al parecer, eran acertadas.
—Que durmáis bien —dijo, y luego cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
Me aparté de Link al instante. Tomé asiento en el borde de la cama, lejos de él. Link tampoco hizo ningún ademán de acercarse a mí. Estaba intentando arreglarme el pelo enmarañado —por culpa de Link, por supuesto— cuando él estalló en carcajadas.
—Va a matarme —rio—. Te lo dije.
—No sé qué te hace tanta gracia —siseé.
Eso solo lo hizo reír aún más.
—Al menos así no tendremos que explicar nada.
—Oh, sí que vamos a explicarle algunas cosas.
—¿Para qué? Yo creo que ya le ha quedado muy claro...
—No —dije, interrumpiéndolo—. Tú vas a explicárselo todo.
Dejó de reírse por fin.
—¿Por qué yo?
—Porque eres un cobarde.
Soltó un largo suspiro. Lo miré a los ojos, y supe que estaba buscando alguna excusa.
—¿Qué quieres que le explique?
Se me escapó una carcajada, aunque lo último que sentía en aquel momento era diversión.
—Lo mucho que me queréis, ser Link.
Él no dijo nada más durante toda la noche.
Al día siguiente, lo obligué a salir de la cama muy temprano. Link protestó, pero acabé arrastrándolo conmigo escaleras abajo. Tenía la carta para Karud doblada entre las manos. No sabía cuándo partiría el grupo de exploradores de Impa exactamente, pero quizás así ella vería que, al menos, estaba preparada.
Impa nos dio los buenos días con tono rígido y nos sirvió una taza de té a cada uno. Tomé un sorbito con cuidado y miré a Link. Él seguía en silencio. Pero no iba a ser yo quien hablara primero. No en esa ocasión.
Impa bebió de su té y luego dejó la taza cuidadosamente en el suelo, junto a los cojines. Solo alzó la vista cuando Link carraspeó.
—¿Impa?
—¿Sí?
—La quiero. A Zelda.
Estuve a punto de escupir todo el té que había tomado. No hablaba en serio cuando le dije que le contara a Impa lo mucho que me quería. Eso no era importante, en realidad. Solo había querido que fuera Link quien diera las explicaciones complejas, por una vez. Y castigarlo por no haber cerrado la puerta después de regresar la noche anterior.
—¿La quieres? —repitió Impa.
—Ayer me viste haciendo elixires. Fue porque a ella le gusta hacerlos. Y cuando le dije que quería aprender sonrió tanto que ayer no pude decirle que no.
Lo miré, pero él no me estaba mirando a mí, sino a Impa. Aquello debería haberme ofendido, pero lo cierto era que solo podía sentir un aleteo estúpido en el estómago. Y también había otra cosa. Algo cálido que me recorría de arriba abajo cuando me abrazaba con fuerza cada noche. O cuando tenía una pesadilla y él no hacía preguntas para que se lo contara todo de inmediato. O cuando me esperaba cada mañana con un desayuno caliente. O cuando lo pillaba revisando que todos mis cuadernos de notas siguieran en su sitio antes de abandonar una aldea o una posta.
—Entonces me temo que no tienes remedio, jovencito.
—Estoy muy bien así.
Impa tomó otro sorbo de su té. El silencio se extendió durante tanto tiempo que llegué a pensar que nadie diría nada; que sería yo —de nuevo— quien tuviera que romper el silencio. Afortunadamente, Impa preguntó:
—¿Desde cuándo?
—Desde que discutí con ella por primera vez.
—¿Y eso fue...?
—Hace más de cien años. La segunda vez...
—¿La segunda vez?
—Me he enamorado de ella dos veces.
Por un instante me quedé sin respiración, aunque apenas podía reprimir la sonrisa. Si tan solo me lo hubiera confesado a mí, a mí y solo a mí, en secreto, en un susurro y sin que nadie más nos oyera...
—¿Y cuándo fue esa segunda vez?
Para mi sorpresa, pareció vacilar.
—Creo que cuando oí su voz por primera vez. O cuando la recordé por primera vez. O cuando volví a verla. No estoy seguro.
Lo miré, sonriendo, porque ya era muy difícil reprimir las ganas. Impa nos miraba fijamente a ambos.
—Debería haberme dado cuenta antes —suspiró—. Al fin y al cabo, sois unos jovencitos imberbes, a pesar de todo. Y encima, enamorados. No sé qué es peor.
Se me escapó una risita. Me pregunté si Impa lo sabía por experiencia. Debía haber tenido hijos para que Pay naciera, aunque no me imaginaba a Impa con nadie. Me había sorprendido descubrir que tenía una nieta, y ni siquiera le había preguntado por su esposo.
—¿Y tú? —me preguntó Impa con aburrimiento—. ¿Cuándo lo supiste tú?
Lo pensé un momento. Era muy difícil determinar el momento exacto. Tenía demasiados recuerdos con Link.
—Recuerdo verlo en la corte. Intentaba odiarlo, pero no podía. Y cuando me dijo que me recordaba, supe que seguía siendo Link.
Su sonrisa era tan amplia que el fuego ni siquiera tenía razones para seguir vivo. Él ya me proporcionaba suficiente calidez.
—Oh, precioso. ¿Queréis mi bendición?
—No —dijo Link simplemente.
Le dirigí una mirada de advertencia y recé por que Impa no se hubiera ofendido, pero ella solo suspiró.
—La próxima vez, al menos cerrad bien las puertas —masculló.
Volvió a centrarse en su té. Miré a Link, que parecía tan desconcertado como yo, aunque probablemente él no diría nada. Y tampoco iba a seguir obligándolo a hacerlo. Ya lo había castigado lo suficiente.
—¿Ya está?
—¿Es que hay algo más?
—Pensé que te enfadarías.
—Si me enfadara por todos los jovencitos enamorados e idiotas que hay por ahí, las cosas serían muy distintas.
Nadie volvió a hablar de Link ni de mí. Había llegado a creer que Impa no se lo tomaría nada bien. Pero había ido mejor de lo esperado, y no iba a emitir una sola queja. Impa era sabia. Tenía más experiencia que yo, aunque fuéramos de la misma edad. Si no veía nada malo en que él y yo fuéramos más que compañeros de viaje, íbamos por el buen camino.
Le di la carta a Impa después del desayuno. Iba a preguntarle por Pay, pero ella se disculpó para ir a hablar con sus guardias antes de que yo tuviera oportunidad de decir una sola palabra.
Link tiró de mí de pronto y me ayudó a subir las escaleras. Lo primero que hizo al llegar arriba fue cerrar la puerta con fuerza, y lo segundo fue darme un beso que me dejó sin respiración.
—¿Ha estado bien? —me preguntó entonces—. ¿O ha sonado muy estúpido?
—No —respondí, y luego sonreí—. Ha sonado muy, muy bien. Tanto que no me importaría oírlo otra vez.
—¿El qué? Soy muy afortunado.
—¿Por qué?
—Por haberme enamorado de ti. Dos veces.
Lo besé de nuevo.
—Podríais ser poeta, ser Link. Si fuera reina, no os nombraría caballero, sino poeta de mi corte.
—Eso no iría muy bien.
Reí, y él sonrió también.
—No te subestimes tanto. A lo mejor puedes escribir poemas en tu tiempo libre.
Hizo una mueca.
—Creo que a Impa también le ha gustado.
—Créeme —dije con una risotada—, le gustaría más si supiera que ninguno va a intentar ponerle las manos encima al otro.
Se encogió de hombros. Intenté recordar todo lo que había dicho. ¿Cómo olvidarlo? Incluso había logrado convencer a Impa. Eso no era nada fácil.
—Algún día, cuando seamos viejos y tengamos cinco hijos y quince nietos, te lo volveré a recordar todo. Así verás que no he vuelto a olvidarme.
—No tienes que probarme nada —murmuré—. Y no pienso tener cinco hijos.
Su sonrisa se hizo más amplia. No era muy difícil conseguir que sonriera, una vez lo conocías mejor. Y, desde luego, valía la pena.
—Eso lo dices ahora.
—Y lo diré siempre. No voy a...
Iba a seguir poniendo objeciones, pero entonces él me besó de nuevo, así que no dije nada más.
—¿Quieres ir a ver las estrellas esta noche? —me preguntó, y su sonrisa era tan amplia que no pude hacer más que aceptar.
*
Pasaron dos semanas, y la herida todavía estaba curándose. El curandero ya no visitaba todos los días, porque Link había aprendido a curarla y enrollar las vendas. Para entonces, sin embargo, estaba harta de no poder andar por mí misma. Y sabía que Link no se separaba de mí —y, si lo hacía, era para pasar horas entrenando al atardecer— porque seguía sintiéndose culpable. No obstante, ninguno hablaba de ello, como si estuviéramos intentando olvidarlo.
Empezaron a llegar noticias de que los sheikah que Impa había enviado a Onaona ya estaban cerca de Kakariko. Y del otro grupo, el que había llevado noticias a Karud, seguíamos a la espera de una respuesta. Link solía entrenar al atardecer, y aunque ya podía andar sin que la herida volviera a abrirse y empezara a sangrar, decidí no acompañarlo. No quería ver como cortaba el aire y acababa con enemigos invisibles una y otra vez, incluso hasta el cansancio. Todavía estaba alerta y le costaba dormir por las noches, aunque tampoco hablábamos de eso. Pero no hacía falta hablar para darme cuenta de las vueltas que daba. Me compadecí de él, porque al parecer nunca encontraría algo de paz.
Yo también tenía miedo. Temía que atacaran Kakariko en cualquier momento, quizás incluso en medio de la noche. No quería que le hicieran daño a Impa o a Pay o a el resto de los sheikah por estar buscándome a mí. Quería pensar que estábamos a salvo; que la aldea estaba bien defendida y que no se atreverían a atacarnos allí. Pero, cuando las pesadillas me despertaban en medio de la noche, dejaba de estar tan segura. Al menos mis pesadillas no eran tan horribles como las de Link, aunque ni siquiera eso me servía de consuelo.
Una tarde, mientras Link estaba fuera, decidí llamar a la puerta de Pay. Sabía que estaba allí porque la había visto entrar en la casa unas horas antes, con sigilo, y no había vuelto a salir.
Ella tardó unos instantes, pero al final abrió la puerta.
—P-princesa...
—Zelda.
—Zelda —dijo, corrigiéndose—. ¿Qué hacéis a-aquí?
Me encogí de hombros.
—¿Puedo pasar?
Ella vaciló. Echó un vistazo al interior, aunque acabó asintiendo con lentitud. La habitación estaba limpia y ordenada. Había una cama pequeña, libros y cuadernos como los que yo solía usar. Me habría gustado seguir indagando, pero Pay ya me miraba de forma extraña, así que me centré en ella.
—¿Cómo consigues que todo esté siempre tan ordenado? Ni siquiera mis habitaciones en el castillo estaban tan ordenadas.
Pay enrojeció.
—G-gracias, a-alteza. Tampoco tengo tantas cosas.
—Excusas. —Se me escapó una exclamación ahogada y me acerqué a la mesita donde tenía una pila de libros perfectamente organizados—. ¿Esto es...?
—«Historia de la tribu de las sombras» —asintió ella.
Sonreí y rocé el lomo del libro con las yemas de los dedos.
—Tuve que leerlo más veces de las que puedo contar.
Pay intentó sonreír también, aunque me pareció horriblemente forzado.
—Puedo volver prestaros el libro, si queréis.
—No será necesario. Era solo una observación.
—Oh. —Guardó silencio por un momento—. ¿Necesitáis algo, princesa?
—Zelda.Y no, no necesito nada. Solo quería hablar contigo.
Ella se me quedó mirando como si fuera incapaz de comprender. Luego abrió mucho los ojos.
—¿Conmigo? ¿Por qué?
—Llevamos varias semanas aquí y nunca hemos hablado las dos solas, ¿entiendes? Y te considero una muy buena amiga.
Pay se quedó boquiabierta.
—E-es un honor, princesa.
—No, no es ningún honor. Solo espero que nuestra amistad dure mucho tiempo.
Pay asintió sin vacilar. Sabía que nunca podría librarme de los sheikah, igual que ellos no podrían librarse de mí. Los sheikah también formaban parte de las profecías y de las leyendas. Velaban por la seguridad de la Familia Real desde las sombras, y lo seguirían haciendo por el resto de la eternidad, hasta que la Diosa lo considerara necesario.
—¿El Maestro Link sigue fuera? —preguntó.
Acepté el asiento que me ofrecía y suspiré.
—Lleva toda la tarde fuera.
—El Maestro Link practica mucho, ¿verdad? —Yo me encogí de hombros—. Cada vez que lo veo entrenar se vuelve más impresionante.
Todos lo veían como algo positivo. Había que dejar que el Maestro Link se pasara gran parte de la tarde moviendo la espada de un lado a otro hasta que le dolieran los brazos y el acero empezara a pesarle. Que el Maestro entrenara; así nos protegería en caso de ataque. Yo era la única que odiaba verlo pasar horas y horas en el exterior, solo, sujetando la espada. Aunque quizá, después de todo, no era yo quien tenía razón.
—¿Qué hay de ti? —le pregunté para cambiar de tema—. ¿Tú también sabes usar una espada?
Pay abrió mucho los ojos y negó con la cabeza.
—No. Espadas no. Me enseñaron a utilizar los cuchillos. Pero solo eso.
—¿No te gustan las espadas?
—Nunca lo he intentado. Parece muy difícil.
—Estoy segura de que no es para tanto —repuse, pensando en Link de nuevo. Hiciera lo que hiciese, todos los temas de conversación acababan en él. Era como una maldición.
—Princesa, si me lo permitís... —Quise interrumpirla para recordarle que solo me llamara Zelda, pero ella prosiguió antes de que tuviera oportunidad—. ¿Qué os ha pasado a vos y al Maestro Link? La abuela no quiere darme muchos detalles.
Había venido a hablar de ella, y no de mí. Y, aun así, acababa cobrando protagonismo otra vez. Sentí una punzada de culpabilidad, pero decidí responder.
—Hemos estado viajando. El clan Yiga está detrás de nosotros otra vez.
—Pensaba que el Maestro Link había...
—Él y yo también lo pensábamos. Pero algunos consiguieron escapar.
Se lo conté rápidamente, porque no me apetecía recordar lo que había sucedido con todo lujo de detalles. No había sido una experiencia agradable.
Cuando terminé, vi que Pay había palidecido. Caí en la cuenta entonces de que si Impa no había querido contárselo era para no hacerla temblar de miedo por culpa del clan Yiga otra vez. Me sentí culpable, pero era inevitable que se enterara. Pronto la voz se correría por toda la aldea. Ya se sabía que Link había vuelto porque él ni siquiera había intentado esconderse. Salía con la Espada Maestra bien visible, aunque siempre se quedaba cerca de la casa de Impa.
Además, si Pay iba a tomar el puesto de Impa algún día y ser líder como su abuela, tenía que empezar a acostumbrarse.
—Por Hylia —susurró—. Gracias a las Diosas que estáis bien. Podrían haberos...
—Lo bueno es que no lo han hecho.
"Aún", añadí para mis adentros.
—Un grupo de hylianos llegó a la aldea hace unas cuantas semanas —dijo Pay—. Tenían miedo. No hablaban mucho. La abuela no me contó demasiado de eso tampoco, pero sé que son prisioneros que lograron escapar. Ahora puedo imaginarme lo que les ocurrió.
—Siguen en la aldea, ¿verdad?
Impa me había hablado de ellos ya, pero prefería asegurarme.
—No creo que vayan a marcharse pronto. —Vaciló y luego añadió—: Creo que deberíais hablar con ellos, princesa.
—Zelda —le recordé—. Eso quiero hacer. Desde que me dejen salir de aquí por mi propio pie los visitaré.
—¿Os duele mucho?
—No. Por Hylia, basta de hablar de mí. ¿Qué hay de ti?
Ella empezó a ruborizarse de nuevo.
—¿De mí?
—He oído que hay un jovencito —dije, sonriendo a medias.
Pay enrojeció todavía más y clavó la mirada en el suelo.
—No es nadie. Después de todo, a la abuela no le gusta.
Se me escapó una risita.
—¿Sabes en cuántos caballeros jóvenes me fijé cuando no tenía más de doce años? A mi padre no le gustaba, pero yo seguía viéndolos entrenar a escondidas.
—¿De verdad podíais hacer eso?
—Claro que sí. Nunca llegué a hablar siquiera con ninguno, claro. Tenía muy poco tiempo libre. Supongo que siempre me he visto atraída por la peste a caballo.
Pay rio.
—¿Quién huele a caballo?
—Link.
—Oh —murmuró. Luego abrió mucho los ojos, y alguien distinto habría sentido satisfacción al ver la expresión de su rostro—. Oh. ¿Él y vos...?
—Me temo que sí.
En realidad no me temía nada, porque había pocas cosas en el mundo que me gustaran más que él, pero Pay no tenía motivo alguno para saber eso. Para mi sorpresa, ella solo sonrió.
—Lo sabía.
—¿A dónde vas por las noches? Me he dado cuenta de que no estás.
Temí haber sonado demasiado brusca cuando la vi vacilar, pero al final Pay acabó suspirando.
—Shak me lleva a..., a...
—¿A dónde? —insistí, sonriendo de nuevo.
Ella se ruborizó por enésima vez.
—A veces me lleva al bosque. O a las afueras de la aldea. Y..., bueno, me habla de cosas.
—¿Nada más?
—¡No! —exclamó Pay, horrorizada, con voz más aguda de lo normal—. ¡Por supuesto que no! Ni siquiera hemos..., ya sabéis...
—¿Es muy tímido?
—No. Le dije que no quería que se acercara mucho todavía. La abuela dice que las cosas deben pasar a su debido tiempo.
Fruncí el ceño, pero no intenté discutirle eso.
—Bueno, no conozco a ese Shak, pero creo que deberías darle una oportunidad y dejar que se acerque un poco más.
—A la abuela no le gusta. No tiene futuro.
—Ella no tiene por qué enterarse —dije en voz baja.
Pay se cubrió el rostro con las manos.
—E-eso no es a-apropiado, alteza.
—La propiedad importa muy poco en este tipo de cosas, Pay.
—P-pero...
—Por intentarlo no pierdes nada. —Me puse en pie con cuidado, muy despacio, e intenté sonreír—. Debería irme ya. Supongo que Link no tardará en volver.
Cojeé hasta la puerta, y Pay no dijo una palabra.
—Piensa en lo que te he dicho.
Ella se ofreció a ayudarme, pero decliné con educación.
Cojeé hasta la habitación y garabateé todo lo que debía hacer en un cuaderno de notas. Estaba a punto de terminar cuando Link regresó por fin. Me dijo que no había muchos sheikah fuera. Que no pasaría nada si subíamos la colina para ver el atardecer. No esperaba que fuera a proponerme algo así, pero acepté al instante porque estaba deseosa de salir de la casa de Impa.
De modo que anduvimos muy despacio hasta la colina. Llevaba la capucha calada, pese a que cualquiera podría reconocer fácilmente a Link. Al llegar a la cima, me dejé caer sobre la hierba con un gruñido.
—¿Te duele? —me preguntó él.
—No —mentí. Pero luego vi la expresión de su rostro y añadí—: Un poco.
—Tengo elixires para...
—No necesito nada, Link. Estoy bien.
Abrió la boca, pero ningún sonido salió de ahí. Se limitó a asentir en silencio y después se sentó a mi lado.
Ninguno dijo nada entonces. Me quité las botas y enterré los pies en la hierba fresca. El sol ya se escondía en el horizonte, aunque todavía quedaba un largo rato para que anocheciera. Hacía frío, pero no tanto para hacerme tiritar.
Kakariko se extendía a nuestros pies. Link había tenido razón; no se veía ningún movimiento en la aldea. Supuse que los sheikah seguían horarios muy estrictos. Lo bueno era que nadie había dado señales de reconocernos.
—¿Link? —murmuré—. Después de esto, ¿quieres volver a casa?
Percibí que me miraba, aunque yo no lo miré a él.
—¿Quieres volver?
—Solo por una noche. Luego nos iremos.
Silencio de nuevo.
—No hay nada de malo en eso —dijo al final, y de reojo vi que se encogía de hombros.
—Cuando acabemos en Kakariko —dije— iremos a casa. Solo por una noche. Recuérdalo.
—Sabes que tengo mala memoria.
Sabía que su intención había sido hacerme reír, pero solo se ganó una mirada fulminante por mi parte.
—No bromees con eso.
—Lo siento, capitán.
—¿Qué demonios te pasa, por cierto?
Pareció desconcertado.
—¿A mí?
—¿Por qué entrenas tanto ahora?
Clavó la vista en el suelo. Sabía que había acertado de lleno en un flanco vulnerable.
—Pensaba que ya habíamos pasado por esta parte hace años.
—¿Qué parte?
—La parte en que tú te callas cuando te hago preguntas difíciles de responder. No seas tan cobarde. Si no quieres hablar, dímelo. No me molestaré.
—No es eso —masculló él.
—¿Qué es?
—Miedo. Supongo.
Callé por un momento. Sabía que él estaba esperando una respuesta, pero no era fácil encontrar las palabras adecuadas.
—¿De qué tienes miedo? —le pregunté en voz baja.
Él empezó a trenzar la hierba que tenía cerca. Pensé que no iba a responder, porque tardó más en hacerlo que la última vez. Pero de pronto, dijo:
—De que vuelvan.
Un escalofrío me recorrió. Porque ambos sabíamos muy bien que volverían. Tenían que volver. Los exploradores de Impa traerían más noticias, pero estaba segura de que muchos de los miembros del clan Yiga habían logrado escapar. Quizás estaban tan débiles que la malicia los mataría por fin a mitad del camino y no llegarían a hacernos nada.
—No tengas miedo de eso. —Le cogí la mano—. No se atreverán a acercarse.
—Por ahora.
Suspiré, pero no quise discutir.
—Deja de forzarte tanto —le dije. Habían aparecido callos nuevos en sus manos. Tenía incluso pequeñas heridas cubiertas de sangre seca. Aquello me sorprendió. Trabajar desde la comida hasta que el sol se ponía había causado más estragos de lo que él mismo quería admitir—. No vas a conseguir nada. Solo empeorarlo todo.
—Tengo que mejorar mi...
—¿Mejorar el qué? Ya eres el mejor. Tienes habilidades sobrenaturales para blandir una maldita espada. No hay nadie mejor que tú.
Para mi sorpresa, vi que enrojecía. Luego siguió trenzando hierba con la mano que tenía libre.
—Aunque tengas razón —murmuró—, no es suficiente.
—Nunca te he tomado por un idiota, Link. Pero ahora no dices más que idioteces.
Él no respondió. Decidió esconderse tras su estúpido silencio otra vez. Seguramente sabía que lo que estaba diciendo era cierto. Pero nunca lograría convencerlo de que dejara de entrenar durante horas. No después de todo lo que había pasado. Así que no quise echar más sal en la herida.
—Impa dice que los sheikah que fueron a Onaona podrían llegar mañana —dije—. Tengo que hablar con ellos. ¿Quieres venir tú también?
Link solo asintió.
—¿Estás seguro?
—¿Por qué no iba a estarlo?
—A lo mejor quieres seguir entrenando.
Su rostro se ensombreció, pero no pensaba disculparme.
—Espero que hayan encontrado a Calabaza. ¿Viento está mejor?
—Se ha curado. Quiere correr.
—Ojalá pudiera montar. ¿Sabes que tú puedes salir a cabalgar si te aburres? No voy a enfadarme.
—No me aburro.
Era mentira. Él no podía aguantar mucho tiempo en el mismo sitio. Era cuestión de tiempo que empezara a sentirse inquieto. Y yo todavía no me había curado del todo.
—No pasa nada por admitirlo, Link.
—Si yo me aburro, tú te aburres más, así que no voy a irme.
—No seas terco.
Él resopló.
—No estoy siendo...
Se interrumpió cuando escuchamos algo moverse entre los arbustos. Vi que él se sentaba rígido de nuevo y se llevaba una mano a la espada. Nunca se separaba de ella últimamente. Fui a decir algo, pero Link me indicó que guardara silencio con un gesto, así que cerré la boca. Solía tener razón en asuntos como aquel.
Sin embargo, cuando de los arbustos solo salió un conejo asustado, maldije con una de las palabras que Link más usaba.
—No me culpes —masculló.
—No he dicho nada.
Si no podía dejar de ver enemigos por todas partes, era culpa mía. Y quizás era mejor que siguiera siendo desconfiado. De no ser por eso, nunca habríamos llegado vivos a Kakariko.
Cuando la noche cayó y empezó a hacer frío, Link me ayudó a volver a la casa de Impa. Para mi sorpresa, Pay estaba allí, hablando animadamente con Impa. Nos saludó con entusiasmo al vernos llegar, y al poco rato nos dio una cena caliente.
Al día siguiente, me despertaron voces y relinchos de caballos. Vi que Link observaba en silencio desde la ventana. Tenía la espada cerca, y sentí una punzada de terror.
—¿Link? —lo llamé con voz temblorosa.
—Esos sheikah que Impa envió a Onaona —respondió él—. Creo que han vuelto.
Sentí alivio al instante. Era peor que él. Me preocupaba por verdaderas tonterías.
Me puse en pie y eché un vistazo al exterior. Aún era temprano, y las brumas del amanecer lo cubrían todo, pero Impa ya estaba fuera. Había un grupo de sheikah con las ropas sucias y embarradas reunidos allí. Otros sheikah —mucho más limpios— se llevaban los caballos a los establos. Traté de distinguir a Calabaza entre ellos, pero las brumas lo hacían muy difícil.
—Deberíamos ir también.
Link se mostró de acuerdo, así que me vestí con ropas limpias y, en cuanto estuve preparada, salí al exterior junto a Link.
Las voces se convirtieron en susurros al instante. Sentí las miradas de todo el mundo sobre nosotros, pero me obligué a ignorarlo. No era nada nuevo. Estaba acostumbrada, llegados a ese punto. O eso me gustaba pensar.
Los sheikah recién llegados hincaron la rodilla en la tierra cuando llegué frente a ellos. Iba a pedirles que se pusieran en pie, pero Impa lo hizo por mí, y yo se lo agradecí en silencio.
—¿Habéis vuelto todos? —les preguntó.
Un sheikah fornido, de hombros anchos y pelo largo, asintió.
—Sanos y salvos, mi señora.
—¿Hay heridos?
—Solo superficiales, mi señora.
—Bien. Ahora, contadme...
—Impa —interrumpí con cuidado. Ella se detuvo y se volvió para mirarme—, ¿no crees que deberían ponerse cómodos primero? Han hecho un largo viaje. Estoy segura de que queréis comer algo caliente y daros un baño. También tenéis familia esperándoos, ¿verdad?
—Pueden esperar, alteza.
—No, no pueden. La señora Impa y yo sí podemos. ¿A que sí, Impa?
Ella me miró con el ceño fruncido por un instante, aunque acabó asintiendo.
—Por supuesto. Nos reuniremos después de mediodía.
Los sheikah no tardaron en marcharse, aunque un grupo de curiosos permaneció junto a la casa de Impa durante un largo rato. Me volví hacia Impa y fingí que no estaban allí.
—Voy a los establos. Puede que hayan encontrado a Calabaza.
Impa sonrió y asintió. Anduve hasta los establos sin apenas necesitar la ayuda de Link. No podía correr aún, pero al menos era capaz de recorrer distancias cortas.
Los establos apestaban, como siempre. No había muchos caballos, así que fue fácil distinguir la crin plateada de Calabaza. Cojeé todo lo rápido que pude en su dirección y me abracé a ella. Calabaza me olisqueó y luego escuché que resoplaba.
—No te han hecho daño, ¿verdad? —pregunté. Link se acercó para examinarla con detenimiento.
—No veo nada —dijo al final.
—Gracias a las Diosas. —Calabaza resopló otra vez, y se me escapó una risita—. Yo también te he echado de menos. No sabes cuánto.
Link se detuvo junto a mí, y Calabaza lo olisqueó también. Luego siguió olisqueando sus ropas. Él la apartó con una carcajada.
—No he traído manzanas.
—No te preocupes por eso —dije, enterrando el rostro en su crin de nuevo—. Te daré tantas que no podrás volver a cabalgar en días. O en semanas, si quieres.
Informamos al mozo de cuadras de que la yegua era nuestra, y él decidió situarla en una cuadra más cercana a la de Viento para evitar confusiones. Link me había dicho que Viento se había recuperado, pero quise comprobarlo por mí misma.
—Mírate. Estás como nuevo. Parece que no te ha pasado nada.
Y debía dar gracias por eso también. Link tenía en gran estima a aquel caballo. Se le partiría el corazón si algo malo le ocurriera.
Viento empezó a revolverse, como si estuviera buscando algo, y Link resopló.
—No seas impaciente —gruñó.
—¿Qué le pasa?
—Quiere irse de aquí. Como tú.
Sonreí a medias.
—Al menos ahora tendrá a Calabaza para hacerle compañía.
Él miró a Calabaza e hizo una mueca.
—No tienen mucho interés en hacerse compañía.
Suspiré.
—Es raro, ¿verdad?
—Puede que Calabaza no sea muy interesante —replicó él, encogiéndose de hombros.
Le asesté un puñetazo.
—Los caballos como Calabaza solo se ven una vez cada cien años. Si alguien no es interesante aquí, te aseguro que no es Calabaza.
Pasamos la mañana en los establos. Trencé la crin de Calabaza y, pese a las protestas de Link, hice lo mismo con Viento. Link trajo manzanas, y ambos recibieron todas las que se merecían.
Cuando regresamos a casa de Impa, ella insistió en que nos diéramos un baño, porque apestábamos a caballo y no íbamos a presentarnos así antes los guerreros sheikah más hábiles y experimentados. Impa parecía estar de buen humor últimamente, así que no me negué y arrastré a Link conmigo.
Cuando estuvimos limpios, Impa dejó que los sheikah entraran. Había una docena de cojines en el suelo, y todos fueron ocupándolos poco a poco, en silencio. Impa les dio la bienvenida y nos presentó formalmente ante ellos, aunque ya nos habían visto la última vez que estuvimos en Kakariko y, por supuesto, sabían muy bien quiénes éramos. Yo recordaba haber visto a algunos bailar el día en que Impa decidió celebrar la derrota del Cataclismo. Sin embargo, ahora incluso ellos estaban tan serios que sus rostros parecían esculpidos en piedra. Aún más que el de Link, y él llevaba años practicándolo.
Impa les contó lo que nos había sucedido con las mayor brevedad posible, y aun así ellos se mostraron furiosos por lo que nos habían hecho. Cuando se calmaron de nuevo, Impa preguntó:
—¿Cuántos había?
—Ninguno cuando llegamos, mi señora —respondió un sheikah joven y flacucho.
—Creemos que habían huido ya, mi señora —dijo otro. Era unos cuantos años mayor que el primero—. No había ni rastro de comida o huellas. Debieron marcharse mucho antes de que nosotros llegáramos.
—Cobardes —masculló Link entre dientes, para que solo yo lo oyera. Sin embargo, todos guardaron silencio y se giraron en su dirección.
—Tenéis toda la razón, Maestro Link —dijo el primer sheikah que había hablado—. Huir de la justicia suele ser de cobardes.
Él asintió, pero no dijo nada más. Así que Impa tomó la palabra otra vez.
—¿Encontrasteis prisioneros?
—Cinco, mi señora. No les daban comida desde hacía días. Ahora mismo los está viendo el curandero.
—Bien —dijo Impa—. Que se queden en la posada, con el resto.
Apreté los puños. Pensé en todos aquellos inocentes que habían sufrido por mi culpa. Ni siquiera conocía sus rostros. Y aquellos monstruos los habían atado y luego los habían dejado morir de hambre. De no haber sido por el grupo de sheikah, probablemente no lo hubieran contado.
Y habían sido inocentes. Habitantes de una aldea pequeña y aislada. Quizá todos ellos eran solo pescadores que nunca habían oído hablar de una princesa o del Gran Cataclismo. Tal vez para ellos todo aquello no habían sido más que leyendas. Cuentos para aterrorizar a los niños. Tal vez nunca habían salido de Necluda.
Lo sentí entonces. El poder se agitó de pronto. Y empecé a asustarme, porque la última vez que eso ocurrió estuve a punto de matar a dos hombres. Traté de controlarlo, de volver a esconderlo en aquel rincón oscuro y profundo del que rara vez salía, pero era muy difícil. Apreté los puños con más fuerza, y el poder se debatió entre mis ataduras. Solo había sido capaz de mantenerlo bajo control mientras estaba junto al Cataclismo, pero entonces no había sido yo. Había sido la Diosa, que me había guiado como si fuéramos una.
Pero ahora estaba sola, y la Diosa Hylia no iba a bajar de los cielos para decirme cómo no abrir un agujero en el techo de la casa de Impa por culpa de un estallido de luz que no había sabido controlar. Contemplé mis manos y recé por que no estuviera brillando.
Escuchaba las voces de Impa y de los sheikah, pero sonaban muy lejanas. Tanto que era incapaz de entenderlas. Tomé aire y me concentré en el poder. Y, poco a poco, con esfuerzo, sentí que desaparecía. Y la luz dejó de quemarme bajo los dedos, y todo quedó en silencio otra vez. Nadie me miraba con extrañeza, y el techo de la casa de Impa seguía intacto.
—... corre peligro —decía un sheikah fornido—. ¿Tenéis pensado seguir viajando, princesa?
—Todavía tengo aldeas que visitar.
—Es muy peligroso para vos, alteza. Quizá deberíais considerar la posibilidad de ir escoltada por un grupo de...
—Eso no será necesario. Link y yo nos bastamos.
—Nadie lo duda, alteza. Pero a veces un solo hombre no es suficiente.
—Ella sabe defenderse —intervino Link, para mi sorpresa.
—Me alegra oírlo, Maestro Link, pero debéis entender que estaréis más seguros si un grupo os acompaña.
—¿Para qué? —dije—. Eso solo llamaría más la atención.
—Encontraríamos una tapadera, estoy seguro.
—Princesa, todos aquí tenemos experiencia y años de duro entrenamiento.
—Link duplica toda esa experiencia y años de entrenamiento. No corro peligro con él.
Los sheikah se miraron. Parecieron vacilar. Impa se mantuvo en silencio, y su rostro no dejaba entrever lo que pensaba.
—Con todos los respetos, el Maestro Link es muy joven para doblarnos en experiencia.
Link soltó un bufido, interrumpiendo la réplica hiriente que tenía preparada.
—Nadie más va a venir con nosotros —dijo.
Las protestas no tardaron en alzarse.
—Señora Impa... —empezó uno, pero ella los silenció con una carcajada.
—Debéis respetar su decisión, sea cual sea.
No siguieron insistiendo. Se marcharon al cabo de un rato, e Impa empezó a reírse sin reparos.
—No ha estado mal. Nada mal.
Él enterró el rostro entre las manos con un largo suspiro y yo forcé una sonrisa.
—Podrías haber ayudado.
—No necesitáis ayuda. Podéis defenderos de esos patanes vosotros solitos. No espero menos de quienes acabaron con el Cataclismo.
—Pensaba que los sheikah estaban de mi parte —gruñó Link—. Que me admiraban y todo eso.
—Oh, y te admiran. Pero a veces quieren tener un poco de gloria.
—¿Gloria? —repitió él, alzando la vista—. Al menos yo no hago nada por...
—Lo sé, muchacho. No hagas caso a esa clase de tonterías. —Me miró de nuevo y sonrió—. Llevar un grupo de escolta solo lo complicará todo. Y, además, las Diosas están siempre de vuestra parte. Solo os necesitáis el uno al otro.
Detestaría que alguien más sufriera por una guerra que no era suya. Habíamos perdido incontables inocentes durante el Gran Cataclismo. No volvería a suceder. Me lo juré a mí misma allí, en Kakariko.
—Creo que debería visitar a los antiguos prisioneros —dije con un suspiro.
—¿Ahora? —se alarmó Impa—. ¿No prefieres esperar hasta mañana?
—Es mejor hacerlo ahora. Tengo que verlos, Impa. A todos. Y ya estoy mejor. Puedo andar por mi cuenta.
—Más o menos —murmuró Link, aunque quise creer que eso era mentira.
—Como quieras, Zelda —suspiró Impa al final—. Están en la posada.
Le di las gracias a Impa y luego recorrí la corta distancia que nos separaba de la posada. Llevaba la capucha calada, pese a que los sheikah ya parecían haber perdido la curiosidad. No había nadie en las calles.
El posadero nos recibió con los ojos muy abiertos.
—P-princesa. —Hizo una reverencia torpe—. M-me temo que no nos quedan habitaciones p-para...
—No estoy buscando una habitación —le dije—. Quiero hablar con los hylianos que llegaron aquí hace unas semanas.
Vaciló por un instante.
—Oh, p-por supuesto. Seguidme.
Le puse una mano en el hombro antes de que nos llevara a ningún sitio y él dio un respingo.
—No digas quiénes somos —le pedí en voz baja—. Nos evitará problemas.
Miró a Link, que permanecía en silencio, y luego asintió. Nos llevó a lo que parecía la sala común de la posada. No era tan grande como las que poseían las antiguas posadas de la Ciudadela, pero era suficiente para alojar a casi una treintena.
Todos se quedaron en silencio al vernos llegar. El posadero se marchó a paso rápido y nos quedamos solos. Contemplé sus rostros, uno a uno. La mayoría tenía la piel tostada por el sol. Había hombres, mujeres e incluso niños y ancianos. Me pregunté si Tadd les habría hecho daño a ellos también.
Carraspeé y me armé de valor.
—¿Podemos sentarnos?
Unos pocos asintieron en silencio. Otros no dijeron nada.
—Nada de armas —dijo un hombre de pronto.
Link se detuvo en seco.
—No voy a usarla.
—No queremos armas.
Lo miré, suplicante, y él decidió dejar la Espada Maestra junto a la puerta con cierta reticencia. Los demás parecieron satisfechos con eso.
Empecé dándoles nuestros nombres. Les dijimos que éramos viajeros y que también habíamos llegado a Onaona por accidente. Que habíamos sufrido lo mismo que ellos. Lo último no era del todo cierto, pero no sabía cómo reaccionarían si decía que todo el daño que habían sufrido era culpa mía.
Su actitud cambió después de eso. Mostraron simpatía e incluso tristeza. Unos pocos siguieron en silencio, y vi que algunos temblaban de miedo.
—No os han hecho daño, ¿verdad? —quiso saber una mujer.
—Nada grave —dije, y esa era otra mentira a medias—. Conseguimos escapar y llegamos a Kakariko.
—¿Van a volver? —preguntó un hombre.
Vacilé un instante.
—No —dije al final—. No volverán a haceros daño.
No iba a prometérselo, porque el destino siempre se las arreglaba para que todas mis promesas quedaran rotas, pero eso los tranquilizó.
—Se han ido de la aldea ahora —proseguí—. La señora Impa envió exploradores a Onaona que lo han confirmado. Podéis regresar, si es lo que deseáis.
—No creo que pueda volver allí jamás —murmuró una joven.
Otros se sumaron a lo que había dicho. El corazón se me encogió. Estaban tan aterrorizados que no querían volver a su propio hogar por los horrores que habían visto. Y los comprendía. Yo tampoco querría volver.
—Bueno —empecé—, podríais asentaros en otra aldea. Hatelia no está lejos.
—¿Hatelia? —replicó un anciano—. Hatelia ya está llena. Allí no se nos ha perdido nada.
Miré a Link, que todavía guardaba silencio. Me miró también, con el ceño fruncido, aunque siguió sin decir palabra.
—Hay muchas aldeas abandonadas. Podríais elegir una que esté cerca del mar.
—Están todas en ruinas —bufó un hombre—. Tendríamos que reconstruir. Y no tenemos rupias ni materiales.
Me volví hacia Link de nuevo, sonriente. Y él debió adivinar mis intenciones, porque también sonrió. Empecé a contárselo todo, y ellos escucharon con atención.
