LINK

El sol aún estaba saliendo, pero recorrí el camino embarrado hasta los establos con paso rápido. Había oído como la lluvia caía la noche anterior. Esperaba que no lloviera durante el día. Sin embargo, el cielo estaba gris, y el aire todavía olía a lluvia. Tendríamos suerte si llegábamos a casa del todo secos.

Saludé a Viento con una manzana y luego hice lo mismo con Calabaza. Me alegraba de verla sana y salva. Había llegado a pensar que se había perdido para siempre allí, en Onaona, cerca de las playas de Necluda. O que esos bastardos habían decidido sacrificarla en algún ritual macabro. Pero la habían traído de vuelta sin ningún rasguño, y eso era único que importaba.

Ensillé a los caballos. Estaban deseando salir. Viento llevaba deseándolo semanas, y Calabaza también, aunque ella llevaba menos tiempo en los establos. Y, pese a que había sucedido un poco más pronto de lo que me hubiera gustado, aquel era el día en que saldríamos de allí.

Zelda había pasado casi una luna entera en Kakariko, curándose. Cuando la cojera y el dolor empezaron a disminuir, ella insistió en que era hora de marcharnos, pero yo quise esperar un poco más. Transcurrió una interminable semana, y entonces la paciencia de Zelda se agotó. Ninguna de mis objeciones sirvió para convencerla de que esperara otra semana. Pero el curandero opinaba que ella volvía a estar fuerte y que podría cabalgar, andar y correr por su propio pie. Así que dejé de discutir, porque yo también estaba deseoso de marcharme de Kakariko.

Últimamente estar en la aldea era insoportable. Algunos de los guardias que Impa tenía apostados junto a su casa formaban parte del grupo de exploradores de Onaona. Siempre que entraba se me quedaban mirando. Sus ojos nunca se apartaban. No sabía qué estaban buscando, pero era muy difícil ignorarlos. Si prestaba atención, podía oír sus susurros lejanos. Pero nunca prestaba atención, porque sabía que no me haría ningún bien oírlos.

Viento enterró el hocico en la bolsa de viaje, y yo me aparté con el ceño fruncido.

—Ya has comido —le recordé—. No puedes tener tanta hambre. Zelda no ha dejado de darte de comer.

Si se acababan las manzanas y las zanahorias en Kakariko, sería por culpa de Zelda. Había estado dándoles a los caballos cantidades desorbitadas de manzanas.

—Si te doy más, no podrás dar ni un solo paso.

Viento me miró de forma casi acusatoria. Casi. Pero no emitió ningún sonido. Calabaza tampoco intentó robar más manzanas.

Acabé de ensillarlos y luego recorrí el camino de vuelta a la casa de Impa. Ella se encontraba sobre sus cojines, rodeada de una luz tan tenue que ni siquiera logré distinguirla cuando entré.

—Link —dijo de pronto, y estuve a punto de dejar caer las alforjas al suelo del susto—. Vamos, no soy tan horrible.

Me acerqué a ella e hice una mueca.

—No te había visto. No es que seas horrible.

Impa sonrió.

—Quería hablar contigo antes de que os fuerais.

—¿Qué he hecho? —pregunté mientras soltaba las alforjas y me sentaba en un cojín, frente a Impa.

—Nada. Nada malo.

Ella se detuvo, como a la espera de una respuesta, pero no dije nada. Aguardé a que ella continuara.

—Ten cuidado ahí fuera, ¿sí? Sobre todo ahora, con esos asesinos sueltos.

Asentí en silencio. Después de todo lo que había sucedido, me parecía ver movimientos en todos los rincones. Examiné las sombras que temblaban bajo la luz de las velas en casa de Impa. Al menos la Espada Maestra era un peso familiar. Me susurró algo que no pude comprender, pero que transmitía calma, y no hacía falta saber hyliano antiguo —o la lengua que hablaba el espíritu, fuera cual fuese— para comprender eso. Estábamos a salvo por ahora. No había nada de lo que preocuparse.

—Intenta no meterte en problemas —prosiguió Impa—. Todos sabemos que eso se te da muy bien.

—No lo hago a propósito.

—Tienes razón. Te sale de forma natural. —Sonrió, pero no dije nada. Me limité a observarla con el ceño fruncido—. No me mires así. Sabes que es cierto.

—Normalmente es Zelda quien se mete en problemas primero.

—Cuida de ella también. No quiero que vuelvas a traérmela con la pierna atravesada por una flecha.

No lo había dicho con malas intenciones. Todavía sonreía, e Impa nunca sonreía cuando regañaba a alguien. Y aun así el peso de la culpa se hizo un poco más grande.

—No quería que a ella... —Titubeé—. Ojalá me hubiera pasado a mí.

Me abofeteó de pronto. No lo hizo con mucha fuerza, pero estuve a punto de perder el equilibro por la sorpresa. La miré, boquiabierto, con una mano sobre la mejilla dolorida. Había recibido golpes mucho peores, pero eso no significaba que aquel no hubiera dolido.

—Muchacho idiota, escúchame bien. No voy a volver a repetírtelo. —Pocas veces la había visto tan enfadada. Ahora los ojos pequeños le brillaban. Y no era el mismo brillo que había aparecido cuando le dije que el Cataclismo había sido derrotado. No, aquel era mucho peor—. No es culpa tuya. Tú no podías hacer nada. Así que deja de torturarte con esas estupideces. Sabes tan bien como yo que no son ciertas.

Quise decir algo, pero las palabras no me salían. Impa suspiró y negó con la cabeza.

—Estoy harta de verte vagar sin rumbo mientras te lamentas por tonterías. A Zelda tampoco le gusta. Y ten por seguro que tampoco le hace gracia verte ahí fuera, blandiendo esa espada de un lado a otro.

—Pero...

—Nada de peros. Puedes preocuparte todo lo que quieras, pero deja de culparte por cosas que se escapan de tu control. No le haces ningún bien a nadie. ¿Me has entendido?

Me froté la mejilla dolorida y le dirigí una mala mirada, pero ella no pareció inmutarse. No había pensado que daba tanta lástima. O que podría llegar a preocupar a Impa. Zelda ya me había dado su opinión, pero lo que había dicho no era nada nuevo. Me lo esperaba de ella. Sin embargo, en el fondo, Impa tenía razón. Me habría sido imposible impedirlo, aunque hubiera querido.

Así que asentí con lentitud.

—No hacía falta que me dieras una bofetada, ¿sabes?

Impa sonrió.

—Oh, créeme. A veces a los jovencitos como tú les hace falta una buena bofetada. Y funciona.

Bueno, nadie se opondría a Impa después de que ella te hubiera golpeado.

—Lo siento, Link —dijo al final—. ¿Te ha dolido mucho?

Me encogí de hombros.

—Hay cosas mucho peores.

Si no la conociera, podría haber pensado que la mirada de Impa reflejaba lástima y no simpatía.

—Eres peor que Zelda en lo de echarte la culpa de todo. Y eso que es difícil superarla a ella.

Fui a replicar, pero entonces escuchamos pasos provenientes de las escaleras. Zelda apareció en el umbral, con sus bolsas de viaje colgadas al hombro.

—¿He oído mi nombre?

Impa sonrió, pero no dijo nada. Zelda dejó el equipaje en el suelo y luego se sentó a mi lado con un suspiro.

—No tendrías que haberte llevado tantos libros —mascullé.

—Ah, sí. Gracias por recordármelo, Link. —Se volvió hacia Impa, dispuesta a ignorarme, al parecer—. ¿Tienes algún libro sobre... sobre habilidades?

Impa frunció el ceño.

—¿Qué tipo de habilidades?

—Magia.

Ella pareció aún más confundida.

—Si buscas algo sobre el poder sagrado...

—No tiene por qué ser solo del poder sagrado —se apresuró a aclarar ella—. Cualquier tipo de magia me vale.

Impa la examinó con atención, aunque acabó asintiendo. Se puso en pie con algo de esfuerzo y anduvo hasta una estantería solitaria al otro lado de la estancia. Rebuscó durante un rato y, cuando regresó a nuestro lado, sostenía un libro polvoriento entre las manos, cubierto de cuero.

—Es un poco viejo —dijo Impa—. Habría que limpiarle el polvo, pero creo que te servirá.

Zelda cogió el libro con delicadeza, casi como si estuviera frente a la mismísima Diosa Hylia, y lo abrió por una página al azar. Estaba amarillento, y el papel parecía frágil, como si fuera a hacerse polvo de un momento a otro. Eché un vistazo por encima de su hombro, y al instante me arrepentí. Las letras eran muy pequeñas, y estaban muy unidas. Tanto que ni siquiera podía comprender unas pocas palabras. Entorné los ojos, pero solo logré distinguir los mismos trazos irregulares y serpenteantes. Quizás estaba escrito en hyliano antiguo o algo así. Cosas más extrañas habían pasado. Me pregunté cómo demonios podría leerlo Zelda.

—Sí —murmuró—. Creo que servirá. Gracias, Impa.

—Intenta devolvérmelo cuando volváis de visita. Te diría que no lo estropees demasiado, pero casi olvido que viajas con Link.

A Zelda se le escapó una risita. No emití una sola queja. No solía reírse mucho aquellos días, así que lo interpreté como una buena señal, aunque estuviera riéndose de mí.

—Gracias por todo, Impa —le dijo—. Yo ya estaría harta de nosotros si fuera tú.

La anciana sonrió. Luego se puso en pie de nuevo y, cuando regresó, sostenía una carta entre las manos.

—Casi se me olvida. Esto llegó ayer. Era un mensajero hyliano.

—¿Es para mí? —quiso saber Zelda. Cogió la carta y la examinó con detenimiento, pero no leyó lo que ponía en el interior.

—Sí. Es de ese constructor.

Me pareció oír un suspiro de alivio. Yo también sentí alivio por ella. Al menos eso iba bien. Esperaba que Karud no estuviera burlándose de ella en la carta. Porque entonces no necesitaría un grupo de exploradores para encontrarlo.

—¿De dónde viene?

—De la Llanura de Hyrule. Cerca de unas ruinas, aunque el mensajero no conocía su nombre. Solo dijo que estaban al sur.

Zelda no dijo nada. Se limitó a asentir y luego guardó la carta en una de sus bolsas de viaje. No entendía por qué estaba tan nerviosa. Había logrado convencer a los antiguos prisioneros de Onaona para que se unieran a ella. Y ellos se habían mostrado hoscos y fríos desde el principio. Zelda decía que no los culpaba por eso. Que tenían derecho a estar enfadados. Yo no estaba tan seguro.

Aun así, los había convencido. No sabía cómo, pese a haberme limitado a escucharla la mayor parte del tiempo. Le había llevado días, y no todos habían decidido acompañarla cuando el momento llegara. Fuera como fuese, se habían quedado sin hogar, y supuse que Zelda les ofrecía la mejor opción, pese a que su nuevo hogar todavía no existiera como tal.

Impa nos repitió que tuviéramos cuidado y nos abrazó con fuerza una vez más antes de dejarnos marchar. Zelda ya debía haberse despedido de Pay, porque ella no bajó a despedirse. Apenas había hablado con ella. Sin embargo, desearía poder haber visto la cara de Impa cuando se enteró de que su nieta se veía a escondidas con un criminal.

Zelda estaba en silencio cuando llegamos al final de las escaleras. Tenía la vista clavada en el suelo y el ceño fruncido. La expresión de su rostro no era la misma que aparecía cuando me regañaba; era la que utilizaba cuando se concentraba para llevar a cabo uno de sus experimentos.

—¿Qué te ha dicho ese idiota? —murmuré.

Ella dio un respingo y alzó la cabeza, que estaba cubierta por la capucha.

—No lo he leído.

—¿Entonces qué te pasa?

Aligeró el paso, como si estuviera huyendo de algo.

—¿Y si piensa que soy solo una niña? ¿Crees que se habrá reído de mí?

—Por su bien espero que no.

Sonrió un poco.

—En serio, Link. ¿Crees que se reirá de mí? ¿Tú lo harías?

—Claro que no —respondí mientras entrábamos a los establos—. Me darías un poco de miedo, en realidad.

—¿Por qué?

—Convences a todo el mundo. Yo no podría hacer eso jamás.

Clavó la vista en el suelo de nuevo, aunque vi que se había ruborizado.

—Si es mi único talento, tengo que aprovecharlo.

—No es tu único talento. —Ella me tendió sus bolsas de viaje, y empecé a atarlas a las alforjas de Calabaza—. Sabes leer deprisa. Y escribir muy rápido. Y de tecnología ancestral. Y de historia. Eres la única que entiende a Prunia y a Rotver. Y también...

—Oh, Link —murmuró ella—. A veces hablas demasiado, ¿lo sabías?

—Eres la primera que me dice algo así —mascullé mientras ajustaba la brida de Viento.

Zelda rio.

—Sabes que tengo razón.

No quería seguir hablando de aquel tema y, en el fondo, lo entendía. Solo esperaba que no decidiera ocultármelo todo y guardarse sus pensamientos para sí misma.

Le ofrecí ayuda para subir al caballo, pero ella se negó en rotundo. Maldije su orgullo en silencio. Ya no llevaba vendajes en la herida de flecha, pero no quería correr ningún riesgo, pese a que el curandero había asegurado que no había nada que temer. La herida podría abrirse otra vez, y ella sufriría, y entonces tendríamos que pasar una semana más en Kakariko.

—Al final no he conocido a ese Shak —murmuró mientras recorríamos la aldea desierta—. Es una pena.

—Tampoco te pierdes mucho.

Me asestó un golpecito en el hombro.

—No digas esas cosas. Seguro que no es tan malo.

—No lo conoces.

Zelda dijo algo más, pero de pronto percibí la mirada de los guardias de Impa a nuestra espalda. Todavía me guardaban rencor por no haberlos dejado acompañarnos. Mantuve la vista clavada en el camino y dejé que Zelda siguiera hablando. Por suerte, ella no pareció darse cuenta de la forma en que nos miraban.

A mediodía, cruzamos el puente de Kakariko. Zelda lo examinó con desaprobación. Seguía en el mismo estado en que lo habíamos unos meses antes; medio derrumbado, con piedras que bloqueaban el paso. Parte del puente estaba siendo consumido por la hierba. Cruzamos paso a paso. Tenía la sensación de que Viento podría pisar la piedra equivocada y todo el puente terminaría de derrumbarse.

A pesar de todo, llegamos al otro lado sanos y salvos. El río rugía a nuestra espalda, y las aguas tenían un brillo grisáceo. Miré el cielo cubierto de nubes espesas.

—¿Crees que lloverá? —me preguntó Zelda, que debía haber seguido mi mirada.

—Puede.

Ella suspiró y tiró de las riendas de Calabaza hasta situarse a mi lado otra vez.

—¿Nos dará tiempo de llegar a casa hoy?

Estuve a punto de caerme de la silla.

—¿Todavía quieres ir a casa?

Me miró como si me hubiera vuelto loco.

—¿Por qué no iba a quererlo?

—No habíamos vuelto a hablar de eso —murmuré.

—¿Y qué?

—Pensé que habías cambiado de opinión.

Me miró con esa cara que ponía cuando decía algo muy tonto y solo ella se daba cuenta.

—Deja de sacar conclusiones precipitadas, Link —dijo—. Primero debes analizar la situación y conocer todos los datos. Luego vienen las conclusiones.

Sabía que estaba hablándome como si fuera uno de esos experimentos en los que solía trabajar hacía cien años a propósito. Sonreía entre los pliegues de la capa.

—Muy graciosa.

Rio por última vez y luego me miró con los ojos brillantes.

—Quiero volver a casa —dijo—. Por una noche. Como decidimos.

Asentí despacio. Me sorprendía que quisiera pasar la noche en casa. Siempre se había negado rotundamente a volver. Yo no iba a negarme, pero una sola noche parecía insuficiente. Era como si me dieran una manzana a la que le habían quitado la piel. Me la comería igualmente, pero en el fondo faltaría algo. Echaba de menos estar en casa, bajo mi propio techo.

Continuamos hasta la posta e hicimos una rápida pausa para comer. Luego elegimos el camino de Hatelia y no tardamos mucho en adentrarnos en la Llanura de Mogur. Miré a nuestro alrededor. No quería que nos sorprendiera ningún movimiento. El sendero que llevaba hasta la aldea era muy frecuentado y varios viajeros habían cruzado la muralla por delante de nosotros. Cualquiera podría pensar que nadie se atrevería a atacar allí. Pero no había bajado la guardia durante todo el viaje. Y Zelda, por una vez, no me lo había reprochado.

La Muralla de Hatelia parecía aún más gris bajo el cielo oscurecido. Algo crujía cada vez que los cascos de los caballos chocaban contra el suelo cubierto de hierbajos y raíces secas. La brisa traía consigo un ligero olor a lluvia. Contuve un escalofrío y Viento se removió, nervioso. Nunca le había gustado aquel lugar.

—Tenemos que darnos prisa —dijo Zelda de pronto. Su voz sonaba extrañamente apagada en la llanura muerta. Fuera de lugar, incluso—. No quiero empaparme otra vez.

Sabía que no solo quería apretar la marcha por eso, pero acabé asintiendo. Hice que Viento avanzara más rápido. Yo también quería salir de allí lo antes posible.

Anocheció antes de que llegáramos a Hatelia, y aún faltaba un largo trecho por recorrer. Así que montamos el campamento cerca del camino, a la sombra de un árbol de tronco nudoso y robusto. Ella se empecinó en salir a cazar algún conejo perdido, pero dudaba que allí hubiera conejos. A Zelda no le hizo gracia, pero aun así acabó aceptando parte del pan y el queso que nos había dejado Impa antes de partir de Kakariko.

Aquella noche no hubo incidentes. Nadie apareció en el camino y no oí ningún ruido sospechoso. A medianoche cayó una ligera lluvia, aunque no fue tan grave como me había esperado. Algunas gotas lograron colarse entre las hojas de la copa del árbol, pero afortunadamente la lluvia paró antes de que pudiéramos empaparnos.

Al día siguiente recorrimos lo que nos quedaba hasta Hatelia. Al llegar a la aldea estaba atardeciendo, porque no nos habíamos dado mucha prisa. Cruzamos el puente de madera, llevando a los caballos por las riendas. El jardín parecía encontrarse en buen estado. La hierba estaba más alta que la última vez y divisé unos pocos hierbajos, pero eso tenía solución. Zelda dio de comer y beber a los caballos mientras yo les quitaba las sillas.

Y, después, decidimos entrar en casa.

Empujé la puerta con cuidado, pero aun así escuché un chirrido que tampoco había estado ahí la última vez, si la memoria no me fallaba. Nadie se había ocupado de la casa durante el tiempo que habíamos estado fuera, así que el olor no era el mejor. Comprobé que la mesa estaba cubierta por una fina capa de polvo, igual que el resto de los muebles. Cuando subimos las escaleras, la madera crujió bajo nuestros pies, pero ninguno dijo nada, porque eso no era nuevo. La flor que se encontraba junto a la ventana, sobre una mesita y en un jarrón, se había marchitado ya. Las mantas de la cama también estaban llenas de polvo. Me detuve y miré a Zelda, y ella sonrió. No hicieron falta palabras.

Entre los dos apartamos todo el polvo de los muebles y limpiamos el suelo. Zelda colocó flores salvajes que habían crecido en el jardín en jarrones nuevos, y las distribuyó por toda la casa. Me ayudó a sacudir las mantas y juntos fuimos en busca de velas nuevas. Cuando acabamos estaba anocheciendo, y ya empezaba a hacer frío. Encendí el fuego en la chimenea al instante. La casa no era muy grande, así que no tardó en calentarse.

Después de tomar una cena caliente, ella y yo nos sentamos junto al fuego. Estuvimos en silencio durante un largo rato. Algo repiqueteaba contra las ventanas, y supuse que había empezado a llover otra vez.

Y entonces Zelda me miró a los ojos, y yo le devolví la mirada. Luego ella se acercó un poco más y me besó en los labios. Fue lento y dulce. Y diferente, porque con ella todo era siempre diferente. Después se apartó, supuse que dispuesta a esperar, pero no tuvo que hacerlo por mucho tiempo. La atraje en mi dirección y la besé también, y ella se aferró a mis hombros con fuerza, como si pensara que iba a echarme a correr en cualquier momento. Sin embargo, no tenía pensado irme.

Me besó una y otra y otra vez, y en cada ocasión yo le devolvía el gesto. Sus labios eran dulces y suaves como una caricia, y nunca me cansaría de ellos. Pero pronto apareció algo más. Algo más profundo y más fuerte. Iba a separarme para decírselo, pero de repente descubrí que ella se había puesto en pie. Y yo también lo había hecho, aunque no sabía cuándo. Tomó mi mano y me guió escaleras arriba. Tropezamos y estuvimos muy cerca de perder el equilibrio en más de una ocasión, pero ella solo reía, y yo sonreía y la besaba otra vez y le daba un pisotón por accidente.

No encendimos las velas. Acabábamos de comprarlas, pero a ninguno le importó. Terminamos sobre las mantas que habían estado llenas de polvo y que tanto nos había costado sacudir. Ahora estaban limpias, como nuevas. Ella se sentó a horcajadas sobre mí. Decidí deshacerme de la túnica, y ella no me detuvo. Y yo tampoco la detuve cuando decidió hacer lo mismo.

Sus manos se deslizaron por mis cicatrices, y besó cada una de ellas. Sus dedos eran más ásperos de lo que recordaba. Y descubrí entonces que ella también tenía cicatrices; en la pierna, por la herida de flecha; en las rodillas y en los brazos, del Gran Cataclismo; incluso en el rostro, en las mejillas. Tenía rastros de arañazos, pero aun así era perfecta. Era todo lo que podía ver, porque el resto había desaparecido hacía mucho, mucho tiempo.

Olía a hierba, a lluvia y a las flores salvajes del jardín. Olía a hogar; a polvo, a madera y a limpio. Y, bajo mis manos, era cálida. Cuando abrí los ojos y la miré, habría podido jurar que brillaba. Sonrió, y la luz creció. Y yo sonreí también.

El silencio no tardó en llenarse de jadeos y susurros y suspiros. Y en ese momento lo supe. Supe que no habría nadie más. Que siempre sería ella. Ella y su sonrisa y su pelo dorado; sus charlas interminables y su ceño fruncido cuando me hacía daño. Estaba allí, a mi lado, y eso era todo lo que necesitaba. Siempre estaría allí. Zelda.

Cuando terminó, ninguno dijo nada. El silencio se hizo de nuevo, pero ella no se movió de mis brazos. Su pelo me hacía cosquillas bajo la nariz. Sus manos empezaron a acariciar mis cicatrices otra vez. Me gustaba sentir su piel contra la mía. Le aparté un mechón del cabello del rostro, y ella suspiró.

—Link —dijo en un susurro, mirándome con los ojos verdes muy brillantes, incluso en medio de la oscuridad—. No te vayas. Nunca.

Negué con la cabeza.

—Me quedaré —le dije—. Te lo prometo.

Ella se acurrucó a mi lado y no tardó en dormirse. Tal vez habíamos tardado demasiado. O quizá estábamos yendo más rápido de lo que deberíamos. Lo cierto era que no me importaba. Besé su frente y cerré los ojos. Caí en la cuenta de que estaba sonriendo con un idiota. Pero al menos era un idiota feliz.

Cuando abrí los ojos otra vez, los rayos de sol se colaban por la ventana, cegadores. Debía haber amanecido hacía unas horas. Miré a Zelda y rocé sus brazos desnudos con cuidado. Vi que sonreía.

—¿Qué estabais mirando, ser Link? —dijo, aunque no intentó cubrirse con las mantas.

—A ti.

Ella rio.

—Descarado.

Se sentó. Sin cubrirse aún. Estaba claro que quería matarme.

—No pongas cara de tonto —dijo. Fui a replicar pero ella añadió—: ¿Ya ha amanecido?

—Hace unas horas.

—Ya vamos tarde.

Suspiré y me senté a su lado.

—Iré a prepararlo todo. Ve a darte un baño.

—¿Insinúas que apesto?

—No —mascullé—. Te sentirás mejor. Para cabalgar.

Sonrió y se puso en pie. Sin cubrirse. Debí enrojecer. O palidecer. O quizá me puse morado, porque desde luego era difícil respirar. La había visto la noche anterior, pero entonces había estado oscuro. Ahora, a plena luz del día, era distinto.

Se puso el camisón de dormir y se marchó escaleras abajo sin decir una sola palabra. Cuando regresó, la esperaba con el desayuno en la mesa. Se sentó frente a mí y comió en silencio. Ninguno habló. No hacía falta hablar.

En realidad, nada había cambiado. Ella seguía sonriéndome como siempre lo había hecho. Y me alegraba de que las cosas siguieran como siempre. No me habría gustado que todo se volviera incómodo de pronto.

—¿A dónde quieres ir ahora? —le pregunté mientras terminábamos.

Zelda cogió la piedra sheikah y examinó el mapa.

—No hemos visitado el norte. Ni el desierto. —Guardó silencio por un instante—. Aunque también podríamos ir a la Llanura de Hyrule.

—¿Has leído la carta?

—No. —Me miró, retorciéndose las manos—. ¿Debería?

—Creo que sí.

Pareció vacilar un momento, aunque luego se puso en pie y rebuscó en su bolsa, que había dejado junto a la puerta. Volvió con la carta y se sentó de nuevo. La sopesó entre las manos, y el papel temblaba en su agarre.

—¿Zelda?

Vi que suspiraba y después negó con la cabeza.

—Léela tú primero.

—¿Qué?

—Que la leas tú. Si es malo, tírala al pozo y nunca me digas lo que ponía.

Dudé un instante antes de aceptar la carta, aunque no quise empeorar su nerviosismo. La caligrafía de Karud no era tan difícil de leer como la de ese libro que Zelda le había pedido a Impa, pero aun así tuve que hacer un esfuerzo.

«Estimada Zelda,

¿cuánto tiempo llevo sin saber de ti? ¿Meses? Debo confesar que casi me había olvidado de lo que hablamos.

Veo que tienes amigos muy extraños. No todo el mundo puede presumir de tener buenas relaciones con los sheikah. Esos hombres llegaron aquí con sus espadas y con esos cuchillos tan afilados, y todos tuvimos un poco de miedo al principio. No queremos problemas com los sheikah, como el resto del mundo. No todos los días un un sheikah se acerca y te habla por voluntad propia.

Al principio dudaba que fueras a cumplir tu parte del trato. Entiéndeme, eres solo una jovencita. Cualquiera lo pensaría. Pero, si lo que dices es cierto, debo reconocer que me interesa mucho más tu propuesta. Nos hacen falta materiales. Y también gente dispuesta a colaborar. ¿Tienes idea de lo mucho que necesitamos un goron fuerte y robusto?

Estamos intentando levantar unas viejas ruinas. No sé cómo se llamaba esto, pero no te costará encontrarlas si decides venir de visita. Hay curiosos que se han aventurado en la Meseta de los Albores, pero eso no es cosa mía. Solo les dimos algunos materiales que necesitaban para subir.

Deberíamos mantenernos en contacto, estoy de acuerdo en eso. Manténme al tanto de tus últimos viajes. Cuanta más gente mejor, niña. Recuérdalo. Aquí nos las apañamos, pero necesitamos la ayuda, por mucho que me duela admitirlo.

Espero tener noticias pronto.

Karud.»

Le devolví la carta con una mueca.

—¿Dice algo malo?

—No. Solo algunas tonterías. El resto es bueno.

Ella aceptó la carta y empezó a leer. Vi que sus ojos se deslizaban rápidamente por el papel. Mientras leía, murmuraba cosas incomprensibles y palidecía. Al final dejó la carta sobre la mesa, incrédula.

—¿A que no es tan malo?

—No —dijo—. No es tan malo.

—¿Lo ves? Podemos seguir nuestro camino en paz.

—Tengo que responderle. ¿Hay mensajeros en Hatelia?

—No lo creo —respondí—. No suelen mandarle mensajes a nadie.

Ella suspiró, frustrada, y luego garabateó algo en sus notas.

—Eso también hay que cambiarlo.

La observé, divertido. Durante un largo rato, ella no se dio cuenta y siguió escribiendo en sus notas con el ceño fruncido. Sin embargo, de pronto alzó la vista y me miró. Mi sonrisa se hizo más amplia, y ella se ruborizó.

—No estabas tan gracioso anoche —murmuró mientras fingía que volvía a escribir para no tener que mirarme. Me conocía todas sus estrategias.

Quise seguir bromeando, pero entonces caí en la cuenta de que su mirada se había tornado un poco más seria.

—Anoche...

—Estuvo bien —dijo ella muy deprisa, interrumpiéndome—. Estuvo muy bien.

Enrojecí, pero no aparté la mirada. No era tan orgulloso como ella.

—¿A-a ti también te...?

—Mucho —respondí—. Me gustó. Mucho.

Se le escapó una risita.

—Estamos de acuerdo en algo, ser Link.

Le di la razón en eso.

—Así que —suspiró ella—, el norte o el desierto.

—Claras diferencias.

Sonrió un poco.

—¿A dónde quieres ir primero?

Me encogí de hombros.

—Eso es cosa tuya.

Examinó la piedra sheikah otra vez. Vi que sus dedos se deslizaban por la superficie con rapidez. Cuando pasó un rato y comprendí que nunca iba de decidirse, se me ocurrió intervenir.

—Lo haremos así. —Saqué una rupia verde y otra azul—. Si sale verde, iremos a Tabanta. Si sale azul, al desierto.

Ella asintió. Escondí las dos rupias en un puño distinto y luego se los mostré.

—Elige uno.

—Izquierda.

Abrí la mano izquierda y le mostré la rupia verde.

—Parece que vamos a pasar frío.

*

El camino hasta Tabanta era largo, pero al menos podría enseñarle medio Hyrule a Zelda. Ella lo vería todo. Di gracias a las Diosas por haberle comprado ropas de abrigo cuando se empecinó en ir al Monte Lanayru. Nos ahorraríamos rupias ahora.

Sentí una punzada de tristeza al salir de casa aquella mañana. Zelda se detuvo para guardar varias imágenes con la piedra sheikah y luego nos marchamos de la aldea. Esperaba volver pronto, aunque algo me decía que íbamos a tardar más tiempo en regresar que la última vez. No había ni rastro de nubes en el cielo, pese a que el día anterior casi había amenazado con tormenta. Y la brisa era fresca y agradable. Supuse que era un buen día para salir de viaje.

Zelda montaba a mi lado. Parecía feliz. La había hecho feliz. Esperaba que pudiera ser así para siempre. Y también esperaba que entre ella y yo no hubiera más discusiones ni malentendidos. Pero eso sería muy difícil, sabiendo lo fácilmente que podía enfadarse ella si se escogían las palabras equivocadas.

Había decidido responderle a Karud desde Tabanta. Quizá en el Poblado Orni, o quizá antes, si encontrábamos mensajeros dispuestos a cruzar medio Hyrule en alguna posta. No había nada malo en intentarlo, al menos.

Dejamos Hatelia atrás y recorrimos el camino de vuelta a la posta. Desde allí tomaríamos el sendero que salía de Necluda, y luego seguiríamos al norte con la ruta que yo recordaba y con un poco de ayuda de ayuda de la piedra sheikah.

Al final, Zelda había dejado de insistir en visitar la Llanura de Hyrule. Quería hacer esperar a Karud, según había dicho. El viaje le parecía más importante. Acabaríamos reuniéndonos con él tarde o temprano, de todas formas.

Un viaje como aquel se le haría largo a cualquiera, pero ella lo hizo más llevadero. Guardaba imágenes de casi todo lo que veía en la piedra sheikah; flores, insectos y lugares que le llamaban la atención. Incluso yo estaba en su colección. Tenía la habilidad de capturar imágenes cuando estaba distraído. Cuando sabía que no me daría cuenta. Pero Zelda solo sonreía y decía que no me preocupara. Que eran para la ciencia. Para el progreso de la tecnología ancestral.

Solo un iluso se creería eso, claro estaba.

Una tarde, mientras estirábamos las piernas en el claro de un bosque por el que había pasado durante mi viaje, a orillas de una charca de aguas cristalinas, la descubrí con el libro que Impa le había dejado. Tenía el ceño fruncido, y estaba tan concentrada que dio un bote en el suelo cuando me senté a su lado.

—Lo siento —dije—. No quería...

—No pasa nada —me aseguró ella. Abrió el libro de nuevo y siguió leyendo—. Eres muy sigiloso.

Sonreí e intenté leer el libro, pero seguía siendo indescifrable.

—¿Cómo puedes entender eso? —Señalé la página que estaba leyendo, repleta de líneas confusas que no significaban nada para mí.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—La experiencia. Si leyeras más...

—Lo sé, lo sé.

Ella volvió a su libro. Eché un último vistazo a nuestro alrededor para asegurarme de que no había nada que temer antes de coger la piedra sheikah.

Contemplé las imágenes que ella había estado almacenando dentro. En una había un montón de manzanas. En otra reconocí la sopa de calabaza que habíamos preparado para la cena hacía dos noches. Y luego vi una en la que estaba yo, afilando la espada. Eso había sido unos cuantos días atrás, cuando aún no habíamos salido de Necluda.

Miré a Zelda, que no se había inmutado, y supe que no habría una oportunidad mejor. Alcé la piedra sheikah con disimulo y capturé la imagen. El sonido metálico debió delatarme, porque ella alzó la vista de golpe y me miró. Me limité a guardar otra imagen, esa vez de su ceño fruncido. Se abalanzó sobre mí e intentó arrebatarme la piedra, pero la mantuve fuera de su alcance.

—Voy a deshacerme de lo que has hecho —masculló.

—Si lo haces, me desharé de las tuyas también.

Ella se detuvo, todavía con el ceño fruncido.

—Me daría cuenta.

—Puedo hacerlo mientras duermes. Te aseguro que no te darías cuenta, Zelly.

Me dirigió una mirada fulminante y luego dejó la piedra sheikah en el suelo. No todos los días se ganaba una discusión con ella. Abrió su libro de nuevo y siguió leyendo. O fingió que leía, porque pasó mucho más tiempo del que normalmente pasaba en la misma página.

—No te enfades —reí.

—¿No tienes cosas que hacer?

Aproveché que me estaba mirando para darle un beso en los labios. Ella no se resistió. Alcé la piedra sheikah y también guardé una imagen de eso en el interior. Ella me apartó de un empujón y empezó a insultarme de todas las formas posibles mientras yo reía.

—Esta es mi favorita —proclamé con voz solemne.

—Eres un crío inmaduro.

—Se la enseñaré el mundo entero.

Soltó una última maldición y volvió a su libro. Vi que sonreía, sin embargo.

Permanecimos en aquel claro hasta el atardecer. Ningún viajero se adentraba en el bosque, así que todo estaba tranquilo. Tomé asiento contra el tronco de un árbol, frente a Zelda. Al cabo de un rato me pareció oír un susurro. Alcé la vista y vi que ella había dejado el libro a un lado. Tenía los ojos cerrados y una mueca de concentración en el rostro. Y brillaba.

—¿Zelda? —dije, pero ella no dio señales de haberme oído.

El bosque estaba en silencio. Ni siquiera el viento soplaba ya. Era como si todo se hubiera detenido de pronto.

La llamé varias veces, y siguió sin contestar. Me puse en pie despacio y me acerqué, vacilante. Una luz apareció entre sus manos sin previo aviso, y retrocedí de nuevo. La espada susurró algo, pero ni siquiera intenté comprenderlo.

La luz creció tanto que tuve que apartar la vista. Y, cuando me atreví a mirar de nuevo, vi que su luz iba en mi dirección, tan rápido que no tuve tiempo de apartarme.