ZELDA
El libro decía que, para canalizar el poder interior, debía encontrar la paz primero. Tenía que cerrar los ojos, aislarme de lo que me rodeaba y dejar la mente en blanco. Luego había que inspirar hondo y buscar. Y, una vez se encontraba el poder, solo había que aguantar. Según el libro, si repetía ese proceso con frecuencia, el control del poder iría en aumento y, por consecuencia, no se tendría ningún problema a la hora de utilizarlo.
Nada de aquello iba a funcionar conmigo, por supuesto. Lo tenía claro desde el principio.
No había encontrado el poder gracias a estar en paz. Lo había encontrado porque había bajado la guardia y había permitido que corriera libremente. Y luego había tratado de controlarlo. Por un momento, había estado segura de que lo había conseguido, pero al parecer el poder era más fuerte que yo.
Abrí los ojos, frustrada, y me pregunté si yo sería el problema. Quizás era demasiado débil para manejar un poder como aquel. Iba a intentarlo de nuevo cuando me fijé en lo que tenía delante.
Había un árbol derrumbado en medio del claro. Y al otro lado vi a Link, que estaba en el suelo entre temblores. Por un instante permanecí allí, muy quieta, sin comprender lo que estaba viendo. Y entonces recordé el poder y la forma en que la luz se me había escapado sin remedio.
De pronto estaba a su lado, y lo puse boca arriba para que le fuera más fácil respirar. Contemplé su rostro ensangrentado, horrorizada, y las manos empezaron a temblarme.
Él tosió y abrió los ojos. Si había sido la víctima del estallido y el poder lo había golpeado de lleno, debía haberse quedado sin aire por el impacto. Maldijo y escupió algo rojizo. Quise ayudarlo —sabía que debía ayudarlo—, pero no podía. Era incapaz de mover un solo músculo.
Para mi sorpresa, Link empezó a reírse entre dientes.
—Creo que me has roto la nariz —dijo—. Y una costilla.
El corazón se me detuvo y me quedé del todo inmóvil, sin atreverme ni siquiera a respirar. Cerró los ojos de nuevo con un gruñido.
—Tengo vendas y también...
Asentí en silencio y corrí hasta su bolsa de viaje. Saqué un paño limpio y lo humedecí en el agua de la charca que fluía junto al claro. Lo ayudé a sentarse y le puse el paño bajo la nariz. La sangre seguía corriéndole por el rostro.
—¿Te he roto la nariz de verdad?
—No.
—¿Estás seguro? Creo que está un poco torcida...
Vi que sonreía bajo el paño. ¿Cómo podía sonreír en un momento así? Acababa de romperle la nariz y las costillas y las Diosas sabían qué más.
—Mi nariz siempre ha sido así.
—¿Y las costillas?
—No están rotas. Creo que ya me habría dado cuenta.
Miré su rostro ensangrentado de nuevo, y los ojos empezaron a arderme. Se me escapó un sollozo ahogado, y él frunció el ceño.
—¿Qué te pasa? —me preguntó con su estúpida voz nasal.
Me sequé la única lágrima que había caído y lo miré a los ojos. Sabía que solo había reunido el valor suficiente porque estaba enfadada.
—¡Mira todo lo que te he hecho! —Se me escapó otro sollozo estrangulado—. Y todo porque no sé controlar el... el...
—Zelda —dijo él con ese tono tan lleno de calma que solo usaba cuando sabía que tenía razón—. Cuéntame qué demonios ha sido eso, porque yo no lo sé.
Sorbí por la nariz, y él esperó pacientemente a que empezara a hablar.
—Quería aprender a... a manejar el poder. Nunca he sabido cómo hacerlo. Soy la única que no lo sabe. Estaba intentándolo, y te prometo que lo tenía, p-pero se me escapó y... Lo siento, Link.
Me miró con el ceño fruncido.
—¿Por qué tienes tanta prisa? Ya no necesitas el poder.
Me sentí como si me hubiera dado una bofetada. Apreté los puños y vi que habían vuelto a brillar. Pero no me importaba.
—¿Por qué necesitas tú llevar esa estúpida espada a todas partes? —Algo me susurró que lo que estaba diciendo no era justo, aunque decidí ignorarlo también—. No la necesitas para nada.
Él tenía los ojos muy abiertos y se había quedado muy quieto, con el paño húmedo sobre el rostro. No retrocedió, sin embargo.
—No quería decir eso —dijo muy despacio. Luego guardó silencio y añadió—: Tu poder ya no sirve de nada aquí, Zelda. Estás perdiendo el tiempo.
No podía creerme que estuviera diciéndome todo aquello. Link, en quien más confiaba. Se lo contaba todo. Le había dado más que a cualquier otro. Y ahora lo tenía frente a mí, y me estaba juzgando. Estaba dudando, como todos los demás. Sentí el poder susurrar bajo mi piel, y algo cálido me rodeó las manos, pero no me detuve a mirar.
Abrí la boca para soltar alguna réplica hiriente, pero entonces él me tomó de las manos. El poder debió reconocer su contacto de alguna manera, porque no le hizo daño. Al menos no tendría que lamentar más heridos. Él me mostró las palmas con cuidado, y vi que brillaban. El poder susurraba de nuevo, y todas las palabras que tenía pensadas decirle a Link murieron de pronto. Podía sentir la luz rodeándome como un manto cálido y familiar. Nada se movía a nuestro alrededor, solo la luz de mis manos, que temblaba y parpadeaba.
Pasó un dedo sobre la luz, aunque no llegó a tocarla del todo. ¿Se quemaría si lo hacía?
—¿No puedes hacer nada? —preguntó en voz baja, señalando mis manos.
Titubeé un momento y luego flexioné ambas manos. Las coloqué en distintas posiciones, intentando recordar. Buscando. Hasta que, de pronto, una esfera de luz del tamaño de una manzana brotó de mis manos. Permaneció en el aire, flotando lentamente.
Contemplé la luz y su brillo dorado. Link sonrió.
—Recuérdame que no te haga enfadar nunca más.
Se me escapó una carcajada incrédula al comprender.
—¿Todo esto ha sido a propósito?
Su sonrisa se hizo más amplia, y eso fue todo lo que necesité. Le asesté un puñetazo, y la luz tembló en el aire y empezó a moverse más deprisa.
—Pensaba que estabas hablando en serio. Eres un...
—Yo no diría esas cosas.
La esfera de luz rozó la punta de mis dedos, y me atreví a sonreír también. Al menos no había hecho que nada explotara. Todavía, claro. La esfera rebotó hacia Link, y él la sostuvo entre las manos. Tenía un brillo extraño en los ojos bajo el resplandor dorado.
La luz flotaba en mi dirección de nuevo cuando perdí el control y desapareció. Suspiré, sintiéndome frustrada otra vez. ¿Cuánto había aguantado, en realidad?
"Mejor no saberlo."
—Zelda —dijo él—, estas cosas llevan tiempo.
Sorbí por la nariz. Todavía lloraba como una niña.
—¿Cómo lo sabes tú?
Su sonrisa se volvió triste. Se encogió de hombros.
—Tuve que acostumbrarme a la espada también, ¿sabes? Tiene su propio poder dentro. Seguro que lo sabes. Tuve que aprender a manejarlo.
Lo miré, sorprendida. Poco a poco, conseguí empujar la luz al rincón donde normalmente se escondía. Dejé de brillar por fin, y sentí frío. Como si faltara algo.
—¿Cómo lo conseguiste? —inquirí mientras me secaba una última lágrima.
—Intentándolo. Muchas veces. Me cansaba con facilidad. Era como si te quitara toda la energía.
—El poder me hace cosas así a veces —murmuré.
—Mi padre siempre decía que la práctica y el entrenamiento son lo más importante.
Sonreí un poco.
—Si tu padre lo decía, supongo que es cierto.
Le aparté el paño del rostro para examinar su nariz. Ya no salía tanta sangre, aunque todavía quedaban varios restos en su rostro. Humedecí un poco más el paño y le limpié la sangre con cuidado.
—Lo siento —dije—. No quería hacerte daño.
—Lo sé.
—¿Estás seguro de que no te he roto la nariz?
—No me has roto nada.
—¿Y las costillas?
—Tampoco.
Decidí confiar en él. De todas formas, dudaba que pudiera ocultarme una nariz rota fácilmente. Le limpié los últimos rastros de sangre y luego suspiré.
—Da gracias porque ese árbol no te cayera encima.
La idea pareció hacerle gracia, por alguna razón.
—Tu poder es fuerte.
—Ni siquiera sé controlarlo. Creo que es demasiado fuerte, Link.
Dejó de sonreír, y su rostro entero se ensombreció.
—¿Qué significa eso? —preguntó en voz baja.
Tomé aire. Las manos me temblaban. No sabía si se debía al nerviosismo o a haber usado el poder otra vez. No era nada nuevo que agotara mis fuerzas sin piedad alguna. Me había hecho cosas peores, de todas formas.
—Significa que a veces se me va de las manos —murmuré—. ¿Recuerdas cuando te quemó en el Monte Lanayru? Esa no era yo. El poder... A veces es tan fuerte que toma el control.
Él palideció y me miró, horrorizado.
—¿Cuánto de malo es eso?
Me encogí de hombros.
—No es lo peor que podría pasar, pero tampoco es lo mejor.
Él asintió y clavó la vista en la hierba. Tenía el rostro enrojecido por la sangre y el paño áspero. Lo examiné con atención, buscando algún indicio que me revelara sus pensamientos. Él no lo haría por sí mismo, como se costumbre.
—¿Tienes miedo? —le pregunté en un susurro.
Deseé con todas mis fuerzas que no lo tuviera. Ya habíamos pasado por todo aquello. Se suponía que yo no iba a hacerle daño. Por eso, cuando vi que titubeaba, algo se me retorció en el estómago. Y, en esa ocasión, no era por culpa del poder.
—No —respondió al final. Estaba mirándome a los ojos. Nunca me miraba a los ojos cuando mentía—. No de ti.
No me había añadido a su interminable lista de pesadillas. Pero me habría gustado preguntarle qué le daba tanto miedo. A qué le temía. Me habría gustado saber si eso cambiaba algo. Pero él se puso en pie de pronto y fue hacia los caballos, que se encontraban al otro lado del claro, ajenos a todo.
—Deberíamos irnos —lo oí decir—. No estamos muy lejos de la posta.
Permanecí sobre la hierba, sin mover un solo músculo. Apreté los puños y me obligué a inspirar hondo. Odiaba cuando cambiaba de tema con tanta brusquedad. Era como si huyera de algo. Y nos pasábamos la vida huyendo de cada sombra que temblaba entre la hierba. Si huíamos de las preguntas con difícil respuesta también, acabaría perdiendo la cordura.
—Link —repliqué. Intenté imitar aquella voz pausada y calmada que usaba cuando intentaba razonar conmigo. Me sorprendió lo buena que era en eso—, quedémonos aquí esta noche.
No lo estaba mirando, aunque el tintineo de las alforjas de Viento cesó de pronto. Hubo un corto instante más de silencio.
—¿Por qué?
—Te has hecho daño. —"Te he hecho daño", añadí para mis adentros—. No deberíamos viajar hasta mañana.
Escuché sus pasos sobre la hierba. Fue acercándose poco a poco. Cuando llegó a mi lado, alcé la vista y lo miré también.
—Estoy bien, Zelda.
—Que me digas eso es como si me dijeras que el fuego quema. Tú siempre estás bien, Link.
—Esta vez es de verdad.
—Bueno, irás tú solo a la posta. Yo no pienso moverme de aquí.
Aquello debió sorprenderlo de verdad, por alguna razón que se me escapaba. Quizá había esperado que me enfadara y le gritara como solía hacer. Pero eso había quedado en el pasado. De hecho, si había una cosa de la que podía estar orgullosa, era esa. De haber aprendido a hablar con él, a resolver nuestros malentendidos de la forma más pacífica posible.
Acabó cediendo a regañadientes. Se pasó un rato con los caballos mientras yo buscaba el poder de nuevo. Era como buscar un recuerdo que sabías que tenías, pero que estaba tan borroso que apenas podías visualizarlo en la memoria. Como si hubiera algo a su alrededor protegiéndolo. Por ello, no conseguí nada en aquella ocasión.
Tal vez era como Link había dicho y el poder solo regresaba cuando me alteraba. Pero me había ofendido mil veces durante los últimos meses, y esa había sido la única vez en que algo como aquello me ocurría.
El poder se hacía más fuerte. Lo sentía por dentro. Era como si cada día creciera un poco más. Tenía miedo de que se tornara incontrolable. El poder no había sido creado para destruir, pero podría hacerlo de todas formas, en las manos equivocadas. Recé una plegaria silenciosa a las Diosas por que aquellas manos no fueran las mías.
Aquella noche, él montó guardia. Se cruzó de brazos, rígido junto al fuego. No se movía, y era imposible distinguir emoción alguna en su rostro. Me hice un ovillo en el suelo, bajo la capa. Sentía la calidez de las llamas cerca del rostro, y me limité a observar a Link por un largo rato. Él debía saber que lo estaba mirando, pero en ningún momento apartó la vista de las llamas. Me pregunté entonces si habría hecho algo mal. Era cierto que últimamente había estado más callado que de costumbre, y eso ya era decir.
No lo comprendía a veces. Unas pocas noches atrás, en casa, había parecido feliz. Había reído y había sonreído. Casi había parecido que todo estaba bien, como debía estar. Además, él me había hecho olvidar. Por un instante habría podido jurar que éramos lo único que existía. Me había rodeado con sus brazos y me había susurrado palabras cálidas. Me había hecho sentir un extraño calor por dentro, uno que se había extendido rápidamente hasta hacerme cosquillas en la punta de los dedos.
Pero ahora ni siquiera se dignaba a mirarme. Suspiré y me di la vuelta sobre las mantas. Yo tampoco quería mirarlo a él. Podría decirle que se sentara a mi lado. Con un poco de suerte, acabaría consiguiendo que durmiera un rato. O tal vez lo mejor sería hacer turnos de guardia. Sin embargo, sabía que Link se negaría a escucharme. Y lo último que me apetecía era discutir.
Al día siguiente, resumimos el camino en silencio. Apenas dijo una sola palabra. Me pregunté, de nuevo, si estaría enfadado conmigo. Intenté adivinar por qué. Tenía que haber algo. Algo que había dicho. Pero había mejorado en lo de hacerle daño con las palabras cuando no se lo merecía, así que no pude encontrar los motivos de su enfado. La otra opción era que simplemente estuviera de mal humor.
Él se había adelantado en el camino, de modo que no podía verle el rostro. Pero podía imaginármelo. Me apostaría todas nuestras rupias a que tenía el ceño fruncido.
—¿Lo oyes? —dijo de pronto, girándose sobre la silla para mirarme.
—¿Si oigo el qué?
Me pareció que vacilaba por un instante, y estuve convencida de que iba a decir algo más. No obstante, al final solo sacudió la cabeza.
—Olvídalo.
Puso al caballo en marcha de nuevo, dando por zanjada la conversación. Fui tras él, confundida. Quise preguntarle a qué se refería. Incluso presté atención a lo que nos rodeaba, en busca de cualquier sonido que estuviera fuera de lugar. Pero, más allá del susurro del viento y los cascos de los caballos, no había mucho más.
Aquella noche, montó guardia también, con la Espada Maestra muy cerca. Decidí ofrecerme a tomar su puesto para que pudiera descansar unas pocas horas, pero Link se negó en rotundo. Y no me dio ninguna explicación. Yo tampoco se la pedí, porque no me diría nada nuevo. Así que volví a darle la espalda, aunque él no dio señales de haberse inmutado.
Durante los siguientes días, estuvo alerta. Buscando y escuchando. Era como si algo lo molestara, aunque no quería decirme qué era exactamente. Cuando le preguntaba si todo iba bien, se encogía de hombros. Intentaba ser paciente con él, pero en ocasiones rozaba los límites que yo misma me había impuesto.
Y, una mañana, cuando empezábamos a adentrarnos en Tabanta, detuvo a Viento de pronto y permaneció muy quieto sobre la silla. Me acerqué con cautela y detuve a Calabaza también. Él no me miró.
—¿Link?
Hizo un gesto para que guardara silencio. Fui a protestar, pero entonces me llegó un hedor nauseabundo. Algo parecido al olor que poseía una granja de cerdos después de haberse revolcado en el barro. Me cubrí la nariz con una mano, y las manzanas asadas que habíamos conseguido para el desayuno se me revolvieron en el estómago. Link no hizo ningún movimiento, pero me fijé en que tenía una mueca en el rostro.
Iba a volver a formular mi pregunta cuando escuchamos chillidos. No provenían de muy lejos.
De pronto Viento galopaba por el sendero, y yo decidí seguirlo. Link llegó antes de que yo lo hiciera, naturalmente. Viento era más rápido. Cuando tiré de las riendas y me detuve a su lado, vi que había desenvainado la espada.
—¿Qué hay? —pregunté. Las manos me temblaban. ¿Sería el clan Yiga? ¿Nos habrían encontrado ya?
Él señaló un hueco entre los arbustos. Otro chillido resonó más allá del camino, y me di cuenta de que no sonaba natural. Me estremecí y luego divisé lo que Link señalaba.
Había al menos una docena de bokoblin a unos pasos del camino. Parecían perseguir a alguien, a juzgar por cómo se movían. Escuché otro grito, y en esa ocasión sonó muy natural. Y después escuché un llanto. Y Link debió oírlo también, porque se bajó del caballo como un rayo y se perdió entre los arbustos.
Lo llamé a gritos, pero no se volvió en mi dirección. Dudé un momento antes de desmontar también. Rodeé la empuñadura de la daga que Link me había dado. La llevaba en una funda de cuero pequeña, cerca de la piedra sheikah. Él había insistido en que me la quedara. Era tan ligera que en ocasiones olvidaba que la tenía.
Seguía sin saber usar una hoja afilada, pero quizá podría ser de ayuda. Matar monstruos no debía ser más difícil que matar hylianos de carne y hueso.
Corrí en la dirección en que Link había ido. El olor se hizo más intenso, y estuve punto de retroceder.
Vi que Link se había agazapado tras una roca. Abrió mucho los ojos al verme a mí —por fin un poco de emoción en su rostro— y tiró de mi mano para que me escondiera tras la roca también.
—¿Estás loca? —me susurró. Por su tono deduje que estaba molesto.
—Deberías hacerte esa pregunta a ti mismo —susurré de vuelta. Le lancé una mirada asesina—. Eres tú quien ha corrido hacia una manada de bokoblin solo.
Bufó.
—Se suponía que tenías que quedarte con los caballos.
—Puede que no quiera quedarme mirando mientras tú te pones en peligro como un idiota temerario.
—Es peligroso, Zelda. —Me había repetido aquellas palabras hasta el cansancio, y se notaba en su voz—. Si algo te pasa otra vez...
—No va a pasarme nada —dije, ofendida.
Él suspiró y negó con la cabeza.
—¿Tienes lo que te di?
Asentí le mostré la daga. Escuchamos más chillidos de bokoblin.
—Son solo una docena. Puedo encargarme solo. Y rápido.
—¿Solo una docena? —repetí con una ceja alzada.
Link fue a replicar —aquella era la conversación más larga que habíamos tenido en días—, pero de pronto oímos más voces y sollozos, y él se puso en pie de un salto. Me miró una última vez.
—No salgas a no ser que sea muy, muy necesario. Si se pone feo...
—... me iré —terminé por él, aunque aquello era una sucia mentira. Nunca huiría y lo dejaría solo con una manada de bokoblin.
Link también debía saber que era solo una mentira, pero no dijo nada más. Corrió hasta los monstruos. Apoyé la espalda contra la roca y me aferré a la empuñadura de la daga, escuchando sus pisadas alejarse. Por un instante, solo hubo silencio. Y de pronto la conmoción estalló.
Me limité a escuchar. Había chillidos de monstruo, y las pisadas resonaban por todas partes. También había sonidos desagradables. Hice una mueca cuando el hedor empezó a hacerse más fuerte. Recé una rápida plegaria a las Diosas por que ambos saliéramos de allí sanos y salvos. No dudaba que Link pudiera librarse de una docena de bokoblin sin ayuda, pero odiaba verlo ponerse en peligro. Lo hacía una y otra vez, y nunca parecía pensar en las consecuencias.
¿Qué demonios hacía una manada de bokoblin tan cerca de Tabanta? No habíamos visto monstruos desde la derrota del Cataclismo. Había empezado a creer que todos habían desaparecido. Que ya nadie los controlaba y habían dejado de atormentar al resto. Sin embargo, al parecer me había equivocado.
Maldije para mis adentros. No solo tendría que preocuparme de un grupo de asesinos que andaba suelto, sino que también tendría que permanecer alerta al asalto de algún bokoblin perdido durante la noche.
Escuché pisadas. El corazón empezó a latirme muy deprisa al darme cuenta de que se acercaban. Y oí gruñidos también. Supe que no era Link. Él gruñía, pero no de esa forma.
Cerré los dedos con tanta fuerza que estuve segura de que la empuñadura de la daga se partiría en dos. Contuve la respiración, rezando otra plegaria. Quizá no me oiría y se marcharía. No obstante, había leído que los bokoblin tenían buen olfato. Probablemente aquel había percibido un olor diferente al suyo.
De pronto tenía al monstruo frente a mí. Me miró con sus ojos diminutos y vacíos. Desenfundé la daga con lentitud, sin apartar la vista de la porra que tenía entre sus garras.
Estaba intentando ponerme en pie cuando el monstruo hendió la porra en el aire. Me agaché de nuevo, esquivando el golpe a duras penas. La porra pasó silbando a pocos dedos de mi rostro. Casi pude sentir como me rozaba.
Sentía los dedos torpes y temblorosos sobre la daga. Aun así, la empuñé con toda la firmeza que me fue posible. Había visto a Link sostener un arma infinidad de veces. Si él podía hacerlo, yo también.
El monstruo blandió la porra otra vez, pero conseguí esquivar el golpe y acercarme lo suficiente para hundir la daga en su costado. El bokoblin chilló, aunque no se desplomó. No había sido tan grave para acabar con él. Tenía los dedos entumecidos ya, y temía que la daga fuera a resbalar de mis manos en cualquier momento.
Algo brilló en los ojos del bokoblin. Se abalanzó sobre mí con otro chillido, y el impacto me dejó sin aire. Intenté quitarme al monstruo de encima, pero era demasiado pesado. O quizá se aferraba a mí con demasiada fuerza. Fuera como fuese, apenas podía pensar con claridad. El hedor me nublaba los sentidos. Busqué el poder con desesperación. Y lo tenía. Habría jurado que lo tenía. Pero de pronto vi que la porra del monstruo se cernía sobre mí. Comprendí que el poder no iba a ser lo suficientemente rápido.
Así que hundí el puñal en su cuerpo con todas mis fuerzas. Y lo hice en repetidas veces, en zonas distintas. Algo cálido empapó mis manos y me salpicó en el rostro, pero no me importaba. Los chillidos del monstruo retumbaban en mis oídos.
Cuando dejó de retorcerse y se quedó muy, muy quieto, me lo quité de encima con esfuerzo. Solté la daga y tomé una bocanada de aire. Era puro y fresco. Permanecí en el suelo, cubierta de sangre oscura de bokoblin, jadeante y mareada. Traté de incorporarme, pero la vista se me nubló de nuevo, y me sentía tan dolorida y magullada que decidí seguir boca arriba sobre la hierba durante un rato más.
Cuando Link me encontró, se me ocurrió sonreír.
—Lo he matado yo —farfullé, señalando al bokoblin, que yacía a unos pasos de mí.
Él maldijo con una palabra horrible, de esas que parecían hacer daño en los oídos. Y de repente se arrodilló a mi lado y empezó a buscar heridas de forma frenética.
—Link —le dije mientras lo agarraba de los hombros para detenerlo—. No me ha pasado nada.
Él no dijo una sola palabra. Me rodeó con los brazos, y me pregunté si estaba intentando abrazarme o asfixiarme.
—Voy a llenarte de sangre de bokoblin —dije con una risita.
Él se separó y sonrió a medias.
—Mírame a mí. —Tenía el rostro y las ropas salpicados de sangre reseca y oscura. Demasiado oscura para ser suya—. No creo que pueda ser peor.
—¿Te has hecho daño? —le pregunté.
Él simplemente negó con la cabeza, y no me pareció que estuviera mintiendo. Se puso en pie de un salto y me tendió una mano. Lo miré, confundida.
—Había más gente aquí —explicó él—. Heridos.
Acepté su mano y dejé que tirara de mí. Los cuerpos de los monstruos yacían sobre la hierba. Algunos habían caído en posiciones grotescas. Me obligué a no mirarlos e intenté no pisar ningún cuerpo.
Había una mujer apoyada contra una roca. La sangre brotaba de una herida en su vientre. Me arrodillé a su lado e intenté detener la sangre, pero sabía que no serviría de mucho.
—¿Los bokoblin tenían espadas?
—Algunos —respondió él—. Desgastadas y oxidadas.
Hice una mueca. La herida debía haberse infectado si se la habían infligido con una espada oxidada. Ninguno de los dos tenía los recursos necesarios para curar algo así.
—No —murmuró ella de pronto—. Haz a-algo. Mi hija...
Miré en la dirección que señalaba. No muy lejos de allí yacía el cuerpo de una niña. El charco de sangre que se extendía a su alrededor era demasiado grande. Vi que Link había palidecido. Yo aparté la vista rápidamente, pero él siguió contemplando a la niña con una expresión que me resultó dolorosamente familiar. Había supuesto que estaba acostumbrado a ver cosas peores. Y debía haberlas visto, sin duda. Y, pese a todo, seguía odiándolo.
Le sacudí el hombro para llamar su atención de nuevo.
—Ella está bien —le dije a la mujer, intentando sonreír. Era una sucia mentira, y me sentí tan culpable que tuve que forzar las siguientes palabras, como si se hubieran quedado atascadas—. Te curarás.
Me miró con ojos suplicantes, aunque sonrió. Y me dio las gracias en un susurro. No tardó mucho en irse también.
Link quiso enterrarlas. Yo no me opuse, porque los remordimientos me asaltarían para siempre si dejábamos sus cuerpos allí, pudriéndose en medio de la nada. Así que lo ayudé a cavar un agujero y luego dejamos los dos cuerpos dentro, en silencio, con cuidado. La niña no debía haber tenido más de diez años.
Al terminar, nos marchamos de allí. Seguimos el camino como si nada hubiera ocurrido, cubiertos de sangre de monstruo. Link parecía enfadado. Se había vuelto a adelantar, y cabalgaba un poco más rápido que de costumbre. Suspiré, deseando saber qué se le estaba pasando por la cabeza.
Ninguno dijo una sola palabra por el resto del día. Al anochecer, Link decidió parar por fin. Nos turnamos para bañarnos a orillas de un río y deshacernos de toda la sangre de bokoblin.
Mientras él se limpiaba, decidí encender una hoguera. Ya tiritaba, porque en aquella parte de Hyrule hacía más frío que en las demás. Cuando Link llegó, tiró más leña a las llamas y luego se sentó frente a mí, al otro lado del fuego. No me miró. No me dirigió la palabra. Yo tampoco lo intenté.
Apenas había comido nada durante todo el día, pero no tenía hambre. Solo con pensar en comer algo ahora se me revolvía el estómago. Así que me envolví en la capa, me hice un ovillo en el suelo e intenté dormir.
Fue más difícil de lo que había creído. Estaba agotada, pero el sueño me evadía. En algún punto de la noche, el cansancio debió vencerlo a él, porque lo escuché murmurar en sueños y moverse, como si estuviera debatiéndose contra algo. No solía hacer ninguna de las dos cosas, de modo que supuse que estaría teniendo una pesadilla especialmente mala.
Al día siguiente todo estaba tan tenso que apenas me atreví a saludarlo por la mañana. Recogimos el campamento en silencio. Luego retomamos el viaje.
No nos cruzamos con ningún monstruo. Me pregunté si quizás aquel grupo de bokoblin había estado simplemente perdido en la región, buscando una escapatoria. Destruyéndolo todo a su paso, como hacían los monstruos. Recordé el pequeño y frágil cuerpo de aquella niña y el corazón se me encogió.
Aquella noche, hacía tanto frío que tuve que ponerme las ropas de abrigo. Después de un rato insistiendo, Link hizo lo mismo. Cocinó algo de sopa con una cacerola. Tenía el ceño fruncido y removía la sopa distraídamente. Decidí sentarme a su lado. Él fingió no haberse dado cuenta.
—Huele bien —murmuré mientras le arrebataba la cuchara de las manos. Ni siquiera opuso resistencia—. ¿Qué le has puesto esta vez?
Se encogió de hombros, apoyando el codo sobre una rodilla. Esperé a que hablara, pero no dijo nada.
—Bueno, en ese caso no me queda más remedio. —Hundí la cuchara en la cacerola y luego tomé un sorbito. Diosas, ardía, pero me obligué a ocultarlo—. Este es el conejo del otro día, ¿verdad? Y zanahorias. —Hundí la cuchara otra vez. Me sorprendió que no me detuviera. No le gustaba que probara su comida antes de que estuviera lista—. Y también...
—Hierba de Hyrule —murmuró mientras avivaba el fuego y lo revolvía con un palo.
—Oh. Eso es nuevo, ¿verdad?
Volvió a encogerse de hombros. Cogió la cuchara y sirvió la sopa en dos cuencos. Después hubo silencio otra vez. Me debatí entre callar o seguir insistiendo. Quizá solo conseguiría que él se cerrara en banda y se refugiara en su silencio aún más. De reojo vi que removía la sopa sin ganas.
—¿No te gusta? —le pregunté.
—No tengo hambre.
Ahí lo supe. Había tenido suficiente.
Me acerqué un poco más a él y suspiré.
—Tengo la ligera sospecha de que algo te pasa. No quiero sacar conclusiones precipitadas, pero tengo algunas evidencias.
Clavó la vista en las llamas.
—¿Has vuelto a sentirlo? —me preguntó—. ¿El poder?
—Con ese bokoblin. Pero no lo usé. No tuve tiempo.
Se limitó a asentir. Tomé un sorbito de la sopa. El viento frío empezó a soplar de nuevo, y me arrebujé en la capa. Dejé la sopa a un lado y lo rodeé con los brazos. Él se quedó muy rígido de pronto, y temí haber cometido un error. Estaba a punto de apartarme cuando percibí que se relajaba de nuevo.
—Esto es solo por el calor. Ya sabes —le dije—. No quiero congelarme aquí.
Se mantuvo en un silencio sepulcral. Suspiré otra vez. Me lo estaba poniendo más difícil que en otras ocasiones, pero no iba a rendirme todavía.
—Link —murmuré—, estoy segura de que, si me lo cuentas, todo irá mejor.
—No lo creo —masculló.
—Yo sí —repliqué—. Cuando te cuento lo que me preocupa, me siento mejor, ¿lo sabías? Deja que yo haga lo mismo. Será como un experimento. Veremos si tiene el mismo efecto en ambos.
Quise pensar que estaba sonriendo, aunque era muy difícil de determinar cuando él tenía el rostro cubierto por una capucha. Pese a todo, calló durante un largo rato. No se movió, y yo tampoco. No pensaba moverme de allí hasta que él hiciera algo.
—¿Crees que estuvo bien? —susurró de pronto. Tan de pronto que di un respingo.
—¿El qué?
—Matar a ese hombre.
Una idea empezó a tomar forma en mi cabeza. ¿Todavía era eso lo que lo preocupaba? ¿Por eso había estado tan callado? Pensaba que se le había pasado en Kakariko. Pero tenía que haber algo más. Algo que no me estaba contando.
—Quería hacernos daño —respondí—. No lo mataste a sangre fría, Link. Fue para defenderte. Para defendernos a los dos.
—Pero lo he matado de todas formas.
—A veces hay que tomar decisiones difíciles. Era él o nosotros. Y creo que elegiste bien, a pesar de todo.
Vi que tomaba un pequeño y corto sorbo de su sopa. El viento comenzó a soplar de nuevo, y su capa azotó la mía.
—Quería matarlos, Zelda —dijo en voz baja—. A todos ellos. Y no era por defendernos.
No dije nada. Él permaneció muy quieto, como si estuviera a la espera de algo. Como si pensara que iba a apartarme, horrorizada, para luego marcharme de allí.
No hice nada de eso.
—Estabas enfadado. Yo también lo estaba. Llegué a querer destruir aquella maldita aldea hasta los cimientos, ¿sabes? Pero no lo hice. Y eso es lo que cuenta.
—¿De verdad?
—Cualquiera querría acabar con quienes los han capturado y maniatado para luego intentar sacrificarlos.
Me miró por fin.
—Ayer...
—No. No fue culpa tuya —le dije—. Hiciste todo lo que pudiste. Los dos lo hicimos. No había forma de salvarlas. En el fondo lo sabes tan bien como yo.
Clavó la vista en el suelo.
—Lo odio —murmuró con los puños apretados—. Dejar a la gente morir.
Cerré mi mano en torno a la suya. Acaricié sus nudillos cubiertos de cicatrices y arañazos.
—Yo también —respondí.
Rocé sus nudillos de nuevo, con cuidado, hasta que él abrió los dedos para dejarme entrar. Entrelacé mi mano con la suya, y él se aferró a mí. Sentí que apoyaba la cabeza sobre mi hombro. Tomé un sorbito de la sopa antes de coger una manta y extenderla entre ambos. Llevábamos varias noches durmiendo a la intemperie, pero aquella era con diferencia la más fría. Y solo empeoraría a medida que siguiéramos avanzando.
—Creo que el experimento ha funcionado —dijo.
Se me escapó una carcajada, pese a todo.
—Sabía que funcionaría.
—¿No es eso una conclusión precipitada?
—No es una conclusión. Seguía estando abierta a otras posibilidades. Solo digo que me parecía lo más probable.
Gruñó, molesto. O, más bien, fingiendo que estaba molesto. Aquella noche, no tardé en dormirme. Nunca supe si Link había vuelto a montar guardia.
*
Después de cuatro interminables días de viaje, alcanzamos el Poblado Orni. Cuando lo vi por primera vez desde la distancia, en el centro de un profundo abismo, me quedé sin aliento. Seguía estando tal y como lo recordaba. Las casas se agrupaban en torno a la gigantesca roca que sobresalía del abismo.
—No ha cambiado nada —murmuré.
—No puede cambiar mucho —replicó Link—. Es una piedra.
Parecía haber recuperado el buen humor. O lo más parecido al buen humor que podía experimentar Link. A veces lo pillaba pensativo, con la mirada perdida, pero solía pasársele rápido.
Observó la piedra en cuestión y luego frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—Antes la Bestia Divina estaba ahí —dijo, señalando el pico vacío de la ciudad.
Me permití unos instantes para reflexionar.
—¿Crees que habrá dejado de funcionar también?
Se encogió de hombros.
—Puede. No hay que sacar conclusiones precipitadas.
Sonreí, y él sonrió también. El sol brillaba en el cielo, pero tenía la punta de la nariz enrojecida por el frío. Me pregunté si la mía estaría igual.
El viaje hasta allí se me había hecho eterno. Estaba deseando pasar la noche en una cama mullida. Había oído que en el Poblado Orni usaban las mejores plumas para los cojines, pero no lo había comprobado con exactitud. La última vez que había estado allí, no me había detenido a investigarlo en profundidad.
El camino serpenteaba entre los altos pinos de Tabanta. Divisé frambuesas creciendo entre los arbustos, y nos detuvimos a recoger algunas. Solo crecían en aquella región, y era raro verlas en el resto de Hyrule. Sobre todo en lugares tan alejados como Necluda, desde donde Hebra era apenas visible.
Pensaba guardar las frambuesas para más tarde, pero acabamos comiéndonoslas durante el viaje hasta la primera posta. Nos pasábamos el saquito con los frutos el uno al otro. Quise pensar que en el Poblado Orni venderían más. O en la posta. O quizás incluso podría encontrarlas por mi propia cuenta.
Nos quedaban solo unas pocas frambuesas cuando llegamos a la posta. Allí todo estaba más silencioso que de costumbre. Miré a Link, y vi que él se había llevado la mano a la espada. Desmonté, cautelosa, y me calé la capucha. Él, a mi lado, hizo lo mismo.
Había hylianos en la posta, aunque no eran muchos. A través de la ventana del pequeño mostrador, vi que estaban sentados dentro, en grupos. Hablaban en susurros. Algunos parecieron reparar en nuestra presencia, porque nos lanzaron miradas llenas de recelo.
El dueño no tardó en aparecer.
—Bienvenidos —dijo con nerviosismo en la voz—. ¿Queréis pasar la noche? ¿Dejar a los caballos?
—Dejaremos a los caballos —respondí yo.
—¿Por cuánto tiempo?
—Al menos una semana.
El hombre asintió y llamó al mozo de cuadras, que se llevó a los caballos.
—¿Algo más?
—¿Queda comida? —inquirió Link de pronto.
El dueño de la posta miró la Espada Maestra, que resplandecía bajo la luz del sol.
—Sí —respondió—. Sí nos queda.
Lo acompañamos hasta el interior. Nos sentamos en una mesa y, mientras esperábamos, me incliné en su dirección.
—¿Para qué quieres comer aquí? —le pregunté en voz baja.
Él miró a nuestro alrededor y se inclinó también.
—Para averiguar por qué todo el mundo está tan raro.
Asentí despacio. Las postas solían ser muy ruidosas; sin embargo, el silencio en aquella era sepulcral. Y había tensión en el aire. Como si todos estuvieran a la espera de algo. Y, además, nos habíamos cruzado con muy pocos viajeros en el camino.
Intenté escuchar las conversaciones de los demás, pero hablaban en susurros y me fue imposible. No obstante, mientras comíamos, sentí que alguien me tocaba el hombro. Di un respingo, e incluso Link se sobresaltó también. Vi a una mujer a mi espalda, pero ella no pareció haberse dado cuenta de nada.
—¿Venís de muy lejos? —preguntó.
Miré a Link, que negó con la cabeza de forma casi imperceptible.
—De Akkala.
—¿Akkala? ¿Qué se os ha perdido ahí?
Me encogí de hombros, y ella carraspeó.
—No tenéis pinta de ser de aquí, de todas formas. Supongo que no os habéis enterado.
Me erguí un poco más en la silla.
—¿Enterado de qué?
Miró a su alrededor y tomó asiento también, sin molestarse en pedir permiso.
—Hay monstruos —dijo—. Dicen que querían llegar a Hebra para irse de Hyrule, pero algunos se han demorado en Tabanta. ¿Os habéis encontrado con alguno?
Compartí una rápida mirada con Link.
—Una vez —respondí.
—Los orni intentan deshacerse de todos los monstruos, pero siempre aparecen más. Atacaron esta misma posada hace casi una semana. Por eso todo el mundo está tan raro.
Asentí despacio, y ella prosiguió.
—No es aconsejable viajar hasta Hebra ahora mismo. Dicen que quedan pocos monstruos, pero que son los más peligrosos.
—No se nos ha perdido nada en Hebra. ¿Verdad, Link?
Él entornó los ojos y negó con la cabeza. Sonreí, satisfecha. No iba a dejar que hiciera ninguna locura.
La mujer no tardó en desearnos un buen viaje, y luego se marchó de la posta con otro grupo de viajeros.
—¿Crees que dice la verdad? —me preguntó Link.
—¿Por qué iba a mentir? —respondí—. Tampoco tiene pinta de miembro del clan Yiga.
Él bufó.
—Nadie la tiene nunca, Zelda.
Puse los ojos en blanco, pero tuve que admitir que tenía razón.
—Espero que no estés pensando en hacer ninguna locura —dije muy despacio.
Él suspiró.
—No lo sé. No creo que haga nada.
—Bien. Porque no pienso dejar que te marches.
—Si me piden ayuda tendré que ir, Zelda. O al menos me lo pensaré.
—Pero no te lo pedirán. Los orni son demasiado orgullosos.
Link no respondió. Se sumió en un silencio tenso que yo tampoco intenté romper.
Nos llevó medio día llegar al Poblado Orni. Ya había anochecido, y aun así los guardias nos dejaron pasar.
—Por la noche salen monstruos —dijo uno—. Tened cuidado.
Contuve un escalofrío. Pese a todo, seguimos avanzando. Lo primero que Link hizo fue pagar por una noche en la posada. Yo estuve de acuerdo. Habíamos recorrido el trecho hasta el Poblado Orni a pie. Los caballos no podían cruzar los estrechos puentes que los orni habían construido, y dudaba que las escaleras que conectaban todo el poblado pudieran soportar su peso.
El encargado de la posada se quedó mirando a Link de forma extraña.
—¿No eres tú el que fue a la Bestia Divina? —dijo—. ¿El descendiente del héroe?
Descendiente. Eso era bueno. Nadie me reconocería. Como mucho, pensarían que descendía de la última princesa, como Link.
—Supongo —murmuró él mientras rebuscaba en el zurrón de rupias.
—Oh, no. No pagues nada. No osaría pedirle dinero a quien derrotó al monstruo del castillo.
Él le tendió las rupias de todas formas. El orni rio.
—No las voy a aceptar.
—Pero...
—No es ninguna molestia. Tenemos más clientes.
Link acabó suspirando. Guardó las rupias y luego ambos seguimos al orni hasta una de las habitaciones. Cuando se marchó, examiné las hamacas que colgaban de las paredes con el ceño fruncido.
—¿Cómo demonios se sube aquí?
Link sonrió mientras dejaba las bolsas en un rincón.
—¿No puedes hacerlo sola, Zelly?
Le dirigí una mirada asesina. Él se acercó y me alzó en volandas, como si no pesara nada. Me dejó sobre la hamaca, y su sonrisa se hizo más amplia.
—No tenías que hacer eso —mascullé.
Fingió que no me había oído y fue hacia la chimenea. Me acomodé en la hamaca mientras él encendía el fuego. Luego se subió a su propia hamaca con un gruñido, sin apenas esfuerzo. La habitación no tardó en calentarse.
—Los orni siguen teniendo un líder, ¿verdad? —pregunté.
Él asintió, meciéndose lentamente en la hamaca.
—Hablaré con él —suspiré—. Mañana.
No había sido difícil convencer a los goron. Los orni siempre habían sido orgullosos, pero no tan rencorosos como los zora. No veía ninguna razón por la que fueran a negarse a escucharme. Todo iría bien. Siempre iba bien.
