LINK
Hacía mucho frío a la mañana siguiente. ¿Habría amanecido siquiera? Ninguna luz se colaba en la habitación sin ventanas. ¿Cómo demonios podía hacer tanto frío si no tenía ningún hueco por el que entrar?
Descubrí que el fuego de la noche anterior se había apagado. Maldije entre dientes, pero decidí encenderlo de nuevo. Zelda tiritaba al otro lado de la habitación. Intenté ponerme en pie, pero estuve a punto de caer de bruces por culpa de las estúpidas hamacas de los orni. Eran tan pequeñas que ni siquiera tenía espacio para respirar. Quizá a los orni les funcionaba usarlas, pero eran terriblemente incómodas para los demás. Los maldije también, en silencio. Nunca habían sido capaces de ver más allá de su propio orgullo.
Conseguí encender el fuego. La habitación era pequeña y no tardó en volver a calentarse. Sabía que no podría volver a dormir, así que me envolví en la capa y salí al exterior.
Al instante me arrepentí. El aire era gélido, tanto que no tardé en percibir como se me enfriaban los dedos. Los escondí bajo la capa y cerré la puerta a toda prisa para que el frío no se colara dentro.
Ya había amanecido, aunque el cielo todavía estaba gris. Quizá llovería. O nevaría. Seguro que en Tabanta nevaba casi cada día.
No había nadie en la entrada de la posada. Me acerqué con disimulo y dejé una rupia roja sobre el mostrador. No pensaba quedarme en aquella posada gratis, por muy incómodas que fueran las hamacas.
Por un fugaz instante, consideré la posibilidad de que algún viajero entrara y encontrara la rupia. Se la llevaría, claro. Solo un idiota no lo haría. Sin embargo, decidí no darle importancia. No creía que ningún viajero fuera a llegar tan temprano, a menos que fueran tan inoportunos como Zelda y como yo.
Salí de la posada con cautela, temblando bajo la capa. El frío allí solo se hizo más intenso. Diosas, no recordaba que en Tabanta hiciera tanto frío. Me alejé un poco más, y desde las escaleras divisé un grupo de orni que echaban a volar desde una de las plataformas de madera que habían construido por toda la roca. Más partieron desde otras partes del poblado, y los observé alejarse en silencio. Se dirigían a Hebra, al parecer. Solo con pensar en ir hasta allí sentía escalofríos. Pero, después de todo, las plumas de los orni los protegían de las inclemencias del tiempo. Supuse que ellos no tendrían el mismo problema que nosotros.
Los orni no tardaron en convertirse en pequeños puntos perdidos en el blanco resplandeciente de Hebra. Me pregunté si irían a terminar con los monstruos que, según habíamos oído, se habían resguardado en Hebra. Aquella era una de las pocas partes de Hyrule que no conocía. Aunque tampoco tenía intención de hacerlo; en Hebra podría morir de frío; por una avalancha o sorprendido por una tormenta. O simplemente podría resbalar en el hielo y partirme la cabeza o caer en un lago de aguas gélidas. No me encontrarían jamás, y no podría pedir ayuda porque nadie vivía en Hebra. Y nadie querría morir así.
Y eso sin contar el hecho de que ahora estaba plagada de monstruos.
Los dientes me empezaron a castañetear, así que decidí volver a la posada con Zelda.
Aún dormía cuando llegué. Supuse que debería despertarla; no habría un momento mejor para hablar con el líder orni. Más tarde, estaría demasiado ocupado para atendernos. Al menos eso pasaba siempre con los líderes que había conocido.
Ella protestó cuando la sacudí.
—Tengo frío —murmuró simplemente.
—No eres la única —repliqué con una mueca—. También tengo hambre.
—Quedan frambuesas —masculló.
Guardó silencio durante un rato para que creyera que se había dormido, pero no me engañaría tan fácilmente.
—Dijiste que querías hablar con el patriarca —le recordé—. Deberíamos ir ya, Zelda.
Resopló bajo las mantas.
—No pongas esa voz.
La miré, confundido. Ella me hizo caso, a pesar de todo, y empezó a ponerse las botas muy lentamente.
—¿Qué voz?
—La que pones cuando sabes que tienes razón y yo me equivoco.
Sonreí un poco. Zelda se puso en pie con un suspiro. Vi que trastabillaba también, y fruncí el ceño.
—Creo que voy a empezar a dormir en el suelo.
Ella rio, incrédula.
—¿No erais tan ágil que podíais subir y bajar sin esfuerzo, ser Link?
Resoplé.
—Puedo subir y bajar. Pero ni siquiera puedo moverme después.
Zelda hizo una mueca y estiró los brazos.
—Tienes razón —murmuró.
La miré con los ojos muy abiertos.
—¿Acabas de admitir que tengo razón en algo?
Puso los ojos en blanco, aunque sonreía.
—Se me ha escapado.
La observé con atención mientras se cepillaba el pelo. Parecía preocupada, como siempre que iba a hacer algo importante. Llevaba un buen rato cepillándose los mismos mechones de forma casi frenética. Supuse que estaba nerviosa. Pero también distinguí un atisbo de esperanza en sus ojos. Eso era bueno. No la había visto muy esperanzada en sus otros encuentros con los demás líderes. Eso debía ser importante para una reina. O, al menos, lo suponía.
Tuve que recordarle que debíamos darnos prisa para que soltara su cepillo. Se volvió en mi dirección para mirarme, retorciéndose las manos con nerviosismo.
—¿Qué te parece? —me preguntó.
—¿El qué?
Esperaba que se riera de mí, porque debía admitir que mi pregunta había sonado muy estúpida. Sin embargo, solo se ruborizó.
—Bueno. —Se señaló a sí misma—. Yo. Supongo.
—Oh —murmuré, comprendiendo. ¿Cómo demonios podría haber sabido a lo que se refería?—. No creo que mi opinión sirva de mucho.
Fue su turno de parecer confundida.
—¿Por qué?
—Porque tú siempre estás muy bien. Para mí. Ya sabes.
Sonrió de una manera que me dejó sin respiración. Se acercó y me dio un fugaz beso en los labios. Apenas pude sentirla rozándome, pero me pilló tan desprevenido que estuve a punto de perder el equilibrio y tropezar.
Cogió mi mano de pronto y se colgó la bolsa donde guardaba todos sus cuadernos al hombro. Antes de salir, nos repartimos las frambuesas que quedaban y nos las comimos a toda prisa. Al acabar, abrió la puerta y abandonamos el calor de la habitación.
Se abrazó a sí misma y luego se acercó a una plataforma desde la que se veía Hebra. Solo unos instantes más tarde empecé a notar el frío también. Hacía frío en todas partes, pero el viento de Hebra nos azotaba directamente desde aquella plataforma. Vi que a ella ya le castañeteaban los dientes.
—Odio el frío —farfulló—. ¿Q-qué hay m-mejor que el s-sol? ¿Que el c-calor?
La atraje un poco más en mi dirección y la llevé lejos de aquella plataforma. Todo estaba en silencio en el poblado. Me pregunté si sería demasiado temprano para hablar con el patriarca Tyto. De nuevo, los orni eran impredecibles.
—Antes, varios orni salieron de allí hacia Hebra.
—¿P-para qué?
Me encogí de hombros.
—A lo mejor van a enfrentarse a esos monstruos.
Frunció el ceño y arrugó la nariz enrojecida por el frío.
—Deben estar muy desesperados p-para hacer esa locura.
Decidí no responder. Tenía un mal presentimiento respecto a eso también. El patriarca orni me reconocería, por supuesto. Nunca se estaba del todo seguro con un orni, pero era probable que me pidiera ayuda. Y yo no podría negarme, claro estaba. Lo último que quería era congelarme las entrañas en Hebra, pero no sabía si sería capaz de negarme a ayudar. Había visto lo que monstruos mucho menos peligrosos podían hacerle a simples inocentes. Eso no podía ocurrir en el Poblado Orni.
Había estado teniendo pesadillas. Los ojos de aquella niña y su madre me perseguían. Me habían pedido ayuda también, pero no pude hacer nada. Y las había dejado morir sin siquiera intentar salvarlas. Podría haber detenido la sangre o podría haberlas llevado a la posta más cercana para que las viera un curandero. Pero al final habían muerto sobre la hierba, junto a un montón de cuerpos de monstruo deformes a los que yo mismo había matado.
Había estado enfadado entonces. Pensaba que no quedaban monstruos. Que se habían marchado junto al Cataclismo. Ese había sido otro error.
Ascendimos un tramo más de escaleras. Nos cruzamos con pocos orni. Solo había uno al final de cada tramo de escaleras, armado con una lanza. Probablemente el Poblado Orni tenía más vigilancia ahora. Estarían patrullando el terreno.
Zelda se detuvo frente a una cabaña más grande que las demás. Había otros dos orni apostados allí, montando guardia. Ella carraspeó.
—¿Es aquí donde puedo encontrar al patriarca orni?
Hice una mueca. Había sido demasiado directa. A los orni les gustaba que los adularan primero. Así no se sentirían inferiores. Les parecería que llevaban las riendas de la conversación. Sin embargo, Zelda era la experta, no yo, así que guardé silencio.
—¿Por qué queréis saberlo? —preguntó un orni.
Su voz no era especialmente bonita, pero cuando un orni hablaba, daba la impresión de que estaba cantando. Como si cada palabra fuera una melodía distinta.
—Tenemos asuntos importantes que tratar con él —respondió Zelda, mirándolos fijamente. Sus expresiones no dejaban entrever ninguna emoción.
Ellos se miraron. Al final, uno decidió entrar en la cabaña. Por encima del rugido del viento, escuché susurros ahogados procedentes del interior de la casa del patriarca. Aquello no debería haberle tomado al guardia más de unos pocos instantes, pero acabó tardando un rato en volver. Un rato que se me hizo eterno, y no porque yo estuviera nervioso, sino porque Zelda sí lo estaba. Y podía ver como si nerviosismo iba en aumento cada vez más deprisa. Se irguió de golpe cuando el orni regresó.
—Tenéis suerte —dijo—. El patriarca no tiene a nadie que atender. Os concederá una audiencia, pero debe ser corta. Tiene asuntos muy importantes que tratar. Asuntos que conciernen a toda la región.
—Por supuesto —murmuró Zelda.
Los guardias nos permitieron el paso. La cabaña no era muy diferente a las demás, y estaba tal y como la recordaba. El patriarca Tyto tampoco había cambiado; seguía siendo el orni más grande que había visto nunca, y dudaba que pudiera levantarse de aquella silla en la que siempre estaba.
—¿Me engañan mis ojos? —Su voz era suave como una de esas canciones que cantaban a los niños antes de dormir—. ¡El héroe en persona!
Lo saludé con una inclinación de cabeza. Por su expresión deduje que aquello no debió gustarle; a los orni solo les gustaban el espectáculo y los cumplidos. Pero no pensaba hincar la rodilla ante él.
—¿Cuánto tiempo ha pasado, amigo mío? ¿Un año?
—Casi.
—¡Casi un año! —exclamó él, y su voz retumbó en las paredes de la cabaña—. ¿Dónde demonios has estado, muchacho? Muchos han llegado a pensar que habías muerto ya.
—Creo que aún sigo vivo.
El patriarca rio.
—¿Lo del castillo fue cosa tuya?
Miré a Zelda, pero ella tampoco parecía saber qué decir. Me detuve, titubeando.
—En algo ayudé.
Él rio de nuevo. Me pregunté qué era lo que le resultaba tan gracioso.
—Ten tus secretos, muchacho. Me produce curiosidad, eso debo admitirlo. —Clavó la vista en Zelda entonces, y sentí que ella daba un respingo a mi lado—. ¿Quién te acompaña?
—Ella es Zelda. Es amiga mía.
Me miró con el ceño fruncido. El patriarca Tyto no pareció darse cuenta porque se limitó a sonreír.
—Zelda. Como la última princesa. —Me miró de nuevo, y su sonrisa se hizo más amplia—. Qué coincidencia. ¿De dónde eres, Zelda?
Ella carraspeó.
—De Necluda, señor. Mi familia viajaba mucho, pero nací en Hatelia.
Tuve que contener una risita. ¿Había estado pensando en una tapadera solo para los orni?
—Me dijeron que teníais asuntos de los que hablar conmigo —dijo él.
Zelda volvió a carraspear.
—En Hatelia hay un grupo de constructores hylianos. Estoy segura de que lo conocéis.
—Algo he oído.
—Hyrule lleva en ruinas mucho tiempo. Y ahora que la amenaza del Cataclismo ya no existe, creemos que es hora de reconstruir.
El patriarca se frotó las plumas que cubrían su rostro. Estuvo en silencio durante un rato.
—¿Qué pretendéis reconstruir, exactamente?
—Lo que se perdió con el Cataclismo, señor.
—El centro de Hyrule. Tierras hylianas.
Zelda frunció el ceño.
—Bueno, los hylianos fueron los más perjudicados durante el Gran Cataclismo —dijo—. Y nosotros hemos...
—Pues claro que fueron los más perjudicados —rio él—. Su reino dorado se desplomó ante sus narices.
Aquello no era una buena señal. Zelda debió interpretarlo de la misma forma, porque su expresión se volvió más grave.
—Eso no significa que las demás razas no sufrieran daños considerables, ni mucho menos. Reconstruiremos todo lo que haga falta, esté donde esté.
El patriarca suspiró.
—He oído rumores sobre esa reconstrucción de la que hablas, niña. No pongas esa cara; si la voz se ha corrido tan rápido, mejor para vosotros, ¿no es así? Solo es un pequeño grupo de hylianos. Vosotros solos nunca llegaríais a ningún sitio. Siempre os quedáis a medias.
Me sorprendió abrir la boca para replicar. No sabía qué demonios iba decir. Probablemente nada bueno. Pero entonces Zelda se me adelantó. Por suerte.
—Llevamos mucho tiempo trabajando en esto. He viajado por todo Hyrule. Tengo el apoyo de los zora y los goron, señor. Nos proporcionarán materiales y más manos que nos ayuden.
Él rio.
—¿Cuántos años tienes, niña?
Zelda vaciló un instante.
—Dieciocho.
Sabía lo que vendría después.
—Es imposible que una niña de dieciocho años haya convencido al rey de los zora de participar en algo que no tiene futuro alguno. Te creo cuando dices que los goron han accedido, pero los zora... Es un terreno mucho más difícil, niña.
Vi que Zelda tenía los puños apretados. Si me concentraba, era capaz de distinguir un tenue brillo dorado brotando de ellos.
—No soy ninguna niña.
—Tenía dieciocho años cuando vine aquí, ¿recordáis? —dije, interviniendo—. Convencí a todo Hyrule de aceptar mi ayuda con solo dieciocho años. A vos incluido.
—Bobadas. —Me examinó de arriba abajo—. ¿Tú también estás metido en esto? Seguro que te utilizan como a una marioneta por ser descendiente del antiguo elegido.
Me quedé mirándolo fijamente, buscando la respuesta adecuada. Sin embargo, Zelda habló antes de que la encontrara.
—No os pido vuestra ayuda, señor. Solo queremos que corráis la voz por todo el poblado para que quien desee ayudar pueda hacerlo.
—Me temo que eso no será posible. Los monstruos campan a sus anchas por Tabanta y Hebra. Los hylianos derrotaron al Cataclismo, pero todas las consecuencias cayeron sobre nosotros. —Suspiró—. No podemos permitirnos prescindir de nadie más.
Zelda abrió la boca para replicar. La esperé, rezando por que se le ocurriera alguna respuesta ingeniosa de las suyas, pero ningún sonido brotó de allí.
—¿Y por qué demonios querría alguien tan joven como tú reconstruir Hyrule? Todos los jóvenes hylianos están contentos con sus vidas en granjas y en aldeas aisladas del resto del mundo.
Su brillo empezó a hacerse más fuerte. No lo suficiente para que el patriarca lo notara, pero sí para que yo empezara a preocuparme. Además, ella parecía furiosa. No, estaba furiosa. Lo veía en sus ojos. En la manera en que dio un paso al frente y le habló al patriarca Tyto.
—Quiero hacerlo porque es mi deber. Es mi pueblo, y debo protegerlo. Llevamos mucho tiempo de brazos cruzados. Alguien tenía que poner la primera piedra. —Me dirigió una rápida mirada—. Todos cometimos errores en el pasado. Pero las cosas no mejorarán nunca si no intentamos arreglarlos.
Él guardó silencio por un largo rato. Al final, sin embargo, soltó una carcajada.
—¿Quién te crees que eres, niña? Suenas como uno de esos reyes hylianos vestidos de oro y joyas.
No se acobardó. No se encogió sobre sí misma ni pareció hacerse más pequeña antes las palabras del patriarca. Se mantuvo tranquila, serena, como si toda la ira hubiera desaparecido de pronto. Y, cuando habló, lo hizo con voz firme. Regia. Una que, si no la hubiera oído antes, mucho tiempo atrás, habría pensado que no le pertenecía.
—Soy descendiente de la última princesa —dijo—. Igual que Link es descendiente del último elegido. El destino nos ha juntado a los dos para recorrer este camino.
Él calló de nuevo. Y luego rio.
—Así que es eso lo que quieres. Lo que ambos queréis —dijo—. Unificar Hyrule otra vez. Hacer que sea un solo reino gobernado por los hylianos. Como antes del Cataclismo.
Zelda frunció el ceño.
—Creo que no me habéis...
—Oh, créeme. Te he entendido perfectamente, niña. Crees que tienes derecho a gobernar. Y, aunque lo tuvieras, no posees ninguna prueba para demostrarlo. Así que te sugiero que no te atrevas ni a pensarlo. Los orni no volverán a unirse a vosotros. Vuestro reino siempre ha estado maldito. Condenado a que la tragedia lo haga caer una y otra vez. Y no importa cuántas veces se repita la catástrofe; seguiréis sin querer verlo. Porque a vosotros, los hylianos, solo os importa tener más poder que los demás.
El silencio fue sepulcral después de aquello. No me atrevía a mirar a Zelda, aunque podría haber jurado que su brillo se había apagado.
—¿Algo más? —dijo el patriarca Tyto después de unos eternos instantes.
Zelda se limitó a negar con la cabeza. Luego dio media vuelta y salió sin decir nada más. Me apresuré a seguirla. No quería que intentara nada estúpido. Así que fui tras ella en silencio hasta nuestra habitación en la posada. Cuando cerré la puerta a mi espalda, decidí intervenir.
—¿Zelda?
Ella hizo como si no me hubiera oído. Se sentó junto a la hoguera apagada y sacó sus cuadernos de notas. Empezó a escribir de forma casi furiosa en el papel. Y lo único que pude hacer fue mirar, sintiéndome como si me hubiera comido una manzana medio podrida.
Al final, decidí sentarme a su lado.
—Tenemos que irnos de aquí —murmuró.
La miré, confundido.
—¿Irnos? ¿Por qué?
Me contempló como si fuera idiota.
—No vamos a conseguir nada aquí, Link. ¿Es que no lo ves? No quieren ayudarnos.
—Él no quiere ayudar —dije, corrigiéndola—. Y no sabemos si vamos a conseguir algo o no.
Soltó una carcajada amarga.
—Creo que el patriarca orni lo ha dejado muy claro.
Fue a ponerse en pie, supuse que para coger sus bolsas de viaje, pero la agarré de la mano para que se detuviera.
—Nunca pensé que pudieras rendirte tan fácilmente, Zelda.
—¿Qué otra cosa puedo hacer? —dijo—. No puedo obligarlos a nada.
—No —admití—. Pero tal vez, si pasamos unos días más aquí, perderán la paciencia.
—¿Nos echarán?
—No. Vendrán a hablar con nosotros.
*
Zelda acabó haciéndome caso. Permanecimos en el Poblado Orni durante dos días, sin siquiera salir de la posada. Zelda escribía en sus notas, y yo esperaba. Llegué a pensar que me había equivocado y nadie vendría. Con el paso de los días, Zelda empezó a impacientarse.
Sin embargo, al tercer día, alguien llamó a la puerta.
Zelda se puso en pie de un salto, pero fui yo quien abrió la puerta. El encargado de la posada estaba al otro lado del umbral.
—Hay alguien preguntando por ti —dijo, señalándome.
Salí de allí, con Zelda a mi espalda. Fuera de la posada había un orni alto, tanto que me sacaba casi dos cabezas. Llevaba una lanza en las manos.
—El patriarca orni desea hablar contigo.
—¿Por qué? —pregunté. Tenía un mal presentimiento.
—Órdenes —respondió él, encogiéndose de hombros.
Me di la vuelta para mirar a Zelda.
—Quédate aquí.
Se quedó boquiabierta. Y luego un brillo peligroso apareció en sus ojos. Nada bueno.
—¿Qué?
—Quiere hablar conmigo, Zelda —repliqué en voz baja.
A ella no iba a gustarle aquello. A mí tampoco me gustaba pero ¿qué otra cosa podía hacer?
—¿No puedo acompañarte?
Negué con la cabeza.
—Te lo contaré todo después.
Asintió despacio. Fui a darme la vuelta, pero ella me tiró del brazo.
—No lo hagas, Link —susurró, suplicante.
No dije nada. Sabía a lo que se refería, sin embargo. No quería dejarla sola, pero si íbamos a tener una nueva oportunidad, era mejor no permitir que escapara. Los orni eran orgullosos.
El guardia me siguió hasta la cabaña del patriarca. Aquello me gustó todavía menos. Pensé que sería él quien me guiaría, como se había hecho siempre. ¿Por qué me trataba como a un prisionero? Miraba por encima de mi hombro cada pocos instantes para vigilar su lanza. Por una vez, el peso de la Espada Maestra fue reconfortante.
El patriarca orni seguía en el mismo sitio en que lo habíamos dejado. El guardia anunció que había llegado y luego me dejó el paso libre. No me aparté de la entrada, por si acaso.
—Siento haberte hecho llamar de forma tan repentina, muchacho —dijo él al cabo de un rato—. ¿Por qué estás tan lejos? Acércate un poco más.
Dudé antes de dar un solo paso hacia delante. Él rio.
—No voy a hacerte nada. No me has dado ningún motivo para hacerlo. Además, ¿qué clase de anfitrión sería entonces?
Ya era un mal anfitrión, pero eso no se lo dije. Di otro paso, uno muy pequeño, y el patriarca no siguió insistiendo.
—¿Cómo se encuentra tu princesa? —preguntó.
¿Estaba burlándose de ella? Su tono parecía serio, pero había algo en sus ojos que no me gustaba.
—Ella está bien —mentí. Porque no estaba bien. Había pasado los últimos tres días pensando en silencio, preocupándose. Buscando soluciones a la desesperada. Dudaba que hubiera dormido siquiera.
—Debo admitir que me ha sorprendido que decidierais quedaros tanto tiempo. Pero, después de todo, eso solo facilita las cosas. —Hizo una pausa—. Te he contado lo de los monstruos ya, ¿verdad? Bueno, aunque no te lo haya contado, seguro que te has enterado. No se habla de otra cosa.
El corazón me dio un vuelco brusco. Había rezado por que no quisiera hablar conmigo de eso, pero al parecer las Diosas no me habían escuchado. Una voz me susurró que me marchara de allí. Todavía estaba a tiempo de volver. No había empezado a hablar. Sin embargo, dudaba que el orni que montaba guardia en el exterior me dejara escapar tan fácilmente.
—Nuestros guerreros pueden ocuparse de los pocos monstruos que quedan en Tabanta —siguió diciendo—. Los hylianos no son capaces de defenderse por sí mismos, así que alguien tiene que hacerlo por ellos. Pero tú, muchacho, eres una excepción. No he visto lo que sabes hacer con mis propios ojos, pero confío en Teba. Es mi mejor guerrero, al fin y al cabo. Si dice que eres bueno, es que lo eres.
Recordé lo que Zelda me había dicho. Tenía que negarme. No sabía si era lo correcto, pero ella me necesitaba allí, en aquel lugar lleno de miradas hostiles.
—No puedo... —empecé, pero el patriarca me interrumpió.
—Eres un chico listo —dijo—. En Hebra se han congregado los monstruos más peligrosos. He enviado a mis mejores guerreros, pero hemos sufrido bajas. Importantes bajas, me temo. Han tenido que retirarse. Lo que no entiendes es que esta es nuestra última oportunidad. Si fracasamos ahora, esos monstruos nunca se irán.
—¿Por qué queréis la ayuda de un hyliano? —repliqué—. No os hemos traído más que ruina. Pensaba que los orni podían bastarse por sí solos.
Lo vi entonces. El primer destello de irritación en sus ojos. Debía haber golpeado en el lugar correcto, a juzgar por su expresión. Era fácil hacer enfadar a un orni; solo había que herir su frágil orgullo.
—No se trata de si eres hyliano o no —masculló él, intentando mostrar indiferencia, aunque ya era demasiado tarde—. Pero si tengo que pedirle ayuda a uno de vosotros, lo haré.
Fui hacia la salida con un bufido, dispuesto a marcharme.
—No iré.
—¿Ah, no?
—No.
Lo escuché reír.
—En ese caso me temo que tu princesa nunca conseguirá el apoyo de los orni para ese proyecto del que tanto habláis.
Me detuve en seco. Giré sobre mis pasos, y algo se me congeló por dentro al ver que sonreía entre las plumas.
—Si ayudas a mis guerreros a acabar con esos monstruos —empezó—, dejaré que tu amiga obtenga nuestro apoyo. Podrá convencer a tantos como desee. Si fallas o te niegas a ir... —Suspiró—. Me temo que ella tendrá que marcharse de aquí. Tú decides. Yo tendría muy clara mi decisión.
Lo miré fijamente, en silencio. Lo maldije de todas las formas que sabía. ¿Debería estar enfadado? ¿Sorprendido? Quizá debería haber sentido una pizca de miedo.
«No lo hagas, Link», me había dicho ella. ¿Me diría lo mismo ahora, si supiera que el futuro de Hyrule estaba en juego? Estaba seguro de que ella aceptaría una oferta como aquella. Matar unos cuantos monstruos a cambio del apoyo de un pueblo entero. Nunca había que dejar escapar oportunidades como aquella.
Recordé el puente de Kakariko y todas las aldeas destruidas que habíamos visto durante el viaje. Incluso pensé en la Ciudadela, reducida a cenizas. Todo eso podría reconstruirse si aceptaba. Y Zelda sería tan feliz... Podría ver Hyrule como siempre había deseado verlo.
—Si acepto —empecé—, ayudarás a Zelda. Da igual si fracaso o no. Y también proporcionarás madera como material de construcción. Esas son mis condiciones.
Para mi sorpresa, el patriarca Tyto asintió.
—Puedo aceptar esas condiciones.
—Entonces iré.
Él sonrió.
—Espléndido. Partirás mañana al amanecer con mis cinco mejores guerreros. —Me puso un ala en el hombro—. No me falles, muchacho. Eres un arma. ¿Y para qué sirven las armas? —Su sonrisa se hizo más amplia—. Para matar. Haz lo mejor que sabes hacer.
Me aparté de él de un salto, sintiendo escalofríos, y me fui de allí sin mirar atrás.
Llegué hasta la posada y entré en la habitación sin apenas pensar en lo que hacía. Cogí mi bolsa de viaje y empecé a recoger mis pertenencias y meterlas dentro.
—¿Link? —dijo Zelda, pero apenas pude oírla.
Ni siquiera podía mirarla. ¿Para qué? Solo vería furia allí. Enfado. Ya tenía suficiente conmigo mismo.
—¡Link! ¿Qué demonios estás haciendo?
—Prepararme —mascullé.
—¿Qué? ¿Para qué?
—Para marcharme.
Hubo silencio por un maravilloso instante.
—¿A dónde?
—A Hebra.
Más silencio. Aunque, en esa ocasión, no fue tan maravilloso. No me atrevía a alzar la vista.
—¿Has aceptado? —explotó ella. La voz le temblaba, pero no de tristeza—. ¿De verdad lo has hecho? Oh, Link, ¿habrá alguien más ingenuo e idiota que tú en todo Hyrule?
No respondí. Metí el carcaj de flechas y el arco que ella había estado usando en la bolsa.
—Déjame acompañarte —exigió.
—No.
—¿Por qué? No, no me respondas, ya lo sé. Es peligroso, ¿a que sí? Eso es lo que dices siempre. ¿Es que nunca te cansas de repetirlo?
—Lo repito porque es cierto.
—¿Ah, sí? ¿Sabes qué más es cierto? Que todavía sientes que debes protegerme de algo.
—Tengo que protegerte de algo. Hay asesinos que quieren verte muerta —dije, intentando mantener la calma.
—Sé defenderme. ¿De qué intentas protegerme en realidad, Link? He visto monstruos. Me he enfrentado a ellos, igual que tú.
Cerré la bolsa de viaje con más fuerza de la necesaria, aún sin mirarla.
—No durarías mucho contra un grupo de asesinos entrenados, Zelda. No a menos que usaras tu poder. Esa es la verdad.
Hubo un instante de silencio.
—¿Es eso lo que crees?
—Lo sabes igual que yo.
—Oh, olvidaba que estoy hablando con el mejor caballero que ha existido jamás. Siento no ser tan buena como tú, pero creo que puedo arreglármelas para escapar.
No solía perder la paciencia. No con ella. Sabía que era fácil hacerla enfadar, así que trataba de ser paciente. Sin embargo, en esa ocasión, no tardé en perder la calma.
—¿Por qué siempre te quejas de todo? Deberías agradecérmelo.
—¿Agradecerte el qué? ¿Que me adviertas de que absolutamente todo lo que nos rodea es peligroso para mí?
—No. —Alcé la vista para mirarla—. Deberías agradecerme que todo lo hago pensando en ti. En lo que es mejor para ti. Para nosotros.
Pareció vacilar un instante, así que continué:
—Siempre quieres tener la razón, Zelda. Pero muchas veces no la tienes, y nunca lo admitirás, porque eres demasiado orgullosa para eso. Así que discutir contigo es siempre una pérdida de tiempo.
Al ver que ella seguía sin responder, cogí la bolsa de viaje y la llevé a un rincón de la habitación. Entonces Zelda rio de forma amarga.
—¿Sabes algo que detesto de ti?
—Sorpréndeme.
—Nunca me dices lo que piensas de verdad. Sueles callarte. Cerrarte en ti mismo. Así que no entiendo por qué ahora, justo ahora, me dices todo esto.
Me puse en pie y la miré, al otro lado de la habitación.
—Siempre tienes que tenerlo todo bajo control. Por eso esto no te gusta. Porque se escapa de tu control. Pensabas que no iba a responderte, pero lo he hecho.
—No has respondido a mi pregunta.
—¿Qué quieres que responda?
Vi que inspiraba hondo. Luego se acercó hasta quedar a unos pocos pasos de mí.
—Está bien. Tienes razón —siseó—. Tengo que tenerlo todo bajo mi control. Soy orgullosa y también egoísta, ¿por qué no? Y nunca te agradezco lo que haces por mí. Pero al menos yo sí pienso en lo que tú quieres.
—¿Tú? —bufé. El corazón me latía con fuerza. Sabía que nada de aquello era justo, que probablemente le estaba haciendo daño. Que más tarde me arrepentiría de lo que estaba diciendo—. Tú solo te preocupas por ti misma.
—Pero al menos sé lo que tú quieres. No creo que lo sé y no me preocupo por averiguarlo, como haces tú. Diosas, a veces ni siquiera puedo respirar en paz.
Salvé la distancia que nos separaba en dos zancadas.
—Si no puedo dejarte respirar, ¿por qué demonios no te marchas y acabamos con esto de una vez por todas?
La ira desapareció de sus ojos. Al instante me odié por haberle dicho eso. Sabía que había cruzado una línea. Que le había hecho verdadero daño. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y no se molestó en ocultarlo.
—Márchate —me espetó—. Ve a matar monstruos a Hebra. Es lo único que sabes hacer.
Se le escapó un sollozo ahogado, aunque apenas lo escuché. Solo podía oír lo último que había dicho, una y otra vez. Era imposible. Ella era Zelda. No podía haber dicho eso. No podía.
Pero lo había hecho.
Miré sus ojos llenos de lágrimas una vez más, y luego di media vuelta y salí de allí.
En el exterior, hacía frío. El viento me azotó la capa y las mejillas. Me detuve en una de las plataformas que llevaban a Hebra. Maldije la región para mis adentros. También maldije al patriarca orni, y me maldije a mí mismo por último, por ser tan idiota como Zelda pensaba.
Debería haberle dicho la verdad. Ella tenía derecho a saberlo. Quizá toda aquella horrible discusión podría haberse evitado. Quizás ella lo hubiera incluso comprendido. Pero había decidido ocultárselo, porque lo más probable era que se pusiera furiosa al saberlo. Tal vez no conmigo, sino con el patriarca. Y aquella era su única oportunidad de conseguir el apoyo.
Ya ni siquiera estaba enfadado. Solo cansado. ¿Por qué siempre tenía que ser todo tan difícil? Deseé volver a casa. Allí todo era simple. Familiar y cálido. Y Zelda estaría allí. Siempre estaba allí. Quise correr de vuelta a la posada para disculparme. Le diría que lo sentía cien veces. Mil. Las que hicieran falta. Pero dudaba que fuera a perdonarme algún día. Yo no me perdonaría a mí mismo jamás. Le había dicho cosas tan horribles... ¿Qué clase de idiota hacía llorar a alguien así? Le había hecho daño. Lo había visto en sus ojos. Y se suponía que nunca le haría daño. Que estaba allí para protegerla, para hacerla sentir a salvo.
Y le había dicho que se marchara. A Zelda. A Zelda, que tanto había cuidado de mí. No me la merecía. Nunca me la había merecido.
Escuché pasos a mi espalda. Me di la vuelta, con la esperanza de que fuera ella. Sin embargo, solo vi a un orni. A uno de plumas coloridas.
—Ah, Maestro Link. Volvemos a encontrarnos por fin.
Debería haberme alegrado de verlo. Era Nyel, después de todo. Me obligué a poner buena cara. No se merecía mi mal humor.
—¿Cómo habéis estado, Maestro Link?
Quise saludarlo. Tendría que haberlo hecho.
—No me llames Maestro Link —mascullé, sin embargo.
Él frunció el ceño.
—¿Por qué no? Es vuestro título. Habéis derrotado al Cataclismo, ¿verdad? ¿Habéis sido vos?
—He sido yo. —No me molesté en mirar a nuestro alrededor por si alguien no estaba escuchando—. Somos amigos. No me llames como los sheikah.
Él rio, a pesar de todo.
—Muy bien, Link. No me parece adecuado llamarte así, pero supongo que es cuestión de acostumbrarse.
Intenté sonreír. Sin embargo, debió parecer una mueca de dolor, porque Nyel pareció preocupado.
—¿Cómo has estado?
Me encogí de hombros.
—Ya no tengo que correr de un lado a otro. Supongo que eso es bueno. —Suspiré—. No te he visto en ninguna posta.
Nyel se acercó al borde de la plataforma, cerca de donde estaba yo.
—He pasado una temporada en casa, con mi familia. Llevaba demasiado tiempo sin verlas. Sin embargo, me sorprende verte aquí.
—Tenía asuntos que resolver.
—¿Con el patriarca?
Asentí en silencio, aunque no dije nada más.
—Tienes que contármelo todo sobre la derrota del Cataclismo —dijo de pronto—. Tengo que escribir una tonada sobre eso. Cuando llegó la noticia de que la sombra del castillo había desaparecido, al instante supe que habías sido tú.
En esa ocasión, no me costó tanto sonreír.
—Lo haré. Pero no hoy.
—Puedo aceptarlo.
Ninguno dijo nada durante un rato. Era extraño encontrármelo allí. Y también era raro saber que aquel bardo era uno de los pocos que conocía la verdad.
—Me alegra saber que me consideras un amigo, Link. Es un honor.
Me encogí de hombros y dejé que continuara.
—Si has acabado con el monstruo, la princesa... —Me di la vuelta para mirarlo con el ceño fruncido—. ¿Ella sigue... sigue...?
—Sigue viva —murmuré—. Viaja conmigo.
Un brillo apareció en sus ojos.
—¿Está aquí?
—Sí. Pero no creo que este sea el mejor momento para visitarla.
Pareció decepcionado.
—¿Por qué no, si se puede saber?
—Supongo que está triste. Y enfadada. Diosas, seguro que está furiosa.
Nyel pareció divertido. Yo no sabía dónde estaba la diversión.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Porque es culpa mía.
Sentí su mirada clavada en mí, y no fue precisamente agradable.
—¿Te gustaría explicarlo?
Suspiré.
—No voy a aburrirte con eso. Habla con ella pronto. Está en la posada. No es difícil reconocerla.
—¿No estará contigo?
—No —murmuré—. Yo estaré en Hebra, matando monstruos.
Nyel asintió, comprendiendo.
—Estoy deseando conocerla —dijo simplemente.
Nyel se fue al cabo de un rato. No hizo más preguntas difíciles de responder, sino que se limitó a hablar de su familia. Su esposa se llamaba Amali, y tenían cinco hijas. Me dijo todos sus nombres, pero me fue imposible recordarlos. También dijo que me las presentaría algún día, cuando regresara de Hebra. Si regresaba, claro.
Cuando volví a la posada, era ya de noche, y el viento gélido soplaba sin piedad. Entré con cuidado en nuestra habitación, con el corazón martilleándome en el pecho. Zelda estaba en su hamaca, bajo una montaña de mantas. Me acerqué muy despacio y puse una mano sobre su hombro.
—Zelda —empecé—, yo...
Ella se sacudió mi mano sin decir una sola palabra. No le hacía falta.
Me aparté de su lado y me senté junto al fuego. Supuse que me lo merecía por haber sido un idiota con ella.
Aquella noche, decidí dormir en el suelo. Las hamacas eran aún peores. Conseguí que fuera cómodo, incluso. Sin embargo, apenas pude dormir. Tenía demasiadas cosas en las que pensar. Así que permanecí gran parte de la noche despierto, viendo como las llamas temblaban en la chimenea. Zelda tampoco debió dormir demasiado. Al amanecer, antes de que yo me pusiera en pie para prepararme, escuché como ella se deslizaba sigilosamente al exterior.
La seguí al cabo de un rato. Llevaba las mejores ropas de abrigo que tenía, con la Espada Maestra a la cintura. Vi que todo el mundo se congregaba en la plataforma que llevaba a Hebra, así que me dirigí allí lo más rápido que pude con las piernas entumecidas por el frío.
Teba me recibió al llegar. Me dio unas palmaditas en el hombro.
—Me alegro de volver a verte, Link.
Intenté sonreír. Luego busqué a Zelda con la mirada entre los orni que se habían reunido allí, pero no la vi por ninguna parte.
—Seguro que el patriarca te ha asustado con sus cuentos —rio Teba.
—No estoy asustado.
—Se te ve en la cara, muchacho. Pero no te preocupes. Acabaremos con ellos antes de que te des cuenta. Tenemos a los mejores guerreros de todo el poblado. Y a ti, por supuesto. Todo irá bien.
Quise confiar en él. Al menos, lo intenté.
Alguien tocó mi hombro de pronto. Me di la vuelta y abrí mucho los ojos cuando vi a Zelda. Ella tiró de mi brazo y me llevó a un lugar apartado. Me tendió un saco pequeño sin decir palabra. Lo abrí con cuidado, como si fuera de cristal.
—¿Frambuesas?
—Las recogí antes. Para que no te mueras de hambre.
Quise darle las gracias, pero sería inútil. No cambiaría nada.
—Volveré dentro de cinco días —le dije al final.
Ella me besó de pronto. Fue rápido, pero dulce. Sus labios sabían a frambuesa.
—Más te vale —dijo al separarse—. No te mueras ahí, ¿me has entendido? Hablaremos cuando vuelvas.
Se marchó a paso rápido. No sabía si aquello era bueno o malo. Lo que sí sabía era que al menos podría recordar el roce de sus labios durante el viaje.
Caí en la cuenta de que los orni nos estaban mirando. Debían haberlo visto todo. Enrojecí hasta la punta de las orejas y le eché la culpa al frío. Era la primera vez que Zelda hacía algo así cuando había más ojos mirando. Ninguno se había atrevido a acercarse demasiado al otro en público. Comprendí por qué ella se había escabullido tan deprisa.
Guardé las frambuesas en la bolsa de viaje y fui hacia Teba, intentando aparentar tranquilidad. Él se despidió de su esposa. Vi a otros orni, todos de plumaje oscuro, que esperaban al borde de la plataforma. No me miraron de forma amable. Tuve la sensación de que no iba a pasarlo muy bien.
Teba hizo una señal, y ellos partieron al vuelo. Él me indicó que subiera a su espalda. Vacilé un instante.
—Puedo ir a pie.
—Y no llegarías nunca. Sube.
—Pero...
—Sube, Link.
Acabé accediendo. Me aferré a sus plumas, y el estómago me dio un vuelco cuando él echó a volar.
—Espero que hayas traído buen abrigo —dijo—. Cuando nos acerquemos a Hebra, empezará a hacer frío de verdad.
—¿Esto no es frío de verdad? —murmuré. Para mi sorpresa, Teba alcanzó a oírme.
—No, muchacho —rio—. Esto apenas tiene comparación.
El viaje fue rápido, por suerte. Teba no dio giros bruscos. El único inconveniente era el viento. Era tan fuerte que tenía la sensación de que la siguiente ráfaga me haría caer.
Aterrizamos sobre la nieve, que crujió bajo mis botas. Los otros cuatro orni nos esperaban allí. Parecían jóvenes.
—Este es Harth —dijo Teba—. Seguro que has oído hablar de él. Esos son Seli y Talin. Y ese de ahí es Halcón.
Ellos no me saludaron, así que yo tampoco lo hice.
—Vámonos, Teba —dijo el orni llamado Talin—. Quiero acabar con esto lo antes posible.
Echaron a andar. Harth iba al frente. Teba se quedó al final, conmigo. Me pregunté si ellos estarían allí por voluntad propia o si el patriarca Tyto los habría obligado. Dudaba que fueran a responderme si preguntaba.
Al menos Teba no me miraba de forma hostil. Me habló de su hijo Tureli, que había mejorado con el arco. Me contó por qué los orni que nos acompañaban eran los mejores de todo el poblado; al parecer se habían ganado su fama matando monstruos. Eso no me sorprendió, sin embargo. Teba dijo que Halcón era excelente con el arco, de ahí su nombre; Harth y Seli eran los mejores con la lanza; y Talin utilizaba siempre la espada corta, aunque aquello era poco común entre los orni.
Anduvimos durante todo el día por un camino invisible. Confié en que los orni supieran a dónde íbamos. Tenía comida y provisiones, pero no duraría mucho si nos perdíamos en Hebra. Cuando el sol comenzó a esconderse, empecé a sentir el frío de verdad. Era el tipo de frío que se colaba en los huesos, que entumecía las piernas y los dedos hasta que lo único que se podía percibir eran punzadas agudas de dolor. Llevaba guantes, pero ni siquiera eso sirvió de mucho. No tardé en empezar a tiritar con violencia, y Teba debió darse cuenta, porque mandó a buscar un refugio donde pasar la noche. Le habría dado las gracias, pero los dientes me castañeteaban tanto que me sería imposible decir una sola palabra.
Los orni encontraron una cueva espaciosa no muy lejos del camino que estábamos siguiendo. Lo primero que hice fue encender una hoguera. Una gran hoguera. Me envolví en la capa y me senté cerca de las llamas, intentando entrar en calor. Los orni rieron.
—Olvidaba que los hylianos os congeláis con solo un poco de frío —se burló Seli.
—Esperemos que no mueras congelado esta noche. Solo va a ponerse peor.
Decidí ignorarlos. Saqué las frambuesas que Zelda me había dado. Estaban casi congeladas, pero no me importaba.
—Un hyliano —bufó Talin mientras se sentaba junto al fuego—. ¿Puedes empuñar siquiera esa espada tan grande? Parece demasiado pesada para un hyliano tan pequeño y flacucho como tú.
Debían haber oído hablar de mí. De lo que había hecho con Vah Medoh varios meses atrás. Los molestaba que ellos no hubieran podido detener a la Bestia Divina y yo sí. Me había temido que algo así sucediera.
—Tú no has visto a Link empuñar una espada —intervino Teba—. Os arrepentiréis de haber dicho eso.
—Esperemos que un centaleón no te aplaste por accidente, muchacho —rio Seli—. ¿Puedes hablar siquiera?
—Yo lo he oído hablar —dijo Harth.
Al cabo de un rato, dejaron de intentarlo. Guardé la bolsa de frambuesas y me acerqué un poco más al calor del fuego. Todavía tiritaba.
Durante dos días, caminamos sin apenas detenernos. Empecé a pensar que no había ningún monstruo en Hebra. Que el patriarca orni solo quería que me congelara allí. Sin embargo, al tercer día nos sorprendió una tormenta de nieve. Era la más fuerte que había visto jamás. No tenía comparación con las nevadas que recordaba haber visto en Hatelia de niño.
Apenas podía avanzar, y la nieve me llegaba por las rodillas. Tenía el rostro cubierto hasta la nariz, pero aun así el frío se me clavaba en la piel como cientos de cuchillos afilados. Incluso a los orni parecía costarles andar. Pese a todo, no se detuvieron.
El cielo estaba gris, y lo único que podía ver era el blanco de los copos de nieve que caían sin cesar. El viento rugía con tanta fuerza que no podía oír las pisadas de Teba, que iba delante. Alcé la vista y entorné los ojos ante el frío y la nieve. No distinguí la figura de Teba frente a mí. Lo llamé, pero nadie respondió. Y, de pronto, escuché un rugido. Uno que no tenía nada que ver con el viento. Me detuve, con una mano en la espada.
Y entonces vi a un centaleón de color oscuro entre la nieve. Estaba a una distancia considerable, pero miraba en mi dirección. Corrí a esconderme tras una roca cercana. Saqué el arco y una flecha con los dedos entumecidos. Me di la vuelta y apunté con cuidado. Solté la cuerda. El viento desvió ligeramente la trayectoria, pero la flecha se clavó muy cerca de la cabeza del monstruo. Me escondí tras la roca de nuevo y escuché otro rugido. Lo había hecho enfadar, y ahora había descubierto mi posición. Pude oírlo acercarse a una velocidad imposible.
Desenvainé la espada y corrí a su encuentro. El monstruo rugió. No pude ver su arma entre la nieve; solo era un borrón oscuro. Lo esquivé rápidamente. Clavé la espada en uno de sus flancos. Luego di una salto y me aparté de sus pezuñas, que iban en mi dirección.
No fue difícil deshacerme de él. Quizá el patriarca orni había tenido razón. Podía ser un arma. Era capaz de matar monstruos sin apenas esfuerzo. Tal vez era lo único que sabía hacer, como había dicho Zelda.
Un moblin salió de entre la nieve, y fue fácil acabar con él también. Estaba solo, y la nieve caía a mi alrededor. Escuché un rugido a mi espalda, y entonces distinguí la figura de un orni entre la ventisca. Divisé al menos a tres centaleones frente a él.
Sujeté la Espada Maestra con más fuerza. Ella susurraba en mi mano. Si matar era lo mejor que sabía hacer, debía aprovecharlo.
