ZELDA

Cuatro días. Habían pasado cuatro días y casi seis horas. Llevaba el tiempo perfectamente contado. Él había dicho que solo estaría fuera cinco días. Y, a menos que algo hubiera salido mal, ya debería estar emprendiendo el camino de vuelta.

«La comunicación entre aldeas es pésima. Las noticias no son trasladadas de forma eficiente de una región a otra. Según mi análisis, esto se debe a la falta de mensajeros. Existen aldeas que ni siquiera poseen un sistema adecuado de mensajería. Deduzco que esta es una de las razones por las que las aldeas de Hyrule están tan aisladas.»

Pero ¿y si algo había salido mal? No conocía Hebra, pero había oído hablar de lo hostil que era. Nadie vivía en Hebra. De hecho, nadie había vivido nunca en Hebra, si la memoria no me fallaba. En caso de que algo ocurriera, no podrían pedir ayuda. ¿Y si una avalancha los sorprendía? Quedarían sepultados bajo la nieve, y nadie encontraría nunca sus cuerpos. Se perderían allí para siempre.

También era posible que una tormenta hubiera interrumpido su viaje. O que, por alguna razón, no hubieran podido seguir avanzando. Tal vez los monstruos eran demasiado fuertes. Pero no me creía que Link se dejara derrotar por un simple monstruo.

Sujeté la pluma con más fuerza. Aquel no era el momento para pensar en cosas sin importancia.

«No tenemos por qué utilizar mensajeros como tal —escribí en el papel—. Tal vez exista la posibilidad de entrenar búhos. Cualquier ave capaz de recorrer largas distancias.»

Me detuve con el ceño fruncido. ¿Qué estaba diciendo? Aquella idea tenía tantos defectos que saldría mal hiciera lo que hiciese. El plan de Link también saldría mal. Lo había estado pensando durante los últimos días —había tenido tiempo de sobra para pensar—, y había llegado a la conclusión de que salir a cazar monstruos peligrosos con solo cinco acompañantes era un verdadero suicidio. Y eso sin contar con el clima extremo de Hebra. No importaba lo buenos que fueran con un arma.

Dejé la pluma en el suelo, frustrada. Al infierno con todo. Link no era un asunto sin importancia. No para mí. Tal vez el muy idiota no se lo mereciera, pero era la innegable verdad.

Lancé el papel que había estado escribiendo a las llamas, que temblaban en la chimenea. Observé como se consumía rápidamente. Aquello no tenía valor alguno.

Cerré el cuaderno de notas y lo guardé de nuevo en su sitio. Escribir lo que se me pasaba por la cabeza siempre me había sido de ayuda. Sin embargo, por alguna razón, había dejado de funcionar justo ahora, cuando más lo necesitaba. Maldije a Link en silencio. Todo aquello era culpa suya. Solo suya. Por ser tan testarudo y por haber dicho la verdad.

Habían pasado cuatro días y seis horas. Una eternidad. Una pesadilla de la que aún estaba esperando despertarme. Cuatro días y seis horas, y ya estaba empezando a perder la cabeza. Apenas había salido de la posada desde su partida. Temía lo que fuera a ver si decidía salir.

Pero la habitación era pequeña. Pequeña y aburrida. Y, por extraño que pareciera, todo me recordaba a él. Y también a las cosas tan horribles que le había dicho.

Al instante me dije que eso no era justo. Link me había dicho cosas dolorosas, quizá incluso peores que las que yo había dicho. Había sugerido que me marchara. Que me fuera y no volviera jamás. Y yo me había limitado a llorar, demostrándole lo herida y vulnerable que eso me había dejado. Al menos la expresión herida y culpable de su rostro cuando había respondido me produjo una pizca de satisfacción. Al principio. Quizá solo por un instante. Luego había caído en la cuenta del daño que debía haberle hecho, y toda la satisfacción desapareció de golpe.

Pero no quería pensar en eso. No ahora. No cuando había tantas cosas por hacer.

Cogí otro papel en blanco de mis cuadernos de notas y recuperé la pluma. Tenía que estar haciendo algo constantemente. Si no, me volvería loca de verdad. Decidí responder a la última carta de Karud, pese a que probablemente de allí no saldría nada bueno. No mientras estuviera tan distraída. No obstante, ya lo había hecho esperar demasiado tiempo, y no quería abusar de su paciencia. Ni de su generosidad.

«Estimado Karud:

Me alegra leer tu respuesta. Si he tardado tanto en enviar esta carta es porque no había ningún mensajero cerca. Ahora estoy en el Poblado Orni.

No considero que mis amigos sean particularmente extraños. Supongo que es cuestión de visiones, como todo. Lamento que los sheikah provocaran esa conmoción, por pequeña que fuera. Pueden causar una fuerte primera impresión, pero te aseguro que, cuando los conoces, son tan amables como cualquiera. Y, además, nos apoyarán en la construcción.

Entiendo tus dudas respecto a mí. Yo también las tendría. No eres el primero que me dice que soy demasiado joven, sin embargo. Ya no es ninguna sorpresa. Te sugiero dejar de juzgar por las apariencias.

Respecto a las novedades, estoy intentando convencer a los orni. No está siendo precisamente fácil, pero no pienso rendirme. Todavía no, al menos.

¿Cómo os va ahí fuera? Necesito una descripción más detallada de lo que estáis haciendo, si es posible. Los rumores de la reconstrucción han llegado hasta aquí, así que supongo que estamos haciendo algo bien.

Hasta pronto,

Zelda.»

Leí la carta un par de veces. Supuse que serviría, teniendo en cuenta lo mucho que me evadían las palabras últimamente. Acabé doblándola, y estaba pensando en dejarla en mi bolsa de viaje cuando recordé que los orni tenían un sistema de intercambio de cartas en Hyrule. No sabía cómo funcionaba, sin embargo. Y tampoco dónde estaba.

Decidí salir de allí por fin. Solo durante un rato, para aclarar mis dudas.

El cielo estaba cubierto de nubes grises. Contuve un escalofrío y miré hacia Hebra. Las nubes allí parecían más oscuras. ¿Habría una tormenta? Tal vez simplemente estuviera nevando. Sí, tenía que ser eso. Los orni no habían previsto ninguna ventisca durante aquella semana. Se lo había oído decir al encargado de la posada.

El aire parecía más gélido que en otras ocasiones. Odiaba el frío. En el centro de Hyrule nunca hacía verdadero frío, y no solía visitar el norte de Hyrule muy a menudo, incluso hacía cien años. Seguro que Link se estaba congelando en Hebra. ¿Y si enfermaba allí? No sería difícil con el frío.

Me obligué, por enésima vez, a concentrarme en los deberes que tenía delante. Buscar un mensajero. Sí, tenía que hacer eso. Y rápido, si quería volver a la calidez de la posada lo antes posible.

Subí un tramo de escaleras y crucé una plataforma que llevaba a Tabanta. Me aparté para que dos niños orni corrieran entre risitas. Luego subí más escaleras. Contemplé los carteles de los comercios. Ropa. Otra posada. Provisiones útiles para viajeros. Pero ni rastro de un mensajero.

Suspiré con frustración. ¿Por qué los orni lo ponían todo tan difícil? Era uno de los pocos lugares en todo Hyrule que enviaba y recibía cartas. Debería ser parte de su orgullo.

Descendí otro tramo de escaleras entre temblores. Me dije que no volvería a la posada con la carta entre las manos. No iba a sufrir otra derrota. Así que me arrebujé en la capa y seguí buscando.

Al cabo de un rato, mientras me disponía a bajar a la última parte del poblado, una mujer orni se fijó en mí. Fingí que no me había percatado de su mirada y seguí avanzando. El corazón me latía muy deprisa. ¿Me conocía de algo? ¿Sabría quién era? Tal vez simplemente tenía algo en la cara. Mi aspecto no debía ser el mejor; seguramente tendría enormes ojeras. Me pasaba las noches dando vueltas. Y era muy posible que tuviera el pelo enmarañado. Rocé unos pocos mechones con disimulo, intentando ordenarlos.

—¿Necesitas ayuda en algo? —dijo una voz cantarina a mi espalda.

Me detuve en seco. Luego me di la vuelta muy, muy despacio. La mujer orni me miraba con algo parecido a la preocupación. No parecía tenerme rencor. Probablemente no sabía quién era en realidad. Si se lo contara, me odiaría. Igual que el patriarca orni.

«Vuestro reino ha estado siempre maldito. Condenado a que la tragedia lo haga caer una y otra vez...»

Intenté sonreír.

—Estaba buscando un mensajero —respondí. Conseguí que la voz no me temblara, pese a todo—. Necesito enviar una carta.

—Oh —dijo ella, y luego sonrió—. Eso está un poco más arriba. Te lo enseñaré.

Asentí, aunque no pude ocultar mi incredulidad. ¿Un poco más arriba? Había recorrido todo el Poblado Orni. Era imposible que no lo hubiera visto antes. Sin embargo, no quise ofender a la mujer. No iba a llevarle la contraria en temas relacionados con su propio hogar. No acabaría bien. Los orni se ofendían con facilidad, según mi experiencia.

—Te llamas Zelda, ¿verdad? —dijo, sacándome de mis pensamientos—. Yo soy Amali.

Fruncí el ceño al instante.

—¿Cómo lo sabes?

Ella sonrió.

—Eres amiga de Link, ¿no es cierto? Mi esposo le conoce.

Link nunca me había hablado de un orni que fuera amigo suyo. Pensé en Revali con una pizca de tristeza, pero él llevaba muerto mucho tiempo. Amali parecía demasiado joven para haberlo conocido siquiera. Y, además, Link y Revali nunca tuvieron la relación más cordial.

—¿Tu esposo? —inquirí con cierta curiosidad. Las piernas me dolían de subir y bajar escaleras. Al menos hablar me distraía.

—¿Nunca has oído hablar de Nyel? —replicó ella, extrañada—. ¿Un bardo?

Iba a negar con la cabeza, pero entonces recordé algo que Link me había dicho en cierta ocasión, en Hatelia. Un bardo perteneciente a la raza orni había tocado una canción para él. Una que hablaba del antiguo héroe y la princesa. Sentí que enrojecía. Diosas, si de verdad se refería a aquel bardo, estaba perdida.

—Creo que algo he oído.

Ella soltó una risita. Tenía la voz suave y cantarina.

—Lo sabía. Al menos Link debe haberte dicho algo. Él ha salido a Hebra, ¿verdad?

Asentí despacio. Mi corazón se encogió, pero no iba a permitir que me doliera. No iba a admitir que algunos de sus golpes habían sido certeros. Con solo pensar en ese día un nudo se me formaba en la garganta y la vista se me nublaba por las lágrimas, pese a lo mucho que intentaba olvidarlo. Maldito Link.

—Te vi con él cuando fuiste a despedirte —dijo, y enrojecí aún más—. No te preocupes. Seguro que está bien. Teba y los demás no dejarían que nada malo le ocurriera.

¿Quién demonios era Teba? Muchos hablaban de él. Debía ser un líder o un guerrero. Quería preguntar, pero siempre acababa acobardándome.

Tras subir dos tramos de escaleras, nos detuvimos frente a una cabaña. Se encontraba junto a la tienda de suministros para viajeros y otra cabaña que parecía vacía. Me pregunté cómo demonios podía no haberla visto. Diosas, estaba demasiado distraída.

—Es justo aquí —anunció Amali—. Mi casa es esa cabaña de ahí. —Señaló la cabaña vacía—. Los dueños son amables. No creo que vayas a tener ningún problema.

Le di las gracias. Estaba a punto de despedirme cuando puso un ala sobre mi hombro.

—No te he visto mucho por aquí. ¿Por qué no vienes a cenar mañana con nosotros? No habrá preguntas indiscretas ni nada de eso. Será divertido.

Mi primer impulso fue negarme. Era una extraña. Incluso ese tal Nyel era un extraño para mí. ¿Y si era una trampa? ¿Y si eran miembros del clan Yiga disfrazados, engañándome otra vez? Por Hylia, cada vez me parecía más a Link.

—No quiero estorbar.

—Te aseguro que no estorbarás.

—Pero...

—Piénsatelo. Dejaremos comida para ti también, por si decides venir. Si al final no apareces, no pasará nada. A los hylianos os gusta el pescado, ¿verdad?

Asentí en silencio. Ella suspiró.

—Créeme, niña, sé lo que es preocuparme como tú lo haces ahora. Mi esposo pasa mucho tiempo lejos de casa. Puedo estar semanas sin recibir una sola noticia de él.

¿Semanas? Yo no sabría vivir semanas sin Link. Sin al menos oír su voz. Habían pasado cuatro días y ya estaba perdiendo la cabeza. No quería ni imaginar mi estado después de una semana.

Amali se despidió y luego se marchó, dejándome sola. Sujeté la carta entre ambas manos. Un orni de aspecto aburrido me recibió en el establecimiento para enviar cartas. Me miró con un ligero brillo de extrañeza. Supuse que pocos hylianos pedirían mandar cartas desde el poblado. A pesar de todo, conseguí darle las direcciones sin titubear. Luego me marché de allí a toda prisa.

Regresé a la posada. La excursión había sido lo suficientemente larga. Y, además, unos ligeros copos de nieve empezaban a derretirse sobre mi capa. Me detuve por un instante, observando como caían lentamente. No solía ver nieve. Sin embargo, no tardé en fijarme por enésima vez en la nube gris que rodeaba Hebra, y mi humor se ensombreció.

Aquella noche, tampoco pude dormir. Tenía un mal presentimiento, y hacía frío. Más que en las noches anteriores, incluso. Lo único que se oía era el crepitar del fuego, y me sentía sola. Horriblemente sola. Pero no me permití derramar ninguna lágrima. Estaba casi segura de que se congelarían con aquel frío, y eso no sería nada agradable. Igual que pensar en Link tampoco era agradable. Me dije que todo acabaría al día siguiente. El quinto día. Él me había dicho que volvería al quinto día.

Sin embargo, no lo hizo.

Pasé la mañana garabateando en mis notas, buscando distracciones. Intenté dibujar las nuevas flores salvajes que había visto durante el viaje. Traté de buscar más problemas en Hyrule, y luego pensé en soluciones. Nada de eso funcionó. Porque lo único que esperaba era recibir noticias y escuchar que él había vuelto sano y salvo.

Llamaron a la puerta poco después de mediodía. Me puse en pie de un salto, con el corazón latiéndome muy deprisa, y vi al encargado de la posada. Me observaba con cara de pocos amigos.

—Alguien pregunta por ti —dijo simplemente, señalando la salida de la posada.

Me apresuré a ir hacia allí sin siquiera dirigirle una palabra. Un orni que me sacaba una cabeza entera me recibió.

—El patriarca desea hablar contigo.

—¿Conmigo? —Estaba tan sorprendida que ni siquiera pude sentir angustia por no haber recibido la noticia que estaba esperando—. ¿Por qué?

Él me dirigió una mala mirada.

—¿Cómo voy a saberlo yo? —masculló—. Los hylianos hacéis demasiadas preguntas.

Echó a andar y me indicó con un gesto brusco que lo siguiera. Yo lo hice a regañadientes. Me tragué la réplica que se merecía.

El orni me llevó hasta la casa del patriarca. Entré, vacilante, sin saber qué esperar. Sin embargo, el patriarca orni me recibió con una amplia sonrisa.

—Siento haberte hecho llamar con tanta brusquedad. Hay ciertos temas que no pueden esperar. Acércate..., ¿cómo te llamabas...?

—Zelda, señor.

—Zelda. Eso es. Como las antiguas princesas. —Me puso en ala en el hombro después de que me acercara un poco más—. He estado pensando en tu propuesta con más detenimiento, Zelda.

—¿Ah, sí? —murmuré con una ceja alzada.

—No te sorprendas tanto, jovencita —rio él, aunque supe al instante que no era una risa sincera—. Verás, Zelda, creo que te he juzgado mal. No pongas esa cara; estoy siendo honesto contigo.

Hizo una pausa, como si esperara que yo dijera algo. Pero estaba demasiado sorprendida para decir algo coherente. De modo que guardé silencio mientras analizaba cada una de las posibilidades a toda velocidad.

—Dime, niña, ¿de verdad quieres gobernar?

Supe que debía contestar a eso. Muchas cosas dependían de lo que dijera.

—No entra en mis prioridades —dije muy despacio—. Por el momento.

—No debería entrar nunca —replicó—. A Hyrule le va muy bien así. Puede que no a los hylianos, pero el resto tenemos nuestro propio gobierno. Y es mucho más eficaz que el antiguo reino de tus supuestos antepasados.

Yo también me había dado cuenta de eso por mí misma. No era tonta. Los zora no necesitaban ayuda. Los goron tampoco. Vivían aislados del resto, como todas las demás aldeas y ciudades de Hyrule, pero les iba bien. No podía quitarles eso. No cuando el verdadero problema eran los hylianos.

Sin embargo, gobernar era mi deber. Mi único propósito. O eso me habían dicho siempre. Quizá estaría cometiendo un error si renunciaba al trono. ¿Y si estaba yendo en contra de los designios de las Diosas? No quería que el poder sagrado se perdiera. Alguien tenía que heredarlo, por si acaso. Para la próxima vez que hiciera falta de verdad.

—La reconstrucción no tiene nada que ver con eso —dije—. No estoy pidiendo que forméis parte de un reino. Estoy pidiéndoos ayuda y materiales por una buena causa. Solo eso.

El patriarca sonrió.

—Ese fue mi error. No supe interpretar tus palabras en ese momento. Ahora me doy cuenta, niña. Ahora lo veo todo muy claro. Ese proyecto es lo que Hyrule lleva mucho tiempo esperando. Nadie se ha atrevido a hacerlo hasta ahora. Hasta que has llegado tú. Eso tiene mérito.

Me quedé boquiabierta. ¿Estaba hablado en serio? Tal vez solo era una broma cruel para dejarme aún más claro su desprecio por los hylianos.

—Por ello, no me queda más remedio que aceptar tu propuesta. —Sonrió—. Creo que todos juntos podremos devolver Hyrule a su antigua gloria. Sin ser un reino, por supuesto.

Por un instante, fue como si flotara. Como si todas mis preocupaciones se hubieran desvanecido de golpe. No obstante, percibí algo extraño en su voz. Algo que no sonaba del todo bien. Las palabras le salían muy forzadas, como si hubiera estado todo preparado desde mucho antes. Me obligué a ocultar las sospechas por el momento.

—Gracias, señor —le dije. Fuera como fuese, me había brindado su apoyo. Debía mostrarme agradecida—. Gracias. No os arrepentiréis.

Rio en voz baja.

—Voy a confiar en los hylianos una última vez, niña. No me decepciones. Link no lo hizo.

Link. ¿Qué demonios pintaba allí? ¿Por qué tenía que mencionarlo?

—Si pudierais hablar con vuestro pueblo y explicarles...

—Por supuesto —respondió el patriarca Tyto—. Hablaré con ellos. Todo el que quiera unirse será libre de hacerlo. Además, como disculpa por mis duras palabras hace unos días, os proporcionaremos madera y rupias. Una cantidad modesta de rupias, pero...

—Es suficiente con eso. —Me obligué a sonreír—. Gracias, señor. Muchas gracias.

Él sonrió también.

—Estoy seguro de que tu amigo también se pondrá muy contento. Debería volver pronto, ¿no?

Asentí despacio, y de nuevo me pregunté por qué hablaba de Link.

—¿No os da miedo enviar a vuestros cinco mejores guerreros a una misión tan peligrosa?

Él rio.

—Oh, no les pasará nada. Volverán sanos y salvos, ya lo verás. Incluido tu amigo Link. O al menos más le vale.

Reí entre dientes para ahogar una réplica inapropiada.

Al salir de allí, aún nevaba. El hielo empezaba a acumularse en el suelo resbaladizo, que crujía bajo mis pies. Seguía teniendo un mal presentimiento. La conversación con el patriarca orni debería haberme dado esperanza. Sin embargo, sabía que algo no iba bien. De todas las cosas que podían suceder, que el patriarca Tyto decidiera apoyarnos era lo único que jamás podría haber esperado. Y eso solo me hacía sentirme más inquieta.

Mientras caminaba de vuelta a la posada, escuché música proveniente de una de las plataformas que rodeaban el poblado. Aquella miraba en dirección a Tabanta, así que nadie iba a usarla ahora.

Se decía que los orni tenían buenas voces, aunque nunca utilizaban su talento como era debido. Se centraban en el arte del combate y la guerra, y solo unos pocos aprendían de música. Sentí algo de curiosidad, pero decidí dejarlo pasar. Quizás en otra ocasión.

Pasé gran parte del día con la nariz metida en mis notas, como de costumbre. Estaba claro que Link no iba a llegar aquel día. Solo cuando caí en la cuenta de que empezaba a anochecer recordé la invitación de aquella mujer orni. Aún estaba a tiempo de llegar. Si decidía ir, claro. Probablemente Link desconfiaría de aquella mujer. No la conocía de nada. Y él siempre decía que era demasiado confiada.

Pero al infierno con todo. Él no estaba allí. Y no creía que Amali fuera a tener malas intenciones.

Salí de la posada y recorrí el camino hasta la casa de Amali, que se encontraba justo al lado de la mensajería. Llamé a la puerta, que crujió bajo mis nudillos, y esperé, congelándome de frío. Por las noches el aire era tan gélido que entumecía todo el cuerpo. Por suerte, Amali no tardó en aparecer bajo el umbral. Sonrió al verme.

—Me alegro de que hayas decidido venir. —Forcé una sornisa, y ella tiró de mí hasta el interior—. Ven, aquí hace más calor. Había olvidado lo rápido que os enfriáis los hylianos.

La casa no era muy grande, pero al menos era cálida. Había siete hamacas, y un fuego ardía en medio de la habitación. Cinco niñas reían cerca de allí. La mayor no parecía tener más de once años.

—Siéntate —me indicó Amali—. Nyel estará a punto de llegar. Estaba fuera antes, practicando con las niñas.

Tomé asiento donde ella me decía, junto a las niñas orni. Me miraron con curiosidad. Supuse que no recibirían muchas visitas. Intenté sonreír.

—Escuché música antes, fuera —dije—. ¿Era él?

—Sí. Suele salir con ellas cada tarde.

Aprendí que las niñas orni se llamaban Genali, Katali, Kumeli, Molli y Sagelli. Podía recordar sus nombres, pero era incapaz de diferenciarlas. Acababa de decirles cuál era mi nombre cuando ese Nyel del que tanto había oído hablar cruzó el umbral.

Era alto, de plumas coloridas. A diferencia de los orni que había visto de ese tamaño, no parecía amenazante. Me dirigió una mirada extraña y luego sonrió. Su sonrisa era una de las más amables que había visto jamás.

—Es la jovencita de la que te hablé —dijo Amali—. La que llegó con Link.

—Zelda —añadí, porque no quería que se me conociera como la jovencita que llegó con Link.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—Me alegro de conoceros por fin, Zelda. Espero que estéis teniendo un buen viaje.

Su voz era fuerte, tanto que me sobresaltó. Me sorprendió que me tratara con formalidad. Solo unos pocos lo hacían. Pero, al fin y al cabo, los bardos conocían las viejas historias.

Nyel saludó a sus hijas, que seguían mirándome con curiosidad. Luego tomó asiento frente a mí.

—¿Viajáis con Link?

—Somos viejos amigos —respondí—. ¿De qué os conocéis?

—Coincidimos en varias ocasiones, durante mis viajes. Es un buen muchacho. Me ha hablado mucho de vos, ¿sabéis?

Me ruboricé, pese a saber que eso no me haría ningún favor.

—¿De mí? —murmuré.

—Oh, ser joven otra vez... —suspiró Amali a mi espalda.

—Seguro que Link volverá pronto —dijo Nyel—. Os aseguro que está sano y salvo.

—Eso espero —murmuré. No quería pensar en él. No ahora.

—No conozco a nadie con más suerte que Link, así que podéis estar tranquila.

Me obligué a sonreír. La suerte siempre se agotaba en algún momento.

—¿Algún día podremos cantarle a Zelda? —preguntó una niña de plumas azuladas. Tenía la voz muy aguda, incluso chillona.

—Por supuesto que sí. Pero debéis tratar a nuestros invitados con respeto.

—¿Con respeto? —repetí, frunciendo el ceño.

—No pueden llamaros únicamente por vuestro nombre. No es cortés. ¿A que no, Molli?

Ella negó con la cabeza.

—No, señora Zelda.

Sonreí.

—Nunca me habían llamado señora —dije con una risita.

—Nyel es demasiado cortés a veces —intervino Amali—. Cree que vive en el pasado.

Él se limitó a sonreír.

—Me temo que el pasado aún es importante.

Asentí distraídamente, apoyando sus palabras. Luego tomé un sorbito de vino. La cena transcurrió sin ningún incidente, para mi sorpresa. Tampoco hubo preguntas indiscretas, tal y como Amali me había prometido. Cuando las niñas terminaron, Amali las llevó a la cama —o a las hamacas donde dormían los orni—, dejándonos a Nyel y a mí solos durante un rato. Estábamos teniendo una conversación agradable. Quizá estaba hablando demasiado por culpa del vino, pero no me importaba. Al menos así no pensaba tanto en Link. Le estaba contando a Nyel lo mucho que me había gustado siempre estudiar la tecnología ancestral cuando él decidió hablarme de su maestro.

—Pertenecía a la tribu sheikah —me dijo—. Fue el poeta de la corte del último rey. Me enseñó todo lo que sé. Murió hace unos años, y dejó su obra incompleta. Me he pasado estos últimos años intentando terminarla.

Recordaba vagamente al poeta de la corte. Un sheikah joven. Solían decir que hablaba más de la cuenta, pese a lo reservados que solían ser los sheikah. Nunca llegué a conocerlo bien, aunque me acompañó en mis viajes varias veces, junto con mis escoltas y damas de compañía. Había oído algunas de sus canciones sobre mí, sin embargo. Era uno de los pocos que hablaban bien de la princesa de Hyrule en aquellos tiempos. Me alegraba de que hubiera sobrevivido al Cataclismo.

—¿Lo conocisteis? —preguntó Nyel de pronto.

Estuve a punto de escupir el vino que acababa de tomar.

—¿A q-quién? —farfullé.

Nyel sonrió.

—A mi maestro, ¿a quién si no?

Quise irme de allí. No creía que nadie fuera a detenerme. Sin embargo, era incapaz de mover un solo músculo. Le sostuve la mirada a Nyel. Traté de sonreír para ocultar mi temor. Luego solté una risita nerviosa, como si acabara de contar un buen chiste.

—¿Cómo iba a conocerlo? No viví antes del Cataclismo.

La sonrisa de Nyel se hizo más amplia.

—Puedo comprender el motivo por el que mentís, princesa. —En ese momento, Amali entró por la puerta. Tenía una expresión culpable en el rostro—. Creo que yo también mentiría si estuviera en vuestra situación.

Me quedé boquiabierta. Busqué explicaciones a toda velocidad, pero no pude encontrar ninguna.

—¿C-cómo...? —dije en cambio, aunque aquella era la pregunta más estúpida que podría haber hecho.

—Sé quién es Link en realidad. De hecho, creo que soy el único en todo el poblado que lo sabe. Yo y Amali, claro. Pero entended que a ella se lo cuento todo. Me ha jurado que guardará el secreto.

Le dirigí una fugaz mirada a Amali y luego centré de nuevo mi atención en Nyel.

—¿Todo este tiempo has sabido quién era yo en realidad?

—Me temo que sí, princesa.

—¿Y cómo te enteraste de quién era Link?

—Mi maestro describía la Espada Destructora del Mal muy a menudo en sus canciones. Cuando lo vi a él, supe que tenía que ser el elegido.

Me puse en pie de un salto. No querían hablar conmigo por lástima o porque conocieran a Link. Me habían invitado allí para hacerme pregunta tras pregunta sin que yo supiera los motivos. De pronto me sentí atrapada ahí dentro. Todo aquello había sido solo una estrategia para engañarme.

—No puedo creerlo —murmuré antes de dar media vuelta.

—Princesa, esperad...

Los fulminé a ambos con la mirada.

—Creo que debería marcharme.

—Princesa —intervino Nyel—, nuestra intención era que lo supierais. Pero era mejor hacerlo aquí, lejos de los oídos del resto. Así sería más cómodo para vos.

—Me habéis engañado para que viniera —les espeté—. Debería habérmelo imaginado.

—Princesa...

—Gracias por la cena —mascullé antes de dar media vuelta e irme de allí.

Aquella noche, me permití derramar unas pocas lágrimas. Ninguna se congeló, para mi sorpresa. Pensaba que aquella cena me levantaría los ánimos. Para eso había asistido en realidad. Sin embargo, solo lo había empeorado todo. ¿Tan difícil habría sido contarme la verdad antes de invitarme a una cena con su familia?

Sollocé en voz baja. Me sentía aún más sola que antes.

Al día siguiente, me planteé la posibilidad de pasar el día entero en la posada. No obstante, aquel lugar ya me resultaba demasiado aburrido. No se me ocurría qué más hacer allí aparte de pensar. Y los pensamientos siempre me llevaban a sitios a los que no quería llegar.

El sol me cegó al salir. Seguía haciendo frío, aunque no tanto como el día anterior. La nieve ya se derretía en el suelo, que todavía estaba resbaladizo.

Me dirigí a una de las plataformas que llevaban a Hebra. ¿Por qué Link tardaba tanto en volver? Él había dicho cinco días. Había dicho que regresaría en cinco días. Y había parecido muy seguro entonces.

Debía haber una explicación lógica. Quizá la tormenta del día anterior los había retrasado. Tal vez había más monstruos de lo que habían imaginado. Fuera como fuese, me negaba a pensar que a él pudiera haberle pasado algo.

Escuché pasos a mi espalda. Cuando me di la vuelta y vi a Nyel, tuve que ahogar las maldiciones que luchaban por salir.

—¿Puedo llamaros Zelda? —me preguntó.

—Todos me llaman Zelda —murmuré.

Él se acercó un poco más. Busqué una escapatoria, por si empezaban las preguntas difíciles de responder.

—Quería disculparme con vos, Zelda —dijo—. No debería haberos traído a mi casa sin que supierais la verdad. No fue justo para vos.

Parecía sentirse culpable. Pero, por otra parte, Nyel era un bardo. Se suponía que podía fingir de forma excelente.

—No vuelvas a hacer algo así —le dije—. Con nadie.

Nyel asintió.

—No pretendo volver a hacerlo. He aprendido la lección.

—Me alegra oírlo.

Ninguno dijo nada durante un rato. Mantuve la vista fija en Hebra, como si esperara alguna señal. Cualquier cosa me valdría.

—Podría tocaros cierta canción a modo de disculpa. Fue una de las últimas que terminó mi maestro. Habla del héroe y la princesa.

Contuve un gruñido.

—Lo último que quiero escuchar ahora mismo es algo sobre el héroe y la princesa —mascullé—. Sin ofender a nadie, claro.

Nyel sonrió.

—Por supuesto. Es comprensible.

—Quizá cuando Link vuelva... —Si volvía.

—Como deseéis. Estoy a vuestro servicio. Además, mis hijas están ansiosas por que las oyáis cantar algún día.

Sonreí un poco.

—Diles que yo también estoy ansiosa por oírlas.

Con el paso de los días, dejé de sentir rencor hacia Nyel. Era difícil enfadarse con alguien como él. Me llevó a ver a sus hijas cantar, y eso al menos me distrajo durante un rato. Pero luego me quedaba a solas otra vez, y la angustia que ya era tan familiar regresaba con fuerza.

Al décimo día, apenas podía contener las lágrimas. Había acabado con la piedra sheikah entre las manos, viendo las imágenes que habíamos guardado allí durante el viaje. En algunas lo había pillado distraído, concentrado en otra cosa. En otras, sonreía. Link también se las había arreglado para tomar imágenes en las que salía yo. Sonreí al recordarlo. Llegué a la imagen en la que aparecíamos él y yo en medio de un beso, y mi sonrisa desapareció.

Lo quería de vuelta. Lo necesitaba allí, a mi lado. ¿Por qué demonios había decidido marcharse? Muchos los daban ya por muertos. Me pregunté si los otros orni que habían partido con Link tendrían familias, y si ellos estarían tan preocupados como yo.

Me sequé las lágrimas. Amali me había dicho que, cuando pasaba mucho tiempo sin saber de Nyel, intentaba centrarse en otras cosas. Por suerte, ella tenía cinco hijas para distraerse. Yo estaba en un lugar desconocido y no tenía a nadie.

Pasaron dos días más. Doce días en total. Era ya de noche y había perdido la esperanza de que regresaran cuando escuché una conmoción en el exterior. No pensaba salir, pero la curiosidad pudo conmigo. Me puse las botas y luego me fui de la posada.

Los orni se habían reunido en una de las plataformas que llevaban a Hebra. El corazón empezó a latirme más deprisa, pero no quise hacerme ilusiones. Me acerqué con cautela. Reconocí a uno de los orni que habían partido con Link. Tenían que haber vuelto.

Me abrí paso entre los orni, que hablaban a gritos. Lo busqué entre la multitud, conteniendo la respiración. ¿Dónde estaba? Debería haber vuelto con el resto. No podía haberle pasado nada.

Entonces lo vi. Y él también debió verme a mí, porque dejó de hacer lo que quiera que había estado haciendo para mirar en mi dirección. El muy idiota. Me había dejado sola. Me había dicho que me marchara. Aún estaba enfadada con él. No iba a olvidarme de todo lo sucedido tan fácilmente.

Sin embargo, de pronto me descubrí llorando entre sus brazos. Me sostenía con tanta fuerza que apenas era capaz de respirar, pero no emití una sola queja. Yo me aferraba a él de la misma forma, así que supuse que era justo.

—¡Idiota! —sollocé—. Maldito idiota. ¿T-tienes idea de... de lo p-preocupada que he estado?

—Lo siento —fue lo único que se le ocurrió decir—. Lo siento.

Lo repitió tantas veces que perdí la cuenta. Sollozaba en silencio sobre su hombro cuando un orni de plumas blancas se acercó. Parecía incómodo.

—¿Link? —Él se separó de mí con cuidado. Quizá eran imaginaciones mías, pero me pareció que tenía los ojos enrojecidos—. Voy a hablar con el patriarca. ¿Quieres acompañarme?

Me aferré a su brazo con más fuerza. Sentí alivio cuando negó con la cabeza.

—Iré mañana.

El orni asintió y se marchó. Link se volvió en mi dirección. Lo examiné de arriba abajo, buscando heridas. Aparte de unos arañazos en el rostro, parecía estar ileso.

—Estoy bien —dijo, como si pudiera leer mis pensamientos.

—Estás helado —repliqué. Cogí su mano. Estaba fría—. Ven. Tienes que entrar en calor.

Tiré de él hasta la posada. Nadie intentó detenernos. Quise pensar que habíamos pasado desapercibidos.

Había olvidado apagar el fuego de la habitación. Lo avivé y le tendí una manta a Link. Él tomó asiento cerca de las llamas. Yo hice lo mismo, pero ninguno dijo una sola palabra durante un largo rato. Y era raro, porque había mil cosas que quería decirle. Pero, por alguna razón, ni siquiera me atrevía a abrir la boca.

—Lo siento, Zelda —dijo él al final—. Siento todo lo que te dije. No quería...

—¿De verdad quieres que me vaya? —le pregunté en voz baja, sin mirarlo.

—No —respondió—. Claro que no quiero que te vayas. Es lo último que quiero.

—¿Entonces por qué lo dijiste?

Lo oí suspirar.

—Porque estaba enfadado. No pienses que hablaba en serio.

—¿Estás seguro?

—Nunca he estado más seguro de nada. Dime qué tengo que hacer para que me creas, Zelda. Puedo...

—Te creo, Link. No tienes que demostrarme nada.

Él permitió que sostuviera sus manos entre las mías para calentarlas.

—¿Es verdad que no te dejo respirar?

Suspiré.

—Tú eres el único que siempre me ha dejado respirar —respondí en voz baja—. Dije eso para hacerte daño. Nada más.

Él sonrió, para mi sorpresa.

—¿De qué te ríes? —le pregunté, alzando una ceja.

—Estás siendo más honesta que de costumbre.

Sonreí también.

—Bueno, alguien me dijo que no suelo admitir que los demás tienen razón.

Su sonrisa desapareció de golpe.

—No quería...

Puse una mano sobre sus labios para hacerlo callar.

—Ahora no —susurré—. Hablaremos de eso más tarde. Ahora ve a darte un baño. —Olisqueé el aire, y mi sonrisa se hizo un poco más amplia—. Apestas.