LINK

Zelda estaba esperando por mí cuando regresé a la habitación. El fuego seguía encendido. Casi había olvidado lo que era el verdadero calor. Solo sentía el frío clavado entre los huesos.

Tomé asiento cerca del fuego. Zelda no alzó la vista para mirarme. ¿Seguiría enfadada? No podía estarlo de verdad. Había bromeado antes, cuando nos quedamos solos. Y no me había parecido especialmente furiosa cuando corrió en mi dirección y me abrazó. No quise tener muchas esperanzas, a pesar de todo. Aún debía estar dolida por lo que le había dicho. Y no la culpaba. Cualquiera se sentiría dolido después de eso.

La oí murmurar algo para sí misma. Caí en la cuenta de que estaba buscando algo en mi bolsa de viaje. Me mostró el saco de frambuesas vacío y sonrió. Sonrió de verdad. No me lo estaba imaginando.

—Ya veo que no has pasado hambre —dijo. Dejó el saco en el suelo y siguió rebuscando.

—¿Qué buscas?

Se encogió de hombros.

—Intento poner un poco de orden. ¿Sabes la cantidad desorbitada de cosas que tienes aquí dentro?

La miré con incredulidad, aunque ella no pareció darse cuenta. Era tan extraña a veces. Extraña e imprevisible. Nunca habría llegado a imaginar que la encontraría así después de regresar de matar centaleones en Hebra.

Por Hylia. La había echado de menos.

Sacó una flor aplastada de pronto. Me miró con una ceja alzada, pidiéndome explicaciones en silencio. Me limité a clavar la vista en el suelo.

—Pensé que te gustaría —murmuré—. Creo que no la habíamos visto antes. Al menos yo no la había visto hasta ahora. —Me atreví a mirarla. No, eso no iba a ser suficiente para ganarme su perdón. Solo era una estúpida flor—. Puede que quieras investigarla o algo así.

Ella se mantuvo en silencio por unos instantes. Sostuvo la flor con tanta fuerza que temí que fuera partirla en dos y la olisqueó. Arrugó la nariz. Tenía una nariz muy graciosa, en realidad. Siempre la arrugaba cuando algo la disgustaba.

—Yo no investigo flores —replicó, y luego me fulminó con la mirada—. Pero esta flor apesta. Así que supongo que valdrá la pena investigarla.

Siguió rebuscando en mi bolsa. Sonreí a medias, aunque sabía que eso la haría enfadar, y no era conveniente hacerla enfadar cuando ya estaba enfadada.

—¿Apesta tanto como yo?

Arrugó un poco más la nariz.

—Apesta mucho más que tú. Imagina ese olor a monstruo muerto, pero diez veces más insoportable.

No soltaba la maldita flor. No era muy grande, pero seguía siendo una flor. Era fea, y su aspecto solo había empeorado después de haberla metido en mi bolsa de viaje. El azul oscuro había resaltado en medio de la nieve, con los pétalos cubiertos de una fina capa de escarcha. Ahora, sin embargo, los pétalos parecían frágiles, y se habían oscurecido aún más.

No me había detenido a olerla. De haberlo sabido, probablemente no la habría arrancado de su sitio. Pero al verla había pensado en Zelda al instante. No era raro que pensara en Zelda, pero eso había sido diferente. A ella le gustaba ver cosas nuevas.

—No te creas que esto te va a servir como disculpa —dijo ella de pronto.

Contempló la flor. La sostenía muy cerca de su pecho, como si fuera a marcharse corriendo.

—No pensaba dártela como disculpa —mentí. A medias. Una parte de mí había esperado suavizar su humor con aquella flor—. Solo lo hice pensando en ti. ¿Lo ves? Luego dices que no pienso en ti.

Dejó mi bolsa de viaje a un lado.

—No creo que no pienses en mí.

—Eso fue lo que dijiste.

—Tú me dijiste que me marchara, y ahora dices que no hablabas en serio.

Hice una mueca. Tenía razón. Cada vez que recordaba aquellas palabras tan horribles que le había dicho, algo se me clavaba por dentro.

Zelda suspiró.

—Si vamos a hablar de esto, quiero que haya condiciones.

Eso era nuevo.

—¿Qué condiciones?

—Quiero que esta sea la última vez que discutimos —dijo, y su voz sonó extrañamente apagada—. Estoy harta de discutir contigo, Link. Creo que es hora de empezar a resolver nuestros problemas de forma tranquila, meditada y madura.

—Tranquila, meditada y madura.

—En efecto. —Tenía la voz que usaba cuando hablaba con los líderes importantes—. Creo que es importante discutir. Pero no hay por qué hacerlo..., bueno, como lo hacemos nosotros. ¿Lo intentarás por mí?

—No soy yo quien empieza las discusiones normalmente —mascullé.

Aquello la irritó un poco más. Estaba allí para pedirle disculpas, no para hacerla sentir peor.

—Tienes razón —admitió de pronto—. Debo cambiar eso. Igual que tienes razón en lo de que siempre quiero tener razón.

—¿Sabes lo difícil que es hacer que lo admitas?

—Me hago una idea.

Sonreí a medias. Zelda daba vueltas a la flor entre sus manos. Según ella, apestaba, pero seguía sin soltarla. Estuvo unos instantes en silencio, y luego me miró indecisa.

—¿Por dónde empezamos?

Me encogí de hombros.

—Por el principio.

Ella asintió y se acomodó en el suelo. Me acerqué un poco más al fuego. Todavía sentía el frío de Hebra metido en los huesos. Había pasado tanto tiempo tiritando que aún temblaba ligeramente, pese a que la habitación era cálida.

—¿Quieres empezar por el principio? —me preguntó en voz baja. Yo asentí, y Zelda respiró profundamente. Empecé a tener un mal presentimiento—. Bien. ¿Por qué fuiste a Hebra, Link?

Así que era eso. Supuse que tenía sentido. No me había referido a aquello cuando le propuse empezar desde el principio. Pero ese había sido el motivo de nuestra discusión, al fin y al cabo.

—Necesitaban ayuda...

—No —dijo ella—. Eso ya lo sé. Pero ¿qué fue lo que te dijo el patriarca para convencerte?

Maldije para mis adentros. No lo había visto venir.

Sabía que tenía que decirle la verdad. No era tan difícil, y seguramente ella ya tendría sus sospechas. ¿Qué cambiaría? Zelda se merecía saberlo. Y estaba harto de mentir y ocultarle las cosas.

—Él dijo que si no iba, no te ayudaría —respondí precipitadamente. Temí que no fuera a entenderme, pero quería librarme de aquel peso lo antes posible—. Si iba, te ayudaría. Y dijo que te daría madera después de que yo insistiera.

Observé como su rostro palidecía bajo la luz parpadeante de las llamas. Luego enrojeció de ira. No sabía a quién iba dirigida. Decidí prepararme, por si acaso.

—Zelda, yo...

—Ese vejestorio —siseó ella—. Sabía que algo iba mal. Lo sabía. ¿Cómo se atreve?

No parecía enfadada conmigo. Eso era buena señal. Temí de nuevo por la flor, que parecía a punto de quebrarse entre su agarre de hierro.

—¿Sabías que, pocos días después de que tú te fueras, me mandó llamar? No, supongo que no lo sabes. ¿A que no adivinas qué me dijo? —Soltó una carcajada incrédula—. Que aceptaba. Que iba a ayudarnos. Incluso dijo que iba a prestarnos rupias. Qué tonta he sido. Debería haberme dado cuenta.

—Sabes que eso no es justo, Zelda —murmuré—. No te eches la culpa.

Pareció reparar en mi presencia de nuevo y entornó los ojos.

—Y tú —siseó de nuevo—. ¿Cómo se te ocurre? ¿Es que te has vuelto loco? No vuelvas a hacer algo así, ¿me has entendido? —Me dirigió una mirada asesina—. No sé en qué demonios estabas pensando.

—Pensé que te haría feliz. —Sonaba aún más estúpido si lo decía en voz alta. Ella tenía razón. Aquello había sido una locura—. Merecía la pena.

—No, Link. No merecía la pena. Escúchame bien —dijo, mirándome a los ojos. Ya no parecía enfadada. Aunque debería estarlo. Yo lo estaría, si fuera ella—; no eres un arma. No te pueden utilizar de esa forma. Yo nunca, nunca, accedería a ningún acuerdo en el que tú fueras una de las condiciones. Maldita sea, tu vida no tiene ningún precio.

—Pero... —farfullé—, Hyrule...

—Hyrule puede irse al infierno, en lo que a mí respecta. —La contemplé, boquiabierto. Incluso ella pareció sorprendida por sus propias palabras. Pero, aun así, continuó con voz firme—. Es terriblemente egoísta, lo sé. Pero también es la verdad. Puedo encontrar madera en otra parte. Puedo encontrar ayuda en otra parte. Pero a ti no podré volver a encontrarte en ningún sitio. Y prefiero pasar el resto de mis días en un infierno contigo a pasarlos en un hogar sin ti. Ojalá algún día lo entiendas, idiota.

Me había quedado sin palabras muchas veces, pero esa fue diferente. Fue como si me hubieran dado una patada en el estómago y me hubiera quedado sin aire de golpe. Solo que sin el dolor. Zelda empezó a ruborizarse y apartó la vista.

—Bueno —dijo, y luego carraspeó—, ahora que ya hemos acabado con eso, podemos pasar a lo siguiente.

—No —dije en voz baja después de recordar cómo se hablaba—. No quiero pasar a lo siguiente.

Se me quedó mirando, confundida.

—¿Es que hay algo más que tratar sobre este tema?

—No —respondí simplemente—. Pero ¿sabes qué? Es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo.

Enrojeció un poco más. Se encogió de hombros y olisqueó la flor de nuevo. Luego arrugó la nariz.

—Es la verdad —musitó—. Y yo siempre te digo cosas bonitas.

—Yo no estaría tan seguro.

Puso los ojos en blanco.

—Al menos prométeme que, si algo así vuelve a ocurrir, no aceptarás. Recordarás lo que te acabo de decir y te negarás en rotundo. Prométemelo.

Una vez más, Zelda tenía razón. Y, aunque ella no podía saberlo, llevaba mucho tiempo necesitando escuchar cosas como aquella. Durante el viaje, esa sensación tan extraña que aparecía cuando mataba monstruos solo se había hecho más difícil de ignorar. Porque la propia Zelda había dicho que lo único que sabía hacer era matar monstruos, y antes de eso el patriarca orni había afirmado algo similar.

Ella se había quedado en silencio, examinando la flor de nuevo.

—Dijiste que lo único que sé hacer es matar monstruos —murmuré—. Creo que hay contradicciones ahora.

—Eso es mentira —dijo al instante—. Lo que dije. Es mentira. Matar monstruos no es lo único que sabes hacer. Ni de lejos lo es, Link. No me hagas caso en eso. No estaba pensando de forma razonable.

—¿Y cómo estabas pensando?

Alzó la vista de su flor apestosa.

—Como una niña tonta —respondió simplemente—. Eres más que matar monstruos. Así que deja de pensar lo contrario.

Me pregunté si el problema sería que yo era demasiado fácil de leer o que ella me conocía demasiado bien. Probablemente se trataba de una mezcla de ambas opciones.

—Lo que te dije... —empecé, pero ella me detuvo.

—Todo eso es cierto. En parte. Debo tenerlo todo bajo mi control, detesto no tener razón y no te agradezco la mitad de lo que haces por mí.

—No necesito que me agradezcas nada.

Su presencia era una bendición suficiente.

—Me da igual. Creo que sí piensas en mí, aunque deberías informarte un poco más antes de sacar conclusiones.

Asentí, y me atreví a sonreír un poco. Si ella, con su enorme orgullo, había reconocido sus errores, yo también reconocería los míos.

—Lo intentaré.

Me sorprendió ver que se acercaba peligrosamente a mí. Puso una mano sobre mi mejilla, aunque tenía los ojos clavados en los arañazos producidos por el hielo, las ramas de los pinos y las pezuñas de moblin.

Sus manos eran tan cálidas que casi quemaban. Ni siquiera el fuego era comparable. Me pregunté si estaría usando su poder, pero no parecía brillar. ¿Cuándo había sido la última vez que la había sentido tan cerca?

—No volveremos a discutir. Nunca.

—Nunca —asentí.

Me mostró su dedo meñique y sonrió con timidez.

—¿Prometido?

—Prometido.

Junté mi meñique con el suyo.

—Esto es mejor que discutir —añadí.

Su sonrisa se hizo más amplia. Me pregunté cómo podía hacer que todo se iluminara con solo sonreír. No conocía a nadie que pudiera sonreír así.

—Tienes razón —dijo—. Esto es mucho más efectivo.

Asentí despacio. Nos miramos el uno al otro, indecisos.

—¿Estoy perdonado? —me atreví a preguntar.

Hizo una corta pausa, aunque sabía que era solo para molestarme.

—Claro que estás perdonado.

—Genial. Porque tú también lo estás.

Cuando sonrió, su nariz rozó la mía. La miré a los ojos, expectante, pero ella permaneció muy quieta. Decidí empezar yo. Por haberle dicho esas cosas tan horribles. Cuánto la había echado de menos. Sus labios seguían siendo dulces, y eran tan cálidos que parecían arder. Ella suspiró y juntó su frente con la mía.

—No me has contado nada sobre tu maldito viaje.

El viaje. Casi lo había olvidado. Había estado a punto de convertirse en una pesadilla lejana. ¿Por qué tenía que recordármelo?

—¿Qué quieres que te cuente? —Intenté buscar sus labios de nuevo, pero Zelda no me lo permitió.

—No lo sé —murmuró—. Has ido a la región más hostil de todo Hyrule para matar centaleones. Podríamos escribir varias canciones solo con eso.

—No quiero canciones —mascullé. Me acerqué a ella de nuevo, pero acabó apartándome con una risita.

—Vamos, Link. Cuéntame al menos por qué habéis tardado tanto en volver.

Suspiré y decidí rendirme. Era lógico que quisiera saber por qué había estado casi dos semanas fuera. Y lo peor era que le había prometido que volvería en cinco días. Cinco. Eso había sido una mentira hecha sobre la marcha, una para hacernos sentir mejor a ambos. Pero, al final, solo había acabado preocupándola más.

—Varios orni fueron heridos —le dije—. Así que tuvimos que buscar refugio y quedarnos allí hasta que pudieran pelear de nuevo. Y luego hubo tormentas. Tormentas terribles. Diosas, ni siquiera podía sentir las manos y las piernas.

Colocó una gruesa manta alrededor de mis hombros. Estaba cálida después de haber pasado un rato junto al fuego.

—Bueno, tienes suerte. Aquí no hay tormentas ni ventiscas horribles.

—Creo que sé de una tormenta muy peligrosa. La tengo justo delante de...

—¿Y qué más? —dijo ella, interrumpiéndome—. Esa no puede ser la única razón por la que tardarais tanto.

—No lo fue —gruñí—. Encontramos más monstruos. Decidimos librarnos de ellos también, aunque no fueran tan peligrosos como los otros.

Me puso una mano sobre la mejilla.

—No suena muy bien.

—No tiene que sonar bien. Creo que es uno de los peores viajes que he hecho nunca.

Me besó otra vez, pero se separó demasiado rápido.

—Debe ser realmente malo, viniendo de ti —sonrió—. ¿Tampoco has hecho nuevos amigos?

—¿Amigos? —repetí con un bufido—. ¿De quién podría haberme hecho amigo? ¿De un moblin?

—No, tonto —replicó ella, y puso los ojos en blanco—. Tenías compañeros de viaje, ¿no?

Bufé de nuevo. Después de unos días en el frío de Hebra, los orni habían dejado de intentar hacerme enfadar. Yo no había respondido a ninguna de sus burlas sin sentido, y suponía que ellos se habían rendido también. En realidad, nadie habló mucho durante el viaje.

—Son orni. Claro que me odiaron desde el principio. Es una maldición.

Zelda suspiró, y fue uno largo y triste.

—Ese orgullo los va a llevar a la ruina algún día —susurró.

No dije nada. Ella tampoco. Cogí su mano y rocé sus dedos con cuidado.

—¿Y tú? —le pregunté.

—¿Yo, qué?

—Seguro que has estado haciendo cosas mucho más interesantes que yo.

Debía haber estado preocupada. Tanto que no habría sido capaz de centrarse en ninguna otra cosa. Ella era así cuando estaba nerviosa.

Me sentí culpable por haberla preocupado. Quizá, si no le hubiera dicho que volvería en cinco días, ella se habría limitado a esperarme, sin angustiarse porque la fecha límite hubiera pasado. Podría haberse dedicado a sus notas y a sus investigaciones y a todo eso que tanto le gustaba.

—En realidad este sitio es muy aburrido. Intentaba distraerme. Le envié una respuesta a Karud.

—¿Qué le has dicho?

—Que me diga dónde demonios está exactamente. Y que deje de juzgar por las apariencias.

Sonreí y le besé la punta de la nariz.

—Creo que eso no va a gustarle.

—Puede enfadarse si quiere. Mientras todo siga como está ahora, no tendré ningún problema. Oh, ¿sabes qué más he hecho?

—¿Comer frambuesas?

Estaba harto de las frambuesas. Era lo único que había en aquella parte de Hyrule. Echaba de menos las manzanas, pero no había visto ningún manzano cerca.

—He conocido a tu amigo. El bardo. Nyel.

Maldije en voz baja.

—¿Qué te ha contado?

—Nada, en realidad. Quiere tocar una canción en concreto. Una sobre el héroe y la princesa. Pero le he dicho que espere un poco.

Fruncí el ceño.

—¿Que espere a qué?

—A que volvieras.

Las mejillas me ardieron, así que clavé la vista en las llamas.

—Yo ya la he oído.

—Todo Hyrule sabe lo perdidamente enamorada que estaba de mi caballero escolta gracias a ese bardo, por lo que parece. ¿Qué más da que vuelvas a oírla conmigo?

Aquello no mejoró la situación. No había caído en la cuenta de que todo el mundo lo sabía. Sabían por qué Zelda había despertado sus poderes aquel horrible día. Yo había sido el último en enterarme de la verdad.

Quise quedarme hablando con ella hasta tarde, pero lo cierto era que estaba agotado. Ni siquiera podía hacer un simple movimiento sin notar leves punzadas de dolor. Y supuse que debía tener muy mal aspecto, porque Zelda me obligó a dormir. Al menos me permitió quedarme en el suelo después de haber estado un rato insistiendo. Lo que me sorprendió fue que ella decidiera quedarse en el suelo conmigo. Se acurrucó a mi lado, de espaldas al fuego, sin decir una sola palabra.

—No tienes por qué quedarte aquí, Zelda —le dije.

—Lo sé. Pero estoy harta de dormir sola.

Yo también lo estaba. Al menos ella había tenido algo de calor en el Poblado Orni, pese a estar sola, y había contado con un techo para cobijarse. Yo no tuve nada de eso. Solo el frío, el viento y los aullidos lejanos de los monstruos.

—Además —añadió—, hace frío por las noches. Es importante conservar el calor.

Le aparté un mechón de cabello de la cara. El reflejo de las llamas proyectaba sombras sobre su rostro y hacía que el brillo rojizo arrancara destellos en su pelo.

—¿Has estado leyendo ese libro? —le pregunté en voz baja. Después la rodeé con los brazos.

—Lo he hojeado, sí.

—¿Y no has vuelto a intentarlo?

Me miró como si fuera idiota.

—No sé controlarlo. ¿Qué pasaría si abriera un agujero en este techo sin querer? ¿Y si alguien me viera? Harían preguntas.

Cerré los ojos y enterré el rostro en su pelo. Olía a frambuesas.

—Tienes razón —bostecé.

Ella dijo algo más, pero no pude oírlo.

La sentí moverse una eternidad después. Hacía frío, y por un instante creí que volvía a estar solo y congelado en Hebra, pero entonces percibí que alguien me arropaba con una manta. Vi el rostro de Zelda frente al mío y fruncí el ceño.

—¿A dónde vas? —quise saber.

—A hablar con el patriarca orni.

Contuve un gruñido.

—¿Para qué?

—Para decirle algunas cosas que creo que no han quedado claras.

Me froté los ojos y me senté sobre las mantas. Me pregunté para qué demonios iba a hablar con el patriarca. Eso no cambiaría nada. Los orni seguirían siendo tan orgullosos como siempre, y quizás el patriarca Tyto decidiera quitarnos su apoyo.

—Voy contigo.

—No —repuso ella—. Tienes que quedarte aquí para descansar. Aún no ha amanecido del todo, Link. Y, además, sigues teniendo ojeras.

Lo cierto era que estaba tentado a hacerle caso, no iba a mentir. Pero no podía quedarme allí esperando hasta que ella volviera. Además, no sabía qué iba a decirle al patriarca orni, ni cómo se lo tomaría él. Quería estar ahí por si acaso.

—No vas a detenerme, Zelda.

Ella suspiró.

—No seas testarudo.

Pero yo ya me estaba poniendo las botas, así que ella dejó de insistir.

Al cabo de un rato, cuando salimos de la posada, descubrí que solo acababa de amanecer. Hacía frío, aunque eso no era nada nuevo. Zelda iba delante, en dirección a la casa del patriarca. No parecía nerviosa; daba zancadas tan largas que tenía que andar un poco más deprisa para no quedarme atrás. Cuando llegamos frente a la casa, el orni que montaba guardia nos detuvo.

—Tenemos que hablar con el patriarca —dijo Zelda.

El orni la miró confundido. Luego frunció el ceño.

—¿Tú otra vez? ¿Para qué quieres hablar con él?

—Eso no es asunto tuyo —le espetó ella.

Le dirigí una rápida mirada a Zelda. Esperaba que supiera lo que estaba haciendo. Tenía que ir con precaución.

—Cuidado con tus palabras —masculló él.

—Siempre tengo cuidado con mis palabras —replicó Zelda—. No pienso moverme de aquí hasta que podamos entrar.

Se nos quedó mirando por unos instantes que me parecieron interminables. Permanecí detrás de ella, en silencio. ¿Debería intervenir? Quizá lo mejor sería dejar que ella hablara. Que aprendiera a enfrentarse a cosas como aquella por sí misma.

Al final, el guardia suspiró, le dirigió una mala mirada a Zelda, y fue hacia el interior de la casa del patriarca. Mientras esperábamos, me acerqué a ella.

—Espero que sepas lo que estás haciendo —le susurré al oído.

Ella sonrió, y tenía la punta de la nariz enrojecida por el frío.

—Está todo bajo control.

Me obligué a creerla, aunque no había sonado muy convincente. Cuando el orni regresó, tenía mala cara.

—Podéis entrar —dijo—. Tened cuidado con vuestras palabras. El Maestro Teba estará delante.

Zelda no dijo una palabra; se limitó a pasar al lado del orni sin mirarlo siquiera. En el interior no había ningún fuego encendido. El patriarca estaba sobre su silla, y a su lado se encontraba Teba, que me saludó con la cabeza al verme.

—¡Ah, Link! —dijo el patriarca—. Esperaba tu visita hoy. Teba me estaba contando algunas de tus hazañas cazando centaleones. Me alegro de que hayas vuelto sano y salvo. ¿Qué te ha pasado en la cara?

—Nada, señor —respondí—. Un águila.

—¿Qué? —dijo Zelda de pronto, alarmada—. ¿Un...?

La cogí de la mano, esperando que así se calmara. Ella me miró con el ceño fruncido, aunque no dijo nada más.

—¿Un águila? —repitió el patriarca.

Me encogí de hombros y luego asentí.

—Estaba afilando la espada cuando se acercó. Creo que quería sacarme un ojo o algo así. Pero conseguí quitármela de encima a tiempo.

Teba parecía divertido. Debía saber que nada de eso era cierto. Pero no iba a decirle al patriarca orni que aquellos arañazos habían sido provocados por ramas de árbol y trozos de hielo.

—Diosas, yo no sabría qué hacer en un ataque así —murmuró el patriarca Tyto—. Razón de más para alegrarnos de que hayas vuelto. ¿Has sufrido alguna otra lesión?

—No, señor.

—Bien. En ese caso, deberíamos hablar de tus extrañas habilidades con esa espada. Teba me ha contado que empezaste a...

—En realidad —dije, sin dejar que terminara. No quería hablar de nada relacionado con espadas en aquel preciso momento—, Zelda quiere hablar con vos.

Ella dio un paso al frente. Por un instante me pareció que el patriarca Tyto ponía una mueca de fastidio, pero quizá habían sido solo imaginaciones mías. Un momento después, estaba sonriendo ampliamente.

—Me alegra verte también, niña. ¿Qué necesitas?

—Quería hablar sobre nuestro acuerdo —dijo ella con sorprendente firmeza.

—Oh, por supuesto.

—Me gustaría saber dónde está la ayuda que se me prometió. Tengo la sensación de que no habéis hablado con vuestro pueblo.

Su sonrisa se marchitó poco a poco.

—Tienes que entender que he estado ocupado con todo este asunto de los monstruos. En cuanto termine, me ocuparé de nuestro acuerdo.

—Eso no será necesario —dijo ella—. Utilizasteis a Link de forma sucia y cruel. Lo enviasteis allí y luego lo tratasteis como si fuera un asesino a sueldo. Y después me engañasteis a mí.

Él ni siquiera intentó negarlo.

—Era una forma de que todos ganáramos, niña.

Zelda apretó los puños.

—No soy ninguna niña. Creo que en una situación así solo ganáis vos.

El patriarca sonrió.

—¿Y qué piensas hacer? No podrás renunciar a una oportunidad así.

—Entenderéis que no puedo formar parte de un acuerdo en el que Link es una de las condiciones. Así que si no estáis dispuesto a ayudar, me temo que nos veremos obligados a irnos de aquí con las manos vacías.

—¿Vas a dejar que sus esfuerzos hayan sido para nada? —dijo él, señalándome—. Se marchó para ayudarte a ti, jovencita.

—No han sido para nada —intervine—. Ya no hay monstruos en Hebra. No estáis en peligro.

—Recuérdame que no vuelva a contarte un secreto nunca, muchacho. Está claro que no puedes guardarlo.

Fui a replicar, pero Zelda se adelantó.

—Si no queréis ayudarnos, no tenemos nada más que hacer aquí. —Guardó silencio, como si estuviera esperando a que el patriarca dijera algo. Sin embargo, no lo hizo.

Sujetó mi mano con más fuerza, y estaba a punto de dar media vuelta cuando Teba habló.

—¿De qué ayuda habláis?

Zelda pareció esperanzada. Le habló de la reconstrucción; le contó lo mismo que a todos los demás líderes de las aldeas, y lo hizo con todo lujo de detalles. Cuando terminó, Teba miró al patriarca Tyto con el ceño fruncido.

—¿Y cuál es el problema?

—Obviamente, su proyecto no va a salir adelante —dijo el patriarca—. Y estoy seguro de que quieren algo más.

—¿El qué?

—Unificar Hyrule. Que vuelva a estar gobernado por los hylianos.

Teba nos miró de arriba abajo y soltó una risotada.

—¿Ellos? Míralos bien. Esa reconstrucción es por el bien de Hyrule. No tiene nada que ver con un reino. Y, aunque quisieran volver a gobernar, no creo que vayan a conseguirlo. Los hylianos están demasiado débiles para gobernar. Con todos mis respetos, por supuesto —añadió, mirando a Zelda.

Ella parecía triste. Sabía que Teba tenía razón, igual que yo también lo sabía. Sería inútil negarlo. No nos haría ningún bien.

—Confiar en un hyliano en los últimos tiempos es como meterse en un callejón sin salida —masculló Tyto.

—No os pido que confiéis en nosotros —dijo Zelda. Estaba extrañamente tranquila—. Solo necesito que habléis con vuestro pueblo. Contádselo. No nos deis madera ni rupias ni nada de eso. Solo necesitamos ayuda. Voluntarios.

El rostro del patriarca permaneció impasible. Me dio la sensación de que Teba quería decir algo más, pero Zelda inclinó la cabeza y se marchó de allí antes de que tuviera oportunidad de decir nada.

Salimos al frío exterior en silencio. Después de un rato andando sin rumbo, llegamos a una de las plataformas que rodeaban el Poblado Orni. Esa miraba a Tabanta, así que no estaríamos expuestos a los vientos gélidos de Hebra. Zelda tomó asiento cerca del borde de la plataforma. Yo me senté a su lado.

—Esto no va a funcionar —suspiró ella.

—No digas eso. Sabes que los orni son orgullosos.

—No pueden serlo. Si todos piensan solo en sí mismos, esto no funcionará.

No supe qué decir, así que pasé un brazo alrededor de su cintura y la atraje en mi dirección. Ella suspiró de nuevo y apoyó la cabeza sobre mi hombro.

—Estoy tan cansada, Link... —susurró—. Tal vez deberíamos volver a casa y mandar todo esto al infierno.

—Vamos, Zelda —le dije—. Has llegado muy lejos. No lo eches todo a perder ahora.

Guardó silencio durante un rato.

—No voy a echarlo todo a perder. No lo creo, al menos —dijo por fin—. Pero déjame soñar en paz.

—Sueña todo lo que quieras.

La escuché reír.

—¿Sabes qué? Creo que quiero hacer la casa más grande.

La miré con el ceño fruncido.

—¿Más grande?

Ella alzó la vista también, y estaba sonriendo.

—Más habitaciones. Más espacio, Link. Apenas cabemos nosotros dos.

—Dame las rupias y te construiré un castillo si quieres.

Zelda rio.

—Me temo que no tengo las rupias. Pero algún día necesitaremos que sea más grande.

Iba a replicar, pero de pronto oí pasos a mi espalda. Zelda dio un respingo y se separó de mí como si la hubiera quemado.

—Ah, Link. Me alegra ver que has vuelto sano y salvo.

Me di la vuelta y vi a Nyel junto a sus cinco hijas, que hablaban entre ellas con vocecitas chillonas.

—A mí también —mascullé. Zelda me miró con mala cara.

—¿Vienes a cantar? —quiso saber ella. Hizo un ademán de ponerse en pie—. Podemos irnos si estorbamos.

—Oh, no. Podéis quedaros. Estabais aquí primero, y no osaría decirle a los salvadores de Hyrule que sea marcharan para que un humilde bardo pueda cantar.

Zelda le mostró una sonrisa forzada. Tenía demasiados buenos modales. Yo solo resoplé.

—No hables como un noble estirado —le espeté—. He tenido suficiente de esos por hoy.

Nyel sonrió.

—He conocido a la princesa, Link. Debo decir que no me ha decepcionado.

—¿No te he contado que me engañó para que fuera a su casa? —dijo Zelda—. Ellos sabían quién era, pero no me lo quisieron contar hasta el final. Fue una encerrona.

Le dirigí una mala mirada a Nyel.

—Te dije que hablaras con ella, pero no así.

—Espero que aceptes mis disculpas —dijo él, y luego inclinó la cabeza.

Observamos en silencio como Nyel organizaba a sus hijas para empezar a cantar. Sonaban mejor de lo que había esperado, con esas vocecitas tan agudas. Cuando terminaron, Nyel les dijo que se marcharan a jugar. Ellas se alejaron escaleras arriba con más niños orni. Nyel se sentó a nuestro lado, con su enorme instrumento entre las alas.

—La princesa quería esperar a que volvieras, Link. Le hablé sobre la canción que compuso mi maestro mientras tú no estabas.

—No conocí mucho a tu maestro —dijo ella con cautela—. Pero era un buen hombre. Con mucho talento. La corte no habría sido lo mismo sin él. Me alegro de que sobreviviera al Cataclismo.

—Me hablaba mucho de vos —asintió Nyel—. Y de vuestro caballero escolta también, aunque en ocasiones no tenía muy buenas palabras para ti, amigo mío.

—Puede que yo tampoco hubiera tenido buenas palabras para él —mascullé—. Si lo hubiera conocido, claro.

Nyel sonrió. Tocó una nota grave con su instrumento.

—Me alegro de que el destino haya vuelto a reuniros —dijo—. Os merecéis algo de paz.

Percibí que Zelda temblaba por el frío, y pasé un brazo alrededor de su cintura de nuevo. Ella pareció sorprendida, aunque no debería haberlo estado. Ella misma me había besado delante de todo le Poblado Orni hacía unas semanas. Por un instante me pareció que iba a apartarse, pero no lo hizo.

Nyel tocó la canción que había compuesto su maestro; la misma que yo ya había oído. Solo me atreví a mirar a Zelda cuando Nyel acabó, y vi que ella tenía las mejillas enrojecidas. Por el frío, supuse.

—Es una canción muy... muy bonita —murmuró ella—. Tu maestro tenía talento. Más del que creía.

Solté una risotada. Zelda me asestó un codazo, pero no dijo nada.

—Una canción tan buena no podía quedarse sin ser cantada. El mundo entero tenía que conocerla —dijo Nyel, sonriendo.

Ella se ruborizó un poco más. Me miró, y luego miró a Nyel de nuevo. Sonrió con timidez. No solía sonreír de esa forma.

—¿Podrías tocarla otra vez? —le pidió a Nyel. Él se limitó a asentir, y luego volvió a tocar su instrumento.