ZELDA

—¿Link no te ha contado lo que hizo en esas montañas? —me preguntó Teba, sonriendo—. Tiene que habértelo contado.

Miré a Link, que se encontraba a mi lado, sobre una de las plataformas que llevaban hasta Tabanta. Aquella era una de las partes más altas del Poblado Orni, así que nadie pasaba por allí. Solo unos pocos lo habían hecho, y ni siquiera se habían detenido a mirarnos. Eso era una ventaja. Aunque allí parecía hacer más frío que en el resto del poblado.

Link no parecía muy contento. A él no le gustaba hablar de cosas como aquella. Se le notaba en la cara.

—No me ha querido contar nada —dije con una risita—. Y eso que he insistido. Tendréis que contármelo vosotros.

Teba miró al otro orni de plumas oscuras, Harth, que también había viajado con Link, y ambos rieron.

—No es para tanto —masculló Link—. Tú también hiciste cosas que...

—No cambies de tema, jovencito. Además, lo único que la mayoría pudimos hacer fue revolotear alrededor de esos bichos e intentar acertarles. El resto fue cosa tuya.

—Eso no es verdad —gruñó.

—Oh, niña, ¿cómo lo soportas? —rio Teba, mirándome de nuevo. Había resultado ser un conocido y renombrado guerrero entre los orni. Había ayudado a Link con la Bestia Divina, y se dedicaba a entrenar a los niños orni en el vuelo y en el arte del tiro con arco.

—Estábamos peleando contra al menos cuatro centaleones en medio de una ventisca —dijo Teba—. La nieve era alta. Al muchacho le llegaba casi por las rodillas. ¡Por las rodillas! Imagínatelo. Si para nosotros ya es difícil avanzar así, no quiero ni pensar cómo será para los hylianos.

—No había tanta nieve —murmuró Link, aunque solo yo di señales de haberlo oído.

—Fue el único momento en todo el viaje en que tuve miedo de verdad. ¿Quién no lo tendría? Pero entonces él saltó. Saltó, niña. Nunca he visto a nadie saltar así. Se elevó por encima de la nieve. Y luego peleó contra dos centaleones al mismo tiempo. ¡Dos centaleones!

—Llámame loco, pero yo sigo creyendo que brillaba —añadió Harth, examinando a Link con atención. Él se removió a mi lado, incómodo.

—Brillaba de verdad —asintió Teba—. Lo vi con mis propios ojos. Brillaba con esa espada suya. No era más que un borrón brillante que iba de un lado a otro. Y, de pronto, lo único que quedaba eran los cuerpos de los centaleones. ¿No te parece increíble?

—Yo nunca lo habría creído —dijo Harth—. No de un hyliano tan pequeño y flacucho. No te ofendas, muchacho.

Él no dijo nada. Supe que ya estaba ofendido. Tenía el ceño peligrosamente fruncido, y estaba rígido.

—Fue como si las mismísimas Diosas hubieran bajado de los cielos para bendecirlo —prosiguió Teba—. Y luego hizo lo mismo con todos los otros monstruos. Cuando terminamos, se marchó a su hoguera como si nada hubiera pasado.

—Debo decir que después de eso, se ha ganado mis respetos —dijo Harth. Inclinó la cabeza en dirección a Link—. Lo he juzgado mal, igual que el resto. Mis disculpas.

—Eso servirá para una buena canción —dijo Nyel. Tocó varias notas al azar en su extraño instrumento. Recordaba haber leído algo sobre él en cierta ocasión.

Le asesté un codazo a Link.

—Te lo dije. Se van a cantar canciones sobre ti. Más de las que ya hay, incluso.

Él se limitó a gruñir. Teba debió oírlo, porque pareció divertido.

—Vamos, muchacho. Si yo fuera tú, estaría lleno de orgullo después de que me hubieran dicho todo esto. No actúes como si te avergonzaras.

—No me avergüenzo —dijo él—. Pero no estoy orgulloso de saber matar monstruos.

Su expresión se ensombreció cuando terminó de hablar, y supe lo que estaba pensando sin necesidad de que me lo contara. No solo sabía matar monstruos. También sabía matar hylianos de carne y hueso, y cualquier otra criatura que se cruzara en su camino. Casi pude ver como se tragaba las palabras que tanto quería añadir.

En el fondo, Link tenía algo de razón. ¿Quién podría estar orgulloso de saber matar mejor que el resto del mundo? Sin embargo, lo que él no entendía era que nunca mataba a sangre fría. Mataba para proteger. Y eso lo diferenciaba un poco más del resto, aunque Link nunca fuera a creérselo.

—Eres un verdadero prodigio, muchacho —dijo Harth, y luego rio—. ¿Estás seguro de que esa espada tuya no es esa Espada Destructora del Mal? No me sorprendería que fueras el héroe de las leyendas en secreto.

Soltó más risotadas. Teba rio con él, aunque Nyel nos lanzó una rápido mirada antes de unirse a ellos. Link se limitó a suspirar.

—¿Podemos volver ya? —me susurró al oído.

—Nos iremos pronto —respondí en voz baja también—. Antes tengo que preguntar algo más.

Miré a los orni, que habían entablado una interesante conversación sobre peces de los que solo había oído hablar en libros. Una diminuta parte de mí —la que aún era una niña ingenua con esperanzas de dedicarse a sus experimentos— quiso sacar el cuaderno de notas y escuchar su conversación desde lejos. Luego podría recopilar toda la información que había obtenido. Quizá aquellos peces eran más raros en el sur de Hyrule. O quizá...

—Zelda —dijo Nyel de pronto. Lo había obligado a usar mi nombre. Tenía prohibido utilizar títulos cuando hubiera oídos indiscretos cerca. Aun así, no terminaba de acostumbrarme a que dijera mi nombre. Lo pronunciaba de forma deliberadamente lenta, como si supiera que estaba haciendo algo malo—, me preguntaba a qué os dedicáis ahora. El Maestro Teba dice que trabajáis en un proyecto de reconstrucción.

Me obligué a sonreír. Estaba haciendo todo aquello a propósito. Miré a Teba, que parecía expectante. Incluso Harth me observaba con una pizca de curiosidad.

—Bueno —empecé, y luego me detuve para carraspear—, viajo con Link. Vamos de aldea en aldea en busca de apoyos para la reconstrucción.

—¿Reconstrucción? —repitió Harth, como si nunca hubiera oído esa palabra antes.

—Queremos restaurar las ruinas de Hyrule —respondí—. Ahora que el Cataclismo se ha ido, no hay ningún peligro. Tenemos el apoyo de los zora y los goron. Y también de una compañía de constructores.

Algo me gritaba que aquello no serviría de nada. Pero no todos los orni podían ser como el patriarca, ¿verdad?

—¿Por eso habéis venido aquí? —inquirió Teba—. ¿Para buscar ayuda?

Asentí con la cabeza.

—Era la razón principal. Cuanta más ayuda, mejor.

—¿Has hablado ya con el patriarca?

Asentí de nuevo. No quise decir nada más porque lo último que me apetecía era parecer vulnerable, pero al cabo de unos instantes me di cuenta de que todos estaban en silencio, a la espera.

—No está muy conforme con lo de ayudarnos —murmuré.

Teba ya lo sabía, así que no pareció enfadado ni sorprendido. Nyel frunció el ceño.

—¿Por qué no?

—Cree que los hylianos queremos convertir Hyrule en un reino otra vez —contesté simplemente.

Los orni se miraron.

—¿Es eso cierto? —inquirió Harth.

—No.

No debí sonar muy convincente, a juzgar por su expresión. Pero Harth no puso más objeciones. Se limitó a frotarse las plumas, pensativo.

—Hablaré con el patriarca —decidió Nyel—. Creo que está tomando una decisión muy precipitada.

—No —dije, quizá un poco más alto de lo que debería. Link se removió a mi lado—. No será necesario. Yo misma he hablado con el patriarca orni en numerosas ocasiones. En ninguna ha habido suerte.

—Tal vez, si el Maestro Teba y yo hablamos con él...

—Eso no será necesario —repetí. ¿Por qué aquel bardo siempre tenía que meter las narices en todo? Quizá me veía como una niña incapaz de conseguir nada por sí misma—. Eso es lo último que...

—Creo que deberíamos dejar que lo intentaran —intervino Link. Me hablaba a mí, aunque utilizaba un tono lo suficientemente alto para que el resto lo escuchara—. No perdemos nada.

—Solo su tiempo —murmuré. Y no solo el de Teba y Nyel. El mío y el de Link también.

—Eso no lo sabemos. Vamos, Zelda. Solo un último intento.

Lo miré a los ojos. Parecía tranquilo, como siempre. Quise seguir discutiendo, pero en el fondo no existía ningún motivo para llegar a eso. Él sabía que estaba agotada, que lo habíamos intentado todo y que estaba a punto de rendirme. Al final, asentí con lentitud.

—Tienes razón —dije en voz baja, aunque él alcanzó a oírme. Sonrió un poco, el muy descarado. Solo le daba la razón en voz alta para que supiera que intentaba cambiar mi mala costumbre—. ¿Sabes qué? Inténtalo. Podéis intentarlo los dos.

Nyel sonrió ampliamente. Después de eso, la conversación pasó a temas más fáciles de tratar. Nyel trajo a sus cinco hijas para cantar, y Teba se marchó a entrenar con su hijo. Después de oír la canción por enésima vez —había perdido la cuenta—, Link y yo nos marchamos de vuelta a la posada.

Durante el camino de vuelta, él sacudió la cabeza con un gruñido.

—Diosas, he oído esa canción demasiadas veces seguidas —masculló—. Me da dolor de cabeza.

—Pensé que te gustaba.

Me miró de reojo, aunque yo fingí que no lo había visto.

—¿Por qué le has pedido que la tocara tantas veces?

Aligeré un poco más el paso, aunque él no tardó en adaptarse a mi ritmo. Esperó pacientemente a que respondiera. Lo maldije en silencio. No le hacía falta insistir para sacarme de quicio.

—¿Tiene que haber un motivo específico?

—Conociéndote...

—Me gusta el ritmo —dije, con las mejillas ardiendo—. No está mal.

—¿Y no hay ninguna otra razón...?

Estuve a punto de cerrarle la puerta de la habitación en las narices. Él rio como un niño pequeño.

Afortunadamente, me dejó trabajar en paz durante el resto del día. Ya daba por hecho que los orni no se unirían a nuestra causa. Quizá podría convencerlos de que nos ayudaran por mi propia cuenta, pero no contar con la aprobación del patriarca no sería conveniente. Solo generaría más tensión. Y no sería justo. Si tenía que irme de allí con las manos vacías, lo haría sin quejarme. Al fin y al cabo, en el fondo podía entender las reticencias del patriarca Tyto.

De modo que empecé a buscar soluciones. Nos iríamos de allí, pero aún teníamos más oportunidades. No habíamos visitado el desierto, y tal vez las gerudo nos recibieran de forma más amable. No sabía quién las gobernaba, pero no creía que fueran a guardarnos rencor como los zora o a negarse a escucharnos como los orni. Ellas no eran así. Y si nada de eso funcionaba, iría a Hatelia. Hablaría con el alcalde allí. Y reconstruiríamos, junto con los zora y los goron. Pensaba reconstruir fuera como fuese.

Estaba examinando el mapa de la piedra sheikah, en busca de posibles rutas comerciales que se pudieran restaurar, cuando algo cálido y pesado cayó sobre mis hombros. Alcé la mirada de mis notas y vi a Link con una taza rellena de algo humeante entre las manos.

—Se está haciendo tarde —dijo—. Empieza a hacer frío.

Avivó las llamas de la chimenea y luego dejó la taza cuidadosamente junto a mis cosas. Descubrí que se trataba de té. Se detuvo para examinar mis notas, y yo me apresuré a cubrirlas.

—N-no está terminado. No entenderías n-nada.

Alzó las manos en señal de rendición y sonrió. Me di cuenta de que tenía las botas puestas.

—¿A dónde vas? —le pregunté.

—Voy a buscar tu cena, Zelly.

—No me llames así.

—¿Te gustaría que trajera algo en especial? —preguntó, ignorando lo que acababa de decir.

—Frambuesas —respondí. Él maldijo entre dientes.

—No tardaré mucho.

Luego dio media vuelta y se marchó. Cuando abrió la puerta, la corriente de aire frío se coló en la habitación, y me arrebujé en la manta. Olía a él. Eso no estaba nada mal. Cuando tomé un sorbito del té humeante, descubrí que era dulce. Tal y como me gustaba. Dejé la taza en su sitio y seguí con mis notas, aunque estaba sonriendo como una niña tonta. No era la primera vez que él hacía gestos así. Estaba siendo ridícula.

Estaba tan enfrascada en mis notas que ni siquiera lo oí llegar un rato después. Solo caí en la cuenta de que no estaba sola cuando escuché pasos recorriendo la habitación. Link se detuvo frente a mí y me tendió un papel arrugado.

—Una carta para ti.

Reconocí la firma de Karud y el corazón se me detuvo. ¿Ya había respondido? ¿Tan pronto? No estaba lista. No, no lo estaba. Tampoco estaba lista para escribir una respuesta.

Tomé el último sorbo del té —ya frío— y acepté la carta con manos temblorosas. La sostuve durante un buen rato, sopesando las posibilidades. Link se limitó a sentarse a mi lado en silencio. Bien. El silencio me ayudaba a pensar.

Inspiré hondo y abrí la carta. No era muy larga. La leí rápidamente, tanto que tuve que leerla de nuevo, esa vez más despacio.

—¿Qué dice? —me preguntó Link.

—Dice que lo de reconstruir una aldea no ha salido muy bien —murmuré mientras leía por enésima vez—. Que ha decidido empezar a adecuar los caminos principales. Los que llevan a Kakariko y a Hatelia, por ahora.

Él hizo una mueca.

—¿Para eso no tendrían que apartar guardianes?

Pensé en la solitaria y gris Llanura de Mogur, que dominaba el paso de Hatelia. Aquel lugar se encontraba repleto de guardianes. Y, aunque estuvieran inactivos, nadie se atrevería a pasar más tiempo del necesario allí. Y menos aún a acampar o comerciar.

—Supongo —respondí—. Pero no sé lo que están haciendo. Tendré que pedirles más detalles.

Me dispuse a escribir la carta, pero él puso una mano sobre la mía y me quedé muy quieta.

—Hoy no —dijo con calma—. Le pedirás detalles mañana.

—Pero...

—Ahora vas a cenar. Frambuesas. Conmigo. —Observó todos mis cuadernos, que se hallaban desperdigados en el suelo—. Llevas todo el día aquí. Seguro que tienes hambre.

No lo había pensado, aunque supuse que tenía razón, a juzgar por la forma en que me rugía el estómago. Al final decidí hacerle caso. No me vendría mal comer algo. Había pasado más de la mitad del día trabajando sin cesar.

—Tendría que haber escrito esa carta —murmuré a pesar de todo mientras comía mis frambuesas.

—Tú también mereces un descanso, Zelly. Karud no se preocupa tanto como tú.

No sabía si eso era bueno o malo, pero me abstuve de preguntar.

Lo observé comer frambuesas durante un rato. Parecía de buen humor. Lo había estado durante los últimos días, a pesar de todo lo ocurrido. Me pregunté si seguiría preocupado por esos asesinos. No había ningún indicio de que nos estuvieran siguiendo. Por ahora, al menos.

—¿Link? —empecé con cautela—. ¿Es cierto lo que dijeron los orni?

—¿El qué? —farfulló él con la boca llena de frambuesas.

—Lo de que brillabas. Y también las otras cosas que hiciste.

Su rostro se ensombreció, y dejó de comer frambuesas, como si de pronto no tuviera hambre. Empecé a arrepentirme de haberle dicho nada. Si hubiera mantenido la boca cerrada, él seguiría con sus frambuesas. Feliz.

—Supongo que sí —respondió al final.

Estudié su rostro cuidadosamente.

—¿Y qué tiene eso de malo?

Me dirigió una mirada fugaz. Luego contempló la Espada Maestra, envuelta en sombras en un rincón de la habitación. Link apenas la había tocado desde que regresara de Hebra.

—Ahora me mirarán raro —dijo en voz baja—. Y si se corre la voz, será aún peor.

—¿Estás seguro de que es solo eso?

Se encogió de hombros. Y eso fue todo. Me había dado cuenta de que se comportaba de forma extraña últimamente. En realidad seguía siendo el mismo de siempre, pero algo estaba cambiando. No sabía el qué. Ya no pasaba tanto tiempo limpiando y cuidando de su espada. Ni siquiera la utilizaba más de lo necesario. Era como si no quisiera estar cerca de ella.

—¿Puedes intentarlo? —le pregunté. Él frunció el ceño, confuso, así que añadí—: Lo de brillar. Podríamos practicarlo. A lo mejor me ayuda con el poder.

Era una excusa tonta para ver qué podía hacer, pero intenté fingir que hablaba en serio. Link se puso en pie y regresó con la Espada Maestra. Se sentó de nuevo, con la hoja cruzada entre las piernas.

—Es algo nuevo. De después del Cataclismo. Lo he hecho varias veces. —Contempló la habitación—. Avísame si estoy a punto de romper algo.

—No vas a romper nada —le aseguré. El poder de la espada no era destructor como el mío. Afortunadamente.

Vaciló, con una mano cerca de la empuñadura.

—¿De verdad tenemos que...?

—Soy solo yo, Link. No voy a decirte nada.

Suspiró de nuevo. Con una mano sujetó la espada, que seguía sobre su regazo. Luego se quedó muy quieto. Cerró los ojos. Permaneció así durante unos interminables instantes. Lo único que se oía era el sonido de su respiración. Contuve el aliento cuando la espada comenzó a brillar. Era diferente al poder sagrado; la hoja desprendía un brillo plateado, como el de la luna llena. El poder siempre había sido dorado.

Observé como el brillo crecía y crecía. Tuve que cubrirme los ojos. Y casi, casi, podía oír como la espada susurraba. La luz se extendió por toda la hoja hasta llegar a su mano. Luego recorrió su brazo. Se detuvo allí. Me atreví a mirar a Link, y vi que él tenía una mueca de concentración en el rostro. Comprendí entonces que estaba controlándolo. Era capaz de controlar el poder de la espada. No se dejaba dominar, como yo.

Estuvo un rato así. No me atrevía a intervenir. Pero de pronto la mueca de concentración se convirtió en una de dolor, y decidí detenerlo antes de que la situación se le fuera de las manos.

Puse una mano sobre su brazo. El brillo no me hizo daño; era cálido como un abrigo. Él abrió los ojos y la espada cayó al suelo con un ruido sordo. La luz se apagó de golpe, y toda la habitación pareció quedar a oscuras, pese a que el fuego seguía encendido. Tuve que pestañear para acostumbrarme a la luz más tenue.

Link se frotó el brazo con una mueca.

—¿Te ha hecho daño? —quise saber.

Él negó con la cabeza.

—La he forzado demasiado.

Estudié la espada, que había vuelto a quedarse en completo silencio.

—Antes eso pasaba solo cuando había malicia cerca —observó él.

—Pero ahora puedes usarlo cuando quieras. Probablemente esto potenciará tus habilidades. Por eso los orni estaban tan sorprendidos.

—Puedo matar mejor —lo oí mascullar mientras envainaba la espada otra vez—. Genial.

Lo observé con tristeza. Había arruinado su buen humor por lo que quedaba de día y posiblemente por gran parte del día siguiente.

Sabía que eso era lo que tanto lo preocupaba. Lo que hacía que a veces se volviera silencioso y taciturno. Aquello lo mantenía despierto hasta muy tarde. Y había intentado ayudarlo. Había tratado de sacarle aquella idea de la cabeza de todas las formas que se me habían ocurrido. Pero él insistía.

—Link —empecé con suavidad—, te recuerdo que solo has matado a un hombre. Solo a uno. Y fue por protección, no a sangre fría. Los verdaderos monstruos son quienes matan a miles sin sentir ningún remordimiento. Y tú, evidentemente, no eres uno de ellos.

Él no dijo nada. Clavó la vista en las llamas. No me creía. No del todo. Y, Diosas, quería agarrarlo de los hombros y obligarlo a mirarme para que me creyera de una vez por todas. Para que dejara de torturarse con estupideces. Pero sabía que ni siquiera eso serviría de algo.

—¿Cómo consigues controlarlo? —le pregunté para cambiar de tema. Pareció funcionar.

—Es difícil —dijo—. Es parecido a empujar.

—¿Empujar? —De todas las palabras que podría haber utilizado para describirlo, aquella era la última que me habría esperado.

—Hacia dentro para mantenerlo controlado. Hacia fuera para tener poder.

Cuando yo intentaba usar el poder sagrado, aquello no tenía nada que ver con simplemente empujar. Era una verdadera batalla. Con tirones y golpes.

—El poder de la espada es muy pequeño comparado con el tuyo —añadió—. Supongo que por eso te cuesta más. Es como intentar controlar una tormenta.

—Al menos tú sí puedes hacerlo.

Él negó con la cabeza.

—Supiste controlarlo una vez, Zelda. Volverás a controlarlo ahora. Las cosas llevan práctica.

Sonreí un poco.

—Hablas como un sheikah.

Pareció confundido por un instante, aunque luego sonrió también.

—Demasiado tiempo en Kakariko.

Al día siguiente me desperté muy temprano para escribir la carta de Karud. Después me las arreglé para hacer que Link saliera de su montón de mantas en el suelo y me acompañara a enviar la carta. Le había escrito a Karud que no enviara ninguna respuesta. Que esperara un poco. No teníamos pensado quedarnos mucho más tiempo en el Poblado Orni, y no quería que la respuesta de Karud se perdiera para siempre.

Mientras recorríamos el Poblado Orni, caí en la cuenta de que todos nos miraban al pasar. Y luego susurraban. No habían hecho eso antes. Me acerqué un poco más a Link, por si acaso. Porque eso lo hacía todo un poco más fácil.

El camino hasta el lugar donde se enviaban y recibían cartas se me hizo eterno. El orni que trabajaba allí aceptó mi carta. Se nos quedó mirando con un brillo de sospecha, así que nos marchamos de allí lo antes posible. No intercambié una sola palabra con Link en el viaje de vuelta. Frente a la entrada de la posada, sin embargo, vi a uno de los orni que guardaban siempre la casa del patriarca. Nos miró con fastidio.

—El patriarca Tyto desea hablar con vosotros. Inmediatamente.

Link iba a soltar algún insulto, lo veía en su rostro. Así que me apresuré a hablar antes de que él pudiera decir nada.

—¿Por qué?

—Por enésima vez, ¿cómo voy a saberlo yo? Seguidme o habrá consecuencias.

Echó a andar sin molestarse en comprobar si lo seguíamos.

—Bastardo —escuché que gruñía Link a mi lado. Se dirigió al orni, pero lo agarré del brazo para detenerlo.

—No hagas nada —susurré—. Vamos a ver qué quieren.

—¿Que qué quieren? Te diré lo que quieren. Quieren reírse. De ti. De todos nosotros.

Me obligué a parecer segura de mí misma. En el fondo, él tenía razón. Probablemente solo querían humillarnos un poco más. Dar la última estocada para que nos marcháramos de allí.

—Eso no lo sabemos. Si ese es el caso, insúltalos todo lo que quieras. No intentaré detenerte.

Me miró a los ojos y yo le sostuve la mirada sin titubear. Todavía estaba enfadado. Y, aun así, acabó asintiendo a regañadientes. Eché a andar hacia el orni, que se había adelantado unos pocos pasos.

El patriarca nos esperaba junto a Teba, que nos saludó con la cabeza. Tyto se nos quedó mirando de forma hostil.

—Voy a ser sincero, niña —dijo al final—. Estoy harto de vosotros. De teneros por aquí y de que tú vengas cada día a atormentarme —añadió, señalándome.

—Pensábamos irnos pronto —repliqué. Por fortuna, Link permaneció en silencio.

—Y doy gracias a las Diosas por ello —dijo él—. Pero sé que no pensabais iros hasta que aceptara tu maldita propuesta. —Suspiró y le dirigió una mirada furibunda a Teba—. El Maestro Teba ha hablado conmigo. Confío en él más que en ningún otro, niña. Dice que no tienes malas intenciones.

—Nunca las he tenido.

—He decidido confiar en él. Mi pueblo ya sabe lo de vuestra reconstrucción. Podrán colaborar si lo desean. Debes saber que les he advertido que sus esfuerzos serán en vano, por supuesto.

Tenía que estar mintiendo. ¿Era alguna broma sucia? Quizás aquella era su forma de humillarnos y burlarse de nosotros. Sin embargo, cuando miré a Teba y vi que su expresión parecía sincera, supe que no era ninguna burla.

—No recibiréis más generosidad por mi parte, mocosos. Quiero que mañana a mediodía hayáis desaparecido de mi aldea. Si me entero de que seguís aquí, no dejaré que ningún orni os preste ayuda. ¿Ha quedado claro?

Vacilé un instante antes de asentir. Él sonrió.

—Bien. Ahora, fuera de aquí. No quiero volver a veros en mucho, mucho tiempo.

Obedecí en silencio, y Link me siguió al exterior. Me detuve en una plataforma, lejos de los oídos de los guardias. Luego me volví para mirarlo, aturdida.

—¿De verdad ha...?

—Creo que sí.

—Por eso todos nos miraban raro.

Reí y le di un beso en los labios sin pensar. Él trastabilló y estuvo a punto de perder el equilibrio por la sorpresa.

—Nos ha echado —dije, sonriendo—. Pero me da igual. Tengo mis voluntarios. Tendré que escribirle otra carta a Karud pronto. Por Hylia, esto soluciona tantas cosas...

Él sonreía también.

—Ese bastardo. Antes me caía bien.

—Tenemos que darle las gracias a Teba.

Y eso hicimos. Nos apresuramos a cerrar las bolsas de viaje y luego nos despedimos de todo el mundo. Le dimos las gracias a Teba. Incluso lo abracé, y él me devolvió el gesto, incómodo. Me despedí también de Amali, que me deseó buena suerte. Después me despedí de las hijas de Nyel, una a una, pese a no recordar sus nombres. Por último, me encontré con el rostro eternamente sonriente de Nyel.

—La reconstrucción me sigue pareciendo muy interesante —me dijo—. Probablemente me veáis allí, en alguno de vuestros campamentos, tocando una canción.

Sonreí.

—Te lo agradezco. La música nunca viene mal.

—De cualquier forma, algo me dice que volveremos a vernos algún día. Hasta entonces, os deseo buena suerte, princesa.

Miré a mi alrededor, pero nadie parecía haberlo oído. Maldije a Nyel en silencio. Si no era más cuidadoso, podría crearnos verdaderos problemas.

Descubrí que Vah Medoh se encontraba inactiva desde la derrota del Cataclismo, como el resto de Bestias Divinas. Se había quedado en uno de los picos de Hebra, y allí no molestaba a nadie. Lo cierto era que me habría gustado ir a investigar, pero por nada del mundo me metería en el desierto helado de Hebra. Y no arrastraría a Link conmigo.

Así que partimos al día siguiente, muy temprano. Había pocos orni fuera, de modo que no nos cruzamos con nadie. Los pocos guardias apostados frente a la entrada del poblado no intentaron detenernos. No le dimos motivos al patriarca para tomar represalias contra nosotros. Pese a todo, conseguimos que nuestra presencia se hiciera notar; al llegar frente a los guardias, reímos y hablamos muy alto, de la forma más ruidosa posible. De esa manera, ellos sabrían que dos hylianos habían salido del Poblado Orni antes del mediodía. Antes de que el sol saliera, incluso.

Y, después de eso, nos quedamos solos en los caminos otra vez. Como siempre.

Caminamos en silencio hasta la posta. Hacía frío, y las brumas del amanecer me entumecían las piernas y me hacían tropezar. No llegué a caer nunca, por suerte. Sería una verdadera desgracia que me torciera el tobillo y tuviéramos que pasar unos días más en el Poblado Orni, esperando a que me recuperara.

Cuando llegamos a la posta, seguía siendo tan temprano que el encargado ni siquiera estaba en el mostrador. Los alrededores estaban desiertos. Y no podíamos sacar a los caballos sin hacérselo saber primero al encargado de la posta.

Link resopló, gruñendo maldiciones que no quise entender. Tiró de mí hasta las ascuas de una hoguera. Las removió con la bota y luego las avivó un poco. Tomó asiento contra la pared exterior de la posta, y yo me senté a su lado, sobre la hierba fría y húmeda.

Me cubrí con la capa hasta la nariz y me pegué más a él, en busca de algo de calor. Él me rodeó con un brazo.

—¿Por qué demonios hemos salido tan temprano? —dije mientras contemplaba como el sol aparecía en el horizonte—. Teníamos hasta mediodía.

—Era solo por si acaso.

—Oh, tú todo lo haces por si acaso. Creo que te conviene saber que ahora me dejarás dormir unas horas más. Sin interrupciones.

Él no dijo nada durante un rato. Acababa de encontrar la posición más cómoda cuando Link se movió con brusquedad.

—Nada de dormir —murmuró.

Suspiré y me acomodé sobre él otra vez. No intentó resistirse.

—Deberías intentar dormir un poco también —le dije—. No sé cuánto tiempo llevas despierto.

Habíamos estado recogiendo nuestras cosas hasta muy tarde. Y luego él me había despertado unas horas después, diciendo que había que irse. Dudaba que hubiera dormido siquiera.

—Estoy bien.

—Lo que tú digas —murmuré—. Avísame dentro de un rato.

Sin embargo, cuando abrí los ojos el sol ya estaba alto en el cielo, y él roncaba suavemente sobre mi pelo. Fui yo quien tuvo que despertarlo.

—Vamos, Linky. Nada de dormir —dije, imitándolo entre risitas.

Él gruñó y se frotó los ojos. Lo arrastré hasta el mostrador de la posada, que ahora estaba ocupado, por suerte. Pagamos por la estancia de los caballos y luego fuimos hacia los establos. Viento y Calabaza estaban en la misma cuadra, limpios y bien cepillados. Calabaza me olisqueó y luego dejó que le acariciara el hocico. La oí resoplar y sonreí.

—Lo sé. Yo también te he echado de menos.

Miré a Link, que se ocupaba de Viento con mala cara. Solté una risita, y él me dirigió una mirada furibunda. Pasó una mano por la crin de Viento, que intentaba enterrar el hocico en las bolsas de viaje.

—Solo me quieres por las manzanas —lo oí decir—. Traidor.

Aun así, sacó una manzana para Viento y otra para él. Y luego otra para mí, cuando lo miré con todo el cariño del mundo y se lo pedí inocentemente.

—Creo que está enfadado porque hemos tardado más de lo normal —dije, examinando a Viento.

—Siempre hace lo mismo —masculló él mientras ajustaba la silla de Calabaza.

Me acerqué a Viento, que me olisqueó como lo había hecho Calabaza.

—A Link se le ocurrió hacer algo muy, muy estúpido. —Pasé los dedos por su pelaje suave—. Y luego las cosas se complicaron. Pero perdónalo. No fue culpa suya.

Viento bufó y rozó el hombro de Link con el hocico. Luego olisqueó su pelo, y él lo apartó, riendo.

—Gruñón —dijo entre risitas—. Diosas, eres peor que yo.

Lo observé con una sonrisa. Hacía tiempo que no lo escuchaba reír así. Y no estaba nada mal. Era incluso agradable.

Cabalgamos fuera de Tabanta, siguiendo el camino. El aire dejó de ser tan frío que sentías como se te congelaban los huesos. A medida que avanzábamos hacia el sur, se volvía un poco más cálido. Ya era por la tarde cuando nos detuvimos junto al sendero.

Contemplé las montañas de Hebra, que eran visibles a lo lejos. Link puso las manos sobre mis hombros de pronto.

—No mires ahí —dijo—. Esto es más bonito.

Hizo que girara al lado contrario, hacia el sur. Sonreí mientras contemplaba las colinas cubiertas de verde que surcaban las llanuras. Un río serpenteaba a lo lejos. No podía ser el río Hylia. No estábamos tan cerca del castillo.

Me volví de nuevo para mirarlo.

—¿A dónde quieres ir ahora? —le pregunté. Rodeé sus hombros con los brazos, y él sonrió también. Sonreía más cuando estábamos fuera, a solas, en medio de la nada.

—No lo sé.

—Quiero tomarme un descanso antes de ir al desierto. Aclararme las ideas y todo eso.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—¿Un descanso?

—Oh, ser Link, estoy agotada.

Se detuvo un momento, pensativo. Luego su rostro se iluminó, y puso una mano sobre mi mejilla.

—Creo que sé de un lugar.

—Yo también.

—Dilo tú primero.

Asentí, y después hice una pequeña pausa.

—La Meseta de los Albores —dije, y su sonrisa desapareció de golpe.

—¿La...? ¿Para qué quieres ir allí?

Fruncí el ceño.

—Para relajarme, Link. Ya te lo he dicho. No hay un lugar con más paz y tranquilidad. Nadie nos molestará.

Entornó los ojos. Me estudió con atención.

—Quieres ir allí para saber quién ha logrado subir. Para saber qué están haciendo. Diosas, Zelda, solo quieres ir allí para trabajar más.

Parecía divertido, y no molesto.

—No te rías —le dije—. Hablo en serio. Y no voy allí solo por eso, ¿entiendes? Voy porque sé que nadie nos molestará. ¿Qué lugar ibas a decir tú?

—Hatelia.

Puse los ojos en blanco.

—Ya sabes que aún no...

—Lo sé —contestó simplemente—. Y es mejor así.

—Así que ¿iremos a la Meseta de los Albores?

Lo escuché resoplar, pero acabó asintiendo. Se quejó de que estaba lejos y de que el camino hacia el desierto se haría más largo, pero no intentó insistir en volver a Hatelia.

—Espero que valga la pena —gruñó antes de montar.

Yo solo sonreí. Me aseguraría de que valiera la pena. Solo por él.

*

El viaje se me hizo más corto de lo que había esperado. Solo nos llevó una semana llegar a la Meseta de los Albores, e incluso Link pareció sorprendido. No debíamos haber calculado bien las distancias. O quizá habíamos recorrido el camino más rápido que de costumbre sin darnos cuenta. Fuera como fuese, me alegraba de haber llegado.

Link había estado de mejor humor. Me había ayudado con el poder sagrado, incluso. Había conseguido mantenerlo bajo control durante unos instantes más, aunque se me había acabado escapando, como siempre. Pero él parecía optimista y decía que estaba haciendo progresos, de modo que yo también empecé a pensar que estaba mejorando.

Además, no hubo ninguna discusión. Cuando discrepábamos en algo, lo discutíamos de forma serena y tranquila. Yo intentaba escucharlo, y él me daba espacio cuando necesitaba pensar. Y no presionaba. Deseaba poder estar así para siempre.

Encontramos una escalera en el mismo lugar en que había estado hacía cien años.

—Antes esto estaba cubierto de escombros —me dijo Link—. Deben haberlos apartado.

—Tuvo que llevarles tiempo —añadí yo.

Él suspiró.

—Esto me habría ahorrado tantos problemas...

Luego echó a andar en dirección a la entrada. Abrí mucho los ojos y tiré de su mano.

—¿Estás loco? —siseé, mirando el pasadizo oscuro.

—¿No querías entrar?

—Ni siquiera sabemos quién está ahí arriba.

—Solo hay una forma de averiguarlo.

Se dirigió a la entrada de nuevo, y esa vez no intenté detenerlo. Fui tras él, sin atreverme a soltar su mano. Guiábamos a los caballos por las riendas.

—Zelda Hyrule, siendo precavida. Ni en mil años me lo habría imaginado.

Le asesté un codazo.

—Ser Prudente siendo imprudente. ¿Quién lo diría?

Su sonrisa se hizo más amplia. Me aferré a su mano con más fuerza cuando nos adentramos en el pasadizo oscuro. Una antorcha solitaria brillaba unos cuantos escalones arriba. Link se adelantó para cogerla y luego regresó a mi lado.

Los escalones eran amplios y estaban cubiertos de tierra. Ascendimos con cuidado, hasta que la luz del sol asomó por el final del pasadizo. Tomé una bocanada de aire fresco cuando alcanzamos el exterior.

Observé lo que nos rodeaba en silencio. Hacía mucho tiempo que no visitaba la Meseta de los Albores. La última vez había sido para examinar el Santuario de la Vida con Link y los investigadores sheikah. Había pasado una eternidad desde eso.

Todo estaba en silencio en la Meseta de los Albores. Solo se oía el susurro del viento y el canto de los pájaros. Aquel lugar siempre me había parecido extraño. Estaba alejado del resto de Hyrule. Separado. Como si se hubiera quedado en otra época.

—¿Qué recuerdas de este lugar? —le pregunté a Link. No me atrevía a hablar muy alto. No quería perturbar la paz de aquel lugar aislado.

—Te sorprenderá —dijo él—, pero no recuerdo mucho. No fue hace tanto tiempo, pero es como si estuviera borroso.

—No quiero ni imaginármelo —murmuré—. Debió ser horrible.

—Pero valió la pena.

Aquel lugar parecía desierto. No empezamos a ver señales de que alguien hubiera estado allí hasta que nos acercamos el Templo del Tiempo. Encontramos restos de hogueras y pisadas entre la tierra.

No sabía por qué íbamos hacia el Templo del Tiempo. Aquel lugar siempre me había parecido lo más extraño de la Meseta de los Albores. Lo que más miedo me daba. Era un lugar de peregrinaje para los más devotos. Había estado obligada a rezar allí en numerosas ocasiones, frente a la enorme efigie de la Diosa Hylia, que era más grande que las de las fuentes sagradas. De hecho, la primera vez que había rezado, había sido en el Templo del Tiempo, cuando mi madre aún vivía.

Ascendimos una escalinata en ruinas, y fue entonces cuando vimos las tiendas. Habían montado un campamento. Era pequeño, pero seguía siendo un campamento. Y luego oímos voces procedente del templo.

Miré a Link, que se encogió de hombros. Nos dirigimos hacia allí en silencio.

Había un grupo de hylianos. No eran muchos; solo una docena. Todos llevaban túnicas grises. Se nos quedaron mirando al pasar, pero no intentaron detenernos. Observé con curiosidad que palpaban las paredes del templo, como si estuvieran buscando algo. Un hombre sostenía un papel entre las manos, y al acercarme más, vi que eran planos. Planos del Templo del Tiempo. Junto a las tiendas del campamento, descubrí carros llenos de piedra.

Nadie nos habló, así que nos alejamos de los laterales del templo, donde estaba el campamento, y regresamos a la entrada principal.

—¿Crees que van a reconstruir el templo? —le pregunté a Link en un susurro, pese a que nadie podría oírnos desde tan lejos.

—Supongo que sí —respondió él. Luego miró el campamento de reojo—. También hay niños.

Escuché sus risitas y los vi corretear a lo lejos.

—¿Quién traería niños aquí?

—No lo sé.

Cogí su mano otra vez y nos acercamos al templo. Había guardianes alrededor, cubiertos de tierra y hierbajos, y la pared exterior se había derrumbado. El cristal de las ventanas estaba roto, y el tejado había desaparecido por un lado. Había un enorme agujero en el techo.

—Aquí había antes una puerta —dije, palpando la fría piedra. Ahora estaba cubierta de enredaderas y hierbajos.

—Creo que vine aquí una vez —murmuró él—. Con mi madre.

—Yo también —repliqué—. Mi madre está enterrada aquí, ¿lo sabías?

Él asintió. Claro que lo sabía. Todos lo habían sabido, hacía cien años

—¿Quieres visitarla?

Contemplé los alrededores del templo, que ya no eran más que ruinas laberínticas y piedra caída. Negué con la cabeza.

—No sé dónde está —respondí—. Ni siquiera podría encontrarla ahora.

Link asintió de nuevo y tiró de mi mano para llevarme al interior del templo. Seguía siendo amplio, tanto como lo recordaba. Si cerraba los ojos, aún podía ver la luz del sol colándose por los cristales de las ventanas; los bancos en los que se sentaban las sacerdotisas que me supervisaban mientras rezaba. También recordaba la dura y fría piedra bajo mis rodillas, que me dejaba rasguños y magulladuras durante días.

Ahora el suelo estaba cubierto de escombros y el templo estaba vacío. Lo único que seguía igual era la efigie de la Diosa, que descansaba en su altar.

Cuatro mujeres vestidas con túnicas blancas rezaban junto al altar. Nos detuvimos allí, escuchando sus murmullos lejanos.

Por fin, una se dio la vuelta y avanzó en nuestra dirección con las manos unidas en el regazo.

—Bienvenidos —dijo, y su voz era suave como un susurro—. ¿Puedo ayudaros en algo?

—¿Qué es esto? —quise saber. Al instante me arrepentí. Debí haber sonado muy brusca, incluso insolente. Sin embargo, la mujer no pareció darse cuenta. Tan solo sonrió. Un poco.

—Sacerdotisas de la Luz —respondió—. Entregamos nuestra vida a las Diosas.

Miré a las otras tres mujeres, también vestidas de blanco. Ellas seguían inmersas en sus plegarias.

—Nunca había oído hablar de eso —murmuré.

—Sois bienvenidos —dijo ella—. Nos retiraremos pronto.

Había algo en su rostro que me daba escalofríos. Parecía esculpido en piedra. Solo sonreía. Como las estatuas de la Diosa Hylia. Las sacerdotisas que me habían acompañado hacía cien años no eran así. Se enfadaban y me miraban con decepción, como todos los demás.

—Que la Diosa ilumine vuestro camino —añadió. Luego se inclinó y regresó junto al resto.

Miré a Link, que se encogió de hombros. Mientras esperábamos, un rincón bañado por la luz del sol llamó mi atención. Me acerqué despacio y descubrí que se trataba de un altar más pequeño. Era sencillo y rudimentario, hecho en piedra. Podría camuflarse con el suelo si uno no prestaba atención.

Me arrodillé frente al altar. Intenté apartar la hierba para leer lo que había tallado en la piedra. Era hyliano antiguo, y las inclemencias del tiempo lo habían vuelto casi incomprensible.

—Oh, disculpadme —dijo una voz a mi espalda. Me volví para ver a una sacerdotisa. No era la misma que se nos había acercado antes—. Aún no hemos arreglado esta parte del templo.

—¿Qué dice? —quise saber.

La mujer entrelazó las manos frente al rostro e inclinó la cabeza.

—Este es el descanso final del último rey de Hyrule —dijo—. Que las Diosas sonrían sobre él y lo acojan con los brazos abiertos.