LINK

Aquello ni siquiera parecía una tumba. No sabía mucho sobre tumbas, pero por lo poco que había visto, la tumba de un rey no debería parecerse tanto a un feo montículo de piedra.

Pero eso no era importante, en realidad. A Zelda debía parecerle una tumba de verdad, porque tenía los ojos fijos en ella. Le dio las gracias a la sacerdotisa, que seguía mirándonos, sonriente, y se puso en pie de un salto. Cruzó el templo en unas pocas zancadas, tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de seguirla. Cuando la alcancé, ella ya estaba fuera.

—Pensaba que querías rezar —le dije. Ella siguió andando, sin darse la vuelta para mirarme.

—¿Rezar? —replicó, y su voz sonaba extraña—. Ni en mil años querría sentarme ahí a rezar otra vez.

No intenté andar a su lado. Sabía que ella no quería que le viera el rostro. Por si se le escapaba alguna lágrima. Aunque no creía que fuera a perder el control de esa manera. No a plena luz del día, bajo la posible mirada de cualquiera.

—No me refería a rezar de esa forma.

—Entonces vete tú, si tanto te apetece.

Estaba peor de lo que había creído. Sin embargo, decidí guardar silencio. Manejar el dolor siempre le había resultado difícil. Y ella decía que pensaba mejor cuando todo estaba en silencio.

Así que dejé que se adelantara y anduviera sin rumbo durante un rato. No me dirigió la palabra y yo no traté de hablar con ella. Cuando se adentró en un bosque, cogió la piedra sheikah y empezó a tomar imágenes de los frutos que crecían en los árboles y los arbustos. La mayoría eran solo bellotas, y esas estaban en el resto de Hyrule, pero a ella no parecía importarle. Luego fingió que comía bellotas, posiblemente para que no me preocupara por ella y la dejara en paz. Y, por la tarde, como no le apetecía hablar con nadie, cogió mi arco y se marchó hacia las profundidades del bosque. No intenté ir tras ella. Sabía que estaría a salvo. La espada no me avisaba de que hubiera malicia cerca, y ya no había monstruos.

Aun así, decidí no alejarme demasiado, por si se le ocurría intentar alguna locura, como cazar uno de esos enormes jabalíes que cargaban contra ti cuando se enfadaban. Monté el campamento y después me acerqué al límite del bosque. Desde allí podía distinguir a los hylianos que se encontraban junto al Templo del Tiempo. No me había fijado en ellos antes. Quizá podría reconocer a algunos. Seguía sin entender cómo alguien querría reconstruir aquel edificio olvidado por encima de una aldea segura donde vivir. Todo el mundo estaba demasiado asustado todavía para subir a la Meseta de los Albores.

Por otra parte, aquellas sacerdotisas eran extrañas. No se parecían a las que recordaba, las que había existido hacía cien años. Las de ahora eran rígidas y silenciosas, por lo poco que había visto. Aún se adoraba a Hylia, incluso después del Cataclismo, pero nunca se había necesitado una orden de sacerdotisas. Hasta ahora, claro.

Zelda regresó con varios conejos. Parecía enfadada, aunque si yo hubiera cazado tantos conejos como ella, estaría eufórico. Tenía hojas secas enganchadas en el pelo, pero no quise decirle nada. Probablemente eso era lo que menos le importaba en aquel momento.

Tomó asiento sobre un tronco de árbol roto y se quedó mirando las llamas de la hoguera fijamente. Eso mismo hacía yo cuando estaba de mal humor. Supuse que se le habría pegado la costumbre.

—No está nada mal —le dije, examinando los conejos—. Podríamos hacer buenos guisos con esto.

Ella sonrió, aunque pareció una mueca de dolor. Y el dolor era lo único sincero en todo aquello.

El crepúsculo comenzaba a caer, e iba a ser una noche larga. Lo presentía. Las voces y sonidos provenientes del templo ya se habían apagado. Ahora era visible el humo de varias hogueras en la lejanía, aunque eso era todo.

Avivé el fuego y le pedí a Zelda el cuchillo para despellejar un conejo. Ella se me quedó mirando, sin mover un solo músculo.

—¿No tienes hambre? —le pregunté.

—No —respondió—. Creo que me iré a dormir.

Ojalá fuera capaz de dormirse. Ojalá no tuviera pesadillas ni se pasara la noche dando vueltas y más vueltas. Tener que verlo era más doloroso de lo que parecía.

Ella fue fiel a su palabra y, pocos instantes después, estaba hecha un ovillo entre las mantas, dándome la espalda. A propósito, claro. Pese a ello, seguí haciendo el guiso tranquilamente. A diferencia de Zelda, yo sí tenía hambre, y ella también la tendría. Quizá no aquel día, pero al siguiente sí.

Cuando acabé con el guiso, era ya noche cerrada. Guardé todo lo que había sobrado para Zelda. Luego me acerqué a ella y me arrodillé a su lado.

—¿Sigues despierta? —le susurré—. ¿Estás segura de que no tienes hambre?

Ella permaneció muy quieta, y supe que no dormía. Cuando dormía de verdad, nunca se quedaba quieta. Se movía más que estando despierta.

—Zelda —seguí insistiendo. Le aparté un mechón de pelo rebelde del rostro—, al menos inténtalo. Te hará bien. Creo que aún está caliente.

Siguió en silencio. Al final, suspiré, le di un beso en la frente y me marché al otro lado de la hoguera. Empecé mirando las estrellas, aunque no era lo mismo sin ella. Y lo peor era que de pronto una nube gris oscureció el cielo. Resoplé y avivé el fuego otra vez.

No fue hasta medianoche que Zelda decidió ponerse en movimiento. Fingí que dormía mientras ella se ponía en pie silenciosamente y se alejaba del bosque de puntillas. Lo hizo bien, incluso en la oscuridad absoluta; no pisó ni una sola hoja seca. Tal y como le había enseñado.

Una vez se hubo marchado, volví a sentarme junto al fuego. Me debatí entre ir a buscarla o dejar que regresara por sí misma. No estaba preocupado. No del todo, al menos. Los hylianos no me habían parecido peligrosos. Si lo fueran, la espada me lo habría advertido. Lo que más temía era a aquel grupo de sacerdotisas. Esperaba que el templo estuviera vacío a aquellas horas de la noche.

Removí el fuego con un palo. Sería incapaz de dormir hasta que ella regresara, así que ¿para qué intentarlo? Esperé y esperé, solo junto al campamento, durante casi una hora. Fue entonces cuando me puse en pie y decidí ir a buscarla. Se enfadaría al verme llegar, por supuesto, pero no me dejaría amedrentar por ella.

Yo tampoco pisé hojas secas. Salí del bosque en silencio. Todo estaba en sombras. La luna había quedado oculta por las nubes, así que ya no iluminaba. Intenté no tropezar con nada mientras recorría el camino hasta el templo. Seguía recordando el sendero, pese a que los días que había pasado en la Meseta de los Albores me parecían muy, muy lejanos. Y algo me decía que Zelda había vuelto al Templo del Tiempo. La otra opción era el Santuario de la Vida, pero esperaba que no hubiera vuelto allí. No me apetecía verlo de nuevo.

Me vi obligado a pasar por delante del campamento. Las hogueras seguían encendidas, y todavía había unos pocos fuera. Me miraron fijamente al pasar, aunque no susurraron entre ellos. Me preguntaba aún si de verdad querrían reconstruir un lugar como el Templo del Tiempo. Su propósito se había perdido con el paso de los siglos, e incluso hacía cien años no había sido más que un montón de ruinas de épocas pasadas. Cierto, se conservaba en buen estado, aunque eso no dejaba de convertir aquel templo en simples ruinas. O eso decía Zelda.

Estaba ya cerca de la escalinata que precedía al templo cuando choqué contra algo y escuché un ruido sordo.

—Mira por dónde vas —gruñó el hombre con el que había tropezado. Bajo la débil luz de la luna, parecía un anciano—. ¿Estás ciego, mocoso?

Recogió algo metálico que había caído al suelo. Iba a disculparme, pero justo entonces él negó con la cabeza y se marchó, mascullando para sí. Observé como se alejaba en silencio. Por Hylia, ¿por qué todos los viejos tenían que ser iguales? Se quejaban, refunfuñaban y decían cosas que nadie comprendía. O al menos yo no lo hacía.

Decidí seguir avanzando. Algunos se me habían quedado mirando tras chocar contra aquel anciano, pero me dispuse a ignorarlos. Al fin y al cabo, pronto perderían el interés en mí. Era lo que siempre ocurría.

Zelda estaba en el interior del templo. Todo estaba cubierto de sombras salvo por un rincón apartado, donde brillaba una antorcha. Seguí la luz débil y temblorosa y llegué hasta el altar del rey. Me arrodillé junto a Zelda, y ella no dijo nada, aunque debía haberse dado cuenta de mi presencia.

Tenía los ojos clavados en el altar. En aquellas palabras escritas en el incomprensible hyliano antiguo. Para mi sorpresa, se mostraba firme. No había una sola lágrima en sus ojos.

—¿Cómo podemos saber si es verdad? —murmuré al final. Sonó fuera de lugar en aquel templo silencioso—. Podrían haber mentido. Podría haber sido un error...

—No —repuso ella—. No. Es la suya. Lo sé.

Confiaba en ella. No se dejaría engañar tan fácilmente de algo tan importante.

—Debieron ser los sheikah —dijo, pasando los dedos por las letras talladas en la piedra. A su paso tuvo que apartar hierba y tierra—. Los últimos que estuvieron aquí. No sé dónde murió mi padre, pero ahora está aquí. Justo aquí.

Apartó la mano, y ambos guardamos silencio durante un rato.

—¿Qué harías si supieras el lugar donde está enterrado tu padre? —me preguntó—. ¿O si te toparas por casualidad con su tumba?

Vacilé. No me había esperado aquello. Nadie debería haber hablado de mí. Estuve tentado a no responder, pero luego vi que Zelda me miraba con los ojos verdes muy abiertos. Esperando.

—No lo sé. Iría a visitarlo. Le dejaría algo que le gustara. Es lo que hacen los demás.

Zelda asintió. Rebuscó en su zurrón hasta encontrar una Princesa de la Calma. La sostuvo entre las manos. Desprendía un suave brillo azulado. Había oído que era una de las raras flores que producían luz cuando solo había oscuridad.

—A mamá le gustaban las Princesas de la Calma —dijo ella en voz baja—. Nunca llegué a llorarla, ¿sabes? Seguro que ya lo habías oído. —Dejó la flor sobre el altar—. Me dijeron que no podía llorar. Así que no lo hice.

Me miró, y la llama de la antorcha se reflejaba en sus ojos. Aun así, parecían extrañamente apagados.

—Tampoco he llorado a mi padre —susurró—. Ni siquiera he querido pensar en él. Aunque hay veces en las que me gustaría tener su consejo. Me gustaría saber si está orgulloso. Y no me digas que lo está, Link, porque no hay forma de saberlo.

Ella guardó silencio, y yo también. Duró un largo rato, hasta que empezó a volverse doloroso.

—Puedes llorarlos —le dije—. A los dos.

—¿Ahora? —susurró de nuevo—. Ya es tarde para...

—Nunca es tarde.

Se me quedó mirando con una expresión indescifrable. Y luego asintió despacio, parpadeó para contener las lágrimas y se derrumbó sobre mi hombro. La sostuve con cuidado, porque no quería hacerle daño. Ya sufría bastante. Procuré que no pudiera ver el altar; por suerte, ella estaba justo de espaldas a él.

La escuché sollozar. Era un sonido roto, bajo y apagado. Sus lágrimas me empaparon el hombro de la túnica, pero no me importó. Seguí abrazándola, cerca, muy cerca, porque ahí era donde necesitaba estar. Y ambos lo sabíamos.

Pasó un largo rato hasta que su llanto empezó a calmarse. Podrían haber sido horas. No estaba seguro, pero si ella se sentía mejor, había valido la pena.

—Zelda —susurré cuando solo pude oír sus sollozos entrecortados—, vámonos.

—¿A-a dónde...?

—Al bosque —respondí. Le sequé las lágrimas de las mejillas—. Puedo encender un fuego. Seguro que las mantas aún están calientes. Y también te he guardado algo de cena.

—No tengo hambre —murmuró, y luego sorbió por la nariz.

—Nada de comer —asentí yo—. Pero al menos podrás dormir sin pasar frío.

Se lo pensó un momento y luego asintió despacio. La cogí de la mano y la ayudé a ponerse en pie. Recorrimos el camino de vuelta al bosque lo más rápido posible. Zelda no dijo nada. En ocasiones se le escapaba algún sollozo, pero sabía que intentaba contenerse. Por suerte, el bosque no estaba muy lejos del templo.

Avivé el fuego mientras ella se dejaba caer sobre el suelo. Pareció encogerse, abrazándose las rodillas, y me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no la veía así. O quizá nunca la había visto así, en realidad. Estaba asustada, y lloraba por la familia que había perdido. Nunca debía haberla tenido. Me pregunté si recordaría a su madre mientras se acurrucaba contra mí entre sollozos. Yo recordaba poco de la mía. Y había sido mayor que ella cuando murió.

Era injusto. Terriblemente injusto. Tendría que haber crecido sintiéndose querida. Estaba seguro de que su padre la había querido, pero tal vez no lo suficiente.

Zelda tenía razón cuando decía que yo era lo único que le quedaba. Nunca había pensado que era verdaderamente cierto, pero ahora lo veía muy claro. Y sería su familia sin pensármelo dos veces, si ella me lo pidiera.

Quise decírselo, pero no podía hacerlo aquella noche. Aquella noche, ella lloraba a su familia.

Lloró hasta dormirse. Y, al día siguiente, alguien me despertó de una patada. Al principio pensé que había sido Zelda; ella solía moverse por las noches, y no sería la primera vez que me asestaba una patada sin querer. No obstante, cuando a los pocos instantes volví a sentir otro golpe, esa vez más fuerte, decidí empezar a preocuparme.

Una sombra se alzaba sobre nosotros. Tanteé sobre la hierba, buscando la espada. Vi al anciano de la noche anterior, aunque no le presté atención. Seguí buscando. Pero no vi a nadie más.

—Baja esa espada, mocoso.

Lo miré. Lo miré de verdad. La espada estuvo a punto de caérseme al suelo. Sus ojos eran claros. Y había algo que me resultaba tan, tan familiar... Y aun así era incapaz de distinguir el qué, pese a lo mucho que me esforzaba.

—Diosas, debes de estar aún más sordo que yo. Baja esa espada. Yo también voy armado.

Lo miré de arriba abajo.

—¿Dónde?

Sonrió. Y cien recuerdos se revolvieron en mi memoria. La peor parte era que dolía.

—Te sorprendería. Además, no tendrías ninguna oportunidad contra mí.

Bajé la espada con lentitud. Zelda se frotó los ojos, sobre la hierba. Nos miró, confundida. El anciano había dejado de sonreír.

—Os he dejado pasar aquí la noche como gesto de generosidad. Ahora fuera de mi bosque.

Zelda se puso en pie despacio. La sostuve con cuidado, porque al parecer le temblaban las piernas. Debía dolerle la cabeza. Me compadecí de ella en silencio.

—¿Tu bosque?

—Sí, mocoso. Mi bosque. Aquí vivo yo.

—¿Dónde? —inquirí, mirando a mi alrededor.

—Tengo una cabaña dentro del bosque —replicó él.

—Eso no lo hace tuyo.

Se limitó a fruncir el ceño. Luego dio un paso en nuestra dirección.

—Fuera de mi bosque. No volveré a repetirlo.

Zelda tiró de mi brazo, así que acabé obedeciendo. Anciano insufrible. Debía estar loco. Desde luego no parecía muy cuerdo, precisamente. Recogimos nuestras cosas bajo su atenta mirada y luego nos fuimos de allí a toda prisa. Conocía otros lugares donde pasar la noche. Y todos eran mejores que aquel bosque.

No tuvimos que andar mucho. Encontramos un rincón rodeado de rocas. Estaba muy cerca del bosque, y desde allí podíamos ver el templo. Incluso había un manzano cerca. Una de las muchas razones por las que era mil veces mejor que el lugar donde habíamos montado el campamento la noche anterior.

—¿Link? —murmuró Zelda—. ¿Quién era?

—No lo sé. Un viejo idiota.

—¿No lo conocías?

—Claro que no.

—Ah —dijo ella—. Lo mirabas como si lo conocieras.

La observé, confundido, pero ella no me prestaba atención ya. Tenía la vista clavada en el templo. Aquel anciano no me sonaba de nada. Nunca lo había visto. En ninguna aldea, y mucho menos en alguna posta. Era cierto que había algo en él que me resultaba familiar, pero muchas cosas me resultaban familiares todo el tiempo. Normalmente no significaban nada. Aquello no tenía por qué ser una excepción.

—¿Podemos volver al templo? —me preguntó ella.

Seguía sin mirarme. Contemplé el templo también. Se oían voces provenientes de aquella dirección, y el movimiento era visible entre los arbustos.

—Ahora estará lleno, Zelda.

—No quiero ir de noche —replicó—. Prefiero hacerlo ahora. Seré rápida.

Tenía los ojos hinchados de llorar, pero parecía firme en su decisión. Y, si era lo que quería hacer, yo no iba a impedírselo.

—Con una condición —le dije—. Comerás algo antes.

Me dio la sensación de que sonreía, aunque fue algo fugaz. Despareció tan pronto como había llegado. Pero fue suficiente.

Se comió dos manzanas. Era la primera vez que se comía dos manzanas seguidas en mi presencia. Supuse que tendría hambre. No había cenado la noche anterior. Aun así, se me escapó una risotada, y ella enrojeció al darse cuenta del motivo.

Cuando terminó, la acompañé al Templo del Tiempo. Al parecer, las obras habían empezado. Debían estar reconstruyendo de verdad porque no parecían querer derribar nada. El campamento era un caos, sin embargo, a pesar de que había tan pocos hylianos. Tuvimos que abrirnos paso casi a la fuerza.

Zelda lo observaba todo con una expresión indescifrable. No era alegría ni tampoco tristeza. No debía de saber qué pensar de todo aquello, igual que yo. Ni siquiera sabíamos con certeza cuáles eran los planes de aquella gente.

Pese a todo, logramos abrirnos paso hasta el templo. Las sacerdotisas que habíamos visto el día anterior rezaban junto a la efigie. Zelda se acercó sigilosamente al altar del rey y se arrodilló allí. Yo permanecí en la entrada del templo. Ella tenía que hacerlo sola. No me necesitaba para despedirse de su familia.

Al cabo de un rato, ella se puso en pie de nuevo. Avanzó en mi dirección, y vi que había dejado otra flor junto al altar. Cogió mi mano y salimos de allí sin ser vistos. No había rastros de lágrimas en sus mejillas.

Me propuso ir al Monte Hylia, pero me negué al instante. No quería volver a sentir un frío parecido al de Hebra en mucho tiempo, si podía evitarlo. Así que anduvimos sin rumbo, porque al parecer ella no quería volver al templo aún. Me sorprendió que no quisiera ir al Santuario de la Vida. Se trataba del único santuario al que podíamos acceder ahora.

—No voy a hacerte eso, Link —murmuró mientras examinaba una flor, después de que yo le contara lo que pensaba—. No voy a hacerte ir allí otra vez.

—No me importa.

—Afortunadamente, a mí sí. Da gracias por que uno de los dos no sea idiota.

Aquello no me molestó, por extraño que pareciera. Volvía a parecerse a ella misma, a quien había sido siempre. Eso era una buena señal.

—¿No quieres saber qué están haciendo en el templo? —le pregunté.

Zelda arrugó la nariz.

—Ahora no —respondió mientras se sentaba sobre la hierba—. No tengo las energías suficientes.

Me senté a su lado. Ella miraba al horizonte, al resto de Hyrule.

—No recordaba lo grande que era este lugar —dijo ella.

—No es tan grande, en realidad. Es solo una meseta.

Ella puso los ojos en blanco.

—Oh, Link. Qué poco tacto tienes.

—Es verdad —mascullé—. Necluda es más grande que esto.

Zelda guardó silencio. El sol arrancaba destellos en su pelo. Cuando movió la cabeza para mirarme y me pilló observándola como un idiota, decidí no darle importancia.

—Gracias por lo de anoche —dijo ella—. Seguro que te he arruinado la túnica.

Dejaría que me arruinara todas las túnicas con tal de hacerla feliz, pero eso no se lo dije. Quedaría como un crío inmaduro si lo hiciera.

—No importa —respondí en cambio.

—Sí que importa. Tú siempre consigues ayudarme. Intento devolverte el favor cuando lo necesitas, pero sé que nunca es suficiente.

—No tienes que devolverme ningún favor. —Hice una pausa—. Y te sorprendería saber que sí es suficiente. Más que suficiente, en realidad.

Me miró con los ojos muy abiertos.

—¿No lo dices para que me sienta mejor?

—Sabes que no. No sé mentir, Zelda.

Sonrió. Diosas, sonrió de verdad. No había nada más bonito que su sonrisa, o eso me parecía a mí. Había echado de menos verla sonreír, pese a que solo hubiera sido una noche.

—Está bien —dijo—. Te creo.

Decidimos regresar al templo después del mediodía. Todos estaban sentados cerca de las tiendas. Supuse que estaban haciendo una pausa. No divisé al anciano allí, sin embargo. ¿Por qué debería estar allí, de todas formas? Nos había dejado muy claro que vivía en el bosque.

Guardaron silencio cuando nos detuvimos cerca del círculo. No nos dirigían miradas hostiles, pero tampoco nos daban la bienvenida.

—¿Podemos haceros algo de compañía? —dijo Zelda. Ella era valiente. Yo jamás me habría atrevido a hablar en medio de un silencio tan tenso como aquel.

Algunos asintieron. Otros se mantuvieron inmóviles. Tomamos asiento junto a una mujer que nos ofreció un cuenco de lo que estaban comiendo. Ninguno de los dos hizo algún ademán de comer. No todavía.

Zelda carraspeó, llamando la atención de todos otra vez. Forzó una sonrisa cuando las miradas de los demás estuvieron sobre ella.

—Hemos llegado aquí por casualidad. No sabíamos que se podía entrar a la meseta —mintió. Ambos habíamos sabido muy bien que al acceso se encontraba abierto—. ¿Habéis apartado vosotros los escombros?

Algunos asintieron. Otros se limitaron a gruñir.

—Fue un trabajo duro, de varios meses —dijo un hombre.

—¿Por qué? ¿Qué buscáis aquí?

La mujer que teníamos al lado frunció el ceño.

—Este es un lugar sagrado, niña. No podíamos dejar que se quedara eternamente en ruinas. Que a vosotros no os importe no significa que todos opinemos de la misma forma.

—A mí me importa —replicó Zelda—. De hecho...

Pero no la dejaron explicarse, y perdió su oportunidad.

—Seguro que habrás oído hablar de las leyendas, niña. Tu madre te las contaría antes de dormir. No solo está el Templo del Tiempo. Aquí también está el elegido hyliano. En algún lugar de esta meseta. En ese Santuario de la Vida.

—Si no ha despertado ya —rio un hombre corpulento—. Alguien debe de haber sellado al monstruo del castillo.

Escondí la Espada Maestra entre los pliegues de la capa.

—¿Estáis reconstruyendo el templo?

—Es un proyecto ambicioso, pero tenemos paciencia.

Zelda me miró mientras los demás hacían gestos de asentimiento. Hice una mueca. Eran demasiado pocos. Reconstruir un edificio como el Templo del Tiempo les llevaría mucho, mucho tiempo. Y eso si tenían los recursos necesarios. La Meseta de los Albores era un lugar pequeño y aislado.

—Mucha gente no se atreve a venir hasta aquí —dijo ella cuando los murmullos se apagaron.

—Esos son solo críos asustadizos. Creen en las historias falsas. Pero ya ni siquiera hay monstruos.

—¿Y las sacerdotisas del templo?

—Se han ofrecido a acompañarnos. Viajarán por Hyrule dentro de poco para animar a los demás a peregrinar hasta el Templo del Tiempo, como era costumbre antaño.

Zelda siguió haciendo preguntas. Cuando quiso saber de dónde sacaban los materiales de construcción, ellos dijeron que ya los llevaban consigo, y que si se agotaban buscarían más en la propia meseta. Si eso no era suficiente, bajarían y buscarían en el centro de Hyrule, por el que nadie pasaba nunca. Les preguntó de dónde venían, y la mayoría respondió que de la aldea Hatelia. Otros eran viajeros perdidos que buscaban un lugar donde quedarse y que se habían encontrado con aquel grupo en los caminos por casualidad.

—Creo que sé de algo que os podría interesar —dijo Zelda al cabo de un rato, cuando hubo terminado sus preguntas. Me acomodé sobre la hierba, porque aquello iba a ser largo—. Hay un grupo de constructores en Hatelia, seguro que los conocéis.

Algunos se miraron. Otros rieron.

—Ah, sí —dijo de nuevo la mujer sentada junto a nosotros—. Esos incompetentes. Cuando les hablamos de lo nuestro no quisieron ayudarnos. Dijeron que reconstruir el Templo del Tiempo es algo inútil.

—Ahora se dedican a reconstruir puentes y aldeas. ¿Es eso lo que nos quieres decir, niña?

Zelda se mantuvo firme, pero no dijo nada. Eso fue suficiente.

—¿Trabajas para él? —dijo el hombre corpulento—. Ni te molestes en pedírnoslo. No vamos a prestarle ayuda a ese ladrón.

Hubo murmullos de asentimiento. Zelda me miró de nuevo y suspiró. Ahí se iba un posible acuerdo. Y todo por culpa de Karud. Intentó convencerlos hablándoles de todo el apoyo que habíamos obtenido, pero nada funcionó. Nos fuimos de allí un poco más tarde.

—No es tan grave, en realidad —suspiró Zelda mientras tomaba asiento sobre una roca—. Ya tenemos apoyo. Materiales. Incluso rupias. No pasa nada si una docena de hylianos no quieren ayudarnos.

—Es todo culpa de Karud —mascullé—. Tendrías que haber empezado la reconstrucción tú sola. Sin su ayuda.

—No es culpa suya. Además, tiene razón. ¿Quién querría reconstruir este lugar? Nadie lo pisa desde hace un siglo. Muchos ni siquiera sabrán que existe.

Le di la razón a regañadientes.

—Debería habérselo pensado mejor —repuse—. Yo lo habría hecho. Habría visto aliados.

Zelda sonrió por segunda vez en aquel día.

—Empiezas a pensar como todo un estratega, Linky.

Oh, y me llamaba Linky. Estaba de mejor humor de lo que había esperado, después de la noche anterior.

—Siempre lo he sido.

—Yo no estaría tan segura.

—Supongo que te sientes mejor —le dije.

Su rostro se ensombreció un poco, pero siguió sonriendo.

—Creo que sí. Y todo gracias a este sol. El sol puede llegar a tener propiedades curativas, Link.

Sonreí también.

—¿Solo gracias al sol?

—Supongo que tú también has ayudado.

Los ojos le brillaban, y no era por las lágrimas. De eso estaba seguro.

Me arrodillé frente a la roca para ponerme a su altura. Ella me rodeó los hombros con lentitud.

—Me alegro de que no estés triste —le susurré, pasando un dedo por su mejilla. Por allí habían caído lágrimas la noche anterior. Ella suspiró.

—Debe de ser magia o algo así.

—¿El qué?

—Lo que consigues hacer cuando estoy triste. Debo de haberte dicho esto antes, pero siempre has sido el único que consigue hacer cosas así.

Me encogí de hombros. Aún tenía los ojos ligeramente hinchados, pero sonreía. Y era perfecta.

—Es uno de mis muchos talentos —respondí.

Se le escapó una risita, y nunca había oído un sonido mejor. La besé en los labios con cuidado y me separé unos pocos instantes después porque no quería abrumarla, pero de pronto ella tiró de mí y me besó de nuevo. La atraje en mi dirección y sentí sus manos en mi pelo. La alcé en volandas. A ella se le escaparon más risitas. La dejé sobre la hierba.

—No creo que este sea el lugar más apropiado para... —Se interrumpió cuando le hice cosquillas y tuvo que reírse.

—Al infierno.

—El templo...

—El templo se puede ir al infierno también.

Estábamos divirtiéndonos de verdad por primera vez en semanas cuando escuché pisadas que se acercaban. Me separé de ella a regañadientes, y descubrí que se trataba del mismo anciano de aquella mañana. Regresaba del templo con leña cargada al hombro. Se nos quedó mirando y no tardó mucho en empezar a negar con la cabeza y a mascullar para sí. Se alejó hacia el bosque, que no estaba muy lejos.

—Empiezo a creer que nos está siguiendo a propósito —dije.

Aquel anciano no tenía pinta de miembro del clan Yiga. Podían disfrazarse, pero siempre había algo que no parecía natural. Y, además, la espada me advertiría en caso de necesidad.

—¿Cuántos años crees que tiene? —le pregunté a Zelda.

—No lo sé. Menos que Impa, seguro. Así que no puede tener más de cien años.

Vacilé por un instante. Al final, decidí contárselo, aunque fuera una tontería y una pérdida de tiempo.

—Hay algo en él que me resulta familiar —dije, tan bajito que Zelda solo me oyó porque estábamos muy cerca.

—¿El qué? —quiso saber ella.

—No lo sé. Es extraño.

—A mí no me suena de nada —dijo—. A lo mejor se parece a alguien a quien ya conoces.

Me encogí de hombros. Esperaba que tuviera razón. No quería llevarme más sorpresas desagradables. Ya había recibido suficientes.

Zelda observó como el anciano se perdía por el sendero. Luego se dejó caer sobre la hierba con un suspiro.

—No sé qué voy a hacer —murmuró.

—¿Con qué?

—Con todo. Un reino no funcionaría, ¿verdad?

Hice una mueca. Ella esperaba mi respuesta, y querría sinceridad. Pero no quería hacerle daño con la verdad.

—Lo veo difícil —respondí con lentitud.

—Puedes decir que no, Link. No voy a ofenderme. Yo ya lo sé.

—Creo que por ahora es difícil —respondí—. Pero podrías cambiar eso.

Se le escapó un carcajada, aunque no sonó muy alegre.

—¿Cómo? Todo el mundo va por su lado. Ni siquiera me aceptarían a mí como reina, y nadie más tiene interés en gobernar.

Reflexioné sobre sus palabras durante un rato. No era ningún experto en cosas como aquella. Pero si quería mi opinión, la tendría.

—Bueno —empecé con cuidado—, no tienes por qué ser reina. Puede que haya otra solución.

—Ya me dijiste eso una vez —replicó ella—. ¿De qué solución hablas, Link?

—Eso no lo sé. Tendrás que averiguarlo tú.

La escuché gruñir, frustrada.

—Yo tampoco lo sé.

—Vamos, Zelda. Eres inteligente. Seguro que se te ocurre algo.

Ella no dijo nada. Se quedó mirando fijamente las nubes que cubrían el cielo, aunque casi podía oír sus pensamientos.

—Los hylianos no tenemos por qué gobernarlo todo —murmuró con lentitud, como si estuviera considerando cada palabra—. Tal vez podría haber un gobierno unificado. Parecido al concilio que antes tenía mi padre, pero más importante. Así cada uno seguiría siendo independiente, pero compartiría un propósito común.

Me mantuve en silencio, porque ella seguía pensando. Lo veía en su ceño fruncido. Arrugó la nariz y negó con la cabeza.

—No, es estúpido. Nadie aceptaría.

Seguí en silencio. De pronto abrió mucho los ojos y se incorporó, mirándome.

—¿Crees que es estúpido?

Negué con la cabeza, sonriendo un poco. A ella le brillaban los ojos otra vez.

—Es una solución —dijo—. Diosas, podría funcionar. ¿Y si funcionara? Tendría que detallar algunas cosas, pero podría ser algo justo para todos. —Sonrió—. Y no tendría que ser reina.

Podría ser libre de hacer lo que quisiera. Y, si acababa gobernando, la responsabilidad no sería solo suya.

Estuvo de buen humor durante el resto del día. Visitó el campamento de constructores de nuevo y observó como trabajaban. Incluso habló con algunos. No intentó convencerlos de que se unieran a la reconstrucción, sin embargo, y tenía la sensación de que ambos lo preferíamos así. Toda la ayuda sería bienvenida, claro estaba, pero si aquel grupo quería reconstruir un templo y no una aldea, no íbamos a impedírselo. Y menos aún si ellos no habían recibido ayuda alguna de Karud cuando la necesitaron.

A la mañana siguiente, Zelda regresó al campamento. Estuve con ella hasta el mediodía, cuando quise salir de allí para explorar. Ella todavía estaba ocupada con los constructores, así que la avisé de que me marchaba.

Todo se quedó en silencio cuando me alejé del templo. Por allí no había tiendas ni parecía vivir nadie. Llegué al bosque donde habíamos pasado la primera noche por casualidad. Seguramente el anciano estaría por allí, pero decidí quedarme. El bosque no era suyo, por mucho que insistiera.

Divisé uno de esos jabalíes peligrosos a varios pasos de donde yo estaba. Saqué el arco con cuidado. Zelda se enfadaría si me veía con un jabalí, y probablemente me llamaría temerario. Siempre le decía que no se acercara mucho a ellos.

Me escondí detrás de un arbusto y saqué una flecha. Apunté con mucho cuidado. Si no acertaba, el animal huiría. O cargaría contra mí y me atravesaría hasta las entrañas de un golpe. Nos quedaríamos sin cena de una forma u otra. Me llevé la flecha hasta la mejilla. Esperé, observando como pastaba sin dar señales de haberme visto.

—¿Otra vez en mi bosque? —dijo una voz a mi espalda.

Me sobresalté y dejé escapar la flecha. Se clavó en una de las patas del jabalí, pero el animal huyó, perdiéndose en el bosque. Aquello no era suficiente para matarlo.

Me di la vuelta y miré al anciano con fastidio.

—¿Me estás siguiendo?

—Estoy en mi casa —respondió él simplemente—. Eres tú quien me está siguiendo.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué estás en todas partes?

El anciano echó a andar, cargando con madera. Lo seguí con las manos cerradas en puños.

—Entiendo que haya herido tu orgullo con ese jabalí. Seguro que habrías impresionado mucho a esa jovencita con la que siempre estás. Lo entiendo, muchacho. Yo hacía lo mismo a tu edad.

—No intento impresionarla.

—Por supuesto. Y yo soy el elegido hyliano.

Hice una mueca. Por suerte, la Espada Maestra permanecía bajo la capa.

—De todas formas, dudo que tu amiga hubiera estado muy impresionada —siguió diciendo—. Vi como acertaba a tres conejos sin ayuda. Seguro que es mejor que tú.

—Por eso no intento impresionarla.

—Eso está claro.

Contuve un gruñido. No debía estar mintiendo respecto a lo de su cabaña porque, después de andar un poco más, nos encontramos con una choza que no parecía ser muy grande. El anciano empujó la puerta y se me quedó mirando.

—¿Vas a entrar, mocoso?

Me pregunté entonces por qué lo habría seguido hasta allí. Ni siquiera me había dado cuenta. Sin embargo, ahora estaba invitándome a entrar. Vacilé un instante antes de encogerme de hombros. Tuve cuidado de no pisar las flores que crecían cerca de la entrada —aunque no me imaginaba a aquel hombre encargándose de un jardín— y crucé el umbral.

El interior estaba más ordenado de lo que me había imaginado. Había un jergón, una mesa y también una chimenea.

—Siéntate ahí —gruñó el anciano mientras dejaba la madera junto a la puerta.

Obedecí sin emitir ningún sonido. Miré a mi alrededor con curiosidad, buscando algo que me ayudara a averiguar por qué aquel hombre me resultaba tan familiar.

—Si vas a curiosear, al menos hazlo con disimulo, mocoso —masculló él.

Sentí que enrojecía y clavé la vista en la mesa.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó mientras tomaba asiento frente a mí.

Dudé un instante. No creía que aquel anciano fuera peligroso.

—Link.

Él se quedó muy quieto. Me miró fijamente, como si tuviera un bokoblin delante.

—¿Link? —repitió—. ¿De dónde eres?

Escondí un poco más la Espada Maestra.

—De Necluda.

—¿Hatelia? —preguntó él. Yo asentí, y el anciano palideció—. ¿Cuántos años tienes?

Fruncí el ceño.

—Diecinueve.

No dijo nada. Le sostuve la mirada. Sus ojos eran del color del cielo al mediodía. Me pregunté por qué me resultaban tan familiares.

Tras un largo silencio, él rio.

—Eres solo un mocoso —dijo—. He estado a punto de confundirte con otro Link. No me mires así. Hay muchos que le ponen ese nombre a sus hijos.

—¿Cómo te llamas tú?

—Artyb. ¿Qué se te ha perdido aquí? —quiso saber.

—Lo mismo podría preguntarte a ti.

—No seas insolente, muchacho. Seguro que a tu amiga no le gustan esos comportamientos. Ella parece una jovencita muy educada.

—Teníamos curiosidad por subir aquí —mascullé, ignorando su comentario—. ¿Y tú? ¿También quieres reconstruir el templo?

Se apoyó en el respaldo de la silla con un suspiro.

—Supongo que los ayudo. Les doy herramientas.

—¿Herramientas?

—Soy herrero. ¿Por qué querrían a un herrero sino para darles herramientas?

Abrí mucho los ojos.

—¿Eres herrero?

—Me temo que sí. Esa espada tuya..., la que tanto intentas esconder..., es un buen acero. De los mejores que he visto. ¿Tu familia es rica o algo así?

Aparté las manos de la capa, donde mantenía la espada oculta. Sonreí a medias. Viejo listo.

—No. La encontré por casualidad.

Alzó una ceja grisácea.

—No sabes mentir, muchacho.

—Mi familia no es rica. Puedes preguntárselo a Zelda. Encontré la espada mientras viajaba.

—¿Tu amiga se llama Zelda?

Asentí, y él soltó otra carcajada.

—Por Hylia. Link y Zelda, como el héroe y la princesa. Qué ridículo. Seguro que vuestros padres están encantados. ¿Ella también es de Hatelia?

—No. Es del centro de Hyrule. Sus padres solían viajar.

—Ya veo. Vosotros también viajáis, ¿no? He oído que trabajáis para Karud. Escúchame bien, muchacho. —Se inclinó sobre la mesa para acercarse más a mí y continuó en voz baja, como si alguien fuera a oírnos—. Lo del templo no va a ningún sitio. Probablemente me vaya pronto. Me pagan, pero no lo suficiente. Espero que Karud me ofrezca más.

Asentí rápidamente, sabiendo que a Zelda le agradaría aquello.

—Tenemos apoyo en todo Hyrule. No nos vendría mal un herrero.

—Eso he oído —sonrió él—. Eres un mocoso, los dos lo sois, pero me alegro de que alguien se preocupe al fin por este lugar horrible. A mi madre le habría gustado verlo. Ella vivió el Cataclismo, ¿sabes?

—¿Sobrevivió?

—Era joven cuando ocurrió, pero logró sobrevivir. —Su rostro pareció ensombrecerse—. Mi abuelo me enseñó todo lo que sé sobre herrería, aunque mi madre nunca aprobó que estuviera con espadas.

—¿Por qué no?

Artyb suspiró.

—Perdió a miembros de mi familia durante el Gran Cataclismo. Soldados. Y también...

Se interrumpió, mirándome fijamente. Luego sonrió.

—Seguro que nada de esto te importa, mocoso. Te estoy aburriendo.

Fui a replicar, pero él prosiguió antes de que tuviera oportunidad de hacerlo.

—¿Dónde has dejado a tu amiga Zelda?

—En el templo —respondí.

—Ya veo. ¿Y cuánto tiempo lleváis...?

Hizo un gesto con las manos, y enrojecí hasta la punta de las orejas.

—No es asunto tuyo —gruñí.

Soltó una carcajada, aunque luego prorrumpió en un ataque de toses. Cuando se le pasó, maldijo pero siguió sonriendo.

—Supongo que lleváis mucho tiempo. ¿Estáis casados?

Di un respingo en el sitio.

—¿Casados? No. Claro que no.

Frunció el ceño.

—¿No? ¿Y por qué no os casáis?

—Tiene solo dieciocho años —farfullé—. Y a lo mejor... Bueno, es una decisión importante, ¿sabes? Debería darle tiempo para...

—Oh, bobadas. Las Sacerdotisas de la Luz ofician matrimonios, según tengo entendido.

—¿Ellas también reconstruyen el templo?

—No. Son mujeres a las que nadie aceptaba en las aldeas. Se unieron a los demás para intentar encontrar un sitio, y de pronto han visto la luz. —Sonrió con picardía—. No cambies de tema, muchacho.

—Si nos casamos o no no es asunto tuyo. —Me puse en pie—. Tengo que irme ya.

—Oh, por supuesto. Seguro que tu Zelda te echa de menos.

Viejo idiota. Mascullé una maldición, y él rio.

—No te enfades. Siempre es divertido reírse de un mocoso como tú.

Lo miré con mala cara y di media vuelta.

—Ya nos veremos por el templo, Link.

No me despedí de él, aunque me sorprendía que recordara mi nombre. Había creído que se le había olvidado poco después de que se lo hubiera dicho. Anciano insufrible.

Regresé al templo, y no fue difícil distinguir el pelo de Zelda entre la multitud. Ella se dio la vuelta al verme y sonrió.

—¿Dónde estabas?

—En el bosque —murmuré—. Buscando tu cena.

—¿Has vuelto con las manos vacías? —No dije nada, y ella sonrió—. No te preocupes, Linky. Encontraré algo cuando volvamos.

Resoplé, aunque luego le besé la sien.

—¿Has visto algo raro? —le pregunté en voz baja.

—No. ¿Sabes qué he visto? A un sheikah. ¡Un sheikah!

—¿Dónde?

Cogió mi mano y me llevó hasta una zona apartada de los campamentos. Allí había un sheikah, solo, afilando un cuchillo. Cuando alzó la vista le reconocí al instante, y él también debió reconocernos a nosotros, porque abrió mucho los ojos.

—¿Qué se te ha perdido aquí, Link?

—Lo mismo que a ti.

Clavó la vista en Zelda e hincó una rodilla en el suelo. Ella palideció, miró a su alrededor y se acercó un poco más a Shak.

—Aquí nadie lo sabe —susurró. Él alzó la cabeza—. Y me gustaría que siguiera siendo así.

—¿Por qué no? Alteza.

—No es necesario que se sepa quién soy. Por ahora.

—Vamos, Shak —mascullé—. No te gusta hacer el ridículo.

Él suspiró, enfundó el cuchillo y se puso en pie.

—Sois más extraña de lo que pensaba, alteza.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté—. Estabas muy bien en Kakariko, la última vez que te vi.

Él me sonrió.

—Nada es lo que parece, amigo mío. Si te refieres a Pay, es maravillosa, pero no es mi tipo. Además, nunca le he gustado a la señora Impa. Fue divertido mientras duró.

Miré a Zelda, que se encogió de hombros.

—Además —siguió diciendo—, me apetecía salir de Kakariko. Volveré pronto, supongo. Así que no te preocupes. Este lugar no es para mí. Pero contadme dónde habéis estado.

Le dije que viajaba con Zelda, y ella le habló de la reconstrucción, como siempre hacía. Shak pareció interesado. Supuse que acabaría en uno de los campamentos de Karud. Al terminar, estaba oscureciendo. Shak se despidió de Zelda besándole el dorso de la mano y llamándola alteza otra vez. Lo observé con los ojos entornados. Me dio una palmadita en la espalda, y yo le di otra, quizá con más fuerza de la necesaria, aunque no me disculpé por ello. Zelda soltó una risita mientras Shak recuperaba la respiración.

—Ha sido un placer conoceros, alteza.

Zelda no dijo nada. Sonrió y luego dio media vuelta para marcharse. Le dirigí una última mirada a Shak, que también sonreía, y fui tras ella.

—Tenías razón —murmuró—. No me perdía nada por no conocerlo.

—Siempre ha sido un idiota.

—Oh, Pay... Debe haberle roto el corazón.

Maldije a Shak en silencio.

Zelda consiguió más conejos porque no había visto ningún jabalí. O eso me dijo. Después de cenar, se envolvió en sus mantas a mi lado. No la oí sollozar, por fortuna.

Pero, a medianoche, escuché que la Espada Maestra me llamaba con urgencia. Y empecé a tener un mal presentimiento.