ZELDA

Había estado teniendo un sueño bueno. Uno de esos que hacían sonreír al día siguiente, aunque ni siquiera lo recordara. Pero de pronto algo me despertó de golpe, y por un instante me asusté al ver que todo estaba frío y oscuro a mi alrededor. Sin embargo, luego escuché a Link. Y por último percibí la angustia que nublaba su voz, y el poco alivio que había sentido desapareció.

—¿Link? —murmuré después de ver que la luna seguía en el cielo—. ¿Por qué...?

Él me cubrió la boca con una mano sin previo aviso. Lo miré con los ojos muy abiertos, pero ya no me prestaba atención. Intenté liberarme, esperando que fuera otra de sus sorpresas o una estúpida broma porque había oído el aullido de un lobo, pero entonces algo crujió. No sonó muy lejano. Eran pisadas. Pisadas lentas y pesadas.

Contuve la respiración, y Link también debió hacerlo, porque no movía un solo músculo. Escudriñé la oscuridad, pero no divisé nada extraño. Tampoco podía moverme demasiado; no podía incorporarme porque él me mantenía sujeta contra el suelo, y las piernas parecían habérseme congelado.

Escuché más pisadas, acompañadas de susurros. Estaba horriblemente cerca. Link debió comprender lo mismo cuando se oyó otro crujido de hojas secas, porque se encogió más tras la roca. Me soltó por fin, pero el sonido de mi respiración me pareció ensordecedor, así que me cubrí la boca con mis propias manos.

Los pasos se acercaron un poco más, y apenas pude contener un escalofrío. Me pareció entender otro susurro. Debía estar en nuestro campamento ya. No alcancé a oír el chisporroteo del fuego, por lo que supuse que se había apagado durante la noche.

Tras un doloroso silencio en el que ni siquiera me atreví a respirar, escuché que las pisadas se alejaban. Miré a Link, que se asomó con cautela al otro lado de la roca. Un momento después se dio la vuelta y gruñó una maldición.

—¿Estás seguro? —le pregunté en un susurro.

Me miró por fin, y algo en sus ojos me produjo escalofríos. Iba a cometer alguna locura. Lo presentía.

Asintió lentamente y vi que tenía una mano en torno a la espada. Lo comprendí al instante, y mis peores temores se confirmaron. El clan Yiga. Asesinos. Habían vuelto a encontrarnos.

—¿Qué hacemos? —murmuré mientras me incorporaba con cuidado de no hacer ningún ruido y me escondía tras la roca.

Él se asomó de nuevo.

—Se ha ido por ahí —susurró, señalando las ruinas cerca del templo. Esperaba que nadie más saliera herido—. Ahora tú vas a correr.

—Tú también. Vas a venir conmigo.

—No empieces otra vez.

—No vas a hacerte el héroe. Ahora no.

—Zelda...

Se interrumpió cuando escuchamos otro crujido. Me estremecí. Cuando alcé la vista, el corazón se me congeló al divisar una figura oscura, iluminada por la luz de la luna, observándonos fijamente no muy lejos del campamento. Nos había visto.

—Corre, Zelda —escuché que susurraba Link—. Hacia el bosque. Corre.

Me puse en pie como un rayo y tiré de su brazo con fuerza. Él se puso en pie también. No soltó mi mano cuando eché a correr hacia el bosque, como había dicho.

Link no tardó en ir delante, y yo me dejé arrastrar por él, confiando en sus instintos, corriendo tan rápido como me lo permitían las piernas. Podía ser rápida en ocasiones, si de verdad me lo proponía, aunque nunca solía ser suficiente.

Nos adentramos en el bosque, y tropecé con una raíz seca. Estuve a punto de caer, pero Link logró hacer que ambos mantuviéramos el equilibrio por medio de algún milagro que se me escapaba. Luego siguió corriendo, corriendo, corriendo, y aquello me trajo recuerdos que creía haber olvidado. El sonido de mis pasos se mezclaba con los de Link, y ni siquiera sabía si alguien estaba siguiéndonos de verdad. No me atrevía a mirar atrás.

Las ramas más bajas de los árboles me azotaron el rostro, pero apenas pude sentirlo. No conseguí apartarme a tiempo. Link dio un giro inesperado y se aferró a mi mano con más fuerza.

Se detuvo de forma tan brusca que choqué contra su espalda. Lo miré, jadeante y confundida, y mi corazón se aceleró aún más al escuchar pisadas rápidas a nuestra espalda. Vi la sombra acercándose entre los árboles.

—¿Qué haces? —siseé.

—Sigue corriendo —dijo él, sin apartar la vista del asesino—. Sigue corriendo, Zelda. Estaré justo detrás de ti. Te alcanzaré.

—Pero...

—No hay tiempo.

Lo miré una última vez, maldiciéndolo en silencio por ser tan temerario, y luego eché a correr en la dirección que él había señalado. Hacia las profundidades del bosque. Por encima de los latidos desbocados de mi corazón, escuché el chirrido del acero. Link no iba detrás de mí. Se había quedado allí, esperando al asesino. Me atreví a dirigir una fugaz mirada a lo que había dejado atrás, y distinguí el brillo plateado de la Espada Maestra. Aquello no me proporcionó alivio, aunque tampoco me inquietó. Miré hacia delante y seguí corriendo.

Al cabo de una eternidad, decidí detenerme. Me había quedado sin aire y apenas podía sentir las piernas. Me pregunté cuánto tiempo llevaba corriendo. ¿Horas? El suficiente para dejar todo atrás. Al asesino. Y también a Link. Porque ya no oía a nadie acercarse.

Descubrí con horror que estaba sola en aquel bosque oscuro. Me aferré al tronco de un árbol y escudriñé mis alrededores, jadeando. No podía ver nada. Tampoco se oía sonido alguno. Y el bosque seguía extendiéndose a mi espalda. ¿Cuánto de grande era aquel lugar en realidad?

Inspiré hondo. Debía pensar, planear los siguientes pasos, y sería incapaz de hacerlo sin las ideas claras.

Link no estaba. Ni siquiera sabía dónde encontrarlo o si estaba bien. Sus últimas indicaciones habían sido que corriera. Quizá había salido herido. O peor aún...

Pero eso era imposible. Link podía librarse de un asesino como aquel en pocos instantes. Lo había visto hacer cosas más increíbles con menos esfuerzo. Aun así, sopesé la idea de regresar. Por si acaso.

No. Link no me lo perdonaría. Debía seguir adelante sin él. Encontrar un lugar seguro y esperar hasta que pudiéramos reunirnos y todo terminara. Además, todavía tenía la daga que él me había dado. Podía defenderme en caso de necesidad.

Respiré profundamente por segunda vez, y estaba a punto de ponerme en marcha cuando lo escuché. Pisadas. Acercándose. Lentas, casi tambaleantes. No era Link. Él no andaba así, y no se acercaría a mí de forma tan sigilosa.

Me escondí tras el tronco del árbol. Sería inútil, pero recé por que no me viera. Quizá el destino podría estar de mi parte aquella noche.

No lo estuvo, como se costumbre.

El asesino rodeó otro árbol cercano y me vio. Eché a correr al instante, y él avanzó detrás de mí con sorprendente rapidez. Intenté desviarme del camino principal, perderlo de vista.

Escuché un golpe sordo, y de pronto estaba en el suelo, sin aire, y el asesino estaba sobre mí. Me debatí, tratando de apartarlo, pero él me sujetó por las muñecas. Y quemaba. Supe que era la malicia. Aquellos monstruos la tenían dentro.

Lo miré, sintiendo terror, y vi su máscara del ojo invertido, que me impedía ver su rostro. El hedor a malicia hizo que se me saltaran las lágrimas y que la vista se me nublara, aunque quizá el miedo era el único culpable de todo aquello. Por un instante, fue como si hubiera vuelto con aquel monstruo. Había estado constantemente rodeada de malicia rozándome, casi quemándome.

El asesino siguió presionando. Me obligué a mirarlo, a centrarme en el presente. Me debatí débilmente.

—No quieres matarme —le dije—. Sé que no quieres matarme. Tienes que llevarme con tu líder.

El asesino no dijo nada. Contuve un grito de dolor, aunque de repente escuché un grito de verdad. Y estaba libre. Miré al asesino, confundida. Él se había apartado de un salto y examinaba sus manos. Miré las mías. Brillaban.

No sabía cuánto tiempo podría conservar el poder, así que me acerqué al miembro del clan Yiga e intenté rozarlo. No llegué a acercarme, porque entonces él me asestó un golpe con el plano de su hoja, y lo siguiente que supe fue que volvía a estar en el suelo.

Tosí varias veces. Debía haberme quedado sin aire. No sabía dónde me había dado el golpe, porque estaba tan aturdida que todo dolía. Examiné mis manos. El brillo había desaparecido. El asesino se acercaba, con la espada corta entre las manos enguantadas. Desenfundé la daga del cinturón con dedos torpes.

Me puse en pie, haciendo un enorme esfuerzo. Conseguí apartarme del camino de su hoja justo a tiempo, aunque ni siquiera sabía lo que estaba haciendo. Busqué el poder de nuevo mientras esquivaba otra estocada a duras penas. Me concentré y busqué. De hecho, estaba tan concentrada que no vi venir la patada del asesino. Me acertó en el vientre, y caí al suelo de espaldas.

Se abalanzó sobre mí otra vez. Caí en la cuenta, quizá demasiado tarde, de que había perdido la daga. No me molesté en buscar a ciegas. El olor a malicia, a muerte y a años de prisión me nubló los sentidos de nuevo. Y quemaba. Diosas, era como si estuviera justo en el centro de una pira en llamas.

Y, entonces, ocurrió un milagro. No sabía si fue debido al dolor o al contacto con la malicia. Tal vez fuera una mezcla de las dos cosas. Lo cierto era que no importaba. El poder despertó de pronto, como la marea en medio de una tormenta. No lo había sentido tan fuerte desde el sello del Cataclismo.

No intenté contenerlo, porque eso dolía más que sentir la malicia contra mi piel. Recordé que Link había dicho que era parecido a empujar. Empujar en ambas direcciones. Me dejé llevar por el impulso y empujé sin tapujos. Hubo un destello de luz cegadora, y el estómago me dio un vuelco cuando dejé de sentir el suelo bajo mi espalda.

No duró mucho. El golpe fue doloroso. Debí haberme golpeado la cabeza. De repente me retumbaba. Todo se quedó en silencio. Vi el cuerpo inmóvil del asesino sobre la hierba, y me sentí extrañamente satisfecha. Y también agotada. Y en paz. Tan en paz que decidí cerrar los ojos, porque las copas de los árboles parecían girar sobre mí.

Me despertaron voces. Era solamente una voz, en realidad. Una voz frenética. Eso empeoró el dolor de cabeza. Quise quejarme, pero de ahí solo brotó un gemido de dolor.

Abrí los ojos y una luz me cegó. Parecida a la del poder. Intenté cubrirme los ojos, pero los brazos no me obedecían. Me pregunté si estaría muerta ya. Si me encontraría junto a la Diosa. Descarté la idea al instante. Había estado en un lugar similar durante cien años, y no había ninguna luz cegadora allí.

Gemí de nuevo y pestañeé para aclararme la vista. Todo daba vueltas, pero conseguí distinguir un rostro familiar sobre mí. Intenté sonreír, pero al instante empecé a toser.

—¿Zelda? —Su voz ya no retumbaba en mis oídos como si estuviera bajo el agua—. ¿Zelda? ¿Me oyes?

Dejé de verlo todo borroso poco a poco y me di cuenta de que seguía en el bosque. La luz cegadora pertenecía a los rayos del sol, que ya empezaba a salir. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, sobre la hierba?

—¿Link? —conseguí susurrar.

Él me observaba con los ojos muy abiertos. No sabía qué estaba buscando, pero sus ojos siempre habían sido bonitos.

Lo escuché maldecir. Traté de fruncir el ceño, pero el dolor de cabeza solo empeoró. Sentí punzadas agudas en la frente, así que lo dejé estar. Aun así, él siguió maldiciendo de formas horribles. De las que hacían daño en los oídos.

Sin embargo, de pronto estaba sentada sobre la hierba, y él me abrazaba con fuerza. La vista se me nubló y pensé que iba a volver a perder el sentido entre sus brazos. Pero conseguí que eso no ocurriera, de alguna forma que incluso a mí se me escapaba.

Me pareció que temblaba. Y no de frío, precisamente.

—¿Link? —repetí en voz baja. Su única respuesta fue enterrar el rostro en mi hombro.

Entonces recordé de golpe al asesino. Al miembro del clan Yiga. La forma en que me había perseguido y golpeado. Y luego recordé como había usado el poder para deshacerme de él.

Me quedé helada. ¿Lo había matado?

—Zelda —susurró él—. Oh, Zelda. Gracias a las Diosas. Gracias a las Diosas que estás viva.

—¿Viva? —dije, porque aún no tenía las energías suficientes para hablar.

—Te... te perdí —dijo con un hilo de voz—. Y ese bastardo fue detrás de ti. Y, Diosas, cuando llegué y te vi..., te vi... —Se estremeció—. No respirabas, Zelda. No respirabas. Pensé que te había perdido de verdad y yo... yo... Gracias a las Diosas que estás bien, Zelda. Me has dado un susto de muerte.

Siguió farfullando cosas para sí, sin soltarme. Su agarre no cedía. Pese al dolor de cabeza, conseguí comprenderlo. ¿No respiraba? Lo del poder debía haber sido realmente malo. No había esperado que fuera tan grave.

Inspiré profundamente y conseguí abrazarlo con manos temblorosas. Sabía lo horrible que era tener a un ser querido entre los brazos y que no respirara. Había esperado que nunca tuviera que ocurrirle a él.

—Estoy bien —le susurré al oído mientras enredaba los dedos en su pelo con delicadeza—. Estoy bien, Link.

—Lo siento. Lo siento, Zelda. Te dije que nadie más te haría daño. Y te han hecho cosas horribles.

Me separé de él despacio. Tenía los ojos enrojecidos. Pero él nunca lloraba.

—He usado el poder —le dije, y miré a mi alrededor. Abrí mucho los ojos; estábamos dentro de un círculo en el que cabría una docena de árboles. La hierba estaba quemada. En algunas zonas ni siquiera quedaba hierba. Por suerte, no había derribado ningún árbol—. Ni siquiera sé cómo. Creo que se me ha ido de las manos. —Reparé en el cuerpo del asesino, atado a un árbol. Sentí una punzada de terror y miré a Link a los ojos—. ¿Lo he... lo he matado?

—No.

—¿Y tú?

A él le dolió que se lo preguntara. Lo vi en sus ojos. Solo duró un instante, pero no me pasó desapercibido. Sin embargo, me mantuve firme. Necesitaba saberlo.

—No —respondió—. No lo he matado. Lo he atado. Pero no le he hecho nada.

Pasé la mano libre por su mejilla.

—Me alegro de que no te haya hecho nada —le dije—. Pensé que te había pasado algo.

—Solo lo perdí de vista. Y cuando te encontré, tú ya te habías librado de él. —Hizo una pausa. Sus ojos estaban fijos en mí, y sentía su mano cálida en la espalda—. ¿Te ha hecho daño?

—En la cabeza —respondí—. No creo que sea grave. No hay sangre. También me dio una patada. —Aún sentía el vientre dolorido—. Y, Diosas, me duele todo.

Su rostro se ensombreció, pero vi que dirigía su enfado al asesino. Quería matarlo, lo leí en sus ojos. Cualquiera en su situación lo haría. Pero Link no era cualquiera, e incluso entonces conseguía contener sus peores impulsos. Y luego se preocupaba de ser un monstruo.

Me besó la frente palpitante. Sentí sus manos deslizarse por mis brazos.

—Lo siento —susurró.

—No, yo lo siento —repliqué—. Siento haberte asustado.

Negó con la cabeza. Luego me besó con urgencia, y yo se lo permití. Aún estaba ligeramente mareada, y besarlo no ayudaba en absoluto, pero él lo necesitaba. Necesitaba tenerme más cerca, y yo también a él.

Se separó un momento para tomar aire y debió percibir que todo me daba vueltas otra vez, porque sonrió y se apartó un poco.

—Debería dejarte respirar —murmuró.

—Estoy bien —le aseguré.

Me apartó el pelo del rostro, y sus ojos ya no parecían tan llorosos como antes.

—Necesitas descansar —me dijo—. Vámonos de aquí.

Le dirigí una mirada rápida al asesino, que seguía atado contra un árbol.

—¿Y qué vas a hacer con él? —pregunté.

Su rostro volvió a ensombrecerse. Miró también al asesino y se aferró a mis brazos con más fuerza.

—Volveré a por él cuando estés a salvo. Confía en mí. Sé lo que hacer.

Asentí despacio. Link se alejó un momento para comprobar las ataduras del asesino. Apretó un poco más los nudos y luego regresó a mi lado. Me ayudó a ponerme en pie. Permití que me sostuviera, porque todo me dolía como si hubiera caído rodando colina abajo. La pierna donde se había clavado la flecha, tiempo atrás, palpitaba dolorosamente. Había corrido demasiado. No había tenido en cuenta las posibles secuelas de una herida como aquella. Pensé en decírselo a Link, pero no quería preocuparlo más. Y estaba demasiado concentrada en mantener a raya el dolor para hablarle.

—¿A dónde quieres que te lleve? —me preguntó mientras recorríamos el bosque. Me parecía que llevábamos una eternidad intentando salir de allí, aunque probablemente no fuera para tanto—. Puedes volver al campamento. Los caballos están ahí.

Me aferré a su brazo con más fuerza, y de pronto caí en la cuenta de que temblaba.

—¿Y si vuelven? —susurré. Sonaba como una niña asustada, con voz débil y pequeña. Y, en esa ocasión, no me importó en absoluto—. ¿Y si hay más? Puede que nos estén vigilando. Sabrían que he usado el poder, que tú te irás y yo no podré defenderme, y luego...

Me miró a los ojos, aunque siguió andando.

—Nada de eso va a pasar —dijo—. Puedo quedarme. Ese bastardo está bien atado. Y creo que queda poco para que la malicia acabe con él —añadió en voz baja.

Asentí rápidamente.

—Quédate —le dije—. Quédate, Link.

Él no se marchó de mi lado. Me llevó hasta el campamento, junto al bosque. Calabaza y Viento estaban allí. Calabaza me saludó olisqueándome el pelo, pero yo no pude devolverle el gesto como de costumbre. Todo de dolía, y sentía como si algo me quemara por dentro. Como si un fuego estuviera consumiéndome poco a poco.

Link quiso darme algo de comer, pero solo con pensar en llevarme algo a la boca el estómago se me revolvía. Así que me enrosqué sobre su regazo, envuelta en su capa y en la mía. Él me devolvió la daga, por si me hacía sentir más segura. Debía haberla encontrado en el bosque. Le di las gracias y miré al cielo. Ya casi había amanecido del todo, y el sol bañaba las llanuras de color dorado. Por un instante me quedé sin aliento. El viento soplaba y los pájaros cantaban. Y, si cerraba los ojos, casi podía fingir que nada había ocurrido.

—¿Puedo hacerte una pregunta estúpida? —me preguntó él en voz baja, como si alguien fuera a oírnos.

—Todas las que quieras.

—¿Cómo te encuentras?

Sonreí un poco, aunque incluso eso dolía.

—Mejor que antes —respondí para no preocuparlo aún más.

—¿Y el poder? —preguntó—. ¿No sientes nada raro?

—¿Raro? —repetí—. No sé si es raro. Debería sentir vacío. Como si algo me faltara, ¿sabes? Es lo que suele pasar tras usarlo demasiado. Pasó cuando sellamos al Cataclismo. Pero ahora es como si lo sintiera de verdad. Como si quemara.

—¿Te duele?

—No. No es desagradable.

Link reflexionó en silencio durante unos instantes.

—¿Qué fue lo que hiciste, Zelda? —quiso saber—. Cuando usaste el poder. ¿Qué hiciste?

—Empujé —respondí simplemente.

Sentí que suspiraba.

—No soy ningún experto —dijo muy despacio—, pero creo que tu poder ha vuelto. Por completo.

Aquello me aterrorizó, y el fuego que se agitaba en mi interior se hizo más grande.

—No sé controlarlo —dije con un hilo de voz—. El libro de Impa... No creo que me ayude con un poder tan grande. No se escribió para eso.

Sentí sus manos en mi pelo.

—Entonces yo te ayudaré —replicó—. En todo lo que pueda.

Mi corazón se encogió. Él siempre había sido demasiado bueno. Sobre todo conmigo.

—El poder es inmenso, Link. Más grande de lo que te podrías imaginar. Yo ni siquiera lo comprendo —admití—. No tiene nada que ver con el de la Espada Maestra. Ese es mucho, mucho menor que el mío.

—Bueno —suspiró—, al menos podría intentarlo. Quizá te ayude.

No estaba de humor para discutir. No me sentía con fuerzas. Así que acabé rindiéndome. Al fin y al cabo, él tenía algo de razón.

—Sí —murmuré—. Podríamos intentarlo.

Luego me dejé llevar por el agotamiento, y soñé con los días que había pasado con el Cataclismo. Solo que, por primera vez, yo ganaba. Siempre ganaba, y era él quien retrocedía. Ganaba sin esfuerzo alguno. Cuando volví a abrir los ojos, una eternidad después, Link seguía a mi lado, y estaba amaneciendo. Me incorporé en el suelo, confundida.

—Un día entero —dijo él de pronto—. Empezabas a preocuparme.

No me dolía la cabeza, aunque estaba segura de que tendría arañazos y magulladuras por todo el cuerpo. Y el poder seguía allí. No quemaba tanto. Tenía miedo de hacer un movimiento brusco y liberarlo. No sabría cómo controlarlo entonces.

—Demasiado tiempo —murmuré—. ¿Y el asesino?

—En el bosque —respondió rápidamente—. ¿Estás mejor?

—Quiero ir a verlo.

—Zelda, ¿estás...?

Ignoré su pregunta e intenté ponerme en pie. Link me detuvo sin apenas esfuerzo.

—Debo verlo —dije—. Tengo preguntas.

—No me he movido de aquí. No sé si seguirá vivo siquiera.

Sonreí con tristeza.

—En ese caso, no creo que su cuerpo vaya a ser lo más horrible que he visto nunca.

Él suspiró. Se puso en pie y me tendió una mano. Luego fue hasta las alforjas de los caballos y regresó con mi pellejo de agua. También me tendió algo de pan, y yo se lo agradecí. No recordaba la última vez que había comido, así que tenía hambre.

Fuimos hacia el bosque de nuevo. Link parecía estar alerta, y se sobresaltaba con cualquier sonido. Yo debía haberme vuelto tan paranoica como él en algún momento, porque tenía la necesidad imperiosa de escrutar cada arbusto hasta cerciorarme de que estuviera vacío. De que nadie fuera a saltar sobre nosotros para intentar hacernos daño.

El asesino seguía atado al árbol. No se había movido demasiado, por lo que parecía. Aun así, el hedor a malicia me trajo malos recuerdos cuando me arrodillé detrás de Link, frente al miembro del clan Yiga. Percibí como el poder luchaba por salir, pero me dije que solo debía empujar. Empujar con fuerza, porque el poder era inmenso.

Link lo despertó de una patada. Él gruñó. Link le había quitado la máscara, así que pude ver sus ojos enrojecidos y su rostro, quemado por la malicia en algunas zonas. Se me quedó mirando fijamente, y tuve que reprimir un escalofrío. El poder se agitó con más fuerza.

—Déjame morir en paz —murmuró, bajando la cabeza.

Link frunció el ceño.

—Mírala —dijo. Cuando el asesino no obedeció, el se llevó una mano a la espada—. Mírala —repitió, un poco más despacio.

El poco alivio que había sentido cuando apartó la vista desapareció tan rápido como había llegado. Volvió a alzar la mirada, y lo vi sonreír.

—Intentaste matarla —masculló Link.

—Era necesario.

—Teníais que hacer un sacrificio —añadí yo—. Ofrecerme a mí como sacrificio. ¿Por qué intentaste matarme sin antes llevarme con tu líder?

El asesino rio y luego empezó a toser con violencia.

—Ya no hay suficientes para hacer el sacrificio —dijo—. La ceremonia se perdió en Onaona. Los que quedamos no sabemos cómo hacerlo.

—¿De verdad querías matarme?

—Por supuesto que sí. Es tu destino.

—No lo es —dijo Link—. No lo es. Bastardos. Ni siquiera sabéis hacer un buen intento de asesinato.

—Oh, tú. Tú. —Miró a Link con odio—. Asesino. Tendrás mucha experiencia en...

Se detuvo cuando Link escupió.

—Cállate —dijo—. Maldito bastardo.

—¿Por qué no me matas? —quiso saber él.

—Porque no soy un asesino —respondió—. Esa es la diferencia. Solo esa.

—Sí lo eres. Mataste al rey, a nuestro...

—Estaba loco —replicó Link—. Os mintió. A todos.

El asesino sonrió, aunque su sonrisa me dio escalofríos.

—No te creo —repuso—. No me creo nada que venga de ti.

—No tienes por qué creerme. Pero no tengo ninguna razón para mentirte.

El asesino guardó silencio por unos instantes, estudiándonos. No sabía qué estaba buscando.

—A veces no hacen falta razones para mentir —dijo por fin. Luego tosió—. Eso te sigue convirtiendo en un vulgar asesino.

Vi que el rostro de Link se ensombrecía, y sus ojos se volvieron fríos.

—Repite eso otra vez —empezó en voz baja—, y te juro que...

—¿Qué? —rio el asesino entre toses—. ¿Que me matarás? ¿Que me harás daño? Matarme sería misericordia, y no puedes hacerme más daño. Te lo aseguro.

—Te dejaré aquí —siguió él en voz aún más baja—. En el bosque. Sin comida ni agua. Hasta que te pudras.

Se encogió de hombros como pudo, con los brazos atados.

—No tienes que amenazarme con hacerlo. Yo ya lo sabía.

Vi que él empezaba a enfadarse, así que puse una mano sobre su brazo e intervine.

—Si mostraras arrepentimiento —empecé—, aunque fuera solo un poco, intentaríamos ayudarte. No quieres morir. No así. Nadie querría morir así, por muy devoto que sea.

Él gruñó, y casi pude ver como la malicia se extendía bajo su piel. Sus ojos parecieron oscurecerse aún más. Se esforzó en parecer indiferente, pero pude leer el miedo en sus ojos.

—Tú no sabes nada —escupió—. Él podría haber vuelto. Para salvarnos. Pero has decidido llevarnos a la ruina.

—Por Hylia —susurré, aterrada, sujetando el brazo de Link con más fuerza—. Estáis locos. Todos lo estáis.

De pronto sus ojos brillaron con un destello fugaz pero horriblemente familiar. Estuve a punto de dejar escapar un grito cuando sus ojos rojos se clavaron en mí. Otra vez no. No podría soportarlo una segunda vez.

—Hay más como nosotros —dijo, aunque su voz sonaba lejana—. Te encontrarán. Están esperándote. Y acabarán lo que hemos empezado. No descansarán hasta lograrlo. Tenlo por seguro. Ni siquiera tu asesino a sueldo podrá protegerte de Él.

—No es mi asesino a sueldo —dije entre temblores—. Y nada de eso pasará. No dejaré que...

Me interrumpí cuando el poder brotó de mis manos sin previo aviso. En esa ocasión se me escapó un grito, y alcé las manos para dirigir el estallido y que nadie saliera herido, pese a lo mucho que aquel asesino se lo merecía. Por un instante, no hubo nada. Y fui poderosa. Infinitamente poderosa. Y un momento después volvía a ser yo. Contemplé como el tronco de un árbol se partía después de que la luz impactara contra él.

El miembro del clan Yiga me observaba maravillado y aterrado. También había un destello de locura en sus ojos.

—Nunca lo había visto con tanta claridad —susurró. Luego tosió—. Siempre había querido verlo. Solo una vez.

Cerró los ojos de nuevo. Y, pese a lo mucho que Link intentó despertarlo, no abrió los ojos. Y, de hecho, no volvió a hacerlo nunca.

Murió durante la noche, quizá incluso antes. No parecía haberse movido de su sitio cuando regresamos al día siguiente, aunque algunas marcas nuevas habían aparecido en su cuerpo casi destruido por la malicia.

Link se aseguró de que sus ojos siguieran cerrados, me miró y asintió. Sabía cuánto odiaba los ojos rojos, los que eran como el Cataclismo. Los ojos rojos de los sheikah eran muy diferentes de aquel color horrible y antinatural.

Enterramos al asesino en el bosque. O al menos, enterramos lo que quedaba de él después de que Link se deshiciera de toda la malicia que abundaba en su cuerpo con la Espada Maestra. No fue un espectáculo agradable de ver, pero insistí en quedarme y presenciarlo. Cavamos un hoyo muy, muy profundo, dejamos al asesino allí y luego volvimos a cerrarlo. Estaba en un rincón del bosque, bien escondido para que nadie lo supiera nunca.

No se merecía estar allí, en el lugar donde descansaban tantas ruinas sagradas. Donde estaba mi familia. Pero a ninguno de los dos le apetecía lanzar al Yiga por el precipicio de la Meseta de los Albores, así que habría que conformarse.

Una vez estuvo hecho, regresamos al campamento. Link me preguntó si tenía hambre, pero solo con pensar en ello me entraban ganas de vomitar. Volvía a dolerme la cabeza, y la pierna me palpitaba ligeramente. Me abracé las rodillas y apoyé la cabeza en ellas.

—Zelda —lo escuché decir—, sé que aún tienes cosas que hacer aquí, pero...

—Pero tenemos que irnos —acabé por él. Lo miré y forcé una sonrisa. Diosas, se lo veía tan agotado como a mí—. Lo sé. Yo también creo que es lo mejor.

Pareció aliviado.

—Estaba pensando en irnos mañana. Por la mañana.

Asentí de inmediato. Quería alejarme de allí lo antes posible. Los asesinos debían saber que estábamos allí. ¿Estarían esperándonos al pie de las escaleras de la meseta para atacar? ¿Sabrían que su estrategia había fracasado, al menos?

—¿Cuántos crees que hay? —le pregunté en un susurro.

Él se tomó su tiempo para responder.

—Pocos, Zelda. No pueden quedar más de diez.

—Seguro que los lidera ella. —Me detuve un momento, buscando su nombre—. Viasha.

—No nos harán daño —replicó Link—. A ninguno.

Quise creerlo. Lo deseé con fuerza. Deseé que tuviera razón y que, por una vez, nadie saliera herido. Que ambos saliéramos ilesos de aquella situación. Pero algo me decía que no iba a ser así.

—¿Así será a partir de ahora? —pregunté con un hilo de voz—. ¿Tendremos que huir de asesinos que quieren matarnos por mera diversión? ¿Para satisfacer a un dios que no existe?

Él soltó un largo suspiro y luego me atrajo en su dirección. Escondí el rostro en su túnica para que así nadie pudiera ver las lágrimas, aunque estuviéramos solos.

—No será así —susurró, muy cerca de mi oído—. Están locos. Quedan muy pocos, y nadie les hará caso. Cuando muera el último, se acabará. Solo unas lunas más.

—¿Y cuándo sabremos que ha acabado?

—La Espada Maestra lo sentirá. No tienes que preocuparte por eso.

Se me escapó un único sollozo estrangulado.

—Si tenemos hijos —sollocé—, quería que crecieran rodeados de paz y tranquilidad. Sin muerte y asesinos. Y sin amenazas por todas partes. Oh, Diosas, cuánto lo deseaba. Y ahora... ahora...

Puso una mano sobre mi mejilla. Lo miré a los ojos y me sorprendió lo tranquilo que parecía.

—¿De verdad es eso lo que te preocupa? —preguntó, y abrí mucho los ojos al descubrir la sonrisa que empezaba a asomar en su rostro.

—Deja de reírte —mascullé, secándome las lágrimas. Link me ayudó, con más delicadeza de la que yo tendría jamás.

—No estoy riéndome.

—No estás tomándome en serio.

Intenté apartarme de su lado, pero él hizo que me detuviera.

—Eso no va a pasar —dijo, y ya no sonreía—. Esos asesinos no durarán tanto. No creo que vayamos a tener hijos pronto. ¿Verdad?

Negué con la cabeza y me mantuve en silencio. Tenía razón. Pero estaba tan aterrada que apenas me importaba. Contemplé mis manos, que volvían a brillar.

—¿Cómo nos han encontrado? —murmuré, conteniendo un escalofrío.

Lo escuché suspirar.

—No iban a hacernos nada en el Poblado Orni. Habrían sido descubiertos. A lo mejor pensaban que por aquí no había nadie.

—Era el lugar perfecto —susurré, temblando sin remedio. La luz había vuelto a apagarse—. Creerían que nos habíamos confiado. Que nos habíamos olvidado de ellos. Gracias a las Diosas que lo escuchaste acercarse en el bosque, Link.

—Hacía más ruido que un moblin enfurecido —gruñó él.

Sonreí un poco, a pesar de todo. Me giré para verle el rostro.

—No creerás en todo lo que te ha dicho, ¿verdad?

Se detuvo un momento y me miró, vacilante.

—¿Tú lo crees?

—No. No lo creo.

Sonrió.

—Entonces yo tampoco.

Suspiré, sintiendo algo de alivio. Al menos él empezaba a entenderlo. Esperaba que no hubiera más noches en las que tuviera que sentirlo dando vueltas o teniendo pesadillas. Link no era ningún asesino. Ojalá estuviera viéndolo tan claro como yo lo veía.

—¿Cómo puedes controlar el poder de la espada? —le pregunté. Empujé el poder con cautela, y mis manos brillaron otra vez. Traté de controlarlo, y recé por no causar ningún desastre.

Cerró su mano en torno a la mía, y el brillo quedó oculto bajo sus dedos.

—Empújalo, Zelda. Hazlo como te dije.

—Eso intento —mascullé, apretando los dientes—. Se resiste. Es más fuerte que yo.

—Eso es imposible —repuso él—. Lo llevas conteniendo todo este tiempo. No puede ser más fuerte que tú.

—Creo que el libro de Impa no estaría de acuerdo contigo en eso.

—Ese libro puede irse al infierno.

Cerré los ojos. Aún percibía la calidez de su mano sobre la mía. Intenté recordar cómo había controlado el poder durante los cien años que había pasado con el Cataclismo, pero esa no había sido yo. No completamente, al menos. Otra fuerza me guiaba. Ahora, sin embargo, estaba sola. Empujé con todas mis fuerzas y el poder dejó de resistirse por unos maravillosos instantes. Cuando volvió a luchar por salir, empujé de nuevo, y sonreí cuando surtió efecto.

Abrí los ojos, y Link soltó mi mano. El brillo seguía allí, tan tenue como antes. Fui a decir algo, pero entonces escuché pasos a nuestra espalda. El corazón se me detuvo y el poder brilló con más fuerza, pero me apresuré a ocultarlo cuando divisé al anciano que nos había echado del bosque unos pocos días atrás avanzando hacia nosotros. Me aparté de Link y vi que él tenía el ceño fruncido.

Descubrí que no era tan anciano como me había parecido. Tenía la barba gris, pero su pelo no se había encanecido por completo todavía. Y andaba con agilidad. Cuando se detuvo frente a nosotros, me fijé en sus ojos. Me resultaban extrañamente familiares. No fue difícil hacerme una idea de por qué.

—Fingiré que no he visto eso, jovencita —dijo, mirándome—. Así os ahorraréis preguntas. Y fingiré que no he visto nada en el bosque.

Dio media vuelta, pero Link fue tras él.

—¿Cuánto has visto? —escuché que le preguntaba, aunque hablaba casi en susurros.

—Lo suficiente para saber que estáis en serios problemas. Pero no creo que os pase nada. Tenéis pinta de tener suerte. Casi siempre.

Rio, aunque luego tosió unas cuantas veces.

—Vuestros secretos morirán conmigo —dijo, aún sonriendo—. Si todo va bien.

Hizo un gesto de despedida en mi dirección y se alejó hacia el bosque. Link regresó a mi lado.

—No creo que diga nada —dije para tranquilizarnos a ambos.

Él maldijo entre dientes.

—Espero que no.

Me pregunté si él sabría ya por qué aquel anciano le resultaba familiar. Yo tenía mis sospechas, aunque prefería no decir nada. No quería confundirlo más.

Empezó a atardecer, y convencí a Link de ir al templo para supervisarlo todo una última vez. Y para despedirnos, aunque allí no nos conociera nadie en realidad. Él no se apartó de mi lado durante el camino hasta el templo, y tampoco lo hizo después. Miraba a todo el mundo con sospecha, y no se lo reprochaba. Yo hacía casi lo mismo, aunque con más disimulo.

El maestro de obras accedió a hablar conmigo, casi a regañadientes. Tenía la sensación de que no albergaba mucho aprecio por mí, así que no quise entretenerlo más de lo necesario.

Visité el campamento una última vez, preguntándome si sus esfuerzos tendrían recompensa algún día. Tal vez acabarían rindiéndose. O quizá lograran reconstruir el templo pero eso también cayera en el olvido, porque a nadie le importaba ya la Meseta de los Albores.

Cerca de los campamentos divisé al sheikah que había sido amigo de Pay. Link también debió verlo, porque tomó mi mano y avanzó en su dirección. No quise preguntarle qué estaba haciendo. El sheikah nos saludó con cierta alegría, aunque Link todavía fruncía el ceño.

—Anoche —dijo en voz baja, sin molestarse en saludarlo de vuelta— nos atacaron. El clan Yiga. —Hizo una pausa—. ¿Sabes algo?

Él palideció y se quedó quieto. Miró a Link con los ojos muy abiertos.

—No creerás que yo...

—No creo que tú hayas hecho nada. —Él suspiró, y parecía aliviado. Link se volvió en mi dirección—. Él era uno de ellos. Antes.

—Lo sé —dije, mirando al sheikah con desconfianza.

—Zelda —empezó, y me sorprendió de nuevo lo tranquilo que estaba—, eso fue antes. Mucho antes de que yo fuera al castillo.

Miré al sheikah, que tenía la vista fija en el suelo. No pude relajarme. Sentía el poder moverse de nuevo, aunque podía mantenerlo bajo control.

—Confía en mí —añadió él.

Asentí despacio. Link nunca me había dado motivos para desconfiar de él. Tendría que confiar una vez más.

—¿Viste algo raro los últimos días que pasaste allí? —quiso saber él.

El sheikah alzó la vista, pero rehuyó mi mirada.

—¿Raro? Allí todo era raro.

—¿Empezaron a hablar de forma extraña? —me atreví a decir—. ¿De la malicia y de un rey?

Él se lo pensó un momento.

—Era solo un rumor. El Maestro Kogg empezaba a parecer débil a ojos de la mayoría. Así que empezaron a seguir a otros. Otros más fuertes. Uno de ellos hablaban de la malicia. No recuerdo su nombre, pero algunos decían que estaba loco. Otros empezaron a creerlo.

Miró a Link, que permanecía en silencio. Luego suspiró.

—Es todo lo que sé. Creedme.

—No estamos torturándote —masculló Link.

El sheikah suspiró.

—¿Qué es lo que han hecho? —quiso saber.

Ambos le contamos en lo que se había convertido el clan Yiga. Lo que habían hecho con la malicia, y su nuevo propósito de matarme. Al terminar, él tenía los ojos muy abiertos y estaba pálido, incluso para ser un sheikah. Parecía horrorizado.

—Yo nunca habría hecho eso —murmuró—. Por Hylia. Me dan escalofríos solo con pensarlo.

—¿Crees que habrá algo en el desierto? —preguntó Link.

—¿En su antiguo escondite? Puede que encontréis algo, sí. Pero estará bien escondido. ¿Vais al desierto?

Ambos nos miramos por un instante.

—Es posible —murmuró Link.

—Si todo va bien —añadí yo.

—Entonces intentadlo. Seguro que entrar ahí será más útil que preguntarme a mí. Nunca me pareció que fueran a llegar tan lejos. Solo creí que se habían vuelto locos.

Se estremeció. Parecía estar diciendo la verdad, aunque todavía no podía fiarme por completo. Sin embargo, estaba claro que ya no pertenecía al clan Yiga. O tal vez sabía fingir extremadamente bien.

No. Empezaba a pensar como Link.

—Tened cuidado ahí fuera —nos dijo al despedirse—. Cuanto más desesperados están, más peligrosos son. Sé que podréis apañároslas, pero pueden ser imprevisibles a veces.

Link asintió. Le deseó buena suerte por última vez y luego dio varios pasos para irse, pero el sheikah nos detuvo.

—¿Princesa? —dijo en voz baja—. ¿Podría hablar con vos?

Vacilé por un breve instante. Link se alejó unos cuantos pasos, aunque seguía lo suficientemente cerca para volver corriendo si algo ocurría.

Miré al sheikah, a la espera. Él clavó la vista en el suelo.

—No espero que aceptéis mis disculpas —empezó en voz baja—. No merezco vuestro perdón. Pensé de forma terrible de vos mientras estaba allí. Y también de Link. Cumplía órdenes sin cuestionarme si estaba bien o mal. Pero entonces no podía ver mis errores. Y por ello os pido perdón.

Link debía estar oyéndolo todo, porque miraba en nuestra dirección, sorprendido. Y divertido, al parecer. Por suerte, el sheikah seguía mirando al suelo, así que no se dio cuenta.

—Puedo perdonarte —le dije, y él me miró, esperanzando—. Pero no vuelvas allí. Nunca. No formes parte de eso.

—No lo haré. Lo creáis o no, he aprendido de mis errores.

Sonreí un poco.

—Me alegra oírlo. ¿Cuál era tu nombre?

—Shak, alteza.

—No me llames alteza. No soy una princesa.

Él inclinó la cabeza.

—Es lo menos que puedo hacer, después de todo.

Vi en sus ojos que no iba a lograr convencerlo. Al menos no aquel día. Así que no seguí insistiendo. Me pidió cuidado y luego me deseó buen viaje. Regresé con Link, que fingió no haber oído nada.

—¿Qué te ha dicho?

—Dímelo tú. —Sonreí al ver su confusión—. Estabas escuchándolo todo tan bien como yo.

Se ruborizó y desvió la mirada.

—Te dije que era de fiar —dijo mientras salíamos de los campamentos.

—Eso ya lo veremos.

—¿Quieres ir al templo? —preguntó, señalando el gigantesco edificio en ruinas. Me lo pensé un instante, aunque luego negué con la cabeza.

—Las sacerdotisas querrían saber por qué lloro a un rey olvidado. Y, si algo pasara con el poder, me venerarían a mí. Así se acabaría mi libertad.

Me miró con el ceño fruncido.

—Pensé que querrías despedirte.

Sonreí ampliamente.

—Ya me he despedido.

Él asintió. Cuando nos acercábamos al templo, lancé una plegaria a las Diosas. Y me pregunté si mi padre estaría orgulloso de mí, una vez más. No recibí respuesta alguna, como de costumbre, pero el silencio me dio algo de paz.

Aquella noche, ninguno fue capaz de dormir. Y al día siguiente partimos lo más temprano posible. Ensillamos a los caballos y nos dirigimos a las escaleras de la meseta. El camino hasta abajo era frío y oscuro, así que no me separé mucho de Link. Al llegar al final, miré a nuestro alrededor. No vi a nadie observándome desde la distancia.

—Creo que...

—Sube al caballo —dijo él de pronto, interrumpiéndome.

Tenía la mirada clavada en la distancia, en algo que yo no podía ver. Y estaba mortalmente serio.

—¿Qué hay? ¿Son ellos?

—Sube al caballo, Zelda.

Supe que él tenía tanto miedo como yo. Corrí hasta Calabaza y luego subí a la silla. Él permaneció muy quieto por unos instantes, hasta que oímos el relincho lejano de un caballo. Maldijo y montó sobre Viento de un salto. Espoleó al animal, que corrió al galope. Hice lo mismo con Calabaza, y tuve que sujetar las riendas con fuerza. No estaba acostumbrada a ir tan deprisa.

Confié en que Link supiera a dónde íbamos. Miré hacia atrás y divisé a un jinete siguiéndonos. Aún estaba lejos. Clavé las piernas en los estribos, y Calabaza bufó, aunque aumentó la velocidad. Tendría que agradecérselo más tarde.

Una flecha pasó silbando muy cerca de mi oído, y entonces empecé a tener miedo de verdad. Si seguíamos en aquella dirección, uno de los dos acabaría atravesado por una flecha. Link debió llegar a la misma conclusión, porque dio un giro brusco y se adentró en una arboleda. No era frondosa, pero quizá, si éramos rápidos, perderíamos al jinete de vista.

Otra flecha surcó el aire cerca de mi mejilla. Me aparté de su camino justo a tiempo, por fortuna. El corazón me latía muy rápido y me sentía horriblemente vulnerable. Tirar con el arco a caballo no era fácil, pero si el asesino tenía un poco de suerte podría acertar. O darle a los caballos.

Recé por que nada eso no ocurriera, pero las Diosas tampoco estuvieron de mi parte aquel día.

Link dio otro giro inesperado, y me disponía a hacer lo mismo cuando una flecha rozó su hombro. Vi como la sangre empezaba a brotar y decidí que había tenido suficiente. Dejé que Viento siguiera corriendo. Calabaza disminuyó la velocidad. Saqué el arco de las alforjas y apunté. El asesino no debió darse cuenta; siguió avanzando en mi dirección, en línea recta. Solté la cuerda y tuve que acertar, porque el jinete cayó al suelo. Todavía podía moverse. Bien. No estaba muerto.

Di media vuelta y clavé las piernas en los estribos para que Calabaza fuera al galope. Esperaba que el asesino no se levantara en un largo rato. El tiempo suficiente para que lográramos escapar. Salí de la arboleda, donde Link me esperaba.

—Estás loca —me dijo con el ceño fruncido—. ¿En qué demonios estabas pensando?

—En salvarte la vida, idiota. —Él vaciló, así que yo aproveché para examinar su herida—. Hay que curarte eso, Link —le dije.

Él asintió y puso a Viento en marcha de nuevo. Se desvió del camino principal al desierto. Encontró refugio entre unas rocas, en medio de una llanura. Las rocas eran altas, lo suficiente para cubrirnos. Y estábamos lejos del camino.

Ninguno intentó encender un fuego. El humo nos delataría al instante. Así que me arrebujé en la capa, di de comer y beber a los caballos y luego me senté junto a Link.

—Tienes que quitarte la túnica —le indiqué.

Él sonrió con picardía. O lo intentó, porque ver aquello fue doloroso.

—Estoy herido, Zelly. No podría hacer...

Puse los ojos en blanco.

—Deja de comportarte como un crío.

Su sonrisa se hizo más amplia, aunque obedeció y se quitó la túnica. Examiné la herida con cuidado. Di gracias por que aún no hubiera anochecido.

—No es tan grave, Zelda —dijo él.

Yo negué con la cabeza.

—Si hubieras movido el brazo unos pocos dedos más, eso te habría atravesado.

Hizo una mueca.

—Por eso no es tan grave. Porque no lo ha hecho.

Rebusqué en las alforjas hasta encontrar vendas y un paño limpio. Se le escapó un quejido cuando empecé a limpiar la herida.

—Quédate quieto —murmuré—. Si no, te haré más daño.

Él suspiró y maldijo entre dientes, pero se quedó quieto. O lo más quieto que podía estar en una situación así, al menos.

—No es muy profunda —le dije—. Pero sería bastante dolorosa si se infectara.

Gruñó de nuevo. Cuando la herida estuvo limpia, la vendé con cuidado.

—Tienes que dejar de hacer movimientos bruscos ahora. A menos que quieras que empeore. Has tenido suerte esta vez. No lo estropees.

—Como ordenéis, capitán.

Terminé de anudar las vendas y le di varios golpecitos en el brazo bueno. Pensé que seguiría bromeando, pero ya no sonreía.

—Saben a dónde vamos —murmuró al ver mi confusión.

—No iremos por el camino —repuse yo—. Lo rodearemos. No se atreverían a ir al desierto, ¿no? Las gerudo ya los conocen.

Reflexionó en silencio por un momento.

—No lo sé. Puede que se atrevan. Están locos.

Apoyé la cabeza sobre su hombro bueno y suspiré.

—Odio tener que huir.

—Yo también —susurró él.

Continuamos el viaje, sin pasar por el camino principal que llevaba al desierto. Miraba hacia atrás cada pocos instantes, esperando oír pasos a nuestra espalda. O cascos de caballos. O quizá esperando ver una flecha salir entre los arbustos.

Pasara lo que pasase, aquello no iba a acabar bien.