LINK
Miré hacia atrás de nuevo, pero nadie nos seguía. Contuve la respiración, y no me llegaron pasos o voces. Me giré sobre la silla para asegurarme de que Zelda siguiera allí. Había dejado que se adelantara un poco. Ella tenía la piedra sheikah y, pese a todo el tiempo que había transcurrido, conocía el camino al desierto mejor que yo.
Se dio la vuelta para mirarme, y negué con la cabeza. Pareció aliviada. Se esforzaba por mantenerse firme en momentos como aquel, pero sabía que estaba aterrada. No la culpaba. Yo también lo estaba, aunque quizá nunca lo admitiría en voz alta.
La espada estaba en silencio. Durante las últimas semanas, apenas había escuchado su voz. Solo me había hablado en la Meseta de los Albores, para advertirme del peligro. E incluso entonces no había sonado tan clara como de costumbre. Parecía lejana. Tampoco sentía lo mismo cuando la empuñaba. Podía usar su poder, pero cada vez era más difícil. Se resistía, como si algo no estuviera bien.
Intentaba no pensar en ello. Me había convencido de que había cosas más importantes. Pero lo cierto era que me preocupaba. Tal vez ya no era digno de ella por haber matado a un hombre. Aunque eso carecía de sentido; era una espada, al fin y al cabo. Servía para matar, sin importar lo sagrada que fuera. Aquel no podía ser el motivo. Pero ¿qué otra razón podía haber? La espada no podía estar perdiendo su poder. La hoja aún brillaba, tan pura como siempre. Tal y como la recordaba. Pero algo había cambiado.
Vi que Zelda sacaba la piedra sheikah. Revisé que no hubiera nadie siguiéndonos una vez más y luego me acerqué a ella. Observaba el mapa con el ceño fruncido.
—Si seguimos por aquí —dijo—, tardaremos más en llegar.
Examiné el mapa y después lo que nos rodeaba. Llevábamos varios días de viaje, y tenía la horrible sensación de que apenas nos habíamos movido. Si miraba atrás no podía ver la Meseta de los Albores, y ese era el único consuelo que tenía. La única señal de que nos habíamos alejado de verdad.
—Estamos perdiendo el tiempo —murmuré—. Solo hay un camino hasta el desierto. Hay que pasar por el Cañón de Gerudo. A menos que quieras escalar montañas.
Sonrió, aunque el brillo no llegó a sus ojos.
—Así les daríamos menos trabajo a esos asesinos. Si me despeñara desde una montaña, no tendrían que matarme ellos.
Aún sonreía. ¿Por qué sonreía?
—¿De verdad quieres escalar?
—Claro que no. No aguantaría mucho escalando una montaña.
Respiré aliviado otra vez. Ella rio. Fue agradable oírla reír. Era un sonido raro últimamente.
—No puedo creer que Link, elegido por las Diosas y todo eso, prefiera arriesgarse a ser atacado por unos asesinos antes que escalar una simple montaña.
—No es una simple montaña —mascullé—. Son varias montañas. Muy altas. Y peligrosas.
—Creí que tenías resistencia divina.
La miré, divertido. Ella seguía sonriendo. Hasta que pareció recordar algo y suspiró. Se fijó en la piedra sheikah de nuevo.
—Podemos seguir por aquí —murmuró, trazando el camino invisible que llevábamos varios días recorriendo—. Hasta que estemos obligados a... a volver al camino principal.
Percibí que se estremecía. No tenía una idea mejor, así que asentí en silencio. Esperaba que, para cuando regresáramos al camino, los asesinos pensaran que habíamos decidido buscar refugio en otro lugar. De cualquier forma, dudaba que se atrevieran a acercarse al desierto. No les sería tan fácil atacar allí.
Pasamos la noche bajo las estrellas. No encendimos un fuego. Eso nos delataría. Todavía no estábamos cerca del desierto, así que seguía haciendo frío por las noches. En Gerudo no eran precisamente cálidas, pero las recordaba mejores que en el resto de Hyrule.
Me cambié las vendas del hombro mientras ella se ocupaba de los caballos. Llevábamos varios días forzándolos de forma horrible. Calabaza no estaba acostumbrada a correr, de modo que no lo estaba pasando nada bien.
—Espero que la flecha no tuviera veneno —dijo Zelda mientras rebuscaba en las alforjas.
—No —repliqué. Moví el hombro. No dolía—. Ya lo habría notado. La herida no estaría curándose.
Zelda suspiró. Una vez hube acabado, me puse en pie y fui hasta donde estaba ella. Viento parecía estar disfrutando de que Zelda lo cepillara. Era la primera vez que lo veía tan feliz mientras alguien lo cepillaba.
—Ella siempre te ha gustado más que yo —mascullé mientras sacaba una manzana.
—¿A quién no? —replicó ella—. Eres gruñón y terriblemente aburrido. Yo no lo soy.
—Tú eres aún peor.
Por un momento me pareció verla sonreír. Siguió cepillando a Viento, sin mirarme.
—No sabes mentir —dijo.
Me encogí de hombros y me acerqué a Calabaza. Tenía mejor aspecto. Pasé una mano por su hocico, y Calabaza resopló.
—Lo siento. Otra vez —le susurré—. Eres una chica fuerte.
No debía haberlo pasado bien en las últimas semanas. Sin apenas descanso, solo mientras estuvimos de visita en el Poblado Orni. Esperaba que no le hubiera pasado factura. Parecía entenderse con Zelda por fin. A ella no le gustaría que le ocurriera algo a Calabaza.
Cuando Zelda acabó con los caballos, se sentó sobre la hierba, a mi lado. La examiné con cautela.
—¿Te duele algo? ¿Por lo del otro día?
—A veces. Pero no te preocupes por eso. Ni siquiera lo noto.
Decidí confiar en ella. Esperaba que estuviera diciéndome la verdad y que no se estuviera inventando aquello para no preocuparme. Me había dado cuenta de que solía hacerlo.
Tenía la vista fija en las estrellas. Aquella noche, apenas había nubes.
—¿Cuándo fue la última vez que...?
—No lo recuerdo —murmuré, mirando las estrellas también. En Hebra no nos habíamos detenido a verlas. Decían que había muy buenas vistas al cielo, pero allí hacía demasiado frío por las noches.
Zelda suspiró.
—No es justo —dijo—. Nada de esto es justo.
—Lo sé.
—Ojalá las cosas fueran diferentes. Todo sería mucho más fácil.
—Lo sé.
Ella me miró con los ojos brillantes.
—Mira el cielo conmigo. Solo un rato. Luego te dejaré montar guardia en paz.
Vacilé un momento antes de asentir. Dejé la espada muy cerca, porque no quería correr ningún riesgo. Me acomodé sobre la hierba, a su lado. Ella cogió mi mano. Estuvimos en silencio durante un rato.
—¿Crees que aún nos están siguiendo? —preguntó—. ¿O de verdad nos habrán perdido de vista?
Contuve un gruñido y me pasé la mano libre por el rostro.
—No. No hablemos de eso ahora.
—Tienes razón —asintió en voz baja—. ¿De qué quieres hablar?
No quería hablar, en realidad. Quería que todo volviera a ser como antes. Quería volver a oírla reír y burlarse de mí por cualquier tontería. Odiaba tener que estar alerta constantemente por si algo nos perseguía. Porque también quería prestarle atención a ella. A ella y a nadie más.
—Háblame del castillo que tendré que construirte en Hatelia.
Me miró con la nariz arrugada.
—No quiero un castillo.
—Admitirlo no tiene nada de malo.
La escuché resoplar.
—No quiero un castillo. Pero ¿sabes qué me gustaría?
—¿Un palacio?
—Una habitación —dijo, sonriendo un poco—. No muy grande.
—¿Para dormir? —le pregunté, alarmado.
Resopló otra vez.
—Para trabajar —aclaró—. Y para cuando discutamos. Así tendré un lugar donde encerrarme y donde no pueda verte al mismo tiempo. ¿No es genial?
Fruncí el ceño.
—¿Por qué íbamos a discutir?
—Es algo natural. Acabará pasando. —Su rostro se iluminó—. Podríamos tener un huerto en el jardín. Hay mucho espacio libre.
—¿Para qué quieres un huerto?
—Para plantar. Verdura, por ejemplo. Calabazas. Zanahorias. Cosas así.
Me la imaginé en casa, bajo el sol, con tierra en las manos y en el rostro. Sacando las cosechas de su huerto.
—Luego podríamos venderlo —murmuré—. Seguro que nos lo comprarían a buen precio.
—O podríamos quedárnoslas —repuso Zelda—. Así tendríamos verduras gratis.
Me encogí de hombros. Aquella tampoco era una opción tan mala. Guardó silencio durante un instante y luego me miró con curiosidad.
—¿Qué quieres tú?
La miré a los ojos. La quería a ella, segura en casa, sin sufrir ningún daño. Quería que fuera feliz a mi lado y que no tuviera miedo nunca más. Pero, obviamente, no era eso lo que me estaba preguntando.
—Quiero cerrar la ventana que está al lado de la cama.
Se le escapó una carcajada. La miré, desconcertado, y ella pareció contenerse.
—¿Por qué? —consiguió decir.
—Por el sol. Nunca me deja dormir por las mañanas. Se mete por la estúpida ventana y me da en los ojos.
—A mí no me molesta.
—Claro que a ti no te molesta. Nunca te pones por ese lado.
Y lo hacía a propósito. Cuando llegamos a Hatelia por primera vez, ella seguía necesitando descansar. Así que había decidido darle el lado bueno. Y, después, cuando fue mejorando, la costumbre permaneció allí. Pero era solo una tontería. Lo del sol tampoco era tan molesto. Casi me había acostumbrado.
—También quiero un balcón —me confesó.
La miré con los ojos muy abiertos.
—Estoy empezando a pensar que de verdad quieres un castillo.
Me dio un golpecito en el hombro con la mano que tenía libre. Fue en el hombro bueno, por suerte.
—En la posada hay un balcón. Hay muchas casas que tienen uno, y no son castillos. Ni palacios. —Suspiró—. Imagínatelo. Podríamos salir allí todas las mañanas. Ver el amanecer. O el atardecer. Lo que quieras.
En mi opinión, aquello era innecesario. Ya teníamos el jardín para ver el amanecer y el atardecer. Pero quizá había una diferencia para Zelda. Fuera como fuese, si eso la hacía más feliz, le construiría todos los balcones que quisiera. Mientras tuviera las rupias necesarias para hacerlo, claro. El dinero no aparecía de la nada.
Dejé que siguiera hablando durante un rato porque eso parecía distraerla. Intenté participar en la conversación como pude, pero ella acabó prácticamente sola. Cuando se dio cuenta y el silencio sobrevino, tuve la necesidad de disculparme. Pero Zelda me detuvo y me dijo que todo estaba bien, así que desistí. Ambos sabíamos que todo estaba horriblemente mal, pero ninguno quería decirlo en voz alta. O, al menos, yo no quería decirlo. Por el momento, tenía suficiente con estar en silencio.
Pasaron las horas. Sorprendentemente, Zelda se sentó conmigo para montar guardia. Duró más de lo que habría esperado. A mí no me preocupaba dormirme; no podría ni aunque lo intentara. Estaba demasiado inquieto. Demasiado alerta. Me pregunté si a ella le estaría ocurriendo lo mismo.
La miré de reojo. Tenía la vista perdida en la oscuridad y los ojos muy abiertos. Se había abrazado las rodillas, y su capa se agitaba con la brisa. Desde luego, tampoco tenía pinta de ir a conciliar el sueño pronto.
Bien. Ya éramos dos.
—Tal vez debería llevarte a Kakariko —dije en voz baja—. Allí no te ocurriría nada malo.
Me miró con el ceño fruncido.
—¿A mí? ¿Solo a mí?
—A los dos —dije, corrigiéndome—. Allí no entrarían. Impa volvería a acogernos en Kakariko.
Volvió a mirar la oscuridad, como si estuviera buscando algo. Si me concentraba, podía percibir un tenue brillo bajo su piel. Por eso había estado tan callada. Practicaba con el poder sagrado.
—Estoy harta de Kakariko —replicó—. E incluso la hospitalidad de Impa tiene límites. ¿Por qué Kakariko, de todas formas? ¿Por qué no volver a casa?
—Imagina lo que harían si se enteraran de que tenemos una casa ahí —susurré, conteniendo un escalofrío. Rocé la espada sin querer, y no me transmitió la calidez habitual. Siempre me infundía seguridad. Pero incluso eso había desaparecido. Me sentí aún peor—. No podríamos volver. Ya no sería seguro.
Zelda se estremeció también. Al menos yo no era el único que sentía miedo con solo mencionarlo.
—No podemos dar media vuelta ahora —dijo—. No cuando estamos tan cerca. Además, seguro que las gerudo ayudarán. Siempre han tenido buenas relaciones con los hylianos.
Recordé las leyendas y fruncí el ceño.
—No siempre.
—Bueno, no siempre. Pero eso fue hace milenios. Muchas cosas han cambiado. ¿Cómo es la matriarca gerudo?
—No te lo voy a decir —respondí, sonriendo a medias—. Dejaré que te sorprenda.
—Espero que no sea una sorpresa como la de los zora.
No dije nada. No creía que fueran a recibirla de forma tan desagradable como en la región de los zora, pero tampoco quise hacer promesas. Eso solo traía problemas. Era mejor ir preparado para todas las posibilidades.
Los días siguientes transcurrieron sin ningún incidente. Continuaba alerta, montando guardia cada noche. Evitamos el camino hasta que no quedó más remedio que volver a seguirlo, cuando nos acercábamos al Cañón de Gerudo. Para entonces empezaba a hacer calor, y eso solo lo empeoraba todo. Nos habíamos quedado sin manzanas, y por allí ya no había manzanos. No había dormido en varios días. Y el viento era caluroso y molesto, porque la arena se me metía en los ojos con cada ráfaga. Así que estaba de mal humor. Más que de costumbre.
Intentaba suavizarlo para que Zelda no pensara que era un patán sin remedio. Ella no se merecía nada de aquello. No quería pagar mi frustración con ella. Se la veía más silenciosa que de costumbre, aunque cuando le preguntaba qué la preocupaba, se limitaba a forzar una sonrisa y mentir. A veces decía que todo iba bien. A veces simplemente me decía que estaba pensando en aquellos asesinos. No podía culparla por eso. Yo le ocultaba algunas de mis preocupaciones también.
El Cañón de Gerudo se me hizo eterno. Nos cruzamos con un buen número de viajeros que probablemente vendrían a comprobar lo exótico que era el desierto. Se los veía tan despreocupados que casi les guardaba una pizca de rencor. Al menos más hylianos se atrevían a viajar. Aunque no solo había hylianos, por supuesto; vimos goron. Incluso vimos unos cuantos orni. Supuse que los zora no querrían ir tan lejos, y los sheikah apenas salían de Necluda.
Todo estaba tan tenso que casi empecé a desear que los asesinos aparecieran otra vez. No era tan difícil encontrarnos; el Cañón de Gerudo era amplio, pero solo existía un camino.
Pese a ello, cuando escuché a la Espada Maestra avisarme de nuevo, sentí miedo. Y también algo de determinación. Era hora de resolver aquello de una vez por todas.
Detuve a Calabaza, y Zelda me miró, expectante. La miré a los ojos también, y ella pareció comprender porque su expresión se ensombreció y sus manos comenzaron a desprender un brillo tenue.
—Estamos cerca de la posta —le susurré—. Si se pone feo, iremos allí.
Ella asintió. Ya lo habíamos hablado antes. Ella sabía lo que hacer. Agarró mi brazo.
—¿Como acordamos?
Asentí con lentitud. Se quedó quieta sobre la silla de Calabaza. No tardamos mucho en divisar a los asesinos acercándose por el cañón. No iban a caballo. Eso nos daba una ventaja si había que huir. Calabaza empezó a revolverse, nerviosa.
Solo había seis. Seis asesinos. Y todos tenían tan mal aspecto que, por un breve instante, me permití sentir pena por ellos. Zelda, a mi lado, respiró profundamente. Su brillo apenas era visible.
Se detuvieron frente a nosotros y durante un momento nada se movió. Luego a la mujer que los lideraba se le escapó una carcajada.
—Por fin dejáis de esconderos —dijo. Su voz sonaba distinta a como la recordaba. Ahora estaba vacía. Igual que sus ojos—. Es agotador perseguiros por todas partes.
Estudié el aspecto de cada uno de ellos. Estaba seguro de que todos iban armados. Solo la mujer llevaba una espada corta. ¿Cómo la había llamado Zelda?
—¿Nadie va a huir? —dijo al cabo de un rato—. Es aburrido si nadie huye. ¿Sois vosotros de verdad?
—Queremos hablar —dijo Zelda—. Solo eso.
La mujer soltó una carcajada. Cuando nadie más rio, se quedó mirando a Zelda, incrédula.
—¿Te has vuelto loca?
—Puede —murmuró—. Pero de verdad queremos hablar. Es importante.
Ella entornó los ojos.
—Tiene que haber una trampa.
—No la hay.
Ojalá la hubiera. Ojalá tuviéramos otra escapatoria que no fuera la posta.
—Sabéis que puedo capturaros aquí mismo, ¿verdad? ¿Que puedo mataros con solo dar una orden?
—Atrévete —mascullé, y la mujer debió oírme porque sus ojos vacíos y enrojecidos se clavaron en mí. Vi tanto odio en ellos que tuve que contener un escalofrío.
Afortunadamente, Zelda la detuvo antes de que pudiera hablar.
—Solo escuchadnos. Será rápido. Luego podréis intentar matarnos. O lo que sea. Lo único que pido es una tregua corta, durante un rato. —Calló un momento—. Te lo suplico.
La mujer no dijo nada, pero tampoco dejó de mirarme. Como si esperara que fuera a hacer algo de un momento a otro. Le sostuve la mirada, sin moverme.
—¿De qué me sirve hablar contigo? —preguntó ella.
Habíamos acordado que Zelda se encargaría de hablar, y yo de recordarles que no estaba completamente indefensa. A ella se le daba mejor hablar. Los argumentos se le ocurrían más deprisa.
—Podríamos llegar a un acuerdo —respondió Zelda. Fingía estar tranquila, y su voz no temblaba. Pero podía ver como se aferraba con fuerza a las riendas de Calabaza—. Un acuerdo razonable.
—¿Vas a entregarte?
Su rostro perdió algo de la calma que tanto debía haberse esforzado por conservar.
—No. Pero podríamos...
—Entonces no es un acuerdo razonable. Debería matarte aquí mismo.
Sus compañeros empezaron a hablar en voz baja. Las armas ya sobresalían un poco más. Recé en silencio por no tener que terminar aquello con un baño de sangre. No estaba de humor.
—¿Qué crees que conseguirás con eso? —dijo Zelda. Su brillo no parecía tan tenue como antes, pero no debía ser lo suficientemente fuerte para que ellos lo vieran. Deberían verlo. Así tendrían miedo, y sabrían lo que ella había estado sufriendo aquellos últimos días—. No ocurrirá nada. Si me matáis, solo habréis perdido el tiempo.
—Al menos habremos tenido venganza —dijo, mirándome fijamente otra vez.
—¿Venganza por qué? —inquirió Zelda, aunque yo ya intuía la respuesta.
—Por matar a mi hermano —contestó la mujer. Viasha. Así se llamaba—. Por matarlo a sangre fría. Yo misma lo vi. Todos aquí lo vimos.
Los asesinos me miraban también. Y, en aquel preciso instante, me sentí tan horrible como ellos. ¿Cuánta diferencia había, en realidad?
—Tu hermano intentó matarnos a nosotros primero —dijo Zelda. Odiaba que tuviera que salir en mi defensa—. No nos quedó otra opción.
—¿No tienes nada que decir? —dijo Viasha, dirigiéndose a mí. Zelda abrió la boca para hablar, pero no le dio tiempo a decir nada—. Oh, cállate —le dijo la mujer—. Hablas demasiado, alteza. ¿Alguna vez te lo han dicho?
Zelda calló, aunque vi que estaba enfadada.
—¿Y bien? —insistió la mujer. Aún me miraba.
Recordaba como la espada había atravesado la carne. Y había sido tan fácil. Cualquiera podría haberlo hecho. Nunca habría pensado que matar a un hombre sería tan sencillo. Y tampoco habría imaginado nunca lo que vendría después. La enorme satisfacción.
Miré a Viasha a los ojos. Ella debía haber matado en incontables ocasiones. Me pregunté si sentiría lo mismo cada vez que hundía la hoja de una espada en el cuerpo de alguien. Tal vez, con el tiempo, la satisfacción desaparecía y se volvía algo monótono. Aburrido.
Pero nada de eso me había ocurrido a mí todavía, y no dejaría que me ocurriera. Así que, por el momento, no creía ser ningún asesino.
—Lo siento —le dije, mirándola a ella y solo a ella—. Tu hermano era un bastardo asqueroso. Pero lo siento. No se lo merecía.
Ella pareció desconcertada. No sabía qué había esperado que dijera, pero no me hacía falta enterarme. Me sentía mejor después de decirlo. Viasha frunció el ceño, y comprendí que nada de lo que dijera sería suficiente. Tampoco me importaba lo más mínimo. Había dicho la verdad.
—Palabras vacías —masculló—. Eso no sirve de nada. Mi hermano sigue muerto.
—No puedo traerlo de vuelta —repuse—. Y lo haría, si pudiera. Créeme.
—¿Por qué? No hizo nada por vosotros.
—Por no tener que cargar yo con la culpa de haberlo matado. Él había cavado ya su propia tumba. No tendría que haber hecho nada.
Se quedó sin palabras, y el silencio fue ensordecedor. Miré a Zelda, y ella asintió y respiró profundamente.
—La venganza nunca sirve de nada —dijo—. Podemos seguir con esto hasta que ninguno de vosotros quede en pie. —Contempló a los demás miembros del clan Yiga, que no habían dicho una sola palabra. Dos de ellos habían tenido que buscar apoyo en las paredes del cañón. No tenían pinta de poder mantenerse en pie sin ayuda—. No falta mucho, tú misma lo sabes. Ahorraos el sufrimiento. Aprovechad el tiempo que os queda. Podríais pasar los días en algún lugar bonito. Pero déjanos en paz —añadió, mirando a Viasha—. Te lo ruego. Guárdanos todo el rencor que quieras, no te culparé. Pero déjanos en paz.
El corazón se me detuvo cuando la vi vacilar. Cuando vi la sombra de la duda en los rostros demacrados del resto. Incluso me permití tener esperanza. Tenían que aceptar. Cualquiera con un mínimo de cordura lo haría.
Pero de pronto me miró con tanto odio que sentí una pizca de tristeza por ella.
—Ya es tarde para eso —dijo con voz temblorosa.
Zelda se irguió en el caballo.
—Que así sea —susurró.
Ella sabía lo que sucedería ahora tan bien como yo. Me miró y espoleó a Calabaza, que corrió al galope. Hice lo mismo, y Viento zigzagueó hasta alcanzarla. No quería estar cerca de la trayectoria de una flecha otra vez.
Escuché sus pasos a nuestra espalda. Podría detenerme y enfrentarme a ellos. Quizá sería la opción más sensata. Huir nunca servía de nada. Pero no sabía a dónde me llevaría desenvainar la espada.
Zelda brillaba. Y parecía tenerlo bajo control. A veces titilaba como la llama de una vela, pero eso debía ser por su nerviosismo. Fuera como fuese, me alegraba de que lo supiera controlar por fin. Me miró con angustia. Correr hasta la posta seguía siendo el plan. Allí nos vería alguien, y quizá obtendríamos algo de ayuda. Rezaba por que hubiera gerudo cerca. Dudaba que un hyliano fuera a meterse en una situación tan peligrosa como aquella.
De pronto algo golpeó a Viento y el animal se encabritó. Me tomó por sorpresa. Ni siquiera tuve tiempo de aferrarme a las riendas para mantener el equilibrio. Caí al suelo, y por un instante el dolor fue cegador. Luego comprendí que no había sido para tanto. Había tenido suerte; no me había roto nada. Había visto cosas peores.
Los asesinos ya casi me rodeaban. O al menos los que podían moverse. Unos pocos se habían quedado atrás, contra la pared de roca del cañón. Desenvainé la espada y miré a Zelda. Su brillo era ya más tenue. Incluso desde la distancia supe que estaba preocupada. Pero lo cierto era que no tenía nada de lo que preocuparse.
Me libré de los asesinos, uno a uno. No fue difícil abatirlos. Solo tenía que ir con cuidado para no asestar golpes mortales. No quería matar a nadie. Era estúpido, pero también era la verdad. Si podía evitar el derramamiento de sangre, lo evitaría con todas mis fuerzas.
Al final, solo quedó su líder. Viasha. Detuvo mi espada con la suya, y fruncí el ceño.
—¿Te sorprende? —rio—. ¿Qué demonios te esperabas?
Blandí la espada otra vez, con un gruñido. El espíritu gritaba por la cercanía con la malicia. Y el chirrido del acero solo empeoraba las cosas. La obligué a retroceder, aunque ella se resistió. Percibí vagamente como el poder de la espada se removía. No me hizo cosquillas ni luchó por salir, como de costumbre, aunque la cantidad de poder seguía siendo la misma. ¿Qué le había hecho?
Ella detuvo la hoja con cierto esfuerzo. Pareció reparar entonces en mi hombro herido, porque sonrió. Contuve un escalofrío. Contemplé de cerca su rostro demacrado, casi gris. El pelo rojo sucio. Y sus ojos, que todavía no habían adquirido el tono rojo brillante, como el asesino que nos había perseguido en la Meseta de los Albores.
Y, Diosas, el olor era nauseabundo. Ya entendía por qué había encontrado a Zelda sin respiración en aquel bosque.
—Un duelo —susurró—. Tú y yo. Para terminar con esto de una vez por todas. ¿Qué te parece?
Sujeté la espada con más fuerza, intentando sentir algo del poder que residía dentro. Cualquier cosa. Pero apenas podía notarlo ya.
Miré a la asesina a los ojos, y estaba a punto de responder cuando una flecha pasó zumbando cerca de mi rostro y se clavó en su hombro. Se apartó, y su espada cayó al suelo con un ruido sordo. Miré hacia atrás. Vi que Zelda sostenía mi arco entre las manos. Estuve a punto de sonreír, pero no lo hice. Sabía que ella era buena, pero no me había imaginado que fuera para tanto.
Cargó el arco de nuevo, y ya estaba apuntando cuando escuché un grito procedente de detrás de Zelda.
—¡Alto! —gritó una gerudo.
Al parecer, sí había gerudo en la posta más cercana. Una decena. Viasha intentó recuperar la espada, pero la aparté de una patada. Gimió y se quedó quieta por fin.
Las gerudo se acercaron en solo varias zancadas. Las armaduras resplandecían bajo el sol. Eran todas más altas que yo; la más bajita me sacaba media cabeza. El alivio desapareció de golpe cuando una obligó a Zelda a bajar del caballo de malas maneras. Traté de acercarme, pero dos soldados me inmovilizaron y me ataron las manos. Vi que a Zelda le hacían lo mismo, y también a los asesinos. Me debatí, pero su agarre parecía de hierro. Los miembros del clan Yiga ni siquiera intentaron resistirse.
—Quédate quieto, mocoso —masculló una gerudo—. Si no, será peor para todos.
Zelda exigió que la soltaran con el tono más autoritario que le había escuchado jamás. Las gerudo a su alrededor rieron.
—¿Qué significa esto? —dijo por encima de las carcajadas.
—Habéis perturbado la paz del desierto —dijo la única gerudo que no se había reído. Tenía varias cicatrices visibles donde la armadura no la cubría, y parecía la más mayor allí—. La matriarca no tolera esta clase de comportamientos.
Fruncí el ceño y seguí debatiéndome, pero la soldado que me sostenía apretó las ataduras un poco más, hasta que empezó a doler de verdad.
Nos empujaron fuera del cañón, hacia el desierto. Allí el calor era insoportable, y no entendía cómo los asesinos seguían en pie. Las gerudo tenían que llevarlos a trompicones. Habíamos recorrido una corta distancia cuando las protestas de Zelda empezaron a sonar más lejanas, y comprendí con horror que nos llevaban por caminos separados.
Ella debió comprender lo mismo porque calló de golpe y me miró con los ojos llenos de angustia y algo más, algo que me obligó a debatirme de nuevo. Pero nada de eso importó. Aquello fue lo último que vi de ella.
*
La prisión era pequeña, aunque estaba iluminada. Y era sorprendentemente cómoda, comparada con otras prisiones en las que había estado. Podía ver a los demás asesinos, en las celdas contiguas, aunque Viasha no estaba con ellos.
Siempre había una gerudo montando guardia junto a las celdas. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, y ellas se habían negado a decírmelo.
Pero lo peor de todo era que no sabía dónde estaba Zelda. La última vez que había preguntado por ella, había recibido un gruñido como respuesta. No creía que las gerudo fueran a hacerle daño. Ella no había hecho nada malo. Esperaba que no estuviera en ninguna celda y que no tuviera miedo. Yo ya tenía suficiente por los dos.
Había más claridad en la prisión, así que supuse que era de día. La soldado que montaba guardia junto a la celda era una gerudo de nariz particularmente grande y cara de pocos amigos. Había suplicado de todas las formas posibles que me dejaran ver a la matriarca Riju. Incluso había sobornado con rupias. Pero ni siquiera eso había funcionado. Así que había decidido probar otro viejo truco.
Canturreaba algo sin ritmo mientras daba vueltas a una piedrecita entre las manos. Escuché un gruñido desde las celdas contiguas, pero ignoré todas las protestas. La gerudo me lanzó una mirada asesina, y yo me limité a sonreír.
—¿Cuántas veces tengo que decírtelo, mocoso insufrible?
Recogí más piedras del suelo, con cuidado de no elegir las más grandes. Cuando la mujer dejó de prestarme atención, lancé una de las piedras, que se coló entre los barrotes oxidados y rebotó contra su armadura con un sonido metálico.
—La matriarca ordenó que te dejáramos vivo, pero no dijo nada de cortarte unos cuantos dedos. O la mano entera.
Lancé más piedrecitas, hasta que ella perdió la paciencia y dijo algo en gerudo. No sonó muy bien. En dos zancadas estuvo peligrosamente cerca de los barrotes.
—Lo juro por las tres Diosas Doradas —masculló—. Voy a pedir que te lleven a otras celdas. Las peores del desierto. Allí no tendrás escapatoria.
La miré, aún con un puñado de piedras en las manos.
—¿Dónde está...?
—¡No lo sé! —exclamó con el rostro enrojecido—. Probablemente estará en la prisión de la Ciudadela. Estas son celdas para shiok, por si no te habías dado cuenta.
Debería haberlo visto antes. Pues claro que tenían prisiones distintas para hombres y mujeres. No había llegado a pensar que Zelda estaba en la Ciudadela, pero si la prisión de mujeres estaba allí, era lo más probable.
—¿Has preguntado por ella?
Se me quedó mirando, incrédula.
—¿Crees que esa shiak me importa lo más mínimo?
Inspiré hondo y contemplé la posibilidad de lanzarle una piedrecita a la cara. No sería muy difícil. Podría apuntar a la nariz para tener un blanco fácil.
—Quiero hablar con la matriarca gerudo —exigí por enésima vez.
La mujer puso los ojos en blanco.
—Hablarás con la matriarca cuando ella lo considere necesario, no antes. ¿Ha quedado claro?
—Pero solicito una audiencia.
—Tú no puedes solicitar nada. Eres un prisionero.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué soy un prisionero? No he hecho nada malo.
Alzó una ceja.
—Has perturbado la paz del desierto. La matriarca valora la estabilidad de Gerudo.
—No estábamos en el desierto. Y no hemos roto ninguna paz.
—El Cañón de Gerudo forma parte del desierto, shiok. Y os encontraron intentando mataros los unos a los otros. Yo diría que eso ha perturbado un poco la paz del desierto.
—No creo que vuestro pueblo vaya a rebelarse por un estúpido...
—Puede que no se hayan rebelado —dijo la soldado, interrumpiéndome—. Pero sí están inquietas. Se ha corrido la voz, y ya hay varios rumores. Así que puede que vuestro incidente sí nos haya costado problemas, después de todo.
Suspiré. Aquello era agotador.
—La matriarca gerudo no puede dejarnos aquí para siempre.
—Os juzgará en cuanto lo considere necesario.
—Conozco a la matriarca Riju. Dejadme hablar con ella. Solicito una audiencia.
Soltó una carcajada ruidosa que resonó en las paredes de la celda. Los barrotes parecieron temblar.
—Por supuesto. Y yo soy reina de Hyrule. ¿Tengo cara de ser idiota, shiok?
La miré con mala cara. Ella resopló.
—Ahora cierra la boca. Así todo irá mejor para ti.
Volvió a su sitio habitual, frente al resto de celdas. Solté las piedras y me dejé caer contra los barrotes. Hacerles perder la paciencia no funcionaría. Nada funcionaría, en realidad. Solo podía esperar que me concedieran una audiencia con Riju. Ella me reconocería. Me creería. Estaba en deuda conmigo, al fin y al cabo.
Los miembros del clan Yiga apenas se movían. No los había oído decir una sola palabra. Me habían separado de la Espada Maestra, y también de los caballos y las alforjas. Me sentía horriblemente solo. Sobre todo sin Zelda. Me pregunté si ella se sentiría igual. Esperaba que no le hubieran hecho daño. Diosas, tendríamos que haber dado media vuelta para regresar a casa. A Hatelia. Tendríamos que haberlo mandado todo al infierno.
Pero ya daba igual. Era demasiado tarde para echarse atrás.
Me limité a esperar en silencio. Intenté tener paciencia. Lo que habíamos hecho no podía ser tan grave. Sabía que a Zelda le resultaría más difícil encontrar una forma de salir; allí nadie la conocía. Yo era el único que podía sacarnos de aquel agujero a ambos. Y odiaba tener esa responsabilidad. Me habría gustado saber si Zelda se sentía así cada vez que se veía obligada a hablar. A hablar de verdad. Porque, dependiendo de lo que dijera, aquello se resolvería de una forma u otra. Y nunca se me había dado bien hablar.
Aun así, cuando dos soldados gerudo al fin me sacaron de la celda sin mediar palabra, sentí esperanzas renovadas. Dejé que me llevaran sin oponer resistencia. Caí en la cuenta de que habían dejado a los asesinos en las celdas. Supuse que no querían arriesgarse a un conflicto. A que perturbáramos la paz del desierto de nuevo.
Riju parecía más alta de lo que recordaba. Las gerudo me obligaron a ponerme de rodillas y, cuando la miré de nuevo, había palidecido y tenía los ojos muy abiertos. Sus guardias no parecieron inmutarse.
—Fuera —dijo de pronto—. Todo el mundo fuera.
Las gerudo parecieron confundidas.
—¿Mi señora?
—Fuera de aquí. Ya. —Cuando ninguna se movió, ella se dio la vuelta con brusquedad—. ¿Es que nadie me ha oído?
Ellas se apresuraron a obedecer. Incluso las gerudo que me sujetaban las muñecas se marcharon. Solo Adine, su escolta, permaneció en la habitación. No me quitaba el ojo de encima, pero decidí ignorarlo.
Una vez estuvimos solos, Riju soltó una risita.
—¿Por qué será que, siempre que nos encontramos, tienes tan mal aspecto?
—Puede que sea porque me habéis metido en una celda. Alteza —añadí al ver que Adine fruncía el ceño. No había cambiado desde la última vez que la vi.
El rostro de Riju se ensombreció.
—Me dijeron que habían encontrado a varios hylianos peleándose en medio del Cañón de Gerudo. ¿Cómo iba a saber que eras tú?
—Podríais haber venido antes, alteza. —Ella resopló, pero yo continué—. Y estábamos sufriendo un ataque. Del clan Yiga. Teníamos que defendernos.
Alzó la vista de golpe cuando mencioné al clan Yiga, y sentí una pizca de satisfacción. Si había algo que las gerudo odiaban, era a los asesinos. Habían pasado siglos intentando librarse de ellos por todos los medios. Incluso Adine parecía confundida.
—¿El clan Yiga? Pero tú... Eso es imposible.
Le conté lo que había ocurrido. Mencioné a Zelda en unas cuantas ocasiones, pero al final, Riju parecía tan enfadada que no creía que se hubiera dado cuenta.
—Creí que los habíamos encontrado a todos cuando te fuiste. —Suspiró—. Diosas, Link, lo siento. Tendríamos que haber vigilado más...
—No es culpa vuestra —le dije, aunque no dejó de fruncir el ceño.
—¿Cuál es su líder? ¿La hyliana? —me preguntó Adine.
Negué con la cabeza, y el rostro de Adine se transformó en una mueca de repulsión.
—Una gerudo. Es imposible. Mis soldados me dicen que no ha dicho una palabra, así que decidimos interrogarte a ti primero. Eras más insistente.
Así que mis esfuerzos habían servido de algo.
—¿Su líder es gerudo? —dijo Riju, incrédula. Cuando Adine asintió, su expresión se endureció. No la había visto así la última vez que visité el desierto—. Deberíamos ejecutarla. Por traición.
Adine asintió.
—Me pondré con los preparativos...
—No —intervine—. Está muriéndose. No hay por qué ejecutarla.
Sentiría un alivio inmenso si moría, a pesar de todo. Adine me miró con el ceño fruncido.
—¿Y si escapa? No podemos arriesgarnos a eso. Ha sido difícil establecer algo de paz en el desierto.
—No escapará. No tiene fuerzas para eso —murmuré—. Que se pudra en las celdas.
La malicia ocasionaba dolor. Matarla solo sería piedad.
Riju miró a Adine.
—Lo pensaré —dijo—. Mis disculpas, Link. No sabía nada de esto. Ha sido una tontería tenerte aquí encerrado.
—Quiero que saquéis a Zelda también —dije.
—¿Zelda? ¿Qué Zelda? —Palideció de pronto, y pareció comprender—. Oh. Oh, esa Zelda.
—¿Está en la Ciudadela?
—¿La hyliana? ¿La del pelo amarillo? —preguntó Adine.
Asentí, aunque me hubiera gustado decirle que Zelda no tenía el pelo amarillo. Era dorado, como los rayos del sol. Pero a Adine no le importaba nada de eso.
—Está en la Ciudadela. Mis guardias dicen que no es capaz de cerrar la boca.
—No puedo creer que tengamos a esa Zelda en prisión —murmuró Riju—. Adine, no digas nada de esto.
—No, no digas nada —asentí yo.
Adine pareció confundida, pero no se negó.
—Como digáis, mi señora.
—La dejaremos marchar tan rápido como sea posible —prometió Riju—. Aunque le concederé una audiencia dentro de unos días. No todos los días puedes hablar con alguien así.
Zelda estaría encantada. Una audiencia concedida para hablar de todos sus proyectos, y ni siquiera había tenido que insistir.
Me dejaron marchar al instante. Escuché como contaban a las gerudo que guardaban las celdas que todo aquello había sido un desafortunado malentendido. Lo cierto era que no me importaba lo que pensaran. Pude recuperar nuestras cosas, y también me entregaron a los caballos de nuevo. Y luego estaba la Espada Maestra. No me recibió cuando volví a sostenerla. Ni siquiera sentí su poder bajo las manos. Volví a preguntarme qué demonios le había hecho. La hoja no parecía mellada ni desgastada.
—Espera frente a la entrada de la Ciudadela —me dijo Adine—. Tu compañera saldrá lo antes posible. Pero ni se te ocurra entrar.
Solté un bufido, pero no dije nada. Estaba seguro de que casi la mitad de los visitantes en la Ciudadela eran hombres vestidos con sedas gerudo, pero bajo ningún concepto iba a decírselo. Estropearía la tapadera.
Até nuestras bolsas de viaje a las alforjas de los caballos. Viento empezó a olisquear, y no fue difícil averiguar lo que buscaba.
—Ahora no —mascullé. Comprobé el estado de los caballos, aunque no creía que las gerudo les hubieran hecho nada. Parecían haber comido, aunque tampoco habían pasado tanto tiempo bajo custodia de las gerudo.
Rebusqué en la bolsa de viaje de Zelda hasta encontrar la piedra sheikah. Me costó ponerla en funcionamiento. E incluso cuando lo conseguí, parpadeó varias veces. No le di importancia. Nunca me había llevado bien con la piedra sheikah. A Zelda se le daban mejor aquellas cosas. Y, además, quizá el calor la estaba afectando de alguna forma. Podría haberle fundido alguna tuerca o algo así.
Mientras intentaba encontrar mi posición en el mapa para ir hacia la Ciudadela, una ráfaga de viento levantó arena. Maldije en voz alta cuando se me metió en los ojos. Me cubrí con la capucha, aunque eso no serviría de mucho.
Calabaza se removió, nerviosa, y recordé que el desierto no era el mejor lugar para traer un caballo. Debería llevarlos al Bazar Sekken. Pero no quería que Zelda estuviera sola, así que eso tendría que esperar.
Tiré de las riendas de los caballos y los guié con cuidado a través del desierto. Por suerte, parecía haber un camino que llevaba a la Ciudadela. Había menos arena por allí.
Llegamos a la Ciudadela Gerudo al cabo de un rato. Me sorprendió ver tiendas montadas frente a las murallas. Algunos me miraron con extrañeza al verme con dos caballos, pero decidí ignorarlos y seguir mi camino. Me abrí paso entre las tiendas y la multitud, buscando a Zelda. No la vi por ninguna parte, así que decidí esperar. Encontré un hueco cercano a la entrada, a la sombra. Allí podría ver quién entraba y quién salía.
Saqué el pellejo de agua, porque el calor empezaba a volverse insoportable. Divisé varias morsas del desierto corriendo en libertad por la arena. Una de ellas se acercó un poco más adonde nosotros estábamos. Viento relinchó de pronto, y tuve que apartarme para no recibir una coz. Lo sujeté por las riendas, y varias miradas se posaron en nosotros.
—¿Qué demonios te pasa? —mascullé, intentando que se tranquilizara. Solo lo hizo cuando la morsa del desierto se hubo alejado, y se me escapó una carcajada. Un grupo de mujeres vestidas con sedas gerudo me miraron como si estuviera loco—. ¿Te dan miedo las morsas? —Miré a Calabaza, pero ella parecía tranquila—. Son solo morsas estúpidas. Apenas se mueven.
Solo se movían si estaban lo suficientemente asustadas.
Por suerte, ninguna morsa volvió a acercarse, así que no hubo más incidentes. Al cabo de una eternidad, empecé a preguntarme por qué Zelda tardaba tanto en regresar. Riju debía haber cumplido con su palabra. No tenía ninguna razón para mentirme.
Aún tenía las ropas gerudo que había utilizado para entrar en la Ciudadela. Estaban en lo más profundo de las alforjas de los caballos, para que Zelda nunca las encontrara. Me había prometido no volver a usarlas nunca, pero en aquel instante me dio igual. Estaba a punto de abrir las alforjas cuando la vi salir a través de la muralla. No le costó vernos —no había nadie más con caballos allí, después de todo—. Corrió en nuestra dirección y se detuvo frente a mí, con los ojos brillantes.
—¿Has sido tú? —me preguntó. No me había dado cuenta de lo mucho que había echado de menos el sonido de su voz.
—Puedo ser muy persuasivo.
Zelda sonrió y me besó con urgencia. No intenté apartarme. Sus labios eran cálidos, y ella parecía arder bajo mis manos, aunque el calor que desprendía no era tan desagradable como el del desierto. Nada en ella era desagradable. O eso me parecía a mí.
Se separó de mí despacio y, al abrir los ojos, vi que algunos nos miraban con disimulo. Las gerudo no disimulaban tanto; las soldados junto a la entrada parecían estupefactas. Como si nunca hubieran visto a nadie besarse. Pero nada de eso era importante. Solo podía ver sus ojos. Eran verdes. Un tipo de verde que no podría volver a olvidar jamás.
—Estás horrible —me dijo, sonriendo todavía.
—Tú no.
Se ruborizó. Se sacudió las ropas y luego tomó un mechón de su pelo para mostrármelo.
—Estoy tan horrible como tú. Mira esto. Está sucio. Y grasiento.
—Podrías no tener pelo y te querría igual.
Ella rio y luego se apartó para saludar a Calabaza.
—Has recuperado nuestras cosas —observó—. ¿Cómo lo has...? No, da igual. Primero necesito un baño. Luego las preguntas.
Cogió a los caballos por las riendas, y yo fui tras ella. Poco a poco, el bullicio de la Ciudadela se convirtió en un murmullo lejano.
—¿Te han hecho daño? —le pregunté.
—No —respondió. Luego arrugó la nariz—. Diosas, apesto. Y solo han pasado tres días.
—¿Tres días? —repetí, sorprendido—. Creía que habían sido más.
—No, gracias a las Diosas. Los he contado.
Yo había perdido la cuenta a las pocas horas de que me hubieran encerrado. La observé mientras sacaba su capa de las alforjas y se cubría con la capucha. Escondió su pelo con cuidado.
—No exageres, Zelda. No está tan mal.
Me miró con los ojos entornados.
—No estás siendo lógico y razonable.
Resoplé.
—¿Y qué significa eso?
—Que tu opinión en este tema no sirve de nada.
Le di un empujoncito con el hombro, ofendido, y ella me lo devolvió con una risita. Clavó la vista en el Bazar Sekken, que ya empezaba a asomar en la distancia.
—No sabía dónde estabas —murmuró—. Hice preguntas, pero nadie me respondía. Y, claro, no me conocían allí. ¿Cómo conseguiste convencerlas?
—¿No querías un baño antes de las preguntas?
—He cambiado de opinión.
Sonreí a medias.
—No cerré la boca hasta que me dejaron hablar con la matriarca Riju.
Zelda soltó una carcajada.
—¿Tú? ¿Hablando sin parar?
—Tu libertad dependía de lo rápido que les hiciera perder la paciencia. Dame las gracias.
—Nuestra libertad —dijo, corrigiéndome. Luego se acercó y me besó en la mejilla—. Y gracias. Otra vez. Te di las gracias antes, pero si insistes, no me importa volver a dártelas.
—A mí tampoco —murmuré, sonriendo como un idiota.
A ella no pareció importarle, por suerte.
—¿Y los asesinos? —preguntó en voz baja.
—En las celdas.
Se detuvo en medio del camino, y Calabaza bufó.
—¿De verdad?
—De verdad —asentí—. Y no creo que vayan a soltarlos.
Su sonrisa fue tan amplia que me dieron ganas de sonreír a mí también.
—¿Se acabó?
—Eso parece.
Se puso en marcha de nuevo, y vi que brillaba un poco. Era casi imperceptible.
—Gracias a las Diosas —susurró—. Pensé que no acabaría nunca.
—Nuestros hijos estarán a salvo —dije, y luego solté una risotada.
Zelda me miró con mala cara. Varios de sus mechones empezaban a asomar por la capucha, pero ella no pareció darse cuenta.
—Sí. Estarán a salvo —dijo en voz baja, y me dio la sensación de que no bromeaba.
Algo me decía que todo había sido demasiado fácil. Que nos habíamos librado de ellos demasiado rápido para ser verdad. Pero las gerudo no soltarían a los asesinos, y era imposible escapar de esas celdas. Celdas que las gerudo mantenían bien vigiladas a todas horas. Y aun así...
Miré a Zelda, que parecía feliz, radiante, más alegre que en las últimas semanas. Y sentí que el temor desaparecía. Estaba preocupándome demasiado, como ella siempre decía. Y, en esa ocasión, no había nada de lo que preocuparse. Así que sonreí, cogí su mano y me aferré a ella con fuerza.
El Bazar Sekken también estaba abarrotado, aunque pudimos encontrar una habitación libre en la posada. Pagué por que le prepararan un baño a Zelda. Uno con aceites dulces y perfumados, pero eso no se lo dije. Probablemente me lo reprocharía y se sentiría culpable. Era el baño más caro. Pero me daban igual las rupias. Se merecía darse el mejor baño.
Ella fue directa allí, mientras que yo me dirigí a la habitación en la posada. No era muy grande, pero bastaría. Los caballos se habían quedado en los establos, junto al frescor del oasis. Los envidiaba un poco.
Ella se había llevado su bolsa de viaje, y la mía era ligera. No tardé mucho en organizarlo todo. Mientras esperaba a que Zelda regresara, examiné la Espada Maestra de nuevo. Intenté concentrarme, buscando y buscando. Por un instante me pareció tan fría como cualquier otra espada, y mi corazón se detuvo. Afortunadamente, justo entonces sentí su poder latiendo en la hoja, débil. Pero estaba allí.
Conseguí utilizar algo de su poder. Pero no tanto como en otras ocasiones. Como en Hebra, donde la luz había estado a punto de cegarme incluso a mí. Pero la espada no podía estar debilitándose. Nunca se debilitaba. Solo hacía cien años, durante el Gran Cataclismo, y eso había sido distinto. Ahora no me había excedido con la espada. Ni siquiera había golpeado tantas cosas como para mellarla.
Pero la sentía cada vez más lejos, y eso no me gustaba. Su voz aún me avisaba cuando había malicia cerca, pero incluso la voz era cada vez más distante. Tendría que hablar con Zelda. No ahora, sin embargo. Estaba de buen humor, y no quería preocuparla y estropearlo todo. Tal vez la espada solo necesitara un descanso.
Ya había envainado la hoja cuando Zelda regresó. Tenía mala cara, y al instante supe por qué. Se acercó a mí en dos zancadas. Me limité a sonreír.
—¿Por qué has elegido el baño más caro?
—Hueles bien —le dije. Y era cierto. El aire a su alrededor desprendía un aroma delicado a flores.
Ella se ruborizó y pareció enfadarse aún más.
—Podríamos haber gastado ese dinero en algo útil.
—¿Como qué?
—Como comida. O una habitación más grande.
Solté una risotada.
—Estoy empezando a pensar que de verdad quieres un castillo, Zelly.
Arrugó la nariz, tan roja como una de las manzanas que le gustaban a Viento.
—¿Sabes qué? Apestas. —Me empujó hasta la puerta—. Ve a darte un baño. Ya he pagado por él.
—¿Me has robado las rupias? —mascullé, buscando en la bolsa de viaje.
Me mostró el zurrón con una sonrisa.
—Sabía que tú no pedirías un baño para ti. No es difícil robarte, ser Link. Y creo recordar que tus rupias también son mías. Técnicamente hablando. —Abrió la puerta—. Ahora, fuera. No vas a volver a entrar aquí con ese olor a monstruo muerto.
Me cerró la puerta en las narices antes de que me diera tiempo a decirle que ella olía muy bien. Tan bien que seguramente sería suficiente por los dos.
Cuando regresé, ya había oscurecido del todo. Zelda llevaba el camisón de dormir puesto. Sonrió al verme llegar. Estaba dispuesto a dejarme caer a su lado, sobre una cama mullida y cómoda por primera vez en semanas, y a dejar que el perfume de su pelo me ayudara a dormir. Pero entonces reparé en las botellas que sostenía y me detuve en seco.
—¿Qué es eso?
Se puso en pie. Cerró la puerta detrás de mí y luego volvió a sonreír.
—Tienes la mala costumbre de dejar las puertas abiertas —dijo.
El camisón de dormir le quedaba ridículamente bien. Nunca antes me había dado cuenta de la forma tan maravillosa en que se ajustaba a su cintura. Y ni siquiera era la primera vez que la veía con eso puesto.
—La matriarca me ha concedido una audiencia dentro de dos días —siguió diciendo—. Así que mañana tendremos el día libre. Y por ello he traído esto.
Señaló las botellas. Cuando las vi más de cerca, descubrí que se trataba de Shiok y Shiak. Miré a Zelda, alarmado. Ella se ruborizó.
—Urbosa nunca me dejó probarlo hace cien años. Decía que era demasiado joven. Pero creo que ya tengo edad suficiente. Y tú también.
Su expresión se volvió algo triste. Solo un poco. Pero se recompuso rápidamente, antes de que pudiera decir nada.
—Pruébalo conmigo —me propuso—. Para celebrar que hayamos salido vivos de todo esto.
Sonreí un poco.
—¿De verdad quieres que lo pruebe?
—Claro que sí. Si no, no te lo pediría.
—Sabes lo que pasa cuando...
—Pretendo entrar en... en ese estado también. Contigo.
La miré a los ojos, incrédulo. Ella parecía muy seria, aunque todavía tenía un rubor en las mejillas. Y sus ojos brillaban.
—No puedo creer que me estés pidiendo que me emborrache contigo.
—No te estoy pidiendo eso —repuso ella con un bufido—. Te estoy pidiendo que pruebes el Shiok y Shiak conmigo. Nada más.
Rodeé su cintura con las manos. Podía sentir su piel bajo la fina tela del vestido.
—Si hago alguna tontería, será culpa tuya.
—No harás ninguna tontería. La puerta está cerrada, así que solo te veré yo. Nadie más.
Me tendió la botella. La contemplé por un instante. Toda aquella situación me parecía aún demasiado extraña. Casi imposible. No podíamos habernos librado de los asesinos tan fácilmente. Pero, una vez más, cuando miré a Zelda y vi la forma en que brillaban sus ojos, todas las dudas desaparecieron de golpe. No era vergüenza ni timidez. Era el brillo de alguien joven, muy joven, divirtiéndose de verdad. Se mostraba como lo que realmente era, por una vez.
Tomó un sorbito, vacilante, y yo la imité. Aquella bebida era famosa en todo Hyrule. Solo podía probarse en el desierto, sin embargo. Muchos viajaban hasta allí únicamente para probarla. Tenía un sabor dulce. Y ardiente. ¿Cómo algo dulce podía quemar tanto?
Zelda hizo una mueca, pero siguió bebiendo. Algo me gritó que estaba bajando la guardia demasiado pronto, que seríamos del todo vulnerables si bebía más. Pero, por una vez, no me importaba. Nadie vendría a intentar matarnos durante la noche. Estábamos solos, ella y yo. Solos y a salvo.
—Las traje de ahí fuera —explicó—. Venden las botellas más baratas que en la Ciudadela.
Asentí en silencio, porque no me veía capaz de decir nada más. Cuando acabé con la primera, Zelda me tendió la segunda, y yo la acepté sin mediar palabra. No sabía cuántas había comprado, pero no pensaba tirar ninguna.
Zelda tomó un sorbito de su segunda botella también, y frunció el ceño.
—Me ha decepcionado un poco —murmuró—. No veo qué tiene de especial. El sabor no es tan raro.
Contemplé su vestido blanco otra vez. ¿Por qué no se lo ponía más a menudo? ¿Y cómo demonios podía estar analizando el sabor sin arrastrar las palabras?
Le hicieron falta tres para estar tan mal como yo. Empezó con risitas y luego con carcajadas. Y, Diosas, me gustaba tanto oírla reír y me gustaba tanto su vestido que me sentía en paz.
—Zelda —farfullé, atrayéndola en mi dirección. Ella soltó una risita cuando se sentó en mi regazo. Debía haberle hecho cosquillas—. Zelda. Zelda, no te quites eso nunca.
Más risitas. La besé en el rostro, en todas partes, y ella dejó que lo hiciera entre carcajadas.
—¿Esto? —dijo, señalando su vestido—. No pensé que te gustaba tanto.
Olía demasiado bien. ¿Cómo podía oler tan bien? Flores delicadas. De las que crecían en el jardín. Y manzanas. Sí, a eso olía.
—Hueles a manzanas —suspiré entre su pelo.
Se aferró a mí y me miró con un rubor en las mejillas. Por Hylia, estaba radiante.
—Ya estás diciendo tonterías.
—No son to... ton...
—Tonterías.
—Eso es. —Le besé la punta de la nariz, y también debía tener cosquillas allí, porque se retorció entre risitas—. Me gusta tu nariz.
Se ruborizó, aún riendo, y se tocó la nariz.
—¿Mi nariz?
—Sí. Tu nariz. —La besé en los labios y luego la abracé con fuerza—. Me gusta tu nariz. Y te quiero. Te quiero, Zelda.
Rio una última vez antes de suspirar y devolverme el abrazo.
—Yo también te quiero a ti.
La fiesta no duró demasiado. De hecho, ella se durmió casi al instante, sobre mi hombro. Di gracias a las Diosas por estar sobre la cama. Me sentía tan torpe que, si hubiera tenido que cargarla hasta allí, seguramente la habría tirado al suelo. Murmuró algo que no comprendí cuando la dejé entre las mantas y me rodeó con los brazos otra vez. Y, Diosas, aquel vestido le quedaba demasiado bien.
No me moví de su lado esa noche. Si aquello era a lo que se parecía la paz, ojalá no terminara nunca.
