ZELDA
Había sido una mala idea. Una terrible. Probablemente la peor idea que había tenido nunca. Y eso que las cosas que se me ocurrían no solían ser brillantes. Sin embargo, en aquella ocasión, me había superado.
La luz que se colaba por la ventana me golpeó en los ojos. Entonces empecé a entender cómo debía sentirse Link. Yo también querría deshacerme de la ventana, si estuviera obligada a sufrir aquella luz cegadora cada mañana.
Oh, Link. Pobre Link. Gruñó cuando intenté moverme y me abrazó con más fuerza. No me resistí. La cabeza me dolía demasiado para eso. ¿En qué demonios había estado pensando la noche anterior? Tendría que haber traído una sola botella, para mí, y no darle nada a él. No quería ni imaginarme el dolor de cabeza que tendría. Si el mío era malo, el suyo sería aún peor. Y todo por mi culpa. Debería haberme emborrachado sola. Habría sido mejor para todos.
Pero ¿a quién pretendía engañar? En el fondo, solo había querido divertirme. Recuperar el tiempo perdido. Pese a todo, me sentí ligera como el viento cuando recordé que éramos libres por fin. Por primera vez. Y ese era motivo suficiente para celebrar. Además, siempre era mucho más satisfactorio festejar en compañía que hacerlo sola. Lo había comprobado en numerosas ocasiones.
—Zelda —murmuró él de pronto—. Zelda.
—¿Qué?
Era imposible que siguiera bajo los efectos de aquel veneno. Ni siquiera la bebida gerudo duraba tanto. Y eso que era fuerte.
—Anoche —dijo, y sonreía. No tenía pinta de estar doliéndole nada—, ¿hicimos algo?
Me quedé muy quieta entre sus brazos.
—¿Algo como qué?
—Tú ya lo sabes, Calabacita.
Ya estaba con los nombres estúpidos otra vez. Quise reprochárselo, pero cuando comprendí a lo que se había referido, sentí que mi rostro entero ardía.
—Serás imbécil —le dije—. ¿Por qué demonios quieres saber eso?
—Porque no recuerdo nada —respondió, mirándome a los ojos—. Nada de nada. Y creo que tengo derecho a saberlo —añadió con una risita.
Contuve un gruñido. Aquello era lo más vergonzoso que había tenido que hacer en semanas.
—No —murmuré—. Para tu información, no pasó nada anoche. Al menos, no que yo recuerde.
—Tienes buena memoria. Confío en ti. —Sentí su mano en mi pelo, y luego siguió deslizándose por la espalda—. Tienes razón. Soy imbécil. Si te hubiera hecho el amor, no tendrías esta maravilla puesta ahora —dijo, y percibí que acariciaba la tela del vestido—. Y yo tampoco, claro.
—Eres insoportable.
Me aparté de su lado mientras él reía como un crío y me senté sobre las mantas. Fue una mala decisión. La cabeza me retumbó con fuerza, y todo dio vueltas por un instante. Diosas, no volvería a hacer algo así. Nunca más.
Se oía música procedente del exterior. No sabía qué hora era, pero eso era irrelevante. Era demasiado temprano para estar celebrando algo.
—Hueles bien —susurró él de repente—. Todavía. ¿Cómo puedes oler bien durante tanto tiempo?
Me ruboricé, pero me obligué a mirarlo. Ya no sonreía tanto. Ahora parecía tan mareado como yo.
—Quizá sea porque alguien pagó por el baño más caro —respondí, apartándole el pelo de los ojos. Parecía agotado. ¿Cuántas noches llevaba sin dormir, en realidad?
—Si siempre vas a oler así de bien, pagaré por todos los baños caros que quieras —replicó, y volvía a sonreír. O al menos lo intentaba.
—Deja de decir cosas tan tontas —mascullé—. Si no te doliera la cabeza, no estarías diciendo nada de esto.
—Eso es mentira —gruñó—. Sé que te gusta que te diga cosas bonitas, Zelly.
Cuánta razón tenía. Me pregunté qué habría hecho para llegar a conocerme así de bien. En qué momento había llegado a mostrarme tal y como era, sin apenas darme cuenta.
Suspiré, lo besé en la frente y me puse en pie con lentitud. De nuevo, me juré a mí misma que no volvería a hacer nada así otra vez. Miré las botellas de Shiok y Shiak con mala cara. Habían sobrado solo dos, aunque pensaba que había comprado más. Me desharía de ellas en cuanto pudiera.
—No te quites eso —murmuró él cuando me disponía a quitarme el vestido.
—Me lo pondré cada noche. Solo para ti —sonreí.
Link sonrió también. Pese a todo, no me dio pudor desvestirme delante de él, aunque no me atreví a mirarlo durante todo el proceso. Cuando terminé y alcé la vista con cautela, vi que no me miraba con malicia ni con diversión. Me miraba como si fuese una maravilla. Una flor abriendo los pétalos ante sus ojos. Y algo más. Algo que despertó una sensación cálida y dulce.
En cualquier otra circunstancia, si hubiera sido yo de verdad y no una simple niña enamorada, le habría dicho que dejara de mirarme así, solo por la vergüenza que suponía. Pero confiaba en él, y lo cierto era que no me importaba. Podría acostumbrarme a verlo mirándome de esa forma todas las mañanas durante el resto de la eternidad, y nunca tendría un mal día.
—¿A dónde vas? —me preguntó mientras me ponía las botas. Se sentó también sobre las mantas.
—A traer algo de comer. Y algo frío, también.
No creía que fuera a comer nada. No tenía hambre. Sin embargo, su expresión se iluminó cuando hablé de traer comida, y ese fue el único motivo que necesité.
—Trae manzanas —murmuró Link.
—Sabes que aquí no hay manzanas.
Escuché como gruñía, aunque no le di tiempo a decir nada más. El bullicio del exterior solo empeoró el dolor de cabeza. Hacía un calor abrasador. Había olvidado lo caluroso que podía ser el desierto.
Si lo pensaba bien, aquel lugar no había cambiado mucho. Podía imaginar que no había pasado un siglo, y no habría ninguna diferencia. Seguía siendo el centro del comercio en Hyrule, con sus puestos y tiendas coloridas. Y los viajeros hablaban a gritos y reían. Por lo poco que había visto de la Ciudadela Gerudo, tampoco había sufrido muchos cambios. Me había quedado sin aliento al entrar por primera vez. Eso había desaparecido al ver las celdas, claro. Era la primera vez que estaba allí.
Había intentado saber de Link por todos los medios, pero no había recibido respuesta alguna. Jamás habría pensado que Link, tan callado y reservado cuando estábamos en presencia de desconocidos, iría a sacarnos a ambos de allí. Tendría más fe en él a partir de aquel momento.
La arena crujió bajo mis botas mientras seguía el olor a frutas que procedía de un puesto más pequeño que el resto. Llevaba la bolsa de rupias conmigo, y vigilaba tenerla cerca. El desierto siempre había sido un paraíso para los ladrones.
Anduve entre puestos de joyas y fina seda gerudo hasta llegar a las frutas. No había ninguna manzana, por desgracia. Link tendría que conformarse con una cara sandía gélida. Al menos así no tendríamos tanto calor. Se decía que las sandías gélidas ayudaban a soportar las temperaturas del desierto, pese a crecer allí.
Decidí acercarme al oasis antes de regresar. Ya debía ser más de mediodía, y el sol se reflejaba en las aguas. No había tantos viajeros como en la zona más cercana a la posada.
Me sentía tranquila, por una vez. El desierto siempre había sido una de mis partes favoritas de todo Hyrule, y ya no tenía que preocuparme por más asesinos. Podría vivir en paz a partir de aquel momento. Ya no tendría el miedo constante que me había acompañado desde que tenía memoria. Habían recibido su castigo por fin. Y no se librarían de él tan fácilmente.
Cuando volví a nuestra habitación en la posada y le tendí la sandía a Link, él la examinó con ojo crítico.
—No tiene pinta de ser una manzana —observó.
—En el desierto no crecen manzanas, Link —le recordé por enésima vez—. He probado la sandía gélida cientos de veces. No está nada mal.
Suspiró, aunque comió igual. Incluso yo me atreví a comer un poco. El sabor seguía siendo dulce y fresco, y me recordaba a las tardes que había pasado en el desierto, en compañía de Urbosa. Durante mucho, mucho tiempo, aquellos habían sido mis viajes favoritos. Los únicos que nunca podía esperar. Habían sido el único respiro que había tenido antes de que Link y yo nos hiciéramos amigos.
Cuando viajaba al desierto, no había miradas ni susurros. Las gerudo me trataban con más respeto y afecto que en el castillo, donde pasaba la mayor parte de mis días. Había sido algo parecido al hogar. Durante un tiempo.
—No te he oído decir que me estoy confiando mucho con los asesinos —le dije para pensar en cosas más alegres.
Él alzó la vista de la sandía por un momento.
—No he tenido tiempo para hacerlo.
Puse los ojos en blanco.
—Oh, por supuesto. Para tu información, te doy permiso para decírmelo. No recibirás ningún reproche.
Él sonrió, aunque la sonrisa no llegó a iluminar su rostro entero, a decir verdad. Tal vez seguía ocultándome cosas. O quizá solo estaba demasiado agotado aún para pensar con claridad.
—No voy a decirte eso —respondió, sin embargo.
—¿Hay algún motivo en especial? —inquirí, confundida.
Se encogió de hombros.
—No eres tonta, Zelda. Sabes cuándo hay peligro y cuándo no. Y puedes defenderte tú sola.
Sentí un extraño orgullo extenderse desde mi pecho al oírlo decir aquello. Eran pocas las ocasiones en que podía estar orgullosa de mí misma.
—Nunca habría pensado que llegarías a admitirlo.
—Es la verdad. No tiene nada de malo.
Me atreví a sonreír. Él comió más sandía, aunque ni siquiera parecía darse cuenta de lo que estaba haciendo. Solté una risita, y Link me miró de nuevo.
—¿Te gustan las sandías gélidas?
Vi claramente como enrojecía.
—No están mal.
Se me escapó otra risita, y él enrojeció un poco más. Puse una mano sobre su brazo con cuidado y él se detuvo al instante. Me miró con los ojos muy abiertos. Yo me limité a sonreír. No podía dejar de sonreír, por alguna razón. Solo me ocurría en ocasiones como aquella, cuando estábamos cerca. Y, en realidad, no existía ningún motivo lógico que lo explicara. Cuando me miraba de esa forma en concreto, con los ojos llenos de curiosidad y su atención fija en mí y solo en mí, lo único que podía hacer era sonreír como una tonta.
—Me alegro de que te encuentres mejor —le dije. Detuve mi mano cerca de su hombro. El que había salido herido. Noté que se había quitado las vendas.
—¿Quién ha dicho que no me encontrara bien? —replicó él.
Sentí sus manos alrededor de mi cintura. Le gustaba ponerlas en aquel lugar concreto, al parecer. Había caído en la cuenta tras haber analizado al detalle sus gestos. Sobre todo los que realizaba cuando estaba particularmente cerca. Y él era cálido, y contuve un estremecimiento cuando sentí sus manos moverse a través de las ropas.
—Bueno —suspiré—, siguiendo la lógica, no encontrarse bien es lo que suele ocurrir en la mayoría de los casos cuando se consumen bebidas como esa. —Señalé las botellas de Shiok y Shiak. Link hizo una mueca y ni siquiera se giró para mirarlas—. Y, a juzgar por tu comportamiento tanto anoche como esta mañana, he llegado a la conclusión de que lo más probable es que no te encuentres precisamente bien ahora mismo.
Me miraba con cara de idiota. Me gustaba su cara de idiota. Sus ojos se abrían más de los normal, e incluso brillaban un poco, dependiendo de la situación. Y de pronto sus dedos acariciaban mi rostro, y se me escapó un suspiro.
—Tu análisis se equivoca.
—Mis análisis nunca se equivocan —murmuré, cerrando los ojos.
—No puedes demostrarlo.
—Oh, ha hablado el experto.
Lo escuché reír, aunque no abrí los ojos para verlo. Con solo oírlo mi corazón empezó a revolotear por todas partes.
—Anoche dijiste que te gustaba mi nariz.
Era de lo poco que recordaba. El resto estaba ligeramente borroso. Recordaba haberle escuchado decirlo con una sonrisa estampada en el rostro.
Su nariz rozó la mía entonces, y contuve otro suspiro.
—¿Eso dije?
—Creo recordar que sí.
—Bueno —suspiró con fingida resignación—, no es ninguna mentira.
Abrí los ojos y me aparté un poco. Me cubrí la nariz con una mano. Nunca habría llegado a pensar que él había estado hablando en serio la noche anterior.
—¿Qué tiene de especial?
—Que es tuya.
Quise decirle que ese no era motivo suficiente, pero no tuve tiempo. Me quedé sin voz cuando él puso una mano sobre mi mejilla y se acercó con cuidado. Sus besos siempre habían sido lentos, como si tuviera todo el tiempo del mundo y quisiera gastarlo poco a poco. Había ocasiones en las que perdía el control, por supuesto, pero esa no fue una de ellas. Me atrajo en su dirección, porque yo era incapaz de hacer un solo movimiento. Y, Diosas, era maravilloso. No titubeaba. Sus labios eran firmes, como si estuviera seguro de cada gesto.
Dejé que tomara las riendas de la situación. No solía hacerlo, pero no habría una oportunidad mejor que aquella. Y quería hacerle ver que intentaba mejorar. Demostrarle que no necesitaba tener el control en todo momento. Cuando sus dedos rozaron la piel desnuda, me estremecí entre sus brazos. Quise detenerme durante un solo instante para recordarle lo mucho que lo quería, pero entonces sus labios dejaron los míos. Dejó un camino de besos en mi rostro, y luego siguió más abajo. Enterré las manos en su pelo y suspiré.
Debió rozar una zona particularmente sensible, porque empecé a retorcerme entre sus brazos, riendo a carcajadas. Aún me hacía cosquillas, así que no podría parar ni aunque quisiera. Intenté decírselo, pero solo me salieron susurros ahogados. Link se detuvo y sentí que se quedaba rígido. Supuse que estaba confundido. No lo culpaba; yo también lo estaría.
No tardó en comprender, por suerte. Él rio también, y se apartó para no hacerme cosquillas. Cuando alzó la vista de mi hombro, sonreía.
—No me dejas intentar nada —dijo—. Tienes cosquillas en todas partes.
—No en todas partes —repliqué, poniendo los ojos en blanco—. Puedo hacer una lista bastante corta de las zonas en las que...
—¿Qué entiendes por bastante corta?
Le di un rápido beso y, cuando me separé de él, sonreía como un completo idiota. Bien. Me gustaba que sonriera así, en el fondo. Era una sonrisa que solo reservaba para mí.
—Me alegro de que te guste mi nariz —le dije—. A mí también me gusta la tuya.
—Me la he roto varias veces —replicó con un bufido—. Debe de ser la más torcida que existe.
—¿Y eso qué tiene de malo? Es especial así.
Calló de golpe, y luego su sonrisa se hizo más amplia. Seguía siendo tonta, aunque había algo más. Algo que había aparecido por primera vez hacía no mucho tiempo. Se parecía al afecto, aunque era un poco más profundo. Si fuera una jovencita tonta, diría que se trataba de amor. Pero como no lo era —y, desde luego, nunca lo había sido ni lo sería—, tendría que conformarme con afecto profundo.
Arrastré a Link fuera de la habitación unas horas más tarde. Decían que el desierto poseía los mejores atardeceres de todo Hyrule. Visitamos los puestos montados en el Bazar Sekken. Las mejores joyas siempre habían podido encontrarse en Gerudo, y eso tampoco había cambiado. Link se ofreció a comprar joyas y sedas gerudo para mí, pero me negué en rotundo. Ambas cosas eran demasiado caras y, además, innecesarias. Solo podría usar las ropas dentro del desierto, cuando el calor abrasador golpeaba con dureza. Llevarlas en el resto de Hyrule sería una tontería.
—Si no vas a comprar nada, ¿para qué hemos venido? —me susurró él.
—Para pasear. Para que no te pases el día ahí dentro.
—Pero es que anoche...
—Eso no es ninguna excusa. —Tomé su mano y tiré de él. Protestó entre gruñidos, pero no soltó mi mano durante toda la tarde.
Se detuvo en el puesto de frutas. Sonreí mientras él lo examinaba todo con atención. Parecía de buen humor, a pesar de todo. Eso era conveniente, porque yo también lo estaba. Todo había salido bien, pese a mis peores temores. No lo había visto examinar nuestros alrededores una y otra vez, y tampoco había sospechado de nadie hasta el momento. De hecho, parecía despreocupado. Más, incluso, de lo que lo había visto en días. Seguía estando alerta, claro, pero no era tan exhaustivo como antes.
Cuando el crepúsculo comenzó a caer, encontramos un hueco junto a la tranquilidad del oasis. Allí el bullicio era solo un murmullo lejano, medio oculto por el susurro del estanque. Me gustaba volver a ver las estrellas con él. No me sentía amenazada ni en peligro y, por lo que parecía, Link tampoco. Así que podía permitirme soltar risitas tontas y hacer comentarios sin sentido, y él podía hacer todos los chistes malos que quisiera. Porque, en aquel preciso momento, nadie esperaba nada de nosotros.
—¿Aún quieres ir a la antigua guarida del clan Yiga? —me preguntó más tarde aquella noche, mientras me ponía el camisón de dormir.
Su rostro se iluminó al verme, y sonrió un poco.
—¿Por qué no? —respondí—. No perdemos nada. Si queda malicia allí, podremos destruirla. Y también podremos destruir todo lo demás, todo lo peligroso. Así nadie volverá a pasar por este tormento.
Los ojos dejaron de brillarle, y tomó asiento sobre la cama. Vi que observaba la Espada Maestra, olvidada en un rincón oscuro desde el día anterior. Sabía que algo no iba bien con la espada. Su actitud hacia ella había cambiado varias semanas atrás, aunque tenía la sensación de que la espada también había empezado a cambiar.
—¿La malicia desaparecerá cuando los asesinos mueran? ¿O tendré que destruirla yo?
Me senté a su lado.
—No has tenido que atravesar los cuerpos de los asesinos muertos en Onaona para saber que no hay malicia, ¿verdad?
Pareció confundido.
—¿Cómo funciona? ¿Desaparece?
—Creo que sí —murmuré—. Sin la influencia del Cataclismo, la malicia no puede existir durante mucho tiempo sin un cuerpo que la lleve, a menos que esté muy bien conservada o contenida en cantidades muy pequeñas. Cuando se quedan sin cuerpo, desaparecen. Al menos esa es mi teoría.
Link asintió despacio. Miró la espada otra vez, y luego me miró a mí. Guardé silencio, porque sabía que él quería decir algo. Sin embargo, al final no lo hizo. Me dijo que se iba a dormir y le dio la espalda al rincón oscuro donde había dejado la Espada Maestra.
Algo lo molestaba desde hacía mucho tiempo. Tal vez no quería hablar de ello. Tal vez ni siquiera el propio Link lo entendía. Fuera como fuese, esperaría por él. Esperaría a que lo comprendiera y me lo contara por voluntad propia, sin ninguna presión. Y después le daría las respuestas que pudiera encontrar.
Al día siguiente, Link me acompañó hasta la Ciudadela Gerudo. Las mujeres que guardaban la muralla no apartaban la vista de él, como si pudieran adivinar sus intenciones de alguna forma.
—Tienen leyes estrictas, Link —le recordé—. No te dejarán entrar sin más.
Él soltó un bufido y le dirigí una mirada de advertencia. Nada de lo que había dicho era mentira. Las gerudo cumplían sus leyes, y esa en concreto se seguía a rajatabla. Ni siquiera cien años atrás se había sabido de un solo hombre que hubiera cruzado la muralla. Y, desde luego, Link no iba a ser el primero.
No insistió más, para mi sorpresa. Asintió en silencio y me dejó marchar con una sonrisa. Fue tan extraño que dudé un instante antes de dar media vuelta. Quizá el calor del desierto lo estaba afectando de alguna manera. A lo mejor estaba poniéndose enfermo por culpa de las sandías gélidas. Comer demasiadas no podía ser bueno.
Aun así, me dirigí hacia la Ciudadela Gerudo, dándole la espalda. Él sabía cuándo volvería. La audiencia con la matriarca sería a mediodía, y suponía que no querría entretenerse mucho conmigo. El desierto era grande, y las gerudo tenían asuntos más importantes de los que ocuparse. Aun así, esperaba que me escucharan. El desierto era vital en el comercio de Hyrule. Siempre lo había sido, pero ahora Hyrule no podría sobrevivir sin las rutas comerciales que conectaban el desierto con el resto del mundo.
Recordé lo precarios que me habían parecido los caminos. Eso también habría que arreglarlo.
La Ciudadela Gerudo estaba tan abarrotada como el Bazar Sekken, quizá incluso más. Me habría gustado visitarlo todo y recordar el tiempo que había pasado allí de niña, cuando las cosas eran más fáciles, pero sabía que había asuntos más apremiantes. Además, podría hacer eso después. Cuando la lista de tareas que tenía por delante hubiera desaparecido.
Me abrí paso entre los puestos coloridos. Las mujeres allí vestían con sedas gerudo, con el rostro medio cubierto. Las calles desprendían un aroma que no había percibido en ninguna otra parte de Hyrule. Aquello me trajo recuerdos también, pero me obligué a ignorarlo. Ya habría un momento para eso. Más tarde.
Cuando llegué al final de la escalinata que llevaba al palacio, las mujeres que vigilaban la entrada me cerraron el paso. Me sentía ridículamente pequeña frente a ellas. Yo iba desarmada, salvo por la pequeña daga que ni siquiera sabía utilizar y el poder sagrado. Y no tenía pensado utilizar el poder bajo ningún concepto. Eso me delataría al instante.
—Deseo hablar con...
—¿Tienes audiencia con la matriarca Riju? —me preguntó una, interrumpiéndome.
Carraspeé. Ellas me sacaban dos cabezas. Y, Diosas, parecían tener más músculo que Link. Al menos sus brazos debían ser más fuertes, por lo que podía ver a través de las armaduras.
—Me la concedió hace dos días.
Las gerudo se miraron y luego una se dirigió al interior del palacio. Mientras esperaba, me limité a mirar al suelo, porque la mirada de la soldado que tenía delante intimidaría a cualquiera. Me pregunté cómo habría conseguido Link hablar con la matriarca antes de la derrota del Cataclismo. No podía haber entrado en la Ciudadela.
Cuando la mujer regresó, sentí un alivio inmediato. Me examinó de arriba abajo antes de hablar.
—Llegas temprano, pero la matriarca te atenderá.
Me dejó el paso libre. Vacilé por un instante al escuchar el tintineo de las lanzas a mi espalda, pero no creía que fueran a hacerme daño. Las gerudo respetaban la hospitalidad. Tenía la esperanza de que eso tampoco hubiera cambiado.
El interior del palacio me dejó sin aliento, aunque no era la primera vez que lo veía. Las paredes doradas estuvieron a punto de deslumbrarme. Y casi choqué contra una de las enormes estatuas de piedra que decoraban la estancia. Caí en la cuenta entonces de la mala impresión que debía dar, con las ropas de viaje polvorientas y las botas llenas de arena. Quise sacudirme, pero eso me delataría al instante.
Me acerqué un poco más al trono y escuché como las puertas se cerraban a mi espalda. Comprobé, sorprendida, que solo había una soldado junto a la matriarca. Y, Diosas, era incluso más fuerte que las demás. No apartó su mirada de la mía mientras avanzaba, y yo no aparté los ojos de su gigantesca espada.
Fue entonces cuando me fijé por primera vez en la matriarca. Riju. Así la habían llamado. Si el palacio me había sorprendido, aquello me dejó estupefacta.
Era una niña. Solo una niña. Una niña sentada en un trono y vestida con joyas. Y sus ojos eran tan parecidos a los de Urbosa que por un momento el corazón se me detuvo. Pero luego la miré de nuevo; tenía rasgos infantiles aún. Me estudió con los labios apretados, y vi que estaba muy quieta en su enorme trono. Por Hylia, parecía diminuta en él.
—Princesa de Hyrule —dijo de pronto. Su voz era aguda, pero imperiosa. La voz de una líder, pese a ser una niña al mismo tiempo—. Zelda, ¿verdad?
Di un respingo. Abrí la boca, pensando en una respuesta lógica y coherente, pero no se me ocurrió nada.
—¿Cómo lo sabéis? —farfullé al final.
Se removió en su trono. Parecía incómoda. Yo también lo estaría, si tuviera doce años y me obligaran a sentarme en un monstruo como aquel y gobernar.
—Conozco a Link. No es muy difícil saber quién eres tú, si sabes quién es él. —Me miró de arriba abajo—. Te imaginaba más alta. Más brillante. No pareces especial, como en las leyendas.
Toda la pena que había sentido por ella desapareció de golpe. Había pensado que, pese a ser una niña, tendría un comportamiento más maduro. Me había vuelto a equivocar.
—Yo no imaginaba a la matriarca gerudo como una niña —dije sin pensar.
Su rostro se ensombreció, y me arrepentí de al instante de haber abierto la boca siquiera. Tendría que haber ignorado su comentario y seguir adelante. No quería ganarme una enemiga, y menos una que fuera gerudo.
—Vigila tus palabras —dijo la gerudo que montaba guardia junto al trono. Me miraba de tal forma que empecé a sentir miedo de verdad.
—No es nada que no haya oído ya, Adine —dijo la niña—. No os preocupéis, princesa. Muchos piensan así, no solo vos.
Le sostuve la mirada, sin decir una palabra. No sabía cómo continuar después de aquello. Cuando caí en la cuenta de que ella no iba a hablar, carraspeé para recuperar la voz.
—He venido para...
—No. Esperad un poco —dijo la matriarca, interrumpiéndome. Me mordí la lengua para no soltar un comentario inadecuado—. Siempre he querido conoceros.
—¿A mí?
—No hay nadie más aquí. Sois una leyenda, princesa. Crecí escuchando historias sobre vos.
Hice una mueca. No quería saber las cosas que se decían de mí. Esperaba que al menos fueran buenas. Por ello, prefería que mi pasado siguiera siendo un secreto para el resto del mundo. Que se me tratara como una más, sin distinciones estúpidas. Ya no era nadie, y pese a ello sentía que podía ser yo misma por primera vez.
—Link me habló de ti la última vez que estuvo aquí —dijo ella—. No tuve tiempo de preguntarle cómo se encuentra después de matar a ese monstruo.
—Él está bien. Me ayuda en mis viajes. Va conmigo.
—¿Te sigue a todas partes como un cachorro perdido?
Además de ser inmadura, era insolente. Íbamos a llevarnos de maravilla.
—Lo primero que hice fue liberarlo de sus juramentos —repliqué, intentando mantener el rostro impasible. No iba a ponerme a su altura—. Me sigue porque quiere. Está a mi lado porque quiere. Tiene libertad absoluta. No lo obligo a nada.
Y, desde luego, no era ningún cachorro perdido.
La niña alzó una ceja.
—No voy a cuestionar eso. Los hylianos tenéis relaciones extrañas. Sois gente extraña en general.
Contuve una risotada. Las gerudo no dejaban entrar hombres en su ciudad, y nosotros éramos los extraños. Pero aquella niña parecía estar de mal humor, así que no quise discutir. Tenía cosas que hacer. Sin embargo, justo cuando iba a hablar, ella me interrumpió.
—Siento lo de la prisión. No sabía quién eras, y tampoco conocía vuestra situación. No pretendía encarcelar a la heredera al trono.
Soltó una risita y se me quedó mirando. Por un momento me pregunté si habría esperado que me uniera a ella. Fuera como fuese, no lo hice.
—La asesina —dije—. ¿Sigue...?
—Sí —respondió la soldado junto al trono. La habían llamado Adine—. No dejaremos que salga.
Reprimí un suspiro de alivio. Si ella no se liberaba, los demás tampoco lo harían. Había visto lo débiles que estaban varios días atrás, en el Cañón de Gerudo. Ella era la única con suficientes fuerzas para seguir luchando.
—Tampoco dejaremos que los otros escapen —añadió—. Están vigilados, puedo asegurarlo.
—Link no quiso que los ejecutáramos —dijo la matriarca—. Dice que acabarán teniendo una muerte lenta y dolorosa ellos solos. Si de mí dependiera, ya estarían muertos.
Un escalofrío me recorrió de pronto. Link odiaba al clan Yiga. Los odiaba más que yo, y eso que yo era su objetivo. Él era solo un estorbo para los asesinos. Lo único que les impedía llegar hasta mí. Y ahora quería que sufrieran.
—Estoy de acuerdo con él —contesté en voz baja, aunque matarlos sería un acto de piedad. Pero lo cierto era que no se lo merecían. No después de todo lo que habían hecho.
El poder se agitó con más fuerza que de costumbre. Normalmente era como un fuego que no tenía nada de lo que alimentarse. Y, por sorprendente que fuera, había logrado mantenerlo bajo control. No había sufrido ningún incidente hasta el momento. Me sentía incluso orgullosa de mí misma por ello.
Miré a la matriarca Riju, que parecía distraída. Decidí que aquel sería el momento ideal. No dejaría que volviera a interrumpirme.
—He venido al desierto para hablar con vos —dije, rompiendo el silencio y mirando a la niña. Ella me observó con atención—. Me gustaría...
—¿Queréis recuperar vuestro trono? —quiso saber con una ceja alzada.
Me detuve en seco y contuve un gruñido. ¿Por qué todos pensaban lo mismo? ¿Tan mal trabajo había hecho mi familia durante los siglos en que había gobernado?
—Yo no he dicho eso —respondí muy despacio. Intenté no mostrar la irritación que de verdad sentía. Eso no me ayudaría.
—Bien. Porque el desierto no volverá a unirse al gobierno de los hylianos. Nos va muy bien por nuestra propia cuenta. No necesitamos un reino.
—Me he dado cuenta —murmuré.
—¿No... no habéis venido para eso? —musitó, y de verdad parecía incrédula.
Aquello debería haberme dolido, pero el trono nunca me había importado. Lo había dado por perdido mucho tiempo atrás. Luego el patriarca orni solo había reforzado esa idea. Y, en el fondo, nunca había querido gobernar. No estaba hecha para eso.
—Por supuesto que no —respondí—. No quiero unificar Hyrule bajo un gobierno hyliano. He viajado. He visto que nadie lo necesita. ¿Por qué iba a cambiar la forma en que todo funciona cuando las cosas os van tan bien? El problema son los hylianos, no los demás.
La niña miró a Adine, que no hizo ningún gesto.
—¿Por qué debería creeros, alteza?
Alteza sonó a burla hiriente en sus palabras. Pero no me acobardé. Muchos habían hecho comentarios como aquel en el pasado, cuando era princesa. Me había acostumbrado, pero eso Riju no lo sabía.
—¿Cómo iba a gobernar? ¿Con qué ejércitos? El trono ya no existe. Nadie me reconoce. Los orni y los zora no me apoyarán. Quizá los goron me escucharían, pero si nadie más acepta, ellos tampoco lo harán. Está muy claro que vosotras tampoco queréis un reino. Y los hylianos apenas pueden sobrevivir por sí solos. ¿A quién gobernaría entonces?
La niña guardó silencio. Cuando volvió a hablar, su tono ya no era despectivo.
—¿Qué es lo que queréis?
—Reconstruir —respondí. Ella pareció confundida, así que proseguí—: Lo primero que vi al salir del castillo fueron ruinas. Están por todas partes. Dondequiera que miro, ahí están. Nadie se ha ocupado de reconstruir puentes y acondicionar los caminos. Tampoco de levantar aldeas.
—¿Y vos lo vais a hacer?
—Es lo que planeo.
—¿Con qué voluntarios? ¿Y con qué rupias?
—Con una compañía de construcción hyliana. Y con el apoyo de los zora y los goron. Y de los orni, claro. Aportarán rupias y materiales.
Miró a Adine de nuevo. Comprobé con cierta satisfacción que la mujer parecía impresionada.
—¿Los has convencido? ¿Cómo?
Me encogí de hombros.
—Insistiendo.
—Han llegado rumores al desierto —dijo la niña—. Pero no creía que fueran ciertos.
Si el rumor había alcanzado una región tan alejada como el desierto, íbamos por el buen camino. Karud debía estar ahí fuera, en alguna parte, corriendo la voz.
—En el desierto hay mucha gente. Si hablarais con vuestro pueblo y decidierais apoyarnos, nos haríais un gran favor. No os pido materiales ni rupias. Solo apoyo.
—¿Y qué ganaríamos nosotras con eso?
—Mejores rutas de comercio. Más viajeros que vayan al desierto. Más rupias. Y un hogar. Un futuro, visto de otra forma.
—En el desierto no hay ruinas del Gran Cataclismo. La destrucción no llegó aquí —repuso Riju—. Nosotras no tenemos ese problema. Quizá el resto de Hyrule sí, pero nosotras no.
—¿Por qué sois todos tan egoístas? —Adine sujetó su espada con más fuerza, pero no le hice caso—. Llevo lunas insistiendo. No pido nada. Solo que habléis con vuestro pueblo. Que animéis a la reconstrucción. Pero lleváis tanto tiempo mirando por vosotros mismos que ni siquiera podéis verlo. Y, Diosas, después de todo lo que ha pasado, no pienso ponerme de rodillas y suplicaros que me ayudéis, matriarca Riju. Seguiré adelante con o sin vuestro apoyo.
Esperé a que alguien me sacara de allí. A que la matriarca Riju diera la orden de encerrarme en las celdas de nuevo. Pero no lo hizo. Se me quedó mirando, boquiabierta, y yo le sostuve la mirada. Sabía que aquella niña no tenía la culpa de nada, en realidad. Solo intentaba buscar el bien de su pueblo. No me extrañaría que pensara que estaba loca, después de haberle soltado todo aquello como si me hubiera insultado personalmente.
El silencio era pesado como un ladrillo. Traté de controlar el poder, que latía con fuerza. La matriarca carraspeó y miró a Adine.
—Lo pensaré —dijo al final, y su voz no sonaba tan firme como antes—. Os haré llamar en cuanto tome una decisión.
Comprendí que no obtendría una respuesta más clara aquel día. Así que me incliné en señal de respeto y me marché de allí a paso rápido.
Recorrí las calles de la Ciudadela, abriéndome paso entre la multitud. Crucé la muralla y me detuve frente a las tiendas de los viajeros congregados allí. Pensaba en ir hacia el Bazar Sekken cuando distinguí a Link en un rincón. Al acercarme más, descubrí que estaba cuidando de una morsa del desierto.
La morsa se quedó muy quieta de pronto, y él alzó la vista y sonrió.
—No la asustes —dijo.
Contuve un bufido, pero me acerqué con cuidado y tomé asiento a su lado, sobre la arena. Recordaba que las morsas del desierto eran criaturas asustadizas. Sabía llevar una; Urbosa me había enseñado un siglo atrás. Durante un tiempo, me habían gustado más que los caballos. Eso había acabado cambiando, por supuesto.
La morsa me examinó con desconfianza, pero cuando la acaricié con lentitud pareció tranquilizarse de nuevo.
—Pensé que no te gustaban las morsas del desierto —le dije a Link en voz baja.
—No me gusta viajar en una —puntualizó él—. Pero las morsas están bien.
Y, por supuesto, parecían derretirse bajo sus manos. Igual que los caballos.
—Estoy empezando a pensar que la Diosa te ha bendecido con algún tipo de magia —murmuré mientras el animal se acercaba más a él, feliz.
—No —rio él—. Los conejos me odian. Los jabalíes también. No puede ser magia.
—Entonces mi teoría no sirve —suspiré. Link empezó a rebuscar en su bolsa de viaje—. No tenías que esperarme aquí, ¿sabes?
—No te he esperado aquí —repuso. Sacó una manzana y la dejó sobre la arena. Se quedó muy quieto mientras la morsa olisqueaba la fruta—. He estado buscando sandías gélidas. Y también... Oh, Diosas. —Maldijo cuando la morsa bufó y se alejó de la manzana.
—Creo que no le gustan.
—Más para mí —masculló, encogiéndose de hombros. Sacudió la manzana y observé con desaprobación como se la comía tranquilamente—. ¿Qué?
Suspiré, pero no dije nada. A él le gustaban sus manzanas. No podía cambiar eso.
Hizo una mueca de fastidio cuando la morsa pareció ver algo en la distancia y se marchó corriendo por la arena.
—Estaba pensando un nombre para ella —dijo.
—Podríamos llamarla...
—No. Eres peor que yo poniendo nombres.
Se me escapó una risita. Si lo decía por Calabaza, no estaba de acuerdo. Le pegaba llamarse Calabaza, por mucho que él quisiera negarlo.
Se acomodó sobre la arena y me miró.
—¿Cómo ha ido?
Suspiré y clavé la vista en el cielo sin nubes.
—No lo sé —respondí—. Quiero pensar que ha ido bien. Pero creo que no le caigo bien a la matriarca gerudo.
Pareció incrédulo por un instante, aunque luego soltó una risotada.
—¿De qué te ríes?
—Debería haberlo visto venir —rio él—. ¿Qué te ha dicho?
Olvidé que mi enfado iba dirigido a él por un momento.
—Es como el patriarca Tyto, Link. Cree que quiero gobernar. ¿Acaso tengo pinta de ser una tirana? —Miré mis ropas polvorientas. No. Ni siquiera tenía pinta de ser una reina—. Y también dijo que no era tan... ¿brillante?
—¿Brillante?
—Dijo que no soy tan brillante como había imaginado.
—Dale tiempo, Zelda. Es una niña.
—¿Por qué demonios te pones de su parte? Ella no tiene razón, y tú lo sabes mejor que nadie.
—Me recuerda a ti —dijo, mirándome. Me detuve de golpe, confundida—. Me di cuenta la primera vez que hablé con ella. Es una niña con una responsabilidad demasiado grande. Y está asustada. Igual que tú.
Lo observé con el ceño fruncido. Me hubiera gustado decirle que se equivocaba. Que la matriarca Riju y yo no teníamos ningún parecido. Pero me daba la sensación de que, si lo dijera, él se daría cuenta de mi mentira. Así que guardé silencio.
—Aun así, no me imaginaba a la matriarca gerudo tan joven —murmuré.
—Nadie lo hace, porque ninguna niña debería gobernar algo tan grande.
Suspiré. Él tenía razón, y lo sabía. No tenía por qué decírselo.
—¿La antigua guarida del clan Yiga está muy lejos? —quise saber.
—¿Quieres ir ahora?
—No tengo nada mejor que hacer. Y me atrevo a decir que tú tampoco.
Sonrió, y su rostro se iluminó un poco más.
—Está a unas cuantas horas de aquí. No nos daría tiempo a hacer el viaje de vuelta —añadió.
—No me importa dormir bajo las estrellas.
Se puso en pie de un salto y me tendió la mano. Dejé que tirara de mí y luego no lo solté. Su mano era demasiado cálida para eso.
Era una locura ir tan lejos en pleno día, pero a ninguno le importaba. Y a él siempre le había gustado la aventura. Nada me ocurriría mientras estuviera a su lado.
Después de insistir, Link aceptó ir en morsa del desierto. No pude contener las carcajadas al verlo trastabillar mientras el animal se deslizaba rápidamente por la arena. Parecía no gustarle de verdad.
—No vas a caerte —le dije por encima del rugido del viento. Me protegí los ojos como pude para que no se llenaran de arena.
—¿Cómo lo sabes? —replicó él.
—Tú agárrate a las riendas.
Hice que la morsa fuera más rápido y no tardé en adelantarlo. No me alejé demasiado, por si acaso. No quería que perdiera el equilibrio de verdad y se hiciera daño. Seguía oyendo el sonido de su morsa al deslizarse por la arena, y eso me tranquilizaba un poco más.
Solía montar morsas cuando visitaba el desierto. Nunca me habían parecido criaturas majestuosas, pero llevarlas por el desierto, cuando nadie miraba, había sido lo más parecido a la libertad que había tenido durante mucho tiempo. Había sentido el viento azotándome el rostro a toda velocidad por primera vez, porque no se me permitía galopar con los caballos todavía. Nunca fui una jinete particularmente hábil entonces, y sospechaba que todos habían temido que cayera de la silla y me abriera la cabeza contra una roca debido a mi propia torpeza.
Recorrimos el desierto durante horas. Link había dicho que siguiéramos en línea recta, hacia la Cordillera de Gerudo. Cuando las morsas empezaban a cansarse y sentía las piernas doloridas, escuché a Link decir que me detuviera. Lo hice sin oponer resistencia. La morsa pareció agradecerlo.
Me froté las piernas entumecidas con una mueca. Link llegó a mi lado y me tomó de la mano. La acepté y dejé que nos guiara a través de la Cordillera de Gerudo. Dejamos a las morsas a la salida del desierto. No se irían de allí a menos que hubiera peligro cerca.
Empezó a hacer frío a medida que nos internamos más entre las montañas. Confiaba en que Link supiera a dónde íbamos. Miraba la piedra sheikah cada cierto tiempo y luego seguía adelante. Me envolví en la capa y me pegué más a él.
—Los cambios de temperatura bruscos no son buenos —murmuré, tiritando. Vi escarcha en los pocos arbustos que crecían junto al camino invisible que Link seguía.
—Estamos cerca —me dijo.
Saqué su capa de la bolsa de viaje que llevaba consigo y la coloqué sobre sus hombros.
—¿Cómo puedes no tener frío? —inquirí. Los dientes me castañeteaban.
—No hace tanto frío, Zelda.
—Si está a punto de nevar —repuse. Él negó con la cabeza—. Es verdad. Y odio el frío.
—No falta mucho para llegar.
Lo miré, escéptica, pero Link no pareció darse cuenta. Seguimos avanzando durante una eternidad, hasta que él dio un giro brusco y se detuvo para mirar la piedra sheikah.
—Si no recuerdo mal, era por aquí —murmuró—. Pero, bueno, ni siquiera yo me fiaría de mi memoria.
—Estamos perdidos —dije con un suspiro dramático. Él sonrió.
—No. Es por aquí, estoy seguro.
Tomó mi mano de nuevo y me guió a través de las paredes rocosas. Aquel pasadizo era mucho más estrecho que la ruta que habíamos estado siguiendo. Reprimí un escalofrío. Aquel lugar era siniestro. No se oía nada, aparte de nuestros pasos.
Y aparte de Link, claro. Que canturreaba. Canturreaba.
—¿Qué demonios te pasa? —susurré.
—¿Qué he hecho? —respondió, confundido.
Me sentí culpable al instante. Él no era un cobarde como yo. Por eso aquel lugar no le daba miedo.
—Nada —dije—. Lo siento. Sigue cantando.
Sonrió a medias. Al cabo de un rato, retomó su canción. Nunca antes lo había oído hacer algo parecido. Debía estar de muy buen humor aquel día.
De pronto dimos otro giro brusco y nos encontramos en una habitación circular, con varias entradas y salidas. Extrañas esculturas nos observaban desde las alturas.
—¿Es esto? —le susurré al oído, aferrándome a su brazo. Tenía miedo de decir la palabra equivocada y que miles de cuchillos me apuntaran.
—Esta es la entrada —dijo él. Tiró de mi brazo con suavidad. Me armé de valor para seguirlo—. Este lugar está vacío, Zelda.
—Lo sé —murmuré—. Pero es extraño.
Él suspiró, aunque pareció comprender. Me llevó hasta una de las entradas, una que no parecía muy distinta a las demás. Atravesamos el umbral y llegamos hasta un pasillo. Por el camino, nos topamos con una antorcha apagada que Link encendió. Sin embargo, apenas era necesaria. Teníamos suficiente con el brillo que yo misma desprendía, aunque levemente. Pese a ello, Link siguió sosteniendo la antorcha.
Los símbolos del ojo invertido me producían verdaderos escalofríos. Quise esconderme de ellos.
—Bienvenida al mayor estercolero de todo Hyrule —me susurró él.
Habría sonreído de no ser por el miedo. Al menos allí no hacía tanto frío como en el exterior, aunque la diferencia no era abismal, precisamente.
Link me guió a través de la guarida hasta llegar a un pasillo con varias puertas. Él empujó la primera y, al internarnos en la oscuridad de la estancia, agradecí tener una antorcha con nosotros.
—¿Qué hay aquí?
—No lo sé. Pero oigo a la espada.
Guardé silencio al fijarme en su expresión de concentración. Parecía más de dolor que de concentración, pero no le dije nada. La espada y Link no estaban pasando por un buen momento.
Se me escapó un vergonzoso sonido agudo cuando oí el inconfundible chillido de una rata. Corrí detrás de él y me aferré a sus hombros.
—¿D-dónde...?
—Ahí. —La antorcha iluminaba un rincón en el suelo. Me encogí tras su espalda después de ver a la rata escabulléndose por un agujero—. ¿Lo ves? Se ha ido.
Me separé de él, temblorosa. Cogió mi mano de nuevo, y me sorprendió que no se riera de mí a carcajadas. Se lo agradecí en silencio. Cuando estuve a su lado, me besó la sien con cuidado.
—No tengas miedo —susurró.
—No me gustan las ratas —repliqué con una vergonzosa vocecita aguda—. No puedo evitarlo.
—No te harán nada —me aseguró.
Tiró de mí por la habitación. Encontramos papeles sobre una amplia mesa. Parecía que el clan Yiga había tenido que abandonar aquel lugar a toda prisa.
Cogí uno de los papeles amarillentos. Link lo iluminó con la antorcha. Había un dibujo del Cataclismo, y el parecido era sorprendente. Había más dibujos del monstruo, de la malicia y del castillo rodeado por aquella aura oscura. Me estremecí, y no fue por el frío. Link debió darse cuenta, porque me atrajo en su dirección. Quemó cada dibujo con la antorcha, y parecía enfadado.
Tiró de mí hasta otra estancia. Y, Diosas, lo que vi allí me dejó helada.
Había malicia por todas partes. En las paredes, deslizándose por el suelo, sobre los pocos muebles que habían dejado allí. Link se detuvo en seco, y escuché un chasquido extraño. Y luego un rugido que se me hizo terriblemente familiar. Un monstruo se alzó entre la malicia, y me miró con los ojos rojos, brillantes, y rugió de nuevo.
—Es él —susurré. Link desenvainó la espada, pero ni siquiera el brillo azulado me tranquilizó—. Es él. Otra vez. Ha vuelto.
Él maldijo, aunque apenas pude oírlo por encima de los latidos desbocados de mi corazón. Fue hacia el monstruo, pero lo detuve agarrándolo del brazo con todas mis fuerzas.
—¿Zelda? —dijo él—. Zelda, suéltame.
—No —dije, sin aire—. No. Te matará. Te matará. Como la primera vez.
Fue a decir algo, pero entonces el monstruo rugió otra vez. Gruñó cuando la malicia rozó su pierna. Se zafó de mi agarre. Vi como blandía la espada. Pestañeé, y de pronto el monstruo se alzaba sobre mí, mirándome con los ojos rojos y llenos de odio. Y estaba atrapada. Estaba atrapada otra vez.
Extendí una mano y dejé que el poder saliera con libertad. Y debió ser más de lo que había planeado, porque escuché un crujido y dejé de sentir el suelo bajo mis pies. Luego choqué contra algo duro de nuevo.
Todo se quedó en silencio. Tosí e intenté recuperar el aire. Cuando alcé la vista, había más luz que antes. Descubrí que, al parecer, había atravesado la pared con el poder y abierto un enorme agujero.
Busqué al monstruo, pero no lo vi por ninguna parte. Sí vi a Link, no muy lejos de donde yo estaba. Cuando me acerqué, alzó la vista y me examinó con cuidado. Tenía polvo gris en el pelo.
—El monstruo —susurré—. ¿Lo has visto? Era él, Link.
Me sujetó por los hombros.
—Ni siquiera me llegaba por las rodillas, Zelda —dijo muy despacio—. Solo se parecía al Cataclismo en los ojos.
Fruncí el ceño, confundida.
—Pero... yo lo vi. Lo vi de verdad.
—Lo sé.
Lo miré, horrorizada.
—Me lo he imaginado —susurré—. Debo de estar volviéndome loca. No hay otra explicación.
Él me apartó el polvo de la mejilla.
—No estás volviéndote loca —dijo.
—Entonces explícame esto. Explícame por qué lo he visto otra vez.
Empezaba a alzar la voz, y sabía que estaba mal. Sabía que Link no tenía la culpa de nada. Pero él me miró, tan lleno de calma como siempre.
—Lo que te hizo debió de ser horrible —dijo en voz baja—. Algo tan malo no se va tan rápido como crees.
Lo observé, incrédula. Me habría gustado decirle algo, pero las palabras no me salían. Él sonrió con tristeza y se puso en pie con un gruñido. Se sacudió las ropas y me tendió una mano.
—Vámonos de aquí.
La acepté y me puse en pie también. Sentía las piernas temblorosas, y temí estar a punto de caerme.
—¿Y la malicia?
Señaló lo que antes había sido la habitación.
—Has acabado con ella tú sola —respondió—. Lo has volado todo por los aires.
Quise sonreír, pero no pude. Dejé que me guiara a través de la guardia del clan Yiga y luego a través de las montañas. Me dijo que tendríamos que buscar un refugio para pasar la noche y, cuando alcé la vista hacia el cielo, descubrí que ya estaba oscureciendo. Por suerte, Link no tardó en encontrar un hueco en una pared rocosa, lo suficientemente grande para los dos.
Lo ayudé como pude a encender un fuego. Él preparó algo caliente.
—Lo siento —susurré, observando las llamas.
—¿Por qué? —Sentía sus ojos clavados en mí, pero no quise mirarlo.
—Por haberte preocupado.
Sonaba muy tonto, si lo decía en voz alta. Él se acercó y tomó asiento a mi lado. Fue a decir algo, probablemente que no tenía nada por lo que disculparme, pero hablé antes de que tuviera tiempo de nada.
—Tengo mucho miedo —dije en voz baja—. Cada vez que veo la malicia, yo... Es como si no pudiera pensar, Link. Y cuando recuerdo todo lo que hizo cuando estuve encerrada con él, es como si hubiera vuelto ahí. Pero nunca había sido tan malo como esta vez.
Se me quedó mirando. Me abracé a mí misma, esperando que me dijera que había perdido la cordura por completo.
—No sé qué te hizo ese monstruo —dijo al final—. Solo puedo imaginármelo. Pero cuando eso te pase, recuerda cómo acabaste con ese bastardo. Si estoy cerca, puedo recordarlo por ti. Me acuerdo muy bien de ese día, te lo aseguro.
—¿No crees que estoy loca?
—Claro que no. Ya te lo dicho. Y, si tú estás loca, yo también lo estoy.
Enterré el rostro en su hombro y suspiré. Él me rodeó con sus brazos.
—No te vayas nunca.
—No me iré —respondió—. No tengas miedo. Nadie te hará daño. Ya no.
—Te creo —susurré.
Se apartó de mí despacio. Sonreí un poco y le sacudí el polvo gris del pelo. Me besó en la frente y luego me miró con afecto profundo. No, no era afecto profundo. ¿A quién quería engañar? Era amor. Siempre lo había sido.
Estaba dándome un largo beso en los labios cuando empezó a oler a quemado. Se separó y miró a nuestro alrededor con el ceño fruncido hasta que pareció recordar algo y maldijo en voz alta. Se acercó al fuego, donde estaba haciéndose nuestra cena.
Aquella noche, la cena estuvo casi quemada, pero no me importó. Porque él me envolvió en su capa, ignorando mis protestas, y me acogió entre sus brazos. Y me sentí segura, pese a los aullidos de los lobos en el exterior.
