ZELDA
Pasaron dos días más, y seguía sin recibir respuestas de la matriarca Riju. Algo me decía que me estaba preocupando demasiado; que tal vez estaba sacando conclusiones precipitadas. Seguramente Link era quien se encargaba de decirme todo eso. En ocasiones él sonaba como la voz que me calmaba en mi cabeza. Pero estaba tan inquieta que ni siquiera podía sentarme y tratar de pensar con claridad.
—No la culpo —dije en voz baja, casi para mí misma—. Le dije cosas muy poco diplomáticas. Seguro que tiene consejeros o algo así. Lo habrán escuchado todo y le habrán dicho que no vale la pena aceptar mi propuesta. Sí, seguro que es eso.
—Zelda, estás siendo...
—Me he dado cuenta. —Me detuve en medio de nuestra habitación en la posada, mirándolo—. Estoy siendo... No lo sé. Poco profesional.
—Dale tiempo —me aconsejó Link. Había perdido la cuenta del número de veces que había dicho eso—. No puede tomar una decisión tan rápido.
—Le he dado tiempo.
—Dos días no son mucho tiempo.
Tomé asiento a su lado y enterré el rostro en las manos con un suspiro. Quería que todo aquello acabara ya. Quería salir de dudas; ya ni siquiera me importaba si aceptaban o no. Y lo que más quería era ver los frutos de mi trabajo. Empezar a reconstruir. Reunirme con Karud y ver la cara de estupefacción que se le quedaría. No había creído en mí; lo había sabido desde el principio.
—Seguro que aceptará —me dijo él, pasando un mano por mi espalda—. Está intentando hacerte enfadar. Para que pierdas la paciencia y te marches.
Alcé la vista para mirarlo.
—¿Quiere que me marche? —susurré—. ¿No va a aceptar?
Él me miró con el ceño fruncido y resopló.
—Quiere que te marches antes de saber su respuesta.
Su teoría sonaba tan ridícula que incluso podría ser cierta. Muy pocas cosas tenían sentido últimamente.
—¿Y qué pasa si se niega? —murmuré—. ¿Qué haríamos? El desierto es importante. Si no puedo trabajar con ellas, Hyrule nunca avanzará. Depende mucho del desierto.
Sentí sus labios sobre mi hombro, pero ni siquiera eso ayudó a que me relajara un poco. Mi cabeza no podía dejar de contemplar las distintas posibilidades, cada una más oscura que la anterior.
—Entonces yo mismo iré a hablar con ella —susurró contra mi hombro—. Le diré que está equivocándose. Que eres maravillosa y que no quieres tener nada que ver con un estúpido reino.
—¿Tú? —Me sorprendí a mí misma sonriendo—. Ni siquiera puedes entrar en la Ciudadela Gerudo. Y dudo que la matriarca Riju salga mucho de su palacio.
Mi padre siempre decía que un buen rey debía visitar a su pueblo. Conocer su reino. De niña, recordaba pasear por las calles de la Ciudadela. Cuando murió mi madre, las visitas se volvieron menos frecuentes, por desgracia. Y luego, pocos años después, empezaron los rumores y los susurros siempre que me veía en la obligación de cruzar las calles de la Ciudadela para salir del castillo. Así que había intentado evitar aquel lugar lo máximo posible.
Lo escuché reír.
—¿Estás segura?
Me giré para mirarlo, y Link se apartó de mi hombro.
—Claro que sí. Es imposible que entres en la Ciudadela Gerudo. Eres un hombre. Tienes prohibido poner un pie ahí.
Pareció incrédulo por un instante, aunque luego su expresión se transformó en una divertida. Tuve la sensación de que estaba ocultándome algo. De que sabía cosas que yo no.
—La próxima vez que vayas a la Ciudadela Gerudo, te enseñaré cómo hablé con la matriarca por primera vez —dijo.
Un leve rubor apareció en la punta de sus orejas justo después de haberlo dicho, y desvió la mirada rápidamente. Me habría gustado insistir más para entender de qué demonios estaba hablando pero, cuando fui a hablar, su rostro empezó a enrojecer también, y parecía verdaderamente avergonzado. Pocas veces lo había visto así. De modo que lo dejé tranquilo por el momento.
Por fortuna, se me concedió audiencia con la matriarca gerudo al día siguiente. Recordé lo insignificante que me había sentido entre el lujo del palacio e intenté vestir con ropas más limpias, pero todo lo que tenía eran túnicas, pantalones de montar y botas llenas de arena. Y eso que las había sacudido varias veces. Había dejado todos mis vestidos en Hatelia, incluidos los que Link me había comprado y los que Pay me había dejado antes de irme de Kakariko. No los había considerado necesarios entonces, al partir de viaje. Había sido una mala decisión.
Así que me presenté frente a la matriarca gerudo vestida con ropas de viaje polvorientas otra vez. Y ella me observó desde su enorme trono, con aquellos ojos que tan familiares me resultaban. Intenté descifrar la expresión de su rostro, pero me fue imposible. Y eso que me consideraba bastante buena en lo de leer a los demás. Desistí en intentar adivinar sus intenciones y traté de que mis manos no delataran mi nerviosismo. Las mantuve muy quietas, junto a los costados. No las cerré en puños ni las junté. Aquello me descubriría enseguida.
Le sostuve la mirada a la matriarca Riju durante una eternidad.
—¿Os estáis quedando en el Bazar Sekken? —quiso saber.
Dudé un instante antes de asentir. No creía que fuera a mandar asesinos a nuestra habitación en la posada.
—Espero que esté siendo de vuestro agrado.
—Por supuesto —dije con la voz extrañamente tensa—. El desierto siempre ha sido de mis lugares favoritos de Hyrule.
Su rostro se suavizó un poco. De forma apenas visible. Pero, durante un breve momento, me pareció una niña. Una niña a la que le brillaban los ojos por la emoción.
—Eso dicen las historias —replicó en voz baja. Menos imperiosa—. ¿Sabéis llevar morsas del desierto?
—La matriarca Urbosa me enseñó.
Entonces lo vi. Vi como su expresión se iluminaba, y me pregunté cómo demonios podría no haberme gustado aquella niña antes. Cómo podría haberla visto como una enemiga.
—Yo tengo mi propia morsa del desierto —dijo, y las joyas tintinearon cuando se inclinó en su trono—. Se llama...
Adine carraspeó entonces. Cuando la miré, descubrí un rastro de pena en sus ojos. Nunca podría haberme imaginado a una mujer como aquella sintiendo pena por nadie. Pero, al fin y al cabo, había juzgado a Link de la misma forma, una eternidad atrás. Y, ahora, me daban ganas de reírme siempre que pensaba en lo equivocada que había estado. No iba a hacer lo mismo con Adine. Había aprendido la lección mucho tiempo atrás.
Riju se irguió en su trono de nuevo.
—He tomado una decisión —anunció, como si lo de antes no hubiera ocurrido—. Pero, antes de comunicároslo, me gustaría establecer dos condiciones.
—Adelante.
—No nos juzgaréis ni nos guardaréis rencor por no unirnos a un gobierno hyliano de nuevo.
Eso era fácil.
—Puedo aceptarlo.
Ella pareció aliviada. ¿De verdad tenía pinta de tirana? ¿De conquistadora?
—Y la segunda condición... —Se removió en su asiento, y tuvo aspecto de niña otra vez. Cuando alzó la vista, sonreía con algo similar a la timidez—. Mañana volveréis para hablar conmigo. Tengo algunas preguntas que haceros.
Aquello me sorprendió. Pero también me pareció fácil.
—Estaré encantada de responder.
Su sonrisa se hizo más amplia, aunque no tardó en volver a adoptar la postura de matriarca gerudo.
—Bien. Entonces os alegrará saber que os doy mi bendición o... lo que quiera que sea. —Adine la miró con desaprobación, pero ella no dio señales de haberse inmutado—. Teníais razón. Somos egoístas. Lo hemos sido durante mucho tiempo, y estoy segura de que muchos quieren cambiar eso. Además, si todos los demás os apoyan, nosotras no íbamos a ser menos. Creerían que nos hemos vuelto locas.
Me descubrí sonriendo, aunque tuve que hacer un esfuerzo por contener las lágrimas.
Lo había hecho. Había logrado convencerlos. Tenía apoyo, tenía materiales y tenía rupias. Tenía tiempo, esperanza y paciencia. Y, sin embargo, ahora llegaría la parte más difícil de todas.
Una vez más, me pregunté si mi padre estaría orgulloso de mí. Debía estarlo. Yo lo estaría, si fuera él.
—Creo que vuestro proyecto puede funcionar. Aportaremos materiales. Puede que incluso rupias, dependiendo de cómo vayan las cosas. No mucho, claro.
—No importa —susurré—. Es suficiente. Es más que suficiente.
Ella me miraba como si me hubiera vuelto loca. Oh, Diosas, no podía esperar a salir de allí y contárselo a Link. Y luego lo abrazaría, lo besaría y le diría lo mucho que lo quería. Se merecía oírlo más a menudo.
Riju siguió hablando, pero apenas la escuchaba. Sabía que estaba mal, que debía escuchar. Siempre debía escuchar. Fue de lo primero que me enseñaron mis instructores de niña. Y, sin embargo, sentía que había oído suficiente. Lo suficiente para saber que, por una vez, no había fallado. Y, Diosas, era una sensación maravillosa.
—¿Cuándo tenéis pensado empezar? —me preguntó Riju, sacándome de mis pensamientos. Si miraba bien, podía distinguir un tenue brillo en sus ojos. Incluso ella parecía emocionada.
—Pronto —respondí, sonriente—. Muy pronto, os lo aseguro. Os enviaremos una carta para avisaros.
Ella asintió.
—De verdad espero que vuestro proyecto salga adelante, princesa. Si no..., bueno, no volveré a confiar en un hyliano jamás.
Aquello tendría que haberme dolido, pero mi sonrisa solo se hizo más amplia. Tanto que empezaron a dolerme las mejillas. Riju y Adine debían pensar que estaba loca.
—Tengo un último favor que pediros —dije antes de marcharme. Sentí como la sonrisa desaparecía poco a poco, pero no pude hacer nada por evitarlo—. Me gustaría visitar las celdas una última vez.
La matriarca Riju miró a Adine por un momento. Luego me miró a mí de nuevo, indecisa.
—¿Puedo preguntar para qué?
—Necesito hablar con la asesina —contesté—. Dejarle una última cosa clara. Tengo que verla. Juro que no le tocaré un pelo.
Ni siquiera intentaría acercarme demasiado a ella. Riju seguía pareciendo vacilante.
—No lo sé, princesa. Creo que lo mejor sería...
—Será rápido —susurré, aun sabiendo que no debía interrumpir a alguien tan importante como Riju—. Lo prometo. Ponedme un escuadrón entero de guardias para vigilarme. No voy a acercarme siquiera. Solo necesito hablar. Seré muy rápida.
Riju y Adine se miraron una última vez, y casi pude ver como la mujer se encogía de hombros.
—Muy bien —asintió Riju, aunque hablaba muy despacio, como si no estuviera del todo segura—. Enviaré a alguien que os acompañe.
Me incliné casi hasta ponerme de rodillas. Luego una gerudo —no tan fuerte como Adine— me escoltó hasta las celdas. Estaban sorprendentemente cerca del palacio, aunque se encontraban bajo vigilancia en todo momento. Las prisiones del castillo no habían tenido tal nivel de protección.
En las mazmorras olía a podrido. A muerte y a sangre. Pero nada de aquello me importó. Sabía a dónde debía ir. Había algo más guiándome, algo poderoso. Quizá era solo determinación, pero el poder estaba agitándose dentro de mí. Como si pudiera sentirlo también.
—No tienes mucho tiempo —masculló la soldado—. Aprovéchalo bien. Yo te avisaré.
Asentí en silencio. Recorrí las celdas hasta llegar frente a la de la asesina. Sonrió de una forma que me provocó escalofríos. Me arrodillé frente a su celda, y ella se mantuvo impasible.
—Hola —le dije.
—¿Por qué has vuelto?
Su voz era apenas un susurro ahogado, como si le faltara el aire constantemente. Tal vez el problema fuera ese, en el fondo.
—Para hablar contigo. Te ayudará a no volverte loca por completo aquí sola.
—¿Vienes a liberarme?
La gerudo a mi espalda se irguió de golpe, pero no dirigí una sola mirada en su dirección.
—Nunca, jamás, te sacaré de aquí. Y tú tampoco llegarás a salir.
Para mi sorpresa y horror, la asesina rio. Eran carcajadas secas, sin diversión alguna. Todo lo que consiguieron fue terminar de convencerme de su locura.
—No tienes forma de saber eso, alteza —escupió.
Ignoré la presencia de la soldado a mi espalda. Que lo escuchara. Todos pensaban que Viasha estaba loca, de todas formas.
—Sí que la tengo. —Ignoré el olor a malicia, penetrante y abrumador, tanto que me producía dolor. Y luego estaba el miedo, por supuesto. No quería que sucediera lo mismo que en la antigua guarida del clan Yiga. Vi los grilletes alrededor de sus muñecas—. Ambas lo sabemos.
Se acercó más a los barrotes, y contuve el impulso de apartarme.
—¿Crees que es la primera vez que estoy en una celda? —susurró—. Porque no lo es, princesa. Y tampoco sería la primera vez que me escapo de una.
La gerudo no pareció darse cuenta de lo que había dicho.
—Te aseguro que no vas a conseguir escapar. Y, aunque lo hagas, ya estaremos lejos de aquí.
Sonrió. La luz luchaba por salir. No quería que la soldado me descubriera, así que hice verdaderos esfuerzos por retenerla.
—Siempre consigo encontrarte —susurró—. Siempre.
Me aparté de los barrotes.
—¿Cuánto tiempo llevas siguiéndonos desde lo de Onaona?
Se encogió de hombros, y las cadenas tintinearon.
—Sé que fuisteis a Kakariko. Luego os perdimos la pista, hasta que aparecisteis de camino a Tabanta. Pero no íbamos a arriesgarnos allí, así que esperamos un poco más.
Recordé nuestro viaje hasta Tabanta y, luego, hasta la Meseta de los Albores. Aquel viaje era nuestro. Mío y de Link. De nadie más. Y esos asesinos habían estado siguiéndonos, vigilándonos, durante todo ese tiempo. Debían de haberse mantenido a una distancia considerable, sin embargo. La Espada Maestra no había avisado a Link.
Contemplé los ojos de la asesina en la oscuridad, y el odio comenzó a extenderse como una llama prendida dentro de un bosque.
—Nunca volverás a acertarte a nosotros —dije en un susurro. La voz me temblaba, pero no me importó. Que viera lo mucho que me dolía—. No volverás a hacernos daño. Nunca. A ninguno de los dos, ni a nadie más. —Volví a acercarme a los barrotes, para que solo Viasha pudiera oírme. Ignoré el hedor a muerte y putrefacción, a años de tortura—. Porque, si vuelves a intentar algo contra nosotros, te mataré con mis propias manos. Y te aseguro que no sentiré ningún remordimiento.
La asesina rio. Su carcajada retumbó por las paredes de la celda.
—Tenemos que irnos ya —intervino la soldado a mi espalda.
Asentí y fui a ponerme en pie. Pero entones la asesina me agarró del brazo y me atrajo a la celda de nuevo. Su mano casi quemaba sobre mi piel. Me obligué a mirarla a los ojos. Podía ver los rasgos gerudo en su pelo rojo, en la forma de su rostro.
—Voy a salir de aquí —susurró—. Y, cuando lo haga, ten por seguro que os encontraré. Y no voy a intentar matarte a ti. No, eso se acabó. Acabaré con todo lo que amas, poco a poco. Hasta que no te quede nada más. Y así, tal vez, empezarás a entenderme mejor. —Sus ojos brillaban—. Llevas la ventaja del tiempo. Aprovéchala bien.
Me solté de su agarre justo cuando la gerudo se acercaba para ver qué ocurría. Retrocedí y salí de allí sin mirar atrás.
Una vez fuera, donde los rayos del sol me golpeaban directamente, le di las gracias a la gerudo y me marché de allí lo más rápido que pude, sin dar más explicaciones. Me mezclé entre la multitud hasta llegar a un callejón sin salida. Para entonces me faltaba el aire y las piernas me temblaban.
Apoyé la espalda contra una pared. Intenté respirar profundamente, como hacía cuando tenía pesadillas. Como Link me había enseñado.
Pensar en él casi hizo que me quedara sin aire otra vez.
Iba a protegerlo. No podía permitir que a él le ocurriera nada. No, a él no. A Link no. Era lo único que me quedaba. Lo que me daba esperanzas. Lo que me ayudaba a no perderme. No iba a perderlo yo a él. No a manos de aquella asesina.
«Oh, Diosas, protegedlo. Ayudadme a protegerlo —recé en silencio, y los ojos me ardían—. Por favor. Por favor, protegedlo.»
Él estaba a salvo. Tenía que estarlo. No conocía a nadie mejor que Link en lo de salir ileso de situaciones difíciles.
Estaba a salvo. Tenía que recordarlo.
Me puse en pie otra vez y seguí avanzando, temblorosa. Cuando lo viera otra vez, lo abrazaría. Lo abrazaría y le diría que lo quería, que siempre lo querría. Y entonces Link me diría que todo estaba bien, que aquello no significaba nada. Que la asesina estaba loca. Y luego me haría reír y me olvidaría de todo lo malo en la calidez de sus brazos.
Justamente estaba pensando en eso cuando choqué con alguien. Miré a la mujer y fui a murmurar una disculpa. Pero, cuando volví a mirarla y vi que sonreía ampliamente fruncí el ceño. Luego miré a la mujer hyliana a los ojos. Eran familiares. Tanto que me producían una sensación cálida cada vez que los veía.
—¿Link? —murmuré, pero eso era imposible. Los hombres no podían entrar en la Ciudadela Gerudo.
Sonrió bajo el velo que cubría la mitad de su rostro.
—¿Link? —repitió con una vocecita aguda que reconocí al instante—. No conozco a ningún Link.
Lo había visto con armadura. Con la túnica que yo misma le había hecho. Lo había visto vestir ropas sheikah en cierta ocasión, en Kakariko, después de que Impa insistiera durante un rato. Lo había visto con incómodas ropas goron. Incluso lo había visto sin nada encima, tal y como era. Pero nada de eso me había preparado para verlo cubierto por sedas gerudo.
Mi expresión debió de ser digna de ver en aquel preciso instante. Intenté concentrarme en su rostro para no levantar sospechas, pero era muy difícil. Diosas, ¿se había puesto algo dentro de las ropas para tener pechos de mujer?
—¿Qué...? ¿Qué demonios estás...?
Él me tomó del brazo sin mediar palabra. Permití que me arrastrara hasta las murallas, rígida entre su agarre. Cuando lo miré, vi que la punta de sus orejas había enrojecido. Las mías ardieron también casi al instante. Intenté detenerlo cuando caí en la cuenta de que íbamos hacia las guardias.
—Van a verte —susurré. No quería que volvieran a encerrarlo en las mazmorras.
Él sonrió bajo el velo, para mi sorpresa.
—Confía en mí.
Siguió avanzando hacia las guardias. Lo maldije por su temeridad, pero fui tras él igualmente, antes de que pudiera cometer alguna locura. Me quedé boquiabierta cuando cruzamos las murallas y nadie nos dirigió una sola mirada. Las gerudo que vigilaban el paso solo nos saludaron con un asentimiento de cabeza y luego clavaron la vista en la distancia. Examiné a Link de nuevo. Diosas, por muy poco músculo que tuviera, claramente no era una mujer. ¿Cómo demonios lo habían dejado entrar con libertad?
Me llevó hasta un pequeño oasis a una distancia considerable de la Ciudadela. Tomé asiento sobre una roca cercana, porque me sentía abrumada.
Link dio una vuelta completa frente a mí, y las suaves sedas gerudo susurraron a su paso.
—¿Qué te parece?
—¿Así entraste en la Ciudadela Gerudo? —quise saber.
Él se deshizo del velo y tomó asiento a mi lado.
—Tuve que buscar desesperadamente una solución, Zelly.
—Esa solución no es muy...
—¿Heroica?
Me cubrí el rostro con las manos.
—Oh, tengo que decírselo a la matriarca. ¿Y si más hombres como tú han estado haciendo lo mismo?
Soltó una risotada.
—Ella ya lo sabe —replicó, y abrí mucho los ojos—. Creo que lo sabe todo el mundo. Pero está bien así. Ayuda a conseguir rupias, y a las gerudo les gusta pensar que se cumplen sus leyes.
Había sido una ingenua. Nunca había estado al tanto de cosas como aquella. Siempre había creído que los hombres se mantenían alejados de la Ciudadela Gerudo y respetaban las leyes. Que aquella era la única ley de Hyrule que se cumplía a rajatabla. Qué equivocada había estado.
Miré a Link de arriba abajo. Él sonrió, y se me escapó una risita. Y luego otra más, hasta que me descubrí a mí misma riendo a carcajadas. Aquello era ridículo. Nunca había imaginado que lo vería vestido así. ¿Quién lo diría, con lo reservado y estoico que solía ser?
Lo miré de nuevo. Seguía sonriendo, aunque la vergüenza lo delataba. Me obligué a contener las carcajadas para no hacerlo sentir peor.
—Por Hylia —farfullé—, quítate eso.
Él también examinó lo que llevaba puesto.
—Creo que será lo mejor.
Se me escaparon unas cuantas carcajadas más mientras él se cambiaba con una túnica de la bolsa de viaje. Cuando se hubo deshecho de las ropas gerudo por completo, tomó asiento a mi lado de nuevo.
—Debo decir que serías una chica muy guapa, Linky.
—Creo que soy más guapo siendo un hombre —gruñó.
Recordé la forma en que sus cicatrices habían brillado bajo la luz del sol mientras se quitaba las ropas gerudo. Y luego me fijé en el brillo de sus ojos otra vez, y sentí una extraña calidez en el estómago.
—Bueno, no puedo negar eso.
Su sonrisa se ensanchó y se acercó un poco más. Adiviné sus intenciones al instante y lo aparté con una risita.
—No intentes distraerme, Linky. Vamos a hablar de esto. Ahora.
Soltó un gruñido y rehuyó mi mirada.
—¿De qué demonios hay que hablar?
—¿Dónde conseguiste esa ropa? ¿En el desierto?
Sonrió a medias.
—En el desierto —asintió—. Y me las dio un hombre.
Entonces todo era una estrategia. Un negocio más. No sabía si reír o llorar.
—¿Podemos hablar con ese hombre? —pregunté.
—No sé dónde está ahora. Y, si lo supiera, tampoco te lo diría.
Puse los ojos en blanco.
—¿Compraste eso por voluntad propia? ¿Sin que nadie te obligara? ¿Simplemente porque te gustaban?
Frunció el ceño.
—No me gustan. Son incómodas. —Hizo una pausa—. Y las compré por ti. Era la única forma de ayudarte.
—¿Ayudarme?
—Tenía que entrar en la Ciudadela Gerudo para ayudarte. —Miró al cielo despejado sin nubes y suspiró—. Por Hylia. Las cosas que se hacen por amor.
Empecé a ruborizarme, así que dejé de mirarlo. La sensación cálida en mi estómago solo se avivó. Quise abrazarlo con fuerza y, por una vez, no me resistí a mis impulsos. Rodeé sus hombros y lo estrujé contra mí. Link pareció sorprendido, pero no se apartó.
—Te quiero —le susurré al oído—. Te quiero, te quiero, te...
Se separó lo suficiente para poder mirarme a los ojos.
—¿Zelda?
—Creo que no te lo digo lo suficiente.
Fingí que no había visto como su expresión se iluminaba y sus ojos empezaban a brillar con afecto profundo. Con amor. Me pregunté si yo lo miraría igual. Me besó la punta de la nariz y luego apoyó su frente contra la mía. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos por no seguir hasta sus labios.
—No tienes que decírmelo —dijo en voz baja—. Yo ya lo sé, Zelda. Igual que tú sabes que yo... ¿Estás llorando?
Fui a maldecirme a mí misma por ser tan tonta, pero solo se me escapó un sollozo ahogado. Vi como el afecto profundo desaparecía de sus ojos y era reemplazado por preocupación profunda. Todo era profundo en sus ojos. Me dieron ganas de detenerlo. Prefería el afecto a la preocupación.
Me sequé la única lágrima que había caído.
—No me hagas caso —murmuré—. Últimamente estoy... estoy muy sensible.
Acabaré con todo lo que amas, poco a poco. Hasta que no te quede nada más.
Su preocupación solo empeoró cuando se me escapó un sollozo y más lagrimas corrieron por mis mejillas. Las sequé rápidamente, pero él ya las había visto.
—¿He sido yo? ¿He dicho algo malo? ¿Es por la ropa de mujer?
Intenté reírme, pero de ahí solo brotó otro sollozo.
—No. No es eso, Link. Tú eres... eres maravilloso.
Frunció el ceño y me examinó con atención. Me mordí el labio para contener los sollozos, pero las lágrimas seguían cayendo. Y las palabras de la asesina se repetían una y otra vez en mi cabeza.
—¿Es Riju? ¿Se ha negado?
—No. Ella ha aceptado.
Puso una mano sobre mi mejilla húmeda y secó algunas lágrimas.
—¿Qué ocurre? —dijo con la voz llena de calma—. ¿Quieres contármelo?
Por un momento fui a negar con la cabeza. Sin embargo, mucho tiempo atrás nos habíamos prometido que no habría más secretos. Que las cosas importantes se dirían. Y, además, Link tenía derecho a saberlo. Aquel asunto también lo incumbía. Y, por egoísta que fuera, no quería cargar con todo el peso yo sola. Quería que él lo supiera, que me tranquilizara y me dijera que todo saldría bien al final.
—Sí —susurré al final—. Sí. Quiero contártelo.
Apartó la mano de mi mejilla y entrelazó sus dedos con los míos. Lo interpreté como una señal de que estaba escuchando.
—Las gerudo me dejaron ir a las celdas para visitar a la asesina —empecé. Aparté la vista para no saber lo que se le estaba pasando por la cabeza. Aun así, sentí como su mano se aferraba a la mía con más fuerza—. Sé que no debería haber ido, pero tenía que asegurarme de que siguiera allí. Y..., Diosas, es horrible.
Esperé a que dijera algo, pero solo recibí el silencio como respuesta. Eso era mala señal. Habría sido mejor que hablara, aunque estuviera enfadado.
—Me dijo que saldría de allí —seguí diciendo en voz baja—. Que volvería a encontrarnos y... y que acabaría con todo lo que amo. Hasta que no me quedara nada.
Alcé la mirada y no me sorprendió lo fríos que parecían sus ojos. Sin embargo, cuando me devolvió la mirada, lo que sí me sorprendió fue descubrir que su enfado no iba dirigido hacia mí.
—Lo ha dicho para asustarte —me dijo—. No va a salir de ahí.
—Pero...
—No —replicó con tanta firmeza que me sobresalté—. No lo hará.
—Tú no lo sabes, Link —susurré—. No lo sabes.
Él suspiró. Lo observé con atención. De todo lo que podría haber dicho, negarlo era lo único que jamás habría esperado de Link. Él era prudente. Siempre había preferido estar preparado para cualquier inconveniente. ¿Por qué no se preparaba para aquello?
—Estarás a salvo —dijo—. ¿Es eso lo que te preocupa? ¿Que te haga daño?
—No. —Me sequé una última lágrima—. No es eso. Me preocupa que te haga daño a ti. Que seas tú quien no esté a salvo.
Me miró como si le hubiera hablado en hyliano antiguo, y luego se le quedó cara de idiota. Sorbí por la nariz, esperando.
—¿A mí? —murmuró, y algo en su voz sonaba extraño—. ¿Te preocupa que me haga daño a mí?
—Si yo fuera ella, lo haría. Eres lo que más... Ya sabes. Diosas, deja de mirarme así. No he dicho nada raro.
Me besó con cuidado, como si temiera que fuera a huir. Pero no lo hice. Tenía miedo de que algo le ocurriera si le daba la espalda.
—No va a hacerme nada. No creo que pueda levantar un cuchillo siquiera.
Me abracé a mí misma. Sentí un escalofrío, pese al calor abrasador.
—A mí me pareció muy fuerte cuando la vi.
—No lo está. Hazme caso, Zelda. No me ocurrirá nada. Y a ti tampoco. Así que deja de preocuparte por eso.
Asentí despacio, aunque tenía la sensación de que estaba ocultándome algo. Algo que temía que supiera. Sin embargo, no insistí más. Se puso en pie y me ofreció la mano con una sonrisa, como si nada hubiera ocurrido. Como si no le tuviera miedo a nada. Su mano tembló ligeramente cuando la acepté, pero no dije nada sobre eso tampoco.
Me llevó a la Ciudadela de nuevo. Se vistió con las ropas gerudo, y eso me ayudó a recuperar el buen humor. O, al menos, casi me ayudó a recuperarlo. Dejó que lo guiara por las calles que había visitado con Urbosa de niña, aunque no nos acercamos a las celdas. De hecho, en cierta ocasión, íbamos dirigidos hacia allí. No obstante, cuando me di cuenta, di un giro brusco para doblar la esquina contraria más cercana y alejarnos de allí lo más rápido posible. Link no dijo nada sobre eso.
Nos abrimos paso entre los puestos de la calle principal. Nadie le dirigió más de dos miradas a Link. Aquello me dejó incrédula. ¿Cómo podían no darse cuenta de que era un hombre en realidad? A mí me parecía evidente. Examinaba a cada viajero con aspecto sospechoso con el que me cruzaba, preguntándome si en realidad sería un hombre vestido con sedas y con el rostro cubierto.
Nos ofrecieron más Shiok y Shiak, pero nos negamos al instante. La verdad era que fui yo quien se negó, porque Link no decía nada. Me miró, sonriente, y le dirigí una mala mirada. No pensaba darle aquel veneno otra vez. No ahora, cuando se suponía que debía estar alerta. Cuando yo también debía estar alerta.
Al día siguiente, cuando regresé, lo hice sin Link. Tenía un extraño nudo en el estómago al pensar en la posibilidad de que alguien fuera a hacerle daño. Sin embargo, si algo ocurría, él sería más que capaz de defenderse solo. Y Link se las había arreglado para convencerme de que nada malo le sucedería.
Dos soldados me escoltaron hasta los aposentos de Riju cuando les dije mi nombre. Adine me recibió frente a las puertas. Traté de sonreír, pero ella no me devolvió la sonrisa. Me abrió el paso, y yo me limité a entrar. No me parecía apropiado que la matriarca gerudo recibiera en sus aposentos a una desconocida y, a juzgar por la expresión de Adine, a ella tampoco. Sin embargo, era mejor no cuestionar sus decisiones. Ninguna de las dos se atrevió a preguntar.
—No os entretendré mucho, princesa —dijo Riju cuando me reuní con ella en el balcón de sus aposentos. Miraba hacia el desierto, no hacia la Ciudadela—. Es más fácil hablar aquí, cara a cara, que hacerlo sobre un trono.
Me quedé detrás de ella. Su pelo era del mismo tono de rojo que el de Urbosa.
—No me llaméis princesa —le dije—. Ya no soy una.
—¿Planeáis volver a serlo?
Me detuve un momento, y ella se dio la vuelta. Me observaba con simple curiosidad. Una niña tan joven no podía estar esperando nada de mí. Solo sabía quién era gracias a las leyendas.
—No —respondí—. No entra en mis planes ahora mismo.
Ella sonrió. Me indicó que la acompañara hasta el balcón, y yo obedecí sin oponer resistencia. La mirada de Adine a mi espalda era demasiado penetrante para emitir alguna queja, de todas formas.
—Una vez le pregunté a Link que qué creía que habría más allá. ¿Sabéis qué me respondió?
Lo pensé un momento, contemplando las arenas del desierto bañadas por la luz dorada del sol. Se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
—¿Que no había nada?
—Que había más arena, para ser exactos.
Se me escapó una risita. Sonaba como algo que diría Link.
—¿Qué creéis vos que hay más allá, princesa?
—Zelda —le recordé, y ella resopló y puso los ojos en blanco. No se parecía a la líder que había visto en un trono el día anterior. Ahora solo parecía una niña, pese a todas las joyas y ropas doradas que la cubrían—. Es una pregunta complicada de responder.
—Sois inteligente. Debéis de tener una respuesta.
Sonreí y me tomé unos instantes para reflexionar.
—Supongo que habrá más tierras. O tal vez un océano.
—¿Y por qué nadie ha llegado allí y lo ha dibujado en los mapas?
—¿Conocéis a alguien dispuesto a arriesgarse a hacer algo tan peligroso?
—No —admitió—. Pero si hay alguien al otro lado, ¿por qué no han venido? Podrían intentar entablar buenas relaciones con Hyrule. O incluso conquistar.
Lo de la conquista era cierto. Era un milagro que Hyrule no hubiera sido conquistado por otro lugar del mundo durante el último siglo. Ni siquiera habrían tenido que desenvainar las espadas. Sin embargo, no estaba segura de que hubiera algo más allá de Hyrule, para empezar. Y, si lo había, sus habitantes no tenían pinta de ser buenos estrategas. Habían desaprovechado una gran oportunidad.
—Tenéis razón —respondí—. Tal vez no haya nada y sea verdad que estamos solos.
El pensamiento me daba escalofríos, aunque también me proporcionaba un extraño alivio. Lo desconocido siempre me había aterrado, por mucho que me gustara explorar.
—Creo que es mejor no saber nunca con certeza si hay algo más allá o no —añadí, encogiéndome de hombros.
Riju sonrió.
—En el desierto no hay mucha agua —dijo—. Así que me gusta pensar que más allá hay un océano.
—Es una buena idea. —Hice una pausa—. ¿Era eso lo que queríais preguntarme?
—No. Por supuesto que no. Esto era solo para iniciar la conversación, ya sabéis. —Fue hacia el interior de sus aposentos, y yo la seguí con cautela—. Dicen algunas historias que no erais muy querida hace cien años.
El buen humor que había conseguido recuperar desapareció de golpe. El poder se agitó, y sentí como se me formaba un nudo en el estómago.
—Yo...
—No digo que estuviera bien —añadió Riju—. Por supuesto que no lo estaba. Solo quería pediros consejo.
—¿A mí? —pregunté, confundida.
—Mi pueblo me quiere. Me aprecia, al menos —dijo. Tomó asiento sobre una silla cercana al balcón—. Pero creen que soy solo una niña.
—Si me lo permitís —empecé con cuidado—, sois solo una niña, matriarca Riju.
Su rostro se ensombreció.
—Lo sé —replicó—. Pero no creen que sea capaz de tomar mis propias decisiones. Creen que hay un consejo que se encarga de eso. Algunas incluso esperan que otra ocupe el trono. Alguien mayor, más fuerte.
Y probablemente eso fuera lo mejor. Pero no iba a decírselo a Riju.
—Los asuntos gerudo no pertenecen a los...
—No os estoy pidiendo que os metáis en asuntos gerudo —repuso Riju, irritada—. Solo me gustaría saber cómo manejasteis vuestras dificultades hace cien años. Tal vez así tenga una idea de cómo enfrentarme a las mías.
Riju me ofreció otra silla, y tomé asiento frente a ella. Sentía los ojos de Adine clavados en mi espalda. Aquello me recordó a los primeros días de Link como mi escolta, y reprimí una sonrisa.
—Creo que el mejor consejo que puedo daros es que no estéis sola. Nunca. Siempre debe haber alguien en quien confiéis a vuestro lado. Así no os volveréis loca.
Riju parpadeó, como si estuviera analizando todo lo que había dicho.
—¿Por quién te rodeaste tú?
—Estaba Urbosa, por supuesto. —Su rostro se iluminó al oír el nombre de Urbosa, y sentí una oleada de afecto por aquella niña—. No la veía tan a menudo como me habría gustado, pero siempre lograba animarme. Cuando estaba en el castillo, intenté rodearme por los sheikah. Incluso intenté hacerme amiga de una de mis doncellas y de varios de mis escoltas. Pero ninguno me dejaba bromear libremente, ¿entendéis? Y ellos tampoco podían decir todo lo que les gustaría. Así que me rendí.
—¿Tú? ¿Tú te rendiste?
—Dejé de buscar —asentí—. Y luego tuve la enorme suerte de conocer a Link.
Riju sonrió.
—Yo no tengo a ningún Link —murmuró—. Pero tengo a Adine. ¿Crees que servirá?
La niña claramente estaba bromeando, pero Adine me miró con el ceño fruncido cuando me di la vuelta para examinarla. Mi respuesta fue sonreír.
—Lleva muchos años con vos, ¿verdad? —La mujer asintió, y la niña también—. Tenéis suerte. No habéis tenido que buscar demasiado.
—¿Crees que Adine...?
—Oh, ya confiáis en Adine. Lo he visto.
Descubrí que algo cálido brillaba en los ojos de Adine, pero desapareció un momento después. Riju me miró, expectante.
—¿Tengo que hacer algo más aparte de eso?
—Aguantar —respondí—. No dejar que lo que se dice os desanime. Seréis una gran matriarca. Ya lo sois ahora, pero sé que en el futuro seréis aún mejor.
Riju sonrió, emocionada. Un ligero rubor había aparecido en la piel tostada de su rostro.
—Gracias, Zelda.
Esperaba que aquella niña no tuviera que pasar por la tortura por la que yo había pasado. Nadie se lo merecía. Y mucho menos una niña inocente como Riju.
—¿Qué hay de Link? ¿Dónde está?
—En el Bazar Sekken.
Si no se había movido de allí y si nada malo le había ocurrido. Contuve un gruñido. Empezaba a sonar como una paranoica.
—Oh. ¿Ya lo has visto con las ropas?
Sentí que enrojecía.
—No me hagáis recordarlo. Os lo suplico.
Riju rio, y su risa era melodiosa. Como pequeñas campanas al viento.
—Supongo que te habrá sorprendido.
—No podéis imaginároslo.
—Espero que estéis felices —dijo de pronto, mirándome a los ojos—. Os lo merecéis después de todo lo que ha ocurrido.
Asentí despacio. Link había tenido razón. Riju era solo una niña con una responsabilidad demasiado grande. Y, en el fondo, era más madura de lo que había querido pensar.
Deshizo una de sus trenzas y se pasó los dedos por el pelo rojo.
—¿Cómo es estar con un shiok? —quiso saber bruscamente.
Me quedé muy quieta en la silla, y sentí más que nunca la mirada penetrante de Adine a mi espalda.
—¿A qué os referís?
—Tú ya lo sabes.
—Oh —murmuré. Clavé la vista en el suelo—. Supongo que depende del hombre.
Riju frunció el ceño, pensativa.
—¿Link puede tener hijos?
Abrí mucho los ojos y el corazón se me detuvo.
—S-supongo que sí.
—Es una pena que esté contigo —dijo, aunque no sonaba apenada—. Habría sido un buen marido. Las gerudo usamos maridos para tener hijas.
Hice una mueca, pero decidí no decir nada sobre eso. Riju suspiró.
—Os deseo todo lo mejor. Y que tengáis muchos hijos. Eso es importante.
Intenté sonreír, aunque no debió resultar muy creíble. Riju no tardó en despedirse y en dejarme marchar. Una gerudo me escoltó hasta la salida del palacio.
Por suerte, Link no estaba en la Ciudadela otra vez, con sus sedas gerudo. Lo encontré con los pies dentro del oasis que fluía junto al Bazar Sekken.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté, tomando asiento a su lado.
Él sonrió.
—Hace calor dentro —respondió—. Y aquí nunca hay nadie.
Me subí el pantalón hasta las rodillas y metí los pies en el agua también. La frescura fue agradable. Suspiré, mirando el cielo anaranjado del atardecer.
—¿Qué te ha dicho? —quiso saber Link.
—Me preguntó si tú podías tener hijos.
Soltó una risotada.
—La última vez que lo revisé, funcionaba muy...
—No tengo por qué saberlo —murmuré, interrumpiéndolo. Él rio—. Dice que habrías sido un buen marido para ella.
Vi como palidecía, y la sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Con Riju? Diosas, podría ser mi hija.
—Técnicamente, más de la mitad de la población de Hyrule podría ser hija tuya, Linky. —Él soltó un gruñido, y yo sonreí—. Pero, sin embargo, si no contamos el siglo que ha pasado, tampoco tienes edad para ser su padre. No eres tan viejo.
Él resopló y volvió a gruñir algo que no pude entender.
—Eres demasiado lista.
Sonreí, moviendo los pies bajo el agua.
—Eso es algo de lo que estoy orgullosa.
Pese a lo mucho que me gustaba el desierto, decidimos irnos dos días después. Estaba demasiado inquieta. Quería ponerme en marcha y comprobar si mi trabajo había dado sus frutos. Y quería alejarme de las celdas lo antes posible.
Link se negó en rotundo a entrar en la Ciudadela para despedirse de Riju, así que yo lo hice por él el día de nuestra partida. Me pareció que incluso a Riju la apenaba que me fuera, aunque ninguna de las dos dijo nada. Me deseó buen viaje, y yo le dije que muy pronto recibiría una carta para informarle de que empezábamos a reconstruir.
Sacamos a los caballos de la posada y recorrimos el Cañón de Gerudo. Varios días después, estábamos rodeados de árboles otra vez. Nos detuvimos junto a un cruce de caminos para que los caballos descansaran.
Me acerqué a Calabaza, que rozó mi mejilla con el hocico. Le ofrecí una manzana y sentí la calidez de su hocico mientras olisqueaba mi mano.
Volví con Link, que se había dejado caer sobre la hierba. Me tendí a su lado y me deshice de las botas. Era agradable sentir la hierba bajo los dedos. Cerré los ojos. Había echado de menos la brisa fresca. La que no traía arena consigo.
—Se acabó —suspiré—. De verdad se acabó.
—Aún me acuerdo de cómo saliste del castillo —murmuró—. Estabas tan frágil, Zelda. Te juro que tenía miedo de hacerte daño.
Me puse de costado para examinarlo.
—Ahora estoy más fuerte que tú —dije—. ¿Quién lo diría?
Alzó una ceja.
—¿Ah, sí?
Quedé sobre él de un salto. Se debatió entre risitas, pero lo anclé al suelo por los hombros. Sabía que no estaba resistiéndose de verdad. Link era diez veces más fuerte que yo. Podría apartarme sin apenas esfuerzo.
—Adivina a dónde quiero ir ahora —le dije, sonriendo.
Sentí cosquillas de pronto, y se me escapó un chillido vergonzoso. Empecé a retorcerme entre carcajadas. Él me dejó en el suelo y se quedó sobre mí.
—A algún lugar horrible.
—Adivínalo —farfullé, buscando sus manos para detenerlo.
Se lo pensó un momento.
—Farone —dijo al final—. Seguro que quieres volver allí.
—¿Farone? —repetí. Estaba quedándome sin aire—. ¿Para qué?
—Al final no viste esas malditas ruinas, ¿verdad?
—No. —Reí de nuevo cuando me hizo cosquillas en una zona particularmente sensible—. Pero no quiero volver a Farone.
Fingió que respiraba aliviado.
—Seguro que quieres volver a Eldin.
—¡Link! —exclamé, pero él no me hizo caso.
—Creo que Eldin te gustó más que el resto de Hyrule. Y sabes que yo odio Eldin, así que es la mejor opción para ti.
Conseguí atrapar sus manos por fin. Me dolía el estómago de tanto reír. Link sonreía como un idiota otra vez.
—No quiero ir a Eldin —jadeé.
—Me estoy quedando sin opciones, Zelly.
Tracé la forma de su nariz con los dedos.
—No es tan difícil —le dije—. Puedes adivinarlo.
—¿Kakariko?
—No —reí.
—¿Lanayru?
Negué con la cabeza, y él resopló, frustrado.
—¿Akkala?
Se me escapó otra risita. Él frunció el ceño y gruñó. Rocé su mejilla con una mano y sonreí.
—Si no me lo dices, no podré llevarte hasta allí —masculló.
—Diosas, no puedo creer que no vayas a adivinarlo. Es absurdo.
Su ceño se frunció un poco más.
—¿A dónde demonios quieres ir?
Lo atraje en mi dirección para darle un beso en los labios. Cuando nos separamos, me acerqué y susurré:
—Hatelia.
