LINK

El fuego chisporroteaba. Zelda lo había encendido antes de ir en busca de conejos para la cena. Observé la dirección por la que se había ido; no estaba muy lejos. Desde allí podía oír sus pisadas ligeras y sigilosas mientras se movía entre los árboles. Le había dicho que no se alejara demasiado con la excusa de los lobos, y ella no había opuesto resistencia. No pareció sospechar nada.

Aunque lo cierto era que había más de una razón por la que no quería que se fuera muy lejos.

Había dejado la Espada Maestra cerca, por si acaso. La desenfundé con cuidado, como si fuera a romperla. Sin embargo, al sentir el metal frío bajo los dedos, comprendí que ya la había roto.

Las llamas arrancaban destellos en la hoja. Algo se me retorció en el estómago cuando hubo pasado un rato, y por un momento pensé que iba a ponerme enfermo. Una voz me gritaba que soltara la espada. Que la soltara y no volviera a tocarla jamás. Pero separarme de la espada me aterraba más que el daño que pudiera hacerme.

Así que seguí sosteniéndola. Cerré el puño con más fuerza en torno a la empuñadura. Pensé que quizá el problema era que ya no me encargaba de ella tanto como antes, de modo que limpié la hoja y la afilé con cuidado. Y todo lo que aquello consiguió fue que la espada pareciera aún más pesada entre mis manos.

Cerré los ojos, pero no la solté. La había roto. La había roto de verdad. Nunca se había comportado así conmigo. Siempre me hacía sentir a salvo cuando la tocaba. Y ahora no había nada.

Me concentré, rezando por estar equivocado. Me alegró escuchar el distante susurro de su voz, aunque no podía comprender nada de lo que oía. Nunca había sido verdaderamente capaz de hacerlo, pero esa vez fue diferente. Fue como si una gruesa muralla nos separara.

Me dio la sensación de que de pronto parecía mucho más pesada que antes. Algo gélido me recorrió de arriba abajo.

Escuché pisadas acercándose, y al instante las reconocí como las de Zelda. Ella emergió de la oscuridad casi absoluta con un conejo y una sonrisa radiante. Me miró con curiosidad mientras yo envainaba la espada. Sentí como el peso desaparecía cuando la solté por fin.

—Mira —dijo ella, mostrándome el conejo—. Este es de los gordos.

Intenté sonreír. No debió de funcionar, porque su expresión decayó ligeramente.

—¿Qué ocurre?

—No ocurre nada.

Ella me tendió el conejo y luego me dio la daga. Se sentó a mi lado mientras empezaba a destriparlo. Nunca destripaba nuestra cena con la Espada Maestra, de modo que ese no podía ser el problema.

—¿Qué hacías con la espada? —quiso saber ella.

Me observaba con atención mientras trabajaba. Se había vuelto más dura; hacía no mucho tiempo le entraban arcadas al verme limpiar lo que ella cazaba. Y eso era extraño, porque la propia Zelda los mataba, no yo. Fuera como fuese, ella podía ser imprevisible a veces.

—Pensar. Limpiarla.

—¿En qué pensabas?

No necesité mirarla para comprender. Ella sabía que algo iba mal. Y ahora estaba atando cabos, y probablemente su teoría era que algo le ocurría a la espada. Si era así, no iba muy desencaminada.

Tal vez hablar con ella fuera lo mejor, al fin y al cabo. Zelda sabía muchas cosas. Había leído sobre ello, y tendría respuestas. No obstante, cuando recordé los planes que había hecho y el largo viaje que tenía por delante con la reconstrucción, la determinación desapareció de golpe. No iba a añadir más preocupaciones a su enorme lista. Se suponía que estaba allí para apoyarla y hacerla feliz, no para empeorar la situación.

Caí en la cuenta —demasiado tarde, quizá— de que llevaba mucho tiempo en silencio.

—En todo lo que tenemos que hacer. —Hice un esfuerzo por mirarla a los ojos. Nunca la miraba a los ojos cuando mentía—. El viaje hasta Necluda va a ser largo.

Alzó una ceja, poco convencida.

—¿No estabas pensando en nada más?

Fruncí el ceño.

—¿Por qué crees que estaba pensando tanto, Zelda?

Ella se encogió de hombros. Seguí trabajando en silencio durante un rato.

—Si algo ocurre con la espada —dijo en voz baja de repente—, puedes contármelo, ¿lo sabías?

—Nada ocurre con la espada —mentí.

Zelda volvió a encogerse de hombros.

—Lo que tú digas —murmuró. Apoyó la mejilla en una mano mientras yo terminaba.

Coloqué la cacerola cerca del fuego al tiempo que ella hojeaba su cuaderno de notas. Dejé la cena haciéndose, y ninguno habló durante un rato.

—¿Qué vas a hacer cuando lleguemos a Hatelia? —le pregunté por fin.

—Hablar con el alcalde —murmuró sin alzar la vista de lo que estaba escribiendo—. ¿No es gracioso? He dejado para el final a mi propia raza. La que va a ver su propio hogar reconstruido, si todo va bien.

La leña seguía chisporroteando. Había una nota amarga en su voz, y eso me preocupó.

—No te tortures con eso.

Me miró con el ceño fruncido.

—No estoy torturándome —replicó—. Era solo un comentario inofensivo. Una simple observación, Link.

Sonreí mientras removía nuestra cena. Empezaba a desprender un olor agradable. La última vez que había tenido que cocinar para ambos, había dejado que nuestra cena se quemara. Y Zelda se lo había comido igual, haciendo un esfuerzo por no poner mala cara. Aquello no volvería a repetirse, me lo había prometido a mí mismo. Si seguía dándole comida chamuscada, enfermaría o algo peor.

—¿Y qué pasa después? —pregunté, sin apartar la vista de la cacerola—. ¿Cuando acabemos en Hatelia?

Ella se quedó quieta. Incluso dejó de examinar sus notas. Si embargo, no me miró.

—Podríamos volver a Kakariko —respondió—. Sí, sería mejor empezar por ahí. Enviaremos cartas. Y, cuando todos lleguen... —Se detuvo durante un instante y dudó—. Si llegan, claro...

—Llegarán —murmuré, interrumpiéndola.

Me miró por fin. Durante un momento, estuve convencido de que iba a discutir, pero acabó no haciéndolo.

—Cuando todos lleguen —prosiguió—, empezaremos a reconstruir. Y... y me gustaría empezar por el puente de Kakariko. No creo que sea muy difícil acondicionarlo y restaurarlo. Además, está cerca de Kakariko y de Hatelia. Obviamente, habrá que hacer planes más detallados, y supongo que Karud tendrá algo que decir sobre esto también, pero así es como yo lo veo. Si no les gusta, podemos cambiar los planes, ya sabes. —Se detuvo por fin y tomó aire—. No me mires así. No es gracioso.

Observé como se retorcía las manos en su regazo con nerviosismo, y no pude evitar darle la razón. Reprimí la sonrisa que luchaba por salir y negué con la cabeza.

—No puedo creer que después de todo lo que has hecho, estés preocupada por esto.

—No puedo evitarlo —masculló ella—. No quiero fastidiarlo todo otra vez. Según mi análisis, suelo arruinar las cosas con una frecuencia abrumadora.

—Te creí cuando dijiste que tus análisis nunca se equivocaban, Zelda. No hagas que me arrepienta ahora.

Ni siquiera eso hizo que sonriera lo más mínimo. Ignoró lo que acababa de decirle y enterró el rostro entre las manos con un largo suspiro.

—Si todo esto ha sido para nada, te juro que me haré granjera. Hay tierras vacías por todas partes. Si elijo una cualquiera, a nadie le importará. Conseguiré caballos y ovejas y cerdos. Y los cuidaré. Quizá consiga unas cuantas rupias. No creo que sea fácil arruinar eso.

Se me escapó una carcajada.

—¿Tú, granjera? Te aburrirías muy deprisa.

—Olvidaba que tú eres el experto en granjas.

—Ser granjera no te iría bien, Zelda. —Ella alzó la vista y sonrió un poco—. Haz caso al experto por una vez.

—¿Y qué sugieres que haga, en el hipotético caso de que no consiga nada y lo arruine todo otra vez?

El olor de la cena se hizo más fuerte, y me apresuré a remover los contenidos de la cacerola otra vez. Lo había vuelto a olvidar. Al menos había reaccionado a tiempo en esa ocasión.

—En el hipotético y extremadamente improbable caso de que las cosas no vayan bien, podríamos seguir viajando. Hyrule es muy grande.

—¿Para qué?

—Podríamos buscar más esqueletos de ballena o ir a esas malditas ruinas en Farone. O buscar antiguas reliquias sagradas. Hay muchas cosas, Zelda.

Su sonrisa se hizo un poco más amplia, aunque no quise hacerme ilusiones. Tal vez fuera solo un truco de las llamas, que hacían destellar su pelo. Se lo había trenzado antes de ir en busca de conejos, y ahora le caía por un hombro. Varios mechones se habían acabado escapando. Debían de molestarla, porque la veía colocárselos una y otra vez, aunque siempre volvían. Volvió a hacerlo entonces, y reprimí el impulso de apartárselos yo. Me miraría raro si lo hacía. Y tenía que vigilar la cena.

—Huele bien —dijo, señalando la cacerola humeante.

—No pienso quemarlo otra vez. Así que no te preocupes.

Puso los ojos en blanco y arrugó la nariz.

—No estaba tan malo, Link. De verdad. Solo estaba un poco más hecho de lo normal, pero no era nada horrible ni asqueroso.

Eso había dicho aquella noche, en la cueva junto a la Cordillera Gerudo. En el fondo sospechaba que estaba diciendo la verdad y que yo solo estaba exagerando, pero me parecía tan ridículo que me negaba a creerlo.

—No pasa nada porque digas que sabía a monstruo muerto, Zelda.

Ella entornó los ojos.

—¿Alguna vez has probado un monstruo muerto?

Sonreí, aunque no le ofrecí ninguna respuesta.

Al día siguiente, partimos muy temprano. Viento tenía ganas de correr, así que dejé que se adelantara un poco. Calabaza nos siguió a paso rápido. Nos quedaban al menos cuatro días para llegar a Hatelia, y no quería forzar a los caballos. Tal vez podríamos salir a cabalgar en las afueras de la aldea. Allí no estaríamos en peligro, en pleno campo abierto. Estaríamos a salvo. O eso esperaba.

Cuando Zelda llegó a mi altura, sonrió. Y mentiría si dijera que su sonrisa no consiguió animarme. Me pregunté una vez más si lo mejor no sería hablarle de la espada. Ella podría tener más información. O quizá sería capaz de averiguar qué demonios le ocurría. Sentía la hoja pesada en el cinturón, aunque la última vez que la había revisado no parecía mellada ni rota. Quería pensar que nada de aquello era culpa mía, pero algo me decía que debía de haber hecho algo malo.

—... ¿qué te parece? —dijo Zelda de pronto—. ¿Crees que podría funcionar?

Había estado hablando de algo. De algo relacionado con la tecnología ancestral. Había dejado de escucharla en algún punto de la conversación. Me sentí culpable, no iba a mentir, pero no quise decírselo. Carraspeé e intenté sonar lo más seguro posible.

—Claro que sí.

Zelda solía tener razón en lo referente a la tecnología sheikah. No creía que fuera equivocarse ahora. Sin embargo, arrugó la nariz y negó con la cabeza.

—Estoy hablando con una pared —bufó. Luego sacó la piedra sheikah—. Al menos la piedra sheikah me escuchará. No deberíais opinar sin conocer siquiera el tema del que se está hablando, ser Link.

La miré con el ceño fruncido. Era demasiado lista. Pocas veces conseguía mentirle con éxito.

—Estaba pensando.

—¿Crees que no me había dado cuenta? —Adelantó a Calabaza unos cuantos pasos—. Si al menos intentaras contarme eso que tanto te preocupa...

—No hay nada que me preocupe. Estaba pensando en el viaje.

Puso los ojos en blanco.

—Si yo fuera tú, ya habría aprendido la lección. Tus mentiras no resultan efectivas conmigo. Dudo que sean efectivas con alguien, pero puedo asegurar que no lo son conmigo.

No dije nada. Ella no pareció ofendida ni profundamente herida, como había temido que fuera a sentirse. Se limitó a suspirar y dejó que Viento se colocara a su altura de nuevo.

—¿Sabes qué? No insistiré más. Si algún día quieres contármelo, te escucharé. —Se detuvo un momento y luego añadió—: No es algo que yo haya hecho, ¿verdad?

—Dijiste que no ibas a insistir —repliqué, divertido.

—Es la última pregunta. Solo para asegurarme. Luego te dejaré en paz.

Sonreí a medias.

—Tú no has hecho nada malo, Zelda. Si me preocupara algo, no sería eso.

Clavó la vista en las riendas de Calabaza.

—Oh, bien. Es un alivio —murmuró—. Quiero decir... suelo cometer errores. Contigo. Muchas veces.

—No eres tan horrible como crees.

—No me he portado muy bien contigo a veces —susurró—. No intentes negarlo, Link. Me refiero a ahora, no a hace un siglo. Y lo siento.

—Zelda, no tienes que...

—Disculparme, lo sé —dijo—. Al menos dime si he mejorado.

La miré a los ojos. Parecía preocupada de verdad. Comprendí que no sería capaz de seguir mintiéndole. Sabía que ella tenía sus defectos. Se enfadaba con facilidad, detestaba no tener razón, era testaruda y, en ocasiones, analizaba demasiado las cosas. Tanto que llegaba a abrumarse.

—Has mejorado —le dije—. No te lo diría si no fuera cierto.

Ella asintió despacio. Sentí alivio cuando sonrió ampliamente y todo rastro de preocupación desapareció.

—No sé cómo puedes soportarme cada día.

Me encogí de hombros y clavé la vista en el camino.

—Hueles bien y nos consigues comida. Eres inteligente. Y no te quejas cuando hay que recorrer distancias largas. ¿He dicho ya que hueles muy bien?

—Debo de apestar a caballo ahora —rio ella.

—Pues cuando lleguemos a casa compraré para ti uno de esos aceites que huelen bien. Así ya no apestarás a caballo.

Su sonrisa se hizo más pequeña, aunque no fue algo malo. Porque cuando alzó la vista y vi sus ojos llenos de calidez, supe que seguía estando feliz. Más que antes, incluso.

—A casa —repitió en voz baja.

—A casa. ¿Lo ves? Te he cogido el suficiente cariño para que vivas conmigo. No eres tan insoportable. A mí me gustas, Zelly.

—Tú sí que eres insoportable —murmuró.

Calabaza se adelantó unos cuantos pasos otra vez, y se me escapó una risotada.

—¿De qué estabas hablando antes? —quise saber—. ¿Cuando creías que no estaba escuchándote?

Su rostro se iluminó y sonrió con picardía. No solía sonreír así.

—Te preguntaba qué te parecería que me fuera a vivir a Kakariko. O a la región de los zora. Ambos lugares son maravillosos. ¿Qué opinas?

La miré con el ceño fruncido, y ella rio a carcajadas.

—Los caballos te echarían de menos —fue lo único que dije.

—¿Los caballos? —repitió ella—. Al menos en Kakariko hasta las paredes tienen oídos. Nunca estaría hablando sin que nadie me escuchara. ¿No crees, Link?

Estuve de buen humor durante el resto del viaje. La escuché parlotear sobre cosas poco importantes de camino a la posta. Y, al día siguiente, me recibió con un beso y se ofreció a ayudarme a preparar nuestro desayuno. A Zelda no parecía darle vergüenza mostrar afecto frente a otros. Lo había hecho en otras postas e incluso en mitad del Poblado Orni. A esas alturas, todos debían saberlo ya. No era ningún secreto. Y no podía evitar sonreír como un idiota cuando ella hacía cosas así. Me sentía afortunado.

Llegamos a Hatelia unos cuantos días después, un poco más tarde de lo esperado. La aldea no estaba muy cambiada. Tenía la sensación de que había más comercios abiertos y de que las calles estaban más concurridas. Vi que Zelda sonreía a mi lado, y supe que era buena señal.

Unas horas después, la casa ya estaba limpia y ordenada. No sabía cuánto tiempo querría quedarse Zelda, pero seguramente por más de una noche. Así que limpiamos el polvo de forma aún más minuciosa que hacía varias lunas, cuando habíamos estado de visita por una sola noche.

Más tarde, cuando la luna estaba ya alta en el cielo, ella se encontraba entre mis brazos. Debía de haber estado agotada por el viaje —habíamos tardado varias semanas en recorrer medio Hyrule, al fin y al cabo—, pero sabía que estaba despierta. Y estaba pensando. Casi podía oír como su cabeza trabajaba sin cesar.

Lo cierto era que yo tampoco podía dormir. Pocas cosas eran mejores que estar a salvo bajo mi propio techo, en una cama que era mía. Nuestra.Y todo estaba en silencio, ella era cálida entre mis brazos y olía muy bien. Llevaba su maravilloso camisón de dormir otra vez.

Y, sin embargo, allí seguía, incapaz de cerrar los ojos.

—No te preocupes por el alcalde —le dije en voz baja—. Aceptará también. Verá que es una buena oportunidad.

Sentí que sonreía contra mi hombro.

—¿Qué te hace creer que estoy pensando en eso? —replicó.

—No lo sé. —Había dicho lo primero que se me había ocurrido. Me había parecido lo más lógico; cuando tenía que hablar con alguien importante, solía estar nerviosa y más callada que de costumbre—. ¿Una conclusión precipitada?

—En efecto —rio ella—. En realidad, te sorprenderá saber que estaba pensando en ti.

Fruncí el ceño, y ella alzó la vista para mirarme. Seguía sonriendo.

—¿En qué cosas pensabas exactamente?

Zelda cogió un mechón de mi pelo. Lo examinó con cuidado y luego empezó a trenzarlo. No la detuve.

—Está muy largo —observó, señalando mi pelo—. ¿Te habías dado cuenta?

—No —contesté, y no mentía. Era la primera vez que me fijaba—. Me gusta así.

Ella sonrió. Me besó en el primer lugar de la cara que encontró y luego se acomodó sobre mí otra vez.

—A mí también me gusta así.

Sonreí de nuevo.

—Yo también estaba pensando —murmuré al cabo de un rato—. Yo sí que me equivoco a veces. Igual que tú. No eres la única.

—Link, lo que te dije...

Negué con la cabeza, y ella calló.

—Tú has hablado de tus errores. Lo más justo es que yo haga lo mismo.

Se separó de mi hombro y se dejó caer sobre las mantas para verme mejor. Observé como el pelo le caía sobre el rostro mientras ella esperaba en silencio.

—¿Y bien? —dijo.

Hice una mueca.

—A veces me distraigo fácilmente —dije, y no estaba mintiendo. Me sucedía con ella, sobre todo. Nunca me dejaba concentrarme si la tenía cerca.

Alzó una ceja.

—Eso no es verdad.

—Gracias a las Diosas que no te has dado cuenta —mascullé. Eso habría sido peor aún. Una humillación todavía mayor—. A veces tendrás la sensación de que estás hablando con una piedra.

—Las piedras no escuchan. Tú sí —repuso, pasando un dedo por mi rostro—. Eso te hace diferente.

—Pero no te responderé. Sé que te molesta que no diga lo que pienso.

Frunció el ceño.

—¿Por qué no dices lo que piensas?

—A veces creo que no va a serte útil —murmuré, encogiéndome de hombros.

—No seas tonto. Tu opinión siempre me es útil. Más que cualquier otra.

La luz de la luna iluminaba su pelo, y tenía la sensación de que desprendía un ligero brillo dorado. Casi parecía cegadora, si la miraba durante mucho tiempo.

—No sé mentir —añadí.

—¿Eso es un defecto?

—A veces es importante mentir.

—A mí me importa más que me digas la verdad, Link.

Asentí y besé su nariz. No le gustaban las mentiras, y a mí tampoco. En ese aspecto, ambos habíamos tenido suerte.

—Soy torpe —seguí enumerando—. Contigo.

Para mi sorpresa, Zelda rio.

—Eras un poco torpe. Pero eso era antes. Ahora te has vuelto todo un experto, Linky.

—Soy un experto en ti —mascullé—. Estaría perdido con otra mujer.

Ella entrecerró los ojos.

—En el hipotético caso de que estuvieras con otra...

—No es importante ahora.

—Está bien —bostezó ella mientras se encogía de hombros.

—Soy aburrido —añadí al ver como cerraba los ojos—. No me acordaba de eso. También soy olvidadizo, ¿lo ves?

Zelda negó con la cabeza.

—El día que dejes de bromar con algo tan serio como eso, te dejaré comer diez manzanas seguidas —murmuró mientras se hacía un ovillo y se acomodaba junto a mí.

—También tengo un sentido del humor patético.

—Eso no te lo puedo discutir. Pero me gusta así. No estás nada mal. Nada mal.

Al día siguiente, ella se empecinó en salir de casa muy temprano. Había amanecido hacía varias horas, pero aun así intenté convencerla de quedarse un poco más por todos los medios posibles. Nada dio resultado. Su determinación me pareció extraña; ella odiaba madrugar. Solía ser yo quien debía arrastrarla para ponerse en marcha. Acabó su desayuno a toda prisa y luego la seguí hasta el exterior. Aún protestaba, pero Zelda no parecía oírlo.

—Vamos —dijo, cogiéndome de la mano—. Quiero acabar con esto lo antes posible. —Se detuvo en seco, en medio del jardín—. ¿Prefieres quedarte? Puedo ir sola.

Negué con la cabeza rápidamente. Por mucho que me hubiera gustado dormir hasta tarde, no quería perderme cómo ella conseguía aquello por lo que tanto se había esforzado. Y lo cierto era que tenía curiosidad por conocer al alcalde de Hatelia. Ni siquiera sabía su nombre, porque apenas se hablaba de él.

Zelda le preguntó a un hombre con el que nos cruzamos dónde vivía el alcalde, pero, para mi sorpresa, no supo responder. Ella me miró desconcertada, pero aun así tiró de mi mano y seguimos avanzando. Por suerte, una mujer nos indicó que se encontraba en las granjas. Zelda frunció el ceño, pero nos dirigimos allí de todas formas.

El alcalde de Hatelia no era un hombre muy alto. Vestía como el resto de habitantes de la aldea, y si no nos hubieran indicado dónde estaba, probablemente habría dado por hecho que era un granjero más. No tenía nada que lo hiciera distinto al resto. Se encontraba trabajando en los campos de cultivo, y no pareció reparar en nuestra presencia hasta que Zelda carraspeó con fuerza. Alzó la vista y nos miró con una pizca de aburrimiento.

—¿Vienes por lo de Ris? Las cosechas aún no están listas.

Ella me miró, y yo me encogí de hombros mientras el hombre regresaba a su trabajo. Zelda volvió a carraspear.

—¿Sois el alcalde de la aldea? —dijo.

Se detuvo en seco y miró a Zelda con el ceño fruncido.

—¿Quién eres tú?

—Soy Zelda. Él es...

—Compraste la casa al otro lado del puente, ¿verdad? Íbamos a demolerla. La verdad es que nos causaste problemas, muchacho. Allí íbamos a construir un pozo nuevo. Tal vez incluso podríamos haber plantado. Es una tierra increíblemente fértil. Aún no hemos encontrado una solución. Dicen que viajas mucho. Que casi nunca estás aquí. Escucha, muchacho, si pudieras...

Zelda fue a hablar pero, por una vez, me adelanté. Estaba lo suficientemente enfadado.

—No voy a vender nada —dije. Me sorprendió lo frío que sonaba—. No la vas a demoler. Es mi casa. La casa de mi familia.

No estaba mirando a Zelda, pero de reojo vi como su expresión cambiaba. El hombre suspiró pesadamente.

—Es una pena. Una verdadera pena —murmuró.

No dije nada más, y él tampoco. Así que Zelda intervino.

—Esperaba poder hablar con vos sobre un asunto importante.

—¿Qué asunto?

Ella miró a su alrededor. Los animales pastaban en las granjas cercanas.

—¿Podríamos irnos a un lugar más... adecuado?

—Las granjas son adecuadas.

Zelda arrugó la nariz, y no fue por el olor a cerdo.

—La explicación es algo larga.

El hombre suspiró y nos llevó al interior de la casa que se encontraba junto a la granja. No era muy diferente a nuestra propia casa. Nos indicó que tomáramos asiento frente a una mesa, y obedecimos en silencio.

—Tengo que seguir con las cosechas, así que date prisa, niña —dijo el alcalde.

Le dirigí una mala mirada, y él fingió no haberse dado cuenta.

—No sé si habréis oído hablar del proyecto de reconstrucción en...

—Oh, eso. ¿Te envía Karud? Ya nos habló de ello hace una eternidad. Nadie quiso ir con él. Bueno, solo unos pocos. No creo que funcione ahora tampoco.

Zelda se quedó muy quieta, aunque aquello no pareció aumentar su nerviosismo. Unas lunas antes, lo habría hecho. Habría perdido la esperanza tras oír algo así.

—¿Nadie quiso ir?

—Yo le dije que no me importaba que fuera a reconstruir —dijo él, encogiéndose de hombros—. Pero nadie en la aldea quiso ir con él. ¿Dónde está ahora, por cierto?

—¿Por qué nadie quiso ir?

—No lo sé. Viven bien aquí. Pueden sobrevivir. ¿Por qué iban a arriesgar eso? Solo unos pocos lo acompañaron. Algunos han vuelto ya.

—Entonces no es que nadie quisiera ir. No tratéis de engañarme.

El hombre rio.

—No soy lo suficientemente mezquino.

Zelda guardó silencio durante un instante.

—¿Y qué pensáis vos sobre la reconstrucción?

—¿Yo? ¿Es que tengo que pensar algo sobre eso?

—Bueno, sois el alcalde del asentamiento hyliano más grande en la actualidad. Si yo fuera vos, tendría una opinión.

—Te aseguro que no la tengo. Me da igual lo que haga Karud, mientras no nos moleste. Seguiré cuidando de mis cultivos mientras tanto. Nuestros hijos son felices así.

—¿No queréis... más?

—¿Más?

—Más espacio para construir casas. Para el pozo que tanto queréis. Para que haya mejores rutas de comercio. Más visitantes en la posada. Más gente que venga a vivir aquí. Más rupias.

—No vamos mal en rupias. Los de Kakariko nos compran lo que cultivamos casi todas las lunas. Y, a veces, los zora también.

—No me refiero solo a eso —dijo ella con suavidad—. ¿No os habéis dado cuenta de lo desperdigados que estáis los hylianos? ¿De la poca comunicación que hay? Antes Hyrule era un reino.

—Pero Hyrule cayó. Y estoy muy satisfecho con la vida que llevo. Sé que muchos de los demás también. Tú eres hyliana. Deberías saberlo. ¿Y por qué demonios me tratas como si fuera el rey de Hyrule?

Ella hizo una mueca.

—Quiero lo mejor para todos —murmuró.

—Entonces reconstruye. Pero no obligaré a la aldea a unirse a ti. No quieren. Si alguno cambia de idea, entonces tendrá libertad para irse.

—¿No podrías volver a insistir?

—¿Por qué debería hacerlo?

—Bueno, eres el alcalde.

—Soy el alcalde solo en nombre, niña —rio él—. No me tienen más respeto por eso ni me ponen guardias frente a la puerta de mi casa.

Zelda frunció el ceño.

—Os lo suplico. Yo misma me encargaré de hablar. Luego no volveré a molestaros.

El hombre se reclinó en la silla, que crujió dolorosamente. No dijo nada, pensativo. Sentí que Zelda empezaba a impacientarse. Pero entonces él volvió a hablar.

—Mañana —dijo—. Hoy tengo otros asuntos de los que encargarme. Mañana por la mañana me vendrá bien. Pero no prometo que las cosas vayan a cambiar.

—Mañana por la mañana —asintió Zelda.

El sol brillaba con fuerza cuando salimos de la granja. Zelda estaba en silencio, y no sabía cómo interpretarlo. ¿Estaba enfadada? ¿Decepcionada? No la culparía. Incluso a mí me había decepcionado.

—¿A dónde vamos? —le pregunté cuando ya habíamos recorrido un buen trecho del camino principal de la aldea, tirando de su mano.

Ella se detuvo y, para mi sorpresa, parecía muy tranquila.

—Al laboratorio de Prunia.

Solté un gruñido, y Zelda sonrió ligeramente. No estaba de humor para soportar a Prunia en aquel momento. Sin embargo, sospechaba que a Zelda le vendría bien para aclararse las ideas.

No nos cruzamos con nadie mientras subíamos la colina. Observé a Zelda de reojo cuando ya quedaba poco para llegar, y comprobé con cierta satisfacción que ni siquiera jadeaba. La primera vez que la había llevado allí, apenas había aguantado todo el camino. Solo habíamos recorrido la mitad cuando empezó a quedarse sin aire. Recordaba haber contemplado la posibilidad de cargar con ella, pero al final no había sido necesario. Porque era difícil encontrar a alguien más fuerte y testarudo que ella. Cuando la vi por primera vez, estaba tan agotada como yo, quizá incluso más. Frágil, diminuta y pálida.

Le había llevado mucho tiempo volver a ser tan fuerte como antes, pero había ganado algo de peso. Podía correr sin cansarse y la luz del sol había hecho maravillas en su piel, antes de un tono casi enfermizo.

Symon nos recibió alegremente cuando llamamos a la puerta. Prunia correteó por su laboratorio y abrazó a Zelda por la cintura. Cuando se acercó a mí, le di unas palmaditas en el hombro, y ella bufó.

—Me he enterado de que habéis estado más veces en Hatelia durante vuestro viaje —dijo con un brillo de reproche en los ojos. Me recordó ligeramente a Impa.

Compartí una rápida mirada con Zelda.

—Solo fue por una noche. No habríamos tenido tiempo para saludarte siquiera. Teníamos que partir pronto.

Ella bufó otra vez.

—Siempre hay tiempo. Pero contadme cómo os ha ido. A juzgar por lo poco que he oído, no muy bien. Os he echado terriblemente de menos. A ti no tanto, Linky, pero tú ya lo sabes.

Nos invitó al interior mientras hablaba sin cesar. Me senté al lado de Zelda, con cuidado de tocar solo lo que ella tocaba y que no pareciera muy peligroso. Prunia odiaba que tocaran sus cosas. Symon regresó con tres tazas de té humeante y otra para sí mismo. Se sentó en la otra punta de la mesa, estudiando un cuaderno de notas.

—He estado hablando con Impa —anunció Prunia—. Le he mandado cartas. Y a Rotver también.

—¿Qué te ha contado Impa? —quiso saber Zelda.

—Oh, todo tipo de cosas. Al principio pensé que se había vuelto loca del todo cuando leí su carta por primera vez, pero luego... Bueno, Impa nunca jugaría con una historia así. Decidme, ¿es verdad? ¿Os persiguen unos asesinos?

—Ya no —dijo Zelda, y pareció muy segura de sí misma—. Nos hemos encargado de eso.

Prunia abrió mucho los ojos, entre horrorizada y alarmada.

—¿Los habéis matado? —preguntó—. ¿A todos?

Me dolió que me estuviera mirando fijamente mientras formulaba la pregunta, como si esperara encontrar una prueba irrefutable de algo.

—No hemos matado a ningún asesino —dijo Zelda. Aquella era una verdad a medias—. Están en una prisión en el desierto.

—Y no saldrán de allí —añadí.

En el fondo, tenía miedo de que las amenazas de la asesina se cumplieran. Por eso no quería perder a Zelda de vista por el momento. Y ella tampoco quería perderme de vista a mí, así que habíamos llegado a una especie de acuerdo juntos.

—Impa parecía preocupada —prosiguió Prunia—. Pero yo he sabido desde el principio que Linky sería capaz de protegeros a ambos. ¿A que sí?

Fruncí el ceño. En ocasiones era difícil saber cuándo bromeaba Prunia y cuándo estaba hablando en serio. Sentí que Zelda cogía mi mano bajo la mesa.

—Si estoy aquí sana y salva es gracias a él, en realidad —susurró.

—Eso no es verdad —repliqué, y ella pareció sorprendida—. A veces yo no estaba. Tuviste que defenderte tú sola.

—Eso fue solo una vez. Y tuve suerte, nada más.

Abrí la boca para responder, pero Prunia nos interrumpió con un largo suspiro.

—No habléis de vuestras tonterías aquí. Cada vez que recuerdo lo humilde que eres me entran ganas de vomitar, Linky. —Se puso en pie de un salto y se acercó a Zelda—. ¿Tienes la piedra sheikah, princesa?

—No me llames así —murmuró ella mientras sacaba la piedra sheikah y se la tendía a Prunia.

Ella hizo varias indicaciones a Symon, que se puso en pie y acompañó a Prunia al pedestal del laboratorio. Colocó la piedra sheikah con mucho cuidado y empezó a inspeccionarla con atención.

—¿Ocurre algo? —preguntó Zelda.

—La energía que mantenía en funcionamiento a artefactos como este se ha vuelto más débil —explicó Symon—. Tanto nosotros como el señor Rotver lo hemos estado notando.

—¿La piedra sheikah ha hecho algo raro últimamente? —quiso saber Prunia.

Zelda negó con la cabeza al instante. Yo vacilé un momento, y ella frunció el ceño al darse cuenta.

—Una vez, en el desierto, no se iluminaba. Al final funcionó, pero... Bueno, supongo que el calor le estaba afectando o algo así.

Zelda se quedó boquiabierta.

—¿Y no se te había ocurrido contármelo? —dijo con voz más aguda de lo normal.

Alcé las manos en señal de rendición.

—Pensé que no era importante. A lo mejor el calor le había fundido alguna tuerca o...

Prunia soltó una risotada.

—¿Fundirle una tuerca? Oh, Linky, gracias a las Diosas que no eres investigador de tecnología ancestral.

Sentí como enrojecía, así que dejé de mirarla a ella y me encerré en un silencio ofendido.

—Deberías habérmelo dicho —susurró Zelda mientras Prunia trabajaba. Para mi sorpresa, no parecía enfadada.

Asentí con la cabeza. Ambos esperamos a que Prunia terminara. De vez en cuando oíamos sus murmullos y susurros con Symon, pero no pude comprender nada de lo que decían. Cuando acabaron por fin, Prunia le devolvió a Zelda la piedra sheikah y tomó asiento en una silla vacía.

—Le queda un tiempo todavía —dijo—. No creo que vaya a dejar de funcionar pronto, pero sí empezará a fallar. Vigílala, princesa.

—Zelda —le recordó ella mientras guardaba la piedra otra vez.

—Zelda —asintió ella—. ¿Para qué demonios habéis vuelto a la aldea esta vez?

—Quería hablar con el alcalde de Hatelia. —Sonrió ampliamente—. Tenemos el apoyo, Prunia.

—Era bastante obvio que lo conseguirías. Persuadías a todo el mundo hace cien años para que te dejaran hacer lo que tú querías. Esto es mucho más fácil.

Soltó una risita y me miró.

—Eso es cierto. Nadie se resistía al final. Ni siquiera el mismísimo elegido por la Espada Destructora del Mal.

Sentí una punzada de tristeza al oír el nombre de la espada. Aun así, le asesté a Zelda una leve patada bajo la mesa mientras Prunia reía a carcajadas.

—Estaba pensando en ir a Kakariko por una temporada —dijo Prunia—. Confío en Symon. No creo que destruya nada mientras yo no esté. Y echo de menos a Impa, por raro que suene. Dice que Pay ha crecido mucho.

El rostro de Zelda se iluminó.

—Eso sería maravilloso —dijo—. Seguro que Impa también te echa de menos. No hay ningún motivo por el que tengáis que seguir separadas. Igual que con Rotver.

—Rotver es muy feliz en su laboratorio —masculló Prunia—. Y además, está muy viejo para viajar. Dudo que pueda moverse siquiera.

—Te sorprendería —murmuré.

—Vaya, Linky. Seguías aquí. ¿Cómo va todo? ¿Sigues teniendo relaciones inapropiadas con la princesa?

—Eso no es asunto tuyo.

—Me llamo Zelda —dijo Zelda al mismo tiempo.

Prunia rio a carcajadas, pero me di cuenta de que observaba a Zelda con atención. A mí también me sorprendía lo mucho que insistía en que la llamara por su nombre, aunque no quise pensar en demasiado ello. Tal vez ya tenía su futuro decidido. Y, si su decisión no había cambiado, distaría mucho de ser una princesa en ese futuro.

Zelda quiso ir al bosque al salir del laboratorio para buscar setas para la cena. Incluso se ofreció a ayudarme a prepararlo todo. Me extrañó su buen humor. Era como si no le preocupara demasiado la decisión del alcalde.

Cuando nuestra cesta estuvo llena de setas, regresamos a casa. Zelda se dio un baño mientras yo limpiaba las setas. Estaba terminando cuando percibí su olor maravilloso a mi espalda. Sentí sus brazos a mi alrededor de pronto, y sonreí.

—¿Te he asustado?

—No. Sabía que eras tú. Puedo olerte.

Arrugó la nariz, aunque no se apartó. Solté una risotada.

—Si te quedas ahí, no podré hacer nada, Zelda —murmuré—. ¿No dijiste que ibas a ayudarme?

Suspiró pesadamente y se apartó de mí. Le besé la frente mientras ella cogía otra seta. Después me quedé mirándola con cautela.

—¿Qué? —dijo sonriente.

—¿No estás preocupada?

Debía de saber a lo que me refería, aunque su sonrisa se hizo más amplia. Siguió limpiando las setas que quedaban.

—No —dijo—. Es raro, lo sé. Pero debería haberlo visto venir. Es normal, Link. Su alcalde tampoco se preocupa. Dudo que de verdad se comporte como un alcalde. Bueno, él mismo lo dijo.

—¿No vas a seguir insistiendo?

—Insistiré mañana. Si nadie quiere venir con nosotros y ayudar en la reconstrucción, lo aceptaré sin más. Ya tenemos una compañía de construcciones hyliana y mucho apoyo, de todas formas. Además, puede que con el tiempo lo comprendan.

Su sonrisa decayó ligeramente cuando sus ojos se encontraron con los míos.

—¿Qué pasa? ¿No estás de acuerdo?

—No es eso.

—¿Entonces qué ocurre? —preguntó, poniendo una mano sobre mi brazo.

Dejé las setas a un lado y la rodeé por la cintura.

—Has cambiado —susurré.

Ella alzó una ceja.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es un cambio bueno. Muy bueno.

Ella sonrió. Le di un beso corto en los labios, pero luego me lo devolvió, y no pude separarme. Sus labios eran dulces, y llevaba uno de los vestidos que le había comprado en Hatelia hacía tanto tiempo. Suspiró, y rodeé su cintura con más fuerza para alzarla y dejarla sentada sobre la mesa. Una seta cayó al suelo, y ella rio, pero ninguno intentó recogerla. Puso sus manos alrededor de mis hombros y me atrajo más en su dirección. Estaba tan cerca que podía sentir la calidez de su pecho junto al mío y, Diosas, era maravilloso.

—Link —jadeó—. Link, las setas...

Se detuvo cuando deslicé una mano bajo sus faldas. Noté que se estremecía cuando seguí moviéndome. Me besó con más ahínco y después sentí sus manos en mi pelo.

—Link —jadeó de nuevo, separándose—, hagamos esto más tarde.

Me quedé muy quieto y aparté la mano al instante.

—¿He hecho algo malo?

—No —dijo rápidamente. Me besó de nuevo—. No. Es maravilloso. El problema es que... bueno, tengo hambre.

Sonreí, y ella se ruborizó un poco más. Me separé despacio y volví con las setas.

—No puedes comer hasta que haya terminado —le advertí.

—No seas ingenuo.

Un rato después, estábamos trabajando en paz. Zelda parecía feliz, removiendo el contenido de la cacerola. Me acerqué a su lado y sonrió ampliamente cuando dejé que probara un poco.

—Me alegro de que no les dejaras demoler esta casa —me dijo.

Suspiré y contemplé la casa. Era pequeña. Zelda tenía razón; habría que ampliarla en algún momento.

—Cuando dije que era la casa de mi familia, no me refería solo a mis padres —le susurré.

Ella sonrió. Últimamente, sonreía más que de costumbre. Esperaba que fuese así para siempre.

—¿Y a qué te referías? —preguntó, aunque ella debía saberlo ya.

—A ti. A mí. A lo que tenga que venir en el futuro. Esa es mi familia ahora.

Sus ojos brillaron, y sorbió por la nariz. Me preocupó haber ido demasiado lejos, pero vi que seguía sonriendo.

—¿Por qué estás llorando? —le pregunté cuando se secó la única lágrima que había llegado a caer.

—No estoy llorando —replicó ella—. Son imaginaciones tuyas. Y, si lo estuviera, sería porque estoy feliz.

Sonreí también y la atraje en mi dirección, porque sabía por experiencia que eso la haría sentir mejor.

—Nunca he tenido una familia —susurró—. Y, si la tuve, no recuerdo cómo era.

—No importa. Podemos tener nuestra propia familia, si quieres. Tú y yo. Y no me mires así. No me refiero a tener hijos.

Ella rio. Luego asintió con la cabeza, sollozó y me abrazó. No necesité que me diera más respuestas.