ZELDA

Me miraban como si estuviera loca. Y empezaba a pensar que, en el fondo, lo estaba. Que había arrastrado mi locura por todo Hyrule. Pero, si el resto había comprendido lo que queríamos hacer, tampoco podía haber perdido la cordura.

El alcalde de Hatelia se había detenido frente a las tiendas y les había dicho a varios habitantes de la aldea que pasaban por allí por casualidad que se detuvieran a escuchar. Y ellos habían parecido extrañados —seguramente no estarían acostumbrados a que el alcalde diera órdenes—, pero se habían quedado allí. Y luego la multitud había atraído a más multitud, y así hasta que la calle estuvo prácticamente atestada.

Cuando empecé a hablar de la reconstrucción, algunos resoplaron, hicieron muecas de aburrimiento y se marcharon. Traté de seguir, pero la voz me tembló. Un poco. Supuse que fue casi imperceptible. Pero Link se había dado cuenta y había cogido mi mano, y di gracias por tenerlo a mi lado en aquel momento.

—No estamos obligándoos a nada —dije. Lo estaba haciendo sorprendentemente bien para ser la primera vez que hablaba delante de tanta gente desde hacía un siglo—. Solo pedimos ayuda. Es vuestro hogar el que va a ser reconstruido, al fin y al cabo.

Algunos susurraron entre ellos, aunque la mayoría se mantuvo en silencio.

—¿Y quién cuidará de mis tierras mientras yo no esté? —dijo un hombre por encima del murmullo.

Miré a Link, pero su expresión no me dijo nada.

—Supongo que siempre podremos encontrar otra solución a ese...

—¡No se me ha perdido nada en las afueras de la aldea! —exclamó alguien.

Otros asintieron y, pronto, hubo un escándalo en las calles de la aldea. El alcalde me dirigió una mirada que gritaba te lo dije, aunque no hizo nada por calmar al pueblo. A su pueblo. Él era quien poseía el deber de cuidarlos. De cierta forma extraña, había ocupado el puesto de mi padre. Y no podían ser más diferentes el uno del otro.

—Zelda... —empezó Link en un susurro, pero di media vuelta para mirarlo.

—No pasa nada —dije, sonriendo.

Él no pareció muy convencido. Podía comprender por qué, después de todo lo que había ocurrido durante el último año, pero de verdad era diferente en aquella ocasión. Sentía que había aprendido. No tenía nada de lo que preocuparme; teníamos apoyo, y la compañía de construcciones era hyliana. Y estaba segura de que, con el tiempo, cuando reconstruyéramos y se corriera la voz, cambiarían de opinión.

Me aclaré la garganta con fuerza. Mi padre solía hacerlo cuando se reunía con su consejo y no estaban de acuerdo en algo. Habían dejado que presenciara algunas de esas reuniones. Cuando el rey carraspeaba, todos callaban de golpe para escuchar lo que tenía que decir. De niña recordaba haber pensado que era incluso magia.

—No he venido a obligaros a uniros a nosotros —dije muy despacio. Había perdido la cuenta de las veces que lo había repetido—. Solo vengo buscando apoyo. Si nadie desea apoyarnos, no os culparemos por ello. Es comprensible.

Escuché más murmullos, y eso me irritó ligeramente. Me pregunté cuántas veces tendría que repetirlo para que lo comprendieran. Después de un silencio tenso, intervine de nuevo.

—¿Hay alguna pregunta más?

Nadie habló. Había explicado nuestros planes al detalle, así que no había mucho que aclarar, de todas formas. Confiaba en no haber olvidado nada mientras hablaba.

Al cabo de unos instantes, sonreí y me despedí con toda la amabilidad que fui capaz de reunir, aunque muy pocos me la devolvieron. Tiré de la mano de Link y me acerqué al alcalde. Le di las gracias por habernos dejado hablar con su pueblo y él masculló algo que no pude entender a modo de respuesta. Lo más probable era que se olvidara de nosotros al día siguiente.

Sentí todos los ojos de la aldea puestos en mí mientras nos alejábamos hacia el puente. A Karud no le sorprendería aquello, si le habían hecho lo mismo. Me repetí que no debía preocuparme. Con o sin Hatelia, las cosas saldrían bien. Solo debía tener fe. Y mucha paciencia.

—Lo siento, Zelda —dijo Link mientras cruzábamos el puente—. Siento mucho que no haya funcionado.

—No pasa nada. Créeme, estoy orgullosa de lo que hemos conseguido. Esto ni siquiera importa tanto. Solo hay que esperar.

—Estás orgullosa de lo que tú has conseguido —corrigió él.

—Tú has estado a mi lado desde el principio, Link. Sin ti, probablemente esto no hubiera funcionado.

—No he hecho nada.

Vi como se desviaba del camino para no pisar una flor que crecía en el jardín, y sentí algo cálido en mi estómago.

—Sí que has hecho cosas. Tú ya tenías relaciones establecidas con cada región. Te conocían. No era una completa extraña. Y, además, tú le gustas a todo el mundo. Es fácil confiar en ti. Si me ven contigo, creerán que yo también soy de fiar.

Abrió la boca y supe que iba a protestar, pero me detuve frente a la puerta de nuestra casa y le puse un dedo sobre los labios. Él calló de golpe.

—No es tan fácil decirlo. Dime que tengo razón. Esta vez, he comprobado que la tengo. —Él hizo una mueca, como si le resultara doloroso admitirlo—. Vamos, Link. No vas a dejar de ser humilde por decir que tengo razón.

Él vaciló un instante. Vi que tomaba aire.

—Tienes razón —masculló.

—¿En qué tengo razón, exactamente?

Tenía las mejillas encendidas. Diosas, podía estar tan ciego en ocasiones...

—En que te he ayudado.

Le mostré mi mejor sonrisa. A juzgar por su expresión, parecía que pronunciar aquellas palabras le había supuesto un esfuerzo imposible. Le di un beso rápido en los labios.

—Vas mejorando —le aseguré—. ¿Lo ves? A veces sí tengo razón.

Link hizo otra mueca, pero me siguió al interior de la casa cuando abrí la puerta.

—¿Tienes hambre? —me preguntó poco después.

Lo miré, boquiabierta, pero él no pareció darse cuenta. Estaba ocupado organizando su bolsa de manzanas.

—Por Hylia, acabas de comer.

Alzó la vista con el ceño fruncido, confundido.

—¿Ah, sí? —Se quedó quieto por un instante, pensativo, y luego soltó un gruñido—. Todavía tengo hambre.

Suspiré y me dejé caer sobre una silla.

—Pues cómete una de tus malditas manzanas.

Sonrió como un niño al que acabaran de darle dulces.

Pasé gran parte del día revisando mis cuadernos de notas. Me pregunté si el alcalde de Hatelia aceptaría las ideas que se me habían ocurrido para mejorar la aldea. Quizá ni siquiera fueran a importarle. Necesitaría a Karud para negociar aquello.

Llegué a la conclusión de que lo más lógico era regresar a Kakariko. Era un lugar amplio donde no había hylianos. Así, cuando nos reuniéramos, nadie se vería ofendido. Quería empezar por el puente, aunque tendría que consultarlo con Impa primero. Y con Karud, si se dignaba a aparecer. Si lo del puente no funcionaba, debía tener una alternativa preparada para que así no pensaran que estábamos totalmente perdidos y los voluntarios comenzaran a arrepentirse.

Aún me encontraba decidiendo cuando escuché a Link moverse detrás de mí. Sentí sus dedos sobre mi pelo, y luego puso la mano libre encima de mi propia mano. Me detuvo con cuidado.

—¿Por qué no vienes fuera conmigo? —me susurró—. Están apareciendo las primeras estrellas ya.

Me di la vuelta para mirarlo. Había estado tan concentrada en todo el trabajo que tenía por delante que apenas me había parado a pensar en él. Noté una punzada de culpabilidad al instante.

—Aún no he terminado...

—Lo sé —dijo él—. ¿Sabes qué haría yo? Tomarme un descanso y acabarlo mañana.

Suspiré pesadamente. Pasé una página llena de garabatos y dibujos que había hecho mientras viajábamos.

—Debería acabar ahora.

—Llevas todo el día aquí, Zelda. No es bueno trabajar tantas horas seguidas.

Lo miré con una ceja alzada, recordando todas las ocasiones en que se había esforzado tanto en entrenar con la espada que regresaba con las manos llenas de callos nuevos. Los viejos le sangraban a veces, cuando se forzaba demasiado.

—No eres muy buen ejemplo, Linky.

Él sonrió, y supe que yo había perdido aquella discusión.

—No puedo creer que vayas a dejarme solo ahí fuera. —Rodeó mis hombros—. Con el frío y en medio de la oscuridad. ¿Y si viene un lobo?

—Aquí no hay lobos, Link.

—Normalmente no los hay —puntualizó él—. Además, seguro que te duele el trasero. Llevas demasiado tiempo ahí sentada. No puede ser bueno.

Me ruboricé e hice una mueca. Su sonrisa se hizo más amplia cuando me puse en pie. Link tomó mi mano y las notas quedaron olvidadas sobre la mesa.

Link había tenido razón. El cielo estaba teñido de púrpura, y pese a las nubes que se movían lentamente como manchas grises, ya eran visibles las primera estrellas. Nos sentamos bajo el manzano. Durante un rato, ninguno habló. Me pregunté si siempre sería así con él. Si a su lado podría disfrutar de la paz cada vez que quisiera. Link valoraba la paz tanto como yo, porque era un bien raro que nunca habíamos tenido. Hasta ahora.

En Hatelia hacía frío por las noches, y Link sabía lo mucho que odiaba el frío. Sin embargo, cuando me rodeó con los brazos y me atrajo más en su dirección, estuve segura de que en Hatelia nunca pasaría frío de verdad. Últimamente las cosas con él iban tan bien que tenía miedo de arruinarlo todo por alguna tontería. Era lo usual. Y no quería perder de nuevo la tranquilidad y la seguridad que él me daba. Porque ahora había aprendido a entenderlo de verdad, y tenía la sensación de que él me entendía a mí también. Nos había costado tanto esfuerzo llegar hasta ahí que temía estropearlo todo y no recuperarlo nunca.

—Me gustaba mirar al cielo cuando viajaba solo —dijo él—. Era como si no estuviera tan solo como creía.

Alcé la vista para mirarlo. No parecía triste. Eso era bueno; no quería que estuviera triste.

—¿Alguna vez has echado de menos viajar solo?

Me miró con el ceño fruncido, como si acabara de preguntarle una tontería. Fue tan divertido que, en cualquier otro momento, me habría reído a carcajadas.

—Claro que no. Tiemblo de miedo con solo pensarlo.

Había intentado bromear, pero sus palabras habían sonado más serias que una simple broma. Cogí su mano y acaricié sus dedos, pensativa.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Él sonrió contra mi pelo. Cuando volvió a hablar, lo hizo en voz baja, y al instante comprendí por qué. A mí tampoco me gustaba romper el silencio a veces. Especialmente los silencios que compartíamos ahora. Y aquel en concreto solo se veía beneficiado por la calma de la aldea.

—Todas las que quieras.

Sostuve su mano con más fuerza.

—¿Cómo es no recordar nada? —quise saber. Él se quedó muy quieto a mi espalda. Estaba tenso. Sus brazos me rodeaban con más fuerza que antes, aunque estaba segura de que no se había dado cuenta—. No te lo he preguntado nunca, ¿verdad?

—No —murmuró él—. Nunca me lo habías preguntado.

No quería hablar de ello. El tono de su voz lo dejaba muy claro, pese a que él nunca fuera a admitirlo en voz alta. Me sentí culpable por haber sacado aquel tema, pero por el bien de ambos debía seguir insistiendo.

—¿Podrías darme una respuesta? —susurré.

Link asintió con la cabeza. Sabía que aún no había acabado de hablar. Por ello, esperé en silencio a que se decidiera. Cuando habló de nuevo, su voz sonaba extraña, y el agarre de sus brazos se volvió un poco más fuerte, pero no doloroso. Link nunca me haría daño.

—Es como despertarse de un sueño, ¿sabes? Intentas recordar lo que pasaba en el sueño, pero se te escapa.

—Eso me pasa con mis pesadillas —susurré. Eran menos frecuentes, pero me visitaban de vez en cuando, en los días particularmente malos. A aquellas alturas, estaba convencida de que nunca se irían del todo.

Sentí que me besaba el pelo.

—Bueno, es como eso pero mucho más grande. Y luego hay un vacío. Sabes que ahí debería haber algo, pero no lo recuerdas.

—¿Era frustrante a veces?

—No sabes cuánto.

Me quedé en silencio, aunque él quería que yo hablara. Mi silencio debió preocuparlo, porque lo sentí moverse a mi espalda, como si estuviera incómodo.

—¿Por qué lo preguntas? —dijo—. ¿Ocurre algo?

—No ocurre nada —murmuré—. Era solo curiosidad. No quería molestarte.

—No me has...

—Lo sé —le aseguré. Sus brazos dejaron de estar tan tensos a mi alrededor, y pude respirar con normalidad otra vez—. A veces pienso que a los hylianos les ha pasado algo parecido. Es como si ya no recordaran nada de lo que había antes.

—Cien años es mucho tiempo, Zelda.

Recordé la forma en que me habían mirado mientras les hablaba de la reconstrucción. Ni siquiera parecían haber estado escuchando. Seguramente se habían olvidado de mí poco después de haber dado media vuelta para marcharse. Cuando mi padre hablaba, todos lo escuchaban. Había sido una época diferente, sí, pero yo también debería ser capaz de hacer eso. Tendría que estar en mi sangre, al igual que el poder.

—Es tan extraño... Es como si pensaran que las cosas ya no pueden mejorar. No quieren hacer ningún esfuerzo por mejorarlas aunque sea un poco.

—Esto es todo lo que han conocido. Yo también dudaría, si fuera uno de ellos.

Sentí una punzada de tristeza. Él había sido uno de ellos, una vez hacía mucho tiempo. Antes de que todo se torciera. Tracé una de las cicatrices de sus manos, pensativa.

—Tengo que ganarme un nombre —susurré—. No puedo pedirles que me sigan sin darles un motivo. Un buen motivo.

—¿Quieres que te sigan?

Me di la vuelta para mirarlo a los ojos.

—Si reconstruimos es principalmente para ellos. Claro que quiero que participen en la reconstrucción. —Solté su mano y clavé la vista en la tierra—. No estoy hablando de nada más allá de eso.

—Lo sé —dijo él—. Pero, Zelda, si cambias de opinión, dímelo. No me hagas rey sin que yo lo sepa.

—Ya te he dicho que no serías rey —repuse, sonriendo—. Como mucho serías príncipe consorte, Linky. Y tendríamos que estar casados para eso. Si no, serías solo mi amante.

Hizo una mueca. No obstante, luego escrutó mi rostro con tanta atención que por un instante pensé que podría ver a través de mí.

—¿De verdad quieres casarte conmigo?

Sentí que enrojecía, aunque era una estupidez. Estaba comportándome como una tonta, para variar.

—¿Tantas ganas tienes de ser rey, Linky?

—Príncipe consorte —corrigió él. Puse los ojos en blanco—. ¿Quieres que nos casemos o no?

Fue mi turno de mirarlo fijamente. Entonces Link pareció darse cuenta de la pregunta que había hecho, porque enrojeció hasta la punta de las orejas.

—¿Me lo estás pidiendo en serio? Quiero decir..., ¿como siempre se pide matrimonio?

Abrió mucho los ojos y negó rápidamente con la cabeza. Varias veces.

—No. No, claro que no. Todavía no. Solo... Diosas, Zelda, era solo curiosidad.

Asentí, respirando con dificultad. En el fondo, estaba aliviada. No tenía el pelo bien cepillado, y mi vestido estaba lleno de tierra de las setas del día anterior. Link no podía pedirme matrimonio así.

Ninguno dijo nada durante un rato. Cuando me atreví a alzar la vista, descubrí que él me estaba mirando ya.

—¿A-aceptarías? —preguntó con timidez.

—Bueno —murmuré—, supongo. Supongo que sí.

Eso pareció ser suficiente para él, y para mí también. Me rodeó con los brazos de nuevo y me atrajo hacia él en silencio.

No le di mucha importancia a aquello. Sabía que Link nunca querría apresurar las cosas, y aún teníamos un largo camino por recorrer. Todo estaba bien ahora. No teníamos por qué cambiarlo.

Al día siguiente, ninguno de los dos volvió a sacar aquel tema. Decidí ir al laboratorio para visitar a Prunia. Link no quiso acompañarme; dijo que Prunia no lo querría allí, probablemente. Y yo le había asegurado que conocía el camino y que volvería antes de que oscureciera. Él no parecía muy preocupado, sin embargo. Lo dejé en el jardín, cuidando de los caballos. El estómago se me revolvió al recordar las amenazas de la asesina, pero me dije que ambos estábamos a salvo. Nadie le haría daño allí, en Hatelia, y mucho menos aquella asesina. Ella estaba encerrada en una celda, sin forma de escapar.

Mientras recorría las calles de la aldea, muchos me miraron con desconfianza, aunque nadie me dirigió verdadero desagrado. Al parecer sí que recordaban quién era yo. Nunca habían intentado acercarse a mí —era una forastera, al fin y al cabo—, y lo ocurrido el día anterior solo había servido para empeorar la situación. Esperaba que con el tiempo comprendieran. Sabía que comprenderían. Tenían que hacerlo, por muy lejano que me resultase ahora.

Ignoré las miradas y los susurros y seguí mi camino. No intenté entablar conversación con nadie; no serviría de nada. Se me quedarían mirando como si les hubiera hablado en hyliano antiguo y responderían algo sin sinceridad. Pero, algún día, las cosas cambiarían.

Algunos se me quedaron mirando mientras ascendía por el camino de la colina. Nadie iba por ahí, porque Prunia no permitía que nadie se acercara más de lo necesario. Hice una mueca al llegar a la cima. Se correría la voz, y dirían que la extraña forastera era amiga de los sheikah que vivían aislados de la aldea. Me hubiera gustado conocer las historias que se inventarían solo con eso.

Prunia se alegró de volver a verme, e incluso preguntó por Link. Lo cierto era que se sintió ligeramente culpable por haber espantado a Link, pero un instante después volvió a recuperar el buen humor. Me indicó que tomara asiento, y decliné el té que me ofrecía Symon. Prunia apartó sus notas de la mesa y sonrió.

—He oído que has hablado con los hylianos.

Torcí el gesto. Su sonrisa maliciosa ya me decía su opinión al respecto de aquel tema.

—Ha sido un poco inesperado —dije—. Pero, por extraño que parezca, podría haber sido peor. ¿Tiene sentido?

—Todo lo que dices siempre tiene sentido, princesa.

—Zelda —la corregí, pensativa—. ¿Crees que algún día cambiarán de opinión?

—Son gente muy cabezota. Como vosotros. Algunos se pondrán a levantar piedras en el futuro también, ya lo verás. ¿No suena emocionante?

—No vamos a levantar piedras, Prunia.

—Es la forma menos aburrida de decirlo. —Se dio la vuelta—. ¡Symon! ¿Has visto mi...?

El hombre regresó al instante con un cuaderno de notas que no parecía muy distinto al resto. Prunia le dio las gracias a Symon, que se retiró poco después. Me recordó a lo atento que era Link. En casa, no tenía que llamarlo más de dos veces para que me escuchara, y lo mismo ocurría cuando él me necesitaba a mí. Era cierto que nuestra casa era pequeña, pero el laboratorio de Prunia no era mucho más grande.

—Háblame de las Bestias Divinas, Zelda. —Me sorprendió que pronunciara mi nombre sin titubear—. Las habrás visitado, ¿no?

—Sí —respondí, aunque era una mentira a medias. En realidad, había visitado solamente Vah Ruta. Las condiciones y las posiciones en que se encontraba el resto me habían impedido acercarme más—. Estaban inactivas, Prunia. Intenté ponerlas en marcha, pero ya no funcionan.

—No creo que vuelvan a ponerse en marcha en mucho tiempo. Esperemos que nunca.

Aquello me sorprendió, aunque Prunia no pareció inmutarse. Siguió escribiendo en sus notas con agilidad.

—Creía que querrías pasar más tiempo estudiándolas —le dije.

—Me gustaría estudiarlas —repuso ella—. Pero sé que es mejor que estén inactivas. Imagina todo el revuelo que causarían esas maravillas si volvieran a descontrolarse.

Contuve un escalofrío. Link me había dicho que las Bestias Divinas habían causado destrucción bajo la influencia del Cataclismo. No quería ni imaginar lo que ocurriría si volviéramos a perder el control de al menos una de ellas. Dudaba que mi entendimiento del poder fuera suficiente para detener una catástrofe como aquella.

—Sigue siendo una pena —añadió Prunia—. Dudo que viva lo suficiente para verlas en acción otra vez.

Examiné a Prunia de arriba abajo.

—¿No eres prácticamente inmortal?

Ella rio. Su risa no sonó como la de una niña, y sentí escalofríos de nuevo.

—Yo crezco, princesa. El problema es que el proceso de rejuvenecimiento lo ha retrasado. Probablemente dentro de un tiempo sea tan vieja como tú.

—¿De cuánto tiempo estás hablando?

—Según mis cálculos, unos diez años. Y mis cálculos nunca se equivocan. Symon tiene pruebas.

—¿Diez años? —repetí. Ni siquiera podía imaginar dónde estaría yo en diez años—. Eso es mucho tiempo.

—Pero nunca el suficiente.

—¿Qué vas a hacer cuando la tecnología ancestral desaparezca del todo? ¿Te quedarás aquí o te irás a Kakariko definitivamente?

—Este lugar ha sido mío durante mucho tiempo. No voy a dejárselo a cualquiera. A Symon, a lo mejor, cuando pasen unos cuantos años más.

Ojeé un dibujo de núcleos ancestrales que se hallaba sobre la mesa.

—¿Y no te da miedo quedarte sola? —le pregunté en voz baja.

—¿Lo dices por Impa? Sé que ella se irá antes que yo. Fue de lo primero que pensé cuando el proceso rejuvenecedor hizo su magia. Pasará lo mismo con ese vejestorio de Rotver. Pero sé que al menos tú estarás aquí para oírme hablar de experimentos. Y habré ayudado a Linky. Eso es lo más importante.

Sonrió y volvió a sus notas. Comprendí entonces que Prunia debía llevar una vida muy solitaria. Rotver tenía a Zheline y a su hijo, e Impa tenía a Pay y a toda una aldea, pero Prunia estaba aislada de Hatelia. Solo tenía a Symon, pero dudaba que él fuera suficiente. Y todo por ayudarnos a nosotros. La culpa amenazó con aflorar de nuevo, pero recordé cómo tragármela. Respiré profundamente y sonreí.

—Cuando todo acabe —le dije—, Link y yo nos quedaremos aquí, en Hatelia. Podemos hacerte compañía.

Prunia hizo una mueca.

—No soy ninguna vieja decrépita que necesite compañía. Aún no he perdido la cabeza por completo. Además, Linky y yo no nos entenderíamos.

—Ya os entendéis mejor de lo que tú crees.

Prunia sonrió con picardía.

—Creo que tú también te entiendes muy bien con él.

Sabía que aquel comentario podía no significar nada, pero aun así me descubrí enrojeciendo. Prunia rio con tanta fuerza que incluso Symon se sobresaltó.

—Oh, ser joven otra vez...

—Ya eres joven.

Dejó sus notas a un lado y me miró con los ojos brillantes.

—¿Cómo es?

—¿Cómo es el qué? —No respondió, así que añadí—: Link es bueno conmigo. Es todo lo que puedo pedir.

Ella puso los ojos en blanco y torció el gesto.

—Oh, no estoy aquí para hablar de cursilerías. ¿Os dais besos todos los días? ¿Cuántas veces?

La observé horrorizada y avergonzada. A veces era difícil recordar que Prunia era una anciana en realidad. Pero en sus ojos había tanta curiosidad infantil que la realidad se volvía borrosa frecuentemente.

—No voy a responder a esa pregunta —dije.

Su sonrisa se hizo aún más amplia.

—Pensé que te quedarías con uno más listo —murmuró con un suspiro de resignación. Abrí la boca para defender a Link, pero Prunia me interrumpió—. No digo que Linky sea tonto. No, definitivamente no es del todo idiota, aunque podría mejorar.

—Es más listo de lo que parece. Puede que no sepa hablar de tecnología ancestral, Prunia, pero la mayoría del mundo tampoco lo sabe.

Prunia volvió a suspirar.

—No me lo recuerdes. El mundo está lleno de incompetentes. —Cogió sus notas y garabateó algo en ellas—. Impa dice que los zora y los goron van a ayudarte a levantar piedras.

Sonreí, aliviada por el cambio de tema.

—Los orni y las gerudo también —repliqué, y Prunia pareció sorprendida—. Aunque los hylianos de Hatelia se han negado.

—Oh, olvídate de ellos —dijo, haciendo un gesto con la mano—. Esos no sirven para levantar piedras. ¿No los has visto? Se pasan el día con sus cerdos malolientes. Ni siquiera tendrán una pizca de interés en levantar piedras contigo.

Junté las manos en mi regazo. Aunque en el fondo Prunia estuviera bromeando, aquella era la verdad, de cierta manera. Tal vez no todos cuidaran de cerdos malolientes, pero ninguno mostraba el menor deseo de ayudar.

—Lo sé —murmuré—. Espero que eso cambie con el tiempo.

—Lo único que deberías esperar es que los goron no se coman todas vuestras piedras. ¿Cómo vais a reconstruir si se comen los materiales?

Se me escapó una carcajada, pese a que Prunia se mostraba preocupada de verdad. Y debía reconocer que era una posibilidad. Una muy remota.

—No creo que los goron coman esa clase de piedras, Prunia. He leído sobre ellos. Lo único que ingieren es...

—¿Por qué no se lo cuentas a Linky? —dijo ella, interrumpiéndome. Me dio unas palmaditas en el hombro—. Los goron siempre me han parecido una raza terriblemente aburrida. Linky era amigo suyo hace cien años, ¿verdad? Por eso apesta igual que ellos.

—Los goron no apestan. Y Link tampoco.

—Tienes que haberlo olido mejor que yo. Odio que todos apesten. Esta estúpida aldea también apesta. Kakariko siempre ha olido maravillosamente bien. Los hylianos os laváis en charcos de agua sucia, según mi experiencia.

Eso no era del todo cierto, aunque decidí no sacarla de su error. Lo que sí era cierto era el buen olor de Kakariko, para ser una aldea con más de una docena de habitantes. Jamás apestaba. Ni siquiera hacía cien años, si la memoria no me fallaba.

Le propuse a Prunia viajar con nosotros hasta Kakariko, pero ella se negó en rotundo. Dijo que no sabía cuándo partiría, y no deseaba armar revuelo en Kakariko delante de la princesa, pese al número de veces que le repetí que ya no era una princesa. Nadie la reconocería al llegar, y prefería que siguiera siendo así. No quería que pensaran mal de Link y de mí, y tampoco quería levantar sospechas. Cuando, después de mucho insistir, comprendí que ella no cambiaría de opinión, me despedí de Prunia y de Symon, prometiéndoles que volvería antes de irme de la aldea, y regresé a casa.

Las calles de Hatelia no estaban tan concurridas como antes, aunque tampoco se encontraban del todo vacías. Alguno de ellos tenía que cambiar de opinión. Con que solo fuera uno bastaría.

Cuando llegué a casa, me encontré a Link golpeando el suelo con un martillo gigantesco. No era suyo; ya lo habría visto si lo fuera. Y un arma tan grande no podía caber en su bolsa de viaje. Se detuvo cuando me vio al pie de las escaleras y sonrió.

—¿Qué demonios estás haciendo? —le dije, y mi voz sonó más aguda de lo que me hubiera gustado.

—No te enfades, Zelly.

—Estás destrozando el suelo de mi casa. Creo que tengo...

Me interrumpí a mí misma de golpe. Él me miraba con los ojos muy abiertos, aunque luego sonrió como un idiota.

—La casa es tuya —farfullé—. No quería...

—Puedes quedártela —dijo él—. Es toda tuya.

—Las rupias son tuyas.

—Son nuestras.

Suspiré y tomé asiento a su lado.

—Link...

—¿Por qué te cuesta tanto aceptarlo? No es tan grave como tú lo ves.

Eso me hizo reír. Él me miró como si me hubiera vuelto loca, y no se lo reproché. Aparté el martillo peligroso que había estado utilizando.

—¿De verdad quieres compartir tu dinero y toda una casa conmigo?

—Tú ya lo sabes, Zelda. ¿Por qué no iba a quererlo?

Sentí alivio. El castillo, lo más cercano a un hogar que había conocido, estaba en ruinas. Aquella pequeña casa en Hatelia se había convertido en mi nuevo lugar favorito. Allí había aprendido lo que era un hogar de verdad, y Link también. Una parte de mí susurraba que no era justo para Link y su familia que viera aquella casa como mía, pero luego miraba a Link a los ojos y, al ver como brillaban, todas las dudas desaparecían.

—¿Me prometes que no volveremos a hablar de tonterías como esta nunca más?

Sonreí y asentí despacio.

—Te lo prometo.

—Por fin. Gracias a las Diosas. —Recogió el martillo, aunque no volvió a golpearlo contra el suelo—. Odio las armas tan pesadas —gruñó.

Le di un pequeño empujón con el hombro.

—Aún no me has contado por qué estás destrozando el suelo de mi casa.

Su rostro se iluminó, y mentiría si dijera que no sentí cierta satisfacción.

—Había un tablón suelto —dijo, mostrándomelo. Aquel debía ser el tablón que siempre crujía cada vez que alguien lo pisaba—. No quiero que te caigas, Zelly.

—Tú también podrías caerte —le recordé. Él sonrió, y lo observé con los ojos entornados—. Ya te has caído aquí, ¿verdad?

—He tropezado. Hay una diferencia.

Solté una carcajada y lo dejé terminar en silencio. No le pregunté de dónde demonios había sacado aquel martillo, aunque suponía que era de la compañía de constructores. Karud se había quedado en unas casas justo al otro lado del puente. Tal vez había visto el martillo allí. Fuera como fuese, había cosas que era mejor no saber.

Ambos dejamos que los días pasaran después de aquello. Link no parecía tener ninguna prisa por irse de Hatelia, y yo tenía miedo de seguir con el viaje. Porque, a partir de ahí, el camino era incierto. Y las Diosas sabían que me gustaba tenerlo todo bajo control. Había temido que algo así ocurriera. Por eso no había querido parar en casa; sabía que no seríamos capaces de irnos después. Ni siquiera lograba reunir el valor suficiente para decirle a Link que era hora de marcharse. Que ya habíamos hecho esperar lo suficiente a todo el mundo.

Era feliz allí. Y Link también. Le gustaba ocuparse de su casa. Le gustaba decir que era suya —nuestra—; que aquella era su cama, su chimenea y su mesa para comer. Que nadie podía entrar sin permiso, salvo Link y yo. Y, en el fondo, a mí también me gustaba. Me gustaba cocinar con él, me gustaba nuestro jardín y me gustaba dormir entre sus brazos cuando todo a nuestro alrededor se encontraba en silencio. En ninguna posada encontraríamos algo parecido.

Pero teníamos mucho por hacer. Así que, una noche, mientras me preparaba para ir a la cama, decidí decírselo.

—¿Link? —susurré, aunque sabía que él ya estaba prestándome atención.

Soltó un gruñido a modo de respuesta y se dejó caer sobre las mantas. La parte del suelo que él había arreglado ya no crujía cuando alguno de los dos la pisaba.

—He estado pensando —empecé con cuidado—, y creo que deberíamos irnos preparando para salir de viaje. ¿Qué te parece?

Para mi sorpresa, él rio a carcajadas. Dejé de cepillarme el pelo para mirarlo con el ceño fruncido.

—Has tardado más de lo que esperaba, Zelly. Es todo un logro.

—Para empezar, no te he dado permiso para llamarme Zelly —dije, y su sonrisa solo creció. Me descubrí pensando que dejaría que usara todos los nombres estúpidos que quisiera con tal de verlo sonreír más a menudo, pero no lo dije en voz alta. Link ya lo sabía. Debía saberlo, con la cara de tonta que se me quedaba siempre que sonreía—. No pensé que llevaras la cuenta de los días.

—No llevo la cuenta.

Me dejé caer junto a él. Ambos nos quedamos mirando al techo en silencio, y yo me abracé a mí misma.

—Lo siento —susurré—. Siento que no podamos quedarnos aquí. Lo que más deseo es quedarme, créeme. Si tú prefieres...

—No. Quiero ir contigo. Eso es más importante.

Las lágrimas amenazaron con salir, pero no se lo permití. Me limité a abrazarlo con fuerza.

—Me alegra que estemos de acuerdo en algo.

*

Decidimos partir dos días más tarde. Recogimos nuestras cosas y nos despedimos de la casa, sin saber cuándo volveríamos. Pronto, esperaba. Cuando las cosas fueran estables, me tomaría un descanso. Uno muy largo. Con Link.

Cuando todo estuvo listo, partimos sin más demora. Nos habíamos despedido de Prunia y Symon, y también del alcalde. Habíamos hecho un último intento desesperado por convencer a la aldea, pero había sido en vano, como de costumbre. Así que había desistido por fin.

Al llegar al cruce de caminos, torcimos hacia Kakariko. Pasar la noche a la intemperie se me hizo extraño, como si faltara algo. Y, a juzgar por cómo dio vueltas y más vueltas hasta dormirse, a Link también, aunque ninguno habló de ello a la mañana siguiente. Sabía qué era lo que me faltaba. Contuve un suspiro al recordar que no volvería a casa en un tiempo. Otra vez.

Llegamos a Kakariko después de dos días de viaje. Nos detuvimos a examinar el puente de Kakariko —seguía en tan mal estado como siempre—, y algunos viajeros nos miraron con curiosidad mientras yo tocaba las piedras y me preguntaba si los cimientos seguirían siendo resistentes. No hice caso a sus susurros. Algún día lo entenderían.

La aldea no había cambiado. Hacía buen tiempo en Necluda, de modo que las calles estaban secas. Me alegró no llenarme las botas de barro. Link las había comprado para mí, y quería que duraran. Eran buenas botas. De las mejores que podría encontrar ahí fuera.

Los sheikah nos reconocieron, por supuesto. Parecieron alegrarse de vernos. Incluso la hostilidad de los guardias de Impa había desaparecido. Los sheikah no olvidaban con facilidad; habíamos declinado su ayuda. No habíamos querido que nos acompañaran en el viaje. Sin embargo, Impa debía haberles calmado. Y, pese a ello, vi que Link los observaba fijamente, como si fueran a hacernos daño. Dudaba que algo así fuera a suceder, pero había aprendido a confiar en sus instintos. Cuando alguien era peligroso para él, lo era aún más para mí.

Los guardias nos dejaron pasar —no nos dirigieron ninguna mala mirada, para mi sorpresa—, y Pay fue quien nos recibió en el umbral de la puerta. No se ruborizó terriblemente al ver a Link. Se limitó a sonreír y luego nos dio la bienvenida.

—Avisaré a la abuela de que habéis vuelto. Se alegrará mucho de volver a veros.

Nos indicó que tomáramos asiento en los cojines del suelo, y ambos obedecimos en silencio. Cuando Pay se hubo marchado escaleras arriba, suspiré.

—Ha ido mejor de lo que esperaba —murmuré.

Y me alegraba de que fuera así. Estaba cansada de que se me recibieran con hostilidad dondequiera que fuese.

—Espero que siga siendo así —susurró él. Cerró la mano en un puño y la acercó a la espada, pero no llegó a rozarla siquiera.

Guardé silencio por un breve instante.

—¿La espada te hace daño? —le pregunté en voz baja.

Pasé los dedos por la empuñadura con cautela, pero nada ocurrió. Link me miró y leí las dudas en sus ojos. Fue a responder, pero justo entonces escuchamos pasos desde las escaleras. Maldije para mis adentros. Había estado cerca.

Impa parecía más mayor que en nuestra última visita. No quise pensar en lo mucho que ya parecía costarle andar. Aun así, sonrió cuando se sentó sobre sus cojines.

—No os esperaba de vuelta tan pronto —dijo.

—Han pasado meses, Impa —le recordé.

—Pensé que tardaríais más en convencer a los orni. Y no puedo olvidar a las gerudo. Siempre han sido difíciles.

Compartí una mirada con Link.

—Hemos pasado la mitad del viaje convenciendo a los orni y la otra mitad intentando llegar al desierto.

Impa rio. Luego nos examinó con detenimiento.

—¿Estáis los dos enteros?

Link frunció el ceño y resopló. Eso pareció ser suficiente respuesta para Impa, porque su sonrisa se hizo más amplia.

—No me culpes, Link. Creo que es la primera vez que volvéis aquí los dos juntos y ninguno tiene heridas fatales. Estaba preocupada.

Se me escapó una carcajada, aunque no pude evitar darle la razón. Debíamos de haber asustado a Impa un buen número de veces.

No tardó en pedirnos que le contáramos el viaje con todo lujo de detalles. Pay se sentó a nuestro lado tras haber traído algo caliente para comer, y escuchó con tanta atención como su abuela. Les contamos lo sucedido con los orni, lo mucho que nos había costado convencerlos y lo que Link había tenido que hacer. Él se mantuvo en silencio, pero Impa lo miró con una pizca de afecto. Calificó al patriarca orni con una palabra que nunca habría esperado de ella, e incluso Pay palideció.

Impa mostró curiosidad cuando le hablamos de la Meseta de los Albores. Dijo que había oído hablar de la construcción, aunque no sabía que intentaban reconstruir el Templo del Tiempo. Guardó silencio cuando llegamos a la parte de los asesinos.

—¿No os hicieron nada? —preguntó—. Diosas, pensaba que nunca os los encontraríais otra vez.

Link y yo nos miramos. Él no había dicho una sola palabra, y sabía que no iba a hacerlo ahora.

—No nos hicieron nada grave. Nos siguieron hasta el desierto, y Link habló con la matriarca Riju. Habían causado disturbios en el desierto. Los encerraron en las celdas después de enterarse de que eran miembros del clan Yiga. No creo que salgan de ahí, Impa.

Ella pareció aliviada. Le dio a Link unas palmaditas en el hombro.

—Lo que importa es que estáis los dos sanos y salvos. Supongo que es, en parte, gracias a ti.

Supe lo que iba a decir sin que pronunciara una sola palabra.

—De no ser por él, los asesinos me habrían apuñalado mientras dormía. Nunca lo dirá en voz alta, Impa, pero es la verdad.

Link gruñó algo incomprensible, e Impa rio. Ojalá algún día reconociera lo maravilloso e increíble que era. Dudaba que fuera a hacerlo, sin embargo.

Cambié de tema para no ponerlo de mal humor. Impa frunció el ceño cuando le hablé de lo ocurrido en Hatelia, pero no dijo nada al respecto. Se limitó a suspirar, y me pareció que su expresión se ensombrecía. Cuando ambas nos quedamos en silencio, Link se puso en pie y cogió mi bolsa de viaje y la suya.

—Iré a la posada —dijo—. Deberían darnos la habitación gratis.

—Podéis quedaros aquí —dijo Impa—. No nos supone ninguna molestia.

—Hemos abusado de vuestra hospitalidad varias veces, Impa —intervine—. No vamos a hacerlo otra vez.

Mientras Impa insistía, saqué el libro que me había dejado de mi bolsa de viaje. Le aseguré a Link que volvería pronto, y él dio media vuelta para irse.

—No te vayas muy lejos, muchacho. También me gustaría hablar contigo.

Link resopló, pero acabó asintiendo. Nadie negaba una conversación con Impa. Cuando se hubo marchado, la anciana tocó mi mano.

—Me alegro de que hayáis vuelto sanos y salvos —dijo.

—¿Lo de la Meseta de los Albores es real? —me preguntó Pay en un susurro nervioso.

—Me temo que sí —respondí.

Ella bajó la cabeza, pero no dijo nada más.

—Quería devolverte esto, Impa —dije, tendiéndole el libro—. Está en buen estado, aunque haya viajado con Link.

Ella rio y aceptó el libro.

—¿Te ha sido útil?

Dudé un momento antes de responder.

—Me ha ayudado —contesté al final—. Creo que ya sé controlarlo, Impa. Aún estoy aprendiendo, pero no abriré un agujero en el techo si utilizo el poder.

—Bien. Muy bien. Sabía que aprenderías a controlarlo.

Miré mis manos, que no brillaban.

—Fue difícil, pero ha valido la pena. Es lo mejor para todos.

—Seguro que es un alivio tenerlo bajo control —dijo Pay.

Le sonreí, pero luego miré a Impa otra vez.

—Impa, he estado pensando en lo que deberíamos hacer ahora que tenemos apoyo. Y creo que lo mejor sería...

—Ahora no, niña. Acabas de llegar. Hablemos de esto mañana.

—Pero...

—Hazme caso. Mañana trataremos todos los asuntos importantes y esas tonterías. Ya has tenido suficiente diplomacia durante estas lunas.

Fui a seguir discutiendo, pero al final reconocí que tenía razón. Mantuvimos una conversación sobre temas poco relevantes y, después, Pay me acompañó hasta la posada.

—Dile a Impa que volveré mañana a primera hora. —Sonreí—. Tenemos asuntos que tratar.

—Ella ya lo sabe, princesa. Quiero decir, Zelda.

Asentí con aprobación. Tanto ella como los otros sheikah tendrían que acostumbrarse a llamarme por mi nombre. Le di las buenas noches a Pay y seguí las indicaciones del posadero hasta nuestra habitación.

Encontré a Link en el suelo, con la Espada Maestra desenvainada sobre su regazo. Se dio la vuelta cuando me oyó llegar, pero no intentó cambiar de posición. Ni siquiera envainó la espada. Tomé asiento a su lado. Rodeé su cintura con un brazo y él sonrió un poco.

—¿Qué te ha dicho? —quiso saber.

—No quiere hablar de la reconstrucción hasta mañana —respondí—. Es igual que tú.

—Sabe que te esfuerzas demasiado.

Besé su hombro, y sentí como tomaba aire. Sabía que iba a decir algo. Algo difícil. Vi como soltaba la espada.

—Algo va mal con la espada —dijo por fin.

—¿El qué?

—Creo que la he roto —susurró.

Me quedé muy quieta. Parecía verdaderamente angustiado. Levanté la espada de su regazo con esfuerzo y examiné la hoja, que destelló con la luz del sol que se colaba por la ventana.

—No tiene aspecto de estar rota —repuse. Dejé la hoja sobre su regazo de nuevo. Los brazos me empezaban a doler.

—No por fuera. Por dentro.

Vacilé un momento. Rocé la empuñadura, pero no sentí nada. Eso no era nuevo, sin embargo. Era raro que sintiera algo cuando tocaba la espada. Eso solía ser cosa de Link.

—¿A qué te refieres?

—No la oigo. Cuando consigo oírla, es como si estuviera lejos. Y a veces pesa. Pesa mucho, Zelda.

Fruncí el ceño.

—¿No puedes empuñarla?

—No es eso —murmuró—. Es como si no estuviera bien. Como si no debiera empuñarla. Y no lo entiendo.

—Link...

—No le he hecho nada —siguió él—. Te juro que no le he hecho nada. No te lo he contado porque no quería preocuparte, Zelda. Pero odio mentirte. Ya lo sabes.

Tomó aire y guardó silencio después de eso. Puse la mejilla sobre su hombro, y él enterró la nariz en mi pelo. Sentí una punzada de tristeza por él. No se merecía nada de aquello. No ahora. Pero mis peores sospechas se habían confirmado, y sería injusto ocultárselo.

—¿Crees que la he roto?

—No. No creo que esto sea culpa tuya.

Vaciló un instante. Cuando volvió a hablar, percibí la confusión en su voz.

—¿Se está deteriorando?

—No. ¿Sabes qué creo?

—¿Qué?

Contemplé la espada.

—Creo que es hora de dejarla descansar. Puede que ya haya cumplido su cometido.

Él se tensó de golpe. Alcé la cabeza de su hombro cuando sentí sus ojos sobre mí.

—Eso es imposible. Aún hay malicia. La asesina sigue viva.

—Cuando ella muera, la malicia acabará desapareciendo, Link. Es lo que siempre ocurre.

Negó con la cabeza y luego observó la espada también, que seguía ajena a nuestra conversación.

—No —susurró—. No puedo devolverla.

—¿Por qué no?

Sabía que todo aquello le dolía. Lo veía en sus ojos y lo oía en su voz. Me rogaba con la mirada que lo comprendiera, que me pusiera de su parte.

—No puedo hacerlo, Zelda. Todavía no.

Tomé aire y cogí su mano. Tendría que ser paciente.

—La espada siempre ha sido devuelta. Pero eso es algo bueno. Significa que ya no hay amenazas.

—Pero sí las hay. Sí las hay, Zelda. Hay asesinos que quieren matarte.

—Están encerrados en una prisión. No creo que les sea fácil salir.

—Pero podrían hacerlo.

Ninguno dijo nada por un momento.

—¿Por qué odias tanto la idea? Es algo bueno, Link. Muy bueno, de hecho.

Apartó su mano de la mía. Eso me dolió, no iba a negarlo.

—No puedo devolverla —fue lo único que dijo.

Entonces lo comprendí. Comprendí que tenía miedo. No quería dejar la espada porque le daba miedo estar sin ella. El corazón se me encogió. Había pasado muchos años en compañía de la Espada Maestra. Había aprendido a controlar su poder y a confiar en ella. Siempre que tenía miedo, su mano iba a parar a la espada. Perderla sería un golpe difícil de encajar. Pero, por desgracia, era necesario.

—Sé que no quieres devolverla —susurré—. Pero, en el futuro, alguien la necesitará. No puedes quedártela para siempre, Link. Lo siento mucho.

Se apartó de mi lado y envainó la espada.

—Tú no lo entiendes.

—Sabes que lo entiendo.

—No debería habértelo contado.

No dije nada. Él no estaba enfadado conmigo. No realmente. Se puso en pie, recogió la espada y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Ni siquiera tuve tiempo de preguntarle a dónde iba.

Quise seguirlo, pero eso solo empeoraría las cosas. Necesitaba estar solo para pensar y aclararse las ideas. Conmigo solía funcionar. Él lo entendería; tenía que entenderlo.

Así que lo dejé marchar.