LINK

Un grupo de niños sheikah llevaba un rato siguiéndome. Aquello me sorprendió, aunque no debería haberlo hecho; había esperado que fuera Zelda quien me siguiera, de entre todo el mundo. Sin embargo, por lo que parecía, ella había decidido quedarse en la posada. Y era mejor así. No quería decirle algo que le hiciera daño. Eso en concreto se me daba excepcionalmente bien cuando estaba enfadado.

Tomé asiento junto a la pequeña efigie de la Diosa Hylia, en el centro de la aldea. Los niños intentaron acercarse, pero les dirigí otra mala mirada, y se detuvieron al instante. También era bueno en eso cuando estaba de mal humor. Llevaba lanzándoles miradas de advertencia desde que los había visto siguiéndome. Pero a ellos no parecía importarles. ¿Acaso no era lo suficientemente amenazante?

Escuché sus susurros y dejé de mirarlos. Estaba atardeciendo, y ya no había nadie en el centro de la aldea. Había tenido suerte. Salvo por aquellos niños, por supuesto.

Los guardias de la casa de Impa también me observaban con atención. Diosas, no podía estar tranquilo en ninguna parte. Dondequiera que fuese, alguien me perseguía o susurraba. Siempre ocurría lo mismo en Kakariko. Debía de ser mala suerte.

La Espada Maestra pesaba en mi mano. No sabía cómo había logrado cargar con ella desde la posada. Su peso ya no era familiar, ya no parecía que estuviera hecho para mí en especial. Cerré los dedos alrededor de la empuñadura con fuerza y contuve la respiración, intentando encontrar algo. Cualquier cosa. No obstante, solo me llegó aquella sensación tan horrible, la que me hacía sentir enfermo. Al menos aún no estaba enviándome descargas de dolor por todo el brazo siempre que la tocaba.

No debería habérselo contado a Zelda. Cada vez estaba más convencido de ello. Lo que había dicho solo había servido para que me sintiera peor todavía. Nunca me había planteado siquiera que la espada quisiera volver al bosque. Jamás había imaginado que algún día tuviera que devolverla. Y, si eso fuera cierto, yo ya lo habría sabido, ¿no? Habría sido el primero en saberlo. Después de todo, era yo quien tendría que llevar la espada al pedestal.

Todavía no había llegado el momento. Era demasiado pronto. Zelda debía estar equivocada. Sabía más que yo de aquellos temas, pero ella no entendía la Espada Maestra. No como yo lo hacía. Y la espada no estaba diciéndome que era hora de volver a su letargo.

Cerré los ojos, intentando sentir su poder. Por un horrible instante, no hubo nada. Sin embargo, de pronto percibí una pulsación distante, y pude escuchar su voz, suave y lejana. Seguía estando allí, a mi lado. Pero algo le ocurría. Y me negaba a creer que la teoría de Zelda fuera cierta.

Lo arreglaría. Arreglaría lo que quiera que estuviera ocurriéndole a la Espada Maestra. Tal vez Impa supiera algo más.

Escuché pasos acercándose, y maldije para mis adentros cuando la voz de la espada desapareció de golpe. Había perdido la concentración.

Fruncí el ceño al ver a aquellos niños acercándose. Ninguna mala mirada los espantaría ya. Recé por que Diosas me dieran una pizca de paciencia. Solo con una pizca bastaría.

—No estoy de humor —les advertí en un gruñido.

—Mi madre dice que estar de mal humor no es bueno —dijo una niña con vocecita aguda. Reconocí su rostro; la había visto en mis anteriores visitas a Kakariko—. ¿Creéis que es cierto, Maestro Link?

—Si tu madre lo dice, supongo que sí.

—Mi madre dice que tengo que estar segura de todo lo que estoy diciendo. No puedo decir que supongo algo.

La miré con una mueca de aburrimiento, aunque ella no pareció darse cuenta. Estaba admirando la Espada Maestra, que seguía sobre mi regazo.

—¿Habéis visto ballenas voladoras, Maestro Link? —quiso saber otro niño—. Dicen que fuera las hay.

—Las hay —respondí. Sus ojos empezaron a brillar—. En los cuentos y las leyendas.

Escuché un suspiro de resignación, y algunos parecieron verdaderamente decepcionados. Sentí algo de arrepentimiento.

—Yo creo que los dragones son reales —añadí.

Eso levantó sus ánimos, a juzgar por cómo me miraron.

—¿Alguna vez los habéis visto?

—Claro que no.

La simple idea era absurda. Dudaba de la existencia de los dragones de las leyendas pero, a aquellas alturas, no me sorprendería que fueran reales.

—¿Entonces cómo podéis creer que existen? —dijo un niño con el ceño fruncido.

—Dime algo que no te guste.

Él se lo pensó un momento. Debería haber sido fácil; a los niños de su edad les gustaban muy pocas cosas.

—Las calabazas —respondió al final con una mueca.

—¿Cómo sabes que no te gustan?

El niño se detuvo, confundido.

—Porque... ¿porque saben mal?

—¿Y puedes ver eso?

—Creo que no.

—Lo mismo pasa con los dragones —dije—. No los he visto, pero siento que son reales.

Aquello me dejó satisfecho, pero ellos no dijeron nada por unos largos instantes. Algunos parecieron comprenderlo por fin, porque asintieron con lentitud.

—Eso no tiene sentido, Maestro Link —murmuró una niña.

Su tono me recordó a Zelda. Seguramente ella habría dicho lo mismo si me hubiera oído hablar, pero no me importaba.

—Tiene todo el sentido del mundo.

Sus amigos le habían encontrado sentido. Ella también tenía que hacerlo.

Miré la Espada Maestra y me pregunté qué demonios haría sin ella. Podría conseguir otra espada buena, pero no sería lo mismo. ¿Y qué podía hacer yo sin una espada? Era lo único que había conocido. Si tenía a Zelda a mi lado ahora, cien años después, era por el manejo de la espada. Incluso la había conocido gracias a la espada.

—¿Maestro Link? —dijo una niña con timidez. Debía de ser más joven que el resto—. ¿Habéis venido con la princesa?

Cuando asentí en silencio, sus pequeños rostros se iluminaron. Miraron a su alrededor como si estuvieran buscando a Zelda, y parecieron verdaderamente fastidiados cuando les dije que ella se había quedado en la posada para descansar. Algunos no se creyeron que una princesa necesitara descansar, pero les aseguré que sí les era muy necesario, divertido. Sin embargo, ellos siguieron pareciendo escépticos.

Sentí algo de alivio cuando vi a Pay llegar, aunque duró muy poco. Me saludó con una sonrisa y luego se arrodilló frente a la estatua de la Diosa Hylia. Pasó un paño húmedo por la piedra lisa, y fruncí el ceño. Iba a preguntarle qué demonios estaba haciendo, pero el grupo de niños continuó distrayéndome con preguntas.

Se sorprendieron cuando hablé de los monstruos. ¿Habrían salido de Kakariko alguna vez? Debían haber oído hablar de monstruos, pero no creía que hubieran visto uno de verdad con sus propios ojos. Aquello me dejó una sensación extraña. Quienes llegaran en el futuro no verían nunca a un monstruo. No tendrían que enfrentarse a uno ni verse atacados por uno. Y eso era, en parte, gracias a mí. Aquella fue una de las pocas ocasiones en que pude reconocerlo. Y, solo por eso, sentí que todo había valido la pena.

Acabaron aburriéndose de mis largos silencios y de mis respuestas evasivas. No los culpaba. Mientras los observaba jugar frente a la casa de Impa, intenté recordar la última vez que había tenido el lujo de ser un niño como ellos. Quizá había sido solo mientras mi madre vivía. Después de eso, las cosas se habían torcido.

Parecían felices. Se reían, ajenos a todo. Por un instante, me pregunté si, cuando tuviera hijos propios, los protegería de los peligros de la misma forma. Pero Zelda tenía razón. Me estaba adelantando demasiado.

Miré a Pay, que seguía limpiando la efigie de la Diosa Hylia. Se dio cuenta de que la miraba con una rapidez sorprendente y alzó la vista.

—Maestro Link.

—¿Quieres que empiece a llamarte señora Pay?

Se detuvo un momento. Me arrepentí de haberle hablado con tanta brusquedad, Pay no tenía la culpa de nada. Sin embargo, habló antes de que pudiera disculparme.

—Por supuesto que no, Maestro Link.

—Pues deja de llamarme Maestro Link.

Ella sonrió con timidez, para mi sorpresa.

—Sois igual que la princesa. No soporta que utilice títulos.

—Los títulos son estúpidos.

Pay rio y negó con la cabeza. Continuó limpiando la estatua. Los títulos siempre me habían parecido cosas de nobles remilgados, y yo nunca había sido un noble de verdad, mucho menos remilgado. No había enseñado nada para que me llamaran Maestro.

—Es una tradición sheikah —murmuró Pay.

—Sáltate vuestras tradiciones conmigo.

Ella no dijo nada. Los niños seguían corriendo y riendo a gritos. A Pay no parecía molestarle.

—¿Para qué limpias la estatua? —le pregunté.

Ella dio un respingo y el paño estuvo a punto de escurrírsele de las manos. Me miró con los ojos muy abiertos y las mejillas enrojecidas.

—E-estoy... purificándome.

Fruncí el ceño.

—No sabía que esa era una forma de purificarse —musité, fijándome en la cara húmeda de la estatua de piedra.

—Es otra tradición sheikah —aclaró Pay.

—Oh —murmuré—. ¿Y por qué tienes que hacerlo tú?

Me miró con los ojos muy abiertos, como si la respuesta fuera evidente. No entendía por qué me miraba así. Si estaba preguntándoselo, era porque no conocía la respuesta.

—Es lo que se espera de mí —dijo—. Como futura líder.

Era incapaz de imaginarme a Pay como una futura Impa algún día. No se parecían en casi nada. Solo en el aspecto exterior. Pero Pay no era tan severa como Impa. Aunque eso no quería decir que no fuera a ser una buena líder en el futuro.

Fuera como fuese, no era nadie para juzgarla.

—Los sheikah tenéis costumbres muy raras —mascullé.

Para mi sorpresa, Pay rio, y no pareció una risita nerviosa, como las que solía oír siempre que ella decidía reírse o sonreír.

—Tal vez los raros seáis vosotros, los hylianos.

Me encogí de hombros.

—Probablemente.

Nos quedamos en silencio después de eso. Al cabo de unos instantes, volví a escuchar el sonido húmedo del paño deslizándose por la estatua de piedra. La Espada Maestra empezaba a tornarse pesada sobre mi regazo, así que la apoyé contra el suelo. Ya oscurecía, y algunos de los niños se habían marchado ya de vuelta a sus casas. Muy pocos seguían persiguiéndose frente a la casa de Impa.

Un rato después, Pay recogió sus cosas y se puso en pie también. Me miró con una sonrisa amable.

—Me alegro de que hayáis vuelto sanos y salvos los dos. No había tenido ocasión de decíroslo.

—Ya era hora de volver sin rastros de sangre —gruñí.

—No volváis otra vez cubiertos de sangre. A la abuela le daría algo. —Suspiró—. Es tarde ya. Deberíais volver, Maestro Link. Habéis hecho un viaje largo.

Asentí despacio. Ella me dio las buenas noches y yo se las devolví. Observé como se alejaba hasta la casa de Impa, cerrando las puertas tras de sí.

Permanecí un largo rato allí, escuchando en silencio y mirando las estrellas. Como nadie miraba, decidí sentir el poder de la espada otra vez. Me fue casi imposible. Apenas podía sentirlo, mucho menos utilizarlo. La espada seguía avisándome cuando había malicia cerca, aunque ya no podía hacerla brillar ni controlar su poder por mí mismo. Era un verdadero fastidio. Acababa de aprender, y ahora me lo arrebataban.

Sujeté la espada con más fuerza. Regresé a la posada bajo la oscuridad de la noche. Zelda se merecía una disculpa, aunque no estuviera de acuerdo con ella. Me había comportado como un patán de nuevo.

Sin embargo, no tuve oportunidad de hacerlo aquella noche. Se había dormido antes de que yo llegara. Estaba cubierta de mantas y tenían un libro abierto sobre el regazo. Y llevaba aquella maravilla de vestido puesta. Eso solo hizo que me arrepintiera aún más. Seguramente había estado preocupada y había querido esperarme hasta tarde. Y, por lo que parecía, había perdido la página de su libro por mi culpa. Definitivamente no me la merecía.

Dejé la espada contra la pared y me deslicé con sigilo por la habitación. Por suerte, el fuego aún estaba encendido, así que había algo de luz. Cuando, al cabo de un corto rato, me disponía a apartar el libro de su regazo, ella abrió los ojos y sonrió.

—Empezaba a pensar que te habías ido de verdad —murmuró.

Me sentí aún más culpable. Había intentado esperarme despierta. Sabía que estaba bromeando, que confiaba en mí lo suficiente para estar segura de que nunca me iría y la dejaría sola, pero lo que aquellas palabras consiguieron fue empeorarlo todo. Zelda no parecía haberse dado cuenta, sin embargo.

Aparté el libro por fin y me detuve junto a ella. La escuché bostezar y luego se acurrucó contra mí.

—Siento haberte despertado —le susurré.

—Estaba teniendo un sueño bueno —respondió, aún sonriendo—. ¿Dónde estabas tú?

—Fuera. Mirando las estrellas. —Me percaté de los rayos de luna que se colaban por la ventana. Era tarde—. Vuelve a dormir, Zelda.

Había perdido la noción del tiempo mientras estaba fuera, aunque habían sido horas. Habíamos llegado a la posada cerca de la hora del crepúsculo y del anochecer. Zelda suspiró y empezó a juguetear con mi pelo.

—¿Sigues enfadado?

Nada me apetecía más que disculparme con ella una docena de veces, pero sabía que no valdría la pena. Era tarde, y ella necesitaba descansar.

—No estoy enfadado contigo —susurré—. Vuelve a dormir.

Acabó haciéndome caso. Su piel cálida me ayudaba a contrarrestar el frío y el vacío que lo sucedido con la espada había traído consigo. Lo que Zelda había dicho no podía ser cierto. Yo sabría si era hora de separarme de la espada o no. Y no me parecía que el momento hubiera llegado.

No tan pronto.

Apenas conseguí dormir aquella noche, pese a todas las horas de viaje desde Hatelia. Cuando la mañana me sorprendió y Zelda empezó a prepararse para ir a la casa de Impa, se me escapó un gruñido, y ella rio. Lo último que me apetecía era ir a visitar a Impa. Y, si ella se marchaba, tendría frío y pesadillas. Y estaría solo. Empezaría a pensar en la espada otra vez, y eso solo serviría para complicar aún más la situación.

—Entonces quédate aquí —dijo Zelda, acercándose a mí. Ya no llevaba su vestido maravilloso, aunque el pelo dorado le brillaba más de que de costumbre—. Impa quiere hablar contigo, pero dudo que tenga mucha prisa.

—No te vayas —murmuré, y ella se limitó a reírse.

—Tengo que irme, Linky. Hay cosas que no van a solucionarse solas.

Asentí a regañadientes y la dejé marchar. Probablemente la seguiría en un corto rato. Zelda me necesitaba a su lado cuando hacía cosas importantes o hablaba con gente importante. Eso parecía darle algo de confianza en sí misma.

Ni siquiera me atreví a cerrar los ojos cuando ella se hubo marchado. Vi la espada, que emitía destellos con los rayos del sol. La había dejado cerca, por si el espíritu decidía transmitirme un mensaje durante la noche. A menos que lo hubiera olvidado, no había recibido ningún mensaje aún.

Un rato después, decidí ponerme en marcha. El día era cálido, y los sheikah de la aldea no susurraban tanto como de costumbre al verme pasar. Debía ser más tarde de lo que había creído, porque ya había niños correteando por las calles. Me saludaron al verme, aunque se encogieron un poco. El mal humor debía de haberlos asustado.

Fui a los establos y visité a Viento y Calabaza. Sabía que en Kakariko los cuidarían bien, pero nunca venía mal asegurarse. Viento me recibió con alegría y Calabaza me olisqueó. Saqué unas manzanas de la alforja.

—Zelda no está aquí —le susurré a la yegua. Ella aceptó la manzana sin emitir un sonido. Viento me dio un golpecito con el hocico, y lo miré con el ceño fruncido—. Zelda tiene razón. Si sigo dándote tantas manzanas, no podrás correr.

Me dirigí a la casa de Impa mientras comía una manzana en silencio. Acababa de poner un pie sobre el primer escalón que llevaba hasta allí cuando escuché una voz a mi espalda.

—Maestro Link —dijo alguien. Me di la vuelta y vi a dos guardias de Impa. No me había fijado en ellos al pasar. Diosas, los sheikah podían ser tan silenciosos en ocasiones que casi parecían invisibles—, esperamos que el viaje haya ido bien.

Los examiné de arriba abajo, intentando adivinar sus intenciones. Eché en falta a Zelda. A ella se le daba bien leer los rostros de los demás. Para mí, sus expresiones seguían siendo de piedra. No delataban nada.

—Ha ido bien —asentí yo.

—Sin ningún incidente, espero.

Contuve la risa. No iba a decirle la verdad, claro estaba. No habría que ser muy listo para distinguir la satisfacción en sus caras después de eso. Y de ninguna manera pensaba dársela. Ellos habían querido escoltarnos en nuestro viaje.

—Nada destacable.

Ambos asintieron en silencio.

—Creo que la señora Impa os espera.

Me despedí de ellos con un gesto y fui escaleras arriba. Quise pensar que había visto algo de fastidio en sus ojos. Un rastro leve, casi imperceptible. Solo esperaba que no se enterasen de los ataques que habíamos sufrido durante el viaje.

Zelda se encontraba hablando con Impa en voz baja. Ambas callaron de golpe al verme y, cuando me fijé en la expresión culpable de Zelda, supe que se lo había contado todo a Impa. Le dirigí una mala mirada, aunque no podía estar enfadado con ella por mucho que lo intentara. Impa se habría acabado enterando hiciera lo que hiciese. A veces tenía la sensación de que podía leerme el pensamiento. No me sorprendería que se enterase por sus propios medios y no gracias a Zelda.

—Por Hylia. Ya es casi mediodía, Link. ¿Dónde demonios estabas? —dijo Impa. Su tono era ligeramente severo.

Me encogí de hombros mientras tomaba asiento junto a Zelda.

—Hay quienes necesitan dormir —murmuré, mirando mi manzana.

Impa resopló. Zelda aún me miraba con expresión culpable, pero yo no quería devolverle la mirada. Era difícil; sus ojos me buscaban constantemente, y siempre conseguían encontrar los míos, por mucho que me resistiera.

—Muy bien —suspiró Impa. Luego miró a Zelda—. Ahora que estás aquí, pasemos a hablar de...

—De la reconstrucción —terminó Zelda, interrumpiéndola.

Entorné los ojos.

—¿No estabais hablando de eso ya?

Zelda empezó a retorcerse las manos en su regazo. Impa frunció el ceño y negó con la cabeza.

—Alguien está de mal humor hoy —musitó la anciana.

Me tragué la réplica que luchaba por salir, solo porque Impa no se lo merecía. Ella no tenía culpa de nada. Tendría que hablar con Zelda más tarde.

Zelda se aclaró la garganta.

—He estado pensándolo durante muchos meses —dijo con lentitud—. Creo que ya tengo la solución para la mayoría de nuestros problemas, Impa.

Empezó a hablarle de la reconstrucción, de lo mucho que los dos últimos líderes la habían decepcionado e irritado, y de todas sus ideas para mejorar Hatelia. Sin embargo, cuando llegamos a esa parte, ella se detuvo y bajó la voz.

—El alcalde es distinto a los demás líderes, Impa —suspiró—. Nunca lo habría imaginado así.

—¿Cómo es? No lo he visto nunca. En Hatelia cambian de alcalde cada poco tiempo. Es difícil estar al tanto de todo. Y eso que yo misma lo he intentado.

—No tiene guardias frente a la puerta de su casa. En las demás aldeas que he visitado, los líderes tenían más protección. Y cuando lo vi ni siquiera estaba del todo convencida de que fuera él, Impa. Podría haberlo confundido con cualquiera. No se comporta como un líder. Diosas, nada de lo que estaba diciendo parecía importarle de verdad.

Impa puso una mano sobre su hombro.

—Entiendo tu frustración, niña.

—No debería frustrarme —susurró ella—. Así son los hylianos ahora. Podría aceptarlo. Cambiar las cosas con ellos es... es difícil ahora.

—No te desanimes —replicó Impa—. Ellos lo entenderán. Les llevará tiempo pero, si las cosas de verdad salen como tú quieres, estoy segura de que acabarán comprendiendo.

Zelda me miró. Sabía que ella quería tener esperanza. Había estado repitiendo lo que Impa acababa de decir desde que hablamos con el alcalde. Y ahora, en silencio, estaba pidiéndome mi opinión.

—Si has conseguido encerrar a ese monstruo, esto va a ser muy fácil, Zelda —le dije. Por supuesto, había mil cosas más que podría haberle dicho para ayudarla, pero era todo lo que ella necesitaba saber.

Zelda sonrió. Parecía aliviada. Quizá porque había visto que no estaba verdaderamente enfadado.

—Eres muy dramático a veces.

Fui a responder, pero Impa me interrumpió con un bufido.

—Dejad esas bobadas. Tenemos asuntos importantes de los que hablar.

Zelda me miró y se ruborizó, aunque siguió hablando como si nada hubiera ocurrido. Admiraba eso de ella. Cuando algo parecido me sucedía a mí, tartamudeaba y balbuceaba como un idiota.

—Había pensado empezar a reconstruir el puente de Kakariko —dijo Zelda—. Es algo sencillo. No sería un objetivo tan lejano como reconstruir una aldea entera. Para eso necesitaríamos tu permiso, por supuesto. Y también tendría que hablar con Karud, pero ya que estamos aquí, quería contártelo primero. Además, si Karud se entera de que tenemos tu aprobación, probablemente no se lo piense tanto.

Impa no dijo nada por un momento.

—¿Por qué quieres empezar por el puente, Zelda?

Ella pareció confundida, aunque para mí tuvo sentido inmediatamente después de que lo dijera. El puente de Kakariko era casi insignificante, comparado con la Ciudadela de Hyrule o con una de las aldeas más grandes del centro, y seguro que Impa había estado pensando en eso cuando oyó hablar de la reconstrucción. Tampoco debía haber visto el puente desde hacía muchos años; Impa ya no salía de Kakariko. Los sheikah tenían ojos en todas partes, e Impa debía de saber algo del estado del puente, pero no había visto los verdaderos daños.

—Está en muy mal estado, Impa. Y es necesario cruzarlo para llegar a la aldea. Temo que termine de derrumbarse cada vez que lo cruzo. Y el río que fluye debajo siempre ha tenido corrientes peligrosas. Imagina lo mucho que eso facilitaría las cosas tanto a los viajeros como a vosotros.

Impa bebió de su té. Debía de haberse enfriado ya, tras todo el tiempo que había pasado sin tocarlo siquiera.

—Es una buena idea —murmuró al final—. Una muy buena idea. Enviaré sheikah con vosotros. Diosas, necesitaréis sanadores. Ordenaré a los mejores que os acompañen. Oh, y tenéis mi aprobación, por supuesto. No tendrías que haber malgastado tantas palabras en convencerme.

Zelda le dio las gracias. Me mantuve en silencio mientras ellas discutían sobre el puente. Hasta que el nombre de Karud volvió a mencionarse.

—Deberías escribirle una carta, Zelda —le sugerí.

Ella asintió al instante.

—Lo haré en cuanto pueda.

—¿Por qué no lo haces ahora? Link y yo tenemos que hablar de cosas muy importantes, ¿a que sí?

Me habría sentido molesto de no ser porque Zelda parecía estar brillando de entusiasmo. Me dio un beso en la mejilla y sonrió.

—Buena suerte —susurró.

Se puso en pie y se marchó de allí rápidamente. Una vez Impa y yo estuvimos solos, el peso de la espada se hizo mucho más evidente. Me atreví a mirar a Impa, que me observaba con atención.

—Zelda me ha dicho que has mejorado desde la última vez que te vi.

—¿Mejorado en qué? —pregunté, empezando a sentir irritación.

Impa se encogió de hombros, y fue un gesto tan raro en ella que me hubiera reído de no ser por la situación en la que estaba.

—Sé que no querías que Zelda me contara lo que te ocurre con la espada —dijo. Contuve un suspiro—. Entiende que quizá sea lo mejor. Puedo ayudarte, Link.

—¿Cómo? Tú no lo entiendes.

—Tienes razón; no lo entiendo. Nadie lo entiende, en realidad. Y tú tampoco.

—Sí que lo entiendo.

—No, muchacho. Si lo entendieras, no te estarías comportando como un necio.

Guardé silencio. Impa no parecía enfadada. Tenía un brillo de simpatía en los ojos. Como si lo entendiera mejor que yo.

—Nunca la has tocado siquiera. No soy ningún necio, Impa. Sé que le pasa algo, pero la espada sigue siendo mía.

—La espada no es tuya. Nunca lo ha sido. No del todo, al menos.

Aquello me confundió. Sin embargo, luego sentí la ira removerse por dentro. Algo me decía que no debía enfadarme con Impa, que debía escucharla. Pero ya era demasiado tarde para eso.

—Tú misma lo dijiste. Dijiste que la espada era mía.

Ella negó con la cabeza.

—Tu destino está unido al suyo. No solo te pertenece a ti, sino a los que son como tú. Por eso puedes escuchar su voz. Sé que no es nada fácil, pero no te engañes.

—No voy a devolverla —le dije—. No hasta que de verdad sea necesario.

Impa suspiró y se apoyó en mi hombro para ponerse en pie. Se quedó frente a mí con expresión solemne.

—Siempre has sido honesto contigo mismo. No seas egoísta ahora, muchacho. Es lo peor que puedes hacer, créeme.

Examiné la espada. Parecía pesar aún más, como si estuviera dándole la razón a Impa en silencio. Pero eso era imposible.

—¿Puedo marcharme?

Ella soltó mi hombro y suspiró de nuevo. Asintió y no me lo pensé dos veces. Tenía que marcharme de allí cuanto antes.

Los pies me llevaron hasta la posada. Me detuve un momento al ver a Zelda escribiendo la carta para Karud. Por un instante estuve a punto de marcharme; ella me preguntaría por lo que Impa me había dicho, y no estaba de humor para hablar de ello. No ahora. Y lo último que quería era entrar en una discusión con ella. Pero cuando alzó la vista y sonrió, decidí quedarme.

—Has vuelto pronto —dijo—. ¿Qué te ha dicho?

Tomé asiento a su lado con un suspiro. Dejé la espada en el suelo, donde no pudiera verla. Lo único que hacía últimamente era causarme problemas.

—Me ha llamado necio —mascullé—. ¿Por qué demonios se lo has contado, Zelda?

Ella torció el gesto.

—Pensé que te ayudaría. Que haría que lo entendieras.

—No sabes cuánto me ha ayudado —bufé. Pero luego vi lo dolida que de verdad estaba. Se torturaría con eso si no mejoraba las cosas. Así que me acerqué más a ella—. La próxima vez, habla conmigo antes de contárselo a Impa.

—No tuve tiempo para hablar contigo. Además, estabas enfadado.

—No estaba enfadado contigo.

—Siempre dices lo mismo —susurró ella.

Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. Quise romper el silencio varias veces, pero no se me ocurría qué decir. Por suerte, Zelda fue más rápida.

—¿Qué has decidido? —me preguntó.

—No voy a devolverla, Zelda —respondí—. No hasta que de verdad sepa que tengo que hacerlo.

Sonrió con tristeza.

—Nada de lo que te diga hará que cambies de opinión, ¿verdad?

—No lo creo.

—Link...

—Olvídalo —le pedí—. No quiero volver a hablar de esto. Confía en mí. Sé lo que estoy haciendo.

Sostuve su mirada durante un largo rato, aunque estaba seguro de que en realidad no fue tanto tiempo. Ni yo mismo estaba convencido de saber lo que hacía, pero Zelda acabó asintiendo. Se lo agradecí en silencio.

Ella cogió el papel que había estado escribiendo y me lo mostró con una sonrisa. Me alegró ver que había recuperado su entusiasmo. No quería que se preocupara por mi culpa.

—Creo que esto será suficiente —murmuró—. ¿Qué te parece?

La carta hablaba de lo último que Zelda había conseguido. Al final, pedía a Karud que se dirigiera a Kakariko lo antes posible. Cuando acabé de leerla, miré a Zelda sonriendo. Ella seguía estando de buen humor, aunque tenía el ceño ligeramente fruncido.

—¿Y bien?

—Es una carta. No tienes que preocuparte tanto.

—Es importante, Link. ¿Crees que vendrá?

—Si no viene, iré yo mismo a buscarlo. Seguro que lo encontraré muy rápido.

Zelda rio, por suerte. Le devolví la carta, y ella la dobló cuidadosamente. La dejó sobre la pequeña mesa de la habitación en la posada.

—Se la daré a Impa luego. Cuanto antes la enviemos, menos tendremos que esperar.

Cuando regresó a mi lado, la observé con atención. Brillaba ligeramente, aunque no pensaba decírselo. Ella tenía que saberlo; estaba seguro de que lo hacía a propósito.

—¿Qué hacemos ahora? —le pregunté.

Zelda suspiró, aunque no fue un suspiro triste.

—Esperar.

—El muy idiota va a demorarse todo lo que pueda —gruñí—. ¿Tenemos que esperarlo en Kakariko?

Kakariko estaba bien. Era una aldea tranquila. El problema estaba en que ni siquiera podía salir de la posada sin sentir que una docena de ojos observaban cada movimiento que hacía. Y a Zelda le sucedía lo mismo.

Ella sonrió, pensativa. Luego cambió unas cuantas palabras en su carta. Me la mostró de nuevo, y yo sonreí también.

*

Varios días después de que los sheikah partieran con la carta —en una dirección aproximada, porque nadie sabía con exactitud dónde se encontraba Karud—, Zelda y yo decidimos marcharnos también. Impa no pareció sorprendida, e incluso estuvo de acuerdo en que sería lo mejor. Algunos pueblos de Hyrule temían a los sheikah. Encontrarse en un lugar de Necluda, apartado de cualquier aldea, era la mejor opción.

Envió a seis sheikah con nosotros. Entre ellos había una curandera de pelo blanco. Fue la única que nos saludó al vernos llegar el día de nuestra partida. Zelda la saludó con un gesto, aunque parecía inquieta. Llevaba al menos dos noches sin dormir. Tenía demasiado por lo que preocuparse y mucho entusiasmo dentro. Me había ofrecido a ayudarla a escribir cartas y a organizar sus notas, pero ella siempre declinaba diciendo que se las podía arreglar sola, aunque si me necesitaba, me lo diría. Y sabía que estaba mintiendo, que necesitaba ayuda y que no se las podía arreglar sola cuando tenía algo tan grande entre manos, pero no quise discutir. Acabaría dándose cuenta de su error.

Impa y Pay se despidieron de nosotros deseándonos buena suerte. Impa se aseguró también de que lo tuviéramos todo en las alforjas, que pesaban más de lo habitual. Se había empecinado en que lleváramos tiendas, porque no íbamos a pasar semanas durmiendo a la intemperie como unos salvajes, según ella misma había dicho. En mi opinión, dormir a la intemperie no tenía nada de malo, pero no emití una sola queja. Así estaríamos más protegidos, y ella y yo estaríamos lejos de las miradas indiscretas dentro de la tienda.

Los sheikah llevaban sus propios caballos. No sabía dónde íbamos a meter a tantos, pero al menos Viento y Calabaza estarían felices al aire libre. No necesitaban ningún establo. Al salir de la aldea, Zelda intentó mantener una conversación con los sheikah, pero después de que respondieran con evasivas a cada pregunta que ella hacía, adelantó a su yegua hasta llegar a mi altura. Tenía el ceño fruncido.

—¿Qué estoy haciendo mal? —susurró.

—Nada. Son sheikah. Siempre han sido así.

Ella no dijo nada. Miré a los sheikah, que cabalgaban unos cuantos pasos por detrás de nosotros. Susurraban entre ellos, pero no alcanzaba a oír lo que decían.

El viaje hasta el puente de Kakariko duró medio día. Cuando llegamos junto al río, estaba atardeciendo. Los sheikah eligieron una zona para montar su campamento, y Zelda y yo elegimos la opuesta. Ella seguía teniendo el ceño fruncido. Deseaba poder ayudarla. Pero no tenía experiencia como líder, y muy pocas veces había viajado en grupos tan grandes. Quizá cuando mi padre me llevaba de viaje o durante mi entrenamiento, pero eso había sido hacía mucho tiempo.

Nunca me había gustado viajar en grupo. Me gustaba viajar con Zelda porque nos entendíamos y podía mantener un buen ritmo, pero en un grupo las cosas se complicaban.

Cuando las tiendas estuvieron montadas, Zelda invitó a los sheikah a sentarse junto al fuego. Incluso les ofreció mi bolsa de manzanas, pese a lo mucho que yo había protestado antes, en susurros. Pero ella había pensado que sería una buena idea, así que lo había dejado estar al final. Sin embargo, todos se negaron, uno a uno.

—No están envenenadas —dijo ella, riendo de forma forzada.

Los sheikah se miraron entre ellos, y vi como Zelda torcía el gesto. Le arrebaté las manzanas y saqué una al azar. Empecé a comérmela, pero ellos no se inmutaron.

Zelda y yo compartimos una rápida mirada.

—Bueno —dijo—, ¿cómo os llamáis?

Ellos se miraron de nuevo, como si les hubiera hablado en hyliano antiguo. Aun así acabaron dándole sus nombres uno tras otro, tan deprisa que no pude recordarlos.

—¿Cuándo llegará el constructor hyliano, princesa? —preguntó uno.

—En unas semanas. Tendremos que ser pacientes. Y no me llaméis princesa. No soy princesa de nada ya. Solo Zelda estaría bien.

Ellos susurraron otra vez, aunque al final asintieron. No volvieron a llamarla princesa en lo que quedaba de día.

Cuando nos metimos en nuestra tienda, Zelda se derrumbó sobre el ovillo de mantas que habíamos construido cuidadosamente.

—Diosas, no deberíamos haber venido con los sheikah —masculló.

Reí, divertido, pero no dije nada.

—Ishi es la única que me ha mirado con buena cara.

—¿Quién es esa? —quise saber, porque el nombre no me sonaba de nada.

—La curandera, Link. Les preguntamos sus nombres, ¿recuerdas?

—Lo recuerdo, pero no estaba prestando atención.

Zelda puso los ojos en blanco.

Aquella noche, ella se fue a la cama muy tarde. Tanto que ya me había dormido esperándola cuando Zelda decidió acurrucarse a mi lado. Y eso que solía ser al revés. Al día siguiente, las ojeras de su rostro se hicieron aún más evidentes.

La mañana transcurrió sin incidentes, aunque la tensión era palpable. Los sheikah nos miraban con extrañeza. Solo la curandera nos trataba con amabilidad. Ishi, había dicho Zelda. Era joven. Mayor que yo, pero seguía siendo joven. Impa había dicho que tenía experiencia.

—Mi padre me enseñó —nos dijo una tarde—. Él fue el mejor curandero de Kakariko durante mucho tiempo. No soy tan buena como él, pero si ocurre algo espero poder ser de ayuda.

Y Zelda se había limitado a sonreírle con simpatía.

Los otros cinco sheikah —tres hombres y dos mujeres— no tenían ningún interés en conocernos mejor. O eso me parecía a mí. Esperaban pacientemente a que llegara Karud, porque si algo podía alabarse de los sheikah era su paciencia infinita. Habían examinado el puente varias veces con Zelda, evaluando los daños, pero eso era todo. Se quedaban por su lado, y nosotros por el nuestro.

Quien sí se impacientaba era Zelda. A medida que pasaban las semanas, se volvía aún más inquieta y trabajaba todavía más, como si eso fuera a arreglar algo. Intentaba calmarla, pero la calma duraba muy poco.

Por eso, me alegré cuando Karud al fin apareció al otro lado del puente. Zelda dio el respingo más violento que había visto nunca y corrió en su dirección.

Zelda lo llevó hasta nuestro campamento. Karud parecía incrédulo, tanto que no decía una sola palabra, y eso era raro en él. Los sheikah nos observaban en silencio, aunque no intentaron acercarse. Karud había traído a un grupo de una docena de constructores consigo, que montaron su campamento cerca del nuestro, sin dirigirse a los sheikah.

—Así que hablabas en serio —murmuró él.

—Me alegro de que hayas venido —dijo Zelda—. ¿Ha sido un viaje largo?

—¿Eso qué importa?

Zelda vaciló un momento y luego carraspeó.

—¿Habéis conseguido arreglar algo?

Karud rio.

—Claro que no. Lo de la aldea salió mal. Somos muy pocos, y nos llevaría mucho tiempo. Hemos conseguido adecentar una parte del camino, pero es casi insignificante. Lo de este puente es mucho mejor. Eres una chica lista.

Zelda intentó sonreír.

—Los demás deberían llegar pronto. He enviado cartas a cada región. Pero creo que podemos empezar nosotros.

Karud asintió y examinó los alrededores con gesto aburrido.

—Vaya. Has traído un ejército de sheikah. Siempre me he preguntado si los sheikah pueden hablar.

—Intentemos llevarnos bien entre todos —dijo Zelda con sorprendente firmeza—. Cosas como esa solo ayudarán a que haya más desconfianza.

Karud miró a Zelda sonriente.

—Te he subestimado, jovencita. Pensé que no conseguirías que nadie se uniera a ti. Pero al parecer sí que tienes esas influencias de las que tanto hablabas.

—Solo soy insistente —replicó Zelda.

Karud dejó de prestarle atención a ella para dirigirse a mí.

—Tú también sigues aquí. Lo siento, chico, no te había visto.

—Yo tampoco te había visto a ti.

Karud pareció divertido.

—Te llamabas Link, ¿verdad? ¿Has estado disfrutando de tu casa? ¿Hay algo que te falte por pagarme?

—No vas a robarme. Te he dado todas tus rupias —respondí con el ceño fruncido.

—Era solo una pregunta —suspiró Karud—. No te lo tomes como si fuera algo personal.

Zelda y él intercambiaron unas pocas palabras más. Karud estaba de acuerdo con reconstruir el puente, tanto que afirmó que empezaríamos al día siguiente. Llamó a algunos de sus constructores a gritos y fue con ellos a examinar el puente.

—Bueno —suspiró Zelda—, está yendo mejor de lo que esperaba.

Me mostré de acuerdo con ella y di gracias a las Diosas en silencio.

Karud empezó a trabajar al día siguiente, tal y como ya había anunciado. Zelda trabajó sin descanso durante todo el día y gran parte de la tarde. Karud dijo que no haría falta derribar todo el puente porque había partes que se encontraban en buen estado. Yo no las había visto, pero supuse que era mejor así. Nos llevaría menos tiempo.

Unos días después, empezamos a reconstruir de verdad. Karud había traído materiales, aunque sospechaba que apenas serían suficientes. Pese a todo, ayudé en todo lo que pude. Levantar piedras hacía que no pensara en los problemas con la espada. Ni en Impa. Ella no había parecido enfadada cuando nos marchamos de Kakariko, pero sabía que estaba esperando una disculpa. Esperaba que volviera para darle la razón.

Zelda apenas hablaba conmigo. Pasaba todo el día junto al puente y luego trabajaba durante la noche. Había empezado a preocuparme, pero ninguno de mis intentos por hablar con ella dio resultado. Parecía estar haciendo amigos entre los hylianos que había traído Karud. Me alegraba por ella. Se merecía que sus esfuerzos dieran frutos.

Una mañana, estaba trabajando en el puente cuando dos hylianos de la compañía de Karud se me acercaron.

—¿De dónde vienes? —me preguntó uno.

Dudé un momento antes de responder.

—Hatelia.

—¿Y esa chica viene contigo?

—Yo voy con ella.

Miré a Zelda, que hablaba con varios constructores junto al puente. No pareció darse cuenta de que la miraba.

—¿Por qué le importa tanto esto? —me preguntó el segundo.

—A alguien tiene que importarle —respondí, encogiéndome de hombros.

Ellos intercambiaron una mirada. Permanecieron un rato a mi lado, e intenté conversar con ellos.

Cuando regresé a nuestra tienda aquella noche, me sorprendió ver a Zelda allí, escribiendo en sus notas. Acababa de darse un baño, a juzgar por su pelo húmedo. Suspiré, dejé la espada en un rincón y me senté a su lado.

—Zelda —murmuré. Ella musitó algo a modo de respuesta. Enterré la nariz en su pelo, y me sorprendió lo bien que olía—, ¿por qué no dejas de escribir ahí esta noche?

Ella me miró con el ceño fruncido.

—No empieces otra vez.

Observé como ella seguía escribiendo en sus notas. Puse una mano sobre la suya.

—Zelda —repetí. Le sostuve la mirada—, hazme caso. Las cosas van bien. ¿Cuántas noches llevas sin dormir?

—Estoy intentando que esto funcione, Link. ¿Es que no lo entiendes?

—Nada funcionará si no te tomas un descanso.

Se lo pensó un momento, aunque acabó negando con la cabeza. Siguió escribiendo en sus notas.

—Déjame ayudarte al menos —le supliqué en voz baja.

Me tendió uno de los papeles que había estado escribiendo. Le besé la frente y la ayudé a acomodase sobre el ovillo de mantas. Examiné lo que había escrito con detenimiento, pero comprendí muy poco de lo que ponía. Aun así, fingí que escribía.

—¿Link? —susurró al cabo de un rato—. Siento haberte dejado solo desde que llegamos.

La miré con el ceño fruncido.

—No me has dejado solo.

Dejó uno de los papeles a un lado y me miró también.

—Admitirlo no me hará daño, Link. Tú tienes razón. Trabajo demasiado. Pero es que tengo tanto miedo de echarlo todo a perder...

Sentí un nudo en el estómago. Ojalá pudiera olvidar sus temores estúpidos y ver todo lo que había conseguido.

—No es tan fácil estropearlo todo. Las cosas van bien. Funcionará. ¿Sabes cómo podrías echarlo todo a perder?

—¿Cómo?

—Haciendo lo que estás haciendo ahora. No estás sola, Zelda. Tienes a un grupo de constructores y me tienes a mí. Puedo levantar todas las piedras que quieras y puedo ayudarte con estas cosas. —Señalé los papeles de su regazo—. Déjame ayudarte. Te prometo que intentaré entenderlo.

Ella rio. Se acercó y me dio un beso en los labios.

—Eres mi favorito, ¿lo sabías?

—Me lo imaginaba —dije, encogiéndome de hombros.

Me esforcé por entender lo que decían sus notas. Le preguntaba mis dudas a Zelda, y ella respondía. Rodeé sus hombros con un brazo, y ella se acomodó a mi lado. No tardó mucho en dormirse. Aún tenía los planes los planos del nuevo puente entre sus manos cuando la miré.

Decidí seguir en su lugar. Sabía que se abrumaría si no terminaba de revisarlo todo antes del día siguiente. Y había descubierto que no era tan difícil. Cogí su montón de papeles y los leí con detenimiento, uno a uno. No sabía cómo Zelda podía pasar tantas horas haciendo lo mismo. Era aburrido.

Contemplé los planos del puente, y sentí una pizca del entusiasmo que Zelda debía haber estado sintiendo aquellos últimos días. No era muy distinto al antiguo puente, aunque seguía habiendo cambios visibles. No podía esperar a reconstruir una aldea entera. A ver a hylianos viviendo allí. A que Hyrule fuera un lugar seguro otra vez.

Sin embargo, quedaba un largo camino para eso.