ZELDA
Esta parte está casi terminada —dijo Karud, mostrándome un lado del puente. Parecía firme, no como antes. Ya no tenía la sensación de que fuera a derrumbarse en cualquier momento—. Aún queda mucho trabajo por hacer. No te emociones demasiado, jovencita.
Había estado ocupada inspeccionando los arreglos que los constructores de Karud habían hecho, pero aquello hizo que alzara la vista de nuevo.
—¿Acaso me ves dando saltos de alegría?
Él rio de forma ruidosa. Siempre se reía lo más alto posible, como si quisiera que todos lo escucharan.
—A veces olvido que no eres más que una niña cuando te veo. ¿Cuántos años dices que tienes? ¿Dieciséis?
—Dieciocho —murmuré.
—Sigues siendo una dulce flor que acaba de abrir sus pétalos. En mi compañía hay unos pocos muchachos de tu edad. Son bastante agraciados. Tal vez alguno te guste.
Seguí la dirección en que señalaba. En la otra orilla del río, había un grupo de hylianos jóvenes, tal y como Karud había dicho. Parecían fuertes y desde luego eran robustos. Supuse que por algo trabajarían en la construcción. No podrían levantar piedras si no eran fuertes. Me dirigí a Karud con tono gélido.
—Creo que estábamos hablando del puente —le recordé.
—Ah, sí. Si tanto quieres hablar del puente, no me queda más remedio que decírtelo. —Suspiró pesadamente—. En algún momento se nos agotarán los materiales, cielo. Aún nos quedan recursos, pero cuando acabemos con el puente, no podremos seguir avanzando si esos recursos se han agotado. Supongo que puedes entender eso.
Asentí, deseando haber tenido mis notas cerca. Las había dejado en nuestra tienda. Tampoco me ayudarían mucho en esa situación, pero al menos allí tenía los cálculos del tiempo que tardarían los materiales de construcción en agotarse por completo.
—He enviado una carta a cada región —dije—. Algunos nos han prometido materiales. Estoy segura de que en cuanto lleguen...
—Si llegan —musitó Karud, interrumpiéndome.
—En cuanto lleguen —repetí yo—, tendremos más materiales. Estoy segura de que recibiremos ayuda. Solo hay que esperar un poco más.
En realidad, no estaba tan segura. Llevábamos poco tiempo reconstruyendo, pero siempre quedaba la sombra de la duda. Si nadie respondía, mis esfuerzos no habrían servido de nada. Todos los viajes que había hecho y todos los riesgos que había asumido habrían sido en vano. Y entonces todo acabaría por derrumbarse. Dudaba ser capaz de soportar un fracaso como aquel. No después de lo que había ocurrido.
—Confío en ti, jovencita —dijo Karud. Hablaba con una pizca de simpatía, como si supiera lo mucho que dudaba—. Ten esperanza.
Lo observé alejarse en silencio. En el fondo, Karud no me disgustaba. Tal vez fuera un poco extravagante y le gustara demasiado el dinero, pero también era importante ser diferente al resto. Él veía el mundo de otra forma, y eso podría serme útil. Además, el propio Karud había querido reconstruir desde el principio, y ahora estaba allí, confiando en mi buen juicio. En el buen juicio de una niña casi desconocida. No era tan malo, al fin y al cabo.
Crucé el puente con cautela para regresar a la tienda. Me fijé en que los sheikah seguían apartados. Aceptaban las tareas que Karud les encomendaba y las llevaban a cabo sin quejarse, pero había desconfianza entre ellos y los hylianos. Eso no me sorprendía en absoluto. Incluso hacía cien años aquella hostilidad había estado presente. Supuse que había cosas que nunca cambiaban.
Eso no quitaba que no pudieran mejorarse, sin embargo.
Me desvié del camino para pasar por su campamento y saludarlos, uno a uno. La única que me devolvió el saludo fue Ishi, la curandera, pero no le di importancia. Todos eran jóvenes a excepción de un hombre que aparentaba rondar los cuarenta años. Nunca había conocido a aquella parte de los sheikah. La parte que no había vivido un siglo atrás y que, por lo tanto, no me profesaba tanto respeto. Y, por extraño que pareciera, lo prefería así. Me gustaba más ser una forastera hyliana que una princesa salida de las leyendas.
Link estaba limpiando la espada cuando entré en nuestra tienda. Escondí mi tristeza y le sonreí. Ambos preferíamos fingir que nada ocurría. Que lo sucedido con la espada era solo un sueño lejano. Había esperado que Impa lograra convencerlo, pero Link podía ser terco cuando quería, y tampoco la había escuchado a ella.
—¿Para qué te quería Karud? —me preguntó, envainando la espada con delicadeza, como si fuera a romperse. No me extrañaría que así fuera.
—Faltan materiales. Faltan voluntarios. —Suspiré—. Sé que estoy exagerando y que las cosas van mejor de lo esperado, pero ojalá no tuviera que preocuparme tanto.
Dejé que me envolviera entre sus brazos. La noche anterior, había hecho lo mismo. Y cuando me había despertado y había visto que él había terminado todo por mí, algo se había vuelto pesado en mi pecho. Supuse que se trataba del corazón. Tenía la sensación de que iba a explotar. Y lo cierto era que me encontraba mucho mejor tras haber dormido aquella noche. Pensaba con más claridad.
—¿Sabes qué más me ha dicho Karud?
—¿Qué?
Sonreí de forma taimada.
—Dice que hay jovencitos fuertes y robustos trabajando en su compañía. Que tal vez alguno esté interesado.
Rio contra mi pelo.
—Entonces Karud es todavía más idiota de lo que creía.
—¿No te pone celoso?
Se apartó y vi que su rostro se había torcido en una mueca.
—¿Celoso? ¿Para qué?
Negué con la cabeza, riendo. Él se mostró confundido por un instante, aunque acabó restándole importancia.
—Hiciste un buen trabajo anoche —le dije—. Casi mejor de lo que yo lo habría hecho. Y más rápido, también. No te sorprendas si decido ponerte a examinar planos y revisar mis notas.
—No me importa —respondió él—. Es aburrido. Pero lo haré si tú quieres.
—¿Aburrido? —repetí, divertida. De entre todas las palabras que Link podría haber usado, aburrido era la que menos me había esperado.
—Tan aburrido que tú estabas roncando antes de que empezara a leer el primer papel siquiera. ¿Tuviste dulces sueños, Zelly?
Solté otra risita. Él me miraba con un destello familiar en los ojos. Hacía semanas que no lo veía de esa forma. Había estado tan ocupada en la reconstrucción que lo había apartado poco a poco, pensando que supondría una distracción. Y Link podía ser una distracción en ocasiones, pero aquello tampoco era justo para él. Después de todo lo que había hecho por mí, se merecía algo de cariño. Así que no pensaba volver a dejarlo solo entre un montón de desconocidos. Sabía lo mucho que detestaba las situaciones de ese estilo.
—¿Sabes qué? Eres un manipulador, ser Link de Hatelia. Ni siquiera sé cómo me convenciste para que te dejara ayudarme.
Él sonrió ampliamente.
—Te he dicho ya que puedo ser muy persuasivo. Y cómodo también. ¿Quién lo diría?
—¿Tengo que recordarte cómo te encontré esta mañana?
Vaciló un instante. Algunas mañanas, lo descubría abrazándome con fuerza y suspirando de felicidad contra mi pelo. No lo culpaba; de hecho, yo hacía lo mismo en ocasiones. Era muy fácil perderse en la seguridad y firmeza que él traía consigo dondequiera que fuera.
—No hace falta —dijo al final.
—En cualquier caso, gracias por ayudarme —susurré, dándole un beso en los labios. Cuando lo miré, sonreía como un idiota—. Lo has hecho excepcionalmente bien.
—Puedo hacerlo siempre que quieras.
Recordé sus palabras la noche anterior, y descarté por completo la opción de declinar. Si quería ayudar, no iba a negárselo.
—Esta noche tengo que escribir nuevas cartas —le dije—. ¿Me ayudarás?
Él asintió con cierto entusiasmo, y algo revoloteó en mi estómago. Estaba más que segura de que ningún jovencito fuerte de la compañía de Karud accedería a escribir cartas conmigo a altas horas de la noche solo para hacerme sentir mejor.
Por la tarde, ayudé en la reconstrucción del puente. Iba más rápido de lo esperado, e incluso Karud parecía satisfecho con los progresos que estábamos haciendo. Presté atención a la forma en que colocaban los materiales de construcción. Los constructores que Karud había traído eran robustos, aunque podían ser increíblemente delicados cuando manipulaban materiales frágiles.
—De pequeño, vivía en los alrededores de una posta —dijo un hombre alto y de pelo gris. Su nombre seguía las reglas de Construcciones Karud, pero era incapaz de recordar cómo seguía. Todos los nombres eran tan similares que en ocasiones se mezclaban y se me hacía imposible distinguirlos—. Una posta en la Llanura de Hyrule.
Todos guardaron silencio de golpe. Algunos incluso dejaron de trabajar para mirar al hombre. Yo me quedé incrédula, aunque sospechaba que no era por la misma razón del resto.
—¿Vivías en los alrededores de una posta?
—Claro que sí —respondió extrañado, como si fuera lo más normal del mundo.
Intercambié una rápida mirada con Link, que se encogió de hombros. No se había separado de mi lado, y su presencia era silenciosa pero reconfortante al mismo tiempo, aunque en realidad no estuviera haciendo nada.
—¿Vivías a la intemperie?
El hombre rio.
—Por supuesto que no. No soy ningún salvaje. Teníamos una pequeña cabaña. Tan pequeña que mis hermanos y yo apenas cabíamos. Mi familia trabajaba en la posta más cercana, aunque no pagaban mucho.
Escuché murmullos y algunos bufidos de desdén, pero no me giré para averiguar de dónde provenían. El constructor seguía mirándome, como si fuera la única interesada en su historia.
—Yo era un joven temerario, ¿entiendes? De esos que no pueden estarse quietos. Un día quise salir a explorar y sin querer llegué a la Llanura de Hyrule. Allí antes estaba llena de esas criaturas de metal con decenas de patas. Los que eran ridículamente rápidos y disparaban. Todos sabéis de lo que hablo.
Algunos sheikah levantaron la cabeza. Miré a los hylianos, pero ellos parecían aburridos. Debían haber escuchado antes aquella historia.
—Me encontré con uno de esos bichos. Y, claro, empezó a perseguirme. Pero ¿sabéis qué hice yo? —Nadie respondió, de modo que él continuó—: Saqué una tapa de cacerola y me defendí de sus terribles rayos hasta que el monstruo se quedó quieto. Incluso me llevé uno de sus tornillos a casa como recompensa.
Escuché a Link reír a mi lado. Intenté contener mi propia risa cuando el hombre nos miró a ambos con un brillo de sospecha en los ojos. Link carraspeó y yo me limité a clavar la vista en el suelo.
—¿De dónde demonios sacaste una tapa de cacerola? —le preguntó un sheikah llamado Sel.
—La encontré en un campamento cercano —respondió el constructor sin dudar un instante.
—En un campamento. En la Llanura de Hyrule —replicó en tono escéptico.
—Por supuesto que sí. Dudo que hayas estado siquiera en la Llanura de Hyrule, jovencito. Te harías pis encima con solo verlo.
El sheikah le dirigió una mirada gélida pero, por suerte, no dijo nada. Probablemente había pisado la Llanura de Hyrule más veces que aquel constructor.
"El hombre se arremangó hasta el hombro y nos mostró una fina cicatriz que le llegaba hasta el codo.
—Si no me creéis, mirad esto. La prueba irrefutable. El monstruo me hirió con sus patas. La cicatriz aún no ha desaparecido, aunque eso fue hace muchos años.
—¿No fue el elegido hyliano quien derrotó a uno de esos bichos con una tapa de cacerola? —dijo otro constructor, Karud.
Vacilé un momento al sentir como Link se tensaba junto a mí. Vi como flexionaba los dedos, como si estuviera buscando algo, y luego escondió la Espada Maestra entre los pliegues de la capa. Por fortuna, nadie parecía estar prestándonos atención.
—¿Y qué más da? —gruñó el hombre, aún mostrando la cicatriz—. Siempre que cuento esta historia, todos me hacen la misma pregunta. Diosas, sois todos unos aburridos.
Los constructores de Karud rieron, y di gracias por que el propio Karud no estuviera allí. Cuando empezaba a dirigir, no dejaba que nadie intercambiara una sola palabra. Y yo disfrutaba demasiado oyendo a hablar a aquellos hylianos para detenerlos. Eran diferentes a los antiguos hylianos, y aun así, seguía habiendo aspectos en los que no habían cambiado. Todavía tenían la necesidad de contar historias lo más fantasiosas posible y presumir del poder que ostentaban, aunque el mundo se estuviera derrumbando a su alrededor.
—Te llamabas Karel, ¿verdad? —le pregunté.
—El mismo, joven señora.
—No todos tienen la valentía suficiente para enfrentarse a un guardián. Te felicito.
Los sheikah me miraron cuando pronuncié emguardián/em. Les había dado instrucciones explícitas y claras para que no dijeran una sola palabra sobre mi identidad y me trataran como una igual. Eso se les daba muy bien, a diferencia de a otros sheikah más ancianos. Parecían incluso haber olvidado quién era, por fortuna.
La conversación se apagó poco a poco después de eso. Solo algunos de los constructores de Karud siguieron burlándose del hombre. Karad, un joven que aparentaba ser unos cuantos años mayor que yo, le dio unas palmaditas en la espalda.
—Siempre cuentas esa historia cuando hay jovencitas delante. Eres demasiado viejo ya, amigo mío.
El otro hombre se encogió de hombros. No parecía muy afectado por las burlas. Debía haberse acostumbrado ya.
Más tarde, cuando el crepúsculo comenzaba a caer, Link quiso salir a entrenar con la espada. Decidí ir con él para vigilarlo, principalmente. Me avergonzaba admitirlo, pero quería estar allí si ocurría algo con el poder de la espada. Link me había contado cómo se sentía al portarla, pero no al utilizarla como debía ser utilizada cualquier espada.
Me llevé uno de mis cuadernos conmigo. El único que no usaba para cosas importantes, el más pequeño de todos. Cruzamos el puente y los campamentos casi vacíos. La mayoría estaban ya en sus tiendas, aunque algunos constructores de Karud se hallaban sentados junto a una hoguera. Distinguí a Karid y a Karad, y también a Karader y Karaden, que eran hermanos. Tan idénticos que no podía diferenciarlos, sin importar lo mucho que me esforzara. Ambos nos saludaron al vernos pasar, y Karid y Karad se apresuraron a hacer lo mismo.
—Ya les gustas —me susurró Link, sonriendo—. Y luego dices que eres horrible.
Me ruboricé, porque aquello sonaba aún más ridículo en su voz. Él había tenido razón desde el principio.
—Te hablé de eso porque confío en ti —dije, empujándolo con el hombro. Él rio—. No pretendía que te burlaras de mí por contarte cómo me siento.
—No me estoy burlando de ti. Estoy dando argumentos para probar que tu afirmación no es verdadera.
Lo miré con una amplia sonrisa y decidí que era mi turno de burlarme de él. Porque, al parecer, se le había pegado algo de mi vocabulario. Al menos era un avance.
Salimos del campamento, al otro lado del puente. Supuse que Link querría un lugar alejado, tranquilo y silencioso. Yo también lo prefería así. Era mucho más fácil fastidiarlo todo cuando había más de una decena de ojos observando cada movimiento. Lo había comprobado por mí misma con la experiencia.
Link encontró un claro amplio. Me senté bajo un árbol y al instante me arrepentí de no haber traído el arco. Podía vislumbrar conejos de tamaño considerable saltando cerca de donde estábamos, pero ya era tarde para volver atrás. Tendría que conformarme con los guisos de los constructores de Karud. No estaban nada mal, pero los que Link y yo hacíamos juntos eran distintos. A él siempre le gustaba añadir algo de picante, aunque lo hacía en las medidas justas, porque sabía que aquello no me entusiasmaba. Por eso su comida tenía una calidez agradable en el sabor.
Dejé el cuaderno sobre mi regazo y observé como él sopesaba la espada desenvainada en sus manos. La hoja no tenía aspecto de haberse dañado; seguía siendo blanca y resplandeciente. Pero no brillaba. Reflejaba los rayos anaranjados del sol en el acero, pero no refulgía con su luz plateada. Lo había visto en ocasiones, aunque no fuera cosa de Link. La espada emitía un brillo tan tenue que nadie más habría sido capaz de verlo. Supuse que el poder me ayudaba a darme cuenta.
Me fijé también en la forma en que Link la sostenía. Su agarre seguía siendo firme, aunque el arma parecía pesarle. Lo notaba en el ligero temblor de sus brazos y en la forma en que sus hombros se hundieron mientras intentaba alzarla. Mi corazón se hundió con él. De pronto, deseé con todas mis fuerzas estar equivocada. Separarse de la Espada Maestra le haría daño, y odiaba verlo sufrir. Si de mí dependiera, se quedaría con la espada hasta que fuera tan viejo que ni siquiera pudiera sostenerla. Pero, en el fondo, sabía que las cosas no funcionaban así. Que había fuerzas que ninguno de los dos podía cambiar.
Lo escuché tomar aire, aunque estuviera de espaldas a mí. Y luego empezó a moverse. La espada se convirtió en un fino hilo plateado que mordió el aire con un siseo. Y él se movía tan deprisa que en ocasiones era solo un borrón en mi visión. Casi parecía bailar, a juzgar por la forma en que movía sus pies. Me pregunté cómo demonios podía ser tan torpe bailando si luego cosas tan similares se le daban de maravilla.
Había algo que siempre me había fascinado de la forma en que se movía cuando tenía una espada en las manos. Él siempre había sido más pequeño y menudo que el resto de soldados en el antiguo Hyrule. Link y yo nunca habíamos hablado de eso, pero tenía mis pruebas. Era cierto que se había vuelto más fuerte con el tiempo, pero su técnica había seguido siendo la misma. Era rápido e incluso escurridizo; poseía una agilidad asombrosa y sus movimientos eran fluidos, como una cadena ya forjada. Nunca me había gustado verlo matar, pero su forma de luchar había sido siempre hermosa y terrible al mismo tiempo. Él parecía saber el daño que podía llegar a hacer, y eso hacía que hubiera un equilibrio.
Pero él no mataba. Se limitaba a proteger. Así había sido siempre.
Deseé poder dibujar sus movimientos en mi cuaderno, pero no tenía la habilidad siguiente para dibujar algo tan complejo. Y, además, nunca le haría justicia.
Se movía con tanta facilidad que, por un instante, estuve convencida de que era yo quien de verdad se equivocaba. Que Link no necesitaba separarse todavía de la Espada Maestra. Que tal vez había interpretado mal las señales. Sin embargo, al cabo de un rato él suspiró y se sentó a mi lado con un gruñido. Incluso lo vi jadear. Dejó la espada sobre la hierba rápidamente, como si fuera a hacerle daño.
—¿Cómo ha ido? —le pregunté con suavidad.
Torció el gesto.
—Horrible —gruñó.
—Oh, Link. No te has visto a ti mismo, ¿verdad? Lo habría capturado con la piedra sheikah, pero... —Suspiré. No quería seguir por ahí. A la piedra sheikah cada vez le costaba más ponerse en funcionamiento—. En cualquier caso, ojalá te hubieras visto. Diosas, parecías una verdadera tormenta.
—Zelda —murmuró él—, algo va mal con la espada. —Se miró las manos—. Sigue yendo muy mal.
—¿Lo has pensado...?
—No quiero hablar de dejar la espada —dijo él—. Por favor.
Dudé un momento antes de asentir.
—Está bien. Nadie va a hablar de eso.
Me habló de nuevo de sus problemas con la espada. Me habló de lo pesada que resultaba de portar últimamente, y también de la voz del espíritu. Estaba preocupado de verdad. Estuvo a punto de coger una piedra y afilar la espada para luego limpiarla. Sin embargo, la hoja estaba tan afilada que incluso a mí me daba miedo, y tan limpia que podía ver mi reflejo en el acero.
Al acabar, soltó un largo suspiro y hundió los hombros otra vez. Sentí una punzada de tristeza, así que decidí animarlo.
—Sé que no soy muy buena en esto —murmuré—, pero si te sirve de consuelo, eres el mejor guerrero que he visto jamás. Y he visto muchos, que quede claro. Pero tú eres el único que ha conseguido que algo tan peligroso me parezca hasta bonito.
Él se ruborizó, aunque también torció el gesto.
—¿Bonito? —repitió, confundido—. Esto no tiene nada de bonito, Zelda.
—Lo sé —suspiré. Cerré el cuaderno sobre mi regazo—. Me refiero a la forma en que te mueves. Podría verlo durante horas y no me aburriría. De hecho, pienso que es fascinante verte practicar.
Se ruborizó aún más, tanto que empecé a preocuparme. Clavó la vista en el suelo, en la Espada Maestra.
—Nunca había oído a nadie describirlo así —dijo a media voz.
Me encogí de hombros y besé su mejilla.
—Hazme caso. Esta vez sí tengo razón.
No respondió. Ni siquiera hizo un solo gesto de asentimiento o al menos de negación. Su expresión no tenía pinta de haber cambiado, aunque bien era cierto que miraba al suelo todavía.
—¿Crees que eso cambiará con la espada? —me preguntó de pronto—. ¿Que puedo moverme así por ella, nada más?
Me quedé mirándolo, incrédula. No pensaba responder, pero él empezó a moverse con nerviosismo y a suplicarme con la mirada, así que acabé hablando.
—Por supuesto que no. Eres tan bueno porque tuviste un buen entrenamiento. Porque eres el favorito de las Diosas, y probablemente te hayan dejado cualidades especiales. Como tu resistencia divina, por ejemplo. Pero tus habilidades siguen siendo las mismas. Serías igual de bueno sin la espada.
No me miró cuando asintió, pero lo acepté de todas formas. Si le apetecía hablar, hablaría. Pero no quería seguir con aquel tema, y yo lo comprendía.
—¿Y tu poder?
Suspiré y contemplé mis manos, que se encontraban sobre mi regazo. A Link pareció gustarle el cambio de tema.
—Esto es una tontería, pero el poder reacciona cuando pienso en él. A veces ni siquiera lo noto porque estoy pensando en otras cosas. Es inverosímil, lo sé. Pero así es más fácil de comprender.
—¿Te hace daño?
—No, pero a veces es un peso muy grande.
Asintió lentamente. Sentí como el poder se avivaba desde algún rincón de mi interior. Podía controlarlo, gracias a las Diosas. Solo tenía una vaga idea de las consecuencias que una catástrofe con el poder sagrado podría causar.
Link me escuchaba con atención. Algo me susurró que solo había sacado aquel tema para evadir preguntas y no hablar más del asunto con la espada, aunque ambos sabíamos que en algún momento habría que hacerlo. Fingir que nada ocurría no era bueno. Nada bueno.
Me convenció para que intentara controlar de nuevo una esfera de luz. Cuando apareció frente a nuestros ojos, evité de milagro que se me escapara de las manos. Una vez se volvió más estable, dejé que la esfera flotara en medio de ambos. E incluso entonces la vigilé muy de cerca, por si acaso.
Link me miraba con un brillo de asombro, como si fuera un niño al que le estuvieran hablando de dragones y ballenas voladoras. Sonreí también al recordar el miedo que le había dado el poder. No lo culpaba por eso, sin embargo. Cuando el poder había empezado a manifestarse, Link me trataba como si fuera algo peligroso a punto de explotar y soltar chorros de luz mortíferos. Ahora, no obstante, parecía haberse acostumbrado tanto que hasta lo entusiasmaba verme con el poder.
La esfera de luz flotó hacia él y se detuvo muy cerca de su pecho. Vi como una sonrisa se abría paso en su rostro mientras intentaba capturar la luz y sostenerla entre las manos. Rio cuando el brillo se hizo más fuerte. Luego volvió a empujar la esfera en mi dirección y yo conseguí atraerla.
—¿Ya no te da miedo? —le pregunté, divertida. Él me miraba de forma casi suplicante para que lo repitiera.
—Un poco —admitió, encogiéndose de hombros—. A ti también te daría miedo si fuera al revés. Pero sé que puedes controlarlo. Y me gusta la luz.
—¿Te gusta... la luz? ¿La luz del día?
—La luz —contestó simplemente—. No me gusta la oscuridad.
Con eso comprendí a qué se refería y le mostré una diminuta sonrisa.
Tras repetir lo de la esfera tres veces más, él decidió volver a entrenar. Me dediqué a observarlo durante un rato, casi maravillada por lo que podía hacer. Sin embargo, contuve el aliento cuando oí pisadas acercándose.
—Link —lo llamé. Él se dio la vuelta al instante, con la espada aún extendida hacia su enemigo invisible—. Viene alguien.
Él también escuchó las pisadas. Maldijo entre dientes y se puso de puntillas para ver mejor. Tras unos cortos instantes, puso cara de fastidio, y supe que no estábamos en peligro. No habría puesto esa cara si la asesina hubiera regresado para cumplir con su amenaza.
—Son del grupo de Karud —murmuró—. Los que trabajan a mediodía.
—Te he visto hablar con ellos —le dije—. ¿Los conoces?
—Hablan ellos —puntualizó él—. No recuerdo cómo se llaman.
Cuando alcé la vista en dirección al camino y caí en la cuenta de que nos observaban con asombro, empecé a entrar en pánico. Y, a juzgar, por su expresión, a Link le ocurrió algo muy similar. Examiné mis manos para comprobar que no brillaran, pero seguían siendo manos normales, sin brillo alguno. Miré a nuestro alrededor por si había algo interesante allí. Solo estaban los caballos, y dudaba que a los hylianos los asombraran mucho dos caballos pastando. Solo entonces decidí fijarme en Link, que todavía tenía la espada desenvainada. Todo encajó de pronto.
Se acercaron a nosotros a paso rápido. Link no se movió ni un ápice. Ni siquiera su expresión cambió. Uno fue hacia él y le pidió que alzara la Espada Maestra. Él obedeció tras pensárselo durante unos momentos muy largos.
—Vaya —murmuró uno. Los tres eran bastante jóvenes, pero también eran más robustos que Link—, ¿de dónde has sacado esa preciosidad? Nunca había visto nada igual.
Extendió una mano para decirle que quería empuñarla, pero Link se negó en rotundo.
—No es ningún juguete —dijo en voz baja.
Los hombres se miraron, confundidos, aunque no tardaron en recuperar el entusiasmo.
Link volvió a envainar la espada. Estaba segura de que iba a dar media vuelta e irse sin más, pero entonces otro de los constructores habló.
—Te vi antes, con esa espiada —dijo—. Nunca había visto a nadie moverse así. Podrías enseñarme alguno de esos movimientos.
Los demás asintieron. Link me miró, pero yo no hice ningún gesto. Él ya sabía lo que pensaba, y no necesitaba pedirme permiso.
Acabó yendo con ellos. No se alejaron demasiado, supuse que por insistencia del propio Link. Podía verlos desde el lugar en el que estaba. Hablaron durante un corto rato, y luego vi que Link dejaba la Espada Maestra a un lado y aceptaba otra espada que le tendieron los hombres. Debía haberse negado a utilizarla en algo tan irrelevante como un duelo amistoso. Se me hizo extraño verlo con una espada que no fuera la Espada Maestra. No recordaba haberlo visto empuñar ningún otro acero que no fuera aquel.
Los observé con atención. No sabía si Link estaba riéndose porque estaba de espaldas a mí, aunque podía oír las carcajadas del resto. Él era mejor, incluso sin la Espada Maestra. Esperaba que aquello sirviera para que olvidara sus dudas.
Al cabo de un rato, lo avisé de que me marchaba y regresé a nuestra tienda. Él no había intentado seguirme aún, pero me fue imposible determinar si se estaba divirtiendo o no. Normalmente entrenaba solo, porque a mí no me gustaban las espadas y no tenía ningún interés en aprender cómo blandir una. Imaginaba que le vendría bien entrenar con otros. Así había funcionado con los reclutas del ejército, hacía cien años.
Decidí empezar con las cartas. Ya era tarde y sentía los brazos doloridos por haber pasado todo el día trabajando en el puente. No quería estar trabajando hasta medianoche otra vez.
Escribí una carta a cada región. Si los voluntarios no llegaban durante aquella semana, las entregaría durante la siguiente. No me gustaba ser insistente, pero se me daba muy bien serlo al mismo tiempo. Contuve la risa al pensarlo, por si alguien me oía, aunque nuestra tienda estaba lejos del oído de la mayoría. No me gustaría que pensaran que estaba loca.
Cuando Link regresó, lo primero que hizo fue dejar la Espada Maestra contra la lona de la tienda. Sin embargo, no parecía tan taciturno como antes. Le hice un hueco a mi lado y él no dudó en ocuparlo.
—¿Cómo ha ido?
Se encogió de hombros.
—Estuvo bien. Pero son demasiado... demasiado jóvenes para que pueda tomármelos en serio.
Por un instante, pareció tener los cien años que de verdad pesaban sobre él, y no supe si sentirme divertida o preocupada.
—Hablas como si fueras un maldito anciano.
—Bueno, tampoco es que sea ninguna mentira.
Suspiré, negando con la cabeza. Era imposible razonar con él a veces. Además, solo había sacado aquel tema para hablar de otra cosa y que olvidara lo sucedido durante la tarde.
—¿Al menos has pasado un buen rato? —le pregunté.
—No estuvo mal. Pero tengo que dejarles ganar, y creo que se han dado cuenta.
—No los dejes ganar —le susurré—. Demuestra que eres mejor que todos ellos.
—Era un duelo amistoso, Zelda. No iba a gastar energías en eso.
Asentí con una mueca. Le tendí una de las cartas en silencio y le pedí que la leyera por si había cometido algún error. Intenté no mirarlo, pero el nerviosismo pudo conmigo otra vez. El corazón se me aceleraba cada vez que lo veía fruncir el ceño o abrir la boca como si quisiera decir algo. Sin embargo, al final nunca decía nada. Aquello se alargó más de lo que me hubiera gustado porque él era lento leyendo y no pensaba ser egoísta y meterle prisa. Cuando acabó de leer la carta y me la devolvió sin decir palabra, empecé a preocuparme de verdad.
—¿Link? ¿Qué te ha parecido? —le pregunté. Por alguna razón, su opinión me importaba más que la mía propia.
—Es para los goron, ¿verdad? —Él sonrió cuando asentí con la cabeza—. No seas tan formal. Sonarás a noble estirada con esas palabras tan raras.
—No he usado ninguna palabra rara. De hecho, he intentado ser lo más clara posible. Y, además, es una petición importante. No puedo usar un vocabulario vulgar, sin importar que sean goron. Eso no está bien, Link.
Él me observaba con un atisbo de diversión.
—Hazme caso, Zelly. Sé que te duele, pero es mejor así.
Acabé cediendo, aunque no le di la razón en voz alta. No llegaría a aquel extremo. Me señaló las palabras que, según él, debería cambiar para que los goron comprendieran mejor el mensaje.
Al día siguiente, hubo una conmoción en el exterior desde muy temprano. Cuando salí de nuestra tienda, vi que el día estaba gris y frío. Me quedé de piedra al divisar un grupo de zora acercándose por el camino. Por suerte, Karud reaccionó más rápido y se apresuró a recibirlos.
Karud me vio y señaló en dirección al camino de Kakariko, en el lado opuesto. Cuando me volví para verlo, vislumbré a un grupo de hylianos. Los reconocí como los antiguos habitantes de Onaona, que se habían refugiado en Kakariko.
Link apareció a mi lado, frotándose los ojos y con el pelo revuelto.
—¿Nos atacan? —preguntó.
—No. Es peor que eso —respondí, sonriendo.
Él vio a los zora y luego a los hylianos. No pareció sorprendido, sin embargo.
—Por Hylia. Estamos rodeados —murmuró—. Iré a destrozar la carta para los zora.
Lo seguí al interior de la tienda y me deshice rápidamente de la ropa de dormir. Me puse el mejor vestido que había traído de Hatelia —en esa ocasión había tenido en cuenta llevarme algunos de viaje—, y salí al exterior de nuevo.
Karud seguía hablando con los zora, así que me dirigí a los hylianos recién llegados. Tenían mejor aspecto que la última vez que los había visto, pero aun así me aseguré de darles una bienvenida cálida. Les ofrecí un lugar cercano para que instalaran el campamento, aunque estábamos quedándonos sin espacio. Mientras montaban las tiendas me acerqué a Karud, que parecía estar supervisando unos carros.
—¡Zelda! —exclamó al verme—. Diosas, niña. Tenías razón. ¿Sabes qué han traído?
—Materiales —adiviné, sonriendo.
—¡Materiales! Con esto tenemos para seguir adelante. ¿No te parece una maravilla?
Me mostró los contenidos del carro más cercano, e incluso yo me sorprendí. Había esperado ayuda de Sidon, pero nunca habría creído que su generosidad fuera tanta. Algún día viajaría de nuevo a la Región de los Zora y se lo agradecería.
—¿Quiénes son esos? —me preguntó Karud, señalando a los hylianos recién llegados.
—Son de Onaona. O, bueno, eran de Onaona.
No me apetecía hablar de ello y, por suerte, Karud no hizo más preguntas. Asintió en silencio y se acercó a ellos, dejándome sola con los zora. Podía ser sorprendentemente comprensivo a veces.
Les di las gracias, aunque ellos le restaron importancia. Reconocí a unos pocos zora, pero otros no me sonaron de nada. Se mostraron mucho más entusiasmados cuando Link estuvo a mi lado. Se lo agradecí en silencio. Él siempre había tenido mejor relación con los zora. Incluso sus posturas cambiaban cuando él estaba cerca.
Entre los dos los ayudamos a acomodarse. Eran menos que los hylianos, así que no tardaron demasiado. Montaron el campamento cerca de los sheikah, para mi sorpresa.
—Espero que no ocurra nada —me susurró Link cuando lo mencioné.
—¿Por qué? ¿Qué iba a ocurrir?
Me llevó a un lugar un poco más apartado con disimulo.
—Lanayru y Necluda están muy cerca. Antes dependían el uno del otro, pero cortaron la comunicación poco después del Cataclismo. Ninguno está muy contento.
Observé a los sheikah, que trabajaban ya en el puente, sin haber saludado siquiera a los recién llegados. Nunca saludaban a nadie, en realidad. No era una actitud fuera de lo normal en ellos.
—¿Y Hatelia? —pregunté.
—¿Qué iban a hacer en Hatelia? —bufó él—. En esa época aún estaban recogiendo los escombros de la muralla de Hatelia.
Guardé silencio, pensativa.
—¿Cómo sabes tú todo eso? —inquirí con una ceja alzada.
—Sé escuchar —respondió simplemente al tiempo que se encogía de hombros.
Sonreí a medias. Si se tomara más en serio a sí mismo, estaba convencida de que podría ser un buen líder.
Los zora no tardaron en incorporarse a la reconstrucción del puente. Eran mucho más sociables que los sheikah o los hylianos. Incluso parecieron unir al grupo un poco más. Los sheikah seguían apartados, aunque no lanzaban miradas hostiles hacia los zora. Parecían haber entablado amistad con los hylianos de Onaona, supuse que gracias a su larga estancia en Kakariko. Y el odio que ambos compartían por el clan Yiga también debía haber ayudado, por supuesto.
Éramos tantos que el puente quedó terminado en una semana y media. Había quedado mejor de lo esperado, y era mucho más estable que el antiguo puente. No tenía la sensación de que fuera a derrumbarse, y los muros alrededor del puente tenían más altura. Incluso habíamos dejado antorchas para que quien lo cruzara no fuera a oscuras por las noches. El camino estaba despejado, sin escombros ni rocas caídas. Tal y como me lo había imaginado.
Karud parecía satisfecho. Me acerqué a él y a algunos de sus constructores, que examinaban el puente como si estuvieran buscando algún error o algo que hubieran olvidado por el camino. Habían intentado replicar el estilo de las antiguas construcciones hylianas, pero aun así era diferente. Y lo prefería de esa forma. No quería que el nuevo Hyrule tuviera el mismo aspecto gris y monótono de hacía cien años.
—Tienes muchas ganas de darte cuenta de que te has equivocado, ¿verdad? —le dije a Karud. Algunos de sus constructores me sonrieron cuando llegué.
—No es eso, niña —rio él—. Pero odio este lugar tan estrecho. Y encima hay una ciudad entera acampando aquí al lado. —Señaló los campamentos—. No quiero tener que volver para reparar el puente.
—No somos una ciudad entera —repliqué. Ojalá lo fuéramos.
—Nunca he construido con tanta gente —dijo Karud—. Has hecho un buen trabajo. Seguro que los convencerías de ir al infierno contigo, si se lo propusieras.
Reí y felicité a Karud por su trabajo. Él hizo lo mismo y me recordó la celebración de aquella noche. Iban a festejar el final de la construcción del puente por todo lo alto, según el propio Karud. Habría música y bebida. Llevaban toda la semana anunciándolo, y estaba segura de que por eso habíamos terminado el puente tan deprisa. Me dijo también que, después de las celebraciones, tendríamos que hablar de nuestros siguientes pasos.
Tenía esperanzas renovadas. No habíamos recibido respuesta del Poblado Orni ni del desierto, pero los goron estaban de camino. Y ellos traerían piedra y minerales valiosos y, además, eran increíblemente fuertes. Contábamos con materiales y con voluntarios. Estaba convencida de que podríamos reconstruir algo más grande.
Saludé a los constructores, a los sheikah y a los zora. Seguía sin ver la hostilidad de la que Link había hablado.
Divisé a Link junto a los caballos, que se habían quedado cerca de nuestra tienda. A su lado había una mujer sheikah. Ella examinaba a Viento, y me pregunté si al animal le habría ocurrido algo. Pero Link no parecía preocupado.
—¿Dónde estabas? —me preguntó al llegar a su lado.
—Hablando con Karud. —Saludé a la mujer sheikah con la cabeza. Para mi sorpresa, ella me devolvió el gesto—. ¿Qué ocurre? —pregunté con una mano sobre la crin de Viento.
—Nada —respondió él—. Ella cuidaba de Viento. Antes, cuando estaba en Kakariko. —Señaló a la mujer—. Lo ha reconocido.
Le dirigí una sonrisa a la mujer.
—¿Cómo te llamas? —quise saber.
—Syli, señora.
—Zelda está bien —le dije, y ella asintió.
Ninguno dijo nada durante un rato. Sentía que debía ser yo quien se encargara de la conversación porque Link no iba a hablar, y los sheikah eran muy parecidos a él en ese aspecto. Así que me aclaré la garganta y forcé una sonrisa.
—¿Era diferente cuando estaba en Kakariko? —pregunté, refiriéndome a Viento.
Ella sonrió un poco.
—No dejaba que nadie se acercara. Me sorprendió que le gustara el Maestro Link. Y también me sorprende lo tranquilo que está ahora.
Vi que él sonreía también. Parecía orgulloso.
—Le he enseñado —respondió, encogiéndose de hombros como para restarle importancia.
—Trabajaba en los establos antes —siguió diciendo la mujer—, y nunca había visto un animal tan hermoso como tu yegua. —Señaló a Calabaza—. Aunque en Kakariko no hay muchos caballos, claro.
Me descubrí sonriendo. Ella rozó el hocico de Viento una última vez antes de recoger sus cosas.
—Me alegro de que Viento tenga un buen dueño, Maestro Link. Se nota que recibe cariño. Eso es importante.
Cuando se hubo alejado, él por fin se permitió mostrar lo orgulloso que estaba en realidad.
—¿Lo has oído? —le susurró a Viento—. Dame las gracias. Ahora eres civilizado.
Se me escapó una carcajada, y él se volvió para mirarme.
—Es gracias a las manzanas. Yo tenía razón. Las manzanas los ayudan.
Puse los ojos en blanco mientras Link sacaba más manzanas de su alforja.
Estuvo de buen humor durante el resto del día. Cuando las celebraciones dieron comienzo a la hora del crepúsculo, él seguía animado. Más que yo, incluso. Había pensado que sería al revés; que yo tendría que arrastrarlo para salir a divertirnos un rato. Pero no hizo falta, por suerte.
Alguien había encendido una gran hoguera. Había algo de música gracias a los zora, aunque no sonaba tan bien como había esperado. A pesar de todo, algunos ya bailaban, y varios de los constructores de Karud reían de forma ruidosa. Busqué a Karud con la mirada, pero no lo vi por ninguna parte
—¿Vas a beber? —me preguntó Link en voz baja mientras caminábamos.
—¿Vas a beber tú? —repliqué, lanzándole una mirada de advertencia.
—No —rio él—. He descubierto que no me gusta.
—Entonces yo tampoco beberé.
—Hazlo si quieres, Zelda. Lo soportas mejor que yo.
—Empiezo a caerles bien —dije—. No quiero hacer el ridículo y fastidiarlo todo ahora.
—Estás obsesionada con fastidiarlo todo —gruñó él—. No voy a separarme de ti. Me aseguraré de que no hagas el ridículo.
Le sostuve la mirada durante un largo rato. Él ni siquiera parpadeaba. Al final me rendí y acepté.
—Si consigues que no haga el ridículo, ten por seguro que no me separaré de ti jamás. Tendrás que soportarme para siempre.
Él sonrió a medias y cogió mi mano.
—No es tan malo como crees.
Link me sorprendió pidiéndome bailar. Acepté con algo de recelo, aunque él bailaba de forma tan torpe como siempre. Por suerte nadie nos estaba prestando atención, y algunos bailaban incluso peor que nosotros. Sabía que al día siguiente tendría los pies doloridos —y Link también— de tantos pisotones, pero me dije que valía la pena. Él parecía feliz, y sus ojos brillaban bajo la luz de las antorchas. Me pisó de nuevo y se me escapó un quejido.
—Perdón —dijo por enésima vez.
—Dejemos los pasos complicados —le sugerí.
Él juntó su frente con la mía. Diosas, ya estaba mareada y ni siquiera había bebido nada. Cerré los ojos y contuve un estremecimiento cuando rodeó mi cintura con las manos.
—¿Zelda? —murmuró, y sentí su mirada sobre mí—. ¿Estás bien?
Abrí los ojos y sonreí.
—Estoy muy bien. Creo que nunca he estado mejor.
No me detuve a ver su expresión porque le di un corto beso en los labios. Escuché susurros y risitas y, cuando examiné nuestros alrededores con disimulo, descubrí que nos miraban.
Él estaba rígido junto a mí. Cuando lo miré y sonreí, soltó un gruñido.
—No te asustes —susurró.
Mi sonrisa desapareció de golpe. Sin embargo, antes de que pudiera preguntarle qué demonios estaba pensando, él hizo que perdiera el equilibrio y me besó de pronto. Me aferré a sus hombros, pero él me sujetaba con firmeza. Su pelo me hacía cosquillas en el rostro, y entonces comprendí lo que estaba haciendo. Contuve una risita y dejé que me besara.
Cuando se separó, descubrí que ya nadie susurraba. Se nos habían quedado mirando, y algunos parecían estupefactos.
—Estás loco —le dije entre risitas.
—Querían un maldito espectáculo —masculló Link.
Lo besé hasta que su ceño fruncido desapareció y volvió a relajarse entre mis brazos. Permanecimos así hasta que Karud nos interrumpió.
—Odio interrumpir a jovencitos divirtiéndose el uno con el otro —dijo en un tono de voz extraño. No supe decir si era desprecio o diversión.
—Ya lo has hecho —gruñó Link.
Karud le dirigió una mala mirada.
—Venid con nosotros. Hay bebidas que os darán energías para el resto de la noche. Hacedme caso. Sé que lo estás deseando, muchacho, aunque pongas esa cara de horror. —Le asestó un codazo a Link.
Se alejó alegremente hacia la hoguera, donde la mayoría del grupo estaba reunido. Alcé la vista hacia Link, que seguía a Karud con la mirada.
—Algún día le romperé esa nariz tan enorme que tiene —dijo—. Recuérdalo por mí, Zelly.
Reí a carcajadas y negué con la cabeza.
—No vas a romperle la nariz a nuestro aliado más útil —le dije—. Además, no es tan malo. El problema es que los dos sois muy diferentes.
—El problema es que su nariz me está pidiendo a gritos que se la rompa. Incluso puedo oírlo desde aquí. ¿Tú también lo oyes?
No respondí. Me limité a tirar de él en dirección a la hoguera, ignorando sus protestas. Había un hueco libre entre los zora y los sheikah. Tomamos asiento allí, aunque a Link no pareció gustarle. Declinó la bebida que le ofrecían, pero yo la acepté. Ni siquiera sabía qué era exactamente, pero todos bebieron salvo Link y Karud. Incluso los sheikah estaban bebiendo. El sabor me proporcionó algo de calor en la noche fría, y de pronto tuve la necesidad de deshacerme de la capa.
—Por el maldito puente sheikah de Kakariko —dijo Karid, uno de los constructores que Karud tenía al mando.
Los demás bebimos con él. Los sheikah también se unieron, y contuve un suspiro de alivio. Por un momento había temido que fueran a tomárselo como un insulto.
La conversación fue agradable. Todos contaron anécdotas, sobre todo los hylianos que Karud había traído. Los de Onaona escuchaban en silencio salvo por un niño que lanzaba preguntas cada cierto tiempo. Lo habían traído de Kakariko y, aunque no pudiera ayudar mucho en la reconstrucción, nadie tenía el valor suficiente para decírselo a su familia. Tampoco molestaba ni se interponía en nuestro camino, y les habíamos ofrecido cobijo a todos ellos, al fin y al cabo.
—Una vez, mientras construíamos en Hatelia, me cayó una piedra en el pie —dijo Karaden, arrastrando las palabras—. Pero una piedra de tamaño considerable. No pude andar durante una semana.
Su hermano asentía en silencio, como apoyando su historia.
—¿Y cómo demonios sobrevivió tu pie a eso? —preguntó una mujer zora de escamas rojizas.
—Los hylianos tienen los pies de hierro —farfulló el sheikah más viejo—. ¿No lo sabías?
La mano que Link tenía alrededor de mis hombros se tensó de golpe, y yo contuve el aliento al ver la forma en que el rostro de la mujer zora se llenaba de irritación.
—No sabía que los sheikah tuvieran sentido del humor —dijo.
—Qué extraño. Cualquiera diría que los zora sabéis más que cualquier otra criatura del resto de Hyrule.
Los otros sheikah rieron, y algunos hylianos forzaron unas pocas risitas. Otros rieron a carcajadas, aunque posiblemente se debía a la bebida. Incluso yo comenzaba a sentirme mareada.
La mujer zora fue a responderle, pero entonces otro de sus compañeros le susurró algo que ni Link ni yo pudimos entender, y acabó guardando silencio. Karaden siguió con su anécdota, y Karud no parecía haberse inmutado de la tensión que permanecía en el aire.
—Te lo dije —me susurró Link, sin apartar la vista de los sheikah, que aún reían a su lado.
Observé a los zora, que se encontraban a mi derecha. Unos pocos se mantenían en silencio, aunque la mayoría participaba en la conversación como si nada hubiera ocurrido./p
p class="p1" style="margin: 0px 0px 24px; font-variant-numeric: normal; font-variant-east-asian: normal; font-variant-alternates: normal; font-kerning: auto; font-optical-sizing: auto; font-feature-settings: normal; font-variation-settings: normal; font-stretch: normal; font-size: 18px; line-height: normal; font-family: 'Helvetica Neue';"—Habrá que vigilarlos —susurré de vuelta—. Espero que no ocurra nada.
Sentí una pizca de pánico, y la sombra de la duda empezó a asomar de nuevo. Las cosas iban demasiado bien. Tenía que ocurrir algo malo; siempre ocurría algo malo. Y sería culpa mía.
—¿Zelda? —dijo Link. En su voz había auténtica preocupación ahora—. ¿Seguro que todo va bien?
Cerré los ojos e inspiré hondo para calmarme. Tenía la respiración agitada.
—No quiero estropearlo todo, Link —dije con un hilo de voz—. De verdad. Me da tanto miedo hacerlo...
Él suspiró. Sentí sus ojos sobre mí, y me obligué a devolverle la mirada.
—Zelda, tú eres quien menos posibilidades tiene de estropearlo todo. Créeme. Escúchame esta vez.
Dejé escapar el aire de forma temblorosa y permití que me atrajera hasta su hombro. Tomé otro trago de la bebida y las ideas solo se volvieron más confusas. Aun así, me descubrí disfrutando de la calidez de su cuerpo contra el mío otra vez.
—Dadle las gracias por todo esto a Zelda —dijo Karud de pronto—. Sin ella, nada habría funcionado. Seguiríamos siendo unos fracasados escarbando en la Llanura de Hyrule. Ella ha organizado esto, en realidad.
Escuché aplausos, y abrí los ojos para mirar a Karud. Sonreía ampliamente. No había una pizca de burla en su expresión.
—Si tuviera una de esas jarras, brindaría por ti.
Sonreí y le di las gracias. Los demás me devolvieron el gesto. La mayoría, al menos. Otros se mostraron indiferentes, aunque me alegró ver que los hylianos sí me sonreían. No eran como los de Hatelia. Eso era una buena señal.
—¿Lo ves? —me susurró Link—. No vas a arruinar nada.
Le sonreí con calidez y luego volví a cerrar los ojos porque todo daba vueltas gracias a la bebida.
—Mirad a ese pobre muchacho —suspiró Karud—. Me temo que has caído en un pozo sin salida, amigo mío. ¿Recordáis la casa vieja que íbamos a derribar en Hatelia? Este jovencito fue quien la compró. Dadle las gracias a él también. No habría confiado en nuestra querida Zelda si él no me hubiera dicho que es de fiar. Los dos sois unos jovencitos muy peculiares, sin ánimo de ofender. Pero os queréis, y eso es lo importante. Brindad por eso también.
Escuché a los demás reír, y supuse que habían obedecido a Karud por el tintineo de las jarras. Cuando todo estuvo en silencio otra vez, Link habló por primera vez.
—Karud —dijo—, ¿te gusta mucho tu nariz?
Estuve a punto de dejar escapar un sonido agudo muy vergonzoso. Abrí los ojos de golpe para encontrarme a Karud con aspecto confundido, aunque seguía sonriendo.
—Siempre he considerado que es uno de mis mayores atractivos. ¿Lo preguntas por algún motivo en especial?
—No —respondió Link—. Llevo un tiempo pensando en la mejor forma de rompértela.
Todos rieron. Incluido Karud. Link pareció satisfecho.
Se me escaparon unas cuantas carcajadas, aunque decidí no pensar en lo que Karud hubiera hecho en caso de haberse ofendido de verdad. Esa noche habría acabado mal por algo que no tenía nada que ver con los sheikah ni con los zora.
Ahora todos querrían conocer personalmente al hyliano que había amenazado con romperle la nariz al maestro de obras delante de todo el mundo. Link odiaría la atención, pero esa vez se lo había buscado él solito.
Unas horas más tarde —y varias jarras de aquella bebida ardiente después— empecé a tener problemas para mantener los ojos abiertos. Los hylianos de Onaona se habían retirado ya y los sheikah se habían esfumado, así que me dedicaba a escuchar a medias una conversación sobre las construcciones de la Región de los Zora. O al menos así había empezado, porque, un rato después, cuando me concentré de nuevo en lo que estaban diciendo, hablaban de la bebida típica gerudo. Y también de las mujeres gerudo, pero eso no era ninguna sorpresa. Por supuesto, Karel, que había sufrido el ataque de un guardián, también había tenido aventuras en el desierto e incluso había conocido a una gerudo de carne y hueso.
Link seguía teniendo un brazo a mi alrededor. Me había envuelto en su capa también, aunque su cuerpo irradiaba calor. De vez en cuando me besaba la frente. Sentía el movimiento de su pecho cerca de mi mejilla, y eso me ayudaba a relajarme.
—Gracias por quedarte completamente sobrio esta noche —le dije, arrastrando las palabras también.
—Mañana tendrás un dolor de cabeza horrible —replicó él—. Pero no has hecho el ridículo.
—Gracias a ti.
—En parte —reconoció—. Te llevaré de vuelta a la tienda dentro de un rato.
Me sentía a salvo, así que decidí creerlo. Sin embargo, aquella noche tuve pesadillas.
/—/—/—/
VIASHA
Las celdas no me gustaban.
Eran pequeñas, calurosas y oscuras. Estaban llenas de arena y a saber qué más. Pero no era la primera vez que estaba en una. Sospechaba que sí sería la última.
De niña, me habían encerrado en una de las celdas de la Ciudadela Gerudo durante un día por haber robado cuatro sandías gélidas para Tadd. Aquella había sido mi primera vez en una celda y todavía, años después, recordaba lo aterrorizada que había estado. Me había jurado a mí misma que no volvería a pisar una prisión.
Había incumplido ese juramento, igual que todos los demás.
Unos años después, las gerudo me habían encerrado de nuevo por ser miembro del clan Yiga. Había conseguido escapar, por suerte. La siguiente había sido por haber matado a un hombre que se parecía al elegido hyliano. Había estado equivocada, sin embargo, y había decepcionado a Tadd. Él siempre decía que nuestro Dios solo se llevaba las vidas necesarias.
Había vuelto a escapar por mí misma, hasta que me atraparon de nuevo junto a las murallas. Unos días después, conseguí escapar de forma definitiva, y entonces había empezado a tomar precauciones. Tadd no podía perderme porque era una pieza importante en su nuevo plan. Uno que ni siquiera el Maestro Kogg conocía.
Y ahora volvía a estar allí. En las celdas de la Ciudadela Gerudo. Podrían haberme llevado a la prisión para hombres que se encontraba fuera de los muros de la ciudad. Al menos así no habría sido tan aburrido. Las paredes no me habrían resultado tan familiares.
Sabía que las otras celdas estaban vacías, y que todos los demás habían muerto ya. No podía sentir nada por ellos, ni siquiera una pizca de tristeza por haberme quedado completamente sola. Mi propio dolor era tan inmenso que se volvería insoportable si sufriera también por la destrucción del clan Yiga. Y tenía que resistir un poco más.
Ya no había ningún plan. El plan se había hecho pedazos tras la muerte de Tadd y la llegada de los sheikah a la aldea. No nos había quedado más opción que huir. Y, cuando estuvimos a salvo, salimos en busca de la princesa. Pero habíamos subestimado al asesino a sueldo con el que viajaba, y habían sido más escurridizos de lo que cabría esperar.
No descansaría hasta verlos muertos. Si no a ambos, al menos a uno de los dos. Era lo que Tadd habría querido que hiciera. Y no pensaba decepcionarlo esa vez.
La gerudo que guardaba mi celda tenía aspecto aburrido. Me acerqué a los barrotes, pero ella no se inmutó. Dejé escapar un gemido de dolor.
—Por favor —susurré con tono suplicante—. Acércate. Por favor.
Ella suspiró, pero obedeció y se acercó peligrosamente a los barrotes.
—Agua —le dije.
—Tú no puedes pedir nada —dijo con desprecio—. ¿Cómo es que todavía estás viva?
Fingí que sollozaba. Clavé la vista en sus manos.
—Por favor —repetí.
Ella fue a decir algo, pero entonces extendí mis propias manos hacia los barrotes y cogí las suyas. Se le escapó una exclamación ahogada, pero pronto eso también se transformó en dolor cuando la malicia empezó a quemar su piel. Permanecí así durante un rato, hasta que se le saltaron las lágrimas y me miró con auténtico horror.
—No vas a gritar —le dije—. Si gritas, haré algo peor que esto. ¿Me has entendido?
Ella asintió rápidamente. Le mostré los grilletes y apreté un poco más el agarre de sus manos. La mujer lo comprendió al instante y sacó una llave de su cinturón. Era extraño e incluso divertido ver a una gerudo tan asustada. Un privilegio que muy pocos tenían.
Una vez estuve libre, cogí la espada de su cinturón y me la colgué a la cintura. No me serviría de mucho en mi estado actual, pero al menos no estaría desarmada.
—Espero que inventes una buena explicación —dije—. Tu matriarca no va a estar muy contenta.
Ella no respondió. Ni siquiera intentó detenerme. Era como si hubiera visto a un fantasma. No quería saber el aspecto que debía haber tenido mientras utilizaba la malicia para hacerle daño.
En la tercera celda había un agujero. Por allí había escapado la última vez que había estado encerrada. Me acerqué, ignorando el dolor, y empujé las piedras con cuidado. Se movieron al instante y dejaron un hueco por el que podría pasar.
—Arreglad esto —le dije a la gerudo—. Lleva aquí años.
No esperé a oír su respuesta y salí al desierto.
