LINK

Zelda llevaba casi una hora entera discutiendo con Karud. Había insistido en que la acompañara a hablar de sus próximos pasos con él, aunque a mí no me apetecía en absoluto. No quería ver a Karud, y no tendría nada útil que aportar a aquella discusión. Así se lo había dicho a Zelda, pero ella se había limitado a sacudir la cabeza y a suplicarme que al menos escuchara. Que estuviera a su lado, apoyándola. Sabía que ella no necesitaba mi apoyo ya, pero el brillo de súplica en sus ojos había hecho que me rindiera.

Siempre conseguía salirse con la suya. Incluso hacía cien años había sido así.

Y ahora los tres estábamos en la tienda de Karud. Ella y yo podríamos haber estado haciendo algo mejor, como cabalgar por una llanura que había visto cuando salí a practicar con la espada, más allá del puente. O podríamos haber estado en nuestra propia tienda, porque ni siquiera era mediodía aún.

Suspiré cuando la escuché alzar ligeramente la voz, pero no intenté intervenir. Le había robado la daga a Zelda, y la estaba utilizando para tallar líneas en la pequeña mesa de madera que Karud tenía en su tienda. Estaba tan desgastada que mi trabajo no se notaría siquiera.

Karud suspiró y tomó asiento en una silla, frente a mí. Enterró el rostro entre las manos. Zelda se mantuvo de pie, dándole la espalda. Disfruté del breve silencio y también tuve que contener la risa.

—Vas a perder —le advertí a Karud—. Ella siempre se sale con la suya.

Zelda se dio la vuelta con tanta brusquedad que me pareció oír un crujido doloroso, pero debieron ser imaginaciones mías, porque en vez de quejarse, me fulminaba con la mirada.

Karud contempló la mesa y la daga que tenía en las manos.

—Deja de destrozar mis muebles, mocoso.

—Intento ayudarte —repliqué, clavando la hoja en la madera con más ahínco.

—No estás ayudando —siseó Zelda.

—¿Por qué no vuelves con tu espada? —dijo Karud.

Clavé la daga con tanta fuerza que por un momento temí que la madera fuera a romperse de verdad.

—Te mueres de ganas por que te rompa la nariz, ¿verdad?

Karud enrojeció de ira.

—No eres más que un renacuajo. He visto niños de doce años más altos que tú. Con esos brazos tan flacuchos no podrías hacerme nada.

—Puedo romperle la nariz a cualquiera de un solo golpe. Créeme, tengo experiencia. Claro que la tuya es tan grande que a lo mejor...

—Se acabó —sentenció Zelda. Me arrebató la daga de las manos y la guardó en su cinturón de nuevo. Apoyó las palmas en la mesa—. No te he traído aquí para discutir —dijo, dirigiéndose a mí—. Quería que escucharas. Que nos ayudaras. Sé que eres capaz de tener buenas ideas. —Miró a Karud y él palideció ligeramente—. Deja de meterte con él. Tampoco ayudas. Es imposible llegar a un acuerdo si te distraes por cualquier cosa.

Agachó la cabeza después de eso. Mientras ella inspiraba hondo para calmarse, vi que brillaba un poco. Por eso Karud había palidecido, y por eso no podía dejar de mirarla. Intenté no parecer sorprendido para que él no pensara que yo también la estaba viendo brillar.

Yo estaba sonriendo cuando alzó la vista de nuevo. No podía evitarlo. Seguía estando radiante, incluso cuando se enfadaba.

—¿Vais a colaborar los dos? —preguntó.

Asentí sin pensármelo dos veces, aunque Karud vaciló.

—¿Son imaginaciones mías o ella está brillando?

Zelda se apresuró a examinar sus manos, aunque yo fruncí el ceño.

—¿Brillando? ¿Estás loco?

Ella comprendió y me siguió el juego. Dejé que hiciera su magia. Zelda era cien veces mejor mentirosa que yo.

—¿Estás seguro de que anoche no bebiste nada?

Su brillo estaba apagándose ya, poco a poco para que Karud no se diera cuenta de que Zelda lo estaba controlando de verdad. Se frotó los ojos y, cuando volvió a abrirlos, comprobé con cierta satisfacción que Zelda había conseguido dejar de brillar.

—Olvidadlo —suspiró él—. Serán cosas de la edad.

Zelda y yo nos miramos. Me encogí de hombros y ella inspiró hondo y tomó asiento a mi lado. Durante un rato, ninguno dijo nada.

—¿Link? ¿Qué piensas tú? —me preguntó ella de pronto.

—¿De ti brillando?

—No —suspiró—. De la reconstrucción.

—Ah. —Lo pensé un momento—. Recuérdame cuáles eran las opciones.

—Karud quiere ocuparse de los caminos. Yo quiero reconstruir una aldea. Imagina todas las oportunidades que eso nos brindaría.

—Te estás adelantando demasiado, cielo —dijo Karud—. No deberíamos ir tan deprisa. Reconstruir una aldea entera no es tan fácil como crees. Y no podemos pasar mucho tiempo trabajando en lo mismo. Quienes no se dedican a esto acabarán cansándose.

—Ellos saben por qué han venido. Saben que es un proyecto largo y tedioso. Yo misma lo dije cuando hablé con ellos. Y aun así han decidido ayudar. Sus motivaciones deberían ser nuestra última preocupación.

—Quizá lo sepan, Zelda —repuso Karud—, pero no todos están preparados. Por eso quizá lo mejor sea separar el grupo en dos.

—No podemos hacer eso. Todavía es demasiado pronto. Nunca aprenderán a trabajar todos juntos, como un grupo de verdad.

—Al menos evitaríamos problemas.

Zelda cogió mi mano.

—Dime qué piensas tú —susurró.

La miré a los ojos y luego miré a Karud, que parecía derrotado. Debía pensar que iba a posicionarme al lado de Zelda. ¿Por qué demonios tenía la sensación de que el futuro dependía de lo que yo dijera? Odiaba tener la última palabra, y Zelda lo sabía. No debería decidir por gente más versada que yo.

Sin embargo, me habían preguntado lo que pensaba.

—Podríamos hacer las dos cosas —dije, encogiéndome de hombros.

—¿Qué? —dijeron los dos al unísono.

—Podríamos trabajar en los caminos mientras avanzamos hacia las ruinas de una aldea. Sería una marcha lenta, pero en el fondo los caminos no necesitan tantos arreglos.

Ninguno dijo nada por un breve instante.

—Demasiado gasto de materiales —dijo Karud.

—No —repliqué—. No vas a usar piedra ni ladrillo para los caminos, solo para la aldea. Los caminos solo necesitan ser más anchos. Ya son seguros. Los que necesitan más arreglos son las que pasan en medio de las ruinas, y eso nos lleva a las aldeas que se podrían reconstruir.

—La Llanura de Mogur es el montón de ruinas más cercano —dijo Karud—. ¿Qué haremos cuando lleguemos allí siguiendo tu plan?

—Apartar los escombros que más molestan para pasar —contesté—. Podemos ocuparnos del resto más tarde, cuando haya voluntarios suficientes para dividirnos en grupos.

Miré a Zelda y callé de golpe. Había hablado demasiado. Seguro que no había dicho más que tonterías. No debería haber entrado en aquella tienda en primer lugar.

Mis pensamientos se detuvieron, sin embargo, cuando su mano se aferró con más fuerza a la mía.

—Tienes que hablar más a menudo, Link.

Sonreía. No la había visto sonreír en todo el día, y eso me tranquilizó un poco. Karud seguía sin parecer del todo convencido y en el rostro de Zelda también leía dudas, pero ninguno se había opuesto del todo a la idea.

Dijeron que iban a pensarlo. Que al día siguiente tomarían una decisión. Supuse que Karud querría hablar con sus constructores y contarles lo que se me había ocurrido en la reunión. No podía creer que de verdad estuvieran tomándoselo en serio. Examiné mis manos mientras salíamos de la tienda de Karud, pensando que tal vez me había convertido en otra persona. En alguien que decía cosas inteligentes. Pero los callos y las viejas cicatrices seguían estando donde siempre habían estado, así que tenía que seguir siendo yo. Eso lo volvía todo aún más surrealista.

Al llegar a nuestra tienda, dejé la Espada Maestra contra la lona. Me detuve un momento para mirar la hoja. Aquello era todo lo que había conocido. Servía para blandir un arma entre las manos, no para decir cosas inteligentes. Aunque ni siquiera sabía si lo que había dicho era inteligente; no sabía nada de construir edificios ni de viajar en grupo. Diosas, me había metido en algo mucho más grande que yo, y ahora no tenía escapatoria.

—¿Por qué lo has hecho? —le pregunté a Zelda, que me observaba desde el otro lado de la tienda con un brillo extraño en los ojos. Ella sabía a qué me refería.

—Para que te des cuenta de lo mucho que te subestimas a ti mismo, Link. Estás tan acostumbrado a decir que solo entiendes de espadas para escaquearte de situaciones difíciles que has acabado creyéndotelo.

Me senté a su lado.

—Eso no es verdad.

—Oh, créeme que lo es. Lo he visto con mis propios ojos, Link. He pasado mucho tiempo contigo. Aprendiendo. ¿Y sabes de qué me he dado cuenta?

—¿De que soy aburrido?

—De que eres más complejo de lo que puede parecer. Cuando estábamos en Kakariko por primera vez, pensé que ya te conocía. Ya sabía que eras Link, honorable, valiente y reservado, aunque no tenías muchas reservas conmigo. —Fui a hablar, pero ella hizo que cerrara la boca con una mirada—. Pero entonces no sabía que es increíblemente difícil ver a Link celoso, ni que es más testarudo que yo, por muy difícil que sea de creer. Tampoco sabía que los niños adoran a Link, ni que puede cocinar mejor que los antiguos cocineros del castillo.

—No exageres.

—No me interrumpas —dijo—. Te va a sorprender, pero no sabía que Link intenta ir de tipo duro y que en el fondo es más sensible que yo. Jamás me habría imaginado que le diera miedo algo como estar solo, después de los horrores que ha visto, aunque nunca habla de eso. No sabía que puede ser terriblemente inteligente a veces ni que se le da muy bien escuchar conversaciones ajenas. Tampoco sabía que es muy convincente, aunque no se dé cuenta. Hace que todos se pongan de su parte casi de inmediato. No sabía que detesta gastar dinero, aunque en realidad lo que más odia en el mundo es matar. ¿Me equivoco?

Negué con la cabeza en silencio. Prefería mantener la boca cerrada porque, si hablaba, no podría controlarme.

—Antes tampoco sabía —añadió en voz baja— que Link nunca ha contado sus cicatrices, pero sabe dónde están las mías.

—¿Cómo sabes eso?

Sonrió y se encogió de hombros.

—No estoy ciega —se limitó a responder—. Ahora sé todo eso. Y dime, ¿algo de lo que he dicho es mentira?

Vacilé y titubeé un momento. La miré a los ojos y descubrí que ella estaba muy tranquila, como si ya supiera la respuesta. Y, en el fondo, yo también la sabía.

—No —dije en un susurro—. Pero no cocino mejor que...

—Esa es mi opinión —sentenció ella con cierta irritación—. Podría seguir hablando de esto, pero no quiero aburrirte. Así que deja de hacer el idiota y piénsalo de una vez. Lo que has dicho hoy...

—Es ridículo.

—Aunque sea ridículo, y no opino que lo sea, tienes que creerlo. Sabes convencer a muchos porque crees en lo que estás diciendo.

—Me lo estaba inventando sobre la marcha, Zelda.

—¿Sabes todo lo que yo me he inventado sobre la marcha?

—Quería ayudarte.

—Y lo has hecho.

Asentí en silencio, sin palabras otra vez.

—¿Me prometes que recordarás todo lo que te he dicho? —preguntó.

—Lo intentaré. Tengo...

—... mala memoria. Lo sé.

—Seguro que tampoco sabías que a Link le gusta bromear con cosas serias, ¿a que no?

Me fulminó con la mirada.

—Sabía que le gustaban los chistes malos —repuso ella—. Pero quiero a Link tal y como es. Y estoy orgullosa de él. Creo que no se lo dicen mucho.

Debía llevar un rato sonriendo, porque me dolía la cara. Tenía razón en lo de que era sensible, aunque se me daba bien ocultarlo.

—No —murmuré—. No se lo dicen mucho.

Ella sonrió también.

—Entonces es mi trabajo recordárselo.

Guardé silencio, pensando en todo lo que me había dicho. Diosas, aquella noche le haría la mejor cena que había tenido nunca. Incluso saldría yo a cazar. Haría que lo de ser mejor cocinero que los del castillo fuera cierto.

—Yo no voy de tipo duro —le dije con el ceño fruncido.

Ella alzó una ceja, divertida.

—¿Ah, no?

—Claro que no.

—Mientes fatal.

Le di la razón en lo último, pero seguía sin saber a qué se refería con lo de ir de tipo duro. A veces intentaba ocultar lo que sentía, pero ella no podía creer que eso fuera para parecer un tipo duro, ¿verdad? Me conocía demasiado bien. Ocultar lo que sentía no era más que un acto instintivo. Algo que me salía solo. Una mala costumbre, nada más.

Zelda dio la conversación por terminada y empezó a escribirle una carta a Impa hablándole de sus logros con el puente. Ojalá pudiera verlo con sus propios ojos, pero suponía que Impa era ya demasiado anciana para salir de Kakariko. Al menos Pay podría venir a verlo.

Después de mediodía, decidí salir a cazar. Zelda me había dicho que había visto un gran número de conejos en el lugar donde solía entrenar con la espada. Esperaba que el grupo de constructores jóvenes de Karud no estuviera ya allí. Solían ir por la tarde, y no estaba de humor para sus tonterías. En el fondo sabía que estaba siendo injusto con ellos. Yo mismo me asombraría si viera la Espada Maestra por primera vez, pero ellos no tenían ningún derecho para no aceptar mis negativas cuando me pedían blandirla.

No me fue muy difícil encontrar los conejos de los que Zelda había hablado. Saqué el arco. Ya no lo sentía tan familiar como antes. Zelda lo había usado ya más veces que yo, tanto que era más suyo que mío. Algún día, le haría un arco propio. Uno que fuera suyo desde el principio. Y que fuera más bonito, también. Menos rudimentario.

Cogí una flecha y tensé la cuerda. Había perdido práctica con el arco —confiaba en que Zelda hiciera ese trabajo por mí—, pero aun así conseguí acertar. Recogí el cuerpo del animal, satisfecho, y estaba dando media vuelta para marcharme cuando percibí movimiento entre los arbustos cercanos. Me detuve al instante y escudriñé la maleza. Podría seguir mi camino sin más; lo más probable era que se tratara solo de un conejo. Pero la curiosidad pudo conmigo. La desconfianza y preocupación tampoco ayudaron. No quería poner al campamento en peligro si lo que quiera que fuera aquello resultaba una amenaza.

Me acerqué a los arbustos con sigilo y, al apartar las ramas, me permití relajarme un poco. Un niño cubierto de tierra no podía ser una amenaza para el campamento.

Cuando alzó la vista, lo reconocí como el niño al que habían traído de Onaona. Había venido de Kakariko con su familia para reconstruir. Sabía que al principio Karud y su compañía habían estado pensando en obligarlo a marcharse porque no podría colaborar en las tareas de construcción. Aunque, tras enterarse de lo sucedido en Onaona, habían terminado sintiendo pena y lo habían dejado quedarse. No solía verlo mucho por los campamentos, sin embargo. Debía pasarse el día en los alrededores, haciendo las cosas que hacían todos los niños. No lo culpaba.

—Has matado a un conejo —susurró, horrorizado.

Hice una mueca, pero ya era demasiado tarde para ocultar al animal. Podría intentar limpiar la sangre de mis manos, pero no había ningún arroyo cerca.

—Tú comes conejos muertos todo el tiempo —le dije.

Comprendí, quizá muy tarde, que eso era lo peor que podría haber dicho en aquella situación. Empezó a sollozar mientras las lágrimas corrían por sus mejillas cubiertas de tierra, y me quedé muy quieto, sin saber qué hacer.

—Mamá dice que está mal molestar a los conejos —sollozó.

Intenté recordar lo que hacía cuando mi hermana lloraba, cien años atrás. Había pasado una eternidad desde la última vez que había pensado en eso, pero recordaba abrazarla. Y hacerla reír para que olvidara lo que la hubiera puesto triste. Lo malo era que no sabía cómo hacer reír a aquel niño —ni siquiera sabía su nombre—, y tenía las manos cubiertas de sangre de conejo. Sospechaba que nada de eso mejoraría las cosas. Lo único que se me ocurrió fue dejar el conejo a un lado, oculto para que él no pudiera verlo, y luego me arrodillé sobre las hojas secas, donde él estaba.

Esperé pacientemente a que dejara de llorar, sin decir nada ni hacer un solo gesto. Se le pasó antes de lo que había pensado, y vi que me miraba con curiosidad.

—No puedes curar al conejo, ¿verdad?

—No. Está muerto.

Sus labios temblaron y por un momento temí que fuera a llorar otra vez. Sin embargo, no lo hizo.

—¿Por qué lo has matado?

—Porque tengo que comer. Así funcionan las cosas. Es injusto, lo sé. A mí tampoco me gustaría ser un conejo, pero hay cosas que no se pueden cambiar.

Él asintió lentamente. Dudaba que lo hubiera comprendido; era demasiado joven para eso. Sin embargo, pareció olvidarse del conejo y siguió escarbando en la tierra. Me fijé en lo pequeño y menudo que era, y también en sus rodillas cubiertas de arañazos. Tenía la piel tostada por el sol.

—¿Cuántos años tienes? ¿Cinco?

—Seis —dijo él orgulloso, mostrándome los dientes desiguales.

—¿Qué demonios haces aquí tú solo?

Me miró con el ceño frunció y dejó de escarbar.

—Decir demonios no está bien. Es una palabra mala.

Podría haberle discutido eso, pero no quería que llorara de nuevo. Así que me limité a asentir y miré a nuestro alrededor. Si prestaba atención, aún podía escuchar los leves y lejanos sonidos del campamento.

—¿Tu madre te deja llegar tan lejos? ¿Sabes volver tú solo?

—Sí y sí.

Fue mi turno de fruncir el ceño. Si aquel fuera mi hijo, no lo dejaría llegar tan lejos del campamento sin compañía. Y menos aún si era un niño de apenas seis años. Aparentaba menos de los que realmente tenía.

—¿No tienes más amigos?

—Aquí no. En casa sí.

La reconstrucción debía parecerle aburrida. No había niños de su edad alrededor, aunque tal vez eso cambiara con el tiempo. O tal vez no cambiara nunca; los niños no servirían de nada en un trabajo tan difícil. Solo supondrían una carga, algo que demoraría a los demás. Uno solo no molestaba, pero si se congregaba un grupo entero de niños, tendríamos problemas.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.

—Resik.

—Eras de Onaona, ¿verdad?

Pareció confundido otra vez.

—¿Qué es eso?

—Es una aldea. Una que está junto al mar.

Su rostro se iluminó.

—Mamá me lleva a buscar peces en bote —dijo—. No nos los quedamos, claro. Una vez vimos uno enorme.

Intenté recordar si con seis años yo había sabido el nombre de mi propia aldea. Lo dudaba mucho. Tal vez habría oído el nombre, pero era demasiado joven para asociarlo a nada. Había sido una tontería preguntárselo a aquel niño.

—Tú eres más viejo que mamá, ¿no?

—No lo sé. No conozco a tu madre.

—Oh. Pues pareces viejo.

—Gracias.

Me mostró los dientes desiguales de nuevo.

—De nada.

Empezó a canturrear en voz baja, y me limité a observar cómo trabajaba, en silencio.

—¿A qué te gusta jugar? —preguntó.

—Yo...

—Juegas a matar conejos, ¿no?

Contuve un escalofrío. Lo había dicho de una forma tan alegre y despreocupada que había dado hasta miedo.

—Eso no es un juego. Soy muy mayor para jugar.

—Oh. —Pareció decepcionado—. Entonces eres como los demás.

—¿Los demás?

Señaló en dirección al campamento. Entonces sí sabía dónde estábamos y cómo volver.

—¿A qué te gusta jugar a ti? —quise saber.

Su expresión volvió a iluminarse.

—A hacer figuras en la tierra. En casa lo hago con arena. Mira.

Cogió un puñado de tierra húmeda de las últimas lluvias y la mezcló con tierra seca. Luego hizo una bola con ambas.

—¿Sabes hacerlo?

ntenté recordar a qué jugaba cuando tenía su edad. Por aquel entonces mi padre me llevaba de viaje. Jugaba con los niños en las aldeas que visitaba, pero no recordaba los juegos exactamente. Solo sabía que regresaba muy sucio y que mi padre nunca se enfadaba conmigo por ello. Por el contrario, parecía divertirlo. Él solía volver a casa igual, de todas formas. Mi madre lo detestaba.

—Puedo intentarlo —le dije a Resik.

Seguía teniendo sangre de conejo en las manos, pero a él no pareció importarle. Lo ayudé a hacer formas con la tierra y, al acabar, él sonrió ampliamente y admiró la extraña creación.

—Se lo enseño a mamá luego —decidió con sorprendente firmeza.

—¿Por qué no vuelves con tu madre? Puedo acompañarte si quieres. Está casi atardeciendo ya.

Resik miró al cielo y asintió. Me sacudí la tierra de las manos y las rodillas del pantalón y fui con él de vuelta al campamento. No estaría tranquilo si lo dejaba allí solo, a la intemperie. Aunque no hubiera monstruos ya, aquel no era lugar para un niño tan pequeño.

Corrió a la tienda que debía compartir con su familia después de despedirse, y yo me dirigí a mi propia tienda, llevando el conejo al hombro. Zelda estaba leyendo uno de sus libros cuando entré. Se había traído algunos de Hatelia. Me alegró que estuviera tomándose un descanso, por corto que fuera.

—Vaya, ¿has conseguido algo? —rio ella—. Te ha llevado un rato, Linky.

Sonreí y cogí su daga. En nuestra tienda había un pequeño brasero y ella había conseguido encenderlo. Me senté a su lado y agradecí el calor en silencio.

—Estoy perdiendo facultades —suspiré.

—Da gracias por que me tienes a mí.

La besé en los labios con cuidado.

—Doy gracias por eso cada día. No te preocupes.

Ella se ruborizó, aunque intentó ocultarlo con un bufido de desdén.

—Deja esas sensiblerías.

—Y luego soy yo quien se hace el tipo duro.

Apretó los labios, supuse que para no reírse. No dijo nada más, así que empecé a limpiar el conejo.

—¿Qué vas a hacer con eso?

—La mejor cena que has probado jamás.

Alzó una ceja, divertida.

—¿Cuál es la ocasión especial?

—Que te quiero. ¿Tiene que haber alguna otra ocasión especial?

Sus mejillas se tiñeron de un rojo aún más intenso. Se apartó de mí con un gruñido.

—Estás terriblemente sensiblero últimamente. ¿Me has robado algún libro de poesía?

Fruncí el ceño y pensé en la creciente columna de libros que ella había construido en casa. No tenía ningún lugar adecuado para guardar sus libros, en realidad. Y los que sí eran adecuados ya estaban llenos.

—¿Tienes libros de poesía? —le pregunté.

Ella sacudió la cabeza y me miró como si hubiera dicho una verdadera tontería. No me sorprendería que así fuera. ¿Cómo demonios podía pensar que era inteligente si soltaba estupideces siempre que se me presentaba la ocasión?

—¿Por qué no te vas a hacer esa famosa cena?

Eso hizo que sonriera. Recogí todo lo que necesitaba y salí de la tienda. Allí estaba la cacerola. Nuestra tienda no tenía ningún espacio adecuado para encender una hoguera, y el brasero distaba mucho de ser suficiente. No había nada que me apeteciera más que quedarme en el interior de la tienda, cálido y junto a Zelda. Ni siquiera me importaría leer su libro.

Le había dicho a Zelda que no saliera. Que sería una sorpresa. No sabía muy bien por qué estaba haciendo todo aquello, a decir verdad; no había fechas especiales cerca. Quedaba tiempo para su cumpleaños y para el mío también. Ya habíamos celebrado la finalización del puente y nada especial había ocurrido. Pero no cocinaba para ella desde hacía una eternidad —aunque probablemente estuviera exagerando—, y no tenía la suficiente maestría con las palabras para decirle que lo que me había dicho aquella mañana había sido importante. Muy importante, de hecho.

Quien era malo con las palabras debía confiar en los actos. Lo había aprendido con el paso del tiempo.

Escuché a Zelda moverse en el interior de la tienda y, cuando miré de reojo, vi que estaba poniéndose su vestido para dormir. Sonreí para mis adentros y sentí una ya familiar calidez en el estómago. No obstante, dejé de mirar poco después. No era tan idiota.

Tampoco quería quemarlo todo de nuevo por estar pensando en tonterías. Lo mismo había pasado la última vez, y un par de noches después de comer la cena quemada ella se había quejado de un leve malestar en el estómago. No era casualidad. Y no iba a volver a enfermar por mi culpa.

Cuando volví a mirar, ella ya había regresado con su libro y se había deshecho de las trenzas del pelo. Mientras removía los contenidos de la cacerola con una cuchara de madera, recordé lo sucedido la noche anterior. Había esperado que se durmiera tan pronto como había llegado a la cama, y eso hizo. Sin embargo, me desperté unas horas después, porque ella no dejaba de dar vueltas y murmurar cosas en sueños. Por un momento había estado confundido. La noche anterior había estado bien, feliz. En paz. ¿Por qué las Diosas tenían que ser tan crueles y dejarle una pesadilla como recompensa por su enorme trabajo?

Ella brillaba con su luz dorada; era tan fuerte que iluminaba toda la tienda, y había temido que fuera a perder el control. La había despertado con toda la delicadeza del mundo, pero aun así, cuando ella abrió los ojos por fin, gritó e intentó liberarse de mi agarre con desesperación. Conseguí resistir hasta que Zelda volvió a ser Zelda por fin. Pero entonces había llegado la peor parte; ella empezó a sollozar sin remedio, con tanta fuerza que temí que estuviera doliéndole algo. Y durante un terrible, terrible instante, la había sentido tan frágil como al salir del castillo.

—Zelda —le había susurrado—, Diosas, ¿qué demonios has visto?

Ella me miró entre jadeos y sollozos estrangulados.

—Tengo... t-tengo que... Lo he visto. Lo he visto otra vez.

Recordaba haber puesto una mano en su hombro. Ella no se había apartado, tal vez reconociendo mi tacto.

Más tarde, ella me pidió disculpas. Y yo insistí en que no tenía por qué pedir perdón, como siempre hacía. Había permanecido a su lado hasta que se calmó al fin, y luego me había costado volver a dormir. No me sentí del todo tranquilo hasta que su brillo se apagó por fin.

No habíamos hablado de ello. No por ahora, al menos. Ella no se había detenido a hablar conmigo; se había puesto en pie y había ido a hablar con Karud sin tomarse un solo respiro.

Comprendí con una pizca de culpabilidad que no debería haberla dejado sola aquella tarde. Sabía que ella no se enfadaría, pero tendría que haberla ayudado a sentirse mejor. Aunque no las recordara, su humor siempre caía en picado cuando tenía pesadillas.

Escuché pasos acercándose y vi a la curandera sheikah —había vuelto a olvidar su nombre— yendo en mi dirección.

—Eso huele de maravilla, Maestro Link —dijo, señalando la cacerola.

No les había dicho a los sheikah que dejaran de llamarme Maestro Link. Sabía que Zelda había hablado con ellos para que olvidaran los títulos y quiénes éramos en realidad, pero yo no había insistido en que me llamaran simplemente Link. Tampoco era muy raro que los sheikah usaran aquel título. Nunca se dirigían a mí cuando había otros delante, así que no me preocupaba demasiado.

Le di las gracias con un gesto. Esperaba que ella se marchara después de eso, pero se limitó a arrodillarse al otro lado de la cacerola sin pedir permiso siquiera. Aquella mujer era muy distinta a los otros sheikah. Ellos nunca habrían sido tan osados para sentarse alrededor de una hoguera ajena. Ni siquiera se habrían atrevido a acercarse a mí en primer lugar. Me descubrí pensando que la curandera se comportaba como una zora y no como una sheikah.

—Mi madre preparaba unos guisos estupendos. Es de lo que más echo de menos de Kakariko —dijo.

—Mi padre también —respondí.

Ella me miró con los ojos muy abiertos, y me arrepentí al instante. Aquella mujer era sheikah. Por mucho que se esforzara en ocultarlo, sabía quién era yo, y nunca lo olvidaría de verdad. Lo último que deseaba hacer era darles más material para escribir canciones. No importaba que fuera solo un guiso. Podían sacar dos tonadas solo con eso.

Sin embargo, acabó sonriendo. Estaba removiendo los contenidos de la cacerola cuando la curandera soltó una exclamación ahogada y cogió mi mano. Mi primer instinto fue apartarme pero, al ver que solo examinaba las cicatrices, decidí permitírselo.

—Por Hylia —susurró—. Tenéis... muchas cicatrices.

—No has visto nada —bufé.

Ella alzó la cabeza y palideció visiblemente.

—¿Tenéis más?

Oh, no tenía ni idea. Ya estaba escandalizada y solo había visto mis manos. No me gustaba enseñar las cicatrices del pecho ni las más feas, así que me arremangué un brazo para que pudiera admirar algunas. Las menos graves.

—Algunas son de... de hace mucho tiempo. Otras son nuevas.

Ella lo examinó con cuidado y luego volvió a mis manos con aspecto abrumado.

—Os aconsejo precaución, Maestro Link. Habéis tenido suerte, pero algunas de esas cicatrices os provocarán secuelas con el paso del tiempo.

—Lo sé —mascullé—. No son bonitas, ¿a que no?

—Eso es lo de menos. —Se sacudió la tierra del pantalón y se puso en pie. Me miró con una sonrisa—. Tenéis suerte de tenerme aquí ahora. No volveréis a tener cicatrices tan graves mientras yo esté a vuestro alrededor.

—Yo no haría promesas.

Ella rio, pero había hablado muy en serio. Había sido gravemente herido y había visto a otros quedar heridos también, y ambas situaciones eran muy diferentes. En ocasiones era difícil saber qué hacer. Era difícil pensar en soluciones siquiera.

Mientras la observaba alejarse, pensé en mis cicatrices de nuevo. A veces desearía no tenerlas. Eran recordatorios, marcas. Nadie querría estar cubierto de cicatrices. Pero siempre lograba recordar todo lo que había ocurrido y dónde estaba ahora, y me sorprendía pensando que todas las cicatrices, incluso las más horribles, habían merecido la pena. Además, Zelda era la única que las había visto todas, y no le parecían tan espantosas. Si se lo parecieran me habría dado cuenta, aunque no la culparía. Yo también me asustaba a veces, al ver las más peligrosas. Las que deberían haberme matado.

Cuando volví al interior, Zelda me recibió con una sonrisa radiante, y olvidé las cicatrices al instante. Ella me ayudó a prepararlo todo rápidamente, antes de que la cena se enfriara.

Decidimos quedarnos dentro de la tienda. Muchos de los constructores de Karud saldrían ahora, y algunos podían ser muy ruidosos, sobre todo si se juntaban con los zora. Y prefería la paz y tranquilidad de nuestra tienda a las risotadas de un borracho.

—No mentías —dijo tras probar lo que había preparado—. Probablemente sea la mejor cena que he probado nunca.

—Yo no miento —repliqué, sonriendo sin poder evitarlo.

—Has llegado justo a tiempo. Tenía hambre. Oh, pica más que te costumbre —dijo de pronto, y abrí la boca para disculparme porque sabía lo poco que a ella le gustaba el picante, pero Zelda me interrumpió—. Esto va a sorprenderte, pero me gusta.

—¿De verdad?

Zelda asintió.

—¿Me enseñarás a prepararlo algún día?

—Es una receta secreta —contesté mientras lo probaba. Estaba bien, aunque lo mejor de todo era que no se había quemado—. No puedo decírtelo.

Ella hizo una mueca.

—Sé todos tus secretos ya. ¿Qué importa uno más?

Negué con la cabeza, divertido.

—Lo pensaré.

Ella sonrió, satisfecha, y durante un rato ninguno dijo nada. El silencio no estaba nada mal. Iba ya por el segundo cuenco cuando ella se decidió a hablar.

—¿Estabas hablando con alguien fuera?

—La curandera —dije yo—. La sheikah. Es un poco rara.

—No lo es. A mí no me parece extraña. Solo es distinta.

—Extraña.

—No es lo mismo —sentenció ella—. Si fuera hyliana, no dirías que es extraña, ¿a que no?

Tuve que darle la razón en eso. Sin embargo, Zelda permaneció pensativa.

—Está bien tener un curandero aquí por si ocurre algo.

Contuve un escalofrío. Me dije que no ocurriría nada. No mientras yo estuviera en el campamento. Sin embargo, no le dije nada de eso a Zelda. La preocuparía otra vez.

Su expresión había decaído otra vez, a pesar de todo. En esa ocasión no era culpa mía; no había dicho nada malo. Pensé que se debía a la precaución de tener una curandera en el campamento, pero me sorprendió sacando otro tema distinto.

—Siento lo de anoche —dijo a media voz, como si alguien fuera a oírla—. No quería asustarte. Ni empujarte ni intentar que te apartaras.

—No fue tan malo —repuse, sacudiendo la cabeza—. No es raro tener pesadillas, Zelda.

—Nadie brilla cuando tiene pesadillas. Eso solo me pasa a mí, Link.

Me fijé en su expresión alicaída. La había visto cientos de ocasiones, por desgracia, y aun así aborrecía que estuviera triste. Llamé su atención de nuevo.

—¿Puedo dar una hipótesis inteligente?

Ella dejó escapar algo que se parecía mucho a una carcajada, aunque distaba de serlo al mismo tiempo. Me lo tomé como una señal para continuar.

—Creo que no es tan raro que busques el poder. Te protege, después de todo. Cuando yo tenía pesadillas y estaba solo, quería tener la espada cerca. La buscaba. Sabía que en el fondo no la necesitaba pero las pesadillas dan mucho miedo a veces.

Callé después de eso y estudié su expresión. Recé por no haber dicho nada raro. No solía hablar de mis propias pesadillas con nadie, ni siquiera con ella. No era agradable hablar de aquello, y prefería apartarla de ese dolor. Tenía suficiente con sus propias pesadillas.

—Supongo que verlo de esa forma tiene sentido —dijo Zelda por fin—. Pero sigue dándome miedo que ocurra algo. No tengo control en esas situaciones, Link. Y por eso me gustaría que me prometieras una cosa.

—¿El qué? —Dejé la cena a un lado porque tenía un mal presentimiento. Y odiaba comer en momentos así.

—Si alguna vez pierdo el control y el poder se vuelve peligroso, prométeme que intentarás ponerte a salvo primero. —Cogió mi mano, la que más cicatrices tenía, y las trazó despacio, una a una. ¿Por qué todos se fijaban tanto en mis cicatrices últimamente?—. Yo nunca te haría daño, Link, pero cuando eso ocurre yo no soy yo, ¿entiendes? Y no me gustaría herirte porque tú te hayas preocupado por mí otra vez. Ponte a salvo primero y, cuando acabe, podrás preocuparte por mí todo lo que quieras.

—Anoche no me hiciste daño, Zelda —le dije con el ceño fruncido. No podía creer que aún estuviera torturándose por las quemaduras que me había hecho sin querer, cuando todavía no sabía controlar su poder.

—Sigue siendo una posibilidad —replicó, muy seria—. ¿Puedes prometerme que confiarás en mí con esto?

La miré a los ojos y acabé asintiendo, aunque seguía sin estar seguro de lo que haría si su poder se descontrolaba. No creía que fuera a perder el control nunca, para empezar. Se había vuelto demasiado fuerte para eso.

Zelda forzó una sonrisa y volvió a centrarse en su cena.

—¿No recuerdas tu pesadilla? —le pregunté con cuidado. Su expresión se torció de nuevo, y me arrepentí de habérselo recordado siquiera. Pero tarde o temprano habría que hablar de eso. Y prefería acabar con aquel asunto cuanto antes.

—No —respondió—. Creo que era solo una pesadilla normal. Pero estaba tan asustada y todo estaba tan oscuro cuando me desperté que..., bueno, ya sabes lo que pasó.

—¿Estás segura?

Zelda se limitó a asentir. Dudaba que hubiera sido solo una pesadilla normal. Ella no solía brillar cuando tenía pesadillas, y era raro que estuviera tan asustada. Pocas veces la había visto así después de tener una pesadilla.

A pesar de todo, no hice preguntas. No quería hablar de cosas que le dieran miedo y que tuviera otra pesadilla aquella noche. Sin embargo, no hubo ningún incidente. Incluso me mantuve un rato despierto mientras ella dormía, pero nada malo ocurrió. No empezó a dar vueltas ni a sollozar en sueños. Y, al día siguiente, tenía mejor aspecto. Cuando se lo dije, ella rio y respondió que era todo gracias a la cena que había preparado.

Sabía que era solo una estrategia para que preparara aquella cena más veces, pero aun así estuve de buen humor durante una parte considerable de la mañana.

Después de mediodía, Karud y Zelda volvieron a reunirse. Decidí esperar a que discutieran los dos solos y no interferir esa vez. Zelda protestó, por supuesto, pero no cedí en esa ocasión. Mientras esperaba fuera de la tienda de Karud, escuché pasos ligeros acercándose a mi espalda. Cuando me di la vuelta, vi al niño de la tarde anterior, al que había visto lejos de los campamentos. Resik. Sentí una extraña satisfacción por no haber olvidado su nombre.

—Mamá dice que gracias por traerme ayer —dijo.

Se sentó sobre la hierba con un suspiro.

—No salgas del campamento hoy —le dije—. No quiero que tu madre se preocupe.

—¿Qué es un campamento? —quiso saber con el ceño fruncido.

Se me escapó una carcajada. El niño pareció aún más confundido e incluso percibí una pizca de molestia en sus ojos.

—Esto es un campamento —dije, señalando las tiendas que nos rodeaban—. No te alejes de aquí.

Él asintió y examinó la hierba con atención. Luego pareció aburrirse y me miró a mí de nuevo.

—¿Tienes nombre?

—Claro que tengo nombre. Todos tenemos nombre.

—No —repuso, y pareció satisfecho por saber más que yo por una vez—. Papá no tiene nombre. Mamá sí, pero papá no.

Me arrodillé junto a él y trencé la hierba con cuidado. Resik intentó imitar lo que hacía, aunque solo consiguió crear figuras endebles.

—¿Dónde está tu padre? —quise saber.

Esperaba que al menos hubiera conocido a su padre. Aquel no había sido el caso para muchos niños hacía cien años, por desgracia. Sobre todo si eran niños ilegítimos. Nunca me había preguntado si en el nuevo Hyrule aquello seguiría ocurriendo.

—Mamá dice que está con las Diosas, pero que volverá pronto. Salió a pescar en barco cuando había tormenta.

Mi corazón se encogió. El niño parecía despreocupado, y supuse que aún no lo entendía. Era raro que entendiera la muerte de un conejo, pero no la de su padre. De verdad pensaba que él volvería algún día.

Bueno, yo no era el indicado para contarle la verdad.

—Seguro que tu padre es muy valiente —le dije, dándole golpecitos en el hombro diminuto. Aquello pareció gustarle, porque me mostró una amplia sonrisa.

—Sabe hacer daño con la lanza —dijo—. ¿Tú sabes hacer eso?

—Tuve un entrenamiento con la lanza —respondí, aunque estaba seguro de que aquel niño no entendía el significado de entrenamiento.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Tienes una lanza aquí?

—No —respondí—, pero...

—¿Puedes enseñarme a mí también? —preguntó, esperanzado—. Papá nunca me enseña.

—No tengo una lanza aquí.

Y, aunque la tuviera, no le enseñaría a sostener una lanza siquiera. Aquel niño no podía perderse tan pronto en el arte de matar. No podía seguir los pasos de otros ilusos que habían llegado antes que él.

—¿Me enseñarás? —preguntó de nuevo.

—No puedo. Aquí no tengo una lanza, y los demás tampoco.

—Pero...

—No puedo, Resik. Lo siento.

—Por favor, por favor, por favor —dijo con ojos suplicantes—. Mamá dice que todo se pide por favor.

—No tengo lanzas aquí. Ya te lo he dicho.

—Pero...

Zelda salió de la tienda de Karud de pronto. Sentí algo de alivio y me puse en pie de un salto. Ella me indicó que entrara con un gesto y luego regresó al interior. Resik me miraba con tristeza.

—Ahora vuelvo —le dije, y entré en la tienda sin mirar atrás.

Karud estaba escribiendo algo en unos papeles. Me sorprendió que no me dedicara ninguna mala mirada cuando tomé asiento frente a él. Zelda me sonrió. Parecía satisfecha.

—Vamos a adecuar los caminos mientras avanzamos, como tú has dicho.

—No vamos a dejarlos terminados —añadió Karud—. Solo vamos a arreglar lo que sea verdaderamente necesario. El resto lo dejaremos para cuando haya más gente.

Asentí despacio. Me alegraba de haber ayudado. Solo esperaba que no pensaran que siempre tendría buenas ideas, porque no era el caso. Distaba mucho de serlo, a decir verdad.

—Estamos esperando la llegada de los goron —dijo Zelda—. En cuanto estén aquí, nos pondremos en marcha. No creo que les falte mucho para llegar. —Hizo una pausa, mirándome fijamente—. ¿Qué te parece?

Miré a Karud, que también parecía estar esperando una respuesta. ¿Esperaban que tuviera la última palabra otra vez? Diosas, tendría que hablar con Zelda. No podía seguir poniendo tanta responsabilidad sobre lo que yo dijera. No era justo para nadie.

—Creo que... que está bien. Es un buen plan. Nos irá bien así.

Zelda sonrió y Karud dio una palmada.

—Se lo diré a mis constructores. Hay que empezar con los preparativos cuanto antes.

Cuando salí de la tienda —solo, porque Zelda estaba recogiendo sus cosas dentro—, vi que el niño seguía allí. Sentí una pizca de irritación cuando me suplicó con la mirada.

—Si tanto quieres una lanza —le espeté—, búscate una tú mismo.

Se me quedó mirando con los ojos muy abiertos, pero no dijo nada. Ni siquiera lloriqueó ni sollozó, aunque algo en su expresión hizo que me arrepintiera. Di media vuelta y me alejé de allí, sin mirarlo. No debería haber perdido la paciencia tan deprisa, eso lo sabía muy bien.

Fuera como fuese, el resto del día transcurrió con una extraña calma. Los zora y los sheikah se mantenían alejados, así que no había habido ningún problema por el momento. Aun así, permanecía alerta. Los hylianos de Onaona habían movido sus tiendas para colocarlas más cerca de las de los sheikah, y decidí pensar que aquello los mantendría distraídos.

Cuando Zelda acabó con los preparativos, conseguí convencerla para llevar a los caballos a una llanura cercana. Llevaban mucho tiempo sin salir de los campamentos, y sabía que al menos Viento llevaba días anhelando correr. Lo veía en la forma en que se movía. Así que Zelda me ayudó a ensillarlos y, poco después, llegamos a la llanura de la que le había hablado a Zelda. Era más amplia de lo que me había parecido al estudiarla desde la lejanía.

Monté sobre la silla de Viento y dejé que avanzara a buen paso. La hierba crujía con cada movimiento. Zelda no tardó en llegar a nuestra altura, a lomos de Calabaza. Me sorprendió la fuerza con que el viento azotaba mi capucha. Había nubes en el cielo. Esperaba que no lloviera; eso entorpecería enormemente los planes de Zelda.

Pasamos allí gran parte de la tarde. Acabé permitiendo que Viento cabalgara con libertad. No estuvo nada mal sentir la brisa en las mejillas otra vez. Tenía que apretar las piernas contra los costados del caballo, porque Viento parecía volar por la llanura. Me agaché sobre la silla cuando descendimos una colina cercana a toda velocidad. Al llegar abajo, desmonté de un salto y acaricié el hocico de Viento con una mano. Tendría que darle una manzana de las grandes cuando regresáramos al campamento. Había olvidado la bolsa dentro de nuestra tienda.

Lo agarré por las riendas y emprendimos el camino de vuelta a la llanura, colina arriba. Zelda había ido al galope con Calabaza también, pero al parecer no había querido bajar la colina. Al llegar arriba, la descubrí todavía a lomos de Calabaza. Me dirigió una mirada llena de desaprobación.

—Estás loco —dijo con la nariz arrugada—. Idiota temerario. Podrías haberte caído y te habrías roto el cuello.

Sonreí a medias.

—Tenemos una curandera para arreglar eso, ¿no?

Me dio un golpecito en el hombro.

—Imprudente.

Siguió haciendo comentarios sobre mi imprudencia y temeridad durante el viaje de vuelta, pero yo me limité a sonreír. Era extraño lo despreocupada que ella podía llegar a ser a veces, cuando se trataba de su propia seguridad, pero cuando se hablaba de la mía era peor que yo. Sin embargo, no le dije nada al respecto.

Aquella noche, después de la cena, nos despedimos de varios miembros del grupo —entre ellos Ishi, Karad y Karid— que se habían sentado junto a nuestra hoguera, y regresamos a la tienda.

Pero más tarde, a horas intempestivas de la noche, me despertaron unos ruidos en el exterior. Permanecí unos momentos escuchando, conteniendo el aliento y aferrándome a Zelda con fuerza. Eran pasos y susurros, y estaban muy cerca de nuestra tienda. Tanto que podría haberlos entendido, si no fuera por lo rápido que hablaban. Identifiqué una voz de mujer.

Me separé de Zelda con cuidado para no despertarla y me puse en pie. Rebusqué en su bolsa de viaje hasta encontrar la daga y la sujeté con firmeza. Fui de puntillas hacia la salida de nuestra tienda. Cuando la abrí para asomarme al exterior, no vi a nadie, así que salí del todo y seguí la dirección de las voces.

Ignoré el mordisco del aire frío en el pecho desnudo. Los ruidos venían de la parte de atrás de nuestra tienda.

Me detuve y escuché. Sentí algo de alivio cuando reconocí la voz de Karud, por sorprendente que pareciera. Nunca habría imaginado que sentiría alivio al oír a Karud, precisamente. Fruncí el ceño, preguntándome qué demonios estaba haciendo allí tan tarde, e incluso contemplé la posibilidad de regresar a la calidez de nuestra tienda. Pero la curiosidad pudo conmigo una vez más.

Ambos callaron al instante al verme allí. Karud estaba con una mujer hyliana llamada Kara. Era otra de sus constructoras. La había visto en compañía de Karaden y Karader.

—Oh, Link —dijo Karud, hablando en susurros—. Justo estábamos hablando de ti.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —le susurré también—. Vete a otra parte.

Él dio un paso en mi dirección.

—Verás —carraspeó, ignorando lo que acababa de decirle—, quería pedirte un favor. Un favor muy importante.

Suspiré y contuve las ganas de abofetearme a mí mismo para averiguar si aquello era solo una pesadilla. Tal vez pudiera abofetear a Karud; la mano me dolería igual.

—Es más de medianoche —gruñí, deseando volver con Zelda. Ella se preocuparía si se despertaba y no me encontraba a su lado. Y había estado tan bien sentir su piel cálida y suave contra la mía que el aire gélido al que estaba expuesto ahora era un infierno en comparación—. Seguro que puede esperar.

—Te aseguro que no puede esperar, Link —dijo Karud, mortalmente serio—. Esto me gusta tan poco como a ti.

Contuve otro suspiro y me crucé de brazos. Él parecía preocupado, y Kara también. Maldije a Karud en silencio. Fuera lo que fuese, sabía que no podría negarme a ayudarlos.

—Karud dice que has viajado. Que sabes moverte por lugares desconocidos —dijo Kara.

Miré a Karud, confundido, y me encogí de hombros. Él se removió con nerviosismo. Nunca lo había visto así.

—¿Recuerdas a ese niño que trajeron de Onaona? —preguntó, y tuve un mal presentimiento—. No está con su madre. Ella cree que se ha escapado. Y, por Hylia, mis constructores y yo llevamos gran parte de la noche buscando a ese mocoso. Incluso los de Onaona han salido. No creemos que se haya ido del campamento, pero no lo encontramos por ninguna parte. La curandera sheikah está con su madre. Pensé en despertar a los sheikah porque son sigilosos y todo eso, pero ni por quinientas rupias me metería en una de sus tiendas. Pero tú eres prácticamente un sheikah, ¿no? Seguro que podrás encontrarlo.

Me quedé de piedra e incluso olvidé el frío por un momento. Y, casi al instante, el sentimiento de culpa empezó a susurrarme de nuevo. Porque aquello era culpa mía. Maldije en voz alta y fui al interior de la tienda.

De alguna forma inexplicable me las arreglé para ponerme la túnica y las botas sin despertar a Zelda. Me cubrí con la capucha y sujeté la Espada Maestra al cinturón, y luego volví con Karud, que se me quedó mirando con los ojos muy abiertos.

—¿Dónde están los demás? —le pregunté.

Nos adentramos en el campamento a paso rápido. El corazón me latía muy deprisa y no podía evitar examinar cada esquina oscura por la que pasábamos, esperando ver a Resik ahí, escondido entre las sombras. Pero no vi movimiento siquiera.

Me llevaron hasta una tienda más amplia, donde había varios hylianos de Onaona. Ishi estaba junto a una mujer de piel tostada, intentando calmarla. Resultó ser la madre de Resik, y estaba como estaría cualquier madre al no saber dónde se encontraba su hijo. Me explicó entre lágrimas que se había despertado y no lo había visto, que ni siquiera lo había oído marcharse y que no sabía a dónde podía haber ido. Dos hylianos, llamados Faln y Nalem, ambos de Onaona, me dijeron dónde habían buscado ya, sin éxito.

—¿No habéis buscado fuera del campamento? —les pregunté.

Ellos se miraron y negaron con la cabeza con aspecto preocupado. Cerré el puño alrededor de la Espada Maestra, pero eso, lejos de reconfortarme y darme seguridad, me hizo sentir aún peor. Me descubrí pensando que debería haber traído la daga de Zelda.

Ambos se ofrecieron a acompañarme, pero yo me negué en rotundo. No iba a poner a más inocentes en peligro. Si algo tenía que ocurrir, que me ocurriera a mí y no a ellos.

—Iré solo —les aseguré, y me alejé antes de que pudieran responder. Fui hacia la madre de Resik—. Lo traeré de vuelta —le dije—. Lo prometo.

Ella asintió, temblando y entre lágrimas. Cogí una antorcha y salí de allí con paso rápido. Sentía el peso de todas las miradas sobre mí, como si estuviera de nuevo en los pasillos del castillo, donde los nobles podían susurrar con libertad. Esperaban que hiciera un milagro, igual que ahora aquella pobre gente esperaba que trajera a un niño de vuelta.

Me maldije a mí mismo mientras cruzaba el campamento, guiado por la luz de la antorcha. Si no hubiera sido tan brusco con él, nada hubiera ocurrido. Ahora Resik estaría sano y salvo junto a su madre. Pensé con amargura que Zelda no tenía por qué preocuparse de estropearlo todo. Yo era quien siempre acababa arruinando las cosas.

Pero no. Estaba siendo inmaduro. Estaba enfadado y no podía pensar con claridad. Solo sabía que debía encontrar a aquel niño. Lo traería de vuelta con su madre y luego todos nos olvidaríamos de aquel asunto. Le enseñaría todo lo que quisiera, tuviera una lanza cerca o no. Le enseñaría incluso a tirar con el arco, si él quería.

Escuché el aullido de un lobo y sentí un escalofrío al darme cuenta de lo cercano que sonaba. Apreté el paso, rezando por que Resik estuviera bien, sin un solo rasguño. De lo contrario, no me lo perdonaría jamás.

Salí del campamento por fin, con la capa aleteando a mi espalda. Hacía frío. Resik debía tener frío; era muy pequeño para saber encender una hoguera por sí solo. ¿Y si enfermaba y le llegaban las fiebres? Había visto a hombres más fuertes ser consumidos por las malditas fiebres. Un niño no duraría mucho contra ellas.

Olisqueé el aire, pero solo distinguí el aroma a tierra y hierba fresca. Me arrodillé en el suelo y, bajo la luz de la antorcha, intenté buscar un rastro. Cualquier pisada en la tierra bastaría. Sin embargo, pese a la iluminación, estaba muy oscuro para ver nada. Mascullé otra maldición y apreté los dientes.

Busqué entre los arbustos y lo llamé en voz alta, pero no obtuve respuesta, y en los arbustos no había nada. Escuché más aullidos y empecé a asustarme de verdad. Pero tenía que mantener la cabeza fría. Encontraría a aquel niño. Sí, eso iba a hacer, aunque tuviera que buscar toda la noche y seguir después del amanecer. No volvería al campamento con las manos vacías.

Fui hasta el lugar en el que lo había visto jugando por primera vez. Pero allí no había nadie; solo se oía el canto de un búho en la copa de un árbol. Me interné un poco más en la penumbra y lo llamé de nuevo. Rocé los troncos de los árboles, buscando una marca que pudiera ayudarme. Tal vez él hubiera tallado formas en los árboles a medida que avanzaba para no perderse. Volví a buscar rastros en la tierra, pero seguía sin ver nada útil.

Me detuve en seco cuando llegué frente a una construcción en ruinas. Era un lugar solitario, silencioso, que me puso los pelos de punta. Debía haber sido una casa en el pasado, o quizá un simple asentamiento, aunque tenía pinta de atalaya, si lo miraba bien. Fuera como fuese, ahora tenía un aspecto fantasmal, y los aullidos de los lobos sonaban muy, muy cercanos. Sujeté la antorcha con más fuerza, porque la Espada Maestra no me ofrecería ningún consuelo. El fuego al menos era cálido.

Puse un pie dentro de las ruinas, y los escombros crujieron bajo mis botas. Tomé aire y llamé a Resik de nuevo. No obtuve respuesta. Avancé por aquel montón de piedra caída, palpando cada pared que permanecía en pie y pisando con firmeza por si había algo suelto en el suelo. Sentí esperanzas renovadas cuando descubrí una tabla de madera podrida sobre la piedra. La aparté rápidamente y me encontré con un hoyo ancho y profundo.

Vi allí a un niño sollozando. Sentí tal alivio que de pronto me descubrí de rodillas en el suelo. Él alzó la vista y me miró con los ojos brillantes de lágrimas bajo la luz de la luna.

—No eres un lobo —dijo con voz llorosa.

Un lobo aulló de repente, y sus sollozos sonaron aún más fuertes. El corazón se me encogió tanto que pensé que yo también lloraría. Pero no lo hice.

—No soy un lobo. —Extendí los brazos en su dirección, ofreciéndole mi ayuda para salir. Él lo comprendió enseguida, porque se puso en pie y saltó sobre mí. Sentí su pequeño cuerpo temblar mientras lloraba entre mis brazos.

Lo estrujé contra mí y lo envolví en la capa.

—Estás a salvo —añadí, intentando sonar tranquilizador—. Nadie te hará daño.

—Quiero... quiero...

—Te llevaré con ella. Te lo prometo —le dije.

Y él debió creerme, porque rodeó mis hombros con sus brazos frágiles. Me pareció diminuto en ese momento. Poco más que un bebé. Y yo me sentía tan mal como él.

—Lo siento —le susurré—. Lo siento mucho.

Él solo enterró el rostro en mi pecho. Aquello debió tranquilizarlo, porque cuando llegamos al campamento con las primeras luces del amanecer, él ya no lloraba. Y, cuando lo miré, descubrí que se había dormido. Lo llevé a la tienda donde había visto a su madre antes de salir. Cuando entré, todos callaron de golpe. Se me quedaron mirando con expresiones extrañas. Algo parecido a la confusión, a la sorpresa y a la admiración. Una mezcla de las tres. Zelda también estaba allí, pálida y con aspecto aterrorizado, aún con su vestido para dormir. Me acerqué a su madre, que corrió en mi dirección entre lágrimas. La miré a ella cuando le devolví a su hijo rápidamente, como si quemara entre mis brazos. Me escuché a mí mismo decir que él estaba bien, que lo había encontrado en unas ruinas, no muy lejos del campamento, y que no había salido herido. Ni un solo rasguño.

Me lo agradeció de mil maneras diferentes. Me abrazó, lloró sobre mi hombro y me abrazó otra vez. Descubrí que se llamaba Namab, y justo después me ofreció rupias, pero yo me negué en rotundo. No quería nada, le dije. Con su agradecimiento tenía suficiente. Calmaba un poco el creciente sentimiento de culpa. Aquella mujer había sufrido porque yo había sido un idiota con su hijo. Sabía que se había escapado para ir en busca de una lanza, como le había dicho aquella mañana.

Temía que la mujer fuera a hincar la rodilla a mis pies después de eso, pero entonces Ishi y otra mujer se la llevaron al interior de la tienda, y desapareció de mi campo de visión por fin. Busqué los ojos de Zelda de inmediato, y ver las lágrimas brillando en sus ojos me dejó sin aire, como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Karud estaba a su lado y me observaba con asombro.

Di media vuelta y salí de allí, porque de lo contrario perdería el control por completo. Estaba yendo de camino a nuestra tienda cuando escuché pasos ligeros a mi espalda. Me detuve en seco, y al girarme vi a Zelda a pocos pasos de mí. Ninguno dijo nada por un momento. No creía ser capaz de hablar, de todas formas.

Ella se acercó y me abrazó con fuerza. Sentí sus brazos a través del tejido de la capa.

—Link —susurró—, eres maravilloso. ¿Lo sabías?

Negué con la cabeza. No había nada que me apeteciera más que enterrar el rostro en su hombro y llorar allí como si fuera un niño también, pero sabía que no podía. No ahora.

—Es culpa mía —susurré contra su pelo—. Es todo culpa mía, Zelda.

Ella se separó, confundida.

—¿Por qué no volvemos y me lo cuentas todo? —susurró con suavidad, y yo asentí al instante y la seguí hasta nuestra tienda, aferrándome a su mano.

Una vez allí, le expliqué todo lo que había ocurrido. No sabía cómo demonios podía decir cosas coherentes, pero Zelda parecía estar entendiéndome. No interrumpió ni una sola vez. Le expliqué cómo había conocido a aquel niño y lo que le había dicho al enfadarme. Y luego le hablé de cómo lo había encontrado y de lo horriblemente culpable que me sentía, pero ella hizo que callara poniendo un dedo sobre mis labios, y dejó mi capa a un lado.

—No puedes torturarte por eso —susurró ella—. No cuando has salido a buscar a ese niño y lo has llevado de vuelta con su madre. Todo ha acabado bien, Link. Eso es lo único importante. Es lo que tú siempre dices. Y si ni tú mismo sigues tus propios consejos, ¿qué voy a hacer yo?

Eso me hizo reír, aunque sonó como un sollozo ahogado.

—¿Crees que me perdonará algún día? —le pregunté.

—¿Crees que los niños de seis años pueden guardarte rencor? Tú solo invítalo a cabalgar con Viento y verás como se olvida de que se perdió en unas ruinas la noche anterior.

Ella sonaba tan convencida y segura de sí misma que la creí. La creí de verdad y, cuando me dije que tenía razón, la culpabilidad desapareció poco a poco.

—No seas un tipo duro. Puedes llorar si quieres. Las leyes están de tu parte en esto, Linky.

Sonreí, aunque no derramé una sola lágrima aquella noche. Ella se mantuvo a mi lado de todas formas.

Al día siguiente, descubrí que me sentía mejor. Salí de la tienda a mediodía, con una de nuestras mantas alrededor de los hombros. El cielo estaba cubierto de nubes, aunque no creía que fuera a llover. Al menos no durante ese día.

No había nadie en los alrededores, por suerte. Apenas había dormido la noche anterior, y sentía punzadas dolorosas detrás de los ojos. Zelda se acercó a mí y me tendió una taza de té humeante.

—Tengo que ir dentro un momento —me dijo. Luego sonrió un poco—. No me mires con ese cara de cachorro abandonado. Volveré rápido.

Asentí y ella me dio un beso en los labios. Luego se metió de nuevo en la tienda, y yo me senté sobre la hierba, contra la lona, con la taza de té entre las manos.

No estuve solo durante muchos tiempo. Vi a Karud yendo en mi dirección, y permití que tomara asiento frente a mí. Por unos instantes, ninguno dijo nada. Él parecía casi tan agotado como yo. Me pregunté si de verdad se habría preocupado por aquel niño.

—¿Cómo está? —le pregunté por fin, rompiendo el silencio.

Karud suspiró.

—La madre tiembla tanto que Ishi casi no se ha separado de ella en toda la noche. Pero el mocoso está bien. Un poco asustado, pero bien.

Asentí despacio, sintiendo algo de alivio. Por un momento contemplé la posibilidad de decirle que aquel niño se había escapado, en gran medida, por mi culpa. Sin embargo, decidí no hacerlo al final. No cambiaría nada.

—Creo que esta es la primera vez en muchos años que puedo decir que me he quedado sin palabras —murmuró.

—¿Por qué? —le pregunté, confundido.

Él me miró de arriba abajo.

—Cualquiera se habría negado a ayudar. No conocías de nada a ese niño. Pero tú... Diosas, muchacho, no lo dudaste ni un momento.

—Una vez —dije en voz baja— juré proteger a aquellos que lo necesitaran. Ese niño lo necesitaba.

Karud se frotó la barbilla, pensativo.

—A veces es como si ella y tú no fueseis de este tiempo. Sé que es imposible, pero no puedo evitar pensarlo cuando os oigo decir cosas así.

Tomé un sorbito de té, pero no dije nada. Era dulce. Zelda sabía que me gustaba así. Karud se quedó en silencio también.

—¿Para qué has venido? —quise saber.

Karud tenía una postura distinta aquella mañana. Como si hubiera dejado toda la extravagancia atrás solo para hablar conmigo. Nunca lo había visto así.

—Quería hablar contigo. Darte las gracias y disculparme.

—¿Disculparte? ¿Tú?

—No hagas que me arrepienta, mocoso.

Sonreí a medias. Seguía siendo el mismo Karud, al fin y al cabo.

—Te escucho —le dije mientras volvía a beber el té.

Él carraspeó, como si lo que fuera a decir le costara un gran esfuerzo. Contuve la risa para no hacerlo sentir peor.

—Te he juzgado mal. Y, por Hylia, es increíblemente difícil juzgarte. A Zelda la puedo juzgar con solo verle la cara, pero tú... Ella brilla tanto que a veces pasas desapercibido. Si no te conociera de antes, probablemente no te habría prestado atención. Pensaba que eras un mocoso arrogante, como todos los demás.

—¿Y lo soy?

—No —respondió él—. No eres arrogante en absoluto. En realidad eres muy parecido a Zelda. Tú también puedes brillar cuando quieres. Eres... eres un buen chico. En el fondo. No todo el mundo haría lo que tú hiciste anoche. Y eso tiene mérito.

Percibí movimiento detrás de mí, en la tienda. Zelda debía estar escuchando. Y luego era yo quien escuchaba conversaciones ajenas.

—Así que lo siento —añadió Karud—. No debería haber sido tan grosero contigo.

—¿Sabes qué? —le dije yo—. En realidad no quiero romperte la nariz.

—Espero que no. Me gusta mi nariz. No perdonaría que me la rompieras.

Sonreí, y él sonrió también. Suspiró y puso una mano sobre mi hombro.

—Gracias, muchacho. No sé qué habríamos hecho sin tu ayuda.

Estaba pensando en una buena respuesta cuando se puso en pie y se alejó hacia el resto del campamento. Saludó a unos sheikah que salían de su tienda, y ellos se me quedaron mirando a mí justo después.

Suspiré mientras Zelda salía canturreando alegremente de la tienda. Fuera como fuese el futuro, tendría que acostumbrarme de nuevo a las miradas, de eso estaba seguro.