ZELDA
Aquellos últimos días, había descubierto que viajar en grupo no era tan malo como me habían dicho.
Había viajado acompañada por una escolta amplia de soldados en incontables ocasiones un siglo atrás, pero eso era casi lo mismo que viajar sola. No se dirigían a mí y yo no me dirigía a ellos excepto para dar órdenes. Sospechaba que ninguno de ellos había querido estar allí desde el principio; ni siquiera mis doncellas, que viajaban conmigo a veces, disfrutaban mucho de mi compañía. No las había culpado entonces.
Ahora, sin embargo, era distinto. Los constructores de Karud me apreciaban. Me hacían reír y me contaban historias casi cada noche, al calor de una hoguera. Trabajaban sin quejarse y, aunque sabían que era joven, no se burlaban de mí por ello. Me trataban con cierto respeto, incluso, y a sus ojos empezaba a verme como una igual. Esperaba no estar equivocada.
Los zora eran amigables con todo el mundo. Había hablado con ellos para que olvidaran los títulos, igual que había hecho con los sheikah. Ellos no habían comprendido mis motivos, pero habían aceptado sin emitir una sola protesta. Ahora era solo Zelda para ellos.
Los sheikah me trataban con deferencia silenciosa. Para ellos era difícil olvidar quién era. Y no los culpaba por ello. No era sencillo olvidar el camino que las deidades les habían impuesto desde el principio de los tiempos. Sin embargo, no quería que estuvieran atados a mí. No después de todo lo que había ocurrido. Quería que dejaran de ocultarse entre las sombras y que conocieran el resto del mundo. No les hacía ningún mal.
Los hylianos de Onaona eran muy distintos a los constructores de Karud. Ellos parecían tenerle más aprecio a Link, sobre todo desde el incidente de la noche anterior. Eso no significaba que no les gustara mi compañía, sin embargo. Me sonreían ligeramente cuando me cruzaba con ellos. Nunca me habían dirigido una sola mirada hostil durante el tiempo que llevaba en el campamento.
Todo iba bien. Se podía controlar la situación. Me sentía acogida. Sentía que, por una vez, me apreciaban por quien era y no por quien decían las leyendas que debía ser. Y esa era una de las muchas razones por las que prefería el nuevo Hyrule al antiguo.
—Una vez, cuando era más joven, fui con mis amigos al castillo de Hyrule —dijo Karel, que también había recibido el disparo de un guardián en medio de la Llanura de Hyrule—. Os he contado ya lo temerario que era de joven, ¿verdad?
—Con todo lujo de detalles —masculló Karad, a mi lado. Se me escapó una risita.
—Bien. Pues tenía un grupo de amigos que venían de rincones peligrosos de Hyrule. Estaban acostumbrados a la acción y a meterse en problemas.
—¿Y tú? —preguntó Mavan, uno de los zora. Zalab, la mujer zora que había tenido aquella breve discusión con los sheikah durante la noche de las celebraciones, rio junto a él.
—Yo era un muchacho tranquilo. Podía no ver los límites en ocasiones, pero no era como mis amigos. —Algunos miembros de Construcciones Karud rieron, pero Karel los ignoró—. Quisieron aventurarse en el castillo una mañana y yo no me negué. Ya me había encontrado con esos bichos varias veces y sabía dónde patrullaban. Conozco la Llanura de Hyrule como la palma de mi mano, amigos míos. Ni un solo bicho nos vio. Estoy seguro de que nunca se enteraron de que estábamos allí.
Me resultó difícil creerlo. Los guardianes detectaban el más mínimo movimiento a cientos y cientos de pasos de distancia. Lo había comprobado hacía cien años. Una parte de mí se moría de ganas por llevarle la contraria a aquel hombre, pero el sentido común me decía que no serviría de nada. Así que lo dejé continuar.
—Llegamos al castillo al anochecer. Nunca olvidaré la oscuridad de ese lugar. Diosas, el monstruo estaba tan cerca que podía sentirlo en mis propios huesos. Y esa sustancia viscosa estaba por todas partes. No mentiré y diré que no estaba asustado.
Me quedé sin aire cuando mencionó la malicia. Intenté concentrarme en lo que estaba diciendo, pero no pude ignorar el sudor frío que me recorría todo el cuerpo, ni el terror que latía en mi corazón. Cerré los ojos para ver otros rojos, llenos de odio, devolviéndome la mirada. Vi las cicatrices en las manos de Link, producidas por la malicia, y luego sentí las quemaduras yo misma, el olor nauseabundo y el poder palpitando, luchando por salir.
—¿Zelda? —me susurró Kara. Abrí los ojos y me encontré con su rostro amable. Tenía los ojos oscuros, pero no de color rojo—. ¿Va todo bien?
Tomé aire y asentí con lentitud. Examiné mis manos disimuladamente; gracias a las Diosas, no brillaban.
—Todo va bien —susurré, abrazándome a mí misma—. Es solo que... ha sido una noche larga, nada más.
Kara asintió, comprensiva. Era una mujer corpulenta, casi tanto como cualquier gerudo. No era más que una niña endeble y diminuta en comparación con ella y con sus músculos. No era la única mujer así en Construcciones Karud, sin embargo. Karenne y Kalami eran igual de robustas que Kara.
—Robamos armaduras oxidadas y varias de esas enormes espadas. Seguro que las habéis visto. También nos llevamos un buen montón de rupias. Las que quedaban después de décadas de saqueo.
—No es robar —dijo Mavan—. Ya nadie vive en ese lugar.
Eso debería haberme dolido. Debería haberme hecho sentir anhelo por recuperar el hogar que había perdido. Yo misma debería haber heredado aquel tesoro, después de todo. No obstante, no sentí nada. Nada de nada. Y eso me asustó.
—El castillo estaba hasta arriba de monstruos. A algunos no los habíamos visto nunca. Pero logramos escabullirnos en bote por los atracaderos del castillo. Por allí no había tantos monstruos patrullando. Las Diosas fueron benévolas aquel día. Nos perdonaron esa temeridad.
No los había sentido entrar durante mi cautiverio con el Cataclismo. Había podido ver Hyrule, la vida que florecía entre las ruinas, pero no había visto a los bandidos robando el tesoro de mi familia. Tampoco podría haber hecho mucho. No habría desatado mi poder sobre unos pobres muchachos que se llevaban un montón de oro, espadas oxidadas y rupias. Les darían un mejor uso que yo.
—¿Alguien más ha ido al castillo? —preguntó Karel.
Nadie dijo nada. Ni siquiera yo. Sentí la mirada de Mavan clavada en mí, pero lo ignoré como pude.
No volvería al castillo jamás. No pondría otro pie sobre aquel montón de ruinas y escombros. Odiaba aquel lugar, lo había descubierto con el tiempo. Odiaba todo lo que me había ocurrido allí. Habían sucedido cosas buenas, pero las malas eran tan horribles que no sobreviviría si diera otro paso en aquel lugar. Me daban escalofríos incluso a mí, pero era la verdad. Era mejor aceptarlo cuanto antes.
—¿Zelda? —intervino Sel de los sheikah, llamando mi atención otra vez—. ¿Cuándo vendrán los goron?
—Pronto —aseguré, tanto a él como a los demás—. El viaje desde Eldin es largo, y los goron son..., bueno, son muy lentos al moverse.
Escuché algunas risitas, pero la mayoría asintió.
—¿Dónde está Link? —quiso saber Karid.
Oh, lo llamaban Link. Unos días atrás ni siquiera habían sabido su nombre. Pero ya era Link, como si lo hubieran conocido desde siempre. Él ya se había ganado un nombre, y solo le había llevado una noche.
—Ha tenido una noche larga —respondí con cautela—. Está en nuestra tienda.
Lo había dejado con los caballos, mientras él intentaba trenzar la crin de Calabaza. Me había burlado de él un rato porque sabía que necesitaba que alguien le levantara el ánimo. Lo había hecho reír, al final, una carcajada sincera y alegre de verdad, y con eso había bastado.
—Oh —murmuró Karid—, me habría gustado hablar con él.
Algunos asintieron.
—¿De qué os conocéis? —me preguntó Karel. Parecía verdaderamente interesado.
Se me escapó una risita nerviosa.
—Me temo que no es una historia interesante —mentí—. Nos conocemos desde hace mucho tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—Mucho. Más del que imaginas.
—¿Desde que erais niños? —aventuró Kara.
Sonreí un poco. Sí, cuando lo había conocido había sido poco más que una niña. Y él, comparado con lo que era ahora, había sido solo un niño también. Más maduro que yo, pero joven de todas formas.
—Algo así —murmuré.
—¿Por qué te ha seguido hasta aquí? —preguntó Karenne. Tenía la piel muy pálida; seguramente vendría de Tabanta. Había hylianos viviendo allí.
—Quiere ver Hyrule reconstruido tanto como yo —respondí—. Yo lo sigo a él y él me sigue a mí.
—Trabajáis bien juntos. —Karid me dio unas palmaditas en el hombro—. Habéis hecho que esto funcione, ¿no?
—Con ayuda. Pero supongo que sí.
Mi sonrisa se hizo más amplia. Trabajábamos bien juntos, eso era cierto. Él tenía buenas ideas, y yo las detallaba y les sacaba el máximo partido. Él era convincente; hacía algo al resto del mundo con solo caminar entre ellos. Los demás lo escuchaban. Y yo daba órdenes cuando debía darlas, hablaba la mayor parte del tiempo y me ganaba a la gente más deprisa que Link. Nunca habría pensado que funcionaríamos tan bien en equipo, él y yo. Que uniríamos a tantos por un propósito común. Karud ayudaba, pero sin nuestro largo viaje, la reconstrucción nunca se habría dado de verdad.
Tenía suerte de tenerlo a mi lado.
Al cabo de un rato, me despedí del grupo y fui en dirección a nuestra tienda. Robé una manzana de la bolsa de viaje y me la comí mientras examinaba la crin de Calabaza. Link había hecho un torpe trabajo con ella. Sonreí y deshice el estropicio. Tendría que enseñarlo en otro momento.
Cuando acabé con la manzana, me limpié las manos en la falda del vestido y entré en la tienda. Link estaba revisando algo en mis notas. Aunque ya no eran solo mis notas, en realidad. Habíamos acordado que eran nuestras notas. Fruto de nuestro trabajo conjunto. Tendría que acostumbrarme.
Él se sobresaltó al verme junto al umbral. Suspiré pesadamente y le arrebaté los papeles de las manos.
—Te dije que nada de trabajar hoy —le recordé.
—Qué raro, viniendo de ti.
Le dirigí una mirada de advertencia, pero él siguió sonriendo. El muy idiota. Había creído que iba a descansar, que por eso no había venido conmigo.
—Ni siquiera sabes lo que estás haciendo, Link —le dije con suavidad—. Créeme, a mí también me ha pasado ya. Deja estas cosas para otro momento.
Él continuaba sonriendo, aunque ahora era más bien una sonrisa agotada que una divertida. Sentí sus dedos entre mi pelo.
—Mis consejos no sirven de nada, ¿a que no? —murmuró.
—Si sigues así, no volveré a hacerte caso jamás. Con ninguno de tus consejos —le advertí.
Él no dijo nada. Se me quedó mirando y yo apreté los labios.
—¿Te encuentras mejor?
Lo vi vacilar y sentí un ramalazo de pena por él. Seguía culpándose. Quizá no con tanta fuerza como la noche anterior, pero se culpaba de todas formas.
—No quiero dormir —me confesó—. Tendré pesadillas.
—¿Cómo lo sabes?
—Es lo que siempre pasa —respondió, encogiéndose de hombros.
La Espada Maestra estaba más cerca que de costumbre. Comprendí que era por las pesadillas. Para que, si yo no estaba, tuviera algo que le diera seguridad.
Decidí entonces que no iba a marcharme. Me acomodé a su lado.
—¿Sabes cuál es mi talento especial y secreto? —le dije, inclinándome para besar la punta de su nariz.
—¿Cuál?
—Puedo ahuyentar las pesadillas. Cuando son para otros y yo estoy cerca, se van por donde han venido. —Era una auténtica tontería inverosímil, pero él sonrió igualmente. Dejé que el poder fluyera con lentitud y su expresión cambió al instante—. Te gusta la luz, ¿verdad? La luz ahuyenta la oscuridad.
No sabía qué aspecto tendría, pero él me observaba con más perplejidad que en las veces anteriores, cuando practicaba con las esferas de luz. El frío me llegaba desde el exterior, incluso con la tienda cerrada. Puse una mano sobre su pecho, sabiendo que estaría más cálida de lo normal. Link suspiró.
—¿Por qué no haces esto más a menudo?
—No te preocupes. Utilizaré el poder absoluto de las deidades para darte calor cuando haga frío. Incluso lo utilizaré para la noble tarea de animarte cuando estés triste. ¿Qué te parece?
—No necesitas el poder de las deidades para darme calor, Zelly.
—Si empiezas a ponerte insoportable, me iré y te dejaré a merced de tus pesadillas.
—No —dijo él, cubriendo mi mano brillante con la suya—. No sé qué demonios me has hecho, pero que sepas que no me importaría envejecer así contigo.
Sentí calidez por todas partes, y no fue solo por el poder.
—Serías un anciano insufrible —le dije. Sentía su corazón latir bajo la palma de mi mano.
—Y tú te volverías una anciana y estarías tan radiante como ahora. Pero serías más insufrible que yo.
No tenía la expresión distante de la noche anterior. Estaba ayudándolo de verdad, y eso me hizo sentir tan maravillosa como él decía todo el tiempo que era. Radiante, decía últimamente. No sabía a qué demonios se refería, pero me gustaba.
—Sería una anciana muy extraña —reflexioné en voz alta—. Yendo a recoger setas al bosque, estudiando vísceras de monstruo en su tiempo libre y con... ¿cuántos hijos?
—Cinco —me recordó él.
—¿Y quién va a criar a esos cinco niños?
Abrió los ojos y me miró con una expresión que oscilaba entre la diversión y la seriedad. No podía decidir cuál de las dos se ajustaba más.
—Tú y yo. ¿Quién los iba a criar?
Negué con la cabeza y dejé que mi mano resbalara de su pecho hasta el resto de su abdomen. Sentí los músculos firmes bajo mis dedos. No estaba nada mal, si lo pensaba bien.
—Una nodriza —respondí como si fuera obvio—. Yo tendría muchas obligaciones. Y tú también.
—¿Como príncipe consorte?
—No —contesté—. Como mi compañero. Simplemente como parte de mi equipo. Es innecesario mencionar que ese equipo está formado por ti y por mí solamente. No necesitamos a nadie más, ¿verdad?
Link alzó ambas cejas.
—Tú y yo nos bastamos.
Se me quedó mirando después de eso, y sus ojos eran azules y muy brillantes. Había algo en sus ojos que siempre me atrapaba y luego no me dejaba marchar. Le sostuve la mirada durante un largo rato, sin atreverme a respirar siquiera, hasta que cerró los ojos por fin. Me avergonzó sentir una pizca de fastidio.
Enterré aquel mismo fastidio en lo más profundo de mi cabeza y dejé de brillar. Él apenas se inmutó.
—Cántame algo —me pidió en un susurro al cabo de un rato.
Había estado tan ocupada admirando las finas cicatrices de su rostro que apenas me había dado cuenta de que Link había hablado. Cuando le aparté el pelo de la frente, descubrí la cicatriz que le había dejado el Cataclismo hacía un año, casi insignificante ya. La tracé con cuidado y suspiré.
Oh, Diosas. Estaba ocurriendo otra vez.
—¿Qué? ¿Que te cante?
—Sabes cantar, ¿verdad? Enseñaban eso hace cien años.
—Supongo —murmuré—. Nunca practiqué demasiado. Cuando mi madre murió, le dieron prioridad a otro tipo de lecciones.
Abrió los ojos para mirarme con tristeza.
—Lo siento.
—No lo sientas. Tampoco me gustaba tanto la música, a decir verdad. Nunca me llamó mucho la atención.
—¿Podrías cantar ahora?
Vacilé un momento. Iba a hacer el ridículo. Pero no había nadie más alrededor, nuestra tienda estaba lejos de las demás y nadie podría oírnos, y él era solo Link. Ya no me importaba hacer el ridículo cuando solo Link estaba mirándome. Me había visto como era en realidad y conocía cada parte de mí. No me quedaba ningún secreto por ocultarle.
—Está bien —accedí al final—. Pero no es nada del otro mundo. Solo recuerdo una canción.
—Más que suficiente —susurró, y luego me besó como si así quisiera infundirme ánimos.
No insistió más. Cerró los ojos y no hizo ningún comentario cuando dejé que la luz del poder se extinguiera por completo. Me aclaré la garganta. Sabía que Link no se reiría de mí por eso; él podía ver cuándo hablaba en serio y cuándo bromeaba. Sabía cuándo un tema era difícil y cuándo no. Y aquel era, en el fondo, uno de los difíciles.
Carraspeé de nuevo. Me acerqué un poco más a su oído y, cuando empecé a cantar, mi voz fue poco más que un susurro. Pero él lo oiría, de todas formas. No recordaba el nombre de aquella canción ni quién me la había enseñado, pero era la única que permanecía entera en mi memoria. Con todo, soné mejor de lo que había esperado. Era una melodía dulce, sencilla, y él sonreía como un idiota cuando acabé.
—¿Sabes, Zelda? No sabes la suerte que tengo. Diosas, no tienes ni idea. Ojalá la tuvieras.
Me descubrí sonriendo como una tonta también. Quien no tenía ni idea era él, en el fondo. No ponía en duda que me quisiera, sin embargo. Eso era innegable. Y Link lo había demostrado en incontables ocasiones. Seguía sin entender cómo podía soportarme cuando lloraba y me enfadaba y tenía pesadillas, pero allí estaba. Todavía. Los dos seguíamos allí, y ahora hacíamos un buen equipo de verdad.
Aquello me recordó las cartas que tenía que leer. No se las había dado a Link aún porque eso haría que pasara por alto mi norma de no trabajar durante aquel día —más de lo que ya lo había hecho, incluso—. Observé su rostro tranquilo mientras dormía y decidí leerlas. Desenvolví su mano de la mía con todo el cuidado del mundo, y pese a ello lo oí murmurar algo en sueños. Pareció pasársele rápido, por suerte.
Karud nos había dejado algunos muebles, entre ellos una mesa y dos sillas, similares a las que él tenía en su propia tienda para trabajar. Tomé asiento en una silla y saqué de mi bolsa de viaje las cartas que debía leer. Me las habían dejado aquel mismo día, así que ocultárselo a Link tampoco podía considerarse una mentira como tal. Y lo había hecho por su bien, en el fondo.
Decidí abrir la carta de Kakariko primero. Venía con el ojo sheikah en el sello, y varios mensajeros de Impa habían aparecido aquella mañana para dejármelo. Les habíamos ofrecido refugio durante unos días, y luego podrían volver por el sendero que serpenteaba entre las montañas para regresar a Kakariko.
Abrí la carta con cuidado y la acerqué a la única vela que ardía sobre la mesa. La caligrafía de los sheikah siempre había sido distinta a la nuestra. Ellos tenían su propia lengua. Era tan antigua que solo los eruditos la sabían hablar con fluidez, y aparecía representada en las runas de la piedra sheikah. Escribían en hyliano y, aun así, era capaz de distinguir la caligrafía de un sheikah a la de un hyliano. Era más pequeña, más apretujada y más fina.
«Querida Zelda —y supongo que Link también—:
Me alegra oír buenas noticias del puente. Me gustaría verlo con mis propios ojos, pero a estos viejos huesos les pasaría factura hacer un viaje tan largo. Seguro que para vosotros dos no es tan largo, a pesar de todo. Pero para una anciana supondría una eternidad.
He hablado con Pay, pero ella nunca ha salido de la aldea. Le he ofrecido la protección de mis mejores soldados, y aun así tiembla de terror cada vez que lo menciono siquiera. Probablemente cuando consiga convencerla, vosotros ya os habréis marchado. Es una pena.»
Contuve una risita. Oh, Pay. Debía haber vivido siempre bajo la protección de Impa y del resto de Kakariko. Me resultaba difícil creer que nunca hubiera visto lo que había más allá de las montañas, pero no ponía en duda la palabra de Impa. Algún día, Link y yo podríamos llevarla con nosotros a cabalgar fuera de Kakariko. Quizá incluso podríamos llegar al pie de la montaña, donde se hallaba el puente. El sendero era seguro. Todos en Necluda lo eran. Al menos hasta donde yo sabía.
«Quería hablarte también de ese asunto con los zora. Odiaría dejarte con la duda. En realidad, todos tenemos algo de culpa. En esa época todos nos señalaban a los sheikah como los culpables de la victoria del Cataclismo, y los zora más que nadie. Ya sabéis cómo son. Intentamos ignorarlo como hemos hecho siempre, pero es fácil ganarse la hostilidad de mi pueblo. Nuestra relación con los zora empezó a empeorar rápidamente, hasta que perdimos el contacto por completo. No os preocupéis, ni Link ni tú. Mi pueblo sabe qué hacer.»
Recordé las palabras de los sheikah aquella noche y no pude evitar fruncir el ceño. Bien era cierto que todos habían bebido y no debían haber estado pensando con claridad, pero los zora habían estado más sobrios. Aquello no pintaba nada bien, pese a las palabras de Impa.
«Para hablar de temas más alegres, tengo el honor de informaros de que mi querida hermana se encuentra justo aquí, en Kakariko. Hemos estado mandándole cartas a Rotver para que se reúna con nosotras también.
Gracias por ayudarla a tomar la decisión, Zelda. Prunia siempre ha sido muy extravagante, como ya habrás podido comprobar. Y, por Hylia, no sé qué le ha ocurrido. Ni siquiera sé si quiero que me lo explique. Se supone que ella es la mayor. Aun así, admito entre nosotras que la he echado de menos. Prunia es complicada a veces, pero había olvidado lo que significa tener un hermano.»
Suspiré en voz alta, y la débil llama de la vela se agitó y parpadeó. Me alegraba leer que Impa y Prunia se habían vuelto a reunir. Ambas lo necesitaban; lo había visto mientras las visitaba. Ojalá Rotver acudiera también. Esperaba que no fuera demasiado anciano para hacer un viaje tan arduo. Había un buen trecho desde Akkala a Necluda.
Dejé la carta a un lado y cogí la siguiente. Era del rey de los zora, Sidon. Debía haber oído hablar del progreso que habíamos hecho.
«A Zelda y a Link:
Me alegra volver a oír noticias vuestras. El silencio empezaba a preocuparme. Debéis haber estado muy ocupados en estos últimos tiempos.
Los zora que han ido con vosotros están muy emocionados. Ya sabéis que yo mismo acudiría si pudiera, pero mis obligaciones no me lo permiten, por desgracia. Las cosas van bien por aquí. He formado un nuevo Consejo Zora y Muzun está siendo de ayuda.»
Reprimí un suspiro de alivio. Sidon parecía aún más torpe que yo en lo referente a gobernar a su pueblo. O al menos había tenido esa sensación la última vez que lo vi. Sin embargo, me tranquilizaba saber que estaba en buenas manos. Que a su lado tenía un buen consejero que le enseñaba a gobernar. Aunque yo tampoco era la indicada para instruir y juzgar a ningún rey.
«Os enviaré materiales regularmente, como acordamos. Mantenedme informado de los progresos que hagáis. Todo irá genial, estoy convencido de ello. Cualquier cosa está en buenas manos si la sostenéis vosotros. Todo lo que tocáis tiene éxito. A veces envidio la bendición de las Diosas.»
Sonreí un poco. Oh, no tenía ni idea. Si no tuviera a Karud ayudándome, probablemente tanto Link como yo habríamos tomado unas decisiones tan desastrosas que todos los voluntarios que habíamos logrado reunir se habrían marchado ya.
Escribí una respuesta a cada carta y luego salí de la tienda. Busqué a los mensajeros sheikah que habían traído la carta de Impa y les entregué una rupia azul por llevarle mi respuesta a la anciana. Dejé la otra carta para el rey Sidon a buen recaudo en nuestra tienda, sin embargo. No tenía medios para enviar nada a la Región de los Zora, así que tendría que esperar a la llegada del nuevo carro de materiales de Lanayru.
Aquello me frustraba. Detestaba que todo el mundo estuviera tan apartado. Que no hubiera una red para enviar cartas y que fuera tan difícil contestar con otras regiones. Hacía cien años, todo había sido increíblemente fácil. Bien era cierto que entonces había tenido privilegios por ser princesa, pero mi padre se había asegurado de que todo Hyrule pudiera enviar cartas. Si algún día la reconstrucción avanzaba lo suficiente para llevar a cabo mis planes más complejos, aquello se solucionaría.
—¿Zelda? —dijo una voz. Miré hacia el río y divisé a Ishi lavando paños blancos en el agua. Me hizo un gesto para que me acercara.
—¿Ocurre algo? —le pregunté por encima del rumor del río.
Ella negó con la cabeza. Vi las ojeras y los signos de cansancio en su rostro pálido y tuve que contener un suspiro. Ella también debía haber tenido una noche larga.
—No ocurre nada. Solo quería saber cómo se encuentra Link. No recibió heridas anoche, ¿verdad?
—No —respondí. Miré en dirección a nuestra tienda con una pequeña sonrisa en los labios—. Él está bien. Lo he obligado a descansar un rato.
Ishi suspiró.
—Debería descansar también. Pero me temo que aún me quedan cosas por hacer.
Se arrodilló y siguió con lo que estaba haciendo. Era joven, aunque tenía un sentido del deber admirable. Sabía que muchos dependían de su trabajo. Que le preocupaba no estar a la altura. Después de haberme sentido igual durante tantos años, había aprendido a reconocer aquel peso en los ojos del resto. Ishi, por desgracia, pertenecía a ese resto.
—¿El niño está bien? —quise saber.
—Tiene un leve resfriado, pero se le pasará. Es solo debido al frío al que se expuso anoche.
—Tenemos que ser cuidadosos —murmuré—. No quiero que algo así vuelva a ocurrir. Esto podría haber sido mucho peor, y doy gracias de que ese niño haya vuelto sano y salvo.
Ishi asintió, solemne. Ella lo comprendía tan bien como yo. En el fondo, esperaba que ningún otro niño se uniera a la reconstrucción. Nunca echaría a nadie que no se lo mereciera, pero en aquella situación los niños suponían un problema. Lo ocurrido una noche antes solo había sido la prueba. Si algo así hubiera sucedido cien años atrás, todo el campamento se habría rebelado ya contra aquel niño y su familia. Estarían fuera del campamento.
Sin embargo, Hyrule había cambiado. Todos conocían los riesgos de traer a un niño pero, aun así, habían ayudado en todo lo posible a encontrarlo. Recordaba haberme despertado, sola, para salir de la tienda y encontrarme a más de medio campamento movilizado ya. Antes, lo único que podría haber puesto en movimiento a tantos habría sido solo la batalla. No obstante, ahora la gente se ponía en marcha cuando un niño se perdía en medio de la noche. Ese era el Hyrule al que intentaba unir de nuevo, el que valía la pena.
—Rezo a Hylia y a las tres Diosas Doradas por que no vuelva a ocurrir. Ninguna madre merece tal angustia —dijo Ishi.
Contuve un escalofrío. Si mi hijo desapareciera de pronto y no tuviera forma de saber dónde había ido y si se encontraba bien, estaría abrumada por la angustia y el dolor. Algo se retorcía en mi interior, y ni siquiera tenía hijos propios.
—Las Diosas escucharán —repliqué—. Suelen hacerlo.
—¿Es que no escuchan siempre?
Lo pensé un momento, miré el cielo cubierto de nubes y suspiré. Ishi me observaba con atención, como si tuviera la llave para resolver todas y cada una de sus dudas. Se llevaría una enorme decepción cuando supiera que era tan ignorante como ella.
—A veces puede parecer que no —respondí lentamente. Elegía mis palabras con cuidado, aunque en el fondo sabía que ya carecía de importancia—. Me gusta pensar que siempre, siempre escuchan. Aunque en el fondo sospecho no estar en lo cierto.
Ishi aún me miraba y me pregunté si habría dicho algo malo. Pero se limitó a sonreír un poco y empezó a recoger sus cosas.
—Debo volver. Namab se preguntará dónde estoy. —Se puso en pie, sacudiéndose la tierra de la ropa—. Es un placer hablar contigo, Zelda. Como siempre.
Le sonreí y luego la observé alejarse y me quedé sola otra vez. Todos parecían estar ahorrando energías para el viaje, aunque seguíamos a la espera de los goron. No podía faltarles mucho para llegar.
Avancé por el campamento hasta que Karud apareció de la nada y enganchó su brazo con el mío. Tenía mejor aspecto que la última vez que lo había visto, aquella misma mañana.
—Zelda, querida...
—Las he leído. —Él se detuvo, conteniendo el aliento. Alargué el silencio para que la tensión aumentara. Su mirada se tornó cada vez más molesta, hasta que por fin añadí—: Loz zora y los sheikah están contentos con nuestro trabajo.
Miré a nuestro alrededor, con una sonrisa secreta en el rostro. Por allí pasaban curiosos de vez en cuando. Nadie vio que sonreía, sin embargo. Aquellas sonrisas solo las veía Link.
—Gracias a las Diosas —suspiró él, aliviado—. Tendremos más carros maravillosos.
Se me escapó una carcajada.
—¿Te preocupan los carros?
—Entre otras cosas. ¿Qué tiene de malo, de todas formas? Serán útiles para transportar materiales. Equipaje, incluso.
—No lo dudo —dije—. Pero podríamos conseguir carros por nuestra cuenta. Eres constructor, ¿no? Si sabes hacer una casa, sabrás construirte un carro.
Karud sonrió y tiró de mí hacia el puente.
—Te crees una chica muy lista, ¿no es así?
Me encogí de hombros.
—Siempre ha sido uno de mis mayores fuertes, la inteligencia.
Él soltó un bufido y negó con la cabeza, aunque sabía que no estaba burlándose de mí. Lo había conocido bien durante aquellas semanas. Sabía diferenciar el tono hostil y afilado que utilizaba con Link del que utilizaba conmigo, siempre más calmado. Teníamos nuestras diferencias, pero no me importaba trabajar con él. Parecía saber lo que estaba haciendo y tenía en cuenta el bien de Hyrule tanto como yo.
—¿Qué hacías cerca de mi tienda esta mañana? —quise saber mientras recorríamos el puente—. Me pareció haber oído tu voz...
—Oh, niña, te encanta meter las narices donde no te llaman.
—Me pareció también haberte oído hablar con Link.
—No lo dudo. Debes conocer muy bien su voz.
Me detuve en medio del puente y lo miré, aunque sonreía un poco. Pese a ello, quería que Karud me tomara en serio.
—¿Has hablado con él?
Por un instante pensé que respondería con otra burla, pero tal vez tras comprender que de verdad me importaba, su expresión se tornó más seria.
—Tenía que hablar con él —respondió—. Tú misma lo dijiste. Dijiste que no era tan arrogante como me parecía.
—¿Y cómo ha ido?
Karud soltó una de sus carcajadas ruidosas.
—No finjas que no estabas escuchándonos desde dentro de tu tienda. Has elegido un buen sitio; nadie te oye a ti y tú oyes a todo el mundo.
—No oigo a todo el mundo —repuse, aunque era solo una verdad a medias—. Pero necesito saber qué tal ha ido. ¿Me lo dirás?
Soltó un largo suspiro.
—¿Por qué no se lo preguntas a tu queridísimo amigo antes que a mí?
—Ha tenido una noche horrible. Así que prefiero preguntártelo a ti.
—¿Y yo no he tenido una noche horrible también?
Le dirigí una mala mirada y él se detuvo. Pareció entenderlo, aunque tenía un orgullo tan grande que no quería dar el brazo a torcer.
—Supongo que me he equivocado con él —murmuró—. No es arrogante. Eso le dije. Y él aceptó mis disculpas.
—Link no le guarda rencor a muchos.
—Y brindo por eso. Ojalá yo fuera así también. Aunque no quiero que vuelva a amenazarme delante de todo el mundo.
—Me aseguraré de que no vuelva a ocurrir. Créeme, me hará caso.
—Bien —asintió Karud—. Creo que hemos alcanzado una tregua. Por ahora todo va bien. Si el mocoso no mete la pata, claro.
—No lo hará.
—No lo dudo. Es un buen chico, en el fondo.
Sonreí ampliamente y seguí avanzando por el puente con las manos entrelazadas a la espalda. El cielo seguía cubierto de nubes y el viento me agitaba la falda del vestido. Soplaba con tanta fuerza que de vez en cuando me salpicaban algunas gotas del agua del río.
—Ahora es todo un héroe. La gente habla de él —dijo Karud—. Tendrá que acostumbrarse a la atención.
—Créeme —reí yo—, ha tenido tiempo de sobra para acostumbrarse a todo eso.
Karud me observó con cautela, como si quisiera pedirme explicaciones pero no supiera cómo. No le di importancia.
—Se ha convertido en un héroe para toda esta gente. Ya tenemos una nueva forma para hacer que se unan a nosotros.
—No voy a usar a Link así —murmuré con el ceño fruncido.
—No lo estaríamos usando —replicó Karud—. Estaríamos manejando su fama de forma excepcional. Sacándole el máximo provecho.
Suspiré al llegar al otro lado del puente y Karud me estudió con curiosidad. Me sequé una gota de agua del río del rostro y me sujeté las faldas.
—Link lo odiaría. Te repito que no voy a hacerle eso.
—Me temo que no está en tu mano, jovencita. Ni en la mía. La voz se correrá gracias a toda esta gente que hemos reunido. En sitios así no se puede mantener ningún secreto durante mucho tiempo.
Le di la razón a regañadientes. Sabía que Link se había ganado la admiración de la mayoría; lo había visto en los ojos de todos cuando llegó en medio de la noche con aquel niño en brazos. Incluso a mí me había causado algo de asombro, y eso que yo ya lo conocía y lo había visto hacer otras cosas igual de asombrosas. Pero, tal y como había dicho Karud, él se había convertido en un héroe. Otra vez.
No volví a verlo hasta el anochecer. Estaba sentada fuera de nuestra tienda —no había querido entrar para molestarlo—, tostando verduras junto al fuego. Había cogido la bolsa de rupias de Link y había comprado algunas a Vanah, una mujer zora que vendía provisiones útiles. Muy pocos le compraban cosas, pero ella seguía insistiendo mientras ayudaba en la reconstrucción.
Link salió entonces de la tienda. Tenía mejor aspecto que antes. Supuse que de verdad le había hecho falta un descanso.
—Buenos días —bostezó mientras tomaba asiento a mi lado.
—Creo que es más apropiado decir buenas noches —respondí. Le di la vuelta a la seta que se tostaba lentamente al fuego.
Él gruñó algo y se fijó en lo que estaba haciendo.
—Huele bien. Diosas, ¿estás cocinando tú?
—Me sentiría mejor si no parecieras tan sorprendido.
—Podría haberlo hecho yo —dijo, sonriente—. No tendrías que haber esperado tanto por mí.
—Tenía ganas de cocinar por una vez. No siempre puedes tener tú ese privilegio, por mucho que te guste.
Alzó las manos en señal de rendición.
—Entendido, capitán.
Reí e intenté arreglarle el pelo revuelto. Era casi imposible, aunque él no se resistió ni emitió una sola protesta. Lo escuché suspirar.
—He soñado contigo.
—Entonces has tenido pesadillas.
Me miró con el ceño fruncido, aunque en el fondo parecía divertido.
—Fue un sueño bueno —repuso—. Los sueños en los que apareces tú no pueden ser malos, Zelly. Lo siento.
Intenté concentrarme de nuevo en el fuego, porque el brillo de sus ojos me distraía. Él se arrebujó en la capa y se llevó las rodillas a la altura del pecho.
—¿Y qué pasaba en tu sueño? —quise saber.
—No lo recuerdo. Solo sé que llevabas puesto un vestido maravilloso. Te quedaba tan bien, Zelly...
Me ruboricé. La seta se había chamuscado por un lado, y me reprendí a mí misma en silencio. El fuego seguía chisporroteando.
—No digas tonterías.
Link estuvo en silencio un momento, pensativo y contemplando las llamas. Estaba tan quieto que empecé a preocuparme.
—Era blanco —dijo de pronto, sonriendo, y el brillo en sus ojos me atrapó de nuevo—. Tu vestido era blanco.
—¿Blanco? —repetí con una mueca—. Yo no llevo vestidos blancos. ¿Estás seguro de que no eran esos harapos para rezar?
Negó con la cabeza al instante, sin dudarlo.
—No era ese vestido. Sé reconocerlo. Si hubiera sido ese, te lo habría dicho desde el principio.
Estudié su rostro, pensativa. Él seguía contemplando las llamas que danzaban bajo la cacerola, como si allí se hallaran las respuestas a todas sus preguntas.
—Mi padre decía que cuando la reina se casaba, iba vestida de blanco. Simbolizaba la pureza. O algo así. A lo mejor he soñado con tu boda.
Quería que pensara que estaba bromeando, pero lo conocía demasiado bien. En el fondo, estaba tanteando el terreno. Quería comprobar cómo reaccionaba. Y no iba a mentir. Un cosquilleo cargado de anticipación me recorría de los pies a la cabeza cada vez que Link hablaba de casarnos.
Casarnos. Por Hylia, qué extraño sonaba.
—¿Mi boda solamente? ¿O quizá también la tuya?
Todavía quedaba algo de luz, así que pude ver como palidecía. Por un momento, solo se escuchó el crepitar del fuego.
—No lo sé —respondió en un tono de voz más bajo—. Si vuelvo a soñar contigo, te lo diré.
—Link —suspiré—, si vas a sacar el tema, no lo dejes a medias. Odio dejar las cosas a medias. Especialmente contigo.
Me miró con algo parecido a la timidez, y mi corazón revoloteó dentro del pecho.
—¿Tienes que llevar un vestido blanco para casarte? —preguntó.
No esperaba que la conversación fuera por ahí, pero algo era algo. Al menos no estaba intentando evitar el tema por todos los medios.
—No lo creo. Eso se hacía antes y solía ser entre las mujeres de alta cuna.
—Pero puedes elegir.
Le tendí varias verduras en un cuenco y él las aceptó sin mediar palabra. Serví mis verduras en otro cuenco y lo observé mientras comía. Debía tener hambre, después de tantas horas sin comer nada.
—No elegiría llevar un vestido blanco y puro —repliqué—. Llevaría mis ropas de viaje más viejas. Me revolcaría por el barro con ellas y luego pasaría un día entero metida en unos establos. Después me casaría contigo. Así sabrías lo que tengo que soportar cada día.
Link frunció el ceño.
—Yo no me revuelco por el barro. —Se olisqueó a sí mismo—. Y no huelo tan mal. ¿Verdad? A veces me doy baños.
En realidad él olía estupendamente bien. Incluso adoraba su peste a caballo en ocasiones, cuando no era muy fuerte. Y me encantaba cuando olía a bosque y a nuestra casa en Hatelia.
—Era una broma —le dije. Él resopló.
—Ya lo sabía.
Link devoró toda la comida y luego se comió lo poco que quedaba. Las verduras estaban calientes y les había puesto las especias goron que a Link tanto le gustaban.
—Espero que sepas —dije en voz alta— lo que implicaría casarte conmigo. Todo lo que ocurriría después de...
—Zelda —murmuró él—, lo de ser príncipe o rey no me...
—No me refiero a eso. Hay mucho más. —Jugueteé con mis manos bajo los pliegues de la capa—. Estarías unido a mí. Atado de por vida. No podrías arrepentirte nunca. O tal vez sí, pero ninguno tendría escapatoria. Y... y ya sabes cómo soy yo. Soy horrible a veces. Y se supone que tendríamos que cuidar el uno del otro y formar una familia y...
—Estaré contento de tenerte por mi única familia durante el resto de mis días si tú no quieres tener hijos, Zelda. Y, Diosas, nada me haría más feliz que estar a tu lado. No debería estar diciéndotelo a estas alturas.
Sentí que enrojecía de vergüenza.
—Ya lo sé, Link. Lo sé. Solo quería asegurarme de que tú también lo supieras.
Él guardó silencio y lo vi dudar por unos momentos.
—Si te pidiera casarte conmigo, ¿tú seguirías aceptando? —quiso saber con timidez, a media voz.
Directo al grano. Ser así era mucho mejor que callar, en mi opinión.
—Hay una mínima probabilidad de que me cojas tan desprevenida que no sepa cómo responder y salga corriendo. En caso de que algo así ocurriera, no me verías por unos días porque me daría miedo mirarte a la cara siquiera. Las posibilidades de que esto ocurra son casi inexistentes, pero tenlo en cuenta. Soy tan tonta a veces que podría ocurrir.
—Zelda...
—Creo que hemos hecho bien hablándolo antes —dije, interrumpiéndolo—. Así sabría qué esperar en caso de que me lo pidas. Así que gracias por hablar conmigo de tus intenciones.
Me observaba con una pizca de diversión. Enrojecí todavía más, porque sabía que estaba haciendo el ridículo frente a él. Pero no podía evitarlo.
Él cogió mi mano, que se retorcía bajo los pliegues de la capa. ¿Cómo lo habría sabido?
—¿Y cuál es la probabilidad más alta? —me preguntó.
Tomé aire y lo miré a los ojos.
—Ya te lo he dicho. Lo más probable es que diga que sí. A decir verdad, hablar contigo ha ayudado. Pero no entiendo qué demonios te impide pedírmelo, si tanto lo quieres.
Torció el gesto.
—Tienes dieciocho años y...
—Oh, tú no tienes muchos más que yo, Link.
—Ya lo sé —dijo él—. El problema es que no quiero atarte a mí tan pronto ni... ni quitarte la posibilidad de divertirte y ser libre. Con otros.
Lo miré, boquiabierta. No sabía si reír, besarlo o darle una bofetada. Había tanta angustia en su expresión que decidí no reírme de él. Y descarté también la bofetada al darme cuentas de lo mucho que debía haberle costado decir aquello. Besarlo solo lo confundiría, así que me limité a resoplar y puse una mano sobre su mejilla para obligarlo a mirarme.
—No me creo que estés diciéndome todo esto ahora —le dije con voz temblorosa. Él abrió mucho los ojos—. Como si no me conocieras. Quiero casarme contigo, y da igual si tengo dieciocho años y tú tienes uno más que yo. ¡Qué atrocidad! Mi madre se casó siendo más joven que yo. Mi abuela también. Y si quisiera divertirme, te lo diría, porque el único con el que quiero divertirme eres tú. ¿Lo has entendido?
Se me quedó mirando con cara de completo idiota, y enterré el rostro entre las manos. Qué ridículo podía ser a veces. Entre todos los temores que podría haber tenido, aquel era el más tonto de todos. Por eso, me sorprendió oírlo reír.
—Eres aterradora, ¿lo sabías?
Lo señalé con un dedo acusador.
—Espero por tu bien que te haya quedado claro porque no pienso repetirlo.
Me besó en los labios de pronto.
—Me ha quedado muy claro —sonrió él—. Créeme, Zelly.
Sentí alivio y me descubrí sonriendo.
—A veces eres peor que yo.
—Lo sé.
—Dices verdaderas tonterías.
—Lo sé.
Le asesté un suave golpe en el hombro, solo para liberar algo de la tensión que se había acumulado dentro de mí. El cuenco temblaba entre mis manos, así que comí un poco y luego lo dejé en el suelo. Escondí mis manos bajo la capa para que él no viera lo mucho que temblaban. El corazón me latía tan deprisa que cualquiera habría pensado que acababa de pedirme matrimonio.
Lo observé comer en silencio. Era un silencio bueno, sin embargo. De esos que ninguno querría romper. Me pregunté si de verdad iríamos a casarnos, aunque él parecía estar hablándolo en serio. Y, si nos casáramos, ¿cambiaría algo? Su dinero sería mío de verdad, su casa también sería mía y los hijos que tuviéramos no serían ilegítimos. Sabía que entonces no habría vuelta atrás; sería suya y él sería mío a ojos de la Diosa Hylia también. Y nada de eso sonaba mal.
Supuse que Link me trataría de la misma forma. Yo, desde luego, no tenía pensado acercarme a él de manera diferente. Hasta donde yo sabía, no existía una forma concreta de comportarse después de casarse.
—¿Zelda?
Parpadeé, sobresaltada, y sentí como enrojecía. Link había terminado también y había dejado su cuenco en el suelo, junto al mío.
—Estaba pensando —murmuré para disimular—. ¿Cuándo vas a pedírmelo?
Él sonrió, y hubo algo en su sonrisa que consiguió que mi corazón aleteara.
—¿Pedírtelo de verdad? Porque puedo hacerlo aquí mismo, si quieres.
—Pedírmelo de verdad —resoplé.
Su sonrisa creció.
—¿Por qué quieres saber eso?
—Creo que tengo derecho a estar al tanto de información así.
—Deja que sea una sorpresa —me aconsejó.
—Link...
—Te lo pediré cuando llegue el momento —sentenció él. Luego recogió los cuencos y se puso en pie—. Gracias por la cena. Iré a limpiar esto.
Se marchó a la parte de atrás de la tienda, canturreando para sí mismo. Me descubrí sonriendo. Podía dejar que fuera una sorpresa. Link siempre se las arreglaba para sorprenderme, por difícil que fuera.
Aquella noche nos dedicamos a escribir cartas a los orni y a las gerudo. No íbamos a enviárselas aún, pero estaba bien tenerlas escritas, por si acaso. Esperaríamos unas semanas y luego volveríamos a insistir. No habíamos recibido respuesta a ninguna de nuestras cartas anteriores, y no podía decir que me sorprendiera que los orni hubieran decidido ignorarnos por el momento. El desierto, por otro lado, estaba lejos. Tendríamos suerte si las carta llegaban más allá de la última posta, en el Cañón de Gerudo.
Acabé dejando que él hiciera gran parte del trabajo. La noche había sido larga para mí también, y Link insistió en que tenía energías suficientes. No me dio ningún motivo para no confiar en él. Le confiaría mi propia vida, y unas simples cartas que probablemente no cambiarían mucho no eran nada comparado con eso.
Al día siguiente, Link me despertó con una sacudida. Pestañeé para aclararme la vista y descubrí que estaba sonriendo.
—¿Qué ocurre? —susurré.
—Tienes que venir conmigo —dijo, tendiéndome su mano.
Entonces escuché el revuelo en el exterior. Voces y pisadas fuertes. Carros traqueteando. Estudié su rostro, pero todo el temor desapareció cuando, de nuevo, comprobé que sonreía.
—¿Es bueno?
Se limitó a asentir, y yo me cambié rápidamente el vestido de dormir por uno azul que Link me había comprado en Hatelia. Luego dejé que me guiara al exterior de la tienda.
Escuché la voz de Karud en el aire frío de la mañana y luego oí una risa tan profunda que no podía pertenecer a un hyliano o a un sheikah. Ni siquiera a un zora. Divisé carros nuevos, más rudimentarios, y vi a un goron descargando rocas de él. Se me escapó una exclamación ahogada. Había una decena de goron en el campamento, moviéndose de un lado a otro. Karud estaba hablando con uno de tamaño considerable, y parecía diminuto a su lado. Me miró con un brillo de súplica al verme, y yo eché a andar en su dirección, tirando de la mano de Link. Sabía el efecto que él podía tener en los demás.
—Zelda, querida, estaba a punto de avisarte. Oh, y a ti también, por supuesto. —Le hizo un gesto a Link, que lo saludó con la cabeza—. Prácticamente acaban de llegar. Este es Goraden, el líder de los goron enviados por Gorobu.
Goraden nos estrechó con fuerza a los dos, y escuché como algo crujía. Hice una mueca y contuve la respiración hasta que nos soltó por fin.
—Es un placer conoceros por fin. He oído hablar mucho de vosotros. —Sonrió ampliamente. Llevaba barba, aunque siempre me había preguntado cómo a los goron, seres hechos de roca, podían crecerles barba y pelo. Recordaba habérselo preguntado a mis maestros hacía cien años, de niña, pero ellos solo me habían dirigido miradas del profunda desaprobación—. He traído muchachos fuertes. Habéis hecho un buen trabajo aquí.
Señaló el puente. Algunos zora nadaban en el río, contra la corriente.
—Seguro que con los materiales que nos proporcionaréis, construiremos estructuras cien veces más robustas —sonrió Karud.
Le dirigí una mirada de advertencia.
—Me alegro de que hayáis venido —le dije—. Vuestra ayuda será de gran importancia.
Goraden rio, y Karud se acercó a mí.
—Es lo mismo que he dicho yo —me susurró, su voz oculta por la risa ruidosa del goron.
Ignoré su comentario y le sonreí al goron, que no tardó mucho en dejar de reír.
—Los hylianos siempre sois tan diminutos y educados. Utilizáis palabras muy bonitas, ¿lo sabíais?
Las mejillas me dolían de tanto sonreír, pero me obligué a seguir haciéndolo.
—Habéis hecho un largo viaje —dijo Link, hablando por primera vez—. Os enseñaré un buen lugar para montar el campamento. Aún queda espacio libre.
Sabía que montar un campamento para los goron sería solo una pérdida de tiempo porque pronto seguiríamos avanzado, pero sería lo mejor para que se adaptaran lo más rápido posible. Le di las gracias a Link en silencio.
—¿Un campamento? —repitió Goraden, desconcertado.
Link señaló nuestra propia tienda y luego las demás que la rodeaban.
—Un lugar a cubierto donde dormir. ¿Habéis traído tiendas?
El goron se rascó la cabeza.
—No tenemos de eso en casa.
Link sonrió y le dio unos golpecitos en el brazo gigantesco. Su mano parecía ridículamente diminuta en comparación con un solo dedo de Goraden.
—Os daremos algunas. Serán útiles, ya lo verás. —Se puso en marcha y el goron vaciló, indeciso—. Te enseñaré un buen lugar para montar el campamento. Sé dónde están las mejores rocas.
La expresión de Goraden se iluminó, y nos miró a Karud y a mí con una sonrisa radiante.
—No conozco a muchos hylianos —dijo—. Pero, si todos son como vosotros tres, me caeréis bien.
Siguió a Link a través del campamento y observé como se perdían entre las tiendas con un atisbo de diversión. No tenía ni idea de a dónde se lo llevaría, pero Link podía improvisar muy deprisa. Confiaba en él para ganarnos el favor de los goron.
Karud suspiró y se apoyó contra un carro.
—El muchacho sabe lo que hace —murmuró, refiriéndose a Link.
Le di la razón en silencio.
—Nos pondremos en marcha dentro de tres días —dije con una firmeza que me sorprendió incluso a mí.
Sentí el poder revolverse pero, cuando miré mis manos, comprobé que no brillaba. Karud me miraba con una expresión extraña. ¿Sería orgullo? ¿Admiración? ¿Envidia, quizá?
Era una mezcla de las tres.
—Entendido —asintió él—. Se lo comunicaré a los demás esta misma noche.
El día fue ajetreado. Apenas vi a Link y, cuando lograba divisarlo en la distancia, estaba rodeado de gente. Algunos le hablaban, otros simplemente lo miraban y estaban a su lado. La madre de aquel niño se acercó a él de nuevo, supuse, a juzgar por su postura, que para darle las gracias otra vez. El niño no estaba por ninguna parte, sin embargo. Me pregunté si se le habría pasado el resfriado del que había hablado Ishi.
La propia Ishi había entablado conversación con unos pocos goron, a diferencia de los otros sheikah, que trabajaban en silencio, sin dirigirse a nadie. Eran tozudos. Sin embargo, no pasé por alto las miradas hostiles que se intercambiaban entre los sheikah y los zora. Sintiendo como algo se hundía en mi estómago, me pregunté si algo más habría ocurrido. Algo que ni Link ni yo supiéramos.
Cuando los goron estuvieron del todo acomodados en el campamento —aunque habían insistido en que no necesitaban las tiendas— era ya de noche. Los constructores de Karud quisieron celebrarlo, sin tanta bebida como en la noche de las celebraciones del puente, por supuesto. Y, sorprendentemente, me pidieron permiso a mí y no a Karud. Acabé aceptando, aunque tenía la sensación de que de allí no saldría nada bueno.
Link tomó asiento a mi lado, frente a la gran hoguera que alguien había encendido. Soltó un gruñido. La gente seguía mirándolo, aunque ya no se acercaban a él. Parecían respetar que quisiera estar a solas conmigo. Él enterró el rostro entre las manos.
—Estos han sido los dos días más agotadores de toda mi vida —masculló.
—No me lo creo —reí yo—. Has pasado por demasiadas cosas para decirlo tan a la ligera.
—No lo digo a la ligera. Ojalá fuera así, Zelda.
Me acerqué más a él y froté su hombro para infundirle ánimos. Era cierto que fingir podía ser agotador, pero Link podía acostumbrarse. De hecho, estaba acostumbrado ya. Lo detestaba, pero sabía que era necesario.
—¿Los has visto? —le susurré al oído. Sonreí cuando él me miró para que quienes nos estaban observando pensaran que acababa de susurrarle alguna tontería al oído.
Él pareció comprender, porque se inclinó en mi dirección y su nariz rozó mi mejilla cariñosamente.
—No bebas esta noche —susurró.
Le sonreí, esa vez con calidez, y él me devolvió la sonrisa. El brillo no alcanzó sus ojos, pero los demás no lo conocían lo suficiente para darse cuenta.
—No tenía pensado hacerlo.
Él asintió y cogió mi mano. Ninguno bebió aquella noche. Declinamos el ofrecimiento de todo el que se nos acercaba.
Los demás sí bebieron. Los observamos con atención por si algo ocurría, y el corazón me latía muy deprisa. Recé por que fueran solo imaginaciones mías. Por que el problema entre los sheikah y los zora no fuera más allá de lanzarse malas miradas.
Nadie escuchó mis plegarias, aunque eso no me sorprendía a aquellas alturas.
Todos habían bebido demasiado. Incluso Karud sostenía una de esas jarras en las manos. Me pregunté si sería lo mismo de la otra vez, aunque no pensaba comprobarlo por mí misma. Los goron hablaban con todo el mundo, y supuse que eran de los pocos que seguían tan sobrios como nosotros.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó Karad, arrastrando las palabras.
—Ya te lo he dicho —respondió Karud—. Varias veces. No pienso repetirlo.
Algunos rieron, y descubrí que Karud estaba más sobrio de lo que aparentaba. Soportaba bien la bebida.
—Los malditos caminos —dijo Mavan—. Tendré que apartar basura sheikah durante semanas.
Los zora rieron. El resto se mantuvo en un silencio incómodo. Me pregunté si se habrían dado cuenta de la hostilidad entre los sheikah y los zora. No había hablado de eso con Karud, pero él debía saberlo ya.
—Yo tengo que apartar basura de los zora todos los días —rio un sheikah. Era joven—. Apesta a pescado podrido. Los de Onaona podrán confirmarlo.
Miré a Link, preguntándome si deberíamos intervenir o no. Él me devolvió la mirada, tan indeciso como yo. Antes de que pudiéramos tomar una decisión la situación empezó a descontrolarse, tan deprisa que apenas tuve tiempo a reaccionar.
Mavan se puso en pie de un salto y se acercó a los sheikah.
—¿Qué has dicho, asesino?
Los sheikah se limitaron a reír, y vi como el rostro de Mavan se crispaba de ira. Sacó un cuchillo de su cinturón y los sheikah dejaron de reír. Link se puso de pie muy deprisa, como si el suelo le hubiera quemado de pronto. Karud hizo lo mismo. Los goron parecieron alertas, observando con atención lo que ocurría.
Mavan fue a abalanzarse sobre el sheikah, pero Link se quedó en medio. Me puse en pie también cuando lo amenazó con el cuchillo. Me descubrí deseando que desenvainara la Espada Maestra, pero no hizo ni un solo gesto. Ni siquiera rodeó el pomo con su mano.
—Vete al infierno, hyliano —escupió Mavan—. No te metas donde no te llaman.
Link no se movió. Algunos sheikah parecían asustados, aunque sabía que tenían armas propias. El poder luchó por salir, y por un terrible instante estuve segura de que iba a hacerle daño. Sin embargo, un goron lo sujetó con fuerza, y Mavan no tuvo escapatoria.
Cuando el goron lo soltó, Mavan se marchó hacia el río y algunos de sus compañeros lo siguieron. No volvimos a verlo en toda la noche.
Me aferré al brazo de Link con fuerza, y di gracias a las Diosas por que estuviera bien. Lo oí suspirar.
—Lo arreglaremos —susurró—. Sé que lo arreglaremos.
